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Desde finales del siglo XIX, la epopeya de los cadetes del Colegio Militar
ya había permeado en la conciencia colectiva como una de las
narraciones clásicas de la historia de México. Uno de los mejores
ejemplos es la poesía de Amado Nervo titulada “Los niños mártires de
Chapultepec” y cuyo más conocido verso dice: “Como renuevos cuyos
aliños,/ un viento helado marchita en flor,/ así cayeron los héroes
niños,/ ante las balas del invasor”. Definirlos cómo mártires les
otorgaba una connotación de religiosidad cívica y los colocaba lejos de
la realidad histórica.
Todo tipo de historias se crearon alrededor de los “niños héroes”. En
aras de la construcción del altar de la patria -a donde el sistema político
mexicano del siglo XX llevó a sus héroes para legitimarse en el poder-,
muchas se exageraron, otras se distorsionaron y no pocas fueron
inventadas. El término “niños héroes” se convirtió en sinónimo de
amor a la patria y pureza cívica.
Se dice que los niños héroes, “ni eran niños ni eran héroes”. Ésta es una
verdad a medias. Indudablemente no eran niños: en septiembre de
1847, Francisco Márquez y Vicente Suárez andaban por los 14 años de
edad; Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca tenían 18; Juan de la
Barrera 19 y Juan Escutia 20.
Sin embargo, no queda lugar a dudas que sí fueron héroes por varias
razones –aunque el concepto en sí mismo es excesivo-: por haber
tomado las armas para defender el territorio nacional; porque no
tenían la obligación de permanecer en el Castillo por su condición de
cadetes y decidieron quedarse voluntariamente; porque con escasas
provisiones y pertrechos militares, resistieron el bombardeo de más de
un día, bajo el fuego de la artillería enemiga que hacía cimbrar
Chapultepec entero. Frente a estos hechos, la edad poco importaba.
Quizás el mayor mito que rodea a los “niños héroes” es la conmovedora
escena en la cual, Juan Escutia, -que no era cadete del Colegio Militar,
toma la enseña tricolor y decide arrojarse desde lo alto del Castillo de
Chapultepec antes que verla mancillada por los invasores.
Escutia no murió por aventarse envuelto en una bandera hacia el vacío,
el cayó abatido a tiros junto con Francisco Márquez y Fernando Montes
de Oca en el jardín Botánico. La bandera mexicana fue capturada por
los estadounidenses y fue devuelta a México hasta el sexenio de José
López Portillo.
Sin embargo; fue por mucho tiempo, la leyenda romántica más
socorrida de la historia oficial, pero la heroica hazaña del pabellón
nacional no sucedió en el Castillo de Chapultepec, sino días antes, el 8
de septiembre, en la sangrienta batalla de Molino del Rey y otro fue su
protagonista. Miembro del batallón Mina, el Capitán Margarito Zuazo
fue de los últimos oficiales en sucumbir ante el furioso embate del
enemigo. Sus jefes, el General Antonio de León y el coronel Lucas
Balderas habían caído luego de batirse como fieras. El capitán Zuazo
correría la misma suerte. ""Era un mocetón arrucado y listo -escribió
Guillermo Prieto-; a la hora de los pujidos, él estaba en primera; él era
muy hombre; le hirieron de muerte, y a chorros le corría la sangre...
viéndose perdido, coge la bandera del batallón Mina matando a los que
se echaban sobre ella... la dobla y la acurruca en su seno..."". Con el
pabellón en su poder, continuó luchando y tras sortear las balas de
fusilería, la metralla de los cañones y las afiladas bayonetas, logró
llegar al edificio principal de Molino del Rey. ""Allí se quitó la chaqueta
y la camisa -continúa Prieto- y se enredó contra su cuerpo la bandera"".
La amenazante cercanía de los norteamericanos no lo amedrentó;
cuando la batalla tocó la última llamada, el capitán regresó al combate.
Las bayonetas invasoras no tuvieron misericordia de su cuerpo,
atravesado una y otra vez, Zuazo logró retirarse moribundo, buscando
salvaguardar la bandera que, bajo su uniforme manchado de guerra y
sangre, encontraba el calor de la patria en el cuerpo de uno de sus hijos
que por ella, entregaba la vida. Hasta la muerte debió reconocer su
valor. Del ""héroe desconocido"", el Castillo de Chapultepec guarda la
preciada reliquia. Los verdaderos héroes no se encuentran en la
historia oficial.
Por razones políticas, la historia de los niños héroes adquirió la
dimensión de un “cantar de gesta” durante el periodo del presidente
Miguel Alemán. La razón era sencilla, en marzo de 1947 el presidente
de Estados Unidos, Harry Truman, realizó una visita oficial a México
cuando se conmemoraban 100 años de la guerra entre ambos países.
Para tratar de agradar a los mexicanos colocó una ofrenda floral en el
antiguo monumento a los niños héroes en Chapultepec y expresó: “un
siglo de rencores se borra con un minuto de silencio”. La frase de
Truman y el homenaje tocaron las fibras más sensibles del
nacionalismo mexicano y desató el repudio hacia el vecino del norte, a
tal grado que, al caer la noche, cadetes del Colegio Militar retiraron la
ofrenda del monumento y la arrojaron a la embajada estadounidense.
El monumento a los niños héroes fue construido bajo el gobierno de
Miguel Alemán y aloja los supuestos restos de los niños héroes.
Para apaciguar los ánimos y resaltar los egregios valores de la
mexicanidad sobre la amenaza exterior, el gobierno decidió recurrir a
la historia. Poco después de la visita de Truman se dio a conocer una
noticia que ocupó las primeras planas de los diarios. Durante unas
excavaciones al pie del cerro de Chapultepec se encontraron seis
calaveras que se dijo pertenecían a los niños héroes.
La supuesta autenticidad fue apoyada por varios historiadores y por el
Instituto Nacional de Antropología e Historia. Nadie se atrevió a
contradecir la “verdad histórica”, avalada por el presidente, con un
decreto donde declaró que aquellos restos pertenecían
indudablemente a los niños héroes.
A partir de ese momento los “niños héroes” adquirieron otra
dimensión y se transformaron un mito. En 1952 se inauguró su nuevo
monumento –conocido hoy como el altar a la patria- y ahí fueron
depositados los restos óseos de seis desconocidos pues nunca se
comprobó científica y documentalmente que efectivamente eran los
cadetes.
Pero la manipulación de la historia no llega solo ahí; el sistema político
mexicano manipuló la historia y le negó su lugar a otros personajes que
también participaron en 1847. Hoy sabemos que los seis cadetes que
cayeron combatiendo no eran los únicos que tomaron las armas para
defender a la patria. Había otros, particularmente uno, que resultó
herido y logró sobrevivir. Ese otro “niño héroe” tuvo la fortuna de salir
con vida de la batalla, no obstante que se mantuvo firme en su posición
defensiva.
Un poco más crecidito, nuestro todavía desconocido “niño héroe” se
convirtió en la mejor espada del partido conservador y en acérrimo
enemigo de los liberales y de Benito Juárez. Por lógicas razones,
después de la batalla de Chapultepec y perder más de la mitad del
territorio nacional, él nunca se arrodillaría ante los estadounidenses, y
veía con descontento el total acercamiento de Benito Juárez y Melchor
Ocampo con Estados Unidos. De haberlos tenido en sus manos, los
hubiera hecho fusilar, como Don Benito hizo con él tiempo después.
Nuestro “niño héroe”, desconocido para casi todos, de haber militado
en las filas liberales y no en el partido conservador, también por
decreto pudo haber sido llamado: “el niño héroe presidente” ya que
ocupó la presidencia de México a los 27 años de edad, pero se equivocó
de partido politico y por consiguiente fue condenado a que no se
conociera su participación como cadete en la Batalla del Castillo de
Chapultepec. Su nombre: el General Miguel Miramón.
El día 13 de mayo de 1846, siendo en aquel entonces presidente de los Estados Unidos James Polk
declaró la guerra a México; con el objetivo de apoderarse de Nuevo México, Alta California, y otros
territorios del norte del país. Los intentos expansionistas del vecino país del norte se empezaron a
gestar desde la independencia de los paises de América Latina, y en particular en el caso de
México, poco a poco los pretextos para generar tensiones fueron creciendo, y las confrontaciones
se volvieron más agresivas por parte de los estadounidenses, esto alrededor de un clima interno
donde los conflictos sociales y políticos que imperaban en el México de la época facilitaron las
condiciones para reclamos de supuestos agravios, ruptura de acuerdos y tratados que fueron
moviendo los límites de las fronteras despojando al país de territorios llevando hacia el siguiente
paso la declaración de guerra.
La ruptura más cercana para esta invasión se pude llevar al momento que Texas solicita ingresar en
los Estados Unidos, petición que fue aprobada por el Congreso estadounidense. A partir de ese
momento la tensión entre México y Estados Unidos aumenta. Después se Estados Unidos hace una
oferta a México para comprar Alta California y Nuevo México por 15 millones de dólares, pero la
oferta fue rechazada y conllevo a la ruptura de relaciones diplomáticas. Esto provocó un
enfrentamiento entre ambos bandos el 25 de abril: las del general Taylor y las del general Mariano
Arista, este hecho sirvió de pretexto para que el Congreso de Estados Unidos declarara la guerra a
México, el 11 de mayo de 1846.
Para 1947 la invasión ya era un hecho, desde la frontera norte, las costas y pasando por el centro
del país, las batallas se suscitaban día con día, la avanzaba hacia la Ciudad de México era cada vez
màs contundente, al Mando del General Scott, a su paso dejaba derrotas en San Ángel,
Churubusco, Padierna, Molino del Rey y la batalla del Castillo de Chapultepec, que fue la última de
estas. Llegando posteriormente las tropas estadounidenses; sin problema al Zocalo, elevando la
badera de Estados Unidos en el Palacio Nacional.
En la Batalla de Chapultepec, el Teniente Coronel Santiago F. Xicoténcatl, fue acribillado por treinta
balas y casi al borde de la muerte, con supremo esfuerzo, alcanza la bandera de su Batallón de San
Blas y para protegerla de no caer en manos del enemigo, envuelve su cuerpo en ella y muere con
el lienzo patrio en su poder. Casi todo su batallón es aniquilado en Chapultepec por las fuerzas
enemigas, por las órdenes contradictorias que Santana había dado al teniente. El dia anterior al
iniciar el ataque al Castillo le comunicó que al frente de su batallón refuerce a los defensores del
Castillo, inexplicablemente se le ordena retirarse la noche del mismo día. Orden y luego contra
orden se convierte en desorden. Así a la mañana del día siguiente, cuando la situación era ya muy
complicada pues el invasor ya estaba subiendo las faldas del cerro, se le ordena nuevamente que
marche en auxilio de los defensores del Castillo. La orden fue acatada, no obstante sabían que
marchaban a una muerte segura. A paso veloz penetró Xicoténcatl al frente de su batallón en el
bosque de Chapultepec, chocando de inmediato con el enemigo con el que entabló una lucha
cuerpo a cuerpo, y tras heroica pero inútil resistencia, debido al número de soldados
estadounidenses, es derrotado quedando tendidos en el campo de batalla casi la totalidad de los
valientes integrantes del Batallón de San Blas. Mientras los niños y jóvenes mexicanos mueren en
defensa de su patria en Chapultepec, otro grupo de jóvenes migrantes de origen irlandés, alemán,
polacos de religión católica, entre otros, se hacian llamar los San Patricios y aí se les conocía,
también ese mismo día fueron algunos de ellos ejecutados en Tacubaya. Las fuerzas
norteamericanas invasoras ahorcaron a treinta soldados estadounidenses-irlandeses que
desertaron y luchaban a favor de México.
Durante la ocupación de Monterrey, por ejemplo, por tropas de Estados Unidos, observaron una
importantente deserción, lo que fue un serio problema, para el ejército estadounidense, el mayor
Luther Giddings, citaría que más de 50 soldados regulares habían abandonado el servicio
diciendo... "A estos el enemigo los recibió con alegría y alistó rápidamente en sus filas, sirvieron
con coraje y fidelidad que nunca habían exhibido en las nuestras”.
En abril de 1847, cuando ya habían formado dos compañías el Batallòn de San Patricio, fue
reconocido como elementos oficiales del ejército mexicano, en las batallas, se les reconocía por la
bandera blanca y verde, bajo la cual peleaban, confeccionada por monjas de San Luis Potosí,
llevaba por un lado una imagen de San Patricio, santo patrono de Irlanda y por el otro su escudo,
“Los colorados” como los llamaba el pueblo, por el color de su piel quemada por el sol, quienes
lucharon con heroísmo en las más importantes batallas libradas durante la guerra, especialmente
en la de Monterrey y en la de La Angostura solo por nombrar algunas.
La mayoría murió en combate. Setenta y dos fueron hechos prisioneros después de la batalla del
convento de Churubusco, el 9 de septiembre, se cumple la sentencia en San Ángel y dieciséis de
ellos son ahorcados; al día siguiente, serán ajusticiados cuatro en Mixcoac, luego treinta; los demás
en Tacubaya el 13 de septiembre; para juzgarlos, el ejército norteamericano estableció dos
consejos de guerra, uno en Tacubaya y otro en San Ángel. Se encargó del castigo y ejecución del
mismo al coronel William Harney, descendiente de irlandeses.
Es aquí; en los días 12 y 13 de septiembre, donde nos encontramos con la batalla del Castillo de
Chapultepec, sede de la escuela de formación del Colegio Militar, durando un par de días, comenzó
en la madrugada del 12 de septiembre de 1847 cuando los soldados estadunidenses iniciaron un
fuerte bombardeo sobre el bosque y Castillo de Chapultepec. Más de siete mil soldados
estadounidenses al mando del general Winfield Scott, asaltan el Castillo de Chapultepec, defendido
por Nicolás Bravo, Mariano Monterde como segundo mando y Santiago Felipe Xicotécantl, jefe del
Batallón de San Blas, al que se agregan los alumnos del Colegio Militar, entre ellos: Juan de la
Barrera, Agustín Melgar, Vicente Suárez, Francisco Márquez, Fernando Montes de Oca y Juan
Escutia, suman sólo un poco más de ochocientos efectivos los jóvenes mexicanos defensores del
castillo. El general Santa-Anna, que en la noche anterior había, hecho entrar a México toda la
reserva, los había dejado solos. El día 13, al amanecer, nuevamente se realizaron bombardeos al
Castillo, mucho más vivos que el día anterior, pero misteriosamente a las nueve de la mañana el
fuego cesó, debido a que los soldados estadunidenses habían comenzado el ascenso del cerro. El
general Bravo en cuanto observó el movimiento de las tropas enemigas, mandó aviso al general
Santa-Anna, pidió parque y refuerzos; Santana juzgó que Chapultepec no sería asaltado, y no lo
reforzó, considerando mejor, defender el desemboque de las calzadas de Anzures y la Condesa. Se
dio una lucha feroz entre los soldados estadounidenses y los mexicanos del Batallón de San Blas,
lamentablemente a pesar de los grandes esfuerzos, los invasores con el paso de la batalla ganaban
terreno y lograron llegar al Castillo. Al lograr arribar los norteamericanos al Castillo sólo unos pocos
soldados y cadetes permanecían en el edificio.
La historia oficial se encargó de reducir la batalla de Chapultepec exclusivamente al sacrificio de 6
jóvenes cadetes, pero aquel 13 de septiembre de 1847; había poco más de 800 soldados
mexicanos, que fueron apoyados por el batallón activo de San Blas con 400 hombres más y medio
centenar de cadetes del Colegio Militar.
Al término de la jornada las cifras eran escalofriantes: cerca de 400 soldados habían desertado;
alrededor de 600 murieron y de los cadetes 6 perdieron la vida. Cada 13 de septiembre cuando en
la ceremonia cívica se escucha el grito: “¡Murió por la Patria!”, habría que pensar en todos los
caídos y no sólo en los “niños héroes”.
El primer monumento en honor a todos estos héroes que pelearon para defender a su patria
mexicana contra la invasión estadounidense; fue un obelisco de unos seis metros de altura.
El monumento fue construido a instancias del general Sóstenes Rocha -exalumno y entonces
Director del Colegio Militar, que logró que el presidente Manuel González otorgara fondos para
erigir el monumento.
Fue diseñado por Ramón Rodríguez Arangoiti, arquitecto y excadete del Colegio Militar que
participó en aquellas gestas.
Por decreto del 3 marzo de 1884, se establecerá que en el Colegio Militar se pase lista de presentes
a los cadetes muertos en 1847, debiéndose contestar con las palabras: ¡Murió por la patria!
El homenaje a los caídos durante la invasión norteamericana se conmemoraba el 8 de septiembre,
cuando tuvo lugar la batalla de Molino del Rey, y no será sino hasta 1921 cuando la
conmemoración tendrá lugar, con algunas excepciones, el mismo día de la batalla del Castillo de
Chapultepec que era la sede del colegio Militar mexicano, el 13 de septiembre.
Pese a lo que comúnmente se piensa, el obelisco que se ubica en la primera sección del Bosque de
Chapultepec no se erigió como un monumento a los llamados Niños Héroes, sino que fue un
homenaje a todos aquellos que participaron en la resistencia ante la invasión norteamericana en la
Ciudad de México, en septiembre de 1847 incluidos los cadetes del Colegio Militar.
Este obelisco sigue en pie al sureste de la base del cerro de Chapultepec, frente a un paisaje rocoso
donde una placa aún indica que ahí cayó Juan Escutia después de envolver su cuerpo con una
bandera (ahora también sabemos que no hay elementos que aporten verosimilitud a esa
anécdota).
Aunque hoy es llamado Obelisco a los Niños Héroes, esta obra originalmente fue concebida como
un monumento “a la memoria de los alumnos del Colegio Militar que murieron como héroes”, en
especial a quienes pelearon en las batallas de Molino del Rey y Chapultepec, el 8 y 13 de
septiembre de 1847.
La celebración, iniciada por exalumnos del Colegio Militar, paulatinamente fue tomada por las
autoridades educativas federales para fomentar en la niñez los valores de sentido del deber, del
honor, de la lealtad y el patriotismo que representan los Niños Héroes y que no son exclusivos de
los militares, sino que son deseables en todos los ciudadanos de cualquier país.
Su construcción fue promovida por la Asociación del Colegio Militar, fundada en septiembre de
1871 por varios excombatientes que defendieron el país durante la guerra contra Estados Unidos
(1846-1848). Entre sus miembros se contaban Fernando Poucel (presidente fundador), el ingeniero
Ignacio Molina, el artista Santiago Hernández (autor de los retratos de los Niños Héroes), el
escritor José Tomás de Cuéllar y el licenciado Ignacio Burgoa. Después de más de 20 años, los
sobrevivientes del conflicto armado, muchos de los cuales eran cadetes en 1847, comenzaron a
recuperar la funesta memoria de aquellas contiendas que terminaron en derrota para las fuerzas
nacionales y dieron paso a la ocupación de la ciudad de México por parte de los estadounidenses.
Los miembros de dicha asociación, acompañados por el primer mandatario de la República y
secretarios de Estado, conmemoraban cada año ambas batallas el 8 de septiembre. Junto al
famoso ahuehuete bautizado por los cadetes como “el Sargento” (hoy también llamado “de
Moctezuma”), se enaltecía el heroísmo de los que murieron por la patria sin importar su corta
trayectoria en este mundo, así como “la defensa de Chapultepec en la que tomaron una parte tan
gloriosa los alumnos del Colegio Militar de aquella época”.
En su cara principal aparecen los nombres de los que tiempo después serían conocidos como los
Niños Héroes: Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Francisco Márquez, Vicente Suárez, Fernando
Montes de Oca y Juan Escutia. Es decir, ya se comenzaba a construir el relato patriótico que
concentraba en ellos la defensa del Castillo de Chapultepec, dejando de lado a los demás cadetes,
al Batallón de San Blas y a otros participantes.
En las otras caras del monumento se hallan las listas de nombres de los integrantes de la 1ª
Compañía, comandada por el capitán Domingo Alvarado, entre ellos José T. de Cuéllar, Ignacio
Molina, Santiago Hernández y el mismo Rodríguez Arangoiti; los miembros de la 2ª Compañía,
entre ellos Miguel Miramón (futuro presidente de México); así como los heridos y prisioneros,
entre quienes se encuentran el general Mariano Monterde (entonces director del Colegio Militar) y
el teniente Fernando Poucel.
Fotografías del Obelisco:
Desde finales del siglo XIX, la epopeya de los cadetes del Colegio Militar ya había permeado en la
conciencia colectiva como una de las narraciones clásicas de la historia de México. Uno de los
mejores ejemplos es la poesía de Amado Nervo titulada “Los niños mártires de Chapultepec” y
cuyo más conocido verso dice: “Como renuevos cuyos aliños,/ un viento helado marchita en flor,/
así cayeron los héroes niños,/ ante las balas del invasor”. Definirlos cómo mártires les otorgaba una
connotación de religiosidad cívica y los colocaba lejos de la realidad histórica.
Todo tipo de historias se crearon alrededor de los “niños héroes”. En aras de la construcción del
altar de la patria -a donde el sistema político mexicano del siglo XX llevó a sus héroes para
legitimarse en el poder-, muchas se exageraron, otras se distorsionaron y no pocas fueron
inventadas. El término “niños héroes” se convirtió en sinónimo de amor a la patria y pureza cívica.
Se dice que los niños héroes, “ni eran niños ni eran héroes”. Ésta es una verdad a medias.
Indudablemente no eran niños: en septiembre de 1847, Francisco Márquez y Vicente Suárez
andaban por los 14 años de edad; Agustín Melgar y Fernando Montes de Oca tenían 18; Juan de la
Barrera 19 y Juan Escutia 20.
Sin embargo, no queda lugar a dudas que sí fueron héroes por varias razones –aunque el concepto
en sí mismo es excesivo-: por haber tomado las armas para defender el territorio nacional; porque
no tenían la obligación de permanecer en el Castillo por su condición de cadetes y decidieron
quedarse voluntariamente; porque con escasas provisiones y pertrechos militares, resistieron el
bombardeo de más de un día, bajo el fuego de la artillería enemiga que hacía cimbrar Chapultepec
entero. Frente a estos hechos, la edad poco importaba.
Quizás el mayor mito que rodea a los “niños héroes” es la conmovedora escena en la cual, Juan
Escutia, -que no era cadete del Colegio Militar, toma la enseña tricolor y decide arrojarse desde lo
alto del Castillo de Chapultepec antes que verla mancillada por los invasores.
Escutia no murió por aventarse envuelto en una bandera hacia el vacío, el cayó abatido a tiros
junto con Francisco Márquez y Fernando Montes de Oca en el jardín Botánico. La bandera
mexicana fue capturada por los estadounidenses y fue devuelta a México hasta el sexenio de José
López Portillo.
Sin embargo; fue por mucho tiempo, la leyenda romántica más socorrida de la historia oficial, pero
la heroica hazaña del pabellón nacional no sucedió en el Castillo de Chapultepec, sino días antes, el
8 de septiembre, en la sangrienta batalla de Molino del Rey y otro fue su protagonista. Miembro
del batallón Mina, el Capitán Margarito Zuazo fue de los últimos oficiales en sucumbir ante el
furioso embate del enemigo. Sus jefes, el General Antonio de León y el coronel Lucas Balderas
habían caído luego de batirse como fieras. El capitán Zuazo correría la misma suerte. ""Era un
mocetón arrucado y listo -escribió Guillermo Prieto-; a la hora de los pujidos, él estaba en primera;
él era muy hombre; le hirieron de muerte, y a chorros le corría la sangre... viéndose perdido, coge
la bandera del batallón Mina matando a los que se echaban sobre ella... la dobla y la acurruca en
su seno..."". Con el pabellón en su poder, continuó luchando y tras sortear las balas de fusilería, la
metralla de los cañones y las afiladas bayonetas, logró llegar al edificio principal de Molino del Rey.
""Allí se quitó la chaqueta y la camisa -continúa Prieto- y se enredó contra su cuerpo la bandera"".
La amenazante cercanía de los norteamericanos no lo amedrentó; cuando la batalla tocó la última
llamada, el capitán regresó al combate. Las bayonetas invasoras no tuvieron misericordia de su
cuerpo, atravesado una y otra vez, Zuazo logró retirarse moribundo, buscando salvaguardar la
bandera que, bajo su uniforme manchado de guerra y sangre, encontraba el calor de la patria en el
cuerpo de uno de sus hijos que por ella, entregaba la vida. Hasta la muerte debió reconocer su
valor. Del ""héroe desconocido"", el Castillo de Chapultepec guarda la preciada reliquia. Los
verdaderos héroes no se encuentran en la historia oficial.
Por razones políticas, la historia de los niños héroes adquirió la dimensión de un “cantar de gesta”
durante el periodo del presidente Miguel Alemán. La razón era sencilla, en marzo de 1947 el
presidente de Estados Unidos, Harry Truman, realizó una visita oficial a México cuando se
conmemoraban 100 años de la guerra entre ambos países.
Para tratar de agradar a los mexicanos colocó una ofrenda floral en el antiguo monumento a los
niños héroes en Chapultepec y expresó: “un siglo de rencores se borra con un minuto de silencio”.
La frase de Truman y el homenaje tocaron las fibras más sensibles del nacionalismo mexicano y
desató el repudio hacia el vecino del norte, a tal grado que, al caer la noche, cadetes del Colegio
Militar retiraron la ofrenda del monumento y la arrojaron a la embajada estadounidense.
El monumento a los niños héroes fue construido bajo el gobierno de Miguel Alemán y aloja los
supuestos restos de los niños héroes.
Para apaciguar los ánimos y resaltar los egregios valores de la mexicanidad sobre la amenaza
exterior, el gobierno decidió recurrir a la historia. Poco después de la visita de Truman se dio a
conocer una noticia que ocupó las primeras planas de los diarios. Durante unas excavaciones al pie
del cerro de Chapultepec se encontraron seis calaveras que se dijo pertenecían a los niños héroes.
La supuesta autenticidad fue apoyada por varios historiadores y por el Instituto Nacional de
Antropología e Historia. Nadie se atrevió a contradecir la “verdad histórica”, avalada por el
presidente, con un decreto donde declaró que aquellos restos pertenecían indudablemente a los
niños héroes.
A partir de ese momento los “niños héroes” adquirieron otra dimensión y se transformaron un
mito. En 1952 se inauguró su nuevo monumento –conocido hoy como el altar a la patria- y ahí
fueron depositados los restos óseos de seis desconocidos pues nunca se comprobó científica y
documentalmente que efectivamente eran los cadetes.
Pero la manipulación de la historia no llega solo ahí; el sistema político mexicano manipuló la
historia y le negó su lugar a otros personajes que también participaron en 1847. Hoy sabemos que
los seis cadetes que cayeron combatiendo no eran los únicos que tomaron las armas para defender
a la patria. Había otros, particularmente uno, que resultó herido y logró sobrevivir. Ese otro “niño
héroe” tuvo la fortuna de salir con vida de la batalla, no obstante que se mantuvo firme en su
posición defensiva.
Un poco más crecidito, nuestro todavía desconocido “niño héroe” se convirtió en la mejor espada
del partido conservador y en acérrimo enemigo de los liberales y de Benito Juárez. Por lógicas
razones, después de la batalla de Chapultepec y perder más de la mitad del territorio nacional, él
nunca se arrodillaría ante los estadounidenses, y veía con descontento el total acercamiento de
Benito Juárez y Melchor Ocampo con Estados Unidos. De haberlos tenido en sus manos, los
hubiera hecho fusilar, como Don Benito hizo con él tiempo después.
Nuestro “niño héroe”, desconocido para casi todos, de haber militado en las filas liberales y no en
el partido conservador, también por decreto pudo haber sido llamado: “el niño héroe presidente”
ya que ocupó la presidencia de México a los 27 años de edad, pero se equivocó de partido politico
y por consiguiente fue condenado a que no se conociera su participación como cadete en la Batalla
del Castillo de Chapultepec. Su nombre: el General Miguel Miramón.