GRINGO
Pegó dos o tres silbidos y no pasó nada.
Gritó su nombre y nada. En un idioma extraño y antiguo farfulló su nombre y
hasta es posible que maldijera.
Se movieron unos pastizales y apareció, una figura perruna marrón oscuro, sin
ningún atractivo especial, con ojos vivaces y hasta podría decirse sonrientes.
Entre sus mandíbulas traía una liebre y una perdiz, se acercó moviendo el rabo y
las dejó a los pies del viejo.
- ¡Šuo, loco! Trajsta zcen – acarició la cabeza del perro y se puso
rápidamente a limpiar los animales - ¡tnems partid, Šuo! ¿Quinganho?
¿Argi o Perú?– el perro lo miró, ladró tres veces, bajó la cabeza y luego
ladró una vez. El hombre sonrió, sabía que sería un 3 a 1, pero lo que el
perro no sabía eran los condimentos, los goles aquel 23 de marzo de
1978, los marcarían Luque, Passarella y Houseman, era un buen triunfo
de cara al mundial.
La casa era modesta, poco iluminada, un sillón en la sala que también era la
cama del hombre, un televisor en colores (imposible para esa época), no había
ni mesa, ni sillas, al fondo se veía una cocina muy bien equipada con un
especiero que ocupaba media pared. La otra habitación era una gran biblioteca
con libros en infinidad de idiomas de épocas remotas y actuales y la última era
una colección enorme de almohadones y colchonetas que el hombre llamaba la
sala para meditar. Sobre la casa, en el techo, se veían gran cantidad de antenas
parabólicas orientadas en todas direcciones.
Alrededor de la casa, se movían en las sombras del atardecer entre 15 y 20
oficiales de la policía federal y un camión de asalto del ejército con 8 soldados
que esperaban apostados por si las cosas se ponían difíciles.
El hombre notó que el perro estaba inquieto y lo llamó, vino con la cabeza baja.
- ¡vana tirar es puertabjo, no hagsnad, entiend, nad, me vanallevr, pr un
temp, no me busqs! ¡Entiend! – y siguió como si nada de lo que dijera
fuera a pasar, puso la perdiz y la liebre al fuego en cacerolas de barro por
separado y las condimentó de un modo increíble, inmediatamente la casa
se llenó de una aroma a comida deliciosa. El perro se echó lejos de la
puerta pero mirando hacia ella. El hombre lo miró y sonrió con tristeza.
Cuando la comida estuvo servida en un cuenco de madera y el plato del
perro en el suelo, el hombre dijo unas palabras vaya a saber en qué
dialecto e indicó al animal a que comiera su parte, el perro siguió en la
misma posición sin probar bocado, observando la puerta que casi de
inmediato salió volando hecha astillas. Ninguno de los dos se sobresaltó,
ingresaron los policías en el recinto y apuntaron al tipo que no obstante
se llevó un bocado de perdiz a la boca.
Los policías estaban inquietos, no había nadie más que ese hombre flaco y viejo
y su perro, ninguno de los dos ofrecían la menor resistencia, registraron las
habitaciones y no encontraron nada. Sólo ahí ingresó un policía de alto rango,
tal vez un subcomisario que se acercó al hombre que no paraba de comer. Se
miraron a los ojos y entonces el hombre convidó al policía un poco de liebre.
- ¡Gracias! – entonces todo su aspecto de hombre fuerte se desvaneció -
¿por qué puede ver televisión en colores? – se preguntó para sí pero lo
hizo en voz alta, el hombre no respondió, siguió cenando, el policía
recorrió la sala y observó las habitaciones, entonces recobró la
compostura - ¡Antunez! – uno de los hombres uniformados se acercó -
¿encontró algo…? – con el mentón apuntó a la biblioteca
- ¡no señor! – se aclaró un poco la garganta – todos los libros son en
diferentes idiomas –dijo en voz baja – nadie tiene idea de lo que tratan –
el oficial de rango hizo una seña con la cara y Antunez se retiró.
- ¡Rojas! – gritó, y un policía de tez morena y pequeña estatura se acercó -
¿qué encontró?
- ¡Señor, en el techo hay una docena de antenas parabólicas, todas
importadas! ¡pero no pude encontrar ningún aparato de transmisión ni
recepción! ¡Los canales de televisión son de otros países, señor, y en
todos ellos sólo sintoniza partidos de futbol! –otro gesto y Rojas se retiró.
- ¡Martino! – un policía joven con aire de importancia se adelantó
- ¡Soy Martinez, señor! – dijo con una sonrisa disimulada
- ¡Y si no es Martino para que mierdas vino, estúpido! ¡Armas, digame que
encontró armas, aunque más no sea una escopeta de caza!
- ¡no señor, nada de nada, unos cuchillos de cocina es lo más peligroso que
hay! – el policía a cargo golpeó su mano con un puño, el hombre siguió
comiendo, rebañando el pan en el cuenco de madera.
- ¡Quién mierda nos hizo venir aquí! – bufó y pateó el suelo con los tacos
de sus botas, miró al tipo y este le devolvió la mirada, volvió a ofrecerle
un cuenco de comida y esta vez el uniformado se lo arrancó de las manos
con un violento revés. El cacharro se estrelló contra el piso. El perro hizo
un ademan de levantarse pero el hombre solo con la vista lo contuvo.
- ¡Perdón, me pone nervioso este lugar! ¿cómo se llama?
- Guracsevic, Janko
- ¿a qué se dedica? – el hombre no respondió, solamente señaló la
televisión en colores que transmitía un partido amistoso previo al
mundial – ¡no le entiendo! ¿de qué trabaja? – dijo otra vez perdiendo un
poco la calma
- Fussball – dijo señalando la pantalla. El policía perdió los estribos y dio
una vuelta en redondo abriendo los brazos
- ¡La reputísima madre que me parió! – gritó - ¡llevenseló!
- ¿qué hacemos con el perro? – preguntó Antunez
- ¡mátenlo, que lo ejecute Martino! – dijo y sin mirar atrás se perdió en la
negrura de la noche
Le pusieron una bolsa de arpillera en la cabeza para que no reconociera el
camino hacia el lugar donde lo llevaban, aunque él tenía claro el lugar, como
llegar y como salir de allí sin que ninguno de esos hombres siquiera lo notara. Le
sugirieron que no intentara gritar o hablar, de todos modos él se mantuvo en
silencio hasta que lo esposaron a una reja en un pabellón armado especialmente
por “el herrero”, recién ahí le sacaron la bolsa de la cabeza. Recorrió la vista por
la “habitación” si así uno podía llamarla, lamentó mucho que no hubiera una
televisión donde ver los partidos, el mundial se venía encima, sonrió, ya
instalarían una enfrente de su celda. Estaba todo oscuro, una luz potente de una
linterna se acercó, el que la traía era Roberto, alias “Ele” por electrón, pero él
nunca debería revelar que sabía su verdadero nombre, Ele era el encargado de
picanear. Otro hombre venía con él, el herrero, le costaba saber algo de él,
apenas obtuvo su nombre de pila “Damián”.
- cerrá los ojos – era Ele el que hablaba - ¡Quién fue el idiota que lo
enganchó en la puerta de la celda! – hizo un par de sonidos guturales -
¡Manga de inútiles, así quieren ganar esta guerra! ¡Qué mierda, si ni les
importa! ¡Mirá para allá! ¡Y no intentes nada! – sumisamente el hombre
giró la cara hacia la pared de su derecha - ¡Mirá qué bueno! – le dijo Ele a
el herrero – está impecable – y se relamió como si se tratara de un buen
bocado – ni un rasguño ¡por ahora, jajaja, por ahora! – dijo codeando al
herrero en su panza prominente. En ese momento el hombre pudo ver la
mente de Ele como si se tratara de un libro, pero no le interesó, sabía que
babeaba por torturar y cuanto más gritara y suplicara el torturado, más lo
disfrutaba. Ele era en esencia maligno. Gustaba de violar y matar mujeres
en un lugar que llamaba el Pocito. Le interesaba más el otro pero su
mente estaba firmemente cerrada.
Ele abrió las esposas y empujó violentamente al tipo dentro de la jaula. Le arrojó
la bolsa de arpillera y le dijo que cada vez que escuchara voces se pusiera la
bolsa en la cabeza, separara las piernas y se colocara contra la pared con las
manos separadas y en alto. El hombre no respondió, simplemente se puso la
capucha en la cabeza y se paró contra la pared como le habían indicado. Ele
largó una carcajada, miró a El herrero y soltó un silbido. Acto seguido comenzó
a aplaudir. Cerraron la reja y se retiraron charlando.
Al día siguiente el hombre escuchó pasos y adoptó la posición indicada. Lo
llevaron, poco amablemente a otro lugar y lo interrogaron. Del interrogatorio no
pudieron obtener demasiado, todo lo que le preguntaban él lo relacionaba con el
fútbol y los mundiales. Ele estaba enfurecido. Él no participaba de los
interrogatorios, se ponía demasiado violento y no era lo que querían. Sobre todo
cuando al que le preguntaban no respondía, o respondía siempre lo mismo.
- ¿este idiota dice que montó un tremendo centro de comunicaciones
solamente para ver unos estúpidos partidos de fútbol? ¡No! ¡No hay
quién se lo crea! ¿no? ¿vos le crees?... ¡le crees…! No ¡No, no te puedo …
yo no lo puedo creer …que seas…!
- ¡Ojo con tu boca! – dijo al que llamaban el Eje y que era la autoridad
mayor del centro de detención - ¡Sigo siendo tu superior, aunque seamos
amigos! ¿correcto? – Ele asintió masticando la bronca, ya le tocaría a él
sacarle información, con la picana no había quien se resistiera - ¡Si llegan
a pasártelo a vos, haces lo que quieras! ¿correcto? – Ele volvió a asentir.
Hacía varios días que el hombre que se había titulado Janko Guracsevic había
entrado en el Pozo, nadie tenía claro a qué se dedicaba, solamente que lo único
que hacía era ver partidos por televisión. Alguien había traído su televisor en
colores y lo había montado frente a su jaula. Eje se quejó de por qué lo habían
colocado ahí y Ele que era el experto, dijo que en ningún otro lado habían
logrado generar la imagen, ni en blanco y negro y mucho menos en colores, solo
ahí y nada más que ahí y habían conectado las antenas, también propiedad del
prisionero para ver fútbol, de Irán, Lituania, Túnez o de dónde diablos uno
quisiera. Alguno o muy pocos notaron que la habitación de Janko, Juan, John,
Sean, Yon o quien fuera estaba habitada por un segundo prisionero, que todos
veían pero que nadie quería ver, simplemente para no crearse un problema. Su
perro estaba con él y nadie sabía ni cuándo ni cómo había ingresado y eso era lo
que querían evitar que Eje preguntara y se pusiera de mal humor.
- ¡Šuo, loco! – acarició la cabeza del perro - ¡tnems partid, Šuo!
¿Quinganho? ¿Argi o Ireland?– el perro lo miró, ladró tres veces, bajó la
cabeza y luego ladró una vez. El hombre sonrió, sabía que sería también
un 3 a 1, esta vez los goles aquel miércoles 19 de abril de 1978, los
marcarían, Ortiz, Villa y Luque, era un buen triunfo previo al mundial.
no era un gran equipo el combinado de Irlanda, ni siquiera era la
selección de ese país, pero el triunfo daba confianza.
Eje se presentó en persona y pidió que desalojaran la celda de Guracsevic y por
supuesto armó un escándalo por la presencia del perro. A Janko y su perro los
llevaron a otro lado y adentro intentaron meter un sillón y una mesa ratona y
sirvieron una picada con aperitivo y cerveza. El sillón no entraba por la puerta
estrecha y Eje puteó y carajeó a toda la madre del Herrero. Eje se acomodó en
una silla común y a su lado se sentó Ele, su único invitado, verían el partido en
colores relatado por un español, una emisión que no se vería en Argentina.
Estaba todo dispuesto, los equipos, los himnos, hasta que el televisor parpadeó
dos o tres veces y mostró una lluvia gris espantosa ante la mirada perpleja de los
dos militares.
- ¡Pero! ¡Qué mierdas pasa! - gritó mirando a Ele furioso. Supuestamente
él era el especialista en todo eso.
- ¡No sé! ¡Estuvimos mirando fútbol toda la semana! – la mirada de bronca
era mutua.
- ¡Bueno, arreglalo! – tomó aire - ¡Ahora! – en ese momento Cabo se
acercó y haciendo la venia saludó a sus superiores.
- ¡Pido permiso para decir unas palabras, mi superior! – Eje cuando se
ponía fastidioso era una persona muy inestable y violenta. Acribilló con la
mirada al escuálido soldado.
- ¡Dejá que hable! – dijo Ele tratando de apaciguar las aguas
- ¡Vamos, que espera, diga algo! ¡Y más vale que valga la pena! – sacudió la
cabeza negando - ¡No sé para qué mierda te hice caso! ¡Mirá donde
estamos, en una celda! – gritó hacia su amigo Ele y luego mirando
furibundo a Cabo le descargó su furia - ¡Hablá de una vez, mierda o te
fusilo acá mismo! – su mano buscaba la funda de la pistola.
El soldado lejos de sentirse intimidado y hasta tal vez con una
imperceptible sonrisa dijo.
- A solas – Esta vez los dos hombres llevaron sus manos a la reglamentaria
y apuntaron a la cabeza y al pecho de Cabo. Éste sin inmutarse los miró,
con ese rictus en sus labios que ya irritaba – A solas ¡por favor! – Eje bajó
su arma y con su otra mano bajó la de su amigo.
- ¡Andate, esperame a 50 pasos! – le dijo al otro militar y su sonrisa de
tiburón le dio ese aspecto de criminal que no parecía ser - ¡Más vale que
sea algo grande!
- Lo es – replicó Cabo, y entonces habló.
- ¿Tres a uno?
- Si
- Y el segundo gol lo hace Villa
- Si
- ¡Bien! ¡Retirese soldado! – Cabo se cuadró, saludó y se retiró, tras sus
pasos Eje llamó a su amigo - ¡Haceme traer al prisionero, a Juan ¿es
Juan? ¡Bah, a quién carajos le importa! – Ele volvía sobre sus pasos para
ir por Janko y otro grito de su superior lo detuvo – que venga con su
perro.
Lo trajeron con la capucha de arpillera en la cabeza y esposado a la espalda.
- ¡Sentalo ahí! – dijo Eje, su amigo dudó, esa era su silla - ¿estás sordo?
¡Sentalo ahí de una vez, la puta madre! – Ele lo sentó y miró alrededor
para ver donde se podía acomodar - ¡Ahora andate!
- ¿y el partido? – dijo como si se tratara de una criatura al que se le ha
negado comer un dulce. Eje no respondió, su mirada era suficiente. Al
salir casi se tropieza con Gringo. El perro estaba al lado del delgado
prisionero. Se fue maldiciendo al perro y al hombre.
- Le voy a sacar esa capucha ¿de acuerdo? – el hombre asintió con la
cabeza – solamente tiene que mirar al frente, nunca hacia mí ¿de
acuerdo? – otra vez hizo un pequeño movimiento sin emitir palabra.
El militar retiró suavemente la capucha por la espalda del detenido y en ese
mismo instante el televisor parpadeó y la imagen del partido contra un
combinado de Irlanda se restableció. Argentina ya ganaba 1 a 0, con gol de
Luque. Eje se quedó mirando absorto la televisión en colores cuando Ortiz
clavó el segundo gol. Eje se sentó en su silla mientras la cabeza le daba
vueltas y vueltas, podría ser pura casualidad.
- ¿Quién hace el gol de Irlanda? – preguntó mirando hacia el televisor,
pero mirando a la nada.
- Ants, gl de Villa
- ¡Quién mierda hace el gol de Irlanda le pregunté! ¡Eso me tiene que
responder! ¿Quién hace…?
- No sé – Eje se levantó de golpe y arrojó su silla hacia atrás, ese tipo daba
miedo, se lo quedó mirando sin saber qué hacer. Uno, dos, tres minutos
tal vez. Los tres se quedaron en silencio, de fondo se escuchaba el
particular relato de un español… El silencio hacía doler los oídos.
- ¡Gol! ¡Gol de Villa! gritó el español sin demasiado entusiasmo.
Eje le colocó la capucha en la cabeza y se alejó a grandes zancadas, tenía una
sensación de vómito en la boca y el aire dentro de la celda se le hacía
irrespirable. Se cruzó con Cabo.
- ¡Apague eso! – le ordenó señalando el televisor – Cabo así lo hizo – y si
quiere cómase la picada ¡Siento náuseas! ¡Se lo ganó soldado! – Eje se
retiró a su casa y no volvería por dos o tres días, millones de recuerdos se
le venían a la cabeza y no sabía bien por qué. Cabo apagó el televisor y se
aprestó a comer la picada que ninguno de los oficiales había tocado, pero
todo lo que encontró fueron platitos de copetín vacíos. Miró al tipo
encapuchado y luego a su perro. No pudo ver la risa contenida del tipo
bajo su bolsa de arpillera, pera la intuyó y descargó su puño
violentamente sobre su rostro oculto tirándolo de la silla, todavía
esposado a la espalda. El perro se puso de pie y se interpuso entre ambos.
Pero Cabo estaba satisfecho, ni siquiera se molestaría en quitarle las
esposas, se merecía una muy mala noche. Cabo cerró la celda con llave y
se marchó con una bronca negra y en su informe mintió un poco sobre la
conducta de Janko para que al día siguiente Ele que estaría a cargo
tuviera algún motivo para freirlo un poco. La habitación quedó oscura el
tipo se sacó la capucha, su perro lamió la sangre de su nariz e
inmediatamente la imagen del televisor se volvió a proyectar, solo que
esta vez sin sonido, el relato del español estaba en su cabeza. El tipo se
acomodó en la silla y acarició la cabeza del perro. Sabía con seguridad
que hasta el día siguiente nadie lo molestaría.
Una vez terminados los partidos se recostó en su camastro y le vinieron las
imágenes que había captado de Eje, o mejor dicho, de Raúl Sepúlveda
Cimino, los ojos del prisionero se dieron vuelta y comenzó a ver.
LA HISTORIA DE EJE (RAÚL SEPÚLVEDA CIMINO)
Vio que fue un hijo deseado. Luego de haber nacido dos niñas. Algunas
pinceladas de antes de nacer. Una buena familia, criado con mucho amor. Vio
a una madre más exigente que el padre. Sus hermanas mayores una buena la
otra no. Una de ellas, la mala se va a vivir a París casada con un Ingeniero. La
otra ejerce el magisterio pero no forma pareja, dedica su vida a la educación.
Vio a Raúl ingresando en la escuela de cadetes. Buen desempeño. Inteligente
y frío. Líder inmediato.
El padre había sido custodio de Aramburu, uno de los líderes de la Revolución
Libertadora. Al padre lo matan en 1968 dos años previos a la ejecución de
Aramburu. Fue en un confuso accidente de tránsito en que el padre de Eje
perdió la vida. Uno de los amigos de su padre le dice que lo que pasó no fue
accidental, que cree que fue “el enemigo”, en el accidente se le había roto el
cuello, había en el habitáculo una petaca de whisky, y el impacto contra la
columna de alumbrado en Avenida de Mayo no había sido tan fuerte y el
whisky de la petaca era muy barato, no era de su estilo. Por otra parte ¿qué
hacía él ahí? Su querida vivía en los bañados de Flores. Y los garitos que
frecuentaba estaban en San Telmo. Todos sabíamos que para regresar a su
casa tomaba la 9 de julio porque le encantaba ver el obelisco. Y ese día venía
de Flores, no tendría que pasar por Avenida de Mayo. Toda esa información
impactó mucho en Raúl, por un lado por la vida privada de su padre y por el
otro por el odio que generó en él para con sus enemigos, algo que sin duda lo
forjaría mucho más duro de lo que era. Pero lo que buscaba Janko, en la mente
de Sepúlveda era otra cosa, algo oscuro, algo de lo que a Raúl no pudiera
escapar y que le generara culpa. Hasta que por fin lo encontró.
La hermana del medio, Clara Sepúlveda Cimino, estaba terminando su
formación secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires. Los alumnos de
quinto año eran los verdaderos líderes del colegio. Clara, una chica simple,
hermosa y generosa, estaba enamorada de uno de los dos líderes naturales de
la división. El profesor los llamaba el líder positivo y el líder negativo, ella
amaba al líder negativo, un chico no muy convencionalmente lindo, pero
sumamente atractivo por su manera de ver las cosas. Clara y éste muchacho
comenzaron a frecuentarse sin llegar a formalizar el noviazgo. Ella tuvo que
ausentarse un par de años luego de terminados sus estudios secundarios para
hacer su carrera de magisterio en Francia. Él la esperó y cuando ella volvió
tuvo que seguir su rumbo a Boston, donde terminaría una maestría y
empezaría el doctorado. Él seguía esperándola, ya era un líder político en el
movimiento peronista, proscrito desde hacía varios años. Estaba en el
operativo retorno. Fue uno de los tantos desaparecidos en la masacre de
Ezeiza. Clara le pide a su hermano que ya está consolidado en las fuerzas
armadas que averigüe algo de su novio. Raúl unas semanas después se lo
expuso con mucha frialdad. Es uno de los que levantan de los pelos y suben al
palco, son tres hombres que fueron izados así, uno de ellos antes de que lo
mataran a golpes se identifica, es José Rincón de la Jotaperra de Avellaneda y
se salva, pero los otros dos no, uno de ellos era el amante de Clara, ella lo
reconoce en la filmación. Clara recibió esta información de su propio hermano,
y agradeció su interés, era bueno para cerrar la herida que tenía en el corazón.
No pudo soportarlo y nunca se casó. Pero mucho tiempo después supo la
verdad, su novio no había muerto aquel 20 de junio de 1973 en Ezeiza. Clara
no entendía bien que había pasado y se lo explicaron, lo había ejecutado su
propio hermano, y según la fuente fiel, un amigo del padre de Clara y Raúl, el
mismo que le comentara a éste último sobre la dudosa muerte de su padre, es
el que confió este secreto a Clara. Cuando lo subieron por los pelos, Raúl,
como un verdadero sabueso lo buscó en la confusión y le pegó un tiro en el
pecho. “¿Por qué querría matarlo? ¡Raúl no le haría eso, no me haría eso!”
lloriqueó Clara. “La gente como él es el enemigo de tu hermano Raúl”. “Pero él
era una buena persona y era mi novio” decía Clara enjugándose las lágrimas.
“Sí, pero no dejaba de ser su enemigo.” En el histórico juicio a la Junta Militar,
Raúl sería acusado por ese crimen, aunque ya hubiera pagado con su vida
años antes.
Al día siguiente encontraron a Janko tirado en el suelo esposado a su silla y con
la capucha en la cabeza. No se molestaron mucho en descubrirlo, porque Ele
que había leído el parte de Cabo, estaba ansioso por darle un correctivo
electrizante. Estaba dolido porque el día de ayer Eje lo había echado para ver el
partido con ese ciruja. Se intentó comunicar con su amigo pero fue en vano,
recibió una indicación de él a través de su secretario: “hagan lo que quieran,
pero no maten a nadie”. Y en cierto sentido Ele era muy literal y tomó las
palabras de su jefe al pie de la letra, o casi.
- ¡Permiso mi superior!
- ¡Gracias Cabo! – hizo un ademan con el mentón y depositó a Janko en la
parrilla que había diseñado el herrero – lo ataron con los brazos y piernas
abiertas – bueno, bueno, casi nos vemos las caras ¿eh? ¿hoy me vas a
decir algo coherente, algo que nos interese, alguna información
relevante? – el otro hombre no emitió sonido - ¿te gusta el silencio? ¿eh?
Pero a mí no, a mi me gusta la música clásica, me eleva y me tranquiliza,
sobre todo cuando escucho a las mierdas como ustedes gritar – del otro
lado no se emitía nada ni el más mínimo susurro ni siquiera movimiento
alguno –uno de los que me gusta escuchar es César Cui, su ópera para
niños “El gato con botas” es muy estimulante – se le acercó al oído y le
susurró - ¿la escuchamos? – y no fue su sorpresa cuando del otro lado de
la capucha el hombre le susurró dos palabras – Cello Bach – Ele se retiró
de su lado y largo una carcajada - ¡es la primera vez que alguien quiere
escuchar su música preferida mientras despliego mi arte! ¡Lástima, será
la próxima! – Ele se levantaba para prender un transformador y
encender el radiograbador, pero se quedó duro, como si un rayo lo
hubiera paralizado al escuchar tras de sí – Lad B – Ele se volvió y miró al
tipo en la parrilla, no le gustaba nada, nunca le había gustado - ¿cómo? –
pero no respondió, se quedó unos segundos mirando de costado al
prisionero y luego se dirigió al grabador. Dudó unos segundos puso play y
se puso a trabajar. No obtuvo el menor dato, ni siquiera el más mínimo
sonido de los labios de Janko. Había desplegado su mejor versión en el
arte de torturar con la picana, pero nada. Se detuvo unos instantes y se
dirigió de nuevo al aparato que emitía la obra de Cui. Apretó Stop y sacó
el caset. Lo dio vuelta y miró el lado B. Y así se quedó más de un minuto,
con los ojos puestos en la cinta. Comenzó de pronto a venirle como si
tuviera una convulsión pero no era eso, sino ira, odio, y una fuerza muy
violenta e irracional se apoderó de él. Se lanzó sobre su víctima y la
agarró del cuello apretándolo para ahorcarlo, mientras le salía espuma
por la boca y chispas por los ojos. Gritando y maldiciendo, puteando y
sacudiendo al tipo indefenso. Cabo desde un rincón se había asomado
para ver lo que pasaba, con una media sonrisa en la boca, al menos el tipo
ese había pagado por la picada que no se había podido comer él. Cuando
Ele volvió en sí pensó que había cometido un error, el cuerpo del tipo
estaba acribillado por la picana y el cuello tenía marcas negras por el
ahorcamiento. No respiraba, ni se movía. - ¡Cabo! ¡Cabo! – el sub alterno
llegó rápido y saludó - ¡lléveselo! – instintivamente mientras Cabo lo
desataba, Ele tomó el pulso de Janko, era casi imperceptible, cuando
relajó su mano el prisionero, adrede rosó su mano con sus dedos, “lo
tocó”, y comenzó a absorber gran cantidad de información.
- ¡Vamos, muévase rápido, inútil! – grito Ele - ¡me quitó toda la energía
que traía! – se tocaba la palma de la mano como si hubiera tocado una
ortiga - ¡Aj! me produce asco ¡lléveselo!
Cabo destrabó las rueditas de la parrilla y entró en el pabellón de las jaulas con
Janko. Abrió la celda y fue a cargarlo entre sus brazos pero dudó. Lo pensó dos
veces y gritó.
- ¡Karsen, Gutiérrez, reportarse! – dos soldaditos muy jóvenes se
acercaron saludaron a Cabo y se pusieron a sus órdenes - ¡Pongan esta
basura ahí adentro!
- ¿Sobre el catre? – preguntó Karsen
- Dónde quieran, me da igual – los dos muchachos sacaron a Janko por los
pies y por las manos, el que lo llevaba de los brazos estaba a punto de
vomitar por el asco que sentía y simplemente lo dejó caer en el piso. El
otro, Gutiérrez, también lo soltó, quedó despatarrado, como si estuviera
muerto. Cabo cerró de un golpe la reja y se marchó, dejando a los
incrédulos soldados que muy bien no sabían qué debían hacer. Ni bien
Cabo salió por el pasillo los soldados dieron media vuelta y salieron
disparando.
Gringo se acercó y comenzó a mover con el hocico al hombre. Este no
respondió de inmediato, susurró en voz muy baja algo al oído del perro, algo
como “esper, pquealgn va venr, sto bn”. Así fue, cinco minutos después Cabo
se acercó y espió de lejos, vio a Janko despatarrado como lo habían dejado
los soldados y con el perro pulgoso a su lado. El tipo captó el pensamiento de
Cabo “ojalá esté muerto, me pone los pelos de punta”, pero también leyó en
su subconsciente, vino a mirar para constatar que estuviera respirando y eso
lo alivió un poco.
El viernes vino Damián “el herrero” a trabajar en la celda de Janko. Al llegar
con otro zumbo lo encontraron despatarrado como lo habían dejado ayer
luego de haberlo picaneado y casi estrangulado el idiota de Ele. Explicaba el
herrero al zumbo. Pero la verdad a ninguno de los dos le importó demasiado,
tomaron las medidas de la puerta de la reja y el herrero de inmediato se puso
a trabajar con una estruendosa amoladora. El zumbo ratificó el pedido del
herrero “¿es todo lo que necesita? “Se”, dijo el herrero sin prestarle mucha
atención “¿seguro?” “sí, seguro” en realidad quería putearlo y mandarlo a la
mierda, todo junto, pero se lo reservó, ahí había que estarse con cuidado, en
vez de poner cara agria intentó sonreír. El herrero seguía cortando los fierros
sin detenerse a pensar que pasaría si el tipo lo intentaba atacar, allí había un
verdadero arsenal en forma de herramientas, elementos verdaderamente
contundentes y mortales en las manos menos indicadas, pero él no le tenía
miedo al viejo raro que habían metido en El Pozo posiblemente por error,
tampoco le importaba su perro. Después de un par de horas de trabajo
intenso, con la camisa de trabajo empapada a pesar de la baja temperatura,
apareció el zumbo con Cabo trayendo los materiales que le había pedido.
Soldadora en mano se dedicó a rehacer lo que ya había hecho antes, por el
estúpido capricho de Ele, seguramente para quedar bien con su amigo y
superior. Un par de horas después estaba todo listo, las dos grandes puertas
de reja abrían bien y se podría meter dentro de la celda el sillón de dos
cuerpos y el otro chiquito, la mesa y un par de puf para poner los pies. Cabo
y Karsen cargaron a Janko y lo movieron solo un poco, uno de los dedos del
prisionero quedó en la línea de cierre de la puerta de reja. En un principio el
herrero pensó en machacárselo sin siquiera apartarlo, pero finalmente se
agachó y con su mano izquierda la más inútil, corrió el dedo y pasó la puerta.
Sacó la mano y sintió como si hubiera tocado una ortiga, frotándose con el
pulgar y el índice de la misma mano, como un jugador de ruleta palpitando
el giro de la bolilla. No se dio cuenta que al hombre le brillaron los ojos por
ese pequeño contacto.
LA HISTORIA DEL HERRERO (Damián Ernesto Canzzoni)
Ernesto (aunque su primer nombre es Damián, así lo llama su mujer) sus
amigos le dicen Dedé, por sus increíbles dotes futbolísticas a pesar de su
excesivo sobrepeso, es un verdadero crack. Su padre fue de todo, albañil,
pintor, herrero, plomero, pero siempre le decía, vos tenes que hacer
solamente una cosa bien, pero lo que hagas bien, tiene que sobresalir de
todos los que hacen eso que vos sabes hacer, al principio le parecía un
trabalenguas, pero luego entendió lo que quería decirle, lo que hagas no lo
hagas bien, simplemente hazlo perfectamente bien. Y así fue, se convirtió
en el mejor herrero.
A él se acercaron un par de muchachos que tenían ganas de que todo
explotara de una vez, no querían a Perón, ni a los milicos, ni a la
democracia. Solamente querían fuego y adrenalina, sin más ni más. Estos
tipos le pidieron que fabricara unos explosivos, trajeron unos planos, donde
él mismo hizo unas breves correcciones. Él tendría que hacer el
receptáculo de esa especie de granada casera y si era posible “donar” para
la causa algunos elementos que a él le sobraban a modo de esquirlas.
Damián los sacó a patadas y los amenazó con llamar a la policía. Pero los
cretinos volvieron esta vez con más violencia y prepotencia. Se plantaron
con dos o tres grandotes que lo agarraron por la espalda al gordo Damián y
lo hostigaron un rato. Le hicieron una breve referencia de dónde vivía, edad
y nombre de su esposa, su hijo y su hijita menor. Lo golpearon un poco en
las costillas y en la panza. Medio sin aire los miró con rabia y lágrimas en
los ojos. Le sugirieron que no se comunicara con ningún policía. Le
aconsejaron estudiar bien los planos y ponerse cuanto antes a trabajar. Se
fueron con cara muy seria y se metieron en un Autounión color crema, el
chofer ocultó su cara, y unas grandes manos se aferraron al volante
despidiendo un destello dorado. Damián no llegó a ver el rostro del
conductor, porque si así lo hubiera hecho, su historia sería muy diferente. Si
bien esos episodios lo pusieron un poco nervioso todavía no serían lo
suficientemente importantes como para alterarlo. En su casa con su esposa
Irene y sus hijos Domingo (por su abuelo) y Mirna (por la actriz italiana), la
vida cotidiana se mantenía en su precario equilibrio. Eso, hasta que llegaron
Ellos y Damián reconoció a las dos facciones opuestas y enemistadas a
muerte. “El enemigo” y “Ellos”. Ellos llegaron una tarde en la que Damián
prácticamente no había parado, estaba contento y entusiasmado porque le
habían llovido muchos trabajos de herrería. Estaba tan a fondo con eso,
cortando y soldando que no advirtió a sus rollizas espaldas la presencia de
dos hombres y una mujer. Iban todos de civil. Damián casi se corta un dedo
con la amoladora.
- ¿qué hacen…? – intentó preguntar apagando el aparato de corte
- ¡Buenos días, Señor! – se disculpó quién estaría al mando - perdón por
haberlo sorprendido, mi amigo – le tendió una mano descomunalmente
grande con un anillo que tenía más oro del que jamás había visto en su
vida – Damián se la estrechó – en estos tiempos hay que estarse con 4
ojos, mi amigo, 4 ojos, el enemigo está rondando – el gordo intentó
preguntar ¿de qué mierdas habla? – pero el encargado de ese operativo
lo sentó de culo en la silla con una de sus tremendas manazas
- ¿Qué hace…? – detrás del jefe se presentaron el hombre y la mujer
ambos con sus reglamentarias desenfundadas. Damián sintió una
punzada debajo de su brazo y creyó que le daría un infarto como ya le
habían dicho que le pasaría.
- ¡Escúcheme, Señor Canzzoni! ¡No sea idiota! ¿quiere? ¿eh, mi amigo?
Sabemos que ha estado hablando con el enemigo y eso nos incomoda
¡nos incomoda mucho! - dijo agarrando la papada de Damián – por eso
vinimos a tratar de convencerlo de que no se meta con esa gente. El
enemigo no es Argentina, Nosotros somos Argentina ¿entiende mi
amigo? –
- Si – balbuceó y se tocó el pecho –
- ¡Bajen eso imbéciles! – les gritó a los otros que seguían apuntando uno
a la cabeza y otra al pecho - ¿Está bien, mi amigo?
- ¡Sí! ¡Estoy bien! – tragó saliva - ¿puedo preguntar?
- ¿Quién se lo impide, mi amigo? ¡Pregunte nomás! – pero sin dejar
siquiera que pudiera abrir la boca el jefe de operativo siguió - ¿tiene
mate? – Damián confundido pensó a que se refería con mate, a si tenía
cabeza, si pensaba, si era inteligente – Veamos mi amigo ¿Usted toma
mate en el taller?
- Sí, sí claro, allá en el fondo, la pava y el mate… la yerba… - la mujer ya
lo estaba preparando, se acercó al oficial y le ofreció uno, este lo chupó
con deleite –
- ¡Excelente, delicioso! ¡tómese uno, mi amigo! ¡tráigale uno! – miró a la
mujer ir y traer otro - ¿qué yerba usa, seré curioso mi amigo? – la cara
de incredulidad de Damián lo decía todo, el jefe lo captó – es que está
realmente bueno, muy bueno, mi amigo. ¿Usted quería preguntarme
algo? – Damián iba a responder cuando la mujer le tendió la infusión.
Sorprendido se la llevó a la boca y tomó, tenía la boca seca y el agua
caliente le guillotinó la garganta, no obstante el mate estaba rico, si, con
un gusto particular pero rico.
- ¿Rico no, mi amigo? ¡Vamos, anímese, pregunte! – pero el gordo
devolvió la calabacita a la mujer, que ahora parecían ser dos mujeres,
miró al jefe que era todo sonrisa tiburónica y se dijo para sí, mierda, voy
a morir de un infarto con solamente un mate en el estómago y se
desplomó con una estúpida sonrisa en la boca.
Una mujer con uniforme de enfermera le estaba tomando el pulso y los
parámetros clínicos. Estoy en el cielo, es un ángel, pensó. La mujer aflojó la
presión de sus dedos, quitó el tensiómetro del grasiento brazo de Damián y
guardó sus utensilios en una valijita marrón claro.
- ¡Ya está recuperado! – dijo la enfermera y se marchó –
- ¡nos dio un gran susto, mi amigo! – ahí estaba otra vez, con su gran
sonrisa - ¡No lo vamos a molestar más! En realidad vinimos a advertirle
que no se meta con el enemigo, que no participe de sus actos
subversivos, lamento que se haya descompensado, mi amigo – el tipo
se levantó y se fue dejándolo a Damián tirado en su silla reforzada,
todavía mareado y como si hubiera sido una ilusión, simplemente se
marchó con su séquito detrás. 2
Damián tardó unos minutos más en reaccionar, la cabeza le daba vueltas,
no podía parar de pensar en lo que le había pasado, en ese hombre, su
ancha sonrisa y sus enormes manos, entonces pensó que lo habían robado.
Con un intenso dolor de cabeza se dirigió a donde guardaba el dinero, pero
todo estaba allí, no faltaba nada. Miró en redondo y nada estaba fuera de
lugar, las herramientas, los fierros. Corrió hasta una pared del taller donde
tenía un escondite secreto que él mismo había diseñado, se trataba de una
Virgen de Luján hecha en mayólica, pero en realidad era una pequeña
puerta donde guardaba sus cosas importantes. Apretó en el costado de la
imagen dos veces y la puertita se abrió. Adentro, además de un par de
revistas porno y de las escrituras de la casa y del taller, estaba el plano que
le había dejado el enemigo. Exhaló un aire que parecía que venía
conteniendo desde hacía horas. Sin embargo algo le sonó raro, él era muy
ordenado, casi obsesivo, nunca pondría el papel torcido y boca abajo.
Entonces otra vez con un mareo esta vez ocasionado por el shock que le
había provocado que le hayan abierto su escondite secreto. Miró con más
detalle cada rincón de su recinto laboral y comprobó que realmente todo
estaba en su lugar, pero que también lo habían registrado todo, él lo sabía
porque las cosas no estaban como él las hubiera dejado, esos pequeños
detalles en la posición de cada herramienta. El mate y la pava, el mate
lavado y boca abajo y la pava también ¿Por qué se habrían tomado la
molestia de lavar el mate y la pava? Buscó en el tachito de basura y
descubrió que no había yerba en él. Lo habían lavado y se habían llevado la
yerba ¡estos cabrones sí que saben hacer su trabajo! Caminó
tambaleándose y miró a la calle, dos escolares caminaban hacia sus casas
charlando y riendo, un auto gris se puso en marcha y avanzó lentamente,
no era de ningún vecino de la cuadra. La vecina de la esquina estaba
tomando mate en la puerta y la de la media cuadra escudriñando por la
ventana. Miró para allá, y para acá y le pareció que el mundo se había
detenido un instante para tenderle una trampa, pero una de esas trampas
que te pueden volar la cabeza. Se desplomó en su silla y se trató de
serenar cuando el sonido estridente de la campanilla del teléfono casi le
hace morir de un infarto. Era Irene, preguntándole si iba a ir a almorzar,
miró su reloj sabiendo que serían las 11:30, había perdido la mañana, no
tenía el entusiasmo de las 8 a.m.
- ¡Voy para allá! – rápidamente cerró el taller y se fue, mirando para todos
lados. Esta vez un auto color amarillo huevo se puso en marcha y salió
lentamente doblando en la esquina, tampoco era de alguien conocido –
Damián se subió a su chata 404 y desando las 3 cuadras que separaban
su casa del taller y se planteó que a partir de ahora caminaría, como se
lo hubiera planteado un millón de veces antes. Pero esta vez sería la
definitiva. Caminar y bajar de peso y eso hizo.
Almorzaron en familia, los chicos se fueron a la escuela y ellos se quedaron
tomando un café en la sala mirando el noticioso.
- ¿Vas a dormir una siestita, gordito? – preguntó Irene
- No sé, creo que sí – dijo pensativo – se levantó con esa agilidad que no
condecía con su cuerpo y apagó el televisor – Irene lo miró con
incredulidad - ¡Tengo algo que decirte, Irene! – ella que se había
levantado de su silla volvió a sentarse y se llevó una mano a la boca.
Entonces Damián habló y le contó todo.
- ¿Vos crees que es peligroso, gorditouuu? – a Damián le molestaba
mucho que hablara de ese modo, le vinieron los recuerdos de cuando la
conoció y se enamoró al instante de ella. En ese momento su manera de
hablar tan particular le había encantado. Él creyó que ella era extranjera,
rusa o lituana. Ella lloraba amargamente y él solamente porque era una
persona llorando se acercó y le tendió su pañuelo. Le habían prestado
un traje para salir a pasear. Ella levantó la vista hacia ese muchacho, un
gordito enfundado en un traje prestado, se enjugó las lágrimas y miró al
suelo, los zapatos también prestados, al menos estaban muy bien
lustrados. Damián la miró a los ojos, había dicho algo como “me gustaría
que me regalara una…” y ella se había asustado y había empezado a
hablar con ese modo que él, tiempo después, reconocería como
excitación o miedo. “…una lágrima” dijo él, “¿una… lagrimauuu?”
preguntó ella. “Si señorita, una lágrima de un ángel es un tesoro
maravilloso”. Se volvieron a encontrar de casualidad en el 1 y a partir de
allí no se separaron más.- ¿creés que es peligrosuuu? ¡Es
peligrosouuuu! – afirmó ella y ahora se llevó las dos manos a la cara.
- ¡Creo que sí! ¡Creo que estoy metido en un lío mayúsculo! y temo más
por los chicos y por vos que por mí.
- ¡Uuuuhhh! ¿No estarauuus exagerandouuu?
- ¡No! ¡Te aseguro que no! – se levantó, besó a su mujer en la frente y se
fue al cuarto a dormir - ¡Hay que estar alerta, muy alerta, Irene! dijo
mientras cerraba la puerta – se durmió rápido, estaba agotado, hasta
que se despertó con sus propios ronquidos y un sueño de violencia. Se
sentó con su normal dificultad, resollando un poco y casi al instante
entró Irene con un matecito, se la veía demacrada.
- ¡Gracias Irene! ¡Está rico! – pensó en el gusto del mate que tomó en el
taller, el que le habían dado y ahí le cayó la ficha.
- ¿Vas a jugar hoy gorditouuu? – seguía nerviosa
- no sé, voy a pasar por lo de Lolo y veremos que hacemos
- ¡Te preparé el bolsitouuu! – con una sonrisa muy forzada le mostró el
bolso del fútbol. El se levantó bufando de la cama y le acarició la cara.
- Me voy a pegar una ducha y me voy
En la calle no notó demasiado, un auto que se puso en marcha ni bien él
salió de su casa y otro que estaba en la esquina de la casa de su amigo.
- ¿Qué haces acá Dedé?
- ¡Tenemos que hablar! – se sentó pesadamente - ¡esto es serio Lolo,
estoy cagado en las patas!
- ¡Ya creo, tendrías que estar fifando con tu hembra! ¡y preferís estar
hablando conmigo, ni siquiera hice asado!
- ¡Hacelo, traje unos vinos!
- ¡Miércoles! ¿en qué estás? ¿Irene se enteró que tenés una querida?
- ¡No!
- ¿Te jugaste la guita en los burros!
- ¡No!
- ¡Oh, no! – dijo y sus ojos brillaron con picardía - ¡Ya no se te para!
- ¡No seas idiota, Lolo! – el gordo se agarró la cabeza con las manos -
¡estoy jodido, bien jodido y no sé qué hacer! – Lolo se le acercó y le
puso una mano en el hombro
- ¿un problema de salud?
- ¡no!
- ¡Abrite un tinto! ¡yo voy preparando el fuego!
Se sentaron, comieron, bebieron y charlaron. El gordo Damián, Dedé para
sus amigos narró su problema. Lolo dio su parecer, si todo lo que le había
pasado no era una broma, en verdad estaba bien jodido teniendo a dos
perros de presa tirando de sus pellejos.
- Estan pasando cosas raras, Dedé, cosas oscuras – dijo bajando la voz
como si lo estuvieran escuchando – No sabes con quién poder hablar
tranquilo, están todos infiltrados, los unos y los otros. Hay gente que…-
miró para allá y para acá – …que desaparece, sin dejar el más mínimo
rastro, desaparecen, Dedé… - dijo como en un susurro.
Entonces Dedé, Damián, se empezó a preparar para cuando vinieran por él,
trabajó más duro que nunca, así que cuando los otros se presentaron con sus
dos grandotes y sus caras de nada de bebés lampiños a Damián no lo pudieron
sorprender. Había puesto dos espejos redondos por los que podía ver quién se
movía por la izquierda y por la derecha, el que viniera de frente estaba a su
vista. Los tipos entraron confiados y se plantaron a 5 metros de la oficina del
fondo eran 4, Damián se tomaba unos mates, levantó la vista y con su gran
mano izquierda levantó el plano que le habían entregado. El que parecía liderar
el grupo sonrió. Damián lo miró a los ojos y por primera vez sintió más que
miedo, la mirada helada de ese tipo casi le hace mearse en los pantalones. A
pesar de eso siguió con su plan, hizo un bollo el plano y la sonrisa fría del tipo,
lejos de desvanecerse pareció ampliarse. Miró a los costados e hizo una seña
a sus secuaces. En ese momento todos se asustaron, parecía que algo grande
se les caía encima. Con un gran estruendo una gran reja cayó de golpe
cerrando la entrada del taller. El líder ni se inmutó. Se quedó mirando a Damián
pero ya no sonreía. Otra gran explosión y uno de los gorilas de pronto como si
hubiera sido atacado por un ejército de mosquitos gigantes se agarraba la cara
mientras pequeños puntos de sangre comenzaban a aflorar de todo su cuerpo.
Los otros dos corrieron a la reja buscando como escapar. Solamente ese tipo
se quedó ahí parado mirando con ojos de asesino a Damián.
- ¡Abrame la reja, ya vi demasiado! – Damián no sabía cómo tomar eso,
como un halago o como un ultimátum - ¡Usted es audaz, muy audaz
para hacer esto!
- ¡Solo quiero que me dejen trabajar tranquilo! ¡Tengo unas cuantas más
de estas para hacerlos reventar a los cuatro!
- Abranos y nos vamos
- ¡Quiero que me dé su palabra!
- ¡Mi palabra es demasiado para las mierdas como usted! Tal vez podría
jurarle que no volveremos a entrar acá nunca más ¡levante la reja! – dijo
firmemente llevándose una mano a la parte trasera de la espalda.
Damián no se quedaba atrás y sostenía una de esas granadas
especiales que te llenaban el trasero de esquirlas en cada mano. El tipo
de mirada helada apuntó su pistola al pecho del gordo, se quedaron así
un minuto, fue eterno. Damián sudaba a pesar de la temperatura no muy
alta que había en el taller, los ojos inyectados en sangre, los labios
apretados casi blancos. El tipo bajó el arma y la guardó, puso sus manos
a la altura de los hombros.
- Ahí al costado hay una puertita donde hay una manija, dígale a sus
muchachos que la levanten. Y recuerde que dijo que no volverán por acá
- No sé, no soy bueno para eso, tal vez le traigamos algún mensaje, pero
le juro que jamás volveremos a entrar.
Levantaron la reja y se fueron. El gordo Damián se quedó temblando con las
dos granadas que no había tenido tiempo de armar en las manos
acalambradas, las dejó caer y se puso a llorar, se desplomó de rodillas y se
agarró el pecho. La cosa se había puesto peor de lo que pensaba, esa gente
no se quedaría tranquila.
Pero a los pocos días el que apareció no fue el enemigo sino Ellos. Esta vez no
estaban interesados en darle un mate con gusto raro. Esta vez lo tentaron, lo
vinieron a reclutar. Le ofrecieron dejar el taller y trabajar para Ellos en un lugar
que no le podían decir donde estaba. La paga era buena, las condiciones de
trabajo dependían de él, se podría involucrar con el trabajo o hacerlo sin mirar
más allá de sí mismo. Su respuesta fue tajante: NO. El hombre de las manazas
intentó, explicó, trató, esquematizó, duplicó la suma de dinero propuesta. Pero
el gordo Damián siguió negándose. Finalmente el tipo le propuso que lo
pensara, que no lo hablara con nadie y que en un par de días volvería.
- ¡Quiero que me diga algo, y que lo diga de verdad! – preguntó Damián
- ¡Dispare, mi amigo! –
- ¿me pusieron algo en el mate ¿no? ¿me llenaron de micrófonos el
taller? ¿me vigilan con autos noche y día? ¿por qué me quieren a mí?
- A la primera mi amigo, sí, claro, teníamos que registrar el lugar y lo
pusimos un rato a dormir para trabajar cómodos ¿comprendido? A la
segunda esto no es Misión Imposible, es la vida real, no hay guita para
tanto micrófono. A la tercera, no lo estamos vigilando, lo cuidamos. No lo
queremos a usted, mi amigo, queremos a un herrero de puta madre, y
usted, mi amigo, es el mejor. El hombre sacó un papelito que parecía
diminuto en su mano con solamente un número de teléfono, era una
tarjeta blanca los números en negro. Damián distraído la tomó y se
dispuso a escribir algo en ella. De un revés el tipo hizo volar la lapicera
por el aire y en el rebote de la manaza, al subirla, marcó la ceja de
Damián que sangró y se hinchó y dejó una marca para siempre.
- ¡No sea estúpido, mi amigo! Si no tiene nombre es porque no tiene que
tenerlo ¿entiende?
Los siguientes días fueron los peores, la tensión era máxima, cada persona
que pasaba por la puerta parecía que iba a sacar un arma y apuntarle. Cada
vez que abría la puerta de su casa pensaba que todo iba a explotar. Se
despertaba sudando a la noche con el corazón desbocado. Había dejado la
tarjeta en el fondo del cajón de la mesa de luz y varias veces por día la miraba.
No pudo hablar con nadie, tenía mucho miedo de lo que pudiera pasar. Así que
una tarde que casi despierta con un infarto, se decidió a llamar. No lo atendió
ese hombre, sino una secretaria, le pidió que le comunicara que no aceptaba el
trabajo propuesto. Esperó a que la mujer le pidiera que recapacitara y
finalmente le pasara con ese señor pero no fue así. Se hizo un silencio y
Damián solamente dijo, “eso, sólo que no acepto, gracias.” Click. Tono de
ocupado. El sonido le hizo pensar en que había tomado la decisión incorrecta.
Damián, por las dudas no tiró la tarjeta, sino que la guardó en la billetera.
A la mañana siguiente no había nadie en la calle, el frío se empezaba a sentir,
ningún automóvil se puso en marcha de la nada. Estaba solo, miró para todos
lados y se sintió más solo que nunca. No tomó las llaves de la chata, prefirió
caminar las 3 cuadras que separaban su casa del taller y que durante años
había preferido no caminar. Tal vez todo esto le sirviera para pensar un poco
en su salud, bajar de peso, comer un poco más sano. La idea le desagradaba,
el domingo sin asado o pastas, buen vino, siesta y partidos no era vida. En fin,
tal vez durante la semana haría buena letra. Pasó por la panadería y compró
una docena de cañoncitos de dulce de leche.
El taller estaba más frío que la calle, le costaría mucho calentar la oficina con la
estufita a cuarzo. Puso la pava al fuego del anafe del fondo y se disponía
atacar uno de los cañoncitos cuando vio volar la botella envuelta en llamas. Se
agachó instintivamente, no sabía de dónde sacaba esa agilidad. En el medio
del taller el combustible se desparramó lanzando lenguas de fuego azul. El
gordo alcanzó rápidamente el balde con arena y se lo tiró encima ahogando el
fuego casi al instante. Miró maldiciendo pero contento por los pocos daños
ocasionados. Lo que no vio fue la piedra que se le incrustó en el hombro
derecho y que casi le afeita la cara regordeta. Dejó caer el balde y miró lo que
lo había golpeado, una piedra blanca, corrió a la calle pero todo estaba en
calma. Se acercó a limpiar la arena y miró de nuevo el proyectil que le habían
tirado. No era blanca, estaba envuelta. La levantó y quitó las banditas elásticas
que formaban una cruz. “Un mensaje”. Una taquicardia y una sensación de
mareo lo hicieron trastabillar. La cabeza le daba vueltas, quería correr y no
podía, sus piernas parecían de goma. Se resbaló, cayó sobre un vidrio de la
botella y se cortó la mano. Un gotón de sangre cayó directamente en el
mensaje que le mandaron: “estamos en tu casa”. Se puso en pie e intentó
correr, no podía, entonces pensó en algo, llamar al tipo que “lo estaba
protegiendo” para que mandara a alguien rápidamente a su casa.
Esta vez no atendió la secretaria, era él mismo, parecía que esperaba ese
llamado. El tipo escuchó atentamente y le pidió que se quedara en su taller,
que Ellos se encargarían de todo “mi amigo”. Pero Damián colgó y se hizo de
valor para correr como pudo las 3 cuadras que lo separaban de su casa. En el
trayecto no paraba de escuchar sirenas, policía o bomberos. El dolor en el
pecho era muy intenso, sin embargo no se detuvo, presentía algo muy feo. Los
polis habían cortado las dos calles de acceso a su cuadra, intentaron detenerlo
pero les fue imposible, 123 kilos de masa en acción eran como una bala de
cañón en movimiento. En la puerta de la casa había personas uniformadas y
otras con guardapolvos blancos. Detrás de un cordón que formaban otros dos
patrulleros Torino y un Falcon color azul petróleo, se asomaban una veintena
de personas, algunos vecinos del barrio y otros desconocidos. Llegó a los
trompicones justo frente a la puerta de entrada. “No entre”. Trató de ver y de
pensar que no había pasado nada. “No entre”. A hombrazo y pechazo limpio se
paró en el dintel de la puerta y lo que vio lo hizo vomitar. “No entre”. Irene con
una expresión alegre en la cara tenía un tiro en la frente y otro en el pecho y
allá a lo lejos se veía un piecito descalzo sobre un charco de sangre. El mundo
giró y se volvió todo oscuro, un frío poderoso se apoderó de él y lo único tibio
que sintió bajó de su entre pierna y de su culo. Dos manazas gigantes lo
levantaron en vilo. Lo llevaron a la rastra hasta un sillón y allí junto a una
enfermera lo controlaron. Le dieron medicación y un sedante. Damián esperaba
que todo eso fuera un sueño. El hombre le pidió que se uniera contra el
enemigo: “ya sé que no es el momento, mi amigo, pero el tiempo corre muy
veloz por estos días, hay que tomar decisiones rápidas”.
Janko permaneció allí tirado, un poco angustiado con la historia del herrero, de
Damián. Mucha traición y muerte. Estaba claro que el herrero no había visto al
conductor del Autounión. Pero Janko sabía de quién se trataba. Estaba tan
ensimismado en sus pensamientos que no advirtió la presencia de Cabo.
- Siempre engañando ¿no? ¿eh, viejo?
- No, no. Janko quere hacr loqe sted quer ver
- ¡Escucheme, viejo, yo estoy seguro que usted puede hablar como se le dé
la gana, así que no joda más con ese acento raro
- ¡Bueno, está bien! ¡Cómo usted diga! – dijo Janko - ¿qué quiere de mí? –
preguntó sin perder la calma
- Yo no quiero nada, solo que no me engañe, que no se haga el moribundo,
que no se mueva en las sombras y que cada vez que vengo a verlo para
saber si estás vivo me lo haga saber- el viejo lo interrumpió levantando la
palma de su mano, dejándolo sin habla.
- ¿Y qué quiere que haga? ¿Qué no me haga el dolorido para que sigan
conmigo todo el día dale que dale con ese aparatito horroroso? ¿Qué esos
enfermos dementes me arranquen las uñas o los dientes? ¿Qué pongan
mis pies en un balde con ratas para que me arranquen los pedazos? Yo no
hice nada Ismael, y usted lo sabe bien, solo veo partidos de fútbol, cada
cuatro años aparezco y desaparezco. Es todo lo que hago, voy con mi
amigo Gringo y él me dice quien gana, por cuántos goles gana y a mí solo
me queda ponerle los nombres a los goleadores. No soy el único que hago
este trabajo…- se interrumpió, tal vez estuviera hablando demasiado.
Cabo intentó decir pero su voz seguía vacía. El viejo levantó la palma y
Cabo pudo decir lo que quería.
- ¡Podríamos matarlo! ¿sabe? ¡con todos los poderes que tiene, ¿eh? viejo,
si alguno de estos inútiles se diera cuenta del 1% de todo lo que usted
podría hacer, lo matarían de inmediato! ¡sin dudarlo!
- A tí te van a encargar eso ¿ya te lo dijeron? – el viejo miró a los ojos de
Cabo y este bajó un poco la mirada, de nada le valía mentir con alguien
que leía la mente para adelante y atrás como si fuera un diario.
- Si, lo sé – respondió Cabo en un susurro – por eso creo que vengo a ver si
ya lo hizo alguien por mí, pero por otro lado…- se interrumpió, se miró
las manos, ya había ejecutado a varios prisioneros, se había hecho amigos
de ellos y les había sacado toda la información que la picana y la tortura
no podían sacar - …por otro lado, no quisiera matarlo, usted lo sabe ¿eh?
viejo, pero en las guerras civiles como esta mierda que nos toca vivir uno
tiene que hacer de todo para eliminar al enemigo – tomo aire y miró a los
ojos de Janko – lo que pasa es que usted no tiene nada que ver en todo
esto, usted no es mi enemigo, lo sé – cerró la reja dejándolo al viejo y a su
perro sentados en la litera y habló por última vez – yo sé que nos puede
leer la mente a todos, es bueno que lo sepa para estar preparado en ese
momento que me van a pedir que lo ejecute- y se marchó.
Janko trató de no leer en la mente de Cabo, pero le fue imposible y le dolió
mucho lo que vio.
Las torturas al viejo cada vez fueron más espaciadas, a nadie le interesaba
mucho tocarlo, hablarle o que él los mirara. La información que brindaba no le
importaba a nadie. Todos coincidían que ya era tiempo de pasar a la fase III,
hacerse amigo de Cabo. Y además se venía el mundial y nadie quería perdérselo.
Cabo fue reclutado de manera semejante a lo que lo fue Damián, el herrero, la
única diferencia era que Cabo era miembro del ejército y trabajaba encubierto
en un pueblo alejado de Córdoba, en Luca.
- ¡Mañana empieza el mundial ¡eh, viejo! – pero con su mente le pedía
“por favor no me responda” “por favor no me responda” “por favor no
me responda”- Janko ni siquiera lo miró – Abren Alemania y Polonia –
“por favor necesito que la televisión se apague cuando se lo indique” “por
favor necesito que la televisión se apague cuando se lo indique” “por
favor necesito que la televisión se apague cuando se lo indique”
El perro movió la cabeza en señal de que el partido no sería bueno pero Cabo no
lo captó.
Cabo sacó su arma y comenzó a limpiarla, lentamente. Janko no lo miraba,
miraba el televisor en colores que emitía los preparativos de un partido en
Checoslovaquia. “Les dije que si lo mataba hoy no veríamos el mundial porque
el televisor se apagaría” “Les dije que si lo mataba hoy no veríamos el mundial
porque el televisor se apagaría” “Les dije que si lo mataba hoy no veríamos el
mundial porque el televisor se apagaría”. Cabo continuaba limpiando el arma
sin temblarle la mano. “Necesito que la televisión se apague cuando se lo
indique” “Necesito que la televisión se apague cuando se lo indique”. Al viejo se
le dibujó una ínfima sonrisa. “No hace falta que lo repita tres veces, con una sola
puedo entenderlo”. Ahora fue a Cabo al que se le dibujó una pequeña sonrisa.
Cabo siguió desarmando y limpiando el arma. “Nos están escuchando si
hablamos ¿eh? viejo”. “Lo sé”.
Finalmente Cabo armó y puso una sola bala en la recámara de su pistola
reglamentaria.
- ¿Algo que quiera decir? ¡eh, viejo! – Janko se mantuvo en silencio.
Cabo tomó el arma y se hizo la señal de la Cruz. Levantó el arma y quitó el
seguro, agarrándose con la mano derecha su muñeca izquerda. Apoyó el dedo
pulgar en el gatillo. Fue ahí que el viejo expresó algo que casi le cuesta la vida.
“¿Le hago acordar al Sacerdote de Luca, verdad?”.
El disparo salió y rozó el costado de la cabeza del viejo que cayó redondo en el
piso. El perro se puso a gruñir y ladrar. A Cabo le temblaban las manos. “¡Qué
mierdas hizo viejo, qué hizo”.
El televisor se apagó de golpe dejando en el ambiente un silencio apenas cortado
por los lloriqueos de Gringo, envueltos en un aroma a pólvora recién encendida
y un humo azul que parecía tener la forma de un ángel.
Alemania Federal, el último campeón mundial y Polonia que había salido cuarto
dieron un espectáculo no muy bueno, un cero a cero para el olvido. En el Pozo
no se pudo ver ya que Janco Gurascevic estaba en estado de coma.
Cabo había sido reprendido por sus pares porque debía haberlo matado, pero
por otro lado le dieron la razón, sin el viejo no había partidos. El viejo mantenía
todos sus parámetros vitales en orden, como si no tuviera nada. No necesitaba
nada. Tomaba agua con un vaso que algún soldado le daba cada media hora,
pero estaba desconectado. Había venido un médico a ponerle una vía para
hidratarlo, pero luego de unos 50 minutos de tratar de canalizarlo le fue
imposible.
Cabo fue a visitarlo, llevaba una taza de té en la mano izquierda y supo lo que
pasaba. “Estoy descansando un poco hasta que juegue Argentina contra
Hungría” “¿entonces está bien, viejo?” “Sí, bien, perdón por casi arruinarlo
todo…. es que” “No diga nada, nada. Es verdad, me hace acordar al Padre Lido
Albertino, de Luca, Córdoba” “Lo sé” “Es que creo que ha sido el mayor error
que cometí en mi vida” “Lo fue”.
A Cabo se le cayó la taza de la mano, pero lejos de hacerse añicos en el suelo por
la velocidad que le imprimía la gravedad, al llegar al suelo se detuvo lentamente
y se posó entre los borceguíes de Cabo. “Gracias, viejo” “De nada, muero por un
té así. Mañana juega Argentina y lo vamos a ver juntos y solos, con Gringo,
claro” “Si usted lo dice, viejo, así será”.
Así fue. Ese día jugó Túnez contra Méjico y le ganó por 3 a 1. Italia le ganaba a la
Francia de un joven Platiní por 2 a 1 en Mar del Plata. Y por la noche se venía el
debut de la Selección.
Todos abandonaron sus tareas. Dejaron una guardia mínima para controlar el
Pozo, obviamente ese guardia no sería otro que Cabo. O mejor dicho Ismael
Neemías Szolcco.
Cabo recorría las celdas de los pocos prisioneros que tenían, uno al que Ele
había dejado ciego “por accidente” y que prontamente partiría en algún vuelo de
la muerte y el viejo. Cuando pasó por la celda vacía del viejo no le sorprendió lo
que ocurrió. El televisor se prendió solo y sintonizó ATC. Sin inmutarse se fue a
la cocina y preparó dos tés y los dejó en la celda vacía. Tampoco le sorprendió
ver al viejo caminando como si nada acercándose hacia él, con una sonrisa
manchada de sangre.
Instintivamente Cabo llevó su mano a la reglamentaria y apuntó. El viejo lo
miró. “¿tenemos que seguir hablando así, Ismael?”.
- ¡No! ¡No hace falta! ¡No hay nadie! ¡Solo nosotros, el perro y el ciego que
ahora duerme como un lirón!
- Entonces ¿Por qué eso? – dijo mirando el arma
- ¡Estamos en guerra!
- ¡Yo no soy su enemigo! – dijo el viejo mientras Cabo bajaba el arma
- Es cierto, discúlpeme, le preparé un té.
- ¡Gracias! Tenemos unos quince minutos antes de que empiece el partido
– Cabo lo miró como diciendo “¿Y? – por si me quiere contar algo de lo
que pasó en Luca – el rostro de Cabo se endureció
- ¡Usted lo sabe todo! ¿Para qué contarle?
- Simplemente porque quiero saber qué es lo que usted cree saber, para
poder completar su historia
- ¡No! ¡Hoy al menos no! Disfrutaremos de la previa del partido – y se
sentó en el gran sillón, enfundando la reglamentaria y bebiendo
pequeños sorbos de té.
El partido fue entretenido, a pesar del baldazo de agua fría de ir perdiendo uno a
cero, muy trabado y con pierna muy fuerte. Luque y Bertoni fueron los que le
dieron la victoria por 2 a 1. A Hungría le expulsaron a dos jugadores.
- ¡Con dos jugadores de menos es imposible no perder! – dijo con cierta
ironía
- No lo crea, querido Ismael – a Cabo no le gustó mucho que lo llamara por
su verdadero nombre – tranquilo, sólo lo llamaré así cuando sea seguro
o… “por telepatía”
- “bueno, no cometa otro error como el de anteayer” – dijo con una sonrisa
dura.
- “no suelo cometer errores, quédese tranquilo” Argentina puede perder
aunque le expulsen dos jugadores al equipo rival en un partido, pero hay
algo que va a pasarle y ya le pasó, si a Argentina le expulsan a un jugador,
no gana, pierde o empata, aunque después gane en una definición por
penales.
- Pierde o empata, siempre será así
- En principio si, las tendencias siempre se terminan rompiendo
- Claro – dijo pensativo Cabo
- Uno cree que ha hecho todo bien hasta que comete un error que lo
arrastra durante toda la vida como un gran lastre, que le impide aclarar la
mente.
- Ya le dije, viejo, que no voy a hablar de lo que pasó en Luca – el viejo
desplegó las manos hacia adelante y se quedaron mirando lo que
quedaba de transmisión hasta su finalización.
Al día siguiente el mundial ’78 seguiría con algunas sorpresas. Para Holanda
ganar a Irán fue un trámite, pero lo siguiente fue sorpresivo. Austria despachó a
España. Perú a Escocia y en un escandaloso tiro de esquina a Brasil le quitaron
el triunfo ante Suecia, fue empate en 1, el árbitro hizo tirar un córner y en medio
de la trayectoria de la pelota dio el pitazo final. Lo curioso es que fue gol de
Brasil, que en realidad no fue convalidado.
Todos estos partidos los veían en la celda de Janko, se juntaban Damián el
herrero, Ismael Cabo, Raúl Eje y Roberto Ele. Al viejo lo ponían un poco por
delante de ellos esposado a una silla y en un costado de la celda y tenía
prohibido mirarlos. Habían intentado dejarlo en la celda con la capucha de
arpillera pero el televisor perdía la señal. También habían sacado al perro y
pasaba lo mismo. A nadie le importaba mucho el viejo demente. En cuanto a los
partidos de Argentina, esos preferían verlos en familia. Bueno, Damián los veía
con la familia de Lolo, su amigo y Ele salvo que le hubieran conseguido algo ara
entretenerse lo veía en su casa.
El 6 de junio de 1978 todos levantaron apuestas, exceto Eje, por ver quién
acertaba los resultados de los partidos. Sólo uno acertó todos los resultados y
algunos de los goleadores. Los demás lo miraron con odio mientras contaba los
billetes.
- ¿y cómo sale esta noche la selección? – preguntó Ele insidiosamente.
Todos se quedaron mirando a Cabo esperando la respuesta. “Dale viejo”.
No había conexión. El muy cretino de Gurasevic se sonreía. Por suerte
nadie advirtió los dos ladridos de Gringo y luego uno más.
- Gana – dijo mientras le subía un rubor por el cuello
- ¿Cuánto? – esta vez preguntó Eje, éste sabía de sus poderes
- 2 a 1 otra vez, como a Hungría.
- ¿Quién hace los goles? – el clima se puso muy tenso, Cabo tenía las orejas
rojas y se le secaba la garganta.
- No sé – dijo en un susurro
- ¿Seguro? – preguntó Ele
- Luque, Kempes, Houseman, no sé
- Esos son tres, usted dijo 2 a 1 – arremetió Eje - ¿algún gol en contra?
- Passarella y Luque
- ¿Passarella? ¿él es defensor? ¿lo hace de cabeza o de tiro li…
- Penal – interrumpió y ahí si había silencio en la celda, el silencio los
aplastó a todos. Se quedaron todos mirando a Cabo. El viejo sonreía. El
perro se metió debajo del catre y lloriqueaba. Era el único sonido.
- El gol de Francia – preguntó Damián - ¿quién lo hace?
- Pla… - tragó saliva – Platiní – otra vez se quedaron todos mirando a
Cabo, que parecía en trance. Gringo debajo del catre se tapaba la cara con
una patita.
- Bueno, bueno. Acá está pasando algo raro hace rato, desde que esta
escoria ingresó al pozo – dijo Eje apuntando el mentón hacia el viejo –
primero acierta los resultados de todos los partidos y ahora nos da un
detalle de lo que vendrá – se frotó la cabeza – es raro, todo esto es raro,
este viejo de mierda, que veamos la televisión en colores – miró con un
mirada glacial a Cabo – cuando el mundial termine ya sabe lo que tiene
que hacer Cabo. Ya de por hecho que tiene mi orden ¿correcto?
- Sí mi superior, entendida y aceptada.
Esa noche no solo ganó Argentina tal como lo había pronosticado Cabo. Damián
le ganó un lechón a Lolo. Ele reventó la casa de apuestas clandestinas de su
barrio y Eje se aseguró un buen retiro con un aumento de sueldo al triple de lo
que ganaba en ese momento. Lo que nadie sabía es que no cobrarían sus
premios, ninguno de los tres.
A la noche las sombras se apoderaron de todo. Los dos únicos prisioneros del
Pozo no terminaban de conciliar el sueño. Cabo que tenía aseguradas todas las
guardias hasta que no terminara con los dos prisioneros pasó por la celda del
ciego y de Janko. El jueves tenía que terminar con la vida del ciego. Mientras
tanto la pelota seguía rodando. Austria con paso firme, Brasil en un empate
increíble contra España con un Cardeñosa que no se decidió nunca a ser héroe y
demoró tanto el remate que nunca llegó a ser gol. Holanda y Perú empataron sin
goles y Escocia e Irán terminaron uno a uno.
El jueves 8 un sacerdote se presentó en la celda del ciego, pero este se negó a
recibirlo.
Pasaron unos minutos que se hicieron eternos y se escuchó una detonación y a
los pocos segundos otra. El olor a pólvora inundó el Pozo, mezclándolo con el
ácido de la sangre recién derramada. En la celda del viejo, Gringo lanzó un
aullido desgarrador. Se escucharon sonidos metálicos y huecos de huesos
golpeando el piso. Por delante de la celda del viejo apareció Karsen y Gutiérrez
llevando una frazada un poco pesada. Luego de media hora apareció Cabo.
Abrió la puerta de la celda del viejo y se sentó en el sillón. El viejo se le acercó
como si fuera una sombra y se sentó a su lado.
- ¿Lo hiciste? ¿verdad? – Cabo lo miró sin un atisbo de remordimiento -
¿harías lo mismo conmigo?
- ¡Voy a tener que hacerlo, cuando termine el mundial! – lo miró pero esta
vez el viejo vio una mirada de dolor ingobernable – A ellos no les interesa
nada más que ver los partidos en colores, sólo eso.
- Lo sé
- ¿Quién es usted? ¿eh, viejo? – preguntó seriamente Cabo
- ¿Qué más da? Un demonio -
- No. No lo creo. Usted viejo se molesta con la injusticia ¿eh? –
- Yo solamente puedo hacerles ver la verdad, sólo eso, algunos nos quieren
saberla, otros como Roberto “Ele”, no me interesan en absoluto, porque
están perdidos.
- ¿Cuál es mi verdad?
- Tranquilo, Ismael, todo a su debido tiempo. Ahora es tiempo de Damián
“El herrero”
- ¿Qué pasa con él? No es una mala persona – Janko lo miró como
diciendo, un tipo que fabrica celdas para otros no puede ser bueno.
- El va a decidir su futuro
- ¿Cómo lo hace? ¿eh, viejo? Usted maneja su mente ¿verdad?
- No. Solamente puedo entrar en ella y hacerle recordar con más detalle
- …recordar con más detalle…- repitió Cabo y en su mente se reflejaba la
imagen de un cura.
- ¡Vamos! Lo invito a entrar en su mente ahora mismo ¡Vamos! – miró a
los ojos a Cabo – Podría dejarlo morir mientras está con su amante,
jugando fútbol o comiéndose ese lechón que le ganó a su mejor amigo
con muy malas artes. Pero no, quiero que antes de morir o de vivir sepa la
verdad
- …sepa la verdad…- volvió a repetir Cabo. Esta vez el sacerdote se
arrodillaba y extendía sus palmas hacia adelante.
- ¡Vamos! Vayamos ahora mismo que Damián duerme una siesta
- ¿Entraremos en su sueño?
- Si, es una buena forma de hacerle ver
- ¡Vamos entonces! – Cabo se iba a poner de pie pero el viejo con un
movimiento de su mano lo hizo sentar.
Se quedaron sentados como dos estatuas demasiado reales, mirándose las
manos, casi sin moverse, solamente con un mínimo movimiento respiratorio.
Volaron proyectados a una velocidad sideral hasta caer en la mente de Damián.
El herrero estaba tendido en su cama de hierro reforzado. Se sacudía con
algunos espasmos repentinos y por momentos gemía. Sudaba a pesar del frío.
En su sueño-pesadilla veía una y otra vez a su mujer con un tiro en la frente y
otro en el pecho que le reclamaba que la habían matado por su culpa.
El viejo habló en su mente con la voz de Irene “Damián, el día que vinieron los
otros” Damián se removía “¿Qué pasó ese día, Irene? Irene. ¡Irene!” – gritó con
fuerza.
Damián volvió a moverse. En su mente se fueron generando las imágenes como
en un film hacia atrás, primero lento y luego a gran velocidad. La película se
detuvo en una escena puntual.
Damián gruñó y habló de manera inentendible. Se volvió a sacudir haciendo
crujir los tirantes de hierro de la cama.
Volvió a repetir un par de veces la escena, sin entender bien lo que quería que
viera. Hasta que por fin se dio cuenta. Y vio con horror las manos gigantes
aferrándose al volante del autounión y el destello del descomunal anillo de oro.
Ellos y los otros eran los mismos. Me hicieron caer en una trampa mortal.
Damián se aferró con fuerza a la sábana, escuchando al viejo en la voz de su
esposa “¡Damián, ahora que lo sabés, ahora que sabés que fuiste engañado para
aceptar ese trabajo! ¿Qué vas a hacer?” “No sé”. Murmuró el herrero. “No sé, no
quiero vivir con esa culpa, yo la condené a ella y a los chicos” “¿Qué vas a hacer
Damián? ¿Qué?”. El gordo se sacudió nuevamente, parecía llorar. “Prefiero estar
muerto”.
La mano que aferraba la sábana se prendió con fuerza a la cabecera de la cama,
un dolor intenso se apoderó de su brazo y le hizo agarrotar los dedos. El corazón
le palpitaba con fuerza y con un galope desbocado. El dolor del brazo se le
instaló en el pecho y la falta de aire se le hizo insoportable. Se dobló como si
fuera una marioneta fofa y en un gorgoteo murió.
Cabo fue el primero en volver. A pesar de lo que había visto y de estimar a
Damián, no expresó la más mínima expresión. El viejo regresó también.
- ¡Él sentenció su futuro! ¡Tuvo la oportunidad de vivir y alejarse de todo
esto! ¡De reivindicarse! ¡Y así y todo si lo mataran por irse y por saber
todo lo que pasa acá, sería una redención para él!
- Sí ¿yo tendré una oportunidad así? – preguntó Cabo. El viejo lo miró y lo
serenó.
- Todavía nos faltan Ele y Eje
- ¿También van a morir?
- Ele sí, ese hombre no tiene salvación – dijo el viejo con asco – Eje tendrá
su oportunidad y decidirá su futuro
- ¿Cuándo? – el viejo miró a Cabo con media sonrisa
- Antes de que termine la primera ronda Ele, antes de la final Eje –
respondió el viejo
El 10 de junio se volvieron a reunir en la celda del viejo a ver el partido de
Alemania y Túnez y el de Polonia contra Méjico. Se lamentaron de la muerte del
herrero, como quien habla del clima. Ese día pasó algo de no creer, mientras se
detenía el juego de un aburrido partido de los Alemanes con los Tunecinos, el
viejo pasó al canal donde Polonia y Méjico convertían los goles, terminó 3 a 1 a
favor de Polonia. No había mucha gente que tuviera televisor con control
remoto, tampoco se hacía un zapping tan preciso. Los tres estaban asombrados
con este nuevo talento del viejo.
Eje hizo un comentario al oído de su amigo Ele.
- Este viejo de mierda es realmente peligroso hay que tener cuidado con él
- Sí, Cabo lo sabe manejar bien, eso nos da tranquilidad
- ¿Vas a ver el partido en tu casa? – preguntó el superior en mando a su
amigo
- No sé, puede que sí, depende de mi compañera – dijo Ele con cara de
Hiena – hoy me entregan una mercadería que dicen que está muy
interesante, me la llevan a mi Pocito – el Pocito era una casa alejada
donde Ele se encargaba de torturar, violar y matar a alguna enemiga.
- Sos muy hijo de puta ¿tanto te gusta eso que hacés?
- Sí, ya estoy preparando todo, no sé si en estos días voy a andar por acá,
hasta que no limpie todo
- Yo lo veo en casa, mi hermana quería venir a verlo conmigo pero la
verdad es que no me interesa, quiero verlo con los chicos
- ¿Clara?
- Sí, la otra está en París, no vuelve más
- ¿Se ven seguido?
- Poco, pero últimamente me está queriendo ver más seguido, es una
mujer que está al límite de estar del otro lado, a veces se pone un poco
tediosa
- Bueno, pobre, ha sufrido mucho – dijo Ele simplemente para quedar
bien, pero sin ningún tipo de interés.
La noche trajo nuevamente la calma y las sombras reinaron. El televisor tomó el
control de súbito media hora antes de que se inicie el partido de Argentina
contra Italia. Francia despacharía 3 a 1 a Hungría. Argentina sin embargo caería
con los Azzurros por 1 a 0 y ocurriría una vez más uno de los vaticinios de
Janko. La expulsión de Américo Rubén Gallego sentenciaba que los albicelestes
no podrían ganar, empataban o perdían, esto se repetiría en el resto de los
mundiales por delante y se cumplía desde la expulsión de Rattín contra los
ingleses en el ’66.
A pesar de la derrota Argentina paso a la fase semifinal. El mundial ’78 era del
Medioevo de los mundiales de fútbol, la prehistoria terminó en 1966. En esta
fase medieval se jugaban 4 zonas de 4 equipos y luego otras dos de otros 4
pasando a la final los primeros de cada grupo y jugando el 3er puesto los
segundos. En el grupo de la segunda fase o semifinal a Argentina le tocaría
Brasil, Polonia y Perú.
- ¡Ya está! ¡Perdemos o empatamos! – se quejó Cabo
- Da igual, con el empate o la derrota clasifica a la siguiente fase
- Está terminando la primera ronda ¿eh,viejo?– afirmó Cabo inquisidor
- Si ¿Y qué hay con eso? –
- Quiero saber qué pasará con Ele
- No lo creo – Janko frunció los labios. Cada vez que hablaba de Ele se le
cambiaba el rostro de paz por acritud – está haciendo cosas horrendas –
se miró las manos suaves y arrugadas y se rascó la barbilla – y seguirá así
hasta la madrugada. De verdad, Ismael, no creo que quieras ver lo que le
está haciendo a esa pobre chica – sin embargo el viejo, le arrojaba
imágenes, como instantáneas de lo que estaba pasando en el Pocito – ese
hombre está condenado y bien merecido lo tiene.
- Mierda – se sobresaltó Cabo. Lo que había visto era escalofriante – no
quiero ver más (otra imagen) ¡Por favor! ¿eh, viejo? ¡No quiero ver más!
–pero esta vez la fotografía era la del sacerdote extendiendo las palmas,
bajado la cabeza y sintiendo un escalofríos cuando la boca helada de una
9 mm se apoyaba en su nuca.
El televisor se apagó y el viejo se quedó nuevamente como si fuera una estatua
de cera. Cabo se dio cuenta de que estaba viajando hacia la mente de Ele y sin
darse cuenta de lo que hacía y cómo lo hacía, él mismo se transportó hacia allá.
Lo que vio le provocó dolor. Sintió ganas de vomitar. La chica seguía con vida,
pero si continuaba viva las heridas recibidas le harían muy difícil afrontarla. Ele
completamente desnudo y al borde de la borrachera intentaba penetrarla con un
miembro excesivamente flácido y por no poder llevar a cabo su cometido era
que se descargaba contra su víctima golpeando, arañando, escupiendo, tomando
algún elemento cortante para lastimarla más. Cuando por fin se dio por vencido
se fue al baño y llenó la bañera de agua con la idea de que si la piba se
recuperaba un poco tendría un poco más de diversión mañana a la mañana. Ele
se fue tambaleando con un jarro de agua, se golpeó la cabeza con el marco de la
puerta y le dio un puñetazo que la cerró con furia. Uno de los cables, que
estaban enchufados en el toma corriente del baño, atrapado entre el marco y la
puerta, se peló sin llegar a cortarse. Caminó hacia su víctima y le arrojó el agua
fría en la cara sin obtener ninguna señal de vuelta en sí. Ya se disponía a
golpearla en la cara cuando la chica giró lentamente la cara hacia él. Una
carcajada demencial se dibujó en su rostro y comenzó a tener nuevamente una
erección. Desató a la pobre y la arrastró hacia el baño. Ele estaba cada vez más
excitado. Una vez que la despertara la dejaría descansar hasta mañana, “pero
antes, una entradita”, pensó y volvió a carcajear mientras tiraba del cuerpo
desnudo de la mujer. Al llegar a la puerta del baño la intentó poner en su
hombro como una bolsa de papas y mientras lo intentaba ella pisó el cable
pelado y comenzó a convulsionarse presa de la corriente eléctrica que la
envolvía. Sus cabellos se erizaron y comenzaron a despedir chispas. Ele se
intentaba despegar y no podía, gritaba y aullaba y también se convulsionaba.
Sus mandíbulas se apretaron tanto que las muelas estallaron y sus brazos lejos
de poder escaparle a la muerte se apretaban más al cuerpo de ella como si
bailaran un tango demencial. Ambos se quedaron de pie fundiendo su piel en su
piel irradiando chispas a través de los pelos de sus cuerpos. Hasta que por fin
echando humo cayeron al piso y todo terminó.
El 11 de junio en el Pozo, la convocatoria a ver los partidos fue un poco más
amplia, sin Damián por razones obvias y sin Ele que estaba haciendo “tareas”,
participaron a los soldados Karsen y Gutierrez. Eje ocupaba el lugar principal,
Cabo a su lado, los soldados uno en cada costado y por supuesto el viejo en el
frente bien a la izquierda delante de ellos para que pudieran ver.
La pelota rodó nuevamente esta vez casi sin sobresaltos Perú venció a Iran por 4
a 1 y pasó de ronda. Brasil 1 a 0 a Austria y pasaron los dos, Escocia sorprendió a
Holanda 3 a 2, pero la devaluada naranja mecánica pasó de ronda y los
británicos a casa. España ganó a Suecia 1 a 0 pero ambos se despidieron de esta
edición XI de la copa mundial de la FIFA. Todos estaban contentos, habían visto
buenos partidos, sobre todo el de Escocia – Holanda con uno de los goles más
lindos de todos los mundiales disputados, el de Archie Gemmill.
Las malas noticias golpeaban nuevamente el Pozo. El 13 de junio encontraron
semi calcinado a Ele en el Pocito junto a una nn. En los periódicos se contaría
una historia distinta, de un crimen de la subversión.
Cabo y el viejo no habían hablado mucho en esos días. Como la copa estaba en la
mitad de su recorrido, Cabo empezaba a experimentar algo extraño, dolor,
angustia o peor aún, piedad por Gurasevic. Los recuerdos de los
acontecimientos en Luca se le venían encima como hojas de otoño y como si
fueran moscas molestas Cabo las espantaba. Creía que el viejo estaba
manipulando su mente, por eso trataba de mantenerse alejado.
Eje mandó a llamar a Cabo para hablar algunos asuntos
- ¡Quiero acelerar los tiempos! – dijo Eje reclinándose en su silla – es
imperioso que lo ejecutes antes de lo pensado – a Cabo le corrió un frío
por la espalda hasta la nuca
- ¿Puedo preguntar por qué, señor? – la mueca que hizo Eje apresuró las
palabras de Cabo – no estoy cuestionando sus órdenes, señor. En cuanto
me lo ordene lo haré. Lo que sucede es que me genera curiosidad esta
decisión tan repentina
- Este hombre ha traído la desgracia al Pozo, no tenemos prisioneros, nos
quedamos sin dos de nuestros mejores hombres, ambos muertos en
circunstancias extrañas – la carcajada apagada de Cabo lo descolocó - ¡De
qué se ríe, mierda!
- El gordo tenía todos los billetes para el infarto y Ele de un modo o de otro
iba a terminar así con sus “fiestas privadas”, señor, no veo nada extraño
en sus decesos.
- ¡Usted es un idiota! ¿Lo sabe? ¡Un idiota completo! – estaba por
continuar cuando Karsen golpeó la puerta de la oficina - ¡pase inútil!
- Señor, su hermana está en el teléfono – la cara de Eje se contrajo como si
algo sorprendente hubiera ocurrido - ¿Clara?
- Sí, señor
- ¿Clara? – se levantó de golpe tirando la silla para atrás - ¡La puta madre
que me re mil parió! – gritó - ¡Cuantas veces le dije que no me llame acá!
¿todos son imbéciles los que me rodean? ¡Mierda, carajo! – y salió. Cabo
se quedó esperando unos minutos hasta que su superior volviera. Eje
volvió sonriente
- ¡Quería que viéramos el partido contra Polonia juntos! – su sonrisa se
ampliaba – no sabe que me invitaron a presenciarlo en persona en
Rosario, salimos en comitiva al mediodía - ¿qué más quería decirme,
Cabo? – éste lo miró sorprendido, imaginó los dedos del viejo
manipulando la mente de Eje
- ¡Nada más mi señor, lo que usted ordene! – se puso de pie haciendo la
venia
- No exagere, Cabo. usted es un buen elemento, no quiero perderlo.
Retírese. Hablaremos a mi regreso.
Ese 14 de junio, miércoles, Holanda aplastó por 5 a 1 a Austria y comenzó a
ponerse la ropa de candidato. Brasil no le fue en zaga y goleó 3 a 0 a Perú.
Mientras que la decepción del campeonato Alemania terminó 0 a 0 con el
“catenaccio” de Italia. En Rosario con Eje muy cerca de las autoridades
nacionales, Argentina vencería a Polonia por 2 a 0 con Mario Alberto Kempes
como héroe indiscutido, marcando dos goles, evitando con su mano el gol del
empate de Polonia. Argentina ganaba 1 a 0 y luego de una falta en el borde del
área y una salida fallida de Fillol, una de los pocos errores que cometería,
Kempes se transformó en arquero y la desvió con el brazo extendido. Penal,
pero Fillol, el mejor arquero de todos los tiempos, le atajaría un tímido remate a
Deyna. Luego con Ardiles como estandarte, Kempes definiría fantásticamente
para terminar 2 a 0. La primera copa estaba cerca.
- ¡Quiere que te mate antes! – dijo Cabo irrumpiendo en el pasillo junto a
la celda de Janko
- Lo sé
- ¿Y lo dice tan tranquilo? ¿Eh, viejo? ¡Tan tranquilo!
- No va a suceder, no por ahora, Ismael, vamos a terminar este mundial
juntos – el viejo miró a los ojos de Cabo - ¿quiere saber su verdad?
- ¡No! – respondió rápidamente Cabo, e hizo una breve pausa – En
realidad no lo sé. No quisiera cometer con usted el error que creo que
cometí en el pasado.
- Para eso estoy – dijo el viejo extendiendo las palmas hacia adelante. A
Cabo ese gesto le trajo el recuerdo que venía evitando e instintivamente
se llevó una mano a la 9 – algo te atormenta, algo que tal vez haya estado
mal. Tienes que tener calma. Yo estoy para eso, para que las cosas se
cumplan. Para observar que lo que es sea.
- No sé si estoy listo, no sé si quiero saber – y disculpándose se retiró.
El 18 de junio Italia y Polonia dejaron sin chances a Austria y Perú, venciéndolos
por 1 a 0 respectivamente. Alemania y Holanda empataron en dos goles y
Alemania también se despidió de la chance de llegar a la final. Pero Argentina y
Brasil en un durísimo encuentro, no pudieron sacarse diferencias, llegando al
último partido del grupo con una leve diferencia de gol a favor de los brasileños.
El 21 de junio los encontró a Cabo y Gurascevic despiertos desde temprano.
Cabo traía un termo de aluminio y un té en la otra mano. Se lo alcanzó al viejo a
través de la reja y le tiró un hueso con carne a gringo.
- ¡Quir provr es! – dijo Janko - ¡Ay, perdón! Quisiera probar eso –
señalando al mate
- ¿Mate? – le extendió la calabacita – no sé si le gustará, viejo, es amargo
- ¡Veamos! – el tipo dio una chupada como si sacara oro de una mina y se
quemó hasta la garganta - ¡Ahg! ¡graj! Está caliente, pero igual sabe rico
- ¡Viejo loco! – se rió Cabo, pero de inmediato se puso serio - ¿de dónde
eres? ¿eh, viejo?
- ¿es importante? – se aproximó a la celda - ¿realmente vino a
preguntarme eso? ¿o quiere saber otra cosa? – lo miró con una sonrisa
amigable – deme otra de esas cosas – Cabo extendió su mano a través de
los barrotes – ya se lo dije, soy un demonio – dijo riendo, mientras
chupaba de la bombilla del mate - ¡Delicioso! Aunque debo decírselo
Ismael, ya lo había probado en Montevideo en 1930. Tenía 48 años
menos
- Era joven ¿eh, viejo?
- No mi querido Ismael – y una imagen del viejo mirando el partido final
de Argentina Uruguay en el mismísimo estadio Centenario, lo mostraba
igual que ahora – hace tiempo que soy viejo y necesito renovarme
- ¡Mierda! ¡No puede ser! ¿Ese viejo era usted hace 48 años? ¿eh, viejo? –
lo miraba como si le estuviera gastando una broma – no es posible
- Ese mismo, podría mandarle imágenes mías en otros momentos, pero no
quiero confundirle, porque no me reconocería, ya lo ve, soy un demonio
– Cabo lo miraba sorprendido y maravillado
- ¿Qué es lo que quiere de mí? – al viejo le brillaron los ojos
- Quiero que limpie su pasado, que ese error que cometió o mejor dicho,
eso que cree que hizo bien, estuvo mal. Necesito que lo haga Ismael – el
joven se sintió extraño y mientras bebía un mate se disponía a abrir su
mente y dejar pasar al viejo. Pero Eje lo interrumpió.
- ¡Buenos días, Cabo! – saludó alegremente - ¿este viejo de mierda sigue
portándose bien?
- Si, señor
- ¡Hoy jugamos con Perú! ¿Cómo sale? – preguntó a quemarropa
- 6 a 0 – respondió Cabo
- ¿seis? ¿tanto?
- Con cuatro goles sería suficiente ya que Brasil va a ganar 3 a 1 a Polonia
- Fiuuuuufff – silbó el jefe – buen dato, Cabo. Cuando esto termine va a
tener un ascenso y trabajará conmigo. Seguro.
- ¡Gracias, señor! – en ese momento entró Karsen
- ¡Teléfono, señor! – dijo el soldado
- Mi hermana Clara ¿verdad?
- Si, señor
- ¡Digale que estoy ocupado! Que me llame a casa el sábado a la mañana –
el soldado se retiró y Eje se quedó riendo muy divertido. Se encontró con
los ojos de Cabo – es que el sábado a la mañana voy a practicar tiro –
volvió a reir – es incordiosa, no parece una Cimino ¡Ah! De lo que
hablamos el otro día de adelantar el plan, vamos a esperar unos días
¿Correcto?
Y así se dieron las cosas, Holanda venció a Italia y lo mandó a jugar con Brasil el
tercer puesto, entonces Argentina se vería con los subcampeones del ’74, el
domingo por la gran final.
Llegó el sábado 24 de junio de 1978. La mañana estaba fresca y soleada. Eje
como casi todos los meses hacía una práctica de tiro un sábado al mes.
Aprovechaba a relacionarse con otros militares de alto rango para ver si podía
morder algo. Entre ronda y ronda se bebía algún whisquisito. Todos estaban
alborotados con la final del día siguiente. La segunda final desde 1930.
- ¡Si, pero hoy juega Brasil con Italia! ¿por quién van? – preguntó Eje y los
demás comenzaron a apostarse cosas intangibles, puestos, sueldos, etc.
- Italia, porque ya nos ganó
- Brasil, porque está dolido con lo que pasó con Perú
- ¡Señores, yo tengo la precisa! – todos hicieron silencio – Brasil gana 2 a 1
– hizo una pausa entre el rumor de todos y concluyó – aunque empiece
perdiendo 1 a 0 todo el primer tiempo – se levantó agarró su vaso y
liquidó el whisky de un trago y encaró al polígono – así va a ser
- ¡Mi ministerio a que no es así! – Eje sonrió, uno que picó. Se dio vuelta
lentamente - ¡Pero todo lo que dijo se tiene que cumplir! ¿acepta?
- ¡Claro, hombre. Correcto! ¡Así será! Se tocó el pecho a la altura del
corazón – Palabra de Cimino – el rumor fue más fuerte - ¿Y qué quiere a
cambio, Señor ministro? –
- Quedarme con el Pozo – Cimino volvió a sonreir
- Se lo regalo ya mismo, termina el mundial y me hago a un lado ¿qué otra
cosa quiere señor ministro?
- Su departamento, así como está. Siempre me gustó, debo decirlo, no se
ofenda, usted ha tenido muy buen gusto para tenerlo así como está.
- Aceptada la apuesta – se iba pero giró en sus talones – el gol de Italia lo
hace Causio – las carcajadas retumbaron por todas partes, o realmente el
partido estaba súper arreglado o Cimino había perdido la chaveta.
En el polígono Eje estuvo errático, tenía una muy buena puntería, pero hoy
le costaba dar en el centro del blanco. Maldecía a cada disparo. Uno de los
regentes del lugar le llamó la atención.
- Señor Cimino, tiene una visita ¿la hacemos pasar?
- ¡No, no espero a nadie!
- Es su hermana Clara
- ¿Mi hermana aquí? ¡La reputísima madre! ¡Desde hace un mes que me
quiere ver! – se lo pensó un poco, no era el mejor día para disparar, así
que por qué no, que venga, mucho no va a querer estar en un lugar así -
¡Que pase!
- Como no señor, ya la acompaño – Eje se sacó los guantes, las gafas y las
orejeras, se acomodó el pelo y esperó a Clara con buen semblante. Había
sido después de todo un buen día. El ministro Cimino Sepúlveda ¿qué
tal?
- ¡Hola, Raúl!
- ¡Clarita, querida! ¿Cómo estás?
- Bien, tratando de encontrarte ¿no tirás más? – dijo ella mirando los
elementos
- ¡No sé! Tomaré un descanso para… - pero Clara lo interrumpió
- ¿Cómo se tira? – él sonrió, después de todo ella era una Cimino
- ¿Querés probar? ¿en serio? - dijo con emoción verdadera. Ella levantó los
hombros
- No sé, igual vine a hablar con vos, un par de tiros y listo ¿podes hablar,
Raúl?
- Sí, Clarita, por supuesto – él le puso el arma en la mano y le explicó lo
básico – siempre se apunta hacia el polígono, para evitar accidentes, a lo
mejor los primeros disparos no dan ni en el blanco, no hay problema –
pero ella sacando el seguro del arma tiró sin sobresaltarse, como si
supiera pensó Eje y marcó dos balazos en el centro. Bajó el arma y se la
entregó a su hermano. Éste la apoyó la mesita y aplaudió - ¡Bien,
excelente! Lo heredaste de nuestro padre, talento puro – y se dispuso a
cargar el arma de nuevo. Se la puso en la mano a su hermana
entusiasmado - ¡Vamos a ver si es casual! – le pusieron un blanco limpio
- ¡Vamos Clarita, vamos! – ella levantó el arma y disparó 3 veces. Los tres
casi uno sobre el otro - ¡Increíble! ¡Asombroso! ¡Ya te estoy anotando
para la clasificatoria de un torneo que se hará en julio – ella seguía
disparando - les vas a pasar el trapo a todas ¿te interesa Clarita? ¿Qué me
resp… - las palabras se apagaron con su último blanco, justo en el centro,
miró a su hermana con sorpresa ella estaba poniendo el caño del arma
debajo de su papada - ¡No, no, Claritafffff…! – pero las palabras se le
escaparon como si se desinflara. Ella gatillaba y sus tristes ojos claros se
le dieron vuelta hacia atrás cayendo torpemente de rodillas sobre la mesa
con un brazo apoyado como si rezara. Raúl intentaba respirar, le costaba,
se llevó una mano al pecho y la levantó totalmente ensangrentada.
Lentamente se agarró del brazo de Clara que estaba sobre la mesa se
desplomó cayendo al suelo y murió junto con su hermana.
En ese mismo instante Cabo tuvo la necesidad de acercarse a la celda de
Gurascevic. Abrió la puerta con la llave ingresó y se paró delante del viejo que
parecía en trance. Deseó saber donde estaba. Imaginó que sería en la mente de
Eje. Lo había dicho. Moriría o viviría antes de ver la final. El viejo abrió los ojos
y miró con lástima a Cabo.
- Eje no tuvo oportunidad
- ¿Por qué? ¿No dijo que la tendría? – preguntó Cabo
- Su hermana intervino en su futuro y lo asesino
- ¡Oh! – se llevó una mano a la barbilla - ¡Clara! ¿Por qué?
- Porque nunca pudo perdonarlo. Al menos en su último momento de
conciencia se dio cuenta de lo que había hecho con el novio de su
hermana y de algún modo se arrepintió
- ¡Tarde!
- ¡Sí, muy tarde para los dos!
- ¿Los dos? – preguntó Cabo incrédulo
- Ella se suicidó
- ¡Dios mío! – Cabo se dejó caer en el sillón - ¿Qué pasará conmigo?
- Lo que tú quieras que pase
- ¡Necesito que me escuche!
- Adelante, creo que ya estás preparado
LA HISTORIA DE ISMAEL NEEMÍAS SZOLCCO
Luca, como tantos pueblos de Córdoba era tan tranquilo que podría decirse
que nunca pasaba nada. La misma gente de hace 30 años, con pocas muertes
y pocos nacimientos. Todos conocidos de todos. Todos amigos de todos.
Todos con un muy buen pasar, a pesar de la diferencia de clases sociales.
Nada pasaba hasta que llegó el nuevo cura, sucesor del fallecido padre
Andrés. Un sacerdote liberal Lido Albertino se presentaría con su camisa negra
sin el alzacuellos, los faldones fuera del pantalón y una guitarra colgada con el
mástil hacia abajo. Cosa que horrorizó a los chacareros y sus esposas del
pueblo pero que encandiló a sus hijos adolecentes. El presbítero, como todo lo
novedoso de los pueblos chicos, convocó a casi el 100% de Luca a su primera
misa y allí no dejó de sorprender a unos para bien y a otros para mal. Lo
primero que hizo fue entrar con la guitarra colgada a lo Bruce Springsteen la
que usaría en varios pasajes de la celebración. Lo segundo que hizo fue dar la
homilía mezclándose entre la gente, hablando mirando a los ojos de cada uno
de los parroquianos. La tercera cosa fue llevar la comunión a aquellos que
estaban menos posibilitados de movimiento dejando a la espera a los figurones
de siempre en una larga cola. Una vez concluida su tarea se encargó de la fila
de feligreses que aguardaban impacientes. Esto también dividió las aguas. Por
último y esto incomodó mucho a ciertas señoras muy copetudas, no usaba el
confesionario, confesaba a la comunidad cara a cara y si era posible fuera del
templo al aire libre.
Pero con el padre Lido llegaron otras personas. No es que vinieran con él,
aparecieron casi al mismo tiempo. Uno de ellos un inversionista. Otro un militar
encubierto que bajo la fachada de un investigador, venía a escribir la historia
del pueblo Luca. El último un joven que andaba de paso viajando con su
mochila hacia el sur.
Nada cambió en Luca en esos días. Solamente el chismorreo de los 4 nuevos
del pueblo. El que más alboroto había causado era el padre Lido. En poco
tiempo había conformado un grupo de canto que animaba las misas con
entusiasmo. Había prestado su guitarra y el odontólogo del pueblo traía su
órgano portátil. Una chica tocaba su flauta traversa y dos niños sus flautas
dulces y Atardecer, una descendiente de los calchaquíes jujeños aportó el
dulce trinar de su quena. Además de organizar el grupo de canto del templo,
comenzó a trabajar en el primer fogón al aire libre para alabar a Dios y
recaudar fondos para los más necesitados. Eso sería el 29 de junio de 1974,
festividad de San Pedro y San Pablo. Una feria de platos para el 9 de julio. Una
obra de teatro con títeres y marionetas para el día del niño en agosto, el
mismísimo intendente se ofreció a hacer magia para los niños, lo que generó
algunos comentarios maliciosos ya que se decía de él que tenía el arte de
hacer desaparecer una parte del dinero de los impuestos. Para el 18 de
octubre, aniversario de la fundación del pueblo se rumoreaba que vendría el
Obispo de La Rioja Enrique Angelelli a concelebrar misa con el padre Lido.
Esto comenzó a preocupar a los funcionarios del pueblo. Todo lo bueno que
había escrito con la mano lo borraría con el codo, por lo que le hicieron saber,
enfáticamente, que ellos, siendo cordobeses, no querían a ningún riojano
metiendo la nariz en la paz de Luca. A lo que el sacerdote dijo que eran
rumores, que él no conocía a Angelelli y no había contactado con él.
En las sombras de la noche comenzaron las reuniones y algunos misteriosos
transportes descargaban y cargaban mercancías secretas. Los jóvenes se
encontraban en los salones parroquiales. Los hombres de negocios con el
inversionista se encontraban en los salones de la intendencia. En Argentina se
vivían años oscuros. Solamente el militar encubierto participaba de todos los
mítines tomando nota, rellenando bloques de notas, recogiendo historias de los
habitantes y números de los libros oficiales de la casa de gobierno municipal.
Las posiciones en ambos ámbitos, parroquial y municipal cada vez se hacían
más radicalizadas, la furia y la promesa de muerte se transformó en moneda
corriente. El padre Lido comenzó a frenar ese odio con discursos que lo que
provocaban era más odio en los líderes juveniles, las homilías se transformaron
en una suerte de petición de tregua entre los grupos antagónicos. Tanto el
padre como el intendente clausuraron las reuniones tanto en la parroquia como
en la intendencia. Pero ya era demasiado tarde. El 29 de junio en el fogón
organizado por la iglesia se enfrentaron físicamente por primera vez. Por
fortuna no se había registrado ninguna víctima fatal, pero sí varios heridos. El
padre y el intendente llamaron a una reunión pública y al aire libre en la plaza.
La idea fue buena para llamar a la reconciliación, pero el día fue inoportuno.
Fue el 1° de julio de 1974. Fue como echar nafta al fuego. Los antiperonistas
festejaban la muerte del líder político. Los peronistas se sintieron agraviados.
Eso llevó a otra refriega esta vez con un muerto. En cuanto se escucho el
primer y único estampido todos corrieron a buscar refugio. Nadie sabía de
dónde había salido el disparo ni mucho menos quien lo había efectuado. Lo
que quedó claro es que en el improvisado escenario solamente estaba el
intendente, apoyado en el atril de madera y que no había señales del padre
Lido, lo que generó muchas sospechas. Los pocos que se mantuvieron en la
plaza afirmaron ver al intendente desplomarse con una gran flor roja de sangre
en su pecho y alguien afirmó ver al padre lino empuñando un revolver de gran
calibre escondiéndolo en la parte trasera de su pantalón y tapándola con los
faldones de la camisa negra.
Al día siguiente se llevaron a cabo algunas detenciones, pero la que más
sorprendió fue la del padre Lido. Mientras le tomaban declaración y lo
demoraban, estaban allanando la parroquia, encontrando allí un arsenal de
armas de guerra y el arma homicida. Un detalle espeluznante es que el
revólver calibre 32 estaba metido dentro del sagrario, lo que además constituía
un sacrilegio, una herejía. El cura se negó a declarar. Se mantenía con la
cabeza baja y rezaba sin parar.
El oficial encubierto no creía que el cura hubiera matado al intendente. Había
hecho algunas pericias sobre el cadáver del político asesinado y observó que el
disparo se hizo desde la izquierda de éste a escasos dos metros y desde la
plaza y seguramente el tirador era zurdo. Si hubieran disparado desde la
derecha el impacto hubiera dado en el atril. Por lo que el militar encubierto que
se encontraba allí recordó ver a alguien a su izquierda que por otro lado sería
el acusador del cura. Lamentablemente no había podido ver bien su rostro. El
militar prefirió seguir con la farsa de ser un historiador, ya que ello le permitía la
entrada a las guaridas de ambos bandos. Esa misma tarde, un día después de
la muerte del intendente se reunieron los hombres para tomar las medidas a
seguir. Mientras el pobre hombre permanecía en una heladera aguardando la
llegada de un perito de Córdoba capital.
Por su parte en la parroquia se reunían los jóvenes para ver como lo sacaban
al cura de la cárcel.
El militar/historiador prefirió apersonarse en la intendencia, le irritaba mucho ver
a los jóvenes comportarse como niños peligrosos. En la intendencia a todo
aquél que llegaba se lo palpaba de armas y si no llevaba una consigo ellos se
la entregaban en mano. So pretexto de que había que estar preparados. Entre
la concurrencia, al militar le pareció distinguir al hombre que estaba a su
izquierda en la plaza y que señalaba al cura. Decidió acercarse a él. Fue una
verdadera sorpresa para él, ya que el hombretón resultó ser más interesante de
lo que pensaba. Tenía las ideas claras y su modo amigable de dirigirse lo hizo
dudar cada vez más del clérigo. Sin duda nada tenía que ver con movimientos
armados, lo suyo era otra cosa, había venido a Luca a invertir y se encontró
con una situación que lo hizo comprometerse con la causa. Era al que
llamaban el inversionista. Que insistía en que el cura iba a ser el responsable
de una masacre
- ¿Por qué está tan seguro de eso? – se animó a preguntar el historiador
- ¿Por qué? ¿Usted no vio el arsenal que se encontró en la cripta de la
iglesia? – dijo con amabilidad, pero con firmeza
- Sí, lo vi cuando lo traían a la intendencia – respondió - ¿usted no cree
que se lo pueden haber plantado? – el hombre sonrió con una auténtica
boca de tiburón
- Escúcheme, mi amigo ¿Notó usted la cantidad de gente que trabajó en
el transporte de esos bultos para recorrer solo las dos cuadras que
separan la intendencia de la iglesia? ¿Y el tiempo que se demoró en
ello? – todos asintieron – creo que no era posible sacar al cura de su
guarida y en minutos plantar semejante prueba ¿No lo cree así, mi
amigo? – el argumento era bueno, pensó el historiador – Además tengo
otra prueba – captó la atención de todos mientras sacaba de un
pequeño bolsito que llevaba al hombro una pequeña cámara filmadora –
aquí se ve claramente como esa piel de Satanás que se hace llamar
sacerdote cruza desde mi izquierda después de haber disparado y se
mezcla con la gente en la confusión llevando el arma homicida.
Proyectaron el celuloide en un súper 8 y en verdad nada de lo que se
veía tan claramente, era tan nítido en la filmación. Las primeras escenas
se ve al intendente y al cura hablando a la multitud. Alguien se acerca y
le dice algo al padre Lido y este se va hacia la izquierda. Luego hay un
corte, seguramente el momento del disparo y una filmación con mucho
movimiento donde pareciera verse al cura corriendo con algo en la mano
que ni por asomo se parece a un 32.
Mientras tanto en la parroquia arengados por el mochilero y en una confusión
total, la veintena de jóvenes armados hasta los dientes se preparaban para
salir. “No hay que perder el tiempo. Están reunidos todos en la intendencia” “Es
ahora” gritaba desgañitándose el mochilero “vayamos por ellos”. La indecisión
era total. Nadie se animaba a tomar la puerta y cruzar la plaza. Por fin sin que
nadie lo imaginara la puerta se abrió de par en par, sobresaltando a casi todos.
En la intendencia mientras se desarrollaba una reunión por demás moderada,
en las inmediaciones se apostaban en los techos de lugares muy estratégicos
unos 4 francotiradores y otros soldados detrás de cada árbol y porche de las
casas circundantes.
El sacerdote horrorizado, parado en el dintel de la puerta del salón parroquial
les pidió desesperadamente que no fueran, pero aquel joven que pasaba
casualmente de mochilero hacia el sur era el que gritaba e incitaba a la
revolución por las armas. Alguien le puso al cura un arma en la mano y le gritó
“vamos padre, ya mató a uno, vamos por todos”. El padre Lido dejó caer el
arma al suelo y se vio atacado por una marea humana que lo atropelló
dejándolo a un lado. Cuando pudo reaccionar corrió a la iglesia, sacó el
Santísimo y se puso a rezar. Desde la otra cuadra comenzaron a escucharse
los disparos. Todo fue muy rápido. Tal vez un centenar de disparos y luego la
calma. El cura corrió como pudo, el aire le faltaba, las luces de la plaza daban
un espectáculo diabólico. Cuerpos caídos como flores plantadas en el infierno,
los pobres muchachos del pueblo agonizaban, otros ya habían fallecido. Un
destacamento del ejército se encargaba de ellos subiéndolos a un camión
como si se tratara de bolsas de papa. Alguien apuntó al sacerdote pero una voz
que venía de atrás le ordenó bajar el arma. El padre llegó a la intendencia y lo
que vio le provocó un mareo. Un baño de sangre también allí dentro. Aparte de
los militares distinguió a tres figuras: el mochilero, el inversionista y el
historiador. Se abrió paso entre los que limpiaban la escena y se paró frente a
ellos. El mochilero ya no estaba.
- ¡Qué hicieron! – les gritó en la cara
- ¿Nosotros padre? ¿O usted, mi amigo? – respondió el inversionista con
su ancha sonrisa
- Usted bien sabe que no le haría daño a nadie – levantando un rosario –
mi única arma es esta
- ¡Vamos, mi amigo! ¡Ya lo veníamos siguiendo! Donde usted pone un pie
ronda la muerte – dijo suavemente - ¿O me lo niega? Porque usted no
necesita armas para matar, solamente con su mente y su palabra los
dirige al matadero – el padre no respondió - ¿qué hizo cuando lo
dejamos en libertad? ¿Eh, mi amigo? ¡Dígalo! – el padre mantuvo el
silencio – No hace falta – continuó retomando el dialogo con suavidad –
Fue corriendo a la parroquia y los incitó a venir armados como estaban
para matarnos a todos. Eso fue lo que hizo
- No – farfulló el cura con un hilo de voz – no fue así
- Por fortuna tenemos un testigo que está prestando declaración – esta
vez se dirigió al historiador que parecía pintado en la conversación –
este muchacho que circunstancialmente estaba de paso rumbo al sur. Él
lo vio todo, porque estaba ahí ¿o no estaba ahí? ¿Va a negar eso
también? – el padre Lido levantó la cabeza y miró a los dos hombres a
los ojos con una media sonrisa. El tipo sacó un revés tan rápidamente
con una mano izquierda tan grande adornada por un anillo descomunal
que cruzó la cara al cura abriéndole una pequeña herida en la mejilla -
¡De qué se ríe! ¡Usted es un demonio! ¡Deberíamos matarlo aquí mismo!
- ¡Tranquilícese, señor! Yo me encargaré de él – el historiador sacó una
identificación donde se leía su nombre en clave: Cabo
- Muy bien, mi amigo. Proceda – Cabo tomó del brazo al padre Lido -
¡espere! – dijo el inversionista y le tendió una tarjeta con solamente un
número de teléfono – Quisiera que se una a nuestro grupo. Llámeme en
unos días
Cabo condujo al sacerdote a un claro cerca de las vías del tren, la luna llena
daba una luz suave y pacífica.
- ¡Arrodíllese! ¡Puede arrepentirse de todo el daño que ha venido
haciendo! – el padre Lido se arrodilló rezó un padrenuestro y un Ave
María
- Estoy listo – dijo mirando a Cabo a los ojos
- Baje la cabeza – el cura así lo hizo y extendió las palmas rezando “el
Señor es mi pastor nada me puede faltar”. Cabo apoyó el caño de su 9
mm en la nuca del sacerdote y sintió el escalofrío que a este le provocó
el frío del metal y de la muerte inminente y disparó.
Cabo volvió de su trance enjugándose unas lágrimas muy amargas. Se quedó
unos segundos con las manos sobre el rostro
- ¡He matado a mucha gente! ¿Sabe, viejo?
- Sí, lo sé
- Pero con cada uno de ellos lo hice absolutamente convencido y sin
ningún tipo de remordimiento. Pero la muerte del padre Lido me ha
acompañado desde aquel mes de julio del ’74. Es el único que me ha
hecho dudar de mi decisión. El único.
- Ahora que lo sabe ¿está arrepentido Ismael?
- Sí. Cuando termine el mundial voy a irme lejos, voy a abandonar esta
vida de muerte y tortura
- ¡Como me reconforta escucharlo! – Cabo miró al viejo a los ojos - ¿qué
hará conmigo? Yo estoy viejo, no podría escaparme de aquí. Mi cuerpo
necesita ser cambiado
- ¡Yo no voy a matarlo, viejo!
- Usted no pero alguien más si ¿No se da cuenta, Ismael, que en el Pozo ya
no queda nadie más que usted, yo y los 2 soldaditos? Alguien se va a
hacer cargo nuevamente de esto y lo pondrá en funcionamiento. Esta
locura va a durar unos años más.
- ¡Vamos a planear algo! Con sus poderes será fácil – dijo Cabo con
seriedad - seguramente hasta el lunes, después de la final no vendrá
nadie. Tal vez deberíamos irnos ya
- ¿Y nos perderíamos el partido? ¡No!
- ¿Realmente lo único que le importa es el fútbol? ¿eh, viejo? – lo miró con
media sonrisa en la cara - ¿qué clase de demonio es usted? – se rió –
Cabo abandonó el recinto y no se molestó a cerrar la celda del viejo – nos
vemos mañana
El 25 de junio de 1978, ya con Brasil tercero e Italia cuarto. Cabo llegó a la celda
de Janko y mientras se aproximaba notó algo extraño. Se sentía un aroma
exquisito a comida casera recién preparada. Allí se lo encontró al viejo sentado
en el sillón y en una mesita había una cacerola y dos platos. Cabo se lo quedó
mirando sin comprender.
- Estaba solo, así que decidí darme una vuelta por la cocina – dijo
destapando la olla
- ¿qué hay dentro? ¡Huele delicioso!
- Una liebre
- ¿una liebre? – el viejo miró a Gringo que meneaba la cola – bueno, qué
me sorprendería ¿eh, viejo?
- Podemos comer tranquilos y luego ver el partido, va a ser un buen
partido – Cabo se lo quedó mirando y le dijo firmemente
- No sé que me ha hecho, pero ya se lo que va a pasar y esto no me lo
transmitió usted a través de la mente, simplemente lo sé – el viejo sonrió
mientras servía los platos y llenaba los vasos con un poco de vino barato
- ¡Qué bueno escucharlo! ¡Entonces ya está preparado!
Comieron, bebieron vino Cavic que traía un granadero de San Martín de regalo
en una bolsita de plástico gris colgada del cuello de la botella, por la
conmemoración de los 200 años del nacimiento del gran héroe de los
argentinos.
La final estuvo realmente buena. Fillol atajó una pelota increíble a Rep. Holanda
casi lo gana en los últimos minutos con un tiro en el palo que paralizó el corazón
de todos. Pero en los tiempos suplementarios Argentina los pasaría por arriba.
La fatiga de los holandeses era notoria. Terminó 3 a 1 y Argentina fue campeón
por primera vez.
- Hay algo que no entiendo, viejo – dijo Cabo raspando el potecito de flan
casero - ¿Cuál es “su trabajo”?
- Parece que ustedes son difíciles de entendederas, yo soy un demonio y
vengo a controlar que todo lo que indica mi amo se cumpla
- Está bien, pero por ejemplo, en el caso de Eje ¡Ahí intervino la hermana!
¿eso estaba en los planes?
- No, claro que no. – Cabo frenó su cucharada de flan a medio camino de
su boca – Yo podría decirte como hubiera salido este mundial si en
Argentina hubiera jugado Maradona y en Holanda Cruyff. Pero tampoco
es de nuestra incumbencia. Mi otra tarea es reclutar almas
- ¿Almas buenas o malas? – peguntó Cabo
- Malas, aquellas que no tienen salvación o que no llegan a tener la
oportunidad de arrepentirse o no quieren, se convierten en soldados de
mi amo.
- Viejo – dijo Cabo con voz temblorosa – huyamos ya, que no hay nadie en
el Pozo
- No, Ismael. No serviría para ti
- ¡Ni para usted!
- A usted, Ismael lo atraparían en menos de lo que canta un gallo
- ¿Y usted?
- Yo sé como escapar, porque nadie puede llegar a donde yo me refugio
- ¡Pero usted, viejo, no se da cuenta de que mañana me van a obligar a
matarlo!
- Lo sé, Ismael y así debe ser, disfrutemos de lo que nos queda de día y
mañana puedo asegurarte que nuestras vidas van a ser muy diferentes.
La fría mañana del 26 de junio un grupo muy bien armado encabezado por
aquél hombre de manos grandes y descomunal anillo, y secundado de los
soldados Gutierrez y Karsen, irrumpió en el Pozo a los gritos. Cabo saltó de su
cama y corrió hacia la celda del viejo. Este estaba parado mirando hacia
adelante.
- Proceda, Ismael, por favor que sea rápido
- No
- No tiene alternativa, ya están aquí y vienen por mí – el viejo se arrodilló
pero no bajó la cabeza, sino que abriendo los brazos como un arquero de
handball, expuso su pecho
A pocos metros venían los militares a paso firme, con los músculos tensos y la
respiración entrecortada. De fondo se escuchaba una transmisión, como de una
radio o un televisor.
El primer disparo los hizo detenerse, el segundo los hizo arrojarse contra el
suelo junto a las paredes.
Solamente fue eso, el olor a pólvora y sangre volvía a fluir en el Pozo.
Llegaron a la celda, ésta estaba abierta y vieron a Cabo parado frente a un viejo
decrépito, despatarrado con dos balazos en el pecho. Junto a Cabo un perro que
permanecía ajeno a todo.
- ¡Muy bien, mi amigo! ¡Ha terminado con esta pesadilla! – dijo poniendo
su mano descomunal en el hombro de Ismael – estos hombres me dijeron
que tenía poderes sobrenaturales y que las muertes de nuestros tres
mejores hombres fue obra de este ser inmundo ¡Me alegra verlo después
de algunos años!
Cabo dejó caer su arma y se retiró sin decir palabra, el perro lo siguió
- ¡Vaya, mi amigo, descanse, tómese unos días, unas semanas! – Cabo salió
sin mirar hacia atrás
ULEILA DEL CAMPO, ALMERÍA, ESPAÑA 1982
Pegó dos o tres silbidos y no pasó nada.
Gritó su nombre y nada. En un idioma extraño y antiguo farfulló su nombre y
hasta es posible que maldijera.
Se movieron unos pastizales y apareció, una figura perruna gris oscuro, sin
ningún atractivo especial, con ojos vivaces y hasta podría decirse sonrientes.
Entre sus mandíbulas traía dos conejos, se acercó moviendo el rabo y los dejó a
los pies del hombre.
¡Šuo, loco! Trajsta zcen – acarició la cabeza del perro y se puso rápidamente a
limpiar los animales - ¡tnems partid, Cabo! ¿Quinganho? ¿España o Suiza? –
transcurría el 27 de abril de 1982 y España el país organizador del XII
campeonato mundial ’82, no encontraba el rumbo. El perro se arrellanó en una
manta a esperar la cena y el partido, mientras el viejo demonio metido en el
cuerpo de Ismael preparaba los conejos en unas viejas cacerolas de barro junto a
su nuevo perro Cabo.