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Teoría literaria: Barthez y Foucault

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TP N°2 Teoría literaria

Alumno: Federico Sneider

1)
Para comenzar este ensayo para entender el problema del autor visto desde dos
autores fundamentales para la teoría literaria, Roldan Barthez y Michael
Foucault.
El primer autor en su obra “La muerte del autor” afirma que en el texto: “acaba
por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que
escribe” (Barthez, pág. 1). Con esto el autor entiende que, para analizar una
obra, esta no es debe tener en cuenta la persona particular, porque el texto
cuando se produce deja de “pertenecer”. No es del autor porque según Barthez la
obra pertenece al lenguaje, no a la persona particular. Ahí comienza la muerte
del autor, que le da nombre a la obra. Entonces ¿por qué necesitamos del autor, o
mejor dicho cuando fue que comenzó el concepto de autor? La respuesta la
encuentra en la modernidad. Anteriormente no existía esta idea del autor, y el
comienzo de este personaje en la literatura aparece en nuestra era moderna,
producido por nuestra sociedad con la creación de la imprenta, esta produjo en
cantidad los libros, y con ello la lectura en masa, produjo entonces, del objeto
libro, un bien de consumo que introdujo también la propiedad sobre estos
bienes, los derechos de autor. Todo esto tiene que ser pensado en el contexto del
capitalismo y en donde la propiedad privada toma un rol fundamental, el autor
gana derechos, justamente llamados derechos de autor.
Entiende Barthez que al leer una obra el concepto de autor “estorba” en la
lectura por que se entiende como una relación filial entre la obra y el autor y esto
es falso, por que no existe una relación de tiempo pasado del autor y su obra, con
la idea de que este nutre a la obra, obra y texto están en el mismo tiempo, “el
tiempo de la enunciación” (Barthez, pág. 4)
¿Cuál es el inconveniente del autor, además de los ya mencionados? Que la
lectura se vuelve cerrada, univoca. Esto también hay que entenderlo con la
intención de la lectura que provee Barthez, al dejar el autor de lado y su lectura
cerrada y con un sentido establecido, se vuelve a una lectura “revolucionaria”
por que rechaza la lectura establecida, modifica la visión de la sociedad.
Pero quitarle al autor su obra se debe principalmente por la explicación de la
forma en que se produce la obra, no es el autor el único hacedor del texto, por
que él mismo es quien está atravesado por todos los textos leídos, por la cultura
en general que sin esta nunca pudo haber logrado dicho texto, es una creación
social, histórica, interdisciplinar y esto no hay que entenderlo de modo
absolutamente consciente, somos atravesados sin posibilidad de poderlo frenar
por las obras de otros, y esas obras nos atraviesan sin poder impedirlas. En
palabras del autor: “Un texto está formado por escrituras múltiples, procedentes
de varias culturas”. Pero esta interacción de obras, ya muerto el autor, se ve
reflejada en el texto huérfano de padre y quien tiene que darle el sentido para
comprenderlas es el lector. Ya no es el autor quien dice cual es el sentido de su
producción, sino el lector quien tiene el único derecho a entender y descifrarlo.
Como problemática a este pensamiento podemos encontrar que es difícil no
otorgarle “respeto” o peso a autores que sufrieron de persecución o incluso la
muerte al poner su nombre en obras, es imposible explicarle a esa gente esta
teoría un poco alejada de esa realidad.
Por otro lado, Michel Foucault analiza más allá de los limites literarios en
comparación con Barthez y analiza no solo obras literarias principalmente
francesas, sino el arte en general y su “problema” con el autor. Comienza su
estudio al poner en foco el concepto de obra, la obra es aquello que escribe el
autor, y a la vez, el autor es quien puede y tiene una obra, pero esto genera un
problema que Foucault pone en evidencia ¿es todo obra lo que produce un
autor? ¿Hasta los papeles con direcciones que escribió? Resulta evidente la
complicación que esto genera, y también el problema de designar autor a este o
aquel, dando el escritor ejemplos de autores no considerados como tales.
Más allá de soluciones totales, Foucault presenta algunas dificultades como
forma de análisis. Primeramente, entiende que el nombre del autor no es
simplemente un nombre, sino es “el equivalente de una descripción” (foucault,
pág. 58)
Pero estas descripciones pueden cambiar por la revelación de nuevos datos sobre
el autor y en estos casos, lo que nos interesa no es su vida privada o si tiene los
ojos azules y no marrones. Lo que realmente interesa sobre la revelación de
nuevos datos que pueden cambiar mi percepción sobre el autor es en el campo
de la escritura, si descubro que alguien escribió los cuentos de Cortázar ahí si
cambia la problemática sobre el autor. Ósea estas catalogaciones bajo el nombre
de alguien en particular generan una homogeneización y un estudio de estas
obras que sí cambian según el creador de esta obra. Para entender esto dice
Foucault: “para un discurso el hecho de tener un nombre de autor, el hecho de
poder decir” esto fue escrito por Fulano de Tal (…) indica que dicho discurso no
es una palabra cotidiana, indiferente (…) sino que se trata de una palabra que
debe recibirse de cierto modo”
Este atravesar en la cultura de dicho autor es al que otorga el escritor francés la
“función autor”.
También ejemplifica esta función autor con respecto a la historia y clarifica lo
anteriormente dicho sobre el pasado, donde el autor no existía como tal y en
donde la llegada de la modernidad actuó para crear estas obras como
propiedades privadas, cosa que anteriormente no existía. Hoy y a diferencia de la
actualidad, un poema, o una obra debe tener el sello del autor, por que nos
“guía” para comprender dicho texto, lo necesitamos, lo investigamos si es
necesario. Por eso agrega: “la función autor funciona de lleno en nuestros días
en las obras literarias” (foucault, pág. 62)
Sin embargo, no todos los autores tienen la misma importancia, algunos son
“instauradores de discursividad” como Marx o Freud. Con ello quiere decir que
a través de la obra de estos escritores las posibilidades de crear y de analizar se
abrieron infinitamente.
Finalmente, veamos el cuento de Jorge Luis Borges “Pierre Menard, autor del
quijote”. Este cuento muestra un autor, de poca trascendencia intenta crear
nuevamente Don Quijote de la Mancha, pero no a través de su forma, sus
palabras, sino a través exactamente de las mismas palabras que utilizo
Cervantes. Ósea crear el mismo libro, exactamente igual. Lo anterior puede ser
una afirmación, pero bien puede ser una duda, ¿es el mismo libro?, ¿es la misma
obra? En relación con los anteriores autores vistos, esto puede ser entendido. El
texto según Barthez es interpretado según los lectores, no es el autor quien le da
sentido al texto. Entonces si cambian los momentos históricos, si aparecen
nuevos escritores, el mismo texto puede ser interpretado de diferente manera.
Eso mismo expresa el cuento, en las siguientes palabras: Es sabido que don
Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos)
falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo
militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard —hombre
contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell—” (Borges,
1944). Entonces entendemos, que la aparición de Nietszche cambia la
percepción de cada texto, después de cada pensador, de cada escritor, un texto
puede ser leído e interpretado de diferente forma. Nietzsche es según Foucault
un fundador de discursividad.
Por esto mismo, el cuento es la comparación de dos obras exactamente iguales,
pero en donde el lector no puede leerlas de la misma manera según su punto de
vista histórico-social.

2)
Theodor W. Adorno observa que el critico cultural, al que hoy podríamos
entenderlo como el que desempeña su papel en el mundo del periodismo, como
alguien que cree estar por sobre encima del resto. No entiende que su posición
en el mundo no es más que alguien que forma parte del mundo sin más. Lo que
el critica es a lo que pertenece, la cultura. “la vanidad del crítico se suma a la de
la cultura: incluso en el gesto acusatorio mantiene el crítico enhiesta,
incuestionada y dogmática, la idea de la cultura” (Adorno, 1962, pág. 9)
En consecuencia, esta actitud les proporciona cierta posición de privilegio en la
sociedad.
Pero, según el escritor alemán, esta profesión solo se vende como cualquier
mercancía, ya que se mide “exclusivamente por su éxito en el mercado y es, por
lo tanto, él mismo un producto del mercado” (Adorno, 1962, pág. 11)
Esto genera la venta del “espíritu mismo” del crítico, ósea, llega a cambios
metafísicos del propio crítico dando al mercado con su lógica de compra-venta
los fundamentos de su propio ser. La libertad de conciencia que surge de esta
situación hace imposible la actitud de libertad que se pretende ejercer.
Finalmente, la conciencia que se lleva a la práctica es de una simple
reproducción de la conciencia hegemónica. Dice Adorno sobre esto: “el crítico
finge ante los lectores una independencia que no tiene”.
Por su parte, la cultura hace lo propio frente a la voluntad del mercado con la
incorporación de los conceptos de por ejemplo la propiedad privada, cosa que
antiguamente no existía, puede ser en los textos, o en las obras de arte, donde
éstas ya no son meramente cultura, sino bienes, en donde la inversión económica
tiene un poder de fuego fundamental y cambia la importancia de tal o cual obra
según su posicionamiento en el mercado.
Solo en una sociedad en la que la libertad pueda ejercerse de forma total (idea
alejada en esta realidad donde el mercado y el capitalismo impera), el arte puede
volcarse a su último fin, servir a la sociedad en la realidad misa. Y servir a la
sociedad misma es ser “oposición a la creciente barbarie del predominio de lo
económico en su mundo” (Adorno, 1962, pág. 15)
Esta crítica cultural está inmersa en la cultura de masas que la hace mover como
un rebaño para sus intereses. La diferencia entre estas dos criticas es la siguiente
en palabras del autor: “el umbral de la crítica dialéctica, que la separa de la
crítica cultural, se encuentra en el lugar en que levanta a ésta hasta la supresión
del concepto de cultura”.
En conclusión, no solo el autor critica este tipo de crítica, que se mueve en un
mundo en donde las masas aparecen como en ningún momento de la historia, y
mueve a su antojo a esta a través de un concepto de cultura errado, sino que
propone esta nueva crítica, la crítica dialéctica, que está influida por el
marxismo.
Por otro lado, el autor Walter Benjamin, en su escrito “El capitalismo como
religión” nos da una serie de características del capitalismo y cómo actúa en la
sociedad, como dice el titulo del texto, este tiene una capacidad de actuar en la
sociedad como una religión que suplantó a la forma anterior, el cristianismo.
“En primer lugar el capitalismo es una religión de culto” (Benjamin, pág. 187)
dice el autor y enseguida agrega que la duración del culto es permanente, ósea,
no tiene días festivos, no se toma licencia para operar en ningún momento del
año. El culto de esta religión es el dinero, y como el dinero es el único fin el
dogma es inexistente, no hay un modo, una forma, el fin justifica los medios y si
para conseguir dinero hay que secuestrar, matar o cualquier acción que antes era
penada por el cristianismo hoy el capitalismo no lo encuentra penable. Como
tercer punto que encuentra en este sistema-religión, encuentra al capitalismo en
diferencia con el cristianismo, es la creación de la culpa, y no la expiación de
esta, ósea, invierte esta particularidad, creando en los “creyentes” una situación
de culpa por no conseguir lo que el capitalismo predica, plata, éxito, etc. En este
punto podemos ver como la conciencia entra a modificarse según el régimen
capitalista, la conciencia no esta libre, no tiene capacidad de liberarse a si
misma, y el encierro al que la deja es una jaula imposible de escapar. Para
entender esta situación citamos al autor: “En el ser de este movimiento religioso,
que es el capitalismo, reside la perseverancia hasta el final, hasta la completa
inculpación de dios, el estado de desesperación mundial en el que se deposita
justamente la esperanza” (Benjamin, págs. 187-188)
Entonces esta religión capitalista hace que la adoración al dinero regule nuestro
ser, nuestra conciencia.
Para concluir este breve ensayo analizaremos el poema de Fernanda Laguna,
“Poesía proletaria” a la luz de los anteriores teóricos.
Fernanda Laguna nos entrega este poema que desde el titulo podemos entender
desde qué actor social está redactado, una proletaria. Esta palabra es asociada al
vocabulario marxista, Adorno utiliza el método de análisis del marxismo en su
critica dialéctica. Ósea, desde el comienzo vemos familiaridad en su
vocabulario. El poema está redactado desde una primera persona trabajadora,
que a pesar de ser escritora y pintora no puede vivir de esta profesión, y tiene
que vender productos relacionados al arte, pero desde el lugar de una simple
revendedora. Entonces podemos entender ahora a Adorno que entiende la cultura
se convierte en una baratija. Deja de ser ese actor social fundamental para la
sociedad que es un artista para ser una simple revendedora. Por otro lado,
Benjamin nos hace comprender que no tiene dogma el capitalismo, y que para
conseguir el dinero no hay límites, en esta situación del poema ya podemos
observar como para sobrevivir el personaje del poema tiene que vender su fuerza
de trabajo sin poder liberar su potencial, su conciencia, su ser. La venta de este
trabajo no es a cualquier actor social, no le vende sus bastidores, ni pinceles ni
acrílicos a cualquiera, sino a la clase alta, que vive en “Palermo chico”, la clase
alta es la que compra su trabajo, la que tiene en su poder su ser, su libertad, es
esa clase, la clase alta es la que tiene en sus manos la posibilidad de manejar a la
cultura en su lógica de compraventa. Esta venta de sí llega al limite al pensar en
vender su cuerpo, en el poema observamos el siguiente fragmento:
“Mientras esperaba
pensaba en que podía
vender mi cuerpo
(hacer sexo)
para ganar más dinero
y no tener que cargar
tanto peso.
De todas formas
pensé,
Ahora también lo estoy vendiendo.” (Laguna, 1998)
Este fragmento nos deja ver como el personaje entiende que su trabajo ya es
parte de este engranaje en el que está metido antes de prostituirse, solo es un
paso más el que está pensando dar y entregar así, todo su ser, su interioridad e
integridad.

Bibliografía

Adorno, T. W. (1962). Prismas. Barcelona: Ariel.


Barthez, R. (s.f.). La muerte del autor.

Benjamin, W. (s.f.). El capitalismo como religion. Katatay reliquias.

Borges, J. L. (1944). Pierre Menard, autor del quijote. buenos aires.

foucault, M. (s.f.). ¿qué es un autor?

Laguna, F. (1998). Poesía proletaria. Buenos Aires.

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