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El Diagnóstico Psiquiátrico Como Problema Ético

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EL DIAGNÓSTICO PSIQUIÁTRICO COMO PROBLEMA ÉTICO

En psiquiatría hay poderes, instituciones y tecnologías que, a través de sus acciones, sistemas y técnicas, tienen
la capacidad potencial de producir beneficios o daños y, como facultativos de la profesión, los psiquiatras actúan
con libertad en este marco, Por ello, tanto las actuaciones de la psiquiatría como quienes las practican son objeto
del interés de la ética. Desde que surgió como disciplina independiente se ha criticado a la psiquiatría por abusos
éticos en todas las esferas de su actividad. Probablemente la mayor parte de dichas críticas se ha debido a que la
psiquiatría puede anular sumariamente la libertad de una persona ingresándola contra su voluntad en un hospital
psiquiátrico.

Otros aspectos de la profesión criticados desde la ética han sido el trato degradante al que han sometido a los
pacientes las instituciones psiquiátricas y el siempre conflictivo aspecto del control de los comportamientos
mediante técnicas como la terapia electroconvulsiva, la modificación de conducta, los psicofármacos, la
psicocirugía y la psicoterapia. Hay un acto psiquiátrico común a todas estas actividades: el diagnóstico. La
prerrogativa del diagnóstico permite a los psiquiatras internar a los pacientes en contra de su voluntad, determina
la población a la que tratan y pone en marcha sus métodos de tratamiento.

En general, se puede decir que los diagnósticos erróneos se originan a través de dos vías. La primera es
intencionada: el psiquiatra aplica un diagnóstico psiquiátrico convencional a una persona a la que sabe que le
resulta inadecuado para alcanzar un fin que no es, por lo común, médico y que puede variar de un caso a otro.
Por otro lado, también puede emitir un diagnóstico erróneo intencionado a petición de la propia persona. En
ambos casos de diagnóstico erróneo se puede decir que se produce un daño. En el primero el daño,
evidentemente, es para la persona; en el segundo, para la integridad de la profesión. Aunque debe centrarse el
interés en el primer tipo de daño, también requiere atención el segundo, que se suele pasar por alto como si se
matara de un crimen sin víctima.

Pero aunque los diagnósticos erróneos intencionados debieran suponer una seria preocupación, se dedica mayor
atención al otro tipo, el de los diagnósticos erróneos que no resultan de una mala aplicación intencionada de las
categorías psiquiátricas, sino de causas primariamente no intencionadas. Esta mayor atención se debe a que la
mayoría de los diagnósticos erróneos pertenecen a esta categoría y a que los diagnósticos erróneos
intencionados son, en general, claros y suelen interpretarse como contrarios a la ética, mientras que los no
intencionados son mucho más sutiles e insidiosos, forman parte del propio campo de acción profesional y resultan
mucho más difíciles de identificar y de suprimir.

Los diagnósticos erróneos no intencionados no suponen un auténtico problema ético. Después de todo, si no se
realizan intencionadamente, no implican el conocimiento o la libre voluntad por parte de los psiquiatras, y están
más allá de su control. Pero no es exactamente así. El mero hecho de que algo no sea totalmente intencionado no
supone que sea totalmente no intencionado. Los diagnósticos erróneos no intencionados son diferentes de las
equivocaciones en el diagnóstico. Las equivocaciones en el diagnóstico son el resultado de un proceso en el cual,
por carecer de información adecuada sobre el paciente o sobre la enfermedad, o por falta de la preparación
pertinente, el psiquiatra diagnostica indebidamente a un paciente que debería ser catalogado de otro modo. Los
diagnósticos erróneos no intencionados, por el contrario, se deben a un proceso en el cual el psiquiatra posee
tanto la información adecuada sobre el paciente y su enfermedad como la preparación precisa, pero emite un
diagnóstico incorrecto por factores extrínsecos al paciente, y lo hace sin ser consciente, o plenamente consciente,
de que lo está haciendo. En algunas ocasiones el proceso no es consciente en absoluto, con lo que el diagnóstico
erróneo es plenamente no intencionado. Otras veces, sin embargo, el psiquiatra utiliza diversas técnicas de
negación y autoengaño, para evitar ser consciente de su error y eludir su propia condena moral.

LAS LIMITACIONES INHERENTES AL PROCESO DIAGNÓSTICO

El origen más elemental de un diagnóstico erróneo no intencionado radica en que es muy fácil equivocarse en el
proceso diagnóstico. En este proceso se ha demostrado que existe una escasa o dudosa fiabilidad una
inconsistencia y tendencia a cambios, frecuentes sesgos y un uso de criterios subjetivos. Además, dado que,
como ha observado Scheff, los médicos en su conjunto consideran que un «error de tipo 2» es menos peligroso
que un «error de tipo 1» puede haber situaciones en las que se emitan diagnósticos psiquiátricos en situaciones
que no implican ninguna alteración de la salud mental.
Diagnostic and statistical manual of mental disorders (DSM) de la American Psychiatric Association se estructura
de un modo que pretende minimizar los aspectos del proceso diagnóstico influidos por factores subjetivos o por
las teorías con base ideológica sobre la etiología de las enfermedades mentales. A falta de criterios claros,
concluyentes y universalmente aceptados, el enfoque del DSM representa una cierta garantía, aunque en modo
alguno absoluta, frente al diagnóstico erróneo.

TEORÍA NOSOLÓGICA Y DIAGNÓSTICO PSIQUIÁTRICO

Además de sus limitaciones ya señaladas, el diagnóstico psiquiátrico tiene aún otra debilidad, incluso más sutil,
generalizada y difícil de reconocer, por lo que requiere aún una mayor vigilancia, Su consecuencia es nuevamente
el riesgo de error diagnóstico, no intencionado pero siempre dañino, y, en este caso, el problema ético estriba en
el grado en que los psiquiatras se permiten ignorar las fuerzas y circunstancias que conducen a un diagnóstico
erróneo y sacan partido de él. En gran medida el diagnóstico es un acto social y tiene lugar en un contexto social.
El psiquiatra observa un comportamiento y lo juzga en relación con una norma social que con frecuencia es local,
lo cual no es necesariamente inadecuado.

La base social del diagnóstico es en sí un problema, ya que el psiquiatra ha de conocer con precisión dónde
deberían trazarse los límites sociales, y qué transgresiones no se deben a una enfermedad sino a alguna otra
causa, como por ejemplo algún tipo de activismo social, una tendencia artística determinada, una simple
excentricidad o una procedencia de otro ambiente cultural. Pero la mayor parte de los psiquiatras son, cuando
menos, poco conscientes de estos problemas, de los que han adquirido algún conocimiento durante su período de
formación o, en su defecto, a lo largo de su ejercicio profesional.

Otro de los fundamentos del diagnóstico, la teoría nosológica, es que en casi todos los países los psiquiatras se
guían por una o más teorías de la enfermedad mental que suelen asociarse a sistemas nosológicos, que son sus
expresiones funcionales y prácticas. Y, según la especificidad del sistema al que se adhieran, la forma de evaluar
y de extraer conclusiones sobre el comportamiento de una persona, así como de valorar su discrepancia con la
norma social puede estar muy influida por los presupuestos del sistema y por el enfoque que sigue éste para
reconocer y descubrir la enfermedad mental. El sistema, después de todo, perfila las categorías diagnósticas e
identifica los criterios en virtud de los cuales los comportamientos y las personas que los exhiban merecen ser
englobados en dichas categorías.

En la antigua Unión Soviética, sin embargo, entre los años sesenta y ochenta estuvo en vigor un sistema
nosológico que, aunque en muchos aspectos era muy descriptivo, no se basaba, a diferencia del DSM, en una
investigación según los patrones científicos comúnmente aceptados. Este sistema empleaba unos criterios tan
amplios y elásticos de los trastornos esquizofrénicos que permitían que se emitiera este diagnóstico en casos en
que, en Occidente, no se diagnosticaría enfermedad mental. Como consecuencia, los psiquiatras soviéticos que
utilizaban este sistema solían diagnosticar como enfermos a personas que no serían diagnosticadas como tales
en ninguna otra parte.

Su sistema nosológico se concentró especialmente en la esquizofrenia, de la que ofrecía un definición tan


extraordinariamente amplia que se extendía más allá de la psicopatología esquizofrénica hasta englobar otros
sectores que abarcan gran parte del ámbito de la enfermedad mental. La teoría que sustentaba el sistema se
basaba en la presunción de que hay tres formas diferentes de esquizofrenia que no se diferencian por sus
síntomas —como se ha supuesto tradicionalmente en Occidente desde Kraepelin— sino por su curso, y que es
posible identificar el curso de un paciente esquizofrénico concreto mediante un análisis retrospectivo del
desarrollo de su enfermedad.

1. La «forma continua» se caracteriza por la aparición de síntomas en épocas tempranas de la vida, en general en
la adolescencia tardía o al comienzo de la edad adulta, con un empeoramiento general a medida que pasa el
tiempo. Por lo general, los pacientes de esta categoría no experimentan mejoría.

2. La «forma periódica» se caracteriza por períodos de enfermedad aguda y otros de remisión en los que el
paciente recupera la salud.
3. La «forma cicloide» (en brotes) es una mezcla de las otras dos. Como en la forma periódica, hay ataques
agudos, pero con ellos el paciente empeora, de manera que globalmente, como en la forma continua, con el paso
del tiempo hay un empeoramiento general de la enfermedad.

Dos de las formas del curso de la enfermedad, la continua y la cicloide, tienen subtipos de intensidad leve a grave,
y que en ambas los subtipos leves se caracterizan por síntomas que no son psicóticos.

Otro rasgo del sistema que aumenta o multiplica su riesgo potencial es que la Escuela de Moscú postula que cada
una de las variantes del curso de la esquizofrenia representa, en esencia, una enfermedad independiente, con su
propio fundamento biológico, que a su vez está determinado genéticamente. Esto implica que una persona
diagnosticada, por ejemplo, del subtipo insidioso (leve) de la forma continua tiene la misma enfermedad que
cualquier otra diagnosticada de la misma forma, incluidas quienes presentan el subtipo maligno (grave), y no por
padecer una versión más leve de la enfermedad deja de pertenecer a esa categoría para toda su vida. Por tanto,
dicho enfermo puede sufrir muchos de los inconvenientes, sociales y personales, que sufren quienes se
encuentran mucho más gravemente enfermos. Lo que tiene de inquietante esta idea es que los criterios de los
subtipos leves de esquizofrenia se aplican a muchas personas que para la mayor parte de los psiquiatras
occidentales no son esquizofrénicas.

Lo que resulta más extraordinario y significativo desde el punto de vista ético a propósito de la experiencia
soviética es que los diagnósticos de esquizofrenia que según el EPIE o la experiencia de Kazanetz eran erróneos,
por cuanto la práctica totalidad de los psiquiatras ubicaría a esos pacientes en categorías menos graves de
enfermedad mental, se debían tan sólo a los dictados del sistema nosológico entonces oficialmente en vigor. Los
psiquiatras soviéticos realmente consideraban a los pacientes como esquizofrénicos, o, por decirlo de otra
manera, el sistema creó una categoría, primero en libros y más tarde, a través de su formación, en las mentes de
los psiquiatras soviéticos, que en último término se asumió que representaba auténticamente una clase de
pacientes y que se cubrió inevitablemente con personas de cante y hueso. Los clínicos llegaron a creer que la
patología esquizofrénica incluía formas muy leves y emitían sus diagnósticos con arreglo a esa idea. Algunas
personas fueron diagnosticadas de esquizofrenia cuando no debían haberlo sido nunca, lo que les acarreó un
serio perjuicio. A su vez, algunos psiquiatras que no debían haber emitido tales diagnósticos lo hicieron,
aparentemente, de buena fe.

Cuando detectaba a los disidentes, la KGB veía en ellos a personas que se diferenciaban del resto de la sociedad
soviética en unos pocos rasgos muy llamativos. En nombre de sus objetivos, que con arreglo a los criterios de la
época eran inalcanzables, los disidentes estaban dispuestos a afrontar un castigo inevitable y abrumador.
Además, tenían un extraordinario compromiso con sus aspiraciones, y a veces incluso recriminaban a los
funcionarios responsables de su interrogatorio por transgredir la Constitución soviética. A su vez, los
investigadores, impresionados por la aparente incapacidad de estos disidentes para apreciar la realidad,
interpretaban a veces su comportamiento como extraño y como señal de que tenían algún problema psiquiátrico y
de que podían ser enfermos mentales, por lo que solicitaban un examen psiquiátrico. Sin embargo, a los
psiquiatras, que eran fruto de la misma sociedad que los funcionarios, también les impresionaba la temeridad y el
comportamiento de los disidentes, que según los patrones soviéticos habituales era aparentemente irracional, por
lo que abrigaban las mismas dudas sobre su salud mental.

Las consecuencias de un sistema nosológico insólitamente amplio y vulnerable fueron especialmente dolorosas y
destructivas en la Unión Soviética, pero sería un error considerar que es el único marco en el que pueden darse
este tipo de problemas. El esquema nosológico soviético representa un extremo de los sistemas de espectro,
puesto que postula una enfermedad esquizofrénica originada por un defecto genético de expresión clínica variable
y que se manifiesta en un espectro que se extiende en gravedad desde formas más leves hasta más graves. En
realidad, también en Occidente se ha considerado alguna vez este tipo de esquema, y aunque es cierto que no se
ha incorporado a los clasificaciones nosológicas, la experiencia soviética ilustra que es necesario tener en cuenta
el gran riesgo de excesos diagnósticos que representa.

LA TENTACIÓN DEL DIAGNÓSTICO COMO SOLUCIÓN PARA LOS PROBLEMAS HUMANOS

Diagnóstico como explicación, mitigación y exculpación


Quizás la mayor tentación del diagnóstico surge de su capacidad para aportar explicaciones instantáneas. Gracias
a él se pueden comprender, explicar y justificar convincentemente comportamientos extraños, censurables,
molestos o ilegales. Obviamente, estos comportamientos pueden deberse a una enfermedad mental, pero esta
función del diagnóstico supone una tentación para utilizarlo incluso en casos en los que no hay enfermedad o,
como mucho, sólo está presente de manera marginal. La ley es el campo en que la tentación del diagnóstico es
más evidente. Es habitual que se solicite a los psiquiatras su participación como peritos en juicios por diversos
crímenes.

Naturalmente, acusados y defensores suelen buscar un «eximente de responsabilidad penal por enfermedad
mental», aunque sospechen o sepan que el acto delictivo no tenía ninguna relación con una enfermedad mental.
Esto se debe a que creen que, al menos en delitos tan graves como el asesinato o la violación, el internamiento
en un hospital puede durar menos que la pena que hubiera recaído sobre el acusado si se le considerara culpable
y no enfermo mental. Con todo, algunos delitos sí se deben a una enfermedad mental, y para esta eventualidad la
ley reconoce que la locura limita la voluntad y califica a quien carece de libre voluntad como legalmente no
responsable de sus acciones. Los acusados tienen derecho a utilizar esa defensa, y son los psiquiatras, por sus
conocimientos al respecto, quienes certifican dichas enfermedades mentales en sus peritajes.

El problema es que se ha intentado extender su papel a ciertos campos sobre los cuales los psiquiatras no tienen
conocimientos para buscar una explicación diagnóstica para comportamientos criminales que no guardan relación
con estados psicóticos clásicos. En estos casos las cuestiones clínicas no tienen que ver con la enfermedad
mental sino con problemas sobre los que la psiquiatría apenas dispone de un mínimo conocimiento, como la
coerción, la persuasión o la influencia. En algunos casos los abogados defensores pretenden que los psiquiatras
testifiquen acerca de los efectos de ciertas presiones ambientales sobre el desarrollo y la capacidad de juicio del
individuo, y sobre el papel de estos factores en el comportamiento criminal. El argumento de la defensa suele ser
que estos factores crearon un cuadro psiquiátrico diagnosticable, que explica el comportamiento y, en un sentido
legal, lo mitiga o lo exculpa totalmente.

La disposición de algunos psiquiatras a testificar sobre estos asuntos en la creencia de que poseen tales
conocimientos muestra, por una parte, un arraigado hábito de opinar sobre problemas que rebasan su ámbito
científico y, por otra, que parece que es gratificante encontrar en el desván de la profesión alguna explicación que
al convertir un acto criminal en un acto patológico transforme un penoso problema moral en una cuestión médica
no dolorosa. Tampoco es extraño que los psiquiatras desvíen el diagnóstico hacia estos casos. Es un viraje
natural cuando es necesario explicar un comportamiento no deseado que podemos apreciar diariamente, fuera del
campo del derecho, en personas legas en psiquiatría. Es, por ejemplo, lo que hacen los periodistas y otros
observadores cuando intentan explicar un comportamiento inexplicable en una figura política. Otras veces se
recurre a explicaciones diagnósticas con el fin de fomentar comprensión o perdón hacia situaciones tan variadas
como el incumplimiento de las normas de comportamiento en los aviones o transgresiones más serias en el
campo de la ética industrial y de la propiedad intelectual .

Un diagnóstico tranquiliza

Una segunda tentación del diagnóstico nace de su capacidad de tranquilizar. Cuando se cometen actos
perturbadores que sugieren debilidades en nosotros mismos, en nuestras instituciones o en nuestras creencias
comunes, los diagnósticos acuden a la mente, tanto en el profano como el psiquiatra, para desplazar el
comportamiento desde el amenazador ámbito personal o social al más seguro terreno médico.

El diagnóstico como la transformación humanitaria de la inadaptación social en un proceso médico

Otra tentación del diagnóstico se relaciona con su capacidad para reconvertir grandes categorías de
comportamientos socialmente inaceptables en expresión de enfermedades psiquiátricas. Esta recalificación es
fundamentalmente consecuencia de un impulso liberal utópico: puesto que las personas son buenas por
naturaleza, si alguien actúa en perjuicio de la sociedad debe ser que está enfermo. Por tanto, la respuesta social
no debería orientarse al castigo, ni tan siquiera al control, sino más bien al tratamiento. Con este enfoque todos se
benefician: por un lado la persona inadaptada, a la que se le reconocen y curan las «causas» de sus
transgresiones; por otro la sociedad y sus autoridades, que no tienen que imponer duros castigos, y, por último,
los psiquiatras, que permiten todo este proceso con sus nuevas definiciones, y que pueden sentirse en la noble
posición de sanar donde los demás sólo habrían causado daños. En otras áreas de la psiquiatría se han
emprendido intentos similares de nuevas revisiones diagnósticas y sus resultados han sido igualmente dudosos
tanto para los profesionales como para los pacientes con nuevos diagnósticos.

El diagnóstico como exclusión y deshumanización

Stalin comprendió que una población recelosa y asediada contemplaría a una persona catalogada de «enemigo
del pueblo» como un intruso peligroso que debía ser excluido de la sociedad soviética. Visto así, el intruso se
transformaría bruscamente en alguien diferente, en un miembro no genuino de la sociedad, un hombre no
auténtico y, por tanto, en alguien que podía y debía ser encarcelado, fusilado o silenciado de cualquier otra
manera sin despertar la solidaridad que normalmente se siente con un camarada no marcado.

Explica que Lenin, ya en la guerra civil, estableció esa distinción entre los bolcheviques y sus enemigos, En las
mismas memorias muestra también que en la época de Stalin estaba muy extendida, incluso entre la
intelectualidad, la tendencia a excluir y deshumanizar a los oficialmente apartados. Así, cuando un allegado era
arrestado bajo cargos desconocidos y en general arbitrarios, la gente se decía que «no es uno de los nuestros»,
probablemente intentando darse garantías de que no serían los siguientes. Para muchos era necesario «evitarlos
como apestados» La guerra aporta ejemplos aún más gráficos de la fuerza deshumanizadora de este tipo de
catalogación y de la tendencia universal a utilizarla. En la Primera Guerra Mundial ambos bandos se esforzaron
en transformar a los otros en objetos cuya muerte ni siquiera era trágica, sino casi algo merecido. En la Segunda
Guerra Mundial los nazis llevaron esta estrategia hasta el límite, utilizando la catalogación para transformamar a
varios grupos, sobre todo a los judíos, en «parásitos» cuyo exterminio sería una bendición.

El uso informal o formal del diagnóstico es perfecto para marcar, excluir y deshumanizar, Informalmente, los
términos «loco», «demente» e incluso «esquizofrénico» sirven frecuentemente como etiquetas excluyentes que se
emplean en el lenguaje cotidiano para identificar a las personas molestas, desconcertantes y diferentes. Aplicados
formalmente (psiquiatras), los diagnósticos pueden convertir a una persona en alguien aparentemente distinto por
completo, que requiere ser excluido de la sociedad. Según la gravedad del diagnóstico, puede ser considerado
como trastornado, corrupto y peligroso. En resumen, un diagnóstico puede transformarle en otro tipo de ser
humano, quizás en algo inferior a lo humano, como si no fuera un semejante; de esta manera no es que sea
necesario recluirlo, sino que debe ser recluido, En algunas situaciones estas transformaciones que opera el
diagnóstico pueden servir a las necesidades de los sistemas psiquiátricos, exactamente de la misma manera en
que pueden estar al servicio de las necesidades de los sistemas familiar y social cuando su paz y tranquilidad se
ven turbadas por los síntomas del enfermo mental. El proceso de exclusión y deshumanización diagnóstica puede
beneficiar a aquellos sistemas psiquiátricos que someten a los individuos a experiencias y condiciones que serían
difíciles de imponer en otras circunstancias.

Entre otros factores que facilitan el proceso destaca el diagnóstico, que permite contemplar a la persona como
paciente, por lo que sus peticiones no son ya meramente una molestia conmovedora y humana, sino algo
rutinario, una reacción previsible de los enfermos ante sus enfermedades y ante los tratamientos a que se les
somete. Con el diagnóstico los psiquiatras pueden actuar y no tienen por qué verse a sí mismos como
transgresores de la libertad y de la dignidad humanas, sino que, de hecho, pueden considerar que mediante la
hospitalización y las actuaciones descritas contribuyen a transformar una vez más un caso psiquiátrico en un ser
humano, en un semejante, y permitirse, sin ningún tipo de conflicto, hacerle al paciente lo que no tolerarían que
otros les hicieran a ellos mismos.

Lo que la deshumanización diagnóstica tiene de ventajoso para el psiquiatra es sólo un ejemplo especial de sus
inconvenientes en la vida cotidiana. Después de todo, la mayor parte de la vida de los pacientes transcurre fuera
del sistema psiquiátrico, y plantean dilemas semejantes, o incluso más incómodos, a los no psiquiatras. En efecto,
los comportamientos de los pacientes pueden ser sumamente enojosos para sus amigos, vecinos y familiares,
quienes, a su vez, buscarán ayuda convenciendo al individuo para que consulte a los expertos en salud mental,
obligándole de alguna manera a hacerlo, o involucrando a otros, como la policía, para que lleven a cabo la
coerción. A veces, una vez conseguido el objetivo, estos amigos, vecinos o familiares reconocerán que su deseo
de librarse del individuo, y todo lo que han hecho para ello, tenía como finalidad su propio bienestar y, al darse
cuenta de las desagradables consecuencias que pueden tener para el paciente estas actuaciones, es posible que
se sientan avergonzados. Pero este sentimiento desaparecerá si recuerdan que, en realidad, esa persona es un
enfermo mental, que su comportamiento censurable no se debe a él sino a su enfermedad y que su objetivo al
ponerle en manos de la autoridad y de los expertos en salud mental no guardaba relación con sus propias
necesidades sino con las de una persona acosada temporalmente por una enfermedad. Puede resultarles
tranquilizadora la idea de que la enfermedad ha eclipsado los rasgos humanos del enfermo y les ha obligado a
llevar a cabo actuaciones que, aunque en una persona sana constituirían una transgresión de su libertad, en este
caso sólo suponen buena voluntad, interés y el deseo de reintegrar al individuo a la comunidad.

Diagnóstico como hipótesis autoconfirmada

La propiedad más notable del diagnóstico, y muchas veces la más irritante para el paciente diagnosticado, es que
inevitablemente se autoconfirma. Esta propiedad la utilizan en la vida cotidiana las personas que llaman a otros
«loco» o «raro», ya que, una vez que se emiten estos calificativos u otros similares, todo lo que haga la víctima
puede atribuirse a esos diagnósticos profanos y en consecuencia no se tomará en consideración. De hecho, todo
cuanto hagan después se puede convertir en una prueba de que la valoración inicial era correcta. Esta cualidad
del vocabulario patológico es aún más eficaz e inevitable en el seno de la propia psiquiatría.

Diagnóstico como medio de descrédito y castigo

Una función especialmente destructiva del diagnóstico, evidente en la vida cotidiana, es su capacidad de
desacreditar a una persona al atribuir sus puntos de vista, su política y sus acciones o conclusiones a una mente
enferma; es el diagnóstico como arma. Dentro de la psiquiatría el diagnóstico también es un arma.

Diagnóstico como reflejo de tendencias sociales

Particularmente problemático es el llamado recuerdo «recuperado» o «reprimido», un diagnóstico que a


comienzos de los años noventa emitían con especial frecuencia profesionales de la salud mental
(fundamentalmente psicólogos y trabajadores sociales pero también algunos psiquiatras) que atribuían ciertos
síntomas, o algunos aspectos del comportamiento, a supuestas experiencias en la infancia de los pacientes y que
no se podían evocar porque el recuerdo de aquellas experiencias había sido «reprimido». Por lo general, entre
estas experiencias figuraban abusos sexuales que con frecuencia se atribuían a un progenitor y que
supuestamente incluían rituales extraños, a veces satánicos. En alguna ocasión, a causa de estos diagnósticos se
procesó y encarceló a padres de pacientes u otras personas, como directores de colegios o maestros La
frecuencia con que se emitían estos diagnósticos disminuyó rápidamente tras una serie de casos famosos que
acabaron en denuncias contra los terapeutas que los realizaron. Se descubrió que algunos eran infundados al
demostrarse que el terapeuta, seguro de que el diagnóstico era cierto, se lo sugería de diversas maneras a los
pacientes, quienes a continuación «producían» recuerdos «como prueba» del mismo. En respuesta al fenómeno
surgió una organización, la False Memory Syndrome Foundation, entre cuyos fundadores figuraban padres
acusados de tales abusos, y que recibió el apoyo de algunos psiquiatras muy eminentes. Se publicaron también
declaraciones de organizaciones profesionales, como la American Psychiatric Association y la American
Psychological Association, alertando contra los posibles peligros de estos diagnósticos. Además, las compañías
de seguros con pólizas de mala praxis suministraron a los psiquiatras normas para atenuar la posibilidad de
pleitos por estos diagnósticos.

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