9 788498 925258
CHRIS WICKHAM
UNA HISTORIA NUEVA
DE LA
ALTA EDAD MEDIA
Europa y el mundo
mediterráneo, 400-800
Traducción castellana de
Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar
CRÍTICA
BARCELONA
003-UNA HISTORIA NUEVA ALTA EDAD [Link] 5 22/04/16 13:46
Primera edición: noviembre de 2008
Primera edición en esta nueva presentación: junio de 2016
Una historia nueva de la Alta Edad Media. Europa y el mundo mediterráneo,400-800
Chris Wickham
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Título original: Framing the Early Middle Ages
© Christopher Wickham 2005
© de la traducción, Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar 2009
© Editorial Planeta S. A., 2016
Av. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
Crítica es un sello editorial de Editorial Planeta, S. A.
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ISBN: 978-84-9892-525-8
Fotocomposición: Átona
Depósito legal: B. 10.656 - 2016
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Primera parte
LOS ESTADOS
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Capítulo 2
GEOGRAFÍA Y POLÍTICA
Este capítulo, al igual que el último, es sustancialmente introducto-
rio. En él se expondrá como punto de referencia una visión panorámica
de la geografía y la historia política (del año 400 al 800) de cada una de
las regiones en las que este libro habrá de centrarse. Las regiones se
presentan aquí en forma de espiral, ya que la exposición comienza por
el norte de África y avanza, en dirección contraria a las agujas del reloj,
por el perímetro Mediterráneo hasta llegar a España, para después des-
plazarse al norte, a Dinamarca. Este capítulo no pretende ser particular-
mente original, y en esencia se basará en la literatura secundaria; en las
notas a pie de página se citarán algunos manuales bastante obvios. Sin
embargo, es preciso ubicarlo aquí, ya que no todos los lectores poseen un
conocimiento muy detallado de cada una de las partes que integran la
Europa occidental y el Mediterráneo, y por consiguiente parece útil brin-
dar unos cuantos elementos de orientación. También incluiré breves ex-
plicaciones de algunos de los problemas historiográficos que son carac-
terísticos de cada región. No obstante, debe subrayarse que mi objetivo
es ofrecer aquí una introducción —el análisis de la historia política no
se cuenta entre los objetivos de este libro (hay un gran número de ma-
nuales alternativos); además una exposición adecuada de las historio-
grafías nacionales requeriría, en cada caso, una especificación comple-
ja, de dimensiones librescas, de las culturas nacionales, del papel de los
historiadores y de las imágenes nacionales pretérita. Esa tarea es muy
necesaria, pero deberá llevarse a cabo en otro lugar.
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60 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
1. ÁFRICA
El África romana estaba compuesta por una faja costera del Medite-
rráneo —a la que hay que sumarle sus tierras interiores, en general
montañosas— que se extendía desde Tánger al Golfo de Sirte (véanse
los mapas 1, 3, 8) y que abarcaba en esencia la mitad occidental de la
parte del continente africano que se encuentra al norte del Sahara. El
centro neurálgico de su economía lo integraban sin la menor duda las
provincias gemelas de la Proconsular (o Zeugitania) y Bizacena, es de-
cir, según la toponimia moderna, el norte y sur de Túnez, así como la
franja oriental de Argelia. La Proconsular era una provincia productora
de grano por excelencia, y poseía una compleja red urbana centrada en
torno a la que era, de lejos, la mayor ciudad de África: Cartago. Bizace-
na, notablemente más seca y menos urbanizada, excepto en la costa, era
una provincia más productora de aceite, aunque no debemos ser aquí
excesivamente esquemáticos —también había olivos en el norte y cam-
pos de cereal en el sur. En conjunto, las dos provincias «tunecinas»
producían uno de los mayores excedentes agrarios del imperio, y sólo
cedían en importancia ante Egipto; además conservaron su riqueza en
épocas posteriores, tras finalizar el período que se estudia en este libro.
Las tierras situadas al este y al oeste de «Túnez» tenían un carácter
más marginal. Tripolitania, es decir, la moderna Libia occidental, pro-
ducía grano en sus estribaciones septentrionales, y de hecho se practi-
caba una agricultura estable en los uadi estacionales situados al sur de
la franja litoral, mucho más cercana a los límites del Sahara de lo que
hoy se encuentra, tal como ha señalado con cierto detalle el reciente
proyecto de investigación sobre los valles libios.1 Al oeste, Numidia y
la Mauritania Setigense, que juntas ocupaban la costa y las mesetas de
la actual Argelia oriental, constituían una versión de la Proconsular li-
geramente más pobre y menos centrada en la actividad mercantil. No
obstante, desde aquí hasta el Atlántico, en la Mauritania Cesariense y
en la Tingitana, el porcentaje de tierras montañosas crece a medida que
nos acercamos a los Montes Atlas, al tiempo que disminuye el porcen-
taje de terrenos fértiles. Los romanos tendieron a gobernar militarmen-
te en estas provincias, y en realidad los árabes jamás llegaron a contro-
larlas del todo. En las zonas occidentales más remotas hay una zona
fundamentalmente compuesta por tierras bajas: la del triángulo en cu-
yos vértices se sitúan Tánger, Fez y Rabat, en el actual Marruecos, que
mira más al Atlántico que al Mediterráneo. Los romanos controlaron
este triángulo desde la ciudad de Volubilis, pero ya a finales del siglo III
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GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 61
lo habían abandonado prácticamente en su totalidad, por razones que
no están claras.2
La característica principal que ha dominado la historia africana (y,
de hecho, la historiografía de África) es el contraste entre la agricultura
estable de la costa y el nomadismo del Sahara. En términos historiográ-
ficos, debemos la crudeza de esta oposición a Ibn Jaldún, quien, en el si-
glo XIV, veía muy precaria la sociedad sedentaria y consideraba que sólo
un estado fuerte podía protegerla de los conquistadores nómadas.3 Sin
embargo, Ibn Jaldún es más importante aquí por el refinamiento de sus
argumentaciones que por su originalidad. Uno tras otro, los romanos, los
árabes y los franceses (en su calidad de potencias coloniales) conside-
raron que su papel era el de adalides de la civilización frente al mundo
del desierto. Hasta cierto punto tenían razón: el Sahara representa un
reto mayor para la agricultura mediterránea que la otra banda desértica
que aparecerá en este libro —la del desierto sirio—, debido a que el pri-
mero es muchísimo mayor, y a que ha sufrido mucho menos la influen-
cia de las sociedades sedentarias. (El desierto arábigo que enlaza con el
de Siria es harina de otro costal, pero se sale del ámbito de nuestro estu-
dio.) No existe en realidad una abrupta separación entre el desierto y los
cultivos, ya que aparece una amplia franja intermedia entre uno y otro a
medida que nos desplazamos hacia el sur, hacia zonas en las que la plu-
viosidad es cada vez menor. Antes de que alcancemos el auténtico de-
sierto, las zonas con cultivos de secano (entre las que hay que incluir la
mayor parte de la Proconsular) dan paso a zonas que sólo pueden dar
cosecha si son irrigadas, a zonas en las que conviven sociedades agríco-
las y pastoriles, a menudo con dificultad, y a zonas en las que la agricultu-
ra estable es, en el mejor de los casos, una ocupación de media jornada
en manos de pastores que siembran unos cuantos cultivos en los únicos
períodos lluviosos del año, quizá al final de un ciclo de vida seminóma-
da. No obstante, la vasta extensión de la zona intermedia fue, por sí mis-
ma, la razón de que la relación entre el mundo sedentario y el nómada
resultase tan tensa: ésa era precisamente el área por cuya economía y
por cuya cultura luchaban uno y otro. En las épocas en que dominaba el
mundo sedentario, los cereales se cultivaban en las regiones septentrio-
nales del desierto líbico. Cuando la dominación era ejercida por el mun-
do nómada, la llanura interior de Bizacena y la meseta Numidia (aun-
que nunca la de la Proconsular) constituían el hogar de los pastores, en
un ciclo de «intensificación» y de «decaimiento», tal como lo ha denomi-
nado Øystein LaBianca en el contexto de sus estudios sobre el centro de
Jordania.4 Se trata simplemente de opciones culturales, aunque no debe
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sorprendernos que se haya infiltrado en ellas un virulento componente
moral por la actividad dos veces milenaria de los apologistas favorables
al mundo sedentario («civilizado», alfabetizado), ya que las disyuntivas
culturales y económicas que implica una u otra solución son drástica-
mente diferentes. Las provincias africanas son las únicas de este libro,
dejando aparte algunos sectores de menor tamaño de Siria y Palestina,
en las que llegaron a darse las condiciones que hicieron posible el aban-
dono de la agricultura estable. Como consecuencia de esta realidad, hay
una cierta crispación en la historiografía moderna del África romana,
que en su mayor parte es francesa, porque los primeros excavadores de
las ciudades romanas abandonadas (con frecuencia defensores de la mis-
sion civilisatrice romana —y francesa—) dieron paso a ensalzadores
anticoloniales de la résistance africaine. Las mutuas acusaciones de neo-
colonialismo y de romanticismo bereber aún se encuentran en la litera-
tura.5 Aunque las disputas que han suscitado hayan sido menos agrias,
los períodos romano tardío y posromano se han visto dominados, en
forma análoga, por la metanarrativa del «fracaso» de una economía ur-
bana o sedentaria: ¿cuándo comenzó realmente dicha economía a dar
paso al mundo relativamente desprovisto de agricultura de la primitiva
época moderna? ¿En el período tardorromano? ¿Con los vándalos?
¿Con los bizantinos? ¿Con los primeros árabes? ¿Con los Ban¥ H¤lål*
del siglo XI? Siempre ha habido algún defensor de todas y cada una de
estas posibilidades. Es preciso decir inmediatamente que, casi con toda
seguridad, la respuesta no reside en una simple invasión materializada
en una época cualquiera, ni siquiera la de algunas tribus nómadas como
la de los Ban¥ H¤lål, sobre cuyas devastaciones tanto se ha escrito en el
pasado. (El vigor de las teorías fundadas en invasiones se debe en parte
a una creencia paralela: la de que las sociedades tribales son enemigas
de las economías sedentarias, lo que es mucho más problemático, como
se verá enseguida.) Pero al menos no tenemos que resolver la cuestión
en este libro. Como veremos en los capítulos 10 y 11, las pruebas indi-
can que en los siglos VI y VII se produjo una involución de la economía,
cuya base era la exportación agrícola, y que en el siglo VIII se alcanzó el
punto de actividad mínimo. Sin embargo, no señalan un grave retrai-
miento de la agricultura estable, al menos en el nivel de subsistencia,
hasta mucho después del final de la época aquí estudiada.
* Se denomina Ban¥ H¤lål, o hilalíes, a una tribu árabe establecida al este del Nilo.
En el siglo XI, el califa Mustansir (1036-1094) les envió contra los bereberes del norte
de África. (N. de los t.)
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GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 63
África era, como ya se ha dicho, una de las principales fuentes de
productos agrícolas y artesanales del imperio romano tardío. Su grano
y su aceite nutrían a Roma de impuestos, y las extensas propiedades de
la zona hacían ricos a los senadores romanos. En el siglo IV, sus objetos
de alfarería podían encontrarse en todo el Mediterráneo occidental, y tam-
bién en Oriente, tanto en las mesas de los ricos como en las de los po-
bres. Contaba con defensas poco abundantes (y por consiguiente eco-
nómicas), debido a que en el imperio tardío no se consideraba que los
grupos tribales radicados en su parte meridional constituyesen una gran
amenaza. El mundo del africano Agustín de Hipona (354-430), con mu-
cho el intelectual más prolífico y original de la época aquí estudiada,
era un mundo violento pero en esencia próspero.6 Incluso tras saquear
Roma los visigodos en el año 410, pudo Agustín mostrarse relativa-
mente alejado del catastrofismo en su respuesta a un golpe psicológico
tan carente de precedentes: para él, los herejes donatistas eran una cues-
tión más grave.7
Los vándalos pusieron fin a esto. No eran una de las principales tri-
bus germánicas, pero hacia el año 417 se hallaban situados en el sur de
España tras una década de desplazamientos que les había conducido
hasta allí desde el centro de Alemania. Después cruzaron a África en 429,
guiados por su rey Giserico (fallecido en 477), y en torno al año 430
controlaban ya la totalidad de la parte occidental de ese territorio.
En 439 volvieron a trasladarse, y ocuparon la Proconsular y Bizacena
durante un siglo, hasta el año 534. El siglo que pasaron los vándalos en
África resultó decisivo para el imperio romano de Occidente, debido a
que el de los vándalos era un reino independiente y a que a partir de en-
tonces los impuestos de la región dejaron de afluir a Roma. De hecho,
será después del año 439 cuando encontremos los primeros signos cla-
ros de una crisis fiscal en textos pertenecientes a la administración ro-
mana, y cuando dé comienzo la espiral de ineficacia que habría de pro-
vocar el fin de la dominación imperial en el propio Occidente (véanse
más adelante las páginas 154 a 162). En consecuencia, los vándalos tie-
nen mala prensa, una mala prensa que es aún peor en el caso de los au-
tores africanos, ya que eran fervientes cristianos arrianos, plenamente
dispuestos a perseguir a los católicos africanos. Por desgracia, las prin-
cipales fuentes no arqueológicas con que contamos en relación con la
época posterior a Agustín emanan de los apologistas católicos. No exis-
ten fuentes vándalas, con la excepción de unos cuantos poemas lauda-
torios (escritos por poetas romanos), ni documentos, salvo las Tablillas
Albertini, un conjunto de registros de propiedad de fincas de la década
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de 490 procedente de una zona económicamente marginal del sur de
Bizacena. Sin embargo, tras el examen de todas estas fuentes, queda ra-
zonablemente claro que el estilo del estado vándalo, pese a sus políticas
religiosas, era muy romano, y se aprecia una cierta prosperidad en los
hallazgos arqueológicos, al menos hasta el año 500 aproximadamente.
Al terminar el «paréntesis vándalo», con la rápida conquista del reino
por el general romano de Oriente, Belisario, en 534, se esperaba que
África recobrara rápidamente el lugar que le correspondía como fuen-
te capital de ingresos fiscales para el imperio, ahora centrado en torno a
Constantinopla.8
El África sometida al dominio del imperio romano de Oriente (a la
que se denomina universalmente «África bizantina» para distinguirla de
la correspondiente a la época anterior a los vándalos) está muy mal do-
cumentada, al menos tras la época de su conquista, que es descrita con
detalle por Procopio y Coripo. Está claro que las esperanzas puestas en
su productividad tenían, desde el principio, escaso fundamento, en par-
te porque parece que los vándalos se habían despreocupado de los im-
puestos (véase más adelante las páginas 160-161), y en parte porque los
romanos de Oriente tuvieron que mantener en la zona un importante
ejército y acometer extensas obras de fortificación, objetivos ambos
que resultaban costosos. Fue necesario este compromiso militar para
mantener a raya a las tribus bereberes autóctonas, que desde mediados
del siglo V dominaron todas las Mauritanias en calidad de entidades po-
líticas independientes y amenazaron el territorio controlado primero por
los vándalos y luego por los bizantinos, tanto desde el oeste como des-
de el sur. Para la segunda mitad del siglo VI, el África bizantina había
logrado ya una cierta estabilidad y daba muestras de una prosperidad
moderada, prosperidad que fue lo suficientemente sólida como para
que el exarca (o gobernador) de África, Heraclio, consiguiese rebelarse
y conquistar para sí Constantinopla entre los años 608 y 610, situando
además como emperador a su hijo Heraclio por espacio de más de trein-
ta años.9 Sin embargo, a partir de ese momento hubo más problemas.
En el año 647, los árabes penetraron desde Egipto, derrotaron y mata-
ron al exarca Gregorio, y el imperio perdió para siempre Tripolitania y
Bizacena. Los árabes aún no se comportaban como conquistadores se-
rios, pero fueron los bereberes, no los romanos, quienes llenaron el va-
cío de poder en esas tierras meridionales —por esta época, el imperio
controlaba únicamente la Proconsular. Después del año 670, los árabes
regresaron, y a lo largo de los treinta años siguientes se apoderaron del
corazón de las provincias africanas propiamente dicho —encontrando
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más resistencia en los bereberes que en los romanos. Finalmente toma-
ron también Cartago, en el año 698.10
El primer siglo de dominación árabe en lo que ellos llamaron, si-
guiendo la costumbre romana, Ifriqiya, es oscuro. Su arqueología se ha
estudiado mal, y hay muy pocas fuentes históricas fiables. Queda al me-
nos claro que Qayrawan, una nueva ciudad fundada en la Bizacena in-
terior, fue su capital, y que Túnez (otra ciudad nueva fundada para sus-
tituir a la vecina Cartago, ahora en ruinas) se vio relegada a un segundo
lugar. El wål¤ (gobernador) de Ifriqiya ejercía un cargo similar al del
exarca que le había precedido, y aunque poseía cierta autonomía tenía
también un poder político un tanto marginal.11 Desde aquí se conquistó
España a partir del año 711, con la participación entusiasta de los bere-
beres del Magreb occidental, es decir, de las antiguas Mauritanias, a
quienes los árabes habían conseguido implicar en el dår al-Islam. Sin
embargo, esta cooperación no duró mucho, y la gran revuelta bereber
de los años 739 a 740 separó a España (temporalmente) y a Marruecos
(de forma permanente) del califato. En esencia, el corazón de Ifriqiya
era la región de Túnez, tal como lo había sido antes para los vándalos y
para los bizantinos. Los datos arqueológicos del siglo VIII son, como ya
se ha señalado, exiguos, pero su simplicidad implica que la confusión
de la época comprendida entre los años 647 a 698 causó un perjuicio
a la prosperidad africana (véanse más abajo las páginas 1032 a 1036).
Al igual que antes, el potencial de las provincias tunecinas, de carácter
intrínsecamente agrícola, seguía siendo grande. Después del año 800
la autonomía de África se convirtió en una independencia efectiva con la
dinastía de los Aglabies (800-909), y la economía de la región comenzó
a crecer, alcanzando un nuevo máximo en el siglo X, terminada ya la
época que aquí estudiamos.12
Como queda claro tras este breve apunte, las tribus bereberes incre-
mentaron de forma constante su poderío militar y su autonomía a lo lar-
go de toda la época que aquí nos ocupa. En el año 500 era ya frecuente
que se hubieran organizado en torno a alianzas de grandes dimensiones,
como la de los laguatan en lo que hoy es Libia, y algunas de ellas fue-
ron gobernadas por reyes ambiciosos.13 (No obstante, hay controversia
respecto a la exacta magnitud de sus organizaciones políticas; véanse
más adelante las páginas 480 a 484.) No dejaron testimonios escritos,
así que fue fácil construir su imagen al modo de un «Otro» sin civilizar,
imagen que los convertía en la principal amenaza para los territorios
asentados de la época que examinamos. Esto, sin embargo, resulta en-
gañoso. Había tribus bereberes sedentarias, tantas como nómadas. El
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desarrollo de las autonomías tribales, que sustrajo un número de por-
ciones de África cada vez mayor al poder del estado radicado en Carta-
go (y más tarde afincado en Qayrawan), no tuvo necesariamente efecto
alguno en la agricultura, tal como se aprecia claramente sobre todo en
la zona que se analiza en el mejor estudio arqueológico rural de los te-
rritorios bereberes: el de la investigación de los valles libios. De hecho,
algunas de las organizaciones políticas de los bereberes occidentales
tuvieron incluso su base en torno a ciudades romanas, como Altava y
Volubilis. En el año 788 llegó a Volubilis, Idr¤s ‘Abd All¥h el alauí, que
habría de fundar a su vez la primera dinastía musulmana de Marruecos,
la de los idrisíes. Su organización política actuó como motor indepen-
diente de la islamización de las tribus bereberes del Magreb. Idris se
trasladó a Fez en el año 790, ciudad que sigue siendo el principal centro
urbano de las llanuras de población sedentaria del norte de Marruecos,
como sucesora directa de Volubilis.14 Más adelante, en el capítulo 6, se
examinará el desarrollo de la autonomía bereber, y se establecerá un
paralelismo con la Gran Bretaña posromana, ya que estas dos regiones
son los dos ejemplos más claros que conocemos en las que el desplome
de las estructuras políticas de tipo romano no estuvo ligado a un proce-
so de invasión. No obstante, en el caso del África, la oposición entre es-
tado y tribu resulta, desde mi punto de vista, una forma más útil de com-
prender la época que nos incumbe que la que enfrenta el desierto a las
zonas cultivadas; cosa que se debe en no pequeña medida a la ininte-
rrumpida prosperidad de las tierras cultivadas de esta región, lo que cons-
tituye un rasgo permanente a lo largo de todo el período aquí examinado.
2. EGIPTO
Egipto estaba situado, de manera similar, a las puertas del desierto,
pero se encontraba mucho menos expuesto que África: en parte porque
su desierto es tan inhóspito que son muy pocas las personas que pueden
vivir en él; y en parte porque el Nilo lo convertía en una región tan rica,
y tan populosa, que su estabilidad interna era enormemente superior.
En esencia, el Nilo y su desbordamiento anual es el creador de Egipto
(la región carece prácticamente de toda precipitación, y puede decirse
que no cuenta con ninguna otra fuente natural de agua aparte de la del
río). Egipto, como concepto de la geografía humana, no es, en efecto,
otra cosa que la delgada y sinuosa faja del valle del Nilo, la extensión
de ochocientos kilómetros que comprende el Medio y el Alto Egipto,
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GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 67
desde El Cairo hasta Asuán, más el gran triángulo del delta, cuya base
va desde Alejandría hasta Pelusio en el Mediterráneo mientras que su
vértice toca El Cairo (véase el mapa 4). Sin embargo, el Nilo tuvo otros
dos efectos en la región. En primer lugar, su desbordamiento, y el limo
que lo acompañaba, aprovechado en la época que aquí estudiamos por
miles de redes locales de regadío, hizo que la fertilidad de Egipto dobla-
ra la de cualquier otra parte del Mediterráneo o del resto de Europa (véan-
se más adelante las páginas 125 y 126), y esto no sólo le permitió produ-
cir un enorme excedente de grano para el imperio romano de Occidente
y sus sucesores árabes, sino que también proporcionó alimento a una
población urbana que Roger Bagnall y Bruce Frier calculan que de-
bió llegar a constituir una tercera parte del total de la demografía egip-
cia, el triple de lo que se estima habitualmente en el caso de la mayoría
de las regiones mediterráneas (véanse más adelante las páginas 866 a
870).15 En segundo lugar, el Nilo era un medio de transporte seguro y eco-
nómico. Esto significaba que Asuán se hallaba estructuralmente vincu-
lada con Alejandría, pese a que se encontrase físicamente más alejada
de la costa mediterránea que cualquier otro punto del imperio excepto
Gran Bretaña —de hecho, en los yacimientos arqueológicos egipcios
de la época que aquí estudiamos predomina la cerámica de Asuán (véan-
se más adelante las páginas 1081 a 1083)—. De este modo se hizo po-
sible en Egipto la existencia de una compleja red económica, tanto fiscal
como comercial, incluso en los períodos en que el comercio entre las
demás regiones desaparecía, como sucedió, en distintos momentos, en
todas las zonas de nuestra área de estudio. Por ello, Egipto será siempre
la muestra de control que nos permita constatar, en aquellos momentos
en que todo lo demás cambia, qué aspecto presentan las situaciones de
estabilidad en la época que aquí estudiamos —y si las cosas llegaban a
transformarse incluso en Egipto, entonces no hay duda de que también
ocurría lo mismo en otros lugares.
Más aún que África, Egipto fue una fuente de productos agrícolas
para el estado romano, y de este modo constituyó uno de los principa-
les pilares de la red fiscal del imperio romano de Oriente. La región era
tan fácil de controlar, gracias al Nilo, que su historia política se muestra
en extremo sosegada durante el período romano tardío, período que aquí
se extiende hasta la década de 610, pues hay pocos factores que lo per-
turben, salvo por los ocasionales brotes de violencia urbana (a veces de
origen religioso) que se produjeron en Alejandría. De lo que sabemos
mucho, por otra parte, es de su historia social y económica. Los estu-
dios arqueológicos egipcios correspondientes a la época que aquí exa-
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minamos son aún bastante limitados, pese a su considerable potencial.
Tampoco hay un gran número de textos, aparte de los que se enmarcan
en la política estrictamente eclesiástica. Sin embargo, en la época que
aquí abordamos, los papiros están bien representados (excepto por la
relativa escasez de los pertenecientes al siglo V), y han llegado hasta
nosotros a millares. En consecuencia, entre el año 500 y el final del si-
glo VIII, Egipto es con mucho la región mejor documentada de las que
aquí consideramos. En los últimos tiempos del período tardorromano,
las dos principales fuentes de información documental son Oxirrinco y
Afrodito, ambas situadas en el Egipto Medio. El primero es un centro
de grandes latifundios, y el segundo lo es de pequeñas y medianas pro-
piedades. No obstante, también hay, dispersos, un gran número de pa-
piros relativos a otros muchos focos de actividad, con la única excep-
ción del delta. Los escenarios sobre los que estos conjuntos de papiros
arrojan luz no son «característicos» del mundo romano, pero esto se debe
únicamente a que en ningún caso hay escenarios que lo sean. Con todo,
pueden compararse a otras muchas realidades locales romanas, y en el
marco que se presenta en este libro los utilizaremos como guía.16
Los persas se apoderaron de Egipto entre los años 618 y 619, en una
irrupción tan súbita como la de la conquista vándala de África. Lo con-
servaron durante una década, hasta que Heraclio los derrotó en Arme-
nia y ganó la última gran guerra entre romanos y persas. Sin embargo, la
década de 630, un período que en Egipto está de hecho mal documen-
tado, fue la última década romana: entre los años 639 y 642 los árabes
conquistaron la región, y ésta se convirtió (a diferencia de Ifriqiya) en
una de las provincias centrales del califato. Hubo muchas regiones de
Egipto, la mayoría, en las que los árabes no se asentaron. Se establecie-
ron en una nueva capital, Fustat, antecesora del moderno El Cairo
—Alejandría sobrevivió, a diferencia de Cartago, aunque fundamental-
mente como base naval—, y dejaron el conjunto de Egipto bajo control
de las élites locales anteriores, las cuales cambiaron muy poco por es-
pacio de un siglo. Hacia el año 550, los egipcios escribían sus docu-
mentos en griego, aunque hablasen principalmente copto. Bajo la do-
minación árabe, su lengua fue sustituyendo lentamente al griego como
idioma de la administración central (y no obstante, incluso este proceso
tardó un siglo). Los documentos locales se redactaban cada vez más en
copto. Un segundo conjunto de documentos procedentes de Afrodito
—y que pertenecen a las décadas de 700 y 710— aparece escrito en las
tres lenguas; las principales colecciones de finales del siglo VIII, la de
Balaíza en el Egipto Medio y la de Jeme en la Tebas occidental del Alto
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GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 69
Egipto, están en esencia escritas en copto. El árabe sólo conseguiría im-
ponerse por completo tras la época aquí estudiada, en los siglos IX y X,
al irse transformando Egipto, muy poco a poco, en una región musul-
mana.17
Durante mucho tiempo, la política local de Egipto no mostró rasgos
más espectaculares bajo la dominación árabe de los que había exhibi-
do en tiempos de los romanos, y puede relatarse con idéntica rapidez.
Sus emires se instalaron de forma permanente en Fustat, y utilizaron
los mismos mecanismos de gobierno, incluso los mismos instrumentos
fiscales, que empleara su predecesor romano en Alejandría. Ser emir
(amír, en árabe) de Egipto suponía desempeñar un alto cargo: ‘Abd al-
Az¤z, gobernador entre los años 685 y 704, era hermano de ‘Abdul el-Ma-
lik, califa entre 685 y 705. En parte, esto se debe a que podría decirse
que ser emir resultaba tan rentable como ser califa. En la época omeya
(661 a 750), las diferentes provincias del califato se quedaban con la
mayor parte de la recaudación fiscal, a fin de sufragar el gasto de sus
ejércitos árabes locales. Se trataba, en la mayoría de los casos, de una
solución necesaria tanto en términos prácticos como en términos políti-
cos, pero consiguió que el califato estuviese durante largo tiempo mu-
cho más descentralizado que el imperio romano.18 En el caso de Egipto,
además, esta descentralización fue la causa de que el primitivo Egipto
árabe se encontrara en una posición en la que no se había visto desde
los días de Cleopatra, una posición análoga a la del África de los ván-
dalos: podía consumir la mayor parte de sus excedentes en el interior de
su propia región. (La otra gran zona productiva del califato, Irak, había
sido el foco de atención de la Persia sasánida, y por consiguiente siem-
pre había consumido localmente sus excedentes —aunque aquí hubo
menos cambios. De hecho, cuando los Abasíes volvieron a centralizar
el sistema fiscal del califato a finales del siglo VIII, también establecie-
ron su base en Irak, en Bagdad.) En África, esta independencia fiscal
condujo finalmente a una simplificación económica (véanse más ade-
lante las páginas 1027 a 1036), pero la economía regional de Egipto era
de dimensiones tan enormes que no se produjo ningún proceso similar.
No obstante, los árabes de Fustat debieron de haberse vuelto asombro-
samente ricos.
Puede que fuese éste el contexto en el que, de la década de 720 en
adelante, comenzasen a producirse en Egipto alzamientos motivados
por los impuestos: aquéllos brotan de forma constante a lo largo de un
siglo —están documentados con una periodicidad aproximada de una
década—, y culminan en el levantamiento general de los años 831 y 832
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70 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
(en el que por entonces intervinieron ya los árabes, que habían empeza-
do a asentarse en Egipto, así como los cristianos egipcios). Estas re-
vueltas se corresponden en gran medida con las épocas de inestabilidad
constatadas en otros puntos del califato, como las que acompañaron a la
revolución abasí del año 750 o a la guerra civil de los años 811 a 819,
pero la raíz de estos períodos de agitación también halla su fundamen-
to en el planteamiento de demandas fiscales.19 Hablaremos de ellas con
más detalle en el capítulo dedicado a las estructuras del estado (páginas
221 a 226). Dichas demandas muestran que, incluso en Egipto, la carga
fiscal precisaba de una justificación legitimadora más compleja que la
basada en la simple amenaza de la fuerza. Sólo cuando Egipto adquirió
una efectiva autonomía respecto del califato, desde los tuluníes (868 a
905) en adelante, lograron descubrir los árabes —por entonces más se-
dentarios, más numerosos y más vinculados a la población autóctona,
cada vez más islamizada— el modo de volver a crear una estructura es-
tatal estable en el ámbito local.
Egipto es más fácil de describir que África en un contexto introduc-
torio, ya que no presenta el mismo tipo de problemas de interpretación:
la geografía egipcia es tan ineludible, y tan abundantes las pruebas que
se han conservado en los papiros, que tanto la visión de conjunto como
el análisis socioeconómico resultan relativamente sencillos. Su historio-
grafía es también menos difícil, en lo concerniente a la época que aquí
estudiamos. Las investigaciones sobre el siglo VI no han alcanzado aún
el notable nivel de la síntesis que ha realizado Roger Bagnall con el si-
glo IV, pero puede que no se trate más que de una cuestión de tiempo,
dada la calidad de lo que se escribe en este momento. Su debilidad resi-
de únicamente en ese permanente punto ciego de la egiptología concre-
tado en la falta de interés de la mayoría de los eruditos por todo cuanto
no se encuentre en el valle del Nilo —una falta de interés, por desgra-
cia, que encuentra amplia contrapartida en la actitud que muestran res-
pecto de la época aquí estudiada la mayor parte de los estudiosos del
resto del Mediterráneo oriental, quienes rara vez plantean debate algu-
no sobre Egipto, salvo algunas notables excepciones como las de Wolf
Liebeschuetz y Jean-Michel Carrié.20 No obstante, respecto de la épo-
ca árabe lo único que cabe registrar es una disminución de la calidad de
las obras producidas. Se han realizado buenos trabajos sobre la Afrodi-
to del siglo VIII gracias a que su documentación se ocupa en buena me-
dida del sistema fiscal, y a que las estructuras político-fiscales árabes es-
tán bien analizadas. Por el contrario, las últimas colecciones coptas rara
vez cuentan con análisis de tipo alguno, pese a la riqueza que presenta
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GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 71
el material, especialmente el relativo a Jeme.21 Aquí, al igual que en la
arqueología egipcia, queda trabajo por hacer.
3. SIRIA Y PALESTINA
La región oriental de la costa del Mediterráneo, el Oriente Próximo,
constituye en efecto otra larga banda de tierra como la de África, ado-
sada al desierto. La estrecha llanura costera tiene a sus espaldas una
zona de tierras altas que se extiende hacia el norte desde Jerusalén y lle-
ga hasta los Montes Tauro, en la actual Turquía, los cuales se elevan en
el Líbano, en el centro de esta franja, hasta convertirse en una auténtica
cordillera. Detrás de ella, el extremo superior del Valle del Rift traza
desde el Mar Rojo una línea paralela a la costa mediterránea. En el sur,
la zona que rodea al Mar Muerto es desértica, pero el valle del Jordán,
Galilea y la Beqaa, en el norte, son regiones muy fértiles. Después vie-
ne otro cordón de elevaciones montañosas, en el que destaca una suce-
sión de ciudades de gran importancia histórica que, de sur a norte, son
las siguientes: Petra, las ciudades de la Decápolis, Damasco, Emesa
(Hims), Epifania (Hama), Alepo, es decir, el corazón de las actuales
Jordania y Siria (véase el mapa 5). Por último, aparece el árido desier-
to, en el que únicamente los oasis pueden actuar como centros de po-
blación, entre ellos la celebérrima Palmira (Tadmor). Esta disposición
lineal vuelve a recordar al África, y muchas de las observaciones gene-
rales que allí se han suscitado también serán de aplicación aquí, aunque
existen diferencias. La franja costera era en muchos sitios notablemen-
te rica, en especial entre Gaza y Cesarea al sur, en el moderno Israel, y
en torno a Antioquía, en Cilicia, al norte. No obstante, también eran ri-
cas algunas zonas interiores, principalmente las del valle y las tierras
altas situadas entre Ammán y Damasco, así como las de la región del
norte de Siria comprendida entre Hims y Alepo. En este caso, la linde
del desierto no constituía una periferia política, como en África, sino
que su importancia en el ámbito público era capital. De hecho, en esta
región se da una interrelación constante que une las tierras fértiles con
la montaña y el desierto. En el sur, en el Neguev, detrás de Gaza, el de-
sierto se encuentra próximo a la costa, pero éste contaba a su vez con el
apoyo de la región productora de grano situada en las colinas del sur de
Jordania, detrás de Petra. Más al norte, si se recorren en dirección este
los sesenta kilómetros que separan Jerusalén de Ammán, se pasa de un
suave paisaje mediterráneo ondulado al desierto y de ahí a un oasis (el
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72 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
de Jericó), para quedar de nuevo rodeado por fértiles colinas. Incluso en
el caso de que uno continúe hacia el este y se adentre en pleno desierto,
podrá llegar a los grandes ríos de Mesopotamia en pocas semanas si par-
te desde el sur, o en unos cuantos días si sale del norte (es decir, en días
u horas con los medios de transporte modernos). De hecho, el Éufrates
atraviesa el desierto avanzando de noroeste a sureste, y en el norte de
Siria fluye a tan sólo unos cincuenta kilómetros de Alepo, lo que quie-
re decir que no existe una significativa solución de continuidad entre las
ciudades del norte de Siria y el valle del curso medio del Éufrates.
Como consecuencia de estas circunstancias, el desierto que se ex-
tiende entre Siria y Mesopotamia resulta menos amenazador que el del
Sahara. En los siglos V y VI dicho desierto estaba controlado por tribus
árabes clientes de los romanos y de los persas, lo que representa una
enorme diferencia respecto de la amenaza que representaban las tribus
bereberes en África. Y tampoco puede decirse que la conquista árabe del
siglo VII introdujera cambio alguno en esta situación. En la época ome-
ya, de hecho, los califas desarrollaron serios proyectos de irrigación en
las franjas desérticas de Siria y de Jordania. (Los romanos del período
tardío, por el contrario, cuyas miras se dirigían más bien al Mediterrá-
neo, habían impulsado el Neguev.)22 No obstante, al final se produjo un
«decaimiento» en la agricultura de las franjas desérticas situadas al sur
de Alepo, así como en la región meridional, mucho más árida, y en al-
gunas zonas de la cadena de colinas de Jordania y Palestina.23 Tal como
sucede en el caso de África, se ha mantenido durante largo tiempo un de-
bate para dirimir a quién debía atribuirse la «responsabilidad» de este
declive, y en la historiografía israelí existe una tendencia (entre otras)
que culpa de ello a la conquista árabe, ya produjera ésta sus efectos a
corto o a largo plazo (aquí los israelíes desempeñan el rol estructural
que ejerce la historiografía colonial francesa en África). Otro de los fac-
tores a los que se echa corrientemente la culpa es la revolución abasí
del año 750, que hizo perder a Siria su condición de centro político y
que coincidió con al menos un terremoto de gran potencia, el registrado
a finales de la década de 740 —un terremoto que causó importantes
destrozos en las ciudades de la subregión del sur de Siria y el norte de
Jordania. Sin embargo, los datos arqueológicos recientes indican que el
debilitamiento económico posterior al año 650 fue muy poco pronun-
ciado, y permiten señalar que quizá ni siquiera fuese demasiado acusa-
do después de 750.24 Es probable que en las tierras interiores del Orien-
te Próximo el principal período de «decaimiento» no comenzara sino
en el siglo IX, una vez finalizada la época que aquí estudiamos. En la
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GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 73
costa, es posible que la conquista árabe haya supuesto un golpe más duro,
debido a la fuerte dependencia que vinculaba la suerte de las zonas de
Gaza y de Antioquía con las rutas marítimas interregionales —en lo to-
cante al comercio de vino la primera y al de aceite la segunda—, pero
incluso en esos casos, las tierras de los márgenes que quedaron abando-
nadas como consecuencia directa de la conquista —en algunas zonas
del norte del Neguev y del Macizo Calcáreo del norte de Siria— no em-
pezaron a perder su población hasta los siglos VIII y X, respectivamente.
En este último caso, la fecha es posterior porque la zona no se halla si-
tuada en un entorno desértico.25
En los siglos V y VI, en Siria y Palestina, el período romano tardío
fue, como en el resto del Mediterráneo oriental, una época de relativa
calma en el plano político y de gran prosperidad en el ámbito económi-
co, auge que alcanza su punto culminante en los primeros años del si-
glo VI. Este siglo es testigo de un período de reconstrucción urbana a
gran escala, generalmente asociado al reinado de Justiniano I (527-565).
Esto se aprecia con mucha claridad a través de los datos arqueológi-
cos, que tienen en esta región, en lo que hace a la época que aquí estu-
diamos, una calidad particularmente elevada (en especial en Jordania,
aunque no únicamente aquí). El principio del siglo VI fue una época de
gran actividad, tanto en los emplazamientos urbanos como en los rura-
les. Las fuentes escritas de que disponemos tampoco contradicen estos
datos, aunque en este caso son bastante escasos (los textos hagiográfi-
cos constituyen el elemento más importante, y entre ellos cabe destacar
los contenidos en algunas obras célebres, como la Historia religiosa
de Teodoreto de Cirro. Los documentos se limitan a la excavación de
Nessana y, recientemente, a los papiros de Petra, en la parte más meri-
dional de la región).26 La guerra con Persia, que en el norte produjo
una considerable destrucción en las décadas de 540 y 570, no interrum-
pió esta prosperidad. Tampoco lo hizo el conflicto, más localizado, de
las revueltas samaritanas surgidas entre las décadas de 480 y 520, ex-
cepto en la propia Samaria (grosso modo la parte norte del actual te-
rritorio gobernado por la Autoridad Palestina), que sufrió de forma
terrible a causa de la represión subsiguiente.27 Hay menos acuerdo res-
pecto a si la época posterior al año 550 asistió o no al comienzo de una
disminución del ritmo de la economía siria y palestina. En caso afir-
mativo, es probable que el norte se haya visto más seriamente afectado
que el centro y el sur (véanse más adelante las páginas 881 a 888). Sin
embargo, el Oriente Próximo seguía saliendo adelante perfectamente
bien en el año 600.
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74 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
La ocupación persa, y más tarde la conquista árabe (ocurridas entre
los años 614 y 628, y de 636 en adelante), causaron, más aún que en
Egipto, reorganizaciones de orden estructural. Siria y Palestina habían
estado sólidamente integradas en la esfera del Mediterráneo durante la
época del imperio romano, pero el califato no fue una potencia medite-
rránea más que de manera secundaria. Y a la inversa, la conquista por
los árabes del imperio sasánida, así como de la mitad del imperio ro-
mano de Oriente, proporcionó unidad, por primera vez desde los tiem-
pos de Alejandro, al Creciente fértil. La costa hubo de hacer frente a las
dificultades económicas, como ya se ha señalado; y en sentido opuesto,
comenzaron a desarrollarse los principales centros interiores situados a
lo largo de las rutas de comunicación, como Alepo.28 Del mismo modo,
en la época omeya, esto es de la década de 660 en adelante, hubo, como
ya se ha visto en el contexto egipcio, un relativo predominio de la des-
centralización fiscal, ya que en esos años fueron pocos los ingresos pro-
cedentes de las diferentes provincias que afluyeron al gobierno central.
En el siglo VIII se aprecia una localización económica en el Oriente Pró-
ximo que sólo habría de revertir en tiempos de los Abasíes (véanse más
adelante las páginas 1098 a 1108): el vínculo entre Siria e Irak no habría
de mejorar su desarrollo hasta el siglo IX. Sin embargo, los Omeyas hi-
cieron de Siria y Palestina la base de su poder, y situaron su capital en
el centro, en Damasco. En consecuencia, la región conoció una clara
prosperidad, al menos en lo relativo a su economía interna.
Tenemos extensos documentos escritos de la época omeya, pero per-
tenecen en su mayor parte al período tardío: el primer documento clave
es el de al-Balådhur¤ (fallecido en 892), y la compilación más detallada es
obra de al-Tabar¤ (fallecido en 923). Recientemente han surgido consi-
derables dudas respecto a la utilidad de estos y otros textos como guías
precisas para la comprensión del primitivo período árabe, en especial,
aunque no únicamente, en relación con la época en que vivió Mahoma,
un debate que presenta un paralelismo exacto con el suscitado en torno
a todas las demás fuentes altomedievales, pero que se ha visto aquí agu-
dizado y llevado al extremo, por la evidente importancia que tiene esta
época para el islam en tanto que religión. No obstante, las implicacio-
nes de los análisis más críticos de estos textos resultan más serias para
los historiadores políticos y religiosos que para mí. He recurrido —con
la debida cautela— más a al-Balådhur¤ que a al-Tabar¤, ya que el prime-
ro presta un poco más de atención a las cuestiones socioeconómicas.
(En el caso de Yazira, al este de Alepo, entre los cursos medios del Éufra-
tes y el Tigris, existen algunas historias de carácter algo más local es-
003-UNA HISTORIA NUEVA ALTA EDAD [Link] 74 22/04/16 13:46
GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 75
critas en sirio y en árabe, y se emplearán aquí por considerarlas adecua-
das, pero esta zona se encuentra en la periferia de la región del Oriente
Próximo.)29 Como consecuencia de estos problemas, y también como
resultado del fuerte sesgo militar y prosopográfico de los propios textos
narrativos, los datos arqueológicos seguirán constituyendo, también en
el caso de la época omeya, el centro de los materiales utilizados aquí
como fuente.
La organización política omeya tuvo su apogeo entre finales de la
década de 680 y principios de la de 740, y tras la muerte del califa
Hishåm (724-743), entró en crisis. En el año 750, la dinastía abasí de-
rribó a los Omeyas, y la capital se trasladó a Irak: Bagdad se fundó en
el año 762. Los primeros Abasíes trataron a Siria prácticamente como a
un territorio conquistado, y a partir de entonces la región no lograría ya
librarse de una condición política marginal, pese a que al valorar el gra-
do de la recesión económica del Oriente Próximo abasí deba ponerse en
el otro plato de la balanza el papel desempeñado por el desarrollo de las
rutas del Creciente fértil. Aquí no estudiaremos por extenso a los Aba-
síes, porque Irak queda fuera del radio de acción de este libro, y porque,
en cualquier caso, el 800 es un punto cronológico poco apropiado para
interrumpir el análisis de los procesos políticos califales —y entre el
año 750 y el 861, que son fechas más adecuadas, he preferido optar en
la práctica por el 750. Sin embargo, las pautas de la evolución socioe-
conómica no se ajustan a las fechas políticas, así que me propongo se-
guir las pistas históricas posteriores al año 750 —al menos en el caso
de algunas ciudades y siempre que dichas pistas sean lo suficientemen-
te claras como para que valga la pena plantear un debate, tal como ocu-
rre, por ejemplo, en el caso de Pella (véanse más adelante las páginas
985 a 986)—. Siria y Palestina conformaron una región en la que se
mantuvieron, casi tanto como Egipto, muchos de los aspectos de la so-
ciedad y la economía romanas. Además, las dos regiones se comple-
mentan mutuamente, dado que en Egipto, por una parte, los datos ar-
queológicos son escasos aunque exista una gran riqueza documental,
y que, por otro, la situación en el Oriente Próximo es la contraria. Me
ocuparé de exponer esta complementariedad en varios capítulos.
4. EL CORAZÓN DE BIZANCIO
En el año 324 Constantino fundó la nueva capital romana de Cons-
tantinopla, la cual, al llegar el siglo V, se había transformado en una
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76 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
ciudad con una población próxima al medio millón de habitantes. En
consecuencia, las provincias que la rodeaban quedaron convertidas en
una zona política esencial cuya vanguardia estaba integrada por Tracia
y Bitinia, seguidas a poca distancia por la subregión del Egeo. El Egeo
había conservado su condición de núcleo político del imperio romano de
Oriente, y lo siguió siendo del imperio romano bizantino que vino tras
él. El momento exacto en que empieza a utilizarse la palabra «bizanti-
no» es cuestión debatida (para los historiadores modernos, quiere de-
cirse, pues para los propios bizantinos los únicos términos usados fue-
ron siempre los de romanus, y más tarde, rhomaios, ya que byzantios
sólo se aplicaba al habitante de la capital). Las dos fechas que se esgri-
men más habitualmente son la del propio año 324 y la de c. 640, co-
rrespondiente al momento en que las conquistas árabes forzaron al es-
tado romano a modificar de forma espectacular sus estructuras internas.
Yo elijo esta última: me parece que es, de lejos, el punto de inflexión
más importante. En este libro, la palabra «bizantino» se utilizará úni-
camente para la época posterior al año 640, excepto en África e Italia,
donde, por razones de conveniencia, detallaré el período que sigue a las
reconquistas realizadas por Justiniano en la década de 530.
En el año 400, el imperio romano de Oriente era una estructura po-
líticamente estable y fiscalmente equilibrada. En el capítulo 3 (pági-
nas 113 a 236) describiré los aspectos relativos a su sistema fiscal. Como
sistema político, no se vio sometido a grandes amenazas: el siglo V, que
destruyó la mitad occidental del imperio, vio llegar pocas consecuen-
cias de esa crisis al Mediterráneo oriental, que de hecho, como ya se ha
señalado, estaba alcanzando por entonces un punto álgido en su activi-
dad económica. Los emperadores del siglo V no fueron personajes ex-
cesivamente imponentes, y hasta el año 474 los verdaderos gobernantes
en la sombra se valieron de ellos para ejercer el poder. Sin embargo, no
fue únicamente un período de tranquilidad, sino un tiempo en que la
política adquirió un cierto grado de protagonismo —el Código Teodo-
siano (Codex Theodosianus) del año 439, la primera gran recopilación
de leyes imperiales pertenece a esta época. La única zona que se vio
dominada por los semiautónomos ejércitos «bárbaros» que eran mo-
neda corriente en el Occidente romano tardío fue la del norte de los
Balcanes, la actual Bulgaria y (la antigua) Yugoslavia, zona de la que
también eran oriundos la mayoría de los emperadores. En el período
comprendido entre el inicio del siglo V y el final del VI, dichos ejérci-
tos no constituyeron un grave peligro político más que en las décadas
de 470 y 480, mandados por Teodorico el Bizco (también llamado Teo-
003-UNA HISTORIA NUEVA ALTA EDAD [Link] 76 22/04/16 13:46
GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 77
dorico el Viejo) y Teodorico el Amalo (o Teodorico el Joven), en una
época en que el emperador, el general isauro Zenón (474-491), era poco
popular y en que el imperio andaba escaso de dinero tras el desastroso
intento de desbaratar a los vándalos que había realizado en el año 468.
Anastasio (491-518), un administrador, restauró la economía imperial,
y Justiniano (527-565) se valió de ello para imponerse en todas las fa-
cetas gubernativas —la renovación del sistema legal, la reorganización
de la administración y una extensa reconstrucción urbana y militar, a lo
que hay que añadir la reconquista de África, Sicilia, Italia y el sureste
de España. Para el año 565, todo el Mediterráneo quedó de nuevo en
manos romanas, excepto el litoral que media entre Valencia y los Alpes
y algunas zonas de Mauritania. Los sucesores de Justiniano no lograron
conservar (la mayor parte de) Italia, y es posible que el resto del siglo co-
nociese una fase de estancamiento económico. Sin embargo, el Oriente
(que ahora incluía a África y a Sicilia), seguía siendo, incluso en el año
600, razonablemente estable, cohesionado y próspero.30
Los equilibrios de fuerzas militares que permitieron que Roma y
Persia combatiesen sin producirse perjuicios duraderos durante todo el
siglo VI terminaron bruscamente al estallar, al norte del Danubio y con-
tra una campaña de invierno, un motín que se saldó con el asesinato de
Mauricio (582-602) y con una declaración de guerra por parte de los
persas. Hacia el año 614 se perdieron Siria y Palestina, entre el 618 y el
619 se abandonó Egipto, como ya hemos visto, y en 615 los persas in-
vadieron Anatolia. En 626, los persas asediaron Constantinopla por uno
de sus flancos, mientras los ávaros y los eslavos —que habían ocupado
una gran parte de los Balcanes en las dos décadas anteriores— lo ha-
cían por el otro. Con un notable movimiento, Heraclio, que en ese mo-
mento se hallaba en Oriente, se las arregló para rodear a los persas por
la retaguardia y ganar la guerra en el año 628. No obstante, en el año 634,
al iniciar los árabes, que acababan de abrazar la fe musulmana, sus con-
quistas, ni los romanos ni los persas tuvieron fuerza suficiente para re-
sistir su empuje. Al morir Heraclio en el año 641, los romanos, ya bi-
zantinos, se vieron confinados en el corazón de su territorio: el Egeo y
algunas zonas de la costa de Grecia, además del interior de la Anatolia
—en donde sus posesiones se extendían, en dirección este, hasta los
Montes Tauro, una zona que no obstante habría de verse continuamen-
te sometida a los ataques árabes durante un siglo más— y de unos
cuantos baluartes situados en el Mediterráneo occidental, de los cuales
los más importantes fueron, con mucho, Sicilia y, durante algunas dé-
cadas más, África.31
003-UNA HISTORIA NUEVA ALTA EDAD [Link] 77 22/04/16 13:46
78 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
Más adelante (en las páginas 202 a 209) examinaremos los grandes
efectos que tuvo esta catástrofe en las estructuras del estado bizantino.
Su impacto sobre la moral fue igualmente grande, y no hubo verdadera
recuperación hasta que León III (717-741) cortó de raíz el segundo cer-
co árabe impuesto a Constantinopla en el año 718 y restableció los ci-
mientos básicos de la paz. León y su hijo Constantino V (741-775), a
quienes llamamos los emperadores iconoclastas (pese a que sólo Cons-
tantino fuera particularmente hostil a las imágenes religiosas), fueron
quizá los más eficaces creadores de las estructuras fundamentales de la
organización política bizantina que se mantuvo hasta el siglo XII. Di-
cha organización constaba de un estado notablemente centralizado y
defendido por un conjunto de ejércitos regionales («régimen de temas»)
cuya tendencia a la autonomía se refrenaba por medio del control fiscal
ejercido desde la capital, Constantinopla, y de las bien entrenadas tro-
pas (tagmata) que tenían su base en ella.32
He presentado aquí un relato político antes de introducir la geografía
en el debate, debido a que fueron las crisis de principios del siglo VII las
que crearon la «región central» —a la que hemos llamado «corazón de
Bizancio»— integrada por los territorios de la Grecia oriental y la Ana-
tolia, y a que ese concepto de «región central» no habría tenido un ex-
cesivo significado (véase el mapa 6) ni siquiera en una fecha tan avan-
zada como la del año 600. Los mares Egeo y de Mármara conforman
una subregión dotada de una protección natural que cuenta con buenas
comunicaciones marítimas gracias a las islas dispersas por su superfi-
cie, y en la que es obligado pasar por los Dardanelos para llegar a Cons-
tantinopla, y por el Bósforo para alcanzar el Mar Negro. Grecia está in-
tegrada en buena medida por una red de montes de piedra caliza, y no
es particularmente fértil, ni siquiera en su costa (si exceptuamos unas
cuantas llanuras, sobre todo las que se encuentran detrás de Tesalóni-
ca). No obstante, el litoral turco es más rico, tanto en las regiones de
Tracia y Bitinia como en los grandes valles fluviales de la Anatolia oc-
cidental. A principios del siglo VII, incluso estas zonas vivieron una cri-
sis, pues en todas partes los datos arqueológicos muestran un proceso
de desurbanización —únicamente las ciudades de las islas, como la de
Gortina, en Creta, lograron eludirlo parcialmente (véanse más adelante
las páginas 893 a 901). El hecho de que se produjera una crisis sistémi-
ca incluso en el Egeo, que estaba tan bien resguardado y era tan cerra-
do en sí mismo, además de no padecer grandes amenazas militares, es
una indicación de lo cerca que estuvo el imperio del desplome comple-
to. Dicha crisis fue aún más acentuada en las zonas interiores de los
003-UNA HISTORIA NUEVA ALTA EDAD [Link] 78 22/04/16 13:46
GEOGRAFÍA Y POLÍTICA 79
Balcanes —que para esta época no se encontraban ya en manos bizan-
tinas (y que además se hallan fuera del ámbito estudiado en este libro)—
y en la meseta de Anatolia, más vulnerable desde el punto de vista mi-
litar. Es posible que las únicas zonas que conocieran de forma ininte-
rrumpida una cierta prosperidad fueran las de Tracia y Bitinia, las tie-
rras bajas situadas a ambos lados de la capital que, en torno al año 700,
constituyeron su principal fuente de suministros por espacio de más de
una década.
Con frecuencia el análisis del imperio bizantino presenta la imagen
de un conflicto estructural prolongado entre la capital (en gran medida
civil) y las provincias (militarizadas). No obstante, sería igualmente
fácil comprenderlo mediante el estudio de las soluciones de continui-
dad existentes entre el litoral y la llanura. La meseta de Anatolia es una
vasta y árida región elevada, excesivamente fría en invierno para los
olivos, y aislada del mar por los montes que la circundan por el norte y
el sur. Durante mucho tiempo vivió apartada de la economía mediterrá-
nea, y desde luego tuvo un papel bastante marginal en el imperio roma-
no, excepto por haber aportado un gran número de soldados. Sin em-
bargo, para los bizantinos fue un bastión militar de importancia crucial
frente al califato y se convirtió, tras los últimos años del siglo VIII, en la
base principal de la aristocracia terrateniente, cada vez más poderosa:
de ahí, entre otras cosas, la elaboración y el refinamiento que muestra,
a partir de finales del siglo IX y principios del X, la decoración de las
iglesias rupestres de una de las partes más remotas y estériles de la me-
seta, la de Capadocia.33
La exacta modalidad de la interrelación de la meseta con los valles
fluviales de las tierras llanas que la bordean por el oeste y el noroeste
(y también con las estrechas fajas costeras de Licia y Panfilia al sur) es
por desgracia oscura, ya que la investigación arqueológica relativa a la
época bizantina se encuentra muy subdesarrollada en toda Turquía, con
la única excepción de algunas de las excavaciones recientes efectua-
das en los últimos niveles de las grandes ciudades romanas, excavacio-
nes que encuentran su paralelismo en otras realizadas en Grecia. Ésta
es una zona en la que las futuras tareas de investigación, así como las
excavaciones rurales, serán particularmente fructíferas, sobre todo en
Bitinia, quizá, pues esta región era el vínculo que unía la meseta con la
capital. No obstante, los datos de la arqueología bizantina —a pesar de
no ser tan pobres como los de Egipto, gracias a los yacimientos ur-
banos— contrastan con el notable refinamiento de los análisis de los
textos escritos, lo que en parte se debe a la erudición internacional rela-
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80 UNA HISTORIA NUEVA DE LA ALTA EDAD MEDIA
cionada con el mundo tardorromano, la cual se continúa con el estudio de
Bizancio en tanto que heredera de Roma (véase más arriba la página 37).
Sin embargo, en lo tocante a esta región, las fuentes basadas en mate-
riales escritos que nos informan acerca de los períodos tardorromano y
bizantino se limitan principalmente a los relatos (en buena medida de
carácter militar), a las obras teológicas y a los textos legislativos de la
capital, documentos a los que únicamente cabe añadir unas pocas ha-
giografías procedentes de las provincias. Estas limitaciones son simila-
res a las que se dan en Siria y Palestina, en las que el siglo VIII es el que
ha sido menos estudiado. La única ventaja que presenta esta última re-
gión es que la mayoría de sus fuentes son más o menos de la misma
época a la que se refieren. Existe por tanto una particular necesidad de
trabajos arqueológicos en el futuro, a fin de dar sentido, en especial, al
siglo VIII. Es preciso conservar la esperanza de que los actuales signos
de renovada actividad terminen por dar fruto.
El corazón de Bizancio nos enfrenta a una paradoja: pese a haber
sido el centro de uno de los mayores y más complejos sistemas políti-
cos de toda Europa y el Mediterráneo durante la segunda mitad de la
época aquí estudiada, estuvo definido por el difícil engarce de dos zo-
nas geográficas extremadamente diferentes, la de la meseta de Anatolia
y la del Mar Egeo, es decir, por una región ecológicamente pobre y de-
vastada por los acontecimientos políticos, y por otra inmersa en una
crisis sistémica paralela. Se trataba de una estructura abrumada por un
número de problemas económicos muy superior al de muchas de las
organizaciones políticas de Occidente, más sencillas. En consecuencia,
será una región que aparezca en los contextos en que busquemos si-
multáneamente datos de continuidad y de cambio abrupto. El tema de
este libro no gira en torno al modo en que el imperio coronó la crisis
terminal en la que parece haberse visto envuelto entre los años 717 y
718 hasta llegar a establecerse como una organización política próspe-
ra, consolidada y expansionista —y por cierto, tampoco puede decirse
que sea ésta una cuestión fácil de explicar—, pero debe recordarse que,
en efecto, dicha reactivación se produjo: la crisis era superable, y fue
vencida. Este hecho puede servir de advertencia frente a las teleologías
que a menudo se aplican a los estados occidentales de esta misma épo-
ca: las estructuras políticas no necesariamente tenían por qué venirse
abajo tras sufrir una gran derrota militar y una importante pérdida de
territorios.34
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