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I

En el bosque se escuchaban los susurros de la naturaleza. Entre la niebla, la


tenue niebla, yacía una figura, envuelta en un manto de musgo y hojas. La
chica abrió los ojos lentamente, sintiendo el frío del suelo y la confusión de
su mente vacía. Sus ropajes estaban cubiertos de polvo, y su rostro reflejaba
el profundo sueño del cual había despertado. Intentó recordar cómo había
llegado allí y quién era, pero sus pensamientos parecían borrosos y sin
forma.

La chica se incorporó cuidadosamente, sintiendo la rigidez de su cuerpo


después de haber estado inmóvil por tanto tiempo. A su alrededor, los
árboles se alzaban majestuosamente, troncos caídos cubiertos en musgo. El
suave murmuró del bosque, como si él mismo tratara de contarle sus
secretos más oscuros.

La chica se puso de pie con precaución. mirando a su alrededor, tratando de


orientarse. A lo lejos se podía ver un claro en el bosque, que dejaba entrar
más luz, revelando difusas piedras cubiertas de musgo. empezó a acercarse
lentamente, cada paso que daba resonaba en el silencio de aquel bosque.

Con lentos pasos, la chica comenzó a explorar el claro. Fragmentos de


piedras y ruinas cubiertas d“La estatua era idéntica a ti”, continuó el chico,
su tono ahora más seguro. “Cada vez que te veía, parecía que la estatua se
volvía cada vez más real. Y ahora estás aquí…”

La chica bajó la mirada a sus manos. Parecían reales, no como las de una
estatua. ¿Cómo podía ella haber sido aquella estatua de la cual el chico
hablaba? “¿Estás seguro de lo que dices?” preguntó la chica, aun sin poder
creer lo que el chico decía. “Sí”. Dijo el chico con una voz determinada.

“Entonces… ¿Qué significa esto?”, preguntó. Su voz era apenas un susurro


cargado de emociones encontradas.

El chico la miró con una mirada determinada, una chispa de esperanza en


sus ojos. “Significa que podemos intentar descubrir quién te convirtió en
estatua”, respondió solemnemente.

El chico la miró con una mirada determinada, una chispa de esperanza en


sus ojos. “Significa que podemos intentar descubrir quién te convirtió en
estatua”, respondió solemnemente.

La chica asintió lentamente, sintiendo que la realidad se desmoronaba a su


alrededor mientras aceptaba descubrir la verdad de cómo había terminado
allí.
II
Después del encuentro en el claro del bosque, la chica y el chico se sentaron
juntos, rodeados por la calma del bosque. El chico, aún fascinado por la
chica que había cobrado vida ante sus ojos, decidió aprovechar el momento
para conocerla mejor.

“Entonces, ¿cómo te llamas?”, preguntó con una sonrisa cálida.

“No lo sé”, respondió su voz apagada. “No recuerdo nada. Ni mi nombre”.

El chico la miró con simpatía. “Eso debe ser difícil”, dijo con suavidad.
“¿Recuerdas algo, aunque sea un pequeño detalle?”

Ella negó con la cabeza, su expresión era una mezcla de frustración y


tristeza. “Todo está en blanco”, admitió. “Es como si mi mente estuviera
cubierta por una densa niebla”.

El chico asintió. “Bueno, si te parece bien, podemos inventar un nombre


temporal para ti mientras tanto”, sugirió.

La chica sonrió levemente, apreciando el intento de ayudar. “Eso suena


bien”, dijo. “¿Tienes alguna idea?”

El chico pensó por un instante antes de responder. “¿Qué tal ‘Aurora’?


Significa ‘Amanecer’. Y tú… acabas de despertar.”

Aurora asintió, sintiendo una extraña conexión con el nombre. “Aurora está
bien”.

El chico sonrió. “Mi nombre es Eidan”.

Ahora, con un nombre para referirse a sí misma, Aurora se sintió más segura
en su nueva realidad. Aunque aún no sabía nada de su pasado, sentía que
este era un paso hacia el comienzo de descubrir la verdad sobre su pasado.

Aurora y Eidan comenzaron a explorar el bosque en busca de pistas sobre la


transformación de Aurora. Los árboles altos se erguían como guardianes
que separan el bosque del mundo exterior, sus ramas dejando filtrar la luz
del sol.

Exploraron cada rincón, examinando cuidadosamente las piedras cubiertas


de musgo y los árboles retorcidos. En un rincón escondido en el claro,
descubrieron inscripciones grabadas en una roca. Eidan se arrodilló para
estudiarlas de cerca. “Parecen ser muy antiguas”, observo, trazando los
símbolos con los dedos. “Tal vez esto tenga alguna pista”.
III
Aurora se inclinó hacia delante, observando los símbolos con curiosidad.
Aunque no los reconocía, había algo vagamente familiar en ellos. “No sé qué
signifiquen”, admitió, “pero se me hacen familiares…”

Mientras continuaban con su búsqueda, Aurora comenzó a experimentar


fragmentos de recuerdos que se filtraban a su mente. A veces, mientras
caminaban por el bosque, un destello de una vida anterior aparecía
brevemente ante sus ojos: el sonido de una risa alegre, la visión de un jardín
en plena floración, la sensación de una suave brisa en una noche estrellada.

Eidan notó su expresión pensativa. “¿Estás bien?”, preguntó, con un tono de


preocupación.

Aurora abrió los ojos. “Creo que estoy empezando a recordar”, dijo, su voz
era apenas un susurro. “Pero los recuerdos parecen sombras borrosas…”

“Es un buen comienzo” dijo Eidan. “Cada pequeño fragmento es un paso


más para descubrir quién eres”.

Aurora y Eidan habían estado explorando el bosque durante días, cada vez
más cerca de descubrir la verdad detrás de la transformación de Aurora. Una
mañana, mientras caminaba por el sendero lleno de arbustos y densos
árboles, encontraron una cabaña antigua y medio oculta en medio de toda la
vegetación. Era pequeña y rústica, con paredes de piedra y un techo de paja
cubierto de musgo.

Al acercarse, escuchó el crujido de la madera bajo sus pies y un murmullo de


una voz anciana que parecía venir de adentro de la cabaña. Eidan empujó
una rama como si fuera un arma antes de golpear suavemente la puerta
entreabierta. Esta se abrió con un chirrido y reveló a un anciano de barba
larga y blanca, vestido con túnicas desgastadas.

“Adelante, jóvenes viajeros”, dijo el anciano con una voz temblorosa pero
firme. “Esperaba vuestra llegada”.

Aurora y Eidan intercambiaron miradas de confusión antes de entrar a la


cabaña. El interior estaba lleno de pergaminos viejos, frascos de vidrio con
ingredientes extraños y símbolos místicos tallados en las paredes. El
anciano se sentó en una silla junto a una mesa llena de libros y los invitó a
sentarse frente a él.
IV
“Sabía que algún día volverías a la vida”, dijo el anciano, mirando a Aurora.

Aurora asintió lentamente, mirando al anciano con una mirada de asombro.


“Si, pero no sé cómo termine convertida en estatua”.

El anciano suspiró, como si estuviera a punto de contar una larga y dolorosa


historia. “Hace muchos años, hubo una gran traición en estas tierras”,
comenzó. “Un hechicero poderoso lanzó una maldición sobre ti para guardar
un gran secreto que nunca debía ser revelado. Él te convirtió en piedra,
dejando que el tiempo borrara tu existencia de la memoria de todos”.

Aurora sintió un escalofrío recorrer su cuerpo al escuchar las palabras del


anciano. “¿Por qué yo?”, preguntó su voz temblorosa. “¿Cuál era ese secreto
que debía ser guardado?”

“Porque tú eres la clave para revelar una verdad antigua”, respondió el


anciano. “Una verdad que podría cambiar el destino de muchas personas. El
hechicero temía que revelaras esa verdad y fueras derrotado. Por eso te
condeno a una existencia inmóvil, esperando que todos te olvidaran”.

Eidan escuchó atentamente cada palabra que decía el anciano, resonando


profundamente en su ser. “¿Y cuál es mi papel en todo esto?”, preguntó, una
mezcla de curiosidad y preocupación en su voz.

El anciano lo miró atentamente, como si estuviera mirando algo en su


interior. “Tú también tienes un papel importante en esta historia”, dijo
finalmente. “Eres descendiente del linaje del hechicero que lanzó la
maldición. sin embargo, no compartes su maldad. Tu destino es diferente”.

Eidan quedó paralizado por un momento. La revelación fue impactante.


“¿Entonces mi familia… fue responsable de su maldición?”, preguntó,
sintiendo una mezcla de culpa y tristeza.

“No todos en tu linaje eligieron el camino del hechicero”; explicó el anciano.


“Muchos trabajaron para redimir sus errores, protegiendo la estatua y
esperando el día en que pudieran encontrar una manera de revertir el
hechizo”.
V
Armados con la información proporcionada por el anciano, Aurora y Eidan
sabían que debían hallar la forma de romper el hechizo que mantenía a
Aurora prisionera en una estatua. El anciano les habló de un antiguo ritual,
capaz de deshacer la maldición.

“El hechizo solo puede romperse mediante un acto de verdadera valentía y


un sacrificio sincero”, les explicó el anciano con voz firme. “En el corazón del
bosque se encuentra un lago sagrado, custodiado por espíritus antiguos.
Deben ir allí y ofrecer algo que tenga un profundo significado para ustedes,
algo que simbolice un vínculo puro y sincero”.

Aurora y Eidan se pusieron en marcha hacia el lago sagrado. El camino


estaba lleno de pruebas: cruzaron ríos, escalaron rocas y enfrentaron a
criaturas que parecían haber surgido de las leyendas. Pero su determinación
nunca desapareció. Sabían que cada obstáculo superado los acercaba más
a la libertad de Aurora.

Finalmente, llegaron a la orilla del lago sagrado. El agua reflejaba el cielo


estrellado; en el centro del lago, un pedestal de piedra se alzaba
majestuosamente, esperándolos para llevar a cabo el ritual.

Eidan miró a Aurora con determinación en sus ojos. “Sé lo que debemos
hacer”, dijo con voz segura. “Este es el momento en que debemos demostrar
nuestra verdadera valentía”.

Aurora asintió, entendiendo el peso de sus palabras. Se tomaron de las


manos y avanzaron juntos hacia el pedestal en el lago. Al llegar, Eidan sacó
un medallón que colgaba de su cuello, un símbolo de su linaje y su conexión
con el pasado. Aurora, por su parte, cerró los ojos y ofreció el dolor de sus
recuerdos perdidos, sacrificando su identidad y su historia.

Con un último gesto, colocaron sus ofrendas en el pedestal y esperaron. El


lago comenzó a brillar intensamente, envolviéndolos en una luz cálida. Los
espíritus del lago se manifestaron, aceptando sus sacrificios y reconociendo
su valentía.
VI

Envuelta en el resplandor del lago, Aurora sintió una oleada de energía


recorriéndola. Sus recuerdos comenzaron a encajar, revelándole su
verdadera identidad. Se vio a sí misma como una princesa de un antiguo
reino, destinada a proteger un conocimiento sagrado capaz de traer paz y
prosperidad.

“Recuerdo todo”, dijo Aurora con una voz firme y segura. “Sé quién soy”.

Eidan sonrió, lleno de alivio y orgullo. “Juntos, hemos roto la maldición”,


respondió.

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