Estudio DASH
Estudio DASH
dieta
hipertensión arterial
El estudio DASH (Dietary Approach to Stop Hypertension) trató de evaluar la asociación entre el
desarrollo de insuficiencia cardiaca (IC) y una dieta rica en fruta, verdura, cereales y legumbres.
Para ello se hizo un seguimiento prospectivo a lo largo de 22 años a 76.122 voluntarios sanos de
entre 45 y 83 años (sin diagnóstico previo de IC, cardiopatía isquémica o cáncer) incluidos en el
registro sueco de investigación.
En consonancia con estudios previos sobre la dieta DASH, se propuso demostrar que su adherencia a
largo plazo produce un descenso en la presión arterial (PA), factor de riesgo para IC, y que por tanto
previene su desarrollo. Durante 22 años (1998-2019), fueron analizados 41.118 hombres y 35.004
mujeres de la Cohort of Swedish Men y de la Swedish Mammografphy Cohort, respectivamente.
La dieta DASH resalta el aporte regular de fruta, verdura, lácteos bajos en grasa, cereales integrales,
nueces y legumbres, así como la retirada de carne roja procesada, bebidas azucaradas y sal. El grado
de adherencia a la dieta fue determinado por un cuestionario a finales de 1997 (88 apartados con 8
preguntas abiertas) y 2009 (132 apartados). En el análisis estadístico se utilizaron modelos de
regresión de Cox para estimar el riesgo de desarrollar la enfermedad; al final del seguimiento,
12.164 participantes fueron diagnosticados de IC (fuente: Swedish Patient Register). Tras ajuste por
análisis multivariante se determinó que aquellos con mejor adherencia basal (hazard ratio [HR]
0,85, intervalo de confianza del 95% [IC 95%]: 0,80-0,91) y a largo plazo (HR 0,83, IC 95%: 0,78-
0,89) tenían menos riesgo de IC que los participantes con una adherencia más pobre, si bien es cierto
que los primeros (DASH score 30-40) disfrutaban de unas características basales más saludables (no
fumadores, menor consumo de alcohol, IMC normal con niveles de actividad física más altos…). No
obstante, destaca la consistencia en los resultados tras el ajuste por diabetes (DM), hipertensión
arterial (HTA), hipercolesterolemia, índice de masa corporal (IMC) y fibrilación auricular al
comienzo del estudio. Asimismo, se comprobó que la sustitución de una ración diaria de carne roja
procesada por una ración de fruta, verdura, nueces y legumbres, lácteos bajos en grasa o cereales
integrales se asoció a un descenso del 8-12% de riesgo de IC.
Tras el análisis de sensibilidad, el resultado no cambió de manera significativa al excluir pacientes
con alto riesgo de IC al inicio y los que desarrollaron cáncer antes de la IC; sin embargo, se observó
una atenuación del efecto con el paso del tiempo (HR 0,77 a los 5 años de seguimiento en
comparación con HR 0,85 a los 20 años).
Los autores concluyen que la dieta DASH condiciona menores tasas de IC a largo plazo; bajo la
asunción de un efecto causal, alrededor de 19 casos de IC se podrían haber prevenido por cada
10.000 personas-año si todos los participantes tuviesen la máxima adherencia a la dieta DASH.
"La adherencia más alta a la dieta DASH reduce un 15% el desarrollo de IC,
independientemente del subtipo (FEVI conservada o reducida)", apunta @claurivare.
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Comentario
La insuficiencia cardiaca es desde hace décadas un asunto de primer orden en los sistemas de salud
de todo el mundo, pues provoca un gran número de ingresos hospitalarios (incidencia global variable
de 10-90 casos por cada 10.000 personas-año) que conlleva un importante esfuerzo económico.
Como en otras patologías, su fuerte asociación con factores de riesgo (algunos de ellos modificables)
hace primordial su identificación, creando estrategias de control de los mismos y frenando así el
desarrollo de la enfermedad; en consecuencia, disminuir el número de hospitalizaciones y el gasto
sanitario.
La IC se relaciona con la HTA, DM, colesterol o la obesidad, entre otros. A su vez, estos pilares de
enfermedad son construidos en el seno de malos hábitos (tabaco, alcohol, sedentarismo…) y una
alimentación inadecuada, pues el consumo de grasas saturadas favorece la obesidad y el exceso de
sal provoca HTA. Estudiar el impacto de nuestra dieta sobre ciertas enfermedades (entre ellas la IC)
parece una necesidad inexorable y así lo han fomentado los autores del estudio DASH, centrándose
en este caso en la HTA.
La evidencia científica a favor de la prevención cardiovascular en relación con la alimentación es
bastante consonante, si bien podemos encontrar algún resultado conflictivo. De Globbo y
colaboradores evaluaron hasta cuatro patrones dietéticos en el Cardiovascular Health Study, siendo
la dieta DASH uno de ellos; en su estudio destacan la ausencia de protección del hábito dietético
saludable con el desarrollo de IC, si bien la influencia de ciertos factores confusores pudo
infraestimar el efecto del estilo de vida. En contraposición, Campos y colaboradores en el subestudio
del MESA (The Multi-Ethnic Study of Atherosclerosis), tras 13 años de seguimiento en más de 4.000
participantes observaron un efecto protector de la dieta DASH frente al desarrollo de IC, sobre todo
en menores de 75 años y con mayores tasas de adherencia.
Diferenciar entre IC con FEVI conservada (IC-FEp) y reducida (IC-FEr) nos resulta familiar; de
hecho, todavía no somos capaces de actuar frente a la primera o al menos la balanza no está
equilibrada (parece que hemos visto un poco de luz con los iSGLT2, pero no es objeto de esta
redacción). Hablamos de actitudes terapéuticas… ¿Podríamos trasladar esta reflexión a la
prevención? En el trabajo de Goyal y colaboradores (estudio REGARDS) no encontraron diferencias
en cuanto a incidencia de IC-FEp y de IC-FEr entre los participantes, constituyendo la dieta DASH
un factor protector frente al desarrollo de la IC, independientemente de la fracción de eyección.
La ambición de la prevención cardiovascular va más allá de la HTA y la IC, siendo un excelente
ejemplo el estudio PREDIMED. En este ensayo clínico multicéntrico español, más de 7.000
participantes fueron aleatorizados a seguir una dieta mediterránea (bien enriquecida con aceite de
oliva o nueces) o una dieta control. Los resultados fueron asombrosos tras casi 5 años de
seguimiento, pues se vio un descenso de hasta el 30% de eventos cardiovasculares mayores (infarto,
ictus o muerte cardiovascular).
Ahora bien, volviendo a nuestro punto de partida, no todo es blanco o negro. El estudio DASH
revela una curva en “J” en el consumo de carne roja, pues la ingesta de pequeñas cantidades (sobre
50 g/día) proporciona un aporte adecuado de hierro, elemento deficitario en el 35-55% de pacientes
con IC, cuya reposición ha demostrado reducir los ingresos por descompensación (AFFIRM-AHF).
De forma similar, la ingesta inferior a 150 g/día de lácteos facilita el desarrollo de IC;
antagónicamente, su consumo excesivo se ha relacionado con el estrés oxidativo (clave en la
fisiopatología de la IC).
Como en cualquier investigación clínica, encontramos varias limitaciones en este estudio. En primer
lugar, asumimos cierto error de medida en cuanto a la ingesta alimentaria (ya que se trataba de
cuestionarios reportados por los propios participantes); sin embargo, los autores lo correlacionan con
una posible atenuación de los resultados. En segundo lugar, podría incrementar la asociación el
hecho de que los pacientes que mejor se adherían a la dieta eran también los que compartían estilos
de vida más saludables. Por otra parte, se ha visto una menor capacidad del efecto con el paso de los
años que pudiera ir en combinación con la clasificación inexacta del grado de adherencia a la dieta a
lo largo del tiempo; también hay que destacar cierto grado de datos perdidos, sin olvidarnos de la
falta de registro del uso de medicamentos (aparte de aspirina).
Para finalizar, en aras de conocer la magnitud del efecto, hace más de dos décadas que el estudio
sobre la dieta DASH nos ha demostrado sus beneficios: en comparación con una dieta estándar,
reduce la PA sistólica más de 5 mmHg al cabo de 2 meses, asociándose a un descenso del 18% de
riesgo de desarrollar IC entre aquellos con quintil más alto (adherencia más fuerte a la dieta); este
dato revelador incita la comparativa con ensayos clínicos de fármacos antihipertensivos, en los que
hemos observado una reducción del 24% de IC.
En definitiva, prevención de IC y estilo de vida van de la mano. La eficacia de este vínculo reside en
el control de factores de riesgo modificables, como lo es introducir una dieta sana en el calendario.
Estamos sin embargo lejos de conseguirlo; así lo indica estudios como el EUROASPIRE. Son
necesarios nuevos programas de prevención poblacional, que junto con la desmitificación de hábitos
considerados como buenos, harán que evitar la enfermedad no sea un cartel de propaganda, sino una
realidad.
RESUMEN
La hipertensión arterial tiene una prevalencia cercana al 30% en la población adulta
chilena y es la mayor causa de muerte en el mundo. La hipertensión primaria resulta de
la interacción de distintos factores tanto genéticos, como funcionales renales y en
particular un estilo de vida poco saludable. En este artículo se describe la influencia del
exceso de sodio y el déficit de potasio, característicos de nuestra alimentación, en el
desarrollo de hipertensión. Se revisan los estudios observacionales más importantes, los
mecanismos fisiopatológicos para explicar el rol dañino del exceso de sodio y el déficit
de potasio y finalmente se hacen recomendaciones para adecuar su consumo con el fin
de prevenir hipertensión y sus complicaciones.
Palabras clave:
Hipertensión arterial
sodio
sal
potasio
alimentación
SUMMARY
Arterial hypertension has a prevalence of about 30% in the adult Chilean population and
it is the major cause of mortality worldwide. Primary hypertension results from the
interaction of genetic factors, functional renal impairment and particularly from an
altered life style. This article describes the impact of the excess of sodium and the
deficit of potassium of our usual alimentation in the development of hypertension. In
this setting, some important observational studies and physiopathological mechanisms
were discussed, and finally some recommendations to reduce sodium and to increase
potassium intake to prevent hypertension and vascular complications, were made.
Key words:
Arterial hypertension
sodium
salt
potassium intake
TEXTO COMPLETO
Un bello salero de oro con incrustaciones de piedras preciosas le fue regalado al rey,
quién no murió en el campo de batalla montando su brioso corcel, sino de madrugada
a causa de un accidente vascular encefálico, a la edad de 52 años (Figuras 1 y 2).
Figura 1.
El salero del artista florentino Benvenuto Cellini (1500 – 1571). Representa al dios del
mar Neptuno y a la diosa de la agricultura Ceres, simbolizando al mar y la tierra, los
orígenes de la sal. En exposición en el “Kunsthistorisches Museum” de Viena, Austria.
(0,15MB).
Figura 2.
Introducción
La relación directa entre mayor consumo de sodio y valores elevados de presión arterial
se demuestra en diversos estudios, destacando el INTERSALT que registra en una
población de 5000 personas de 40 a 59 años de edad, mediciones promedio de presión
sistólica 7.8 y presión diastólica 3.5mmHg más altas, en los individuos que consumen
diariamente más de 2.3g de sodio, equivalentes a 5.8g de cloruro de sodio (3). Para
recordar, 2.5g de sal contienen 1g de sodio. La estrecha relación entre sodio y presión
arterial se aprecia también en algunas poblaciones que prácticamente no lo consumen,
como los indígenas Yanomami, habitantes de la región amazónica de Brasil y
Venezuela, quienes por consumir menos de 0.2g al día (< 0.5g de sal), alcanzan una
presión promedio de 100/64mmHg a los 50 años de edad (4) (Figura 3). Especial
mención merecen los sorprendentes resultados de las investigaciones lideradas por
Cruz-Coke en algunas poblaciones chilenas seleccionadas (Figura 4). En un artículo
publicado el año 1964, muestra la total ausencia de hipertensión en los habitantes de
Rapa-Nui (5), sin embargo, una nueva evaluación publicada el año 1990, demuestra
hipertensión arterial en un 30% de la población pascuense estudiada (6). ¿Qué había
sucedido? La población nativa habría modificado sus hábitos de alimentación
aumentando de peso e incrementando el consumo de sodio (6). En este contexto, la
disminución del sodio en la alimentación también se traduce en una significativa
reducción de los valores de presión arterial, como lo demuestra el estudio DASH. En
este ensayo clínico prospectivo efectuado en 202 personas mayores de 22 años, la
disminución de la ingesta diaria de cloruro de sodio de 8 a 6 y a 4g, reduce la presión
sistólica en 2.1 y 4.6mmHg respectivamente (7). La causalidad y reversibilidad de la
hipertensión en relación al consumo de sodio fue demostrada hace más de sesenta años
por Kempner (8). Este investigador comunicó en un acucioso estudio, la disminución de
la presión arterial media en a lo menos 20mmHg en el 62% de los enfermos hipertensos
tratados sólo con una dieta en base de arroz, frutas y vegetales, con un contenido de sal
menor de 0.5g. Llama mucho la atención la franca reducción radiológica de la
cardiomegalia y de los signos de retinopatía hipertensiva, así como también la
normalización de ondas T invertidas en los electrocardiogramas de los enfermos,
considerando la nula disponibilidad de fármacos antihipertensivos en la época que se
hizo el ensayo clínico (8). El efecto favorable de la disminución del consumo de sodio a
largo plazo, también se observa en otros estudios, destacando una reducción del riesgo
de complicaciones cardiovasculares entre 25 y 30% en dos grupos poblacionales,
seguidos por 10 a 15 años después de una intensa labor educativa para disminuir el
aporte diario de sodio en 0.75 y 1.0g, equivalentes a 1.87 y 2.5g de sal (9). Sólo la
disminución de la ingesta de sodio en 1.84g (4.6g de sal) al día, puede reducir la
prevalencia de hipertensión en un 30% (10) y disminuir significativamente la
mortalidad por accidente vascular encefálico y enfermedad coronaria (11) (Tabla 1). En
general, el consumo de menos de 2.9g de cloruro de sodio previene el desarrollo de
hipertensión arterial; por el contrario, la ingesta mayor de 5.8g incrementa el riesgo de
adquirir esta enfermedad (12).
Figura 3.
(0,1MB).
Figura 4.
La sal se utiliza desde hace muchos años en la preparación de alimentos tan diversos
como helados, jugos de frutas, cereales, galletas y carne debido a sus características
bacteriostáticas y principalmente, para preservarlos en el tiempo (15). También se
agrega para disminuir el sabor amargo y para incrementar el sabor dulce, convirtiéndose
en el aditivo más importante de los alimentos procesados (15). De muestra un botón, el
año 2006, la Organización de Consumidores y Usuarios de Chile denunció un gran
contenido de sodio en pollos puestos a la venta en supermercados, entre 255 y 395mg
por cada 100g, aproximadamente 0.65 y 1.0g de sal (16). Los alimentos procesados
contienen la mayor cantidad de sodio, en cambio en los alimentos naturales, el
contenido total de sodio es mínimo. El 77% del sodio ingerido proviene de los
alimentos procesados, el 12% corresponde al contenido de alimentos naturales y sólo el
11% restante, se agrega al cocinar y en la mesa (17). Solamente una comida rápida que
consumen muchos chilenos los fines de semana, sobrepasa largamente la cantidad diaria
máxima de sodio recomendada (18) (Tabla 2).
Tabla 2.
¡Niños, vamos a comer! Contenido de sodio de una comida. Tomado de: Información
nutricional de productoswww.mcdonalds.cl
(0,12MB).
Los niños con retardo en el crecimiento intrauterino y bajo peso de nacimiento, tienen
una significativa reducción de la cantidad de glomérulos y presentan una mayor
incidencia de hipertensión arterial en la edad adulta (27, 28). Más aún, en un estudio
pareado de autopsia en hipertensos esenciales jóvenes y un grupo de personas sanas
fallecidas en accidentes, se demostró una disminución cercana al 50% del número de
glomérulos en los hipertensos en relación a los controles (29).
En pacientes con obesidad central también existen evidencias de una mayor reabsorción
proximal de sodio (33, 34), atribuida a una activación del sistema renina- angiotensina
por los adipositos, a la resistencia a la insulina y particularmente, a un déficit de factores
natriuréticos como del péptido intestinal GLP-1 (glucagon like peptide). Hemos
demostrado en obesos insulinoresistentes, el efecto natriurético de la infusión de esta
hormona (35, 36).
Por muchos años se consideró a los mecanismos descritos, como los más importantes
para el desarrollo de hipertensión arterial dependiente del consumo de sal o hipertensión
sal sensible. Sin embargo, estos pacientes también presentan concentraciones
plasmáticas de sodio mayores que los normotensos, sugiriendo un efecto deletéreo
directo, no dependiente de volumen. En efecto, de Wardener demostró en enfermos
hipertensos concentraciones plasmáticas de sodio 1.5 mEq/l mayores que en
normotensos (41). Aumentos crónicos del sodio plasmático del orden de 3 mEq/l,
estimulan la actividad del sistema simpático desencadenando hipertensión (42).
Incrementos aún menores inducen hipertrofia ventricular izquierda y de las células
musculares lisas arteriales, además de aumentar la expresión de los receptores de
angiotensina II (43). Datos de estudios recientes efectuados en cultivos de células
endoteliales vasculares, demuestran una franca disminución de la producción de óxido
nítrico y alteraciones estructurales (rigidez y aumento de volumen) de las células al
aumentar la concentración de sodio en el medio de cultivo (44). Además, la retención de
sodio aumenta las concentraciones de dimetil L-arginina asimétrica, sustancia que
inhibe potentemente la síntesis de óxido nítrico endotelial (45). Pequeños incrementos
del sodio plasmático también elevan las concentraciones de este catión en el líquido
céfaloraquídeo, desencadenando una hiperestimulación simpática y activación del
sistema renina-angiotensina hipotalámico (41) (Figura 6). El exceso de sodio y el déficit
de potasio se potencian en el daño endotelial debido al reemplazo intracelular de potasio
por sodio alterando la funcionalidad del endotelio (32). Todos estos efectos, son sin
duda, parte de una agresión constante al endotelio vascular; inducen un aumento de la
resistencia arterial periférica e hipertensión (Figura 7).
Figura 6.
(0,08MB).
Figura 7.
(0,08MB).
Los mecanismos son complejos e incluyen disfunción endotelial, aumento del estrés
oxidativo, inhibición de la bomba de sodio de las células musculares lisas de arterias y
arteriolas con aumento del sodio intracelular y vasoconstricción secundaria,
disminución de sustancias vasodilatadores (kalicreína, óxido nítrico y prostanoides),
aumento del tono simpático y estimulación del sistema renina- angiotensina-
aldosterona (32).
Recomendaciones generales
Los hábitos alimentarios descritos, facilitan el desarrollo de hipertensión sal sensible,
por lo tanto, se requiere de un gran esfuerzo para estimular un cambio en la relación
sodio / potasio de la dieta, el que consiste en disminuir el consumo de sodio y aumentar
el de potasio. En el estudio de Durán la ingesta promedio de sodio fue de 4.7g al día y la
de potasio alcanzó a sólo 2.4g (14). La primera meta es estimular una dieta balanceada
que promueva un consumo de sodio y potasio en una proporción de 1:1 y revertir la
relación de 2:1 estimada para la población chilena (Opinión de expertos: Fundación de
Hipertensión de Chile). A largo plazo, se recomienda disminuir el consumo de sodio y
mantenerlo entre 1.2 y 2.3g al día (3.0 – 5.8g de sal), teniendo la precaución de
disminuir el consumo de sodio con la edad, debido a la mayor incidencia de
hipertensión sal sensible a medida que envejece la población (Opinión de expertos:
Blood Pressure Canada; National High Blood Pressure Education Program, USA) (11)
(Tabla 3). Se sugiere además, duplicar el aporte de potasio a por lo menos 4.7g diarios
(11). Para lograr estas metas se requiere de un gran programa educativo, políticas
globales para disminuir la adición de sodio a los alimentos procesados y un etiquetado
exacto del contenido de sodio y potasio en ellos, para que el consumidor pueda elegir
los más convenientes.
Tabla 3.
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