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La Historia de La Salvacion

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LA

HISTORIA

DE LA

1
SALVACION

INDICE

LA CREACION
EL PECADO
LA PROMESA
HACIENDO CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA LOS PATRIARCAS
LA EXCLAVITUD
EL EXODO (LA LIBERACION DE EGIPTO)
LA ALIANZA
LOS JUECES
LA MONARQUIA
LOS PROFETAS
LOS EXILIOS Y EL RETORNO
LOS SABIOS

2
JESUS EL SALVADOR ANUNCIADO

3
LA CREACION

4
HISTORIA DE LA SALVACIÓN

Dios existe desde siempre. Él es solo uno, pero no es un solitario, sino una
familia de tres personas que se aman: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es una
comunidad de amor. Dios es Amor.

Siempre hablo Dios en plural por el misterio de la santísima Trinidad, tres


personas un solo Dios.

Dios ha creado todo lo que existe, los cielos y la tierra como una totalidad, dios ha
creada a todas y cada una de las creaturas que habitan la tierra peces, aves,
fieras, salvajes, ganado y todas y cada una de las especies y nada queda de su
influjo como creador de todo.

En su Omnipotencia Dios crea todo solo con su palabra, Dios dijo hágase la luz, y
separa las tinieblas de la luz, Dios dijo hágase la tierra y la separa de las aguas

Dios crea el Universo como una casa para el ser humano: minerales, vegetales y
animales. Dios ha creado todo por amor y desde el principio busco compartir su
vida y su amor. En su santísima trinidad, Dios padre, Dios Hijo, y Dios espíritu
santo, el amor que se comparte.

La creación es solo el inicio de este plan divino compartirlo todo en él y con él, por
eso crean al hombre a su imagen y semejanza, que sea capaz de amar con su
mismo amor, porque le da el don de la libertad para poder amar.

Vio Dios que era bueno, El creador se complace en la obra de sus manos, A los
ojos del creador y por tanto realmente todo lo creado es bueno, Ello también se
refleja en el orden y la armonía del universo; separación de luz y tinieblas,

5
ornamentación de la bóveda celeste, etc. Dios ha hecho todo con sabiduría, las
plantas, están dotadas de semilla, los animales de fecundidad,

Descanso Dios después de lo creado, descanso el séptimo dia y lo bendijo,


Todo el universo creado es como un inmenso templo para la gloria del creador, el
Dios tres veces Santo, A imitación de Dios el hombre deberá trabajar seis días y
descansar el séptimo; todo su trabajo está orientado a la glorificación de Dios.

EL HOMBRE HA SIDO CREADO PARA SER HIJO DE DIOS,


Dentro del conjunto de la creación el hombre ocupa un lugar destacado: la
creación del hombre y la mujer viene en último lugar, como culminando toda la
obra creadora ; el ser humano se le encomienda someter y dominar la creación
porque toda ella está a su servicio; si todo lo creado es bueno, Dios se complace
en el ser humano como muy bueno , creado como fruto de una deliberación de
dios, de un designio suyo, el hombre y la mujer son ante todo imagen y
semejanza de dios, a diferencia de las demás creaturas, inanimadas, el hombre ,
como ser personal puede entrar en relacion y dialogo con su creador
contemplando la inmensa dignidad concedida al hombre.

Salmo 8 ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de el?, lo hiciste poco inferior a
los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de
tus manos, todo lo sometiste bajos sus pies.
El ser humano es creado por Dios, a su imagen y semejanza, varón y mujer, en
una situación de Paraíso, que significa felicidad. Felicidad que es resultado de una
cuádruple armonía:
a) Armonía con Dios en la amistad y participación de su amor,
b) armonía con uno mismo,
c) con la familia humana y
d) con la naturaleza.
Imagen y semejanza de Dios significa que el ser humano tiene un alma espiritual
que los hace persona, inteligente, libre, con capacidad para amar. Dios crea el
alma de cada ser humano en el momento de su concepción. Cada ser humano es
un elegido de Dios.

El ser humano, engañado por el Demonio, ofendió a Dios, al desobedecer sus


normas. Actitud de soberbia e ingratitud. El pecado original consistió en separarse
de Dios, lo cual nos acarrea tremendas consecuencias negativas.

6
El hombre es hecho de barro, de polvo del suelo, lo que subraya su condición
corporal, material, su condición caduca y mortal; pero a la vez Dios «insufló en sus
narices aliento de vida»:

Dios le infunde su propio aliento, en el hombre hay algo «divino»; eso explica que
el hombre esté hecho para Dios, que tienda a Dios, y que viva en relación de total
dependencia respecto de Él.

LA CREACIÓN DEL HOMBRE Y DE LA MUJER


Dios les constituye varón y hembra, los bendice con el don de la fecundidad y les
da el mandato de transmitir la vida,
–Los dos sexos provienen de Dios, que modela el barro para formar al hombre y
«trabaja» la costilla para formar la mujer; también esta es fruto de una intervención
directa y personal del Creador.
–Igualdad entre hombre y mujer (varón-varona; hombre-hembra): los dos están
hechos de la misma «materia». («hueso de mis huesos y carne de mi carne»). –
Llamados a ser una sola carne: el grito de júbilo de Adán indica que por fin ha
encontrado una ayuda adecuada, esponsal; a la persona entera bajo el aspecto
corporal; y «ser una sola carne» significa ser una sola persona, un solo ser, e
incluye la unión de mente y corazón, de voluntades y sentimientos en un proyecto
de vida común; la unión de los cuerpos tiene sentido y valor como signo y
expresión de esta unión más profunda e interior. Marido y mujer están ordenados
el uno al otro y la expresión «una sola carne» incluye implícitamente la unidad e
indisolubilidad del matrimonio: una unión tan íntima y estrecha es impensable que
se pueda romper –sería como desgarrar la propia carne– o que pueda ser
compartida por un tercero.

Bondad del cuerpo y de la sexualidad: la expresión «estaban desnudos ... pero no


se avergonzaban» (v.25) apunta a un estado de inocencia en que sin malicia y con
mirada limpia nada entorpece la relación entre las personas tal como Dios las ha
creado; será el desorden del pecado el que introduzca la malicia en toda esta
realidad ( Gen 3).
Génesis 1-2 25
Salmos 8; 19, 1-7; 103 - 104; 135, 4- 7; 136; 148
Job 38-42

7
Proverbios 8, 22-31
Eclesiástico 42, 15 - 43, 33 2
Macabeos 7, 28
Juan 1, 1-18
Colosenses 1, 13-20
Hechos 17, 16-34 2.

EL PECADO

Génesis 3 nos narra un drama singular: la primera tentación y el primer pecado.


En el paraíso en que Dios ha colocado al primer hombre y a la primera mujer
aparece otro personaje hasta ahora desconocido: el tentador, en forma de
serpiente.
El mal no proviene de Dios, que todo lo ha hecho bien, ni tampoco proviene sólo
del hombre, que ha sido creado bueno por Dios: este personaje misterioso,

8
adversario de los planes de Dios y enemigo de la felicidad del hombre, a quien la
revelación posterior irá identificando como ser personal, con poder para el mal, «la
gran serpiente, la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás» (Ap. 12,9), es el
que instiga al hombre a pecar contra Dios y es la causa última de que haya
entrado la muerte en el mundo (Sab. 2,24).
La tentación como seducción y engaño hace dudar a la mujer de la validez del
mandato del Dios y, por tanto, de la intención del mismo Dios al establecer ese
mandato 4-5); así, además de mentiroso, el tentador se manifiesta como el
«homicida desde el principio» (Jn 8,44): en efecto, al engañar a la mujer («de
ninguna manera moriréis») con relación al mandato que Dios les había dado para
vida («el día que comieres de él, morirás sin remedio»: 2,17), de hecho conduce a
la muerte a la mujer y al hombre .
He ahí la tentación: una promesa falsa («seréis como dioses»), pero que halaga,
seduce y atrae (3,6), una seducción y engaño que hace ver cómo vida lo que de
hecho conduce a la muerte; con ella ha sembrado además la desconfianza en
Dios al presentar como enemigo del hombre al Dios fiel y lleno de amor.
El pecado es el rechazo del proyecto del amor de Dios por que el hombre quiere
liberarse de Dios porque reniega de su estado de creatura y quiere ser como dios,
a través de la desobediencia de no comer del árbol de la vida, del bien y del mal y
haber sido engañado por la serpiente, a través de engaños creándole la
desconfianza en los planes de dios, porque el demonio quiere destruir la obra de
Dios, haciendo que el hombre se aleje de Dios por el pecado
En qué consiste el pecado: una falta grave de orgullo concretada en una enorme
desobediencia al Señor. El mandato de Dios de no comer del árbol de la ciencia
del bien y del mal (2,16-17) expresa el hecho de que el hombre no es dueño
absoluto de su propia vida, sino criatura limitada, dependiente radicalmente de
Dios. Y el deseo de «ser como dioses» (3,5) indica justamente lo contrario: el
querer tener capacidad de decidir el propio destino, ser ley para sí mismo sin
condiciones impuestas desde fuera, el decidir por sí mimo lo que es bueno y lo
que es malo ...
Por tanto, el pecado de querer «ser como dioses, conocedores del bien y del mal»
es una reivindicación de autonomía moral, un renegar del estado de criatura
invirtiendo el orden en que Dios estableció al hombre; es en el fondo una actitud
de rebelión contra Dios: en vez de fiarse plenamente de Dios acatando su
mandato como mandato de vida, el hombre duda de Dios y se fía de su propio
juicio – engañado por el tentador– en actitud de autosuficiencia (cf. Is 14, 13s; Ez
28,2).
CONSECUENCIA DEL PECADO

9
Cualquier acción, actitud o deseo que se desvía de la ley de Dios y para referirse
al principio de la corrupción, con el cual nacemos todos los seres humanos y que
nos lleva a apartarnos de la ley de Dios,
El pecado es la raíz de nuestro acciones, actitudes y deseos pecaminosos.
Insatisfacción y vacío
Sufrimiento y muerte
El pecado es la razón por la que hay enemistad entre los seres humanos entre
estos y Dios (Romanos 5,12)
Por tanto, como el pecado entro en el mundo por un hombre, y por el pecado la
muerte, asi la muerte paso a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
El pecado es la razón por la que existe el infierno a menos que seamos salvos de
nuestro pecado,
Cuando Dios crea a Adán y Eva los hizo para que estuvieran centrados en Dios, y
que disfrutaran de una relacion correcta con él. Como resultado de su relacion
con Dios, Adán y Eva tenían vida espiritual eran santos y tenían la disposición
natural y la capacidad de complacer a dios en todo lo que hacían, cuando Adán y
Eva pecaron dañaron su relacion con dios, como resultado murieron
espiritualmente y empezaron a sufrir y morir físicamente .
La actitud de Adán y de su mujer ha sido prescindir de Dios, construir por sí
mismos su propio destino, conquistar su propia felicidad. Y Dios abandona al
hombre a sus propias fuerzas, consiente que quede al arbitrio de sí mismo y de
sus propias capacidades.
«se dieron cuenta de que estaban desnudos» (v. 7); la expresión constituye un
contraste brutal con las halagadoras promesas de «ser como dioses», pues
sugiere que al romper con Dios el hombre y su mujer experimentan con toda
crudeza su situación de pobres criaturas, indefensas e inseguras, en total
precariedad y faltos de protección. Es la hora de la verdad en que las mentiras y
engaños del tentador salen a la luz y se manifiestan las trágicas consecuencias de
muerte que llevaban encerradas. Se expresa así de manera sugerente la
amargura, la decepción y frustración que conlleva todo pecado. Como dirá San
Pablo «el salario del pecado es la muerte» (Rom 6, 23).
–La primera consecuencia del pecado es la pérdida de la amistad con Dios, ya
apuntada en el ocultarse de Él (3,8) y en el tener miedo (3,10) y expresada
simbólicamente por la expulsión del paraíso (3, 23-24), que indica el alejamiento
de la presencia de Dios y de la comunión de vida con Él, la pérdida de la
familiaridad con Él.

10
–En contraste con la armonía e integridad en que vivían (2,25), ahora
experimentan el desorden interior, introducido por el pecado en el corazón del
hombre y delatado por la conciencia llena de vergüenza (3,7); es el despertar de la
concupiscencia –Se rompe la armonía entre el hombre y su mujer.
El maravilloso proyecto de Dios de ser «una sola carne» es echado al traste: la
mujer induce a su marido a pecar (3,6) contradiciendo la misión que Dios le había
asignado de ser su ayuda (2,18); el hombre, en vez de asumir su propia culpa,
acusa a la mujer que Dios le ha dado por compañera; la atracción entre los sexos,
entre hombre y mujer, que Dios mismo había puesto, se transforma ahora en
desordenada apetencia y ansiedad y en dominio (3,16).
–Se produce también una ruptura con la naturaleza. Si el trabajo formaba parte de
la condición del hombre (2,15), ahora la creación entera se le vuelve hostil (3, 17-
19); el desorden introducido en el corazón del hombre hace que en lugar de
«dominar» la naturaleza (1,28), de «labrarla y cuidarla» (2,15), la esclavice, la
frustre, la someta a la vanidad (Rom 8,20).
El don y la bendición de la fecundidad se convierten para la mujer en pesada
carga (3,16). Y si la muerte es una condición natural del hombre como ser caduco
que ha sido formado del polvo del suelo (2,7), el pecado hace que la muerte se
vuelva insoportable al experimentar con fuerza la frustración de su tendencia a
«vivir para siempre» (3,22), al saberse condenado a «volver al polvo» (3,19). En
definitiva, el sufrimiento en todas sus formas pasa a formar parte de la condición
humana.

LA PROMESA DE LA SALVACION
UN MUNDO INUNDADO POR EL PECADO
El primer pecado ha sido como una puerta abierta por la que se ha introducido la
potencia maléfica del Pecado –San Pablo lo personifica– anegando todo y
acarreando el daño y la destrucción (Sab 2,24)
El pecado ha trastornado de tal manera el orden querido por Dios, introduciendo el
desorden en el interior mismo del hombre, que la condición humana después del
primer pecado lleva las huellas de una herida irremediable que sólo tendrá
remedio con la venida del Nuevo Adán (Rom 5, 19).
La perversa influencia del pecado en la humanidad, como una ola gigantesca que
sumerge todo y que acabará conduciendo al castigo del diluvio. El relato de Caín y
Abel (Gén 4, 1- 16) nos hace entender que la rebelión del hombre contra el
Creador conduce a la rebelión del hombre contra el hombre; 1 Jn 3, 13 comentará
que Caín mató a su hermano porque «era del Maligno»: el que es «homicida
desde el principio» (Jn 8,44) conduce al homicidio y a la rebelión contra Dios a los

11
que se ponen bajo su influjo (Jn 8, 40- 41). Al final del capítulo encontramos el
«Canto de Lámek» (Gn 4, 23-24), glorificación de la fuerza bruta y de la venganza
desmedida y signo de la ferocidad creciente de los descendientes de Caín.

En este contexto, el relato del diluvio (6,5-9,17) aparece como el juicio de Dios
sobre la humanidad pecadora. «la maldad del hombre cundía en la tierra y todos
los pensamientos que ideaba en su corazón eran puro mal de continuo» (Gn 6,5);
que «la tierra estaba corrompida en la presencia de Dios; la tierra se llenó de
violencias. Dios miró a la tierra y he aquí que estaba viciada, porque toda carne
tenía una conducta viciosa sobre la tierra» (Gn 1,11-12); más aún, se trata de un
mal que aparece desde la niñez (8,21). Las aguas del diluvio que inundarán la
tierra simbolizan también este mal que anega todo. Se insiste en la universalidad
del pecado: lo que se inició con el primer pecado ha alcanzado a todos. Y el juicio
de Dios sobre la humanidad pecadora contribuye a resaltar que el pecado es –
directa o indirectamente– la causa de todos los males.

12
El episodio de la torre de Babel (Gn 11,1-9) presenta una humanidad desgarrada,
explicando el por qué de la dispersión en pueblos, naciones y lenguas opuestas
entre sí. El pecado una vez más es el orgullo: la pretensión arrogante de construir
un mundo, una sociedad, una civilización sin Dios (« una ciudad y una torre con la
cúspide en los cielos»). Empalmando con el pecado de los orígenes del que es
prolongación y consecuencia, nos da así la explicación de la ruptura entre los
pueblos: la torre idólatra de Babilonia no puede ser el lugar de reunión de los
hombres, sino que, siendo signo de su arrogancia ante Dios, tiene que ser
necesariamente causa de dispersión.
La rebelión contra Dios inevitablemente debía conducir al caos total. Con palabras
de Jeremías: «Se alejaron de Mí y yendo en pos de la vanidad se hicieron vanos»
(2,5); «mi pueblo ha cambiado su Gloria por lo que nada vale. Pasmaos, cielos, de

13
esto y horrorizaos estupefactos sobremanera; pues un doble mal ha cometido mi
pueblo: me ha abandonado a Mí, manantial de aguas vivas, para excavarse
cisternas agrietadas, incapaces de retener el agua» (2,11-13); «que te enseñe tu
propio daño, que tus apostasías te escarmienten; reconoce y ve lo malo y amargo
que te resulta el dejar a Yahveh tu Dios» (2,19).
Después del juicio del diluvio encontramos expresiones de la misericordia divina:
el mismo castigo pretende sacudir a la humanidad para despertarla, la promesa de
Dios garantiza el orden de las estaciones y asegura la cosecha y el alimento
(8,22), Dios reitera el don de la fecundidad (9,1-7) y el ofrecimiento de toda la
creación para alimento (9,3), garantiza su protección al hombre que sigue siendo
su imagen y semejanza (9,6) y establece su alianza con la humanidad y con toda
la creación (9,8-17). lo más importante de todo es la promesa de salvación hecha
por Dios inmediatamente después del pecado y que anuncia la victoria final del
hombre en la lucha contra Satanás (Gen 3, 15).

Dios promete que el tentador –simbolizado en la serpiente– que amenaza


permanentemente al hombre, será finalmente «pisoteado» o «aplastado». Es
verdad que se dibuja una lucha encarnizada (la serpiente intenta atacar,» acecha»
el talón de la mujer); pero se trata de algo que intenta inútilmente, en vano: Dios,

14
maldiciendo a la serpiente, se ha puesto decididamente al lado de la mujer y de su
descendencia, que acabará venciendo definitivamente al Maligno.

La revelación posterior mostrará que esta descendencia es Cristo. Él es el Nuevo


Adán que ha restaurado lo que el primer Adán destruyó. A diferencia de Adán,
Todo hombre se encuentra en un estado de indigencia respecto de su salvación;
debe reconocer la imposibilidad de conseguir la salvación por sus propias fuerzas
y la necesidad de ser redimido. Las heridas y el desorden producidos por el
pecado –por los pecados personales– son irremediables para el hombre dejado a
sus solas fuerzas. Pero la postura tampoco es el pesimismo. El hecho de que
Cristo ha vencido el pecado nos da la certeza de que en Él y con Él podemos
vencer.
Por otra parte, al indicar el Génesis que el pecado deteriora todo, está dando a
entender que la liberación del pecado es la raíz para remediar todos los males. La
renovación y transformación del corazón humano es el fundamento de todas las
reformas –en el terreno social o en cualquier otro–; y al revés, mientras el hombre
permanezca esclavo del pecado cualquier pretendida reforma sólo conducirá a
nuevas y mayores esclavitudes.
Génesis 3-11
Isaías 11, 1-9; 14, 12-15; 65, 19-25
Ezequiel 28, 12-19; 36, 26-38
Romanos 5, 12-21
1 Corintios 15
Apocalipsis 21, 1-6; 22, 1-5

15
HACIA EL CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA
ABRAHAM ELEGIDO POR SU FE

La importancia de la figura de Abraham no sólo para el pueblo de Israel, sino


también para nosotros cristianos.
El capítulo 12 del Génesis marca un nuevo inicio: tras presentar cómo el pecado
se difundía produciendo la división de los hombres, el libro del Génesis nos
muestra cómo Dios toma la iniciativa de la salvación irrumpiendo en la historia de
los hombres, y lo hace eligiendo a un hombre, Abraham, en el cual «serán
bendecidas todas las familias de la tierra» (Gen 12, 3).

16
Abraham se inserta en las corrientes migratorias de los primeros siglos del 2º
milenio a.C. Aunque es difícil precisar mucho, se le suele situar hacia el año 1850
a.C. Abraham es un seminómada que sale de Ur, en Caldea, y se instala en
Canaán; pastor de ganado menor, es uno más entre los innumerables jefes de las
tribus que emigran buscando pastos para sus ganados.
Se centra en la llamada que Dios le dirigió, en la promesa que le hizo y en su
respuesta obediente cumpliendo la misión encomendada.

DIOS LLAMA Y PROMETE.


La iniciativa es exclusivamente suya, elige a quien quiere con absoluta libertad,
sin tener en cuenta los méritos previos (Abraham era idólatra: Jos 24, 2- 3;
después elegirá a Isaac y no a Ismael: Gén 17, 15-22, a Jacob y no a Esaú: Gén
25, 23).
Es una llamada que reclama obediencia, renuncia, expropiación: «Sal de tu tierra,
de tu patria, de la casa de tu padre» (Gén. 12,1), para ponerse enteramente a
disposición de los planes de Dios. Pero la renuncia está en función de lo que Dios
le promete.
Si Dios exige tanto a Abraham –tierra, parentela y familia son los bienes máximos
para un hombre de cultura seminómada– es porque le promete mucho más: «De tí
haré una nación grande... Engrandeceré tu nombre... Por tí se bendecirán todos
los linajes de la tierra» (Gén 12, 2-3). Le pide que abandone los estrechos límites
de lo conocido para que se lance –fiado en Dios que llama y promete– a los
anchos horizontes de lo desconocido.
Sin embargo, la promesa de Dios parece irrealizable: se le promete una
descendencia innumerable cuando su mujer es estéril (Gén. 11, 30; 16, 1-2) y él
mismo es anciano (Gén. 17, 17; 18,12). Por eso Dios mismo da a Abraham un
signo de su omnipotencia (Gén. 15,5) e incluso afirma explícitamente: «¿Hay algo
imposible para Yahveh?» (Gén. 18,14). Más aún, Dios se compromete en firme
sellando una alianza con Abraham (Gén. 15, 7-21)
Dios cumple su promesa con el nacimiento de Isaac. Y en cuanto al otro aspecto
de la promesa –el don de la tierra: Gén. 15,7–, dirigida en realidad a su
descendencia (Gén. 12,7), también Abraham llegará a poseer al menos una
prenda de ella al adquirir la finca de Macpelá (Gén. 23)

ABRAHAM OBEDECE Y SE FÍA.


Al Dios que llama, Abraham responde obedeciendo, al Dios que promete responde
con un acto de fe.

17
«Marchó, pues, Abraham, como se lo había dicho Yahveh»; no media ningún
diálogo, no solicita ninguna aclaración, no pone ninguna objeción; simplemente
obedece. Y este acto de obediencia es a la vez un acto de fe, pues Dios no le
había dado ninguna prueba; incluso el futuro queda en buena parte en la
oscuridad de lo imprevisible: «vete ... a la tierra que yo te mostraré» (Gén. 12,1)
Abraham simplemente se fía de la palabra de Yahveh y se pone en camino. 16
historia de la Salvación La carta a los hebreos comentará, refiriéndose a este
hecho: «Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar
que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba» (Heb. 11,8).
Ante la promesa de Dios de una descendencia innumerable, que es
humanamente irrealizable porque él es anciano y su mujer estéril, Abraham hace
un nuevo acto de fe, se fía de Dios y de su palabra (Gén. 15,6). Es verdad que en
un primer momento no acierta a entender que Dios puede realizar acciones
milagrosas suscitando la vida en el seno estéril de Sara, y por eso piensa que la
promesa de Dios se realizará teniendo un hijo de la esclava (Gén. 16); pero poco a
poco Dios mismo va educando a Abraham hacia una fe más plena e incondicional
en su poder.
El momento culminante de esta «educación en la fe» de Abraham por parte de
Dios es cuando Dios le pide que le sacrifique su hijo. Por fin ha nacido el heredero
a través del cual se van a realizar las promesas y sin embargo Dios le pide que se
lo ofrezca en sacrificio (Gén. 22).
Dura prueba para este hombre que una vez más en silencio y sin oponer ninguna
resistencia –aun en medio de la más completa oscuridad– se fía de Yahveh y
obedece ciegamente.
Dios, que le había pedido el sacrificio del corazón, rehúsa el sacrificio de hecho, y
en pago de esta fe y de esta obediencia colma de bendiciones a Abraham. La
carta a los hebreos comentará:
«Por la fe, Abraham, sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda ...
Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos» (Heb.
11,17-19). Es la fe desnuda, despojada de todo apoyo o seguridad humana,
colgada sólo de Dios y de su palabra.

ABRAHAM, AMIGO DE DIOS


Abraham, amigo de Dios. En Gén. 15,6 se nos dice de Abraham que «creyó a
Yahveh, el cual se lo reputó por justicia». Esta fe absoluta e incondicional de
Abraham hace de él un «hombre justo», es decir, que está en una relación justa,
adecuada, correcta con Dios; esta actitud le agrada a Dios, que al hombre

18
creyente le admite en su intimidad, estableciendo con él un trato cordial. (Gén. 18,
1-15),
Ese pasaje precioso, aunque misterioso en que Yahveh mismo, acompañado de
dos ángeles, visita a Abraham en su tienda y come con él; Abraham, por su parte,
les acoge con extrema hospitalidad (notar que para un semita el comer juntos era
la máxima señal de comunión e intimidad).

De hecho, la Sagrada Escritura le da el título de «amigo de Dios» (Is. 41,8; Dan.


3,3-5; St.2,23), la más hermosa denominación que un hombre puede recibir. Y en
la continuación del relato del Génesis vemos que Dios mismo le comunica sus
planes antes de ejecutarlos (Gén. 18,17).
Más aún, apoyado en esta confianza y amistad en que Dios mismo le ha
introducido, Abraham se atreve a interceder ante Él solicitando el perdón para las
ciudades pecadoras (Gén. 18,23-33) y consiguiendo la salvación del único justo
que se encuentra en ellas, su sobrino Lot y su familia (Gén. 19,29).
LOS PATRIARCAS

ABRAHAM
Abraham fue un gran profeta y fue justo y obediente a los mandamientos de Dios.
Fue bautizado, recibió el sacerdocio y fue sellado a su esposa Sara por la
eternidad.
Dios hizo convenio con Abraham de que su posteridad sería muy grande y tendría
las mismas bendiciones que él había recibido.
Ellos llevarían la plenitud del evangelio de Jesucristo a las naciones de la tierra.

ISAAC

Isaac era hijo de Abraham y de Sara.


Dios le dijo a Abraham que sacrificara a Isaac. Abraham amaba a Isaac, pero
decidió obedecer a Dios. Justo antes de que Abraham sacrificara a Isaac, un ángel
le dijo que se detuviera. La disposición de Abraham y de Isaac a obedecer a Dios
es un símbolo de la expiación del Hijo Unigénito de Dios.
A Isaac se le prometieron las mismas bendiciones que a Abraham.

JACOB

Tal como su padre y su abuelo, Jacob fue fiel a Dios.


Debido a su fidelidad, el Señor cambió el nombre de Jacob por el de Israel, que
significa “el que prevalece con Dios” o “que Dios prevalezca”
Jacob tuvo doce hijos; esos hijos y sus familias llegaron a ser conocidos como las
tribus de Israel.
El convenio que Dios hizo con Abraham se renovó con Jacob y sus hijos.

19
Los patriarcas bíblicos son el linaje de hombres que Dios utilizó para formar la
nación de Israel. Probablemente el patriarca bíblico más conocido sea Abraham,
pues de él descienden todos los israelitas. Dios hizo un pacto con él, prometiendo
que Abraham sería "padre de muchedumbre de gentes" (Génesis 17:4). De hecho,
Dios cambió el nombre de Abram por Abraham, que significa "padre de
multitudes".

Abraham: Dios se acercó a Abraham (en ese momento "Abram") y le prometió que
haría de sus descendientes una gran nación (Génesis 12:2) en la tierra de
Canaán. Obedeciendo las instrucciones de Dios, Abram llevó a su gran familia a
Canaán, y allí vivieron como nómadas.
A pesar de la promesa de Dios, Sarai, la esposa de Abram, seguía sin tener hijos.
Ante la desesperación, le entregó a Abram a su sierva, Agar, como concubina.
Agar dio a luz a Ismael, considerado el antepasado de los árabes. Aunque Sara
tenía dudas, más adelante dio a luz a Isaac (Génesis 21:2). En sus celos por la
herencia de su hijo, Sara obligó a Agar e Ismael a irse al desierto. Tras la muerte
de Sara, Abraham se casó con Cetura y tuvo seis hijos más, si bien la línea del
patriarcado bíblico pasó por Isaac.
Isaac: Isaac fue un hombre de gran fe, que confió en su padre cuando Dios le dijo
a Abraham que lo sacrificara (Génesis 22) y confió en el siervo de su padre para
que escogiera a Rebeca como su esposa (Génesis 24). Sin embargo, después de
que su esposa quedara embarazada de gemelos y de que le dijeran que el mayor
(Esaú) serviría al menor (Jacob), Isaac se rebeló y de todas formas trató de
favorecer al mayor (Génesis 25; 27). Sin embargo, el plan de Dios era que Jacob
fuera el siguiente en la línea de patriarcas, y eso fue exactamente lo que sucedió.

Jacob: Cuando Rebeca supo que estaba embarazada de gemelos, Dios le dijo que
el mayor serviría al menor (Génesis 25:23). Jacob era apenas más joven, porque
salió sosteniendo el talón de su hermano Esaú. Esaú se casó, provocando el dolor
de Isaac y Rebeca (Génesis 26:35) y se convirtió en el padre de los edomitas
(Génesis 36:9), los cuales causaron problemas al pueblo de Israel. Se supone que
Jacob conocía la profecía dada a Rebeca, pero no creyó que Dios la iba a cumplir
en el momento indicado.
Tras la insistencia de Rebeca, Jacob (cuyo nombre significa "suplantador") engañó
a Isaac para que le diera la bendición del primogénito (Génesis 27) e
inmediatamente huyó con el hermano de Rebeca, Labán. Cuando Jacob se
enamoró de la hija menor de Labán, Raquel, Labán se mostró a favor de su
sobrino y lo hizo trabajar durante siete años, para que después se case con su hija
mayor, Lea. Al final de la semana de bodas de Lea, Labán le dio a Jacob a Raquel,

20
pero le tocó trabajar otros siete años. Como Jacob amaba más a Raquel que a
Lea, Dios la consoló permitiéndole concebir y tener hijos.
Raquel le entregó a Jacob su sierva, resultando en más hijos. Lea le respondió
con su sierva, y finalmente Raquel quedó embarazada, y Jacob terminó con doce
hijos y una hija. Antes de reconciliarse con Esaú, Jacob luchó con el Cristo
preencarnado, que le cambió el nombre a Israel ("el que lucha con Dios"; Génesis
32:24-28). La nación tomó el nombre, Israel, del hombre que fue el padre del
pueblo.

Los hijos de Jacob: Cada uno de los hijos de Jacob se convirtió en el patriarca de
una tribu de Israel. En su lecho de muerte, Jacob bendijo a cada uno de sus hijos
(Génesis 49), reflejando su propia herencia al colocar al hijo menor de José,
Efraín, por encima del mayor, Manasés (Génesis 48:14). Los hijos de Jacob y los
jefes de las tribus de Israel fueron Rubén, Simeón, Leví, Judá, Zabulón, Isacar,
Dan, Gad, Aser, Neftalí, Benjamín y los hijos de José, Efraín y Manasés.

LA HISTORIA DE JOSÉ
José era uno de los doce hijos de Jacob y, según dice la Biblia, el favorito de su
padre. Cuando José tenía diecisiete años de edad su padre le regaló una túnica
de colores. Los hermanos ya estaban resentidos con él debido a que José le
contaba a su padre las cosas malas que ellos hacían. La túnica vino a aumentar el
rencor en ellos.
Como si fuera poco, José tenía un don especial: Dios le revelaba a través de
sueños cosas que sucederían en el futuro.
Los sueños proféticos de José
Encontramos la historia bíblica sobre José en el libro de Génesis (capítulo 30:22-
24; capítulos 37 y del 39 al 50).
En su juventud, José tuvo dos sueños relacionados con él y su familia y decidió
contarlos. En el primer sueño él se vio en el campo junto con sus hermanos
atando gavillas (conjunto de ramas). De repente, su gavilla se levantó muy recta
mientras que las gavillas de sus hermanos se inclinaban frente a la suya.
En el segundo sueño José vio el sol, la luna y once estrellas - que representaban a
sus padres y sus hermanos - inclinándose ante él. Como es de esperar, ninguno
de los dos sueños le sentó bien a sus hermanos. El enojo y la envidia crecieron en
sus corazones así que comenzaron a tramar la forma de deshacerse de José. Su
padre, sin embargo, reflexionaba sobre esos sueños.

21
La realidad es que ambos sueños venían de Dios y hablaban de algo que llegó a
cumplirse con el pasar de los años. Luego de soportar muchos pesares e
injusticias José llegó a ser alguien muy importante y toda su familia tuvo que
inclinarse ante él.
José el soñador, vendido como esclavo
En una ocasión, los hermanos de José estaban en otro lugar apacentando las
ovejas. Jacob, el papá, envió a José a ver si sus hermanos y el rebaño estaban
bien. Cuando los hermanos vieron a José el soñador - como le llamaban - de lejos,
vestido con su túnica de colores, comenzaron a tramar un plan. ¡Querían
deshacerse de él (Génesis 37:12-36)!
La idea original era bastante macabra lo cual nos revela la condición del corazón
de algunos de sus hermanos:
Se dijeron unos a otros: Ahí viene ese soñador. Ahora sí que le llegó la hora.
Vamos a matarlo y echarlo en una de estas cisternas, y diremos que lo devoró un
animal salvaje. ¡Y a ver en qué terminan sus sueños!(Génesis 37:19-20)
Sin embargo, Rubén - el hermano mayor - se opuso a que le hicieran daño a José.
Él propuso que lo arrojaran a una cisterna y lo dejaran allí. En realidad, su plan era
venir luego a rescatar a su hermano y llevarlo de vuelta a casa, con vida.
Pero el plan tomó un giro inesperado cuando los otros hermanos vieron una
caravana de mercaderes madianitas que se dirigía a Egipto. Judá, uno de los
hermanos, sugirió no matar a José, sino venderlo y así lo hicieron. Así fue
como José se encontró vendido como esclavo y camino a Egipto.
Los hermanos tomaron la túnica de colores de José y la empaparon con sangre de
cabrito. Al llegar a casa le hicieron creer a su papá, Jacob, que José había muerto
devorado por un animal salvaje.

22
Por su parte, los madianitas al llegar a Egipto, vendieron a José por segunda vez.
Allí lo compró un funcionario de faraón y capitán de la guardia llamado Potifar.
José comenzó a trabajar para él y todo lo que hacía salía bien, algo que no pasó
desapercibido. Por esta razón, Potifar decidió nombrar a José mayordomo de su
casa y administrador de sus bienes.
Por causa de José, el Señor bendijo la casa del egipcio Potifar a partir del
momento en que puso a José a cargo de su casa y de todos sus bienes. La
bendición del Señor se extendió sobre todo lo que tenía el egipcio, tanto en la
casa como en el campo.(Génesis 39:5)
La casa prosperaba y todos estaban contentos. Lo único que Potifar no compartía
con José era, obviamente, su mujer. Por desgracia, la mujer de Potifar se antojó
con seducir a José y ahí comenzaron los problemas. José no cedía al acoso y ella
lo resentía.
Un día, cuando todos los que trabajaban en la casa estaban en otro lugar, la mujer
aprovechó para acercarse a José y agarrarlo por la ropa. Él salió corriendo porque
tenía temor de Dios y porque no quería causar pesar a Potifar. Al salir corriendo
dejó su manto en las manos de la mujer.

23
Ella, despechada, decidió contar la historia a su manera. Llamó a los siervos de la
casa gritando y les enseñó el manto de José diciendo que él había intentado
aprovecharse de ella. Cuando el marido llegó, ella le contó la misma historia y él,
enfurecido, mandó que echaran a José en la cárcel donde estaban los presos del
rey.
JOSÉ, EL INTÉRPRETE DE SUEÑOS
La Biblia dice en Génesis 39:20b-21 que «aun en la cárcel el Señor estaba con él
y no dejó de mostrarle su amor». José se ganó con facilidad la confianza del
guardia de la cárcel y este lo puso como encargado de todos los prisioneros y de
todo lo que se hacía allí.
Como el Señor estaba con José y hacía prosperar todo lo que él hacía, el guardia
de la cárcel no se preocupaba de nada de lo que dejaba en sus manos.(Génesis
39:23)
Una vez más, tal y como había sucedido con Potifar, José vio cómo Dios le daba
gracia ante los ojos de la persona encargada.
Luego de un tiempo, el faraón se enojó con dos de sus funcionarios, el jefe de los
coperos y el jefe de los panaderos. Los envió a prisión, a la misma cárcel donde
estaba José. Una noche, tanto el copero como el panadero tuvieron un sueño.
Por la mañana, José los notó algo inquietos y les preguntó qué les pasaba. Ellos le
confesaron que habían tenido dos sueños y que no encontraban a nadie que
pudiera decirles el significado de estos. José les contestó lleno de confianza en
Dios:
¿Acaso no es Dios quien da la interpretación? —preguntó José—. ¿Por qué no me
cuentan lo que soñaron?(Génesis 40:8b)
El sueño del jefe de los coperos

24
El primero en relatar su sueño fue el jefe de los coperos. Él vio en su sueño una
vid con tres ramas que comenzó a florecer y produjo uvas. Se vio a sí mismo
sosteniendo la copa del faraón, exprimiendo uvas antes de entregar la copa a su
jefe. José le dijo que el sueño significaba que en tres días el copero sería
indultado y volvería a su trabajo anterior como copero del faraón.
José aprovechó para pedirle al jefe de los coperos que cuando regresara a su
trabajo, se acordara de él. Su deseo era que intercediera por él ante el faraón.
Quizás así el faraón mostraría misericordia al darse cuenta de que había sido
injusto con José y le permitiría salir de la cárcel.
El sueño del jefe de los panaderos
Cuando el jefe de los panaderos vio que la interpretación para el copero era
positiva, se llenó de valor y le contó su sueño a José. En el sueño, él se había
visto con tres canastas de pan sobre su cabeza. En la canasta de arriba había un
gran surtido de repostería, pero las aves venían y se comían lo que había en las
canastas.
José le dijo que en tres días el faraón lo mandaría a decapitar colgándole de un
árbol. Las aves vendrían y devorarían su cuerpo. Al cabo de tres días sucedió tal y

25
como José había dicho: el jefe de los coperos volvió a su trabajo, pero ahorcaron
al jefe de los panaderos.
Los sueños del faraón
Pasaron dos años. José ya tenía treinta años y permanecía preso. Una noche, el
faraón tuvo dos sueños. En el primero él se encontraba de pie junto al río Nilo. De
pronto vio siete vacas gordas y hermosas que salieron del río y se pusieron a
pastar. Detrás de ellas salieron otras siete vacas que eran muy flacas y feas y
estas se comieron a las primeras. Pero aun así ni engordaron ni se vieron más
fuertes.
En el segundo sueño el faraón vio siete espigas de trigo grandes y hermosas que
salían de un tallo. Tras ellas brotaron siete espigas muy delgadas y quemadas. Al
igual que había visto en el sueño de las vacas, las siete espigas delgadas se
comieron a las más grandes, pero permanecieron igual de delgadas y quemadas.

El faraón se levantó preocupado y envió a llamar a todos los magos y sabios de


Egipto, pero ninguno logró interpretar sus sueños. Fue en ese momento que el
copero del rey se acordó de José. Le contó al faraón cómo José había
interpretado correctamente su sueño y el del panadero dos años atrás. El faraón
mandó a llamar a José y fueron a buscarlo a la cárcel.

26
José interpreta los sueños del faraón
José se afeitó, se arregló bien y se presentó ante el faraón. Este le comentó que
se había enterado de que José interpretaba sueños. Una vez más, tal como había
hecho frente al copero y al panadero, José le dio la gloria a Dios.
No soy yo quien puede hacerlo —respondió José—, sino que es Dios quien le
dará al faraón una respuesta favorable. (Génesis 41:16)
El faraón le contó sus sueños a José y él los interpretó. José dijo que los dos
sueños significaban lo mismo y que el hecho de que soñara dos veces mostraba
que Dios estaba decidido a realizar lo que anunciaba.
Vendrían siete años de mucha abundancia a Egipto, pero a estos les seguirían
siete años de escasez y hambre. Serían de tal magnitud que la gente ni siquiera
se acordaría de toda la abundancia que habían disfrutado en los años anteriores.
José tuvo la valentía de aconsejar al faraón. Le dijo que debía encontrar a una
persona sabia y competente que se encargara de administrar bien a Egipto. El
propósito sería usar sabiamente los recursos disponibles y acumular suficiente
para los años de escasez que vendrían. José dio consejos muy sabios al faraón y
este contestó:
¿Podremos encontrar una persona así, en quien repose el espíritu de Dios?
Luego le dijo a José: Puesto que Dios te ha revelado todo esto, no hay nadie más
competente y sabio que tú. Quedarás a cargo de mi palacio, y todo mi pueblo
cumplirá tus órdenes. Solo yo tendré más autoridad que tú, porque soy el rey.
(Génesis 41:39-40)
José, gobernador de Egipto
Fue así como José pasó de estar en la cárcel injustamente a ser el gobernador de
Egipto. El faraón le dio un nuevo nombre a José, Zafenat Panea, y le dio una
esposa, una mujer llamada Asenat, hija de un sacerdote.
José comenzó a trabajar diligentemente para el faraón. Durante los siete años de
abundancia logró acumular alimento más que suficiente para todos. La escasez
comenzó y no solo afectó a Egipto, sino que se extendió por todas las naciones,
pero el pueblo de Egipto estaba preparado.
Poco a poco empezó a llegar gente de todo el mundo a Egipto con el propósito de
comprar alimentos. Diez de los hermanos de José estaban entre los que llegaron
desde otros países y regiones del mundo en busca de alimento. Al final, ellos sí se
postraron ante José pidiendo su favor y comida, tal y como José había soñado
cuando tenía solo diecisiete años.
Los hermanos de José en Egipto

27
José reconoció a sus hermanos, pero no dijo nada y ellos no se dieron cuenta de
que era José. Él les hizo algunas preguntas para conseguir más información sobre
su padre y sobre Benjamín, el hermano menor. José también intentaba entender el
estado del corazón de sus hermanos.
Primero los acusó de ser espías. Ellos se defendieron, pero él dijo que no les creía
y los metió en la cárcel por 3 días.
Al tercer día les dijo: Yo soy un hombre temeroso de Dios. Hagan lo siguiente y
salvarán su vida. Si en verdad son honrados, quédese uno de ustedes bajo
custodia, y vayan los demás y lleven alimento para calmar el hambre de sus
familias. Pero tráiganme a su hermano menor y pruébenme que dicen la verdad.
Así no morirán.
Ellos aceptaron la propuesta, pero se decían unos a otros: Sin duda estamos
sufriendo las consecuencias de lo que hicimos con nuestro hermano. Aunque
vimos su angustia cuando nos suplicaba que le tuviéramos compasión, no le
hicimos caso. Por eso ahora nos vemos en aprietos.
(Génesis 42:18-21)
José ordenó que les devolvieran el dinero sin que ellos lo supieran y en el camino
de regreso a casa ellos se dieron cuenta de que aun tenían el dinero. Se
asustaron y pensaron que era una trampa para volver a apresarlos. Sin embargo,
no fue así y consiguieron llegar a su casa, todos menos Simeón, que se había
quedado en Egipto bajo custodia.
Jacob, el papá, no quería que sus hijos regresaran a Egipto, menos aun que se
llevaran a Benjamín con ellos. El tiempo pasó, pero llegó el momento en el que
necesitaban más comida. ¡Debían regresar! Judá se responsabilizó por la
seguridad de Benjamín y emprendieron el viaje. Iban cargados de regalos y
productos de la región. También llevaban el doble del dinero por insistencia del
padre que esperaba proteger a sus hijos de más contratiempos.
Reunión familiar
José, al verlos, pidió que los llevaran a su casa y prepararan una gran cena. Ellos
se asustaron, pero el mayordomo de José les dijo que estaba todo bien. Simeón,
el hermano que había permanecido en Egipto, se reunió con ellos. Al mediodía,
José se reunió con ellos para comer. Preguntó cómo estaba el papá y al ver a
Benjamín, se emocionó. Se escondió para llorar y luego se reunió con sus
hermanos para comer y beber juntos.

28
Luego, José le ordenó a su mayordomo que al colocar los alimentos en sus
bolsos, escondiera su copa de plata entre las cosas de Benjamín. El mayordomo
lo hizo y poco después de ellos salir en su viaje de regreso a Canaán, el
mayordomo los persiguió y les preguntó: «¿Por qué me han pagado mal por bien?
¿Por qué han robado la copa que usa mi señor para beber y para adivinar?»
(Génesis 44:4-5).
Ellos lo negaron, pero obviamente, él encontró la copa en la bolsa de Benjamín.
Ellos se atemorizaron pues no podían permitir que apresaran a Benjamín. Sería un
golpe demasiado fuerte para Jacob, su padre. José, al verlos tan exaltados, no
pudo más y les reveló que él era José, el hermano que habían vendido a los
madianitas.
Yo soy José, el hermano de ustedes, a quien vendieron a Egipto. Pero ahora, por
favor no se aflijan más ni se reprochen el haberme vendido, pues en realidad fue
Dios quien me mandó delante de ustedes para salvar vidas.(Génesis 45:4-5)
Él les comunicó su plan: ellos buscarían al papá y vendrían a vivir a la región de
Gosén en Egipto. Todavía quedaban varios años de hambre, pero en Egipto no les
faltaría nada. Así lo hicieron. Buscaron a Jacob y él volvió a ver a su hijo José
después de tantos años.

29
Sin embargo, Jacob pidió que al morir no lo enterraran en Egipto sino junto a sus
antepasados en Canaán. Cuando llegó el momento, José y sus hermanos
honraron su petición y llevaron su cuerpo a Canaán, al lugar que él les había
indicado (Génesis 50:12-13).

LA EXCLAVITUD (DEL 1700 AL 1250 A.C.)

DE LA SERVIDUMBRE AL SERVICIO

Después de la historia de Abraham (Gén. 12-25), el libro del Génesis nos refiere la
de Isaac y Jacob (Gén. 25- 36); después del padre del pueblo elegido, estos dos
patriarcas son los depositarios de las promesas divinas, y con ellos continúa la
historia de la salvación. También ellos prosiguen una existencia semi-nómada en
Canaán como pastores de ganado menor que se desplazaban según las
estaciones del año. Finalmente, el hambre obliga a Jacob y a sus hijos a marchar
a Egipto y a instalarse allí historia de José: Gén. 37-50).

Más de 400 años– en que los hebreos permanecieron en Egipto; quizá no hay
ninguna intervención especial de Dios

30
Esta situación va a ser la ocasión de una nueva y clamorosa intervención de Dios;
la liberación de la esclavitud de Egipto será para todas las generaciones
posteriores el hecho fundamental al que se referirá la fe de Israel (Dt. 26,5-8); el
«Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob» será a partir de ahora el «Dios que te ha
sacado del país de Egipto, de la casa de la servidumbre» (Ex. 20,1).
La bajada de Jacob y sus hijos a Egipto coincide con las noticias de que algunos
pueblos semitas se introdujeron hacia 1700 a.C. en Egipto. Estos pueblos, los
hicsos, dominaron durante casi dos siglos el país, hasta que finalmente fueron
expulsados. Los hebreos y otros grupos semitas permanecieron en el delta del
Nilo. Pero el hecho de que hubieran sido aliados o colaboradores de los hicsos y
la necesidad de abundante mano de obra para las nuevas construcciones provocó
que se dictasen medidas opresoras contra ellos y que fueran convertidos en
esclavos.
En esa situación de opresión es perfectamente creíble que los hebreos anhelasen
la libertad perdida de su antigua vida seminómada.

La esclavitud a la que sometió el Faraón a los judíos tuvo dos fases, con dos
propósitos distintos.

Entonces impusieron sobre ellos capataces para debilitarlos con duros trabajos. Y
los judíos edificaron para Faraón las ciudades fortificadas de Pitom y
Ramsés.Éxodo 1:11

En la primera fase de la esclavitud el Faraón hace trabajar a los hijos de


Israel para construir Pitom y Ramsés. Los judíos trabajaban “para el gobierno”.
Esta esclavitud era un procedimiento “legal”. El monarca egipcio –irónicamente
desde el tiempo de Yosef –era también el “Amo y Señor” de todos los egipcios.
Los egipcios eran sus súbditos y el Faraón podía demandar de ellos cualquier tipo
de servicio: sumarse a su ejército para defender su territorio o trabajar en los
proyectos de construcción que el soberano consideraba necesario.

En esta primera fase, el trabajo de los judíos consistía en construir las ciudades de
Pitom y Ramsés, que, según la interpretación más aceptada, eran fortificaciones
posiblemente de uso militar. Este dato no es superfluo.

Estas fortificaciones no eran construidas con ladrillos comunes como las


casas o templos, sino con piedras talladas. Podemos suponer que los judíos
trabajaban en las canteras extrayendo la roca, tallándolas (“los egipcios fueron los
primeros en emplear la piedra tallada para erigir templos, pirámides y otras
edificaciones monumentales” idem) y cargando las pesadísimas piedras, que a
veces, como en el caso de las pirámides, pesaban varias toneladas, y montarlas
una encima de la otra.

31
Por último, debemos comprender cuál era el verdadero propósito de la esclavitud
en esta primera fase.

Cuando el Faraón pronuncia su famoso discurso de propaganda


denunciando el supuesto peligro que los judíos representan para Egipto,
propone un plan estratégico para afectar su procreación. Esclavizarlos y
hacerlos trabajar en la construcción de día y de noche, era la manera de evitar
que cuando regresaran a sus casas no tuvieran ni el tiempo ni la energía de
procrear.

Así, de una manera sofisticada, legal y no violenta se reduciría significativamente


la tasa de natalidad de los judíos. La construcción de estas fortificaciones, por lo
tanto, no era el propósito de la esclavitud, sino la excusa para frenar el crecimiento
demográfico de judíos. Pero, como la Torá lo dice explícitamente en el próximo
versículo, el plan del Faraón no produjo los resultados esperados.

Pero cuanto más oprimían [a los judíos con trabajos forzados, los judíos]
más procreaban y más se multiplicaban. Y los egipcios se sintieron
amenazados por los hijos de Israel. Éxodo 1:12

El plan del Faraón falló. El pueblo de Israel no se debilitó, sino que por el contrario,
se fortaleció y siguió creciendo.

EL ÉXODO LA LIBERACIÓN DEL PUEBLO DE DIOS


La liberación del pueblo de Israel; una liberación en que Dios tiene la iniciativa de
principio a fin; una liberación en la que Él es el verdadero protagonista; una
liberación que servirá de paradigma o punto de referencia para todas las etapas
siguientes de la historia de salvación.
Después de descubrir la situación de opresión, que se hace cada vez más aguda
e insoportable (c. 1), el autor sagrado dice: «Oyó Dios sus gemidos y se acordó
Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob y miró Dios a los hijos de Israel y
conoció...» (Éx. 2,23-25). Dios se hace cargo de la situación y se dispone a tomar
cartas en el asunto; porque Dios oye, se acuerda, mira y conoce, la historia de la
salvación se pone en marcha de nuevo; Dios tiene un plan que va a comenzar a
ejecutarse.
Dios ha suscitado al que va a ser instrumento de su acción liberadora, Moisés por
parte de Dios para que llegue a ser instrumento dócil de sus planes; desde el en
que Dios le llama y le revela sus designios de salvación, vamos siendo testigos de
la transformación de Moisés como enviado de Dios.
El plan de Dios incluye dificultades y obstáculos, algunos de los cuales parecen
insalvables. Parecería que al intervenir Dios todo debe funcionar con absoluta

32
facilidad. Sin embargo, no es así: el Faraón se opone a los planes de Moisés, los
mismos israelitas no le hacen caso, la situación se complica cada vez más...
A través de todas estas dificultades, humanamente insuperables, Moisés va
aprendiendo –y nosotros con él– que sólo Dios puede salvar; la iniciativa y las
argucias humanas fracasan y experimentan su propia impotencia; en cambio, el
plan del Señor se abre 20 Historia de la Salvación paso y avanza, aunque sea por
caminos desconcertantes.
Las dificultades a Dios no le resultaban imprevistas: «Ya sé yo que el rey de
Egipto no os dejará ir ...» (Éx. 3,19). Más aún, nos indicaba que esas dificultades
eran ocasión para que manifestase más palmariamente su gloria (Éx. 7,3-5).
Ahora, mediante las plagas, Dios comienza a dar signos de que está vivo, de que
está presente, de que es poderoso...
El que recapacite descubrirá que en ellas está presente «el dedo de Dios» (Éx.
8,15), que Dios está interviniendo; el que no quiera reconocer la mano de Dios y
se obstine, tendrá que reconocer esa intervención de Dios a la fuerza, pues se
impone por su propio peso, pero ya será demasiado tarde (c.14). Antes de salir de
Egipto, el pueblo celebra la fiesta de la Pascua (c. 12- 13). Pascua significa
«paso»: Dios ha pasado salvando a su pueblo, y el pueblo celebra festivamente,
de manera litúrgica ese paso del Señor.
Finalmente, a punto de salir de Egipto aparece la dificultad mayor: parece que
todo está definitivamente perdido (Éx. 14,5-12). Sin embargo, esta dificultad
suprema va a ser la ocasión de la mayor intervención de Dios que se va a cubrir
de gloria (Éx. 14,4) Al pueblo de Israel, que ha visto a los egipcios muertos a
orillas del mar (Éx. 14,30) y sobre todo ha visto la mano fuerte de Yahveh (Éx.
14,31) no le queda más que admirarse y creer (Éx. 14,31) y cantar exultantes las
hazañas del Señor que de manera tan patente ha experimentado (Éx. 15,1-21).

EL DON DE LA ALIANZA
La liberación de la esclavitud, con ser importante, no es todo. Gracias a ella
desaparece la opresión; las tribus, que antes estaban dispersas, ahora constituyen
un solo pueblo; la acción liberadora de Dios les ha aglutinado entre sí y les ha
hecho experimentar que son un solo pueblo.
Pero la libertad recuperada no es un fin en sí misma; si Dios los ha liberado, es en
función de algo más: para que entren en alianza, en comunión de vida con el Dios
que los ha liberado, para que sirvan a Yahveh (Éx.7,16). El pueblo de Israel tenía
experiencia de alianzas entre individuos, entre clanes y entre pueblos (ver, por
ejemplo, la alianza entre Israel y los gabaonitas en Jos. 9,3-21).

33
Hasta nosotros han llegado diversos formularios de alianza entre dos reyes en
iguales condiciones o entre un rey vencedor y un vasallo. Estas alianzas eran
pacto o contrato de mutua pertenencia, que unía con un vínculo sagrado a ambas
partes, deparándoles derechos y deberes. Además, Dios ya había establecido su
alianza con Noé (Gén. 9, 8-17) y con Abraham (Gén. 15; 17).

Ante todo, la alianza de Dios con su pueblo no arranca de ninguna necesidad u


obligación; si Yahveh entra en alianza es por una iniciativa absolutamente libre y
gratuita. Como recalcará el libro del Deuteronomio (7,7-8): «No porque seáis el
más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahveh de vosotros y os ha
elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que
os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros padres...» El relato de la
alianza (Éx. 19-24), que es sellada en el monte Sinaí, resalta esto mismo.

A la propuesta de Yahveh a través de Moisés (Éx. 19,3-6) el pueblo no hace más


que asentir (Éx. 19,7-8): «Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh». Más aún, Dios
mismo es quien va imponiendo las condiciones, en primer lugar el ser purificados
para entrar dignamente en alianza (Éx. 19,10- 15). Purificado el pueblo, Dios se
manifiesta en una impresionante teofanía (Éx. 19,16-24).

En ella el Dios invisible muestra su grandeza y su sublime majestad. La


prohibición de acercarse a Él subraya su trascendencia y santidad, el hecho de
que Dios no puede ser apresado por el hombre. Gracias a la alianza Israel se
convierte en «propiedad personal de Yahveh» (Éx. 19,5), en nación consagrada a
Él (Éx. 19,6) en pueblo suyo (Lev. 26,12). Yahveh, por su parte, queda «aliado»,
comprometido con Israel como «su Dios» (Lev. 26,12); ha entrado libremente en
alianza, por iniciativa suya; pero una vez sellada la alianza Dios queda realmente
comprometido. Yahveh se compromete a estar siempre cercano a su pueblo, a
protegerle, a liberarle de los enemigos, a darle una tierra...

De ahí que, a lo largo de su historia, sobre todo en las dificultades, Israel apele a
este compromiso que Yahveh ha adquirido: «Recuerda tu alianza» (Sal. 74,20). El
pueblo, por su parte, debe obedecer a la ley recibida de Yahveh para ser fiel a
esta alianza. Israel no está pasivamente en la alianza; aunque la iniciativa sea de
Dios, el pueblo debe adherirse a ella plenamente y esta adhesión debe expresarse
de manera real y concreta en el cumplimiento de la voluntad de Yahveh: no sólo el

34
Decálogo (Éx. 20,1- 17), sino el Código de la Alianza (20,22- 23,33) que aplica el
decálogo a todas las circunstancias de la vida cotidiana.
Cumpliendo la ley dada por Yahveh, el pueblo ratifica cada día y cada instante la
alianza. Esta, en efecto, ha de ser vivida y mantenida cada día, como da a
entender la condicional de Éx. 19,5: «Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi
alianza...»; siendo algo vivo y dinámico, la alianza ha de ser renovada en cierto
modo continuamente; tomándola por algo estático e inamovible, el pueblo de Israel
olvidó esta relación viva y personal con Yahveh y la alianza acabó fracasando; no
ciertamente porque Dios fuera infiel, sino porque Israel rompió reiteradamente la
alianza al desobedecer la voluntad de Dios... Finalmente, la alianza es
positivamente sellada (Éx. 24). Después de que Dios manifiesta su voluntad a
través de Moisés y el pueblo la acepta (Éx. 24,3), se erigen estelas como recuerdo
memorial del pacto (Éx. 24,4).
Luego viene el rito de la sangre. Puesto que la sangre era para ellos la vida, el
principio vital (Dt. 12,23; Lev. 17,14) rociar con sangre el altar –que representa a
Dios– y el pueblo significa la comunión de vida que la alianza ha establecido entre
Yahveh y su pueblo; y lo mismo significa el banquete (Éx. 24,9-11), símbolo de
unión gozosa y pacífica entre los comensales.

35
LOS JUECES
Después de la muerte de Josué y hasta el primero de los reyes de Israel, Saul, las
tribus vivieron un tanto independientes, solo los unía la misma fe Enel Dios de
Abraham.
De esta forma se nos hacer ver que Dios no es indiferente al comportamiento del
pueblo, sino que cuando le son infieles. El se encarga de corregirlos, Y cuando
hay arrepentimiento el mismo se encarga de auxiliarlos.
¿Por qué se les llamo jueces? Por qué de algún modo eran los instrumentos de
Dios para hacer justicia (castigando a los enemigos del pueblo), pero su función
no era solo esa. La palabra Juez es sinónimo de gobernante, rey. Como el pueblo,
después de la muerte de Josué no tenia un dirigente, Dios se encargaba de
suscitar a alguien que fuera el líder, que como caudillo actuara en nombre de Dios
y encabezara al pueblo. Esta experiencia se prolongo hasta que llego el primer rey
Saúl.

Los israelitas se portaron muy mal con Yavé; se olvidaron de Yavé, su Dios, y
sirvieron a los Baales y a los Aserás.
[Link] esto estalló la ira de Yavé contra Israel y los dejó en manos de Cusan
Risataím, rey de Aram, al que estuvieron sometidos durante ocho años.
[Link] los israelitas clamaron a Yavé, y él suscitó de entre ellos un libertador
que los salvó, Otoniel, hijo de Quenaz y hermano menor de Caleb.
[Link] espíritu de Yavé estuvo sobre él y se puso al frente de Israel. Hizo la guerra
y Yavé puso en sus manos a Cusan Risataím, rey de Aram, al que venció.
[Link] país tuvo paz por espacio de cuarenta años. Luego murió Otoniel, hijo de
Quenaz.
[Link] israelitas volvieron a portarse mal con Yavé, y él fortaleció a Eglón, rey de
Moab, para que los atacara; la razón fue solamente porque se portaban mal con
Yavé.
[Link]ón se unió a los amonitas y los amalecitas; luego se puso en marcha y
derrotó a Israel y tomó la ciudad de las Palmeras.
[Link] israelitas estuvieron sometidos a Eglón, rey de Moab, dieciocho años.

36
[Link], como clamaron a Yavé, él les dio un libertador, Ehud, hijo de Guerá, de la
tribu de Benjamín, que era [Link] israelitas le encargaron llevar un regalo a
Eglón, rey de Moab.
[Link], pues, se hizo un puñal de dos filos, de un codo de largo, y se lo ciñó
debajo de la ropa sobre el muslo derecho,
Luego vino Samgar, hijo de Anat, que derrotó a seiscientos hombres de los
filisteos con una picana de bueyes, salvando también él a Israel.
Entonces los hijos de Israel hicieron lo que desagradaba a Yahveh y sirvieron a los
Baales.
[Link] a Yahveh, el Dios de sus padres, que los había sacado de la
tierra de Egipto, y siguieron a otros dioses de los pueblos de alrededor; se
postraron ante ellos, irritaron a Yahveh;
[Link] a Yahveh y sirvieron a Baal y a las Astartés.
[Link] se encendió la ira de Yahveh contra Israel. Los puso en manos de
salteadores que los despojaron, los dejó vendidos en manos de los enemigos de
alrededor y no pudieron ya sostenerse ante sus enemigos.
[Link] todas sus campañas la mano de Yahveh intervenía contra ellos para
hacerles daño, como Yahveh se lo tenía dicho y jurado. Los puso así en gran
aprieto.
[Link] Yahveh suscitó jueces que los salvaron de la mano de los que los
saqueaban.
[Link] tampoco a sus jueces los escuchaban. Se prostituyeron siguiendo a otros
dioses, y se postraron ante ellos. Se desviaron muy pronto del camino que habían
seguido sus padres, que atendían a los mandamientos de Yahveh; no los imitaron.
[Link] Yahveh les suscitaba jueces, Yahveh estaba con el juez y los salvaba
de la mano de sus enemigos mientras vivía el juez, porque Yahveh se conmovía
de los gemidos que proferían ante los que los maltrataban y oprimían.
[Link] cuando moría el juez, volvían a corromperse más todavía que sus padres,
yéndose tras de otros dioses, sirviéndoles y postrándose ante ellos, sin renunciar
en nada a las prácticas y a la conducta obstinada de sus padres.
[Link] encendió la ira de Yahveh contra el pueblo de Israel y dijo: «Ya que este
pueblo ha quebrantado la alianza que prescribí a sus padres y no ha escuchado
mi voz,
[Link] yo arrojaré en adelante de su presencia a ninguno de los pueblos que
dejó Josué cuando murió.»

37
[Link] para probar con ellos a Israel, a ver si seguían o no los caminos de Yahveh,
como los habían seguido sus padres.
[Link] dejó en paz a estos pueblos, en vez de expulsarlos enseguida, y no los
puso en manos de Josué.

El Libro de los jueces nos menciona como ultimo Juez a Sansón, pero aparece
después otro personaje mejor conocido como profeta Samuel, quien también es
presentado como juez de Israel.
Después de esto samuel pone a sus hijos como jueces y resultaron corruptos y no
supieron cómo ayudar a su padre, Fue entonces cuando le pidieron a Samuel un
rey, comenzando asi con otra etapa para el pueblo.
Samuel se disgustó porque tal petición insinuaba un alejamiento de los caminos
de Dios y un acercamiento a los criterios humanos, El pueblo en contacto con los
demás pueblos se estaba mundanizando. De hecho Dios le dijo a Samuel que no
se enoje, pues no es tanto que lo desprecien a el como juez, sino a Dios, quien
suscitaba los jueces , a pesar de todo Dios es condescendiente con nuestros
caprichos porque sabe a fin de cuentas sacar provecho de nuestras terquedades,
Samuel, siguiendo las indicaciones de Dios les advierte de las desventajas de
tener un rey y aun asi el pueblos le responde: no importa queremos un rey.

LA MONARQUÍA LA MONARQUÍA EN ISRAEL

Aunque estaba rodeada de naciones que habían sido gobernadas por reyes
durante muchos años: Asiria, Babilonia, Egipto y las naciones de Canaán, la
monarquía y una forma centralizada de gobierno no apareció en Israel hasta cerca
del año 1000 a. C. Antes de ese tiempo, las escrituras judías dicen que «En
aquella época aún no había rey en Israel y cada cual hacía lo que le daba la
gana.» (Jueces 21:25).

Durante ese período, las diversas tribus de Israel eran más o menos
independientes entre sí. Sin embargo, cuando eran atacadas por un enemigo
mutuo se unían bajo la dirección de los líderes especiales escogidos por Dios y
llamados «jueces». Como estos ataques se hicieron cada vez más frecuentes,
muchas personas en Israel sintieron la necesidad de tener una forma permanente
de liderazgo, por lo que la gente dijo: «nombra un rey que nos gobierne, como es
costumbre en todas las naciones». (1 Samuel 8:5).

Esta demanda causa serios problemas en Israel. La gente necesitaba un líder


militar fuerte para hacer frente a la situación política, pero cuando Israel dijo que
quería ser «como todas las naciones» ellos negaron su relación especial con Dios.

38
Desde la época de Moisés, el pueblo de Israel se veía a sí mismo como pueblo
escogido por Dios y su rey era Dios y no un hombre.

Samuel, el profeta y último juez de Israel, advirtió a la gente sobre los peligros de
tener un rey humano (1 Samuel 8:11-18). Al final, accedió a llevar el asunto ante el
Señor. Este rey debía ser elegido por Dios y se esperaba que su reinado hiciera
visible el reinado invisible de Dios sobre el pueblo. De esta manera, tendrían su
«rey», pero Dios seguiría reinando sobre ellos.

Las escrituras judías reflejan evaluaciones positivas y negativas sobre la manera


en que la monarquía funcionó para Israel. Por ejemplo, el primer rey, Saúl, olvidó
su papel de líder elegido por Dios muy poco después de ser coronado rey. Su
reinado terminó de manera triste y trágica. (1 Samuel 15). Por otro lado, David es,
sin lugar a dudas, el mejor ejemplo de un rey fiel. Dios recompensó a David por su
obediencia al prometerle que siempre gobernaría a Israel alguien de su familia (2
Samuel 7).

Algunos reyes después de David se negaron a obedecer la ley de Dios y reinaron


sin tener en cuenta las instrucciones de Dios. Muy a menudo estos reyes, como
Acab y Manasés, fueron asesinados y rápidamente olvidados. Otros, como
Ezequías y Josías, hicieron todo lo posible para servir a Dios y fueron
recompensados por su fidelidad con muchos años de permanencia en el trono.

El experimento de cuatrocientos años de Israel con la monarquía se produjo a su


fin en el año 721 a. C. cuando el Reino del Norte (Israel) fue destruido por Asiria.
Cuando los babilonios derrotaron el Reino del Sur (Judá) y tomaron cautivos a
Sedequías ya sus principales ciudadanos, la monarquía en Israel terminó.

SAMUEL Y LA MONARQUÍA La presión del pueblo a Samuel inicia el proceso


definitivo de instalación de la monarquía en Israel. Los acontecimientos se narran
en los primeros capítulos del libro I de Samuel a quien se considera el último
shophet, y es mencionado también como profeta. Había iniciado su carrera como
servidor del sacerdote Eli en Shiló lugar situado entre Jerusalén y Siquén, que
funcionaba como el centro de la confederación de las tribus de Israel en esa
época.
Entonces los israelitas estaban amenazados por los filisteos, un pueblo emigrado
del Egeo o del Mediterráneo oriental que se había asentado a lo largo de la costa
de Canaán después del 1200 a.C.
Los capítulos IV-VII describen los combates entre ambos pueblos, la caída del
Arca de la Alianza a manos de los filisteos y su posterior recuperación e
instalación en Kiriat Yearim.
El relato bíblico deja bien claro que tanto Eli como Samuel eran líderes cuyo poder
se asentaba en la actividad relacionada con el culto y no en el carisma surgido en
la conducción militar. Ambos representaban una modalidad teocrática de gobierno,

39
en la que el gobernante es un sacerdote guiado por Dios. Prueba de ello es la
victoria obtenida por los israelitas contra los filisteos en Mizpá. Entonces Samuel
ofreció un sacrificio a Dios quien tronó estrepitosamente en el campamento
enemigo, el cual, atemorizado perdió la batalla. El anciano profeta afirma ante el
pueblo que ha sido Dios quien los ha salvado del enemigo filisteo Los hijos de
Samuel, nombrados jueces por su padre al envejecer éste, no cumplieron su
función al dejarse corromper por el lucro y sobornos . La falta de herederos aptos
para la función de juez-gobernante es uno de los motivos, junto con el de la edad
avanzada de Samuel, esgrimidos por los ancianos de Israel para pedir un
monarca. Ellos solicitan “un rey para que nos juzgue como los demás pueblos”
expresión que disgusta al anciano porque implica que el pueblo ha olvidado la
alianza pactada con Dios y su condición de “elegido”. Samuel pronuncia el famoso
pasaje conocido como “la constitución del rey”, mishpat hamelech en el original
que describe la futura conducta del gobernante:
LA ELECCION DE SAUL
la elección de Saúl por medio de suertes frente a todo el pueblo en Mizpáh. En
primer término la suerte cayó sobre la tribu de Benjamín, luego sobre la familia
Matri, y por último sobre Saúl, hijo de Kish, quien, por modestia, se había
escondido hasta que fue encontrado y Samuel lo presentó como “elegido por Dios”
y el pueblo lo aclamó como rey.
En ambos relatos la figura de Saúl cumple un papel pasivo, Samuel es el
personaje dominante y es finalmente el pueblo quien legitima la elección del
monarca. La importancia de este hecho se observa en el dictado y la escritura de
la “constitución real”, delante de toda la población, una vez que ella ha aclamado
al rey
La institución monárquica no confiere al pueblo el carácter de súbdito sino de
personaje activo, testigo de la legislación referida al rey y sobre todo un elemento
fundamental en la aceptación de éste. En la última narrativa, Saúl adquiere un
papel preponderante: tiene que defender a la población de Yabesh Gilad (en
Transjordania) de las amenazas de Nakhash, rey de los ammonitas El joven rey
viene del campo, detrás de los bueyes su nueva función no ha modificado sus
hábitos– y al enterarse del peligro inminente, “es invadido por el espíritu divino”
Si bien la amenaza se circunscribía a una población particular,41 Saúl convoca a
todos los habitantes. La victoria contra el enemigo es contundente y el rey la
atribuye a la ayuda de Dios, un concepto semejante al esgrimido por Samuel en
ocasión de la victoria contra los filisteos El anciano reúne a todos en Gilgal “para
inaugurar la monarquía”, ocasión en la que Saúl es proclamado rey por los
asistentes en medio del júbilo popular ( Este último relato muestra al joven
monarca como un exitoso líder guerrero y carismático que ha logrado dejar a un
costado la división en tribus y unificar a la población bajo su mando. El relato

40
prosigue con el último discurso de Samuel al pueblo. En sus palabras el anciano
recuerda su conducta honesta y justa,
Menciona el pacto existente entre Dios y el pueblo de Israel y el “mal” que éstos
cometieron al pedir un rey. El pueblo reconoce sus errores y temeroso, clama por
el favor divino El último consejo de Samuel al pueblo es el de seguir el camino
recto para no sufrir ningún mal A partir de este momento, la figura del anciano
Samuel cede lugar al nuevo rey, si bien continúa su influjo sobre el destino de este
último. La intención del capítulo ha sido la de mostrar la irreprochable conducta de
Samuel como profeta y conductor del pueblo y la imperiosa necesidad de que
tanto el rey como sus gobernados vayan por el camino recto.
El anciano no aconseja obediencia al rey sino a Dios, y el cumplimiento de sus
preceptos. La petición del rey ha sido un error por parte de los ancianos pues ello
significa la incapacidad de valorar la situación de privilegio frente a los demás
pueblos de la tierra.

EL REY SAÚL
Del reinado de Saúl se narran sus combates contra los enemigos de Israel –
filisteos, amalecitas–, su ruptura con Samuel por haber desobedecido órdenes del
anciano profeta, su caída en desgracia y la aparición de David, a quien Samuel
unge rey en el círculo familiar
La desgracia de Saúl se debe a malentendidos en su relación con Samuel: el rey
había esperado siete días junto al pueblo, amenazado por los filisteos, al anciano
quien no se presentó. Saúl realizó entonces un sacrificio a Dios, hecho que enojó
a Samuel quien le advirtió al rey que su reinado no sobreviviría Del mismo modo,
Saúl había transgredido una orden de Samuel al no consagrar al anatema todo el
botín capturado en la guerra contra los amalecitas
El anciano debía temer que el rey quisiera apoderarse de su autoridad en el
campo religioso y concentrar todo el poder, situación imposible de aceptar para
alguien que hasta hace poco regía los destinos del pueblo de Israel Era necesario
reemplazar la figura de Saúl. El elegido por voluntad divina fue el joven David,
nacido en Belén. El relato expresa que “el espíritu de Dios se apartó de Saúl y un
espíritu maligno, lo atormentaba”. De David, en cambio se dice que “Dios estaba
con él” Así se explica el desequilibrio emocional de Saúl, la entrada de David a la
corte, la compleja relación entre ambos que termina con la muerte del primero, y la
llegada de David al trono

SAÚL Y DAVID: LA LUCHAN POR EL TRONO

41
El mismo procedimiento de elección de Saúl como rey, ocurre con David: Samuel
lo unge cuando era un desconocido, el menor de siete hermanos y también bello.
Su fama llega después de matar al gigante filisteo Goliat A causa de esa victoria,
el pueblo entonaba “Saúl mató a miles y David a cientos de miles”, cántico que
suscita la envidia de Saúl, temeroso de perder el reino La consagración popular
después de una hazaña es una manera de legitimar el poder después de la
elección divina. La astucia del joven queda demostrada en su habilidad para crear
lazos personales: Jonatán, hijo de Saúl es su mejor amigo y logra casarse con la
hija del rey, Mical.

El intento de asesinato de David por parte de Saúl provoca la huida del primero,
que se refugia entre los filisteos. Su rey Akhish le concede la ciudad de Ziclag en
calidad de feudo El relato permite inferir que el conflicto entre Saúl y David no se
debió únicamente al desequilibrio emocional del primero, sino que el verdadero
motivo era la lucha del poder entre ambos. Durante su alejamiento de la corte,
David logra reunir una tropa de cuatrocientos hombres, construye lazos de
amistad con el rey de Moab y con familias importantes del sur de Judea mediante
lazos matrimoniales, por ejemplo, con la hija del rey de Guesur, reino arameo de
Siria .

El reino de Saúl destaca la conducta guerrera del monarca contra sus enemigos:
Moab, Amón, Edom, Amalec y los filisteos. Estos últimos fueron los más
encarnizados contra el pueblo de Israel: en una batalla (Guilboa) contra ellos
murieron Saúl y tres de sus hijos David pronuncia una elegía por la muerte del rey
y sus hijos que contribuye a forjar la imagen de un ser humano doliente,
apesadumbrado por la muerte de sus rivales –una situación antóloga ocurre en
ocasión de la muerte de su hijo Absalón

EL REY DAVID
Éste se instala en Hebrón, donde es ungido rey de Judá. Paralelamente Abner, el
jefe del ejército y tío de Saúl, proclama rey de Israel a un hijo de éste, Ishbaal
personaje temeroso y carente de autoridad. Surgen conflictos entre Ishbaal y
Abner, por lo que el antiguo general de Saúl decide pactar con David. Más tarde
es asesinado al igual que Ishbaal, aparentemente por venganzas familiares En
ambos casos el relato enfatiza la inocencia de David: en Iel rey afirma:
“Limpio estoy yo y mi reino ante Dios para siempre de la sangre de Abner ben Ner”
y condena a muerte a los asesinos de Ishbaal. La legitimación teológica del poder

42
davídico tiene lugar en el primer oráculo del profeta Natán, cuya función es la de
ser un intermediario entre Dios y el rey.

Después de conquistar la ciudad de Jerusalén, vencer a los filisteos y llevar el


Arca de la Alianza a esa ciudad, la intención de David es construir un templo que
centralice la actividad religiosa, pero la respuesta divina mediante la intervención
de Natán le ordena delegar esa tarea en un descendiente suyo a la vez que
promete un trono eterno para la dinastía davídica: “No apartaré mi benevolencia
de él (en referencia al heredero de David como lo hice con Saúl Tu casa y tu reino
permanecerán eternos ante mí Con respecto a la negativa de Dios de
construcción del templo, el texto bíblico en otros pasajes ofrece dos respuestas:
David estuvo muy ocupado a causa de las guerras que debió sostener contra sus
enemigos (esto responde Salomón a Jiram, rey de Tiro y por haber derramado
demasiada sangre en combate (lo dice David a Salomón en Se mencionan las
guerras de David contra los amalecitas los jebuseos, los filisteos, arameos de
Sobá y de Damasco. los ammonitas administrar justicia, fue cumplida por él en la
primera época de su reinado en tiempos posteriores su figura incurre en graves
errores que desatan sendas rebeliones (se prefiere el término “rebelión” al de
“revolución” porque no se trata de un movimiento contra la institución monárquica,
sino contra la figura de David): la de su hijo Absalón y la segunda comandada por
Sheba, hijo de Bikrí, de la tribu de Benjamín, apoyada por Efraín y Menasé.
La crítica denomina a estos pasajes la “historia de la sucesión al trono”: en ellos
los acontecimientos políticos son explicados en razón de los conflictos familiares.
El origen de estas luchas por el acceso al poder comienza a partir de un hecho de
la vida privada de David que gravita sobre toda su vida posterior: se trata del
episodio del adulterio con Betsabé, la mujer de Urías el hitita. La figura de David,
luminosa en sus comienzos, comienza a decaer.
Su otrora valentía frente al gigante Goliat se esfuma cuando el rey, en pleno
enfrentamiento con los amonitas, permanece en Jerusalén64 y Joab ejerce el
comando de las tropas La conducta cobarde del soberano, dominado por sus
pasiones contrasta con la de Urías el hitita, esposo de Betsabé, quien rehúsa
retornar a su casa y dormir con su mujer mientras el resto del pueblo vive en
tiendas aprestándose a combatir
El castigo divino es anunciado por el profeta Natán: “Entonces la espada jamás se
apartará de tu casa…Alzaré el mal en tu casa y tomaré tus mujeres frente a ti y se
las daré a otro que yacerá con ellas a la luz de este sol” palabras que preanuncian
los conflictos surgidos por lograr el acceso al poder.
El arrepentimiento inmediato de David le vale la obtención del perdón de Dios.
Este episodio, a pesar de pertenecer a la “vida privada” del rey es esclarecedor

43
por varios motivos: muestra al rey como apropiador de los objetos ajenos tal como
lo había anticipado Samuel con respecto al rey vuelve a revelar la tendencia
prodavídica del texto deuteronomista, opuesta a la figura de Saúll quien jamás fue
perdonado –en cambio David logra el perdón divino por último enseña cómo la
violación de los preceptos en el ámbito privado genera desgracias no sólo en el
orden personal, sino también en el marco institucional puesto que acarrea un
desorden político.
La rebelión de Absalón, hijo de David, también se origina en un conflicto familiar, y
en el contexto narrativo es preanunciada por las palabras de Natán citadas en
líneas anteriores. El problema surge con la violación de la hermana de Absalón,
hijo de David, llevada a cabo por Amnón, otro hijo del rey, quien resulta impune del
vergonzoso hecho, lo que provoca el odio de Absalón.
El soberano no cumple su función de juez y deja sin castigo a Amnón, su
primogénito, posteriormente asesinado por Absalón en un hecho de venganza,
Pero el rencor por la impunidad del suceso genera en este hijo de David el deseo
de rebelarse para apoderarse del trono ya que su padre no ha administrado
justicia como correspondía a su dignidad real. El inicio de la rebelión se describe
en los siguientes términos
Se levantaba temprano Absalón, se paraba al lado del camino de la puerta y a
toda persona que venía a ver al rey por un pleito le decía: ‘Dime tú, ¿de qué
ciudad eres?’ Y le contestaba: ‘tu siervo es de una ciudad de las tribus de Israel’.
Le decía Absalón: ‘tu caso es justo y correcto, pero nadie te ha de escuchar de
parte del rey’. y decía Absalón: ‘¡Quién me pusiera como juez del territorio y
vinieran a mí todas las personas con pleitos y juicios y yo les haría justicia!’ Y
cuando la persona se aproximaba para arrodillarse frente a él, le tendía la mano,
se la oprimía y lo besaba. 6Absalón hacía esto a todos los israelitas que se
dirigían al rey por un juicio y Absalón robó el corazón del pueblo de Israel.

EL REINADO DE SALOMÓN
Debido a la controvertida llegada de Salomón al poder, el relato introduce un
sueño que éste tiene en el santuario de Gabaón mediante el cual logra la
aprobación divina En él, el soberano solicita a Dios “un corazón oyente para
juzgar al pueblo, capaz de diferenciar entre el bien y el mal” Obtiene la promesa
de alcanzarlo, como también abundante riqueza y gloria, siempre que cumpla con
los preceptos divinos al igual que su padre (i Salomón se caracteriza ser un
monarca constructor, hábil en crear relaciones diplomáticas y sobre todo –en ello
reside su fama– estar dotado de una sabiduría excepcional. Es una cualidad
concedida por Dios y de todas partes del mundo acuden ante la presencia del rey
para comprobar su don El juicio con respecto al niño cuya maternidad se la

44
atribuían dos mujeres es proverbial al igual que la visita de la reina de Saba, cuya
intención era la de “probar al rey en la resolución de enigmas”

Un hecho central atraviesa los primeros años de su reinado: la construcción del


Templo de Jerusalén89 (denegada a su padre). Para ello emplea el sistema de
leva que consistía en prestaciones personales de carácter obligatorio por ser
consideradas de utilidad pública La obra se extendió durante siete años y es
inaugurada por el rey en una ceremonia frente a la asamblea del pueblo La
descripción del Templo es detallada al igual que la del palacio real rey de Tiro
había enviado sus servidores y gran cantidad de madera de cedro y de ciprés para
ayudar a la edificación y a cambio había recibido cargamentos de trigo y de oliva
molida
Algunos de los lazos internacionales creados por Salomón se sellaron mediante el
matrimonio – conducta análoga a la de su padre–: el casamiento con la hija del
faraón de Egipto La alianza fundamental más importante fue la existente con Jiram
de Tiro. El embellecimiento de la ciudad de Jerusalén con sus construcciones
reales y el notable enriquecimiento del rey son un indicio de que su conducta se
oponía a la que debía guardar un soberano que cumpliese la legislación mosaica.

la imagen del monarca se ensombrece notablemente. Se transforma en un


gobernante opuesto al de su juventud: en su ancianidad tomó por esposas a
muchas extranjeras “que desviaron su corazón hacia otros dioses veneró a Astarté
–diosa de los sidonios– y construyó un altar a Kemosh –divinidad de Moab– en la
montaña frente a Jerusalén y a Molech –divinidad amonita La leva que impuso el
soberano tanto a súbditos extranjeros como al pueblo de Israel es otra medida de
carácter autoritario. Si bien en su comienzo estos trabajos impuestos a la
población estaban destinados al Templo, más tarde ella fue obligada a trabajar en
las construcciones personales del rey –hecho que implica una peligrosa
asociación con la esclavitud en Egipto – que endeudaron al monarca en grado tal
que se ve obligado a ceder a Jiram en pago veinte ciudades de Galilea (íd. De tal
manera el soberano infringía los preceptos expresados en De.

Según los cuales el monarca no debía abundar ni en caballos ni en mujeres, ni


demasiada plata y oro. Además, por haber tomado esposas de otros pueblos,
violaba lo ordenado en y que prohibía la relación con los otros habitantes del país
(amorreos, cananeos, jebuseos, pereceos, gurigazeos, hititas, etc.). Los conflictos
que padeció el reinado de Salomón se atribuyen a su mala conducta: “Suscitó
Dios un adversario a Salomón en Hadad, edomita…” ;

45
“Dios le suscitó otro adversario en Rezón palabras que recuerdan los versículos
del libro de Jueces, que narran la aparición de enemigos como castigo por las
faltas cometidas por el pueblo. Los pesados tributos que debía pagar el pueblo
produjeron un gran descontento que estalla en días de su hijo Roboam. Éste
desoye el pedido popular de aligerar la gravosa carga y sigue el consejo de los
jóvenes y no el de los ancianos que sirvieron a su padre Cuando el pueblo se
congrega en Siquén para proclamarlo rey y obtiene una respuesta negativa,
estalla el cántico que ya circulaba en tiempos de David contra esa dinastía.
Entonces se produce el cisma. Jeroboam, hijo de Nebat (a quien Dios le había
anticipado por medio del profeta Ajías que gobernaría sobre las diez tribus, es
aclamado por el pueblo como rey de Israel (íd., mientras que Roboam gobierna en
Judá. Los dos reinos jamás volvieron a unirse

LOS PROFETAS
Profetas Mayores: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel.
Profetas Menores: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum,
Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, Malaquías.

Clasificaciones
Esta clasificación se basa en el tamaño de los libros. Cualquiera de los tres
libros Isaías, Jeremías o Ezequiel, es por si solo más extenso que todos los doce
Profetas menores junto. Daniel contiene casi tanto como los dos más extensos de
los Profetas Menores, Oseas y Zacarías.

CLASIFICACIÓN CRONOLÓGICA:
 13 de los Profetas se relacionaban con la destrucción de la nación
hebrea; 3, con su restauración.
 La destrucción de la nación se efectuó en dos etapas.
 El reino del norte cayó en 734-721 a.C. Antes y durante este periodo
fueron: Joel, Jonás, Amós. Oseas, Isaías y Miqueas.
 El reino del sur cayó en 606-586 a.C. De este periodo fueron:
Jeremías, Ezequiel, Daniel, Abdías, Nahum, Habacuc y Sofonías.
 La restauración de la nación fue en 536-444 a.C. Se relacionan con
este periodo: Hageo, Zacarías y Malaquías.
CLASIFICADOS SEGÚN SUS MENSAJES:
Aun cuando incluían mensajes de mayor alcance, dirigían principalmente como
sigue:

46
 A Israel: Amós, Oseas.
 A Nínive: Jonás, Nahum.
 A Babilonia: Daniel.
 A los cautivos en Babilonia: Ezequiel.
 A Edom: Abdías.
 A Judá: Joel, Isaías, Miqueas, Jeremías, Habacuc, Sofonías, Hageo,
Zacarías, Malaquías.
Todo lector de la Biblia debe memorizar Los nombres de estos profetas, a fin de
poder referirse fácilmente a cualquiera de los libros.
EL EVENTO HISTÓRICO
Lo que evocó la obra de los profetas fue la apostasía de las diez tribus al final
del reino de Salomón (véase bajo 1 Reyes 12). Como medida política para
mantener alejados a los dos reinos el reino norteño adoptó como religión nacional
la adoración de un becerro, la religión de Egipto. Poco después añadió el culto de
Baal, que también logró infiltrarse en el reino del sur. En esta crisis, cuando el
pueblo de Dios mismo Le abandonaba y se entregaba a idolatría de las naciones
vecinas, y el nombre de Dios desaparecía de las mentes de los hombres y Sus
planes para la redención del mundo parecían fracasar, fue cuando aparecieron los
profetas.
PROFETAS Y SACERDOTES.
Los sacerdotes eran los maestros religiosos regulares de nación. Formaban una
clase hereditaria, y a menudo eran los más malvados de la nación. Pero con todo,
eran los maestros de religión. En lugar de clamar contra los pecados, caían en los
mismos y llegaban a ser caudillos de iniquidad. Los profetas no eran una clase
hereditaria. Cada uno recibió un llamamiento directo de Dios. Fueron llamados de
entre diferentes elementos. Jeremías y Ezequiel eran sacerdotes; quizás también
Zacarías. Isaías, Daniel y Sofonías eran de sangre real. Amós era pastor. No
sabemos lo que hayan sido los demás.
MISIÓN Y MENSAJE DE LOS PROFETAS
1. Tratar de salvar a la nación de su idolatría y maldad.
2. Fracasando en esto; anunciar que la nación sería destruida.
3. Pero no destruida del todo; un remanente serio salvo.
4. De en medio de este remanente vendría una influencia que se
extendería por toda la tierra y traería a Jehová a todas las naciones.
5. Esta influencia se hallaría en un gran hombre que un día se
levantaría en la familia de David. Los profetas le llamaban "el Renuevo."
La familia de David, en un tiempo la más poderosa del mundo, en los
días de los profetas cortada y derribada hasta gobernar a un reino
pequeño, despreciado y a punto de desaparecer, una familia de reyes
sin reino, no había de fenecer. Había de retoñar. Del trono de la familia
nacería un vástago, un retoño tan grande que sería en sentido especial
"el Renuevo".

47
ESTE PERIODO DE LOS PROFETAS
Abarcó, poco más o menos 400 años, 800-400 a.C. El evento céntrico del
período fue la destrucción de Jerusalén, cronológicamente más o menos a
mediados del período. Con este evento, de una o de otra manera, se relacionaban
de hecho o cronológicamente siete de los profetas: Jeremías, Ezequiel, Daniel,
Abdías, Nahum, Habacuc y Sofonías. La caída de Jerusalén fue el tiempo de
mayor actividad profética, ya sea para tratar de evitarla, o para explicarla. Aunque
Dios mismo trato la destrucción de Jerusalén, humanamente hablando, hizo
cuanto pudo para evitarla. Parece como que Dios prefiriera tener alguna institución
que representase la idea de Dios en el mundo, aunque esa institución estuviese
corroída de parte a parte con pecado y maldad, antes que no tener nada. Quizás
esa sea la razón por qué permitió la continuación del papado a través de la Edad
Media. En todo caso, Dios envió un despliegue brillante de profetas en un esfuerzo
para salvar a Jerusalén.
Sin haber podido salvar a la "ciudad santa" por la falta de santidad de ella, los
profetas arden en explicaciones y seguridades divinas de que la caída de la nación
elegida no significa el fin de los planes de Dios; que después de un tiempo de
castigo habría una restauración, y para el pueblo de Dios, un futuro glorioso.
EL MENSAJE SOCIAL DE LOS PROFETAS.
Muchos libros modernos acerca de los profetas hacen gran énfasis en su
mensaje social, su denunciación de la corrupción política, de la opresión y de la
podredumbre moral de la nación. Sin embargo, lo que más preocupaba a los
profetas
era la idolatría de la nación; que erraba la nación en su concepto de Dios. Es
sorprendente hasta dónde pasan esto por alto escritores modernos, especialmente
en vista de la verdad universalmente reconocida de que la vida social de una
nación es producto directo de su religión.
EL ELEMENTO PROFÉTICO.
La "erudición moderna" tiende a desdeñar el aspecto profético de la Biblia. Pero la
Biblia sí predice. El pensamiento más persistente en todo el A.T. es este: que
Jehová, Dios de la nación hebrea, llegará a ser Dios de todas las naciones. Las
generaciones sucesivas de escritores del A.T. pasan de lo general a lo particular
para describir y detallar la manera en que esto se hará.
Y en los Profetas, aun cuando ellos mismos no hayan comprendido el
significado pleno de algunas de sus palabras, y aunque algunas de sus
predicciones están veladas por las nieblas de los eventos históricos de sus propios
tiempos; sin embargo, la historia entera de Cristo y de la extensión del cristianismo
sobre la tierra queda dibujada de antemano, en bosquejo y en detalle, en lenguaje
que no puede referirse a ninguna otra cosa.

48
EL MENSAJE DE CADA PROFETA, EN UNA SOLA FRASE:

Visión de la Edad del Evangelio; la cosecha de Jehová entre las naciones


Joel:
Vislumbre del interés del Jehová de Israel, en los enemigos de Israel.
Jonás:
La Casa de David, ahora rechazada por Israel, un día regirá la tierra.
Amós:
Jehová, rechazado por Israel, un día será Dios de todas las naciones.
Oseas:
Dios tiene un remanente, para el cual hay un futuro glorioso.
Isaías:
El Príncipe Venidero de Belén, y su reinado glorioso.
Miqueas:
El juicio inminente de Nínive, y su desvanecimiento.
Nahum:
El advenimiento de una nueva revelación, bajo un nuevo nombre
Sofonías:
El pecado, la destrucción, y la gloria futura de Jerusalén.
Jeremías:
La caída de Jerusalén, su restauración, y su glorioso porvenir.
Ezequiel:
Por su enemistad contra el pueblo de Dios, Edom perecerá del todo
Abdías:
Los Cuatro Reinados, y el reinado universal y eterno de Dios,
Daniel:
La seguridad del triunfo final del pueblo de Jehová
Habacuc:
El segundo templo, y el gran Templo Futuro.
Hageo:
El Rey venidero, su casa, y su reinado de gloria.
Zacarías:
Malaquías: Último mensaje a la desobediente Nación Mesiánica.

LOS PROFETAS Y EL EXILIO

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LOS PUNTOS PROFÉTICOS DE LA HISTORIA

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A lo largo de la historia de la salvación los profetas han desempeñado un papel
fundamental. En la Antigua alianza ellos son un punto de referencia decisivo para
el pueblo de Dios en las épocas más difíciles de su historia; se sitúan entre el siglo
VIII y el siglo II a.C., aunque las figuras más representativas viven entre el siglo
VIII y el siglo V. Ellos son los portavoces de Yahveh en medio de las circunstancias
en que les toca vivir, iluminando, denunciando, suscitando esperanza... Tienen
conciencia de que su mensaje no proviene de sí mismos, sino de que ellos son
simple y escuetamente «la boca de Yahveh», el instrumento a través del cual el
Dios de la alianza no deja de hablar a su pueblo.
Cuando ven que su enfrentamiento sólo sirve para que se independicen los
pueblos sometidos por David, hacen las paces y se alían contra los arameos de
Damasco primero y contra los asirios después.
Con Josafat de Judá (873-849) y con Omrí (876-869) y Ajab (869-850) en Israel
ambos reinos alcanzan gran esplendor político (cfr.1Re. 16-22).
Con la prosperidad económica se dispara el lujo y la injusticia de los poderosos
para con los pobres (cfr. el episodio de la viña de Na). A la vez se acrecienta la
idolatría, sobre todo en el reino del norte, que sufre más directamente el influjo de
los pueblos paganos. En este contexto surge Elías, que durante el reinado de Ajab
y su esposa Jezabel en el reino del norte combate el culto de Baal y lucha por la
fidelidad al yahvismo; su mismo nombre (que significa «mi Dios es Yahveh») es
como un grito de guerra de este «profeta de fuego» (Sir. 48,1).
Aunque su predicación no ha quedado recogida por escrito, toda la tradición
bíblica considera a Elías como el prototipo de profeta (Mal. 3,23; Lc. 1,17; Mt.
17,10- 13) (Ciclo de Elías: 1Re. 17-22; 2Re. 1-2). Después de Elías actúa su
discípulo Eliseo; (1Re. 2-13). En el siglo VIII, con la decadencia de Asiria, que a su
vez había eliminado a los arameos, Israel y Judá recuperan las dimensiones del
reino unido bajo David (cfr. 2Re. 13-14).
Protagonistas de ello son Jeroboam II (785-745) en Israel y Azarías y Osías (795-
739) en Judá. Se recrudece la situación de injusticia y, aunque se sigue dando
culto a Yahveh, se trata en realidad de un culto vacío que encubre la opresión a
los pobres. En este contexto surgen los primeros profetas escritores: Amós y
Oseas en el reino del norte, y en el del sur Isaías y Miqueas.
Hacia el año 750, bajo el reinado de Jeroboam II, Amós, pastor de Técoa, pueblo
cercano a Belén, penetra en Samaría para anunciar la palabra de Yahveh. Con su
alma recia y sincera de campesino, denuncia vigorosamente las injusticias
(opresión de los humildes, corrupción de los jueces), la disolución de las
costumbres y el formalismo del culto. Como consecuencia de esta corrupción
predice el juicio y el castigo que llegará al pueblo del Día de Yahveh (Am. 5,18-20)
a pesar de lo cual anuncia –por primera vez en los profetas– la esperanza de
salvación de un «resto» (Am. 5,15).

56
Poco después de Amós, Oseas denuncia los mismos abusos pero insiste más que
aquel en la vida religiosa y en el culto, combatiendo el formalismo falso (Os. 6,6;
8,11-13). También predice el castigo (por ejemplo Os. 8,14; 9,1- 6), pero subraya
que todas las pruebas serán una llamada del amor divino para que Israel vuelva al
Señor. El amor de Dios a Israel se representa bajo el símbolo del amor conyugal
(Os. 2, que es una de las páginas más bellas de la Biblia) y bajo la imagen del
amor paternal y maternal (Os. 11,1-4).
Al final, por encima de todas las infidelidades del pueblo y de todos los castigos
de su Dios – signo también de su misericordia– triunfará el perdón, porque «soy
Dios y no hombre» (dice Yahveh por el profeta: Os. 11, 8-9).
Isaías, hombre culto y de familia relevante de la casa de Judá ejerce su ministerio
en Jerusalén a partir del año 740. Su predicación arranca de una fuerte
experiencia de la santidad de Yahveh (Is. 6), que reclama también la santidad de
los creyentes, sobre todo en lo referente a la justicia y a la rectitud interior, sin las
cuales el culto se reduce a unos cuantos ritos vacíos de sentido (Is. 1,10-23).
Isaías es además el profeta de la fe que exige depositar toda la confianza en sólo
Dios (Is. 26,2-5;30,15) rechazando el apoyarse en alianzas políticas que entrañan
múltiples contactos religiosos que hacen peligrar la pureza de la fe en Yahveh y
que son inútiles (Is. 30,1-5; 31,1-3; 8,12-13).
Predice también el castigo que vendría como consecuencia de los pecados de
Israel, pero también afirma poderosamente la perseverancia y la fidelidad de
algunos, el «resto de Israel» (Is.10,20-23).
Finalmente son célebres sus profecías mesiánicas, especialmente las del «libro
del Emmanuel» (7,10-17; 9,1-6; 11,1-9). Miqueas, contemporáneo de Isaías, no
dejó una colección tan abundante de textos como este, pero su ministerio dejó una
profunda huella en Jerusalén (Jer.26,18-19).
Sus palabras claras y concretas y su amor hacia los humildes y pequeños
recuerdan mucho el estilo de Amós, hijo también de labradores judíos. Junto a la
predicción de la ruina de Samaría y del castigo que amenaza a Judá, Miqueas
centra la esperanza de restauración en el Mesías que será descendiente de David
(Mi.5,1- 3, que citará Mt.2,6).
Con la muerte de Jeroboam II se manifiesta toda la corrupción y deterioro del
reino del norte, comenzando un período de anarquía en que los reyes se suceden
asesinándose unos a otros (2Re.15).
Mientras tanto, Asíria ha resurgido y encuentra una ocasión para intervenir en
Israel al ser llamada por el rey de Judá, Ajaz, a quien el rey de Israel y el de
Damasco han hecho la guerra por no aliarse con ellos contra a los asirios Is. 7.
Tiglat-Pilesar III realiza una incursión de castigo que repetirá años después
Salmanasar V con ocasión de una nueva rebelión del rey de Israel, Oseas, y

57
culminará Sargón II con el cerco y la destrucción de la capital, Samaria, y la
deportación del pueblo en el año 721 (2Re.17). Judá ha podido escapar del
desastre gracias a la declaración de vasallaje del rey Ajaz. Pero el precio ha sido
caro, pues además de pagar un elevado tributo, que repercute sobre el pueblo,
sobre los pobres, Ajaz se ha visto forzado a aceptar la religión del vencedor y, en
consecuencia, a fomentar la idolatría (c2Re.16; Is.2; Miq.5). Su hijo Ezequías,
orientado por Isaías, trata de rectificar realizando una amplia reforma religiosa que
inevitablemente debía conducir a la rebelión contra Asiria; cuando esta se lleva a
cabo, Jerusalén es liberada prodigiosamente del inminente castigo de Senaquerib
(2Re.18- 19; 2Cron.29,31; Is.14,24-27; 17,12- 14).
Su hijo Manasés se somete de nuevo a Asiria, llevando el paganismo a su máximo
esplendor en Judá (2Re.21,3- 7) y quedando como prototipo de rey impío,
causante de la destrucción del reino un siglo más tarde. Cuando sube al trono
Josías, nieto de Manasés, Asiria está a punto de caer bajo el poder del nuevo
imperio babilónico. La situación permite a Judá recuperar la independencia plena e
incluso extender sus dominios al antiguo reino del Norte. Más aún, realiza una
amplia y profunda reforma religiosa de acuerdo con el recién descubierto «Libro de
la Ley» (Deuteronomio) (año 622), celebrando la pascua con gran esplendor y
renovando la alianza con Yahveh (2Re. 22-23; 2Cron.34-35).
Esta reforma fue alentada y guiada por Sofonías y Jeremías. En la época
inmediatamente anterior al exilio destaca el profeta Jeremías entre sus
contemporáneos Sofonías, Nahum y Habacuc. De familia sacerdotal, Jeremías
nace cerca de Jerusalén hacia el año 645. De rica sensibilidad y piedad auténtica
y sincera, es llamado por Yahveh el año 627, ejerciendo su ministerio con una
fidelidad ejemplar en medio de toda clase de sufrimientos.
Obligado a profetizar calamidades contra su propia patria, se ve cruelmente
perseguido, pero no deja de anunciar las palabras de Yahveh. Aunque su vida
parece terminar en el fracaso total, su influjo fue enorme en la época del exilio y
después del exilio, siendo el impulsor de una religión más auténtica –la
espiritualidad de los pobres de Yahveh– y el anunciador de la nueva alianza.
Con la muerte del rey Josías, Judá se precipita rápidamente hacia la ruina.
Babilonia está en todo su apogeo, pero los ineptos reyes de Judá se rebelan una y
otra vez contra ella, confiando en la a-yuda de Egipto que nunca llega.
Finalmente Nabucodonosor se verá obligado a someter a Judá y a deportar una
parte escogida de su población, llegando incluso a destruir Jerusalén y el templo
de Salomón. Entre los deportados irá un sacerdote que años después se
constituirá en el guía espiritual del pueblo en el exilio: Ezequiel.

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Lo propio del profeta es hablar en nombre de Yahveh. El profeta es esencialmente
la «boca de Yahveh» (v. Jer. 15, 19; Is. 30,2), el órgano o instrumento a través del
cual Dios manifiesta a los hombres su palabra. Lo mismo si predice el futuro que si
realiza cualquier otro anuncio, lo decisivo es que Dios mismo pone sus palabras
en la boca del profeta (Jer.1,9; Éx. 4,12).
El punto de partida de la misión del profeta es la llamada de Dios. A diferencia de
los falsos profetas, que hablan por iniciativa propia (Jer. 23,21) y por eso sólo
dicen falsedades que extravían al pueblo (Jer, 23,32), el profeta auténtico surge
por iniciativa de Yahveh. Esta iniciativa irrumpe en la vida del profeta
transformando sus planes y sacándole del camino que seguía (Am. 7,14-15),
eligiendo al profeta a pesar de su limitaciones y objeciones (Jer 1,5- 8; Éx.4,10-
12), actuando incluso con violencia sobre él para que ejecute los planes de
Yahveh y transmita su palabra (Ez. 3,14; 8,3; Am.3,3-9).

EL EXILIO
Los hechos El año 597 Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó al rey
Joaquín y a los magnates de la población (2Re. 24,15-16). Unos años después, el
nuevo rey Sedecías, tío de Joaquín, faltando a su palabra conspiró contra el
soberano caldeo; si la primera deportación había intentado impedir una
sublevación, cuando esta sucede Nabucodonosor actúa más drásticamente: se ve
obligado a emprender una nueva ofensiva, asediando y tomando la ciudad Santa
en el año 587; la victoria fue seguida de una nueva deportación(2Re. 25, 11-12).
Y todavía hay una tercera deportación, en el año 582, probablemente como
represalia por la muerte de Godolías, el gobernador puesto por Nabucodonosor
sobre Judá. Quizá el número de deportados no pasase de 20.000.
Pero teniendo en cuenta la escasa población de Judá y que además fueron
exiliados los más influyentes, las cabezas del pueblo en el aspecto político, social,
religioso y económico, la Biblia puede afirmar con razón que todo Judá «fue
llevado cautivo lejos de su tierra» (2 Re. 25,21).
Lo más grave de estos hechos y lo más duro para el pueblo de Israel es que
humanamente hablando significan el fin de Israel, su destrucción como pueblo: lo
más escogido de Israel vive en el exilio, en tierras extrañas, lejos del país que Dios
había donado a los hijos de Abraham; el templo, morada de la presencia divina y
centro del culto de Israel, está en ruinas; el rey, descendiente de David y
representante de Yahveh, ha sido destronado, hecho cautivo y castigado
cruelmente (2Re. 25,6-7); la capital del reino, la ciudad santa de Jerusalén, ha sido
arrasada. La nación, como tal, ha dejado de existir.

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Más aún: todo ello supone una grave prueba para la fe de Israel. Parece que Dios
se ha olvidado de su pueblo (Sal. 77,8-11), que se ha olvidado de la Palabra dada,
de las promesas hechas a David y a sus descendientes. Parece que está airado
contra su pueblo (Sal. 79,5; 80,5). Parece que Yahveh es más débil que Marduk, el
dios de los caldeos, los cuales se burlan cruelmente de los israelitas (Sal. 42,11;
80,7).
Parece que los atributos más propios de Dios –la misericordia y la fidelidad–
quedan contradichos. Y cunde el desaliento: «Andan diciendo –toda la casa de
Israel–: se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza,
todo ha acabado para nosotros» (Ez. 37,11).
Sin embargo, esta gran crisis va a ser la ocasión de una profunda renovación en el
pueblo de Israel. Al desaparecer sus seguridades humanas y quedar derribado su
orgullo nacional, los israelitas se vuelven a Yahveh. A través de lo doloroso de esta
prueba Israel va a ser purificado y va a surgir un pueblo nuevo, con una fe más
viva y más dócil a su Dios.
Providencialmente, Dios mismo suscita unos guías que orienten al pueblo en estas
circunstancias tan difíciles. Entre ellos destacan los profetas, que ayudan una vez
más a leer e interpretar los acontecimientos desde la fe: + Jeremías. Aunque no
fue deportado a Babilonia, él fue el primer guía religioso de los exiliados: les
escribe desde Jerusalén después de la primera deportación invitándoles a
escuchar la palabra de Yahveh sin hacerse ilusiones acerca de una liberación
inminente (Jer 29). Los grandes temas de su predicación (conversión, esperanza,
nueva alianza, religión interior) serán meditados por los exiliados (los mismos que
antes le habían rechazado).
EZEQUIEL. Sacerdote como Jeremías fue conducido a Babilonia en el 598 con el
primer grupo de exiliados. Comienza anunciando la ruina de Jerusalén como
castigo a las faltas de Israel (Ez. 4-12), pero tras la desolación de la ciudad en el
587 se convierte en el profeta de la esperanza.
Durante más de 20 años reanimó la fe y la esperanza de sus compatriotas,
infundiéndoles la certeza de que Yahveh salvaría a su pueblo para santificar su
nombre y manifestar su gloria (Ez. 36,22-25).
Particularmente impresionante es la visión de los huesos secos, en que profetiza
una auténtica resurrección de Israel (Ez. 37,1-14). Como Jeremías, anuncia una
alianza nueva en la que Dios mismo purificará y renovará los corazones (Ez.
36,25-28).

60
ISAÍAS.
Este lejano discípulo de Isaías anuncia el consuelo a Israel (Is. 40,1-2). Ante las
victorias de Ciro sobre los pueblos de oriente, el segundo Isaías le presenta como
el instrumento del que Dios se servirá para realizar su designio (Is. 41,1-4; 45,1-
6.12-13) y liberar a su pueblo como en un nuevo éxodo (Is. 40,3; 43,16-19). Este
profeta –tan cercano al Nuevo Testamento– presenta también unas perspectivas
universalistas: a la comunidad de exiliados encerrados en sí mismos les habla de
un Dios que ofrece la salvación a todos los hombres (Is. 45, 20-22).
Finalmente anuncia a un misterioso «Siervo de Yahveh» (Is. 42,1-7; 49,1-6; 50,4-
9; 52,13-53,12), un justo que sufre y expía los pecados de los demás, sucediendo
tras su muerte una glorificación y una grandiosa fecundidad espiritual. Además de
la ayuda de los profetas está también la de los sacerdotes. Y además al marchar
al destierro los exiliados llevan consigo la ley divina, las antiguas tradiciones de la
historia del pueblo escogido, las profecías y los primeros salmos recopilados; es la
palabra de Yahveh que les va a acompañar en su aflicción y ellos ahora están en
mejor disposición de espíritu para escucharla.
He aquí, pues, lo que el pueblo de Dios aprende de los acontecimientos del exilio:
a) En primer lugar, es la ocasión para un profundo examen de conciencia. En él
Israel reconoce ante todo que ha pecado, que ha fallado a su Señor, que ha sido
infiel a la alianza. A pesar de la lección que suponía la destrucción del reino del
norte el año 721, a pesar de los múltiples avisos de los profetas, a pesar del
intento de reforma efectuado por Josías en el 622, la nación judía en su conjunto
fue infiel a Yahveh y traicionó la alianza que debía guardar: «desde el día que
salieron vuestros padres de Egipto hasta el día de hoy... esta es la nación que no
ha escuchado la voz de Yahveh su Dios» (Jer. 7,25- 28).
El pueblo de Dios ha acumulado pecado tras pecado: injusticias, lujo y desenfreno,
idolatría, sacrificio de niños, abandono de su Dios, desobediencias continuas a su
ley ... Y ahora entienden que el exilio es la consecuencia inevitable de sus
pecados, que las innumerables infidelidades a la alianza estaban exigiendo una
purificación (Jer. 3,25); ahora comprenden que se han enredado en sus propias
acciones (cfr. Sal. 9,17) y que su propia maldad ha recaído sobre sus cabezas
(Sal. 9,17).
Este examen de conciencia –que aparece reflejado, por ejemplo, en el libro de las
Lamentaciones y en la última redacción de los libros de los Reyes no hace más
que constatar lo que ya había oído el pueblo en el momento de sellar la alianza:
que si eran fieles les iría bien, pero que si eran infieles les iría mal. En estas
circunstancias el examen de conciencia les conduce al arrepentimiento de los
pecados que les han acarreado el desastre y a una renovada confianza en
Yahveh.

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b) A pesar del castigo merecido, Dios no abandona a su pueblo. En una
impresionante visión Ezequiel contempla cómo la gloria de Yahveh abandona el
templo y va a instalarse en el lugar donde moran los desterrados (comparar Ez.
10,18ss con 11,16).
En cierto modo Yahveh se ha desterrado con los desterrados. Y esta nueva
presencia –sin templo visible– de Yahveh en medio de su pueblo es la garantía y
fundamento de su esperanza para el futuro.
c) Por eso el exilio se convierte en un tiempo precioso de purificación.
El pueblo de Israel es llevado de nuevo al desierto –según la terminología de los
profetas: Os. 2,16–, al lugar donde se carece de todo y el hombre es purificado. La
gran tragedia es que el pueblo de Dios había acabado apropiándose de los dones
de Dios de tal manera que, en vez de que estos los recibiera con gratitud y le
llevaran a Dios, en realidad le habían apartado de su Señor (cfr. la advertencia de
Dt. 8,11-14).
Israel se ha quedado en los medios y se ha olvidado del Dios al que esos medios
debían conducir; ha puesto su seguridad en el hecho de tener el templo (cfr. Jer.
7,4) en vez de confiar en el Dios que habita en el templo, pero es infinitamente
más grande que el templo (cfr. Is. 66,1).
En consecuencia, Dios le retira esos dones –la tierra, el templo... todo– para que
vuelvan al autor de ellos. Así el exilio es un tiempo de purificación que conduce al
pueblo a una religión más auténtica, a una piedad más sincera, a una fe más viva,
a una conversión más interior. En definitiva, el exilio formaba parte del plan de
Dios, que de los males sabe sacar bienes inmensamente mayores.
d) El exilio da un más profundo conocimiento del corazón del hombre y del
corazón de Dios. Por un lado, el fracaso de la primera alianza –con las repetidas y
continuas infidelidades– pone de relieve la dureza del corazón humano y su
obstinación en el mal; es la experiencia de un pueblo en que todos son «sabios
para lo malo e ignorantes para el bien» (Jer. 4,22) lo que conduce al clamor
humilde: «Conviértenos a tí oh Yahveh, y nos convertiremos» (Lam. 5,21): sólo
Dios puede cambiar el corazón del hombre.
Por otro lado, en medio del fracaso y la impotencia del pueblo Dios va a manifestar
más esplendorosa-mente aquello de lo que es capaz realizando un nuevo éxodo
con prodigios que eclipsarán los del primer éxodo (Is. 43,16-21), creando algo
enteramente nuevo (Is. 65,17), realizando una auténtica resurrección de su pueblo
(Ez.37,1-14), estableciendo una nueva alianza que consistirá en el perdón de los
pecados, en el verdadero conocimiento de Dios y en el don de un corazón nuevo y
de un espíritu nuevo –el Espíritu mismo de Dios– que transformará al hombre por

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dentro y le dará la fuerza para adherirse a la voluntad de Dios (Jer.31,31-34;
Ez.36,25-28).
e) Esta experiencia les hace entender también el valor positivo del sufrimiento.
Dios se manifiesta como misericordioso, pues «no quiere la muerte del malvado,
sino que se convierta de su conducta y viva» (Ez. 18,23.32; 33,11); pero esta
misericordia, para ser eficaz, necesita usar la amarga medicina del sufrimiento:
como la plata y el oro necesitan pasar por fuego para desechar la escoria, Israel
necesita pasar por el crisol del sufrimiento para ser purificado y renovado (Ez.
22,17-22); Is. 48,10); así Israel aprenderá que «Yahveh reprende a aquel que
ama, como un padre al hijo querido» (Prov. 3,12).
Más aún, los cánticos del Siervo ya mencionados apuntan a un sufrimiento
redentor: el Israel purificado va a convertirse, precisamente en virtud de su
sufrimiento, en instrumento de salvación para muchedumbres; así el pueblo de la
antigua alianza atisba la eficacia y fecundidad del dolor, que alcanzará su pleno
cumplimiento en el sacrificio de Cristo.
f) Finalmente, al contacto con otros pueblos Israel descubre la misión universal de
su vocación; frente al particularismo y nacionalismo en que se había encerrado,
ahora va comprendiendo que si han sido objeto de una predilección especial de
Dios, que les ha manifestado su voluntad y sus planes, es para que estos dones
los transmitan y comuniquen a otros pueblos (Is. 45,18- 23; 42,10-12); así serán
convertidos en «luz de las gentes» (Is. 42,6). De este modo Dios ha preparado
cuidadosamente un «resto de Israel» que cuando regrese a Palestina será
portador de una fe más profunda y de una religión más espiritual. De este modo la
revelación de Dios da un paso decisivo hacia la plenitud que acontecerá en la
persona de Cristo. El exilio, que parecía una desgracia irreparable, se ha
convertido en una gracia incalculable. - La experiencia

LOS SABIOS
Los sabios de Israel Además de los sacerdotes y escribas, encontramos a los
sabios como guías espirituales del pueblo de Dios. Aunque en Israel la sabiduría
aparece con la monarquía el prototipo de sabio es Salomón, 1Re. 5,9-14, es en
esta época cuando llega a su esplendor.
Sabios ha habido en muchos pueblos de la antigüedad, destacando sobre todo en
Egipto y Babilonia. Su sabiduría era de orden práctico, arrancando de la
experiencia y de la reflexión sobre el mundo y sobre la conducta humana y
orientada a formar individuos capaces de comportarse correctamente en la vida.
La sabiduría bíblica absorbió sin duda ciertos elementos de la sabiduría
extranjera, pero tiene una fisonomía propia y distinta por el hecho de arrancar de
la fe en Yahveh y contener una moral profundamente religiosa. El sabio israelita es

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un hombre prudente y reflexivo, interesado por la educación del pueblo y de la
juventud y despuntando como consejero (Jer. 18,18). El sabio no impone sus
enseñanzas, sino que las propone suavemente con objeto de persuadir y de
convertir la enseñanza en convicción personal; dirige sus consejos a quienes los
solicitan o los aceptan y suele hacerlo de manera impersonal, a veces
interrogativa, para avivar la curiosidad del interlocutor obligándole a la reflexión.
Podemos destacar tres rasgos: el sabio tiene un gran sentido de la realidad, propio
del hombre de buen criterio que observa y reflexiona y cuyas observaciones son
concretas y pertinentes (ver, por ejemplo, Prov. 15,12; 20,14; 22,13). tiene una fe
viva en el Dios sabio, omnisciente y omnipotente; por eso, además de la
experiencia, medita día y noche la ley del Señor (Sal. 1,2) y se esfuerza en
descubrir la sabiduría divina manifestada en la creación y en la historia del pueblo
de Dios (Sab. 10- 19).
No se trata de una moral laica (Prov. 15,16; 16,9) y la clave y fuente de toda
sabiduría está en el temor del Señor (Eclo. 1,1-10; Sab. 9,1-18; Prov. 2,5-8).
transmite una visión de la vida que repercute en la conducta cotidiana del hombre;
el sabio no sólo juzga el mundo a la luz de la fe, sino que ofrece innumerables
consejos prácticos que ayudan a vivir; realiza una especie de humanismo religioso
que, por medio de la observación y la reflexión religiosa, vivifica todos los valores
humanos desde la fe y desde la sabiduría divina; en efecto, toda sabiduría del
hombre consiste en imitar a Dios y en ser fiel a la ley. He aquí los principales
escritos de los sabios en este periodo
+Proverbios. Es la colección de textos sapienciales más antiguos. Recibe este
nombre por las numerosas sentencias que contiene y que suponen muchos siglos
de tradición; fue recopilado el 480 a.C. por un autor anónimo que escribió un
magnífico prólogo doctrinal sobre la sabiduría (c.1-9). El libro enuncia los medios
para conseguir la felicidad, que depende esencialmente de la rectitud moral y de la
correcta relación del hombre con Dios (el «temor del Señor»: respeto religioso,
sumisión a Dios y obediencia a sus mandatos).
+Job. Este libro, escrito hacia el 450 a.C. plantea el problema del sufrimiento del
justo. Un hombre de excepcional bondad, del cual dice el mismo Yahveh que «no
hay otro como él en la tierra» (1,8), se ve sumido en la desgracia total. Se pone en
tela de juicio el principio de la retribución temporal, según el cual al justo le va bien
en este mundo.
Después de una serie de diálogos que ponen de relieve lo desconcertante del
misterio para la inteligencia humana, el libro llega a la conclusión de que el
hombre, incapaz de comprender las maravillas de la naturaleza, impotente para
penetrar las sendas de Dios, debe someterse y adorar la sabiduría divina.

64
El sufrimiento humano es un misterio que Dios conoce pero que el hombre no
alcanza; el dolor tiene un sentido desconocido para el hombre que no contradice la
infinita bondad y justicia de Dios.
+Eclesiastés (Qohélet). Hacia el 250 a.C. un hombre con experiencia escribe el
fruto de sus reflexiones. Afirma de manera absolutamente clara y tajante que no
ha encontrado la felicidad en nada de este mundo y atestigua la vanidad de los
placeres, de las riquezas, de la ciencia y de los esfuerzos humanos
No es que menosprecie las alegrías honestas, pero las juzga incapaces de
satisfacer las más profundas aspiraciones del corazón humano. Al subrayar lo
precario e insatisfactorio de todo lo terreno está preparando la revelación de la
existencia del más allá.
+Eclesiástico (Sirácida). Hacia el 190 a.C. Jesús Ben Sirá, convencido de que la
auténtica Sabiduría radica en Israel, compone una especie de «manual de
conducta moral» capaz de hacer atractiva la ley judía para los espíritus helénicos
que se dejaban seducir por el refinamiento de la civilización pagana.
El libro contiene dos partes, la primera con consejos de moral y pecados que han
de evitarse (c. 1-42), la segunda un elogio de las obras del Señor y de los justos
de Israel (c. 42-50). +Sabiduría. Este libro, escrito en griego, probablemente en
Alejandría, entre el 100 y el 50 a.C., afirma claramente la inmortalidad del alma
(Sab. 3,1-8; cfr. Dan. 12,2-3; 2Mac. 7,9).
A la vez pretende demostrar la superioridad de la sabiduría israelita, revelada por
Dios, sobre la filosofía pagana. La reflexión sapiencial, al presentar a la sabiduría
como personificada e incluso preexistente junto a Dios (Prov. 1-2; Eclo. 24; Sab. 6-
9), prepara el camino a la revelación de Cristo; en efecto, Jesús no sólo aparecerá
lleno de sabiduría (Mt. 12,42) sino que Él mismo es la Sabiduría (1Cor. 1,24), la
Palabra que estaba junto al Padre y se nos manifestó (Jn.1). 5.- Los pobres de Y

JESUS EL SALVADOR ANUNCIADO


Todas las grandes intervenciones de Dios en la antigua alianza estaban orientadas
a la intervención definitiva y plena de Dios, hacia «aquel que había de venir» hacia
el Mesías que establecería el Reino de Dios en el mundo. Este momento –la
plenitud de los tiempos– aconteció cuando «Dios envió a su Hijo nacido de una
mujer» (Gál. 4,4-5).
De hecho, el Antiguo Testamento es una preparación y todo en él anuncia a Cristo
y confluye en Cristo. Él es el centro del plan de Dios (Ef. 1,3-19; 3,1- 12). Con él
han llegado los «últimos tiempos» (Heb. 1,2), el «tiempo de la salvación» (2Cor.
6,2). Con su muerte se realiza la victoria de Dios sobre el mal y sobre Satanás (Jn.
12,31; 16,11).

65
En Él Dios realiza la alianza nueva y eterna (Mc. 14,22-23). Con Él se abre el
paraíso, tanto tiempo cerrado (Lc. 23,42-43). Por Él se nos da el Espíritu, que
transforma el hombre dándole la nueva vida y realizando la nueva creación (Jn.
19,30-34; 20,22; 3,5; 7,37-39).
Él es el centro de la historia, “el Principio y el Fin”, “el Alfa y la Omega” (Ap. 22,13).
Él es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb. 13,8), “el que era y es y viene” (Ap.
1,8), continúa presente en su Iglesia y «no se nos ha dado otro nombre en el que
podamos ser salvos» (Hech. 4,12
Con estas palabras comienza el evangelista San Marcos su relato, en el que
pretende presentarnos la Buena Noticia –eso significa evangelio– acerca de
Jesús, que es el Mesías y el Hijo de Dios, o mejor, la Buena Noticia que es Jesús.
En efecto, la plenitud de los tiempos está caracterizada por la «venida» o
encarnación del Hijo de Dios.
El evangelio es el mismo Jesús, su misma persona, no un conjunto de doctrinas y
normas morales; estas existen y tienen sentido sólo desde Cristo, porque lo
esencial es la adhesión a Él (es significativo que la primera acción de Jesús al
empezar su vida pública sea llamar a algunos a seguirle: Mc. 1.16-20; Jn. 1,35ss).
Jesús recapitula en sí mismo toda la historia, no sólo la del pueblo de Israel, sino
la de la humanidad entera (este es el sentido de la genealogía de Jesús en San
Lucas 3,23-38; la de San Mateo 1,1-16 le presenta como culmen de la historia del
pueblo de Dios).
Y recapitula en sí mismo la creación entera, el universo entero (Col. 1,15-17),
siendo además el Creador de todo (Jn. 1,3.10). En los evangelios Jesús se
muestra profundamente humano; multitud de detalles lo ponen de manifiesto: se
alegra, se cansa, llora, se encoleriza, acoge y atiende a las personas...
Pero, a la vez, de su persona y comportamiento emana una sensación de misterio:
su santidad, la fuerza de su palabra, sus milagros, su serena majestad, su íntima
relación con Dios... producen admiración y asombro y a veces temor. Podemos
resumir el misterio de Jesús en tres fases (cfr. Fil. 2,6-11):
a) encarnación. Cristo no ha empezado a existir en un momento concreto;
como Verbo ya existía junto al Padre en diálogo eterno de amor (Jn. 1,1).
Lo que ha ocurrido en la plenitud de los tiempos es que «se nos ha
manifestado» (1Jn. 1,2): el Verbo se ha hecho carne naciendo de María
Virgen y ha plantado su tienda entre nosotros (Jn. 1,14; Gál. 4,4). La
palabra «carne», que significa la condición débil y caduca del hombre (cfr.
Is. 40,6-7), pone de relieve el realismo de la encarnación. Por ella el

66
Creador se une a la criatura y entra en la historia humana. Sin dejar su
condición divina, el Hijo de Dios se rebajó tomando la condición de siervo,
haciéndose semejante a los hombres y actuando como hombre (Fil. 2,7).
Verdadero Dios y verdadero hombre, Jesús es el Hijo muy amado del Padre,
ungido plenamente por el Espíritu (Mc. 1, 10-11). Libre de pecado (Heb. 4,15),
está unido a nosotros por su humanidad que le hace hermano nuestro (Heb.
2,17) y más aún, por su amor.
b) la pasión. Este amor se manifiesta de manera suprema en la muerte de
Jesús por nosotros (Rom. 5,6-8). Una muerte en la que el Hijo muy amado
del Padre se entrega consciente, libre y voluntariamente movido por el amor
y la obediencia a su Padre y por el amor redentor a los hombres pecadores.
De este modo, gracias a su obediencia hemos sido salvados (Rom. 5,19) y
ha quedado restaurada la alianza de Dios con los hombres (Mt. 26,28).

En contraste con los inútiles y estériles sacrificios de la antigua alianza, el


sacrifico único de Cristo es de una eficacia universal, perfecta y definitiva
(Heb. 8-10). Realmente Él es «el Cordero de Dios que quita los pecados del
mundo» (Jn. 1, 29). En la cruz Jesús destierra definitivamente el poderío de
Satanás y reina atrayendo hacia sí a todos los hombres (Jn. 12,31-32).

c)resurrección. Si San Juan contempla la cruz como inicio del triunfo de Cristo,
San Pablo la ve como el extremo de la humillación (Fil. 2,8). En todo caso culmina
con la resurrección, que es la aceptación por parte del Padre de la ofrenda total
que Jesús hizo de sí mismo en la cruz; en la pasión Jesús se entrega hasta el
extremo al amor del Padre que le inunda con su gloria en la resurrección
precisamente como consecuencia de su obediencia.
La resurrección no significa sólo vuelta a la vida, sino glorificación, paso «de este
mundo al Padre» (Jn. 13,1); la humanidad de Jesús queda inundada por la gloria
de la divinidad y es constituido Señor del universo (Fil. 2,9-11). Precisamente en
su condición de Señor es poseedor del Espíritu Santo y lo derrama sobre los
hombres (Hech. 2,33; Jn. 20,22); y como Señor permanece presente en su Iglesia
hasta la consumación de los siglos (Mt. 28,20).
Hijos en el Hijo
La llegada de la plenitud de los tiempos reclama de los hombres una reacción
adecuada: «Daos cuenta del momento en que vivís» (Rom. 13,11). La venida de
Jesucristo no puede dejarnos indiferentes.
Ya no es el hombre quien busca a Dios, sino que Dios ha salido al encuentro del
hombre. Jesucristo es el único Salvador del mundo (Hech. 4,12) y por eso reclama
la fe en sí mismo (Jn. 14,1) cosa que nadie fuera de Él ha osado pedir.

67
Y no caben posturas ambiguas o neutras, pues no acogerle es en realidad
rechazarle (Lc. 11,23; Jn. 3,18). La actitud fundamental ante Jesús es la fe, una fe
que es adhesión a Cristo y acogida incondicional de su persona en nuestra vida.
Esta fe, al abrir las puertas a Cristo, trae consigo la justificación y la salvación
(Gál. 2,16), la vida eterna (Jn. 3,36), renueva al hombre y hace de él una criatura
nueva. Más aún, al acoger a Cristo y dejarle vivir en sí mismo, el creyente es
convertido en hijo de Dios (Jn. 1,12; Gál. 3,26) pues Cristo reproduce en el
cristiano su misma vida filial de relación con el Padre. (Gál. 2,20).
Este hecho –ser hijos de Dios– es la novedad radical que ha aportado Cristo, pues
no se trata de algo metafórico, sino real, que hace exclamar a San Juan: «Mirad
qué amor nos ha tenido el Padre, para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!»
(1Jn. 3,1). Y somos hijos con todas las consecuencias y «derechos»: intimidad
familiar con Dios (Rom. 8,15-16; Ef. 2,18), partícipes de su gloria y de su herencia
(Rom. 8,17), cuidados amorosamente por su providencia paternal (Mt. 6,32)...
Unido a Cristo y hecho partícipe de su Espíritu, el cristiano vive como hijo del
Padre instalado en el seno mismo de la Trinidad ya en este mundo; y esto no es
prerrogativa exclusiva de algunos privilegiados, ya que todo bautizado ha sido
consagrado al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ha sido sumergido eso significa la
palabra bautizar– en la Trinidad (Mt. 28,19).
Así, Cristo no sólo nos da a conocer el misterio de Dios y de su plan de salvación
(Jn. 1,18; Ef. 3,1-12), sino que nos introduce en la vida divina haciéndonos
partícipes de su ser filial. El hombre así transformado por la gracia es convertido
en «nueva creatura» (2Cor. 5,17; Gál. 6,15), ha re cibido por el bautismo una «vida
nueva» (Rom. 6,4), ha sido creado como “hombre nuevo» (Ef. 2,15) que vive
“según Dios, en justicia y santidad verdaderas”(Ef. 4,24).
Todo ello es obra del Espíritu Santo, que derramado en el corazón del creyente
(Rom. 5,5) le hace capaz de cumplir la voluntad de Dios (Rom. 8,2-4) y abre ante
él el horizonte ilimitado de una vida «según el Espíritu» (Gál. 5,25). Aunque esto
no ocurre sin el esfuerzo de hacer morir las tendencias del egoísmo que
permanecen en el bautizado– y de secundar el impulso del Espíritu (Gá. 5,16ss).
Esta fe en Cristo desemboca en esperanza (Rom. 5,1-11): lo que Dios ya ha
hecho y nos ha dado es garantía cierta de lo que ha prometido hacer y darnos. Y
desemboca en caridad (Gál. 5,6): caridad para con Dios que se manifiesta sobre
todo en cumplir los mandamientos, en entregarnos totalmente a su voluntad (Jn.
14,21.23; 1Jn. 2,3-6), y caridad para con los hombres, que consiste en –
transformados por Cristo y llenos de su caridad– amar «como Él» (Jn. 15,12), es
decir, «hasta el extremo» (Jn. 13,1), hasta dar la vida por los hermanos.

68
LA IGLESIA, CUERPO DE CRISTO
Cristo ama a cada persona y la une a sí mismo de una manera nueva
completamente única y personal. Pero, a la vez, no ha querido salvar a los
hombres aisladamente, sino formando comunidad: una comunidad que brotando
de Cristo y del Padre se realiza como comunión de hermanos en Cristo (1Jn. 1,3).
Esta realidad de la Iglesia vislumbrada en la comunidad del pueblo de la antigua
alianza encuentra su mejor expresión en la alegoría de la vid y los sarmientos (Jn.
15,1-10) y en la imagen de la Cabeza y el Cuerpo (Ef. 1,22-23; 4,15-16; 1Cor.
12,12-30).
Ellos ponen de relieve que la Iglesia no es una simple institución humana, ya que
tienen una íntima y profunda unión vital con Cristo su cabeza y su vid y que la
unión entre sus diversos miembros tampoco es meramente externa, ya que todos
poseen en común una misma vida (del mismo modo que una misma savia corre
por los diversos sarmientos y la misma sangre por los diversos miembros del
cuerpo).
Esta comunión es realizada por el Espíritu Santo, alma de la Iglesia. En
Pentecostés la Iglesia fue bautizada (Hech. 1,5) solemnemente recibiendo el
Espíritu como ley interior (Rom.8,2) y como impulso para anunciar el evangelio
(Hech. 1,8).
Él la llena de luz, de vida y de fuerza. Él la conduce a la comprensión y
profundización de la revelación de Cristo (Jn. 14,25-26).
Él la vivifica y la santifica habitándola como un templo (1Cor. 3,16) e inspirando la
oración de los cristianos (Rom. 8,26-27).
Él la enriquece con diversidad de dones y de vocaciones (1Cor. 12,4-11.28- 30;
Rom. 12,6-8; Ef. 4,11-12).
Y Él la sostiene en su testimonio de Cristo (Hech. 1,8; Mt. 19,19-20).
Comunión íntima y vital, la Iglesia es también visible y tiene su expresión externa.
Cristo eligió a los discípulos (Mc. 1,16-20) y a los apóstoles (Mc. 3,13- 19),
poniendo a Pedro a la cabeza de todos ellos (Mt. 16,18-19).
En ella se entra por el bautismo «en nombre del Señor Jesús» (Hech. 19,5).
Y la Iglesia es edificada y acrecentada por la predicación del evangelio (Mc.
16,15; Ef. 3,8-11; 1Cor. 9,16; 2Tim. 4,1-2) y por la celebración de la Eucaristía (Jn.
6,48- 58).

69
Absolutamente universal, no ligada a un pueblo determinado, sino abarcando
todos los pueblos, razas y culturas (Ap. 5,9-10), la Iglesia es sin embargo unja
(Gál. 3,28; 1Cor. 12,13; 10,17; Jn. 17,23).
Formada por miembros pecadores ella es en sí misma santa y es el sacramento –
es decir, el instrumento visible y eficaz de la salvación para todos los hombres y de
la unión de los hombres con Dios y entre sí. Esencialmente jerárquica, todo
miembro está llamado, además de recibir, a colaborar activamente en el
crecimiento y desarrollo de la Iglesia.
Esta comunidad de consagrados (2Cor. 1,1) tiene un miembro eminente y
particularmente santo. María es modelo, tipo y figura de la Iglesia. Todo lo que la
Iglesia está llamada a vivir ha alcanzado ya su plenitud en María. A la vez ella es
Madre de la Iglesia: habiendo nacido de ella la Cabeza, todo el Cuerpo es también
engendrado por ella a la vida divina. Todas las gracias vienen de Dios con la
colaboración maternal de María, que intercede sin cesar por la Iglesia (cfr. Hech.
1,14).
HASTA QUE EL SEÑOR VUELVA
Estamos ya en la plenitud de los tiempos, pero la historia de la salvación debe
llegar aún a su consumación. Desde sus comienzos la Iglesia está orientada hacia
la Parusía, hacia la segunda venida de Cristo; los cristianos permanecen en la
espera «hasta que el Señor vuelva» (1Cor. 11,26).
La Iglesia, que está en el mundo sin ser del mundo (Jn. 17,14-16), se encuentra
esencialmente proyectada hacia el futuro en que alcanzará su plenitud.
Jesús mismo habló repetidas veces de su segunda venida (Lc. 18,8; Mac. 13, 24-
27). En la misma línea se encuentra la advertencia de los ángeles a los apóstoles
inmediatamente después de la ascensión (Hech. 1,11).
San Pablo lo recuerda frecuentemente a sus comunidades (1Tes. 4,15-17; 2Tes.
2,1ss; 1Cor. 1,8). Igualmente, la carta a los hebreos (9,22).
Y todo el libro del Apocalipsis está transido de la esperanza de la segunda venida
de Cristo, que queda resumida en la oración de las primeras comunidades: «¡Ven,
Señor Jesús!» (Ap. 22,20; 1Cor. 15,23).
Nada sabemos de la fecha de la Parusía, que Dios ha querido positivamente
mantener en secreto (Mc. 13,32). Y casi nada sabemos del cómo se realizará,
pues los textos que hablan de este acontecimiento suelen estar escritos en un
lenguaje de tipo simbólico y apocalíptico en el que es difícil saber dónde termina la
imagen y dónde comienza la realidad.
Lo que sí parece concluirse es que la Parusía estará precedida de un especial
desencadenamiento de las fuerzas del mal contra Cristo y su Iglesia (Mt. 24,4-13;

70
2Tes. 2,1-12; Ap. 13; 20,,7-10) y que antes se habrá producido la conversión de
Israel (Rom. 11,11-15) y el anuncio del evangelio en el mundo entero (Mt. 24,14).
Lo que sí nos enseña con claridad el Nuevo Testamento es el sentido salvífico
profundo de estos hechos. La venida gloriosa y definitiva del Señor Jesús al fin de
los tiempos afectará a la humanidad y al universo entero.
Con ella terminará el mundo actual y surgirá un mundo nuevo (Mc. 13,31; Ap.
21,1), aunque no podemos saber si ello implica una destrucción del mundo actual
(como parece sugerir 2Pe. 3,10) o más bien una purificación y transformación del
mismo (como parecen indicar las expresiones de San Pablo).
La Parusía es, sobre todo, la hora de la resurrección general a la vida o a la
muerte eternas, es decir, a la glorificación o a la condenación (Jn. 5,28-29), lo cual
indica que se trata de una venida de Jesús como Juez definitivo y universal (Mt.
25,31-32; 2Cor. 5,10; 2Tim. 4,1.8).
En este momento final todo quedará sometido a Cristo de manera total y definitiva
y Él, a su vez, lo someterá a su Padre, quedando perfectamente establecido el
Reino de Dios, que «será todo en todos» (1Cor. 15,22-28).
El triunfo de Cristo sobre Satanás y el pecado será manifiesto e irresistible (2Tes.
2,8). «El último enemigo aniquilado será la muerte» (1Cor. 15,26), que quedará
«absorbida» por el triunfo de la vida (1Cor. 15,54-57).
Desaparecerá también todo dolor y sufrimiento (Ap. 21,4). En definitiva, son la
segunda venida de Cristo será renovado el hombre entero –incluido su cuerpo:
1Cor. 15,52- 53– y todos los hombres que hayan acogido a Cristo por la fe y la
caridad (Heb. 11,6; Jn. 3,36; Mt. 25,34-36).
La dicha plena y eterna de los creyentes será la intimidad total y definitiva con
Aquel en quien creyeron («estaremos siempre con el Señor» 1Tes. 4,17) Y todo
culminará en la perfecta glorificación de Dios (Ef. 1,14).
Este acontecimiento de la Parusía –independientemente del momento en que
suceda– matiza decisivamente las actitudes de la condición terrena del cristiano,
que es esencialmente «peregrino» hacia su morada definitiva (Fil. 3,20; Heb.
11,13-16; 13,14).
He aquí algunas de estas actitudes: +esperanza: deseo vehemente de alcanzar lo
prometido, confiando en la palabra del Señor; la venida del Señor y la unión eterna
con Él es el objeto esencial de la esperanza cristiana, mientras que los demás
logros son sólo parciales y ambiguos (cfr. Mc. 8,36).
VIGILANCIA: atención amorosa a la venida del Señor para no distraerse y
enredarse con las cosas del camino perdiendo de vista lo único que de verdad
importa (Mc. 13,33-37); vigilancia que implica conciencia de la propia debilidad y
rechazo de todo aquello que pueda hacer peligrar su salvación eterna (1Cor. 9,27).

71
+provisionalidad: desprendimiento de todas las realidades de este mundo,
reconociendo que «el tiempo es corto» y «la escena de este mundo pasa»
(1Cor.7,29-31).

RELATIVIZACIÓN del sufrimiento, de las dificultades o de la persecución en


función de la gloria que espera y que ellas mismas contribuyen a lograr
(Rom.8,18).
ALEGRÍA que se apoya en la esperanza de alcanzar la plenitud de la salvación y
de la felicidad (Rom. 12,12). +conciencia de que todo en este mundo es deficiente
en comparación con «lo perfecto» que sólo vendrá al final (1Cor. 13,9-10)

Juan 1,1-18
Efesios 1,3-19
Filipenses 2,6-11
1Corintios 1,17-29
Romanos 5,1-21
Hechos 2,14-36
1Juan 3,1-2
Romanos 8
Mateo 16,13-20; 28,16-20
Marcos 3,13-19
Juan 15,1-8; 16,5-15; 17; 21,15-17
Hechos 1,4-8; 2,1-47
1Corintios 12,4-30
Efesios 1,19-4,16
Marcos 13,1-37
Mateo 25,31-34
1Corintios 7,29-31; 15
1Tesalonicenses 4,13-5,11
2Tesalonicenses 1-3
Apocalipsis 21-22

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Por eso San Pablo podrá exclamar exultante: «Así como el delito de uno solo
atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de
uno solo procura toda la justificación que da la vida...
Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 18-19). Con la venida
de Cristo ha terminado el dominio tiránico del pecado (Rom 7, 24-25). Más aún,
con su victoria sobre el pecado Cristo ha destruido también el muro de la muerte
(1Cor 15, 20-26) y ha vuelto a abrir el paraíso (Lc 23, 39). De ahí también el grito
desafiante de San Pablo: «¿Dónde está, muerte, tu victoria?» (1Cor 15, 54-57).
Por eso la actitud correcta es la de abrirnos a Cristo por la fe y la esperanza para
acoger la salvación que sólo de Él puede venir (Hch 4, 12). Por la misma razón es
necesario el combate, el esfuerzo: hay que negarse a sí mismo (Mt 15, 24) y dar
muerte a las tendencias desordenadas que hay en nosotros (Gal 5, 24; Col 3, 5-9),
siendo muy conscientes a la vez de que sólo con las armas de Dios se puede
vencer al diablo (Ef. 6, 10-20).
Pero es significativo que esta victoria Jesús la ha logrado por el camino inverso al
recorrido por Adán (Fil 2, 6- 11):
Siendo Dios «no retuvo ávidamente el ser como Dios»; siendo el Hijo, «se hizo
obediente hasta la muerte y muerte de cruz»; pero el resultado es también el
contrario al de Adán: Jesús es constituido Señor y recibe en su humanidad el
honor y la gloria propios de Dios. Se cumplen así las palabras dichas por Él
mismo: «El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido»
(Lc 14, 11).
Por otra parte, al indicar el Génesis que el pecado deteriora todo, está dando a
entender que la liberación del pecado es la raíz para remediar todos los males. La
renovación y transformación del corazón humano es el fundamento de todas las
reformas –en el terreno social o en cualquier otro–; y al revés, mientras el hombre
permanezca esclavo del pecado cualquier pretendida reforma sólo conducirá a
nuevas y mayores esclavitudes.
Todo hombre se encuentra en un estado de indigencia respecto de su salvación;
debe reconocer la imposibilidad de conseguir la salvación por sus propias fuerzas
y la necesidad de ser redimido.
Las heridas y el desorden producidos por el pecado –por los pecados personales–
son irremediables para el hombre dejado a sus solas fuerzas. Pero la postura
tampoco es el pesimismo.
Jesús vence a Satanás (Mc 1, 12-13). Lo manifiesta curando enfermedades –que
los judíos relacionaban estrechamente con el pecado– y perdonando pecados;
pero de manera más clara aun expulsando demonios (Mc 1, 23-27; 9, 14-27).
Sobre todo, vencerá a Satanás en la confrontación decisiva de la pasión (Jn 12
31-33).

73
El hecho de que Cristo ha vencido el pecado nos da la certeza de que en Él y con
Él podemos vencer. Por eso la actitud correcta es la de abrirnos a Cristo por la fe y
la esperanza para acoger la salvación que sólo de Él puede venir (Hch 4, 12). Por
la misma razón es necesario el combate, el esfuerzo: hay que negarse a sí mismo
(Mt 15, 24) y dar muerte a las tendencias desordenadas que hay en nosotros (Gal
5, 24; Col 3, 5-9), siendo muy conscientes a la vez de que sólo con las armas de
Dios se puede vencer al diablo (Ef. 6, 10-20).
EL BRAZO DE YAHVEH
Te alabamos, Padre Santo, porque eres grande, porque hiciste todas las cosas
con sabiduría y amor. A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el
universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo
creado. Y, cuando por desobediencia perdió tu amistad, no lo abandonaste al
poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te
encuentre el que te busca.
Reiteraste, además, tu alianza a los hombres; por los profetas los fuiste llevando
con la esperanza de salvación. Y tanto amaste al mundo, Padre Santo que, al
cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo.
El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María la Virgen, y así
compartió en toda nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la
salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo.
Para cumplir tus designios él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando,
destruyó la muerte y nos dio nueva vida. Y por qué no vivamos ya para nosotros
mismos, sino para él, que por nosotros murió y resucitó, envió, Padre, desde tu
seno al Espíritu Santo Como primicia para los creyentes, a fin de santificar todas
las cosas, llevando a plenitud su obra en el mundo. (Plegaria Eucarística IV)

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