Un Brazo
Un Brazo
-Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde
el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.
-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi
pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.
-Tal vez se parezca a un anillo de compromiso, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito
es como si estuviera abandonando a mi madre.
Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.
-¿En éste?
-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los
doble por ti.
Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las
articulaciones de los dedos.
-Ahora se moverán.
-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de
todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.
-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un
espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.
-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo.
-Gracias.
Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de
extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de
la muchacha, lloraba o profería una exclamación.
Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro.
Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para
asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del
brazo sino de mi propia felicidad.
Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el
comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha
occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y
elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese
pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve
momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo.
Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una
suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras
caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor
en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.
Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el
color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo
humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo
había comprado un capullo de magnolia y ahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del
brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la
mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el
propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha
estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de
la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y
esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra
parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.
Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del
hombro.
Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi
mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el
calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en
mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.
La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo.
Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones
cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media
hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los
relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se
tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La
presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de
millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me
enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y
demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si
bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían
acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían
dificultades en eliminar después el perfume.
Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió.
Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se
transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció
que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse
temprano. Esperé que durmiera plácidamente.
Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me
rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos
estaban crispados.
-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.
Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon
fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía,
pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta
pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una
mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo
de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé
que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo
llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no
enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de
un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de
espliego surgió de pronto y desapareció.
«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –
murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»
Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan
nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla
nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era
de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba
envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en una noche semejante? ¿Habría hecho ésta
una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas
por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta.
Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.
Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una
luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una
luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso
antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una
especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre
de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como
luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas,
que invitaban al error.
Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como
no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi
mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome
dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el
brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para
intimidarme.
-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a
mi habitación. Voy a encender la luz.
-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?
-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con
atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.
Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi
atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde
se encontraba todo.
-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu
habitación.
-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces
aquí.
Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron
inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No
me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.
La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a
florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor
blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la
mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a
tirarlos a la papelera.
-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres
colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es
donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.
-¿Ah, sí?
-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.
La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los
extremos sobrepasaban con mucho los dedos.
Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no
pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera
humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su
interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún
pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha,
incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían
contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar
brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en
rocío.
Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras
la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló,
y el codo también.
Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles
cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras
mujeres.
Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más
madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este
modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las
cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las
rozaba.
-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un
respingo, parece tan sucio…
¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le
repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga
de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.
Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve.
Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos
lugares sensibles.
En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal
vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto.
Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su
gesto.
-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.
-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.
-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy
lejos.
Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra.
¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba
tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No
habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se
separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.
La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía
retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar
envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.
También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años.
Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.
De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas
amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal
vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su
madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su
marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente
distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.
-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la
cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.
-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo
sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.
Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé
el codo y lo volví a doblar.
-Nada en absoluto.
Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa
fresca de la mejilla de la muchacha.
Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar
en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero
había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como
«los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el
cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar
hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de
modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba;
yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y
garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.
El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos
firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado
las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había
atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar
y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas
seguían pasando por él.
-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio
brazo?
-Sí.
-¿Ah, sí?
-¿Puedo?
-Por favor.
Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como
la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.
-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz
temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: “¡Miren cuánto la amaba!»
Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella
una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.
Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si
brotarían lágrimas en los ojos cerrados.
Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.
Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en
el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.
-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.
Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se
controló.
Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en
el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la
iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está
hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por
diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es
extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o
la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.
Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente
aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.
«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente
iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta
este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las
palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o
remordimiento?
Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un
dolor infinito.
Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la
impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.
-Me haces cosquillas. Pórtate bien -el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios.
No contesté.
-¿Qué bebías?
La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras
advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el
brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa
de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al
suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para
no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las
nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus
puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.
Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se
debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la
noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba
algo terrorífico.
Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros
del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera
grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la
ventana.
Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.
Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche
limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser
observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.
Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi
pecho. Se quedó inmóvil.
Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla
no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos
entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran
calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.
-¿Estás dormido?
Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo
sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.
Me apresuré a recogerlo.
-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces
encendidas?
El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres
nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida.
Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla
encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando
estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.
Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio,
esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano
permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El
codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.
En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los
dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco
rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál
más lento.
Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar
cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las
mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus
hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.
Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el
siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.
Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se
alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo
latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el
interruptor que estaba junto a la almohada.
Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que
ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la
misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.
Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di unas vueltas en
silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y
turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior
del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano, y después los dedos.
«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el
brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.
Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro.
Así fue como me enteré del cambio.
De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera
lo que dijese, no formé ninguna palabra.
-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no
obstante…
Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano
derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes.
Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un
paro, entre el brazo y el hombro.
Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a
mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El
brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con
el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.
-Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.
Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y
se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.
-¿Por qué?
-¿Fluye la sangre?
-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.
Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro.
Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.
-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla?
Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.
-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja
derecha.
Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad
sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.
Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja
con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente;
como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.
-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo
meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio,
tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el
meñique de la muchacha.
Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el
meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano.
La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible
únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones
duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en
otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo
estaba formado por el dedo anular.
Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo,
demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de
ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado
por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis
ojos, y cerré el otro.
-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo!
-Ha desaparecido.
-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y
doradas, describiendo círculos una y otra vez.
-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron
suavemente los párpados.
-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda
dentada, algo que iba y venía?
Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera,
que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.
-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados.
Formulé una pregunta inesperada.
-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta
sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.
Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y
sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos.
¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?
En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me
antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se
convirtió en la suave redondez de los pechos.
Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así,
impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en
mis ojos.
No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo
estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había
empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la
interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento,
a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha,
con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?
No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi
mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una
comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.
Me quedé dormido.
Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y
había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi
habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo
derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía
verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos,
de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de
rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño,
el de la muchacha y el mío.
Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce.
Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.
La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo
más profundo mi sueño. Desaparecí.
Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.
Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento,
mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un
instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado
nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y
diabólico.
Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano
recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor
que lo más profundo de mi ser.
Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos
estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.
Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se
abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el
rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!