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Queridos hermanos y hermanas: Hoy celebramos en la Iglesia, la fiesta de la Ascensión de Jesús al

cielo. Jesucristo, cuarenta días después de su resurrección, fue elevado al cielo en presencia de los
discípulos, y una nube lo ocultó a sus ojos (cf. Hch 1, 9). Con este acontecimiento, concluye la vida
pública de Jesús y comienza la acción de los discípulos de Cristo y de la Iglesia. Todo creyente está
llamado a difundir por doquier la palabra de la salvación, testimoniando la muerte y resurrección
de su divino Maestro.

La Ascensión de Cristo al cielo nos indica que nuestra patria verdadera y definitiva no está aquí en
la tierra, sino «en el cielo», es decir, en Dios.

Sin embargo, esto no debe distraernos de nuestro compromiso en el mundo; antes bien, como
demuestra la vida de los santos, debe reforzarlo más. En efecto, sólo cumpliendo a fondo nuestra
misión en la tierra, podremos entrar al final en la gloria de Dios.

La fiesta de la Ascensión del Señor es una cordial invitación a levantar nuestra mirada a las cosas
del cielo, sabiendo que allá donde ha entrado Cristo, entraremos cada uno de nosotros. Por ello, la
exhortación del apóstol Pablo resulta siempre actual: "Si han resucitado con Cristo, busquen las
cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspiren a las cosas de arriba, no a
las de la tierra. (Col 3, 1-3).

Podemos decir que la fiesta de la Ascensión nos invita a tener nuestra mirada fija en el cielo, donde
reside Cristo a la derecha del Padre, pero las manos y el esfuerzo deben estar en esta tierra que
sigue teniendo necesidad de la manifestación de los hijos de Dios. Es una invitación a seguir
trabajando por construir la "civilización del amor" y "dar razón de nuestra esperanza a todo aquel
que nos la pidiere"(1 Pe. 3, 15). El cristiano debe ser un hombre de esperanza y de luz en medio de
un mundo de tanta tiniebla.

Hoy se nos invita a visualizar nuestro destino: Para ello dirijamos nuestra mirada hacia el cielo en
donde está aquel que es el Buen Pastor y donde esperamos estar aquellos que formamos su
rebaño.

Blas Pascal refiere que una oveja puede perderse si no hace más que pastar sin tener la capacidad
de mirar hacia arriba. Y explica, aplica y suplica: "acaso esto llegue a ocurrirnos; podemos
concentrarnos tanto en lo que está inmediatamente cercano a nosotros, que dejamos de ver la
vida en una perspectiva amplia, nos llegamos a engolosinar con lo inmediato que olvidamos lo
eterno, nos quedamos en lo efímero y se nos pierde de vista aquello que permanecerá para
siempre".

¡Dios quiera que jamás olvidemos que esta vida no es más que un camino y que lo importante será
llegar al destino, que la temporalidad no es más que la pista de la mejor de las competencias pero
que la línea de meta se cruza en el umbral ubicado entre la muerte y la eternidad!

Quiero comentarles un hecho registrado en los anales de la historia del deporte. Conforme a los
registros de la natación, la primera mujer que cruzó a nado el Canal de la Mancha fue la inglesa
Florence Shardwik. Pero, esta hazaña la obtuvo después de muchos y muy variados intentos, y por
ende, después de una gran cantidad de aparentes fracasos, los cuales como en el ejercicio de la
prueba y el error, le llevaron a conseguir un día la constatación de la victoria anhelada. Uno nunca
sabe en cuál de los golpes se romperá la roca, pero sabemos que no fue el último golpe, sino la
suma de los intentos lo que consigue lo que al final se manifiesta. Por ello, jamás desfallezcas si
quieres conseguir un noble o grande ideal, recuerda, es la suma de los golpes lo que consigue el
resultado final.

Una vez que Florence Shardwik hubo cruzado ese estrecho marítimo que une el Océano Atlántico
con el Mar del Norte y que separa las islas británicas de la Francia en el continente europeo, un
sinfín de reporteros le abordaron para hacerle una serie de preguntas. Uno de ellos después de
felicitarle por su logro, le hizo la pregunta más importante: le preguntó acerca de las experiencias
difíciles que hubiese tenido en sus intentos por cruzar el Canal de la Mancha, a lo que Shardwik le
respondió con sinceridad: "Había tenido ya varios intentos por conseguir, lo que hoy, gracias a
Dios, conseguí. Lo había intentado de todas las formas, evitando las tormentas y evadiendo el sol
desgastante, buscando la temperatura ideal y evitando las fuertes corrientes marítimas, de día y de
noche, en invierno y en primavera, y en una y otra ocasión no había logrado conseguir mi objetivo.

No obstante si quiere saber cuál fue el momento más difícil, le diré que fue aquel día en que salí
del campamento cuando apenas iniciaba la luz del día, había un poco de neblina y en mi juicio
pensé que esto me favorecería, esperando que en la medida en que fuera avanzando la neblina se
fuera disipando. Me zambullí en la mar, y al principio, al estar todavía oscuro podía ver la
incandescencia de algunas luces muy a distancia que me señalizaban el lugar al que me dirigía,
pero grande fue mi sorpresa cuando al ir adentrándome en la mar abierta, la neblina se volvió más
densa, el día fue clareando y al ir braceando empecé a tener una extraña sensación de
desesperación.

Repentinamente dejé de ver la costa a la que me dirigía e ignoraba si iba avanzando, si estaba
nadando en círculos, sí me iba inclinando hacia el rumbo equivocado, volteé hacia atrás y tampoco
veía el lugar del que había salido para iniciar mi recorrido, todo en mi derredor era agua y neblina y
me sentí fatigada, insegura, sin respiración. La verdad es que el no ver la costa me provocó pánico.
No me preocuparía si faltaba mucho para llegar, con tal que tuviera la certeza de ir avanzando en la
dirección correcta, al fin y al cabo podría administrar mi esfuerzo, nadar y propiciar algunos
descansos flotando en la mar. Pero no veía la costa y las cosas se volvieron desesperantes,
tremendamente inciertas, y me hundí más en el remolino de mi desesperación que en el de una
tormenta en alta mar. Me sacaron inconsciente, y tarde mucho en atreverme a reiniciar mis
intentos en mi propósito que hoy he logrado.

"Dejé de ver la costa y me sumergí en la desesperación". En realidad este es el secreto más valioso
y el inicio del mejor de los consejos para nuestra vida. Siempre que tengamos un por qué en la
vida, encontraremos un cómo hacer las cosas. El problema es que muchas veces, no sabemos ni
para qué hacemos las cosas, ni hacia dónde nos dirigimos, y por ellos ignoramos si vamos en la
dirección adecuada, y entonces viene el cansancio, la sinrazón y el abandono de aquello que nos
ilusionó tantas veces y que debiera seguirle dando sentido a lo que hacemos. Perdemos el sentido
en la vida matrimonial, en la vida sacerdotal o religiosa. Perdemos la esperanza con alguno de los
hijos, desfallecemos en el trabajo, nos damos por vencidos en el estudio, cuando unos cuantos
golpes más pueden romper la roca.

La Ascensión del Señor nos recuerda que nuestra mirada debe estar puesta en el cielo, en Dios, en
la costa de la eternidad, que es allá en donde está nuestra meta. Si visualizamos nuestro destino, y
que vamos nadando en la dirección correcta, soportaremos el cansancio y la desilusión, ¡qué nos
puede importar el que nos falte mucho o poco, si es que vamos nadando en el rumbo adecuado!
Pero, cuándo un día dejamos de ver la costa y nuestro destino, es entonces cuando nos volvemos
susceptibles a sumergimos en la más terrible de las desesperaciones. Tú ¿haz caído en la
desesperación o el sin sentido en algún momento de tu vida, te encuentras actualmente
desanimado, agotado, fastidiado o desalentado? ¿No será porque perdiste el por qué de tus
acciones y tus afanes en la vida, porque dejaste de ver la costa y te perdiste en el océano de la
rutina diaria? ¡Haz oración, encuéntrate con Dios, dale sentido a todo lo que haces, deshazte de lo
que no vale la pena y esto te permitirá encontrar la brújula en tu vida!

Termino esta reflexión dominical diciéndoles que la Iglesia, mientras rema mar adentro en el
océano del nuevo milenio, no pierde de vista la estrella polar, que orienta su navegación. Esta
estrella es Cristo, Señor de los siglos y puede ser tu estrella de ahora en adelante. Junto a Cristo,
está su Madre, nuestra Madre, que no cesa de acompañar a sus hijos durante su peregrinación
terrena. A ella, a la Virgen de Guadalupe y a Cristo, dirigimos nuestra mirada con sincera
esperanza. Les encomendamos las expectativas y los proyectos personales y familiares. Les
encomendamos el destino de nuestro país en las próximas elecciones. Y también les
encomendamos nuestras vidas para que no se pierdan en el océano de nuestras preocupaciones.
Así sea.

Escrita por:

Pbro. Armando De León Rodríguez Ver menos

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