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EL CAMINO DE LOS ASCETAS
La antigua tradición de disciplina y crecimiento interior.
Por Tito Colliander.
Introducción.
En las últimas dos décadas, tanto el grado de secularización como la
reaparición del interés en la espiritualidad han sido terriblemente
exagerados. En cierto grado, la exageración de lo primero llevó a la de lo
segundo. Así, se vio la extraordinaria contra cara de aquellos que en los 60´s
habían proclamado la “ciudad secular” y la “muerte de Dios”, apareciendo
igualmente sin criterio como protagonistas del misticismo oriental en los
setentas. Por supuesto, nuestra sociedad nunca se convirtió totalmente en
secular, totalmente anti religiosa, y el actual renacimiento espiritual no ha
afectado a todos los grupos de la sociedad al mismo grado. Mucha de
nuestra cultura sigue siendo convencional, tanto en su religión como en sus
actitudes generales. Y nada es más contrario a la verdadera espiritualidad
que la religión convencional. Partiendo de tal religión el ateísmo aparece
como una experiencia liberadora.
Sin embargo, el rechazo a la religión convencional ha llevado a muchos a
explorar mas profundamente los recursos de las tradiciones cristianas en
lugar de profundizar y conocer las propias. Aunque hallamos oído mucho
acerca de las disciplinas espirituales no cristianas del oriente, un fenómeno
igualmente sorprendente ha sido el redescubrimiento de las tradiciones
cristianas orientales. En los Estados Unidos de la actualidad, las Iglesias
Ortodoxas son parte integral de la escena religiosa. Pero aun muchos
cristianos occidentales están comenzando a familiarizarse con la riqueza de
la ortodoxia cristiana, su teología, su vida litúrgica, su interés por la vida
interior de oración, que tanto pueden hacer para enriquecer y profundizar
nuestra superficial vida religiosa.
Es con la tradición espiritual de la Ortodoxia Oriental que Tito Colliander se
ocupa en este texto, publicado originalmente hace unos treinta años en
sueco. Basándose en colecciones de dichos de los santos varones del oriente,
presenta al lector occidental algo de la atmósfera de la espiritualidad
ortodoxa. Pues la ortodoxia no es primeramente un sistema o una corrección
de fórmulas doctrinales. La palabra “doxa” significa alabanza, por tanto, la
ortodoxia se ocupa de la correcta alabanza y está, por tanto, enraizada en el
sentido de la teología como elemento inseparable de la transformación
humana. Así, el propósito de la teología no es otro que el de la
transfiguración de la vida humana de “gloria en gloria”.
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En el centro de la teología y la espiritualidad ortodoxa está el concepto de
teosis, deificación, la elevación de la humanidad hacia Dios. Este es el objeto
de la liturgia, la celebración eucarística que está en el centro mismo de toda
adoración y de toda vida. Pero la centralidad de la liturgia está en contraste
con lo que describen los teólogos ortodoxos como “el mundo como
sacramento”. El mundo material es el vehículo, no el adversario, del espíritu.
Toda espiritualidad tiene una base material. Como lo expresó San Juan de
Damasco, nosotros veneramos la materia, porque el creador de la materia
se hizo “material”, y por medio de la materia efectuó nuestra salvación. Así,
la Creación y la Encarnación están en el centro de la disciplina espiritual
ortodoxa.
Esta participación en la liturgia, y este sentido de comunicación de lo divino
a través de cosas materiales, expresado en forma suprema en lo iconos que
son tan centrales en el culto ortodoxo, se toma como premisa por los
escritores ascéticos cuyos escritos están reunidos aquí. También se da por
hecho que el discípulo cristiano que se toma en serio su progreso tendrá un
guía o director espiritual, un pater pneumatikós, con el cual compartirá los
más profundos pensamientos del alma.
Esta valiosa colección no deberá leerse, entonces, como un manual privado
de auto superación. Los guías espirituales ortodoxos son contrarios
totalmente a la “privatización” de la religión, que es tan popular
actualmente. Ellos subrayan la necesidad de la vida común, de la
comunidad sacramental, de la unidad de la liturgia y de la contemplación.
Subrayan también la necesidad de “progresar en profundidad” y el lugar de
la oración en el conflicto espiritual. Sobre todo, enfatizan el alcanzar la
“pureza del corazón”, de esa quietud y silencio interior (hesiquía) que
produce la práctica de la Oración del nombre de Jesús. Por medio de dicha
disciplina espiritual, propiciando a Dios en soledad, nos percatamos de ese
linaje con Dios que todos, como su imagen que somos, compartimos.
El redescubrimiento de la ortodoxia en el occidente es importante no
solamente en términos de la búsqueda de la unidad cristiana. Es esencial si
queremos recuperar aquel perdido gusto por el carácter místico y devocional
de toda teología. Toda teología es teología social; pues está basada en “la
vida oculta en Cristo en Dios” y en la vida social de la Santa Trinidad. Esta
unidad de lo místico y lo social es algo que hemos perdido mucho en
occidente, donde a menudo los cristianos se dividen en “pietistas” y
“activistas sociales”. La ortodoxia no conoce tal distinción. Tanto la vida
personal del “corazón” (que es la denominación oriental para el centro de la
personalidad) y la vida corporativa de la sociedad humana, deben ser
transfigurados. Así, el “Camino de los Ascetas” no es un camino pesimista,
ajeno al mundo, sino una forma de doxa, de alabanza, de glorificación, cuyo
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propósito es nada menos que nuestra deificación. Este pequeño texto,
pensado para leerse lentamente, para meditarse, leerse y repasarse, y aun
aprenderse de memoria, puede convertirse en uno de nuestros recursos
espirituales más importantes, en tanto nos movemos de “gloria en gloria”.
Kenneth Leech, Junio, 1981.
Nota.
Esta obra está basada en los Padres de la Santa Iglesia Ortodoxa y consiste
en su mayoría en textos extraídos directa y libremente de sus escritos, junto
con alguna pertinente y necesaria interpretación, y aplicación práctica. Las
citas o referencia bíblicas son de la versión autorizada, excepto de los
Salmos, que son tomados del Salterio ortodoxo.
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Capítulo Uno.
Un propósito decidido y sostenido.
Si deseas salvar tu alma y ganar la vida eterna, levántate de tu letargo, haz
la señal de la cruz y di: En el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo,
Amén.
La fe proviene no de divagar sino por la acción. No las palabras y la
especulación, sino la experiencia es lo que nos enseña lo que es Dios. Para
dejar entrar aire fresco necesitamos abrir la ventana, y para broncearnos
necesitamos exponernos al sol. Alcanzar la fe no es algo distinto. Nunca
alcanzamos un objetivo por solamente sentarnos cómodamente y esperar,
dicen los Santos Padres. Que sea el Hijo Pródigo nuestro ejemplo: El se
levantó y fue (Lucas 15:20).
Sin embargo, a pesar a pesar de lo abrumado y enredado en cadenas
terrenales como puedas estar, nunca será demasiado tarde. No sin razón
está escrito que Abraham tenía setenta y cinco años cuando comenzó, y el
trabajador que vino a la hora oncena y obtiene el mismo salario que aquél
que vino a la hora primera.
Tampoco puede ser demasiado temprano; un incendio forestal nunca puede
apagarse demasiado pronto. ¿Has visto a tu alma arrasada e incendiada?
En el Bautismo recibiste el mandato de lidiar el combate invisible en contra
de los enemigos de tu alma; retómalo ahora. Ya bastante lo has pospuesto,
hundido en la flojera y la indiferencia, has permitido desperdiciar mucho
tiempo valioso. Por tanto, debes comenzar nuevamente desde el principio:
pues has permitido que la pureza que recibiste en el bautizo se ensuciara
en forma horrible.
Levántate, entonces, pero hazlo de una vez, sin demora. No pospongas tu
propósito hasta “esta noche”, o “mañana”, o “luego, cuando haya terminado
lo que estoy haciendo ahora.” El intervalo puede ser fatal.
No, en este momento, en este instante en el que haces tu resolución,
demostrarás con tu acción que has abandonado tu anterior “yo” y que has
comenzado ahora una vida nueva, con un nuevo destino y una nueva forma
de vivir. Levánte entonces, sin temor, y di: “Señor, concédeme comenzar
ahora, ayúdame”. Pues lo que necesitas sobre todo es la ayuda de Dios.
Aférrate a tu propósito y no mires atrás. Tenemos un ejemplo de advertencia
en lo que sucedió a la esposa de Lot, que fue convertida en pilar de sal
cuando miró atrás (Genesis 19:26). Tú has desechado tu vieja humanidad,
que no quede ni rastro. Semejante a Abraham, haz oído la voz del Señor:
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“Abandona tu país, y tu linaje, y la casa de tu padre, y ve a la tierra que te
mostraré” (Génesis 12:1). Hacia esa tierra entonces debes dirigir toda tu
atención.
Capítulo Dos.
La Insuficiencia de la voluntad humana.
Los Santos Padres dicen a una sola voz: Lo primero a tener en mente es
nunca, en ninguna forma, confiar en ti mismo. El combate que está ahora
ante ti es extraordinariamente arduo, y tus propias fuerzas humanas son
insuficientes para enfrentarlo. Si tu confías en ellos inmediatamente serás
derribado al suelo y no querrás continuar la batalla. Solo Dios puede darte
la victoria que deseas.
Esta decisión de no confiar en uno mismo es para mucha gente un serio
obstáculo al comienzo. Debe ser superado, pues de otro modo no tendremos
propósito en avanzar. Pues ¿cómo puede un ser humano recibir consejo,
instrucción y ayuda, si cree que lo sabe todo y que puede hacerlo todo, sin
necesitar instrucción? A través de tal muralla de auto justificación ningún
rayo de luz puede penetrar. “Hay de aquellos que son sabios ante sus propios
ojos, y prudentes ante su propia vista,” exclama el Profeta Isaías (Is.5:21). Y
el Apóstol San Pablo advierte: “No seáis sabios en vuestra propia opinión”
(Ro.12;16). El Reino de los cielos ha sido revelado a infantes, pero permanece
oculto a los sabios y a los entendidos (Mateo 11:25).
Por tanto, debemos vaciarnos del desmesurado concepto que tenemos de
nosotros mismos. A menudo está tan arraigado dentro de nosotros que no
nos damos cuenta cómo gobierna nuestro corazón. Es precisamente nuestro
egoísmo, nuestro amor propio y nuestro orgullo, los causantes de todas
nuestras dificultades, nuestra falta de libertad en el sufrimiento, nuestras
decepciones y nuestra angustia de cuerpo y alma.
Solo mírate a ti mismo, y ve qué tan ligado estás a tu deseo de quedar bien
contigo y solamente contigo mismo. Tu libertad está limitada por las
ataduras de la complacencia, y así te preguntas, como un cadáver cautivo,
de la mañana a la noche: “Ahora quiero beber”, “ahora me levantaré”, “ahora
comeré”, etc. Así lo pasas de momento a otro, en tu canasto de preocuparte
de ti mismo, y predispuesto instantáneamente al malestar, la impaciencia o
el disgusto si aparece algún obstáculo.
Si miras en lo profundo de tu conciencia encontrarás lo mismo. Lo reconoces
de inmediato por el desagradable sentimiento que tienes cuando alguien te
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contradice. Y así vivimos en cautiverio. Mas “donde está el espíritu del Señor,
está la libertad.” (2 Cor. 3:17).
¿Cómo puede salir algo bueno de tanto girar alrededor del propio yo? ¿Acaso
no el Señor nos mandó amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y
amar a Dios sobre todas las cosas? Pero, ¿lo hacemos? En lugar de eso,
¿acaso no están nuestros pensamientos siempre ocupados con nuestra
propia conveniencia?
No, convéncete de que nada bueno puede provenir de ti mismo. Y si acaso,
de casualidad, un pensamiento desprendido se produce en ti, puedes estar
seguro que no salió de ti, sino que ha sido una probada del manantial de
bondad y colocado en ti: es un obsequio del Dador de Vida. De igual manera,
el poder de poner en práctica un buen pensamiento no es tuyo, sino que te
es dado por la Santa Trinidad.
Capítulo Tres.
El jardín del corazón.
La nueva vida en la que apenas has entrado a menudo es comparada con la
de un jardinero. La tierra que allana la ha recibido de Dios, así como la
semilla y el calor del sol, y la lluvia y el poder crecer. Solo el trabajo le ha
sido confiado a él.
Si el campesino quiere tener una rica cosecha, debe trabajar de sol a sol,
rastrillar y barbechar, regar y fertilizar, pues el cultivo es acechado por
muchos peligros que amenazan la cosecha. Debe trabar sin descanso, estar
vigilando todo el tiempo, constantemente alerta y preparado; aun así, la
cosecha depende enteramente del buen clima, es decir, de Dios. El jardín
que hemos optado cuidar y vigilar es el campo de nuestro propio corazón; la
cosecha es la vida eterna.
Es eterna, porque es independiente del tiempo y el espacio, y de cualquier
circunstancia externa; es la verdadera vida en libertad, la vida de amor,
misericordia y luz, que no tiene límites en absoluto, y solo por esa razón es
eterna. Es una vida espiritual en un ámbito espiritual: un estado del ser.
Comienza aquí, y no tiene final. Y ningún poder del mundo puede limitarlo;
y debe ser hallado en el corazón humano.
Persíguete a ti mismo, dice San Isaac el Sirio, y tu enemigo será alejado de
ti tan rápido como te le acerques. Haz la paz contigo mismo, y el cielo y la
tierra harán la paz contigo. Tómate el trabajo de entrar a tu cámara interior
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y allí verás la cámara del cielo, pues son una y la misma, y al entrar a una
las contemplarás a las dos. La escalera al reino está dentro de ti, secreta en
tu alma. Despréndete del yugo del pecado y encontrarás dentro de ti el
camino hacia lo alto que hará posible tu ascenso.
La cámara celestial de la que habla aquí el santo es otro nombre para la vida
eterna. Es también llamada el Reino de los Cielos, el Reino de Dios o
simplemente, Jesucristo. Vivir en Cristo es vivir en vida eterna.
Capítulo Cuarto
El Combate silencioso e invisible
Ahora que sabemos dónde debe ser peleada la batalla que apenas hemos
comenzado, y cuál es y dónde está nuestra meta, también comprendemos
por qué nuestro combate debe ser llamado combate invisible. Todo ocurre
en el corazón, y en silencio, en lo profundo de nuestro interior, y éste es otro
asunto importante, en la cual los Santos Padres ponen mucha atención:
¡guarda tus labios bien cerrados acerca de tu secreto! Si uno abre la puerta
del baño de vapor se escapa el calor, y el tratamiento pierde su beneficio.
Así que no digas nada a nadie de tu recién adquirido propósito. No digas
nada de la nueva vida que has comenzado o del experimento que estás
haciendo ni de las experiencias que esperas lograr. Todo esto es un asunto
entre Dios y tú, y solamente concierne a ustedes dos. La única excepción
puede ser tu Padre confesor.
Este silencio es necesario pues toda conversación acerca de lo que a uno
mismo solamente interesa, solo aviva la preocupación y la desconfianza. Y
estas deben ser eliminadas antes que todo. Por la quietud la confianza de
uno crece en El que ve lo que está oculto; por el silencio uno conversa con
El que escucha sin palabras. Venir delante de El es tu tarea, y en El estará
toda tu confianza. Estás anclado en la eternidad, y en la eternidad no existen
las palabras.
De aquí en adelante comprenderás que todo lo que te suceda, pequeño o
grande, es enviado por Dios para ayudarte en tu combate. El es el único que
conoce lo que necesitas a cada momento: adversidad y prosperidad;
tentación y caída. Nada sucede accidentalmente o en tal forma que no
puedas aprender algo de ello; debes comprender esto de una vez, pues es
así como crecerá tu confianza en el Señor a quien has elegido seguir.
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Y aun otro consejo que nos dan los Santos Padres en este camino: debes
considerarte como un niño pequeño que se a propuesto aprender los
primeros sonidos de las vocales y letras, y que está tomando sus primeros
pasos vacilantes. Toda la sabiduría mundana y todas las habilidades que
puedas tener son absolutamente inútiles en el combate que te espera, e
igualmente sin valor son tu nivel social y tus bienes.
Toda propiedad que no es usada para el servicio del señor se convierte en
un yugo, una carga; y el conocimiento que no implica al corazón es estéril y
por tanto dañino, porque es presuntuoso. Se le llama desnudo, pues no es
cálido ni abriga el amor. Debes por tanto hacer el esfuerzo de abandonar
todo tu conocimiento y convertirte en un tonto con el fin de hacerte sabio,
debes convertirte en pordiosero para hacerte rico, y un debilucho si quieres
ser fuerte.
Capítulo Cinco.
La negación del yo y la purificación del corazón.
Desnudo, pequeño e indefenso, ahora pasas a la más difícil de todas las
tareas humanas: conquistar tus propios deseos egoístas. Al final, es
solamente esta “auto persecución” de lo que depende tu combate. Pues en
tanto te gobierne tu egoísmo, no puedes orar al señor con un corazón puro
diciendo: hágase Tu voluntad. Si no puedes librarte de tu propia grandeza,
tampoco podrás abrirte para recibir la verdadera grandeza. Si te aferras a
tu propia libertad, no tendrás parte en la verdadera libertad, donde
solamente una libertad es la que gobierna.
El gran secreto de los santos es éste: No busques la libertad, y libertad te
será dada. La tierra produce abrojos y espinas, se ha dicho. Con el sudor de
su frente y con angustia, el hombre ha de labrarla; y es él mismo su propia
sustancia. El consejo de los Santos Padres es comenzar con cosas pequeñas,
pues, como dice San Efraín el Sirio, ¿cómo habrías de apagar un gran fuego
si no has aprendido a apagar uno pequeño? Si deseas liberarte de un gran
sufrimiento, aplasta y destruye los deseos pequeños, dicen los Santos
Padres. No supongas que cada uno puede separarse de los demás. Todos
ellos están ligados juntos, como una larga cadena o una red.
Entonces no conviene enfrascarse con los grandes vicios difíciles de
controlar y los malos hábitos que has adquirido sin superar al mismo tiempo
tus pequeñas “debilidades”: tu predilección por los dulces, tu urgencia en
hablar, tu curiosidad o tu intromisión. Pues, al final, todos nuestros deseos
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pequeños y grandes, están construidos sobre el mismo fundamento: nuestro
incontrolable hábito de satisfacer únicamente nuestra propia voluntad.
Es la vida de nuestra voluntad lo que se destruye. Desde la caída de Adán
la voluntad ha estado ocupándose de todo exclusivamente para su propio
ego. Por esta razón nuestro combate está dirigido en contra de la vida de la
propia voluntad como tal. Y debe ser emprendida sin demora o titubeo. Si
tienes la urgencia de preguntar algo, ¡no lo preguntes! Si tienes la urgencia
de beber dos tazas de café, bebe sólo una. Si tienes urgencia de mirar el
reloj, ¡no lo hagas! Si quieres fumarte un cigarro, ¡abstente! Si quieres ir de
visita, ¡quédate en casa!
Esto es la persecución de si mismo. De esta forma uno acalla, con ayuda de
Dios, el grito de la propia voluntad. Quizá te estés preguntando: ¿es esto
necesario? Los Santos Padres contestan con otra pregunta: ¿realmente crees
que puedes llenar con agua limpia una jarra sin vaciar primero el agua vieja
y sucia? O ¿te gustaría hospedar a un huésped muy querido en una
habitación sucia y llena de escombros? No. El que espera ver al Señor tal
cual es, se purifica a si mismo, dice el Apóstol Juan (1 Juan 3:3).
Por tanto, ¡purifiquemos nuestro corazón! Desprendámonos de toda la
basura polvorienta allí almacenada; escobillemos el suelo sucio, lavemos las
ventanas y abrámoslas, para que la luz y el aire nuevo puedan entrar a la
habitación que estamos preparando como santuario para el Señor. Luego
pongámonos vestiduras limpias, para que el viejo olor apestoso no se quede
en nosotros y seamos hallados dignos. (Lucas 13:28).
Que todo esto nos ocupe a cada hora todos los días. De esta forma estaremos
haciendo solamente lo que el Señor nos mandó hacer por medio de sus
apóstoles, cuando dijo a Santiago: Purifiquen sus corazones (4:8). Y el
apóstol Pablo nos instruye: Limpiémonos de toda contaminación de carne y
de espíritu (2 Cor. 7:1). “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen
los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los
hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la
maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro
salen, y contaminan al hombre.” (Marcos 7:21-23). Y también exhorta así al
fariseo: “Limpia primero lo de adentro del vaso y del plato, para que también
lo de afuera sea limpio.” (Mateo 23:26).
Así ahora al seguir instrucciones de comenzar con lo de adentro, tengamos
en cuenta que en lo mas mínimo estamos limpiando nuestro corazón por
causa nuestra. No es para nuestro disfrute que arreglamos y disponemos la
habitación de huéspedes, sino para que el invitado la disfrute. ¿La hallará
confortable? Nos preguntamos. ¿Se quedará? Todo nuestro pensamiento es
para El.
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Luego nos hacemos a un lado y nos quedamos atrás, sin esperar
recompensa. Hay tres clases de naturalezas en el hombre, según explica
Nicetas Stethatos: El hombre carnal, que quiere vivir para el propio placer,
aun si causa daño a los demás; el hombre natural, que quiere agradar a los
demás y a sí mismo, y el hombre espiritual, que quiere agradar solamente a
Dios, aun a costa de sí mismo.
Lo primero está más abajo que la naturaleza humana, lo segundo es normal,
y lo tercero está por encima de su naturaleza; es la vida en Cristo.
El hombre espiritual piensa espiritualmente, su esperanza es oír alguna vez
el gozo de los ángeles por un pecador que se arrepiente (Lucas 15:10), y ese
pecador es él mismo. Tal debe ser tu sentimiento, y en esta esperanza debes
laborar, pues el Señor nos ha mandado: “Sean perfectos, como su Padre en
las alturas es perfecto.” (Mateo 5:48), y: “Busquen primero el Reino de Dios y
su justicia” (Mateo 6:36).
Por tanto, no te des reposo, no te permitas paz alguna hasta que hallas
arrancado esa parte dentro de ti que pertenece a tu naturaleza carnal. Hazte
el propósito de perseguir toda señal de lo bestial (bajo, vicioso) dentro de ti,
y extraerlo sin descanso, “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y
el del Espíritu es contra la carne” (Gálatas 5:17). Pero si eres temeroso de
hacerte presumido de obrar tu propia salvación, o asustado de ser
abrumado por el orgullo, examínate entonces a ti mismo y observa que la
persona que teme ser orgulloso sufre de ceguera espiritual. Pues no puede
ver cuán presumido ya es.
Capítulo Seis.
Erradicar el deseo de disfrutar.
Se ha dicho que solo unos pocos encuentran el camino estrecho que
conduce a la vida, y que debemos esforzarnos por entrar por la puerta
estrecha. “Porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán” (Lucas
13:24). La explicación debe hallarse precisamente en nuestra renuencia a
perseguirnos a nosotros mismos. Nosotros ocultamos y superamos por
costumbre, tal vez, nuestros vicios peligrosos y severos, pero allí se detienen.
Los deseos pequeños les permitimos crecer libremente como quieran. No
engañamos ni robamos, pero nos regodeamos en chismorreo; nosotros quizá
no “bebemos”, pero consumimos cantidades inmoderadas de café o te. El
corazón permanece rebosante de apetitos: las raíces no han sido arrancadas
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y nosotros vagamos enredándonos en los arbustos y ramajes que han
brotado en el suelo de nuestra auto compasión.
Has una depuración de tu amor a ti mismo: ésa es la raíz de todos los males
que te aquejan. Si no estuvieras lleno de auto compasión, pronto observarías
que nosotros mismos somos los propiciadores de todo este mal, porque nos
rehusamos a comprender que en verdad la depuración es algo bueno.
Compadecerte de ti mismo oscurece tu vista.
Tú te compadeces solamente de ti mismo y como resultado tu horizonte se
cierra. Tu amor está encerrado en ti mismo. Déjalo en libertad y el mal se
alejará de ti. Abandona tus caprichosas debilidades y tu preferencia por la
comodidad. ¡Combátelas por todas partes! Aplasta tus deseos de gozar, no
les des aire para que respiren. Sé estricto contigo mismo, no des a tu ego
carnal los sobornos que imperiosamente esté demandando. Pues todo
obtiene fortaleza por la repetición, pero muere si no se le alimenta.
Mas ten cuidado de no poner tranca solamente a la puerta de entrada al mal
mientras que al mismo tiempo dejas abierta la puerta trasera, por la que
puede astutamente deslizarse y entrar de otra manera.
¿Cómo habrás de beneficiarte si, por ejemplo, comienzas a dormir en una
cama dura pero también prefieres los baños tibios? O si tratas de dejar de
fumar, ¿pero das rienda suelta a tu necesidad de chismorrear? ¿O si te
niegas la urgencia de chismorrear, pero eres fanático de las novelas? ¿O si
dejas de leer novelas, pero dejas volar tu imaginación y te haces fan de
románticas melancolías? Todas estas son solamente diferentes formas de lo
mismo: tu insaciable deseo de complacer tu propia necesidad de gozar.
Debes procurar deshacerte del deseo mismo de tener todo agradable a tu
gusto, de pasarla bien, de estar cómodo. Debes aprender a aceptar y a gustar
de la tristeza, la pobreza, el sufrimiento, los problemas. Debes aprender a
seguir privadamente el mandato del Señor: no hablar palabras vanas, no
adornar tu persona, obedecer siempre a la autoridad, no mirar a una mujer
con lujuria, no ser un patán, y otras cosas. Pues estos mandatos nos fueron
dados no para que actuáramos como si no existieran, sino para que nosotros
los siguiésemos: de otra manera, el Señor de misericordia no nos hubiese
agobiado con ellos. Y dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a
sí mismo.” (Mateo 16:24), dejándolos por tanto, a la libertad personal de cada
persona, “si alguno quiere..”, y al propósito personal de cada persona:
“niéguese a si mismo..”
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Capítulo Siete.
Transferencia del amor desde el yo a Cristo.
Si nos hiciéramos a un lado de nosotros mismos, ¿a quién encontraríamos?
Pregunta el Obispo Teofanes. Y la respuesta inmediata es: encontramos a
Dios y a nuestro prójimo. Es por esta misma razón que negarse a uno mismo
es un requisito, y el principal, para la persona que busca la salvación en
Cristo; solamente así puede ser el centro de nuestro ser removido del yo
hacia Cristo, quien es tanto dios como nuestro prójimo.
Esto significa que todas las atenciones, cuidados y amor que ahora nos
damos a nosotros mismos es entonces muy naturalmente, y sin que lo
advirtamos, transferido a Dios y, por tanto, a nuestro prójimo. Solamente
así es como la mano izquierda no puede saber lo que hace la derecha, y tus
caridades son hechas en secreto (Mateo 6:3-4). Hasta que esto no suceda,
no podemos estar llenos de todo conocimiento, capaces de amonestarnos
unos a otros (Romanos 15:14), de manera real, no material. Nuestros
intentos anteriores en este sentido deben ser falsos, porque son propios y
salen de nuestra voluntad para agradarnos a nosotros mismos. Es
especialmente necesario que entendamos esto, pues de otro modo nos
confundiremos muy fácilmente en el camino de la ayuda desprendida y
espontánea buena fe, que lleva inevitablemente al pantano de la auto
satisfacción.
Por tanto, abstente de ocuparte en actividades públicas en favor de la
comunidad, como los bazares de caridad, los clubes altruistas y otras tales
ocupaciones. Ocuparse de demasiadas cosas es, en todas sus formas, un
veneno. Examina tu interior, y observarás que muchas de estas
aparentemente obras de altruismo obedecen solamente a la necesidad de
apaciguar tu conciencia: esto es, de tu incontrolable hábito de satisfacerte
y gradarte a ti mismo (Romanos 15:1).
No, al Dios del amor y la paz, y del sacrificio extremo no le importa vivir en
medio del bullicio y la búsqueda del agrado personal, incluso si esto es
realizado tal vez bajo alguna clase de pretensión. Hay una forma de ponerse
a prueba: si tu paz mental es alterada, si te sientes rechazado o quizá algo
molesto si por alguna razón debes renunciar a la realización de la buena
obra que habías planeado, entonces sabrás que la motivación no era la
correcta.
Quizá preguntes ¿por qué?, los experimentados responderán: los obstáculos
externos y la oposición ocurren solamente a la persona que no ha cedido su
propia voluntad a Dios, pues para Dios un obstáculo es impensable. Un acto
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verdaderamente altruista no es mío, es de Dios. Nor puede ser impedido.
Solo para mis propios fines, mis propios deseos -estudiar, trabajar,
descansar, comer o hacerle un servicio a mi prójimo- puede alguna
circunstancia externa ponerse en el camino, y entonces, estoy molesto.
Pero para la persona que ha hallado el camino estrecho que conduce a la
vida, es decir, a Dios, hay solamente un impedimento posible, y ese es su
propia, pecadora voluntad. Si ahora quisiera hacer algo, pero no se le
permitiera llevarlo a cabo, ¿cómo puede molestarse? Para todo lo demás no
está haciendo ningún plan (Santiago 4:13-16).
Pero este es otro de los secretos de los santos. No te confundas. Un cristiano
debería él mismo hasta caminar, así como caminó (1 Juan 2:6) aquél que no
hizo su propia voluntad (Juan 5:30), sino que nació entre pajas, ayunó
cuarenta días, pasó en oración largas noches, sanó a los enfermos, expulsó
espíritus malignos, no tuvo un sitio donde reposar su cabeza, y quien
permitió finalmente ser escupido, maltratado y crucificado.
Piensa ahora qué tan lejos estás de eso. Pregúntate todo el tiempo: ¿He
pasado yo alguna vez una sola noche en oración? ¿he ayunado totalmente
un solo dia? ¿he expulsado a un solo espíritu maligno? ¿he permitido que
me insulten y maltraten? ¿he de verdad crucificado la carne (Gálatas 5:24)
sin buscar mi propia voluntad?
Guarda estas cosas en tu mente. ¿Qué es negarse a uno mismo? El que
verdaderamente se niega a si mismo no pregunta: ¿soy feliz? o ¿estaré
satisfecho? Todas estas preguntas resbalan de ti si en verdad te niegas a ti
mismo, pues al hacerlo también has renunciado a tu deseo de felicidad
terrenal o celestial.
Esta obstinada búsqueda de la felicidad personal es la causa de
complicaciones y división en tu alma. Renuncia a ella y trabaja en su contra:
lo demás te será dado sin esfuerzo.
Capítulo Ocho.
Defenderse del regreso de un demonio vencido.
La primera vez en que eres vencedor sobre ti mismo puede ser una señal
para ti: ¡Ya estoy de verdad en el camino! Pero no te consideres virtuoso ni
cantes victoria, solo dale gracias a Dios, pues fue El quien te dio ese poder;
y no te regocijes todavía, mas continúa discretamente. De otro modo, el
demonio vencido volverá a la vida y te conquistará desde la retaguardia.
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Recuerda: los Israelitas recibieron el mandato de Dios de sacar a todos los
habitantes de la tierra cuando conquistaron la nueva tierra (Números 33:52),
con el fin de que aprendiéramos de ellos.
El grado de victoria sobre uno mismo es de mínima importancia. Consistió
quizá en no fumar el cigarrillo matutino, o solamente quizá en algo tan
aparentemente menor como no voltear la cabeza para mirar a alguien, o
abstenernos de cruzar una mirada con alguien. El suceso externamente
advertido no es el mas importante. Lo pequeño puede ser grande, y lo
grande, pequeño. Pero siempre la siguiente fase de la batalla ya está
aguardándonos. Debemos estar preparados todo el tiempo. No hay tiempo
que perder.
Y de nuevo. ¡está en silencio! Que nadie se dé cuenta de lo que haces. Estás
trabajando para el Invisible; que tus obras sean invisibles. Si esparces
mendrugos a tu alrededor serán recogidos decididamente por aves enviadas
por el maligno, según explican los santos. Cuídate del orgullo o la
satisfacción personal: de un solo bocado puede devorar el fruto de mucho
esfuerzo.
Por tanto, los Padres aconsejan: actúa siempre con discernimiento. De dos
males siempre uno escoge el menor. Si estás en privado, toma siempre la
menor parte, la más pobre. Pero si alguien está mirándote, debes tomar la
alternativa media, la mas común, la que pasa fácilmente inadvertida.
Consérvate inadvertido y discreto como te sea posible: en toda circunstancia
que esta sea tu regla. No hables acerca de ti mismo, de cómo dormiste, que
fue lo que soñaste, y de lo que te ha acontecido. No des tu opinión si no te
la piden, no digas lo que deseas o lo que te propones. Todos estos temas
solamente alimentan tu preocupación de ti mismo.
No cambies de trabajo, o de residencia. Recuerda que no hay lugar, ni
comunidad, ni circunstancia externa que no sea útil para la batalla que has
emprendido. La única excepción es todo aquello que fomenta directamente
tus vicios.
No busques una posición mas alta o un título mayor: entre más baja sea la
posición de servicio que sustentes, más libre serás. Sé satisfecho con las
condiciones de vida que ahora tienes. Y no te apresures a demostrar tus
conocimientos o habilidades. Guárdate tus sugerencias: no, no es tal y tal,
es asi.. No contradigas a nadie y no entres en discusiones; deja que la otra
persona siempre tenga la razón. Nunca impongas tu opinión por encima de
la de tu prójimo. Esto te enseñará el difícil arte de la sumisión, y junto con
ella, la humildad. La humildad es indispensable.
15
Admite comentarios y recomendaciones sin contestar. Sé agradecido cuando
se burlen de ti, cuando te ignoren o simplemente te ignoren. Mas no des
lugar a situaciones humillantes; ellas te serán provistas a lo largo del dia
según lo necesites. Cuando advertimos a la persona que siempre halaga y
es notablemente servil, quizá decimos: ¡Qué humilde es! Pero la persona que
es verdaderamente humilde evita ser notada: el mundo no le conoce (1 Juan
3:1), para el mundo no es más que “un cero a la izquierda”.
Cuando Pedro, Andrés, Juan y Santiago dejaron sus redes y le siguieron
(Mateo 4:20), ¿qué es lo que dijeron sus demás compañeros, los que se
quedaron en la orilla? Para ellos los dos pares de hermanos desaparecieron;
se habían ido. No estés dudando, no tengas miedo de desaparecer como
ellos, de esta generación adúltera y pecadora, ¿qué estás esperando ganar,
el mundo o tu alma? (Marcos 8:34-38). “¡Ay de vosotros, cuando todos los
hombres hablen bien de vosotros!” (Lucas 6:26).
Capítulo Nueve.
La Conquista del mundo.
San Basilio Magno dice: No se puede uno acercar al conocimiento de la
verdad con un corazón trastornado. Por tanto, debemos evitar todo lo que
altere nuestro corazón, que ocasiona descuido, agitación o pasiones, o que
provoca angustia. Debemos liberarnos tanto como sea posible de todo
barullo y alboroto sobre cosas vanas. Si, cuando servimos al Señor no
debemos preocuparnos sobre muchas cosas, mas tengamos en mente que
sólo una cosa es necesaria (Lucas 10:41).
Para bañarse primero uno debe desvestirse. Así es con el corazón: primero
debe liberarse de las cosas externas mundanas con el fin de acceder al
Purificador. Los saludables rayos del sol no pueden alcanzar la piel, si no
primero la descubrimos y permanecemos desnudos. Así es con el poder
sanador y vivificante del Espíritu.
Por tanto: desvístete. Niégate a ti mismo, pero sin que esto sea demasiado
visible. Despréndete de todo lo que contribuye al gozo y al placer, comodidad
o diversión, de todo lo que acaricia o entretiene la vista o el oído, el paladar
u otros sentidos. El que no está conmigo está contra mí (Mateo 12:30), y lo
que no edifica, desbarata. Sacúdete de tus necesidades cotidianas y
compromisos sociales. Hazlo calmada, deliberadamente, sin que sea de
repente, pero totalmente. Gradualmente, ve cortando tantos lazos como sea
posible, que te atan al mundo exterior: invitaciones, conciertos, bienes
16
personales, y especialmente “todo lo que hay en el mundo, los deseos de la
carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no provienen del
Padre, sino del mundo”, y hacen la guerra en contra de tu alma (1Juan 2:16).
Entonces, ¿qué es el mundo? No debes imaginarlo como algo pecaminoso y
tangible. El mundo, explica San Macario de Egipto, es aquél velo de flamas
oscuras que rodea al corazón y lo aparta del árbol de la vida. El mundo es
todo lo que nos rodea y nos satisface sensualmente: aquello dentro de
nosotros que no ha conocido a Dios (Juan 17:25).
Al mundo pertenecen nuestros deseos e impulsos. San Isaac el Sirio los
enumera: Debilidad por las riquezas y por poseer y recolectar cosas de
diferentes clases. La urgencia por el goce sensorial o físico. La búsqueda de
honores, que es la raíz de la envidia; el deseo de conquistar y ser el factor
decisivo; el orgullo y la gloria en el poder; la urgencia de adornarse y ser
querido y admirado; el interés y ansiedad por el bienestar material. Todo
esto es del mundo, y se combinan engañosamente para mantenernos atados
con pesadas cadenas.
Si deseas liberarte, examínate con ayuda de esa lista y ve entonces
claramente en contra de qué has de luchar con el fin de acercarte a Dios.
Pues la amistad con el mundo es enemistad con Dios, y quienquiera que sea
amigo del mundo es el enemigo de Dios (Santiago 4:4). Un amplio panorama
se logra solamente saliendo del estrecho valle, y las ocupaciones y
características de ese valle. Nadie puede servir a dos amos (Mateo 6:24);
cohabitar en ese valle y en las alturas al mismo tiempo es imposible.
Para facilitar el ascenso y soltar mas fácilmente los pesados yugos, puedes
hacerte con frecuencia preguntas tales, como por ejemplo éstas: ¿Es por mi
propio gusto o por complacer a alguien más que voy a este concierto o al
cine? ¿estoy crucificando mi carne en una fiesta de cocktail? ¿Me deshago
de todas mis posesiones al irme a un viaje de placer o por comprar otros
bienes? ¿estoy disciplinando mi cuerpo y sometiéndolo a sujeción (1
Cor.9:27) al recostarme a leer? Estas preguntas pueden ser modificadas de
acuerdo a tus propios hábitos y su relación al modo de vida que dispone el
Evangelio. Por tanto, debes recordar que “el que es fiel en lo muy poco,
también en lo más es fiel” (Lucas 16:10). Y no temas al dolor, pues te ayuda
a salir del valle estrecho, donde has vivido las pasiones de tu carne,
siguiendo los deseos del cuerpo y la mente (Efesios 2:3).
Sin compasión debes hacerte estas preguntas constantemente. Pero
pregúntate acerca de ti solamente, nunca, pero nunca, ni siquiera en
pensamiento, en ningún caso, de alguien más. Tan pronto como dirijas tal
pregunta a tu prójimo y no la dirijas hacia ti, te habrás puesto como juez y
por tanto serás juzgado. Te habrás despojado de lo que hallas ganado por
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tu propia continencia; habrás tomado un paso al frente, pero diez pasos
hacia atrás. Entonces tendrás razón en llorar por tu obstinación, tu falla en
mejorar y tu orgullo.
Capítulo Diez.
Los pecados de los demás y los propios.
Ahora que te has hecho consciente de tus debilidades, de tu inconsistencia
y tus pecados, ahora clamas al Señor como hizo el Publicano: “Señor, ten
misericordia de mí, un pecador” (Lucas18:13). Y agregas: He aquí, yo soy aun
mucho peor que el Publicano, pues no puedo resistir mirar siquiera al
Fariseo a distancia, y mi corazón orgulloso aun dice: Te doy gracias, por que
no soy como él.
Pero, dicen los santos, ahora que reconoces la oscuridad de tu propio
corazón y la debilidad de tu carne, deberías perder todo deseo de juzgar a
tu prójimo. En medio de tu propia oscuridad alcanzas a ver la luz celestial
que brilla en todos los seres creados reflejando claridad: no puedes detectar
los pecados de los demás, cuando los tuyos son aun mayores, pues es en tu
afanosa búsqueda de perfección que debas percibir tu propia imperfección,
y así puedas perfeccionarte. Por tanto, la perfección proviene de la debilidad.
En este punto, se te concede el resultado que Isaac el Sirio promete a los
que se persiguen a si mismos: Y tu enemigo se alejará de ti tan rápido como
te acerques. ¿De qué enemigo está hablando aquí el santo padre?
Naturalmente, del mismo que una vez tomó la forma de una serpiente y
quien, desde entonces, provoca descontento en nosotros, insatisfacción,
impaciencia, agresividad, envidia, temor, angustia, ansiedad, odio,
indiferencia, flojera, dudas y especialmente todo lo que amarga nuestra
existencia y que tiene su raíz en nuestra conmiseración y egoísmo.
Pues ¿quién puede desear ser obedecido, cuando descubre, con los dolores
del amor, que él mismo nuca obedece a su Señor? ¿qué razón tiene él
entonces, para molestarse e impacientarse, si las cosas no salen según sus
dedeos? Por la práctica se ha acostumbrado a no desear nada, y para
alguien sin deseos, todo va según lo desea, explica el Abad Dorotheos. Su
voluntad ha coincidido con la voluntad de Dios, y cualquier cosa que pida,
se le concederá (Marcos 11:24).
Puede uno muy bien ser envidioso de una persona que no se alaba a si
misma, pero ¿quién, en lo contrario, ve su propia condición y ve que todo lo
demás es mas digno de honor que él mismo? ¿son posibles el temor, la
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angustia y la ansiedad para la persona que sabiendo eso, se coloca en el
lugar del ladrón en la cruz, y recibe la justa recompensa de sus acciones?
(Lucas 23:41). La flojera lo abandona porque constantemente la
desenmascara dentro de si mismo. La humillación no tiene lugar, pues
¿cómo puede humillarse más lo que ya está postrado? Y su repulsión es
dirigida exclusivamente contra todo el mal en su propia vida, que oscurece
su visión del Señor: odia su propia vida (Lucas 14:26). Entonces ya no hay
más base para la duda, pues ya ha probado y visto cuán dulce es el Señor
(Salmo 34:8): es el Señor lo único que lo sostiene. Su amor crece
constantemente en dimensión, y con él su fe.
Ha hecho la paz consigo mismo, como dice San Isaac el Sirio, y el cielo y la
tierra han hecho la paz con él. El recoge así el fruto de la humildad. Pero
esto solo ocurre en el camino estrecho, y pocos habrá que lo encuentren
(Mateo 7:14).
Capítulo Once.
El combate interior como medio para un fin.
Al liberarte de los vínculos externos, también te liberas de los internos.
Mientras te libras de preocupaciones externas, tu corazón se libera del dolor
interno. Se desprende de esto que el difícil combate que estás comprometido
a librar contigo mismo es exclusivamente un medio, un recurso. Como tal
no es bueno ni malo; los santos a menudo lo comparan con un remedio de
prescripción, una medicina. Sin importar lo doloroso que pueda resultar
tomarlo, sin embargo, permanece siendo solamente un medio, un recurso
para recuperar la salud.
Guarda esto siempre en tu mente: No estás haciendo nada virtuoso con tu
continencia. O ¿acaso puede considerarse un acto de virtud cuando un
hombre, por su descuido, ha sido atrapado en lo profundo del túnel de una
mina, toma pico y pala, e intenta trabajar su propia salida? Y por el
contrario, ¿no es acaso natural que él haga uso de las herramientas a él
dadas por una autoridad superior, para lograr así su escape de la oscuridad
y el aire viciado? ¿No sería tonto lo contrario?
De esta imagen puedes obtener sabiduría. Las herramientas son los
implementos de la salvación, los Mandamientos del Santo Evangelio y los
Santos Sacramentos de la Iglesia, que fueron otorgados a todo cristiano
desde el Bautismo. Sin usarse, no te son de ningún provecho. Pero usados
del modo correcto abrirán tu camino a la libertad y a la luz.
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“Debemos entrar con mucha tribulación al Reino de Dios” (Hechos 14:22).
Debemos, como la víctima cautiva, renunciar a muchas oportunidades de
descanso, sueño y diversión; debemos, como él, aprovechar cada momento
cuando otros duermen, o se ocupan con trivialidades. No debemos permitir
que escapen el pico y la pala de nuestras manos: ellas son el ayuno, la
oración, la vigilancia y la abstinencia, para lograr “observar todas las cosas
que os he mandado” (Mateo 28:20). Luego, si el corazón halla difícil tal
disciplina, debemos emplear toda nuestra fuerza de voluntad para obligarlo
a cumplir, si queremos en verdad salir a la luz. ¿Cuál es la recompensa que
obtiene ahora el prisionero? O ¿acaso recibe recompensa alguna?
El esfuerzo mismo es su recompensa. En el amor a la libertad que él siente,
en el amor y la fe que pusieron las herramientas en sus manos. Con amor,
esperanza, amor y fe crecerá; entre más industrioso sea, y lo menos que se
dispense a si mismo, mayor será su recompensa. El se hace consciente de
que es un prisionero entre prisioneros, a sus propios ojos, no se aparta de
sus compañeros: es un pecador entre los pecadores en las entrañas de la
tierra. Pero mientras ellos, en inútil resignación, duermen o juegan cartas,
o pasan el tiempo, él va a su trabajo. El ha encontrado un gran tesoro, mas
lo oculta (Mateo 13:44). El lleva el Reino de los Cielos dentro de él mismo:
amor, fe, y la esperanza de que alguna vez alcanzará el aire fresco del
exterior. Y aún, para estar seguro, ve la verdadera libertad solo en un espejo
(1 Cor. 13:12), pero en su esperanza él ya es libre. “somos salvos por la
esperanza” (Ro.8:24). Mas esperanza que es vista no es esperanza, añade el
apóstol, para que podamos comprender correctamente lo que implica. Una
vez que el prisionero realmente alcanza la libertad y la ve cara a cara, ya no
es más un prisionero entre los prisioneros del mundo. Entonces se da
cuenta que se halla en el mundo de la libertad; la libertad en que Adán fue
creado y que fue restaurada a nosotros en Cristo.
Al igual que el prisionero, nosotros ya somos libres en esperanza, pero el
logro de nuestra salvación está mas allá de nuestra vida terrenal. Solamente
allá podemos decir definitivamente: estoy salvo. Pues el mandato de “sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo 5:48), es imposible
de ser cumplido aquí en la tierra. ¿Por qué, entonces, nos fue dado? Los
santos responden: Con el fin de que podamos comenzar nuestra obra ahora,
mas teniendo la eternidad ante nuestros ojos.
La meta de la libertad humana no está en el hombre mismo, ni en su
prójimo, sino en Dios, dice el Obispo Teofanes.
Pues el clamor de libertad es. ¡Arrepiéntete!, y el llamado es: “Venid a mí
todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar,” (Mateo
11:28). Trabajados ¿en qué?, ¿en nuestro propio bienestar temporal?
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Cargados o abrumados ¿con qué?, ¿con apuros y problemas materiales? No
en lo más mínimo, dicen los santos. Por eso el Señor dice. Tomad mi yugo y
reposad en mí. Quien nunca pensó en mi bienestar temporal y nunca fue
abrumado con apuros terrenales mientras yo vagaba por el mundo.
Y ¿qué es lo que obtienen, todos los que laboran en su salvación y están
agobiados con la oposición del mundo, tanto dentro de si mismos como por
fuera? Aquellos que toman el yugo de Cristo sobre si mismos y viven como
El vivió, y por tanto aprendieron, no de los ángeles, no de los hombres ni de
los libros, sino del Señor mismo, de su propia vida, luz y acción dentro de
ellos. Los que también pueden decir: soy manso y pobre de corazón y no
tengo alta opinión, ni de mi mismo ni de lo que hago o digo, ¿qué es lo que
ganan todas esas personas? Ellos hallan descanso para sus almas. El Señor
mismo les dará reposo. Ellos reciben libertad de las tentaciones,
preocupaciones, humillaciones, temor, ansiedad y todo lo que trastorna al
corazón humano.
Esta es la explicación de San Juan Clímaco, y así se ha esparcido de un
cristiano a otro. Pues la experiencia revela una y otra vez al corazón nuevo,
la verdad de que el yugo de Cristo es fácil y que su peso es liviano para los
que le aman.
Pero “solamente aquél que soporte hasta el final será salvo” (Mateo 10:22),
no aquellos que se rindan y sean flojos. La promesa no los concierne a ellos.
Por tanto, no debemos cansarnos. Debemos perseverar, ser constantes,
siempre abundantes en la obra del Señor, sabiendo que en el Señor nuestra
labor no es en vano (1Cor.15:58). Una vez que hallamos comenzado, no
debemos dejar de realizar obras dignas de nuestro arrepentimiento. Reposar
es lo mismo que retroceder.
Capítulo Doce.
La obediencia.
La obediencia es otro recurso indispensable en la lucha contra nuestro
egoísmo. Con la obediencia separas mejor tus miembros físicos para ser
capaz de servir con los espirituales, dice San Juan Clímaco. Y de nuevo, la
obediencia es la tumba de tu propia voluntad, pero de ella se levanta la
humildad.
Debes recordar que de tu propia voluntad te has entregado a la esclavitud,
y que la cruz que usas alrededor del cuello sea un recordatorio de esto: de
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la esclavitud estás saliendo a la verdadera libertad. Pero, ¿tiene el esclavo
voluntad propia? Debe aprender a obedecer.
Quizá te preguntes: ¿a quién obedezco? Los santos contestan: a tus líderes
(Hebreos 13:17). Y ¿quiénes son mis líderes? preguntarás. ¿Dónde
encontraré alguno, ahora que es tan difícil descubrir un auténtico líder?
Entonces responden los Padres: La Iglesia ha anticipado también esto. Por
tanto, desde el tiempo de los apóstoles nos ha dado a un maestro que supera
a todos los demás, y que puede alcanzarnos en cualquier parte, donde
quiera que estemos y bajo cualquier circunstancia en que vivamos. Ya sea
que estemos en a la ciudad o en el campo, casados o solteros, pobres o ricos,
el maestro está siempre con nosotros y siempre tendremos la oportunidad
de demostrarle obediencia. ¿Quieres saber su nombre? Es el santo ayuno.
Dios no necesita nuestro ayuno. El ni siquiera necesita nuestra oración. El
Perfecto no puede ser concebido como sufriendo alguna carencia o necesitar
algo que nosotros, criaturas de su manufactura, pudiéramos darle. Ni
tampoco ambiciona nada de nosotros, pero, dice San Juan Crisóstomo, nos
permite traerle ofrendas por causa de nuestra salvación.
La más grande ofrenda que podemos presentar al Señor somos nosotros
mismos. No podemos hacer esto sin renunciar a la propia voluntad.
Aprendemos a hacer esto por medio de la obediencia, y la obediencia se
aprende con la práctica. La mejor manera de practicar es la que nos es dada
por la Iglesia en los días y temporadas prescritos de abstinencia.
Además del ayuno tenemos otros maestros a quienes debemos mostrar
obediencia. Los encontramos a cada paso en nuestra vida diaria, si solo
reconociéramos sus voces. Tu esposa quiere que te lleves tu abrigo, haz lo
que ella quiere, para practicar la obediencia. Tu compañera de trabajo te
pide que la acompañes un poco por el camino, ve con ella para practicar la
obediencia. Sin palabras un infante pide atención y compañía, dásela tanto
como puedas, y así practicas obediencia. Un novicio en un claustro no halla
más oportunidad para la obediencia que tú en tu propia casa. Y de igual
manera en tu trabajo, y en tu trato con tu prójimo.
La obediencia quiebra muchas barreras. Tu adquieres libertad y paz según
tu corazón practica la no resistencia. Tú demuestras obediencia, y espinosos
abrojos se abren a tu paso. Entonces el amor tiene un espacio abierto donde
moverse. Por la obediencia sometes a tu orgullo, tu deseo de contradecir, tu
opinión y tu necedad, que te aprisionan como una dura cáscara. Dentro de
esa cáscara no puedes conocer al Dios del amor y la libertad.
Así, adquiere el hábito de alegrarte cuando una oportunidad para mostrar
obediencia aparece. Es por demás buscar una, pues pudieras caer
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fácilmente en un servilismo estudiado que te desvíe a una actitud de falsa
virtud. Puedes estar seguro de que se te enviarán tantas oportunidades para
practicar la obediencia según lo necesites, y del tipo exacto que requieras.
Pero si adviertes que has dejado pasar alguna oportunidad, repróchatelo;
has sido como el marinero que desaprovecha un viento favorable.
Para el viento fue una cuestión de indiferencia si es utilizado o no. Pero para
el marinero era una oportunidad de alcanzar el puerto de destino más
pronto. Así debes pensar acerca de la obediencia, y todos los medios que
nos son proporcionados de ese modo por la Santa Trinidad.
Capítulo Trece.
Progreso en profundizar.
Los rudimentos externos nos llevan ahora al combate que ocurre en lo
profundo. Así como al pelar una cebolla, retirando capa por capa, hasta
mostrar el centro interior, cuyo crecimiento llega hasta alcanzar la luz. Allí,
en tu cámara secreta interior, atisbas la cámara celestial, pues son una y la
misma, según San Isaac el Sirio. Cuando procures entrar a las
profundidades de tu interior, serás consciente, además de tu propio rostro,
el verdadero, de lo que San Hesiquio de Jerusalén llama las terribles caras
de los pensamientos etíopes, pero lo que San Macario de Egipto asemeja a
una serpiente que ha anidado allí, y que ha herido el órgano más vital de tu
alma. Si has logrado ahora degollar esa serpiente, dice, puedes
enorgullecerte de tu pureza delante de Dios. Pero si no lo has logrado, como
muchos de nosotros, inclínate humildemente, como un pecador arrepentido,
y ora a Dios para que disipe todo lo negativo que haya en tu interior.
¿Cómo podemos comenzar, entonces, los que nunca hemos penetrado en el
corazón? Estamos en el exterior, pero llamemos a las puertas por medio del
ayuno y la oración, así como lo ordenó el Señor cuando dijo: “Llamad y os
será abierto.” (Mateo 7:7). Pues llamar es actuar, Y si perseveramos en la
Palabra del Señor, en pobreza, en humildad, y en todo aquello que los
preceptos del Evangelio requieren, y dia y noche martillamos la puerta
espiritual de Dios, entonces seremos capaces de obtener lo que buscamos.
Quien pueda escapar de la oscuridad y la cautividad, puede caminar hacia
la libertad por esa puerta. Allí recibe disposición para la libertad espiritual,
y la posibilidad de alcanzar a Cristo, el Rey Celestial, dice San Macario.
23
Capítulo Catorce.
Humildad y vigilancia.
Quien se dedique a la oración interior necesita todo el tiempo cuatro cosas:
humildad, la mayor vigilancia, voluntad de resistir y oración. Es cuestión de
dominar, con ayuda de Dios, a los “etíopes de pensamiento” (pensamientos
malignos), expulsándolos por la puerta del corazón, y aplastando al
momento a “los que azotan a tus pequeños contra las rocas”(Salmo 137:9).
La humildad es un prerrequisito, pues el hombre orgulloso es de una vez
por todas rechazado. La vigilancia es necesaria para reconocer de inmediato
a los enemigos y a resguardar al corazón a salvo contra el vicio. La voluntad
de resistir debe establecerse en el instante mismo en que el enemigo es
reconocido. Y puesto que “sin mí nada podéis hacer” (Juan 15:5), la oración
es la base en la que depende todo el combate.
Un breve ejemplo podrá servir de guía: Al estar vigilante descubres un
enemigo aproximándose a las puertas de tu corazón, por ejemplo, la
tentación de pensar algo malo de otro hombre. Inmediatamente tu voluntad
de resistir es despertada y repeles la tentación. Pero al siguiente instante
sufres un descalabro en forma de un pensamiento satisfactorio: ¡Qué bueno
que estuve alerta! Así, tu aparente victoria se convierte en horrible derrota,
la humildad estuvo ausente.
Si por el contrario, le dedicas la batalla a tu Señor, la inclinación a la
satisfacción desaparece y quedas libre. Pronto te das cuenta, también, que
no hay arma más poderosa que el Nombre del Señor.
El ejemplo muestra cuán decisivo debe ser ejecutado el combate. A la
velocidad de un rayo los impulsos malignos se establecen, y deben ser
examinados tan rápido como sea posible. Estos son “los dardos de fuego del
maligno” de los que habló el apóstol (Efesios 6:16), y que llegan volando sin
cesar. Sin cesar también, debe ser nuestro clamor al Señor. Nuestra lucha
no es una pelea “contra carne y sangre, contra potestades, contra los
gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de
maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12).
El impulso es el comienzo, los santos explican. Luego sigue el intercurso (el
término griego es syndesmos), cuando nos adentramos en lo que el impulso
ha traído. El tercer paso es ya el consentimiento, y el cuarto, el pecado
cometido. Estas cuatro etapas pueden ser sucesivas instantáneamente, pero
también pueden darse en etapas separadas, de modo que uno puede lograr
apartarlas. El impulso llama a la puerta como un vendedor; si uno lo deja
24
entrar, comienza su discurso de ventas, y es difícil librarse de él aún cuando
sabemos que sus artículos de venta son malos. Luego sigue el
consentimiento y finalmente la adquisición, a menudo en contra de la propia
voluntad. Uno mismo se ha permitido ser atrapado por aquello que el
maligno ha enviado.
Acerca de los impulsos dice David: “Pronto exterminaré a todos los malvados
de la tierra” (Salmo 101:11). Pues “ninguna persona engañosa vivirá en mi
casa” (v.10). Y acerca del consentimiento, dice Moisés: “No harás pacto ni
alianza con ellos” (Éxodo 23:32). El primer verso del Salmo 1 también trata
del mismo tema, dicen los Padres: “Bienaventurado el varón que no anda en
consejo de impíos”. Es, por tanto, de gran importancia hablar con los
enemigos “a las puertas” (Salmo 127:5). Y cuando la presión a las puertas
es grande, y cuando sabemos que “Satán mismo se convierte en ángel de luz”
(2Cor. 11:14), los Santos Padres nos recomiendan guardar el corazón puro
de todo impulso, sentimientos y fantasías de toda clase. Es decir: No está
en el poder humano separar los impulsos malignos de los buenos; sólo el
Señor puede hacer eso. Así que trasladamos confiadamente el asunto a El,
sabiendo bien que “a menos que el Señor guarde la ciudad, en vano vigilan
los guardias” (Salmo 127:2).
Depende de ti, sin embargo, estar alerta, “no sea que haya un mal
pensamiento en tu corazón” (Deut. 15:9), y tener cuidado de que tu corazón
no se convierta en un mercado, donde el gusto y el disgusto se reúnan en
constante tumulto, hasta que completamente pierdas de vista lo que está
ocurriendo. Aquí es donde ladrones y farsantes hacen su agosto, pero nunca
te acuerdas del ángel de paz. La paz, y con ella el Señor de la Paz, huyen de
tal sitio.
Por tanto, El nos ha dicho por medio de su apóstol: “Purificad vuestros
corazones” (Santiago 4:8), y El mismo nos instruyó. “Mirad, velad y orad”
(Marcos 13:33), pues si El viene y encuentra nuestros corazones impuros y
nosotros durmiendo, El dice: “No os conozco.” (Mat.25:12). Mas la hora está
siempre aquí, si no en este momento, entonces al siguiente; y si no al
siguiente, entonces en éste. Pues al igual que el Reino de los Cielos, la hora
del juicio esta siempre en nuestro corazón.
Por tanto, si el vigilante no vigila, tampoco lo hace el Señor. Pero si el Señor
no guarda la casa, en vano vigila el guardia. Por eso, vigilemos
constantemente la puerta de nuestro corazón, y nunca dejemos de pedir
ayuda al Señor.
No centres tu atención en el enemigo; no entres en controversia con aquél
que no puedas vencer. Con sus milenios de experiencia conoce el truco
exacto con el que caerás indefenso de inmediato. No, quédate de pie en
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medio del campo de tu corazón, y mantén tu vista en las alturas: así el
corazón estará protegido por todos lados al mismo tiempo. El Señor mismo
enviará a sus ángeles a defenderlo, tanto de derecha a izquierda, como de
arriba abajo a la vez.
Esto, siendo interpretado, significa que si estás rodeado por una tentación,
no debes considerarlo un momento para examinarlo, revisarlo o ver si
conviene o no, pues al hacerlo ensucias tu corazón y pierdes tiempo, y eso
es ya una victoria para el enemigo. En lugar de eso, sin la menor demora
vuélvete al Señor y di: Señor, ten piedad de mí, un pecador; y así, tan pronto
como quites tus pensamientos de la tentación, la ayuda llega.
Nunca estés seguro de ti mismo. Nunca tomes la buena resolución y digas.
Yo puedo vencerlo solo. Nunca confíes en tu propio poder y fortaleza para
resistir la tentación de ninguna clase, pequeña o grande. Piensa en lo
contrario: Estoy seguro de caer tan pronto venga sobre mí. La confianza en
uno mismo es un aliado peligroso. Entre menos fortaleza te concedas, más
seguramente estarás. Reconoce que eres débil, completamente incapaz de
resistir el menor ataque del demonio. Entonces, para tu asombro,
descubrirás que el demonio no tiene ningún poder sobre ti. Pues si de verdad
has hecho al Señor tu refugio, ningún mal te sobrevendrá (Salmo 91:2). El
único mal que puede ocurrirle a un cristiano es el pecado.
Si tienes remordimientos porque sabes que mas tarde caerás de todas
formas, y si estás lleno de reproches y de promesas de “no volver a hacerlo”,
es una señal segura de que estás en el camino equivocado: es la confianza
en ti mismo lo que ha sido herido.
El que no confía en si mismo agradece no haber caído más bajo, alaba a
Dios por haberle enviado ayuda en el momento preciso, pues de otra manera
aun estaría postrado. Al punto se levanta y comienza su oración diciendo el
triple: Gloria a Ti, oh Dios.
Un niño mimado se queda tirado por largo tiempo cuando se ha caído. Está
buscando simpatía y mimos consoladores. No hagas aspavientos cuando
caigas, sin importar cuanto te duela. Levánte otra vez y sigue en la batalla.
Sólo el que pelea resulta herido. Solamente los ángeles nunca caen. Ora a
Dios que te perdone y que no permita que caigas desprevenido.
No sigas el ejemplo de Adán y pongas la culpa en la mujer, en el demonio o
en cualquier otra cosa externa. La razón de tu caída siempre está dentro de
ti. En el momento en que el Señor de la casa estaba lejos de tu corazón, tú
dejaste a los ladrones entrar y hacer destrozos por doquier. Ruega a Dios
que esto no se repita.
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Una vez se le preguntó a un monje: ¿Qué haces en el monasterio? El monje
contestó: Nos levantamos y nos caemos, nos levantamos y nos caemos, nos
caemos y nos volvemos a levantar.
Pues en tu vida no pasa ni un momento en que no te hayas caído al menos
una vez. Así que ruega a Dios que tenga piedad de nosotros. Ora por perdón
y gracia, y por misericordia, tal como lo haría un sentenciado a muerte. Y
recuerda que “solo por gracia sois salvos” (Efesios 2:5). No puedes hacer
reclamo alguno a la libertad y a la gracia. Piensa de ti mismo como si fueras
un esclavo que ha escapado y ha vuelto, postrado ante su Señor, suplicando
ser perdonado. Tal ha de ser tu oración, si siguieras a San Isaac el Sirio, y
“descargaras el peso del pecado dentro de ti mismo”, con el fin de encontrar
allí mismo el camino que hace al ascenso posible
Capítulo Quince.
La Oración.
De lo anterior se deriva que la oración es tu primer e incomparablemente
más importante medio de lucha. Aprende a orar, y vencerás todos los
poderes malignos que puedan imaginablemente asaltarte. La oración es
como un ala, y la fe es la otra, que nos elevan al cielo. Con una sola ala no
se puede volar; la oración sin fe, es tan falsa como la fe sin oración. Pero si
tu fe es muy débil, puedes clamar: “Señor, dame fe”. Tal oración siempre es
escuchada. Aún el grano de mostaza, dice el Señor, crece hasta ser un gran
árbol.
La persona que desea luz del sol y aire fresco abre la ventana. Sería tonto
sentarse detrás de las cortinas cerradas y decir: No hay luz, no hay siquiera
un poco de aire. Que esta imagen te enseñe claramente como funciona la
oración. El poder de Dios, o su Gracia, está siempre disponible para todos;
pero uno no puede tener su parte de ella si no la desea y actúa en
consecuencia.
La oración es acción, orar es ser altamente efectivo. Pues toda clase de
efectividad necesita práctica. Es solamente hablando que uno aprende una
lengua extranjera. Y solamente orando uno aprende a orar. Sin la oración
nunca puedes esperar encontrar lo que estés buscando. La oración es el
comienzo y la base de toda aspiración hacia el Señor. La primera chispa de
luz es encendida por la oración; la oración da los primeros indicios de lo que
andas buscando, y despierta y sostiene el deseo de avanzar más y más.
27
La oración es el fundamento del mundo, como san Juan Clímaco ha dicho;
y otro santo ha comparado el universo con un tazón, en el que descansa la
Iglesia de Cristo, pero la Iglesia se mantiene unida por la oración. La oración
es el intercurso y encuentro con Dios. Es el puente que el hombre cruza, de
su yo carnal, con sus tentaciones, a lo espiritual, con su libertad. Es un
muro de defensa en contra de los problemas, un arma en contra de las
dudas; elimina las aflicciones y contiene la furia. La oración es alimento
para el alma y es luz para la mente, contiene en el presente el gozo del
futuro. Para el que verdaderamente ora, la oración es el veredicto y el
tribunal, y el trono del juez, sin esperar al juicio final, sino ahora mismo, en
el siguiente instante, en el corazón.
La oración y la vigilancia pueden ser una y la misma cosa, pues es sólo con
la oración con lo que estás vigilando tu corazón. El ojo vigilante reacciona
inmediatamente ante el ligero cambio del campo de visión, así también lo
hace el corazón que es constante en la oración.
La araña puede ser otro ejemplo para ti; en medio de su telaraña se sienta
y percibe la mas ligera alteración producida por la mosca y la atrapa. De
igual forma la oración vigila desde el centro de tu corazón. Tan pronto como
el mas ligero temblor le hace saber que un enemigo está allí, la oración lo
elimina.
Abandonar la oración es lo mismo como abandonar el puesto de vigilancia
de uno mismo. Las puertas están abiertas para las hordas salvajes, y los
tesoros que uno ha guardado allí son saqueados. El saqueador no necesita
mucho tiempo para lograr su objetivo; la ira, por ejemplo, en un segundo
puede destruirlo todo.
Capítulo Diez y seis.
Acerca de la oración.
De lo anterior comprendemos que, por oración, los Santos Padres no se
refieren a la oración ocasional, las devociones matutinas y nocturnas, o la
bendición de la comida. Para ellos la oración es un sinónimo de oración
incesante: la vida de oración. “Orad sin cesar” (1Tes.5:17), esto debe
entenderse literalmente, como un mandato.
Entendida de este modo, la oración es la ciencia de los científicos y el arte
de los artistas. El artista trabaja con barro o con colores, con madera o
texturas, según su habilidad les da forma y belleza. El material de trabajo
28
de la persona que ora es la humanidad viviente. Por su oración las modela,
les da textura y belleza. Primero a si mismo y luego a muchos otros.
El hombre de ciencia estudia las cosas creadas y las apariencias; el hombre
de oración trasciende hasta el Creador de lo creado. No es el calor lo que
induce su amor, sino la fuente del calor. No las funciones de la vida, sino el
origen de la vida; no su propio ego, sino la fuente de la conciencia del ego:
su creador.
El artista y el científico deben poner mucho trabajo y esfuerzo antes de
alcanzar madurez. La habilidad que desean nunca se alcanza de inmediato.
Pero si debieran esperar por la inspiración divina cada vez que van a
trabajar, nunca aprenderían los principios básicos de su profesión. El
violinista debe practicar con perseverancia con el fin de iniciarse en los
secretos de su sensible instrumento. ¿Qué tan sensible puede ser el corazón
humano? “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Santiago 4:8). Así
debemos comenzar. Si tomamos un paso hacia el Señor, él toma diez hacia
nosotros. El es quien vio al hijo pródigo a la distancia, y tuvo compasión y
corrió a abrazarlo. (Lucas 15:20).
Algunas veces tu debes tomar los primeros inciertos pasos, si quieres en
verdad acercarte a Dios. No estés ansioso por tus primeros intentos. No
caigas en la timidez o la incertidumbre. Ni hagas caso de las burlas de los
enemigos que tratan de persuadirte de que eres ingenuo y ridículo, y que
todo esto es solamente una fantasía infantil sin significado. Ten presente
que el demonio no le teme más a otra cosa que a la oración.
El deseo del niño por la lectura se incrementa cuando aprende a leer. Entre
más uno se envuelve en un idioma, mejor lo habla y mas le gusta. El disfrute
aumenta con el éxito. El éxito solamente viene por la práctica. La práctica
solamente se hace más agradable con el aumento del éxito.
No supongas que ha de ser distinto con la oración. No esperes por alguna
extraordinaria inspiración divina antes de ponerte a trabajar. El hombre fue
creado para la oración, así como fue creado para hablar y pensar. Y
especialmente para la oración, pues “el Señor Dios puso a Adán en el jardín
del edén, para conservarlo y cuidarlo” (Genesis 2:15). Y ¿dónde has de
encontrar el jardín del edén sino en tu propio corazón?
Como Adán, deberías llorar por el Edén del cual fuiste privado a causa de
tu incontinencia. Estabas vestido con hojas de higuera y ropajes de piel
(Gen. 3:21), que son tu sustancia perecedera con su sufrimiento. Entre tú y
el camino estrecho al árbol de la vida, están las oscuras llamas de los deseos
terrenales, y solamente al que conquista tales deseos le será dado “comer
del árbol de la vida, que está en medio del Paraíso de Dios” (Revelación 2:7).
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¡Qué difícil es ganar tal victoria! Adán solamente quebrantó uno de los
mandamientos de Dios; cada dia y a cada hora tú los rompes todos, dice
San Andrés de Creta. Desde tu posición como la de un criminal confeso,
constante, tu oración debe producirse, para alcanzar las alturas.
El criminal consuetudinario a menudo no es consciente de su culpa; está
endurecido. Así pasa con nosotros. No te dejes asustar por la dureza de tu
propio corazón. La oración lo suavizará gradualmente.
Capítulo Diez y siete.
De la oración.
Una persona que decide comenzar a hacer ejercicios matutinos regulares no
lo hace porque ya tenga buena condición física, sino para obtener algo que
no tiene. Una vez que uno desea algo que no tiene, puede estar ansioso por
conservarlo; antes de eso, está ansioso por tenerlo. Por tanto, comienza tu
práctica sin esperar nada de ti mismo. Si eres lo suficientemente afortunado
para tener una habitación propia, puedes seguir literalmente y sin problema
las instrucciones del libro de oración o devocionario: “Al despertarte, antes
de comenzar el día, está con toda reverencia delante de Dios Omnividente,
haz la señal de la Cruz y di: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo, amén. Habiendo invocado a la Santa Trinidad, guarda silencio un
momento, para que tus pensamientos y emociones estén libres de
pensamientos mundanos. Luego recita las oraciones sin prisa, y con todo tu
corazón exclama: Dios, ten piedad de mí, pecador.” Luego sigue con las
demás oraciones, con la oración al Espíritu Santo primero, luego a la Santa
Trinidad, y luego el Padre nuestro, que antecede la lista entera de oraciones
matinales. Es mejor leer unas pocas de ellas calmadamente, que leerlas
todas de prisa. Ellas son producto de la experiencia viva de la Iglesia; por
medio de ellas tú entras en una gran feligresía de orantes. No estás solo,
estás en una celda en el cuerpo de la Iglesia, esto es, de Cristo. Por ellas tu
aprendes la paciencia que es necesaria no solo para el cuerpo, sino también
para el corazón y la mente, para la edificación de tu fe.
La oración completa y correcta es aquella que es aceptada tanto por el
pensamiento como por la emoción; estar atento es por tanto necesario. No
dejes divagar a tus pensamientos, aprisiónalos una y otra vez, y siempre
comienza de nuevo desde el punto donde interrumpiste tu oración. Puedes
leer el Salterio del mismo modo, especialmente si no tienes un devocionario.
Así aprenderás paciencia y vigilancia.
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Una persona estando ante una ventana abierta escucha los sonidos del
exterior, es imposible no hacerlo. Pero puede o no dar su atención a las
voces, si lo desea. La persona que está orando es constantemente asaltada
por una multitud de pensamientos inadecuados, sentimientos e impresiones
mentales. Detener este agobiante flujo es tan impráctico como querer
detener el aire que circula en una habitación abierta. Pero uno puede
notarlos o no. Esto, dicen los santos, solo se aprende con la práctica.
Cuando ores, tu mismo debes estar en silencio. No oras para ver cumplidos
tus deseos mundanos; mas dices: Hágase en mi tu voluntad. No es correcto
usar a Dios como nuestro mandadero. Tú mismo debes estar en silencio:
permite a la oración hablar por ti.
Tu oración debe tener cuatro partes constitutivas, dice San Basilio Magno:
adoración, agradecimiento, confesión de los pecados y petición de salvación.
No te preocupes por cualquier asunto particular, mas “buscad primero el
Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán dadas por
añadidura” (Mateo 6:33). El que no pueda hacer que su voluntad y por tanto
su oración, coincidan con la voluntad de Dios, encontrará muchos
obstáculos en su camino y constantemente caerá en las trampas del
maligno. Se convierte en alguien exasperante o molesto, disgustado o infeliz,
impaciente o atribulado. Y en tal estado mental no puede hacer oración.
Una oración ofrecida mientras se tenga algún reproche contra alguien, es
una oración impura. Hay solamente alguien a quien la persona que ora
puede y debe reprochar: a el mismo. Sin acusación propia, tu oración es tan
indigna como lo es cuando estás reprochando a alguien en tu corazón
cuando oras. Quizá te preguntes: ¿cómo se puede aprender esto? La
respuesta es: Uno lo aprende orando.
No temas la sequedad dentro de ti. La lluvia vivificante viene desde lo alto,
no de tu propio suelo árido de abajo, que produce solo ortigas y espinos
(Gen.3:18). Por tanto, no esperes por ningún “éxtasis” o trance, o algún
estado o experiencia provocado intencionalmente. La oración no se hace por
diversión. “Afligíos, lamentad y llorad” (Santiago 4:9), recuerda tu
mortalidad, y clama al Señor por misericordia. Lo demás depende de El.
Capítulo Diez y ocho.
De la oración.
La oración no se detiene cuando se acaban las devociones matutinas. Ahora
es cuestión de mantener la oración activa durante todo el día, sin importar
31
las complicaciones del dia. El Obispo Teofanes recomienda al principiante
elegir una oración breve del Salterio, por ejemplo: “Señor, date prisa en
socorrerme” o “Crea un corazón puro dentro de mí, oh Dios”, “bendito eres,
Señor”, o alguna otra. El Salterio ofrece una amplia elección de tales
oraciones mas o menos breves. Luego, como transcurre el dia, uno puede
tener esta oración en mente y repetirla tan frecuentemente como sea posible,
mentalmente o en voz baja, o mejor aún, decirla en voz alta cuando uno esté
a solas y nadie le pueda oír. En el autobús o en el auto, en el trabajo y
durante los alimentos, constantemente, en cuanto se tenga oportunidad,
uno recaptura la oración y fija toda su atención en el contenido de las
palabras. Así el dia está lleno hasta que por la noche se pueda leer desde el
devocionario, en los momentos de quietud antes de ir a dormir. Esta práctica
también es adecuada para aquellos que no gozan de la privacidad que es
necesaria para las devociones regulares de la mañana y la noche, pues
puede realizarse en cualquier lugar en cualquier momento que uno desee.
La soledad interior es un sustituto de la soledad exterior que esté faltando.
La repetición frecuente es importante, con frecuentes aleteos un ave se eleva
hasta las nubes. El nadador puede repetir su brazada hasta alcanzar la
deseada orilla. Pero si el ave deja de volar, debe resignarse a estar en medio
de la tierra. Y cerca, por debajo del nadador, hay abismos oscuros.
Ora de esta forma hora tras hora, cada día, sin cansarte ni aburrirte. Mas
ora con sencillez, no con emoción, ni con reclamos, o con alguna clase de
cuestionamientos. No estés ansioso por el mañana (Mateo 6:34). Cuando
llegue el momento, tendrás todas tus respuestas.
Abraham comenzó su travesía sin preguntar curiosamente. ¿cómo es
aquella tierra, la que me mostrarás? ¿Qué es lo que me espera allá? El
simplemente se dispuso y “partió como el Señor le había dicho” (Gen. 12:4).
Haz lo mismo. Abraham tomó todas sus posesiones con él, y en ese sentido
debes hacer tú lo mismo. Toma todo lo que tienes, todo tu ser completo
contigo cuando vayas en búsqueda. No dejes nada detrás que pueda atar
tus afectos a la tierra donde se adora a muchos dioses, la tierra que has
dejado.
A Noé le tomó cien años construir su arca, arrastró tronco tras tronco al
sitio de la construcción. Haz tú lo mismo, lleva tronco tras tronco a tu
construcción; pacientemente, en silencio, dia tras dia, y no te preguntes
acerca de tu entorno. Recuerda que Noé fue el único en todo el mundo que
“caminó con Dios” (Gen.6:9), es decir, en oración. Imagina el
amontonamiento, la oscuridad, la pestilencia, etc. en los que tuvo que vivir
hasta que pudo salir al aire puro y construir un altar al Señor. El aire y el
altar los encontrarás dentro de ti, explica San Juan Crisóstomo, pero
32
solamente después que hayas pasado voluntariamente por la misma puerta
estrecha como hizo Noé.
En esta forma haz todo lo que el Señor te mande hacer (Gen.6:22), y
construye con toda súplica y oración (Efes.6:18) el puente que te llevará lejos
de tu yo carnal y sus intereses divididos a la plenitud del Espíritu. Con la
venida del Único a tu corazón, la pluralidad se desvanece, dice San Basilio
Magno. Tus días se hacen plenos, guardados por Aquél que sostiene al
mundo entero en su mano.
Capítulo Diez y nueve.
La compañía corporal y mental de la oración.
Es importante, mientras se practica la oración de esta forma, no dar rienda
suelta al cuerpo. Una oración en la que el cuerpo no está afligido y el corazón
apesadumbrado, es como un feto que no está completamente desarrollado,
dice San Isaac el Sirio, pues tal oración no tiene alma. Y lleva dentro de ella
el germen de la auto suficiencia y el orgullo, que hacen al corazón
considerarse no solamente entre los llamados sino también entre los
elegidos (Mat.22:14).
Cuídate de este tipo de oración, porque es la raíz de muchos errores. Pues
si el corazón está atado a lo carnal, tu tesoro también permanece en lo
carnal, mientras tú crees, hasta eso, que sostienes al cielo en tu abrazo
carnal. Tu gozo se torna impuro y se expresa en una falta de control, y en la
urgencia de arrogancia, y de instruir y de convertir a otros sin haber sido
nombrado por la Iglesia para hacerlo. Interpretas la Escritura según tu
mente carnal y no soportas que te contradigan. Y entras en discusiones
acaloradas por causa de tu opinión, todo porque has sido negligente en
disciplinar tu cuerpo y por tanto en humillar tu corazón.
El verdadero gozo es quieto y constante, así el apóstol nos invita a
regocijarnos por siempre (1 Tes.5:16). Este gozo procede de un corazón que
se lamenta por el alejamiento del mundo (y de si mismo) de la luz verdadera.
El verdadero gozo debe hallarse en la pena. Pues se ha dicho:
Bienaventurados los que lloran (Mat. 5:4), y “benditos los que ahora lloran
con su yo corporal, pues sonreirán con su yo espiritual (Lucas 6:21). El
verdadero gozo es el gozo del consuelo, el gozo que brota del conocimiento
de las propias debilidades y de la misericordia del Señor, y eso no necesita
de la risa burlona para expresarse.
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Piensa también en esto: La persona que está atada a las cosas terrenales
puede alegrarse, pero también puede llorar, o estar preocupada o
lamentarse de las cosas materiales; su mente está expuesta a cambios
constantes. Mas el gozo de tu Señor (Mat.25:21) es constante, pues Dios es
inmutable.
Por tanto, controla tu lengua al mismo tiempo que disciplinas tu cuerpo con
ayuno y rigor. El parloteo es un gran enemigo de la oración, un murmullo
de palabrería constante se interpone en el camino de las palabras de la
oración. Esta es la razón por la que daremos cuenta de toda palabra
descuidada que decimos (Mat.12:36). Uno no trae el polvo del camino a una
habitación que uno quiere mantener limpia; así guarda tu corazón libre de
chismorreo y conversación de las cosas ocurridas el pasado dia.
La lengua es un fuego, y qué gran incendio se prende con un poco de fuego
(Santiago 3:5-6). Pero si no le damos aire a la flama, se extingue; si no le
das aire a tus pasiones gradualmente se apagarán. Si eres pronto para la
ira, guarda silencio y no permitas que sea visible externamente. Recuerda
que solamente el Señor puede oír tu confesión, por tanto, extingue la brasa
desde el comienzo. Si te alteras por los errores de los demás, sigue el ejemplo
de Sem y Jafet: cúbrelos con el manto del silencio (Gen.9:23), así apagarás
tu deseo de juzgar antes de que rompa en una flama. El silencio siempre se
puede llenar con oración vigilante, así como un tazón guarda el agua.
Pero no es solamente la lengua lo que debe controlar la persona que practica
el arte de la propia vigilancia. Debe reconsiderarse a si mismo (Gal.6:1) en
todo detalle, y su cuidado debe extenderse a lo profundo de su ser. En lo
profundo de su interior se encuentran enormes almacenes, donde
recuerdos, emociones y fantasías se revuelven constantemente, y deben ser
sujetados. No provoques un recuerdo que puede llenar de lodo tu oración.
No te revuelques en el lodo de tus pecados anteriores. No seas como el perro
que regresa a su propio vómito (Proverbios 26:11). No dejes que tu memoria
se recree en asuntos privados que puedan despertar nuevamente algún
deseo o poner en marcha a la imaginación. La arena de batalla favorita del
demonio es precisamente tu imaginación; en ella nos atrae a mayor contacto
con él, a consentir y a la acción. En el mundo de tus pensamientos él
siembra duda y preocupación, construye razonamientos convincentes,
preguntas estériles y respuestas sin objeto. Enfrenta tales cosas con las
palabras del Salmo: Retiraos de mí, malignos (Salmo 119:115).
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Capítulo veinte.
El ayuno.
Ayunar, ni por encima ni por debajo de tu capacidad, te ayudará en tu
vigilia. Uno no debe ponderar asuntos divinos con un estómago lleno, dicen
los ascetas. Para los bien alimentados, hasta los secretos más sutiles de la
Trinidad están ocultos. Jesucristo mismo puso el ejemplo con su largo
ayuno, cuando venció al demonio había ayunado por cuarenta días. ¿Somos
nosotros mejores que El? He aquí, los ángeles venían y le servían (Mat. 4:11).
Ellos esperan para servirte a ti también.
El ayunar controla la locuacidad, dice San Juan Clímaco. Es un recurso
para la compasión y una guarda para la obediencia; destruye los malos
pensamientos y arranca la insensibilidad del corazón. El ayuno es la puerta
del Paraíso; cuando el estómago está controlado, el corazón se humilla.
Quien ayuna ora con mente sobria, pero la mente de la persona sin control
está llena de fantasías y pensamientos impuros.
Ayunar es expresión de amor y devoción, en la que uno sacrifica
satisfacciones terrenales para alcanzar las celestiales. Ya de hecho es
demasiado con lo que nos preocupamos por el sustento y el agrado del
paladar; que uno quisiera liberarse de todo eso. Por tanto, el ayunar es un
paso en el camino de la propia emancipación y un recurso indispensable en
la lucha contra los deseos egoístas. Junto con la oración, el ayuno es uno
de los mas grandes dones de la humanidad, cuidadosamente apreciado por
los que lo han experimentado.
Durante el ayuno, crece el agradecimiento hacia El que ha dado a la
humanidad la posibilidad de ayunar. El ayuno abre la entrada a un territorio
que escasamente has imaginado: las expresiones de vida y todos los eventos
a tu alrededor obtienen nueva iluminación. Las horas de apuros alcanzan
un nuevo y rico propósito. La vigilia de pensamientos abrumadores se torna
en vigilia de claridad; la ansiosa búsqueda de respuestas se convierte en
pacifica aceptación en gratitud y humildad. Los problemas aparentemente
grandes y complejos abren su centro como cáliz de flores. Con oración,
vigilia y ayuno en conjunto, podemos llamar a cualquier puerta que
deseamos abrir.
Aquí hallamos la razón del por qué el ayuno es a menudo considerado como
la vara de medida de los Santos Padres: El que mucho ayuna es el que mucho
ama, y a aquél que ha amado mucho se le perdona mucho (Lucas 7:47). El
que ayuna mucho también recibe mucho.
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Los Santos Padres recomiendan un ayuno “moderado”: uno no debe permitir
que el cuerpo se debilite demasiado, pues entonces el alma también se
debilita. Ni tampoco debe uno asumir de pronto el ayuno, todo requiere
práctica, y cada uno debe considerar su propia naturaleza y ocupaciones.
Elegir entre diferentes tipos de comida debe condenarse: todo alimento es
dado por Dios, pero es recomendable evitar la clase de alimentos que
agregan apetito y peso al cuerpo: carnes, especias, bebidas alcohólicas, y
toda clase de comida que solamente complace al paladar. Por lo demás, uno
puede comer lo que es barato y mas fácilmente disponible, dicen ellos. Pero
por “moderación” ellos quieren decir un solo alimento al dia, y debe ser lo
bastante ligero para no llenar el estómago a saciedad.
Capítulo Veinte y uno.
Evitar la extravagancia.
Es un hecho conocido que la persona que practica el piano muy celosamente
tiene calambres en sus manos, igual que un escritor muy diligente.
Rechazado y humillado, el músico o escritor, justo ahora tan lleno de
esperanza, debe abandonar su trabajo; en ociosidad está expuesto a muchas
influencias malignas.
De este ejemplo debes tomar advertencia. El ayuno, la obediencia, la auto
disciplina, la vigilancia y la oración, son solamente los elementos necesarios
y constituyentes de la práctica, y solamente de la práctica. Y toda práctica
debe asumirse siempre genuinamente, tomando discretamente en cuenta
los propios recursos de fortaleza (Lucas 14:28-32), y sin exageración en
ningún momento. Por tanto, sed sobrios y vigilantes para la oración,
recomienda el santo apóstol Pedro, y por medio de él, el Señor mismo
(1Pe.4:7).
La embriaguez no siempre se origina con el alcohol y otros medios de dopaje.
Así de peligrosa es la embriaguez que se produce del exceso de confianza en
uno mismo y la disposición que genera. Con exageraciones y extravagancias
siembra un vano sacrificio en el suelo de la práctica. La cosecha que brota
de tal cultivo es insospechada: da frutos tales como la intolerancia,
arrogancia y egocentrismo. No, esta no es una cuestión de irse por la derecha
o por la izquierda (Deut.5:32), y de nunca tener la menor confianza en uno
mismo.
Si no encontramos en nosotros los frutos del amor, paz, gozo, moderación,
humildad, sencillez, rectitud, fe y paciencia, toda nuestra obra es en vano,
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señala San Macario de Egipto. La obra es realizada por causa de la cosecha,
pero la cosecha es del Señor.
Por tanto, sé siempre vigilante de ti mismo y sé contundente. Si adviertes
que te has hecho intolerante e irritable, aligera tu carga un poco. Si sientes
el deseo de justificarte delante de otros, de reprochar, instruir o amonestar,
estás en el camino equivocado: el que se niega a si mismo, no tiene nada
que reprochar a los demás. Si crees que la gente o circunstancias externas
te “alteran” demasiado, no has comprendido tu trabajo del todo. Todo
aquello que a primera vista aparece “molesto” te es dado realmente como
una oportunidad para practicar la tolerancia, la paciencia y la obediencia.
El hombre humilde no puede alterarse; solamente puede alterar a otros
quizá. Por tanto, consérvate en discreción, no te hagas visible a otros. Entra
en tu habitación y cierra la puerta (Mat.6:6), aun cuando por necesidad te
encuentres rodeado de gente ruidosa. Y si esto es algunas veces difícil de
soportar, aléjate de allí, a alguna parte donde puedas estar solo, y clama
con toda tu alma por ayuda al Señor, y él te escuchará.
Piensa de ti mismo como una rueda, dice San Ambrosio: entre más
ligeramente la rueda toca el suelo, más fácilmente rueda hacia el frente. No
te ocupes, ni pienses, ni te preocupes de cosas terrenales más de lo
necesario. Recuerda también, que una rueda que está completamente en al
aire no puede rodar.
Capítulo Veinte y dos.
El uso de las cosas materiales.
Estamos hechos de alma y cuerpo, ambos no pueden separarse en nuestra
conducta. Que lo físico venga entonces en tu auxilio: Jesucristo conoció
nuestras debilidades y por nuestra causa utilizó palabras y gestos, saliva y
tierra como medios. Por nuestra causa permitió que su poder fluyera del
borde de su manto (Mat.9:20, 14:36), y de los pañuelos o mandiles que
fueron usados por el cuerpo del apóstol San Pablo (Hechos 19:12). Y hasta
de la sombra del apóstol San Pedro (Hechos 5:15).
Por tanto, usa todo lo que es de la tierra como bastón de apoyo para
recordarte estas cosas en tu difícil transcurso por el camino estrecho. Que
la blancura de la nieve y lo azul del cielo, el tornasolado ojo del insecto y el
ardor de la flama, y toda la creación que tocan tus sentidos, te recuerden a
tu Creador; pero has uso especialmente de lo que la Iglesia te ofrece para
ayudarte a presentar tus miembros para santidad y justicia (Rom.6:19).
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Primeramente, la Santa Comunión del Señor, pero igualmente los otros
misterios o sacramentos, y las Santas Escrituras. Y también la Iglesia te
ofrece los santos Iconos, de la Madre de Dios, los ángeles y los santos. Y ora
delante de ellos, y enciende velas e incienso, con agua bendita y el brillo
dorado y el canto. Recibe todo esto con gratitud y utilízalo para tu edificación
y fortalecimiento, mejoramiento y beneficio en tu travesía espiritual.
Da rienda suelta a tu amor por el generoso Señor del amor; besa la Cruz y
los iconos, adórnalos con flores. Si tan solo el mal fuera aplastado con el
silencio, el bien brotaría libremente. Si lo que es dado con amor es recibido
con amor, la dimensión del amor es agrandada y alargada, y esta es la meta
de tu trabajo. Entre mas grande es el rio, más grande es el delta.
Usa tu propio cuerpo también, como un recurso en la lucha. Recorta su
comodidad y hazlo independiente de todo lo terrenal. Comparte con él tu
tribulación: si deseas aprender humildad, permite que tu cuerpo también
se humille y se incline hasta el suelo. Cae de rodillas con tu cara hasta el
suelo, tanto como puedas hacerlo en privado, pero levántate de nuevo, pues
luego de la caída viene la restauración en Cristo.
Haz la señal de la Cruz sobre ti mismo tanto como te sea posible, es una
oración sin palabras. De forma breve, exento de palabras, da expresión a tu
voluntad de compartir la vida de Cristo y crucificar tu carne, y
voluntariamente, sin remilgar, de recibir todo lo que la Santa Trinidad te
envía. Además, la señal de la Cruz es un arma contra los espíritus malignos;
utiliza esta arma con frecuencia y con meditación.
No se levanta una casa hasta que se pone primero el andamiaje; solamente
el hombre que es fuerte no necesita de ayuda externa. Pero, ¿eres fuerte?
¿no eres tú acaso el más débil entre los débiles? ¿no eres un niño?
Capítulo Veinte y tres.
Tiempos de oscuridad.
El clima cambia de nublado a claro y luego de nuevo a lluvioso; así es con
la naturaleza humana. Uno siempre debe esperar nubes que oculten al sol
algunas veces. Hasta los santos han tenido sus horas oscuras, días y
semanas. Ellos dicen entonces que “Dios los ha abandonado”, con el fin de
que puedan ellos conocer realmente cuán débiles ellos son sin Su apoyo.
Esos momentos de oscuridad, cuando todo parece sin sentido, ridículo y
vano, cuando uno es presa de dudas y tentaciones, son inevitables. Pero
aun de esos momentos puede cosecharse algún bien.
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Los días oscuros pueden conquistarse mejor siguiendo el ejemplo de Santa
María de Egipto. Por cuarenta y ocho años ella habitó en el desierto mas allá
del Jordán. Y cuando las tentaciones la acechaban y los recuerdos de su
vida anterior de pecadora en Alejandría la presionaban para que
abandonara su exilio voluntario en el desierto, ella se tendía en la arena,
clamaba a Dios por ayuda y no se levantaba hasta que su corazón estuviera
en paz. Los primeros años fueron muy duros; algunas veces ella tenía que
pasar acostada en el suelo varios días, pero luego de diecisiete años vino el
tiempo del reposo.
En esos dias quédate quieto, que no te convenzan de salir a actividades
sociales o entretenimientos. No te compadezcas de ti mismo, buscando
consuelo en nada, sino clamando al Señor: “Date prisa, oh Señor, en
liberarme; date prisa en socorrerme” (Salmo 70:1), “estoy atado en prisión y
no puedo liberarme” (Salmo 88:8), y otros clamores tales. No puedes esperar
ayuda verdadera de ninguna otra fuente. Y por causa de un alivio
momentáneo no eches a perder todo lo que has logrado. Pon tu cabeza bajo
las sábanas: ahora tu paciencia y perseverancia son puestas a prueba. Si
soportas la prueba, agradece a Dios que te dio la fortaleza. Y si no, levántate
de inmediato, ora por misericordia y piensa: tengo justo lo que merezco.
Pues la naturaleza caída misma es tu castigo. Has confiado demasiado en ti
mismo, y ahora has visto a dónde te llevó. Has tenido ahora una experiencia,
no olvides dar las gracias.
Capítulo Veinte y cuatro.
Una interpretación a Zaqueo.
Al igual que Zaqueo, has subido a un árbol para ver al Señor (Luc.19). Haz
hecho esto no solo por tu poder de pensamiento o en forma mística, mental.
Eres un ser humano y tienes un cuerpo; por tanto, igual que Zaqueo has
hecho uso de tu fortaleza y has subido al árbol desde el suelo. Y si lo has
hecho con entendimiento y cálculo, en toda conciencia del peso de tu
cuerpo, pero sin temor o tontería o algún otro reparo, también has sido
afortunado lo suficiente para ponerte lo suficientemente alto para que
puedas ver, por encima de cientos de personas, es decir, por sobre tus
propios impulsos terrenales, aunque sea un vistazo de aquél a quien
buscabas.
Te das cuenta que así como has comenzado a tener una visión mas clara de
tu propia oscuridad, ya no te sientes tan atraído como antes a las
actividades sociales y a las diversiones, y has recibido la oportunidad de
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verte como realmente eres. Tu piensas, quizá, que tu corazón se parece a un
barquito de cáscara de nuez, navegando sin rumbo y sin capitán; ahora el
viaje a tomado sentido y significado: aunque sigas siendo ese pequeño
barquito en medio del mar, si has hecho el viaje correctamente, ahora vez
claramente cuán pequeño y débil realmente es el barco.
Si solamente mostramos nuestra buena intención, el Señor es siempre
nuestro guía, dice el Arzobispo Teofilacto de Bulgaria. Jesús le dice a
Zaqueo: “Apresúrate y desciende, (es decir, sé humilde), pues hoy debo
quedarme en tu casa” (Lucas 19:5). Por “casa” aquí puede entenderse el
corazón. En verdad, dice el Señor, has subido al árbol y has conquistado
una parte de tus deseos terrenales porque querías verme, es decir, querías
ser capaz de conocerme cuando pasara por ese camino en tu corazón. Mas
apresúrate ahora a ser humilde, no sea que te sientas mejor que los demás,
pues es en el corazón de los humildes que yo debo quedarme. “Y se dio prisa
y bajó, y lo recibió jubiloso” (Lucas 19:6).
Zaqueo, el jefe de los publicanos, ahora recibe a Cristo, y lo primero que hizo
fue deshacerse de todo lo que tenía. Pues la mitad de sus bienes los dio a
los pobres, y el resto fue gastado en repagar por cuádruple a aquellos a
quienes había exigido demasiado. “Él también es un hijo de Abraham” (Lucas
19:9). Él ha oído la voz del Señor y ha salido de su país y de la casa de su
padre (Gen.12:1), donde las pasiones y el egoísmo gobernaban.
Zaqueo supo que el corazón que recibe a Cristo debe vaciarse de todo lo
demás: tiene que ofrecer todo lo que tiene de las riquezas ilegalmente
adquiridas: “Las lujurias de la carne, la lujuria de los ojos y el orgullo de la
vida” (1Juan2:16). Él comprendió que quien es rico aquí es pobre allá, pues
ser materialmente rico es lo mismo que ser espiritualmente pobre, explica
San Juan Crisóstomo: pues si el hombre rico no fuese tan pobre, nunca
sería tan rico.
Es tan imposible unir salud y enfermedad, como lo es reconciliar el amor y
las riquezas, señala Isaac el Sirio, pues el que ama a su prójimo el hombre
entrega incondicionalmente todo lo que posee. Tal es la naturaleza del amor.
Pues sin amor es imposible entrar al Reino de Dios. Esto también lo observó
Zaqueo.
Pues entre menos bienes poseas, más sencillo es tu modo de vida. Todo
exceso ha sido echado fuera, y el corazón se concentra en si mismo. Poco a
poco trata de meterse al grano, donde debe encontrar la escalera a los cielos.
Entonces, también la oración se torna más sencilla. Las oraciones se reúnen
en torno al centro y entran en él. Allí en lo profundo se ve la única oración
que es necesaria: la oración por misericordia. Pues ¿qué puede querer un
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pecador, “y el más grande entre ellos” (1Tim.1:15), sino que el Señor tenga
piedad de él? ¿tiene él algo que dar? ¿acaso tiene él fortaleza propia,
voluntad propia, o integridad propia? ¿puede él emprender cosa alguna por
si mismo? ¿conoce alguna cosa realmente? ¿acaso comprende o percibe
algo, que él, que nada posee, pueda llamar suyo? El es dueño de nada, pues
el pecado es la nada.; aquello que no existe. El pecado es vacío, oscuridad,
negación; allí reposa el pecador, en medio de esa nada.
Como tal se ve a sí mismo, y según lo poco que posee es más rico; pues la
habitación vacía dentro de él está llena de bienes que no perecen, como la
plenitud de la vida eterna, su luz y su afirmación que son el amor y la
misericordia. Es el Señor quien habita como huésped en su casa.
Pero ¿cómo puede este pecador merecer la llegada del Señor? ¿cómo puede
siquiera imaginar que el Señor lo vería en su oscuridad? Sin embargo, trata
de purificarse el mismo. Sin embargo, se esfuerza y trabaja. Sin embargo,
sigue el mandamiento del Evangelio y vigila y ayuna, y en muchas maneras
se niega a si mismo por causa del Señor, incluso se ve a si mismo tan
inmerso en mal genio e irritabilidad, desamor y flojera, impaciencia,
ingratitud y toda clase de vicios. ¿Cómo puede esperar que el Señor entre
en tal habitación?
Por tanto, ora así: Señor, ten piedad. Ten piedad de mí, un pecador. Pues
en verdad he tratado de hacer lo que era mi deber: servirte. He labrado el
campo de mi corazón que tú me diste a cuidar, y he alimentado el rebaño
(Lucas 17:7-10), pero solamente soy tu humilde siervo y sin ti nada puedo
hacer. Por tanto, ten piedad de mí y lléname de tu gracia. Por el trabajo
aumentó su fe (Lucas 17:5), por la oración obtiene fuerza para trabajar. Así,
la oración y el trabajo conviven juntas, hasta que fluyen juntas y se unen.
Su trabajo se convierte en orar, y su oración es su trabajo. Esto es lo que
los santos llaman actividad espiritual: la oración del corazón u Oración de
Jesús.
Capítulo Veinte y cinco.
La oración de Jesús.
El santo Abad Isaías, ermitaño del desierto, dice de la oración de Jesús que
es un espejo para la mente, y una linterna para la conciencia. Alguien
también la asemejó a una constante y quieta voz en una casa: todos los
ladrones que se han introducido huyen de inmediato cuando oyen que
alguien está despierto allí. La casa es el corazón, los ladrones son los
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impulsos malignos. La oración es la voz de aquél que guarda vigilancia. Pero
después, el que guarda vigilancia no soy yo: es Cristo.
La actividad espiritual le da cuerpo a Cristo en nuestra alma. Esto implica
el constante recuerdo del Señor: tú lo escondes dentro de ti, en tu alma, en
tu corazón, en tu conciencia. “Yo duermo, mas mi corazón está en vela”
(Canto de Salomón 5:2): Yo mismo duermo, me retiro, pero mi corazón sigue
firme en la oración, esto es, en vida eterna, en el Reino de los Cielos, en
Cristo mismo. Las tres raíces de mi ser están firmes en su origen.
El significado de alcanzar todo esto es la oración: “Señor Jesucristo, Hijo de
Dios, ten piedad de mí, un pecador”. Repítela en voz alta, o solamente en tu
pensamiento, despacio, ligeramente, pero con atención. Y con un corazón
libre como sea posible de todo lo que le sea inapropiado. No solamente los
intereses mundanos son lo inapropiado, sino cosas tales como toda clase de
expectativa o pensamiento de lograr una respuesta, o tener visiones
interiores, toda clase de ensoñaciones, fantasías o imaginaciones.
La sencillez es una condición tan inexcusable como la humildad, la
abstinencia de cuerpo y alma, y en general todo lo que pertenece al combate
espiritual. Especialmente, debe el principiante estar consciente de todo lo
que tenga la menor tendencia al misticismo. La Oración de Jesús es una
actividad, un trabajo práctico y un medio por el cual te capacitas a recibir y
usar el poder llamado “Gracia de Dios”, siempre presente y sin embargo
oculto, en el interior de la persona bautizada, con el fin de que pueda rendir
fruto. La oración fructifica este poder en nuestra alma, no tiene otro
propósito. Es como un martillo que rompe una cáscara; un martillo es duro
y su golpe lastima. Abandona todo pensamiento de agrado, arrobo, de voces
celestes; hay solamente un camino al Reino de Dios, y ese es el camino de
la Cruz. Y colgar crucificado de un árbol es un horrible tormento. No esperes
nada más.
Has crucificado tu cuerpo al clavarlo con una simple pero uniforme forma
de vida bajo estricta auto disciplina. Tus pensamientos, vida e imaginación
deben ser igualmente controlados. Clávalos firmemente con las palabras de
la oración y de la Santa Escritura, con la lectura de los Salmos y los escritos
de los Santos Padres, donde estas cosas se prescriben. No permitas que tu
imaginación vuele a voluntad. Lo que los hombres llaman el “vuelo del
pensamiento”, es usualmente un divagar inútil en el mundo de las ilusiones.
Tan pronto como tus pensamientos no estén ocupados con el propósito de
tu trabajo, haz que retornen de inmediato a la oración.
Considera que tanto la imaginación como el pensamiento son tan obedientes
como un perro entrenado. No les permitas correr alocadamente, ni escarbar
en la basura, ni revolcarse en inmundicia. Igualmente, tu debes siempre ser
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capaz de colectar tus pensamientos e imaginación, y debes hacerlo
incontables veces cada minuto que pasa. Si no lo haces así, serás como un
caballo alocado que es montado un momento por un jinete y otro momento,
por otro, dice San Antonio, hasta que, cansado y extenuado, colapsa.
Si golpeas demasiado fuerte la cáscara, puedes dañar también la semilla.
Hazlo con precaución. No pases de pronto a la Oración de Jesús. Apóyate
antes y después, en tus otras costumbres de oración. No te precipites, y no
supongas que puedes poner la debida atención a un solo Señor, ten piedad.
Tu oración está predispuesta siempre a ser dividida y esparcida: pues eres,
de hecho, humano. Solamente “en el cielo los ángeles contemplan siempre el
rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mat.18:10), tú, por el contrario,
tienes un cuerpo terrestre con sus propias exigencias. No clames a los cielos
en asombro si al comienzo te olvidas completamente de practicar la oración
por muchas horas a la vez, quizá por todo un dia o más. Tómalo con
naturalidad y sencillez; eres un marinero inexperto que ha estado tan
ansiosamente ocupado en otras cosas, que ha olvidado poner atención a los
vientos. Por tanto, no esperes nada de ti mismo. Y no exijas nada a los
demás, tampoco.
Concentrarse es una cosa, y la distracción es otra. La oración revitalizará tu
pensamiento y lo hará claro: entonces está bien. La persona que ora ve todo
a su alrededor, advierte y observa todo, pero el modo correcto de hacer esto
proviene de la oración misma: pues derrama en todo su luz y claridad.
El espíritu trabaja en el ámbito de la pureza dentro de nosotros. En tanto
sigamos extendiendo este ámbito de independencia de corazón, nuestra
humanidad espiritual continuará creciendo. La oración propiciará una
calma interior, una pacífica relajación en la pena, el amor, la gratitud y
humildad. Si, por el contrario, estás tenso, alterado, molesto o en
desesperación; si sientes contrición o amargura, o un exagerado deseo de
acción, o si te gusta entrar en estados alterados, o embriaguez de los
sentidos, tal como sucede cuando escuchas música que te gusta, si te
sientes en un estado de supremo placer o satisfacción de “estar contento
contigo mismo y con el mundo”, entonces estás en el camino equivocado. Te
has convertido en alguien muy pagado, muy convencido, de si mismo. Suena
ahora el toque de retirada y regresa a ese estado de acusación propia que
siempre debe ser el punto de arranque de toda oración.
El ángel de luz siempre trae paz, la paz que los demonios de la oscuridad
quieren a toda costa alterar. Por esto, dicen los Santos Padres, uno puede
reconocer los poderes malignos que le afligen a uno mismo y separarlos de
los buenos.
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Capítulo Veinte y cinco.
La perla de gran precio.
Privado de todo conocimiento, falto de todo buen pensamiento o buena
acción, sin recuerdos del pasado o deseos para el futuro, tan inútil como un
trapo usado, insensible como una piedra del camino, corroído como un
hongo medio comido por un gusano en el bosque, tan mortal como un pez
tirado a la orilla y penando hasta el llanto por esta triste suerte tuya, así
estarás orando delante de Dios todopoderoso, tu Juez, Creador y Padre, tu
Salvador y Maestro, el Espíritu de Verdad y Dador de vida. Y como el Hijo
Pródigo dirás desde lo profundo de tu impotencia: “Padre, he pecado contra
el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lucas 15:21),
Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, un pecador. Tu conoces tu
impotencia, y te permites sentirte como un grano de polvo delante del
Omnipotente, y de tu indignidad brota el amor por tus congéneres como
seres igualmente creados por el Señor y en concordia con El. En su
imponderable ser los reconoce; eso es suficiente para que ofrezcas todo por
ellos.
Lo raro que ha sucedido es que entre más profundo presiones tu corazón,
más lejos y más alto llegarás. Con las cosas externas de tu vida sucede lo
mismo: lavas los platos y cuidas de los niños, vas a trabajar, recibes tu
salario y pagas tus impuestos. Haces todo lo que corresponde a tu vida
externa, como toda persona en una sociedad, pues no hay modo de dejarla.
Pero te has resignado, has cedido a alguna cosa con el fin de recibir otra.
“…Y si te tengo a ti ¿qué otra cosa más puedo desear en el mundo? Nada”.
Dice San Juan Clímaco. Mas orando incesantemente, silenciosamente
aspirando llegar a Ti. Algunos se esclavizan a las riquezas, otros a los
honores, y otros a la adquisición de bienes. Mi único deseo es acercarme a
Dios.
La oración, con todo lo que contiene de renunciación, se ha convertido en
tu vida verdadera, la cual observas, como si fuera solamente por tratarse de
orar. Caminar con Dios (Génesis 6:9), es desde ahora lo único que realmente
te importa, y eso incluye todos los eventos terrenales y celestiales. Para
aquél que lleva a Cristo en su interior, no hay muerte ni enfermedad, ni
preocupación terrenal; ya ha dado un paso a la vida eterna, y eso lo abarca
todo.
Noche y dia la semilla celestial brota en tu corazón y crece, sin que sepas
cómo. “Así es el reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la
tierra; y duerme y se levanta, de noche y de dia, y la semilla brota y crece sin
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que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba luego
espiga, después grano lleno en la espiga” (Marcos 4:26-28).
Los santos hablan de algo que ellos llaman la luz inextinguible, es una luz,
no para el ojo sino del corazón que nunca deja de andar en pureza y claridad.
Sutilmente deja atrás la oscuridad, y constantemente busca las alturas del
dia. Su cualidad constante es ser purificada todo el tiempo. Esta es la luz
de la eternidad que no puede ser apagada, y que brilla a través del velo del
tiempo y la materia. Pero los santos no dicen nunca que esta luz les sea
dada a ellos, pero es dada solamente a aquellos que han purificado su
corazón por amor al Señor, en el camino estrecho que han elegido
libremente.
El camino estrecho no tiene final; su cualidad es la eternidad. Allí cada
momento es un momento de comienzo, el presente incluye al futuro: el dia
del juicio final; el presente incluye al pasado: la creación. Pues Cristo está
presente fuera del tiempo en todas partes, tanto en el cielo como en el
infierno. Con la venida del Singular, desaparece la pluralidad, aún en el
tiempo y el espacio. Todo sucede simultáneamente, ahora, aquí y en todas
partes, en lo profundo de tu corazón. Allí encuentras lo que buscabas: lo
profundo, lo alto y lo ancho de la Cruz, al Salvador y la salvación.
Por tanto, si deseas salvar tu alma y ganar la vida eterna, despierta y
levántate momento a momento de tu insensatez, bendícete a ti mismo con
la señal de la Cruz y di: Permíteme Señor, hacer un buen comienzo, en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Lista de Padres y Autores mencionados en este libro.
Anciano Ambrosio (1812-1851). Maestro y monje sacerdote, y uno de los
más renombrados ancianos del monasterio de Optina en la Provincia de
Kaluga en Rusia. Miles de personas acudían a él como consejero espiritual,
entre ellos Dostoyevski y Tolstoi. Sus cartas y discursos fueron publicados
en varias ediciones en ruso, luego de su muerte.
Andrés de Creta. Nativo de Damasco, fue Arzobispo de Creta (685-711), es
conocido especialmente por ser el autor del Gran Canon, que se canta el
jueves anterior al Domingo de Palmas.
Antonio el Grande, fue uno de los primeros y el mejor conocido de los Padres
del Desierto. Fue quizá el primero en reunir otros ermitaños en torno a él en
el desierto egipcio. Murió alrededor del año 350 d.c. en gran vejez, y su vida
fue escrita por su amigo San Atanasio.
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Basilio Magno. Obispo de Cesarea en Capadocia, en el siglo cuarto. Fue uno
de los tres grandes Padres Capadocios, siendo los otros dos San Gregorio de
Niza (su hermano), y San Gregorio de Nazianzo. Escribió la regla que ha sido
observada desde entonces por los monjes y monjas de la Iglesia Ortodoxa de
Oriente, y dio su nombre a la liturgia de San Basilio, que se usa en esa
iglesia algunos dias del año.
San Doroteo. Escritor ascético del siglo séptimo, y abad de un monasterio en
Gaza. Escribió una serie de instrucciones sobre la vida ascética.
Efraín el Sirio. Gran comentador y profuso escritor en temas teológicos,
principalmente en verso. Vivió en gran austeridad en Edessa y murió
alrededor del año 373 d.c.
Hesiquio de Jerusalén. Un monje que fue hecho sacerdote en el año 412 d.c.
Fue comentarista bíblico y también escribió sobre historia de la iglesia.
Isaac el Sirio. Asceta del siglo sexto que fue obispo de Ninive por poco tiempo,
luego se retiró a un monasterio, donde escribió un tratado sobre la vida
ascética.
Abad Isaías. Ermitaño en el desierto egipcio durante la última mitad del
siglo cuarto.
San Juan Crisóstomo. Hombre de gran santidad y vida ascética. Nació en el
año 347, luego fue hecho diácono en el año 381, y sacerdote en el año 386
d.c. Fue un elocuente predicador (“Crisóstomo” significa boca de oro); aun
en contra de su voluntad fue hecho Patriarca de Constantinopla en el año
398. Se ganó el amor del pueblo, pero también la hostilidad de la emperatriz
Eudoxia y la enemistad del Patriarca de Alejandría. Fue enviado al exilio
bajo crueles condiciones y pronto murió. La liturgia de uso general en la
Iglesia Ortodoxa lleva su nombre.
Juan Clímaco. Autor de la famosa Escala al Paraíso. Durante unos cuarenta
años vivió como anacoreta en una cueva al pie del monte Sinaí. Luego fue
abad del monasterio en ese mismo sitio. La escala es un tratado en treinta
capítulos sobre la vida monástica y ascética. Vivió en el siglo séptimo.
Macario de Egipto. Llamado el Magno (300-390 d.c.), monje del desierto
egipcio que fue sacerdote en el año 340 d.c. Autor de diversas instrucciones
monásticas
Nicethas Stethatos. Discípulo de Simeón el Nuevo Teólogo en el siglo once.
Autor de un tratado en contra de Roma durante la disputa entre Leo IX y el
Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario. Después se retractó a
petición del Emperador.
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Teofanes el Recluso. (1815-1894). Obispo del distrito Vladimir en Rusia. Fue
un escritor muy popular y director espiritual, que pasó los últimos
veinticinco años de su vida en reclusión estricta en un monasterio. Fue el
compilador de la versión rusa de la Filocalia.
Teofilacto. Arzobispo de Ochrid, en el lago del mismo nombre en Yugoslavia,
llamado el Búlgaro. Murió alrededor del año 1107. Fue muy estimado por
su comentario sobre los Evangelios.
Traducido al español por: Hieromonje Efrain Fuentes.