Mutsuhito-Meiji1, muere en Tokio, la capital imperial de Japó n.
Había nacido en la ciudad de Kioto el día 3 de noviembre de 1852.
Concretamente en el Palacio Imperial, la morada oficial, de los
anteriores emperadores “Mikados”, ocupaba el lugar 122 en la lista de
soberanos japoneses cuya dinastía, fundada por Jimmu en el añ o 660 a.
de C., no se había interrumpido a lo largo de 2.627 añ os. Nadie imagino
los grandes logros que en su periodo imperial llevaría a cabo. Sus
gobiernos fueron los má s memorables de todos los anteriores “y de
otros muchos que tenían que llegar” y forjó la historia moderna de
Japó n, así como parte de la historia mundial del siglo XX. En menos de
cincuenta añ os el Emperador presenció su propia transformació n y la
de su nació n. Pasó de ser un estado feudal en su entronizació n a una
potencia mundial a su muerte. Fue uno má s de los grandes
protagonistas, junto con otros grandes compañ eros de esta gran obra.
Fue la persona dirigente y má s visible de la citada transformació n.
Aquellos hombres supieron trazar una línea entre la fortaleza política y
social del Bakufu y el interés de la línea imperialista de restaurar el
poder al emperador, cambiando de este modo aquello que “imperaba
en este periodo”. No obstante, al mismo tiempo, a Mutsuhito-Meiji y
sus colaboradores les interesó la creació n de un estado de equilibrio
entre las fuerzas y poderes del pasado y las que se estaban
desarrollando en el curso de un proceso de cambio de modernizació n
tanto por el hecho político como social, por el hecho de que favorecía al
mantenimiento y el aumento de la autoridad estatal centralizada, como
al fortalecimiento de su propia posició n de poder.
Japó n, al regreso después de muchos añ os, de los primeros
extranjeros y contactos generalizados con éstos, era un pueblo
atrasado desde el punto de vista occidental, aunque no ignoraban los
elementos de la ciencia moderna europea, no las aplicaban, ya que
ignorar todo lo que no fuera japonés era una constante, esto incluía su
aislamiento hacia el extranjero. Con el shogunato, los campesinos,
artesanos, y comerciantes eran, en realidad, siervos excluidos de toda
participació n política, sirvientes de una minoritaria aristocrá tica. La
sociedad carecía de paz, orden y leyes que protegieran a los individuos.
Se carecía de ejército y marina nacional, así como de una hacienda
pú blica que regulara tanto los impuestos como los gastos de
administració n de un estado, pilar de la economía de un estado
moderno.
1
Ver el capítulo de: “Biografías”.
En dos siglos y medio de aislamiento -de 1603 a 1868-, se habían
firmado tratados con algú n país, pero el aislamiento fue a la postre,
casi completo, la caída del Shogun y el poder centralizado solo en
manos del Mikado, propicio la Restauració n Imperial denominada
Meiji, fue promovida por élites progresistas y por los sacerdotes
sintoístas que ademá s de la restauració n imperial perseguían la
instauració n del sintoísmo como la religió n oficial o filosofía del estado.
Los japoneses pensaron que el ú nico camino para en un futuro hacer
frente a las potencias occidentales, era el de asimilar sus ciencias, artes
e industrias. Nunca antes se había acometido con tanto ahínco una
revolució n desde arriba, pues los autores de tal renovació n fueron el
propio Mikado junto a la aristocracia. El centralismo favoreció la
transició n de las ó rdenes legislativas y la filosofía sintoísta la de
obediencia y enfatizar el espíritu de sacrificio japonés. Decretada la
modernizació n, se comenzaron a renovar o mejor dicho a crear las
instituciones con arreglo al patró n occidental.
El primer acto de Mutsuhito-Meiji al subir al trono fue enunciar
los principios fundamentales de su gobierno bajo la forma de un
juramento solemne realizado el día 6 de abril de 1868, que desde
entonces se conoce con el nombre de “Los cinco artículos del
juramento imperial”. Constaba bá sicamente de la ruptura con el
pasado reciente y restauració n del poder imperial, lo que permitía
prever una larga serie de consultas con el fin de crear las nuevas
instituciones, la promoció n de los hombres de valía, cualquiera que
fuera su condició n, y la apertura al mundo para participar en el
progreso en los dominios científico, jurídico y moral. Quedaban ya lejos
las actitudes de autoaislamiento y comenzaba la integració n en el
concierto internacional. Se comenzaba una gran obra que culminaría
con su reconocimiento internacional como una nueva y gran potencia
Este fue el comienzo y los primeros pasos hacia una
Constitució n: el gobierno shogunal había pasado a la historia; los
grandes señ ores habían perdido para siempre sus dominios y su
autoridad, el aislamiento se había abandonado. La nació n emprendía
un nuevo rumbo completamente distinto. Aunque algunos la
denominaron revolució n, mejor habría que denominarla
levantamiento restaurador, puesto que consistió en volver a un orden
de cosas que por espacio de muchos siglos había caído en desuso.
Hasta la fecha la tierra era posesió n exclusiva de la nobleza, que
devuelve al Emperador o mejor al Mikado, las tierras en posesió n de
sus feudos, a la vez que transmitía el siguiente mensaje: “La tierra en la
que vivimos es del Emperador; el alimento que tomamos se obtiene con
el trabajo de hombres que son del Emperador. No podemos acapararlos.
Presentemos, pues, reverentemente la lista de nuestras posesiones y de
nuestros vasallos y rogamos al Emperador que recompense a quienes lo
merezcan y que castigue a los que se hayan hecho acreedores de ello”.
Esta “generosidad” por parte de la nobleza, que hasta entonces había
mantenido sus privilegios, fue uno de los primeros efectos del nuevo
reinado.
“La proclamación o publicación de la primera constitución
japonesa, fue una de las pruebas más evidentes de la solidaridad de los
intereses nacionales y de los sentimientos de gobernantes y gobernados.
Ninguna constitución del momento garantizaba tan ampliamente los
intereses generales de un pueblo”.2
En 1868 se adoptó la palabra Meiji (Gobierno ilustrado), como
título cronoló gico del reinado del Emperador y desde ese momento se
le denominó así. A finales de 1869 amanecía la nueva era del progreso
y la reforma. Reinaba la paz en todo el país y se iniciaba brillantemente
su asombrosa carrera. Surgieron algunas dificultades interiores. En
distintos lugares hubo levantamientos como el de Satsuma, el má s
significativo y duradero, que a base de esfuerzo y lucha pudo
someterse. Algunos de los ministros má s capacitados cayeron en
atentados o asesinados, por aquellos que no querían cambiar el
pasado. Pero los cambios apoyados por la Constitució n y la lucha al
unísono, convirtieron a Japó n en un gran imperio constitucional.
Japó n, quizá s no se había parado a pensar en ello, pero había
introducido o imitado a los movimientos nacionalistas que
predominaban en Europa del siglo XIX, tomemos como ejemplos; Italia
y sobre todo el de los pueblos alemanes. La admiració n de los hombres
Meiji por la política alemana del momento y por la Constitució n del
Reich alemá n de 1871 es manifiesta. Pero no nos olvidemos, que los
japoneses cambiaron su piel por un envoltorio occidental y que la piel
no es lo má s profundo del ser humano, pero su interior y su alma
siguieron siendo japoneses, y su revolució n y restauració n ligada a la
modernidad del momento sirvió esencialmente para la defensa de la
tradició n, lo que los propios japones denominan Kokutai 3. A este
respecto, a la personalidad japonesa ya sea individual o colectiva le
2
Publicado en su momento por Review of Reviews. (Fue una publicación mensual
inglesa fundada en 1890/1893 por el periodista reformista británico William Thomas Stead.
3
Utilizando las palabras del historiador John S. Brownlee: “La idea política más
original que se desarrolló en Japón fue el Kokutai "Esencia Nacional". Fue usado durante el
Periodo Imperial como una ideología de inspiración y unificación, y proveyó la estructura
política nacional que daría a lugar el sistema de monarquía constitucional basado en
Occidente bajo la Constitución Meiji de 1890”.
podemos aplicar lo que escribió Lampedusa “….Si queremos que todo
siga como está, es necesario que todo cambie". "¿Y ahora qué sucederá?
¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será
igual pese a que todo habrá cambiado, una de esas batallas que se libran
para que todo siga como está…".4
De país casi sometido al principio de la Restauració n Meiji, a país
dominador al finalizar esta era. El esfuerzo por la modernizació n de la
nació n nació principalmente de la autodefensa. Pronto percibieron que
lo que las intenciones de los países occidentales tales como, Gran
Bretañ a, Francia, Alemania y los EE.UU. “India, colonia de Inglaterra y
el ejemplo de la derrota de China frente a un país má s pequeñ o que
Japó n, (otra vez Inglaterra en las dos guerras del opio)”, habían puesto
a Japó n en alerta. Ellos no deseaban ser colonia ni ser repartidos
comercialmente. El problema era su fragilidad.
Al final del reinado de Mutsuhito-Meiji, Japó n había pasado de
ser una posible colonia occidental a ser una potencia mundial.
Consiguiendo en primer lugar la denuncia de los Tratados Desiguales
firmados por las potencias extranjeras con el Bakufu. En la guerra
contra China (1894-1985), le abrió el paso a Corea, las islas de
Formosa “Taiwan” y Penghu o de los Pescadores y concesiones
comerciales muy ventajosas en China y en la guerra con Rusia (1904-
1905), algú n territorio chino en manos de Rusia, el ferrocarril ruso del
sur de Kwangchengtsz, con los derechos de explotació n minera
inherentes a él; la mitad sur de la isla de Sajalín, ademá s de derechos
pesqueros, que rodeaban a Sajalín y las islas Kuriles.
Comenzado el siglo XX, Japó n se había convertido en la ú nica
nació n industrial y con sistema capitalista de Asia, así como poseer y
con ella legislar, la primera constitució n en el continente asiá tico, esta,
muy acorde con el momento histó rico, cuando falleció Mutsuhito-
Meiji.Japó n, se había convertido en una potencia econó mica y militar.
Antes de la llegada de Mutsuhito-Meiji al poder, la autoridad suprema
del poder pú blico no existía como tal y con él se logra la total
independencia y soberanía del estado, Japó n había conseguido que los
occidentales con su eurocentrismo no les iluminasen con su oscuridad.
4
La frase es una cita de la novela “El Gatopardo (título original, Il Gattopardo) escrita
por Giuseppe Tomasi di Lampedusa, entre los años de 1954 y 1957.