SIN
PRE
TEN
SIONES
¡Son puros cuentos!
SIN
PRETENSIONES
¡Son puros cuentos!
Selección del Taller de Cuento “El Telar”
Proyecto Literario Las Tejedoras
SELECCIÓN Y PRÓLOGO
Lourdes Mazorra
AUTORES
Eduardo De Aquino Mixcoatl
Mónica Castro Lara
Roberto Longoni
2023
Proyecto Literario Las Tejedoras
diseño de cubierta / Eduardo De Aquino Mixcoatl
diseño editorial / Lourdes Mazorra
Sin pretensiones. ¡Son puros cuentos!
Primera edición: 2024
ISBN:
D.R. © de los textos: los autores, 2023
D.R. © de la antología: Lourdes Mazorra, 2024
D.R. © de esta edición: Las Tejedoras Proyecto Literario
Allisson Maltez y Lourdes Mazorra
2024, Las Tejedoras Proyecto Literario.
San Andrés Cholula, Puebla, C.P. 72810, México
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede ser reproducida parcial o totalmente por cual-
quier medio sin contar con la autorización por escrito de los titulares de
derecho de autor.
El cuento es esa luz que se bebe, ráfaga
acotada entre ciertos límites y apresada
de determinada manera; es una forma
de prestidigitación, un pase de magia.
Mempo Giardinelli
El cuento fue lo primero.
Silvina Ocampo
PRÓLOGO
¡Son puros cuentos!
Esto no es cuento…
…puede que sea una pretensión: la de un Taller de Cuento en
una época en la que hemos sido condenados a cierto ostra-
cismo, primero por el convulso y tecnológico siglo XXI con
sus pantallas y sus virtualidades y luego por la pandemia del
COVID 19.
Esa fue la intención con la que nos reunimos cada no-
che de lunes, durante cuatro meses: tallerear textos y aprender
de la naturaleza siempre cambiante y volátil de ese género im-
posible de encasillar, el cuento. Compartir lo que escribimos,
escucharnos y leernos fue un acto de humildad y aprendizaje
mutuos, porque escribir es desprendimiento también: en el
momento en que el lector te lee, el texto ya no te pertenece.
En un taller, los talleristas son tus primeros lectores, el texto
es pues una construcción conjunta, un acto colectivo.
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Sin pretensiones
El espacio tallerístico sería así la reminiscencia de aque-
llos cafés literarios donde hace muchas décadas se reunían los
jóvenes escritores a compartir sus pininos literarios; es lo que
podemos ahora rescatar de la lamentablemente olvidada tra-
dición de los grupos, en cuyo seno muchas veces nacieron las
grandes revistas literarias de nuestro continente (las revistas
Sur o Puro Cuento en Argentina y la Orígenes en Cuba, por
solo mencionar algunas de las más conocidas).
Compartir, criticar, opinar en conjunto; escuchar, reci-
bir, aceptar o rechazar en conjunto; son bellísimas metáforas
de aquellos hombres y mujeres que hace siglos se reunían alre-
dedor del fuego para contar sus historias. Esa es la pretensión
del proyecto literario Las Tejedoras: compartir y escucharnos,
aprender y crecer.
Si por algo está vivo el cuento como género literario, si
por algo todavía no han conseguido relegarlo a los viejos al-
macenes, con la etiqueta de la “impopularidad”, empujado por
los grandes géneros predilectos del mercado y las editoriales,
y sobre todo, si por algo los escritores todavía persisten en el
acto de escribir cuentos y de publicarlos; si Borges encontró
la insondable maravilla de manipular el tiempo y el espacio
en este género que según él “no tiene ripios”, es justamente
porque la brevedad, la intensidad y el efecto de un cuento
han demostrado ser muy apropiados, como diría Cristina Peri
Rossi, para dar testimonio inmediato del mundo contempo-
ráneo o para capturar la realidad última de una época en la
que nos perdemos en un laberinto de espejos.
Lo que aquí encontrará es el resultado de ejercicios
creativos y muchas lecturas, también del visionado de pelícu-
las, en las que hallamos otras maneras de narrar y apropiarnos
del espacio —la sutileza de los ambientes, la composición y
encuadre de las escenas, incluso la banda sonora—. Estos no
son, efectivamente, pretensiones. No hay en las siguientes lí-
neas más que el empeño de acercarse a lo ordinario cotidiano
10
¡Son puros cuentos!
con mirada imaginativa, de modo que las palabras lo volvie-
ran extraordinario; porque el oficio y la reescritura incesante
superan siempre cualquier espontaneidad. Así que adéntrese
en estas páginas que, a partir de aquí, sí son puros cuentos.
Lourdes Mazorra
Florida, Estados Unidos, 2024
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Después de haber recorrido aquel
larguísimo camino amarrillo, lo único
que atinaron a pedirle al mago fue un
vaso de agua.
Dorothy salió de aquel lugar
maldiciendo al supuesto mago. Tanto
camino recorrido para que al final
ese hombre les dijera que la valentía,
la inteligencia, los sentimientos y el
camino de regreso a casa que tanto
deseaban los podrían encontrar si
aceptaban a Cristo en sus vidas.
Roberto Longoni
El zanate
Eduardo De Aquino Mixcoatl
¡Son puros cuentos!
—Está cool tu tatuaje.
—Gracias, amiga. Es un zanate… ¡Chale!, no puedo
hacer tu recarga. No tengo sistema. En lo que regresa, ¿quie-
res que te diga lo que significa?
—¡Sí! Me encantaría.
—Por cierto, soy Iván, pero todos me dicen Cuervo, jic
jic.
—Mucho gusto, Cuervo. Soy Andrea
Hace un año, mientras estaba ensayando con mi ex banda
de rock, un pájaro se estrelló en la ventana de la sala de mis
papás. Cuando lo recogí, grité emocionado que era un cuervo
por su plumaje negro y brilloso, y su pico largo. Pero Jerry, mi
exbajista, que además estudiaba veterinaria, me corrigió:
—Tas bien pendejo, es un zanate. Dame unos guantes
o una bolsa para que pueda revisarlo. ¡No mames!, tiene un
15
Sin pretensiones
ala rota y está bien madreado. La neta, no creo que sobreviva.
Sácalo y vamos a seguir ensayando.
—Sí, pinche Cuervo, ya tíralo. Mi abuela dice que esos
pájaros son de mal agüero y aparte cantan horrible, como tú
—dijo Lydia en tono de burla. Ella era la tecladista, buen
pedo y talentosa, pero llevada.
Me dio mucha lástima verlo agonizante y con la mirada
perdida, pero yo no estaba dispuesto a dejarlo morir. Me valió
madre todo y suspendí el ensayo. Todos se emputaron conmi-
go porque no podíamos darnos ese lujo; estábamos en las fi-
nales de un concurso de bandas en el que sí o sí, teníamos que
ganar; y nos quedaba poco más de un mes para pulir nuestras
rolas. Le pedí a Jerry que me ayudara a vendarlo y que me
dijera lo que tenía que hacer para cuidarlo. En ese momento
solo quería que el ave volara alto de nuevo.
Al zanate lo llamé Eclipsito, como mi exbanda, pero en
chiquito. Quería que fuera la mascota oficial. Era un macho
flaco, de tamaño mediano y bien darks, jic, jic. Según Jerry, era
un ave inmadura porque sus plumas traseras todavía no eran
tan largas. Al principio se portó bien chido el cabrón. Como
al tercer día empezó a comer bien y a tomar su agüita. Casi
no hacía ruido y se dejaba cambiar su vendaje sin pedos. Lo
mantuve en mi cuarto y lo puse en una caja de cartón sobre
mi escritorio, tapado con una toalla. A veces, Jerry subía a
revisarlo y nos alegró ver cómo se estaba recuperando. Por
supuesto que no le dije nada de esto a mi papá, porque me
hubiera corrido con todo y “pájaro”, jic, jic.
—Iván, tienes dos meses para encontrar un trabajo for-
mal o ve buscando donde llevarte todas tus cosas, porque en
esta casa ya no vas a estar de mantenido. Estoy harto de tu
escándalo y de que todo el día te la pases pegado a la guita-
rra… no te bastó con dejar botada la carrera de abogado para
dedicarte a tu pinche banda que no te ha dejado ni madres…
yo, a tu edad, ya estaba trabajando en el despacho de tu abue-
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¡Son puros cuentos!
lo, estudiaba la maestría y ya tenía planes para casarme con tu
mamá —todo eso y más me dijo muy irritado el viejo, unos
días antes de rescatar a Eclipsito.
Ya estaba sentenciado. De todas maneras, me valió, por-
que tenía un as bajo la manga: éramos finalistas en la guerra
de bandas que organizó el mismísimo Raúl Fernández, el vo-
calista de la leyenda del rock en español: Rufianes.
—Sé que piensan que estos concursos son pura mama-
da porque varios promotores lacras nos han visto la cara de
pendejos para vender sus boletos o pagar por tocar. Pero neta,
esta es la oportunidad que estábamos esperando. No tene-
mos nada que perder. No cobran, solo hay que subir el video
de una de nuestras rolas a la página del evento, registrarnos
y listo —dijo el Tarolas, mi exbaterista, casi de rodillas para
convencernos.
¡Weeey! Te juro que nunca creímos que la raza votaría
por nosotros. Quedamos entre los cinco mejores y debíamos
tocar en la final que sería en el Lunario del Auditorio Nacional.
No teníamos otra opción más que ganar. Al fin tendríamos
un contrato para grabar un álbum con la disquera de Raúl
y muchas tocadas para abrir sus conciertos. Dejaríamos de
pelear a cada rato por cualquier pendejada. Ya tendríamos
varo para enfocarnos en la banda y vivir de nuestra música. Y,
sobre todo, podría mirar a los ojos a mi papá para decirle que
había logrado mi sueño, que ya no tendría que preocuparse
por mantenerme y que me largaría de su casa para que dejara
de estar jodiéndome todo el tiempo.
A pesar de que Eclipsito tenía mejor aspecto y lo notaba
cada vez más al tiro, a los ocho días antes del concierto, pasó
de ser un ave tranqui y buen pedo, a convertirse en un puto
dolor de cabeza. Cada vez que intentaba cambiarle la venda
o acariciarlo, se ponía bien punk y me picoteaba. También
empezó a salirse de la caja y a brincar por todo mi cuarto. ¡No
mames!, una vez hizo un cagadero en mi cama y la alfombra,
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Sin pretensiones
y ahí tienes a tu pendejo limpiando todo para que nadie se
diera cuenta.
Pero lo que más me emputó fue que empezó a hacer
ruidos bien culeros, como gritos estridentes —y para que te lo
diga yo que me gusta el screamo y el post-hardcore, es porque
sí estaban de la verga—. Igual y era mi divague, pero pare-
cía que tenía un chingo de ansiedad y frustración atoradas
en el pescuezo. Lo bueno que eso lo hacía cuando mis papás
no estaban. Solo se calmaba hasta que le daba un chingo de
alimento.
Las cosas con la banda tampoco iban tan chidas. Para
la última semana, estábamos hasta la madre de vernos las je-
tas casi todos los días. Pero neta que me desesperaban bien
cabrón: que si llegaban tarde era porque tenían otros com-
promisos; que si no practicaban en su casa era porque estaban
cansados; que si se equivocaban en las canciones era porque
yo los estaba chingando a cada rato; que nomás de verme,
los estresaba; que no entendían por qué no podía relajarme y
disfrutar de los ensayos y blah, blah, blah, blah.
¡Weeey!, yo sólo quería que la tocada saliera perfecta.
Incluso el Tarolas, que siempre había sido bien tranqui
y amable, se calentó y de la nada me soltó un putazo en la
nariz, solo porque me desesperé y le dije: ¡No mames! no
aguantas tocar ni quince minutos, de seguro porque estás bien
marrano. Además, ¿para qué chingá aceleras el ritmo a cada
rato? Mantén el pinche tempo. ¿A poco cuándo te cogías a
tu ex hacías lo mismo? De seguro por eso te engañó con otro
pendejo.
Todos se ardieron del culo, tranquilizaron al Tarolas y
se fueron del ensayo mentándome la madre. Creo que sí me
pasé de verga.
Dos días antes del evento, sin banda y con Eclipsito
cagando el palo, me atreví a marcarle a Jerry para saber qué
hacer con él.
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¡Son puros cuentos!
—Pinche Cuervo, te pasaste de culero e hiciste un puto
desmadre con la banda —dijo él, como si fuera mi papá.
—Ya ni me digas, no tengo cabeza para pensar en eso
— Le dije todo agüitado—. Ahorita solo quiero que me ayu-
des con Eclipsito, ya no lo aguanto.
—¡Wey!, te dije que lo soltaras desde hace una semana,
pero no me hiciste caso. Siempre eres bien pinche terco. No
importa, voy en la tarde a tu casa y te ayudo.
Cuando Jerry llegó, entre los dos hicimos pruebas con
el zanate en la sala. Empezó a volar sin pedos de un lado a
otro y eso nos hizo sonreír por un momento. Jerry estaba con-
vencido de que ya estaba curado, pero algo dentro de mí me
hacía dudar de eso. Aun así, decidí que lo mejor era dejarlo
ir. Abrí la puerta del cancel para que pudiera salir y tardó
mucho en hacerlo. Dio un chingo de vueltas en la sala, cada
vez más frenético y ansioso, hasta que voló hacia el jardín y se
posó en el árbol del vecino. Una vez ahí, emprendió el vuelo
nuevamente dando giros como maníaco sobre el fracciona-
miento. Por momentos lo perdimos de vista hasta que Jerry
señaló hacia el oriente, parecía elevarse cada vez más alto. De
repente, cuando pensamos que no podría subir más, lo vimos
caer en picada, como si fuera un avión al que le fallaron los
motores, y se estrelló contra el pavimento de la entrada del
fraccionamiento en seco.
—¡No manches, Cuervo! ¡Qué horrible!
—Pues… sí, estuvo gacho. Pero no te he dicho lo más
culero, Andrea.
Al siguiente día, Jerry vio que me sentía de la verga.
Comprendió la situación y habló con Lydia y el Tarolas para
convencerlos de que me perdonaran y pudiéramos tocar en el
evento del Lunario. Ya no hubo más ensayos, nos vimos hasta
el día del concierto en los camerinos, cuatro horas antes de
iniciar. Estaba muy nervioso, ni siquiera pude mirarlos a los
19
Sin pretensiones
ojos; les di un saludo frío. Solo nos hablamos para ponernos
de acuerdo en el soundcheck y quedamos en tocar el setlist de
tres canciones tal y como lo habíamos practicado. Antes de
subir al escenario, por lo menos nos dimos un abrazo grupal,
como era nuestra costumbre, y salimos con toda la actitud de
romperla.
Comenzamos tocando “Manías”, una canción que yo
compuse. Tiene un beat de batería bien prendido y una melo-
día hipnotizante en el teclado; suena entre dark y post-punk.
La gente respondió chido y muchos empezaron a bailar y a
saltar.
Para la segunda, tocamos “Ciclón”. Es una rola tranqui,
pero tiene unos coros que te cagas. Yo hice la letra y Jerry, la
melodía. La raza no tardó en hacernos segunda cantando:
“Mírame, navegando entre la confusión
Tú te llevaste la brújula
Libérame de esta caótica prisión
Solo abre la puerta”
Cuando la canción terminó, toda la gente del venue nos
aplaudió. Eso nos hizo sonreír un momento a Jerry y a mí,
y volteamos a ver a Lydia y al Tarolas que también estaban
contentos. Pero yo no terminaba de creerme todo lo bueno
que nos estaba pasando, había una sensación extraña, tal vez
amarga, recorriendo mi estómago y subiendo hasta mi pecho.
Traté de no darle importancia y toqué los primeros
acordes de “Salto al vacío” y al quinto compás, entraron pode-
rosamente la bataca y el bajo, mientras en el teclado sonaban
unos acordes de una atmósfera celestial como introducción
al verso. La gente se volvió loca y sentí que todos nos ele-
vábamos. Me acerqué al micrófono para empezar a cantar,
pero miré hacia abajo, al público, y me sentí mareado. En un
instante todo se nubló y el miedo a las alturas invadió todo mi
cuerpo y me paralizó, hasta que perdí el conocimiento.
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¡Son puros cuentos!
Jerry dice que me metí un buen madrazo cuando me
desmayé y que sonó muy culero. Aunque tocamos de huevos
y el público lo reconoció, nos descalificaron de la final porque
no completamos las tres rolas. Esa fue la última presentación
de Eclipse. Lydia y el Tarolas nunca me lo perdonaron y todos
decidimos desintegrar la banda por diferencias irreconcilia-
bles. Jerry sigue siendo mi carnal, ese wey sí aguantó vara.
Las cosas no salieron cómo esperaba. De todas mane-
ras, dejé la casa de mis papás y aunque me ves trabajando en el
OXXO, sigo componiendo canciones y produciendo música,
pero ahora como solista. Creo que después de todo lo que
pasó, mi animal espiritual dejó de ser el cuervo, ahora soy más
como un zanate. Aunque el apodo ya no me lo quitan.
—Pues ya tengo sistema. ¿De cuánto es tu recarga?
21
Us and Them
Mónica Castro Lara
¡Son puros cuentos!
“This is about you, you know who
you are. I loved you.”
Me muevo despacio para salir de la cama porque no quiero
despertarlo. A pesar de que el cuarto está a oscuras, tengo la
sensación de que está profundamente dormido. Increíble que
hayamos pasado la noche juntos. Sonrío. Tomo del piso lo que
creo es mi ropa, abro la puerta y salgo de puntitas hacia la sala.
Cierro la puerta y trato de ubicarme espacialmente. Busco el
sillón y encuentro mi celular que medio me ciega con su luz.
Es la una y veinte de la mañana, pensé que era más tarde. Me
visto con la ayuda de la linterna del celular y me doy cuenta
de que agarré sus pantalones en lugar de los míos. “Fuck”. A
este par de piernas gordas no le van a entrar ni de chiste esas
piernas esbeltas de sus jeans. Ni modo, tendré que andar en
calzones. Camino hacia la cocina para servirme un vaso con
agua. Siempre me da miedo la oscuridad en casas ajenas, así
que enciendo la luz de la cocina sin importarme mucho si se
despierta o no. Comienzo a recorrer su departamento porque,
23
Sin pretensiones
a pesar de haber estado aquí un par de veces nunca había
podido analizarlo a detalle. Recorro lentamente el librero que
está en la sala. Veo sus libros, la mayoría de cine. Saramago,
Rulfo, Revueltas. Películas rarísimas de ese cine independien-
te que tanto presume que le gusta. La discografía incompleta
de George Carlin mezclada con vinilos variados: Pink Floyd,
Billy Joel, Stone Temple Pilots y hasta Sting. Llego a la sec-
ción de CDs agradeciendo que no soy la única ñoña que aún
guarda CDs y me topo con un muy maltratado “Sing When
You’re Winning” de Robbie Williams que compró aquella
vez que estábamos en el centro comercial con el resto de los
amigos, hace unos… veintidós años. Wow. Éramos unos ni-
ños. Bueno, no niños, pubertos más bien. Recuerdo lo mucho
que me gustaba su risa, la forma en que tocaba la batería, sus
hoyuelos. En especial sus hoyuelos. Era —porque según él ya
no lo es— fanático de Star Wars aunque ese rompecabezas
gigante enmarcado de Yoda me dice lo contrario. Su cuarto
solía estar repleto de figuras coleccionables que le enviaban de
Estados Unidos. Siempre me pareció graciosísimo el teléfono
de Darth Vader. En realidad, no recuerdo con exactitud nues-
tra relación, solo que reíamos mucho, bromeábamos mucho y
teníamos buena química. Solíamos juntarnos en su casa por
las tardes para tener asesorías de física y matemáticas y a mis
papás no les hacía mucha gracia tener que ir a recogerme tan
tarde porque vivía bastante lejos. Recuerdo también el dra-
món en una fiesta de Halloween y que ahí terminó todo. ¡Lo
que daría por revivir todo eso! Pero, bueno. Al fin y al cabo,
raras las redes sociales, esas que no te explicas quién agregó a
quién, pero de alguna u otra forma, siempre estuve enterada
de su vida y quiero creer que él un poquito de la mía. Y bendi-
to mi hermano que aceptó el reto de invitarlo a la reunión de
exalumnos, porque si no, no estaría yo aquí, sonriéndole toda
idiota a un librero que claramente se ve de segunda mano
y encima, con un olor raro. Tanto recordar ñoñeces y tanto
24
¡Son puros cuentos!
tomar agua de sopetón, me dan ganas de orinar. Voy al baño
e igual me pongo a curiosear sus productos. Tiene varios para
el cabello, ahora que lo tiene largo, larguísimo, casi como el
mío. Tiene también un cepillito y unas tijeritas que asumo
son para peinar y recortar su barba. Jalo la cadena del baño y
me arrepiento enseguida porque puede despertarse. Según yo,
entré al baño con mi celular, pero ahora no lo encuentro. Sal-
go y tropiezo con un mueble. Todo sigue a oscuras, aunque no
tanto. Solo desde la cocina llega un poco de luz proyectando
las sombras de algunos muebles. Pero son muebles distintos,
olores distintos, objetos distintos. ¿Qué es esto? Empiezo
a ponerme muy nerviosa. Sigo buscando mi celular y nada.
Quiero que se despierte. Vuelvo a tropezar, ahora con una
mesilla baja. Encima un reloj digital marca las ocho y veinte
de la noche. Al lado, el álbum de Robbie Williams sin abrir.
El Álgebra de Baldor en un sillón. Una mochila de Star Wars
medio desgastada en el piso. Él sale de una habitación con el
cabello corto y ese par de hoyuelos sin barba. Tiene puesto el
uniforme de la escuela. “Llamaron tus papás, que ya vienen
por ti”. Me ve de arriba a abajo y comienza a reírse a carcaja-
das. Me doy cuenta de que sigo en calzones.
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El ángel
de la historia
Roberto Longoni
¡Son puros cuentos!
Un joven va agitado. Su desesperación asusta a la poca gente
que camina tranquilamente por la pequeña plaza del pueblo.
Se acerca a un kiosco y le pregunta algo al señor que atiende
mientras le muestra una foto. Después de una respuesta in-
diferente, grita algo en español y el señor responde en el casi
incomprensible francés de la costa. Un grupo de señoras se
aleja al verlo venir. También les grita. Con la foto en alto, ya
bastante estropeada, comienza a gritarle a cualquiera que se
le cruce enfrente: Benjamin, ¿qué nadie sabe quién es Walter
Benjamin y dónde carajos está su memorial?
Mientras da otra vuelta más a la plaza, atormentando
a los locales con sus gritos y su foto, la joven que atiende el
ya viejo Hotel Francia deja la recepción y sale a la calle. Le
cuenta al policía que está en la esquina que aquel hombre ha-
bía entrado a preguntar por la habitación donde un tal Walter
Benjamin se había suicidado y le había mostrado una foto de
un señor de ojeras profundas, bigotes desarreglados, cabellos
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Sin pretensiones
canosos y despeinados, y lentes diminutos. Al contestarle que
no sabía de nadie que se hubiera suicidado en aquel lugar, el
hombre golpeó el aparador y salió enfurecido.
Al parecer, esto luego lo contaría una tal Rosa María,
había estado en la oficina turística del palacio municipal, don-
de fue a preguntar por el memorial del Walter ese. Ante la
confusión de las personas encargadas de dar los informes, su
enojo creció aún más. Después, lo que ya sabemos. Los gritos,
la foto, el kiosco, el español y el francés incomprensible.
El hombre deja la plaza, para alivio de todos, y merodea
por ahí. Sabe que busca el mar y algo así como una estructura
de hierro oxidado que a Benjamin seguramente le hubiera
parecido un símbolo de decadencia de la modernidad. De
pronto nota que está cansado. Se sienta en la acera e intenta
respirar. Mira la foto. Cierra los ojos. Imagina el confort de
tomarse un frasco entero de pastillas de morfina, y también el
memorial: el pasto, la brisa, el calor del metal sofocado por el
sol, el canto secreto de los pájaros y los árboles, la manera en
la que seguramente sentirá que no pasa el tiempo, la ausencia
de gente y de barcos. Esa paz tan falsa, o tan verdadera, de los
cementerios.
Un chico que lo ha venido siguiendo desde la plaza lo
saca del trance. En un español afrancesado, o un francés es-
pañolizado, le dice: Señor, señor. El memorial del señor Ben-
jamín que está buscando está en Portbou. Eso está todavía
como a dos horas siguiendo el camino de la costa. Aquí se
llama Colera.
Vuelve a pensar en la morfina y el enojo ahora es tris-
teza. El tren a Barcelona sale en una hora. El avión a México
en unas diez horas más. No tiene dos horas. Vuelve a mirar
la foto. Piensa en la última carta de Benjamin: díganle a mi
amigo Teddy Adorno que lo he intentado… Ahora camina
despacio hacia la estación del tren.
28
¡Son puros cuentos!
El tren se detuvo en la estación de Sabadell, ya cerca de Bar-
celona. El conductor avisó por el micrófono que tendríamos
que esperar por lo menos media hora, porque la vía estaba
siendo revisada debido a la lluvia. Mientras miraba la nebli-
na descender por la ventana, recordé que no pude dar con la
tumba de Benjamin y me entristecí de nuevo. El viento me-
diterráneo que se alcanzaba a colar por el borde de la ventana
comenzó a arrullarme. Intenté no pensar más en eso, o en Te-
resa, o en que probablemente ese sería el último momento en
que podría dormir antes de llegar a México, porque por más
pastillas que tomara, en el avión me sería imposible hacerlo…
…lo único que pude comprender de los gritos en ale-
mán de los hombres que me despertaron era si acaso conocía a
un tal Walter Benjamin, mientras señalaban el libro que tenía
sobre las piernas. A empujones me bajaron del tren. La ne-
blina seguía haciendo imposible ver nada, pero todo indicaba
que no había nadie ni dentro ni fuera del vagón. Tampoco en
la estación o en la cafetería. Todos parecían haberse esfumado.
Los hombres me empujaron contra el vagón, me revi-
saron de manera exhaustiva, sacaron mi pasaporte del bolsillo
y lo revisaron con una lupa. Siguieron gritando el nombre de
Benjamin mientras yo, algo asustado, les decía en inglés que
no entendía de qué me estaban hablando. Me indicaron la
entrada de nuevo.
Al regresar a mi vagón tropecé con mi equipaje, un viejo
baúl con parches, y caí en unos asientos de fierro oxidado. Los
pasajeros estaban nerviosos y llorando. A mi lado un señor
enclenque, con unas ojeras profundas, bigotes desarreglados,
cabellos canosos y despeinados, y lentes diminutos, intentaba
escribir una carta sobre una servilleta. La única palabra que
logré entender de lo que escribía fue Teddy. No sé por qué,
pero me dio risa. Al terminar de escribir le dio la carta a una
mujer que venía a nuestro lado. Sacó un estuche médico de su
bolsillo y del estuche, un frasco con pastillas. Alcancé a en-
29
Sin pretensiones
tender que contenían morfina y que la mitad de ellas podrían
ser para mí.
Por la ventana la niebla se disipó. El letrero de la esta-
ción indicaba ahora que estábamos próximos a llegar al campo
de concentración de Darcy. Tragamos con desesperación las
pastillas y ambos caímos al piso. Lo último que logré pensar
es que con un pasón como este seguro podría dormirme en el
vuelo de regreso.
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—¡Mamá!, ¡mamá! —dijo sollozando
el patito a la señora— hoy mis
compañeros se burlaron de mí porque
soy feo.
—¡Con un carajo, niño! Ya te dije que
eres un cisne y tu madre está por allá.
La hermana del patito feo le dijo: “Tú
no eres feo, lo que pasa es que no sabes
usar los filtros para tus stories”.
Eduardo de Aquino mixcoatl
Ghosting
Mónica Castro Lara
¡Son puros cuentos!
Cuando Cenicienta se enteró que habría un baile en el pala-
cio, se alegró de por fin tener una noche para terminar de leer
el libro que tanto discutían los comerciantes en el pueblo y
dejar de tener FOMO.
Pero resulta que llegó una tal Hada Madrina a hacerle
un vestido, un peinado y unas zapatillas para que acudiera al
baile. Cenicienta la preguntó si mejor podría limpiar toda la
casa con esa varita mágica que tenía en la mano. Necesitaba
un buen descanso. Y leer el libro, caray.
El Hada Madrina diseñó un atuendo específico que a
Cenicienta no le gustó. Se tardaron una hora en elegir un ves-
tido que tuviera descuento y estuviera a meses sin intereses.
Pero por fin, nuestra bella protagonista estaba lista para ir al
baile al que no tenía ganas de ir.
El Hada Madrina le explicó que tenía que regresar a
las 12 de la noche. “Me saldré de ahí máximo 10:30, no te
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Sin pretensiones
preocupes”. Pero entonces, conoció al príncipe, bailaron, se
rieron, se enamoraron y luego ella lo ghosteó durante semanas.
El Príncipe, empecinado en encontrarla, mandó a bus-
carla en todo el reino. La encontró y quiso casarse de inme-
diato con la promesa de que no tendría que volver a trabajar
en su vida.
Cenicienta, ahora princesa, no sabe qué hacer con su
tiempo libre, así que se pone a limpiar el palacio día y noche.
Y, por supuesto, sigue sin poder terminar de leer el libro que
tanto quería.
34
Strike out
Roberto Longoni
¡Son puros cuentos!
Mejor camino un poco más rápido para dejar de escuchar
a Julián. Lleva todo este rato, desde que salimos de su casa,
chingue y chingue con que meter una botella de Bacardí al
estadio no es una buena idea. Afortunadamente se va quedan-
do callado mientras nos acercamos al filtro de seguridad. Lo
miro con un gesto burlón, y él, como ya no puede decir nada,
pone esa cara de estúpido que pone siempre que tiene miedo.
Como le aseguré que pasaría, la revisión me la hace uno
de esos guardias viejitos que en realidad apenas y te tocan los
bolsillos del pantalón o de la chamarra. Entro como si nada.
Julián todavía se tarda un poco más. Está temblando. Le digo
que se calme. Que no pasa nada. Termino de destrozar sus
nervios prendiendo un cigarro enfrente de un policía.
Fila 13, sección 201, asientos 47, 48… no, perdón, 48 y
49. Strike, strike, bola, strike, foul, embasado en primera, falla
el robo de segunda, hit que no produce, out, out, out… al par-
tido no le pasa nada y ya lleva como seis entradas. Cuando es-
37
Sin pretensiones
toy aburrido me da por tomar más. Julián solamente se toma
una cerveza, y sin piquete. La señora que está sentada al lado
se ríe de los tragos que le doy a la botella, y de las Bacachelas
que me ando armando para soportar el tedio.
Julián sigue tenso y le digo que se tranquilice. Que al fi-
nal si nos descubren nos hacemos los mensos y listo. Sigue sin
pasar nada, y de pronto me acuerdo de que la última vez que
vi un juego tan malo fue con Susana. Me da pena que Julián
me vea llorando, así que me pongo el gorro de la sudadera.
Los tragos ahora son directos de la botella, y cada vez menos
esporádicos.
¿Por qué Julián sigue con la cara de estúpido? ¿Y quién
se cree para estarme arrastrando por el piso? El olor a vómito
me despierta un poco. El gusto en mis labios me confirma que
es mío. Un señor grita a lo lejos que nos va a matar, y Julián
sigue chingue y chingue con que meter la botella al estadio no
fue una buena idea.
38
La paleta
roja ámbar
Eduardo De Aquino Mixcoatl
¡Son puros cuentos!
(1)
Wendy no soporta ver que la niña de la banca de enfrente
tiene una paleta más grande y colorida que la que acaba de
ofrecerle su mamá para que se calle y deje de interrumpir su
lectura, durante su visita al parque.
Su envidia crece con cada suave lamida que la otra
chiquilla da, mientras alterna su mirada rabiosa entre ambos
dulces; el suyo todavía tiene la envoltura y lo aprieta ansiosa-
mente del palito con su manita derecha.
No aguanta más, no está dispuesta a conformarse con
tan poco. Con su mano izquierda jala la blusa de su mamá y le
dice que quiere la del «alcoílis», al mismo tiempo que señala
impaciente al frente; no quiere la del «colachón». La señora
no le presta atención y continúa leyendo. Ella insiste nue-
vamente y grita desesperada. La madre mantiene su mirada
en el libro, pero se nota su respiración agitada. Al borde del
llanto y con la voz entrecortada lo intenta una vez más y sólo
obtiene un alarido que se escucha en todo el parque: «¡Por el
amor de Dios, Wendy!, déjame leer en paz».
41
Sin pretensiones
Esas palabras liberan a la bestia contenida dentro de
la niña que ahora patalea, lloriquea, gruñe y se retuerce para
liberarse de los brazos que tratan de domarla. Con la cara
roja, igual al color del caramelo que se queda sobre la banca, la
madre huye con su hija evitando cada mirada que se le cruza
en el camino. Mientras, la chiquilla de la paleta arcoíris no ha
parado de lamerla en todo este tiempo.
(2)
Betito, en palabras de su familia, es un niño flaquito y en-
fermizo. Llega de la mano de su mamá para sentarse en una
banca del parque, pero lo que más ansía es salir a jugar a la
pelota con los traviesos; oler todas las flores de las jardineras y
subirse a todos los árboles; comer todas las golosinas y probar
toda la comida que venden en los puestos y carritos; pero no
lo dejan. Apenas si lo sacan unos minutos los sábados en la
tarde para que le dé un poco de aire.
Con la mirada perdida, espera sentado la indicación
para que se marchen hasta que el envoltorio de un dulce so-
bre la banca llama su atención. «¡Es una paleta!», se dice a sí
mismo incrédulo, tratando de contener su emoción para no
gritarlo. Sabe que si su madre se da cuenta se la quitará de
inmediato.
La ve muy atenta a la conversación con la vecina, así que
aprovecha su distracción y toma cuidadosamente esa delicia
para guardarla en el bolso derecho de su pantalón. Sus ojos
se iluminan como no lo han hecho en mucho tiempo y la
tentación de abrirla y chuparla es tan fuerte que se tiene que
limpiar la saliva de la boca a cada rato.
«Se parecen a las cotorras de mi abuela, ¿cuándo se van
a callar?», se pregunta impaciente una y otra vez porque sabe
que ya es hora de volver a casa; solo así podrá comerse el
caramelo a escondidas en su cuarto. Pero ellas no paran de
hablar y él ya no resiste más. En un acto impulsivo, lo saca de
42
¡Son puros cuentos!
su pantalón y lo pone frente a su boca empapada dispuesto a
romper el plástico; sin embargo, no se da cuenta que su madre
giró hacia él para acariciar su cabeza.
Pasmado, contempla el rostro enfurecido que lo inte-
rroga varias veces para conocer el origen de la porquería que
tiene en la mano. No quiere recibir más castigos y, motivado
por el miedo, responde que se la regaló el niño con el balón
que hace dominadas en el jardín del costado.
Betito mira con tristeza la paleta que ahora sostiene
el chico regañado, mientras su madre lo aleja bruscamente
tomado de la mano para salir a toda prisa del parque.
(3)
Yeyo está en primero de secundaria. Aunque todavía le gus-
ta el fútbol y jugar con la pandilla, ha empezado a salir con
chicas. De hecho, hoy tiene su primera cita con Marla, su
compañera de clase, a la que se le declaró porque sus amigos
lo retaron.
Así que espera por ella junto a la fuente sentado sobre
su viejo balón con las manos sudorosas y el corazón palpitan-
te. Pasan quince minutos y no llega. Para liberar la tensión
juega a dominar la pelota en el pasto cuando es interrumpi-
do por una señora desconocida que no para de gritarle. Está
nervioso, no alcanza a comprender sus palabras y por inercia
extiende la mano para recibir una paleta de corazón que le
entrega de forma agresiva.
Se arrepiente de tirarla y decide que se la regalará a
Marla en cuanto la vea. Mientras espera nuevamente, recuer-
da que no sabe cómo besar a una mujer; jamás lo ha hecho y
el miedo a equivocarse lo invade. Al verla de reojo se le ocurre
una gran idea: imaginar que ese caramelo es la boca de la
chica para practicar.
Para que la gente no lo mire, se pasa detrás de unos ar-
bustos y quita con cuidado la envoltura. Sonrojado, cierra los
43
Sin pretensiones
ojos y comienza con unos besos de piquito, como lo vio en las
telenovelas. Intenta humedecer sus labios y succiona poco a
poco las crestas; percibe el sabor dulce y experimenta un poco
de placer. Siente la necesidad de sacar la lengua para recorrer
todas las formas planas y redondas; incluso, roza el palito en
cada vuelta. Inconscientemente, empieza a repetir todos los
pasos de forma desorganizada una y otra vez; cada chupada y
lamida son más eufóricas. De repente, tiene unas ganas tre-
mendas de morderla; le da una, luego otra, hasta que... «¡No,
no puede ser! ¡Me oriné!»
Confundido y avergonzado, Yeyo arroja el palito sin
rumbo y decide irse discretamente del parque. No está dis-
puesto a que lo vean con el pantalón sucio, aunque use el ba-
lón para taparse.
(4)
Marla es una chica a la que no le gusta bañarse, pero a toda su
clase le parece muy linda. Le encanta dormir la mayor parte
del día, constantemente se olvida de las cosas y a todos lados
llega tarde; tanto que no se ha dado cuenta que lleva una hora
de retraso para su cita.
Se rasca varias veces la cabeza al llegar al parque. Se
siente cansada por lo que con mucha calma empieza a buscar
a Yeyo. «Debe de estar por la fuente o en ese jardín. No, tal vez
en las bancas». Su búsqueda es interrumpida por una molestia
que tiene desde la mañana: una sensación de hormigueo que
va y viene, pero que cada vez se hace más intensa dentro de su
oído izquierdo.
Trata de meter su dedo meñique, pero es muy grande.
Explora entre sus bolsillos: nada, sólo monedas, pelusas y un
chicle mascado envuelto. Ha cambiado de objetivo: se pro-
pone encontrar una cosa larga y delgada en el parque. «¡Es
perfecto!», piensa mientras contempla un palito de paleta
chupado en medio del pasto.
44
¡Son puros cuentos!
Se sienta en el jardín y lo introduce con delicadeza. Pri-
mero, de afuera hacia dentro; después, lo gira despacito. Cada
movimiento dentro de su cavidad lo convierte en una caricia
suave que poco a poco apaga sus ansias hasta que, satisfecha,
lo saca por completo embarrado de una pasta ámbar con pe-
litos y puntos negros.
Marla mira con curiosidad el palito. Tentada por su
textura y color, le da una lamida para probarlo y lo avienta de
inmediato a los arbustos.
45
La asamblea
Mónica Castro Lara
¡Son puros cuentos!
Habían pasado más de tres horas y seguían sin ponerse de
acuerdo. Pensaban que sería más sencillo, pero no lo es. Cada
una tenía sus puntos de vista –algunos muy radicales– y el
encargo de reescribir el final del personaje femenino principal
de la serie de HBO del momento ahora que los guionistas
están en huelga, al parecer les quedaba grande. Hablaban to-
das, pero no se escuchaba ninguna. Las Ocampo, escandalo-
samente argentinas, insistían detrás de ese par de armazones
blancos y gruesos en que la protagonista tenía que bancarse al
marido para después invertir la plata en la creación de revis-
tas literarias de circulación internacional. La temperamental
Nina, se enfrascó en reclamar la falta de personajes negros
en la serie y, por lo tanto, abandonaría la sesión con un clá-
sico desplante de arrogancia no sin antes interpretar “To Be
Young, Gifted and Black” con su voz de contralto. Entre gri-
tos, peleas y discusiones sin sentido, se acercó al estrado una
mujer con un estridente atuendo naranja y con una escoba
47
Sin pretensiones
de varas en la mano. Barría sin importarle la presencia de las
decenas de mujeres que, atónitas, dejaron de gritarse una vez
que se percataron lo que hacía. A una curiosa Elvia Carrillo
se le ocurrió preguntarle a esta mujer su opinión acerca del
destino del personaje, a lo que “la naranjita” –muy quitada
de la pena– contestó que ella estaba ahí para lo realmente
importante: hacer su trabajo y cobrar su quincena.
48
Mario Kart
Eduardo De Aquino Mixcoatl
¡Son puros cuentos!
Mi hermana sabe que no tolero a Rubén, su hijo hiperactivo.
Pero eso no le importó y lo dejó a mi cargo en la mañana.
Además, tuvo el descaro de pedirme que cruzara la ciudad
de poniente a oriente, sobre el periférico, para llevarlo a su
escuela.
Debí haberle dicho que no, pero la nueva hierba que
probé recién había despertado, me mantuvo tan relajado que,
a todo lo que me dijo, asentí con la cabeza.
Ya en el trayecto a la escuela y con Rubén sentado en
el asiento trasero, jugando Mario Kart, le di el último toque
a la bacha para matarla. Mala idea. A la mitad del camino,
sentí que mi cuerpo dejó de responderme. Cagado de miedo,
no podía creer que mi sobrino controlaba mis movimientos
desde su Nintendo y, con gran habilidad, libraba los autos y
obstáculos de la carretera.
Lo miré por el retrovisor. Su rostro se veía extasiado por
la velocidad y la adrenalina. Comenzó a ir más rápido y a de-
51
Sin pretensiones
rrapar en las curvas, como si alguien lo persiguiera y estuviera
a punto de lanzarle una bomba.
Por sus gritos escandalosos, parecía que estaba a punto
de llegar a la meta. Yo le insistía que se detuviera, pero mien-
tras más lo hacía, él pisaba el acelerador a fondo, como si mi
viejo Pointer tuviera turbo.
Por eso nada pude hacer para evitar que se volara la
luz roja y chocara contra la parte trasera de una camioneta
que cruzaba la avenida. Ambos quedamos inconscientes en el
coche destrozado.
Cuando desperté, me di cuenta de que estaba recostado
en el sillón. Nada había pasado. Lucrecia al verme tan perdido
en mi viaje, me dejó hablando solo y se marchó con Rubén.
52
Antes de que lo botaran para siempre a
la basura, el tuerto oso de peluche pudo
maldecir una última vez a la anciana
que insistió en tenerlo junto a ella en
su lecho de muerte, a pesar de lo áspero
y asqueroso de su felpa. El lépero oso
tenía de todo: vómito, sangre, mocos y
una que otra secreción que no puedo
decir por aquí. Y, como era de esperarse,
viviendo entre desechos fue absoluta y
genuinamente feliz.
Mónica castro lara
Un padre
maravilloso
Roberto Longoni
¡Son puros cuentos!
De todas las mentiras que alguna vez le he dicho a Sophie, la
más grande ha sido que la quería y que no estaba enojado con
ella. El daño provocado por decirle que fumar hace que se te
caigan los ojos, que si no sabía defenderse adecuadamente la
iban a lastimar, que podía pagarle clases de canto o que rom-
perme la muñeca no me había dolido, no puede compararse
de ninguna manera al engaño, que me he encargado de soste-
ner durante estos once años, de que ella es lo más importante
en mi vida.
No es solamente que en su distracción haya perdido el
visor de buceo, que lo haya tenido que pagar como nuevo, o
que me haga preguntas impertinentes sobre si ahora mismo
soy aquello que esperaba ser cuando tenía su edad. Tampoco
es, solamente, que me pregunte si aún amo a su madre, o que
no tenga ningún tema interesante del cual hablar. Es, sobre
todo, que quiera pasar tiempo conmigo. Que no le cause ma-
yor problema pasar toda la tarde tirados frente a la alberca o
55
Sin pretensiones
cenar pasta mientras yo me emborracho con cerveza. Aunque
que me emborrache sí le molesta un poco, (por eso lo hago
con gusto), pero de cualquier forma no hace mucho para de-
mostrar su molestia. Solamente deja de sonreír un rato, se
sienta con desgana a mirar el horizonte y después me perdona
sin mayor complicación o estruendo.
Pienso que se ha creído que soy un buen padre, un hom-
bre asombroso. Me lo dice todo el tiempo. Su madre también
ha contribuido a la mentira. En lugar de odiarme, de decirle
a Sophie que me deteste por haberlas abandonado, le repite
constantemente (yo sé que no por ser una buena persona, sino
por querer mostrarse superior a mí) que soy un buen padre,
un padre maravilloso.
Y la verdad es que las detesto por eso, a Sophie y a su
madre. Por las mismas razones. Aunque al que detesto más
profundamente es a mí mismo. A mis ronquidos, mi muñeca
rota, mi alcoholismo, mi vergüenza por no haber sido lo que
hubiera querido ser. Por no ser nada de aquello que uno sueña
que puede ser cuando ya no tiene once años.
Y Sophie se ríe. Y mira a la cámara. Y por momentos
me alegro, es cierto, pero por momentos más prolongados me
detesto por alegrarme, y por reírme, y por la risa de Sophie. Y
la luz que alumbra la hora en el reloj me da dolor de cabeza y
me penetra de manera dolorosa las pupilas.
Quiero destrozar el reloj, la pared, mi otra muñeca, la
televisión, la cámara, las nubes que no llegan, la botella de
cerveza que no se acaba de terminar, el catre en el que mal
duermo, las sábanas… golpear al niño de once años que fui,
y a Sophie. Las uñas me lastiman las palmas de las manos, y
yo dejo que sigan, que me duela, que me saquen un poco de
sangre.
Sophie me mira, pero no sonríe.
—Papá, te lastimaste.
No contesto.
56
¡Son puros cuentos!
—¿Papá, estás bien?
—Déjame en paz…
Silencio rotundo. Sophie sale del cuarto llorando. Sus
brazos no alcanzan a azotar la puerta. Soy una mierda.
Salgo del cuarto, pero no voy tras de ella, sino hacia la
nada, hacia el mar, hacia ese abismo conmigo mismo con el
que lidio, mientras los turistas me ven pasar y se hacen a un
lado. Vomito la acera, la carretera, el mar, la arena, a mí mis-
mo. No alcanzo a ver las estrellas tan nítidamente.
El sol en la cara me despierta. A Sophie le gusta ver el
amanecer. Regreso con esa idea en la cabeza. Entro al cuarto,
dispuesto a ser un mejor padre. Le diré a Sophie que lo siento,
que soy un imbécil, que podemos pasar los últimos días de
nuestras vacaciones riendo, jugando billar o cartas, tomando
limonadas o refresco, cantando canciones que nos gusten.
Pienso ahora, mientras abro la puerta, que me hubiera
gustado anhelar ser padre de Sophie a los once años, para
no odiarla tanto, para no tener que fingir que me importa.
Sophie no está en la cama ni en el baño. Me asomo por el
balcón. Una multitud de personas rodean el cuerpo de una
niña de once años. Yo solamente alcanzo a ver, por entre las
piernas de algún turista chismoso, un hilito de sangre que se
escurre. La escena es terrible, pero yo me siento algo aliviado.
Miro el amanecer y pienso que a Sophie le hubiera gustado
verlo conmigo, y que después de todo se ha enterado de que
su padre no es tan maravilloso como su madre le había hecho
creer.
57
Acuérdate de
Acapulco
Eduardo De Aquino Mixcoatl
¡Son puros cuentos!
20-mayo-00
Hoy la madre Ruth nos dejó de tarea escribir un diario en la
clase de español, pero la neta, qué hueva. No le veo el chiste,
ya mero voy a salir de la secundaria y no creo que siga escri-
biendo más cosas. Lo único que deseo es entrar a la prepa
Zapata, allá todo estará mejor. Ya no tendré que rezar el Án-
gelus a las doce ni escuchar misa cada viernes primero de mes.
No soporto más esta pinche escuela fresa y mocha. Me caga
que me digan indio, que se burlen de mi color de piel y que
me traten como a un arrimado, solo porque tengo una beca y
vengo de un pueblo. Todos aquí son unos pinches hipócritas,
empezando por las madres.
Obviamente esto no se lo voy a enseñar a la maestra ja,
ja, ja. Capaz y me reprueba.
22-julio-01
¡Qué cagado! Nunca imaginé que la libreta para dibujar que
me traería fuese la del diario incompleto de la secu. Tenía
muchas ganas de conocer Acapulco, ir a la playa y jugar con
59
Sin pretensiones
la arena amarilla. Aunque ya conozco el mar porque he ido a
Veracruz varias veces, no me gusta. Me da asco su arena gris
que parece lodo; me recuerda el color de la tierra y las casas
tristes de block sin revocar de mi pueblo. Por eso no la pensé
mucho y convencí a mis papás cuando mi tío me invitó al
viaje, a cambio de ayudarle a montar su equipo de sonido y
andar de chalán en el evento de los hermanos evangélicos que
va a durar toda la semana.
El viaje desde Puebla en la madrugada estuvo gacho.
Mis primos, el Gori, el Wero y yo tuvimos que irnos atrás del
camión de redilas entre todo el desmadre de bafles, luces, apa-
ratos y maletas. Pero a mí no me importó porque hasta viajar
así se me hizo chido. Eso sí, llegamos bien torcidos ayer por
la mañana y todo el día nos dedicamos a descargar y armar el
sonido, por lo que no tuvimos chance de escaparnos a Caleta
que dicen que está como a una hora. Fue una friega porque
hace un chingo de calor y no me gusta sudar tanto, y mucho
menos que las chavas de acá me vean así de mugroso.
24-julio-01
¡Chale! Mi tío nos dijo que iremos a la playa hasta el jue-
ves o el viernes porque tenemos que ayudarle en las mañanas
mientras dure el evento. Es algo así como un congreso de
evangélicos y parece que vienen de varios lados del país. No
he querido preguntar más porque últimamente no me gustan
las cosas que tengan que ver con Dios o la religión. Tal vez sea
por haber estudiado con monjitas tantos años o porque mis
nuevos amigos son punks. Así que, para matar el tiempo, he
estado haciendo dibujos de Dragon Ball Z y hoy me animé a
escribir, ya que tengo varias cosas atoradas en la cabeza.
Pensaba que en la prepa todo mejoraría, que me sentiría
más contento. Pero no ha sido así, siento que algo me falta.
En estos días, mientras escuchaba las alabanzas y las celebra-
ciones, recordé que hace mucho dejé de ir a misa y rezar por
60
¡Son puros cuentos!
las noches. Ja, ja, ja, ya ni me acuerdo bien del Padre Nuestro.
Creo que extraño hablar con Dios y contarle mis cosas.
A ninguno de mis amigos les podría decir esto porque
estoy seguro de que esos culeros se burlarían de mí. Me em-
pezarían a decir mocho o persignado. Aunque parecen unos
vagos, son chidos y me tratan bien. Aun así, muchas veces he
sentido que no encajo: hablan de libros que no he leído, es-
cuchan bandas gringas bien pesadas y tienen ideas muy locas.
Y hay algo peor: todavía no tengo novia. Antes de salir
de vacaciones le llegué a Clara, una amiga de mi salón. Pero
me dijo que no y por orgulloso dejé de hablarle. Eso me sacó
de onda cañón. Tal vez se enteró de que estudié en una escuela
católica.
Creo que venir a aquí ha sido lo mejor que me ha pasa-
do desde hace mucho.
26-julio-01
Doña Cleo se la pasa dándonos sermones y hablando de Je-
hová a cada rato, yo la escucho por respeto porque ella y su
esposo nos han dado hospedaje y desayuno en su humilde
casa. De tanto que insiste me voy a convertir en “hermanito” y
no estaría mal, de repente si me llama la atención lo que dice
y hay varias chavas bonitas en la comunidad, aunque se ven
muy serias y siempre andan de falda larga.
Ya son señores grandes y tienen un vivero pequeño con
muchas plantas, como casi todos en esta colonia. En general,
la gente de aquí es buena onda y amable, pero son muy cre-
yentes; la mayoría son evangélicos y hay muy pocos católicos.
Justo en medio de la colonia, como si estuviera escondido en
la selva, está el templo evangélico. Está enorme, aunque le
falta un chorro para que lo terminen. Para llegar a él, cami-
namos algunas calles sin pavimentar desde la casa de Doña
Cleo; hasta me dan ganas de irme descalzo porque la tierra de
61
Sin pretensiones
aquí es suavecita y colorida. Me late que hay muchos árboles
y plantas en todos lados.
Por las tardes nos gusta ir a jugar a la cancha o explorar
las calles de la colonia; así fue como encontramos los sopes de
Doña Rita, bien baratos y ricos, ahora son mi comida favorita.
También ya le agarré el gusto a bañarme a jicarazos, desnudo
en medio del patio del vivero, antes de acostarme, y a dormir
en el piso. Con el calor que hace es la mejor forma de estar
bien fresco. Lo que no está chido son los moscos y las lagar-
tijas transparentes.
27-julio-01
Hoy sentí que me iba a morir. Por fin pudimos ir a la playa,
tuvimos que tomar un camión que se parece a los guajoloteros
de mi pueblo, pero más viejo. Salimos bien temprano para
aprovechar el día y cuando estábamos bañándonos en la playa
de Caleta nos ofrecieron un tour para conocer la Roqueta.
Fue curioso saber que el lanchero que nos llevó también es
poblano. Me puse a pensar en que casi llegó de mi edad, pues
dijo que ya lleva diez años viviendo aquí y que ya no regresó
porque se enamoró del mar y de sus mujeres.
Todo iba bien en la isla hasta que los de la lancha nos
prestaron unos snorkels para tratar de ver debajo del agua,
mientras estábamos chapoteando cerca de la playita. Como
no se veía nada porque había mucha gente, a mis primos, al
Gori y a mí se nos hizo fácil meternos más adentro del mar
sin saber nadar. Hicimos una cadena agarrándonos de los bra-
zos y empezamos a flotar, mientras el Wero nos detenía cerca
de la orilla. Pero la corriente nos jaló a todos y en unos segun-
dos ya estábamos alejados varios metros. Cuando nos dimos
cuenta, nos asustamos bien cañón y cada uno, a como pudo,
buscó desesperadamente la orilla para salvarse. Afortunada-
mente, todo quedó en un susto y en las risas de los lancheros
y la gente que nos vio hacer el ridículo, pero esa sensación
62
¡Son puros cuentos!
de miedo y desolación solo desapareció hasta que me puse a
rezarle a Jehová a escondidas en cuanto regresamos.
28-julio-01
A pesar de lo que pasó ayer, no he dejado de pensar en que
quiero quedarme a vivir aquí. Hoy de broma le pregunté al
esposo de Doña Cleo que si me daba chance quedarme a vivir
con ellos y me dijo que sí. O tal vez sea por lo que nos platicó
el lanchero acerca de su vida o porque me gusta mucho este
lugar y su gente. La vida aquí es muy tranquila, sin presiones,
incluso hasta me siento como si ya fuera de acá, solo me falta
estar más moreno, el acento y andar con una biblia todo el
tiempo. O tal vez sea porque pasado mañana tenemos que
regresar a Puebla y una parte de mí no quiere volver a un lugar
en el que me siento vacío y donde todo está de hueva.
29-julio-01
No se lo he contado a nadie, pero ya lo he decidido y no
creo que haya nada que me haga cambiar de opinión: viviré
en Acapulco. Hoy, mientras desmontábamos y cargábamos
el camión, lo estuve planeando todo: me quedaré a vivir con
Doña Cleo y le pediré que me deje trabajar en su vivero; le
diré que quiero ser evangélico, con eso no creo que me diga
que no. Mañana, antes de que se vaya el camión, me despediré
de mis primos y mis compañeros y le pediré a mi tío que les
avise a mis papás que ya no regresaré porque quiero ser libre
y disfrutar mi vida aquí. Estoy seguro de que ellos lo enten-
derán, aunque apuesto que se van a encabronar, pero más vale
pedir perdón que pedir permiso. Ya les hablaré por teléfono
para explicarles.
11-agosto-14
¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Pinche chamaco todo pendejo! Hoy encontré
el diario en unas cajas viejas en la casa de mis papás, mien-
63
Sin pretensiones
tras estaba buscando unos libros para la maestría. Ya no me
acordaba que había escrito esta mamada. Aún no paro de reír
porque al final me acobardé. Me dio mucha pena y me quedé
mudo cuando tuve de frente a Doña Cleo. Todo chiveado,
subí mi maleta al camión y me fui callado todo el camino. A
nadie le conté, me hubiera muerto de la vergüenza. Aunque,
pensándolo bien, y después de leer todo esto con nostalgia,
creo que el mejor recuerdo que pude traerme de Acapulco
no fue la palmerita que me regaló Doña Cleo, sino la expe-
riencia de reencontrarme con Dios, con un nombre y rostros
diferentes.
64
Costumbres
porteñas
Mónica Castro Lara
¡Son puros cuentos!
El olor penetrante a café y a chocolate caliente se mezcla
con el de las facturas recién salidas del horno cuyas bande-
jas se encuentran estratégicamente colocadas en las vitrinas
del local. Me encanta el tintineo, por momentos apacible y
por momentos estridente del London City. El ruido de unas
llaves me distrae de la conversación que proviene de la mesa
de junto. “Vos sabés que es un boludo nena, la concha de tu
madre”. De golpe, un olor a cigarro y a perfume leñoso, me
recuerdan a él. Comienzan a sudarme las manos y las limpio
con las ásperas servilletas del café. Siento su cuello entre mis
manos; grueso, arrugado, peludo, con una manzana de Adán
en apariencia frágil. El rostro rojo, sorprendido, enojado. El
par de ojos azules llenándose de sangre. Los taxis ansiosos y
sus sonidos estrepitosos me sacan del trance en el que entré.
Las hojas secas apiladas a la salida del subte producen una
melodía ruidosa empieza a aturdirme. Escucho que un co-
mensal, cerca de la estatua de Cortázar, pide un té negro. “¡Ja!
67
Sin pretensiones
Su favorito”. Tengo la impresión de que Julio me mira como
sabiéndolo todo. Un lejano olor a amoniaco me transporta a
ese día, al baño y a pensar que de seguro el viejo me cagaba a
palos por no limpiar bien su propia escena del crimen. “Sos
un inútil hijo de puta”. La desaparición progresiva de la sirena
de una ambulancia me coloca nuevamente a la entrada de la
casa, consolando a mi vieja entre luces rojas y azules, con las
miradas atónitas de los vecinos, mientras los policías inspec-
cionaban el lugar. Ansioso, regreso a mi último sorbo de café,
mezcla dulce y frutal de un caturra ya frío y al último bocado
de mi factura crujiente. Dejo dos billetes arrugados sobre la
mesa, nuestra mesa. Acaricio y remarco las letras porosas gra-
badas en el mármol de la mesa y que al viejo le gustaba repetir
en voz alta: “Un clásico del buen gusto”.
68
TALLERISTAS
¡Son puros cuentos!
MÓNICA
Escritora mexicana sin pretensiones literarias, con
CASTRO
treinta y cuatro años de ansiedad e intolerancia.
Maestra en Relaciones Públicas. Periodista cultural y
LARA
colaboradora en la Revista Sputnik. Editora de Social
Media independiente. Feminista sentipensante en
deconstrucción.
DE AQUINO
MIXCOATL
EDUARDO
Diseñador gráfico de
profesión y administrador de
oficio. Le encanta dibujar, la
fotografía, tocar la batería,
escuchar música, el chisme e
inventar historias.
Pachuqueño hasta la médula y a perpetuidad. Poblano
por adopción. Hijo, sobrino y nieto del exilio chileno. Fiel
aficionado de los Tuzos del Pachuca, de los Pericos de Puebla,
ROBERTO
LONGONI
Walter Benjamin, Theodor Adorno, los pastes y la cerveza.
Melancólico, ansioso, depresivo, o sea, emo anacrónico.
Guitarrista y bajista de banditas de garaje. Anarcozapatista.
Estudiante de literatura, filosofía y sociología. Poseedor de
una ya extensa gastritis pro un doctorado que, en su lecho de
muerte, se niega a dar el último suspiro. Profesor universitario
y, recientemente, intento de escritor.
71
LAS TEJEDORAS
¡Son puros cuentos!
PROYECTO LITERARIO
Somos un proyecto literario que nació en marzo de 2023, por iniciativa
de las escritoras Allisson Maltez y Lourdes Mazorra. Nuestro propósito
es impulsar desde plataformas digitales la escritura y la lectura a través de
talleres de narrativa y poesía, charlas y presentaciones de libros, así como
círculos lectores, asesorías y edición de textos. Nos guía el verso de la poeta
Cecilia Vicuña: “Hablar es hilar y el hilo teje al mundo”.
Nicaragüa, 1997
Escritora, periodista y tallerista con enfoque social en derechos
ALLISSON
humanos, discriminación y violencia. Su obra más reciente es 6 Mujeres
MALTEZ
1 Casa: Sanar por elección (coautoría), ganadora del Premio Nacional
Conchita Palacios (Ed. IV, 2018). También Historias de vida (2019)
a beneficio del Instituto de Promoción Humana, INPRHU. Imparte
talleres de escritura creativa en el proyecto literario Las Tejedoras.
Crónicas, críticas e investigaciones literarias y poemas suyos han
aparecido en revistas de Centroamérica y México.
Cuba, 1992
Escritora y periodista. Obtuvo la Beca de creación El Caballo de
MAZORRA
LOURDES
Coral (2018) y los premios nacionales Celestino de Cuento (2019)
y Pinos Nuevos (2020). Es autora de los libros Las fauces (Ed. La
Luz, 2019) y Versiones de la Sed (Ed. Letras Cubanas, 2020). Realiza
edición y corrección de textos para editoriales cubanas y mexicanas
e imparte talleres de escritura creativa en el proyecto literario Las
Tejedoras. Crónicas y cuentos suyos han aparecido en antologías,
revistas y publicaciones periódicas en México, Cuba y España.
75
¡Son puros cuentos!
Prólogo 9
El zanate 15
Us and them 23
El ángel de la historia 27
Ghosting 33
Strike out 37
La paleta roja ámbar 41
La asamblea 47
Mario Kart 51
Un padre maravilloso 55
Acuérdate de Acapulco 59
Costumbres porteñas 67
Talleristas 71
Las Tejedoras 75
Índice 77
ÍNDICE
77
Sin pretensiones. ¡Son puros
cuentos!, de Proyecto Literario
Las Tejedoras, se terminó de
editar en febrero de 2024 en
Puebla, México.