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Cokaine

Ante un público fragmentado entre el rechazo, la fascinación e indiferencia, el cine porno estadounidense de los años setenta deja atrás la clandestinidad para convertirse en un fenómeno alternativo. En plena consolidación de esta nueva industria, una hermosa joven, a raíz de sus actuales circunstancias, decide probar suerte como actriz del género. ¿Qué suerte le deparará el futuro?

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Cokaine

Ante un público fragmentado entre el rechazo, la fascinación e indiferencia, el cine porno estadounidense de los años setenta deja atrás la clandestinidad para convertirse en un fenómeno alternativo. En plena consolidación de esta nueva industria, una hermosa joven, a raíz de sus actuales circunstancias, decide probar suerte como actriz del género. ¿Qué suerte le deparará el futuro?

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Título original: Cokaine

Edición PDF: julio 2024


(Creative Commons Reconocimiento-No Comercial-SinDerivadas 4.0 Internacional)
2024, Titus Six
Ilustración de cubierta: (Creative Commons Reconocimiento-No
Comercial-Sin Derivadas 4.0 Internacional) 2023, Albert Ibáñez
«El arte y nada más que el arte —dice Nietzsche—. Tenemos el arte
para no morir de la verdad», Albert Camús (El mito de Sísifo, 1942).
Calor y dinero

En el transcurso de aquella tarde, a mediados de julio de 1974, la ciudad de


Palo Largo claudicaba cocida bajo el sol ígneo del Estado de Nuevo México. Un
averno ladino parecía campar a sus anchas, decidido a oprimir sin contemplaciones
los destinos minúsculos e intrascendentes de los que permanecían al margen de la
gracia divina. La crisis del petróleo, iniciada el año anterior, había dejado a
muchísimo personal de patitas en la calle o con pagas miserables, ganadas hoy aquí
y mañana allí. Gran cantidad de los trabajadores ocupados tampoco albergaba
mejores miras, pues la coyuntura del momento tendía hacia un futuro cruel y
desairado.
¿Alguien siquiera recordaba la Guerra de Yom Kipur? Quizá sí, quizá no; el
enfrentamiento árabe-israelí ocurrió tan lejos y fue tan fugaz que pasó como una
pulga que cambia de chucho. Empero, el cataclismo vino a Occidente, cuando la
Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo resolvió cerrar el grifo a
las naciones que apoyaron a Israel durante la citada contienda. En este periodo,
Estados Unidos consumía el 33 % de la energía mundial. Con el dólar devaluado
por segunda vez, el fin del crudo barato puso en jaque hasta la mismísima Bolsa de
Nueva York, que perdió una porción de su valor. Tras un invierno riguroso, en el
que el frío condujo a echar el pestillo a escuelas y oficinas de varios territorios, de
cara a economizar el combustible de las calderas, los precios disparados del verano
obligaban a la clase media a ceñirse otro orificio del cinturón.
Aun así, a las gentes humildes de Palo Largo no les apetecía demasiado debatir
acerca del funesto estrago, y en bares y tabernas las charlas acostumbraban a girar
alrededor de los asuntos de siempre: deportes y mujeres. Resulta evidente que
añadir alcohol barato a la frivolidad consigue soslayar todo lo que el vulgo recela a
voz callada. Para colmo, esos ambientes viciados, sofocantes, pegajosos y
malolientes, removidos sin descanso a golpe de aspa, contribuían a escurrir mil y
un gaznates per se agotados.
Menos mal que al norte de la Catorce (referencia intacta desde los tiempos en
que treinta viales polvorientos tejían la urbe), justo antes del puente de la vía
férrea, los críos, ajenos y despreocupados, pateaban una pelota semideshinchada.
Miguel, el hijo del carnicero mexicano, ejercía de portero, mientras que Johnsey y
Moses, en un bando, y Blackey junto Carter, en el rival, sudaban la gota gorda
intentando marcarle un gol.
Un poco más abajo, a la sombra del toldo del colmado, las niñas saltaban a la
comba. Su cancioncilla decía:

«Miss Susie had a baby


His name was Tiny Tim
She put him in the bathtub
To see if he could swim.

He drank up all the water.


He ate up all the soap.
He tried to eat the bathtub
But it wouldn't go down his throat (*)».

«La señorita Susie tuvo un bebé / Su nombre era Tiny Tim / Ella lo puso en la
(*)
bañera / Para ver si sabía nadar. // Bebió toda el agua. / Se comió todo el jabón. /
Trató de comerse la bañera / Pero no le cabía por la garganta».
En cuanto Sally pisó la cuerda y tuvo que cambiar a sostenerla, Samantha
estalló a carcajada limpia. El eco de esa risa burlona retumbaba de tal forma que
algunos fisgones asomaron la nariz a ver qué diablos sucedía. Cuentan las lenguas
viperinas que, el día de ayer, Sally obtuvo al fin un besito de Blackey, el Morenito, lo
cual exasperó a una Samantha enamoradísima del líder de los mocosos. En suma,
este acontecimiento redoblaba la antipatía ya existente entre las dos.
En la orilla contraria a la de las muchachitas radicaban los célebres
apartamentos Vista Alegre. Aunque, con franqueza, cualquier perspectiva a partir
del lugar no ofrecía excesivo alborozo: montones de fachadas fuliginosas y
desvencijadas, saturados hormigones plomizos, rojos ladrillos carcomidos, aparte
de las vallas publicitarias de los tejados, descuidadas desde finales de los benditos
y distantes años cincuenta, formaban el conjunto del panorama.
Al descender la vista, sorprendía lo sucia y agrietada que estaba la calzada,
también el cúmulo de vehículos estacionados a ambos lados. Muchos, en raras
circunstancias cambiaban de sitio debido a las restricciones que el gobierno había
impuesto sobre la gasolina. El paseo público, si bien lucía amplio, no alojaba un solo
árbol ni vegetación de ningún tipo. Encima, acá los residuos comenzaban a
amontonarse: la reciente huelga de basureros destacaba ídem al mirar que al
respirar.
A diferencia del grueso de la ciudadanía de a pie, las malas rachas económicas
suelen favorecer a contribuyentes específicos; este sería el caso del señor
Jorguensen, dueño del nombrado bloque de viviendas, quien, de manera
ininterrumpida, recibía arrendatarios incapaces de permitirse mejores
alternativas. Benny llevaba varios meses de inquilino del segundo piso y, fiel al
hábito, andaba ebrio tan pronto como erguía esa percha enclenque y desgarbada
del lecho.
Instalado en la ventana, conforme empinaba el codo y observaba el partidillo,
pretendía ejercer las funciones propias de un entrenador. ¡Qué pelma de tío! Los
chavales hacían oídos sordos a toda su sarta de descabelladas directrices, claro
está. Borracho perdido e ignorado cual pendejo descortés, de repente empezó a
escupir insultos a Moses cuando el rapaz, en un leve traspié, facilitó que Blackey
anotara otro tanto.
A raíz del griterío, hizo acto de presencia cierto sujeto en camiseta de tiras
remendada y pantalón corto deshilachado; sudoroso, desmelenado y robusto a
semejanza del Sansón bíblico. Moses lo llamó «papi». ¡Ahí va! El beodo, mutis,
ahuecó el ala a la velocidad del rayo.
Entretanto, pasito a pasito, Miles deambulaba vía arriba. El pobre hombre
arrastraba la pierna más de lo habitual aquel día. Las mozuelas desasistieron la
cuerda y corrieron a recibirlo. No obstante, en contra de lo esperado, el anciano,
cabizbajo, extrajo los forros vacíos de los bolsillos —¡pensión roñosa!— y lamentó
no disponer de un triste caramelo. Así que mantuvo el lento avance sonriente, pero
maldiciéndose entre dientes por seguir todavía vivo y coleando.
Carl continuaba testarudo de limpiabotas, sin apenas arrancarle un condenado
dólar a la jornada. Y pese a que vivía lejos, a menudo era el primer foráneo en
retomar los quehaceres al término del almuerzo. Eternamente ataviado con
sugerentes pajaritas, además de la sonrisa de oreja a oreja siempre fija en el rostro,
el lustrador afroamericano parecía inmune a los malos tiempos y a las altas
temperaturas. De bajada otorgó un saludo afectuoso a chiquillas y chiquillos, luego
al viejo Miles, y fue derecho a los bancos de la esquina oeste, confiado de que en
breve las cosas volverían a ir boyantes.
En el plazo de escasos minutos surgió Benedict Wilson, amo y señor del
comercio alimentario. Personaje de carácter quisquilloso, enseguida puso trabas a
las jovencitas porque decía que estorbaban frente a su preciado negocio. Después
de entrar, volteó el cartelito de la puerta a «Abierto», y siguió a paso ligero para
desaparecer en el almacén. A la esposa del tendero le pirraban las telenovelas y
acudía un poquito más tarde, de modo que él aprovechaba el lapso a fin de
otorgarse unos cuantos lingotazos a escondidillas. ¡Ay, si ella lo averiguara!
Saber despiezar un cerdo de forma correcta no satisfacía ni de lejos las
aspiraciones del jovencísimo Miguel. Sin embargo, contra viento y marea, en casa lo
obligaban a aprender la profesión. Recién salido a la calle, el progenitor sostuvo un
fuerte silbido, y a la sometida criatura no le quedó otra que abandonar el juego.
¡Qué remedio! Benny, de vuelta a la expectativa, quiso inmiscuirse —¡mira tú por
dónde!— en temas ajenos y maldijo los huesos del carnicero por secuestrar al
atleta y reventarle el pasatiempo. A la luz del rosario de agravios, el mexicano
prefirió escurrirse la nuca con un pañuelo muy colorido a devolverle la palabra. Y
padre e hijo circularon camino de la charcutería, en una concordancia un tanto
forzada.
A despecho del endiablado bochorno, Floyd trataba de combatir los nervios,
barre que barre, una barbería vacía de clientela. A la par, Charly pasaba junto al
establecimiento. Como de costumbre, el vagabundo traía consigo un carrito de
supermercado rebosante de chatarra, en apariencia recogida del vertedero. Detuvo
la marcha y retiró el ridículo gorrito de esa chola suya. Tras acercarse a la enorme
vidriera, saludó risueño. Harto de empuñar la escoba en balde, el amable peluquero
lo invitó a una buena trasquilada.
Charly era un veterano de la guerra de Corea que tuvo la desgracia de perder la
facultad del habla durante este conflicto. Pero puesto que nunca sufrió el menor
rasguño, los EE. UU. rechazaron otorgarle la paga correspondiente, aduciendo que
el horror del combate jamás provoca mudez crónica. A la inversa del Tío Sam,
incluso el último del barrio lo apreciaba; posiblemente porque nadie comprendía el
lenguaje de los signos y, a la postre, ninguno alcanzaba a dilucidar a ciencia cierta
qué rondaba dentro de aquella sesera.
Desprovistos de portero, ahora los zagales descansaban a resguardo del sol en
el escalón del edificio adyacente al colmado. Compartían un par de cigarrillos (¡cof-
cof!), birlados de alguna cajetilla despistada. De pronto, desde la esquina con
Delaware irrumpió una banda de motoristas. El rugido ensordecedor, salvaje e
indomable de las «burras» inundaba el entorno. Venían siete y pararon frente a
ellos.
Reacio a la clientela indeseable, el temeroso señor Wilson, que atravesaba el
pasillo del congelador, galopó de inmediato a girar el rótulo a «Cerrado».
El Morenito, bravuconcillo, fue directo hacia esos individuos sin quitarse el
cigarro de los labios. Johnsey, Carter y Moses siguieron detrás. El cabecilla de los
pandilleros alzó las Ray-Ban: quería averiguar si iban bien para el Boulevard. A
Blackey: el humo le irritó los ojitos y procuró encubrir una lagrimilla resbaladiza,
mientras dispensaba las indicaciones. Johnsey no distraía los ojos de la atractiva
pin-up tatuada en el brazo del greñudo. Repleto de asombro, el pilluelo dudaba de
si sentía más interés por el sexo opuesto o por cómo se puede dibujar tan
requetebién.
El agreste piloto dio las gracias, dispuso de nuevo sus gafas, hizo una seña
singular, y la cuadrilla aceleró hasta esfumarse pasado el puente.
A propósito del Boulevard, cabe referir que la famosísima avenida recorría el
Northwest, y muchos de los locales del extremo septentrional sacaban tajada de
una amplia gama de vicios. Entre ellos resaltaba el Funny Fairy, donde cada fin de
semana había rocanrol en directo. También el Six-Sex, a diario atestado de mendas
cuyo anhelo consistía en sacudírsela durante los estriptis privados. El trajín
ordinario de viajantes, transportistas y camioneros, prostitutas, yonquis, camellos
y pandilleros, sin olvidar el invariable puñado de turistas (despistados o no),
conseguía que la zona estuviera en constante efervescencia.
Precisamente Mary Jane, hermana mayor de Samantha, abandonaba la
ubicación descrita remolcando un Studebaker del sesenta y dos. El maltrecho
automóvil dejó tirado a un fulano de Albuquerque que vendía medicamentos a lo
largo y ancho del estado. De los talleres del listín, el de la Catorce, propiedad de
Barry, quedaba el más próximo, así que telefoneó aquí.
La mecánica conducía a toda leche, y el sufrido corredor soportaba el trote
agarrado al asidero igual que una garrapata va sujeta a su huésped. De hecho, casi
arrollan a un pobre cachorrillo en la curva antes del puente. Simple y llano: Mary
Jane —fisonomía viril, corte de pelo à la garçonne, estatura mediana, espalda ancha
y brazos robustos— presumía de ser un marimacho de pies a cabeza. Ruda y
arrabalera, tampoco tenía pelos en la lengua a la hora de tirarle los tejos a las del
propio género.
Samantha, un tanto falta de deferencia, no soportaba tal peculiaridad. Pasó de
ella cuando recibió un bocinazo y vio que volvía al garaje, emplazado a
continuación de donde jugaba.
Por otra parte, cualquier vecindario suele incluir no menos de un individuo de
índole lunático, pirado, demente... Que cada idiosincrasia califique según le plazca.
Dentro de la comunidad que nos ocupa, este papel lo cumplía de pe a pa una
cincuentona llamada Apolonia, quien, de golpe y porrazo, apareció con un
esperpéntico tutú encima del mono vaquero. Ni corta ni perezosa, se puso a bailar
El lago de los cisnes en mitad de la acera. Gracias a que lo cotidiano va a parar al
tacho de la rutina, semejante desvarío, torpe y carente de medio ápice de estética,
apenas suscitaba interés alguno, salvo el de los transeúntes forasteros.
La señora Harrison, dedicada en cuerpo y alma a los parcheos costureros,
huraña y chapada a la antigua, salía del domicilio en aquel instante. Cruzó aprisa de
cara a eludir tan incómoda coincidencia. Tal cual alcanzó la bancada de Carl, el
sentido del decoro la indujo a detenerse y reprobar el arte y la peste a gato muerto
que esa loca desprendía.
El esmerado limpiabotas abrillantaba los zapatos del cliente sin prestarle ni
pizca de atención. En consecuencia, la mujer, airada, reanudó el trayecto a la
mercería. ¡Ups, vaya chasco!
Nadie tenía ni puñetera idea de debajo de qué piedra emergió Apolonia o el
porqué de tan excéntrico talante; estaba afincada en la localidad desde el año
sesenta y su historia persistía turbia como aguas revueltas. Unos afirmaban que
perdió el oremus de drogarse a base de bien, otros que la rareza le sobrevino a
causa de practicar oscuros ritos espiritistas... Acervo de conjeturas y suposiciones
al servicio de distraer las mentes ociosas, en resumen.
Charly, orgulloso de exhibir un cabello recién acicalado, retomó el carrito. Iba a
la trapería cerca de la estación de tren para deshacerse del cargamento, a cambio
de unas monedas. Apolonia aflojó la danza nada más divisarlo y anduvo a su
encuentro; siempre hacía igual: si de entre los desperdicios que trasladaba el
pordiosero algo la complacía, enseguida pujaba. En esta ocasión, una botella con
forma de violín atrajo el interés de la chiflada. Charly era mudo pero no estúpido, y
rechazó la propuesta inicial por considerarla insultantemente irrisoria.
Al momento, un sonido seco, anodino, seguido de potentes alaridos,
interrumpió el regateo. En el lado contrapuesto al del taller de coches
permanecían, aparte de la señora del ataque de nervios, dos caballeros que,
agazapados, estaban de espaldas.
La pareja de negociadores espabiló hacia allí. Los chavales les ganaron terreno
porque trotaban a guisa de corceles salvajes. Johnsey fue el primero en llegar: se
quedó perplejo ante el cuerpo desplomado de un varón obeso, rígido al estilo de las
momias y con una expresión inescrutable. La sangre fluía a borbotones de la crisma
fracturada. El espeluznante cuadro impresionó de la misma forma a los amiguetes.
Uno de aquellos viandantes intentaba encontrarle el pulso; el contiguo
reconfortaba ahora a la histérica. Finalizado el sondeo, el hombre extrajo los dedos
de la carótida y gesticuló en sentido negativo.
El ruido atronador de una sierra radial impedía que los cuatro del taller
cayeran en la cuenta del suceso. Un cliente irrumpió a trompicones, expuso lo
ocurrido y los mecánicos salieron apresurados. «¡Jesucristo bendito! ¡Es Callahan,
Murray Callahan! —dijo Barry al ver el cadáver—. ¡Pide una ambulancia, rápido!»,
instó a Mary Jane, su empleada favorita. El revuelo crecía aprisa. Numerosos
entremetidos acudían como moscas a la miel y el sitio comenzaba a llenarse.
Moses notó una presión arrebatadora: su fornido padre tiraba de él, en tanto
aconsejaba al resto de compinches que despejaran el patio. Paseo arriba, el señor
Wilson prohibía el descenso a las niñas.
Tras la llamada, Mary Jane, muy inquieta, corrió a reunirse junto a Samantha.
Preguntas sin respuesta revoloteaban de balcón en balcón y de ventana en
ventana. «¿Conocías a ese tipo, Olivia?». «¡Caray, John! ¿Era vecino nuestro?».
«¿Sabe usted si tenía esposa?, ¿hijos tal vez?». «Oye, ¿y de qué trabajaba?». «¿Cómo
ha pasado, señora Chamberlain?». De improviso, el mundo entero deseaba saberlo
todo de Murray Callahan; algo tarde para quien vivió a la sombra del anonimato. Ya
solo cabía contemplar una carcasa fofa y espachurrada y, si acaso, lamentarse.
Así, entremedio de murmullos, sudores agrios, conjeturas e intrigas, los
residentes al norte de la Catorce añadían un toque macabro a la sofocante tarde
veraniega.
Demonios

Traguito a traguito, Benny vaciaba el tercer «biberón» de la jornada mientras


seguía el trágico suceso, la mar de entretenido. Dadas sus actuales circunstancias,
la ventana era lo único capaz de reemplazar ese pequeño televisor que, de forma
misteriosa, dejó de funcionarle el sábado pasado. Pues tan corto andaba de parné,
que no tuvo más remedio que debatirse entre ir pedo o ver telebasura, y a resultas
de la decisión obvia, mataba el aburrimiento del mejor modo posible. Por fortuna
para él, de momento la calle ofrecía espectáculo del bueno; además, le quedaban un
par de botellas del tinto preferido, idóneas de cara a recibir el ocaso en
condiciones.
Justo debajo del borrachín, la brisa seca y escalfada agitaba el tupido cortinaje
de la ventana del primer piso. Los destellos fortuitos allanaban aquel apartamento
a oscuras, iluminando el cuerpo de la joven que ahí yacía. De rubios cabellos,
hermosas facciones y despampanante figura, la conocida como Cokaine dormía a
pierna suelta, después de haber pasado la noche de picos pardos hasta bien
entrado el amanecer. De súbito, el intenso pitido de una sirena la perturbó. Al
instante pudo oír: «¡Yiiiijaa! ¡Aquí llega el séptimo de caballería! —chillaba Benny,
repleto de euforia—. ¡Bienvenidos, muchachos!». Y, tan pancho, le entró la vena de
cantar el glorioso Himno Nacional a pleno pulmón.
Cokaine encendió la luz y miró el reloj: casi las cinco y cuarto. ¡Qué tarde!
Produjo un sonoro bostezo, aclaró la garganta, y frotó ligeramente esos
cautivadores ojos glaucos. Un lindo batín de raso, estampado con motivos
japoneses, colgaba del respaldo de la silla contigua; tras prenderlo, cubrió su total
desnudez e hizo correr la cortina. Aun deslumbrada, se asomó. Benedict Wilson
permanecía ante el colmado y vigilaba en dirección sur, de modo que ella dirigió la
vista allí. A la altura del garaje merodeaba cantidad de gente; en medio, la policía
intentaba acotar un perímetro, sin demasiado éxito. A lo lejos resonaba el ¡nino-
nino! de la ambulancia que descendía: rebasó veloz el puente y detuvo la marcha
detrás del coche patrulla. De inmediato aparecieron dos sanitarios de mediana
edad, vestidos de un blanco angelical. Quien transportaba el maletín aligeró hacia
la muchedumbre; el compañero abría las compuertas traseras del vehículo.
—On the shore dimly seen (¡hic!) —Benny, mano al pecho e incombustible,
entonaba la segunda estrofa de The Star-Spangled Banner— through the mists of
the deep (¡hic!) (1) —tales gorgoritos producían auténtica jaqueca.
—¡Quieres cerrar el pico de una vez, por favor? —le gritó Cokaine, harta del
«do de pecho».
—Where the foe's haughty host (¡hic!) —ni puñetero caso— in dread silence
reposes (¡hic!) (2).
El tendero, hastiado también, terció:
—¡Guarda silencio o despídete de comprar más vino en mi tienda! ¿Entendido?
(faz retadora).
Semejante advertencia fue mano de santo: el latoso beodo cesó ipso facto. Puso
ojos tristones y, a tambaleos, desocupó la posición. ¡Hora de dormir la mona!
—Buenas tardes, señor Wilson —dijo entonces la muchacha—. ¿Sabe usted
qué sucede?
—No estoy seguro... Hablan de un fallecido —le contestó en tono alto y grave.

(1) «En la orilla, escasamente visible entre la niebla del mar»


(2) «Donde la horda arrogante del enemigo en pavoroso silencio reposa»
—¡Aúpa! ¿De veras?
—Eso parece... —La venida de nuevas fuerzas del orden lo distrajo.
Estos polizontes disponían de poca paciencia: porra en mano, comenzaron a
desalojar a empujones. «¡La maldita función terminó! ¡Circulen! —ordenaba el de la
barba—. ¡Vamos, vamos, deprisa!». Su colega, escuálido y siniestro, esgrimía peores
modales si cabe: «¡Largo, joder! ¿No entienden que solo estorban? —El público de
los balcones ni mucho menos le pasó inadvertido—: ¡Y ustedes métanse en sus
jaulas, coño!». La contundente actuación sirvió de ejemplo a la pareja que ya
prestaba servicio acá, y pronto despejaron la plaza de cotillas.
El simpático pordiosero había abandonado el carrito enfrente del edificio Vista
Alegre y regresaba para recuperarlo. Apolonia iba al lado murmurándole cosas
todo el rato. Charly le respondía una y otra vez con mohines de negación. «¿Cómo
no te fijaste, hombre de Dios? ¡Si era enorme y flotaba sobre nosotros!», insistió. Él
se mantuvo firme y testarudo; nada sabía de aquello que le comentaba. «¡Qué
barbaridad, chico! ¡Aparte de mudo, tampoco distingues tres en un burro!», le soltó,
despectiva. Charly la contradijo al señalar sus ojos y exhibir luego los pulgares
alzados. ¡Por descontado veía de maravilla! «Bueno, si tú lo dices, viejo... ¡Epa, mira,
Cokaine asoma! Apuesto a que desde arriba pudo apreciar el fenómeno», y tomó la
delantera.
—¿A qué te refieres exactamente? —repuso ella frente a la cuestión.
—¡A lo oscuro, criatura! ¡La gran sombra surgida del cielo que levantó el alma
de ese pobre infeliz! —aclaró Apolonia, convencida de su espejismo mental.
—Así que... ¿kaput, kaput? —dedujo Cokaine.
—¡Pues claro, chiquilla! ¡Falto de espíritu sanseacabó!
—¡Vaya! Ojalá descanse en paz. ¿Y quién...?
—¡Ey, aguarda! —la interrumpió, ansiosa—. Pero ¿contemplaste la ascensión,
verdad?
—Lo siento, guapa. Acabo de salir justo ahora y no...
—¡Oooh, mecachis la mar! ¡Qué mala pata! En fin, atiende y date cuenta: este
cabeza de chorlito —aludía a Charly— necesita gafas de las gruesas, porque estuvo
pegado a mí sin separarse medio pie y no pilló ni torta. ¡Como si yo anduviera mal
de la azotea! ¿Eh, pinche incrédulo? (brazos en jarras).
El reprendido accionó un rotundo «¡NO, NO!», cara a evitar ofenderla.
—Decidme —la gachí pretendía redirigir el tema—, ¿conocíais a...?
—Yo apenas. Nos saludábamos: hola, adiós y para de contar —puntualizó
Apolonia, un tanto afligida—. Oí que lo llamaban Callahan; Murray, de nombre,
creo...
—¿Callahan?... No me suena en absoluto. ¿Y qué ha ocurrido?
La chifladilla escrutó alrededor: nadie les prestaba atención.
—Circula el runrún de que se arrojó al vacío —expuso discreta—. ¿Escuchaste
eso igual, mequetrefe? —Charly convino—. ¡Ugh, gracias a Dios que tus orejotas
aún funcionan! Algo es algo...
—¡Caramba!... ¿Y residía delante del garaje? —prosiguió Cokaine.
—Ajá. Era un señor barrigudo que llevaba bigotito estrecho a semejanza del de
Oliver Hardy; el actor, ¿sabes? En realidad, recordaba muchísimo a él. ¿Qué cuentas
tú, botarate? ¿Lo trataste nunca?
La réplica del camarada fue afirmativa.
—En este caso, ¿sospechas que pudo...? —le demandó la chica.
El indigente admitió tal posibilidad.
—¡Oh! ¿Y qué supones que lo condujo a...? —intervino Apolonia. Charly
utilizaba la mímica para expresarse y realizó distintos gestos—. Eeem... ¿Significa
«montaña»?, ¿«cumbre»?
¡Ni hablar!; recompuso la pantomima.
—¿«Tejado»?, ¿«cobijo»?... ¡«Casa»! —participó Cokaine.
Él hizo «más o menos» con un balanceo de testa; a continuación frotó pulgares
contra índices.
—¡Uau, «plata»! —supo la acompañante. Y, precipitada, infirió—: ¡No podía
satisfacer la renta e iban a desahuciarlo! —Obtuvo una desalentadora negativa.
—¡Permítele que concluya, mujer! ¡Vamos, amigo, adelante!
Charly reanudó el show; Apolonia interpretaba:
—Veamos, giras algo circular y... ¿Uno, dos, tres...? ¡Ah, entiendo! ¡El chisme va
numerado! Abres... Metes... ¿Dinero?; sí, lo imaginaba. Y cierras. ¡«Caja fuerte»! —
Exacto—. ¡Vale! ¡La caja fuerte bajo techo representa un banco! ¿A que sí? —Acertó
de lleno. Ahora Charly hacía como si manejara una calculadora de manivela—.
¡Banquero, era banquero!
En efecto, Murray Callahan dedicó gran parte de su vida al mundo de las
finanzas.
A la espectadora de arriba aquello no le cuadraba demasiado.
—Oye, perdona, pero un «millonetis» asentado aquí, cosa insólita, que luego
decide quitarse de en medio... ¿Estás bien informado?
El tácito comediante mostró ambas palmas: había más. Acto seguido trazó en el
aire lo que simulaban las curvas femeninas; después puso las manos encima del
corazón.
—¡Amaba a una doncella! —lanzó Apolonia enseguida. Sí, tenía toda la razón. Y
siguió descifrando la charada posterior—: Según indicas, le propuso matrimonio,
¿cierto?... ¡Oh, conforme! ¡Ella aceptó! (¡ay, qué bonito es el amor!)... No obstante...
¿Cómo?... ¡Espera, espera! ¡Ve despacio, leñe!... ¡Eso es, lento, mucho mejor!... ¡Ups!
¿La esposa desapareció por sorpresa?... ¡Y sin dejar rastro!... ¡Uy, aguarda! ¿Quieres
decir que los fondos del banco volaron también?... ¡Arrea! ¡La sinvergonzona robó
hasta el último centavo! Entonces... A ver, a ver... Ya capto: lo declararon culpable
de malversación... ¡Y lo encerraron! ¡Uf, tremendo! ¿Cuántos años? ¡Nueve! ¡Virgen
santa!... Okey, quedó libre al cabo de la condena, lo pillo... ¿Insinúas la palabra
«divisar»? No, «divisar», no... ¿«Buscar»?; tampoco... ¡Ah, «encontrar»! Halló
empleo, aunque... ¿Tos?... De acuerdo, tosía... Tosía bastante... Un montón, de
hecho... ¡Jolines, tanto que ingresó en la clínica! Eeem... Repite esta parte... ¡Ea!, le
hicieron varias pruebas y... ¡Cielo santo! ¡Cáncer! ¿Dónde...? ¡Uh, en los pulmones!...
Ahorita imitas a... ¿un médico?; el doctor, ¡correcto!... Sí, «seis», lo cojo. ¿Seis qué?...
¡Ah, el reloj!; ¿«minutos»?, ¿«horas»?, ¿«días»?, ¿«semanas»?, ¡«meses»! ¡Ostras, le
dio una esperanza de vida de seis meses!
—¡Madre mía! ¡Qué cochina suerte la suya! ¡Así no me extraña! —Cokaine
reflejaba auténtica consternación.
El mudo, resignado, arrugó las facciones con tristeza.
—¡No seáis ingenuos! ¡Poco o nada tuvo que ver el azar en el asunto! —
desconvino Apolonia—. ¡El pobre desgraciado cayó víctima de un demonio! ¿Acaso
os cabe alguna duda?
—¿Perdona?...
—¡Qué sí, nena! Estos monstruos escogen a personas atribuladas o tristes de
corazón... Y si no consigues ahuyentarlos, juegan a torcer tu destino hasta
quebrarlo por completo —arguyó, segura de sí misma.
—¡Oh!, comprendo... —Cokaine, tras insinuar una mueca de perplejidad a
Charly, alertó—: ¡Fijaos, se lo llevan!
Mientras charlaban, el forense había realizado la correspondiente inspección y
acababa de autorizar el levantamiento del cadáver. Los enfermeros procedieron de
forma rutinaria. Dispuesto el cadáver, la ambulancia hizo marcha atrás para coger
la esquina oeste. Cuando pasó frente a los banquillos, Carl saludó. Aunque cuesta
decir si aquel gesto fue su último adiós a Murray Callahan o simplemente despedía
a los auxiliares. La bofia, entretanto, inspeccionaba el apartamento del difunto: un
agente de paisano parecía comprobar la altura desde el balcón. A pie de calle, el
socio terminaba de interrogar a dos vecinos; guardó la libretita dentro del bolsillo
interior de la gabardina, y luego de entregarles una tarjeta accedió al edificio.
Charly seguía siendo el legítimo propietario de esa magnífica botella que tanto
deseaba Apolonia. Sin ulteriores dilaciones, era el momento ideal de volver a
negociar.
—¿Te gusta, Cokaine? (la mostraba en alto). Voy a pintarla de azul púrpura
porque los violines suenan de este color.
—Es chula... Nunca había visto una similar.
—Yo tampoco... ¿La sacaste del vertedero, viejo? —Reacio a expresarse, Charly
declinó la solicitud—. Prefieres no desvelar tus lugares de suministro, ¿eh, zorro
astuto? —Persistía haciéndose el longuis—. Bueno, como quieras... ¡Subo a cinco
centavos! —Desestimó la puja de plano; en opinión de él, tan curioso artículo bien
valía tres monedas más. Ella resolvió cambiar de estrategia; agarró una cajita
metálica que sobresalía del pilón y propuso—: Añádela y soltaré un dime (3), ¿trato
hecho? —Tal sugerencia lo pilló desprevenido; vacilante, se rascaba el coco—. Es
un arreglo equitativo, ¿no crees? Los dos salimos beneficiados. —El otro echaba
humo de tanto cavilar—. ¡Venga, hombre, no seas panoli! ¡Ese chatarrero
avaricioso ni de coña va a pagarte más!
—Hale, gente —interfirió Cokaine—, os dejo a lo vuestro.
—¡Vale! ¡Hasta luego, rubia! —dijo Apolonia. A su vez, un Charly todavía
ensimismado la despedía con la mano—. ¡Venga, tío, decídete ya!
—¡Chao, negociantes! —Un nuevo día empezaba para la muchacha recién
levantada.

(3) En el argot, se refiere a una moneda de diez centavos.


Nadiya Yurevna Kedzierski

A Cokaine le urgía vaciar la vejiga y se precipitó lavabo adentro. «¡Uf, me


entretuve demasiado!», murmuró, acomodándose presurosa. «¡Por todos los
santos! ¡Menudo drama lacrimógeno la vida y milagros del tal Callahan! —
consideraba a medio alivio—. En fin, así funcionan las cosas: unos nacen con
estrella y otros...». Al prender papel higiénico, le vino un pensamiento muy distinto:
«¡Diantre! ¡Esta mañana olvidé preparar café!».
Y es que apenas sus pies tocaban el suelo, gustaba de llenarse la taza hasta el
borde. Mas el ajetreo de anoche la dejó tan nocaut, que una vez en casa cayó
fulminada. Asimismo, el refrigerador continuaba vacío porque siquiera hizo la
correspondiente compra. «¡Bah, a la porra!... ¡Hoy zampo en Sammy's y listo!»,
resolvió al tirar de la cadena. Acto seguido anduvo hacia la mesa, cogió el tabaco de
encima, y fue a rellenar la cafetera. Encendió el fogón, también un pitillo, y puso el
artefacto a calentar.
Cokaine llevaba cerca de nueve meses en esa vivienda. A intervalos surgía la
idea de mudarse a algún sitio mejor, si bien debido a la pereza, inercia o simple
descuido aquí estaba. Al igual que el resto de ratoneras de Vista Alegre, la suya era
reducida, modesta y sin divisiones. Entrando a mano derecha, aislado entre dos
tabiques, radicaba el pequeño cuarto de baño. A la izquierda, junto a la nevera, una
sencilla cocinita cumplía las funciones indispensables. La mesa y cuatro sillas
completaban el área del comedor. Delante de la librería quedaba un deslucido sofá
de tres plazas; lindante, una butaca no menos destartalada. En última instancia, la
cama y dos roperos permanecían al fondo.
De cara a paliar tamaña aridez, cubrió el piso de carteles y pósteres; la gran
mayoría de músicos afroamericanos. Contiguo a la lámpara de pie destacaba uno
enorme de Charles Mingus. En él, el recio compositor, aferrado a su aparatoso
contrabajo, mantenía una expresión seria y concentrada. Tampoco escapaban a la
vista los espeluznantes mofletes del aclamado trompetero de be bop Dizzy
Gillespie. Estos, hinchados como globos, casi sobresalían de la pared ubicada detrás
de la cómoda. Sobre ella descansaba el tocadiscos y los altavoces. En la repisa
inferior, cantidad de vinilos aguardaban turno para ser reproducidos de nuevo.
Aparte de la música, Cokaine amaba la lectura. Y puesto que carecía de
televisor, devoraba cualquier libro al alcance de sus fauces oculares. Además,
dibujaba de maravilla, aunque en los últimos tiempos rara vez atendía la afición.
A la espera de que terminaran las gárgaras de la vaporosa moka, dubitativa,
revisaba los elepés. «Me apetece escuchar algo de funk...». Detuvo el sondeo frente
a Ecstatic: cuarto álbum de los Ohio Flyers. «¡Sí, perfecto!». Lo retiró y lo depuso en
el giradiscos de forma cariñosa. Nada más apoyar la aguja, el ritmo sincopado y la
voz sensual del cantante inundaron el apartamento:

«Well, I want to tell you


About my girl, my girl
I will forever, forever, forever
Stay with her, stay with her, oh, yes (1)».

(1) Variación libre de la estrofa de la canción "Ecstasy", del álbum del mismo
titulo, perteneciente a los Ohio Players, que no puedo reproducir tal cual sin vulnerar
los derechos de autor: «Bueno, quiero decirte / Sobre mi chica, mi chica / Siempre,
siempre, siempre / Estaré con ella, estaré con ella, oh, sí».
Un par de muffins y el agradable sabor del café recién hecho contribuían a
desvanecer los excesos de la velada. Pese a ello, todavía acusaba cierta fatiga
legañosa, desidia incluso. Enseguida sustrajo la polvera y un pequeño frasco del
bolso. «Bendita nieve mágica...». Vertió la cantidad oportuna sobre el espejito y,
usando una cuchilla, hizo dos líneas paralelas. Después de esnifarlas con avidez,
frotó ligeramente esa perfecta nariz griega. «¡Mucho mejor!».
De vuelta al aseo, abrió el grifo de la ducha, aguardó a que saliera el chorro
tibio, y ¡al agua, patos! Debajo de la reconfortante aspersión, tarareaba la tonada de
(I’m Curious) Can You Sense It? (Tengo curiosidad, ¿Puedes sentirlo?) y movía el
tipazo en consonancia.

«Finest piece of your heart was misplaced


Best part of your life has passed
Now I stand by your side to provide
It’s as simple as that (2)».

«A papá le habría encantado este grupo», rumió mientras derramaba un hilo de


champú en la palma. Es bastante probable que tuviera razón, ya que él adquirió
gran parte de la discoteca que tanto atesoraba y conocía de sobra sus preferencias.
Yure Kedzierski, así se llamaba, murió cuatro años atrás a resultas de un repentino
ataque cardíaco.
No culminaba día sin que el recuerdo de aquel hombre sencillo, pero culto,
afable y entregado como ninguno la abordara. A decir verdad, ejerció una
influencia decisiva en ella. Hete aquí un repaso breve a su historia: corría el verano
de 1935 cuando el joven Yure —hijo de humildes campesinos de ascendencia
kazaja—, tras la horrible experiencia del Holodomor (3), decidió abandonar la
maltrecha provincia de Poltava (al este de Ucrania) a fin de trasladarse a Moscú.
Allí progresó en el ramo metalúrgico y al cabo de una breve etapa obtuvo la
estabilidad necesaria. Individuo listo, independiente e inconformista, combatió la
falta de educación sin ningún tipo de ayuda: de Dostoyevski a Kropotkin, pasando
por Tolstói, Bakunin, H. D. Thoreau, Nietzsche y Proudhon, leyó de todo.
La pasión devino lo mismo que un relámpago insospechado, tan pronto como
le presentaron a Irina Valenko: rubia moscovita de mirada profunda y curvas de
ensueño, quien, a mediados de la primavera de 1951, dio a luz a Nadiya; verdadero
nombre de Cokaine.
Las cosas iban viento en popa hasta que Yure fue preso a causa de los vínculos
que sostenía con determinados librepensadores tachados de disidentes. Declarado
«enemigo del pueblo», lo encarcelaron de inmediato. El ascenso a la presidencia de
Nikita Kruschev en 1953 introdujo un periodo de «desestalinización» y recobró la
libertad. Sin embargo, harto del régimen, removió cielo y tierra de manera que él y
su estimada familia lograran marcharse de la Unión Soviética.

(2)Variación libre de la estrofa de la canción "(I Wanna Know) Do You Feel It", del
álbum "Ecstasy", perteneciente a los Ohio Players, que no puedo reproducir tal cual
sin vulnerar los derechos de autor: «La mejor parte de tu corazón se perdió / La
mejor parte de tu vida pasó / Ahora estoy aquí para proveer / Es tan simple como
eso».
(3) El Holodomor (1932-1934): hambruna acaecida durante las confiscaciones que,
bajo el liderazgo de Iósif Stalin, el Estado soviético impuso en toda la Unión. La
«colectivización» indiscriminado de cosechas, semillas y alimentos causó el desastre:
millones de personas murieron de hambre, asesinadas o por enfermedades. La
República Socialista Soviética de Ucrania fue uno de los territorios más castigados.
Definitivamente establecidos en Sugar Land (Texas, Estados Unidos),
Kedzierski trabajó varios años para la Imperial Sugar Company. Las circunstancias
cambiaron de la noche a la mañana al enfermar Irina. Por desgracia, la leucemia la
venció a principios del sesenta. Una posterior mala racha económica condujo a
padre e hija a Bosque Farms (proyecto de reasentamiento agrícola en el condado
de Valencia, Nuevo México), donde Yure terminaría sus días como empleado de
correos.
Desde pequeñita, Nadiya demostró poseer una mente ágil, abierta y resolutiva,
lo cual fomentó que durante este periodo ambos estrecharan aún más los lazos.
«¡Eh, liebrecilla, adivina qué disco acabo de comprar!»; a papá le encantaba
sorprenderla. Unas veces traía bajo el brazo las travesuras pianísticas de
Thelonious Monk, otras el torbellino caótico salido del saxo de Charlie Parker, la
enigmática y melosa voz de Billie Holiday, el sofisticado toque de guitarra de Wes
Montgomery, los incipientes jugueteos de Miles Davis con el rock; el blues del Delta
de Muddy Waters o el estilo elegante de B. B. King, el soul de Aretha Franklin y los
5th Dimension, el funk jazz de Jimmy Smith, el manouche de Django Reinhardt y
Stéphane Grappelli...; un imparable goteo creativo filtraba a través de la puerta
poquito a poco. Así, al amparo de esas brillantes melodías, celebraban los
atardeceres en el porche.
Después de cenar, uno de los dos leía a viva voz, o bien entablaban largas
conversaciones acerca del mundo y su funcionamiento. La sinceridad desinhibida
de Nadiya a menudo preocupaba a Yure. «Cuida tus argumentos, cariño —le
advirtió una noche—, porque la razón es enemiga de la necedad, y esta abunda».
Guasona, la chiquilla repuso: «¡Fuera de casa me callo, papi!».
La inesperada pérdida de aquel espíritu afín significó un golpe tremebundo.
Encima tuvo que interrumpir el curso de secretariado y las clases de dibujo para
ponerse manos a la obra en el matadero de conejos, pues Bosque Farms ofrecía
alternativas laborales muy limitadas. La monotonía e intensidad de dicha
ocupación, además del entorno carente de estímulos intelectuales, agravaron la
pesadumbre. Nadiya averiguó entonces que la cocaína le aliviaba el estado de
ánimo; de consumirla y de su piel nívea provino el apodo.
Yure solía mencionar: «Da igual como vivas tu vida, mientras no te olvides de
vivirla»; en consecuencia, la joven cedió el puesto a quien le placiera desollar los
lagomorfos del demonio y preparó la maleta. Palo Largo tampoco supuso el paraíso
de las oportunidades; fue duro al principio, pero pudo conseguir trabajo estable de
bailarina en un club de estriptis. Con todo, la recesión causaba estragos y el sector
del ocio sufría lo suyo, de modo que la despidieron.
Concluido el vigorizante remojón, Cokaine hacía revolotear el corte recto long
bob a merced del secador. «Un día de estos —meditaba enfrente del espejo—
probaré a moldearme el pelo». En realidad, carecía de importancia el peinado que
luciera, dado que su belleza deslumbraba en cualquier caso. Aunque un par de
pinceladas al cutis la convertirían en una diosa entre las divas: perfiló esos lindos
ojos y dispuso la sombra oportuna. Luego vino la pizca de colorete en las mejillas y
el carmín cereza a los labios. Por último, las pestañas postizas y los pendientes de
aro dorados le confirieron el toque supremo.
«¡Buff, hoy sudan hasta los dientes!», resopló a la hora de escoger ropa. Se
abstuvo del sujetador; sacó del cajón una blusa de tiras azul claro y el short tejano
de cintura alta. «¡Fresquita, je, je...!». Puestas las sandalias, recogió el bolso y dejó la
morada.
A punto de alcanzar el rellano del vestíbulo, dos voces discrepantes la
alertaron. Blackey y Johnsey salían del lóbrego cuarto de contadores forcejeando
acaloradamente.
—¡Agggh...! ¡Dije que NONES, Johnsey, JODER!
—¡Hugggh...! ¡Vamos, macho! ¡Prometo retornarla antes de que aparezca tu
viejo!
—¡Ni de coña, tío! ¡SUÉLTALA! Rehúso correr el riesgo. ¿Lo captas?
—¡Ey! ¿Qué sucede, chavales? —intervino Cokaine. Los encarados se
sobresaltaron y, quién lo iba a suponer, una revista fue a pararle junto a los pies—.
A ver qué tenemos aquí... —la recogió deprisa—. ¡Córcholis! ¡Esta es de las fuertes!
¿De dónde la habéis sacado?
—A ti te lo voy a contar... —replicó Blackey en plan chulito—. ¡Venga, trae! —
quiso arrebatársela.
—¡Ah-ah-ah! —ella alzó el brazo para impedírselo—. No tan deprisa, amiguito.
¿Qué me ofreces tú a cambio?
—¡Grrr...! ¡NADA DE NADA! ¡Es mía! ¡Regrésamela enseguida!
—¿Tuya?... ¡Y un cuerno! Sé donde las despachan y ahí no permiten la entrada
a menores. ¡Anda, di la verdad!
—¡Eh, oye! —terció el compi—. ¡Te doy mi colección de cromos de béisbol si
nos la devuelves!
La chica le arrojó una mirada despectiva.
—¿Bromeas? ¿A santo de qué quiero yo esa baratija?
—¡Oh, pertenece a la temporada pasada; dentro de unos años valdrá mucha
pasta! —expuso Johnsey, esclavo de la candidez puberal—. ¡En serio, no falta
ningún jugador!...
—¡Nanay, olvídalo! —desconvino Cokaine. Y áspera, lanzó—: Por cierto, ¿sabe
Jorguensen que os coláis en el edificio a ver esta clase de cosas? ¿Y vuestros
padres?... —La amenaza indujo a que saltaran todas las alarmas; aterrados,
prometieron entregarle a partir de ya sendas pagas semanales—. ¿Pretendéis que
corra cremallera con miseria y compañía? —le costaba disimular la risa de tanto
tomarles el pelo.
—Es cuanto recibimos... ¡Pasa de chivarte, porfa! —rogó Johnsey.
—Hum... No sé, no sé... —fingió la joven.
—¡De veras, tronca! ¡Voy a morir como mi padre la eche en falta! —previno el
otro—. Aparte, figúrate tú de enterarse mi madre a quien pertenece...
Cokaine expandió una solemne carcajada.
—¡De acuerdo! —convino. Y, juguetona, continuó—: Os propongo lo siguiente:
yo guardaré silencio si vosotros también cumplís.
—¿Ugh...? ¿De qué puñetas hablas? —preguntó un Blackey descolocado.
—Sí. ¿A qué te refieres, tía?
—Pues nada más y nada menos que a... ¡ESTO! —dijo levantándose la blusa.
Contemplar en vivo y en directo aquella soberbia delantera les ocasionó un
impacto severo severo: jamás imaginaron que la cordial vecinita de Vista Alegre
ocultara tales portentos; hasta la fecha nunca la habían tenido en cuenta. Y, de
pronto, ¡zas! ¡Fíjate qué buena estaba!
La muchacha bajó el telón y puso su índice firme ante los labios: «¡Shhht...!
Ahora, entre nosotros, existen secretos inconfesables», susurró risueña, al tiempo
que retornaba la revista a Blackey. Tembloroso y avergonzado, el zagal la cogió;
notaba crecer algo, y no era precisamente la hierba bajo el sol. Johnsey persistía en
estado de shock, con los globos oculares medio salidos de las órbitas.
Convencida de que pocas ganas les quedaban de pelearse, Cokaine se despidió:
«Recordad: en boca cerrada no entran moscas»; produjo un guiño picarón y, jocosa,
desapareció tras cruzar el portal.
Comida

Puesto que la residencia del fallecido señor Callahan no mostraba signos de


agresión, y los vecinos tampoco atestiguaron nada fuera de lo común, los dos
investigadores liquidaron las pesquisas a la mayor brevedad posible. Anotar
«muerte voluntaria» al final del escueto informe cerraría uno más de los muchos
asuntos que la jefatura archivaba a diario. En definitiva, hora y pico después de lo
ocurrido, las cosas al norte de la calle Catorce seguían el sórdido e inalterable curso
de siempre: personas y vehículos de un lado a otro, gente acalorada abanicándose
en las ventanas, televisores que retumbaban a través del aire enrarecido, un
chucho errático hacía pis al pie de la farola, el ama de casa del bajo que vaciaba el
agua de fregar en la alcantarilla... De nuevo prevalecía aquella calma inquieta, tan
propia de quienes esperan mejor fortuna. La vida nunca cesa por muerte ajena y el
mundo había relegado ya al olvido a Murray Callahan, si es que alguna vez lo tuvo
en consideración.
Cokaine acababa de dejar el domicilio cuando una bocina, con el tono
ensordecedor de La cucaracha, le causó un soponcio de mil demonios.
—¿A dónde huyes, macizorra? —Mary Jane detuvo el auto bruscamente a su
altura.
—¡Ahí va! ¡Hola, chata! ¿Y este cochazo?
—¡Yeeepaa...! —pisó el acelerador: ¡brrrum-brrrum-brrrum...!; ronroneaba a
las mil maravillas—. ¡Un auténtico Charger del sesenta y nueve, tía! —los ojos le
relampaguearon.
—¡Ah! ¡Mola! —repuso ella, más o menos convencida.
—¡Solo mola?... —a la indómita mecánica le pirraban los bólidos—. ¡Muñeca, el
V8 debajo del capó escupe 375 caballos de potencia! ¡Esta maravilla alcanza las 200
mph antes de que pronuncies «santiamén»! O sea: ¡mooola maaazo!
—¡Uau! ¡Vaya!... ¿Es tuyo?
—¡Ojalá, je, je...! —replicó efusiva—. Pertenece a un cliente. Verás, el jefe
andaba superdeprimido a causa de... Oye, ¿sabes lo de...?
—¿El suicidio? Estoy al corriente, sí.
—Ea, pues nada —prosiguió—. Barry conocía a ese hombre, y como no lograba
quitarse el mal rollo de encima, prefirió volver a casa. De modo que aprovecho para
acercarme a la chatarrería. ¡Adelante, encanto! ¡Monta y surcaremos juntas el
horizonte!
—Oh, iba a Sammy's a comer algo.
—¡Chachi! ¡Me pilla de camino!
—Mujer, son cuatro pasos...
—¿Y...? ¡Venga, vamos! ¿O acaso temes que intente meterle mano a tu
carburador?
—¡Uy! —Cokaine puso un rostro travieso—. ¿Eso pretendes?
—¡Yeah...! Concédeme el privilegio, monada —la repasaba de arriba a abajo—,
y del goce se te saldrán los pistones de los cilindros.
—¡Diablos, Mary, ja, ja, ja...! De veras, maja, ahora mismo priorizo el depósito
porque circulo en reserva.
—¿Entonces?...
—Será un viaje cortito, pero ya que...
—¡Insisto, insisto! —servicial en extremo, le abrió la puerta del copiloto.
E iniciaron el trayecto. La conductora, encantada, transitaba despacio cual
ancianita en prácticas, a fin de dilatar la ocasión todo lo posible.
—Y qué, nena, ¿cómo lo lleva tu hermana? —quiso saber Cokaine.
—¡Buf! —resopló la otra torciendo una mueca—. Echa chispas de sol a sol.
—¡Jolines! ¿Todavía?
—Ya ves... En cuanto supo lo mío con Marcy varió a peor.
—Bueno, la pobrecilla atraviesa un periodo difícil. Ármate de paciencia, tarde o
temprano cederá.
—¡Ay, si yo te contara!... —suspiró Mary Jane, apesadumbrada—. Trato de
hacerle comprender y no hay tutía —paró ante el semáforo rojo—. Mira, justo
acudo al desguace en busca de una bici vieja, y la restauraré de cara a su
cumpleaños. ¿Qué opinas?
—¡Ah, magnífica idea!
—¿Crees que le gustará?
—¡Desde luego!
—Francamente —la tiarrona no parecía confiada en exceso—, a veces pienso
que el papel de madre encaja fatal conmigo...
—¡Bah, chorradas! Perder a los padres tan jovencita resulta muy duro. Y tú,
chica, que ya soportas lo propio, te desvives por ella. Además, sospecho que esta
rabieta tonta es una manera de desahogarse de la aflicción —discurrió cabal—.
Considéralo.
—Hum... —Mary, absorta, miraba el volante—. A lo mejor...
—¡Eo! ¡Verde!
—¡Ups! —Arrancó.
—Tranquila. El día menos pensado —Cokaine quería animarla—, Samantha
recuperará la sonrisa... y el sentido común. Tiempo al tiempo, cariño.
—¡Aúúúpa...! —Hizo sonar el claxon: ¡TIRIRURIRU-TIRIRURIRU!—. ¡Tu
«cariño» acaba de ponerme a tope!
—¡Qué boba!...
—Vale, preciosa —estaban delante del restorán—, acuérdate de mí cuando
necesites saciar otra clase de apetitos, ¿uh?
—Prometido... —convino al bajarse, risueña—. Agradezco la carrera,
guapetona.
—Un placer, rubita —Y gas a fondo (chirrido de neumáticos), gritó—: ¡Cuida
esa carrocería!
—¡De acuerdo! ¡Chao!
El café de Sammy apenas había cambiado desde que Samuel Jenkins lo
inauguró en el cincuenta y cinco; meterse allí era casi como retroceder en el
tiempo. Y aunque la destreza del cocinero brillara por su ausencia, al menos el
climatizador ofrecía un ambiente agradable.
Dentro abundaban fotos, dibujos y planos de avionetas antiguas. Incluso
colgaba la hélice de un biplano Corsair de 1927 encima del acceso. Según parece,
Jenkins pilotó varios de los modelos expuestos durante su excéntrica y alocada
juventud. El resto del local no tenía nada de particular, salvo la aparatosa gramola
Wurlitzer, estropeada desde Dios sabe cuando, ubicada junto a tres tragaperras
famélicas, que funcionaban a la perfección.
Tras saludar a la camarera, Cokaine escogió la mesa de la parte central. Aquello
permanecía bastante vacío. Toda la clientela del momento se limitaba al abuelo del
batido, nada más entrar; tres tipos en la barra que, copa a copa, acaso lidiaban con
los propios problemas existenciales; la pareja de tortolitos del final; y el menda que
cebaba y cebaba uno de los citados chismes engañabobos.
La televisión emitía un especial informativo sobre el escándalo Watergate (1);
el entrevistado, sagaz analista político, maduro, elocuente y de modales
intachables, ponía en jaque la continuidad de Richard Nixon al frente de los
Estados Unidos a raíz de sus implicaciones en semejante tejemaneje.
Becky —cincuenta y tantos, moño revuelto, piernas enfundadas en medias de
compresión (¡irritantes varices!), cintura moldeada por las frituras de bolsa, y
atavío de trabajo alegremente escotado— agarró el jarro del café y fue a servir a la
recién llegada.
—¿Oyes eso, querida? —dijo masticando chicle, chicle que asomaba a
intervalos.
Cokaine prendía un pitillo. Aflojó el humo, produjo una mueca apática y
contestó:
—Tricky Dicky (2) de mugre hasta las cejas... ¡Menuda novedad!
—¡Maldito pazguato! —exclamó la mujer, alterada—. Quise votar a Mc Govern,
pero aquel día sufría tal dolor de ovarios que ni siquiera Robert Redford hubiese
conseguido levantarme del sofá.
—Poco importa fulano, mengano o zutano, Becky... —dio un sorbo—. Distintas
caras, granujas idénticos.
—Ya te digo... Cualquier jeta sienta bien al Tío Sam —lanzó mordaz mientras
limpiaba la mesa.
—Mi padre solía mencionar que la política es un negocio concebido a medida
de los charlatanes...
—¡Claro, niña! ¿De qué viviría si no toda esa gentuza? —Ambas arrojaron una
solemne carcajada—. Tú dirás, bonita... —sacó libreta y boli.
—Tomaré... —ojeaba el menú— el número seis.
—Sobró chili del almuerzo en caso de...
—Gracias, prefiero el filete con patatas.
—Naturalmente. ¿De beber?...
—Me basta el café —sonrió.
—¡Marchando!
Nadie prestaba un ápice de atención al tedioso blablablá de la caja tonta; quizá
porque la suerte de Nixon importaba un bledo a la gente modesta y el tema aburría
sobremanera. Cokaine pidió cambiar de cadena, tan pronto le trajeron el mantelito
de papel y los cubiertos. «¡Enseguida, tesoro!»; Becky cogió el remoto del bolsillo
del delantal y lo pulsó. «Veamos...». Avanzaba canales. La ABC ofrecía los dibujos
animados de Wile E. Coyote and the Road Runner (El Coyote y el Correcaminos) y
eso dejaron. Sin duda, era mucho más entretenido.
A la hora del postre apareció un melenudo esbelto y apuesto. Lucía amplios
pantalones acampanados y una sofisticada camisa oscura de cuello de mariposa.
Recogió el pertinente botellín en la barra y anduvo hacia Cokaine, que quedaba de
espaldas a él.

(1) En plena campaña para las elecciones presidenciales de 1972, atraparon a


cinco individuos robando documentos en el edificio Watergate, sede del Partido
Demócrata. La administración de Nixon estuvo reticente a aclarar los hechos, y ello
desembocó en una crisis institucional jamás vista en los Estados Unidos. Tras el
descubrimiento de múltiples abusos de poder por parte del círculo gubernamental, el
presidente dimitió el 8 de agosto de 1974.
(2) Dick, el tramposo. Richard Nixon ganó este apodo jugando a las cartas
durante su estancia en el Pacífico Sur, allá por 1942.
—¿Qué pasa, tía? —soltó contento.
—¡Ey! ¡Hola, Jasper!
—¿Esperas a alguien?
—Ah-ah —negó ella—. Siéntate, pocholito.
Así lo hizo.
—¡Buen provecho! —observaba el pastel con ojos glotones.
—Muy amable. ¿Gustas?
—¡Caray, aparenta sabroso! ¿De frambuesa?...
—Moras.
—¡Sí, cojonudo! ¡Me flipan!
—Toma, cielo —le acercó la porción pinchada.
—¡Ñam-ñam!... —de inmediato contrajo el rostro y despotricó—: ¡Joder! ¡Sabe
a rayos!
—¡No grites! —Cokaine reía a gusto—. ¡Becky puede oírte! De estar rico lo
habría liquidado yo en un pispás, mendrugo... —aclaró, redoblando la coña.
—¡Mecagüen...! —Un trago indujo a que aquella bazofia bajara gaznate abajo.
—¡Zampa, zampa! —insistió sarcástica—, que si retira la porción a medias
protestará.
—¡Una leche! —le levantó el dedo corazón.
—Pues para las moscas... —depuso el tenedor y, ya serena, preguntó—:
Cuéntame, chicuelo, ¿escapas del bochorno o...?
—Negocios... —bebió de nuevo—. Tengo en el bote a un personaje interesado
que promete quitarme cantidad de polvo de encima, je, je... De ir redondo este
trato, puede que Morales me ascienda. ¿Lo pescas?...
—Altos vuelos, ¿eh, mequetrefe?
—¡Dinero llama dinero, preciosa! Uno acaba harto de trapichear en el Funny
Fairy y aflojarle comisión a la vieja arpía.
—Entiendo... —Cokaine ladeó la cabeza.
—A propósito, trae a los Black Panties. ¿Viste?
—¡Cómo no? —exclamó con cierto desagrado—. La ciudad entera rebosa
carteles.
—Sí, Molly apuesta fuerte. Debe de haber invertido una morterada en el
concierto.
—¡Puf! Después de largarnos a todas y cada una dispondrá de sobra...
—Baby, tal cual pintaba el panorama, u os despedía o bajaba la persiana. El Six-
Sex supo barrer vuestra competencia; las nuevas estríperes mexicanas están, ¡ufff!,
y atienden «peticiones» sin rechistar.
—No la culpo, hombre. Tan solo... ¡Bah, olvídalo! ¡Hoy meo fuera de tiesto! En
realidad, Molly se comporta conmigo; incluso permitió que conservara la taquilla
para evitar que salga disfrazada de casa.
—¿Asistirás el sábado? —Jasper encendía un cigarrillo.
—¡Nah! El glam rock suena machacón, soso... Pasaré a arreglarme como
siempre y al lío.
El grupo de moda tampoco entusiasmaba demasiado al muchacho, que,
satírico, rimó:
—Esos bufones cantarines llegarán, llenarán, y mis papelinas volarán, je, je...
—¡Ay, mi camellito suertudo! —le dio un simpático pellizco en la mejilla.
La cantinera pululaba cerca y vino a sondear.
—¿Os falta algo, chicos? —Ambos mostraron satisfacción—. ¿Qué no terminas
el postre, hermosa?
—Oh, me siento llena. Demasiadas patatas, supongo...
—Luces delgadita, criatura —recogió el plato—. Te conviene ganar peso.
Cokaine, tácita, mantuvo la sonrisa, y Becky volvió a sus quehaceres.
Jasper, a escondidas, sustrajo mercancía de la caña del botín. Obró una seña:
—¡Pilla! —alargaba el brazo por debajo de la mesa.
—¡Epa! —la moza atrapó el tema—. ¿Y esto?
—Apetece compartir trigo con los de confianza cuando la cosecha rinde a
espuertas, je, je... —expuso, afable.
—¡Jo, vaya detalle! ¡Muchas gracias!
En ese mismo instante ingresó un afroamericano que vestía de veintiún
botones: llevaba traje color crema y el sombrero de ala ancha a juego, del que
sobresalía una pluma blanca. Sujetaba, además, un opulento bastón acabado en
tono castaño, con el pomo redondo incrustado de cristales. Alto, serio, de facciones
sombrías, no fue a la barra ni a sentarse. Se quedó inmóvil junto a la puerta.
—Ahí está... —dijo Jasper, levantándose—. ¡Hala, nena! ¡Ah!, y procura no
metértela toda de golpe, ¿okey?
—Descuida. ¡Suerte, pocholito!
Aconteció el oportuno encaje de manos entre cliente y proveedor y, sin
demora, abandonaron la plaza.
Ella satisfizo la nota, más diez centavos de propina. Al marcharse, Becky la
animó a regresar mediante un cordial «¡Hasta la vista, reina!».
Fuera persistía aquel calor endemoniado, y eso que faltaba poco para que
oscureciera. «¡Ojalá que llueva y refresque pronto, carajo!», maldijo, sofocada, en
tanto cruzaba la calle.
Avanzó ligera hacia la parada del bus, situada a un tiro de piedra del
restaurante. Acá detuvo el paso. Una madre y su crío aguardaban allí: la señora,
distraída, fumaba; el nene tenía un dedito dentro de la nariz y hurgaba y hurgaba
como si intentara extraer petróleo. «¡En nombre de Dios, Harvey! ¡Compórtate,
cochino!», lo regañó mamá tras sorprenderlo.
Cokaine sustrajo un libro del bolso, lo abrió por la parte final y empezó a leer.
Antes de que concluyera la página, hizo stop el número 24. No era el suyo, pero la
mujer y el niño subieron a bordo. «¡Ugh...!»: de repente sintió una punzada en la
barriga. Le dio poca importancia y recuperó el párrafo. La subsiguiente devino muy
enérgica. «¡Mierda! ¡Será la puñetera tarta de marras! ¡Seguro!», dedujo inquieta.
Habida cuenta de que el malestar persistía, tomó la firme determinación de no
consumir nunca jamás dulces en Sammy's.
El club Funny Fairy

A semejanza de la gran mayoría de ciudades importantes, Palo Largo quedaba


bajo el amparo de lo que en Estados Unidos denominan Mayor-council government
system. Este funcionamiento municipal tiende a repartir el arbitrio, aunque la
proporción varía de localidad en localidad, entre el alcalde y un concejo, compuesto
por regidores elegidos de cada distrito. Conforme a la coyuntura de la metrópoli
que nos concierne, ambos poderes precisaban consensuarse para aprobar
presupuestos, crear ordenanzas e implementarlas, dirigir y administrar los
distintos departamentos, etc.
El caso es que numerosos rifirrafes entre las partes implicadas habían
conducido a molestos paréntesis en el servicio de recogida y gestión de residuos.
Excepto el centro urbano, donde las tareas básicas trataban de mantener un
aspecto de relativa normalidad, la periferia, en cambio, olía a puro estiércol. No era
del todo insólito, pues, encontrarse con algún que otro roedor audaz visitando las
montañas de escombros apiladas a lo largo de aceras y esquinas. Los chismes que
proliferaban acerca del simpático vecino de la zona oeste, que declaró a la
televisión local que los gatos callejeros engordaban de la noche a la mañana,
hicieron verdadero furor. Pero, ¡ay!, la entrañable periodista que emitió el
reportaje, contra ciertas recomendaciones, pagó cara semejante osadía y fue
despachada. Sobra decir que aquel revuelo puso a la cadena y al consistorio en el
punto de mira de unos contribuyentes harto enojados.
A resultas del intrincado panorama, al parecer lejos de resolverse, Bernie
Goldman, actual intendente, en función de una de sus extravagantes artimañas
políticas, reforzó rutas concretas de la red pública de transporte, en un triste
intento de paliar tanta cólera. Acaso también influyera sobre esa medida la
proximidad de las elecciones, ya que Goldman no le hacía ascos a un nuevo
mandato.
Cokaine acogió de buen grado la discreta mejora porque el trayecto que
frecuentaba fue de los beneficiados y las esperas se redujeron. Aun así, a duras
penas la favorecía ahora, visto que la rapidez del autobús en que viajaba no
obedecía ni de coña a su urgente necesidad de ir al baño. «¡Cielo santo! ¡Este
alfeñique pies planos circula a paso de tortuga reumática!», pensó compungida,
sudorosa e inquieta, mientras la infame tarta de moras centrifugaba tripas adentro.
Al alcanzar la parada de Arlington Rd bajó una persona y subieron cinco. Tres
de ellas carecían de pase multiviaje y el conductor, detenido, retornaba la calderilla
con el ansia del que padece discalculia (1). «¡Apúrate, zoquete!», lo maldijo entre
dientes. En Milton St, a la altura de Cactus Ln, los baches de las obras suscitaron
incómodos brincos. «¡Toma ya! —oprime que oprime el ojete—. ¡Solo me faltaba la
montaña rusa!». Ya frente al paso a nivel, el convoy de mercancías avanzaba más
lento que una jornada sin pan. «¡No, si a este ritmo terminaré yéndome por la
patilla!».
El recorrido concluía en la terminal de Boulevard Ave y los pasajeros
abarrotaron la salida. Tal era el apremio de Cokaine que desplazó de un tirón a la
anciana tullida de delante. «¡Grosera! ¡Qué descaro de juventud, madre de Dios!»,
objetó, furiosa.
El sol, batido en retirada, distendía poco a poco el yugo abrasador. Asimismo,
una luna llena aguardaba impaciente el turno de regencia. Neones, letreros y
alumbrados varios despuntaban a la par en la colorida exaltación que antecede el
ambiente nocturno.
(1) Dificultad a la hora de aprender y resolver operaciones basadas en números.
Siete motocicletas estacionadas ante el Funny Fairy reflejaban esa luz tardía
cuando Cokaine, apuradísima, empujó la puerta del club. Los fuertes chillidos
enseguida la alertaron: Molly reconvenía severamente a uno de los Hells Angels,
después de que el desdeñoso motero escupiera en el suelo de su estimado local.
Los demás compinches atajaron la partida de billar; amenazantes, sujetaban
sendos tacos. Aquella bronca tenía un aspecto de mil demonios. La gachí, vista y no
vista, traspasó el barullo, directa al vestuario.
Llegados a este punto, tal vez cabría destacar que a Molly la Fleur no convenía
tomársela a pitorreo. Mitad blanca, mitad negra y natural de Lafayette (Luisiana),
pasó diez de sus sesenta y dos primaveras a la sombra tras ser hallada culpable de
tentativa de asesinato. Pertinaz jugadora, los sabelotodo proclamaban que obtuvo
la propiedad del garito a base de cometer trampas en una partida de póker que
duró cincuenta y siete horas ininterrumpidas. Y aunque muchos la acusasen de
mezquina por vivir, a todas luces, pendiente de la caja registradora, tampoco
mentiría quien afirmara que otros tantos dispusieron de su gentileza según les
faltó. Aparte del consabido desglose, los asiduos del Funny Fairy estaban de sobra
enterados acerca del pequeño arsenal oculto detrás de la barra: un enorme bate de
béisbol, destinado a incidencias leves; y la escopeta recortada, cuya aparición
atajaba de un plumazo las peores bravuconerías. Desde luego, poco sospechaban
aquellos pipiolos greñudos de su perentoria insensatez, pues el carácter feroz de la
mestiza hacía que tuviera las suficientes agallas como para enfrentarse al
mismísimo Belcebú.
Cokaine evacuó en menos que canta un gallo. «¡Uff, qué descanso!». Los
retortijones remitieron y ahora sentía el estómago ligero igual que un copo de
nieve. Al fondo de la taza flotaba un funesto puré marrón claro. «¡Jopé! ¡Huele
horrible!», exclamó antes de que el torrente lo arrollara cañería abajo.
Salió del aseo e introdujo la llave en el candado de la taquilla. Dentro guardaba
indumentaria de corte sexi. Cuatro pares de zapatos sugestivos permanecían en la
parte baja. Entretanto ojeaba las prendas colgadas de la barra, los bramidos
provenientes del bar subían de tono. «Será mejor darse prisa...». Dicho y hecho,
reemplazó la simple blusa que vestía por un top de mangas acampanadas y escote
atrevido, que también dejaba media barriga descubierta. Combinó la mini pieza
junto al resplandeciente pantalón corto de color plata. A continuación, sustrajo una
tira de condones del cajoncito y la metió en el bolso. A medio calzarse los zapatos
de plataforma, resonó un potentísimo trueno. «¡La órdiga! ¡Ha sacado el trabuco!».
El último pandillero huía del recinto con toda la celeridad que le permitían las
piernas. Eso sí, renegaba lo indecible contra Molly. Esta, sin siquiera quitarse el
cigarrillo de los labios y a carcajada limpia, le devolvió algunas cortesías parecidas.
El resto de asistentes, mitad risueños, mitad aterrados, seguían la corriente a la
dueña; quizá porque aún sujetaba el rifle de modo amenazador.
—¡Joder, Molly! ¿Cómo osas abrir fuego aquí dentro? —profirió Cokaine,
acercándose a través del pasillo—. ¡Cualquier día provocarás una desgracia!
—¡Epa! ¡Cálmate, chiquilla! —gruñó la mujer—. Solo son cartuchos de fogueo.
¡Fíjate! —Apuntó al techo: ¡BUM!
Sobrevino otro susto generalizado. Cayeron, además, unos cuantos pedacitos
de yeso en plena mesa de billar.
—¡Válgame Cristo! —exclamó la muchacha, aturdida—. ¿Te has vuelto loca?
Una hilaridad fría, malévola y rimbombante escapó de las fauces marchitas de
Molly.
—¡Atiza! ¡Confundí la caja de munición falsa con la buena! —continuaba de
guasa—. ¡Qué le vamos a hacer! La próxima vez que la cargue me pondré las gafas...
—agregó, tan pancha.
—¡Maldita chiflada! ¡Llama a Big Jerry en lugar de liarte a tiros! A todo esto,
¿dónde puñeta anda?
—Imagino —devolvía el arma a su sitio— que habrá estado espiando tu muda
de ropa —le contestó, impasible.
—¡Ah, bravísimo! Escucha, ¿no es hora ya de cubrir el dichoso agujerito?
Molly le lanzó una mirada incisiva y repuso:
—¡Ni hablar! Puede que a la larga vuelva a coger bailarinas, y así averiguo si
son dignas de confianza.
—¡Puf! —resopló Cokaine, consternada—. Tanto recelo ocasiona paranoia, ¿lo
sabes?
—¡Mi casa, mis normas! —Separó la colilla de la boca y la retorció en el
cenicero como si asfixiara una víctima indefensa—. Y dime, niña, ¿a qué obedecían
esas prisas cuando entraste?
—¡Ah! Nada serio. Comí en Sammy's y el pastel, que sabía tremendo (visaje de
asco), debió de sentarme mal. Un segundo más y, ¡ejem!, la contención al carajo...
—¡Jua, jua, jua...!
—¡Adelante, regodéate! —la joven fruncía el ceño—. ¡Condenada bruja! ¡Ya
ves, qué gracia!
—¡Menuda temeridad la tuya, criatura! Cabía reclutar a Becky Sinclair, enviarla
a Vietnam y que hubiese arrojado sus postres infectos a esos «charlies» (2). Solita
ganaba la guerra en un par de semanas —bromeó, sarcástica.
—¡Bah, exagerada! De normal, siempre pido fruta o yogur, pero hoy quise
darme el capricho y...
Un individuo de magnitudes descomunales traía la carretilla llena hasta arriba
de cajas de refrescos. Paró frente a la puertecilla de acceso a la barra y empezó a
descargar.
—¡Eh, tú! —le dijo Molly. El otro, ni caso—. ¡Oh, Dios mío! ¡Cada día oye peor!
—E insistió—: ¡JERRRYYYY!
El gigante creyó que lo solicitaba Cokaine.
—¡Hola, rubia, muy muy guapa! —la vocecita infantil contrastaba frente al
tamaño del físico—. ¿Qué deseas?
Ella puso los brazos en jarras y cara de malas pulgas.
—¿Disfrutaste del espectáculo, grandullón?
—¡Mucho, muchísimo! —sonrió, a merced del candor de un alma simplona—.
Aunque añoro tus bailes bonitos; siempre fuiste mi favorita.
Cokaine depuso la compostura.
—¡Ay, qué mono! —suspiró.
En realidad, Jerry no se llamaba «Jerry», sino Gerardinho. Y el apodo «Big» le
quedaba igual de chiquitín que el gorro marinero que llevaba puesto sobre el
cabezón. Dotado de escultóricos músculos, este sujeto medía siete pies de altura
por tres en la parte ancha de la espalda; quien más, quien menos, parecía un vulgar
liliputiense a su lado. De origen portugués, no existía puerto que no conociera: pasó
cerca de dos décadas enrolado en la marina mercante; esa piel curtida a fuerza de
viento y marea, donde tatuadores de alrededor del globo plasmaron sus bocetos,
daba constancia inequívoca de ello. No obstante, discurría lento y la progresiva
pérdida del oído lo condujo irremediablemente a tierra firme. Sin residencia fija,
visitaba la ciudad, y Molly decidió contratarlo de cara a preservar el orden durante
los conciertos. A priori lo consideró un magnífico fichaje, pues abultaba lo mismo
que tres tíos, si bien a precio de un único sueldo.
(2) Apodo que utilizaba el ejército estadounidense para referirse al Viet Cong.
—¡Aparta tus ojos de ella, Jerry! —demandó la jefa—. ¡Soy yo la que grita!
—¿Ugh...? ¡Ah, senhora! Mande usted.
—¿No percibiste el alboroto, mastodonte del demonio?
—¿Alboroto?... ¡Caracoles! —Crujió los nudillos de ambas manazas—: ¡Señale
al malo y lo sacudo!
Aquella amenaza indujo a los cercanos a replegarse discretamente.
—¡Diantre de hombre! ¡De qué coño me sirves si no te enteras de nada?
El pobre Jerry levantó la gorra e hizo ademán de rascarse la coronilla.
—¡Ay, Molly! —intervino Cokaine—. ¡Eres más tosca que el canto de una
piedra! ¡Existen remedios, caramba!
—¡No fastidies, mocosa! ¿Dónde va a ir este con una trompetilla metida en la
oreja?
—¡Date cuenta, viejo chocho, de que el resto de mortales no vivimos en mil
ochocientos!, ¿vale? Ahora fabrican prótesis pequeñitas, capaces de incrementar de
forma efectiva la audición.
—¡Grrrr...! —la mestiza detestaba que la contradijeran.
—¡Anda, anda! Aparca en batería tu mala leche y admítelo; un audífono le iría
requetechupi —subrayó, jovial.
Molly, reflexiva, mantuvo silencio un instante.
—¿Dónde narices venden eso? —exigió acto seguido.
—Me figuro que en cualquier tienda de radios... o en la casa de empeños.
—Hum... —Cogió la botella de tequila, llenó tres vasitos, y dirigida a Jerry
expuso—: De acuerdo, mañana preséntate pronto: visitaremos el establecimiento
de Lieberman.
Cokaine aproximó el chupito al gigante.
—¡Ole, muchachote! En breve advertirás incluso el vuelo de un mosquito —le
dijo. Y brindaron—: ¡Salud!
—¿Mañana qué...? —preguntó él.
Un joven gallardo vino a por una cerveza; también le apetecía usar el billar. «El
tapete está sucio», se quejó, un poco altanero.
—¡Jerry!, coge la escobilla y... ¡Bah!, tardaré menos en limpiarlo que
explicándote. Tú, moza, atiéndelo y procura que este pazguato comprenda
mientras yo me encargo, ¿eh?
—¡Claro! ¡Pierde cuidado!
Cokaine tuvo que emplear la voz a fondo. Para cuando la mesa quedó
despejada, todo el mundo conocía el porqué Jerry debía comparecer temprano al
día siguiente.
Respecto a ese tiquismiquis engreído, de alguna manera engendraba recelos en
Molly. «¿Piensas jugar solo, chaval?», lo interpeló con una mirada de soslayo. Ni
corto ni perezoso, el tipo propuso echarle una partida y arrojó veinte pavos sobre
el tapete. A perro viejo cuesta pillarlo desprevenido: enseguida supo que era otro
de los incontables buscavidas que solían acudir, a ver qué rapiñaban. Este, encima,
tenía la desfachatez de trajinar el propio taco en un vistoso estuche de pino rojo
muy trabajado. Decidida, atrapó el primero de los palos arrinconados y repuso:
«¡Mejor cuarenta, jovencito!».
Cokaine aceptó atender la plaza durante el desafío, aunque acaso bebiera el
doble de lo que servía. Jerry, a su vez, rellenaba la nevera, más contento que unas
castañuelas en la Feria de Abril española.
Un reto así atrajo la atención de los curiosos. La moneda lanzada resultó cruz:
abría la criolla. Hubo risitas socarronas. El contrincante miró alrededor sin
comprender.
Molly, confiada, atacó la piña. ¡Zas!; taca-taca-taca... ¡glong!... ¡glong!... ¡glong!;
las troneras laterales engulleron tres lisas. «Suerte...», murmuró el menda. Ante la
admiración de los parroquianos, una a una, las bolas de la veterana desaparecieron
como poseídas por un extraño e inexplicable sortilegio. Apenas recobró los
sentidos el humillado competidor, la número ocho acertaba en el agujero
correspondiente, y su pasta, ¡sigh!, voló hacia bolsillo ajeno.
Al abandonar el club, Cokaine lo descubrió sentado en la acera de enfrente,
bastante desconsolado. «Te aconsejo vigilar el terreno donde pisas, chico. ¡La vieja
es un hueso duro de roer!», le lanzó, en tanto se alejaba.
Trabajo

De los puntos «calientes» del Boulevard, la glorieta noreste era sin duda el más
conocido, ya que dicha intersección gozaba de gran concurrencia al conectar con la
Interestatal 25, procedente de las Cruces hacia Colorado y Wyoming. En aquel
islote rodeado de asfalto, yermo, triste, polvoriento, sometido a los rigores del sol
durante el día y bañado por tenues luces amarillentas a partir del crepúsculo, solía
concentrarse el mayor número de prostitutas de la zona. No chocaba demasiado
que los conductores ávidos de servicios sexuales circulasen en torno hasta
descubrir a la que mejor personificara sus fantasías. A veces se producía tal
agolpamiento de vehículos que incluso afectaba la fluidez del tráfico. Cláxones,
gritos y afrentas ponían la banda sonora en similares casos, aunque los audaces
crescendos culminaban siempre en agua de borrajas.
No obstante, de un tiempo para acá, buena parte de esas trabajadoras iba
desplazándose a cualquiera de los tres lupanares abiertos recientemente cerca del
polígono industrial, a varias manzanas de allí. Esta circunstancia obedecía al plan
de reconversión y revalorización del extrarradio que llevaba a cabo cierto grupo
inversor, el cual, mediante la ayuda e influencia del alcalde, perseguía obtener
suculentos beneficios de un área urbanística poco explotada.
Dos exbailarinas del Funny Fairy charlaban en el citado espacio, pendientes de
que alguien las solicitara.
—... A propósito, hoy tampoco veo a Candy ni a Wendy —advertía Bunny—.
¿Qué habrá sido de ellas?
Sweetheart repuso:
—Me temo que después de todo, querida, Darryl las facturó a ese picadero
nuevo de Lake Rd.
—¡Nah! ¿Seguro?
—Tanto como que dos y dos suman cuatro. —Un lujoso Cadillac descapotado
aminoraba—. ¡Eh, atiende! —indicó, ojo avizor.
—¿Uh...? —Bunny estaba en las nubes—. ¡Ah!
Alborozadas, se aproximaron cogiditas de la mano.
—¡Hooola, encanto! —dijo Sweetheart—. ¿Vienes con tu linda carroza a por un
par de Cenicientas traviesas?
—¡Tenemos permiso del hada madrina hasta el amanecer! —la cómplice,
provocativa, meneaba la cadera—. ¿Te apetece una aventura memorable, guapito
de cara?
—¡Oooh, apuesto a que sí! ¿Verdad, mi rey? Mira, esta es Bunny y yo
Sweetheart. ¡Anda!, déjanos subir y haremos reales tus sueños más perver... —El
individuo aceleró—. ¡Eh, aguarda! ¿A dónde...? ¡Regresa, amorcito!
—¡Bah! Ignóralo, Sweety. No volverá.
—¡PÚDRETE, PICHAFLOJA! —soltó cabreada—. ¡Gilipollas!...
Bunny quiso retomar el hilo:
—Escucha, en cuanto a Darryl, me sorprende mucho este cambio de postura.
Cada vez que venía al club fanfarroneaba: «¡Si encerrara a mis chorbas en burdeles
—tono grueso y ronco, lo imitaba, burlona—, enmohecerían igual que el pan
dentro de un cajón!».
—Pues ahorita declama que currar bajo techo las favorece de mil y una
maneras; ¡tócate las narices!...
—¡Puaj! ¡Farsante! ¡Nunca les ha facilitado nada!
—Eso mismo pensé —convino Sweetheart. Y bajito, agregó—: Luego supe que
lo achucharon dos polizontes de paisano. «Larga a tus furcias de la rotonda o las
encerraremos contigo»; la cosa fue algo por el estilo. Y entonces comprendí.
—¡Caray! ¿Desde cuándo le preocupa a la bofia dónde ejercemos? ¿Acaso
pretenden agrandar su pedazo del pastel?
—Órdenes de arriba, sospecho... —Extrajo el último cigarrillo del paquete y lo
encendió—. Esa sabandija de Goldman —arrojaba la bocanada— trata de barrer a
fondo el distrito, estoy convencida.
—¡Ugh! —Bunny alzó las cejas—. ¿El alcalde?
—¿Quién si no, boba? Abracadabra: ¡puff!; de repente brotan puticlubs del aire
y aquí vamos de capa caída. También cerraron el Mardi Gras sin razón, acuérdate, y
el antro aquel de Leicester Ln.
—Bueno, sí...
—Cuenta, además, las redadas, detenciones, los desahucios, derribos, obras y
maquinaria a punta pala... Viste Farmington Rd cortada a la altura del cruce,
¿verdad? —Impulsiva, se apartó el mechón rizado de la frente—. Conforme intuyo,
algún ricachón espabilado trama un proyecto inmobiliario de envergadura y...
—Y las pilinguis ensuciamos la postal. ¡Lo pillo, Sweety, lo pillo!
—¡Exacto! ¡Nos barrerán del panorama! El asunto pinta magro, dulzura —
predijo, angustiada.
Bunny era de naturaleza optimista.
—¡Oh, unas puertas cierran y otras abren, limoncito mío! —expresó vivaz.
La compañera, a diferencia, tendía al escepticismo.
—Abren una vez que dispones de llave, chata... —adujo con un leve susurro.
—¿Perdona?
—¡Ejem, ejem! (mano a la garganta). Carraspeo —soslayó.
—¡Ah, olvidaba la tercera! La pelirroja. ¿Cómo...?
A Sweetheart le sobrevino un repelús pese a la certeza de que tarde o
temprano preguntaría al respecto.
—Mandy —le contestó, entretanto meditaba: «En fin, vamos allá...».
—¡Mandy, ajá! ¿Aún sigue enferma?
—Hubo serias complicaciones, cariño.
—¿Complicaciones? ¿Qué clase de...?
—De las que impiden salir adelante, ya sabes. —No, Bunny no sabía—. ¡La
jeringuilla, que la fulminó, leñe!
—¡Ay, mecachis! ¡Vaya desgracia! (gesto de estupor). Tan joven, preciosa,
repleta de futuro...
—Sí, corazón, lamentable. Figúrate tú, Chloe acompañó a Wendy y Candy a las
exequias, y me comentaba que Darryl ni siquiera tuvo el decoro de asistir.
—¡Malnacido! ¡Después de patear la calle noche tras noche en beneficio suyo!
¡Menuda vergüenza!
—Presumo que hoy por hoy ese cabronazo desfila detrás de cualquier alma de
cántaro, lo bastante ingenua como para caer rendida a su embrujo de macarra
presuntuoso. —Sweetheart caló del cigarrillo y, mordaz, prosiguió—: Pronto
emergerá una Sandy, Cindy o Paddy decidida a resolverle la plantilla. No te quepa
la menor duda.
—¡Sí, sí! ¡Tiene la manía de ponerles nombres terminados en «dy»!
—¡Uy! Según Chloe, lo devoran multitud de paranoias; vive encerrado en una
jaula de supersticiones. —«¡EO, PAREJITA!» —resonó de súbito.
El toque de atención provenía del paso de cebra a sus espaldas. Aquella voz
fresca y resuelta les era del todo familiar.
—¡A buenas horas, mangas verdes, nena! —observó Sweetheart—. ¡Vienes
supertarde!
Cokaine atravesaba la carretera oscilando levemente.
—Lo siento. Me entretuve, ¡ouch! (ligero traspié), en el Funny. Molly ha
desplumado a otro mindundi al billar; otro que jamás regresará, je, je, je...
—¡Esa vieja cascarrabias resulta más fiera que la carpanta! —bromeó Bunny.
—¿Estás piripi, tesoro? —intervino la socia.
Cokaine puso carita de ángel.
—Atendí la barra durante el duelo —confesó.
Afloraron carcajadas.
—¡Molly recauda —apuntaba Bunny—, y esta listilla vacía!
—¡Obvio! Fuimos excelentes maestras, ¿eh, rubita?
De forma espontánea, surgió el gran festejo de la velada anterior, en donde,
aparte de colocarse, beber y manducar, brindaron servicio a tal o cual asistente.
Entre anécdotas y cuchicheos, Sweetheart quiso averiguar si la rezagada llevaba
«algo» encima. «¿Al margen del alcohol en vena? —ironizó Cokaine—. Apenas
medio "tiro", pero antes coincidí con Jasper de milagro y me hizo un regalito». Sacó
la papelina del bolso. «¡Fantástico!»; rostros ufanos.
Mientras se empolvaban la nariz, el tránsito discurría sin que nadie les
prestara ninguna atención. Tal escasez de movimiento enseguida salió a relucir. La
realidad manaba clara como agua cristalina: gracias al empeño del departamento
de policía, los proxenetas movían a sus chicas, y la clientela volaba hacia el
polígono. La minoría que, a semejanza de ellas, actuaba por libre, sucumbiría de no
adoptar idéntico derrotero.
Los soplos acerca de las flamantes mancebías generaban turbulencias en el
pensamiento de las tres: tomar ese tren significaba turnos ordinarios de ir ligeras
de ropa, a merced de la lujuria ajena. Asimismo, corría el rumor de que el trato a las
freelancers distaba del ofrecido a los macarras, dado que los susodichos aportaban
el grueso del personal. ¿Cómo sobreponerse a este cuadro?
—Visto lo visto —introdujo Cokaine—, aceptaré la sugerencia de aquel
fotógrafo que os dije.
—¿Lo del porno? —exclamó Bunny—. ¿Hablas en serio? Medítalo a conciencia
porque las pelis perduran; quedarás encasillada hasta que las ranas críen pelo.
—Lo eterno pertenece a los dioses, chica, y el pudor solo rinde cuentas a la
moral —repuso—. Es privilegio de cada una disponer del propio cuerpo.
—Al fin y al cabo —terció Sweeteart—, bien podría tratarse de una alternativa,
cielo. Antes aludiste a las oportunidades, ¿recuerdas?
—No me refería a esto precisamente (visaje quisquilloso)...
—Entonces —reanudó la consorte—, ¿prefieres los palacios del folleteo,
empuñar la fregona, de chacha, o servir en el Safeway (*), esclavizada de sol a sol y a
cambio de cuatro perras chicas?
—¡Ja! ¡Ja! ¡Qué graciosa!
—Además, a falta de resguardo, somos vulnerables. Y en la actualidad hay
montones de tarados e idiotas sueltos...
—Coincido contigo, Sweety —secundó Cokaine.
Enfrascadas en los pros y contras de exhibirse delante del objetivo, les pasó
desapercibida la camioneta Chevrolet que acababa de frenar. ¡Mec-mec!
«¡Ups, tenemos visita!». Y de inmediato desplegaron sendas artes seductoras.
—¡Buenas noches, hermoso! —Bunny contoneaba el tipo con delicado esmero
—. ¿Buscas compañía?
—¡Chasquea los dedos, muñeco —una Cokaine explosiva le hacía ojitos—, y te
hallarás en el paraíso!
(*) Cadena de súperes muy extendida en los Estados Unidos.
La restante, descarada, bamboleaba jactanciosa su enorme pechera.
—¡Ay, guapetón, noto los pezones duros como piedras! ¿Quieres lamerlos? —
El tipo permanecía alelado, incapaz de pronunciar palabra—. Oye, ¿te comió la
lengua el gato, mi amor?
—¡Qué mono! Es de los tímidos, ji, ji... —dedujo Bunny. De cara a romper el
hielo, tras presentarse, nombró a las restantes.
En el ínterin, Sweetheart fisgaba a través de la ventanilla.
—Pues muy cohibido no parece, hija... ¡Fíjate! —destacó el bulto bajo la
barrigota, cuya altura casi alcanzaba el volante.
—¡Dios santo, muchacho! —depuso Bunny—. ¡Me hierve la sangre de imaginar
lo que escondes ahí!
Cokaine también asomó la nariz.
—¡Uau! ¡Semejante herramienta dará para todas! —Fluyeron risitas de
complicidad.
—Err... Uh... ¡Yo...!
—¡Di, venga! ¡Sin miedo, bonito! —Bunny supuso que ofrecerle una pequeña
muestra de acción facilitaría las cosas: deslizó una manita traviesa bajo la minifalda
de la parienta.
—¡Oooh...! ¡Mmm...! —esta se dejaba hacer.
—¿Ves, chato? —Cokaine contribuía sobándole las tetazas—. ¡Así de suaves y
tiernas seremos contigo!
—¡Uff! ¡Qué gustito, pillinas! —Sweetheart dio por supuesto que el menda ya
estaba en el bote. Furtiva, agarró el asidero de la puerta. ¡Trak! ¡Ñiiiiic...! La luz de
cortesía expuso a las bravas un rostro de escasa apostura—. ¡Míralo! ¡Clavadito a
Robert Mitchum! —lisonjeó—. ¡Arriba, bellezones!
—¡Alto! —opuso el tipo.
—¿Ocurre algo, mi vida? —replicó la pechugona, en el acto de montarse.
—¡Solo ella! —señaló a Cokaine.
—¡Oh, no seas tontito! ¡Cabemos las tres!
—¡La rubia! —reiteró.
—¡Condenado mequetrefe! —maldijo, marcha atrás—. ¡Haberlo escupido de
entrada y nos ahorrábamos el jodido sainete!
Pactados los honorarios, la elegida subió a bordo. «¡Chao, nenas!». El vehículo
desapareció en la primera salida, y con él el lucro de las despechadas.
—¡Manda huevos! —gruñó Sweetheart—. ¡Llega cuando le pica, y muerden
primero su anzuelo!
—La puñetera posee un imán —convino Bunny, resignada.
—¿Cuánto llevamos nosotras aquí dando palos al agua?
—Hum... Creo que alrededor de hora y pico, limoncito. Olvidé el reloj en casa.
—¡Rayos! ¡Aparentan diez!
Devino la quietud entre ambas. De fondo sobresalía el pertinaz murmullo de
las cuatro colegas vecinas, el sonido de la circulación intermitente y, a manera de
contrapunto, un moscardón latoso zumbaba alrededor.
—Estoo... —Bunny deshizo el silencio—. Referente a... —vaciló.
—Dime.
—¡Bah! Descuida.
La camarada, resabida de tales titubeos, cerró los ojos y lanzó:
—¡Quieres escupirlo, jolín?
—¡Vale, vale! ¿Contemplas de verdad lo del porno o...?
—¡Claro! ¿Por qué?
—Francamente, no sé yo si esa perspectiva...
—¡Demonios! Vigila la libreta de ahorros y comprobarás que apenas cubrimos
los gastos del carmín, conque...
—De acuerdo, pero...
—¡Pfff, qué borrica! —la achuchó, afectuosa—. A ver cómo le va a Cokaine y
entonces decidimos. ¿Chachi?
—Hum... ¡Chachi piruli! —sonrió Bunny.
—¡Hale, pues! Sé buena y dame tabaco, porfa; liquidé mi cajetilla.
—¡Un momento! ¡Aquel viene a la caza!
—¡Epa! —Sweetheart aderezó la pechera, y vuelta a empezar—: ¡Yuuujuu,
ricura...! —El coche las rebasó sin siquiera detenerse—. ¡FORMIDABLE! ¡ESO,
ESFÚMATE, PUSILÁNIME! ¡Oh, recristo...!
En distintas lenguas y modos dispares, los pozos de erudición de alrededor del
mundo destacan la conveniencia de capear el mal tiempo poniendo una cara alegre:
esta idea tan propagada invadió el discurrir de Bunny. Aunque contravino
divulgarlo de viva voz; Sweetheart estaba tan furiosa que exhalaba el humo del
pitillo a través de los orificios auditivos. Prefirió no contrariarla más allá de lo
necesario. Y, en su tácita reserva, mantuvo la certeza de que, a despecho del
carácter rezongón, poder contar siempre con ella representaba la mayor de las
fortunas. ¡Desde luego que pronto les cambiaría la suerte!
El granjero

Un hecho ineludible es que, individuo a individuo y generación tras generación,


los hombres transforman el mundo conforme a la lógica propia de su especie. Este
proceso de cambio paulatino, tenaz e imparable —a menudo tipificado de
«evolución» o «desarrollo»— origina, por consiguiente, multitud de disciplinas,
ámbitos y sectores en el vasto grueso social, destinados a cubrir las necesidades,
zozobras, excesos y vanidades de aquellos que reinan sobre el resto de la fauna.
Otro fenómeno básico revela que, en función del pluralismo entre personas,
algunas nacen predispuestas para manejarse dentro de un campo determinado o
profesión específica. La naturaleza manda y establece de modo aleatorio: ley de
vida; única soberana capaz de relegar al rincón más oscuro la tiranía de lo humano.
En este sentido, y sin lugar a entredichos, la formidable desenvoltura de Cokaine
respecto a las artes amatorias hacía de ella una meretriz privilegiada donde las
haya. Acaso el motivo residiera en esa agraciada lindeza inherente, desparpajo y
erotismo que rezumaba a flor de piel, quizá fuese la sublime modalidad de
interpretar unas farsas untadas de dosis masivas de cremosa lubricidad; los bordes
del atractivo y lo voluptuoso a menudo distan del raciocinio, serpenteando en el
trasfondo latente de lo inaccesible.
En pocas palabras: incendiaba la lascivia hasta tal punto, que un eventual
estándar sucumbía bajo su arrolladora complacencia como si jamás hubiera gozado
de ninguna fémina. Así de ágil iba el asunto. Pero la muy astuta no lo liberaba de
buenas a primeras, sino que, mediante calculadas e inefables obscenidades, volvía a
excitarlo al extremo de que suplicara en pos de una segunda incursión. «¿Sabes el
tiovivo de las ferias, encanto? —disparaba entonces—. Pues esto funciona idéntico:
un pago, un viaje».
Con la «víctima» despachada del todo, el affaire terminaba; momento en que
corría a darse el merecido remojón. Y libre de hedores ajenos, regresaba a la casilla
de salida, a la espera del próximo que estuviera dispuesto a aligerar los testículos y
la cartera en un tiempo récord.
El servicio «completo» de Cokaine costaba cuarenta dólares, alcoba al margen.
Este incluía juegos y masajes eróticos; también el acto de rigor, desde luego.
Aunque, según la condición del sujeto, y siempre y cuando alcanzara un pacto
satisfactorio, toleraba ciertos extras. En la práctica, la única norma impuesta era el
uso del condón. Caso de que el interesado lo rechazara, la réplica no se hacía
demorar: «¡Abur, mentecato! ¡Búscate un hormiguero y métela ahí!». Y por si
cualquier canalla pretendiera extralimitarse, en el interior del inseparable bolso
shopper —trenzado en paja beis, que tenía flores bordadas a los lados, flecos, y asa
doble de cuero— ocultaba una navaja automática de cuatro generosas pulgadas;
obsequio de Molly la Fleur, quien, a la par, le enseñó a esgrimirla con eficacia.
Aquella noche, después de confluir junto a Bunny y Sweetheart, Cokaine
abandonaba la glorieta en compañía del «Robert Mitchum» timorato de la picop
Chevrolet.
—Bueno, querido, ¿piensas desvelarme tu nombre o debo escoger uno para la
ocasión?
Tras una risita tontorrona, el tipo giró la cabeza.
—Me llamo George —dijo admirándola embelesado.
—¡Un placer, bonito! Ya oíste antes, soy Cokaine —le otorgó una carantoña
dulce—. Y ahora que nos conocemos, convendría que no desatendieras la carretera,
mi amor.
La modesta soltura de George en lo tocante al sexo opuesto resultaba palmaria.
Quizá su particular fisonomía colaborara a esa impericia: una frente estrecha, cejas
abundantes y desaliñadas, además de los pequeños ojos medio encubiertos detrás
de rollizos mofletes, esbozaban las trazas superiores del rostro. Llevaba el pelo
aplastado, aceitoso y ridículamente peinado a un lado. La mandíbula, redonda,
concluía en una barbilla regordeta dividida en «Y». De todas maneras, los
alarmantes incisivos —más típicos de un roedor que de un ser humano— parecían
aportar la causa definitiva que repelía a las damas. En cuanto a la elegancia,
imperaba la ausencia de la misma: vestía una camisa insulsa a cuadros, abrochada
hasta el último botón, que enquistaba debajo del tejano de saldo.
—No temas, preciosa —George restauró la vista al frente—. Conduzco de
fábula; mamá siempre lo menciona cuando la acerco a alguna parte.
La gachí iba pensando que esta faenita sería coser y cantar.
—Orgullosa estará de tener un hijo tan apañado y atractivo —repuso
sonriente, a título oportuno.
Él ladeó una mueca de fastidio.
—¡Uy! Me reñiría cantidad si supiera que alterno contigo.
—¡Cáscaras! —se sorprendió ella—. ¿Y eso?
—¡Uf! Aborrece las mujeres como tú.
—¡Disculpa?...
—¡Aaaj! No quise... Verás, mi madre acusa a las... de perseguir el dinero fácil.
¿Comprendes?
—¿Y quién no, cielito? —le contestó; empero, tácita, protestaba: «¡DINERO
FÁCIL?».
El menda puso cara de granuja y, de un arrebato, aventó:
—Hoy cumplo años y cree que fui a celebrarlo a casa de mis primos.
—¿Soltaste una mentirijilla a mami para escaparte conmigo, briboncete?
—Así es, ¡ji, ji, ji...!
—¡Dios, qué adorable!
—Si no, no me permitía salir —objetó, quejoso—. Sufre todo el tiempo.
—Escucha, encanto, ¿qué tal si nos olvidamos de la señora y me dices cuántos
añitos...?
—¡Vale, ji, ji...! Cumplo treinta y uno.
—¡Caramba! ¡Muchísimas felicidades, rey mío!; ¡muac!
—Gracias, guapa —Del rubor, le subieron los colores.
—Bien, Georgie, bien —prosiguió Cokaine—. Y a todo esto, ¿a qué te dedicas?
—Oh, trabajo en la granja Tucker —dijo.
—¿Tucker?... Lo lamento, ni idea.
—Cae dieciocho millas al sudoeste de la ciudad. Criamos los mejores marranos
del condado.
—¡Vaya! ¡Conque cerditos, je, je...! Apuesto a que los mantienes lindos y
rechonchos, ¿eh?
—En reaa... aa... aalid... —percatado de que tartajeaba, se contuvo. Tomó aire y,
despacio, recomenzó—: En... en realidad, quien está a cargo de cebarlos es
Williamson.
—¡Ah! ¿Entonces tú qué...?
—¡Ji, ji, ji...!
—¿Y esta risita? ¿Qué significa, corazón?
—Yo... Err... A los machos... les hago, ¡ejem!, cositas... allí abajo... ¡Ji, ji, ji...!
¿Adivinas?
En efecto, George extraía esperma a los verracos de cara a la crianza. Puesto
que el procedimiento era cien por cien manual, la muchacha enseguida estableció
un paralelismo entre sendas labores, y retuvo su hilaridad durante el desglose
inmediato. Pronto constató que puercos y varones compartían múltiples
semejanzas.
—... ¿Sabes? El señor Bronson, jefe del laboratorio, asevera que poseo un don
especial.
—¡Anda! ¿Y en qué consiste ese don, cariño? —le siguió la corriente.
—¡Consigo la máxima cantidad y calidad en cada sacudida! —expuso, la mar de
satisfecho—. ¡No te cachondees! ¡Va en serio! Duncan, mi favorito, que pesa
doscientas diez libras, puede preñar a veinticinco hembras de un mero vaciado. ¡Y
siente verdadero afecto hacia mí! Apenas olerme, pega saltitos de alegría.
—¡Cómo no, ja, ja, ja...!
George accionó el intermitente y giró a la izquierda: habían llegado al punto de
destino.
A poco menos de seis millas de la rotonda, el motel Paradise tenía fama de
acoger aquellos encuentros que requirieran una total discreción. Por lo demás, el
parador no albergaba características destacables; igual que tantos, se trataba de un
inmueble convencional de dos plantas, dispuesto en forma de «L», con el
acostumbrado acceso a las estancias a pie del aparcamiento. El ala oeste acogía una
máquina de refrescos, otra de patatas chips, y un viejo congelador que dispensaba
hielo a quince centavos la bolsa. En el lado norte radicaba una cabina telefónica de
aspecto ruinoso. Funcionaba, pero nunca devolvía el cambio. La recepción, abierta
las veinticuatro horas, ocupaba el ángulo del edificio.
Gustavo solía cubrir la jornada nocturna. Aposentado detrás del mostrador,
disfrutaba de las peripecias del Dr. Richard Kimble en The Fugitive (El fugitivo);
serie de mediados de los sesenta que la ABC reemitía a diestro y siniestro.
Al entrar la pareja, bajó el volumen del aparato portátil y, muy cortés, entonó:
—¡Buenas noches! ¡Bienvenidos!
—¡Gus, chato! ¿Qué hay?, ¿todo tranquilo? —Cokaine traía a George agarradito
en plan enamorados.
—Bastante, señorita. Nomás unos cuantos huéspedes.
—Ya, chico. El aparcamiento no miente.
—Cierto... —convino jovial—. Y díganme, ¿en qué puedo servirlos?
—A mi amigo y a mí nos gustaría pasar un rato a solas. ¿Verdad, dulzura?
George exudaba adrenalina a través de cada uno de los poros.
—¡Sí, sí! ¡Denos una habitación! —impuso.
—Naturalmente. ¿La desea provista de radio, señor?
La pregunta desconcertó al granjero.
—Georgie, cielo —intervino la moza—, ¿te apetece un bailecito sexi solo para
tus ojos?
Él tragó saliva, ¡glups!, y arrojó:
—¡Con radio!
—La quince les irá perfecta. —El conserje extrajo la llave del casillero y la dejó
al lado del libro del registro—. Firme aquí, caballero.
—¿Eh...? ¡Ah!, claro. —Echó una rúbrica temblorosa.
—Estupendo, señor... Mallory, ¿correcto?... Serán diez dólares, si le complace.
—Este sacó la cartera (bien repleta) y satisfizo el importe—. ¡Excelente! ¡Les deseo
una feliz velada, señores!
—¡Gracias, Gus! —ella recogió la llave—. ¡Hale, cariño, vámonos!
Su acompañante la siguió cual perrito faldero, pendiente de que le suelten un
hueso.
El alojamiento quedaba a dos zancadas de la máquina de refrescos. Aunque
sencillo, lo de dentro cumplía: la cama, tipo queen size, era amplia; había mesillas a
ambos lados —la de la izquierda dotada de receptor AM/FM—; dos butacas,
cómodas en apariencia; un guardarropa junto al aseo y, delante del catre, el
escritorio donde Cokaine colocó el bolso.
—Georgie, pillín, ¿quieres que la gente fisgue en nuestros asuntos?
—¿Ugh...? ¡Ay, lo siento!
—Eso, churri, cierra la puerta. —Fue a poner la radio. Giró el dial: zzzz.. «...
Recordamos a nuestros oyentes que pueden llamar al 391-4074 para cualquier
petición. ¡Aquí la WLZRD, emitiendo desde Palo Largo! (Falca publicitaria de jabones
Florinda, patrocinador del programa). ¡Y llegó la hora del último gran bombazo del
verano: "The Player", primer single del nuevo plástico de First Choice!»—. Ahora
acomódate, tesoro —propinaba palmaditas sobre el lecho—, que esto te va a
encantar. —E inició un ardiente contoneo al ritmo de la animada pieza de música
disco.
George observaba aquel monumento en acción sin descuidar el menor detalle;
hechizado, se estremecía con cada gesto, con cada retorcimiento o postura que
adoptaba. En particular cuando empezó a bajarse la cremallera del lustroso short
ante su mismísima nariz. Desabrochó también el corchete, y luego, juguetona, dio
media vuelta. El incesante zarandeo de la cadera indujo a que el atavío resbalara
poquito a poco piernas abajo. Las braguitas de encaje negras atizaron la brasa del
acérrimo admirador lo mismo que un soplo aviva el fuego.
La joven tomó inclinación, agitó el pandero sensualmente y, menea que menea
la figura, volvió a incorporarse de cara a él.
—¿Te gusta lo que ves, mi amor?
—¡Su... sublime! —Obvio que semejante espectáculo rebasaba cualquier festejo
en compañía de los primitos.
Y le vino el turno a la parte de arriba: seductora, insinuó un hombro, después el
otro; de tal guisa que, coqueteo a coqueteo, sustrajo la prenda por entero. En tanto
exhibía los senos, provocativa a más no poder, se chupó el dedo medio izquierdo y
humedeció con él ambas aureolas. Asimismo, condujo la mano derecha hasta el
pubis. Musitó gemidos varios mientras la entretenía acá.
De improviso, asió el rostro del pardillo y lo atrajo hacia las gentiles turgencias.
—Georgie, rey, ¿acaso pretendes hacerme el amor vestido?
—¡Sigh...! ¡Ehhhj…!
—¡Oh!, ¿te cuesta hablar apretujado contra mis tetas? ¡Venga, yo te ayudo!
En el acto desbotonó la camisa, la retiró, y mediante un empujoncito le hizo
entrever que debía recostarse y dejarla al mando. Pantalones fuera, de los
calzoncillos afloró un miembro rígido a modo de estaca. «Sucumbirá en el primer
asalto», predijo, enfundándole el preservativo que sostenía entre los labios.
—¡Oooh...! —la reacción del machote fue rotunda.
—¡Slurp-slurp! ¿Disfrutas, cariñín? ¡Slurp-slurp!
—¡Mmm...! ¡Aaah...!
—Bueno, tomaré eso como un «sí».
Al cabo de un momento adoptaron la clásica posición del misionero. ¡Ñic, ñic,
ñic...!; el somier, quejoso, acusaba la intensidad del vaivén. «¡Así, así! ¡No pares,
vida mía!», lo encareció, entretanto comprobaba el reloj de reojo.
La cosa marchaba según lo previsto: George parecía a punto de concluir, pero,
de repente, detuvo la actividad y adoptó una extraña rigidez. «¿Qué ocurre,
querido? ¿Te encuentras bien?». No demasiado, porque le dio por temblar y escupir
babas igual que si estuviera enganchado a la línea eléctrica. Asustadísima, forcejeó
para quitarse aquel peso de encima; envuelta en una toalla, salió a pedir socorro.
Un sujeto manipulaba las alforjas de la motocicleta estacionada frente a la
pieza diecisiete; diríase que acababa de llegar y procedía a instalarse. De treinta y
pico, moreno, delgado; aparte de su espeso bigote en herradura, destacaba la
bonita gorra Gatsby que llevaba puesta al revés. La súbita aparición de una belleza
medio desnuda lo distrajo.
—¡Ey, tú! —Cokaine aligeraba en dirección a él—. ¡Necesito ayuda!
—¿Qué sucede? —le contestó.
—¡Mi amigo sufre una especie de ataque! ¡Tiene muy mala pinta!
—¿En serio?... —la miró receloso—. ¿En qué clase de argucia quieres
involucrarme?
—¡No es ningún engaño, palabra! —opuso ella con vehemencia—. ¡Apúrate,
carajo!
—Hum... De acuerdo —soltó el equipaje—. Cálmate, ya voy.
George, tirado a ras de suelo, temblaba sin mesura.
—¿Me crees ahora?
—Sí, mujer... —se arrodilló al lado.
—¡Las sacudidas sobrevinieron de improviso! ¿Sabes qué le pasa?
—Un brote epiléptico, sospecho —intentaba colocarlo de costado—.
Alcánzame el cojín, por favor... —le acomodó la cabeza—. Y trae toallas; interesa
que guarde el decúbito lateral.
Rauda, invadió el baño y regresó ipso facto.
—¡La única que encontré, toma!
—Demasiado pequeña... Descuida, yo me encargo.
—¡Joder, tío! ¡Está azul como un pitufo!
—Pasa a causa de la mala oxigenación. Una vez que termine, los músculos
perderán rigidez y respirará normalmente. Tranquila.
—¿Eres médico?
—No.
—Pues aparentas confianza...
La crisis cesó de golpe. George permanecía inconsciente.
El desconocido le tomó el pulso.
—Saldrá del aprieto —dijo al levantarse—. Quizá le cueste volver en sí; los
episodios agudos son extenuantes. Y puede que al despertar muestre cierta
desorientación. Os recomiendo que acudáis a un especialista. Sin pegas añadidas, le
recetará anticonvulsivos y problema resuelto —sonrió—. En fin, buena suerte.
—¡Eh, aguarda! ¿A dónde vas?
—Mis cosas siguen fuera...
—¿Y si no espabila?
—Entonces pide una ambulancia.
—¡Mejor quédate!
—¿A qué? Ya lo cuidas tú.
—¡Oh! Yo... tan solo... Él siquiera es...
El muchacho enseguida dedujo el qué.
—Conforme, márchate —asintió—. Luego vengo a echarle un vistazo, ¿okey?
—¡Sí, genial! ¡Oye, te lo agradezco de corazón!
—¡Bah! Olvídalo. —Le lanzó un guiño simpático y desapareció.
Hacía cerca de cinco meses que Cokaine vivía de la práctica, y en este tiempo
nunca tuvo percance similar. «¡Menudo susto me ha pegado el pipiolo de las
narices!», exclamó, vistiéndose aprisa.
George no era distinto del resto de fulanos que pagaban por acostarse con ella,
y en absoluto sentía la mínima obligación respecto a él. Aun así, lamentaba
desentenderse de aquella manera, acaso debido a la graciosa analogía surgida
durante el viaje. Eso ni mucho menos le impidió meter mano a su cartera y
desembolsar ochenta pavos; cantidad que, en circunstancias usuales, hubiera
satisfecho de buen grado.
Popurrí

A continuación, fue a plantarse junto a la carretera y alzó el pulgar. «Menos mal


del chico de la moto —discurría—, porque estaba muerta de miedo, y a saber cómo
diantre apañármelas. ¡Ay, qué ojazos puso al verme! (mueca traviesa). Aunque, de
entrada, sospechó que trataba de engatusarlo... No lo culpo, pobrecillo; el lance
tenía un toque grotesco».
En aquel momento paró una furgoneta Volkswagen naranja muy destartalada.
«¡Hola! ¿Os importa acercarme a la ciudad, porfa?». El hippie al lado del chófer
convino: «¡Paz y amor, rayo de sol!». Le abrieron la compuerta lateral e ingresó en
el vehículo. Los cuatro de la parte posterior traían idénticas fachas flower power.
«¡Pssst! ¡Eugene! —bisbiseó uno con disimulo—. ¿Esta tía irradia luz propia o es
cosa del...?». No obtuvo respuesta en absoluto, dado que el compinche flipaba
abstraído, intentando atrapar algo invisible.
Ante según qué conductas, dedujo que iban puestos de LSD hasta las cejas;
incluso hubo lapsos en los que el manejo alucinatorio del conductor le hizo temer
la peor de las catástrofes. «¡Jopé, vaya nochecita!». Apeada en la rotonda de una
sola pieza, ¡gracias a Dios!, buscó a Bunny y Sweetheart, pero ni rastro de ellas. De
modo que después de saludar a varias compañeras, encendió un cigarrillo,
entretanto aguardaba al próximo príncipe azul.
Este resultó ser un picapleitos de mediana edad, casado y padre de tres
espléndidas criaturas, cuyos retratos destacaban en el portafotos familiar del
salpicadero. Por lo visto, la primogénita, dotada de una voz angelical, acababa de
obtener el puesto de solista en el coro infantil de la parroquia. «¡Mi adorada
calabacita goza del favor divino!», le transmitió repleto de orgullo.
Individuo de gustos elegantes y sofisticados, la condujo a un lujoso
apartamento del sur de la ciudad, donde, además de farlopa peruana y alcohol de
marca, también había una estancia dedicada a las prácticas de sometimiento. Si
bien es cierto que, durante el servicio anterior, la desdichada tuvo que soportar los
espumarajos del granjero sobre su linda tez, en este caso, tan distinguido caballero
ordenó que le escupiera de forma reiterada, mientras lo sodomizaba con un
majestuoso plátano, que él mismo escogió de la cesta rebosante de frutas del
tiempo allí ubicada.
Satisfechas las pertinentes parafilias, regresó al Boulevard en taxi, a manos de
un conductor sereno. Y luego del merecido refrigerio en Burguer Flash, remató la
noche practicando una felación rápida detrás del susodicho establecimiento.
De vuelta a casa, las cuentas culminaron así: aparte de los ochenta pavos de
George, el ilustre letrado aflojó nada más y nada menos que un Benji (*), al margen
de cubrir el coste del retorno. Si sumamos la faenita de última hora, obtuvo un
beneficio total de ciento noventa y cinco dólares libres de impuestos.
Sin embargo, la guita, igual que el agua, suele escurrirse de entre los dedos: a
mediodía el señor Jorguensen vino a exigirle la renta pendiente.
—¡Apresúrate, Kedzierski! —golpeaba la puerta por segunda vez—. ¡No
dispongo de toda la tarde!
La moza, recién levantada, se cubría.
—¡Voy, voy!... —Agarró el monedero—. ¡Jolines! ¡Qué impaciente es usted! —
dijo al abrirle.
—¡Cómo osas, deslenguada? —el tipo relamía un cucurucho semideshecho—.
¡Llevas muchísimo retraso!
—Lo sé y le pido perdón. ¡Relájese, hombre!
(*) En el argot, se refiere a un billete de cien dólares, ya que Benjamin Franklin
sale retratado en el anverso.
—¡Las disculpas no cubren mis gastos, jovencita!
Un rasgo ostensible en presencia de Jorguensen era ese incómodo olor
corporal que desprendía, similar al de la mantequilla rancia fuera del frigorífico
cuando el calor aprieta. Pese a las mil y una lociones del mercado que probó,
ninguna lograba encubrirlo lo suficiente. Sujeto obeso y de baja estatura, vestía una
camisa hawaiana medio desabrochada, sin temor a mostrar el pecholobo húmedo
de transpiración. Los pantaloncillos, deshilachados de abajo, y las sandalias,
calzadas encima de calcetines blancos, remataban su planta.
—¡Equilicuá! —Cokaine le entregó la cantidad exacta—. Quedamos en paz.
—Solo hasta el cuatro del próximo mes, señorita —una gota de helado pendía
amenazadora de la barbilla—, y procura ser puntual, ¿estamos?
—¡Ups! —exclamó ella.
—¿Qué?...
—Ahí —señaló—. Acaba de mancharse.
—¡Bah! Pasa a diario. Afortunadamente, mi señora tiene maña lavando.
—Una suerte, sí... ¡Oiga! Ya puestos, ¿por qué no entra y hace algo con el
aparato del aire?
—¿Algo cómo qué? —le contestó a regañadientes.
—¡Pues arreglarlo! Continúa estropeado, ¿recuerda?
—Lo siento, estos cacharros me superan.
—Entonces recurra a un técnico, digo yo...
El casero aguzó la compostura y, sarcástico, arrojó:
—¿Conoces el total de viviendas del edificio, niña?
—No.
—¿Y lo que cuesta mantener los climatizadores?
—Tampoco.
—¿Imaginas cuántos funcionan a día de hoy?
—Ni idea... ¿El de usted, quizás?
En el ínterin, el beodo del segundo subía las escaleras.
—¡Muy buenas tardes! —les sonrió. Pasaban de las doce y parecía más sobrio
que un militar de servicio.
Aquellos dos intercambiaron una mirada de asombro.
—¡Benny?... —Jorguensen decidió cerciorarse.
—¿Sí, jefe? —detuvo el paso.
—¿Te encuentras bien, viejo?
—¿Eeeh...?
—Bueno, andas pedo de sol a sol, jornada tras jornada —le soltó sin tapujos—.
Hallarte sobrio da para un titular en el Palo Largo Journal.
Benny arrugó el borde de la bolsa que acarreaba: afloraron los cuellos de tres
magníficas botellas de vino peleón.
—Créame, amigo, aprisita resolveré tan deplorable estado de lucidez —expuso
mordaz. Y avanzó alegre cual chiquillo que estrena zapatos nuevos.
El amo del bloque no quiso escuchar una palabra más del aire acondicionado y
la dejó con la palabra en la boca. «¡Tío agarrado!», maldijo al cerrar la puerta.
El interior del frigorífico criaba telarañas y a la muchacha no le apetecía volver
a Sammy's. Así que después de terminarse el cafelito se puso las pilas de inmediato.
Ante todo requería efectuar una importante llamada; en consecuencia fue
directa a la cabina del extremo norte de la acera. Sacó el monedero, introdujo tres
níqueles en la ranura, y marcó el número de la tarjeta que guardaba. ¡Beeep!...
¡Beeep!... ¡Beeep!... ¡Bee-ding...!:
—Brad Murphy, fotógrafo. Aló... —respondió la voz, que a duras penas
sobresalía del intenso alboroto de fondo.
—¡Hola, Brad! ¡Soy Cokaine!
—¿Cok...? Un segundo, aguarda... ¡Clodette, cariño!, ¿puedes bajar la música,
que no me entero?... Sí, ¿decías, nena?
—¡Cokaine Diamond! —le reiteró—. Nos presentaron en el club de Molly la
Fleur.
—¿La quién?...
—La Fleur; acudiste al Funny Fairy el domingo pasado y coincidimos allí.
—¡Aaah, la rubia buenorra! Lamento el despiste, maja, Es que con tanta chica
arriba y abajo a veces mi cabeza... Excúsame de nuevo. ¡Mierda, Clodette! ¡Para ya
de colocarte y apaga eso, joder! ¡No ves que hablo por teléfono? ¡Ejem...!
¡Estupendo, Cokaine! ¿Qué te cuentas, muñeca?
—Pues verás, me preguntaba si aquella propuesta todavía permanece en pie.
—¡Claro, encanto! Fíjate tú que a lo mejor podrías suscitar el interés del
grandísimo Lanz Harper. ¡Increíble!, ¿verdad?
—Sí, supongo...
—Habrás oído hablar de él.
—En realidad, yo nunca...
—¿De veras? ¡Dirigió y produjo Seed of Lust (La semilla de la lujuria); arrasó la
taquilla el último verano! ¡El tío es un figura!
—Dispensa mi ignorancia, Brad. Sigo el género de lejos.
—¡Oh, lo comprendo, lo...! ¡FLASH! ¡Pero qué cojon...? ¡Maldita sea, Clodette!
¿Por qué tocas la Polaroid? ¡No se toca la Polaroid! ¿Adivinas cuánto vale cada
paquete de instantáneas? Venga, compórtate, que enseguida vuelvo contigo. ¡Oh,
Dios santo! Perdona, bonita...
—Descuida, hombre.
—En fin, ¿qué iba dicien...? ¡Ah! Harper pronto empezará a rodar su adaptación
de 2001: A Space Odyssey (2001: Una odisea del espacio), y precisa caras frescas.
Convendría enviarle un portafolio tuyo a la mayor brevedad posible. ¿Qué opinas?
—Conforme —asintió resuelta.
—¡Fabuloso, baby! ¡Opción acertada! Bien, consultemos la agenda. Estamos a...
—Once, jueves.
—Efectivamente. Mañana fatal... Pasado peor... ¿Y el lunes a eso de las cinco?
—Ajá, vale.
—De acuerdo, tomo nota... ¿Sabes dónde cae mi estudio?
—En el edificio Osmond; cerca de la biblioteca pública, ¿no?
—¿Biblio...? ¡Sí, cierto, cierto!
—Conozco el sitio.
—¡Perfecto entonces! ¡Chao, preciosa!
—¡Gracias, Brad!
—¡A ti, a ti!...
Colgó y el chisme escupió tres centavos de vuelta. «¿Una réplica verde de
2001?...».
Había visto la película de Stanley Kubrick tiempo atrás: era poco convencional,
cargada de simbolismo, enigmática, profunda, muy conseguida en cuanto a la
fotografía y los efectos especiales... El cine pornográfico justo emergía de la
clandestinidad y acusaba presupuestos bajos, tramas vulgares e interpretaciones
nefastas: semejante proyecto sonaba a completo disparate. «Para gustos, colores»,
concluyó frente al colmado de los Wilson.
En ese preciso instante la chifladilla salía de comprar golosinas y se la encontró
cara a cara. Hoy llevaba unas enormes orejas de Mickey Mouse sobre su
desmelenada cabeza.
—¡Caray, Apolonia! —casi le sobreviene un patatús—. ¿Y este disfraz?
—¡Oh!, ¿el colector electromagnético? —replicó con envidiable naturalidad—.
Capta las ondas theta del ambiente y las conduce al cerebro; ¡son muy beneficiosas!
—expuso en tanto palpaba una de esas aurículas—. Aunque puede que cubierto de
papel de aluminio doblara la capacidad receptiva, ¿no crees?
—Seguro que sí. Bueno, guapa, necesito un par de cosillas y...
—¡Quieta! —espetó brusca, reteniéndola del brazo—. ¡Detecto vibraciones
exóticas! —Empezó a examinarla a fondo.
Aquello rayaba lo inaudito.
—Recoges interferencias, mujer. ¡Anda, suficiente! —intentó esquivarla.
—¡Cokaine!
—¿Qué, Apolonia? (mohín de infinita paciencia).
—¡Percibo tu séptimo chakra revuelto!
—¡Vaya, mecachis la mar!
—¡En serio, rubita! ¡El aura no miente! —insistió tenaz.
—¿Sugieres que padezco una enfermedad?
—¡Dios quiera que no! Dime, ¿recuerdas si tropezaste con alguien raro?
La consulta indujo a que evocara la noche anterior. ¿Acaso el talento expreso
de George para estimular verracos lo convertía en un personaje estrafalario? Por
otra parte, las tendencias ocultas del jurista resultarían singulares o degeneradas a
ojos de la mayoría. ¡Y qué decir de su propia vecina, cuya idiosincrasia desafiaba
los límites del entendimiento! «Dónde trazo una línea que separe lo "normal" de la
"extravagancia" cuando existen tantos enfoques como personas. ¿Quién o qué es
bizarro en función de tal complejidad?», rumiaba distraída.
—¡Eh, despierta! —protestó Apolonia.
—¡Uy, perdona! Se me fue el santo al cielo.
—¿Y bien?...
—No, no. Nadie fuera de lo común.
—Hum... Un ente oscuro debió de cruzarse contigo casualmente —dedujo—,
sucede en muchos casos. Tranquila, tu aura sanará sola.
—Me quitas un peso de encima, chica.
—¡Oh, ahí llega Charly! —El pordiosero, que impelía el carrito vacío, asomaba
por la esquina—. ¡Tengo una idea! Lo seguiré a hurtadillas, a ver si averiguo de
dónde saca la mercancía. ¡El muy puñetero nunca me deja acompañarlo!
—¡Qué traviesa! —sonrió Cokaine.
—¡Hale, nena, que voy a esconderme! ¡Y en adelante vigila tus compañías!
—Será mi prioridad. —Libre a la postre, accedió al interior del comercio.
A Ágata Wilson, esposa del tendero, le habían soplado vientos acerca de los
quehaceres de la clienta recién personada; apenas sorprende que los vecindarios
gocen de vista y oídos incluso en las alcantarillas. Mientras que el marido no
prestaba ni pizca de atención a los chismorreos, ella poseía arraigadas convicciones
que la impulsaban a censurar cualquier conducta desviada de la justa moral.
Señora madura, seca y de aspecto recatado, nunca degustó la maternidad y aquello
la reconcomía de todas todas. «¡Ay, nada en esta vida me hubiese otorgado mayor
júbilo que un churumbel!», gimoteaba tan pronto como la ocasión lo permitía.
Quizá la citada carencia propiciara ese desmesurado interés hacia los asuntos
ajenos —intuían algunos— y así lograba evadirse de los personales.
Aunque Cokaine procuraba eludir sus insinuaciones, no podía evitar sentirse
reprochada siempre que pasaba por caja. De manera que una vez más hizo de
tripas corazón y comenzó a poner el género en la cinta transportadora.
—¿Cogiste todo lo imprescindible, reina? —Ágata le lanzó un gesto cortés.
—Eso espero... Disculpe, ¿estos yogures tienen descuento?
—Continúan de oferta, en efecto —asintió sin perder la sonrisa.
Tris tras, tris tras, una vaciaba el carrito; ¡clic-clic-clic...!, suma y sigue, suma y
sigue, la otra introducía los precios a la velocidad del rayo. El débil hilo musical
aparentaba correr un inquietante telón de acero entre las dos.
¡Ka-ching!: la registradora finalmente dispuso el total.
—Serán veintinueve con setenta y seis —Ágata arrancó la cuenta—. A
propósito, Pete Addams vino antes de ayer, y comentó que precisa ampliar la
plantilla... De pedírselo, presumo que te aceptaría encantado.
En el acto, entró la señora Harrison. Dirigió un saludo afectuoso en exclusiva a
la dueña, sustrajo una cesta de la pila, y se esfumó a través del pasillo.
—¿Oíste lo que dije, guapa?
—Sí, señora Wilson... —Cokaine le entregó el dinero—. Agradezco el detalle,
pero no estoy interesada.
Ágata retuvo la lengua hasta devolverle el cambio.
—Rechazar un empleo decente en estos tiempos no corresponde a una chica
lista, ¿uh?
—Dudaría de mi sensatez, señora —recogía presurosa—, si aceptara pasar la
jornada en una cadena de montaje.
—Bueno, querida, el verdadero trabajo cuesta o es poco agradable —repuso
Ágata con actitud paternalista.
La gachí encendió una llama malévola en las pupilas.
—De hecho, acaba de surgirme algo bastante prometedor —le largó de
sopetón.
—¡Caramba, excelente noticia! ¡Cuéntame!
—Pues mire, me proponen actuar en una película pornográfica. ¿Qué le
parece?
La dueña quedó tan estupefacta que no pudo articular palabra al recibir las
«¡Buenas tardes, señora Wilson!».
¡Quién diablos creía que era esa mujer?; la joven regresaba a casa cargada
como una mula y fuera de sus casillas. «¡Que utilicen mi cuerpo para fornicar no
resulta menos digno que si lo emplean de cara a producir en masa!», despotricó
cruzando la calzada.
Lejos de la mente de Cokaine volaban los sueños de progreso, riqueza o
adulación. Solo aspiraba a sobrevivir en un mundo que aparecía extraño, obtuso y,
con demasiada frecuencia, cruel o adverso. Nada le exigía a la vida, salvo disponer
cuanto fuese posible del valor que más apreciaba: el propio tiempo. Tal vez esta
oportunidad le brindara cierto equilibrio entre lo ajeno y la voluntad personal.
Forasteros

Aquel sábado el Funny Fairy estaba patas arriba. A primera hora de la mañana,
aparcaron detrás del club dos camiones cargados con toda la artillería necesaria
para montar el tan anunciado concierto de rock y la actividad era frenética. Molly la
Fleur tomaba su té favorito en un recoveco, asombrada del tamaño que adquiría el
escenario a medida que lo armaban. Hacia las once quedó más o menos listo y
entraron en acción los técnicos de luces y sonido: cables, focos, soportes, altavoces,
micros, monitores...; el despliegue de artilugios y cachivaches parecía no acabar
nunca, aunque, como piezas de un puzle, cada cosa encajaba donde debía, a fin de
que las pruebas de sonido iniciaran puntualmente. Firme y comprometido es el
mundo de la farándula, no cabe duda.
Al término del almuerzo acudió Albert Grossman: insigne representante
musical que, en la década anterior, tuvo a cargo artistas del calibre de Janis Joplin y
Bob Dylan. A mediados de 1970, empero, fue acusado por el famoso músico de folk
de pellizcar las cuentas, y en octubre del mismo año falleció la dama del blues;
circunstancias que lo alejaron de la escena durante un breve periodo. De vuelta al
ruedo, ahora acompañaba a la novedosa y arrolladora banda Black Panties en su
gira de debut alrededor del país. Hombre robusto, con cabello grisáceo, voz
profunda y de aspecto afable, quiso conocer a Molly antes que nada, y después de
limpiarse las gafas, emprendió la supervisión del tinglado de la forma más
concienzuda posible.
Pasadas las cinco apareció la fastuosa limusina que traía a los miembros del
grupo. Ante el alborozo de la multitud que los aguardaba bajo un sol de justicia,
dedicaron varios minutos a firmar autógrafos.
Preferencias musicales aparte, y sin ánimo de contrariar la pasión de aquellos
fanes bronceados al extremo de chuletas a la barbacoa, tal vez a una mente
inquieta podría extrañarle que esas canciones —tan chabacanas que tildarlas de
«pegadizas» las encumbrarían— consiguiesen aterrizar en las principales emisoras
del sur del país. Pues bien, todo empezó a raíz de la tenacidad de Herschel
Atkinson, cantante y adalid del conjunto, quien, trabajando de albañil, reformaba el
palacete de un reputado productor de Los Ángeles (California). Ya que remover
argamasa no lo complacía en absoluto, pronto se las compuso para seducir a la
esposa del magnate. La señora, cuyo esplendor tocaba al timbre de la tercera edad,
falta de inquietudes, ociosa y hastiada de todo, recobró la chispa de la vida gracias
a los arrumacos del desdichado pero carismático zagal, y, en agradecimiento, tocó
algunos hilos.
Por fin el buenazo de Hershel pillaba la senda correcta: al cabo de unas cuantas
lecciones de canto e interpretación, juzgaron conveniente orientar tan escaso
talento hacia donde menos desluciera; o sea, el panorama roquero. En lo sucesivo
hubo que buscarle músicos profesionales que dieran la talla: Alvin Anderson a la
guitarra, un batería llamado Ted Álvarez, y el bajista Randall McIntosh fueron los
afortunados. Asimismo, y a tenor de las expectativas de la compañía discográfica —
la cual aspiraba a crear un producto de vanguardia—, alguien expuso la brillante
idea de recurrir a la pericia de un reputado estilista. El tipo ventiló la cuestión a
base de emperifollarlos con pantalones de licra, camisetas de vinilo, pañuelos de
colorines gritones, botas de plataforma; maquillaje a mansalva y postizos cardados.
Visto el aspecto definitivo de los cuatro, una secretaria susurró a otra: «¡Madre
mía! ¡Parecen travestis que celebran Halloween!».
Así, tras dos meses de sudar sangre a las órdenes de un prestigioso arreglista,
los Black Panties dieron a luz su álbum inaugural, titulado Twisted dolls (Muñecas
retorcidas). Aquel trabajo caló milagrosamente entre la crítica especializada;
incluso el tema Zombie Love (Amor de zombi) obtuvo un puesto destacado en las
listas de la revista Billboard. Todo iba redondo y a principios de junio iniciaron la
tournée proyectada. La única pega era el comportamiento enervante del vocalista,
que provocaba fricciones cada dos por tres... No hay miel sin hiel, suele decirse.
A continuación de una comida ligera, el cuarteto aguardaba la hora de pisar el
escenario en el vestidor del Funny Fairy. Entretanto los instrumentistas calentaban
motores, Hershel bebía y armaba bulla igual que un cosaco recién llegado del
frente.
Alvin, hastiado, dejó de tocar para advertirle:
—¡Céntrate y aparca la priva! ¡Haz el favor, compadre!
Ted, que redoblaba las baquetas sobre el banquillo, convino:
—¡Lleva razón, hombre! A este paso echarás la pota a mitad del show.
El interpelado produjo un desagradable eructo, a modo de réplica, y, chacotero,
enterró la nariz en la montaña de coca del tocador.
—¡Sniiiif! ¡Hostia puta! ¡Menudo puntazo, ja, ja, ja...! —exclamó eufórico. Y al
tiempo que se limpiaba los residuos del polvillo, les soltó—: ¡Fresco como el
salmón del pescadero! ¿Satisfechos, carcamales?
—Procura serenarte —reiteró el guitarrista—. Hablo en serio.
—Ahora que lo mencionas, colega, una mamadita (movimiento soez) me
aliviaría cantidad —Hershel derramaba agitación—. ¿Dónde carajo están las
grupis? ¡Aquí faltan tetas y coños! ¡Faltan tetas y coños! ¡Faltan tet...!
—¡Ya escuchaste a Grossman! —lo cortó Randall, que también tenía la mosca
detrás de la oreja—. ¡Conque cierra el pico y para de fastidiarnos! Sigue, Alvin; a
ver esos acordes.
—Vale, mira: primero do —rascaba las cuerdas—, luego si bemol, fa, y do de
nuevo.
—¡Mola!... ¿Y si aceleramos el tempo? —El bajista subió una pizca el volumen
del pequeño amplificador—. ¡Arranca, que te acompaño! —Ambos cuadraron la
melodía.
Ted, por su parte, marcaba el compás.
—¿Qué opinas, Hersh? —quiso saber—. ¿Alguna idea?...
—Pues ya que lo pides, quietecitos no daríais tanto la gaita —le largó de malas
maneras.
De improviso, golpearon a la puerta.
—¡Avante! —chilló Alvin.
—¡Buenas noches! —una moza harto atractiva asomaba la cabeza—.
¿Permiso?...
—Sí, sí, pasa.
—¡Uau! ¡Que me aspen! —la visita enseguida atrajo el interés del cantante—.
Di, monada, ¿quién eres?
—Cokaine. ¡Hola! ¿Y tú?
—¿Oísteis, viejos? —Hershel reía sarcástico—. ¡La chorba rebosa sentido del
humor!
—Hum... No pillo el chiste, amigo —objetó ella.
—¡Una treta muy original la de colarte y fingir no conocernos je, je...! —Fue
hasta su vera y, fanfarrón, le susurró—: Puedes cortar el rollo, nena. Has captado
mis cinco sentidos.
La joven hizo caso omiso y se dirigió a los demás.
—Lamento molestaros, chicos, pero necesitaría un momentito a solas, porfa —
señaló las taquillas—. Seré rápida, prometido.
—¡Eso, piraos, carcamales! ¡Que esta y yo intimaremos!
—Claro, guapa —le contestó Alvin, alzándose. Ted y Randall lo imitaron. El
irritante socio, estático, atendía al vuelo de un insecto—. ¡Espabila, listillo!
—¡Aguafiestas de mierda! —Hershel obedeció, si bien en lugar de salir, dispuso
el cerrojo.
—¡Eh! ¿Qué pretendes, tío? —lo reconvino Cokaine.
—¡De acuerdo, muñeca! —Sacó el pajarito fuera de la jaula—. A esto viniste,
¿verdad?
—¡Tú alucinas, chaval! —le dijo a media carcajada—. Afloja un par de cientos y
quizá lo considere —añadió satírica, brazos en jarras.
—¡Leñe! ¿Desde cuándo cobráis las admiradoras por el privilegio?
—¡Y dale!... ¡Acaso parezco una pánfila encandilada, pesado?
—¡Ja, ja, ja...! Eres tope graciosa y, ¡ufff!, estás cañón; lo reconozco. ¡Anda,
apresúrate! ¡El reloj corre!
—Mejor guarda esa culebrilla escuálida y desaparece de mi vista, mequetrefe.
—¡Aúpa, vaya fiera! ¡Me pone! ¡Me pone mucho!
¡POM-POM-POM...!
—¡Hersh! —vociferó Alvin desde el exterior—. ¿Qué diablos sucede ahí?
—¡Nada, nada, viejo! ¡Todo va fenomenal! —depuso él.
—¡Lárgate cagando leches o te arrepentirás! —insistió la gachí—. ¡Última
oportunidad!
Hershel contrajo el rostro de ira.
—¡Zorra asquerosa! ¡Cómo osas amenazarme? —Y presa del arrebato, la
agarró bruscamente del pelo.
—¡Ouch...! ¡SUÉLTAME, HIJOPUTA!
—¡Vas a tragártela sin rechistar! ¡Porque si no...!
—¡Deprisa, pibe, abre! —el bramido pertenecía a Ted—. ¡Un sujeto enorme
viene hacia...!
—¡IDOS A PASEO DE UNA PUÑETERA VEZ, CARGANTES!
—Tres... —Cokaine dibujó una risita burlona en los labios.
—¿Uh...?
—Dos...
—¿Qué diantre cuentas?
—Uno...
—¡Grrr! ¡Furcia de los cojon...!
¡BAM!, la puerta salió despedida con la fuerza de un estallido y detrás surgió
Big Jerry: en cuestión de un suspiro lo agarró por el pescuezo.
—¡Aggggh...! —los pies del menda oscilaban a cuatro palmos del piso.
—¡No se trata así a las damas, señor! —censuró la voz infantil y pausada del
coloso—. ¡Es usted un mal educado!
Los otros tres fisgaban a hurtadillas.
—Diez pavos a que le quiebra el gaznate como si fuera un pollo —susurró
Randall.
—¡Dios santo! —Ted mostraba auténtico congojo—. ¡Esa mole nos joderá el
curro!
—¡Acepto tus diez, Randy! —Alvin alargó la mano.
En pleno apretón, Ted intervino:
—¡Arrea! ¡Está meándose!
—¡Jua, jua, jua...!
—¡Jo, jo, jo...!
—Basta, Big —Cokaine abría la taquilla—. Libéralo o dejará el suelo hecho un
asco...
Jerry lo devolvió pies a tierra y le impuso:
—¡Pida perdón a la señorita de inmediato, caballero!
Hershel, falto de aliento, sudoroso, mojado de pis y caído en desgracia, subió su
calzón, todo trémulo. Seguidamente, cabizbajo, farfulló algo parecido a una
disculpa. «¡Piérdete, miserable!». Y con el rabo entre las piernas, eso hizo.
—Escuché que le decías una palabrota fea, feísima... —sonrió Jerry.
—¡Ostras! ¿Incluso a través del tabique? —repuso ella—. ¡Porque sé que
espiabas!, ¿eh, briboncete?
—¡Afirmativo, ji, ji, ji...! —Señaló el audífono—: ¡Esto funciona requetebién!
—¡Me alegro tanto! ¡Acércate, hermoso! —El forzudo puso la mejilla y recibió
un besazo—. ¡Mil gracias, cariño!
—De nada —balbució, ruborizado.
—Bueno, grandullón —Cokaine contemplaba el marco vacío—, esperemos que
la jefa sea indulgente...
Jerry, en previsión del rapapolvo que le caería, torció una mueca de angustia.
Tres cuartos de hora antes del inicio del espectáculo habían abierto el acceso y
el público llenaba la plaza. Molly sospechaba el motivo de la inoportuna ausencia
del gigante y atendía la barra con un humor de perros que tumbaba de espaldas.
«¡Condenado voyerista! —maldijo a su vuelta—. ¡No ves que estamos a reventar?
¡Taparé el jodido agujero! ¡Sanseacabó!». El muy pillastre contuvo la lengua
respecto al destrozo; tampoco era esencial informarla en ese preciso instante...
Simuló arrepentimiento y anduvo a lo mandado.
Acicalada de arriba a abajo, Cokaine cruzó la salida de servicio rauda cual
gacela que evade a un depredador: acababa de sisar la droga de la coqueta en
concepto de daños y perjuicios. «¡Esnifad la purpurina que le echáis a las pelucas!»,
murmuró divertida en dirección a la rotonda.
El grueso del ambiente circundaba el Funny Fairy, apenas corría un alma una
calle después. Semejante quietud y el soplo del airecillo templado sentaban de lujo.
Al aproximarse a la terraza del Burger Flash, distinguió aquel muchacho que tuvo
la amabilidad de socorrer a George la otra noche. Le pareció curioso que escribiera
tan absorto mientras mordisqueaba el bocadillo. «Fue amable, considerado... ¿Qué?
¿Lo abordo?».
—¡Eo, motorista! —profirió en tono suave. Él alzó la mirada—. ¡Hola! ¿Me
recuerdas?
—¡Desde luego! —sonrió—. ¿Qué tal, bonita?
—¡Vivita y coleando, rey! Buen provecho.
—¡Ah! Cenaba, gracias... ¿Te apetece tomar algo?
—¡Uy! ¿Invitas a cualquier desconocida, Don Juan?
—Únicamente a las rubias que reclaman auxilio en los moteles...
—¡Ja, ja, ja...! ¡Touché, corazón! Por cierto, soy Cokaine.
—Lou. Encantado —se levantó—. ¡Muac!
—¡Muac! Mucho gusto, Lou.
—Adelante, siéntate (ademán cordial). ¿Qué deseas?
—Oh, pues... ¿Has probado el cóctel de tequila de la casa? ¡Está de miedo!
—No, pero suena deleitable.
—¿Encargas dos y los saboreamos juntos?
—Será un auténtico placer.
—¡Ole, simpático!
Expedito, Lou recogió la bandeja y engulló el último pedazo de sándwich de
camino al interior del bar.
El cuaderno cerrado, arrinconado en el ángulo de la mesa, enseguida la atrajo.
Era bastante voluminoso. La tapa, azul marino, lucía ajada del uso. ¡Qué irresistible
tentación! Constató que desde la barra a duras penas la avistaba. «Aquí no sirven
fuera... ¡Dispongo de unos minutos!».
Al abrirlo observó que escribía con letra pulcra, regular, picuda e inclinada a la
derecha. «Bonita caligrafía». Quedaban pocas páginas en blanco. Comenzó a leer
una de las intermedias: «... Dijo que se llamaba Douglas; Douglas no-sé-qué... Yo
había mamado lo mío y, francamente, a intervalos experimentaba el pálpito de
flotar en uno de esos enrevesados lienzos de Jackson Pollock. Todo alrededor
parecía abstracto: ajeno, remoto e incomprensible. El antro en el que nos
encontrábamos, ubicado debajo de un edificio antiguo, era cochambroso, lúgubre,
además de húmedo. Los vapores del vicio manaban a contraluz como espíritus
errantes que huyen de la sombra para revivir; entre medio, la humareda de un
cigarrillo mal apagado retorcía el serpenteo hasta fundirse con ellos. Olía a moho,
alcohol, tabaco y aftershave; insólito hedor, en efecto. Sea como fuere, al menos
permanecía a resguardo: la lluvia aún bajaba a cántaros. Lo supe porque entró
alguien sacudiéndose el abrigo empapado. ¡Menuda tempestad la de aquella noche!
»Recuerdo también que sonaba un ragtime. Estilo vivaracho que no pegaba ni a
tiros ahí. Carecía de importancia; las notas, juguetonas, danzaban en mi cabeza y
casi lograba percibir el ajetreo de la modernidad ingente del San Luis de 1900 de
Scott Joplin. De repente, un eco lejano: Douglas, de unos cincuenta, moreno,
delgado, apuesto y, por su talle, acomodado, charlaba conmigo. Cuando ordenó la
ronda, comprendí que culminaba ese pacto no verbal ni escrito en el que uno habla
y el otro escucha.
»Abrí las orejas. El tipo, altivo, desembuchaba a fondo. Dedicado en cuerpo y
alma a los negocios, según expuso, fue víctima de una artimaña —trivial, puestos a
opinar— por parte de un camarada de oficina. «Ocurre a diario... Ignórelo usted»,
aprecié yo. Douglas, a diferencia, lejos de despojarse del tema, fondeaba en aguas
oscuras, pendiente de regresarle la pelota tarde o temprano. Durante su perorata,
calculaba cuánto vigor y recursos hacen falta de cara a mantener encendida la
llama del ego. ¡Qué desperdicio de ímpetu, Dios santo! ¿E intentar distraer la
irritación en alternativas? La sugerencia resultó inútil: el orgullo chorreaba de
aquel hocico lo mismo que una cascada al cabo del monzón. Mi inquietud inicial
descendió en picado: poco aporta quien ondea el estandarte de la revancha, salvo
el polvo y las cenizas de los rencores que lo consumen». «¡Canastos!», resopló del
impacto.
El joven trajo los combinados acto seguido de que restituyera el bloc.
—Señorita... —posó la bebida frente a ella.
—¡Muy agradecida, caballero! ¡Hale!, ¿a qué esperas? ¡Échale un traguito!
—Conforme. Allá voy. ¡Glup! ¡Mmm...! Entra suave. ¡Sabe rico!
—¿A que sí? Me pirra el toque ácido del limón. —Elevó la copa; él convino y,
¡clinc!—. ¡Chinchín!
—¡Salud! —Tras sorber de nuevo, se frotó el bigote, esbozó una mueca pícara e
introdujo—: ¿Me comentas ahora acerca de lo que leíste?
Desconcertada, Cokaine admitió:
—¡Cómo demonios...? —Lou, chistoso, repuso el lápiz sobre la libreta, tal cual
lo dejó. Intercambiaron risas—. ¡Ajjj! ¡Con la urgencia obvié el detalle! ¿Puedes
excusarme, cielo?
—Descuida. Prefiero el interés a la desidia.
—La verdad, el fragmento estaba chévere; ameno y profundo a la par. Eres
escritor, supongo...
—Solo si beber lo convierte a uno en bebedor —replicó guasón—. Anoto
experiencias, encuentros, reflexiones...; no como de pulir el lápiz.
—¡Oh! ¡Una real pena!
—No, no importa (visaje de impasibilidad).
—Luego, ¿profesionalmente a qué...?
—Poseo experiencia en artes gráficas.
—¡Ah, caramba! ¿Acudes a la urbe a trabajar, quizás?
—Depende de las opciones que surjan.
—Ajá... A propósito, Lou, ¿recobró la compostura el muchacho del ataque?
—Presumo que sí: la Chevrolet frente a la habitación había desaparecido y
nadie respondió a la puerta.
—Pobre George... Pensé que la palmaba, te lo juro.
—¡Córcholis, mujer!
—Suerte que «don oportuno» rondaba el sitio apropiado en el momento
preciso, ¿uh? —le puso ojitos.
—Mera coincidencia.
—Aprecio cuanto hiciste, cariño. De no ser por ti...
—Pierde cuidado —gesticuló quitando hierro al asunto.
—¿A la salud de George? —propuso Cokaine, en contestación.
—¡Dondequiera que esté! —Brindaron. Ella vació la copa—. ¡Caray, chica!
¿Otra ronda?
—¡Qué majo!... ¿Continúas hospedado en el Paradise?
—De momento —depuso, jovial.
La moza dejó caer una mano intrépida encima de su antebrazo velludo.
—¿Qué te parece si me subo contigo a esa moto tan chula que tienes —lo
acariciaba, sugerente— y buscamos la privacidad del motel?
—Err... Tu invitación es halagadora, de veras. No obstante, debes disculparme.
—¡Negarse al capricho de una gentil doncella resulta ofensivo e impropio de
un caballero, señor mío! —reaccionó, comedianta—. No querrá vuestra merced
estropear esta grata coincidencia.
—Asumo el riesgo, milady —le siguió el juego—, y aceptaré de buen grado
cualquier desenlace producto de mi arbitraje.
—¡Oh, vamos! ¿Tienes esposa? ¿Novia? ¡Tú no eres gay!
—Nada de eso.
—¡De dinero dispones!
—Del suficiente.
—¡Vaya! —suspiró apenada—. Creía que congeniábamos y te gustaba...
—Y así es.
—¡Chico! Entonces, ¿qué problema...?
Lou adoptó un talante reflexivo, honesto, y adujo:
—Verás, Cokaine, cuando saco el tique del cine, entiendo que voy a presenciar
una farsa; acomodo la percha en la butaca, asumo el papel de espectador y disfruto
del film. A la hora de mantener relaciones, en cambio, vivo el acontecimiento de
primera mano. Hasta donde yo sé, tal circunstancia requiere franqueza mutua,
porque el gozo de la compañera repercute en el mío.
La simpleza del razonamiento la sorprendió. ¡Qué extraño personaje! Notaba
como si aquella mirada afable la traspasara y consiguiese profundizar en ella igual
que en un libro abierto. Al margen, la calidez y determinación de su timbre grave, el
carácter distinguido —aunque modesto—, tierno, directo e ingenioso, otorgaban a
Lou un magnetismo extraordinario. «En tanto que los hombres con quienes
alterno, acaso faltos de cariño, en busca de poder o del propio regocijo, transigen
sin remilgos ante lo obvio, este solicita auténtica complicidad», reflexionó.
Y qué mejor que soltar una ocurrencia que la eximiera del pequeño fiasco:
—Por fortuna, el resto prescinde de tu sensatez, cielito; de lo contrario no
ganaría ni para pipas...
El tino desencadenó la hilaridad de ambos. Al término, Lou dijo:
—Lo siento, hermosa. Lamento tu pérdida de tiempo.
—¡Qué va, tontito!... —buscaba el tabaco—. Si te soy sincera, jamás me había
sentado tan bien una negativa —manifestó.
—Y a mí tan mal declinar una oferta —contrapuso, socarrón.
Brotaron más carcajadas.
—Eres adorable. ¿Fumas?
—¡Acepto, gracias!
Cokaine le ofreció lumbre. Prendió su cigarrillo también y, después de arrojar
la bocanada, intervino:
—Enfoques similares al tuyo escasean...
—Menos frecuente resulta hallar beldad, inteligencia y gracia, todo junto.
—¡Granujilla lisonjero! —exclamó risueña, recogiendo el bolso—. En fin,
«míster interesante», te dejo a lo tuyo. ¡Encantada, guapísimo!
—Igualmente.
Aconteció un mimo de despedida.
—Suerte con la faena.
—Gracias, linda. ¡Cuídate mucho!
Cokaine reanudó la marcha a desgana. Lo cierto es que hubiera permanecido.
«Dotes de conversador no le faltan. Y escribe guay...». Un raro efecto la recorría
mientras avanzaba. Tal vez fuera la sensación de confort que experimentó en
compañía del accesible y peculiar «desconocido». De él apenas destacaba la
apariencia o condición física: su atractivo fluía desde dentro, como una especie de
aura que, además de cautivar, arropa al mismo tiempo.
Cerca de la esquina detuvo el paso.
—¡Ey! —le llamó la atención, impulsiva.
—¿Sí?...
—¡Disfruté de nuestra charla! ¡Lo sabes!, ¿no?
—¡Claro! ¡Ídem!
Ella le lanzó un beso y él lo atrapó.
Cosas de críos

Al cabo de sesenta y cinco años de vivir en completa plenitud, a John Pettiford


ya solo le rondaba una única idea por el pensamiento: la muerte. Quería que viniera
a buscarlo cuando lo ayudaban a levantarse de la cama, mientras se lo hacía encima
del pañal, entretanto regurgitaba los purés que Anne —su estimada y devota
esposa— le preparaba jornada tras jornada; también durante esas interminables
estancias junto a la ventana o delante del televisor. Y cada noche, antes de conciliar
el sueño, aquella alma triste, marchita y silenciosa, rogaba a Dios, pidiendo irse en
paz de una puñetera vez para siempre.
A despecho de la enojosa situación, John adoraba al nietecito. Permanecer
cerca de él, a todas luces, conseguía aligerar una pizca tan lúgubre ocaso. Bien
seguro que la sonrisa clara, espontánea e inocente del bebé, así como los
simpáticos movimientos que, todavía torpes e imprecisos —aunque vigorosos—,
anhelaban aferrarse al nuevo mundo, infundían un atisbo de esperanza en el
decrépito anciano.
Resulta que Pamela, hija única del matrimonio, volvió a casa a principios del
verano, después de romper una relación de casi dos años. En suma, las
perspectivas de la muchacha pegaban un giro de ciento ochenta grados, y ahora iba
a la caza de empleo lo mismo que un gato detrás de un ratón. El hado le sonreía en
parte, puesto que la mejor alternativa acorde a sus aspiraciones se encontraba en
Santa Fe, donde, al día siguiente, la aguardaba una entrevista muy prometedora. A
Anne no la seducía en absoluto la idea de que el pequeño Curtis tuviera que
quedarse bajo la custodia del yerno, a quien detestaba, pero las circunstancias
exigían este arreglo.
En el cuarto de estar, la pareja de veteranos disfrutaba de los últimos instantes
con el niño, previa separación de él.
—¡Caracoles! ¡Fíjate cómo agarra tu dedo, yayo! —exclamó una Anne jocosa.
—Ene... ucha... ferza... —repuso John a través de los desviados labios.
—¡Pues claro! ¡Nuestro Curtis rebosa fortaleza y apostura! —la mujer cogió
inclinación para cosquillearle la barriguita—. ¿Verdad, mi rey?
—¡Gugú...! ¡Ga, ga, ga...! —A más carantoñas, mayor el regocijo del briboncete.
—Explícale al abuelo el porqué de esta risa. ¡Venga, di! ¿Qué te hago?...
John quiso responder por boca del bebé.
—¡Osquilas, ha, ha, ha...! E haze osquil... ¡oug! ¡Cof-cof-cof...!
—¡Válgame Dios, cariño! —Rauda, atrapó la taza de la mesita contigua—.
Toma, bebe un poquito de caldo.
—¡Cof-cof...! ¡Glup! —el sorbito detuvo la tos—. ¡Ains...! —exhaló de alivio el
pobre hombre.
—Epa, que te limpio eso tan feo... —Extrajo el pañuelo del bolsillo del delantal
y le retiró los restos de baba amarillenta del mentón—. ¿Ves, Curtis? El abuelito
también necesita cuidados, igual que tú.
En aquel momento sonó la puerta del piso.
—Va a caer una... —dijo Pamela, entrando apresurada—. El cielo pinta fatal.
—Odio que cojas el auto si amenaza mal tiempo, chiquilla —replicó Anne.
—¡Ay, no empieces, mamá! Será un simple chaparrón.
—Bueno —la señora opuso una mueca circunspecta—. ¿Lo cargaste todo,
querida?
—Eso creo... —Pamela echaba un vistazo alrededor.
—Escucha, hija, ¿sigues convencida de esto? Aún puedo telefonear a la tía Betty
y...
—¡Ya lo discutimos, mamá, no insistas! Tía Betty trabaja y tú abarcas de sobra,
¿no te parece?
—Pero me fío menos de tu ex que de...
—¡Oh, tranquilízate! ¡Es su padre a fin de cuentas! Sobrevivirá un par de días
sin nosotras. ¡Tráelo, anda! —Acomodó a Curtis en el cochecito, y luego anduvo a
despedirse de John—. Cuídate, ¿vale, papá? —le besó la mejilla.
Anne aventajó el paso con la intención de solicitar el ascensor. Abiertas las
compuertas, reiteró:
—Llámame en cuanto llegues al hotel, ¿de acuerdo?
—Descuida, mamá...
—¡Muchísima fortuna, preciosa! —Ambas formalizaron un fuerte abrazo—.
¡Adiós, Curtis, tesoro!
Pamela conducía hacia el centro de la ciudad cuando, de golpe y porrazo,
comenzó a llover a mares. Descargaba tal cantidad de agua que el limpiaparabrisas
apenas daba abasto. «¡Ahí va! —gruñó de pasmo—. ¡No atisbo un pimiento!».
Redujo el ritmo y redobló la atención.
En plena calle Hawthorne, el autobús de delante produjo un frenazo abrupto y
tuvo que reaccionar. Comprobó el estado del pasajero de atrás: Curtis sonreía. Ella
suspiró de alivio. Al restablecer la marcha, distinguió a dos transeúntes que
ayudaban a una señora a levantarse del suelo. «Pobrecilla, habrá resbalado debido
al temporal...». La corriente arrastraba su paraguas y el del chubasquero salió tras
él.
El tráfico crecía según avanzaba. La urbe parecía sumirse en un caos
generalizado; a la mínima retención, los cláxones evidenciaban el estrés y las
maneras de algunos automovilistas. Y si bien el tiempo no acompañaba, para
colmo, la gente tenía más prisa que nunca...
Amarrado a la sillita cual astronauta que franquea el espacio, Curtis
contemplaba ojiplático el desfile que acontecía por la ventanilla. Aquel sinfín de
apariencias originales, la seductora turbulencia de fuera, el poder de la naturaleza
encima de él...; todo ello lo asustaba y atraía en equivalente proporción. En
ocasiones estiraba el cuello, como si pretendiera entablar conversación con
quienes capeaban el aguacero debajo de cornisas y toldos. Un perro sacudiéndose
la lluvia del pelaje le hizo especial gracia. Enfrente del semáforo, al término de Rock
Creek St, mamá volvió la testa y dijo: «¿Te apetece ver a papi, corazón? —El nene
gesticuló de forma singular—. Lo sé, mi vida, a mí tampoco me entusiasma». El
disco cambió de súbito; Pamela se puso en circulación.
A poca distancia del punto de destino radicaba una zona de carga y descarga.
Aparcó allí. La tempestad no cedía un ápice. Consecuencia del palmario
atragantamiento de las alcantarillas, la vía alojaba una pulgada de agua. «Suerte
que añadí zapatos de repuesto en el equipaje...», pensó al bajarse. Sacó aprisa las
cosas del crío, dispuso a Curtis en el carrito, y contra viento y marea, aceleró hacia
el portal del edificio Osmond.
—¡Dichosos los ojos, señora Murphy! —exclamó el conserje al instante de
apreciarla—. Permítame... —Fue a prestarle ayuda—. ¡Menuda tromba!, ¿verdad?
—¡Jesús! —resopló Pamela, fatigada—. Buenas tardes, Osvaldo. Gracias —le
cedió los bártulos—. Aunque ahora utilizo el apellido Pettiford —quiso esclarecer.
—¡Oh! Lamento mucho oír eso, señorita. —El empleado depuso la carga
rellano adentro y, a continuación, lanzó una mirada afectuosa al churumbel—.
¡Caramba, carambita! ¿Quién asoma por aquí la cabecita?
—¡Adelante, Curtis! ¡Saluda a este señor! —intervino mamá.
—¡Gagá...! ¡Gugú...!
—¡Hola, hola, chiquitín!... ¡Qué majo! ¿Cuánto tiene?
—Hará seis meses la próxima semana.
—¡Ah! ¡Entonces eres un completo muchachote! —bromeó.
La joven ojeaba el reloj.
—¿Avisas a Brad, por favor? Debo coger el tren y voy cronometrada.
—Enseguida, señorita —convino, servicial.
De modo inminente compareció un sujeto en torno a los cuarenta, alto,
moreno, delgaducho, con cabello rizado y largas patillas, que llevaba un aparatoso
calibrador de luz colgado del cuello.
—¡Pam! ¿De dónde sales? —despidió, confuso.
—¿A qué viene la extrañeza? (ademán acalorado). Traigo a Curtis, conforme
quedamos...
—¡Pero dijiste el miércoles!
—¡Mecag...! ¡Mencioné bien claro que lo dejaba HOY, LUNES, y lo recogería EL
MIÉRCOLES, zoquete! ¡La reunión es mañana!
—¿En serio? —Brad se rascaba el cogote—. Yo hubiera jurado...
—Definitivamente, chico, tanta teta alrededor ablanda el indicio de seso que
conservas.
—¡Oh, basta de darme la vara! ¿Acaso no recibes la pensión a toca teja?
—¡Puff! ¡Faltaría más, señorito! —le soltó, irónica—. Y, dicho sea de paso, la
labor no implica tirarte el tropel de pendonas que desfilan ante ti.
—Bonita, mis asuntos ya solo son cosa mía —objetó él, indolente.
—¿Me incumbían durante nuestra «relación», quizá?...
—¡Oh, vamos, nena! Hiciste una montaña de un miserable grano de arena y...
—¡BRAD MURPHY! —atajó, llena de furia—. ¿Sabes cuál es tu problema,
encanto?
—¡Cómo no, señorita Pettiford! ¡Escúpalo usted!
—¡A duras penas logras la categoría de cabeza hueca!
—¡Vaya! ¡Habló doña perfecta! Olvidaste tus días de vino y rosas, ¿uh?
—¡Cómo te atreves, desgraciado?...
En función de la penosa tesitura, Osvaldo intentó hallar refugio detrás del Palo
Largo Journal desplegado de punta a punta. No contaba con otro parapeto y la
escalada bélica iba a peor. Trató de concentrarse en las noticias deportivas: la
aplastante victoria de los Albuquerque Dukes sobre los Tacoma Rainiers
atiborraba la columna dedicada a las ligas menores de béisbol. Sin embargo, a los
bramidos de la ex pareja se le unió el llanto de la criatura, y aquello devino un
verdadero campo de Agramante. «¡Órale! ¡Alertarán incluso a los del ático!»,
susurró, achaparrado en el asiento. Cuando la anciana señora O'Neill, del tercero
segunda, llamó para que le cambiara la bombilla del aseo, agradeció al cielo y salió
escopeteado igual que si huyera de la peste bubónica.
Brad Murphy acusaba un sudor gélido mientras le recitaban el Padre Nuestro
acerca de los cuidados del peque. La sarta de instrucciones no concluía ni a la de
tres y lo pillaba más desprevenido que un carpintero sin clavos. «¡Rediez! Cité a la
rubia a las cinco. Luego le toca a Janine. ¿O era Jeanette?... Aparte, prometí asistir al
guateque de Warren. ¿Cómo narices voy a apañármelas?»; la frustración
aumentaba a medida que discurría. «¡Ah, y nada de fumar cerca de él!
¿Entendido?», fue lo último que disparó Pamela antes de largarse toda airada.
En la soledad del individuo resonaron altos y claros los primeros compases de
la Marcha fúnebre de Chopin. Preocupado y alicaído, atenazó los pertrechos,
empujó el carrito dentro del ascensor, y pulsó el botón del quinto.
Curtis puso sus sentidos a pleno rendimiento tan pronto como ingresó en el
loft de papá. Había una sección a modo de estudio, abarrotada de focos, reflectores,
difusores y fondos, que lo sedujo sobremanera. El área doméstica no era ni de lejos
la mitad de estimulante.
—Bueno, chavalín... Acabé instalándome en el lugar donde faeno. ¿Te gusta?
—¡BUAAAA!
Al fotógrafo se le erizaron hasta los pelos de la nuca. «¡Ay, madre! ¡Pues sí que
empezamos con mal pie!». Lo asió (¡aúpa!) en brazos. «¡Oooh! ¿Qué te ocurre?
¡Díselo a papaíto!». Cierto tufillo le dio una ligera idea de por dónde iban los tiros.
«Conque es eso, ¿eh? ¡Descuida, hombre! ¡A mí me apodan "el rey de los pañales"!».
Lo mismo que una turbulencia desatada, trincó la bolsa de los útiles del infante.
En tanto rastreaba lo necesario, escarnecía a la ex, imitando su peculiar tono de
voz: «Recién levantado, esto; después, aquello. Si el culete está así, úntale esta
cremita; si luce asá, la otra. A mediodía no te olvides de tal. Al acostarlo, de
blablablá, blablablá... ¡A veces me pregunto cómo diablos pude enamorarme de
ella!».
El llanto lindaba lo humanamente soportable. «¡Un segundo, hijo!... ¿Y el
puñetero talco?». Tiró de la cremallera del costado. «¡Ah, aquí!». Hizo falta despejar
la mesa de revistas indecorosas, trastos y cacharros varios, a fin de proveerse de
espacio. «¡Al lío, coleguita!»; pescó a Curtis en volandas.
Visto que el vaivén del fotómetro lo fastidiaba, se lo descolgó y lo puso al lado.
Retirarle el paño sucio estuvo chupado, aunque: «¡Snif, snif!... ¡Jesús bendito,
chaval! ¿Qué diantre comiste?». Sintió náuseas. Y a media arcada: ¡RIIIIING! El
sobresalto provocó que derramara un poco de caquita. «¡Maldita sea! ¡Esto es de
locos!». Fregó el marrón a toda pastilla. «¡Quieto, chato, vuelvo en un periquete!».
Arrojó el popó a la basura y corrió a abrir.
—¡Buenas, retratista! —Cokaine venía empapada de arriba a abajo.
—¡Caray, muñeca! ¿Naufragaste de camino acá?
—Casi, chico. Fuera acontece el Diluvio Universal.
—Rápido, entra o pescarás un resfriado —indicó Brad.
—Gracias.
—Buscaré algo para que te seques. Oh, y ahí hay café caliente...
—Muy amable. —Al desviar la mirada, advirtió un surtidor de pis que
descendía justo encima del exposímetro—. ¡Eh, atiende a ese artilugio!
—¡Córcholis! —el menda pegó un brinco como si llevara resortes en los
zapatos. Echó el guante al aparato, sustrajo un paño y lo secó. Tras chequearlo, dijo
—: ¡Perfecto! ¡Menos mal de ti, preciosa!
—Tranquilo... —admiraba aquella menudencia—. ¡Qué ricura, je, je...!
—Sí, ¿verdad?... ¡Rubia, te presento a mi hijo Curtis! ¡Rapazuelo, esta
hermosura es Cokaine!
—¡Hola, Curtis! —acarició su pancita.
—¡Gú-gú...! —él le devolvió una gracia.
—¡Uy! ¡Qué simpático, ja, ja, ja...! Además, es clavadito a ti, compadre.
—¿De veras? —reaccionó bobalicón.
—Aun sin patillas... —chacoteó ella.
Brad, a oídos regalados, fue a por la toalla prometida. De regreso, colocó el
pañal limpio al mocosete, y lo dejó bien apoltronado en la sillita al extremo del
escenario. Manos a la obra, capturó la cámara.
—Aligeraremos si utilizo la Polaroid —le metía el cartucho nuevo de película
—; los colores desmerecen un tanto, pero así Harper recibirá el material hoy
mismo.
—Ajá... —la muchacha terminaba de arreglarse en la coqueta del rincón—. A
propósito, hay dos amigas mías superatractivas a las que les interesa trabajar. A lo
mejor le convienen también a ese Harper...
—Puede —le contestó—. Sé que anda detrás de lo que él llama una «ninfa
carismática», de cara a cierto papel, y sospecho que tú encajas. En cualquier caso,
mañana dispongo de un hueco. Entrégales mi tarjeta, concertaremos cita.
—De acuerdo. —Cokaine se quitó la ropa—. ¡Lista!
Pese a la dilatada experiencia del artífice, que estaba de vuelta de todo,
semejante tipazo lo indujo a proferir:
—¡Uau, divina! ¡Lanz flipará al verte!
—Gentil de tu parte, corazón. —Progresó hasta situarse bajo los focos.
—¿Qué tal algo de música? —el tipo barajaba unos casetes—. ¿Te molan los
Black Panties?
—¡Ah, ah! —opuso, tajante.
—¡Vaaale! Prefieres... ¿Jefferson Airplane? ¿Sí?... ¡Espléndido! —introdujo la
cinta en el reproductor y pulsó play.
El canto narcótico de Grace Slick y las guitarras en estridente psicodelia
enseguida la sedujeron: emprendió un cálido zigzagueo al son de Somebody to Love
(Alguien a quien amar).
—¡Eso es, nena! —Murphy observaba a través del objetivo—. ¡Muévete, no
pares!
El quehacer tenía a Curtis completamente fascinado. Vigilaba cada meneo de la
modelo cual serpiente rendida a su encantador. ¿Qué misteriosos y sugerentes
atributos albergaba aquella figura?...
—Gírate un poquito... ¡Equilicuá! Ladea una pizca la cabeza... ¡Detente! —
¡FLASH! ¡Zzzzzzzzt! Extrajo la instantánea y la apartó—. ¡A por otra! —Mas, de
improviso: llantos, gimoteos y sollozos—. ¡Diablos! ¿Qué ocurre ahora? Concédeme
un minuto, guapa. —Depuso la máquina y acudió veloz—. ¡Uuuy! ¿El fogonazo,
angelito mío?
—¡BUAA...! ¡BUAAA...!
—¡No cabe asustarse, hombre! ¡La luz es inofensiva! —Le enseñó el chupete—:
¡Tacháááán! ¡Fíjate en esto! ¿Te apetece?
Taxativo, lo menospreció. Asimismo, el glinc-glinc del sonajero (que siempre lo
entusiasmaba) ni siquiera atrajo su atención. Papá, desconcertado y sin remota
idea de cómo arreglárselas, lo levantó para mecerlo.
—Pam dijo que comiste antes de salir. Estás impoluto, luces magnífico, y la
temperatura aparenta normal... ¿Qué sucede contigo, machote?
Cokaine afluyó con ánimo colaborador. Como un milagro bíblico, el crío
recuperó la calma en cuanto la tuvo enfrente.
—Oye, Brad, ¿son imaginaciones mías o contempla perplejo mis tetas?
—Bueno... ¡Ejem!... No lo culpo... —sonrió picarón.
Resolvieron proseguir. Apenas la gachí se alejó un par de zancadas, Curtis
recompuso el berreo. Hizo marcha atrás, y el muy canalla cesó de inmediato,
extraviado en la pechera.
—¡Porras! —papi no daba crédito al fenómeno.
—¡Qué bandido! —ella reía a placer—. ¡Tú te crees?
—¡Increíble! ¡Tus pechos ejercen un poder hipnótico sobre él! —exclamó Brad,
repleto de asombro—. ¡Son lindos!, ¿eh, pillín?
—¡Agú...! ¡Agú...!
Cokaine duplicó la hilaridad.
—¡Menudo rufián has engendrado, amigo!
—Será que el chaval goza de buen gusto, je, je... —adujo coñón.
—¡Curtis, cariño, no puedo pasarme la tarde entera delante de ti!,
¿comprendes?
—¡Exacto, sinvergüenza! Debes permitirnos avanzar. ¡Hale! ¡Sé bueno y
compórtate!
Ruegos, zalamerías y arrullos de nada sirvieron. A la mínima que esas
redondeces escapaban a su percepción, ponía el grito en el cielo. El sufrido
progenitor le ofreció leche, por si acaso. La rechazó. ¿Una cucharadita de la papilla
favorita, quizá? Tres cuartos de lo mismo. Lo paseó a lo largo y ancho del
apartamento: inútil. En última instancia, variar de música o el completo silencio
tampoco causaron ningún efecto. ¿No hay tetas? ¡Pues te jodes! «¡Por las llagas de
Cristo! ¡Esto resulta inaudito!»; Brad se tiraba los pelos de desesperanza.
—¡Tengo una idea, tío! —lanzó Cokaine de repente, con un destello
maquiavélico en los ojos.
—¿Uh...? —Murphy alzó las cejas—. ¿Cuál?
—¡Deprisa! ¡Pilla la cámara y aproxímate!
—¿Qué tramas, encanto?
Posicionada en medio del set, movió las manos enmarcando el par de
elementos en cuestión.
—Ahora saca un primer plano —le propuso. Curtis amenazaba nuevos
pucheritos—. ¡Apúrate!
—¡Aaaah! ¡Ya capto! ¡Gran astucia la tuya, sí, señora!
Disparó según lo previsto, y esperaron a que surgiera la imagen. «¡Excelente!
¡Probemos!». Después de ajustar el azafate de la trona a la altura adecuada, Cokaine
fijó ahí el retrato con un pedazo de cinta adhesiva. La súbita maniobra distrajo
momentáneamente a Curtis, pero acabó centrándose en la foto, que era de lo que se
trataba.
—Funciona, ¿no? —observó al cabo.
—Averigüémoslo. Retrocede despacio —repuso Brad, a la expectativa. El
ingenio vino a ser mano de santo: el peque, relajadísimo, disfrutaba tanto del
duplicado que no extrañó el busto original—. ¡Eureka! ¡Baby, vales un auténtico
imperio!
—¡Ja, ja, ja...! ¿Continuamos?
—¡Desde luego, reina!
Y gracias a esta singular inventiva, los mayores retomaron la sesión sin más
dilaciones.
Agresión

Los lúgubres remolinos de tempestad menguaron con la misma presteza con la


que habían invadido el cielo del atardecer de aquel lunes, y en el nuevo albor
floreció un majestuoso arco iris de vaporosos tonos pastel. La lluvia despilfarrada
se escurría sin prisa pero sin pausa a través de cloacas, grietas y agujeros, y las
tuberías de desagüe atenuaban el flujo al compás mortecino de las últimas gotas,
que caían como lágrimas de desahogo a la postre de un sufrido berrinche.
Asimismo, el aire regalaba esa agradable fragancia a tierra mojada tan típica
después de un chubasco veraniego, la circulación de vehículos producía el
inconfundible sonido de cuando los neumáticos ruedan sobre pavimento mojado, y
poco a poco multitud de ires y venires reconquistaban las calles, paseos y tiendas
del núcleo de una ciudad recién lavada, refrescada y perfumada. Gracias a Dios, el
infierno de los últimos días dejaba lugar a una temperatura menos severa; cambio
que, a buen seguro, todo el mundo agradecía.
Brad Murphy daba casi por sentado que Harper no tardaría en contactar a
Cokaine para el rol específico que precisaba cubrir. Largó comentarios harto
favorables acerca del susodicho artista durante el resto de la sesión: según él, sus
películas distaban «un huevo» de la apabullante ordinariez del conjunto de
producciones explícitas. ¡Las suyas eran arte erótico en estado puro!
La muchacha abandonó el edificio Osmond con la ropa prácticamente seca y la
esperanza de que el fotógrafo acertara. Si bien el aplomo ceñía las riendas a un
exceso de credulidad, tales perspectivas la animaron; ya que pegaba este salto,
mejor aterrizar en manos de un genio...
De camino a la biblioteca aparcó el tema. Compró el periódico, cuatro cajetillas
de Tareyton, y centró las expectativas inminentes en procurarse una novela
entretenida. «Estoy saturada de terror, suspense y aventuras. Las tramas
románticas aburren, el género negro te asfixia en la decadencia... ¡Ay, necesito algo
distinto!», discurría mientras aguardaba el semáforo.
Tan rápido como cruzó a la otra orilla, se detuvo en los escaparates del centro
comercial. «Estos pantalones de algodón son sexis. —Y al leer el precio—: ¡Uf,
carísimos y les falta campana!». Prendió un cigarrillo. La blusa de corte boho del
maniquí adyacente la sedujo al primer golpe de vista. «Quedaría fenomenal
combinada junto a la faldita que compré en primavera». La vitrina a su espalda
alojaba calzado típico de temporada. Había unas sandalias deslizables de color rojo
carmín, que tenían suela de madera y tacones altos y gruesos, muy llamativas.
«¡Uau, qué chulas!». Sintió el impulso de entrar a probárselas. No obstante, tras el
sablazo de Murphy por las fotos, la parada en el quiosco y la del estanco, reunía
alrededor de cuatro dólares. «¡Pero volveré a por ellas!».
Rambla arriba, un grupo hacía cola frente a la taquilla del cine para el pase de
las seis y media. La cartelera anunciaba el reestreno de la ópera rock Jesus Christ
Superstar (Jesucristo superestrella). Quiso ojear las imágenes expuestas a pie de
calle. «A Bunny y Sweetheart no les hizo ni fu ni fa. Jasper, a diferencia, largó
maravillas. Vendría a verla, aunque sola...». Y continuó hacia su destino,
meditabunda y a paso tranquilo.
La biblioteca pública de Palo Largo radicaba en el antiguo casino que
remodelaron a principios de los años cuarenta, justo al cabo de que el gobierno
adquiriera la propiedad. El trabajo anduvo a cargo de la Works Progress
Administration: agencia creada en 1935 cuyo propósito era combatir el desempleo
surgido durante la Gran Depresión. Este emblemático edificio constaba de dos
pisos y un sótano, el cual solía utilizarse a manera de salón de actos. El nivel
superior, restringido a los investigadores, albergaba libros de consulta
especializada y documentos reservados, además de un par de máquinas de
microfilm. Debajo estribaban la hemeroteca, una zona destinada a la lectura y,
lógicamente, las secciones literarias y el servicio de préstamo.
La rolliza bibliotecaria —con mechones plateados entre horquillas, rostro oval
de juventud distante, nariz aguileña y mirada oblicua de institutriz pérfida—
soplaba distraída encima de un café recién sacado de la expendedora en el
momento en que Cokaine se acercó al mostrador.
—¡Ay, Suzanne! ¡Vas a añadir mi nombre a la lista negra! —le dijo, un pelín
inquieta.
—¡Caramba! Hola, nena —la señora depuso el vasito—. ¿Y eso?...
—Buenas tardes, guapa —hurgaba dentro del bolso, todavía húmedo—.
Sucede que me pilló la tormenta en el bus. A falta de paraguas, imagínate tú cuando
descendí...
—¡Oh, vaya! —Ajustadas las lentes gatunas que llevaba al cuello, atrapó el
ejemplar reblandecido de Rosemary´s baby (El bebé de Rosemary).
Cokaine no sabía cómo disculparse.
—Lo siento en el alma —musitó encogiendo la tez.
—A ti la lluvia te agarra desprevenida —comprobaba el daño con rigor
científico—, y aquí nos anega la primera planta. El mozo de mantenimiento sigue
ahí liado, mocho arriba, mocho abajo.
—¡Ostras! ¡Menuda calamidad!
—Y que lo jures, chiquilla, A este ritmo arreglarán el tejado una vez que coja la
jubilación. —Dejó el libro aparte—. Que seque. Si desluce demasiado, lo colaré en el
informe de hoy y asunto resuelto.
Era consciente de que Suzanne nunca hacía la vista gorda.
—Gracias, reina. Lamento el estropicio, de veras.
—Absuelta. ¿Qué tal estuvo?
—Pche-pche (ladeo de cabeza). De Ira Levin, saboreé el doble A kiss before
dying (Un beso antes de morir) —confesó—. Escucha, ¿puedes sugerirme una
historia atractiva de ciencia ficción? Alejada de Asimov o C. Clarke, a ser posible.
—Oh, pues (mohín reflexivo)... ¿Te suena Phillip K. Dick? ¡Ajá, lo suponía!; es
poco popular. En fin, dos años atrás... Mentira, irá para tres, recibimos una
donación privada de doscientos libros, y entre ellos emergió Do Androids Dream of
Electric Sheep? (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Me intrigaba y,
¡toma!, descubrí una auténtica joya de este autor.
—El título choca.
—Eso mismo pensé —el canino de oro relució al sonreír—. Aguarda. —Dio un
repaso a la lista de préstamos—: Libre, si te interesa.
Convino gustosa y extendió las alas en dirección a la estantería
correspondiente. «Apuesto a que Suzanne lee incluso dormida, je, je...».
Un individuo larguirucho, que escrutaba a fondo una pila semifosilizada de
revistas pulp de los años cincuenta o sesenta, impedía maniobrar allí. «¿Me
permite, caballero?», le susurró suavecito. El tipo produjo un graznido
contradictorio; sin siquiera inmutarse, se apartó dos pulgadas. «¡Dispense usted,
estoy delgadita pero no tanto!».
El libro en cuestión, impreso en formato de bolsillo y escacharrado del trote,
pertenecía a la editorial británica Panther Books Ltd (Science Fiction). El diseño de
la cubierta mostraba un esplendoroso prado repleto de ovejas, todas conectadas
vía largos cables a una especie de batería. En medio del rebaño deambulaba un
humanoide desnudo y alicaído, con lo que le restaba del brazo dominante,
amputado a la mitad, en alto. «¡Qué original!».
De vuelta al mostrador tuvo una grata sorpresa. Despachaban a cierto
conocido suyo a quien le apetecía saludar de nuevo.
—Recuerde usted —lo informaba una Suzanne grave y pertinaz— que dispone
de dos semanas máximo. Cada reintegro fuera de plazo o uso indebido implica una
sanción, y tres equivalen a la pérdida transitoria del derecho. Considere también
que los retornos en mal estado o hurtos (énfasis en este punto) deberán ser
abonados antes de diez días. Caso contrario, damos parte a las autoridades
mediante denuncia pública. ¿Alguna pregunta?
—Descuida, mujer —intervino Cokaine—, que este parroquiano cumplirá a
raja tabla. ¿Eh, míster interesante?
—De otra forma ya me veo en el tablón del FBI... —respondió Lou, irónico—.
Bromeo, señora (guiño pícaro). ¿Cómo estás, preciosa?
—¡Genial! —canje de besitos cordiales—. ¡Qué casualidad!, ¿no? ¿Qué te trae
por aquí?
—¿Sinceramente? ¡El aburrimiento! —El gag la hizo sonreír—. Los tabiques del
motel caen a plomo y leer es gratis, conque... —La encargada le puso en las narices
el carné acabado, sellado y rubricado—. Estupendo, muy amable. —Al enfundarlo
en el bolsillo trasero, observó la mano izquierda de la chica—. ¿Qué cogiste?
—Ah, narrativa de ciencia ficción. Mira...
Apenas pudo apreciar nada porque Suzanne la interceptó de un plumazo.
—Excusad, hay gente que espera —adujo a la par que rellenaba la ficha.
Delante del muchacho descansaba una obra tan enjuta que a lo sumo contaría
cien páginas: Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein (1921).
—¿Es tu elección, Lou? —En efecto, lo era—. ¡Diablos! ¡Asusta igual que un
perro rabioso!
Ambos soltaron una carcajada.
—¡Shhh! —los reconvino Suzanne. Devolvió la novela a la moza—. Disfrútala,
nena. ¡Hasta luego! (cariñosa). Adiós, joven (correcta). —Y con una sutil batida de
párpados, voló a atender al siguiente usuario.
Ellos dos tomaron la salida en común.
—Creo que a grandes rasgos —dilucidaba Cokaine— voy atando cabos contigo.
—¿Respecto a? —contestó él.
—Quiero decir... La noche del sábado, en el burguer; la crónica del cuaderno, el
modo de expresarte... Y ahorita apareces acá en plan «viejo erudito —voz recia—
que desempolva oscuros textos recónditos». Total: que aparentas una persona
introspectiva, ponderada...
—Jamás necesito tanda para retirar ensayos de filosofía —chanceó.
—¡Qué ventajoso! (sonrisa). ¿Y este interés? ¡Vamos, cuéntame!
—Bueno, resulta apasionante escabullirse entre bambalinas de cuando en
cuando... —La gachí obró un gesto de intriga—. Me refiero a que nuestro mundo,
esta complicada trama existencialista en la que nos vemos arrojados, donde cada
cual desempeña su papel, concorde o no, viene a ser como un gran teatro: en el
escenario ocurre la explosión de todo lo humano; es el espectáculo bullicioso,
caótico y despiadado de una realidad asumida. Visitar la chácena ofrece sosiego,
perspectivas distintas. Desde «detrás» intento comprender, en lo posible, los
entresijos argumentales del drama, por plantearlo de alguna manera.
—Humm... ¿Sabes, cielo?
—Dime.
—«Míster interesante» te viene al dedillo.
—¡Ja, ja, ja...!
Así, quietos en plena acera, ella le sugirió:
—¿Me acompañas a la parada del bus y charlamos entretanto?
—Oh, aparqué allí —señaló la esquina—. Puedo aproximarte a cualquier
puerto.
—¿Sí? Regresaba a casa...
—Tú marcas el rumbo.
—¡Suelta amarras, timonel! —aceptó de buen grado.
Lou conducía una Honda CB750 de 1970, rojo naranja, a la que incorporó un
baúl trasero y soportes laterales que permitieran colgar alforjas. A Cokaine le
agradaba esa motocicleta.
—Es elegante, bonita —comentó.
—Pertenecía a un amish de Bloomington, Indiana —secaba el sillín—, que la
ocultaba dentro del establo.
—¿Estás de coña?
—En absoluto. Lo pescaron in fraganti y la comunidad le impuso que se librara
de ella o...
—¡Casos y cosas! —chirigoteó perpleja.
—Aún recuerdo aquel tipo el día de la compraventa: barba a lo Abraham
Lincoln, sombrerillo de paja, espiga al borde de una mueca encorvada... —Subió a la
moto—. Hoy agradecerá manejar el carruaje sin preocuparse por la escasez de
combustible. —Y, ¡brrrom!, arrancó.
Quince minutos después alcanzaron el norte de la Catorce. La temperatura
agradable y un ambiente cristalino parecían haber dado cuerda a los lugareños: la
señora Harrison, apresurada, trajinaba el vestido remendado de la señora Pullman
en un paquetito muy cuco; tres ancianos hablaban de los viejos tiempos tras
abandonar la barbería; Carl agitaba el cepillo, ¡zis-zas, zis-zas!, sobre unos zapatos
raídos hasta el tuétano; los Hollister salían del colmado, bien provistos y en fila
india; Benny canturreaba asomado a la ventana, al tiempo que descorchaba otra
botella; el señor Jorguensen añadía un fardo de revistas viejas a la pila de basura;
Miles regresaba del ambulatorio, mejorado de la cojera; y los niños jugaban al
«corre que te pillo» esquivando el tráfico.
Cerca de la curva antes del puente, Apolonia escudriñaba la mercancía del
mudo, a semejanza de una oficial de aduanas en busca de estraperlo. El
advenimiento de la vecina la distrajo. «¡Eh, rubiales!»; emprendió una corredera
lerda. Sostenía algo en la diestra, mientras con la siniestra atenazaba el ala de la
pamela andrajosa y cubierta de flores marchitas que llevaba puesta.
—¡Fíjate qué botella de Coca-Cola! —rebufó.
Difería de las ordinarias por tener la parte del centro más ancha. Según Charly,
era de los años veinte: escaseaban. ¡Un milagro! ¡Un tesoro! Que si iba a
comprársela y pensaba pintarle esto y aquello y la ubicaría contigua a la ventana
porque alejaría los malos augurios, blablabla, blablabla, al fin disparó: «¿Quién es
este?».
—Ah, Lou, un amigo mío. Lou, te presento a Apolonia; vive ahí —indicó.
—Mucho gusto, milady —le propuso un apretón.
Brusca e irrespetuosa, en lugar de corresponder, empezó a inspeccionarlo de
forma invasiva.
Charly detuvo el carrito donde los tres. Ante ese inusitado procedimiento,
dirigió su silenciosa perplejidad a Cokaine, la cual, víctima de la vergüenza ajena,
intervino:
—¡Apolonia! ¿Qué puñetas...?
—¡Chitón! —ahora lo olisqueaba.
A pesar del desconcierto, el mancebo permanecía tácito y sereno encima del
vehículo. Empero, de pronto, introdujo:
—Curioso adorno para un sombrero, lady Lansbury.
El corazón de la lunática pegó un vuelco.
—¿Cómo me has llamado?
—Lansbury —reiteró él—. ¿No contrajo usted matrimonio con sir Ash
Lansbury, barón de Littlemoss?
Cokaine y Charly se quedaron tiesos, lívidos; lo mismo que esculturas de
mármol que decoran la vía pública.
—¿De dónde sacas semejante patraña, mequetrefe? —arremetió la mujer,
visiblemente molesta.
—¡Oh, yo también soy inglés, señora! —repuso alegre—. La vi fotografiada
varias veces en el Manchester Guardian. Hace siglos, claro, aunque su sentido de la
elegancia sobresale de entre un millón y...
—¡Mi apellido es Evans, sabelotodo!
—Sin duda. El de soltera, ¿verdad?
La cincuentona cambió del rosado natural a la palidez de un cirio del Medievo.
Desencajada, sudorosa, aturdida, fluctuante, vaciló en la viscosidad de aquella
letargia unos segundos eternos, vertidos como plomo derretido. Acto seguido,
resoplaba igual que una locomotora a pleno rendimiento.
Reculó ni más ni menos que dos trancos —ojos chispeantes, labios contraídos,
tez sulfurada—, y lanzó el preciado envase directo contra Lou. ¡Confusión! ¡Pasmo!
¡Estremecimiento! Planeó hasta impactar en el bordillo opuesto, roto en mil
pedazos. Afortunadamente, el muchacho supo esquivarlo a tiempo.
El estruendo atrajo la atención de los peques; Jorguensen volteó la cabeza; Carl
alzó la vista del calzado que lustraba; Benny graznó «¡Strike uno!», partiéndose el
pecho; los transeúntes próximos apretaron el paso; y el señor Wilson fisgó de reojo
a través del aparador.
—¡Cristo bendito! —Cokaine flaqueaba de horror—. ¡A santo de qué...?
—¡UN DEMONIO! ¡UN DEMONIO! —el índice justiciero de Apolonia lo tiroteaba
a bocajarro.
—¡Oh, por favor!...
—¡Fue este monstruo quien alteró tu aura! ¡Acaso no lo intuyes, boba?
—¡Quieres calmarte? ¡Lou jamás me ha causado ningún daño!
—¡Uh...? ¡Maldición, demasiado tarde! ¡Sucumbiste al influjo diabólico! —
dedujo entonces. E inmersa en sus trece, se abalanzó sobre el maligno—. ¡LIBERA A
MI AMIGA! ¡LIBERA A MI AMIGA! —repetía, golpeándolo furiosa.
Benny, eufórico, bebió a la salud de la agresora.
—¡Ese gancho! ¡Dale fuerte! —iba borracho perdido.
Para cuando Charly pudo contenerla, el asaltado tenía una mano pegada a la
mejilla izquierda.
—¡Cielos, cariño! —exclamó Cokaine—. Quita, déjame ver... —Al descubrirse
afloraron tres arañazos feísimos—. ¡Arrea!
La chiflada huyó a su madriguera cual comadreja esquiva, sin parar de farfullar
cosas ininteligibles.
—Sospecho que no le he caído demasiado bien —satirizó Lou.
—¡Estate quieto! —ella vigilaba la herida.
—¿Es grave, doctora?
—¡Uff! Pinta mal. Conviene desinfectarlo.
Él buscó el reflejo del retrovisor.
—¡Ups! ¡Casi estropea mi bigote! —dijo desenfadado.
—Anda, sube a casa conmigo, comediante.
—Bah, tranquila.
—¡Venga, hombre! ¡A saber qué roña traía bajo las uñas!
Charly asintió, dándole la razón. Lou descendió, dispuso el caballete, y ofreció
una mano trémula al pordiosero.
—¿No irás a zurrarme tú también, eh, compadre? —continuaba de broma.
Concluido el pequeño follón, los chismosos regresaron a lo suyo.
Cokaine sentía muchísimo lo ocurrido; en tanto cruzaban el umbral de Vista
Alegre, agregaba disculpas a las objeciones por aquel comportamiento.
—Corramos un tupido velo —propuso Lou, siempre amable.
—Oye, ¿y seguro que pertenece a la aristocracia?
—Alta nobleza —puntualizó—. De canijo solía repartir prensa en Stockport,
Gran Mánchester. Sobrevino un incendio en la mansión Lansbury y el comunicado
ocupó portadas, así que sí.
—Conque británico, ¿eh?... No guardas acento.
—Once años entre yanquis liman inclusive las papilas gustativas —apuntó,
mordaz.
—Yo nací en Moscú.
—¡Tovarishch, ni en sueños lo hubiera adivinado!
—Ah, pero vine de pequeñita. —Abrió la puerta del piso—. Adelante,
gentleman.
Nada más entrar, el invitado lanzó:
—¡Recórcholis! —observaba alrededor, asombrado—. Charlie Parker, John
Coltrane... ¡Desde luego, el gran Charles Mingus! ¡Oh!, y este es Thelonious Monk.
¿Acierto?
—¡Caray! ¡Conoces a todo quisqui!
—¿Puedo...? —rogó al descubrir la discoteca.
—A tu aire.
Le tomó la palabra. Conforme pasaba un disco detrás de otro, doblaba el
frenesí. Jazz, blues, soul, funk, rock...; no excluía género, intérprete o grupo. «¡Qué
bien surtida!».
La joven presenciaba el cuadro con ojos afables. Pues parecía un niño que,
recién levantado, destapaba los regalos del día de Navidad.
Al instante sustrajo cierto recopilatorio del saxofonista Stan Getz.
—¿Un poco de bossa nova?
—¡Guay! —convino. Retiró el diario del bolso, lo arrojó encima de la mesa, y
fue en busca del botiquín. A la vuelta sonaba The Girl From Ipanema (La chica de
Ipanema). Lou, abstraído aún en los álbumes, tarareaba la canción—. Acceda usted
a la sala de curas, por favor —guasona, le mostró la silla.
Anduvo a sentarse; ella empapó el canto de una gasa.
—Taaa... ta, ta, ta, taa... ¡AAAU...!
—¡Hale, quejica! ¡Apenas te toqué!
—¡Escuece de lo lindo!
—Me lo figuro —Sopló en las rozaduras y reanudó la cura.
—¡UYYY! ¡AYYY!
—¡Peor que los críos! ¿Quieres dejar de moverte?
—Solo si prometes darme una piruleta después...
Cokaine despidió una risotada.
—Pórtate bien y la enfermera de guardia preparará tequilas ricos. ¿Trato
hecho?
Cualquier testigo indiscreto hubiese notado la excelente correlación que fluía
en ambas direcciones. La prórroga a ese encuentro azaroso deshacía a toda prisa
un hielo completamente resquebrajado.
Al término de los primeros auxilios, la anfitriona procedió con las bebidas.
Entretanto, Lou, esterilizado y parcheado, inspeccionaba la prensa. De súbito,
profirió:
—¡Ahí va! ¡Increíble!
—¿Qué sucede?
—¿Cuánto hay de aquí a Las Cruces? —preguntó, sagaz.
—Hum... Cien millas o así, creo. ¿Por?...
—¡Este pianista —le enseñaba un pequeño anuncio enmarcado— es colega
mío!
Depuso la rodaja de limón acabada de cortar y acudió. La publicidad refería:
«Las Cruces Jazz n'go presenta a: The Blue Henderson Quintet. Todos los martes,
jueves y sábados de julio a partir de las nueve».
—Blue nunca deja impasible delante de las teclas y hace un montón que le
perdí la pista. ¿Qué opinas, socia? (mirada inductora).
¿Una excursión a Las Cruces? ¿Jazz en directo? ¿Y acompañada de Lou?
Respondió que sí, sin pensárselo dos veces. En realidad, la expectativa de gozar de
una velada musical generó tal entusiasmo que enseguida se pusieron de acuerdo
para ir aquel martes mismo.
«En fin, no hay mal que por bien no venga», discurrió Lou, palpándose el
moflete dolorido.
Dos colores

A media tarde del día siguiente, el británico se presentó en casa de Cokaine con
esa puntualidad que los caracteriza, y enseguida tomaron la Interestatal 25 en
sentido sur hacia Las Cruces. Daba la sensación como si todo hubiera de salir a
pedir de boca durante aquella escapada fruto del impulso: la atmósfera permanecía
más limpia que una patena, un sol henchido de benevolencia irradiaba sin
excederse, y el viento parecía contener su soplo para no estorbar.
La rectísima autopista estiraba el paso a través de los insondables matices
terracota del páramo desértico; cactus, álamos, nopales, agaves y coloridas flores
silvestres crecían de forma dispersa entre tanta aridez. A la izquierda del trazado
quedaba una hilera interminable de postes de telégrafo, ahora inútiles, abrasados y
carcomidos, que Lou equiparó a las antiguas crucifixiones de la era romana. En
respuesta, ella chacoteó: «¡De ahí pendieron los últimos del ejército vencido de
Espartaco!»; le vino a la cabeza el célebre film. En contraste, al sudoeste destacaba
la mayor elevación colindante a Palo Largo: la Mud Mountain (Montaña de lodo),
de 5749 pies, que sobresalía traviesa del llano lo mismo que un pechito pubescente.
El primer núcleo poblado que atravesaron fue Truth or Consequences.
Llamada Hot Springs hasta 1950, esta ciudad sustituyó el nombre original en virtud
de un famoso programa radiofónico. Cuenta la historia, que el locutor del concurso
Truth or Consequences (Verdad o consecuencias), propuso trasladar la emisión a
cualquier parte donde aceptaran rebautizarse, usando el susodicho enunciado.
Puesto que Hot Springs obtuvo el premio, acogió la infraestructura del show, y en lo
sucesivo consta en los mapas conforme al singular apelativo.
Justo a continuación estriba la minúscula aldea de Williamsburg, de solo media
milla cuadrada de superficie. Aventajarla les permitió distinguir a las mil
maravillas el Caballo Cone, montículo situado en el sector norte de las Montañas
Caballo, el cual también atiende al alias Turtleback Mountain (Montaña tortuga).
Dejando atrás Las Palomas, el piloto redujo a fin evitar el atropello de un
simpático armadillo que, vacilante y miedica, no se decidía a trasponer la carretera.
Cokaine jamás había visto ninguno de cerca y le pareció una auténtica monada.
Pero al enterarse de que los mexicanos sacian las panzas con su carne, contrajo un
severo disgusto. «¡Qué atrocidad! —replicó indignada—. ¡Unos bichitos tan
hermosos!». Lou no quiso mortificarla; aceleró risueño, al tiempo que discurría: «A
falta de pan...».
Avante toda, el tramo consecutivo los condujo derechos a la comunidad de
Caballo, uno de los muchos lugares que bordean la frontera, designados por el
censo norteamericano (CDP). Este tipo de asentamientos, no adscritos a las áreas
urbanas, suelen ser bastante reducidos y, aunque guardan una identidad
comunitaria, carecen de organización administrativa. Además, el Río Bravo, cuyo
curso va contiguo al recorrido de la vía, ensancha aquí el cauce en un reservorio
denominado Caballo Lake; este sobrepasa en extensión a Oasis, próximo municipio
del itinerario.
Hatch supuso el remanso idóneo de cara a hacer un alto y estirar un poco las
piernas. Resulta que la villa, fundada en 1851, antaño conocida bajo el nombre de
Santa Bárbara, es mundialmente famosa debido a los chiles que produce; tan
recurrentes en la gastronomía del país vecino como el arroz en la dieta china. Así
pues, en honor a la distinguida verdura, cenaron picante al fresco de un
establecimiento chiquitín y muy agradable que les recomendó el mozo de la
gasolinera, en la que, lejos de las tediosas colas de Palo Largo, repostaron. Lou
protagonizó la anécdota del momento: el inglés, de paladar blandengue, antes de
terminarse el primer plato, fulminó la jarra de agua, cual corcel que regresa de una
dura marcha a galope tendido. Pidió que la rellenaran y la decantó aun llegado el
café.
De vuelta sobre el asfalto, la pareja superó Rincón —CDP de apenas cien
personas— para luego alcanzar Radium Springs; localidad que bordea el extremo
oeste del Valle de Mesilla. A estas alturas, el conductor experimentaba tal urgencia
urinaria que tuvo que detenerse. Tras verter un caudal comparable al del Pecos
(afluente del Río Bravo), echó mano de la reserva de agua del portabultos, y
engulló el botellín entero a cara de perro. «Si te digo la verdad, aún noto cierto
ardor...», confesó mientras Cokaine lloraba de la risa. Bromas aparte y vista a
poniente, la panorámica de la sierra Robledo que contemplaron desde acá mereció
de sobra el paro.
Varias millas después, en pleno condado de Doña Ana, emergería frente a ellos
la cadena montañosa de los Órganos, emplazada al este del punto de destino.
Adentrarse en las Cruces a la buena de Dios, sin la más remota idea de qué
camino seguir, aconteció una peripecia digna de Odiseo. No en vano, esta es la
segunda metrópolis del estado y, como toda gran ciudad, entraña un galimatías a
ojos del visitante primerizo. Preguntar de antemano por el Jazz n'go a varios
peatones sirvió de poco o nada: ninguno había oído mención del antro ni de sus
señas. ¿Acaso el anuncio del New Mexico Observer fue cosa de una ilusión conjunta?
Lou estaba determinado a adquirir un plano cuando, en un cruce de la zona
céntrica, el taxista afroamericano del carril adyacente pudo orientarlos. Debían
dirigirse a La Madriguera, suburbio de las afueras del distrito sudoeste, al lado del
aeropuerto.
Dando tumbos a diestro y siniestro, al final hallaron el barrio. Este mostraba el
típico aspecto decrépito y olvidado de los incontables guetos segregados a lo largo
y ancho del país. Nadie de raza blanca transitaba aquellas calles de paredes
grafiteadas, cuyos diseños vivaces acometían contra la uniformidad del gris
preponderante. Extraviados en ese complicado laberinto, solicitaron las
indicaciones definitivas a una pandilla de chavales que hacía arte vanguardista a la
entrada de un garaje particular: el disyóquey alternaba ritmos de manera
simultánea con dos tocadiscos, en tanto otro rimaba enrevesados trabalenguas al
compás. Los colegas emprendían pasos de baile retorcidos y peliagudos, imposibles
para cualquiera sin esqueleto de goma. ¡Uaus! de pasmo del dúo viajero.
Delante del Jazz n'go radicaba una parcela arenosa, si bien entre la cantidad de
vehículos que la atiborraba no surgía un palmo libre donde aparcar. «¡La leche!»,
maldijo Lou. La luz difusa de un coche los alertó de su retiro. «¡Qué potra la
nuestra!». El Douglas DC-10, que descendía a la sazón, volaba tan a ras de suelo que
casi los despeinaba. Debajo del estruendoso ¡zuuuum! afloró la risita espontánea
de Cokaine: sentía el pompis magullado a causa del asiento y se lo frotaba
graciosamente. Él, a la vez que colocaba el antirrobo a la rueda trasera, desvió los
clisos. «Aparenta igual de lindo y redondito que siempre», adujo gamberrillo.
Tres individuos compartían una botella de Jim Beam a las puertas del club. El
de la izquierda era chico y enclenque. En medio prevalecía uno enorme y
corpulento. El restante, ni fuerte ni menudo, cabía en el cesto del montón. Al darse
cuenta de que aquellos dos avanzaban dispuestos a acceder, el grandote los
abordó:
—¿A dónde os creéis que vais, blanquitos?
Lou puso una sonrisa de anuncio de dentífrico.
—Oh, verán ustedes, caballeros, a la señorita y a mí nos encantaría escuchar a
Blue y su grupo... si no les comporta molestia, claro está.
Los tipos explotaron a carcajada limpia.
—¿Oíste eso, Julius? —lanzó el enano al forzudo—. Caballeros por aquí,
señorita por allá... ¡Qué paliducho más finolis!, ¿eh? ¡Ji, ji, ji...!
—Hay que joderse, Clarence —repuso este de forma hosca.
—Encima, el menda parlotea del maestro (subrayado) como un hermano —
agregó el retaco, con esa vocecita estridente.
—¡Será que festejan juntos —Julius empezaba a frotarse los artejos— cuando
el señor Henderson visita sitios elegantes!
—¡Fijo, ji, ji...! —convino un Clarence malicioso, que enseguida reparó en las
heridas del foráneo—: ¡Mira qué careto trae, tío!
—¡Recristo, jua, jua, jua...! ¿Provocaste a la gatita rubia, alfeñique? —el cachas
le clavaba los luceros cáusticos frente a frente. Asimismo, soltó un desagradable
eructo, y luego lo previno—: ¡Arrea, listillo! ¡Coge a tu zorra y esfúmate antes de
que acabe de arreglar tu fea jeta!
Cokaine, pesarosa, agarró al camarada del brazo.
—Anda, cielo —dijo tirando de él—, habrá otras ocasiones.
—¡Abur, claras de huevo, ji, ji, ji...! —Clarence les levantaba el digitus impudicus
en señal de despedida.
Mas, contra todo vaticinio, Lou se liberó y reculó.
—De hecho, señores, Blue es muy amigo mío y largarme a las bravas me
reconcomería a perpetuidad. ¿Comprenden? —insistió risueño.
El que sujetaba el bourbon, callado hasta ahora, intervino:
—¡Propina una buena tunda a este farsante, Julius!
—¡Sáltale los piños! ¡Sáltale los piños! —alentó Clarence a la par.
El grandullón escupió en las palmazas y fue a por él.
Cokaine estaba presta a tirar de la navaja, no obstante, para sorpresa del
personal, Lou hizo aparecer de la nada tres billetes de veinte dólares y los antepuso
a la cólera de Julius.
—Tal vez un pequeño incentivo los convenza de avisarlo, así zanjamos el
malentendido. ¿Qué opinan, amigos?
—Mejor pillo tu pasta y te atizo a placer, ¿EH, AMIGO? —arremetió el abusón.
—Pues menuda lástima, porque, según infiero, los aquí presentes compartimos
la camaradería de Blue. Sin embargo, en cuanto averigüe lo ocurrido, y no les quepa
duda de que se enterará, ustedes perderán su respeto in aeternum; eso ha de doler
mucho más que unos moretones —expuso firme, aunque laxo.
Julius fluctuaba, indeciso. Atenazó el parné y obró una seña al de la botella.
—Si mientes, tenemos un bonito cajón de pino de tu talla, cara cortada —dijo
acto seguido.
El sujeto retornó de inmediato en compañía del músico.
—¿Louie...? —balbuceó Blue, ojiplático a similitud de un búho avizor—. ¡Louie
Hutchinson!
—¿Os suena el lechoso, maestro? —Clarence exhalaba asombro.
—Renacuajo, puede que la fachada blanca confunda, pero el alma de este
hombre es tan negra como la nuestra —le aclaró achispado—. ¡Jesús bendito,
muchacho! ¡Qué alegría volver a verte!
—¡Hola, viejo zorro!
Ante el efusivo abrazo, Cokaine suspiró de alivio. Los tres brutos: ni oste ni
moste. En efecto, el «maestro» gozaba del aprecio de los suyos y Lou supo jugar
muy bien esa carta. Y es que la naturaleza carismática de Henderson difícilmente
pasaba desapercibida: espigado, delgaducho y de compostura jovial pese a rondar
la setentena, vestía una camisa chispeante de cuello cubano; la amplitud del escote
revelaba tres collares de oro de distintos tamaños. Llevaba pantalones de pitillo
amarillos veteados de negro, la gorra newsboy ladeada, y el pendiente de la oreja
derecha emitía destellos casuales bajo la débil luminosidad. Acérrimo enemigo de
Cronos y vanidoso a más no poder, solían bromear con que su edad exacta era el
secreto mejor guardado después de la receta de la Coca-Cola.
—¡Madre mía! —la emoción embargaba al artista—. ¿De dónde sales, maldito
lunático?
—Uf, resulta largo de explicar... —contestó Lou—. Quise tomarme un plazo de
renovación y desde entonces he recorrido el país de norte a sur. Hogaño moro en el
Paradise de Palo Largo. Casualidades de la vida, apercibí el reclamo del Observer,
de modo que...
—¿Convertido a aventurero? ¡Caramba, me dejas atónito, chaval!
—«El hombre absurdo es el que no cambia nunca», afirmaba un tal
Clemenceau, je, je... ¡Oh, perdonad! —Acaecieron las presentaciones.
—Tanto gusto, señor Henderson —Cokaine le dispensó dos besitos cariñosos
—. Lou habla maravillas de usted.
—Encanto, te permito tutearme si prometes mantener a raya esas uñas...
—¡Habrase visto? (brazos en jarras). ¿Por qué diantre todos me acusan?
La reacción cómica suscitó un apunte escueto del pequeño jaleo de la tarde
anterior. «De la piel de Barrabás, Louie, sí. Pero de la piel del diablo, ¡nones!»; el
desvarío de Apolonia le hizo gracia. Y, a falta de otras dilaciones, entraron.
En el Jazz n'go no cabía un puñetero alfiler. La multitud que abarrotaba la pista
movía el esqueleto al son del nuevo sencillo de Betty Wright, Shoorah! Shoorah!,
que rugía enérgico a través de los altavoces. Acomodados en la barra, en las mesas
dispersas o de pie, los demás socializaban bebiendo, fumando y pasándolo bomba.
Incluso alguno brindaba sentado encima del escenario. Aquel local oscuro, denso,
turbulento y anárquico olía a hachís del bueno.
El privilegio de asistir a semejante bum racial embaló el corazón de Cokaine.
¡Qué desparpajo! ¡Qué poderío! La gente de color de veras albergaba ritmo en la
sangre; esa frescura que supuraban los cuerpos al unísono reducía las índoles
caucásicas a la categoría del café descafeinado. Polirritmias efervescentes y
zarandeos vibrantes la empujaban a un mundo salvaje, libre, repleto de pasión y
sintonía.
Blue los guio al reservado de los músicos —que subían ya a escena— frente a
una concurrencia extrañada.
—De acuerdo, pimpollos, aquí os quedáis —les dijo—. Disfrutad del ambiente,
¡y nada de comenzar la juerga sin mí!, ¿estamos?
—Descuida, granuja. ¡Mucha mierda!
—¡Lo secundo, señor... digo Blue!
Más feliz que una perdiz, el simpático líder ocupó la banqueta delante de las
ochenta y ocho notas del Fender Rhodes. «¿Preparados, chicos?». A la de tres,
despegaron con una potentísima versión del tema Red Clay (Arcilla roja), original
del compositor y trompetista Freddie Hubbard. El quinteto —piano, bajo, saxo,
trompeta y batería— atrajo hasta el último par de orejas.
Poco a poco, las cabriolas cromáticas progresaban entre sudores y muecas
pasionales, plagadas de fuerza, locura e ingenio. ¡CLAP-CLAP-CLAP! ¡FIUUU!
¡FIUUU! El auditorio bullía al culminar cada solo.
—¿Qué tal? —Lou sonrió a la socia.
—¡Entusiasmada, cielo! ¡Son divinos!
Una de las camareras los ojeaba intrigada —cual anarquista que advierte
manchas claras en su negra bandera—, quizá sopesando si procedía tomarles nota.
De mirada felina, talle esbelto, en torno a los treinta, la esponjosidad del peinado
afro que exhibía triplicaba el tamaño del semblante. Resuelta a curiosear, prendió
la bandeja y anduvo hacia ellos.
Entretanto, micro en mano, Blue anunciaba a los miembros del conjunto. Uno a
uno recibieron fuertes ovaciones. Después de propinarle la caladita de rigor al
canuto que peregrinaba por ahí, dio el beneplácito y tornaron a la carga.
La banda interpretó estándares varios, además de temas propios, alrededor de
hora y media. Anunciado el momento de acabar, desde el fondo gritaron: «¡No
jodas, hermano! ¡La noche es joven!». «¡Venga, tíos, dadle caña!», añadió alguien
más. El clamor devino unánime: «¡OTRA, OTRA...!».
—Sois un público adorable... —el pianista atrapó la jarra, sorbió, y continuó—:
Hoy asiste un excelente músico y gran amigo mío, a quien solicito para rematar
esta velada como Dios manda. ¡Damas y caballeros, demos la bienvenida a Louie
Hutchinson!
Los murmullos secuestraron la sala entera: «¿Quién?...».
—¡Túúú...? ¿Tú tocas? —Cokaine alucinaba.
—¡Muy gracioso! —refunfuñó él, angustiado.
—¡Qué calladito lo tenías, briboncete!
—¡Miserable...! —no encontraba donde meterse—. ¡Sabe bien que detesto
hacerlo en abierto!
—¡Bah, chorradas! ¿A qué esperas? ¡Levanta, corre!
Blue reiteró:
—Acérquese, señor Hutchinson, por favor...
—¡Rayos! —El pobre despegó las posaderas de la silla con el rostro de un
condenado a muerte.
Su exaltada acompañante distrajo el runrún al aplaudir la primera. «¡Suerte,
tesoro!». Los de la mesa contigua la emularon, algo reticentes. Ello animó un tibio
vitoreo general.
El «artista invitado» propuso afectuosos encajes de manos a los músicos.
—¡Traidor! ¡Sinvergüenza! —le arrojó al cofrade.
Henderson reía sarcástico.
—¡No pretenderías comparecer sin cambiar unas notas conmigo, hombre!
—¡Ñññ...! ¿Qué sugieres, bellaco?
—Rain On Shoes (Lluvia en los zapatos), esa pieza tuya —la buscaba entre los
papeles—. La recuerdas, ¿verdad?
—Ajá.
—¿Te apetece?
—No.
—Estupendo —obvió el caradura—. ¡Partitura sesenta y cuatro, señores! Y tú,
Augustus, préstale la trompeta, anda.
Listos todos, los acordes iniciales brotaron del piano. Se trataba de una balada
en tres por cuatro, de tono cálido e intimista. El suave arrastre de las escobillas
inducía un tempo lento, cansado, casi mortecino. Tras incorporarse el bajo, el de
Mánchester introdujo los primeros hálitos de melodía: sus notas sobrevolaban la
miscelánea con la tersura de las aves que surcan el cielo nacarado de una tarde de
primavera. Tal cual, la platea sucumbió rendida a la luz de tanta emotividad.
Parecía que ese lamento sonoro lograra devolverte a casa al cabo de dilatados años
de ausencia.
Completadas las respectivas tandas de solo, la trompeta recuperó el estribillo
de cara a encauzar un dulce epílogo. Gustó tanto que hubo propina. En este caso, el
desconocido puso los cinco sentidos durante la ejecución del So What de Miles
Davis, que fue apoteósico. Y ya, colmado de aplausos y silbidos, el grupo abandonó
la plaza.
Los compadres regresaron con Cokaine; el palique estalló igual que
nitroglicerina agitada.
—... Imagínate mi perplejidad —comentaba Lou—. Te creía en Detroit y
asomas al suroeste.
—Estuve cerca de dos años, pero al unirme a los Braxton Brothers, la gira nos
condujo a Albuquerque. Allí conocí a Ramona, mi esposa.
¡Semejante noticia significaba romper el molde de la costumbre! ¡Jamás mostró
ningún interés en materia de compromisos! «¿Arrancar una flor y apartarse del
jardín? —refería antaño—. ¡Y un cuerno!». Empero, las hojas del calendario caían
aprisa, y Lou dedujo que quizá ahora precisara mayor raigambre. Según contó,
llevaba año y pico junto a una sinaloense que apenas hablaba inglés. Dado que la
prima de ella residía en Las Cruces, acordaron instalarse acá.
—¡Salta a la vista que el matrimonio te favorece, canalla!
—¡Exacto! —coincidió Cokaine—. ¡Luces genial!
El veterano contrajo la expresión.
—¡Es un condenado sargento! —disparó solemne. Y mantuvo ese visaje
tragicómico mientras ellos, a sabiendas de su carácter bohemio e independiente,
hacían burla.
La joven quiso sacarle hierro al asunto.
—¡Oh, vamos, gruñón! (todavía risueña). Seguro que protestas en balde.
—¡En balde, monada? «¿Dónde fuiste? ¿Con quién? ¿Has chupado (bebido)?
¿Fumado?...». ¡A veces la descubro oliendo la ropa, rebuscando en los bolsillos o
fisgando la cartera! Al margen, el "reglamento" a raja tabla: «¡Ay, tu colesterol,
papito!», y me arrebata la bolsa de frituras. «¡No andes nomás en chones
(calzoncillos)!», y te echa el batín en pleno julio. Llega invierno: «¡Órale, que hace
un frío de mil demonios», y salgo con la bufanda hasta las cejas. ¡Qué estamos en
Nuevo México, carajo! Y, tan pancha, responde: «¿Acaso nadie coge resfriados
aquí?». ¡Tócate las narices! Cuando libro, ¡Jesús!, a la cama temprano, porque
«¡Necesitas descansar chido (bien)!». Por no referir los paseos matutinos, las tardes
de actividades programadas... ¡Una pesadilla monumental! Sí, sí... mofaos, mofaos
de las desventuras ajenas, insensibles. ¡Ah, agárrate! (dedo alzado) ¡Está cargada
de supercherías, y le chiflan los platillos volantes!
Carcajadas a mansalva.
—Ni boda sin canto —Lou se secaba una lágrima furtiva— ni muerte sin llanto,
viejo amigo...
En mitad del jolgorio, aquella moza del pelo afro vino a traerles el Southern
Comfort, la «medicina» —como decía— favorita de Henderson.
—¡Justo a tiempo! —exclamó este—. Deja la botella y acompáñanos, Taneesha.
—Lo siento, bombón, solo atendemos Grace y yo.
—¡Uh! ¿Y Jonelle?
—Tuvo que irse —llenaba las copas, apresurada—. La tos ferina del nene...
—¡Demonios! ¡Cochina suerte!
—Sí, un fastidio. A propósito, ¿quedamos luego?
—Hum... ¿Puedes disculparme, chiquita? Estos compinches acudieron a
saludar y... ¿Te importa?
—En absoluto, rey mío. —Tomó inclinación: ambos protagonizaron un morreo
de los que cortan el hipo.
—¡Oooh, Taneesha! ¡Tu fuego rejuvenece mi espíritu marchito!
—¡Bah, cuentista! Si coleas más que los salmones a contracorriente. —Dirigió
esa visual indómita hacia Lou—. Buen soplo, blanquito. —Y, girando sobre sus
talones, concluyó—: Vuelvo al ruedo, guapote. ¡Disfruta!
Los sensuales andares de Taneesha desaparecieron allende la muchedumbre
ante el aturdimiento de la comparsa.
Blue, encogido de hombros, dibujó una mueca bandida de oreja a oreja. Salvo
Ramona, ¿quién osaría reprender a tamaño personaje? De manera que los vasos
tintinaron a la salud del truhan.
—¿Cómo coincidisteis vosotros? —preguntó Cokaine en un giro de la
conversación.
—Para mi desgracia —Lou servía otra ronda—, se trasladó a Indianápolis y lo
emplearon en la imprenta donde trabajaba.
—¡Hala, antipático! —ella le propinó un codazo—. ¿Por qué pinchas?
—¡Puf! Gran parte del horario enredaba el doble de lo que asistía —adujo
coñón.
Blue lanzó un guiño a la chica.
—Es el peor maniático que he visto nunca: todo siempre impecable,
ultraperfecto...
—¡Apuesto a que sí! (risita de complicidad). ¿Qué sucedió, Blue? ¿La música
no...?
—Bueno, sobrevinieron miserias, nena. Verás, en Detroit regentaba una
tiendecita de discos y solía actuar en algunos clubes del Near West Side. Aunque no
era nada extraordinario, tiraba adelante. Mas las condiciones de nuestra gente
empeoraban de manera precipitada; la tensión racial crecía y crecía. Tales
circunstancias me animaron a formar parte de un grupo pro derechos civiles. En
esa época organizábamos manifestaciones, boicots a empresas; también
incorporamos espacios educativos dirigidos a la comunidad, etc. Recibí serias
amenazas y quemaron mi negocio...
—¡Hostia, qué bestias! Cuánto lo lamento, corazón.
—Agua pasada, bonita. Puesto que tengo parientes en Indianápolis, decidí
mudarme una temporada.
El crudísimo relato de Henderson revelaba la Norteamérica oculta que, desde
sus raíces más profundas, prosperaba ciega al tedioso lastre del fanatismo y la
intolerancia. No a falta de razón, el rencor hacia los blancos desencadenó la serie
de violentas revueltas del Largo y cálido verano de 1967, que sacudieron distintas
capitales.
La triste anécdota enseguida cedió el turno a asuntos menos escabrosos.
«¡Arriba, abajo, al centro, "pa" dentro!»; la alegría obtuvo de nuevo el trono.
El tiempo galopa aprisa cada vez que los acontecimientos ideales convergen.
Apenas un suspiro, el bar clausuró, y dilataron la reunión al claroscuro de las
farolas, sentados en el bordillo.
Cokaine prestaba oídos rampantes a las batallitas de aquel par. Reía sin
mesura; eran la repera. Y pese a que el carácter recogido de Lou contrastaba con
los arranques del marchoso ancianete, la amistad que los unía acuñaba anverso y
reverso de una única moneda.
Al filo de las dos, siguieron a Blue hasta su Ford Falcon de tercera mano.
—... ¡Ay de vosotros si no venís a comer! ¿Estamos? —insistió tras arrancar el
motor—. ¡Ramona guisa de maravilla!
—Será un honor conocer a tu consorte, ¿verdad, Lou?
—¡Claro! Ve sacando cubiertos, sinvergüenza.
—¡Cuidaos, guapetones! —Se puso en movimiento—. ¡Nos vemos!
El auto avanzó cuesta abajo entre quejidos y estrépitos mecánicos.
—Oye, Lou, ahora que atino, Ramona es mexicana...
—De Sinaloa.
—Nah, lo menciono porque cocinará picante...
—A lo mejor prepara un sabroso estofado de armadillo, ¿uh?
—¡Ja, ja, ja...! ¡Oooh, qué malote!
Luz y oscuridad

A eso de las tres de la madrugada no circulaba ni Cristo por la autopista; solo el


paso fugaz de un vehículo a dos ruedas rompía la magnificente quietud instalada en
el desierto. La luna, pálida y refulgente, mordida cual galleta a la hora del desayuno,
sonreía oblicua a los viajeros de la noche que regresaban a casa forrados de
aventura y vibraciones macanudas, después de la apoteósica velada en compañía
de Blue Henderson; probablemente el pianista de raza negra más querido, insólito
y pícaro de Las Cruces.
La expectativa de volver pronto para el convite del músico complacía por dos
veces a Cokaine: aparte del privilegio de compartir el pan junto a él y la «sargento»
Ramona, tal compromiso afianzaba, de alguna forma, el pilar definitivo de amistad
con Lou; circunstancia que valoraba y agradecía cantidad. Agarrada a su cintura,
notaba la agradable caricia del fresco en la tez, el revolotear del cabello a merced
de la velocidad, la furia rugiente de la motocicleta entre las piernas, y bajo la
prodigiosa bóveda estrellada del firmamento, el pálpito de la vida fluía como aceite
hirviendo a través de las venas. ¿Por qué aquella sensación embriagadora,
deliciosa, burbujeante, susurraba a gritos que el cariz de los acontecimientos iba a
cambiar antes de tiempo?
Mientras la rondaba la pregunta, culminaron una loma: Palo Largo asomó
luminosa en medio de lo oscuro. Mediante una seña atrajo la atención del piloto; él
satisfizo el requerimiento de parar.
La gachí desmontó y trotó hasta el borde de la inclinación.
—¡Uau! ¡Nunca había presenciado este aspecto de la ciudad! —voceó, toda
emocionada—. ¡Acércate, mira!
Lou detuvo el motor y la siguió.
—Bonita perspectiva, sin duda —convino.
—¿Y si nos apalancamos allí —señalaba un pedrusco enorme— a fumar uno de
esos obsequios de Blue? ¡Igual aparecen platillos volantes!
—¿Bastará con una pizca de hachís? —repuso socarrón.
—Presumo que no... —admitió risueña—. ¿Vienes? —Ya sentados, el increíble
panorama y la magia del instante le espoleaban tanto la imaginación que, lanzada,
introdujo—: Óyeme, pero al margen de las fantasías de Ramona, ¿consideras que
puedan morar otros ahí arriba?
—Cualquier respuesta es pura cábala... —resopló el muchacho.
—Evidente. Aun así, ¿qué opinas?
—Oh, pues a mi entender —se quitó la gorra y la colgó en la rodilla—, el
hombre lleva cuestionándose acerca del sentido de la existencia desde que posee
uso de razón. Esa zozobra ha conducido a fabular quimeras variopintas, y en la
medida en que el concepto del vacío absoluto, o sea la nada, lo incomoda
sobremanera (porque si deja de trascender, reduce su mundo al absurdo), los
dioses, espíritus, alienígenas, etc., proporcionan el alivio necesario ante la realidad
engorrosa a la que está sometido. —Extrajo un porrete del bolsillo de la cazadora y,
chistoso, añadió—: Dicho esto, ¿quién sabe? ¿Me prestas el mechero, porfa?
—Ajá. Según referían en la radio días atrás —hurgaba a tientas dentro del
bolso—, durante las vacaciones de verano, familias enteras acuden a Nuevo México
para divisar ovnis. Figúrate tú... —Le cedió el antiguo Zippo de papá.
—Gracias, linda. —Prendió el canuto, exhaló una larga humareda, y devolvió el
encendedor—. Bien meditado, ahora mismo Estados Unidos atraviesa serios
apuros: la crisis del petróleo, el desastre de Vietnam, las implicaciones políticas del
escándalo Watergate, penurias y conflictos sociales a punta pala... Tampoco choca
demasiado que muchos prefieran alzar la nariz a poner la vista al frente.
—Les saldría más barato escaparse a la feria —bromeó ella.
—¡Justo, je, je...! Aunque, ¡sorpresa, sorpresa! (irónico), la industria del turismo
exprime las modas de cara a presentarnos aventuras atrayentes. Todo cabe en la
viña del Señor cuando de sacar tajada se trata, chica. ¡Tuyo! —le cedió el tema.
Cokaine produjo una calada intensa. Acto seguido, reflexionó de viva voz:
—Alma, destino, deidades, fantasmas, extraterrestres... ¿No resulta obvio que
alimentar tantas supercherías nos convierte en seres necios e inmaduros?
—Bueno, frente a tu razonamiento, un antropólogo o etnólogo optimista a lo
mejor alega que la subespecie del Homo sapiens sapiens es reciente y le falta
bastante trecho por recorrer.
—Vale. ¿Y uno pesimista? —disparó retadora.
—Ah, este defendería que la estupidez difícilmente tiene arreglo...
—¡Ja, ja, ja...! ¡Muy agudo! ¡Sí, señor! —Tras echar otra bocanada, alargó el
brazo.
—¡Uf...! Quédatelo, hoy alcancé mi tope.
—¡Venga, hombre! ¡A ti ninguna Ramona te ata corto!
Lou enseñó una palma.
—Luego maniobro en zigzag... —adujo jovial—. Y ya que la nombras, quizá
toque moderar nuestro escepticismo durante esa comida; no vayamos a meter al
viejo en camisa de once varas.
—Claro —sonrió—, descuida. —Y continuó fumando taciturna, como si el
canto de los grillos la hubiera embelesado.
El británico también guardaba silencio, con la percepción extraviada en aquel
horizonte a rebosar de lucecitas. Y pese a que sus ojazos marrones, escrutadores,
afilados, expelían el destello de una mente que traspasa las honduras de los
misterios insondables, aparentaba hallarse en paz y completa serenidad. ¡La
mismísima templanza espiritual de Kwai Chang en la serie Kung fu!
De improviso, acaecieron varias ráfagas de aire fresco, desagradable. Cokaine
tuvo un repeluzno y se le arrimó.
—¿Cogiste frío?
—Un poquito —dijo temblorosa. Él hizo el gesto de rodearla. Encogida, recostó
la mejilla sobre su hombro—. Escucha, cielo —murmuró a la sazón—, debo
comentarte cierto asuntillo...
—De acuerdo.
—Verás, en el Jazz n'go, cuando fuiste al baño —el tono ahora sonaba frágil—,
Blue quiso saber a qué me dedico.
—Uh, comprendo.
—Yo... —alzó la cabeza y lo miró— le conté que estoy en una tienda de ropa.
—Dependienta, excelente.
—Es que (pausa). Nada, perdona.
—Anotado y archivado, tranquila.
—¡Tsk! Ni de coña recelo de ti. Pensaba en... ¡Bah!, chorradas mías.
—¿Ocurre algo, rubita?
Titubeó una negativa reticente.
El joven, confuso, mantuvo la boca hermética para evitar contrariarla. Actuaba
distinta a raíz de aquel ademán: tensa, acelerada, consumía el petardo a guisa de
quien afronta un embarazoso debate íntimo. Daba la impresión de que iba a
pronunciarse en cualquier momento, mas las palabras, retenidas en la ciénaga
pegajosa de las cavilaciones, no alcanzaban ninguna orilla.
—Antes... —articuló a la postre— antes bailaba en el Funny Fairy, un club a dos
calles del Burger Flash. —Depuso la colilla y la pisó.
—Creo haber cruzado enfrente —intervino Lou.
—El negocio andaba a trancas y barrancas —prosiguió—, y nos largaron a
todas de la noche a la mañana. Puesto que conocía la prostitución muy de cerca,
supuso el medio más rápido de salir adelante; al fin y al cabo, en cuanto se os pone
brava, perdéis el oremus y cuesta poco manejaros. —El socio esbozó una mueca de
gracia—. ¿Qué?...
—Disculpa, disculpa —la indujo a reemprender el hilo.
—Exceptuando algún imbécil, soporto impasible que los clientes distingan solo
a una fulana de tres al cuarto. ¿Cerrar trueques (expresión apática) acaso exige
aprecio mutuo? Luego, tal cual acertaste a decir, corto la farsa. Vuelvo a casa y
sanseacabó. Hasta hace un par de meses nadie fisgaba; las cosas transcurrían sin
novedad. Pero, ignoro cómo, la dueña del súper de enfrente de casa averiguó mi
secreto. Es una de esas sor María santurronas, cotilla, y a fuerza de entrometerse, le
solté que —contuvo el habla, al límite de revelarle lo del porno.
—Eso sí, apenas te cuelgan el sambenito, las demás facetas particulares, las
significativas incluso, caen en saco roto —lamentó él.
—Por descontado. En resumidas cuentas: hubiera jurado que la propia
entereza, autosuficiencia o lo que sea, bastaría frente a... aunque empiezo a tener
entredichos. —Acostumbrada a guardar bajo llave las debilidades y
contradicciones, quedó perpleja de aquella confesión. ¿Qué sucedía? ¿De golpe y
porrazo la desbordaba el contexto? ¿Sucumbía al peso de la moral? ¿Cabía
replantearse el derrotero del cine? ¿O este súbito remolino de incertidumbre era
fruto del porrete?—. ¡Qué folletín! —clamó entonces, manos a la cabeza—.
¡Menuda pelmaza!
Lou, que desde que abandonó Indianápolis, llevaba siempre encima el diario
(«Porque la escritura es caprichosa —decía—, conviene estar preparado cada vez
que fluye espontánea»), al parecer, tiempo atrás redactó unas líneas en torno a lo
expuesto, y Cokaine de inmediato le propuso que las compartiera.
—Chiquillo, contigo fluctúo entre tu don de la oportunidad y ese talante tan
atractivo —coqueteó, de nuevo animada.
—¡Ah, venga ya! —retornaba ligero de la moto, en poder del cuaderno.
—Escribes, filosofas, sales con trucos de magia; ¡caray, y la destreza musical!
¿Por qué diablos me ocultaste algo así, pillo?
—Ocultar implica intencionalidad, mujer. Simplemente, no lo mencioné.
—Tontito —rio, segura de que el comedimiento fue el responsable—. ¿Y... qué
más escondes en la chistera?
—¡Oh! ¡Puede que la gallina de los huevos de oro! —chanceó—. Veamos... —
hojeaba las páginas a la claridad que ella le ofrecía—. ¡Ajá, hételo aquí! Anoté esto a
mediados de enero en Tulsa, Oklahoma. —Y comenzó a leer—: Ciudades. ¿Cuántas
habré visitado hasta la fecha? En la placidez del retiro nocturno, dedico unos
minutos a recorrer el abanico de marcos que descolla a la memoria. Sinfines de
edificios, plazas, calles, barrios, tiendas, moteles... Casi que costaría ubicar muchas
de las imágenes, si coincidí con fulano o mengano acá o allá, o el tiempo que pasé
en determinado sitio, a no ser por mis notas. ¿Diez? ¿Quince? ¿Veinte? Renuncio a
contarlas, un montón.
»Empero, da igual el nombre; si las ubicas al norte, sur, este u oeste del mapa;
la amplitud de sus márgenes; los miles o millones que las llenen; industria,
comercio y servicios de que dispongan; ni siquiera importa en demasía la historia
que encierra cada una: reflejo del triunfo de la voluntad humana, todas son
sinónimo de interrelaciones, progreso, vanguardia, futuro, poder, esperanza,
¿felicidad?... A menudo pienso que nada subsiste en estas colmenas de hierro y
hormigón, salvo nuestros sueños, ratas y cucarachas.
»Cualquier localidad oscila conforme a la luz y las tinieblas de los que viven
ahí, entre lo manifiesto y lo clandestino; a merced del consentimiento y la
prohibición. Los verdaderos cimientos de las urbes no ahondan el terreno, como
cabría esperar, sino que fluyen de aventurados imaginarios sociales que solo están
en las seseras del cuerpo social. Allí pululan cúmulos de tradiciones, creencias,
comportamientos y códigos, cuyas entidades, creadas a partir de espejismos, son
plenamente dependientes de su idea concreta para proyectarse. Moral, orden,
justicia e igualdad, regulan actos y conciencias desde un majestuoso castillo allende
las nubes, enarbolado mediante el helio de la fe ciega.
»Asimismo, los siervos de esos espectros sacrosantos permanecen cosidos con
el hilo de lo ilusorio, mientras que cada fantasía viene representada en la superficie
de lo perecedero por organismos acordes. La jerarquía institucional arroja normas
y más normas, a fin de salvaguardarnos del peor de los abismos, del temible caos.
En consecuencia, el sistema trasciende a las personas y se impone a ellas,
reduciéndolas a meras piezas de una compleja maquinaria al servicio de lo
inalcanzable. Millares sacrifican las propiedades intrínsecas e irrepetibles, y
sucumben desesperanzados a la vorágine del sueño hecho realidad. No existe
alternativa ni escapatoria posible; apáñate como puedas.
»A despecho de encumbrar la racionalidad, que tanto orgullo nos infunde, en
esta arrolladora construcción manda la regla del sinsentido absoluto. Dentro del
colectivo estándar cada cual es, en esencia, su trabajo, credo, raza, sexo; estúpido,
guapo, pobre, tramposo, suertudo... Si bien apenas el individuo mueve ficha arriba
o abajo, a derecha o izquierda, el «Gran Hermano» empieza la tarea de identificar,
etiquetar y juzgar según sople la brisa: el asesino de un hombre va a la silla
eléctrica, entretanto, cubren de medallas al héroe que fulminó a una docena en la
guerra. Otro afirma ser el auténtico Mesías, de modo que lo encierran para que
recupere el juicio. Mas, quien actúa en representación de Cristo, ocupa el trono del
Vaticano tan campante. El artista entregado discurre sin pena ni gloria, pero el
pintor de un garabato soso y torcido recibe los máximos honores. La enfermera
gozará de virtud eterna porque cuida del aquejado. No obstante, esa mujer que
alivia al solitario, sufre el trato de ramera, y la aguardan los peores tormentos del
infierno. El ladrón de bancos merece la cárcel por saltarse las normas, en tanto la
usura constituye un puntal indispensable del «desarrollo». Copioso es el etcétera
que clausura este párrafo.
»Nuestro ámbito cotidiano forma un velo tejido a base de impresiones y
conjeturas; los ecos de esas supuestas realidades retumban en las fachadas del
convencimiento, y calan irreparablemente en la simpleza de la apatía. En efecto, lo
real aparenta certero a similitud de los juegos de prestidigitación. No resta otra
verdad que la que encierra o detenta cada uno; buscarla fuera resulta inútil.
La breve síntesis del británico tuvo la mejor de las acogidas. Vislumbrar el
mundo a través de aquella mirada tenaz inspiró de tal manera a Cokaine, que ello
produjo una soltura inusitada durante el posterior canje de impresiones.
De hecho, desde la muerte de Yure, no había establecido ningún vínculo
equiparable en términos de enriquecimiento personal. El día a día conllevaba ese
ahogo que solo los audaces sienten, pues cuesta seguir a flote mientras el entorno
trata de arrastrarte a las profundidades de la frivolidad. A la vera del nuevo
camarada, sin embargo, sentía recobrar el aliento que le faltaba. En él distinguía un
carácter poco convencional: Lou parecía deslizarse de puntillas, discreto, como
quien procura no levantar una brizna de polvo; sus palabras, en comparación,
desataban torbellinos de lucidez capaces de arrasarlo todo. Sencillo, ingenioso,
culto y comprensivo, siempre reflejaba el deseo de vivir la vida igual que un
fenómeno único e irrepetible, de exprimirla a tope, de saciarse de ella a tutiplén,
sin trampa ni cartón. Además, el aura de autoconciencia que desprendía, tan difícil
de ignorar, propiciaba que uno se abriera y mostrase el lado franco.
Llegaron a los apartamentos Vista Alegre con las primeras luces del amanecer.
El hedor a putrefacción e inmundicia desplazó aquel aroma puro de hacía unos
momentos. La magnificencia agreste del desierto quedaba ya lejana, difusa, lo
mismo que un sueño pierde la nitidez en el acto del desvelo.
A estas horas la calle Catorce era un decorado vacío, excepto por el perro
vagabundo que andaba olisqueando los desperdicios apilados. Más allá, palomas
madrugadoras picoteaban migajas esparcidas de pan duro.
—Mi casero —Cokaine escribía el número de la portería en un clínex— suele
avisar de las llamadas cuando está de humor...
—¡Diantre! —exclamó Lou—. ¿Y si telefoneo y escupe rayos?
—Entonces me pondré de muy mala leche, porque contigo lo he pasado
fenomenal —sonrojada, le entregó el pañuelo.
—Ídem, preciosa. No temas, yo persuado al tipo. Iremos a tomar algo, ¿o al
cine, tal vez?
—¡Uf, llevo siglos sin pisar uno!
—¡Equilicuá! ¡Una ojeada a la cartelera y listos!
—Tendré el periódico a punto, cielo. Quería decir, ¿te gustan los helados?
—Cantidad —asintió él.
—En el quiosco del Tex-Mex Park añaden siropes ricos...
—Pues a relamer después de la peli, ¿no?
—Claro. Y luego damos un paseo juntos, ¿vale?
—Tu instinto femenino —sus pupilas chispeaban en las de ella— adivina mis
intenciones.
—¿Y... esas intenciones (voz dulzona)... contemplan cogerme de la mano?
—Tan pronto como accedas a cenar conmigo.
—Cualquier bar nos valdrá.
—Eso pensaba —la prendió delicadamente del talle—. Aunque... a la vuelta...
en lugar de separarnos...
—Subirás a tomar una copa.
—Pondremos música...
—Música suave...
—Es posible que yo —Lou cerró los ojos— intente robarte un...
—Nada hurtarás, cariño.
Y en el abrazo que acompañó al beso, la masa de sus cuerpos se redujo a la
liviandad de una pluma.
Novedades

Después de dos décadas y media de lavados automáticos a temperaturas


glaciares, de manchas persistentes en vez de lisonjas, de hedor a lejía cual delicado
perfume, de ilusiones enterradas al fondo de un vaso de jabón en polvo, y dosis
masivas de suavizante extra perfumado, los restos del matrimonio Jorguensen se
sujetaban al tendedero del amor eterno nada más que con las pinzas del hábito y la
inercia. A decir verdad, él no mostraba ya ninguna clase de interés hacia Adelyne,
esposa sufrida, y esa indiferencia fue alejándolo del nido conyugal (edificio Vista
Alegre: quinta planta, puerta A) hasta el extremo de haber transformado la portería
en una especie de pisito de soltero.
El rincón era algo pequeño, pero acogía todo el confort necesario: televisión en
color frente a un comodísimo sillón de escay reclinable, radio y tocadiscos estéreo,
frigorífico provisto, cafetera eléctrica, aire acondicionado, muebles varios...
Abarrotado como estaba aquello, apenas disponía de espacio para moverse con
soltura. Debajo del cristal corredero, el cual le permitía ignorar las demandas de los
molestos inquilinos sin sentirse avasallado, radicaba el escritorio —de diseño
italiano, recubierto en formica—, donde resolvía puntualmente la contabilidad del
inmueble. Al lado, un viejo archivador metálico de color gris albergaba toneladas
de documentos. Por añadidura, la madera natural, acabada en tono rojizo, forraba
el conjunto de la estancia, y dos reproducciones, muy bien enmarcadas, pendían de
paredes opuestas. A la derecha: Trigal con cuervos, de Vincent Van Gogh; a la
izquierda: Baile en el Moulin Rouge, de Toulouse-Lautrec.
Antes de iniciar la jornada, el señor Jorguensen tomaba un desayuno digno de
cualquier marqués europeo: huevos revueltos, tostadas, rico beicon crujiente,
queso Havarti —importado de Dinamarca, la tierra que lo vio partir—, tortitas,
bollos, y un yogur o fruta de postre. Rebosante de satisfacción, acto seguido bajaba
a la portería, e inspeccionaba el periódico deportivo mientras sorbía otro café.
Al término de ponerse de acuerdo con el corredor del hipódromo, pasaba el
resto de la mañana pendiente de cada carrera, a través de una emisora local
especializada. A la hora del almuerzo, Adelyne enseguida adivinaba si la fortuna
había sonreído a su marido: los días de ganancias, vaciaba el plato en un periquete;
caso contrario, engullía lo mismo que si la reserva mundial de alimentos fuera a
agotarse de sopetón. Concluida una escueta sobremesa, en la que intercambiaban
las palabras justas y adecuadas, cada uno regresaba a lo suyo: ella, enzarzada entre
hilos de coser; Niels descendía de vuelta a la guarida, sediento de ocio televisivo.
Aquel miércoles, tras el famoso concurso The $25,000 Pyramid (La pirámide de
los 25.000 dólares), gozaba a espuertas de The Pink Panther Show (El espectáculo
de la pantera rosa) cuando sonó el teléfono. «¡Por los clavos de Cristo! ¡Qué lata!».
Hizo el sacrificio de levantarse y descolgó: solicitaron a Cokaine. ¡Hale!, escaleras
arriba, malhumorado, a aporrear su puerta. «¡Llamada, Kedzierski!».
Surgió briosa, contenta. La estampa de Lou rimbombaba cuerpo adentro —a
manera del groove de una pieza funk a todo trapo— desde que el amanecer los
separó. «¡Nueva cita!», supuso al instante.
—¡Os he dicho mil veces que el aparato de abajo no es de uso público, maldita
sea! —el casero deambulaba lento, haragán, igual que si el titiritero encargado de
insuflarle vida padeciera la enfermedad del sueño—. ¿Acaso parezco una jodida
secretaria?
No quiso contradecirlo; anduvo a la zaga callada, y aguardó ansiosa delante de
la ventanilla.
la ventanilla.
—¡Espabila o lárgate a la cabina! —la previno al cederle el auricular de mala
gana.
—Diez segundos, señor Jorguensen (sonrisa postiza). ¡Garantizado!
Una voz fina, melódica, cortés, dio a conocerse como Brenda Salerno, quien,
conforme expuso, dirigía la Apple Model Agency. Esa tal Salerno era, de hecho,
socia —también amante, chismorreaban los sabidillos— del director y productor
Lanz Harper, y la entidad involucrada iba detrás de jovencitas lozanas, que
estuvieran dispuestas a dejarse retratar en actitudes poco decorosas.
A propósito de Lanz Harper, cabe tener presente que a la sazón gozaba de
cierto renombre dentro de la floreciente industria del cine X. Natural de Brooklyn
(Nueva York), comenzó a rodar en formatos domésticos para luego distribuir el
material de forma semiclandestina. La mayor parte de aquellas películas aterrizaba
en los sex shops de la calle 42 (Manhattan) e inmediaciones. El porno suave
satisfacía las tripas de un montón de peep shows (cabinas de visionado), que
abundaban a modo de hongos en condiciones de humedad, y lo más duro se
saldaba «vía trastienda» a clientes confiables, o bien por correo.
En Estados Unidos, el término jurídico «obsceno» planteaba numerosos
problemas respecto a la libertad de expresión, cuyo amparo permanece bajo la
Primera Enmienda. Este «resquicio legal», sumado al incesante auge de contenidos
explícitos que proliferaron a partir de finales de los sesenta, llegó a atribular las
salas de gran parte del territorio. Sin embargo, el marco legislativo hizo un vuelco a
raíz del certiorari (*) «Miller contra California (1973)», cuando la Corte Suprema
revisó la definición de «obscenidad», y convino en que las producciones del género
quizá poseyeran algún tipo de valor creativo. A efectos prácticos, esto significó que
a partir del momento el porno ya no implicaría un delito per se.
El inédito contexto alentó una riada de inversiones, que pronto orientaron el
sector hacia los ademanes característicos de Hollywood: galas, fiestas, premios,
fama; productoras, representantes, prensa especializada... A la luz de tanta
permisividad, las esferas conservadoras y feministas radicales alzaron la voz. En
contrapartida, el cine erótico empezó a parodiar las temáticas de los largometrajes
convencionales, con miras a rendir alegaciones de «mérito artístico».
Salerno y Harper filmaron Seed of Lust (1973) a caballo entre un estudio
alquilado y las afueras de la ciudad de Palo Largo, donde vivían afincados desde
1971. La cinta atrajo el interés del público debido a la inclusión de sexo explícito en
una tragedia de consecuencias devastadoras. El argumento era simple pero
curioso: un parásito, sediento de lujuria, aterriza en nuestro planeta e invade el
organismo de cierto magnate del sector automovilístico. El tipo se dedica a fornicar
a diestro y siniestro, transmitiendo ese fiero apetito concupiscente a las seducidas,
quienes, a la vez, propagan el síndrome a los respectivos amantes. La pandemia
progresa desbocada: bienes y servicios desatendidos, energía interrumpida,
industrias sin personal, comunicaciones cortadas, pesca, ganadería y agricultura
abandonadas... Por ende, tras producirse una orgía a escala global, el alienígena
retorna la mar de ufano a su lugar de origen, mientras la raza humana, exhausta,
pende al borde del colapso.
Los ingresos de la película superaron muy mucho lo estimado, y ello permitió
fundar la Apple Model Agency, que, con sumo ahínco, conducía Salerno. Así pues,
de acuerdo a la tendencia establecida, el tándem de cineastas planificaba el
próximo bombazo de taquilla: Infinite: A Sex Odyssey (Infinito: una odisea sexual),
adaptación libre del film de Stanley Kubrick.
(*) Orden emitida por la Corte Suprema de los Estados Unidos para inquirir el fallo
de un tribunal inferior, generalmente a instancias de la parte que busca apelar dicha
decisión.
Al anochecer, entretanto el tráfico sorteaba las chicas que resistían
heroicamente en la glorieta, Cokaine comunicaba el desenlace del telefonazo a sus
dos camaradas del alma.
—... (dicharachera). Total, pasado mañana acudiré a la oficina que tiene en el
centro. Según dice, encabezo la lista para el papel. ¡Os lo podéis creer, nenas?
—¡Jo! ¡Contrato y seguro médico! —consideró Bunny—. Cojonudo, ¿verdad,
limoncito?
—Pse-pse. ¡Nimiedades! —refunfuñó Sweetheart—. ¿A tocateja?
—Trescientos pavos contantes y sonantes —repuso Cokaine.
—¿Por un polvo normal o...?
—Ni idea, Sweety. El maldito casero pululaba cerca y preferí aplazar los
detalles de cara a la entrevista.
—Yo opino que el asunto pinta guay —Bunny atrapaba la cajetilla de tabaco—.
Oye, ¿mencionó si el actor está bueno?
—¡Pfff! ¿Eso importa? —intervino Sweetheart, hurtándole un cigarro—.
Aparentará igualito que los demás: otro rabo pegado a un cerebro de calabaza...
—¡Jolines, hija! ¡Siempre tan cascarrabias! —la censuró Bunny, al tiempo que
le ofrecía lumbre—. A lo mejor toca cepillárnoslo también, boba. —Prendió el
propio pitillo y, fantasiosa, suspiró—: ¡Ay, qué ilusión aparecer en la gran pantalla
junto al galán de moda!
—¡Tú te imaginas? —Sweetheart apelaba a Cokaine—. Ayer, la muy pazguata
aún gemía: «¡Buf!, no sé, no sé, cariño (escarnio)... Da cosa retozar ante una cámara
y que lo contemple todo el mundo». ¡Ahora resulta que a esta DIVINA solo le
preocupa verse favorecida!
—Ñn, ñn, ñn... ¡Culpa tuya, chata! ¡Insististe hasta la saciedad!, ¿recuerdas?
Aparte, ¿qué hay de malo en querer figurar sexi y bien acompañada?
—Sueña, amor, sueña.
Cokaine propuso:
—Pediré un retrato del adonis a...
Bunny no prestaba atención.
—A mí me seducirá Steve McQueen —gruñía a la socia—, y a ti te pondrán a
meneársela al jorobado de Notre Dame, ¡ja, ja, ja...! —Sweetheart levantó un dedito;
ella sazonaba el mismo gesto con feas muecas.
—¡Parecéis chiquillas! ¡Venga!, quietecitas y contadme vuestra sesión
fotográfica.
—Ah, pues fue genial. Como la seda, ¿eh, Bunny?
—¡Chupi! Ese Brad Murphy es un cabroncete adorable.
—De antemano, sí —replicó Cokaine—. Aunque a la hora de sacar el
monedero, por cuatro cochinas imágenes, descubres el bandido que oculta. —
Aquellas pillastres intercambiaron un mohín travieso—. ¿Qué? ¿Arregla el precio a
las parejas?
—Frío frío —repuso Bunny.
—¿Entonces?
—Uh, pactamos.
—¿Pactast...? ¡Oh, cielos!
La otra aderezaba su arrolladora pechera.
—Cobró de sobra en especies, rubita —dijo picarona.
—¡Te acuerdas, limoncito? La niñera trajo al crío de pasearlo...
—Y el menda casi no se mantenía en pie (jactanciosa).
Risas furtivas.
—¡Vaya dos! ¡Qué terror!
—Mal andaríamos sin estos tipazos —expuso Sweetheart.
En el ínterin, Bunny lanzó una mirada suspicaz a Cokaine e introdujo:
—¿Y tú no omites ningún detallito, sinvergonzona?
—Mi excursión a Las Cruces, claro (leve atisbo de recato). Quedé
impresionadísima, de veras; el local estaba lleno y la banda arrasó. Luego conocí a
Blue Henderson, el pianista, que... —La tetuda, rotunda, contrapuso:
—¡Bah! ¡Corta el rollo y ve al grano, pájara!
—¡Exacto! ¡Háblanos del enigmático motero!
—¿De Lou? Oh, bueno... En realidad, ya dije todo.
—¿Todo? ¡Y una mierda! —Sweetheart sacudió impulsiva la ceniza del
cigarrillo—. ¿Metes un extraño dentro de casa y, ¡ZAS!, a surcar juntitos el
horizonte? Nunca actúas al tuntún. ¿Qué coño escondes?
—Fijo que le vacía la cartera a base de bien —infirió Bunny—. ¿A que sí,
puñetera?
—Ni un centavo. Pura amistad.
—¿Acaso te lo tiras por amor al arte?
—¿Padeces sordera, Sweety? ¡Aaaj, maliciosas! Lou ha viajado de aquí para allá
algún tiempo; escribe, baraja reflexiones interesantes, le encanta la música... Al
finalizar el concierto, tuvimos una charla amena y nada más.
Sweetheart contrajo los rasgos a semejanza del papel arrugado.
—¡Puaj! ¡Jesusito de mi vida! —berreó desdeñosa—. Los frikis y vuestras
comidas de olla. ¡Menudo repelús!
—¿Y... —Bunny, que risueña la observaba de reojo, arrojó el humo del tabaco al
cielo vespertino— seguiréis en contacto?
—Puede... Es probable... Me llamará, supongo.
La pechugona rompió a mandíbula batiente.
—¡Escucha, bonita! —Cokaine atendía perpleja—. ¿Dónde reside la gracia?
—¿Necesita aclaración? —replicó socarrona.
—¡Ole, ole! —Bunny pegaba botecitos—. ¡Le hace tilín! ¡El motorista le hace
tilín, ji, ji...!
—¡Hala! ¡La otra!
—¡Admítelo, mujer! ¡Sweety acierta! Tú siempre fría en plan témpano de hielo,
y de la noche a la mañana...
—Deberías verte la jeta de pánfila cada vez que escupes su nombre —satirizó
la consorte.
—Vale, allá vosotras —distrajo la vista, cruzada de brazos—. Pensad lo que os
dé la gana.
—¡Oooh, vamos, tontorrona! —Bunny la estrechó—. ¡Enhorabuena, guapísima!
(besito) ¡Muchas felicidades!
—Pero ¡será posible? —interpuso Sweetheart, harta enfurruñada—. ¡Qué
gilipolleces le encasquetas?
—¿Eh...? Yo únicam...
—¡No la animes, insensata!
—¡Ups! ¿Y eso?
—¡Hay que jorobarse! ¿Salisteis ayer del cascarón, borricas? Corren sueltos
canallas muy sagaces: derrochan pasta, fingen ser atentos, susurran cuanto aspiras
a oír... ¡Chasquea los dedos, encanto, que yo postraré la luna a tus pies!; venga la
ristra de argucias, embustes y juramentos a fin de que te sientas especial. Les basta
encontrar un resquicio donde meterse y terminan exprimiéndote incluso la
médula. ¿O presumís que Darryl cameló a Mandy a patadas?
—¡Qué bárbaro! —Cokaine alucinaba—. ¿Me expreso en chino? ¡Referí
bastante clarito que busca empleo de impresor! Al margen, también toca la
trompeta.
—¡Cómo no! Y entierra las narices en libros retorcidos y escribe de maravilla...
¡Menuda chiripa la tuya, cielo, porque este genio prodigioso se ajusta a ti lo que una
media de seda!
—¿Qué insinúas exactamente, Sweety? —le demandó, brazos en jarras.
—¿Eres dura de mollera, reina? Si sabe de buenas a primeras a qué te dedicas,
razona qué clase de tipejo accedería a compartir tu entrepierna con cualquiera que
afloje un par de billetes.
—¡Suficiente! —rezongó mosqueada—. ¡Ahórrate la saliva!
—¡Baja de las nubes, mona! Los príncipes azules no existen fuera de la ficción.
¡Qué vas a hacer pelis guarras, por el amor de Dios!
—Olvídalo, limoncito —Bunny desechó la colilla—, o acabaréis reñidas —
previno, mientras la pisaba como si chafara una cucaracha escurridiza.
—Sí, mejor callo (sarcástica). Unos gramos de farlopa, tequila a mansalva, y
esas mariposillas del estómago caerán fulminadas.
—¡Mira, Sweety! —explotó Cokaine—. Siempre agradeceré vuestro apoyo, en
concreto que me acogierais al poco de llegar aquí. Os guardo infinita estima y tal
sentimiento jamás cambiará. Pero tú, dale que dale, no cesas de repetirme que solo
soy una fulana barriobajera. A diferencia de ti, Lou siquiera incurre en ello; a él le
bastaron cinco minutos para percatarse de que valgo más que eso.
—Blablabla. Ándate al loro, criatura, que este pies planos usa piel de cordero.
—¡Oh-oh! —Bunny vigilaba el acceso este—. ¡La tartana de Jasper!
Cokaine giró la cabeza.
—Y aligera hacia acá —depuso.
—¡Nenas, huelo aires de fiesta gorda! —aulló Sweetheart, adelantándose.
El vetusto Citroën Sapo gris perla (robado en Ciudad Juárez, México, durante
una noche de juerga desenfrenada) produjo un molesto chirrido de frenos al parar.
—¿Qué pasa, Sweety? —el camello le bajó la voz a los Deep Purple—. Estáis
aburridas, ¿eh?, tan desamparadas...
—¿Y mueves tu culo aquí con la intención de alegrarnos la velada, mequetrefe?
—Algo así, muñeca. Hay unos carcamales de celebración y les apetece
compañía.
—¿Lo pilláis? ¡Adivino el porvenir! —largó a las rezagadas, que avanzaban
entre cuchicheos.
—Les sobra el dinero y la nieve corre a raudales. ¡Un chollo, preciosas!
—¡Me pido ir delante! —Bunny, revoltosa, se introdujo en un santiamén.
—¡Ándale, pues! —Sweetheart abrió la puerta de atrás; las bisagras rezaron un
lamento—. ¡Monta, Cokaine!
Esta deslizó el pompis hasta situarse detrás del chófer. «¡Hola, pocholito!».
Sofocada a causa del rifirrafe, prendió la manivela de la ventanilla. Al cabo de tres
giros: la luna, inmóvil. Desistió.
Sweetheart intentaba cerrar la puerta en vano.
—Tiene truco —indicó el muchacho—. Estrecha fuerte la manija y asesta un
portazo seco—. Apenas encajarla correctamente, el motor, ¡bluf!, paró porque sí—.
¡Condenada chatarra! Disculpad... —Sustrajo la llave inglesa de la guantera,
descendió y levantó el capó.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM! Resultaba palmario que el pobre automóvil pendía de un
hilo desde la última vez que subieron en él.
—Quita eso y pon la radio —pidió Sweetheart a Bunny.
Al pulsar stop, la tonada de Ian Gillan devino en frenética jerigonza: el casete
despidió una larguísima serpentina.
—¡Joder, tía! —maldijo Jasper, de regreso—. ¡Vomita la cinta si presionas mal!
Arrancó a la tercera (¡va a la vencida!) y tomaron el acceso contiguo.
Las trasladaba al Mimosa, segundo de los dos hoteles de lujo de Palo Largo. En
la espléndida suite de la octava planta esperaban anhelantes tres empresarios de
Denver (Colorado), tras una jornada de duras negociaciones. Jasper les suministró
el alijo alrededor de las siete, cayó simpático, lo invitaron a todo lo que le vino en
gana, y ahora él correspondía con este favorcillo.
En el silencio etéreo de Cokaine, prosperaba la semilla del recelo que la
camarada había plantado y regado de manera abundante. A ciencia cierta, ¿qué
sabía de Lou? ¿Quién era? ¡Un buscavidas tenaz, extravagante, según Sweetheart!
Las cavilaciones armaban un guirigay de mil demonios. «... Quiso invitarme a cenar.
Luego, sin inmutarse, suelta sesenta dólares a los energúmenos del Jazz 'n'go. ¡Ah,
también pagó las copas! ¿Caballero o lisonjero? Cuanto menos, parece que después
de vagabundear cerca de dos años, conserva la cartera surtida. Esto cuadra raro.
Tampoco dijo una palabra de la faena, ni si piensa quedarse o seguirá su camino. ¿Y
acerca de mi quehacer? ¿No le importa? De revelarle lo de la peli, ¿cómo
reaccionaría? Hum... Quizá me precipitara al besarlo, aunque fue tan...».
La ciudad, fugaz, distante e impertérrita, pasaba a través del cristal sucio.
Varados en un semáforo, observó el cambio de turno de los cajeros del 7 Eleven. El
reloj luminoso de la farmacia adyacente señalaba las diez. Debajo del toldo de la
floristería yacía un mendigo, acomodado en lo posible sobre unos cartones.
Enfrente del hombre estribaba un cartelito: pedía, en diáfanas mayúsculas, que, por
favor, no lo molestasen. Los basureros echaban las bolsas al camión mofándose de
aquel desdichado.
«¡Anímate, tesoro! —la descentró Sweetheart—. Será pan comido mantener en
vela a esas momias y limpiarles los bolsillos». Cokaine dibujó una sonrisa obligada.
La noche se presentaba movidita, por mucho que no tuviera ganas de nada.
Confianza

El Cártel de Matamoros constituía la más antigua y mayor red de maleantes de


todo México: cierto informe reservado del Servicio Secreto Mexicano aseguraba
que los chanchullos que se traía entre manos esta gente representaban el 25 % de
la actividad clandestina del conjunto del territorio; porcentaje nada desdeñable
desde un punto de vista económico, en efecto. Y dado que a los gobiernos poca o
ninguna gracia les causa que circule dinero fuera de su alcance, qué mejor que
destinar una fracción del presupuesto nacional para ponérselo difícil. De nuevo, la
eterna historia del gato y el ratón servida en bandeja de plata.
Establecido a finales de los años veinte, dicho consorcio hizo fortuna cuando
exportó cantidades astronómicas de alcohol al país vecino en tiempos de la ley
seca, aunque a partir de 1933, tras ser derogada, volcó su actividad en torno a la
elaboración y comercio de drogas a gran escala (sin descartar los beneficios del
juego, lenocinio, usura; sectores que defendía). Alrededor de 1940, las malas
condiciones de la campiña mexicana habían propiciado que la zona del triángulo de
oro (en medio de los estados de Sinaloa, Durango y Chihuahua) estuviese
prácticamente consagrada al cultivo de amapola y cannabis. Durante la Segunda
Guerra Mundial, los bandidos de Matamoros (Tamaulipas) aprovecharon la falta de
disponibilidad de heroína (procedente de Asia y Europa) para abastecer las
necesidades del Tío Sam. Aquel negocio prosperó, máxime debido al influjo rebelde
de la beat generation, pues devino un notable incremento del consumo de
narcóticos en la desairada población juvenil. Un poquito más tarde, a mediados de
los sesenta, en ciudades como Miami (Florida), Nueva York (NY), Los Ángeles y San
Francisco (California), la élite social impuso el hábito de esnifar, y la demanda de
cocaína fue al alza; dato que enseguida espoleó un puñado de mentes codiciosas.
México no producía hoja de coca. El polvillo entraba en la tierra de las
oportunidades —procedente de Chile, Bolivia y Perú— por la vía del Caribe. Pero
visto el éxito de este género, el cártel forjó alianzas a fin de que muchos fardos
salvaran la frontera desde suelo azteca. Ya en plena década de los setenta, la
potente irrupción colombiana lograría extender el espectro de consumidores a
niveles insospechados.
Cualquier acción implica una reacción: ante semejante despiporre, en 1973, el
Departamento de Justicia de los Estados Unidos decidió unir las dos oficinas a
cargo del narcotráfico, que hasta la fecha dependían de burós diferentes, y fundar
la archiconocida DEA (Drug Enforcement Administration). Cara al público, el
flamante «combinado» significaría la receta perfecta contra esa plaga diabólica que
asolaba América; puertas adentro, urgía detener el imparable goteo de capital a los
países suministradores. La agencia recién estrenada no tardó demasiado en
contactar a la Policía Federal mexicana...
Rufus Morales contaba cincuenta y nueve años, e hizo sus pinitos en el ámbito
de la delincuencia siendo todavía un mocoso. Natural de Mogote de Santiago
(Tamaulipas), el infortunio lo sacudió de modo inesperado al perder a Camila y
Melchor, padres y dóciles labriegos que araban poco más que la miseria. Tuvo que
pasar el grueso de la infancia bajo el severo tutelaje (abundante vara y escasez de
mano izquierda) de las Religiosas del Sagrado Corazón de Jesús; motivo plausible
de aquel odio recalcitrante que declaraba a la iglesia.
Las precoces conexiones con el hampa local pronto lo condujeron a ingresar en
el tinglado matamoriense. Allí, la valía y lealtad mostradas a fuerza de años
terminaron por situarlo al frente de los intereses del grupo en Palo Largo. A estas
alturas, tito Rufo —como afectuosamente solían llamarlo— recibía un cargamento
mensual, listo para cortar y distribuir entre las insaciables narizotas del territorio
que la organización controlaba en Nuevo México.
Arrellanado a gusto en la majestuosa butaca Chesterfield —cuya piel negra
adornaban mil y un remaches, a semejanza de luciérnagas en formación
geométrica que franquean la nocturnidad acolchada—, Morales atendía un
telefonazo de última hora: «... ¡Qué va, en absoluto! Estaba a punto de largarme
cuando... ¡Bah, tranquilo! Yo, feliz de... ¡Por supuestísimo! Y cuenta, güey, ¿qué tal
Sharon?... ¡Vaya! ¿En serio?... ¡Fantástica noticia! ¡Enhorabuena!... ¡Ja, ja, ja! ¡Desde
luego! ¿Niño o niña?... Aún es temprano, evidente... Sin duda, sin duda. En fin, no
omitas dar a tu esposa un cariñoso apapacho de mi parte, ¿vale?... ¡Eso, je, je...! —
Cambió de postura—. Ándale, cuate, ¿en qué puedo ayudarte?... Sí... Claro... Claro...
Repite... ¿Fitzpatrick?... Oh, de Utah... Dueño del Scarlet Lounge... Pues no, no me
suena un carajo... (¡Ejem!)... ¿De verdad?... Hombre, en este caso... De acuerdo. Si
aseguras que el pinche trae buena onda con Reynaldo López... Compréndelo, toda
precaución... ¡Exacto! ¿De cuánto hablamos?... Chido, ningún problema. —Echó una
ojeada al reloj—. Comunícale que lo espero en el Paradise a medianoche, ni antes
ni después. Habitación 32. ¿Comprendido?... Ajá, la tarifa habitual... ¿Eh?... ¡Ah,
descuida! Hoy por ti, mañana... Excelente, excelente... ¡Órale, compadre! ¡Cuidaos
mucho! ¡Bye!». Colgó de un golpe, airado. «¡Hijo de la gran chingada! —maldijo en
dirección a la caja fuerte—. ¿No podías esperar a mañana, cacho pendejo?».
Metió la clave de cinco cifras, sustrajo dos kilos de farlopa, aparte del revólver
Smith & Wesson, que enfundó en la sobaquera, e introdujo ambos paquetes dentro
de un maletín rígido de ejecutivo color coñac. A continuación anduvo hacia el
perchero, se colocó la americana delante del espejo, retiró un peinecillo del bolsillo
del chaleco, y comenzó a rastrillar de forma cuidadosa esa abundante mata de pelo
gris.
A tito Rufo le encantaba ir siempre impecable. Lucía un traje a cuadros muy
elegante, camisa de seda Charmeuse, además de carísimos zapatos de piel de
cocodrilo. Usaba gafas densas de pasta, llevaba exuberantes patillas hasta el
extremo de la mandíbula, y a guisa de toquecillo refinado exhibía una enorme
cadena de oro que quedaba debajo del cuello de la prenda. Su figura achaparrada,
en oposición a la imagen pulcra y de persona destacable, le confería, no obstante,
cierto aire caricaturesco. Al cabo de dedicar un minuto al calzado, recogió la
mercancía y abandonó el despacho.
En la calle el alumbrado público suplantaba la luz extinta del crepúsculo.
Algunos ventanales resplandecían aquí y allá. Cosa curiosa, la avenida rebosaba,
igual que si el mundo entero hubiera acordado coincidir en el mismo sitio a la
misma hora. El aire tórrido apestaba a polución, polución mezclada con vapores
humanos.
Morales conducía un Plymouth amarillo mostaza del setenta que siempre
estacionaba en el reservado frente a la oficina. Apenas subirse, encendió el casete.
Y entretanto acompañaba la voz robusta e impetuosa del cantante, puso rumbo a la
periferia.

«... Mas con blanca o sin blanca


Sigo siendo yo el monarca
Y lo que digo es la ley (1)».

(1)Variación libre de la estrofa de la canción "El rey", del cantante y actor José
Alfredo Jiménez Sandoval, que no puedo reproducir tal cual sin vulnerar los derechos
de autor.
Quiso tomar Farmington Rd, aunque, ¡córcholis!, vallas y avisos taponaban la
vía. «¡No manches, manito! ¡Obras cojoneras!». Así que dobló en la próxima esquina
autorizada.
Al alcanzar la rotonda de las pilinguis, distinguió a Cokaine (recién llegada,
fumando sin más compañía que su sombra), y la atrajo con un discreto toque de
claxon.
—¡Tito! ¡Menuda sorpresa! —prorrumpió—. ¿Cómo me tiene tanto tiempo en
el olvido, granujilla?
—Aaah, tú sabes, güerita. Los negocios del demonio... —adujo sonriente.
—¡Oooh, mi pobre y atribulado cariñín! ¿Le complacería que esta noche
mamita cuidara de usted?
—¡Órale, preciosa! ¡Hoy disfrutarás de algo fregón! —Al abrir la guantera,
afloró una botella de tequila Cinco Herraduras—. ¡La flor y nata directa de Jalisco,
je, je...!
—¡Papito, beberemos a la salud del «México lindo y querido»! (canción
tradicional mexicana). —Arrojó la colilla y subió a bordo.
Morales obtuvo un sonoro besazo, elevó los mariachis a cotas ensordecedoras,
y repuso la marcha.

«... Allá en el rancho grande, allá donde vivíííía (¡yiiijaaa!)


Había una rancherita que alegre me decía
Que alegre me decía».

Enfocada en parecer alegre y solícita, la moza unió su canto a los gorgoritos del
traficante. Tito Rufo le caía bien. Era simpático, generoso, no demasiado
pervertido, y esa jerga latina que intercalaba cada dos por tres la hacía reír. A veces
le enseñaba a pronunciar palabras o modismos, otras refería sobre costumbres
típicas mexicanas. Camino del Paradise, derramaba infinidad de detalles acerca de
la elaboración de aquel carísimo bebercio que, en breve, iban a degustar.
Pero, ¡ay!, ella prestaba atención ahora sí, ahora no: la chola, empecinada,
regurgitaba el debate a propósito de Lou de la víspera, previo al jolgorio en el hotel
Mimosa. Pese a hacer acopio de voluntad, no dejaba de sentirse como una colegiala
reprendida, a la que obligan a escupir el preciado dulce que saborea. Tanta
incertidumbre carcomía, y mucho. «¡Aaaj, qué arduo resulta arrebatarle un cachito
de plenitud a esta vida!», consideró en el instante en que ganaron el desvío.
Morales detuvo el coche de cara al alojamiento que preservaba arrendado a
título personal. «Acá zanjo los chambeos imprevistos, y de paso descargo el
vergajo», estilaba comentar chistoso a quien concerniera.
En el ala opuesta, la persiana de Lou permanecía abajo del todo, si bien
escapaba claridad a través de los resquicios. «Estará escribiendo», supuso (prefería
trabajar vencido el ocaso). ¡Jolines! ¡Tan cerca de lo que uno anhela, y tan lejos de
compensar ese afán!
—¿Sacas hielo y refrescos, chamaquita? —Morales le entregó diez pavos—.
Voy a darme un remojón, primero que nada.
—¡Híjole, papito, que me cojo el tequila! —la fonética española de Cokaine
estremecía.
Él, que estiraba el maletín del asiento trasero, desató una risotada.
—Agarrar, prender o pillar —la corrigió—. ¿Te acuerdas?
—¡Ah, sí, sí, ja, ja, ja...! (puesto que, en México, «coger» significa —acepción
generalizada— «follar»).
—Yo sí te cogeré ya mismito... ¡Hújule, apúrate! —le propinó una palmadita en
pleno culete.
La gachí se alejó, cual cervatillo silvestre que elude a su depredador, a por
cambio. Mantuvo cinco minutos de cháchara con Gustavo, y partió de la recepción
agitando las monedas que retenía en el puño. Había bastantes vehículos
estacionados, aunque no asomaba un alma.
La máquina de bebidas languidecía justo al lado de la estancia de Lou; enfrente,
la motocicleta sumida en la flaqueza ambarina de las farolas colindantes. «Insectos
contra el cuerpo y tragar polvo es cuanto puedes esperar montada en este trasto»,
respondió el muchacho en Hatch, el martes, tras quejarse ella de la manchita
redonda y asquerosilla de un díptero aplastado en la pernera del bonito vaquero
acampanado que vestía. La evocación le arrancó de los labios una sonrisa dulce.
Mientras insertaba el dinero en la ranura, ingresó un Ford Galaxie marrón
oscuro. Venía deprisa, sin luces. Extrañada, le siguió la trayectoria: frenó en seco
detrás del vehículo de tito. «¡Ugh!». Tuvo un mal pálpito, y omitió pulsar el botón
para que resbalaran las latas. Enseguida descendieron dos sujetos trajeados.
Pistolas descubiertas, corrieron a posicionarse a los costados del umbral de la 32,
ubicada en el extremo del edificio. El de la derecha llamó con pulso firme.
«¡Mierda! ¡Liarán la de San Quintín!», dedujo angustiada. De manera que
golpeó flojito a la puerta del colega. Esos tipos percibieron el ruido. Quien
presentaba mayor altura, mediante efusivas señas, la indujo a que entrara de
inmediato. Luego gritó: «¡Brigada de narcóticos! ¡Persónese, caballero! ¡Queremos
hacerle unas preguntas!».
El cri-cri de los grillos enmudeció sin motivo aparente; devino un silencio
sobrecogedor. La tensión arañaba el tiempo, cuyo espeso avance se dilataba
segundo a segundo.
Lou tampoco acudía. ¿Indispuesto? ¿En el baño? ¡Toc-toc-toc! «¡Soy yo,
Cokaine! ¡Abre!», insistió, arrimada al marco. A la par, el poli alto depuso los
rodeos: «¡Vamos, Morales, nos consta que está dentro! ¡Afronte la situación! ¡Salga
manos arriba!». «¡No demore lo inevitable! —intervino el socio—. ¡Ríndase y
conservará el pellejo!».
Miradas que agujereaban cortinas, persianas que subían un palmo; aquellas
voces atenazaron la paz de los huéspedes. «¡Apresúrese o accederemos a la
fuerza!», amenazó entonces el larguirucho. Y de sopetón: ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG!
¡CRASH...! El tercer balazo hizo trizas la luna delantera del Plymouth.
Contraída de terror, Cokaine notó una enérgica apretura que la arrastró a la
total oscuridad.
Lou había apagado las lámparas.
—¿Sigues entera, nena? ¿Qué diantre ocurre ahí fuera? —Turbada, le soltó el
orden de eventos a trompicones, conforme lo seguía en dirección a la ventana—.
Presumo que el menda —fisgaba por una ranura— disparó desde el interior.
—¡Tío, menudo canguelo! ¡Me tiemblan las tetas y todo!...
Sobrevino otra ráfaga.
—¡Agáchate! —la apartó del ventanal. Esta vez, los policías contraatacaron.
Agazapados en la sombra, oían el silbido de las balas que impactaban Dios sabe
dónde. Acallada la refriega, acaecieron potentes sacudidas.
Lou, de vuelta a la expectativa, susurró:
—Revientan la puerta a patadas.
Cokaine procuraba sosegarse amorrada al Cinco Herraduras que traía consigo
y, ansiosa, acababa de descorchar. Satisfecha, ofreció la botella a su amiguete.
—Ahora no, guapa —continuaba muy alerta del incidente—. Escucha, ¿los
agentes te vieron llamar aquí? —Ante la afirmación, sesgó una mueca—. ¿Y
sospechan que acompañabas a...?
—¡Quia! Lo dicho, extraía limas cuando apareció el auto. A mí, ni caso.
—Pero quizá os vigilaban y deseen interrogarte.
—¿A santo de qué? Tienen a tito Rufo acorralado; solo soy la furcia de turno
que recogió.
—¿Y el conserje? Conoce vuestra relación, ¿cierto?
—Vínculo profesional, querido, y Gustavo es ciego y mudo —le aclaró.
Él produjo un resoplido oneroso. Volvió a espiar: en aquel momento, el
polizonte de menor estatura, junto al automóvil, descolgaba la radio, muerto de
risa. Lou desplazó un dedo el cristal y puso la antena.
—¡Eh! ¿Qué bicho te ha picad...?
—¡Shhh! —la cortó.
No cabía duda alguna de que la bofia le erizaba inclusive los pelos del bigote.
¿Acaso era un fugitivo? ¿Cuatrero? ¿Vándalo? ¿Tramposo? O peor aún: ¡uno de esos
siniestros asesinos múltiples que secuestran, torturan y descuartizan a sus
víctimas en cualquier calabozo lúgubre y recóndito! «¡Ni hablar! Siquiera dañaría a
una mosca —recapacitó—. Tampoco lo imagino atracando comercios o joyerías a
punta de trabuco, cubierto con la media». ¿Ergo ese interrogatorio pertinaz? ¿Qué
diablos encubría?
Desconcertada lo mismo que una esquimal en mitad del desierto, desvió los
ojos hacia el suelo del rincón contiguo al baño. Por medio de la penumbra y gracias
a una vista de lince, pudo divisar unos botellines alineados; también cubetas
apiladas de capacidades dispares. De la pequeña asomaba el mango de un presunto
rodillo. Varios trapos mugrientos yacían esparcidos alrededor de una papelera
desbordada. «¡Caracoles!». Intrigadísima, prosiguió el sondeo: encima del
escritorio descansaba algo realmente bizarro y misterioso. «¿Qué puñetas...?».
Aprovechó que el británico, de espaldas a ella, mantenía la oreja pegada a la
persiana, y gateó sigilosa para allá.
El artilugio llevaba manivela, tenía un cilindro elevado en la porción central,
guías y números en la bandeja de la base... Le recordaba una pizca al ciclostil
(mimeógrafo) que aprendió a utilizar durante el curso de secretariado. Cuatro
planchas metálicas rectangulares, cubiertas de tinta fresca, lindaban una pila de
papeles inmaculados de escala comparable. «Son del mismo tamaño que...
¡Imposible!».
Las pesquisas la incentivaron a registrar el lavabo. El piso de la ducha alojaba
cachivaches diversos; la regadera, descolgada, reptaba en medio de tres cubos.
Arriba, descubrió un rosario de hipotéticos billetes que pendían de cuerdecillas
sujetas a la vía del cortinaje.
—¡Caray! El tal Morales quedó atascado en la ventanilla del baño al intentar
huir —dijo Lou, virando risueño. La chica: desaparecida—. ¿Dónde...?
—¿Esto es lo que creo que es? —Cokaine señalaba aquel chisme.
—Hum... Pues no sé. Prueba suerte.
—Hombre, sirve para falsificar lana, intuyo.
—¡Atiza! ¡Dicho así suena horrible! Yo prefiero el término «reproducir»:
denota profesionalidad y carece de connotaciones éticas.
—Éticas, claro (asentimiento irónico)...
—Además, solo replico Hamiltons ($10) y Jacksons ($20) —expuso con mordaz
santurronería.
—¡Ah, entonces nada! Si solo son Hamiltons y... —estalló a carcajada limpia.
—¡Chist, no grites!
Debido a la imposibilidad de reprimir el ataque, hizo ademán de taparse el
hocico, palma sobre palma.
Zozobras y especulaciones disueltas, liberaba esa opresión acerba que tanto la
había escocido. ¡Qué desencaminada andaba Sweetheart! El fenómeno duró lo
suyo: en cuanto la risa fingía distender, regresaba igual que los bumeranes y, ¡hala!,
a la casilla de inicio. ¿Cuál sería la naturaleza indómita de semejante genialidad,
locura y audacia?
—¡Uf, mi panza!... —suspiró a la postre. Retornó a la vera del compañero, que
la contemplaba sonriente—. ¡La madre que te...! —se secaba el cántaro de lágrimas
a diestra tendida—. ¡Por las barbas del profeta! ¿Cómo diantre ideaste...? —y cayó
presa de otro abrumador arrojo de endorfinas.
Resulta lógico inferir que Lou no era el pionero en este tipo de fraudulencia. A
raíz de la película Mister 880 (Edmund Goulding, 1950), supo del increíble caso de
Emerich Juettner: un inmigrante austríaco de sesenta y dos años, establecido en
Nueva York, que a causa de las penurias económicas que padecían él y su mascota,
decidió emplear la técnica de fotograbado con fines poco ortodoxos. Ni corto ni
perezoso, el afable anciano transfirió la imagen de un biyuyo de dólar a placas de
zinc sensibilizadas, y empezó a distribuir las imitaciones (de mala calidad, mas
¿quién repara en un pavo?) poco a poco. Dada la irrisoria cuantía de copias falsas
en circulación —gastaba lo imprescindible y nunca repetía puesto—, trajo de
cabeza al Servicio Secreto los subsiguientes diez años (de 1938 a 1948), hasta que
finalmente lo atraparon después de incendiarse el edificio en el que vivía. Por
suerte para el simpático estafador, las razones del delito y su senectud ablandaron
el corazón del juez: un dólar de multa y libertad condicional.
La pureza campechana de tal acción —exenta de ninguna avaricia—, el
escarnio a los preceptos imperantes, ese ¡basta! sordo y acuciante del individuo
molido bajo el peso de la recesión de los años treinta, calaron en el carácter
escéptico e inconformista del rapaz inglés, quien más adelante comenzaría a
laborar en la imprenta de Indianápolis. Solitario, minucioso, paciente e intelectual,
el pillastre sisaba un ejemplar de casi todo lo que publicaban, al margen del tema, y
lo leía enterito.
Pronto dominó los intríngulis de cada proceso gráfico. Así fue que,
transcurridos seis años, le sugirieron cubrir la baja del antiguo encargado.
Asimismo, obtuvo conocimientos de notafilia (2), y raspó tiempo y esmero a fin de
conseguir falsear efectivo.
—... Elaborar el papel presentó inconvenientes: gran parte es algodón, sin
embargo, precisa un 25 % de lino, con alternancia de fibras rojas y azules.
—Pero tú ganabas pasta —Cokaine alucinaba en colorines.
—Bastante.
—¿Y por qué...?
—Bueno, verás. En algún punto experimenté una especie de clic interior:
afloraron serios entredichos a nivel existencialista, aconteció un desplome abrupto
de los valores generales, y no fui capaz de restaurar la antigua percepción del
mundo. De ahí que a la larga necesitara una alternativa antes de que el tedio y la
rutina acabaran conmigo. —Echó un traguito de tequila y prosiguió:
»Enfrente de mi apartamento vino a vivir una pareja la mar de maja. Phillip y
yo a menudo coincidíamos. «¡Tú, Hutchinson! ¡Mira esto! —exclamó cierto día,
subiéndose la manga—. ¡Compré el reloj suizo del anuncio! ¡Mola!, ¿eh?». Al
concluir un plácido atardecer de junio, surgió de improviso tras la esquina:
«Madison y yo nos proponemos ir de vacaciones a Hawái. Ahora está muy de
moda...». Y, cómo no, llegado diciembre: «¡Feliz Navidad, vecino!», lanzó la víspera,
mientras yo salía, y él y la esposa trajinaban cinco pies de abeto. Tropezamos de
(2) Rama de la numismática dedicada al coleccionismo, investigación y estudio del
papel moneda y estampillas.
nuevo: «¡Invertir en Bolsa a largo plazo! —me aconsejó—. ¡Es la clave, tío!». En el
último encuentro, enceraba su Ford Torino recién adquirido. «De jovencito ansiaba
dedicarme a la comedia, ¿sabías? ¡Pero fíjate! Tocar de pies a tierra da
recompensas».
»A despecho de que no compartía las actitudes del bonachón de Phillip, afloró
el recelo de hasta qué punto era dueño de mi propia voluntad. Todos somos fruto
de nuestra época, de los hábitos que nos inculcan, las tendencias del momento,
tecnología, etc. Quizá el quid del asunto radicara en abandonar la zona de confort;
alejarme de los tópicos mundanos, ambiciones y cánones que esta coyuntura
pretende imponernos. Libre de amarres, reposado y sobre dos ruedas,
emprendería la senda en busca del yo genuino (o lo más aproximado).
—Bienestar a cambio de sometimiento —participó ella—. Ya lo avisaba papá...
—¡Uh!, Yure.
—Ajá. Él jamás quiso bailar al son del timbal.
—Destacable personaje, según contaste.
—¡Buah! Os habríais entendido de maravilla. ¡Oh, perdona! Sigue, sigue...
—Apuesto a que sí. ¿Decía?... ¡Ah! Al principio, lo de recrear papel moneda no
entrañaba sino un reto personal, un pasatiempo falto de mala intención que, con
logros mediocres, descuidé. Empero, a posteriori me propuse sacarle partido.
»Concebí a Wilma —(la gallina de los huevos de oro)— de forma que pudiera
desarmarla y transportarla sin dificultad: es ligera, desmontada no ocupa
demasiado, y a ojos inexpertos apenas levanta sospechas. Las tintas grasas las
compro en tiendas especializadas a medida que las requiero, al igual que el resto de
bártulos, los cuales destruyo luego de usarlos. Tuve también la cautela de encargar
las piezas en distintos talleres. Una vez ajustada a conciencia, partí de las planchas
antiguas que conservaba; las recompuse, iba retocándolas en función del
resultado... —La joven resopló—. Trabajo de chinos, sí. El broche de oro consistió
en aportar al producto la apariencia de uso, cosa que consigo mediante una
fórmula especial que desgasta y agrieta un ápice el papel; pliegues o rasgaduras de
lado. Pillé los primeros diez pavos y fui a zamparme un perrito caliente; recibieron
una espléndida propina aquel sábado triunfal. A la semana, dejaba atrás
Indianápolis. Y al cabo de un año y nueve meses, acá figuro.
—A escondidillas —observó divertida.
—¡Mujer! ¡Me diste un soponcio de muerte!
—¡Ay, lo lamento en el alma, cariño!
—Olvídalo. Uno al año no hace daño —guaseó.
Conmovida, asió las manos del muchacho.
—Soy una tumba. Lo sabes, ¿verdad?
—Claro —convino despreocupado.
—¡Míralo! ¿Tan seguro estás?
—Tú nunca le cortarías las alas a un pájaro.
—¡Oh, Dios! —se le abalanzó encima.
El frenético e impetuoso torbellino dispersaba vestiduras en múltiples
direcciones.
—Te deseo, Cokaine (resuello).
—Nadiya, vida mía (jadeo).
—Encantado, Nadiya.
Y febrilmente entrelazados, los cuerpos ígneos, delirantes, despojados ya de
cualquier gravidez, despegaron del suelo, envueltos en una burbuja nacida de
ambos placeres.
Ni mucho menos los distrajo la comparecencia del camión de bomberos;
tampoco el escándalo del serrucho radial que liberaba al pobre Morales de su
singular atolladero. Para entonces, los amantes emprendían el segundo asalto (en
jerga pugilística).
Aplacado el desenfreno, la exquisita calma poscoital y el suave perfume
sinuoso del hachís inundaban el cuarto. Lou se levantó a echar una ojeada.
—¿Moros en la costa? —Nadiya exhalaba pequeños anillos de humo.
—Limpio y despejado.
—Do svidaniya (adiós), tito Rufo... ¿Fumas, corazón? —Él regresó a la cama. Al
acercarle el cigarrillo, chismosilla inquirió—: ¿Wilma?...
—Azares de la programación televisiva —adujo jovial—. Emitían The
Flinstones (Los Picapiedra) mientras dibujaba los planos en casa. Wilma aportaba
sensatez a las locuras de Fred y...
Nadiya aventó una risotada.
—Respecto a tu historia —dijo acto seguido—, queda un aspecto clave
pendiente...
—¡Caramba! Dispara.
—¿Hallaste al auténtico Lou?
—Todavía mejor: te he encontrado a ti.
El porro fue depositado de urgencia en el cenicero, e inauguraron el tercer... En
fin, la pasión manda y el cuerpo obedece.
Juntos

Varios chasquidos leves reanimaron los sentidos de Nadiya. Todavía


amodorrada, palpó a la vera: estaba sola en el lecho. Abrió los ojos y ladeó la
cabeza. A través de las ranuras de la persiana irrumpían potentes rayos, como
venablos etéreos, cuyas pendientes paralelas terminaban clavadas en los
baldosines del suelo. Infinitud de minúsculas motas de polvo danzaban
centelleando entre la refulgencia. A su vez, el viento silbaba una curiosa melodía al
traspasar la ventana mal cerrada. ¿O soplaba por debajo de la puerta? ¿Provenía de
ambas brechas quizás? Vigilia recién estrenada; temprano para discernir con total
lucidez. Y al instante lo sintió: olía mucho a... ¿detergente? ¡No, lejía! El aire
arrastraba también un toquecillo de la volátil y aturdidora esencia de alguna
variedad de trementina. Imposible precisar cuál.
Tras frotarse la naricita, echó a un costado la blancura de la sábana. Se
enderezó y, holgazana, hizo la serie completa de estiramientos mañaneros. Había
descansado de maravilla. Notaba el cuerpo repleto de vigor y tenía, además, la
deleitable impresión de que aquella jornada iba a ser muy especial.
Lou salió apresurado del cuarto de baño. Acarreaba la fregona y el cubo.
—¡Uy, disculpa! —dijo en voz baja—. No pretendía despertarte.
—Tranquilo... —bostezó—. ¿Qué hora es?
—Eeem... las once menos cuarto. Sigue acostada, si quieres.
—¡Tsk! Dormí de sobra.
—Entonces subiré una pizca el telón. —El resplandor ahuyentó la penumbra
del dormitorio. Este lucía impecable; ni rastro del instrumental y desorden de ayer
—. ¡Buenos días, preciosa! —la besó.
—¡Mua! Hola, vida. ¿Y Wilma?...
—Estás encima —airoso, entraba de nuevo en el lavabo.
Asomada bocabajo, atisbó tres estuches del tamaño aproximado de cajas de
zapatos y una bolsita dotada de cremallera. Todo tan cuco, tan pulcro, tan exacto...
—¡Ea, mi nene! ¡Qué apañadito! —Él surgió de vuelta. Traía consigo unos
cuantos fajos de apenas media pulgada de grueso—. ¡Cáspita! ¿A ver? —Obtuvo
tres manojos de diez dólares y dos de veinte. Retiró un billete de cada valor.
Después de examinarlos del derecho, del revés, de cerca, de lejos y a contraluz,
depuso—: ¡Recristo! ¡Parecen auténticos!
—Esa es la intención... Permíteme. —Apartó la mesita de noche. En la parte
posterior del mueble había añadido una madera delgada, a guisa de fondo falso, la
cual sustrajo—. ¿Desea usted efectuar el ingreso, señorita Kedzierski?
—¡Encantada, señor Hutchinson! —Chistosa, sujetó el parné a la banda elástica
que lo retenía firme en estado vertical—. ¡Listo! —El granuja encajó la lámina y
repuso el enser—. ¿Cómo llevas la limpieza? —le consultó acto seguido.
—Resuelta en un periquete.
—¿Almorzamos luego? Mi tripa ruge de gazuza.
—¡Secundo la moción! Ah, coloqué tus efectos ahí —señaló el asiento.
—¡Qué mono!... —Dejó la piltra de un saltito brioso, y procedió a vestirse.
Puesto el top, no encontraba la prenda íntima por ningún sitio. Descolgó el bolso
del respaldo, a ver si en el interior...—. ¿Dónde puñetas...? ¡Eh, cariño! ¿Y mis
braguitas?
—¡Sobre la silla! —pudo oírse desde el aseo.
—¡Ah-ah! ¡Acá nones!
—En tal caso —emergió la testa bigotuda—, ni remota idea.
—Pues tú me las arrebataste, bribón.
—Recuerdo el fragor del momento (sonrojo acentuado), aunque su paradero
actual...
—¡Ji, ji, ji...! —ella rebuscaba alrededor—. ¡Epa, hételas aquí! Justo al lado de la
papelera.
—¡Canastos! ¡Seré zoquete? —lanzó perplejo—. ¡Casi descuido vaciarla! —Flis,
flas, anudó la bolsa y la extrajo—. Conviene destruir estos descartes antes de
marcharnos. ¡Enseguida regreso!
Y es que el alegre revoloteo de semejante pibón despistaría a cualquier
mancebo con sangre en las venas; arroje la primera piedra el guapo que subestime
la hechicería de la belleza.
Nadiya, consciente de ese rubor, atrapó divertida el cepillo y se introdujo en el
baño. «¡Madre mía! ¡Qué pelos!», exclamó ante la secuela del desbordante frenesí
nocturno. Un simple desajuste estilístico que no hacía sino corroborar la propia
dicha. Los acontecimientos ocurrían a gran velocidad; el tren del azar, ¡chu-chuuu!,
partía de la estación. ¿A qué destino? El tique no lo especificaba, si bien el instinto
sostenía que la dirección era correcta.
Ya alisada y rostro aclarado, fue al velador a recoger los pendientes de aro.
Mientras adornaba sus proporcionadas y gráciles orejas, reparó de soslayo en el
armario. «Hum...». Y, claro está, el ansia de cotilleo aniquiló la mesura por KO. Lou
viajaba requeteligero: dos pantalones, unos shorts, cuatro sencillas camisetas,
media docena de gayumbos, varios pares de calcetines, un neceser chiquito, una
radio a pilas y, colgada del perchero, la cazadora vaquera que vestía el martes. El
estante inferior alojaba tres ejemplares de la revista satírica Mad, los números seis
y siete de la publicación undergroud Zap Comix (que fundó Robert Crumb, el
controvertido dibujante), aquel «temible» Tractatus logico-philosophicus prestado
de la biblioteca, su inseparable cuaderno de escritura, El mito de Sísifo (Albert
Camus, 1942), un mapa desplegable y, ¡ay, pillín!, el Playboy Playmate Calendar;
saturado de las «conejitas» estrella del setenta y tres. «Magro consuelo para tan
audaz trotamundos», discurrió enternecida.
Pero al fondo estribaba algo... ¡un regalo! «¡Un disco!», dedujo de inmediato.
Cinta y envoltorio fuera, apareció el álbum Birds of Fire (Pájaros de fuego), segundo
registro de la Mahavishnu Orchestra. Desconocía el grupo. Tres franjas
horizontales, difuminadas en amarillo, rosa y azul, coloreaban la carátula. Dentro
del rectángulo estrecho del centro —pedazo de bóveda celeste— había dibujados
cinco pájaros que emprendían el vuelo. Un vistazo a la contraportada reveló a los
músicos. ¡Caramba, uno tocaba el violín!
—Jazz fusión de vanguardia —Lou la pescó en flagrante delito (a estas alturas,
curado de espanto)—. Lo escuché grosso modo en la tienda: mezclan rock
progresivo, música oriental, blues... Creo que te agradará.
—¡Qué delicia de criatura! —El impetuoso mimo de correspondencia embriagó
al muchacho—. ¿Zampamos en casa y lo pincho? Me pica la curiosidad.
—«¡Chévere!»—. ¡Dispuesta! ¿Y tú?
—Tan pronto como coja gorra y lentes —sonrió bobalicón.
La mordedura del sol del mediodía apretaba de lo lindo. Tremendas ráfagas de
cálida ventisca impelían carretera arriba dos plantas rodadoras y la arena desértica
empezaba a salpicar el asfalto del parquin. Costaba mantenerse en completo
equilibrio. Los tortolitos enfrentaron tal inclemencia a semejanza de los valientes
que gozan de la atracción más osada de la feria. «¡Sujétese fuerte, milady, no sea
que me la arrebate el temporal!». Nadiya se adhirió a él como una lapa, y
arrancaron harto contentos.
Sentado al borde del puente de la vía férrea, Blackey sujetaba un paquete de
cigarrillos a medias. A escasa distancia, su eterno compinche de travesuras tenía la
esperanza de hallar una cerilla caída del cielo que los salvara del apuro. ¡Vana
ilusión! De súbito, cierta motocicleta cruzó fugaz bajo los pies suspendidos del
Morenito. «¡Corre! —exhortó a Johnsey—. ¡Cokaine nos dará fuego!».
—Un poco jóvenes para el vicio, ¿eh, chicos? —contrapuso esta.
—¡Bah, tía, ahórrate las monsergas! —arremetió Blackey, que resoplaba a
causa del esprint—. ¿A ti qué? —Puesto que luchar contra los impulsos juveniles
suele carecer de impacto, accedió a la demanda.
Johnsey avizoraba al forastero, quien fijaba el antirrobo a la moto.
—¿Es tu novio? —preguntó pálido de espumosa celosía.
—Amigo —dijo ella, en tanto le ofrecía lumbre.
—Caballeretes... —Lou concurrió. Blackey hizo un saludo apático, envuelto en
una nube de humo. A Johnsey le sobrevino el clásico ataque de tos—. ¡Caray!
¡Respira, hombre, respira! (palmadita en la espalda).
—¡Quita esa zarpa, demonio! ¡Cof...! ¡Cof...!
¡Fíjate tú el marisabidillo, ensopado de la neura de Apolonia! Nadiya iba a
reñirlo, mas el inglés, histriónico, antepuso:
—¡Maldición! ¡Otro que me descubre! —Se quitó la gorra ante las narices del
rapaz, y en tono maléfico de teatro de marionetas, prosiguió—: ¡Ahora tiembla a la
luz de mis cuernos!
—¿Eeeh...? —Johnsey lo miraba desconcertado.
—¿No los ves, chaval? —Puso el cuerpo de perfil—. ¿Y la cola?
—¿Qué cola?
—¿Tampoco?
—¡Intentas tomarme el pelo, viejo?
—¡Oh, solo bromeo, compadre! (sonrisa amplia). Aunque tú, a diferencia de un
servidor, tiendes a esconder cosillas. Observa. —Exhibió las palmas desnudas, y
luego le pasó una mano detrás de la oreja. Al desplegarla, afloró un dólar.
—¡Hala! —Blackey estaba estupefacto.
—¿Sacaréis unas chucherías de aquí, troncos?
—¡Seguro! —replicó Johnsey, pillando la pasta.
—¡Ups! —interpuso Nadiya—. ¿Qué olvidáis?
«¡Gracias!». Salieron disparados hacia el colmado de los Wilson.
—Simpáticos mozalbetes —comentó Lou portal adentro.
—Te los has ganado, chato. Y escapaste ileso.
—Prospero... o un pavo obra milagros. Una de dos.
—Haz tu truco a Apolonia la próxima vez —lo pinchó.
—Graciosilla...
El apartamento, que flaqueaba en la quietud mustia del vacío humano, celebró
la compañía con un débil rechino de travesaños. Nadiya corrió las cortinas y la
claridad expuso el desbarajuste genérico: ropa esparcida a discreción, la butaca —
paradigma del caos— rebosaba periódicos y revistas viejas, el camastro parecía un
revuelto de tortilla, la montaña del fregadero despotricaba de la mugre reseca...
—¡Ejem! Disculpa el enredo —balbució avergonzada. Y cazó el canasto al
vuelo.
—Pierde cuidado. Yo me encargo de la vajilla.
—Enciende el horno primero —recogía a toda prisa—. Compré pastel de carne
artesanal. ¡De rechupete!
—Eeer... Prefiero un menú distinto, si es posible —expresó él.
—¿No te apetece?
—Eso lleva mantequilla y huevo, ¿cierto?
—De siempre —extrañada, detuvo la batida.
—¡Ecss...! —Lou enseñó una lengua de palmo y medio.
—¿En serio?
—Mi paladar nunca miente.
—¡Pfff...! ¡Menudo británico de tres al cuarto! —rio burlona.
—Bueno... Hoy día soy estadounidense.
—¿Y lasaña de atún? —propuso vivaracha—. La mía no trae bechamel; las
verduritas te gustan.
—¿Tiene queso, por casualidad?
—Ajá.
—Mmm...
—¿Qué?
—Detesto el queso.
—¡Ay, Dios santo! ¡Acércate, tiquismiquis! —Abierto el frigo, la entente
perfecta vino de las chuletas de cerdo con patatas fritas.
Lou era peor que un niño mimado a la hora de comer; peculiaridad que a ojos
de la joven resultaba incluso cómica. Menor angustia le originaba aún esa índole de
pícaro recién descubierta, dado que sobrevivía muy sencillamente sin arruinar a
nadie. La gente intercambiaba la moneda falsa que recibía y el timo se esfumaba en
los vericuetos del mundo económico. Una maniobra discreta, impoluta, exenta de
perjuicios. «Abandonado el patrón oro, la Reserva Federal siquiera advierte este
diminuto aumento de la inflación», reflejó anoche, sarcástico.
En realidad, sentirse vinculada a un transgresor de tamaña modestia y astucia
la excitaba sobremanera; nada raro si la chispa que aviva las calderas prende de la
erótica de la inteligencia. Empero, el miedo a que sus quehaceres lo echaran todo al
traste crecía minuto a minuto. Lógico, porque aquella tarde debía acudir puntual a
la Apple Model Agency. «¡Jopé, qué aprieto! ¿Mejor ocultárselo? —Intuyó que un
desliz así socavaría los mismísimos pilares de la franqueza establecida—. ¡Nanay!
¡Eso jamás!». ¿Cómo abordar tan peliaguda cuestión, pues?
La avalancha de ingenio y virtuosismo de la Mahavishnu Orchestra la
cautivaron apenas la aguja rozó el vinilo. No existe mejor obsequio que el que
infunde genuino placer, y Lou supo acertar de lleno. A finales de la cara B,
entretanto el violín de Jerry Goodman sazonaba Open Country Joy de matices
hindúes y los aromas tostados del café relevaban al postre, distendida, casual, le
soltó:
—A las cinco preciso atender un asuntillo rápido en la urbe. Acompáñame y
vamos al cine después, ¿sí?
—Claro —convino—. ¿Alguna sugerencia?
—Veamos. —Recogió una edición atrasada del Palo Largo Journal de la pila del
sillón, válida todavía en materia de espectáculos, y la dispuso sobre la mesa—.
¿Qué opinas de las pelis porno? —disparó a bote pronto.
—¡Uh! ¿Acaso quieres...?
—¡No, bobo! Anda, responde.
—Oh, ni fu ni fa...
—¿Te ofenden?
—En absoluto.
—¿Sabes mi recado, cielo? —A punto de sorber, Lou alzó las cejas—. Me
entrevistan de cara a intervenir en una.
—¡Glups! —depuso la taza. Y antes de que consiguiera mediar palabra, ella
exteriorizó la voluntad de huir del ámbito de las farolas para cobijarse bajo los
focos, habida cuenta de las ventajas que implicaba. Tras escucharla atentamente,
reflexionó—: De camarera, verbigracia, finalizarías el turno exhausta, dolorida de
pies, y presumo que piropeada o toqueteada. La «decencia» no es ningún chollo.
Ostentas una figura de escándalo (¡Dios salve a la reina!); sácale el partido que
estimes oportuno.
—Vale. ¿Y tú? —Nadiya acusaba la tensión cual soga en el juego del tira y
afloja.
—¿Yo?...
—¡Deja de hacerte el longuis, sinvergüenza!
—¡Pero si coincido! ¡Acabo de decirlo!
—¿Y eso qué significa? ¿O insinúas que lo nuestro son ensueños míos?
—¡Ansío estar contigo! ¿No salta a la vista? ¿Lo quieres por escrito y
rubricado? (visaje de caricatura animada).
—¿A pesar de...?
Lou inhaló hondo; exhaló pausado. La atrajo hacia sí y, afectuoso, le susurró al
oído:
—¿A quién brindas tu verdadero cariño, atención y candor, ma petite chérie?
—Adivine usted, monsieur...
—Entonces —continuó él—, ¿debo preocuparme de que otro manosee un cofre
vacío, aun cuando disfruto del auténtico botín?
—¡Miserable pirata! ¡Hasta la última onza de oro te pertenece! —Lo besó con
los cinco sentidos vertidos en ello. A continuación, alzándose de un brinco, se
deshizo del atuendo de arriba—. Necesito una ducha. ¿Vienes?
—¡Ey! ¿Y la cartelera?
—Puede esperar. Yo, al contrario...
—¡Ugh...!
La ciudad de Palo Largo acogía un total de diecisiete salas de cine, cuatro de
ellas situadas en los aledaños del centro. Ahí, la de mayor capacidad era el
Coliseum Theater, donde los hitos Hollywoodienses seducían a mogollón de
insaciables roedores de palomitas. A diferencia, la Filmoteca Río Grande, también
dedicada a los estrenos, acostumbraba a presentar películas menos ordinarias:
desde Bergman, Pasolini, Fassbinder y Tarkovski, a Kurosawa, Mizoguchi, Truffaut
o García Berlanga, el celuloide extranjero tenía aquí un rinconcito en el que caerse
muerto. Por añadidura, invasiones marcianas, horrendos monstruos disformes,
chupasangres sedientos, zombis putrefactos y justicieros enmascarados de
calzones ceñidos, cobraban vida en la pantalla del Stadium, que, gracias a las
sesiones dobles, tiradas de precio, prometía ratos muy amenos al público
incondicional de la serie B.
A cuatro manzanas de la oficina de Brenda Salerno, el archiconocido Palo Largo
Movies reponía Jesus Christ Superstar: un musical y el factor proximidad sedujeron
a la remojada pareja.
Nadiya concluía el protocolo de embellecimiento, sumergida en ese agradable
estado de placidez que proporciona el éxodo de las zozobras y elucubraciones
malsanas. «¡Udachnoy poyezdki! (¡buen viaje!)»; navegaban mar adentro con el
repunte de la marea y propicios vientos alisios. Su mente divagaba ahora a
voluntad, embelesada por las notas de salida lima siciliana, bergamota, melón y
albahaca del Diorella de Dior. «¡Tomy Pierce!». El nombre franqueó sin más el
visillo del subconsciente. «¡Llámame Tom, jolines! ¡Que ya no soy ningún crío!».
«¡Demuéstralo!», lo retó una Nadiya quinceañera de largas coletas y faldita plisada.
Así, en aquella noche mágica del cuatro de julio, Tom —dos años mayor, todo
bucles dorados, rostro aquilino manchado de pecas, cuerpo lozano y
temperamento de topo despistado— la desfloró entre flamígeros estallidos
celestiales y carnales, detrás de la gran carpa ferial. «¡Despierta, papá! ¡Quiero
contarte algo!», aulló al llegar a casa de madrugada. Yure, soñoliento pero
emocionado, estrechó a la zagala en su flamante plenitud. «Cuánto le habría
encantado conocer a Lou», pensó enternecida.
El rumor distante filtró a través del zumbido del secador:
—¿Pretendes abrir un quiosco de revistas anticuadas? —el socio husmeaba en
aquel desbarajuste.
—Negativo, je, je... Reservo las fotos para dibujar y componer collages.
—¡Vaya! Conque talento pictórico, ¿eh? ¡Soberbio!
—Hombre, tampoco exageres. Antes le dedicaba bastante tiempo, aunque
después de morir papá perdí un poco las ganas. Jorguensen, el casero, iba a
desechar todo eso, y me entró el gusanillo.
—¡Muéstrame, porfa! —le pidió muy interesado.
—Encontrarás la carpeta encima del ropero. Tú mismo.
Dicho y hecho, del interior manaron bosquejos a lápiz, tiza, carboncillo, etc.
Muchos capturaban a músicos de jazz en plena faena, copiados de portadas,
revistas o carteles. Aparte, halló diversas acuarelas paisajistas, bodegones al óleo y
trabajos variopintos. Los últimos revelaban una marcada tendencia psicodélica.
«¡Admirables!», juzgó ufano.
Lou otorgaba gran trascendencia a la creatividad. Mantenía que implementarla
dispensaba múltiples beneficios. Daba igual que fuera un indígena de la selva
amazónica que tallase flautas, un tipo aporreando la máquina de escribir en su
miserable cuchitril de Nueva York, ese japonés inquieto que se devana los sesos
para plegar el papel en forma de rinoceronte, o una neomexicana provista de
tijeras, fotos y cola. «Elaborar, conseguir que nazca algo del vacío o de la materia
bruta, requiere genio resolutivo y pone a prueba los límites del individuo. En la
medida en que el arte exige la interpretación personal e intransferible del mundo,
cada persona expresa unicidad. El desarrollo comporta placer, conocimiento, y
refuerza la autosuficiencia», expuso convencido. Asimismo, puntualizó que
cualquier obra establece un mero peldaño en la interminable escalera de la
experimentación. A este respecto, desdeñaba la vertiente mercantilista a la que el
arte sucumbía, porque a su juicio estropeaba la pureza y acicate del proceso
creativo.
—En una interviú al escritor Arthur C. Clarke —introdujo Nadiya—, habló de
determinada red global de comunicación, por medio de computadoras, que anda a
las puertas del desarrollo. Imagínate un espacio en el que la gente aporte
creaciones y todos accedamos a ellas de forma libre. Que contemplasen mis dibujos
o leyeran tus escritos desde Australia o, qué sé yo, desde España... y al revés,
evidente. ¿No reduciría esta vía las injerencias de terceros?
—De antemano, suena fenomenal —repuso él.
—Sí, ¿verdad? Ay, el futuro dirá... —Abandonó el baño—. ¿Qué tal luzco?
—¡Uau! ¡La belleza te debe a ti el significado, chica!
—Briboncete halagüeño (besito). ¿En marcha?
La calle permanecía anormalmente desierta. Ni vehículos en movimiento, ni
transeúntes de paso, ni niños jugando, ni vecinos de palique... Siquiera rebotaba el
eco aislado de una radio, televisor o bulla doméstica. Silencio sepulcral. Aparentaba
que la raza humana estuviese desaparecida de la faz de la Tierra, como en uno de
esos turbadores episodios de The Twilight Zone (La dimensión desconocida).
Lou desatrancaba la moto tan campante, cuando un chirrido agudo hizo
despegar varias palomas. El gato que hurgaba en los desperdicios huyó espantado
también y, ¡oh, terror de los terrores!, la efigie andante de Apolonia, más verídica
que el sol abrasador que caía a plomo, surgió del portal de enfrente. Iba provista de
una formidable pistola de agua sujeta a la cintura. La mirada abismática que
intercambiaron ambos compatriotas hubiese encrespado incluso el mostacho del
propio Wild Bill Hickok. Mientras la violencia del aire agitaba hojas de periódico en
mitad del asfalto, la señora, retadora, dio tres zancadas al frente. La tensión
rasgaba la atmósfera lo mismo que un cuchillo corta gelatina sin dificultad.
El corazón de Nadiya empezó a acelerarse. ¡Bum-bum! ¡Bum-bum! Cada pálpito
latía el doble de vigoroso que el anterior. Lou intentó avanzar, pero ella lo retuvo
del brazo y le suplicó que ignorara la provocación. «Un hombre tiene que hacer lo
que tiene que hacer, hermosa dama (postureo a lo John Wayne). Nada temáis.
Vuestro amor es mi coraje y mi consuelo». ¿Héroe o iluso? Fuera lo que fuese,
cobarde, jamás. Temblorosa, lo liberó con lágrimas amargas: comprendió que de no
zanjar aquella rencilla nunca vivirían tranquilos. Y a lo lejos el ferrocarril
resoplaba, y un chucho aulló desde la esquina oeste. La suerte estaba echada.
En la orilla opuesta, la pistolera exhibía una expresión amenazadora, fría,
desalmada. Acechaba paciente, tentativa de efectuar el tiro certero que fulminara al
adversario. Este, desarmado y solo ante el peligro, sentía un sudor gélido que le
chorreaba frente abajo; ladeó la cabeza: sus vértebras crujieron. Nadie
pronunciaba oraciones ni súplicas ni tañían campanas. Únicamente el alma de la
emperatriz del saloon sufría por el pellejo del humilde cowboy.
Cosquillea que cosquillea el mango del arma, Apolonia entrecerró los ojos. El
tren alcanzó la pasarela; desenfundó en el punto álgido del ruidoso traqueteo:
¡flush! Lou pudo esquivar el chorro de milagro, que fue a humedecer la fachada del
edificio Vista Alegre. Nadiya aguantó la respiración, porque la otra apuntaba de
nuevo. Casi percibía el aliento mortal de la Parca detrás del cogote. En esta ocasión,
su amado tuvo el acierto de agacharse. La ráfaga pasó justo a ras del gorro.
La infame sicaria, de muy mala gaita, frunció el ceño. «¡Gusano escurridizo!».
Rebasó la acera y presionó el gatillo con rabia, mas obtuvo un mísero hilacho de
apenas media yarda. Confundida, revisó la pipa: munición agotada.
Lou aprovechó que recargaba en la boca de incendios para arrojarse sobre el
corcel de hierro. Presto a ensartar la llave en el contacto, de la risa, le resbaló de las
manos. ¡Cling, cling...! Nadiya, desternillándose igual, se apresuró a recogerla.
«¡Arranca, cariño, que regresa!». ¡Brrrom, brrrom...! Y al grito de ¡hi-yo, Silver!,
escaparon a galope tendido.
La suerte parecía desamparar a Apolonia. Ese mal bicho era un hueso duro de
roer. Visto lo visto, ahuyentarlo requeriría acciones de mayor calado. ¡El diablo
merodeaba a voluntad y la rendición no constaba en la lista de alternativas! De
quedarse de brazos cruzados, ¿cuántos inocentes seguirían a la tragedia de
Cokaine? «Quien ríe último, ríe mejor», murmuró de vuelta a casa.
A las cinco y cinco, Salerno recibía a la joven promesa del cine erótico en la
agencia. «Las fotos no te hacen justicia, querida», manifestó durante el cordial canje
de besos. Mujer de unos cuarenta años, alta, pelirroja, atractiva y cargada de estilo,
la invitó a pasar al despacho. Tras ofrecerle asiento, le dio a elegir té, café o un
refresco. Nadiya observaba curiosa los carteles promocionales que encubrían la
precariedad de las paredes añejas. Ninguna de aquellas películas despuntaba en la
memoria. «Expreso sin azúcar, guapa», subrayó la representante al cederle el
vasito recién sacado de la máquina del pasillo. Enseguida quiso averiguar si poseía
alguna experiencia en el campo de la interpretación, a lo que la gachí contestó que
se ganaba las habichuelas de fingir como una bellaca. «Sí... Perspicaz, tal cual dijo
Brad», sonrió complacida. Detuvo ahí los rodeos y entró en materia.
Brenda disertaba de modo relajado, elocuente, entregada. Los gestos de brazos
y manos seguían su voz, al tiempo que desvelaba la trama general de Infinite: A Sex
Odyssey. Conforme a lo descrito, Nadiya dedujo que el proyecto reunía más
aspectos de comedia que de peli guarra: habían retorcido el argumento original del
film de Kubrick hasta convertirlo en una parodia de disparate. Y pese a las partes
subidas de tono, el sexo explícito representaba un valor añadido. «Lanz prevé que
los distintos ingredientes fluyan mediante el humor, ¿comprendes?». La palpable
profesionalidad y el enfoque irónico lograron engatusarla; a fin de cuentas, una
experiencia escénica garantizaba lo suyo.
Al cabo de la ristra de indicaciones del personaje a cubrir, le propuso que
leyera un fragmento del diálogo. «Sé incisiva, chata. Recuerda que Karen ansía
sonsacar al reverendo Lloyd. ¡Venga, desde arriba!». A la tercera no miraba el folio
e interpretaba desinhibida. «¡Lanz llorará de felicidad contigo! —sustrajo un par de
documentos del cajón del escritorio—. En cuanto al contrato...».
El acuerdo estipulaba la remuneración convenida a cambio de una jornada de
rodaje, además del compromiso de satisfacer las sesiones fotográficas tocantes a la
campaña publicitaria, por las que cobraría un jugoso dinerillo. En última instancia,
la cláusula postrera la ligaba a la entidad de cara a futuros trabajos. ¿Qué más podía
pedir? Las cosas pintaban nítidas y en perfecto orden, de manera que estampó la
firma a pies juntillas. «Concretaremos fecha de rodaje mañana o pasado. Procura
atender el recado, ¿de acuerdo? —Aconteció un amistoso estrechón—. ¡Bienvenida
a bordo, Cokaine!».
Al salir de allí no tuvo paciencia para aguardar el ascensor. «¡Puf-puf...!»,
descendió la escalinata en plan potro salvaje. Es probable que los envidiosos
escupieran pestes de Lou, en el momento en que aquella vorágine escultural
atravesó la puerta del garito donde la aguardaba, y lo estrujó, loca de júbilo. De sus
sabrosos labios cereza fluía un torrente imparable que cortocircuitaba las
neuronas del pobre muchacho. ¡Iba a actuar de veras delante de las cámaras!,
insistió, en tanto agitaba el guion que sostenía. «Inspira (ademán inductivo)...
Expira... Relájate... ¡Equilicuá! Ahora, despacio, cuéntame», él gozaba de ese
entusiasmo a similitud de un lagarto al calorcito del sol. Nadiya despedía la pureza
cristalina de una mañana radiante sin final. Al solicitarle el libreto, descubrió que el
diálogo ocupaba numerosas páginas... y soslayó risueño el libidinoso cierre de la
segunda escena.
Conocedora del temperamento bufonesco del británico, presupuso que la
ayudaría. «¿A preparar tu papel?... Desde luego, cuenta conmigo». Los clientes del
bar, sutiles testimonios del simpático numerito, a raíz del apasionado abrazo, esta
vez detonaron en aplausos.
El reloj apremiaba si no querían entrar comenzada la proyección de media
tarde. La camarera, una mexicana de caderas anchas, clisos prominentes y cabello
trenzado, muy maja ella, rehusó cobrarles las colas. «¡Da gusto contemplaros,
parejita!». Lou correspondió a tanta amabilidad con una contribución de diez pavos
—auténticos— en el bote (colecta a beneficio de la abuelita de alguien, la cual
necesitaba una silla de ruedas). ¡Todos felices!
Después de dos actos filmados en suelo palestino e israelí, de veinticuatro
canciones que oscilaban entre vítores y discrepancias hacia el Mesías, de complots
y sentencias, de treinta y nueve latigazos escalofriantes, del sacrificio intencional y
de un puñado de esperanzas truncadas, decidieron estirar las piernas por el Tex-
Mex Park. Situado en el lado sudoeste de la periferia, el mayor jardín de Palo Largo
alojaba un magnífico estanque bordeado de fresnos y encinas. Entretanto paseaban
a la vera, comentando la música y el enfoque rompedor del drama bíblico, un grupo
estrafalario los rodeó de improviso. «Hare Krisna! Hare Krisna! Krisna! Krisna! Hare
Hare!...», cantaban y bailaban al son de tambores, panderetas y chinchines. Los
hombres, cuyos tiestos rapados conservaban atrás un pequeño mechón, llamado
sikha, vestían el típico dhoti anaranjado; las mujeres transitaban envueltas en
llamativos saris de vivaces colores.
Una sola mirada de mutua complicidad bastó a la pareja para unirse a
semejante cuadrilla, hasta que, cansados de hacer el indio y hambrientos, fueron a
comer perritos calientes en el puesto ambulante de la entrada del parque.
—Cielito.
—¿Sí?...
—Mostaza en el bigote, a las tres.
—¡Oh!
—¡Ji, ji...! La otra comisura, tontito.
—¡Ah!
El día había apagado las luces con tal rapidez que, quejicas, culparon al dios
Chronos de comprimir el tiempo a propósito. Tampoco importaba mucho, porque
de vuelta a la Catorce eran dos llamas tan cercanas que solo se apreciaba un único
fuego. ¿Hacía falta decirlo? Chisporroteaba en las pupilas, en las voluntades y
consciencias de ambos. Sin lugar a dudas, el mañana los sorprendería bajo el
mismo techo.
El séptimo arte

A Garret Davis no lo apodaban «pico de oro» por ser precisamente un orador


distinguido (a decir verdad, carecía del don de la palabra), sino a causa de las
nueve pulgadas que medía su miembro en estado sublime. Este portento de
muchacho gozaba también de estatura aventajada, apariencia atlética digna del
David de Miguel Ángel, rasgos de latin lover que recordaban al Valentino de los
años veinte, y pelo castaño sinuoso en arremolinada profusión. Encima, para
deleite femenino y celosía masculina, esos ojos almendrados azul turquesa
resplandecían igual que luz derramada sobre aguas caribeñas.
Originario de Richmond (Virginia), de mozo se trasladó a la ciudad de Nueva
York, resuelto a forjarse la vida que soñaba, costara lo que costara. Las tempranas
apariciones en revistas beefcake enseguida lo catapultaron hacia el mundillo del
softcore gay. Durante aquella época, desempeñó papeles secundarios en películas
de arte y ensayo subidas de tono como Scrambled Eggs (Huevos revueltos)
(Clarence Rossi, 1969), o The Naughty Boys (Chicos traviesos) (Wilbur Doyle,
1971), ambas filmadas en dieciséis milímetros y con escasísima distribución.
Puesto que las producciones heterosexuales obtenían mayor financiamiento y
anuencia, ávido de prestigio, decidió cambiarse a la acera de enfrente. Sobra añadir
que ese talle y la monumental herramienta dejaron a todo quisqui boquiabierto, y
pronto devino uno de los héroes del ramo más reputados.
El tejemaneje que ocupaba a Lanz Harper y Brenda Salerno exigía un reclamo
de máximo calibre que propiciara la afluencia del público a las salas. John Holmes,
indiscutible rey del porno, estaba liado haciendo del investigador Johnny Wadd en
Exotic French Fantasies (Fantasías francesas exóticas) (Michael McDermott, 1974)
junto a Linda Lovelace, prima donna del exitazo Deep throat (Garganta profunda)
(Gerard Damiano, 1973), por lo que rechazó el ofrecimiento. En su defecto,
acordaron fichar a Davis de cara a la secuencia de apertura. Matti Korhonen, judío
finlandés —en la actualidad adepto de Osho (gurú del sexo y los Rolls-Royces)—,
dueño de una editorial, examante y mánager del actor, recibió la propuesta cual coz
equina donde más duele: «¿Que Garret interprete a un eclesiástico que le da al
ñaca-ñaca? ¡Acaso mascáis peyote? ¡Medio país codiciará nuestras cabezas!». El
tendido telefónico entre Palo Largo y la Gran Manzana echaba chispas del frenético
tira y afloja. Empero, la fe sobrenatural de los realizadores en el proyecto, su
actitud persuasiva capaz de disuadir a Philip Morris de vender tabaco, y un
magnánimo redondeo al caché, lograron inclinar la balanza.
El artista aterrizó según lo previsto en el Palo Largo International Airport la
tarde previa al día de rodaje, y fue recibido a bombo y platillo por el director, la
solícita colega, columnistas de prepago, incondicionales y curiosos entrometidos.
Ya instalado a cuerpo de rey en el célebre Hotel Mimosa, Harper le proporcionó
una copia del guion. «Estudia tu personaje, porque mañana iremos a contrarreloj»,
sugirió antes de ausentarse.
Un suave aroma a sándalo endulzaba aquella espaciosa suite del segundo piso.
El trajín mundano irrumpía a través de la terraza abierta de par en par, solapando
los violines melancólicos del hilo musical. Garret admiró ufano las comodidades
que lo arropaban: mobiliario de diseño, aspas suspendidas, televisión en color por
cable; nevera surtida de refrescos, un bol repleto de fruta madura, aperitivos
dispares, minibar intachable... Y, naturalmente, los clientes vips fruían del grado
máximo de atención. «¡Usted mande, que el servicio obedecerá!», le aseguraron
abajo. Fatigado del vuelo, anduvo a prepararse el oportuno gin-tonic. Zapatos fuera,
bien repanchingado en el sofá, estiró las piernas sobre la mesa baja y pegó un trago
generoso al combinado. ¡Qué delicia nadar en semejante lujo!
Contiguo a los pies, reposaba el script de Infinite: A Sex Odyssey; solitario, triste,
remoto. Lo miró de reojo. No tenía ni pizca de ganas de empezar a leer.
«¡Préndelo!... ¡Ábrelo!...», le musitaba la vocecita interior del tino profesional.
«¡Olvídate y disfruta!», contradijo la desidia venenosa. E impasible, empinó el codo
tan fresco. Estuvo algunos minutos pendiente de las musarañas. Bostezó, se rascó
el coco, luego la entrepierna... Recompuso los cojines y varió de postura. Al
encender un cigarrillo, reparó al azar en el documento de marras. «Ignórame si
quieres... —parecía decirle—. De aquí no me muevo». La inquietud sobrevino
abrumadora: «¿Y si resultara ser el papelón de tu vida?... ¡Vamos, hombre!
¡Anímate!». «¡Puñetas!»; lo pescó a desgana.
El reparto, de ocho participantes (ninguna estrella adicional), encabezaba el
impreso; extras al margen. En virtud del trato, ejercía el rol de sacerdote. Pasó
página. La sinopsis concretaba: «Después de reconocer un enigmático objeto que
había permanecido enterrado bajo el suelo de la Luna desde tiempos
inmemoriales, el eminente teólogo, Rvdo. Helmut Lloyd, regresa a la estación
espacial Daedalus con sus conclusiones. Aunque este hallazgo es alto secreto, el
periódico Hot Press, a raíz de una filtración, resuelve enviar a Karen Kieslowski, su
reportera más fisgona, descarada y ambiciosa, a ver qué averigua en el curso de la
entrevista que el religioso le concederá». «¡Puaj! ¡Menudo rollazo!». Volvió atrás:
una tal Cokaine Diamond representaba a la susodicha. «¡Oh, Dios! ¡Mujeres! ¡Qué
pereza!». Arrojó el asunto de vuelta a chupar mueble. «Hum... Quizá en conserjería
sepan...». Y, vivaracho, alcanzó el teléfono.
Transcurrida media hora, acudieron dos apuestos jovenzuelos. El de semblante
andrógino aparentaba un fideo quebradizo: huesudo, chico, de piel lechosa. Vestía
un polo borgoña brillante, pantalones de cintura alta acabados en enormes
perneras, además del fino pañuelo fucsia enroscado alrededor del cuello. El socio,
recio en comparación, usaba una camiseta color crema sin mangas y vaqueros
estrechos.
—¡Uff! ¡Vaya dúo! —refunfuñó Garret al abrir la puerta.
—Escucha, rey —el flaco exudaba amaneramiento—: si albergas mejores
planes, ahuecamos el ala y santas pascuas.
—¿Traéis lo que pedí?
—¡Pues claro, monada! —exclamó este mismo, ofendido por la duda—.
Enséñaselo, Ronny... —El colega extrajo del bolsillo un frasquito de popper y tres
papelinas de cocaína.
—¿Peruana? —mangoneó Davis.
—¡Del Boulevard, pastelito! ¡Oy, qué macho! (pose afectada). ¡Carita de ángel y
temperamento de demonio!
—Es buena —intervino Ronny.
—Está bien. Entrad y quitaos la ropa.

***

¡Ring!... ¡Ring!... Garret despertó sobresaltado del espejismo letárgico que lo


arrebujaba. Yacía revuelto entre los chaperos. Apartó de encima la pierna de uno,
deshizo el enredo con el brazo del otro y descolgó el aparato de la mesita.
—Aló...
La dicción manó enérgica cual corriente eléctrica:
—¡Muy buenos días, míster Davis! Me complace anunciarle que son las 6 a. m.
El cielo está despejado y la temperatura exterior ronda los setenta y un grados. En
breve le servirán nuestro desayuno continental, que consta de leche, café, zumo de
naranja, brioche, cruasán, tostadas, mantequilla, mermelada y quesos selectos.
¿Alguna petición especial, señor?
—No, no... —balbució a medio desperezarse.
—¡Le deseo feliz jornada, caballero!
—Agradecido. —¡Ding...! Abandonó la piltra y puso en pie aquel par a golpe de
corneta—. Aquí tenéis lo vuestro —les aventó la pasta camino del aseo como quien
lanza una costilla roída a un perro latoso—. ¡Abur, tíos!
Al cabo de tres cuartos de hora, pulcro y saciado, descendió al vestíbulo. Un
chófer de uniforme lo aguardaba. «Sígame, señor Davis». Subió a la limusina, que lo
condujo hasta el estudio (antiguo hangar recompuesto), ubicado en el sector norte
del polígono industrial. Nada más pisar el set masculló: «¡La órdiga!». El decorado
era vasto, oblongo, hiperrealista. Dondequiera que observara dominaba un blanco
impoluto; la bóveda falsa despedía tanta luz que casi cegaba. A ambos lados, aparte
de las mesas blancas, circulares y amplias —cada cual rodeada de cuatro sillones
carmesí—, estribaban dos grandes aberturas desde donde podía apreciarse el
espacio exterior. A su derecha, diminuta, la Tierra. A la izquierda: la Luna al alcance
de un suspiro. En el centro del pasaje, se alzaba un gran cilindro con compuertas
cercadas de arcos azul fosforescente. Una flecha de subida y otra de bajada
indicaban el tráfico del presunto ascensor.
—¿Qué opinas del área de descanso de la Daedalus, Garret? —Salerno surgió
inesperadamente. Iba acompañada de una veinteañera rubia.
—¡Ey, Brenda!... ¡Joder, extraordinario! —manifestó él.
—Impresiona, ¿eh?
—¡Ya lo creo! Da la sensación real de estar en órbita.
—Sí, je, je... Mira, te presento a Cokaine, tu copartícipe.
—Oh, encantado... ¡Mua!
—¡Mua! Ídem.
—Okey, guapetones, ¡hora de vestiros! Seguidme, por favor.
Justo cuando accedían a los camerinos, ingresó un viejo escúter a toda pastilla.
El individuo que lo manejaba, de porte desaliñado, bajito y regordete, detuvo la
carrera frente a la expendedora de café. Descendió, se quitó el casco (ridículo,
como de juguete), e introdujo diez centavos en la máquina. Uno que circulaba
cargado de cachivaches le dijo:
—¡Buen día, director!
—Eso espero, Ortega —contestó al tiempo que limpiaba las gafas—. Oye,
¿Jiménez ha solventado el problema del robot?
—La verdad... ni idea, señor.
—¿Y Jarvis?
—Preparando las cámaras... imagino.
—Espléndido, gracias.
—Nos vemos, jefe. —El tipo prosiguió.
Harper sustrajo el exprés y atravesó la holgura del complejo en pos del
chapuzas, al que esperaba encontrar en el taller anexo a los probadores.
—¿Cómo va, genio?
—¡Órale, patrón! —Jiménez encintaba un cable—. Presumo que aguantará... —
Cogió el destornillador y restauró la cubierta del engendro mecánico. Este consistía
en un simple ortoedro, de unos dos pies de altura y longitud por uno de
profundidad, provisto de ruedecillas, hecho de metacrilato claro e iluminado por
dentro—. Cruce los dedos, «dire». —Empujó la palanquita del control remoto. ¡Bip-
bip!, el chisme progresó adelante. Testó marcha atrás, derecha, izquierda:
respondía fiel.
—¡Eres un fenómeno, chaval!
Salerno recaló apresurada en el minúsculo departamento.
—Llegas tarde, Lanz... —lo reconvino, mosqueada.
—¡Hola, Brenda! El puñetero ciclomotor, que no arrancaba ni a puntapiés.
—¡Jesús! ¡Tú y tu chatarra cochambrosa! Ven conmigo. Restan cosas que
discutir. —Y, blablablá, partieron recinto arriba.
Entretanto, en el vestidor, guarnecido de pies a cabeza, Garret examinaba su
reflejo con esmero. La sotana de tafetán azul oscuro y hombreras pronunciadas
denotaba un corte muy futurista.
—El alzacuello aprieta igual que una maldita soga —depuso luego de aclararse
la garganta.
—Déjeme ver... —atendió la responsable.
Una morena alta, delgada, que trajinaba un baúl, cuya sonrisa ceñida escondía
feos apliques ortodóncicos, traspasó la cortina sin previo aviso.
—¿Puedo maquillarlo ya? —quiso saber.
—¿Ultimaste a la chica? —replicó la señora que ajustaba el collarín.
—Sí. Dorothy ya le arregla el peinado.
—Vale, quédate, nena. ¿Mejor ahora, señor Davis?
—Ajá... ¡Perfecto, mañosa!
—Siéntese acá —lo requirió la estilista.
A las nueve clavadas hubo el timbrazo de alerta. El personal aligeró a ocupar
los correspondientes puestos y situaron a la pareja de protagonistas en el sitio
específico. Aquel ensayo preliminar estuvo desastroso porque Garret ignoraba el
diálogo; traba común a la que se enfrentan los creativos que emplean celebridades
de flaca vocación. Pese a las pifias, extravíos y demás reveses, a fuerza de insistir y
de los chivatazos de Nadiya, logró retener lo básico.
Harper iba de acá para allá, pendiente de mil historias, sin descuidar un ápice
las interpretaciones. Era cortés, de carácter calmo pero riguroso. En realidad, esa
entrega que derrochaba contribuía a generar un clima bonito de trabajo. «¡Atentos
todos! —voceó vía megáfono—. ¡Repetimos! ¡Desde el principio!». Tras el veloz
ajetreo de operarios arriba y abajo, silencio absoluto. Los camarógrafos mostraron
sendos pulgares. «¡Sonido y... grabando!». La claquetista cantó: «¡Escena primera,
toma tercera!». ¡Clac! «¡Acción!».
El plano general exponía al clérigo acomodado enfrente de la formidable
ventana, con la Luna argéntea detrás y el insondable universo de fondo. Tomaba un
refresco tan pancho, mientras consultaba la pantalla de bolsillo. Varios figurantes
transitaban por allí a guisa de cívicos lugareños en la cotidianidad orbital, y había
otros tantos ocupando las mesas vecinas que simulaban charlar distendidos.
La segunda cámara emprendió un trávelin hacia el signo de ascenso del
elevador; parpadeaba cada vez más rápido. ¡Ding!... ¡Ding!... ¡Ding!... Las
compuertas se abrieron y apareció la despampanante periodista. Llevaba puesto
un trikini rojo intenso que apenas cubría lo absolutamente indispensable. Lucía el
cabello recogido de modo vanguardista entre palos chinos fluorescentes en X, y
unas atrevidas botas de charol blancas remataban esa voluptuosa planta. Terminó
de pintarse los labios ante el multiangular, metió el aerocarmín en el bolsito
dorado, y anduvo a reunirse a paso seductor de modelo de pasarela.
—¡Feliz hora, reverendo! Karen Kieslowski, del Hot Press —anunció vivaz.
—Al amparo del Divino, hija —convino Lloyd, alzándose—. ¡Mucho gusto! —le
ofreció la mano al estilo pontificio conforme a la etiqueta, si bien no disfrazaba
cierta apostura reprobatoria.
—Encantada de conocerlo (inclinación sumisa y beso en la sortija). Ruego
disculpe mi aspecto; asistía a una fiesta privada cuando me asignaron esta interviú
y...
—Mandaré que le traigan ropa decente.
—¡Oh, vamos, excelencia! Un caballero culto, sensato... atractivo como usted
(risita traviesa), es demasiado severo. Recuerde que la estación espacial queda
exenta del protocolo de decoro implantado por la Liga Católica. ¿Qué tal si nos
limitamos a guardar discreción?
—Hum... A la luz de las circunstancias, la dispenso —transigió a regañadientes
—. Sentémonos (ademán de beneplácito).
—Celebro tanta empatía. Quiero agradecerle también la enorme
disponibilidad; comprendo las sujeciones inherentes a una agenda repleta.
—Qué mayor privilegio que contentar a la prensa, hermana.
—Nada equipara el sumo placer de acompañarlo, ministro (la frase espontánea
de Nadiya, cargada de insinuación, hizo sonreír a Lanz).
En aquel momento, ¡bip-bip!, apareció el robot: redujo la velocidad junto a la
muchacha.
—Identifíquese, por favor —requirió el tono sintetizado. Ella puso la palma en
contacto; un potente brillo la recorrió—. Escaneo completo. Bienvenida, señorita
Kieslowski. Ordene consumición.
—Tomaré lo mismo que monseñor —indicó.
—El importe de una Saturn-Cola es de catorce cubs; sumada la tarifa orbital,
asciende a diecisiete cubs con veinte microcubs. ¿Procedo?
—Afirmativo.
—Demanda en activo. ¡Brrr!... ¡Chik, chak!... ¡Ziiiit...! —Abierta la escotilla
superior, afloró la botella y un vasito de plástico transparente—. Saturn-Cola
suministrada. Han sido deducidos de su cuenta diecisiete cubs con veinte
microcubs.
—No esperaba menos. —Karen retiró la bebida y, ¡bip-bip!, el chisme
desapareció—. Tengo entendido, padre Lloyd, que acaba de volver de la Luna, ¿no
es así? —dijo en tanto sacaba un aparatito.
—Fui invitado a la colonia para presentar mi nuevo cyberbook, en efecto.
—¡Oh, claro, claro! Virtud y castidad, un tratado ineludible. ¿Le importa si
registro nuestra charla?
—En absoluto. A propósito, criatura, ¿notaste alivio espiritual según pasabas
sus videopáginas? —curioseó a título privado—. La obra abriga esa modesta
voluntad.
—Mmm... El caso, pastor, es que debido a la pésima marcha de la Rimcom
cuesta horrores leer cualquier contenido...
—Entiendo. Sí, por desgracia, la terrible oleada de vientos solares dañó
satélites clave de transferencia de la red informática mundial de comunicación.
Mas conserva tu fe; operamos en ello a espuertas. Los sistemas implicados pronto
recuperarán la normalidad.
—De hecho, y permítame —continuó Karen—, voces reacias acusan a la Liga
Católica de obstruir adrede el libre flujo de datos. ¿Desea pronunciarse al respecto?
—¡Virgen santísima! —opuso quejoso—. ¡Inconcebible, inconcebible! Mi
partido jamás urdiría maniobras que disten de la ventura común. Gestionar a favor
del pueblo, mujer, nunca en contra; ahí reside el afán unitario.
—Estoy convencida. No obstante, las averías de las que hablábamos coinciden
con diversos rumores acerca de un insólito elemento localizado bajo la superficie
lunar. ¿Corrobora dicho encuentro?
—¡De ninguna manera! —negó categórico—. Además, ignoro tales
chismorreos.
—¿En serio? (mueca sorpresiva)... Hay quienes aseguran que la coalición de
gobierno intenta encubrir este descubrimiento a toda costa; ya nadie visita el astro
sin un permiso exclusivo. Llama la atención que vuestra merced viaje allí justo
ahora.
—Como acabo de mencionarle, señorita Kieslowski, regreso de dar una
conferencia. Falacias y desacatos favorecen siempre a intereses mezquinos.
Prestarles oídos origina...
—¿Predicador Lloyd? —interfirió un transeúnte de facciones esqueléticas, que
portaba traje amarillo a rayas verdes, cartera metálica de oficinista y sombrero
rutilante en forma de madalena—. ¡Caramba! ¡En carne y hueso! Uy, perdone la
osadía; sigo regularmente su actividad político-teológica y al reconocerlo me
venció el impulso. Solo quiero que sepa que absorbo de cabo a rabo cada cyberbook
que publica, créame.
—Maravilloso, estimado feligrés —Lloyd acentuó la sonrisa flemática de
muñeco de feria—. Encomiable práctica.
—¡Mi esposa-bot MX-5 alucinará cuando le cuente! Oiga, ya puestos, ¿sería
excesivo pedirle que santifique esta humilde pantalla de bolsillo?
—Lo haré de buena gana, amigo. Acérquemela.
La distracción vino de perilla a Karen, que, disimulada, dejó caer una píldora
en el refresco del sacerdote. La fugaz efervescencia diluyó el artificio por completo.
—¡Qué gran honor, vicario! ¡Qué gran honor! Ea, no los entretengo más. Padre,
bella damisela, ¡disfruten de la feliz hora!
—El Señor viva contigo, hijo mío —Lloyd obró la señal de la Cruz mientras el
fan, deshecho en reverencias, se retiraba. Luego, encogido de hombros, expresó—:
Lamento el intermedio, a veces me abordan.
—No sufra usted —repuso la cronista—. La fama lo aproxima al rebaño; lógico
que corresponda.
—Cierto, hermana, cierto. —Atrajo la bebida y propinó un sorbo largo—. ¿Qué
comentaba?... ¡Ah!, que las injurias que puedan difundirse, lo único que persiguen
es desestabilizar el actual pacto de gobierno. Brindarles relieve embrutece la paz
que sacia los corazones nobles; en consecuencia, el reposo mental soporta
tensiones innecesarias.
—Aun así, doctor, fuentes de la propia colonia aseveran haber descubierto un
objeto muy elaborado que data de antes de nuestros antepasados primigenios. La
cuestión inquieta, ¿verdad?
—Sin pruebas, todo el mundo está en condiciones de afirmar sandeces,
apreciada parroquiana —objetó desdeñoso.
—¿El reciente arresto y aislamiento de la treintena de obreros coloniales
guarda algún vínculo? ¿Qué criterio le merecen esas detenciones?
—¡Sucios anarquistas! (tez contrecha de repulsa), detalla el informe de la
Jefatura Gubernativa. De ahí la exigencia del control de tráfico al satélite. Admitirá
que las conductas rebeldes comprometen el bienestar del colectivo residente.
—Tantas casualidades suscitan reparos, pastor Lloyd, y la ciudadanía merece
veracidad.
—Honradez es cuanto recibe de nosotros. ¡Confianza, chiquilla, confianza!
—Entonces... (vistazo a la delicada pulsera-reloj —áurea, a juego con el bolso
—, seguido de una sonrisa circunspecta). Entonces, digo, si enviaron a un
prestigioso teólogo, infiero que el objeto en entredicho posee connotaciones
religiosas, místicas, ¿uh? ¿Voy lo bastante encaminada?
—¡Oh, basta ya! —arremetió Lloyd—. Estipulamos que la entrevista giraría en
torno a Virtud y Castidad; consentí a razón de ello. Debo confesar, jovencita, que tu
desfachatez rebasa mi temple. —Vació el vaso de golpe y se puso de pie.
—¡Pero excelencia...!
—El tiempo representa un valor demasiado útil para malgastarlo. ¡Feliz hora,
señorita Kieslowski! —Al primer paso, ¡ups!, vaciló.
—¿Está usted bien? —Karen intervino en su ayuda.
—Yo... Siento náuseas... —trémulo y sudoroso, parecía un escarabajo rociado
con insecticida.
—¡Ay, pobrecito reverendo! (sonsonete descarado). La fatiga a menudo pasa
cuentas. Permítame guiarlo a la alcoba para que descanse.
—Dios te bendiga, moza —macilento, inestable, dejaba conducirse—. Este
gesto piadoso enaltece tu alma.
—Despacio, despacio. Agárrese a mi cintura...
En tanto avanzaban de espaldas a la cámara uno, Harper gritó: «¡Corten!...
¡Genial, chicos! ¡Diez minutos de descanso!». La soberbia actuación obtuvo fuertes
vítores.
Parte de la plantilla formó cola delante del lavabo. El resto salió fuera a fumar o
a respirar aire puro. En el ínterin, Salerno repartía botellines de agua a troche y
moche; a la temperatura veraniega cabía añadir el calor de los focos, por lo que
mantenerse hidratado era crucial. Después del breve receso, el director quiso
rehacer la escena de cara a grabar esos planos cortos e incisos que intercalaría
durante el proceso de edición.
Un toque a la una pregonó el paréntesis del almuerzo. Actores, ayudantes,
camarógrafos, extras, productores y asociados corrieron a servirse. Aun cuando
todos gozaban de apetito, el bufé tuvo una acogida más bien tibia. «Este estofado de
ternera huele fatal», gimoteó Lanz al acercarse a la bandeja. A su lado, Brenda
sesgaba la cara, de asco: «De no morir intoxicada, buscaré otro catering
enseguida». La fortuna decretó que los comensales abandonaran la mesa
indemnes, aunque apenas satisfechos.
El segundo tramo de la comedia iba a suceder en el aposento del augusto
capellán; entorno que acondicionaron en la nave adosada, de menor tamaño que la
principal. Harper dispuso aquel plano de obertura de modo que únicamente
encuadrara el rostro de Lloyd —recostado sobre un cojín—, el cual figuraba que
había perdido el conocimiento. La cámara retrocedió poquito a poco y fue
revelando el panorama completo: yacía bocarriba, en pelota picada, amarrado de
pies y manos a un gran lecho estilo Luis XV, provisto de cabecero tallado y cubierto
con pan de oro, tapizado en color hueso. Apoltronada junto a la cama, la sagaz
corresponsal se hacía la manicura, entretanto tarareaba el éxito de moda. Distintas
tendencias adornaban la extensa habitación: mobiliario rococó, cuadros del
Renacimiento (Virgen de la Humildad [Fra Angelico, 1433-1435], La Última Cena
[Juan de Juanes, 1555-1562], como destacables), así como un par de esculturas
cubistas (Mujer peinándose [Oleksandr Arjípenko, 1914] y Poisson [Georges Braque,
1940]).
—¡Uff...! ¡Mi cabeza! —Lloyd despertó muy confuso.
Karen detuvo su frívolo quehacer y, alegre, aulló:
—¡Feliz hora, padre! ¿Se encuentra mejor?
—¡Rayos y centellas! —maldijo al verse en tal situación—. ¿Qué demonios
significa esto?
—¡Calma, calma, hombre de Dios! —Apagó el láser de uñas y lo guardó.
—¡Cómo osas, niña?... —forcejeaba—. ¡TE FALTA UN TORNILLO?
—Negativo —guaseó ella.
—¡Jesucristo...! —las correas no cedían ni de coña—. ¡EXPLÍCATE DE
INMEDIATO!
—Verás, Helmut (¿me permites tutearte, Helmut?), necesito esclarecer qué
diantre ocultan en la Luna y tú vas a cantar de plano.
—¡Ugh...! —abrió los ojos como platos— ¡Mala pécora! ¿Pretendes torturarme?
—La fe asegura que los martirios garantizan el Paraíso —adujo divertida—.
Pero traga saliva a gusto, cielo, la libido desatará tu lengua.
—¿Libido? ¿Mi libido? ¡Ja, ja, ja...! ¡Jo, jo, jo...!
—¡Caramba! ¿Y esas carcajadas?
—¡Acudo puntualmente a castración química, necia majadera! ¡No
experimento impulsos desde los dieciséis años!
—¡Ah!, lo sé... —replicó estoica.
—¡PUES LIBÉRAME DE UNA VEZ! ¡APÚRATE!
—Seguro, rey mío. Tan pronto como vacíes el buche.
—¿Acaso padeces sordera? ¡TE COSTARÍA MENOS SEDUCIR UN MULO!
—Bueno, yo no pondría la mano en el fuego —rio picarona—. Fíjate... —Señaló
el miembro del cura, que asemejaba una columna de las del Partenón.
—¡SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS! —Lloyd no daba crédito—. ¡ES...! ¡ES
IMPOSIBLE!
—El prodigio de los fármacos, tesoro. Eché un comprimido en la cola que
disparó tus niveles de testosterona.
—¡CONDENADA INGRATA! —rechinaba los dientes del cabreo—. ¡ME
DROGASTE?
—¡Ay! ¡Casi nada, exagerado! Anda, basta de gruñir. —Se irguió de un brinco
—. De acuerdo, ¡vamos allá! —Y, glamurosa donde las haya, inauguró un destape
tan ardiente que fundía el plató.
Ante aquel esplendor carnal —pecaminoso entre los pecaminosos—, víctima
del irrefrenable frenesí, Lloyd apartó la vista.
—El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace descansar.
Me conduce a fuentes tranquil... ¡Glups! —Miró hacia abajo: Karen acababa de
aprisionarlo con sus pechos, y los agitaba de forma diestra, vigorosa; placentera—.
¡UUUGH...! ¡AAAH...! ¡Virgen de la santísima Trinidad! ¡QUÉ DIVINA EXQUISITEZ!
—Retomemos el hilo, padrecito (¡doing... doing!). Venga, descríbeme ese
artilugio ultraconfidencial.
—Se... secreto de, ¡bufff...!, estado, querida. Ningún detalle pued... ¡OOOH!,
revelar. —La puñetera suspendió el vaivén en seco—. ¡Ains?...
—Quid pro quo, bribón —contrapuso harta lasciva.
—¡Por las llagas de Cristo, continúa! ¡No resisto semejante tiesura sin el
meneo!
—¡Ah-ah! Solo si desembuchas.
—¡Oh, sí, sí! ¡Soltaré incluso el último detalle, lo juro! ¡Mas apiádate! ¡Deprisa!
—Soy toda oídos... —E hizo uso de la cavidad bucal—: ¡Slurp-slurp! —En
medio de impúdicos jadeos y resuellos, Lloyd balbucía citas apocalípticas sin
sentido concreto, hasta que en pleno clímax escupió algo más que simiente:
—¡DESENTERRARON EL ROLLO CON LOS SIETE SELLOS! —gritó durante el
seísmo que sacudía su cuerpo.
—¡Cáspita, Helmut! ¿Te refieres al de la profecía bíblica del fin del mundo?
—Exacto, ¡arf... arf...!, el mismísimo que desatará el Apocalipsis —sostuvo ebrio
de goce y terror a la par.
—¡Anda ya! —exclamó Karen, limpiándose los morritos—. ¿Me crees estúpida?
—Conforme explicita el Libro de las Revelaciones, dulce lirio, el advenimiento
del Juicio Final resulta inequívoco; largas centurias de minuciosos análisis lo
ratifican.
—¡Bah! ¡Es una auténtica locura! ¡Cabe margen de error, digo yo!... —Empero,
la ostensible desolación del eclesiástico, anegada de amargas lágrimas y rezos
expiatorios, consiguió amedrentarla—. ¡Madre mía! ¿De veras nos aguarda...?
—La ira del Cordero desatará los cuatro jinetes. Martirios, cataclismos, los
juicios de las trompetas y las copas... la devastación absoluta, ángel mío. El ocaso de
todo bicho viviente.
—¡HOSTIA PUTA! —La gachí empezó a pegar botes como una loca—. ¡GANARÉ
EL PULITZER POR ESTE REPORTAJE! ¡EL MALDITO PULIT...!
—¡NI PENSARLO, DESDICHADA! ¡De divulgarse, cundiría el pánico! ¡El caos!
—Desde luego —asintió cáustica—. Si bien, saborearé un instante de gloria
antes de palmarla (¡no te jode!).
—¡NO, CRIATURA, NO! ¡Existe cierto atisbo de esperanza!
—¿Ah, sí?... ¿Cuál? —reaccionó intrigadísima.
La fisonomía del párroco esbozó el clásico optimismo infundado del
dogmático.
—Días atrás, captamos señales del Creador provenientes de Europa (sexta luna
de Júpiter) —expuso—. En respuesta, nuestra Agencia Espacial ha previsto la nave
que conducirá allí al grupo de ilustrados más selecto de la Tierra jamás reunido.
—Conque aspiran a negociar, ¿eh?
—¡Esos sabios suponen la última baza de la humanidad, chiquilla! Quizá sus
argumentos, ruegos y promesas, logren aplacar la cólera del Todopoderoso y
considere perdonarnos.
La periodista, indecisa, sopesó el contexto unos segundos.
—¡Muy bien! ¡Cremallera entonces! —dijo a la postre—. Sin embargo,
reverendo, mi discreción tiene precio... —admiraba aquel prodigio de falo,
recompuesto y jubiloso.
—¡Degenerada! ¿No pensarás arrebatarme la castidad a cambio de tu silencio?
—Chico, esto parece cumplir mejor que el Femi-Orgasm de cinco velocidades...
y yo merezco una compensación —argumentó rotunda.
—¡Santo cielo! ¡Tanta desvergüenza trasciende los límites!
—¡Ánimo, machote! ¿No conducen los sacrificios a la santidad?
Lloyd alzó las cejas.
—Err... Sí, sí... —farfulló, echándole coraje.
—¡Pues hala, Helmut mío! ¡Al tajo!
De esta manera, la filmación del impresionante coito puso el broche de oro a la
secuencia primaria de Infinite: A Sex Odyssey.
La calurosa, prolongada e intensa jornada de trabajo había agotado a todos.
Mientras el equipo de Harper desalojaba, la cuadrilla de tramoyistas invadió las
instalaciones a fin de armar el siguiente escenario. En lo que concierne a Garret
Davis, fue el primero en largarse, puesto que volaba de regreso a Nueva York
aquella misma noche. ¡Feliz hora, reverendo!
Harper venía del acceso principal, después de librar el metraje rodado al
mensajero del laboratorio, cuando tropezó con Nadiya, que se marchaba también.
—¡Hete aquí a Karen Kieslowski! ¡Muñeca, lo bordaste! ¡Fantástica!
¡Majestuosa!
—Muchas gracias, señor Harper —correspondió alborozada.
—Y, a diferencia de otros, traías el texto al dedillo, ¿eh? (guiño afectuoso).
—Mi novio tuvo la gentileza de preparar el papel conmigo.
—¡Vaya! Apuesto a que dio la talla de sobra —atinó picarón.
—¡Ja, ja, ja...! Escuche, Lanz, ¿puedo preguntarle una cosa?
—Una y basta —bromeó.
—¿No teme usted que la película levante ampollas entre los conservadores
reaccionarios?
—Venden cremas para eso en cualquier farmacia... —insinuó mordaz.
—Ya, je, je... Pero tal vez intenten boicotearla; pienso en lo que cuesta producir
este tinglado y...
—¡Qué maja! —apreció enternecido—. Verás, cariño, si los artistas no hacemos
escarnio de lo sacrosanto, ¿quién sino?
El pitazo del taxi que la aguardaba los indujo a agilizar el adiós. Intercambiaron
deseos de suerte y grandes triunfos mediante un cordial abrazo. «¡Hasta la vista!».
Nadiya montó en posesión del cheque nominal que Salerno sustrajo del talonario, a
su paso por el camerino tras el rodaje. Como Lanz, quiso aplaudir la fiereza
magnética que vertió en el personaje. Dos besos y el recordatorio del inminente
proceso publicitario concluyeron la diligencia.
—Calle Catorce, a la altura del puente, porfa —indicó al conductor.
Del trote, notaba la entrepierna un pelín resentida. «A saber cuánto cobrará el
mentecato de Garret por dejarse menear», caviló irónica. Menudencia aparte,
asumir el rol de esa reportera empoderada en un género cinematográfico donde
dominan las miras masculinas la enorgullecía. ¡Y qué caray!, mofarse de la
institución católica tampoco sentaba nada mal. Absorta en los laureles, la asaltó
uno de los simpáticos aforismos de Lou, que decía: «El orgullo requiere similar
trato al de un perrito faldero: conviene sacarlo de paseo, aunque si le das rienda
suelta acaba dirigiéndote». Sonrió taciturna. El británico hizo promesa solemne de
que la cena estaría lista en cuanto llegara.
Un hombre en casa

La cajera del drugstore estaba tan poco acostumbrada a ver varones que
adquiriesen artículos de uso genuinamente femenino, que cuando Lou vació el
canasto de potingues cutáneos, toallitas desmaquilladoras, tampones higiénicos,
colorete, champú para cabellos rubios, acondicionador a juego y demás, no pudo
reprimir el impulso de sonreírle. El inglés le devolvió la simpatía, al tiempo que
repasaba una lista interminable —de puño y letra de Nadiya—, antes de enfundarla
en el bolsillo trasero del pantalón. Y lejos de perder la chispa jovial que lo
caracterizaba, metió el surtido entero dentro del carro de la compra que traía
consigo. Satisfizo el pago librando un billete de veinte más falso que una disculpa
de Henry Kissinger, la cándida empleada le entregó la vuelta en moneda legítima, y
abandonó el comercio en dirección norte con una tonadilla pegadiza que acababa
de ocurrírsele. «... Da, da, daada, da, da, daaa... Da, da, dada, da, da, daaa... ¡A Blue le
pirraría esta idea!».
Contento a semejanza de ese colegial revoltoso que perpetra otra barrabasada
de las suyas con total impunidad, notaba el ligero soplo del viento del este mimarle
las facciones cual caricia entrañable. A su vez, la temperatura cerca del mediodía de
aquel jueves quince de agosto era de veras acogedora. Un día así de fenomenal
instaba a echar toda la carne en el asador de la vida. Y salvo que la bonanza no
colmara de éxtasis el cupo, solo cabía contemplar alrededor: los servicios de
gestión de residuos restablecieron las funciones a principios de semana; ahora las
aceras lucían el doble de anchas, despejadas de repulsivos moradores de
alcantarilla, y el ambiente viciado de la calle Catorce al menos no daba grima.
Canturrea que canturrea, dos tramos vía arriba se paró delante del taller de
autos. Algo le rondaba la sesera. Apenas traspasar el umbral, descubrió a Mary
Jane, que, de espaldas a él, retiraba a martillazo limpio la puerta de un Oldsmobile
Cutlass hecho puré, lo mismo que el corazón de un amante despechado. A saber si
las víctimas del siniestro permanecerían aún en el reino de los vivos...
—¡Buenos días, amigo! —la abordó. Ella detuvo el estruendo, volteó la cabeza y
le lanzó una mirada ambigua—. ¡Uy, disculpa! (sonrisa balsámica). ¡Amiga! —
rectificó enseguida—. Lamento molestarte, pero arrastro este pequeño
contratiempo desde que partí de casa —empujó el carrito: ¡ñic, ñic, ñic! Hacia atrás,
ídem—, y pensaba que quizá una gotita de aceite...
—¡Claro, tío! —Anduvo risueña en busca del pote de WD-40 y roció ambas
ruedas—. Prueba de nuevo.
Eso hizo: ni rastro del chirrido de marras.
—¡Muchas mercedes! Lograste regresarme la cordura.
—¿Tu qué?...
—Sensatez.
—¡Ah!, ya. De nada.
—A propósito, ¿adquirís vehículos usados? Necesito vender una motocicleta.
—Hum, pues no sé... —desprevenida, restregó las manazas grasientas contra el
mono—. ¿Qué marca?
—Honda, la CB750; una máquina excelente. Tras millas y millas encima de esa
«burra» todavía rebuzna de maravilla. Incluyo dos alforjas grandes, una mediana y
baúl trasero. Precio a pactar. ¿Te interesa?
—Bueno... Deberías planteárselo a Barry, el jefe, aunque no está. Vuelve luego y
lo pescarás.
—Esta tarde me viene fatal —objetó—. Mañana, si acaso.
—A tu bola, tronco.
—De acuerdo, entonces. ¡Chao! (aupada de palma).
A la altura de la esquina, el eco del estribillo desbocado que provenía del
receptor de Carl lo atrajo igual que si percibiera canturreos de sirena. El gentil
limpiabotas, que afrontaba la falta de clientela con el aplomo de los primeros
mártires canonizados, movía el pie derecho al compás. Lou observó ese detalle y le
dijo:
—¡Parker y Gillespie! ¿Acierto?
—¡Vaya! ¡Entiende usted de jazz, caballero! —celebró el afroamericano.
—Oh, estas piruetas armónicas son inconfundibles...
—¡Buf! ¡Y que lo jure! Causaron auténtico revuelo a mediados de los cuarenta.
Aún recuerdo cuando nos congregábamos alrededor del tocadiscos para devorar el
flamante estilo. ¡Dios mío, qué tiempos aquellos! —manifestó lleno de nostalgia.
—Sí, sí. El bebop supuso un giro de tuerca, no cabe duda.
—¡Qué le voy a contar! ¡La bocanada de aire fresco de mi generación, en pocas
palabras! Las melodías sonaban alocadas, punzantes, atrevidas, y, sobre todo —
torció un gesto mordaz—, irreverentes.
—¡Ja, ja, ja...! Entiendo.
—Por cierto, muchacho —examinaba su mejilla—, ¿cómo evoluciona el
arañazo?
—¡Ah, genial! Solo me acuerdo al afeitarme —exteriorizó palpándose la herida
cicatrizada.
—Bien, bien... Conque la rubia le ha endosado la compra, ¿uh? (tono chistoso)
—empero, la mueca confusa del interlocutor lo indujo a excusarse—: ¡Ups,
perdone! A intervalos los veo entrar y salir juntos. En modo alguno pretendía...
—¡Tranquilo, compadre! Iba a comentarle que, de momento, no acarreo sino
que cosméticos; «sus ungüentos», en concreto, je, je...
—¡Aaah, las mujeres! ¡Cuanto más presumidas, más bellas! ¡Usted es el
suertudo beneficiario! (guiño picarón).
—Imposible refutar eso, señor mío. —Afloraron carcajadas.
—De verdad que forman una pareja la mar de maja, forastero.
—Muy amable. ¡Oh!, soy Lou —alargó la mano—, Lou Hutchinson.
—¡Un placer! Carl Drayton, a su servicio.
—Tanto gusto, señor Drayton. En fin, si me dispensa, terminaré los encargos,
porque la crema hidratante, por deliciosa que huela, no cundirá a la hora del
almuerzo.
—Evidente —rio Carl—. ¡Bienvenido sea!
—¡Gracias!
Chino chano, unos pasos después cruzó a la orilla contraria. Al ingresar en el
colmado, saludó cortésmente a las señoras Wilson y Harrison —que cotorreaban,
dale que te pego, adosadas a la caja—, estacionó el carrito, sustrajo una cestita de la
pila de cestitas, y recuperó el dichoso memorando. El camembert encabezaba la
relación de comestibles. «¡Puñeta!». Contuvo el aliento e irrumpió veloz en la zona
«prohibida» de los quesos.
Despistado aquí y allá en cumplimiento de las exigencias anotadas, un enérgico
¡mecachis en la mar salada! lo alertó de improviso, de forma que fue presto a
indagar: Ágata había derramado mogollón de manzanas al final del pasillo.
—¡Diantre de caja! —maldijo la mujer—. ¡El fondo cedió como papel vegetal!
—Permítame —Lou capturó un cubo del departamento de limpieza y se puso a
recogerlas.
—¡Olvídelo, olvídelo! Yo lo arreglo.
—Descuide. Tardo un minuto.
—¡Ágata? —el señor Wilson asomó la calva desde la trastienda.
—¡Todo en orden, Benedict! ¡Cayeron unas golden y este chico tan amable me
ayuda! —contestó enérgica. Falsa alarma, el marido volvió a su guarida—. No lo
reconozco a usted, joven —introdujo a continuación, rabiosa de intriga—. ¿Es la
primera vez que visita nuestro establecimiento?
—Acudí el viernes pasado, en realidad —participó él.
—Ah. Lo despacharía mi esposo...
—Según parece —apresaba la última pieza de fruta—. ¡Listo! ¿Dónde las...?
—Acá mismo. ¡Dios se lo pague, castizo!
Lou depuso la carga y prosiguió a lo suyo. Nada más presentarse ante la
registradora, cómo no, ella quiso retomar el hilo:
—Así, hijo —procedía detallando las adquisiciones casi a cámara lenta—, ¿está
de paso o...?
—Eso creí en un principio —indicó irónico—, si bien, ahora resido ahí
enfrente.
—¡Ah, caramba! En tal caso, espero atenderlo a menudo.
—Este será el único supermercado que pise. ¡Palabra de scout! (ademán
acorde).
—¡Uy, qué simpático, ji, ji...! ¿Y... lo retiene la faena? ¿A qué se dedica?, si
concede la indiscreción.
—Trabajaba de tipógrafo, pero al trasladarme...
—Entiendo. La de vuelcos que da la vida, ¿verdad? ¡Ay!, siempre pendientes del
rigor de la suerte; somos hojas que empuja el viento. ¿Y... busca empleo a lo mejor?
—En líneas generales. De hecho, acabo de «aterrizar», y entre pitos y flautas.
—Lógico —consideró magnánima—. De interesarle, preséntese en la South
Automotive; fabrican piezas de plástico para automóviles. Pitt Addams, el gerente,
es un antiguo conocido y suele faltarle personal.
—Naturalmente. ¿Dispone de las señas?
—Sí, desde luego. —Interrumpió el recuento a fin de sacar una tarjeta del cajón
—. Tome. La empresa queda a cinco manzanas; no le costará localizarla.
—¡Estupendo! Agradezco la gentileza.
El señor Wilson entró en escena: trajinaba la carretilla desbordada de
productos varios a ritmo de ministro. Comprobó que su mujer y el nuevo cliente
empatizaban a las mil maravillas. No les dijo ni mu y progresó hacia el fondo.
Al cabo de unos minutos, Lou desapareció tras el tilín de la puerta, y a Ágata le
faltaron alas para emprender el vuelo adonde Benedict reponía género.
—¡Ay, qué encanto de chico, cariño! A los de por aquí les aprovecharía media
onza de la intachable cortesía que desprende.
—Seguro —asintió él.
—Y tal cual habla, demuestra cierto grado de instrucción. Me pregunto qué
diablos hará en estos lares...
—Es el maromo de la pelandusca.
—¡Venga ya, bobo! ¡Te lo inventas!
—En absoluto. Días atrás los sorprendí acaramelados al lado del congelador.
Aquel impacto favorable de Ágata se deshizo de un plumazo, como cuando el
lobo feroz sopló y sopló la casa de paja del cerdito holgazán. La estampa de Lou fue
arrojada de inmediato a la marmita ponzoñosa del «dime con quien andas y te diré
quién eres»:
—¡Farsante! ¡Crápula! ¡Proxenetas en el barrio, el remate final! —y
santiguándose—: ¡Jesús, María y José! ¡Qué desperdicio de juventud!
De vuelta al piso, el británico halló a Blackey sentado en mitad de la escalera.
Puesto que los demás niños jugaban fuera, encontrarlo allí tan solito y apacible le
produjo extrañeza. A la demanda de si le sucedía algo malo, replicó con una
negativa y dijo que meditaba. «¡Vaale!... A tu rollo, "compi". Yo me esfumo». Sin
embargo, a punto de alcanzar el último peldaño, el mozalbete lo reclamó, aunque
devino en un titubeo galopante; lo que fuera que reptaba a ras de su mollera no
conseguía deslizarse garganta abajo. Lou presupuso que tenía menester urgente de
escupirlo. «Acarreo suministros que requieren frío. ¿Me acompañas y charlamos
dentro?». Sugerencia aceptada, accedieron a la vivienda.
Sobre la mesa descansaba un montón revuelto de octavillas, todas exactas,
impresas en amarillo y negro. Blackey estiró la primera que le vino: era impactante,
psicodélica; repleta de espeluznantes caricaturas mezcladas a lo loco, que bebían,
reían y celebraban en torno a una veterana de color, con cara de vinagre aguado y
pertrechada, además, de un rifle mastodóntico. Excepto por la disparidad étnica,
recordaba muchísimo a esa Ma Barker de la película Bloody Mama (Mamá
sangrienta); drama criminal que disfrutó en compañía del tío Emmett, a mediados
de primavera, en la sala Palo Largo Movies. El enunciado de la parte superior, cuyas
grafías deformes parecían salirse del papel, como aumentadas a golpe de fuelle,
publicitaba —a raíz del décimo aniversario del Funny Fairy— una gran fiesta para
aquel imperioso atardecer. Entretanto examinaba los detalles de la enrevesada
filigrana, solicitó:
—¿Y tu novia?
—No tardará, sospecho —Lou vaciaba el carrito—. ¿Te gusta el panfleto? Lo
compuso ella.
—¡Mola cantidad! ¿Iréis?
—Sí. Cokaine y la jefa del local son viejas camaradas. —Abrió la nevera—.
¿Soda, campeón?
—Paso, gracias. —Y regresó al cautiverio silencioso de su ansiedad. Mas, en
cuanto los refrigerados estuvieron a buen recaudo, burbujeante de audacia,
disparó a quemarropa—: Oye, ¿cómo es hacerlo con una tía?
El otro retuvo el ¡ay, madre!, y en lugar de eso profirió:
—¡Caray! ¡Las faldas acechan!, ¿eh, truhan? Debí figurarme por dónde silbaría
el tiro, je, je...
—¡Respóndeme, jolines! (inquisitivo).
—¡Calma, tipo duro! (guasón). Mira, en esencia resulta muy grato, divertido,
bonito... Lo apreciarás, pierde cuidado.
—¿Pero es lo mismo que... (vaivén a mano alzada) o pasan cosas distintas?
¿Qué ocurre exactamente? Porque dime, ¿de qué manera empiezas a...?, ¿quién de
los dos...?, ¿tengo que arrimarme yo o...?
—¡Soo caballo! —lo cortó, abrumado. Y detrás del inaudible ¡arrea con el crío!,
adujo—: Me pides un manual, colega, y las dinámicas varían de idilio en idilio.
Influyen mil factores: los involucrados, la ocasión, el ardor, la experiencia... —
Frustrado, Blackey arrugó el morro—. De acuerdo, hum... A grandes rasgos,
acontece que durante la fase de besos y caricias, una deliciosa e intensa
embriaguez adopta las riendas.
—¿En plan piripi? —interpuso embarullado.
—¡No, fiera! Uno siente inquietud a la vez que sosiego, el corazón late fogoso,
los pensamientos desertan, el tiempo se desvanece bajo las profundidades del
deleite; algo así como soñar despierto. ¿Sigues el rollo? ¡Bien! A merced de dicho
fervor, anhelas descubrir el cuerpo de la doncella; probablemente ella actúe igual y
poquito a poco os desprendéis del ropaje. Entonces, en estrecha fricción con esa
piel suave, envuelto en la vaporosa fragancia femenina, y ávido de saborear el
sinfín de sutilezas que alberga, permitirá que le introduzcas el miembro. Lo
inminente, je, je... transcurre tan rítmico como placentero. ¿Satisfecho?
—Pse, imagino... —musitó dubitativo.
—Amigo mío —le puso la mano en el hombro—, conocer implica práctica y
viceversa; paciencia y barajar. A todo esto —continuó suspicaz—, apostaría a que
este desespero entraña un motivo concreto. ¿Uh, briboncete?
—Sally desea una cita a solas en el puente, hoy al ocaso.
—¡Bingo! ¿Sally?... Mmm, no caigo.
—La de las trenzas —precisó el rapaz.
—¡Oh! ¿Aquella pelirroja pecosa? ¡Linda zagala!
—¿Tú crees que planea...?
—Hombre, todavía sois jóvenes, y tampoco suele acaecer en el transcurso del
primer encuentro. Las prisas juegan un mal papel, recuérdalo.
—¿Algún consejo?
—Ah-ah —negó Lou—. Cada dama supone un mundo.
—¡Suelta uno siquiera! ¡Porfa, porfa...!
—Tú procura que esté a gusto contigo. ¡Ah!, y no olvides tomar precauciones
cuando corresponda. ¿Copias el tema, machote?
—¡Ajá! —Blackey al fin traslucía alivio.
—¡Genial! Hale, acércame esos cereales.
Ordenar el resto de víveres no lo exoneró de atender más cuestiones tediosas,
ya que el chiquillo hizo una encuesta acerca de determinadas prácticas que había
visto en las publicaciones que papá recababa a hurtadillas de mamá. Acorralado
contra las cuerdas del escabroso cuadrilátero de la libido pura y dura, sin
posibilidad de fugarse, la súbita intrusión de la compañera vino a representar el
merecido ¡ding-ding! del final del asalto.
—¡Blackey! ¡Menuda sorpresa! —cumplimentó afectuosa ante la inesperada
presencia.
Lou batió un ojo a su amiguete, en tanto declamaba las altezas del gran apoyo
que acababa de prestarle. Nadiya encomió tamaña diligencia con la socarronería de
quien adivina turbias intrigas varoniles. El beso inaplazable de la pareja produjo tal
sismo, que Blackey temió por la estructura del edificio.
—¿Te quedas a comer, cielo? —le propuso la gachí—. Toca pollo frito, ¿verdad,
Lou?
—¡Ñam, ñam!
—No, no... —repuso el chaval.
—¿Convencido? —insistió ella.
—Sí, me aguardan en casa. —Al atrapar la puerta, dio un viraje repentino—:
¡Tú, bigotudo!
—¡A la orden, mi sargento! (seña militar).
—¡Eres guay! ¡Adiós! —Y cerró tras de sí.
Bajo la nariz de Nadiya escapaba una risita satírica, maliciosa.
—¿Qué?... —exclamó su amadísimo.
—Nada, nada. Ni mucho menos perseguía fastidiar vuestras confidencias, ji, ji...
—¡Buff! ¡De buena me libraste, nena! ¿Cómo demonios iba a explicarle los
procederes de un trío amoroso si nunca he participado en uno?
—¿Chicas y chico —se tronchaba— o chicos y chica? —Total, a base de tirarle
de la lengua, supo incluso del romance Sally-Blackey.
—¿Contenta, señorita chismosa? (aburrido de tanta encuesta). Bueno, ¿y qué la
sesión de fotos? Cuenta.
—A pedir de boca —contestó descalzándose—. La agencia posee una finca en
la zona residencial sur: moderna, lujosa, jardín amplio, piscina rodeada de
sombrillas y hamacas; increíble, en serio. Querían retratarme mojada, así que llego
fresquita del chapuzón, je, je... Brenda asevera que a final de mes saldré en tres o
cuatro revistas.
—¡Uau! ¡Directo al quiosco apenas las repartan!
—¡Bah, tontito! Fruyes de mí a diario.
—Aparecerán otros bellezones aparte de ti, presumo...
—¡Ah, sííí...? ¡Conque esas tenemos!, ¿eh? —Y se lanzó a por él.
—¡No, cosquillas, no! —suplicaba a la fuga—. ¡Cosquillas, no!
—¡No huyas, cobardica! —Corre corre que te pillo, logró arrinconarlo en el sofá
—: ¡Toma, bellaco, toma! (a los costados, y sin piedad).
Lou avanzaba imparable una novela a partir de las notas recopiladas a lo largo
de casi dos años en la carretera. Su intención era la de narrar de manera
autobiográfica esa insólita aventura que, por motivos ostensibles, dejaba atrás. A
despecho del tiempo que pasaba atascado en la biblioteca o erre que erre en el
apartamento, Nadiya, colmada de orgullo, aplaudía la iniciativa cual animadora
deportiva de faldita mini y esponjosos pompones multicolor. Ni una pizca de
extrañeza la invadía si durante el reposo nocturno despertaba y, clisos
entreabiertos, detectaba al muchacho en el rinconcito habilitado para él junto al
armario (mesa sórdida recogida de la calle, llena de papeles, libros, notas y
folletos), a la tenue claridad de un viejo flexo. El escritor genuino que llevaba
oculto, liberado como el genio de la lámpara maravillosa, desasía la magia a
deshoras: lo arrancaba sin más de la cama, del sillón, a medio almuerzo, o incluso
de sus brazos. A veces, amodorrada en el lecho, observaba aquel vórtice entusiasta
que le recorría la espina dorsal ahí sentado, mientras decantaba, palabra a palabra,
reseñas de sitios lejanos, experiencias relevantes —buenas y malas—, o ahondaba
en caracteres de personajes destacados que trató acá o acullá. Y, ufana, anticipaba
la pericia quirúrgica que hilvanarían esos razonamientos suyos; óculos de lucidez
donde todo simula cerrado u oscuro. En cuanto el sopor volvía a apoderarse de ella,
se arropaba en la certeza de que mañana encontraría una tanda fresca de
cautivadores párrafos.
El curso del proyecto la tenía en ascuas y, lógicamente, coronado el alegre
tormento, lo sondeó al respecto.
—Pienso titularlo Carretera y manta —dijo resuelto—. ¿Qué opinas?
—¡Ah! ¡Muy oportuno! Refleja el espíritu de tu viaje a las mil maravillas.
—¡Okey! Voy a vender la Honda y adquiriré una Olivetti de segunda mano y
diccionarios; estoy hastiado del moho de la biblioteca.
Ella sentía bastante apego hacia el par de ruedas (las consideraba
emblemáticas del vínculo entre ambos), de modo que semejante pragmatismo le
cayó encima igual que un piano de cola.
—¡Coge el parné del fondo de Wilma, hombre!
—Prefiero evitar riesgos innecesarios —fue la respuesta.
—¿Por qué? ¿Intuyes problemas?
—Ninguno, de momento —aclaró—. Aunque bien seguro, a estas alturas, los
federales investigan a conciencia el origen del dinero falso. Tratándose de sumas
insignificantes y dispersas, equivale a buscar una aguja en un pajar; no obstante, si
prolongo la actividad fraudulenta, quieto en Palo Largo, mermará mi ventaja.
—Vale. Yo cubro el gasto y conservamos la moto.
Lou opuso un visaje rotundo.
—No comprendes lo que intento decirte. —Y le entregó la tarjeta de la South
Automotive.
—¡Impresionante! —enseguida dedujo su procedencia—. ¡Esa sor María
metomentodo debe cobrar comisión por cada sujeto que remite! Cariño, esto ni de
coña casa contigo. ¡Es labor de autómatas, y las condiciones laborales nefastas!
—¿Puedo sugerir el adjetivo «provisional»?...
Nadiya empezaba a excitarse.
—A ver, atiende un segundo. Desde la peli, nadie me toca un pelo; poso y gano
pasta. ¿Despilfarrarás tus dotes en una fabricucha de mierda sin necesidad?
—¿Crees que Brenda te confiere trabajos «a medida» porque se lo pediste
amablemente? —replicó a ceja alzada.
—Chico, fui bien clarita: desnudos y punto. Y cumple a raja tabla.
—Sí, solo que ahora la beneficia que aparezcas en magazines soft de cara al
estreno del film, así atrae público de clase media y crea expectativa. ¿Preservará el
acuerdo a posteriori?
—Ostras... —flaqueó ella.
—Aquí está. Elijo aceptar el puesto a que dentro de cuatro días retornes a lo
que detestas.
En efecto, Nadiya había puesto freno a los retozos de carácter profesional; no a
causa de ninguna queja de Lou, sino que fue un arbitrio a cabalidad suya. Ni corta
ni perezosa, llamó a la agencia, concertó cita, y expuso de forma espontánea que la
relación afectiva que mantenía alcanzaba tal nivel, que recelaba de mezclar la
exquisitez del chocolate chocolate con sucedáneos faltos de auténtico cacao, ergo
rebajaría las expectativas de pureza que el paladar codiciaba. El tono franco y
apelativo de la metáfora provocó una sonrisa concorde a la elegancia de la
representante, quien le propuso varios reportajes fotográficos destinados a
publicaciones mixtas; combinación de destape y artículos de actualidad.
Agradecida por el trato preferencial, jamás cayó en la cuenta de que quizá la
manipulaban, a efectos de deshacerse de ella una vez servidos los intereses de
marketing.
Conjeturas e hipótesis a un lado, el inmovilismo de Lou la perturbaba a título
de enfermedad fatídica. ¿Acaso el hado exigía cercenar las alas al más libre de los
pájaros, ahora que desplegaba aquel potencial indómito? Pitt Addams pagaba
sueldos roñosos a cambio de jornadas interminables entre maquinaria de
inyección de plástico, polvo de pulidoras, vahos poco recomendables, ruido
ensordecedor, gritos de apremio, y una temperatura que derretía el yeso de las
paredes. Los reportes provenían de obreros de la planta que despilfarraban su
miseria en amoríos de prepago, de ahí que conociera de sobra donde estaba
dispuesto a meterse.
De golpe, el espectro de un pasado lúgubre y remoto la cautivó, al evocar el
matadero de conejos de Bosque Farms: ese hedor nauseabundo a sangre y vísceras,
sazonado de verborrea chirriante de compañeras impasibles; los continuos
vistazos a un reloj cuyas agujas se negaban a impulsar las horas; el tedio delante de
la cinta transportadora, atestada de raquíticos cadáveres de ojos extintos; los
apuros derivados de cumplir la cuota de despiece... Y, a la postre, el zumbido
estrepitoso de bombardeo anunciando el final del turno, que, en realidad, iniciaba
la cuenta atrás hasta la vuelta. ¡Ajjj! ¡Los designios prevalentes carcomen la
voluntad mediante la alienación!: producir, comprar lo que fabricas, y dejarte el
pellejo en la estéril senda del «progreso». ¿Por qué el desarrollo del individuo debe
alimentarse siempre de las migajas?
—Me vas a prometer una cosa —arrojó muy seria.
—Sí, mami (cara de niño cándido)...
—¡Aparca las chorradas y escúchame!
Lou ignoró la mitad de la súplica.
—Estornino a Libélula (palma detrás de la oreja): recibo alto y claro. Cambio.
—De compaginar mal escritura y curro: ¡ABUR!; ya nos las apañaremos.
¿Conforme, payaso? —pretendía cerrar un apretón.
—¡Trato hecho, abogada Kedzierski! —Tras la encajada, desvió la chola—: Con
la venia, señoría —hablaba al retrato de Thelonious Monk colgado en la pared
adyacente—, solicitamos un receso inmediato para el almuerzo.
—¡Dios! ¡Eres incorregible! —Y ambas risas, fulgores acrisolados de la virtud,
dispersaron cualquier sombra de inconveniencia.
Citar nuestro archiconocido «Contigo, pan y cebolla» ilustraría a la perfección
el espíritu reinante a bordo del navío que botaron dos semanas atrás. Tan
profundo era el calado del uno en el otro, que ni el más eficiente de los sacacorchos
hubiese conseguido extirparles el afán de surcar juntos las aguas del destino. Pues
a similitud de los marineros avezados, nunca claudicarían ante la peor tormenta
blanca o calma chicha harta persistente.
Acto seguido de una sobremesa dedicada a los cariños y arrumacos, la brisa
soplaba a favor del Funny Fairy, o sea que largaron velas hacia ese puerto. Molly la
Fleur decidió cerrar el local al público a fin de que la concurrencia gozara a tutiplén
de la efeméride. Cerca de cien invitados —clientes habituales, camaradas,
exbailarinas, prostitutas, chulos y maleantes de todas las raleas habidas y por
haber— acudirían con la gazuza de robinsones víctimas de un naufragio, en espera
de pegarse el atracón a cuenta de la casa. Los tres chinos contratados del
restaurante de la avenida Wingate (famoso por un chop suey del que nadie sabía a
ciencia cierta qué incorporaba), iban sirviendo, sonrientes y reverenciales hasta la
terquedad, a cuantos pasearan el plato vacío enfrente del variado piscolabis. Faena
la suya, porque los comensales, ora pruebo esto ora me apetece lo otro, se
apelotonaban sin darles tregua.
A la par, Big Jerry controlaba las admisiones. En el momento en que abría la
puerta, asustaba los recién llegados al desplegarles a bocajarro un escandaloso
matasuegras. Y bobalicón al extremo de una criatura que celebra el cumpleaños,
luego sujetaba a cada cabeza uno de esos conos verbeneros tan chulis. Lou casi
pierde la gorra del susto cuando la mole surgió de repente. «¡Cielo santo! ¡Goliat,
quedaría chiquitín en comparación!», chanceó después de recomponer el pulso.
Entre los asistentes no podían faltar Bunny y Sweetheart. Las amigas del alma
acudieron temprano, deseosas de conocer al misterioso motorista de una puñetera
vez; cuán presto había conquistado el corazón de Cokaine entrañaba el enigma del
milenio y la curiosidad les corroía las tripas. Mientras cacareaban de tal y cual,
Bunny la distinguió en la entrada: leve codazo a la socia y, ¡zas!, disparadas a
recibirla. Aquella tarde irradiaba una expresión de júbilo insólita; asimismo, su
porte coqueto pero natural la hacía destacar del barroquismo mayoritario de las
demás: lucía la blusa estampada de Paisley de hombros descubiertos, la que le
sentaba de maravilla; los pantalones de campana blancos, bordados de florecillas al
término de las perneras, aparte de unas sandalias de plataforma muy cucas, las
cuales infirieron, acabaría de estrenar. El acompañante, en cambio, no aparentaba
gran cosa: vestía tope informal, y de cara tampoco es que sobresaliera del montón,
como estila decirse. Hete aquí La dama y el vagabundo sintetiza la impronta que las
asaltó.
Ya a pie de barra, el muchacho fue debidamente presentado a Molly, quien les
sirvió un matarratas de feria que presumía ser tequila. La mestiza andaba
demasiado liada y los abandonó enseguida, de modo que los cuatro tomaron una
mesa solitaria, lejos del meollo.
Si bien la reciente experiencia cinematográfica de Nadiya ocupó el inicio de la
conversación, Sweetheart no tuvo ningún reparo en interferir y ametrallar a Lou a
base de preguntas tendenciosas. Él respondía a la manifiesta desconfianza con el
refinado tono agradable y granuja a un tiempo. Nadiya y Bunny presenciaban
entretenidas el ping-pong dialéctico igual que en una de esas sitcoms de la tele,
claro que el británico pronto redujo el cúmulo de reticencias a la categoría de
«supuestos infundados» o «dudas razonables», y la cosa terminó en mucho ruido y
pocas nueces. Absuelto de los cargos, el procesado estimó que tocaba celebrar la
indulgencia: levantó las posaderas, a por la siguiente ronda.
Sweetheart, asombrada de sí misma, murmuró:
—Tiene algo este tío, cierto, cierto...
—No sé qué, limoncito, pero algo tiene —convino una Bunny meditabunda. —
Y la mecha de los cotilleos quedó prendida.
Nadiya, vetada a las oportunidades de réplica, asistía perpleja al trepidante
patatín y patatán de las dos. ¡Como si no estuviera! La conclusión que sacaron
apenas la sorprendió: el atractivo de Lou residía en el talante peculiar; ¡pff!, nada
que no supiese ella de antemano. ¡Ahora incluso les parecía una auténtica monada!
Aquel par de pícaras también hacían sus pinitos en la industria de la
procacidad: resulta que el martes posaron para uno de los fotógrafos itinerantes de
la revista Hustler, que, a la sazón, irrumpía con ahínco en el mercado. Entretanto
comentaban los avatares del mundillo, Sweetheart sintió el gaznate árido de tanto
pipiar:
—¡Oye, chata! Lou es supermajo y tal, pero más lento que el caballo del malo,
¿vale?
—Caramba, pues sí —repuso Nadiya, extrañada—. ¿Dónde demonios...?
—¡Fijaos! —Bunny señalaba la barra: Molly y él socializaban, la mar de felices.
—¡Córcholis! —Sweetheart no cabía de la consternación—. ¿Desde cuándo la
vieja arpía se ríe así?
—¿Estará pedo?... —apuntó Bunny.
—¿Tu novio posee dotes de hipnotizador, o qué, nena?
—No me consta, Sweety («aunque esconde algún que otro truco bajo la
manga», bisbiseó furtiva).
En el acto, observaron estupefactas que Lou, de regreso, sostenía una botella
entera de tequila del bueno. «¡Qué simpática esa Molly! No pude negarme a
aceptarla», sonrió, colocándola en el centro.
Cuatro tragos, y como si siempre hubiera vivido allí. ¡Por fin en casa!
Delirio

Tres meses después de marcharse de Indianápolis, Lou escribía en la libreta


recién estrenada: «A raíz del afán por desprenderme de lo confortable y ordinario,
lamenté dejar atrás a quienes valoraba como amigos. La encrucijada que plasma
esta frase excita el recuerdo de un pasado cercano y remoto a la par. Suelto el lápiz,
levanto la vista del papel, y pierdo unos minutos contemplando a través de la
ventana. Las emociones de aquellos días previos a mi partida refluyen a la
penumbra de un cuchitril sudoroso que da al río Cedar, en Cedar Rapids, Iowa.
Afuera oscurece deprisa, las aguas corren tranquilas bajo la niebla primaveral, y
aquí dentro el tiempo y el espacio danzan de la mano conmigo.
»Nora fue la única en demostrar cierta solidaridad. La pobrecilla, que a
menudo adivinaba los malestares que le ocultaba tras astutos juegos de palabras,
acaso intuyera esta huida mucho antes que un servidor. Aún cavilo de donde
sacaría semejante talento. Era excepcional en el arte de entrever a partir de
detalles circunspectos, silencios difusos o gestos triviales. Tres años de salir juntos
le otorgaron algunas ventajas, presumo. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo establecen
conexión dos entes que orbitan alrededor de planetas distintos? Trabajaba de
enfermera y nos conocimos en el Community Hospital East, a causa del pequeño
accidente de tráfico que sufrí a fines del sesenta y nueve. Chica independiente,
dicharachera, enraizada en la cotidianidad, satisfecha de llevar una vida de
cuidados al prójimo, me escayoló la fractura diafisaria del antebrazo (sin
desplazamiento del radio, menos mal), enseguida surgió magnetismo, quedamos
una noche, et voilà!
»A la sazón, el mundo entero ardía ante mis propias narices: la multiplicidad
de narrativas que lo configuran, moldean y sostienen quemaban en tropel, igual
que si esos bomberos pirómanos de la historia de Bradbury, Fahrenheit 451,
hubiesen desatado los perros del infierno. Cultura, sociedad, normas, procederes,
creencias; la gran quema diseminaba cenizas de las que resurgía un ave Fénix
sediento de fundamentos veraces. Yo intentaba ajustar una brújula cuya aguja
rotaba a la deriva en medio del incendio existencialista, y el "ligue" alivió la medida
de las tribulaciones que arrastraba. Ahora bien, el contraste entre nosotros lo
compararía al de Guy Montag y su esposa Mildred, a razón de la citada novela.
Disfrutábamos del cariño de dos amigos "con derecho a roce", pero ninguno
demandaba más de lo que el otro pudiera brindar.
»Preguntó si volvería a verme; no supe qué responder. Lloró; lloré abrazado a
ella, y luego conseguimos levantarle unas risas a la tristeza. Ojalá que el transcurso
de los años mantenga intacta la memoria de aquel semblante vivaz que tantas
cucamonas recibió de mí. ¡Hasta siempre, Nora!
»A punto estuvieron Mason y Aubree de atarme de brazos y piernas a una silla,
la lluviosa tarde de diciembre que nos reunimos y expuse el porqué de
abandonarlo todo. Y aunque tal incidencia no ocurriera, la decisión los trastocó al
margen de cualquier pronóstico. Sus rostros reflejaban el desconcierto de percibir
un galimatías insensato. Las pastas de té y el brebaje acorde que ofrecí de nada
sirvieron; la conversación devino grotesca a ratos. Resulta duro comprobar que los
apegos conducen a reacciones viscerales frente a determinadas sorpresas o
desengaños. Uno tuvo que hacer malabares al respecto. Previa separación, propuse
que tomaran cuanto les viniera en gana: indecisos a semejanza del bandido que
exprime un socio, echaron mano del estéreo, la tele y cuatro cosillas más. El saldo
de pertenencias las empeñé, cedí a beneficencia, o moran en la basura.
»Quiera la fortuna que el porvenir colme de regocijo los vacíos ulteriores a tan
ajetreada despedida. A mi matrimonio favorito también les deseo lo mejor, claro
que sí.
»En líneas generales, los demás me dijeron adiós con el mohín del cuerdo que
despide a don Quijote, pese a que jamás tomé molino por gigante. No culpo a
ninguno, sería absurdo. Nadie renuncia a la comodidad de la madriguera que
escarba jornada a jornada, conforme a los designios de nuestra arrolladora
civilización, para abrazar la rudeza de la intemperie; exponiéndose a plena luz, a
merced del polvo del camino, del viento y la lluvia o del calor y la helada, rumbo
hacia sí mismo y en compañía de la soledad como escudera. Empero, nos guste o
no, todo culmina en esta creación; incluso las relaciones, desde el momento en que
te atan a un decorado superficial, desprovisto de esencia y propósito, incapaz de
satisfacer la sed de vida auténtica que requiero. Las paredes guardianas del antiguo
piso al oeste del Broad Ripple Village, el empleo fijo y bien remunerado, esa
existencia responsable, sensata, programada, sumisa, inmutable, alienante,
dolorosa; el lote completo revela hoy la certificación de una muerte agónica. La
instantánea del ego de ayer queda archivada en el álbum de souvenirs, al tiempo
que el pentaprisma del hado desvía la claridad a un nuevo material sensible. Justo
cuando el individuo logra infundirse de valor y libertad, avanza: debe aprender,
adaptarse, pugnar y resolver conflictos; pues en el extremo inverso solo existe el
mejunje soporífero de la rutina en la que chapotea la masa.
»Sin embargo, dirigir los pasos a sendas desconocidas suscita una fuente
inagotable de estímulos frescos.
»De acá para allá, nunca antes había tropezado con tantos y tan variopintos
personajes. Requiere mínimo empeño: escojo sitios sobre la marcha y permanezco
en ellos días o semanas, según vea. Recorrer e inspeccionar monumentos, parques,
bares, restaurantes, bibliotecas, lavanderías, museos, mercados o comercios me
entretiene de sobra. Ahí, envuelto entre la multitud, cual flâneur (1) baudelaireano
que bebe del cuerno de la abundancia, aguzo la sensibilidad al máximo: oigo el
runrún de trabajadores durante su almuerzo, ancianos que intercambian quejas de
los males que acusan, la riña de la pareja del café, melodías de músicos urbanos,
clamor de mozalbetes que acaban el cole, la circulación en hora punta, campanadas
a mediodía, sirenas al ocaso, suspiros de amantes nocturnos; observo aquel
transeúnte apurado que cruza la calzada en rojo, la expresión del mendigo al
recibir limosna, el caminar altivo de la policía haciendo la ronda, los gestos del
tendero que despacha a la señora, el agujero en la chaqueta de uno que pide tabaco,
los trapicheos del tipo de la esquina de enfrente; gozo del amplio espectro de
minúsculas realidades que la naturaleza vierte con serena apatía. De ellas capturo
fragmentos, impresiones; signos de caracteres moldeados a golpe de venturas y
mellas, de sueños volátiles e ineludibles certezas. La verdad es que surgen charlas a
porrillo. Huelga decir que la mayoría son fugaces o nimias; a veces exentas de
lógica, caso de que mi interlocutor vaya puesto o borracho. Aun así, agradezco
cantidad estos terroncitos de comunicación: retirarles la envoltura y paladearlos
dulcifica el del día a día.
(1) Charles Baudelaire escribe sobre el "flâneur" (paseante, en francés) en "El
pintor de la vida moderna" (1863): «... Para el perfecto flâneur, para el observador
apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la
multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito.
Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el
mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar inadvertido, tales son los
pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que
la lengua apenas alcanza a definir torpemente».
»En ocasiones encuentro algún que otro sujeto que aparenta gozar de una
ataraxia envidiable; no hablo de flamantes discípulos de Epicuro salidos del Jardín
(2), ni de estoicos repletos de eudaimonía (3) o escépticos en perfecto uso de la epojé
(4), sino de personas comunes y corrientes —quizá faltas de magisterio— que
parecen sintonizar la frecuencia idónea de nuestro orbe, igual que si les corriera
una sabiduría ancestral, casi mística, en las venas. Tales coincidencias puntuales
favorecen que la soledad —siempre gélida, taciturna, huraña— muestre la
clemencia del gentil, y experimento momentos de gran armonía al calor de una voz
amiga. En equivalente medida, asoman tipos siniestros e imprevisibles detrás del
cogote; entonces, mientras evoco de manera instintiva esa seguridad y confianza,
las cuales disfrutaba indiferente al amparo de lo familiar, procuro poner pies en
polvorosa.
»Hogaño, exento de cargas afectivas, me percato de que extraer percepciones
correctas de los que se cruzan conmigo adquiere una dimensión a la altura de las
circunstancias. Sí, porque codearte a diario con desconocidos entraña riesgos, y si
te descuidas puedes caer víctima de los ardides más insospechados. En una jungla
enmarañada de voluntades que luchan a brazo partido a fin de satisfacerse, el mito
de la bondad humana evoca las tiras cómicas de los periódicos del domingo. Pero,
dato curioso, la cara oculta de distinguir probables aliados de farsantes pasa por un
sondeo tenaz de los propios parámetros de criterio, ya que las opiniones fluyen de
una perspectiva individual concreta, acaso empañada. En consecuencia, descubrir
mis prejuicios infundados o flaquezas obviadas ayuda a vislumbrar en ambos
sentidos; luego, conocer gente desencadena un importante proceso de análisis
interior».
Poco imaginó el intrépido aventurero que diecisiete meses después de anotar
esto, a su discreta llegada al motel Paradise de Palo Largo, el acto de fiarse de una
rubia cañón engañosa, que pedía socorro medio en cueros, iba a alterar el curso de
los acontecimientos. Era consciente de que tarde o temprano las andanzas
terminarían, si bien aguardaba que el destino le proporcionara un motivo de peso.
Y así sucedió: Nadiya, mujer de espíritu intenso, genuino, honesto; de mente
abierta, nítida y perspicaz, ávida de extraerle el jugo al meollo, suponía la
compañera idónea de cara a compartir aquella madurez adquirida. Lou estaba
completo, sereno y creativo junto a ella. Decidido a asentarse, centraría los
esfuerzos en moldear una parcela de libertad donde crecer al alimón. «... Vivir
conlleva adoptar decisiones. De acuerdo a esta base, en cuanto surge, elijo lo
adecuado para mí, renunciando cabalmente al resto de alternativas viables.
Presiento que ahora toca bajarme de la moto», es lo último que anotó en el
cuaderno, la noche que se trajo el cepillo de dientes a casa de Nadiya.

(2) Nombre de la escuela fundada por Epicuro de Samos dedicada al fomento de la


vida «sin perturbaciones», donde se cultivaba la amistad y el placer.
(3) Palabra griega que puede traducirse por felicidad, beatitud o prosperidad. Los
estoicos proponían llegar a esta condición mediante el autocontrol, aceptando las
circunstancias tal como vienen.
(4) Según Sexto Empírico, es «El estado de reposo mental por el cual ni afirmamos
ni negamos».
De los múltiples engorros del reintegro a la «normalidad», el muchacho
siquiera habría considerado las relaciones vecinales, de no ser por Apolonia
Lansbury —o mejor dicho, Evans, tal como quería que la llamaran—, quien
alimentaba una tirria feroz hacia él. Nadiya, a estas alturas bastante intranquila,
aireó el tema durante la celebración del Funny Fairy: «¡De veras, tías, está
obsesionada y no lo deja en paz! ¡Debe asegurarse primero de pisar a la calle!». Casi
que sin el vestigio de ese odio profuso todavía patente en la mejilla del «motorista»,
las dos socias hubiesen tomado el asunto a pitorreo. Bunny sugirió denunciarla,
aunque Lou dijo que ni hablar del peluquín. A Sweetheart le vino a la cabeza que el
irlandés al que apodaban el Ventilador resolvería la problemática de forma
eficiente, rápida y definitiva. ¡Ah, y a precio módico! «¿Careces de entrañas, so
bestia? —discrepó Bunny—. ¡Que tratamos de una enferma mental, leñe!». Dada la
escasez de soluciones mágicas, Nadiya rumiaba la posibilidad de cambiar de
ubicación. «¡Oh, vamos, nena! De quedarnos sin azúcar, evitaré pedírselo a ella y a
la larga desistirá», manifestó Lou, achispado del tequila que las amiguitas
revoltosas le servían sin cesar.
Apolonia Evans vivía en una segunda planta, tres edificios a la derecha del
colmado de los Wilson, rodeada de mininos; nueve en conjunto, todos con
antecedentes callejeros. A nadie del rellano le pasaba inadvertida la peste a leonera
procedente de su morada y acumulaba pilas y pilas de quejas, pero era lo mismo
que exigir peras al olmo. Y menos mal que jamás recibía visitas, porque por mucho
que algunos afirmen hallar orden en el caos, ahí no afloraba ni a la de tres.
Guardaba hasta un alfiler; latas, botellas, plásticos, cajas y cajas —repletas de vete a
saber qué— apelotonadas unas encima de otras, juguetes maltrechos,
electrodomésticos inservibles, mobiliario obtenido del vertedero... Según parece, el
arte de deslizar pinceles y brochas sobre trastos obsoletos le infundía
inconmensurable placer. En medio de tanto desbarajuste radicaba una mesita, a
guisa de santuario, que ponía la carne de gallina: varias muñecas de porcelana,
cochambrosas y tristonas, circundaban un globo terráqueo ennegrecido a causa del
incesante flameo de cirios. Para la señora Evans, cualquier cosa al alcance de la
razón giraba invariablemente en torno a espectros, adivinaciones, hechicería,
amuletos, astrología, ángeles y, cómo no, demonios.
El caso es que, coincidiendo con el traslado del británico, Casandra, postrera
felina acogida, enfermó de pronto. Semejante circunstancia la indujo a establecer
una relación causal inmediata, y nada más apreciar indicios similares en
Livingstone e Isaac, reafirmó tan descabellada teoría. Vómitos, diarrea, fiebre,
desidia, convulsiones, ataxia, dificultad respiratoria, cojera; síntomas de la
toxoplasmosis: afección contagiosa, común en gatos nómadas, que un veterinario
competente hubiera diagnosticado enseguida. No obstante, la dama recelaba de la
medicina convencional, y los dolientes acusaban esa laguna de fe a medida que el
tiempo evolucionaba. Además, ¿qué podía la ciencia contra el maleficio diabólico de
Lou? Numerosos fueron los rituales practicados, infinitas las conjuras
pronunciadas, pócimas y remedios testados; incluida cierta receta tópica —de
propia invención— a base de excrementos de paloma, huevo, canela, polvos de
talco y trementina, sin olvidar la pizquita de nuez moscada. Desenlace: Casandra
estiró la pata en el plazo de una semana, e idéntica desventura le sobrevino a Isaac
días más tarde. Aquel jueves noche, Livingstone fallecía también.
La mujer velaba el cadáver del animal, cuando un peculiar rugido de motor
interrumpió sus oraciones. Anduvo a la ventana y apartó un poco el visillo: Nadiya
y Lou regresaban ufanos al cabo del sonado convite. Desmontaron del vehículo
riendo y triscando, como si les divirtiese sobremanera el enorme infortunio que
padecía. Colérica, los maldijo entre dientes.
Prunella, veterana de la menguada manada, alcanzó el alféizar de un salto.
—¿Y ya está, mami? —maulló con ojos que despedían hielo y fuego a la par—.
¿Vas a cruzarte de brazos?
—¡Ay, lo lamento en el alma, mi amor! —la pena desgarraba el corazón abatido
de Apolonia—. Esta magia atroz rebasa muy mucho mis dotes sanadoras.
—¿De modo que permitirás a ese monstruo que siga y siga? ¡Alister empieza a
sentirse indispuesto!
—¿Y qué sugieres, cariño? —le acariciaba el lomo despacito—. He probado a
espantarlo un millar de veces. Traté de sabotearle la moto, y a resultas la guarda
dentro del portal, al cobijo del casero. Es astuto, muy poderoso. Tiene a todo
quisqui metido en el bolsillo.
—¡Pues claro! ¡Cokaine solo representaba el entremés del copioso menú!
—Charly tampoco escucha ya. Cree que me falta un tornillo...
Las orejas de la gata se irguieron de golpe. Buscó la mirada parda de su dueña,
y después de un leve serpenteo de cola ronroneó:
—Recuerda años ha, mami, el día que tu marido aristócrata quiso mandarte al
psiquiatra. ¿Accediste?
—¡Nones!
—¡Miau! Y en cuanto pretendió que te encerraran, ¿qué fue lo que...?
—¡Lo achicharré vivo y hui de Inglaterra!
—Excelente... —la bestia perfilaba una sonrisa malévola.
—¡Dios santo, Prunella! ¡No puedo incendiar Vista Alegre!
—¡Shhh...! ¡Baja la voz, estúpida! ¡Conseguirás que nos oigan!
—¡Uy, perdona! —Y flojito—: Date cuenta de que la mayoría de inquilinos son
inocentes.
Lame que relame la patita, le contestó:
—Las luchas, ¡slurp-slurp!, comportan daños colaterales... O esos sucios
miserables, ¡slurp-slurp!, o nosotros. De ti depende.
A la luz del dilema, mutismo total. Prunella descendió, y a paso calmo, ganó el
rincón. Acá estribaba una vieja garrafa de plástico blanca vacía. Dio la vuelta
alrededor, para luego esfumarse en el dormitorio.
El obrar fortuito del felino adquirió especial relevancia a juicio de Apolonia:
atrapó dicho envase de un arrebato. Acto seguido, puso la vivienda patas arriba en
busca de líquidos inflamables. Quitamanchas, disolvente, aceite, barniz, alcohol,
acetona; colmó el bidón. Así, provista de martillo y lumbre, aguardó sigilosa hasta
ver la vía desocupada.
Una vez estuvo ante el preciado mausoleo de Jorguensen, envolvió la
herramienta e hizo trizas la ventanilla corredera. Tras despejar cuidadosamente
los cristales, vertió a través la mezcla explosiva. ¡Glug-glug!, ¡glug-glug!; apestaba
tanto que tuvo que taparse la nariz. «Te devolveré al infierno del que provienes»,
bisbiseó antes de soltar el fósforo encendido. Se produjo una deflagración
considerable. La portería, forrada de madera, prendió ipso facto.
Entretanto, en lo alto del puente, Sally y Blackey acababan de besuquearse, tal
cual corresponde a los enamorados.
—¿Te ha gustado? —preguntó el zagal.
—Ajá —repuso la chiquilla, sonrojada—. ¿Y a ti?
—Chachi. ¿Sabes?, me fijé en Lou cuando besaba a la rubia.
—¡Oh! ¿Aprendiste de él?
—No estoy seguro —vaciló.
—Pero... ¿Cokaine no es una...? Bueno, eso.
El Morenito contrajo los hombros.
—Sea lo que sea, aparentan amarse lo máximo.
—Cierto. —Sally olía algo raro en el aire y giró la cabeza—. ¡Eh, allí! —al fondo
manaba una columna de humo más negra que la barba de Edward Teach (5).
—¡Atiza! ¡Procede de los apartamentos! —Blackey agarró a su amorcito de la
mano—. ¡Aprisa, avisemos!
«¡FUEGO! ¡FUEGO!», chillaban mientras corrían como almas que agita el diablo.
Benny mostró la chola por la ventana el número uno. ¡Qué novedad, llevaba un
pedal de aquí te espero! En virtud del lóbrego panorama, le dijo a la botella: «No te
preocupes, preciosa (¡hic!), afrontaremos juntos este embrollo», y la remató de un
trago. Los demás residentes del bloque ni de broma compartían el temple del
borracho; la garra del pánico los trababa a medida que adquirían conciencia del
peligro.
—Tú quédate. —Blackey deseaba comprobar una cosa—. Vuelvo en un plis.
—¿Adónde...?
—¡«Tranqui», tía! ¡Sigue gritando!
—¡No entres ahí! ¡Es demasiado peligroso! —Mas el chaval se desvaneció en el
tupido nubarrón—. ¡INCENDIO EN VISTA ALEGRE! ¡VISTA ALEGRE ARDE!...
El asombro estampaba su sello distintivo en los rostros de aquellos que, a
manera de alimañas indiscretas, surgían de oquedades y resquicios colindantes. En
cuestión de un pestañeo, medio vecindario ocupó el tramo enfrente de la
catástrofe.
Nadiya había accedido a la plataforma exterior e intentaba desbloquear el
mecanismo de la escalera de incendios.
—¡Ayúdame, cariño!, ¡cof-cof...! ¡No consigo extenderla!, ¡cof-cof...!
Lou acudió con parte del rostro oculto debajo de una camiseta mojada. Traía
otra.
—Póntela igual que yo y retírate a un lado. —Traspasó la ventana y la relevó.
Una hilera de inquilinos despavoridos descendía por la escalerilla; el dispositivo
continuaba atascado—. ¡Imposible! ¡Este raíl no cede! ¡Algunos de ustedes
retrocedan y arrojen colchones! ¡Deprisa! —Unos cuantos dieron marcha atrás—.
¡Y si alguien desconfía de saltar, la azotea es el sitio indicado! —Se volvió hacia
Nadiya—: ¡Rápido, lancemos el nuestro también!
Al mismo tiempo, Blackey retornaba empujando la Honda. Tosía un montón y
de sus ojazos de azabache chorreaban gruesas lágrimas.
Sally corrió a ayudarlo.
—¡Eres tonto! ¡Pudiste sufrir quemaduras! —lo reconvino.
—¿Pasaste, ¡cof-cof...!, ansia? —paró, medio asfixiado.
—¡Claro, bobo!
—Eso significa, ¡cof-cof...!, que de verdad te molo —depuso sonriente—. ¡Ea,
alejémonos!
Cuatro audaces que apilaron sin demora los jergones precipitados asistían al
primer saltimbanqui de la escalinata —un anciano giboso, raquítico y bizco—, que
justo aterrizaba sano y salvo. La quincena de domiciliados aguardaba turno con
impaciencia. Uno a uno, saltaron allegro ma non troppo, y gran parte del desalojo
aconteció bastante rodado.
Solo permanecía Evelyn Johnson, del tercero C. Llenita de complexión, pero
corta de talla, iba de andar por casa (zapatillas a topos, camisón parcheado, batín
roído) y perdía los rulos del pelo en pleno shock.
—¡Quieta, señora! ¡Serénese! —le imploró Lou.
—¡TENGO MIEDO! ¡MUCHO MIEDO! —reiteraba a grito pelado.
(5) Pirata apodado Barbanegra (1680-1718).
—¡Escúcheme! —la zarandeó—. Únase a los del tejado, si lo prefiere; los
bomberos no tardarán. Pero un botecito es mejor a recular, en serio.
—¡Descuide, Evelyn! ¡Nosotros nos ocupamos de usted! —convino Nadiya.
Tan pronto como quedó sentada al borde del tenebroso abismo, la descolgaron
suavemente, sujetada de los brazos, y tomó tierra ilesa.
Restaban ellos dos. A la derecha, una lengua incandescente que excedía el
vestíbulo empezaba a lamiscar la fachada.
—¡Hale! ¡Tu turno, nena!
Nadiya situó el pompis y pegó un brinco.
—¡Ya eres mía! —Mary Jane y Charly la recibieron—. ¿Estás de una pieza,
encanto?
—Sí, gracias, bonitos.
Floyd, el barbero, y Benedict Wilson completaban la tropa de apoyo.
—Falta uno, ¿verdad? —observó este último.
—Mi novio.
—¡Tu quééé...? —prorrumpió Mary Jane.
—Oh, luego te cuento —vigilaba arriba, inquieta—. ¡Maldito sea! ¿Dónde
puñetas...? —De sopetón, un fuerte ¡bum! la aventó cuerpo a tierra—. ¡LOU! ¡LOU!
—bramó al advertir la cortina de su apartamento encendida.
—¡Frena! ¡Frena! —Mary Jane impedía que hiciese una locura—. ¡Muévete al
revés, monada!
—¡NO! ¡NO! —Nadiya pataleaba histérica—. ¡SUÉLTAME, COÑO!
Charly colaboró y la remolcaron a la orilla opuesta. Floyd, el señor Wilson y un
par de recién incorporados retiraban la pila a modo preventivo.
En ese preciso instante, reverberó un grito desde la cima de Vista Alegre: «¡LOS
BOMBEROS! ¡LOS BOMBEROS!». Doblaron hurras y repicaron palmeos. El carro
bomba circulaba en sentido contrario por el oeste; venía tan flechado que los
neumáticos chirriaron al coger la curva. Ante la enardecida expectación, detuvo la
marcha rebasado el portal en llamas.
Cinco operarios, aparte de un mando a quien llamaban jefe Dreyfuss,
constituían la unidad. Cada cual, de apariencia fornida y expresión flemática,
portaba equipo autónomo, casco, hacha al cinto, linterna y talkie. Rápidamente
pusieron manos a la obra desplegando larguísimas mangueras. En el ínterin,
Dreyfuss interrogaba a los Wilson. «Que sepamos, hay un chico en la planta baja»,
notificó Benedict.
El capataz —de mediana edad, humilde en estatura, clisos impasibles, nariz
prominente, rostro chupado y melena ondulada color castaño— retorcía las
extremidades de su gallardo mostacho entre preguntas y respuestas. A juzgar por
ese porte altivo —acaso temerario—, el matrimonio tenía la sensación de dirigirse
al mismísimo teniente coronel George Armstrong Custer. Finiquitada la corta
entrevista, el tipo paseó delante del incendio con la parsimonia del que saca el
perro a mear.
De vuelta, sin perder un atisbo de compostura, expuso la estrategia a los
hombres. «... ¡Y comuniquen de inmediato cualquier incidente!», ordenó a la postre.
Hubo un clamoroso «¡sí, señor!». «¡Caballeros, ahí no hallarán fortuna ni gloria;
solo apuros y sequedad de garganta! ¡Respondan!, ¿qué somos? —«¡Bomberos,
señor!»—. ¡Pues adelante, mis valientes!». Atacaron el desastre en paralelo: un
equipo de tres ingresó al frente de una lanza; otro chorro penetraba vía el mirador
de Benny. Este, comediante victimista, achuchó a los Wilson tratando de conseguir
bebercio, pero el tendero lo envió a la mierda.
Los de la azotea revoloteaban a semejanza de pajarillos en la jaula del cazador.
El carnavalesco líder agarró el megáfono: «¡Ejem, ejem...! (pitido de acople).
Señoras y señores, les habla Clinton Dreyfuss, sargento de la sección cuarta del
honorable cuerpo de bomberos de Palo Largo. A la mayor brevedad posible,
dominaremos la situación y serán debidamente evacuados. Hasta entonces,
aléjense del frontis en llamas y guarden calma. ¡Muchas gracias!».
Ni decir que la escueta declaración satisfizo en absoluto a Nadiya; ¡Lou
proseguía sin dar señales de vida! La desdichada se mordisqueaba la punta de los
dedos, después de quedarse sin uñas que roer. Mary Jane y su hermana Samantha,
Charly, Johnsey, Carter, Sally y Blackey le hacían compañía.
A poca distancia, agarrada del marido, Ágata Wilson presenciaba la angustia de
la gachí.
—¡Ay, Benedict! ¡Dios nos libre de una tragedia!
—Más vale... o la moza va a explotar —predijo él.
La llegada de un coche patrulla los alertó. Dos agentes un tanto desaliñados
salieron al encuentro de Dreyfuss. Mientras abordaban los pormenores de la
operación, la ambulancia que subía estacionó pasada la confluencia con Delaware.
A aquel ambiente confuso cabía añadir la tremenda peste a barbacoa rancia y el
incesante barullo del morbo. Aunque parezca mentira, los Abercrombie habían
bajado sillas, refrescos y patatas fritas, de cara a gozar confortables del
espectáculo. Empero, la policía los obligó a retirarse.
Las tareas de extinción surtían efecto porque apenas se apreciaba fuego desde
el exterior. Asimismo, la columna de humo adelgazaba igual que un marqués a pan
y agua. Mary Jane propinó un empujoncito de ánimo a Nadiya. «¿Qué te dije, chata?
¡Estos mendas controlan mogollón!». Ella: mutis, tiesa y vista extraviada en el
infinito. Charly intervino, pero la perorata muda y las gracias gestuales tampoco
trascendieron. Los críos estaban pendientes del jefe de bomberos, que resurgía de
la alcantarilla cercana. El talkie carraspeó: «Cuervo 1 para Mando. ¿Me recibe,
Mando?». La principal sufridora amaneció del trance hipnótico. Todos arrimaron la
oreja.
Dreyfuss extrajo el aparato de la cadera.
—Alto y claro, Cuervo 1. Adelante. Cambio.
—Mando, informo que el vestíbulo... (interferencia).
—10-01, Cuervo 1. Mensaje no copiado. Cambio.
—10-04, Mando. Repito: sofocado incendio en el vestíbulo. Ascendemos a la
primera planta. Cambio.
—Recibido, Cuervo 1. Buen trabajo. ¿Algún rastro del individuo? Cambio.
—Negativo, señor. Nadie a la vista. Cambio.
—10-04, Cuervo 1. Abrid bien los ojos. Cierro. —A punto de reenganchar la
radio, zumbó de nuevo:
—Mando, aquí Cuervo 1. Detecto movimiento a las doce (rechinos y siseos de
fondo). Permanezca a la escucha. Cambio.
—Copiado —ratificó Dreyfuss—. 10-65, Cuervo 1. —Mary Jane rodeaba a la
compañera, que tenía el corazón en un puño. Los segundos transcurrían eternos,
glutinosos, como cuando uno asiste forzado a misa y el capellán no abrevia—.
Mando a Cuervo 1, aguardo noticias —insistió—. Cambio.
Y al fin:
—10-24, jefe. ¡Ya es nuestro!
Nadiya, totalmente pálida, vomitó incluso la leche materna.
—Excelente, Cuervo 1. Notifique estado. Cambio.
—Algo de oxígeno y recobrará el aliento, señor. Solicito permiso para que
Ortega lo respalde; el tipo va más cargado que un mulo. Cambio.
Sonaban aplausos y silbidos.
—Concedido, Cuervo 1. 10-31, sacadlo de ahí. Corto.
Lou atravesó el umbral en posesión de las alforjas que contenían a Wilma, las
planchas de falsificado, la libreta y el manuscrito de Carretera y manta. Por su
aspecto parecía la novedad estrella de aquellas viejas exhibiciones de rarezas de P.
T. Barnum (6): llevaba la colcha empapada a manera de poncho mexicano, una
toalla convertida a kufiya palestina, manoplas de cocina, y cobertura de papel de
aluminio en las deportivas.
—¡NUNCA JAMÁS...! —Nadiya, fuera de sí, cruzaba la carretera escopeteada—
¡NUNCA JAMÁS VUELVAS A HACERME ESTO! —le asestó un bofetón de
campeonato.
Ortega, que traía el canasto de la ropa sucia repleto de discos, se quedó
perplejo.
Lou depuso los bultos, encajó la mandíbula y dijo:
—¡Venga, mi vida!, ¡cof-cof...! Solo ha sido un susto.
—Yo... —rompió a llorar a moco tendido, abrazada a él.
—Eso, nena. Suéltalo todo. —Tal gimoteo, hondo, profuso; liberador, centraba
el interés del público—. ¡Muy agradecido, amigo! —musitó al bombero. Ortega
convino, soltó lastre y retornó a lo suyo.
Nadiya comenzaba a recobrar el aplomo.
—¡Snif, snif! ¡Lo... lo siento muchísimo, cariño! ¿Puedes perdonarme?
—¡Bah, olvídalo!; los nervios traicionan. ¿Mejor?
—¡Oh, Lou! ¡Temí perderte! —clamó estrujándolo.
El sanitario, que aguardaba a la vera con una bombona pequeña de oxígeno, vio
el momento de interrumpir. «Respira normal, muchacho», indicó en tanto le
ajustaba la mascarilla. Y le hizo el sondeo rutinario in situ.
No supone ningún secreto que Mary Jane hubiera cedido un riñón a cambio de
ocupar el puesto del fantoche en la emotiva escena. Así que, henchida de «voluntad
colaborativa», decidió entrometerse. La sorpresa fue mayúscula: «¡No me jodas! ¡El
mequetrefe del carrito!». Tras las presentaciones, capturó los elepés rescatados (un
buen pellizco de la colección) y escoltó a la pareja adonde el grupito custodiaba la
motocicleta.
—¡Caracoles! ¡Alguien merece una medalla a la valía! —guaseó Lou al
distinguirla.
—¡Cuélgasela a Blackey! —Sally destilaba orgullo.
—«Compi», no encuentro palabras capaces de manifestar mi gratitud.
—Me debes un puñado de vueltas a la manzana... —el Morenito le lanzó un
guiño.
—¡Ja, ja, ja...! ¡Faltaría más, hombre! Pero de ahora en adelante, recuerda que
demasiados valientes yacen pasto de los gusanos. La suerte implica una moneda de
dos caras. ¿De acuerdo?
—¡Buuu! No me sermonees, tronco, porque tú arriesgaste el pellejo para salvar
esos cachivaches —señaló deslenguado.
Charly produjo una risotada silente; Lou, chistoso, le llamó la atención:
—¡Tú no te mofes y sugiere una réplica, caramba! —El mudo reflexionó y,
ocurrente, simuló pegarle un tortazo—. ¡Exacto! ¿Viste, Blackey? Cokaine tuvo la
cortesía de devolverme el sentido común (supuraba sarcasmo).
—¡Vaya si lo hizo! —largó Johnsey—. ¡El guantazo estuvo de teleserie!
Resonaron grandes carcajadas.
Nadiya, que charlaba despistada con la mecánica, preguntó qué ocurría.
—¡Oh!, Johnsey posee un magnífico sentido del humor —soslayó Lou.
(6) Phineas Taylor Barnum (1810-1891): empresario circense, conocido por sus
«freak shows»; espectáculos de extravagancias y fenómenos biológicos.
—¡Ah, estupendo! (amplia sonrisa al pequeño rufián)... Oye, cielo, me
comentaba Mary Jane que podemos pernoctar en su casa.
—Y cuantas noches convengan, ricura —subrayó la susodicha—. Os prepararé
el cuarto de mis padres.
—¡No, mujer, no te molestes! Cualquier rinconcito bastará; mañana nos
acogerán unas amigas.
—¿Seguro, rubita?... ¡Tú, pimpollo! ¡Convéncela!
—¡Uy! Ella manda —esquivó Lou.
—En serio, guapetona —reiteró Nadiya—. Gracias de todas formas.
—Tú misma (tono desengañado)... Bueno, debes de sentirte exhausta.
—Bastante, la verdad —olisqueaba la camiseta de tirantes—. ¡Buff, y atufo a
churrasco que no veas!
—Te prestaré ropa mía, tranquila. —Volvió la vista hacia él—: Y a este
calzonazos le pondremos vestuario de papá...
—¡Caray, Mary! ¡Eres fabulosa!
—Lo sé, muñeca. ¡Hale, Samantha, condúcelos! —le entregó el llavero—, que
yo encierro la moto en el taller; aquí estorba.
Se despidieron de la pandilla, y la jovencita los guio acera arriba.
Las hermanas ocupaban el tercer piso del antiguo edificio de cinco plantas de
la esquina. El sitio lucía muy pulcro, acogedor. En el salón, sobre la repisa
intermedia del mueble librero, destacaba el retrato de los difuntos padres.
Murieron a principios de enero, a consecuencia de un trágico percance
automovilístico, y la sombra del luto todavía impregnaba la atmósfera. Samantha,
que siempre les mandaba besos al pasar delante, colgó las llaves en uno de los
ganchos del gracioso búho metálico de la pared. Nadiya sentía la necesidad
acuciante de quitarse esa peste de encima y solicitó usar el baño enseguida. «Es la
segunda puerta a la izquierda. Te traeré toallas y ropa limpia»; la niña entró en la
alcoba del inicio del pasillo.
Lou anduvo a contemplar el deslucido paisaje desde el balcón. La tremenda
mancha negra que surgía del portal de Vista Alegre sobrepasaba la mitad de la
fachada. El bombeo de agua había cesado y los de la azotea fluían a nivel de calle.
Parientes, vecinos o amigos aguardaban a algunos; encajadas, saludos y abrazos. El
rumor era incesante. Jorguensen esparcía drásticos aspavientos, mientras los
oficiales de policía fingían escucharlo. Su esposa le pedía calma y él la ignoraba. Un
ciclomotor de paso sorteó el jaleo hasta fundirse debajo del puente. A la vez, Mary
Jane subía del garaje, aunque se detuvo a entablar conversación con unas personas.
El británico regresó al interior y desplomó la percha en el sillón más próximo.
«Menuda nochecita...», susurró. Y los párpados le bajaron como persianas de un
comercio al final de la jornada.
Carretera y manta

El día que Nadiya descendió del autocar en la Estación Central de Palo Largo,
tras apartarse a cabalidad del entorno anodino de la villa de Bosque Farms (1), iba
perdida lo mismo que un pobre cachorrillo acabado de nacer. Sola, desamparada,
maleta en mano, con la carpeta de dibujo bajo el brazo, una mochila enorme a la
espalda y tirando del carrito repleto de los discos de papá, parecía que llevara el
peso del mundo entero a cuestas. La quimera de las oportunidades sensatas pronto
quedó truncada ante el desdén de aquella ciudad carente de alma, cuyos regocijos y
estrecheces se fundían en jornadas grises y trilladas noches de satenes glasé.
¡Subsistir acá era una pesadilla estrafalaria sujeta al constreñimiento de una lata de
gusanos! Acostumbrada a lo rural, donde los devenires fluyen como aguas
parsimoniosas de un riachuelo, la constante estridencia urbana, rebosante de
prisas y humos oprimentes, añadida a los anhelos generalizados, la apabullaron sin
remedio. El estrés en el ambiente arremetía cual virus endémico que contagia los
foráneos cuando migran a territorio inédito.
Durante los insomnes reposos no paraba de preguntarse por el sentido de la
existencia y qué le depararía un destino que, desde que le arrebató a Yure, ponía
palos en las ruedas a cada intento de avanzar. El gran enjambre de concreto y
asfalto, mecánico, premeditado, sórdido e insensible, rebosante de millares de
trascendencias que desaguan en la hondura del anonimato, solo ofrecía
sobredosificación de desengaño. A decir verdad, consideró la disyuntiva de
volverse a la casilla de inicio más veces de las que podía recordar; el humor no
siempre emerge a disposición y las vacilaciones arrugan y retuercen esa fortaleza
que tanto costó reunir.
Los cinco primeros meses los pasó en la residencia de estudiantes de Coronado
Ave, a un tiro de piedra de la Universidad Estatal. Fingió estar matriculada
presentando acreditación falsa, que obtuvo mediante argucias típicas a las que
recurrían muchos jóvenes de cara a que los acogieran. Lo cierto es que el sitio
alojaba todo tipo de gente, excepto potenciales licenciados. Compartía apartamento
junto con otras tres, muy malas pécoras ellas. Los suministros de la nueva inquilina
a menudo echaban el vuelo igual que si poseyeran alas, y nadie nunca sabía un
carajo al respecto. En ocasiones, por obra y gracia del Espíritu Santo, descubría
manchas o pliegues en los bocetos que reanudaba después de cenar, o no
encontraba esta tiza o aquel pincel porque se los escondieron a posta. «Ya está la
pueblerina de vuelta dando la tabarra...», escarnecía June, la insidiosa cabecilla. Sus
fieles aliadas, como marionetas felices de complacer a la titiritera, avivaban el
caldero de inmediato. Corolario: tremendos rifirrafes acontecían día sí, día
también. Puesto que en este turbulento intervalo la lectura representaba una
importante válvula de escape, el afecto gradual de Suzanne Baker, la rechoncha
encargada de la biblioteca pública, fue el salvavidas que la preservó de ahogarse (o
tal vez de linchar a las tipejas de marras, todo es posible).
El Red Oak, uno de los restaurantes de mayor afluencia del Boulevard, requería
personal: Nadiya cruzaba delante y arrancó el papelito de la vidriera sin dilación ni
timidez. Al cabo de varias semanas de su llegada, numerosas solicitudes de empleo
habían caído en saco roto; las últimas monedas se le escurrían entre los dedos y la
necesidad acechaba a la vuelta de la esquina. Empezó de friegaplatos, no obstante,
luego la pusieron a servir mesas; el jefe —tipo astuto— dedujo que una figura
bonita animaría la clientela que almorzaba allí a diario.
(1) Constituida como tal en 1974.
Casualidades de la vida, Bunny y Sweetheart frecuentaban el local y las
simpatías brotaron instintivamente. Eran un poquito mayores, caraduras,
independientes, descabelladas y... oh là là! (interjección francesa que antaño
aliñaba sus pícaras exclamaciones), la cocaína las volvía locas. Al parecer, ambas
vivían del estriptis. El curioseo la indujo a que una tarde que libraba del trabajo
decidiera visitar el tan nombrado club Funny Fairy. Molly la Fleur apreció en ella
un diamante en bruto y le propuso unirse al elenco de bailarinas; sugerencia que
aceptó de buen grado. «¡Maldición! ¡Esta zorra novata acaparará el parné!»,
gruñían determinadas veteranas, visto que la diosa del Olimpo le cogía el tranquillo
a la pole dance (2) superaprisa. En plena disputa con el Six-Sex por el liderazgo del
desfogue masculino, Molly replicaba quisquillosa: «¡Que Cokaine os sirva de
ejemplo, holgazanas, o bajaré el telón e iréis a la puta calle!».
La recién incorporada enseguida supo obtener provecho de esos encantos
naturales que la distinguían: los hombres la invitaban a copas, a rayas; asistía a
guateques, fiestas y, de tanto en tanto, aceptaba acostarse con alguno. El posterior
traslado a casa de las dos bribonzuelas significó el empujoncito definitivo que la
conduciría hasta el presente.
Bunny y Sweetheart —cuyos nombres reales siguen siendo una incógnita—
arrendaban un ático a cuatro manzanas de la famosa rotonda noreste. Tenía tres
habitaciones: el dormitorio principal, amplio, bien iluminado; un cuarto chiquitín
pero confortable, el cual ocupó Nadiya; y la estancia intermedia, que cumplía la
función de vestidor. Y aunque el salón gozara de bastante espacio, la cocina y el
lavabo apenas excedían la superficie de un par de cabinas telefónicas. Retomar el
antiguo alojamiento después del lamentable incendio le trajo multitud de
remembranzas. En ausencia de alguien confiable que la sustituyera, grosso modo
continuaba tal como lo dejó antes de mudarse a Vista Alegre. Empero, ella estaba
cambiada y así lo percibía de un tiempo a esta parte. Los enfoques al uso viraban a
velocidad estratosférica en función del idilio que mantenía. El singular carisma de
Lou la ampliaba, enriquecía, la revitalizaba; hacía que dentro de sí borboteara un
vigor inusitado e impetuoso...
Había leído de cabo a rabo el manuscrito más o menos listo de Carretera y
manta: ahí abundaban esbozos de parajes, vivencias, huroneos, detalles de
personas; materia prima de la que el autor se valía para introducir aspectos
sociales, filosóficos y psicológicos. Muy vinculado a la corriente existencialista, Lou
aglutinaba conceptos y posturas arañadas del cinismo y nihilismo, además de
numerosos matices ácratas, influencia de Max Stirner (Johann Kaspar Schmidt) y
Émile Armand. Con todo, al igual que ese fenómeno de Groucho Marx —del que
admiraba el talante surrealista y la afilada mordacidad— «nunca pertenecería a un
club que lo admitiera como socio», él tampoco quería fijar lindes a su raciocinio:
«Puede que mañana o pasado replantee mis posturas —elucidaba chancero—.
Ninguna hecatombe: las ideas deben servirnos a nosotros y no al revés. Mantener
el balcón abierto permite renovar aires cargados».
A semejanza del buen subjetivista, en la crónica sostenía que cada individuo
constituye una realidad inherente: «... Aun cuando utilizan códigos, espacios o
exhiben menesteres comunes, la verdad de un clérigo diverge de forma diametral
de la de un cirujano; incluso existe disparidad léxica en los respectivos ámbitos.
"Quot homines tot sententiae: suo' quoique mos" (3), escribió Terencio en la comedia
Formión». Por lo que a la ética respecta, rechazaba de plano lanzar juicios
(2) Baile que las estríperes realizan en una barra vertical.

(3) Cuantos hombres hay, tantas opiniones existen: cada uno tiene su costumbre.
ordinarios: «Únicamente aspiro a discernir las motivaciones que nos empujan, ya
que lo que a mí me agrada quizá le parezca horrible al vecino. "Bueno" y "malo" no
son sino abstracciones encumbradas a conveniencia. La naturaleza no comprende
de moral ni de justicia, solo de impulsos. Aquí abajo, en el llano que pisamos, es
entre la amplitud de dos bornes donde suceden nuestros quehaceres». Y dado que
confería nula importancia a los lazos consanguíneos, del amor señalaba: «Jamás me
gustó este vocablo: pronunciarlo genera regusto a posesión, sacrificio,
conformidad, deber, tradición, fábula... Sin embargo, ofrecer y recibir, siempre de
manera honesta, libre y consentida, asegura cooperaciones prósperas; óptimas si
florecen lazos afectivos, creativos e intelectuales».
El hilo argumental de aquel viaje iniciático rezumaba espontaneidad, robustez,
franqueza, mundología, aventura, pensamiento... Si bien hasta cierto punto recogía
el testigo de los escritores de la Generación beat (Huncke, Kerouac, Ginsberg, etc.),
la estructura y el contenido distaban por desplegar una narrativa más serena,
analítica, madura; post movimiento hippie, alejada de la embriaguez de las «flores y
el amor». Y a pesar del flagelo que chasqueaba embravecido contra los marcos
reinantes, ningún párrafo omitía la fascinación hacia el género humano o su
contexto natural. A fin de cuentas, Lou planteaba construir valores autónomos
conforme a la soberanía innata de cada sujeto, y lo exponía a través de un cántico a
la vida; cántico que invitaba a zambullirse a fondo en cada recoveco.
Nada sorprende menos que la voz de la dulce bohemia susurrara a oídos de
Nadiya, ahora que la ropa puesta no era ni suya. Ángulos y deliberaciones le bullían
como espaguetis arremolinados al candor del fogón: «¿A qué aspiro en realidad?
¿Prefiero continuar explotando mi cuerpo, vivir un simulacro mediocre,
convencional, ilusorio, en vez de escoger la coherencia? Éxito, progreso, riqueza;
¡todo patrañas! ¿Acaso el último grito en aspiradores, la tele en color o un coche de
lujo otorgan auténtico placer? ¿Por qué no tomarme este percance cual ventana a
ópticas diferentes, un umbral a otras posibilidades?». Y de repente, ¡patapán!;
atisbo de lucidez suprema: «¡Viajar él y yo juntos!».
Es harto probable que la sombra del empleo en la South Automotive
incentivara tal epifanía, pues dicha perspectiva la atormentaba sobremanera; a lo
mejor porque Lou estaba resuelto a sacrificar su valiosa libertad debido a ella.
Imaginarlo sonriente tras prolongadas horas al pie de una cadena de montaje
rozaba la simpleza, desde luego. Conocía de primera mano que las índoles
despiertas, a falta de laburo acorde, necesitan tiempo y espacio propios. «¿Cuánto
tarda en languidecer un león enjaulado?», volvió a plantearse. No cabía darle más
vueltas: «¡Nanai! ¡Ni de coña! ¡A escribir!, ¡lo que le corresponde! En cuanto a mí,
¡menuda delicia despertar en cualquier andurrial y captarlo con el carboncillo!».
Semejante confín adquiría nitidez a medida que rumiaba; peregrinar atendía a la
perfección los intereses de ambos. Solo observó una ligera pega: «Dos ruedas no
nos bastan para este propósito. Hum... tal vez Mary Jane sepa de alguna furgoneta
baratita. La adaptaríamos a nuestro antojo y, ¡alehop!, el hogar a cuestas».
Lou, que salía tan pancho del baño, fue envuelto por un tornado de fuerza cinco
(EF) que lo arrastró directo a la alcoba. «¡Ahí va! ¿Qué ocurre?». La moza emanaba
nervio y chiribitas lo mismo que una pantera embravecida: eyectó al muchacho
sobre la cama, se puso a horcajadas encima de él, y le escupió a saco Paco la
propuesta. «¡Caray, rubia! ¿Tengo alternativa? —dijo de guasa—. Seguro, tú eres mi
techo. ¡Compartiremos destino y fortuna!».
El ajetreo de la planificación filtraba a la sala de estar.
—¿Qué diantre gorjean los pichones? —murmuró Sweetheart.
—Algo traman, limoncito —repuso Bunny. Y subió el volumen de la peli.
Contando los ingresos postreros de Nadiya, la motocicleta y el milagroso
potencial de Wilma había margen de maniobra. Quiso el albur que Barry
conservara aún la vieja Mercedes-Benz L 319 azul claro y blanca, que tiempo atrás
aceptó a título de un adeudo familiar. Aquella chatarra ocupaba mucho espacio en
el patio trasero del taller y deshacerse del bulto le iba de perlas. «Circularéis a paso
de tortuga, pero este motor es más fiel que un perro cojo», expuso Mary Jane,
deseosa de ponerla en condiciones. Acordaron una cantidad, más la entrega de la
Honda, y el trato quedó cerrado.
A las estimadas socias se les hacía cuesta arriba concebir el derrotero de
Nadiya en un momento tan halagüeño para ella. «¡Recristo! ¿A vagar en plan
gitano? ¡Tú no riges fina, chiquilla!», arremetió Sweetheart con notable exaspero.
«¡Vamos, niñas, calmaos!», intervino una Bunny atrapada en fuego cruzado. La
algazara que trajo consigo el inusitado anuncio recordaba las típicas sobremesas
de cuando el hijo revela su voluntad de dedicarse al arte, y papá y mamá ponen el
grito en el cielo porque no atinan en qué obraron mal. A despecho del revuelo, la
luz arrobadora de esos ojos verdes y unos labios incapaces de disimular el torrente
de dicha hablaban por sí mismos. «¡Pero fíjate! ¡Si aparenta ir de coca hasta las
cejas!»; Sweetheart responsabilizaba a Lou de haberle llenado la cabeza de pájaros.
«¡Espléndido! ¡Ahora acúsalo! —desconvino Nadiya—. ¿Es tu forma sutil de
insinuar que carezco de personalidad?». Y la disputa aumentó de tono. El
inculpado, boca cerrada a cal y canto (fingía leer), cavaba la trinchera en el sillón
del fondo. ¿Qué clase de majadero trataría de inmiscuirse? ¡Al menos Sweety ya no
desconfiaba de él! «¡Tú te figuras! ¡Dios los cría y ellos se juntan!», apostrofaron las
últimas palabras de esta acerca del tema.
Días después, a la hora del almuerzo, Nadiya fregaba los platos sucios de la
cena. Bunny entró en la cocina toda acelerada.
—¿Y si preparo una ensaladita de primero? —venía muerta de hambre.
—Estupenda elección —convino la huésped.
—¡Marchando! —Abrió el refrigerador, sustrajo tomates cherry, lechuga,
aguacate Fuerte, cebolla morada, media lima, nueces, y una lata a la mitad de
frijoles cocidos—. Uh, falta queso panela; ¡el toque maestro!
—Aparta una ración antes de añadirlo —previno Nadiya.
—¡Ay, sí! Olvidaba las peculiaridades de tu novio, ji, ji...
—Y que lo digas... —asintió risueña—. Me tiene aburrida con la comida.
—Bueno... Otra de sus rarezas.
—¿Cómo que «otra»? (giro reflejo)...
—Mujer, resulta muy mono, simpático y graciosísimo, en serio. Aunque
excéntrico, ya sabes...
—¡Nah! ¡Exagerada!
—Claro, tú ni te das cuenta porque sois tal para cual. —Comenzó a trinchar la
lechuga—. Sin ir más lejos, ayer no entendimos un pimiento de eso que
parloteabais de «los límites en el mundo»... —vaciló dubitativa—. Espera, ¿o era
«del lenguaje?». —Detuvo el cuchillo—. ¡Ostras! ¿Cómo...?
—«Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo».
—¡Exacto! ¿Lo ves? ¿Quién diablos discute cosas así?
—Pertenece a Wittgenstein, un filósofo dedicado a la lógica del lenguaje. Es
que Lou cogió un libro suyo de la biblioteca y el aforismo nos entretuvo. Lo siento,
cielo. A veces perdemos la noción y...
—¡Puf! Sobran las disculpas. Yo encantada de que colme tus inquietudes. —
Recobró el desmenuce.
—¡Gracias, hermosa! —vajilla lista, Nadiya se secaba las manos—. ¿Te ayudo?
—Descuida. Fríe la carne, entretanto.
—¡Hecho! —Puso la sartén a calentar y sacó cuatro bistecs.
—Y en el catre... —¡chaca-chaca-chaca!; Bunny parecía una trituradora de
aquellas que reducen a jirones los documentos clasificados— ¿te complace?
—¡Uy! ¡Calla, boba! ¡Que puede oírnos!
—¡Ugh...! Aguarda. —Sigilosa, asomó el tiesto: el inglés, en lo alto de la
escalera, desmontaba la lámpara del techo del salón—. Continúa liado. ¡Venga!
¡Desembucha!
—¡A lo tuyo, cotilla!
—¡Vamos, no seas mojigata!
—¡Qué nones, pesada! —La ternera crepitaba; bajó una pizca el gas.
—¡Oooh! ¿Ni un mísero detallito?... ¡Corre, di!
A base de insistir, le hizo la siguiente confidencia:
—Maneja la lengua mejor que Sweety.
—¡Bah! ¡Tonterías! —arrojó Bunny, incrédula.
—¿Me llamas mentirosa?
—No, pero... ¡glups! —Lou sobrevino de golpe y porrazo.
—¿Qué decís, guapas? —las saludó.
—¡Weinstein! —satisfizo la perturbada anfitriona—. Charlábamos de
Weinstein, je, je...
—¿Weins...?
—¡Sí, hombre! El de «los límites del mundo» y toda la pesca —aclaró resabida.
(Nadiya a duras penas contenía la risa). Él ató cabos:
—¡Ah, vale! —Y le enseñó un portalámparas—. Funciona mal debido a que está
chamuscado. Aquí, observa.
—¡Oh! ¿Y eso? —Los pómulos de Bunny alcanzaban el rojo intenso de las
fresas silvestres.
—Quizá un repunte de tensión, o el desgaste del chisme... ¿Guardáis
recambios?
—Eeem... En la esquina izquierda del ropero tenemos un baúl repleto de
trastos.
—De acuerdo, lo investigo. Caramba, ¿te encuentras bien?
—De lujo, chato. ¿Por?...
—No sé, luces sofocada. —Miró a Nadiya—: ¿Verdad, nena?
—Culpa del bochorno —depuso ella—. ¿Eh, bribona? —furtiva, pellizcó el
trasero de la amiguita.
—(¡Au!) ¡sí, sí! ¡Qué asco de calor! —resopló abanicándose con la palma.
—Hoy aprieta, en efecto. ¡Mercedes, señoritas!
—A ti, muñeco. —Bunny, frota que frota la nalga, unió sus carcajadas a las de la
partícipe.
Sweetheart regresaba de destender ropa en la azotea y advirtió al varón liado
entre cables, artilugios y cachivaches.
—¿Qué buscas? —le preguntó.
—Un simple portalámparas, no obstante...
—Mala pata, chico.
—Cerca del garaje hay una ferretería y requiero útiles, conque...
—¡Cierto!, esta tarde os entregan la «furgo». —Y mustia runruneó—: Luego...
partiréis enseguida, ¿no?
—En tres o cuatro días, calculo.
—¡Ay, Dios mío! ¡Vaya dueto de majaretas!
—Cuerdos o dementes, Sweety, nos movemos en el mismo tren —arguyó
alegre.
—¡Puaj! ¡Trágate tus agudeces y cuídala! ¿Lo captas?
—¡Hale, gente! ¡Al ataque! —Bunny pasaba ensaladera en mano.
Nadiya, a la zaga, traía la ración exenta de queso y los filetes.
—¿Pilláis cubertería, platos y bebercio, porfa?
Panzas rellenas, tras el café los tortolitos anduvieron a la parada del bus para
desplazarse a la Catorce. Nadiya extrañaba la moto y lamentó no disponer de ella.
Aquella maravillosa sensación de formar totalidad, aferrada a compañero y
máquina, era algo de difícil renuncia. «¿Distingues esas nubes de algodón? —señaló
Lou, animoso—. Pronto dormiremos al raso si nos apetece». Y se besaron
febrilmente aunados en un profundo abrazo. La dama de regia envergadura que
aguardaba al lado, cuya fisonomía de bulldog recordaba cantidad a Carrie Nation
(activista puritana del Movimiento por la Templanza, muy aficionada a destrozar a
hachazos botellas y mobiliario de bares en la década de 1900), los hería con la
mirada como quien ensarta a un enemigo. «Damos la nota, cariño», previno el
muchacho. «¡Envidiosa! —Nadiya le espachurró las posaderas adrede—. ¡Que
fisgue cuanto quiera!», y repuso sus labios anhelantes en los de él. Percatada del
descaro intencional, la testigo produjo un resoplo airado y buscó prismas más
decentes.
Ya ubicados en el barrio, los de la pandilla corrieron a transmitirles la
explosiva primicia de la que hablaba todo quisqui: resulta que Apolonia fue
detenida a media mañana, acusada de provocar el siniestro en Vista Alegre.
«Forcejeaba, chillaba y maldecía mientras los polizontes la arrastraban hacia el
coche —explicó Blackey frente a la perplejidad de la pareja—. ¡Máximo
espectáculo, colegas!».
Acto seguido visitaron al señor Jorguensen, quien les reveló los pormenores
del caso:
—El perito del ayuntamiento sustrajo de debajo de los escombros un bidón
casi fundido que alojaba restos de una mezcla inflamable; de ahí que la policía
tomara cartas en el asunto. En el transcurso de las pesquisas, Charly reconoció
habérselo vendido tiempo atrás a la loca del demonio, y durante el registro a su
domicilio hallaron vestigios de la sustancia en cuestión...
—¡Madre mía! —Nadiya alucinaba—. ¿Crees que esa manía atroz contigo pudo
incitarla, cariño?
Lou encogió los hombros.
—Vete a saber a dónde conducen según qué desatinos.
—A la cárcel o al manicomio, me temo —terció el casero—. Entonces, ¿insistes
en abandonar el apartamento, jovencita? Los pintores terminarán en un
periquete...
—Muy amable, pero sí, señor Jorguensen. Solo vinimos a decirle adiós. —
Deseos de buena suerte y cordiales apretones clausuraron el encuentro.
Urgía proveer la furgoneta de varias comodidades básicas: algún estante, luz
interior, un depósito de agua potable, cama, fogón...; a guisa de audaces e
ingeniosos nómadas, cobijaban recursos chupis de cara a ahorrar espacio, tiempo y
molestias. El subsiguiente paseíto por los pasillos de la ferretería abasteció el
listado de material y herramientas indispensables.
—¿Tenemos todos los tornillos que nos faltan? —Nadiya, de coña, refería la
locura que les achacaba Sweetheart.
—Sospecho que me odia...
—¡Qué va, bobo! ¡Le caes la mar de bien! La pobrecilla tiende a enfurruñarse
porque la preocupo, ¿comprendes?
—¡Mecachis! ¡El portalámparas que le prometí! —Y en ausencia de memoria,
piernas.
Posteriormente, en el taller, la Mercedes-Benz mostraba un aspecto
formidable: chapa repintada y lisa a manera del culete de un bebé, neumáticos
nuevos, cristales en cada ventanilla, faros y retrovisores restablecidos; aparentaba
igual que si acabara de salir de fábrica. «¿A qué esperáis? ¡Rápido, subid a bordo!»,
los exhortó Mary Jane. La cabina resplandecía como los chorros del oro. El
salpicadero estaba entero, la radio arreglada, los asientos restaurados en escay
marrón oscuro, sistema de aire y calefacción en perfecto estado... ¡Un trabajo
impecable! Al examinar la parte trasera, el suelo de madera, liso y reluciente a
semejanza de las pistas de patinaje, los dejó boquiabiertos. «Con cortinas y cuatro
arreglillos nos quedará un nidito genial»; Nadiya rebosaba júbilo. En última
instancia, la ojeada al motor colocó el broche de oro a esa impresión preliminar.
—El curro supera la estimación; ¡mutis! —Mary Jane hizo un guiño a su
bienamada venus.
—¡Oh, querida! ¡Nunca podré agradecértelo lo suficiente!
La mecánica aprovechó que Lou firmaba los papeles en la oficina para
bromear:
—Deshazte del mostacho panoli, larguémonos juntas y cuestión resuelta. —
Ambas hilaridades propiciaron una emotiva muestra de afecto—. ¿Volveré a verte,
rubita?
—Ni idea, tesoro... Suceda lo que suceda, residirás a perpetuidad dentro de mi
corazón.
En cuanto el vehículo arrancó, volaron besos a granel. «¡Hasta siempre!».
Enfrente del colmado, chavales y chavalas contaban chistes apalancados al
borde de la acera. El ¡mec-mec! de la furgona que ascendía los alertó.
—¿A quién le apetece un helado? —Lou asomaba a través de la ventanilla.
—¡Córcholis! ¡Qué chulada! ¿De dónde la has sacado? —demandó Johnsey.
—La cambié por la moto (sonrisa amplia). ¡Arriba, tropa!
Sally y el Morenito montaron delante; Samantha, Johnsey, Carter y Moses,
atrás. Apenas doblaron la esquina, apareció Charly. «¡Ey, amigo! Aparca el carrito y
vente al Tex Mex Park. —El chófer no tuvo que repetírselo dos veces—.
¡Vááámonos!».
La consiguiente incursión en el tenderete del área verde supuso un festín de
sabores y matices al amparo de fresnos y encinas: la cúpula vainilla de Blackey
contrastaba ante su tez de ébano, mientras chispas rojas esparcidas encima de la
fresa se añadían a las pecas de Sally; Moses absorbía embelesado el amarillo del
limón con esos vibrantes labios carmesí, divertidas pinceladas de chocolate teñían
las comisuras rosadas de Carter, la piel tostada de Charly y el dulce de café eran
uno, y la rica cereza, ¡ups!, manchó traicionera la blusa beis de Samantha.
Asimismo, menguaba veloz el pistacho bajo la maleza bigotuda de Lou, y el sorbete
arcoíris de Nadiya estallaba en mil colores para envolverlos a todos en un suave
abrazo. Lamían y relamían sendos cucuruchos en tanto afloraban anécdotas,
chanzas y carcajadas de transparente alborozo.
A los aventureros les supo fatal verse en la tesitura de informar de la
inminente partida, pero así funcionan las cosas.
—¡Jo, tíos, vaya chamba! Los mayores hacéis siempre lo que os sale de las
narices —protestó Moses.
—¡Ya te digo! —sostuvo Carter—. A nosotros nos aguarda el dichoso cole en
cuatro días.
Las demás caras, largas, le conferían la razón; salvo una.
—A mí... A mí me gusta estudiar —titubeó Samantha.
—¡Buah! ¡Cierra el pico, empollona! —la mueca de Jonhsey atrajo mofas sobre
la niña.
—¡Basta, chicos! —cortó Nadiya—. ¿Qué hay de malo en aplicarse? Yo
perseveraba...
—¿De veras? —intervino Sally.
—Ajá —asintió convincente.
—¿Y tú, Lou? —quiso averiguar Blackey.
—Eeer... no fui precisamente un alumno modélico —confesó—, aunque saqué
provecho de aquellos años.
—¿En qué sentido? —inquirió Moses.
—Bueno, conseguí falsificar la cartilla de los resultados académicos. —La
consorte le propinó un codazo; el resto explotaba en risas—. Tranquila,
aprenderán cuando les pique la curiosidad —adujo en voz baja.
De vuelta al barrio, la separación suscitó tiernos achuchones. «No seáis
demasiado granujas. ¿De acuerdo?». Hubo un ¡chao! unánime, a la par que Charly
gesticulaba su tácita despedida.
En un pispás aparcaron a la puerta del bloque de las camaradas. Nadiya usó el
interfono: «¡Deprisa, nenas! ¡Enfundaos trapitos decentes y bajad!». La flamante
camioneta enseguida obtuvo grandes alabos. «Ahora nos invitáis a cenar, ¿me
equivoco, mequetrefes?», conjeturó Sweetheart, risueña. Bunny propuso acudir al
Red Oak, como en los viejos tiempos. «¡Ea! ¡Pediré un buen plato de macarrones
gratinados!», lanzó Nadiya. Paladares en vibración simpática, cual grito que
desencadena un alud, las otras manifestaron idéntica apetencia. Lou, con
repeluznos de asco, puso en funcionamiento el motor. «¿Derecha o izquierda,
mesdames?».
La pequeña celebración continuó en el Funny Fairy, pues Molly la Fleur
meritaba un sonado adiós. Después de narrar el terrible soponcio del incendio, la
gachí le comunicó los planes.
—... Resta pendiente la visita a Blue, el músico colega de Lou; Las Cruces será
nuestro alto inaugural —explicaba—. Luego, nos aguarda un laaargo (gesto ancho)
rodeo hasta California, estado en el que pensamos echar raíces.
—Olvidaos de Los Ángeles, niña —la previno Molly—. Fui de vacaciones en el
sesenta y siete... ¿o sesenta y ocho?... ¡Bah!, no importa: lo encontré un jodido
estercolero.
—¡Nada de ciudades, mujer! Un pueblecito chiquitín y apacible me refiero.
Quizá cerca del mar...
—¡Menuda envidia, criatura! —el programa gustaba a la mestiza—. De poder
quitarme diez años de encima, ocuparía tu puesto sin dudarlo.
—Di mejor treinta, optimista... —la pinchó Sweetheart.
—¡Chitón, ubres de vaca! —arremetió Molly. Y produjo un seductor meneo
para deleite del británico—. ¿Te parezco vieja, majete?
La presencia de Lou le agradaba a tal extremo que sacó tequila del caro y
empezó a contar batallitas de juventud. Bunny y Sweetheart, hartas de esas
historias, prefirieron refugiarse en la pista de baile. Puñetera donde las haya,
Nadiya permaneció porque le colmaban el vasito al tris de vaciarlo.
Big Jerry sentía tanto la marcha de la joven que arrastraba el disgusto a modo
de grilletes plomizos.
—¡Eh, forzudo mío! ¡Acércate! —lo apremió ella—. ¿Sabes? Guardo algo
especial que te encantará. —Atrajo el bolso.
—¿Qué es?... ¿Qué es?... —Jerry repicaba palmaditas igual que un crío en el
umbral de Disney World. Recibió una cajita con lacito incluido; tras retirarlo
impaciente, la abrió: contenía retratos polaroid—. ¡Aúpa! ¿Túúú?
—Mis primeras fotos desnuda. ¿Te gustan?
—¡Un montón! ¡Mil gracias, Cokaine!
—Trae, préstame una. —Besó la franja blanca: el carmín quedó estampado—.
Y otro a mi guapote: ¡muá!
La gentil delicadeza fue mano de santo: el gigante reanudó su actividad más
feliz que una perdiz.
El irrebatible empecinamiento de Molly había conseguido que Lou acarreara
un pedo considerable a la hora de retornar a casa.
—Deberías sacarte la licencia, cielo; tu limoncito aguanta fatal la bebida —
apuntó Bunny.
—Eso haré, je, je... —convino Nadiya— ¿Estás bien, corazón?
Lou aparentaba cruzar el cabo de Hornos en pleno temporal.
—Un poco maread... ¡buaaaah! —echó medio litro de pota.
—¡Anda! ¡Alcánzame las llaves, pardillo! —dijo Sweetheart—. Yo conduciré.
Libertad

El inquietante vuelo de un mosquito, ¡ñiiii...!, arruinó de pronto el vals etéreo


que Bunny danzaba en compañía de Morfeo. La orquesta detuvo el encanto
primoroso del vivace vienés, el apuesto dios alado se desvaneció junto a la
aristocrática comitiva que, ¡un-dos-tres, un-dos-tres!, giraba y giraba
graciosamente en la amplitud del magnífico salón belle époque, y una bambalina de
negrura oscureció los grandes candelabros que pendían del techo. Toda grogui, la
muchacha produjo un bostezo haragán, frotó sus dulces opalillos legañosos, y
luego, a tientas, prendió la lamparita. El reloj, tic-tac, tic-tac, señalaba las dos
menos cuarto de la madrugada. «¡Uh! Pensé que serían la cuatro o las cinco...». Al
otro lado del lecho, Sweetheart dormía a pierna suelta, con la jeta medio cubierta
por el antifaz de los corazoncitos rosa. Resoplaba a semejanza de una tuba en
labios inexpertos; tal era la profundidad de ese letargo que ni un terremoto de
magnitudes catastróficas la hubiera soliviantado. Nada más incorporarse, la pobre
insomne realizó el sondeo de rigor a brazos, piernas, torso, cara: cero picaduras.
«¡Eureka!», resolló mitigada. Justo entonces, la terrible amenaza, cual F-14 Tomcat
en pleno combate aéreo, sobrevino de vuelta a la carga. «¡Miserable chupóptero!».
Tras repeler a la famélica alimaña de un rotundo aspaviento, observó alrededor.
«¿Dónde diablos dejé el insecticida?...». Deslizó los pies en las zapatillas de conejito
y salió al pasillo.
Por la puerta entrecerrada del cuarto de los huéspedes huía luz, también
livianos bisbiseos. «¡Cáspita! ¿Todavía continúan de palique estos dos?». Furtiva,
arrimó la oreja sin hacer el menor ruido: vocecitas azucaradas, jadeos, risitas...
«¡Ups! ¡Están...?», dedujo enseguida. «¡Discreción, querida mía! —advirtió una
Bunny diminuta y angelical que aleteaba avizora—. ¡Lo que ocurre ahí dentro no te
concierne!». «¡Corta el rollo, doña perfecta! —interpuso la réplica diabólica—.
¡Adelante, nena! ¡Husmea a tus anchas!». Vanas deliberaciones ilusorias, a la Bunny
de carne y hueso le crecieron dos cuernecillos. «¡Solo una ojeada rapidita!», y miró
a través del resquicio. En efecto, la pareja retozaba juguetona sobre el catre. Lou
henchía a su compañera de ardientes besos y caricias: una mano quedaba oculta
entre los cabellos de oro, la otra bajo la prenda íntima excelsa. Ella recibía esas
atenciones deseosa, a la par que le desabrochaba poco a poco los vaqueros.
«¡Qué fuerte! —Bunny desvió la mirada—. ¡Pillados in fraganti!», rio
cubriéndose el hocico. Al atender de nuevo, el pantalón había volado. Él mismo se
deshizo de la parte de arriba; la consorte deslizó los calzoncillos piernas abajo y,
¡tacháááán! «¡Ah! Dimensiones adecuadas, ¡sí, señora!», fue el dictamen de puertas
afuera. Envuelta en una espiral sicalíptica, Nadiya alzó los brazos para que la
despojara cuanto antes. De inmediato afloraron las formidables cúpulas albas,
firmes y tersas, cuyas cúspides, rígidas igual que balas del 45, apuntaban certeras
en sentido ascendente. «¡Oooh, cariño!... —balbució el agraciado rufián al contacto
con tan augusta opulencia—. ¡Tu piel de seda desborda mi deleite!». La gachí,
eufórica, lo encarecía conforme era explorada de arriba a abajo, centímetro a
centímetro. Las braguitas cedieron diligentes a una maniobra fugaz, y el precioso
matojo de rizos de fuego asomó como la gloriosa claridad que irradia las auroras
del edén. Aquel triángulo abrasivo añadía el colmo del sofoco a una noche en que
los termómetros tocaban techo.
A estas alturas, el pulso de Bunny latía tan salvaje —ímpetu y cadencia de
tambor de guerra africano— que ni por descuido recordaba la razón del
intempestivo garbeo. Contemplaba la escena embelesada de pies a cabeza, acaso
porque sentía crecer un impulso irrefrenable desde lo más hondo. Revuelta y
sudorosa, alcanzó su entrepierna y empezó a toquetearse. Enfrente, los
preliminares amorosos avanzaban: ahora la imponente erección aparecía y
desaparecía, presa de la ternura oral femenina. Nada recelaba el gentil galán de las
bondades de tal práctica, ya que según los visajes parecía a punto de chorrear a
guisa de una soda agitada en exceso. Pero, contra todo pronóstico, pudo contener el
impulso y llegó íntegro al intercambio de roles. Así, abierta la suave florecilla de
par en par, acudió cual abejita laboriosa para deleitarse de las mieles ofrecidas. La
fausta amante sucumbió agarrada a la sábana, apretujando, retorciendo y
arañándola.
«¡Dios santo! ¡Qué maña se da el condenado!»; la fisgona casi experimentaba en
carne propia el éxtasis ajeno, pues con tanto ahínco se autocomplacía que,
despistada, gimió. «¡Uy! ¿Me oyeron?». Tuvo a Nadiya delante de las narices antes
de que parpadeara. «¡Epa! ¡Perdonad, je, je...! —el sonrojo de las mejillas la
traicionaba de manera indefectible—. Estoo... ¡El flit! ¡Busco el flit! ¿Imagináis
dónde...?». En respuesta obtuvo muecas reprobatorias, brazos en jarras,
movimientos rítmicos del pie contra el suelo... El rostro de la voyerista adquirió la
contrición de una niña que ha sido mala mala mala, aunque una sonrisita
traicionera de la rubia evidenció que solo fingía enojo, y en el acto repuso el tono
travieso.
Esta llamativa situación condujo a lo siguiente: Bunny lanzó un guiño salaz a
Lou, él dirigió sus facciones harto perplejas a Nadiya, quien movió un dedito pillín
ante la sinvergonzona, invitándola a pasar.

***

Sweetheart amaneció enferma de escozor. «¡Mecagüen la...!», maldijo al


advertir el descomunal aguijonazo del hombro izquierdo. Rasca, rasca, que pica,
echó en falta a Bunny. Supuso que había madrugado: la lámpara de su banda estaba
encendida pese a la claridad matinal. «¡Ay, Señor, Señor! ¡Va más despistada que un
pez fuera del agua!». Fue a apagarla, deshizo la cama de un jalón, y partió del
dormitorio, presta a entrar en el baño. Entretanto hacía pis, no dejaba de
restregarse. Aparentaba una de esas maníacas que acusan la algidez del desvarío.
El voto «¡Ojalá reste pomada!» repercutía allende las celestialidades divinas.
Después de tirar de la cadena, sustrajo el tubo retorcido del armario, lo
estranguló como si arrancara el último suspiro a un convicto, y esparció el saldo
encima del férvido bulto. «¡Uff! ¡Qué alivio!». Accionó el pedal de la papelera; ¡zas!,
cadáver a la fosa común. A continuación, mientras canturreaba una melodía
irreconocible, anduvo ligera a la cocina. Metódica, preparó despacito el zumo de
naranja que a diario solía deleitarla, «¡tarirorirorííí...!», atrapó una caja de muffins
muy llamativa, y puso rumbo al salón. Iba a ser el desayuno que tanto codiciaba,
cuando la tarde anterior adquirió esta selectísima repostería. Sus venas latían del
ansia de abrir el embalaje, contemplar absorta aquel colorido que embadurna la
vista, aproximarse, oler a pulmón libre los aromas mezclados de tropecientos
sabores para, finalmente, obtener múltiples clímax a base de rellenos de crema,
chocolate, frutas, mermelada, praliné... «¡Mmm... soberbio festín!». Imbuida de tal
corriente de voracidad, retrocedió confusa apenas rebasar la alcoba de Nadiya: acá
contaba tres, donde debían acostarse dos, y para el carro. «¡La madre que...!».
Prosiguió adelante, con el reflejo de los lirones entrelazados en pelota picada
clavado en la retina.
Al confort del sofá, entre gruñidos y rezongos, arrancaba cachitos a uno de esos
dulces, lo mismo que el malvado doctor Fu Manchú desmembraría a un occidental
por puro placer. «¡Manda huevos el asunto!...». De repente, ¡tap-tap-tap!, detectó
movimiento. Supo a ciencia cierta cuál de ellos era porque el asiento del inodoro
chirriaba al levantarlo. Maliciosa, ciñó los labios y de un tirón atrajo el
Cosmopolitan de la mesita.
Lou surgió en breve, puede que algo más pálido u ojeroso de lo normal.
Sostenía el café matutino humeante humeante...
—¡Hola, Sweety! —dijo sin adentrarse.
—¡Buenos días, machote! (requetesimpática). ¿Dormiste plácido anoche? —la
pregunta supuraba retintín a mansalva. Él alzó un pulgar grácil al tiempo que
soplaba la taza—. Tío, ¿esperas el autobús ahí paralizado?
—¡Oh!, me piro en un plis; aún tengo pendientes unos arreglillos a la «furgo»
—comentó risueño.
—¡Zampa primero, hombre! —hizo notar la caja de muffins.
—El café basta, gracias.
—¡Ay, este mozo! —desvió la atención hacia el magacín—. Es malo esforzarse
en ayunas... ¡Vamos!, coge uno al menos —pasaba página—, o caerás redondo a
media faena.
—Tal vez dentro de un rato, de veras. —Dio un sorbito. ¡Quemaba!—. Bueno,
¡luego nos vemos, linda!
—¡Ah, venga, venga! ¡No te largues así, alcornoque, que están de rechupete! —
le lanzó avispada—. ¡Cáspita! ¡Pero fíjate tú! —ojiplática, lo reconocía de cabo a
rabo—. ¡Si hoy luces el doble de flacucho que de costumbre! Hale, corazón, acércate
(palmaditas sobre la tapicería), que necesitas recobrar fuerzas.
—¡Qué insistencia, chica! De acuerdo, probaré uno...
—¡Oh, insisto, insisto! Además, ayer siquiera coincidimos, «rey mío». De modo
que dime —depuso la revista—, ¿alguna novedad en el frente?
Lou retiró una pieza del surtido, la mordió, ¡chomp-chomp!, engulló y expuso:
—Pues acudimos a un sitio colosal de segunda mano a comprar luces de gas, el
fogón, la mesa y dos sillas de camping. —Por descontado no era lo que ella quería
escuchar—. El lote salió tirado de precio. Pásate cualquier día; este mercadillo que
te digo estriba...
—Conozco el rastro de Farmington Rd, mi vida —lo interrumpió tenaz—. ¿Qué
más? ¡Cuenta, cuenta!
—Ah, Nadiya dispuso visillos a las ventanillas, y yo acabé de instalar el tanque;
lo he adaptado a fin de que recoja el agua de la lluvia —destacó orgulloso.
—¡Caramba! ¡Muy apañados! ¿Y... eso es todo? Juraría que omites «cierto
detallito», tesoro...
—Eeem... ¡Ups, lo olvidaba! Llamé a mi viejo colega Blue. Quedamos en que
llegaríamos a la hora de la cena.
—Conque Blue, ¿eh? (mirada perforadora)...
—El mismo que viste y calza.
—¿Me tomas por el pito de sereno, puñetero?
—¡En absoluto! Resulta que su esposa cocina de maravilla; preparará un
banquete espléndido en nuestro honor.
—¡Ey, gente! —Nadiya emergió briosa, descalza y desmelenada.
—¡Buenos días! —le respondieron.
—¡Canastos! ¡Qué buena pinta tienen los muffins! —traía un hambre de loba
anémica—. ¿Son de aquella pastelería del centro, Sweety? —En efecto, lo eran—.
¡Buah! ¡Menudo peligro, je, je...!
La recién personada, que venía hecha un auténtico torbellino, barrió de
sopetón el «delicado» tira y afloja de los tertulianos. Hablaba, gesticulaba y comía
con tal atolondramiento que pasmaba a la propia Madre Naturaleza. Sin duda, el
entusiasmo le rezumaba a flor de piel debido al inminente despegue. ¡Faltaban
pocas horas!
Lou engulló el bocado definitivo.
—Señoritas... —se puso en pie.
—¿Nof affandonas ya, mi nino? —La glotonería de Nadiya despertó hilaridad.
—Mujer, conviene solucionar lo del fogón antes de irnos.
—Me calzo y te ayudo si acaso...
—Tranquila, arregla tus cosas.
—¡Vale! Bajaré tan pronto como termine, hermoso. ¡Mua!
—¡Mua! —Giró la cabeza y, pilluelo, batió un ojo a la anfitriona—: Guapa...
—Bandido...
Sweetheart quiso averiguar deprisita deprisita los pormenores del frenesí
nocturno. En consecuencia, de cotilleo en cotilleo, dilataron el desayuno al estilo de
colegialas gamberrillas.
—... ¡Ay, la pendona de marras! —resumía Nadiya a carcajada limpia—. ¡Mira
que hacerse un dedito mientras nos espiaba!
—¡Puf! ¡La cabra loca de Bunny! —arrojó la socia, incisiva.
—Y, al pillarla, me suelta el rollo del matamoscas, ¿sabes? Y yo ahí
superenfurruñada. ¡No veas qué carita puso, jua, jua, jua...!
—¡Oh, en eso no faroleaba! —Le mostró la hinchazón.
—¡Jolines! —Y ambas redoblaron el alborozo.
Devotas del prêt-à-porter, Bunny y Sweetheart constituían la prueba fehaciente
de que la moda es un fenómeno adictivo, caprichoso, voluble. Los estantes y
percheros del cuarto ropero abarcaban modelitos de todas las tendencias actuales:
blusas hindúes, africanas, chinas; vestidos de corte hippy estampados en tonos
vivos; faldas minis y maxis, anchas y estrechas; monos ceñidos con perneras
elefánticas; pantalones acampanados, rectos y de pitillo; chalecos, shorts y
camisetas de mil y un tipos; chaquetas, cazadoras vaqueras, de poliéster, de piel;
pañuelos y turbantes lisos o estampados; sombreros de distintas alas... A similitud
de la cueva de los cuarenta ladrones —¡ábrete, sésamo!—, las puertas correderas
del armario empotrado ocultaban un alijo en materia de bolsos, gafas de sol,
pulseras, pendientes, collarines, anillos, broches; complementos indispensables a la
hora de ir comme il faut. Asimismo, zapatos altos, planos, plataformas, botas de
charol, camperas, botines dispares, deportivas y sandalias a punta pala recorrían el
perímetro del suelo.
Cuando Bunny dio señales de vida, las tres accedieron apresuradas a ese
fastuoso templo de la elegancia femenina: una, dispuesta a solucionar su déficit
indumentario; las dos restantes, a hacer hueco de cara a la temporada otoño-
invierno.
El intenso proceso de selección desataba historias de lo más variopintas: «¡La
hostia! ¡Tenía esta camisa ranchera completamente olvidada! No la uso desde que
un puerco asqueroso soltó lefa encima», dijo Sweetheart, descartándola. Bunny,
muerta de risa, sacó un bolso brillante de color carmesí, chiquitín, peculiar, que
permanecía arrinconado en el fondo. «¿Te acuerdas, limoncito? ¡Vaya pedo la tarde
que lo sisé del centro comercial!, ¿eh?». O sea que, anécdota tras anécdota,
algarabía garantizada. «¡Sois la repanocha!»; Nadiya atendía divertida, en tanto se
probaba una prenda detrás de otra.
A media mañana, el vestuario recolectado ocupaba dos bolsas generosas. A
trancas y barrancas, las acarreó hasta el furgón.
—¡Córcholis! ¡Cómo pesan! —exclamó Lou al cargarlas—. ¿Dejaste a esas
desdichadas algo con lo que cubrirse?
—¡Buf, de sobra, je, je...! ¡Pero las miserables no aflojaban cosméticos ni a
punta de pistola! —bromeó ella.
—¡Saqueadora! (Risas). A propósito, nena (expresión vacilante), ¿Sweety lleva
bien lo de...?
—¿De?... ¡Ah! —infirió jovial—. ¡Perfecto! ¿Por?...
—Verás, esta mañana la noté un tanto... ¿cabreada?
—¡Bah! Es que anoche le hubiese encantado unirse; de ahí que te chinchara,
tontito.
—Entiendo —respondió meditabundo—. Oye, a lo mejor podríamos
quedarnos hoy y...
—¡Ah-ah! —opuso Nadiya—. Ese tren ya pasó, cielito. Aparte —picarona, le
pellizcaba la mejilla—, estaría feo defraudar a Blue, ¿uh?
—¡Claro, claro! —pestañeó el muy canalla.
La joven precisaba reclutar un puñado de compañeros de viaje para la gran
aventura: pinceles, sanguinas, lápices, carboncillos, témperas, acrílicos, acuarelas,
blocs de dibujo, etc.; aguardaban pacientes en la tienda de bellas artes de Cactus Ln,
su favorita. ¡No escatimaría ningún requisito! Wilma, gustosa, sufragaba los costes.
«Monta, te acerco», exhortó Lou. Agradecida, rehusó. Prefería desplazarse a pie y
disfrutar sola de aquel momento privilegiado. Después de tanta euforia derramada,
el cuerpo llamaba a la serenidad del recogimiento consigo misma; perderse por
calles y rincones bajo el cálido brillo del mediodía, acompañada de su silueta
oblicua.
Entretanto caminaba a paso laxo, todo cuanto percibía lo apreciaba diferente.
¡Qué soberbia emoción! La intensa obertura del mundo rimbombaba alrededor:
cuerdas y arcos tejían un universo de posibilidades ante sí, bocanadas de vientos
alfénidos la empujaban a territorio desconocido, y el tantarantán de los tambores
ponía ritmo al deslumbrante balé de la vida. El recuerdo de Yure, «¡Papá, querido
papá!», afluyó cual carantoña espontánea, como ese pícolo revoltoso que sobresale
de la orquesta emulando el cantar del prístino pajarillo primaveral. Y pensó en la
felicidad que sentiría de verla en este lapso de cambio, vinculada sin reservas a un
hombre sencillo, de noble temple e ingenio verdadero.
A mitad de camino alguien le tocó el claxon; la magia presente fue a
desvanecerse tras el lienzo de lo mensurable. De buenas a primeras no atinó quién
era. «¿Estiras las piernas, rubita?»; Jasper manejaba un flamante (Ford)
Thunderbird beige. Se había cortado el pelo e iba de punta en blanco, con traje y
corbata. «¡Caray, pocholito! ¡Menudo new look!». Rápidamente entablaron
conversación.
Él explicó que ahora ejercía las funciones de su antiguo jefe, Rufus Morales. «¡A
nuevo estatus, nueva imagen, baby!». Nadiya introdujo: «¡Te perdiste el guateque
de Molly! ¿Dónde diablos andabas metido?». Como es lógico, las actuales
responsabilidades lo mantenían lejos del ambiente callejero que solía frecuentar. Y
recobró el cotorreo en torno al ascenso, hasta que ella quiso informarse de la
situación del capo mexicano entre rejas. «Corrían rumores de cierto arreglo con la
DEA. Los de arriba decidieron que más vale prevenir que...», contestó seco. A
despecho del impacto de la noticia, la gachí contuvo ahí el interés. No obstante, le
comunicó que abandonaba la ciudad de manera indefinida. Este encuentro fortuito
traía primicias de diversas clases. Jasper, asombrado, la invitó a celebrar la ocasión
a bordo. «Gracias, encanto, pero llevo dos semanas limpia». Dedujo que estaba de
coña e insistió. «¡Paso, en serio!»; no hubo forma humana.
A la hora de la despedida, el tipo le confesó: «Muñeca, al contrario que las
demás chicas del Funny, siempre sospeché que en tu sesera sonaba una onda
especial. ¡A tope, tía!...». Pisó el acelerador. ¡Mec-mec!; y siguió el fluir del tráfico.
«¡Cuídate, pocholito!».
Bien seguro que Jasper no erraba el tiro, porque los viajes, los de verdad,
germinan en la mente del audaz mucho antes de ponerse en movimiento. Son
aquellos que nacen de sueños insondables e inquietudes recónditas, del anhelo de
resistir a lo establecido y exceder fronteras; esos que, en suma, moldean la
voluntad de uno. El aventurero —libre ya de rutinas y vicios, sensible a sus
prioridades— adquiere entonces la condición del desarraigo: goza de extraviarse;
vive el presente, poco lo angustia el mañana; aprovecha la luz y jamás desdeña el
anochecer; avanza y arriesga a diario la propia identidad, sabiendo que nunca
regresará a la tierra que lo vio partir, pues habrá muerto y renacido una y mil veces
a lo largo del sendero.
Extravagancias del albur, quizá Palo Largo vino a representar un simple oasis
para Nadiya; la parada y fonda donde, con el devenir del tiempo, el horizonte
adquiriera ese perfil propicio que anhelaba en extremo. Y a la sazón discernió que,
puesto a correr el cuentakilómetros, aquella urbe quedaría detenida en el
recuerdo, como un legado de imágenes adheridas a sensaciones. Cuanto dejaba
atrás evolucionaría al margen de su persona y nada familiar volvería a ser igual.
«¿Qué les deparará el futuro a este par de truhanas?», cavilaba al filo de la partida,
mientras se arreglaba enfrente del espejo. Acurrucadas en el sofá, las amigas del
alma aguardaban tristes la temible separación. El silencio que oprimía el
apartamento pesaba el doble de lo que ninguna hubiera deseado.
«La vida es un cúmulo de pérdidas y ganancias; de nosotros depende
aprovechar cada experiencia»; la reflexión de Lou le cruzó el pensamiento
conforme Bunny y Sweetheart disminuían a través del retrovisor. Agitaban los
brazos enérgicamente y ella, anegada de lágrimas, les devolvía el adiós. No, no
encontraba dicho, aforismo o proverbio que la consolara. Quiso recalcar el
propósito de escribir y llamarlas con frecuencia, pero un nudo le trababa la
garganta. «¡Os amo, pareja!», consiguió articular a duras penas en el instante
postrero. La furgoneta cogía el desvío del final de la calle: un vulgar trecho a ojos
de cualquiera; amargo viacrucis en el sentir de Nadiya. Su vacío interior
contrastaba frente a la agitación de fuera: tránsito intenso, obras, ruido, peatones
aquí y allá. Un vehículo de emergencias ascendía aprisa. El semáforo estaba rojo;
los carriles atestados. ¡Bloqueo! Empiezan a tocar bocinas. ¡Nervios! Conductores
que hacen señas. ¡Gritos! El jeep contiguo maniobra y roza el coche de delante.
¡Insultos! Sale un ciclomotor que zigzaguea en mitad del caos. ¡Locura! La
ambulancia pasa zumbando a marchas forzadas. ¡Estrépito!
Un minuto después, en dirección a la Interestatal, alcanzaron la célebre
glorieta. Acá apenas contaba media docena de mozas —a dos las conocía de vista
—; aún era temprano. Contempló el islote por última vez. «Oferta y demanda,
apariencias y devaneos, necesidad y poder; la estampa de la humanidad rodeada de
asfalto», discurrió. Casi lograba visualizarse bajo la penumbra ambarina del
alumbrado, a la espera del próximo cliente. Libre de culpa, pena o ira, según
circulaban, sintió palidecer el nombre de Cokaine Diamond, lo mismo que toda
palabra mengua tras ser pronunciada. El único eco del personaje resonaría en unos
metros de celuloide...
Al acceder a la autopista, prendió el receptor: «Cháchara... —Hizo girar la
ruedecilla—: retransmisión deportiva... noticias... zzz... anuncio de quitamanchas...
zzz... programa musical —aquí paró. El locutor decía—: ... Y ahora, queridos amigos,
damos paso a los tripulantes del incombustible "zepelín metálico". ¡Yeah! Ahí va
"Going to California" (Yendo a California), de su álbum sin título. ¡Disfrutadla a
tutiplén!». Brotaron arpegios pausados y melancólicos de la guitarra acústica. De
improviso, se incorporó una mandolina saltarina, para luego dar paso a la voz
reposada del cantante. De corte folk, la canción trataba de alguien en vías de
recomenzar de cero. Una temática cercana que acompañaba el momento.
Miró a Lou, que conducía apacible y asestaba toquecillos al compás sobre la
dirección. Él le devolvió un mohín tierno. ¿Qué poseía ese semblante que tanto la
reconfortaba? ¡Oh, Dios! ¡El afecto de aquel muchacho capaz de comprender,
aportar y tomar desde la igualdad, suponía el mayor tesoro del mundo entero!
Acomodó la cabecita en su hombro; enseguida obtuvo un beso. El aire puro
irrumpía por las ventanillas y todo lo alborotaba. Delante había un larguísimo
tramo de carretera recta, desierto a ambos lados, y el cielo, transparente,
despejado, parecía otorgarles el más sincero de los beneplácitos. Detrás del asiento
quedaba el reducido hogar, y muchas, muchas hojas en blanco donde escribir o
dibujar. ¡Nada podía salir mal!
¿Realismo funk?

Remota en el espacio pero cercana gracias al milagro de Internet, Valeria,


compañera de letras y buena conocedora de la literatura, destacó en cierta ocasión
—con ese admirable salero andaluz que la caracteriza— el tono atractivo, accesible
y dinámico de mi escritura. Agradecido, le contesté que no estaba lo bastante
satisfecho y que pretendía darle una vuelta de tuerca más; a fin de cuentas, botar el
ancla de la conformidad impide descubrir islotes alternativos, acaso de relevancia.
El propósito era cincelar bajorrelieves de palabras que trascendieran la base del
papel para afianzarse en la imaginería profunda del lector. «¡Casi ná, mi arma!».
Afán este el de muchos novelistas, repleta de intriga, preguntó si ocultaba alguna
fórmula milagrosa. Hacía tiempo que barajaba la idea de situar una historia en
Estados Unidos durante la década de los setenta, pues aparte del propio
entusiasmo por la música y estética del periodo, el marco favorece la introducción
de varios elementos de interés social. En plenas maquinaciones, inferí que el mejor
modo de transmitir la efervescencia del momento y el lugar sería inspirándome en
uno de sus máximos exponentes: el funk. «¡Ozú, qué apañaico! —exclamó ella—.
¡Cuenta, quillo, cuenta!».
A semejanza de todo cuanto elevamos a la condición de excelso, el género de
referencia alberga dos facetas integrales. Una, la forma, que corresponde al ritmo,
armonía e instrumentos: poderosos grooves a palo seco, vibrantes y audaces o
sensuales y juguetones, te electrocutan con esa deliciosa corriente que cala hasta la
médula del hueso. Entre muletillas, crujidos y estrépitos de bajos, baterías, teclados
y guitarras, acude puntualmente la clásica sección de metales, cuyos hits atienden
ora a exuberancias, clamores y alaridos, ora a desplomes, lamentos o sollozos de
voces pletóricas donde las haya. A la postre, un coro de radiante brillantez aporta
el condimento perfecto a la explosiva receta. Cabe incluir también el perfil ligado al
estilo: los músicos calzan plataformas o botas largas, exhiben camisas, monos y
faldas de colores atrevidos, pantalones de campana, complementos tales como
gafas de sol estrafalarias, cinturones anchos, bisutería exorbitante, y para aquellos
que el volumen del peinado afro se lo permite, desde sombreros de ala ancha a
chapelas, gorros, boinas... A tal despilfarro africanista le siguen puestas en escena
distintivas, teatrales, intrépidas; a menudo encapotadas de humor o carga erótica.
El segundo aspecto, más heterogéneo, lo constituye el fondo: fenómeno cien
por cien made in North Afroamerica, este hijo de tantos padres irradia festejo,
libertad y protesta. Letras y actitudes combinan la rebeldía de los humildes junto a
la extravagancia e imaginación del visionario; el funk toma distancia de las iglesias,
que hasta la fecha constituían el centro neurálgico del colectivo, y sitúa la mirada
en el «individuo cósmico». Rechaza aplicar fórmulas comerciales porque le encanta
sentarse a la mesa de los mayores: prende de la fuente del soul, pica del plato del
blues, bebe del jazz, comparte el pan con el rock o los ritmos latinos; es un
omnívoro voraz. Tras la comilona, descarado, regurgita oro. Levanta el pandero del
asiento, se sacude los ademanes acartonados de las solapas y echa a andar. Poco le
preocupa su apariencia tosca. Disfruta de ambientes escabrosos, del sexo, del
poder, de la fuerza; ¡raza, ritmo, agitación y juerga! ¡Tu piel oscura: el mayor
privilegio!
Este prodigio estremecía las calles de los guetos que pisaba. ¿Estarse quieto?
¡Jamás! Ocupó radios, tocadiscos, emisiones televisivas, bendijo el cine
blaxploitation, y aun caló en la audiencia de menos pigmento. La huella que ha
estampado en el folclore estadounidense no solo impregna el imaginario histórico,
sino que abordar la década sin considerarlo equivaldría a visitar la capilla Sixtina a
ojos ciegos.
Valeria se rasgaba las vestiduras cavilando la manera de transferir semejante
batiburrillo a la escritura. «¡Relájate —le sugerí— y te expongo el plan!». Según la
RAE, el término «eufonía» refiere a la «sonoridad agradable que resulta de la
acertada combinación de los elementos acústicos de las palabras». ¡Más simple que
añadir azúcar al café!: lo que el ritmo pegadizo invita a moverse, en el ámbito
literario «engancha». Esto requiere pulcritud a la hora de componer el fraseo: la
cadencia justa surgirá de vigilar tanto la oración precedente como la consecutiva,
en busca del flujo y equilibrio que necesita un párrafo. Además, el uso de
modismos, onomatopeyas, lenguaje colorido, argot, dichos o refranes proyecta
«afinidad», siempre bienvenida durante el bailoteo. Y, por supuesto, una
puntuación precisa debe establecer el compás idóneo a la silenciosa melodía. Ya
dentro del plano narrativo, balancear con eficacia relato, descripción y diálogo hará
que la cosa zumbe potente potente. Releer, replantear o el tanteo son claves
importantes del proceso: «Aunque es percibido como suelto, libre y fluido, lo cierto
es que el funk es tan rígido como cualquier motor de corriente continua», dijo Peter
Shapiro (2011: 139), promotor musical.
En la pantalla apareció «¡Todo lo contrario a Vladimir Nabokov, pisha!» al lado
de una carita sonriente (días atrás comentaba en un blog que las numerosas
acotaciones, paréntesis reiterados y digresiones kilométricas de su obra la
abruman). «Me queda claro cómo transliterar la "forma" del funk —seguía—. No
obstante, ¿y la esencia?, ¿el espíritu?». Respondí a eso con el siguiente leitmotiv:
«visión imaginativa de la cotidianidad». Y de cara a ilustrarlo, cité el realismo
mágico, surrealismo, la novela psicológica, también el experimentalismo
(tendencia de vanguardia del siglo XX que explora nuevos conceptos y
representaciones del mundo); corrientes afines a mi objetivo, de las cuales sacaría
buen provecho. Elaborar metáforas, símiles, prosopopeyas y analogías
impactantes; incluir contexto histórico; dibujar bocetos concisos pero eficaces;
introducir discordancias significativas en la trama; crear personajes extravagantes
y adentrarse en sus historias; tejer diálogos auténticos, naturales; aparte del uso
frecuente del humor y la ironía, forman el sostén que expresará a las mil maravillas
el género que pretendo emular. Wah-wah, chorus, flanger, reverb, ecualizador,
etcétera; la retórica actúa a manera de los efectos utilizados en la producción
musical. Añaden matiz y viveza a riffs, hooks, puentes, solos... Sin embargo, nada
suena «completo» si las florituras sustituyen aquello que de veras importa; lo
ameno requiere hondura y autenticidad.
La red arrojaba chispas músico-literarias por doquier, y en algún instante
surgió la denominación «realismo funk» (risas). El caso es que nada más terminar
la charla, me puse manos a la obra. Eran las tantas de una noche de agosto.
Sudaban incluso las uñas del bochorno que hacía. Subí el ventilador a máxima
potencia, llené la taza de café, y a teclear se ha dicho.

Titus Six, 8 de julio de 2024.

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