SELECCIÓN DE CUENTOS
Julio Verne
Jules Gabriel Verne nació el 8 de febrero de 1828 en Nantes, Francia. Escritor
catalogado como uno de los máximos representantes de la Literatura Universal del
siglo XIX y XX. Reconocido como el Padre de la Ciencia Ficción.
En 1849 culmina sus estudios de Derecho en París. Por ese tiempo se dedica a escribir
teatro. A pesar de la insistencia de su padre en querer que su joven hijo ejerciera su
profesión, éste hace caso omiso a los consejos de su padre y se dedica tiempo completo
a obtener conocimientos sobre geología, ingeniería y astronomía, conocimientos
que le servirían para la creación de sus fascinantes aventuras y para predecir con
asombrosa exactitud muchos de los logros científicos del siglo XX.
Sus obras, de narrativa, principalmente, narran cuestiones futuristas, como los viajes
a lugares inimaginables e imposibles para su época, como la idea de poder realizar
un viaje a la Luna, un viaje a las profundidades del mar, o de penetrar en los abismos
del centro de la Tierra. En 1869 publica su novela Cinco semanas en Globo. Luego le
siguieron otras novelas representativas, como: Viaje al centro de la tierra (1864), De la
tierra a la luna (1865) y 20,000 Leguas de viaje submarino (1870).
Finalmente, fallece el 24 de marzo de 1905 en la ciudad de Amiens, Francia, a los 77
años de edad.
JULIO VERNE
SELECCIÓN DE CUENTOS
Selección de cuentos
Julio Verne
Juan Pablo de la Guerra de Urioste
Gerente de Educación y Deportes
Doris Renata Teodori de la Puente
Asesora de Educación
Kelly Patricia Mauricio Camacho
Coordinadora de la Subgerencia de Educación
Alex Winder Alejandro Vargas
Jefe del Programa Lima Lee
Editor del programa Lima Lee: José Miguel Juarez Zevallos
Selección de textos: Manuel Alexander Suyo Martínez
Corrección de estilo: Manuel Alexander Suyo Martínez, Claudia Daniela Bustamante
Bustamante, Katherine Lourdes Ortega Chuquihura, Yesabeth Kelina Muriel
Guerrero y María Grecia Rivera Carmona
Diagramación: Leonardo Enrique Collas Alegría, Marlon Renán Cruz Orozco, Ambar Lizbeth
Sánchez García, John Martínez Gonzáles.
Concepto de portada: Melissa Pérez García
Editado por: Municipalidad de Lima
Jirón de la Unión 300 - Lima
www.munlima.gob.pe
Lima, 2020
Presentación
La Municipalidad de Lima, a través del programa
“Lima Lee”, apunta a generar múltiples puentes para
que el ciudadano acceda al libro y establezca, a partir
de ello, una fructífera relación con el conocimiento, con
la creatividad, con los valores y con el saber en general,
que lo haga aún más sensible al rol que tiene con su
entorno y con la sociedad.
La democratización del libro y lectura son temas
primordiales de esta gestión municipal; con ello
buscamos, en principio, confrontar las conocidas
brechas que separan al potencial lector de la biblioteca
física o virtual. Los tiempos actuales nos plantean
nuevos retos que estamos enfrentando hoy mismo
como país, pero también oportunidades para lograr
ese acercamiento anhelado con el libro que nos lleve
a desterrar los bajísimos niveles de lectura que tiene
nuestro país.
La pandemia del denominado Covid-19 nos plantea
una reformulación de nuestros hábitos, pero, también,
una revaloración de la vida misma como espacio de
interacción social y desarrollo personal; y la cultura
de la mano con el libro y la lectura deben estar en esa
agenda que tenemos todos en el futuro más cercano.
En ese sentido, en la línea editorial del programa, se
elaboró la colección “Lima Lee”, títulos con contenido
amigable y cálido que permiten el encuentro con el
conocimiento. Estos libros reúnen la literatura de
autores peruanos y escritores universales.
El programa “Lima Lee” de la Municipalidad de
Lima tiene el agrado de entregar estas publicaciones a
los vecinos de la ciudad con la finalidad de fomentar
ese maravilloso y gratificante encuentro con el libro y
la buena lectura que nos hemos propuesto impulsar
firmemente en el marco del Bicentenario de la
Independencia del Perú.
Jorge Muñoz Wells
Alcalde de Lima
En el siglo XXIX, un día de un periodista
norteamericano en el año 2889
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Los hombres de este siglo XXIX viven en medio
de una hechicería continua, sin parecer darse cuenta
de ello; abrumados de maravillas, permanecen fríos e
indiferentes ante las que el progreso les aporta cada día;
todo les parece natural; si la comparasen con el pasado,
apreciarían mejor nuestra civilización y se darían cuenta
del camino recorrido. ¡Cuánto más admirables les
parecerían nuestras ciudades modernas, con calles de
cien metros de anchas, con casas de trescientos metros
de altura, con la temperatura siempre igual y surcado el
cielo por millares de aerocochesy aerómnibus!
Al lado de estas ciudades cuya población llega a veces
a diez millones de habitantes, qué eran aquellos villorios,
aquellas aldeas de hace mil años, aquellos París, aquellos
Londres, aquellos Berlín, aquellos Nueva York, poblaciones
malaireadas y sucias, por las que circulaban cajas saltonas
arrastradas por caballos, sí caballos; casi parece imposible
creerlo!- Si se representasen el defectuoso funcionamiento
de los paquebots y los caminos de hierro, sus frecuentes
colisiones y, al propio tiempo, su lentitud, ¡qué valor no
concederían los viajeros a los aerotrenes, y sobre todo, a
esos tubos neumáticos arrojados a través de los océanos,
y en los cuales se les transporta con una velocidad de
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mil quinientos kilómetros por hora! ¿No segozaría,
finalmente, más del teléfono y del teléfoto diciéndose
que nuestros padres se veían reducidos a aquel aparato
antediluviano que llamaban ellos el telégrafo?¡Cosa
extraña! Estas sorprendentes transformaciones reposan
sobre principios perfectamente conocidos de nuestros
abuelos, quienes, por decirlo así, no sacaban de ellos
ningún partido; en efecto: el calor, el vapor, la electricidad,
son tan viejos como el hombre; ¿no afirmaban ya los
sabios a fines del siglo XIX que la única diferencia entre
las fuerzas físicas y químicas reside en un modo de
vibración propio a cada una de las partículas etéricas?
Toda vez que se había dado ese paso enorme de reconocer
el parentesco de todas esas fuerzas, es verdaderamente
inconcebible que haya sido menester tanto tiempo para
llegar a determinar cada uno de los modos de vibración
que las diferencian; es extraordinario, sobre todo, que
el medio de pasar directamente de una a otra y de
producir las unas sin las otras, haya sido descubierto tan
recientemente.
Así, sin embargo, es como han pasado las cosas; y
tan sólo en 2790, hace cien años, fue cuando el célebre
Oswald Nyer llegó a ello.
¡Un verdadero bienhechor de la Humanidad fue este
grande hombre! Su invento genial fue el padre de todos
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los demás; una pléyade de inventores brotó de ahí hasta
llegar a nuestro extraordinario james Jackson.
A este último es a quien debemos los nuevos
acumuladores, que condensan, los unos, la fuerza
contenida en los rayos solares; los otros, la electricidad
almacenada en el seno de nuestro globo, y aquéllos,
en fin, la energía procedente de una fuente cualquiera,
saltos de agua, vientos, arroyos y ríos, etc. De él nos
viene, igualmente, el transformador que, obedeciendo a
la orden de una sencilla manivela, toma la fuerza viva
en los acumuladores y la devuelve al espacio bajo forma
de calor, de luz, de electricidad, de potencia mecánica,
después de haber obtenido el trabajo deseado.
Sí, el día en que fueron imaginados esos dos
instrumentos es de cuando data verdaderamente el
progreso; ellos han dado al hombre una potencia casi
infinita: sus aplicaciones no pueden ya contarse.
Al atenuar los rigores del invierno por la restitución
del sobrante de los calores estivales, han revolucionado la
agricultura; suministrando la fuerza motriz a los aparatos
de navegación aérea, han permitido al comercio tomar
un soberbio impulso; a ellos se debe la producción
incesante de electricidad sin pilas ni máquinas, la luz sin
combustión ni incandescencia, y, en fin, esa inagotable
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fuente de energía que ha venido a centuplicar la
producción industrial.
Pues bien, el conjunto de esas maravillas vamos a
encontrarle en un hotel incomparable -el hotel del Earth
Herald- recientemente inaugurado en la 16.828 avenida.
Si el fundador del New York Herald, Gordon Benett,
volviese a nacer hoy, ¿qué diría al ver ese palacio de
mármol y de oro, que pertenece a su ilustre nieto Francis
Benett? Treinta generaciones se han sucedido, y el New
York Herald se ha conservado en esta familia de los Benett;
hace doscientos años, cuando el Gobierno de la Unión
fuetrasladado de Washington a Centrópolis, el diario
siguió al Gobierno -a menos que no fuera el Gobierno
quien siguiese al diario-, y tomó por título Earth Herald.
Y no se crea que haya peligrado bajo la administración
de Francis Benett, no; su nuevo director iba, por el
contrario, a darle una potencia y una vitalidad sin
iguales,inaugurando el periodismo telefónico.
Conocíase este sistema, hecho práctico por la
increíble difusión del teléfono; todas las mañanas, en vez
de ser impreso, como en los tiempos antiguos, el Earth
Herald es hablado; en una rápida conversación con un
reporter, con un hombre político o con un sabio, es
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como los abonados se enteran de lo que les interesa
o puede interesarles; en cuanto a los compradores de
números sueltos, se sabe que, por algunos céntimos,
conocen el ejemplar del día en innumerables gabinetes
fonográficos.
Esta innovación de Francis Benett galvanizó el viejo
periódico; en pocos meses su clientela se elevó a ochenta
y cinco millones de abonados, y la fortuna del director
se elevó también, progresivamente, hasta treinta mil
millones, rebasados con mucho en la actualidad; gracias
a esta fortuna, Francis Benett ha podido construir su
nuevo hotel, colosal edificio de cuatro fachadas, que
mide cada una tres kilómetros, y cuyo techo se cobijó
bajo la bandera setenta y cinco veces estrellada de la
Confederación.
A estas horas, Francis Benett, rey de los periodistas,
sería el rey de las dos Américas, si los americanos pudiesen
alguna vez aceptar un soberano cualquiera. ¿Lo dudáis?...
Pues sabe que los plenipotenciarios de todas las naciones,
y nuestros mismos Ministros, se atropellan a su puerta,
mendigando sus consejos, solicitando su aprobación,
implorando el apoyo de su omnipotente órgano. ¡Contad
los sabios aquienes alienta, los artistas que mantiene, los
inventores que suvenciona!
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Fatigosa realeza la suya, trabajo sin descanso, y a
buen seguro que un hombre deotros tiempos no habría
podido resistir a semejante labor cotidiana; por fortuna,
los hombres de hoy son de constitución más robusta,
merced a los progresos de la higiene y de la gimnástica,
que de treinta y siete años han hecho subir el término
medio de la vida humana a sesenta y ocho, merced
asimismo a la preparación de los alimentos asépticos,
en espera del próximo descubrimiento del aire nutritivo,
que permitirá el alimentarse... sin más que respirar.
Y ahora, si os place conocer todo lo que lleva consigo
la jornada de un director del Earth Herald, tomaos la
molestia de seguirle en sus múltiples ocupaciones, hoy
mismo, el 25 de julio del presente año de 2889.
Francis Benett despertó esta mañana de bastante mal
humor; ocho días hace que sumujer está en Francia, y se
encuentra un poco solo. ¿Se creerá? En los diez años
que llevan de casados, es esta la primera vez que Mrs.
Edith Benett, la profesional beauty, se ausenta por tanto
tiempo; de ordinario, dos o tres días les bastan para sus
frecuentes viajes a Europa, y más particularmente a París
donde va a comprar sus sombreros.
En cuanto despertó Francis Benett hizo funcionar su
fonoteléfoto, cuyos hilos llegan hasta el hotel que posee
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en los Campos Elíseos.
El teléfono completado por el teléfono; ¡otra nueva
conquista de nuestra época! Sila transmisión de la
palabra por medio de las corrientes eléctricas es ya muy
antigua, es sólo de ayer el poder transmitir asimismo la
imagen; magnífico descubrimiento, acuyo inventor no
fue, seguramente, el último en bendecir Francis Benett
cuando vio asu mujer reproducida en un espejo telefótico,
a pesar de la enorme distancia que de ella le separaba.
¡Encantadora visión! Un poco fatigada del baile o
del teatro de la víspera, Mrs.Benett se halla todavía en
cama; aun cuando en París sea cerca del mediodía, sigue
durmiendo, apoyada en la almohada su hermosa cabeza.
Mas he aquí que se agita... Sus labios tiemblan...
¿Soñará por ventura?... Un nombre se escapa de su boca:
“¡Francis...! ¡Mi querido Francis!”
Su nombre, pronunciado por aquella dulce voz,
ha mejorado un tanto el humor de Francis Benett; no
queriendo despertar a la linda durmiente, salta con rapidez
fuera del lecho y penetra en su vestidor mecánico.
Dos minutos después, sin haber tenido que recurrir
a la ayuda de un criado, lamáquina le depositaba lavado,
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afeitado, calzado, vestido y abotonado de arriba abajo, en el
umbral de sus oficinas. La labor cotidiana iba a comenzar.
Donde primeramente penetró Francis Benett fue
en la sala de los novelistas folletinistas. Esta sala, muy
amplia, se halla cubierta por una cúpula translúcida; en
un extremo, diversos aparatos telefónicos, por medio de
los cuales, los cien literatos del Earth Herald relatan cien
capítulos de cien novelas al público aficionado.
Avisando a uno de los folletinistas que tomase cinco
minutos de reposo:
–Muy bien, querido -le dijo Francis Benett-; muy bien
su último capítulo; la escena en que la joven aldeana
aborda con su galán algunos problemas de filosofía
trascendental, es de una muy fina observación. ¡Nunca
han sido mejor pintadas las costumbres campestres!
¡Continúe y ánimo, mi querido Archibald! ¡Diez
milabonados nuevos desde ayer, y gracias a usted!
–Mr. John Last -prosiguió, volviéndose hacia otro de
sus colaboradores-, ¡estoy menos satisfecho de usted! ¡No
es una novela vívida la suya! Corre usted demasiado de
prisa al final; pues ¿y los procedimientos documentarlos?
¡No es con una pluma con lo que se escribe en nuestros
tiempos, es con un bisturí! Cada acción, en la vida real,
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es la resultante de pensamientos fugitivos y sucesivos,
que es preciso especificar con sumo cuidado para
crear un ser vivo; y ¡qué cosa más fácil, valiéndose del
hipnotismo eléctrico, que desdobla al hombre y se para
sus dos personalidades! ¡Observe la vida, mi querido
John Last! Imite usted a su colega, a quien felicitaba hace
un momento; hágase hipnotizador... ¿Eh?... ¿Dice usted
que ya lo hace?... ¡Pues entonces no es lo bastante, no es
lo bastante!
Dada esta leccioncita, Francis Benett prosigue su
inspección, y penetra en la sala de los reporteros. Sus mil
quinientos reporters, colocados ante un igual número de
teléfonos, comunicaban entonces a los suscriptores las
noticias recibidas durante la noche de los cuatro puntos
cardinales; la organización de este incomparable servicio
ha sido muchas veces descrita. Además de su teléfono, cada
reporter tiene ante sí una serie de conmutadores, que le
permiten establecer la comunicación con tal o cual línea
telefónica; tienen, pues los abonados, no solamente
el relato, sino la vista de los sucesos; cuando se trata
de un suceso pasado ya, en el momento de relatarlo se
transmiten sus fases principales, obtenidas por medio de
la fotografía intensiva.
Francis Benett interpela a uno de los diez reporters
astronómicos, servicio éste que se aumentará con los
recientes descubrimientos en el mundo estelar.
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–Y bien, Cash, ¿qué ha recibido usted?
–Fototelegramas de Mercurio, de Venus y de Marte,
señor.
–¿Interesante este último?...
–Sí; una revolución en el Imperio Central, en beneficio
de los reaccionarios liberales contra los republicanos
conservadores.
–¡Como entre nosotros, entonces!... ¿Y de Júpiter?...
–¡Nada aún!... No conseguimos comprender las
señales de los jovianos... ¿No lesllegarán las nuestras? ...
–¡Eso le corresponde a usted y yo le hago responsable
de ello, señor Cash! –respondió Francis Benett, que, muy
descontento, se dirigió a la sala de redacción científica.
Inclinados sobre sus contadores, treinta sabios se
absorbían en ecuaciones del grado noventa y cinco;
hasta algunos de ellos se debatían en medio de fórmulas
del infinito algebraico, y del espacio de veinticuatro
dimensiones, como un chico de laescuela con las cuatro
reglas de la aritmética.
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Francis Benett cayó entre ellos a la manera de una
bomba.
–Y bien, señores, ¿qué me dicen? ¿Ninguna respuesta
de Júpiter? ... ¡Siempre va aser lo mismo! ... Vamos,
Corley, después de veinte años que usted huronea en ese
planeta, me parece...
–¡Qué quiere usted, caballero! -respondió el sabio
interpelado-. Nuestra óptica deja aún mucho que desear,
y hasta con nuestros telescopios de tres kilómetros...
–¿Oye usted, Peer?– interrumpe Francis Benett
dirigiéndose al vecino de Corley-.¡La óptica deja que
desear! Esa es su especialidad, querido. ¡Meta lentes, qué
diablos, meta lentes!
Luego, volviéndose a Corley.
–Pero, a falta de Júpiter, ¿obtenemos al menos algún
resultado del lado de la Luna?
–Tampoco, señor Benett, tampoco.
–¡Ah! ¡Esta vez no acusará usted a la óptica! La Luna
está seiscientas veces menos alejada que Marte, con el
cual, sin embargo, nuestro servicio de correspondencia
se halla establecido con toda regularidad... ¡No son los
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telescopios los que faltan!
–¡No, pero son los habitantes!– respondió Corley con
una fina sonrisilla de sabio loco del siglo XX.
–¿Se atreve usted a afirmar que la Luna está
deshabitada?
–Al menos, señor Benett, en la cara que ella nos
presenta; ¿quién sabe si del otro lado...?
–Pues bien, Corley: hay un medio muy sencillo de
asegurarse de ello…
–¿Y cuál? ...
–El de dar la vuelta a la Luna.
Y ese día, los sabios de la fábrica Benett investigaron
los medios mecánicos quedebían producir la vuelta de
nuestro satélite.
Por lo demás, Francis Benett tenía motivos para
hallarse satisfecho; uno de los astrónomos del Earth
Herald acababa de determinar los elementos del nuevo
planeta Gandini.
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A doce trillones, ochocientos cuarenta y un billones,
trescientos cuarenta y ocho millones, doscientos
ochenta y cuatro mil seiscientos veintitrés metros y siete
decímetros, es como este planeta describe su órbita en
torno del sol, en quinientos setenta y dos años, ciento
noventa y cuatro días, doce horas, cuarenta y tres
minutos,nueve segundos y ocho décimas de segundo.
Francis Benett quedó encantado ante esta precisión.
–¡Muy bien! –exclamó–. Apresúrese a informar al
servicio de reporteros; ya sabe usted con cuánta pasión
sigue el público esas cuestiones astronómicas; deseo que
la noticia aparezca en el número de hoy.
Antes de dejar la sala de reporters, Francis Benett
se dirigió hacia el grupo especial de los interviewadores,
interpelando al que estaba encargado de los personajes
célebres.
–¿Ha interviewado usted al presidente Wilcox?
-preguntó.
–Sí, señor Benett, y en la columna de las informaciones
público que, decididamente, de lo que padece es de una
dilatación del estómago, y que se entrega alos lavados
túbicos más concienzudos.
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–Bien ¿y el asunto del asesino Chapmann?... ¿Ha
interviewado usted a los jurados que deben formar el
Tribunal?
–Sí, y todos se hallan de acuerdo sobre la culpabilidad,
de tal suerte que el asunto no será siquiera enviado ante
ellos; el acusado será ejecutado antes de ser condenado.
–¡Perfectamente!... ¡Perfectamente!
La sala adyacente, vasta galería de medio kilómetro
de largo, estaba consagrada ala publicidad; y fácil es de
imaginar lo que es la publicidad de un diario como el
EarthHerald; produce, por término medio, tres millones
de dólares; merced, por lo demás, aun ingenioso sistema,
una parte de esta publicidad se propaga bajo una forma
absolutamente nueva, debida a un privilegio de invención
comprado por tres dólares a un pobre diablo que se
murió de hambre.
Consiste en inmensos carteles reflejados por las nubes,
y cuya dimensión es tal, que pueden ser vistos desde
toda una región. En aquella galería, mil proyectores
estaban, sin cesar, ocupados en enviar a las nubes, que
los reproducían en color, esos anuncios verdaderamente
desmesurados.
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Pero este día, cuando Francis Benett entró en la sala
de publicidad, vio que los mecánicos estaban cruzados de
brazos al lado de sus proyectores inactivos; se informa...
Por toda respuesta se le muestra el cielo, de un azul
purísimo.
–Sí... hermoso tiempo -murmuró-. Y ninguna publicidad
aérea posible... ¿Qué hacer? Si no se tratase más que de lluvia,
podría producirse; pero no es lluvia, son nubes lo que nos
hace falta...
–Sí, hermosas nubes, bien blancas -respondió el
mecánico jefe.
–Pues bien, señor Samuel Mark, se dirigirá usted a
la redacción científica, servicio metereológico, y le dirá
de mi parte que se ocupe activamente en la cuestión de
las nubes artificiales; ¡no se puede, realmente, estar así, a
merced del buen tiempo!
Después de haber dado fin a la inspección de las
diversas ramas del periódico, Francis Benett pasó al
salón de recepción, donde le aguardaban los embajadores
y ministros plenipotenciarios acreditados cerca del
Gobierno americano, y que iban en busca de los consejos
del omnipotente director.
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En el momento de penetrar Francis Benett en el salón,
se discutía con bastante animación y vivacidad.
–Perdóneme vuestra excelencia –decía el Embajador
de Francia al Embajador de Rusia-, pero no veo que
haya nada que cambiar en el mapa de Europa; ¡el Norte
para los eslavos, sea; pero el Mediodía para los latinos!
¡Nuestra común frontera del Rhinme parece excelente!
Por lo demás, sépalo, mi gobierno resistirá a cualquier
empresa que se intente contra nuestras prefecturas de
Roma, de Madrid y de Viena.
–¡Bien dicho! –dijo Francis Benett interviniendo en
el debate-. ¿Cómo, señor Embajador de Rusia, no está
usted satisfecho de su vasto Imperio, que desde las orillas
del Rhin se extiende hasta las fronteras de la China;
un Imperio cuyo inmenso litoral bañan el Océano
Glacial Ártico, el Atlántico, el Mar Negro, el Bósforo,
el Océano Índico? Y luego, ¿a qué esas amenazas? ¿Es
posible la guerra con los inventos modernos, esos obuses
asfixiantes, que se envían a distancias de cien kilómetros,
esas chispas eléctricas, de veinte leguas de largas, que
pueden de un solo golpe, reducir a la nada a todo un
cuerpo de ejército, y esos proyectiles que se cargan con
los microbios de la peste, del cólera, de la fiebre amarilla,
y que destruirían una nación entera en pocas horas?
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–Ya lo sabemos, señor Benett –respondió el Embajador
de Rusia–, pero no siempre puede hacerse lo que se
quiere... Empujados nosotros mismos por los chinos
sobre nuestra frontera oriental, necesitamos, cueste lo
que cueste, intentar algún esfuerzo hacia el Oeste...
–¿No es más que eso, señor? –repuso Francis Benett
en tono protector–. Pues bien: ya que la prolificidad
china constituye un peligro para el mundo, pasaremos
sobre el Hijo del Cielo; será menester que imponga a
sus súbditos un máximo de natalidad, que no puedan
rebasar bajo pena de muerte. ¿Que hay un niño más?...
¡Pues un padre de menos! Así se compensará... ¿Y
usted, caballero -dijo el director del Earth Herald,
dirigiéndose al cónsul de Inglaterra-, ¿qué puedo hacer
en su servicio?
–Mucho, señor Benett –respondió aquel personaje–.
Bastaría con que su periódico quiera emprender una
campaña en nuestro favor...
–¿Y a propósito de qué?...
–Sencillamente, para protestar contra la anexión de
Gran Bretaña a los Estados Unidos.
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–¡Así, sencillamente! –exclamó Francis Benett,
encogiéndose de hombros–. ¡Una anexión que tiene ya
ciento cincuenta años!... Pero ¿no se resignarán nunca
los señores ingleses a que, por un justo retorno de las
cosas de aquí abajo, su país se haya convertido en colonia
americana? ¡Eso es una locura! ¿Cómo ha podido creer
sugobierno que iba yo a emprender esta antipatriótica
campaña?
–Señor Benett la doctrina de Monroe es que la
América es para los americanos, pero nada más que la
América y no…
–Pero Inglaterra no es más que una de nuestras
colonias, caballero, una de las más hermosas. No cuenten
ustedes con que consintamos nunca en devolverla.
–¿Rehúsa usted?
–Rehúso, y si insiste, haremos nacer un casus belli
nada más que sobre la interview de uno de nuestros
reporters.
–¡Esto es, pues, el acabóse! –murmuró el cónsul inglés
aplanado–. El Reino Unido, el Canadá y la Nueva Bretaña
son de los americanos; las Indias son de los rusos; Australia
y Nueva Zelandia son de sí mismas... De todo lo que en otro
tiempo fue Inglaterra, ¿qué nos queda? ¡Nada ya!
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–¿Cómo nada? –replicó Francis Benett–. ¿Y Gibraltar?
Las doce daban en aquel instante.
El director de Earth Herald, dando fin a la ausencia
con un gesto, dejó el salón, sesentó en un sillón móvil
y llegó en pocos minutos a su comedor, situado a un
kilómetro de allí, en la extremidad del hotel.
La mesa está preparada y Francis Benett toma asiento
ante ella. Al alcance de sumano se hallan dispuestas
una serie de espitas, y ante él se encuentra la luna de un
fonoteléfoto, sobre la cual aparece el comedor de su hotel
de París.
A pesar de la diferencia de horas, Mr. y Mrs. Benett se
han puesto de acuerdo para almorzar al mismo tiempo;
nada tan hermoso como encontrarse así, frente a frente,
a pesar de la distancia, verse y hablarse por medio de los
aparatos fonotelefóticos.
Pero en este momento la habitación de París está vacía.
–¡Se habrá retrasado Edith! –díjose Francis Benett–.
¡Oh, la exactitud de las mujeres! Todo progresa excepto
eso...
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Y haciendo esta justísima reflexión, dio la vuelta a una
de las espitas.
Como todas las personas de su posición, en esta época,
Francis Benett, renunciando a la cocina doméstica, es uno
de los abonados de la gran “Sociedad de alimentación a
domicilio”. Esta sociedad distribuye, por medio de una red
de tubos neumáticos, manjares de mil clases; el sistema,
indudablemente, es costoso, pero la cocina es mejor, y tiene
además la ventaja de que suprime la raza horripilante de
los cocineros de ambos sexos.
Francis Benett almorzó, por consiguiente, solo, no sin
algún pesar; estaba terminando de tomar el café, cuando
Mrs. Benett, entrando en su casa, apareció en la luna del
teléfoto.
–¿De dónde vienes, mi querida Edith? –preguntó
Francis Benett.
–¡Cómo! –respondió Mrs. Benett–. ¿Ya has acabado?...
¿Me he retrasado entonces?... ¿Qué de dónde vengo?....
Pues de casa de mi modista... ¡Hay este año sombreros
maravillosos! En realidad, más bien que sombreros son
cúpulas... ¡Y me habré distraído un poco!
–Un poco, sí, querida... Tanto que ya ves, he terminado
mi almuerzo...
29
–Pues bien: vete, amigo mío, ve a tus ocupaciones –
respondió Mrs. Benett–. Tengo todavía que hacer una
visita a mi costurero-modelador.
Y ese costurero era nada menos que el célebre
Wormspire, aquel que tan juiciosamente ha dicho: “La
mujer no es más que una cuestión de formas”.
Francis Benett besó la mejilla de Mrs. Benett, en la
luna del teléfono, y se dirigió hacia la ventana, donde le
aguardaba su aerocoche.
–¿Dónde va, señor? –preguntó el aerocoachman.
–Veamos... Tengo tiempo -respondió Francis Benett-.
Llévame a mis fábricas de acumuladores del Niágara.
El aerocoche, máquina admirable, fundada sobre el
principio de más pesado que el aire, se lanzó a través del
espacio, a razón de seiscientos kilómetros por hora.
Bajo él desfilaban las ciudades, con sus aceras
movibles, que transportan a los transéuntes a lo largo de
las calles, y los campos recubiertos como de una tela de
araña, con la red de hilos eléctricos.
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En media hora llegó Francis Benett a su fábrica del
Niágara, en la cual, después de haber utilizado la fuerza
de las cataratas para producir la energía, la vende, o la
alquila, a los consumidores.
Luego, una vez terminada su visita, regresó por
Filadelfia, Boston y NuevaYork a Centrópolis, donde su
aerocoche le dejó a las cinco.
Había una verdadera muchedumbre en la sala de espera
del Earth Herald,esperando el regreso de Francis Benett
para la audiencia diaria que concede a los solicitantes.
Eran éstos inventores en busca de capitales y agentes de
negocios, proponiendo operaciones excelentes todas, a
juicio suyo; entre esas diversas proposiciones hay que
hacer una selección, rechazando las malas, sometiendo
a examen las dudosas y acogiendo las buenas.
Francis Benett despidió rápidamente a todos aquellos
que no aportaban más que ideas inútiles o impracticables.
¿No tenía el uno la pretensión de hacer revivir la
pintura, ese arte caído en tal desuso, que el Angelus de
Millet acababa de ser vendido en quince francos; debido
esto a los progresos de la fotografía en colores, inventada
a fines del siglo XX por el japonés Aruziswa-Riochi-
Nichome-Samjukamboz-Kio-Basg-ki-Kú, cuyo
nombre ha llegado a ser tan fácilmente popular? ¿No
afirmaba el otro haber encontrado el bacilo biógeno, que
debía hacer al hombre inmortal, después de introducido
en el organismo humano? ¿No acababa éste, un químico,
de descubrir un cuerpo nuevo, el Nihilium, cuyo gramo
no costaba más que tres millones de dólares? ¿No tenía
el otro, un audaz médico, la pretensión de poseer un
específico contra el reuma del cerebro? Todos estos
soñadores fueron prontamente despachados.
Algunos otros recibieron mejor acogida, y
primeramente un joven, cuya frente, amplia y despejada,
revelaba viva inteligencia.
–Caballero –dijo– si en otro tiempo se contaban
setenta y cinco cuerpos simples, ese número se ha reducido
hoy, como usted sabe, a tres.
–Perfectamente –respondió Francis Benett.
–Pues bien, caballero: yo estoy a punto de reducir esos
tres a uno solo; si no mefalta el dinero, dentro de algunas
semanas lo habré conseguido.
–¿Y entonces?...
–Entonces, señor mío, habré sencillamente
determinado el absoluto.
32
–¿Y la consecuencia de ese descubrimiento?
Instrumentos que registran las oscilaciones y
trepidaciones del suelo.
–Excelente... ¿Y el apetito? –¡Hum!
–Sí, el estómago... ¡No marcha bien el estómago!
¡Envejece el estómago! Decididamente, va a ser preciso
ponerle uno nuevo.
–Ya veremos –respondió Francis Benett–, entretanto,
doctor, va usted a comer conmigo.
Durante la comida se estableció la comunicación
fonotelefótica con París; esta vez, Mrs. Benett estaba ante
su mesa, y la comida estuvo salpicada con las agudezas
del Dr. Sam; fue encantadora.
Luego, una vez terminada:
–¿Cuándo piensas volver a Centrópolis, mi querida
Edith? –preguntó FrancisBenett.
–Voy a partir al instante.
–¿Por el tubo, o por el tren aéreo?
33
–Por el tubo.
–¿Cuándo estarás aquí?
–A las once y cincuenta y nueve de la noche.
–¿Hora de París?
–No, no; hora de Centrópolis.
–Hasta luego, pues y, sobre todo, no pierdas el tubo.
Estos tubos submarinos, por los que se viene de
Europa en doscientos noventa y cinco minutos son, en
efecto, infinitamente preferibles a los trenes aéreos, que
no andan sino mil kilómetros por hora.
Habiéndose retirado el doctor, después de haber
prometido volver para asistir a la resurrección de su
colega Nathaniel Faithburn, Francis Benett, queriendo
despachar sus cuentas del día, pasó a su gabinete.
Operación verdaderamente enorme, cuando se
trata de una empresa cuyos gastos diarios se elevan
a ochocientos mil dólares; por fortuna, los progresos
de la mecánica moderna facilitan, de manera singular,
esta clase de trabajo; con la ayuda del pianocontador-
eléctrico, pronto dejó Francis Benett terminada su tarea.
34
Era tiempo; apenas había golpeado la última tecla del
aparato totalizador, cuando su presencia era reclamada
en el salón de la experiencia. Dirigióse allí en seguida,
siendo acogido por un numeroso cortejo de sabios, a los
que se había unido el Dr.Sam.
El cuerpo de Nathaniel Faithburn estaba allí, en su
caja, colocada en medio de lasala.
Funciona el teléfoto; el mundo entero va a poder
seguir las diversas fases de laoperación.
Se abre el féretro... Sácase de él a Nathaniel
Faithburn... Sigue hecho una momia, amarillo, duro,
seco; resuena como una tabla... Se le somete al calor... A
la electricidad... Ningún resultado... Se le hipnotiza... Se
le sugestiona... Nada es capaz de sacarle de aquel estado
ultra cataléptico…
–¿Y bien, doctor Sam?... –pregunta Francis Benett.
El doctor se inclina sobre el cuerpo, y le examina con
la más viva atención.
Introdúcele, por medio de una inyección hipodérmica,
unas cuantas gotas del famoso elixir Brown-Séquard, que
está todavía de moda... La momia sigue tan momificada
como antes.
35
–Pues bien -responde el Dr. Sam-, creo que la
hibernación ha sido demasiado prolongada...
–¡Ah, ah! ...
–Y que Nathaniel Faithburn está muerto.
–¿Muerto?
–Tan muerto como se puede estar...
–¿Y desde cuándo?
–¿Desde cuándo? –responde el doctor Sam–.
Pues... desde hace cien años; es decir, desde que tuvo
la desdichada idea de hacerse congelar por amor de la
ciencia.
–Entonces –dijo Francis Benett–, se trata de un
método que necesita ser perfeccionado.
–Perfeccionado, esa es la palabra –dijo el Dr. Sam, en
tanto que la comisión científica de invernación se llevaba
su fúnebre fardo.
Francis Benett, seguido por el Dr. Sam, se volvió a su
habitación, y como parecía hallarse muy fatigado, tras
36
una jornada tan bien empleada, el doctor le aconsejó
tomase un baño antes de acostarse.
–Tiene, usted razón, doctor; eso me entonará. –
Entonces, señor Benett, si usted quiere, mandaré que lo
preparen al salir.
–Es inútil, doctor; siempre hay un baño preparado
en el hotel, y ni siquiera tengo que tomarme la molestia
de salir de mi habitación; sin más que oprimir este
botoncito, la bañera va a ponerse en movimiento, y usted
la verá presentarse sola, con el agua a la temperatura de
treinta y siete grados.
Francis Benett acababa de apretar el botón; percíbese
un ruido sordo, que va en aumento... En seguida, se abre
una de las puertas y aparece la bañera, deslizándose sobre
sus rieles...
¡Cielos!...
En tanto que el Dr. Sam se cubre la cara, leves gritos
de pudor alarmado se escapan de la bañera...
Llegada media hora antes al hotel por el tubo
transoceánico, Mrs. Benett se encontraba dentro…
37
Al día siguiente, 26 de julio de 2889, el director del
Earth Herald comenzaba denuevo su paseo de veinte
kilómetros a través de sus oficinas, y al llegar la noche,
cuando su totalizador hubo operado, arrojó como
beneficio de aquel día doscientos cincuenta mil dólares;
cincuenta mil más que el día anterior.
¡Un bonito oficio, el oficio de periodista a fines del
siglo veintinueve!
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Gil Braltar
39
I
Estaban allí reunidos lo menos de setecientos a
ochocientos. De mediana estatura; pero robustos, ágiles,
cabellos, hechos para los saltos prodigiosos, iban de
acá para allá, a los últimos resplandores del sol, que se
ocultaba al otro lado de las montañas escalonadas hacia
el Oeste de la rada.
El disco rojizo desapareció bien pronto, y la obscuridad
comenzó a extenderse en medio de toda aquella cuenca
encajonada entre las lejanas sierras de Sonora, de Ronda
y del país desolado del Cuervo.
De repente, la tropa se inmovilizó. Su jefe acababa de
aparecer, montado en la misma cresta de la montaña,
como sobre el torno de un asno flaco.
Desde el puesto de soldados, que estaba como colgado
en lo más extremo de la cima de la enorme roca, no se
podía ver nada de lo que pasaba bajo los árboles.
–¡Uiss, uiss! –silbó el jefe, cuyos labios, recogidos como
un culo de pollo, dieron a este silbido una intensidad
extraordinaria.
40
–¡Uiss, uiss! –repitió aquella extraña tropa, formando
un conjunto completo.
Un ser singular era este jefe de alta estatura, vestido
con una piel de mono con el pelo al exterior, la cabeza
rodeada de una inculta y espesa cabellera, la faz erizada
de una barba corta, los pies descalzos, duros en las plantas
como cascos de caballos.
Levantó el brazo derecho, y le extendió hacia la parte
inferior de la montaña. En el mismo instante, todos
repitieron aquella actitud con una precisión militar,
mejor dicho, mecánica, como verdaderos muñecos
movidos por el mismo resorte. El jefe bajó su brazo, y
todos bajaron el suyo. Se encorvó hacia el suelo, y todos se
inclinaron en la misma actitud. Empuñó un sólido palo,
que blandió en el aire, y todos blandieron sus bastones,
haciendo el mismo molinete; el mismo molinete que los
jugadores del palo llaman la “rosacubierta”.
Después, el jefe se volvió y se escurrió sobre la hierba,
subiendo por entre los árboles.
La tropa la siguió, haciendo los mismos movimientos.
En menos de diez minutos los senderos del monte,
descarnados por la lluvia, fueron recorridos, sin que el
choque de una roca ni de un guijarro hubiese detenido
aquella masa en marcha.
Un cuarto de hora después, el jefe se detuvo, y todos
se detuvieron, como si los hubieran clavado en el sitio. A
doscientos metros por bajo, aparecía la ciudad, tendida a
lo largo de la sombría rada. Numerosas luces iluminaban
el grupo confuso de edificios, de casas de quintas, de
cuarteles. Al otro lado, los fanales de los navíos de guerra,
los fuegos de los buques de comercio y de los pontones
anclados en la rada, reverberaban sobre la superficie
de las tranquilas aguas. Más lejos, a la extremidad de
la Punta de Europa, el faro proyectaba su hay de rayos
luminosos sobre el estrecho.
En aquel momento se oyó un cañonazo; el Birstgun
fire, disparado desde una de las baterías rasantes.
Entonces, los redobles del tambor, acompañados del
agudo chillido del pito, se dejaron oír.
Era la hora de la retreta, la hora da que cada cual
entrara en su casa. Ningún extranjero tenía ya
derecho para transitar por la ciudad, sin ir escoltado
por un oficial de la guarnición a los marineros se les
dio orden de volver a bordo entes de que las puertas de
la ciudad estuviesen cerradas. De cuarto en cuarto de
hora, circulaban patrullas, que conducían al puesto de
42
vigilancia a los retrasados y a los borrachos. Después,
todo quedó en silencio.
El general Mac Kackmale podía dormir a pierna
suelta.
No parecía que Inglaterra tuviera que temer por la
seguridad de su roca de Gibraltar.
II
Ya se sabe lo que es esta roca formidable, de ochenta
y cinco metros de altura, que descansa sobre una base
de mil doscientos cuarenta y cinco de ancha, y de cuatro
mil trescientos de larga. Tiene alguna semejanza con un
inmenso león acotado, con la cabeza del lado de España Y
la cola hundiéndose en el mar. Su faz descarnada deja ver
los dientes- setecientos cañones que enseñan sus bocas
a través de las troneras; la dentadura de la vieja, como la
llaman vulgarmente. Pero es una vieja, que mordería con
fuerza si se lamolestara.
Inglaterra está situada sólidamente en aquel punto,
como lo está en Perin, en Aden, en Malta, en Poulo-
Pinang y en Hongkong, en otras tantas rocas, con las
43
cuales algún día, con los progresos de la mecánica,
formará fortalezas giratorias.
Entretanto, Gibraltar asegura al Reino Unido una
dominación indiscutible sobre los diez y ocho kilómetros
de aquel estrecho, que la maza de Hércules ha abierto
entra Ávila y Calpe, en lo más profundo de las aguas
mediterráneas.
¿Han renunciado los españoles a reconquistar este
trozo de su Península? ¡Si! sin duda; pues parece ser
inatacable por tierra y por mar.
Sin embargo, había uno que abrigaba el pensamiento
constante de reconquistar aquella roca ofensiva y
defensiva. Éste era el late de la banda, un ser raro,
y hasta ea puede decir, loco. Éste hidalgo se llamaba
precisamente Gil Braltar, hombre que, en su pensamiento
sin duda, la predestinaba a una conquista tan patriótica.
Su cerebro no habla resistido a la idea,y su plaza hubiera
debido estar en un asilo de dementes. Se la conocía
perfectamente; sin embargo, desde hacía diez años no se
sabía a ciencia cierta lo que había sido de él.
¿Vagaría errante por el mundo? En realidad, él no
habla abandonado su territorio patrimonial.... Llevaba
una existencia de troglodita, bajo los bosques, en las
44
cavernas, y más particularmente en el fondo de los
inaccesibles reductos de las grutas de San Miguel,que,
según se dice, comunican con el mar. Se la creía muerta.
Vivía, sin embargo; pero a la manera de los hombres
salvajes desprovistos de la razón humana, que no
obedecen más quea los instintos de la animalidad.
III
El general Mac Kackmale dormía perfectamente a
pierna suelta, sobre sus dos orejas, algo más largas que lo
que manda la ordenanza. Con sus brazos desmesurados,
sus ojos redondos hundidos bajo sus espesas cejas, su faz
rodeada de una barba grisácea, fisonomía gesticuladora,
sus gestos de anthrooppitheco y el prognatismo
extraordinario de su mandíbula, era de una fealdad
notable, aun para un general inglés.
Un verdadero mono; excelente militar por otra parte,
a pesar de su figura simiesca.
Sí; dormía en su confortable habitación de Main
Stréet, aquella sinuosa calle que atraviesa la ciudad,
desde la puerta del Mar hasta la puerta de la Alameda.
Acaso estaría soñando que Inglaterra se apoderaba
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de Egipto, de Turquí, de Holanda, del Afganistán, del
Sudán, del país de los Boers, en una palabra, de todos
los puntos del globo que le conviniera, y esto en el
momento en que corría peligro de perder Gibraltar.
La puerta de la habitación se abrió bruscamente.
–¿Qué hay?– preguntó el general Mac Kackmale,
levantándose de un salto.
–Mi general (respondió un ayudante de campo, que
acababa de entrar en la habitación como una bomba): la
ciudad está Invadida.
–¿Por los españoles, quizá?
–Preciso es creerlo.
–¿Se habrían atrevido?....
El General no acabó de hablar. Se levantó, arrojó el
casquete que cubría su cabeza, se metió el pantalón, se
envolvió en su levita, se metió en sus bolas, se caló el
claque y se preparó con su espada, diciendo:
–¿Qué ruido es ese que oigo?
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–El ruido que forman los habitantes de las rocas, que
corren como una avalancha por la ciudad.
–¿Son muy numerosos esos pillos?
–Deben serlo.
–¿Sin duda se han reunido todos los bandidos de la
costa para dar este golpe de mano, los contrabandistas de
Ronda, los pescadores de San Roque, los refugiados que
pululan entodas las poblaciones?
– Es de temer, mi General.
– ¿Y el Gobernador está prevenido?
– ¡No! Y es imposible ir a darle aviso a su quinta de la
Punta de Europa. Las puertas están ocupadas; las calles
llenas de visitantes.
–¿Y en el cuartel de la puerta del Mar?
–¡No hay medio alguno de llegar hasta allí! Los
artilleros deben hallarse sitiados en su cuartel.
–¿De cuántos hombres podéis disponer?
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–De una veintena, mi General: soldados de línea del
tercer regimiento, que han podido escapar.
–¡Por San Dunstán! (exclamó Mac Kackmale.)
¡Gibraltar arrancado a la Inglaterra por esos vendedores
de naranjas! ¡ Eso no puede ser, no; no será! En aquel
momento la puertade la habitación dio paso a un ser
extraño, que saltó sobre los hombros del General.
IV
–¡Rendíos! –exclamó con voz ronca, que tenía más de
rugido que de voz humana.
Algunos hombres que hablan acudido detrás del
ayudante de campo se disponían alanzarse sobre aquel
hombre, cuando, a la claridad de la habitación, le
reconocieron.
–¡Gil Braltar! –exclamaron.
Era di, en efecto; el hidalgo, en el cual no se pensaba
ya desde hacía largo tiempo; el salvaje de las grutas de
San Miguel.
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–¡Rendíos! –continuaba gritando.
–¡Jamás! –respondió el general Mac Kackmale.
De repente, en el momento en que los soldados le
rodeaban, Gil Braltar hizo resonar un uiss... agudo y
prolongado.
En seguida, el patio del edificio, el edificio todo, la
habitación misma en que se hallaban, todo se llenó de
una masa invasora.
¿Lo creerán ustedes? Eran monos; monos, por
centenares. Iban a tomar a los ingleses aquella roca
de que son verdaderos propietarios, aquella montaña
que ocupaban antes los españoles, mucho antes de que
Cromwell hubiese soñado su conquista para la Gran
Bretaña. ¡Sí, en verdad! Y eran temibles por su número
aquellos monos sin cola, con los cuales no se vivía en
buena paz sino a condición de tolerar sus merodeos;
aquellos seres inteligentes y audaces, que se cuidaban
mucho de no molestar, pues sabían vengarse, y esto había
sucedido muchas veces, haciendo rodar enormes rocas
sobre la ciudad.
Y en aquel momento, aquellos monos se habían
convertido en soldados de un loco, tan salvaje como
49
ellos; de aquel Gil Braltar que todos conocían, que
llevaba una vida Independiente; de aquel Guillermo Tell
cuadrumanizado, cuya existencia entera se concentraba
en esto pensamiento: ¡Arrojar a los extranjeros del
territorio español! ¡Qué vergüenza para el Reino Unido, si
la tentativa llegaba a tener éxito! ¡Los ingleses, vencedores
de los indios, de los abisinios, de los tasmanios, de los
australianos, de los hotentotes y de tantos otros, vencidos
por los monos!
Si semejante catástrofe sucedía, el general Mac
Kackmale no tendría otro remedio que saltarse la tapa
de los sesos. ¡No se sobrevive a semejante deshonor! Sin
embargo, antes que, los monos, llamados por el silbido
de su jefe, hubiesen invadido la habitación, algunos
soldados habían conseguido apoderarse de Gil Braltar.
El loco, dotado de un vigor extraordinario, resistió, y no
costó poco trabajo el reducirlo. Su piel prestada le había
sido arrancada en la lucha, y permaneció casi desnudo, en
un rincón, amordazado, atado, bien seguro, para que no
pudiera ni moverse, ni hacerse oír. Poco tiempo después,
MacKackmale se lanzaba fuera de su habitación, resuelto
a vencer o morir, según la fórmula militar.
Pero el peligro no era menos grande en o exterior.
Sin duda, algunos soldados habían podido reunirse
en la puerta del Mar, y marchan hacia la vivienda del
50
General. Varios tiros se oían en Main-Strett y en la plaza
del Comercio. Sin embargo, el número de monos era tal,
que la guarnición de Gibraltar corría peligro de verse
muy pronto obligada a cederel puesto, y entonces, si los
españoles hacían causa común con los monos, los fuertes
serían abandonado; las baterías quedarían desiertas,
las fortificaciones no contarían más que con un solo
defensor, y los ingleses, que habían hecho inaccesible
aquella roca, no volverían a poseerla jamás.
De repente se produjo un gran movimiento.
En efecto: a la luz de las Antorcha que iluminaba el
patio, se pudo ver a los monos batirse en retirada. A la
cabeza del bando marchaba su jefe, blandiendo su palo.
Todos le seguían, imitando sus movimientos de brazos y
piernas, y el mismo paso.
¿Era que Gil Braltar habla podido desembarazarse
de sus ligaduras, y escapar de la habitación donde se
le guardaba? No había duda posible. ¿Pero adónde se
dirigían entonces? ¿Iban hacia la Punta de Europa,
al quinto del Gobernador, para tomarla por asalto, y a
intimarle la rendición, conforme habían hecho con el
General?
–¡No ¡El loco y su banda descendían por Main Street!
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Después de haber franqueado la puerta de la Alameda,
tomaron oblicuamente através del parque, y subieron por
las pendientes de la montaña.
Una hora después no quedaba en la ciudad al uno sólo
de los invasores de Gibraltar.¿Qué había pasado?
Bien pronto se supo, cuando el general Mac Kackmale
apareció en el límite del parque.
Había sido él, que, desempeñando el papel del loco, se
había envuelto en la piel demono del prisionero. Parecía
de tal modo un cuadrúmano aquel bravo guerrero, que
los monos mismos se habían engañado. Así fue que no
tuvo que hacer otra cosa que presentarse, y todos le
siguieron.
Una idea del genio seguramente, que fue muy pronto
recompensada con la concesión de la cruz de San Jorge.
En cuanto a Gil Braltar, el Reino Unido la cedió, por
dinero, a un Barnum o empresario de espectáculos,
que hace su fortuna paseándolo por las principales
ciudades del Antiguo ydel Nuevo Mundo. Varias veces
el empresario llega hasta decir que no es el salvaje
de San Miguel el que exhibe, sino el general Mac
Kackmale en persona. Sin embargo, esta aventura
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ha sido una lección para el gobierno de su graciosa
Majestad. Ha comprendido que, si Gibraltar no podía
ser tomada por los hombres, estaba, en cambio, a
merced de los monos. Por consiguiente, Inglaterra,
que es muy práctica, ha decidido no enviar allí en
adelanto sino los más feos de sus generales, a fin de
que los monos puedan engañarse con facilidad.
Esta medida los asegura verdaderamente pan siempre
la posesión de Gibraltar.
53
ÍNDICE
En el siglo XXIX, un día de un periodista norteamericano en el año
2889 ..........................................................................................................9
Gil Braltar ..............................................................................................39