CINCO OFRENDAS O SACRIFICIOS ESPECIALES
Texto:
LEVÍTICO 1–7
Introducción
Hebreos 10.1–14 aclara que en Cristo tenemos el cumplimiento completo de cada uno de los
sacrificios del AT. Estos cinco sacrificios especiales nos ilustran los diversos aspectos de la
persona y obra de nuestro Salvador.
I. El holocausto: La completa dedicación de Cristo
Este sacrificio debía ser un macho perfecto de un año, lo mejor del hato. El sacrificio se debía
traer a la puerta del tabernáculo, porque sólo había un lugar de sacrificio aceptable a Dios
(Leer Lv 17). El ofrendante entonces colocaba sus manos sobre la cabeza del sacrificio,
identificándose así con la bestia y como si transfiriera su pecado y culpa al animal inocente. La
bestia se mataba y el sacerdote recogía la sangre y la rociaba alrededor del altar de bronce a la
puerta del tabernáculo. Luego se desollaba al animal (y la piel se daba al sacerdote), se cortaba
en pedazos y se quemaba por completo sobre el altar. “Todo sobre el altar” (v. 9) es la frase
clave: el animal entero se daba al Señor al consumirse en el fuego. Esto es un cuadro de la
completa dedicación a Dios de nuestro Señor. «He venido para hacer tu voluntad, oh Dios”
(Heb 10.9). Lee también Juan 10.17 y Romanos 5.19. En Levítico 6.8–13 se recalca que lo
primero que ofrecía el sacerdote cada mañana era un holocausto, de modo que cualquier otro
sacrificio durante el día se ofrecía sobre el fundamento del holocausto. Romanos 12.1–2
instruye a los cristianos a presentarse como sacrificios vivos, como holocaustos vivientes,
dedicados por completo a Dios. Así como los sacerdotes debían mantener un “holocausto
continuo” (6.12–13), nosotros debemos dedicarnos constantemente al Señor para su gloria.
II. La ofrenda vegetal: Las perfecciones de Cristo
La “oblación” es una ofrenda vegetal; no hay sangre involucrada en esta ofrenda. Podía ser de
harina fina, harina horneada en tortas o inclusive espigas secas de trigo. La harina fina nos
habla del perfecto carácter y vida de Cristo: no había nada áspero o rugoso en Él. El aceite
simboliza el Espíritu de Dios. Y nótese el doble uso del aceite: (1) mezclado (v. 4), lo cual nos
recuerda que Cristo nació del Espíritu; y (2) derramado (v. 6), lo cual habla del ungimiento de
Cristo por el Espíritu para su ministerio. El incienso añadía una maravillosa fragancia a la
ofrenda, ilustrando la belleza y fragancia de la vida perfecta de Cristo aquí en la tierra. La
ofrenda tenía que pasar por el fuego, como Cristo tuvo que soportar el fuego del Calvario.
Debía haber sal con la ofrenda (v. 13), simbolizando la pureza y la ausencia de
descomposición, porque no hubo corrupción de ninguna clase en Cristo. Sin embargo, la
ofrenda nunca debía tener levadura, que simboliza el pecado (1 Co 5.6–8; Mt 16.6; Mc. 8.15),
porque no había pecado en Cristo. Tampoco debía tener miel, que es lo más dulce que la
naturaleza tiene para ofrecer. No había nada de “dulzura humana natural” en Cristo; era el
amor divino en carne. ¡Qué maravillosas son las perfecciones de Cristo! Que el Espíritu de
Dios obre en nosotros de tal modo que podamos ser más semejantes a Él: equilibrados,
estables, fragantes, puros.
III. La ofrenda de paz: Cristo nuestra paz
Este procedimiento era más o menos el mismo que para el holocausto, excepto que el
ofrendante recibía una parte del animal para festejar con él. Lo mejor se le daba primero a
Dios (vv. 3–5), pero el resto debía comerlo el ofrendante de acuerdo a las reglas indicadas en
7.11–21. Esta debía ser una fiesta gozosa, ilustrando que había paz entre el ofrendante y el
Señor, que la barrera del pecado se había quitado. Para la verdad del NT véanse Efesios 2.14,
17 y Colosenses 1.20. Nótese también en Levítico 7.28–34 que los sacerdotes recibían el pecho
y la espaldilla como suyas, recordándonos que el pueblo de Dios debe alimentarse en Cristo si
ha de ser fuerte. Levítico 17.1–9 destaca que cada vez que un israelita mataba un animal, debía
hacerse como una ofrenda de paz. ¿No sería maravilloso si nosotros consideráramos cada una
de nuestras comidas como una ofrenda de paz a Dios y pasáramos nuestro tiempo a la mesa
en comunión con Él y los unos con los otros? Sin Cristo no puede haber paz. Requirió la
sangre de la cruz para que el problema del pecado quedara resuelto de una vez por todas.
IV. La ofrenda por el pecado: Cristo hecho pecado por nosotros
No había ofrenda por el pecado “abiertamente” deliberado (Nm 15.30–31), pero había
provisión para los pecados de ignorancia. Nótese que la sangre tenía que rociarse delante del
velo (v. 6) y aplicarse a los cuernos del altar (v. 7), lo cual muestra la seriedad del pecado. En
los versículos 3–12 tenemos las instrucciones en cuanto a los pecados del sacerdote; en los
versículos 13–21 aparecen las instrucciones por los pecados de toda la congregación; ¡nótese
que se exigía por ambos el mismo sacrificio! ¡Los pecados de un sacerdote (siendo el ungido
de Dios) eran iguales a los de la nación entera! En los versículos 22–26 tenemos las
regulaciones para los gobernantes y en los versículos 27–35 las regulaciones por el pueblo
común. La ofrenda, entonces, dependía del status y responsabilidad de quien quebrantaba la
ley de Dios. Nótese que el sacrificio no se quemaba en el altar de bronce; se llevaba fuera del
campamento y quemaba en un lugar limpio. Esto nos recuerda Hebreos 13.11–13 y del hecho
de que Cristo fue crucificado “fuera del campamento”, rechazado por la nación que vino a
salvar. El paralelo del NT con la ofrenda por el pecado está en 2 Corintios 5.21, donde se nos
dice que Cristo fue hecho pecado por nosotros; véase también 1 Pedro 2.24. Es maravilloso ver
que incluso el ofrendante más pobre podía ofrendar por el pecado, porque en 5.7 se nos dice
que Dios aceptaba tórtolas o palominos. Este fue el humilde sacrificio que trajeron José y
María (Lc 2.24) mostrando la pobreza de la familia de nuestro Señor.
V. La ofrenda por transgresión: Cristo paga la deuda del pecado (5.1–6.7)
La ofrenda por el pecado y la ofrenda por transgresión están muy relacionadas. Es más, son
cuadros de dos aspectos de la muerte de Cristo por los pecadores perdidos. La ofrenda por el
pecado se refiere al pecado como parte de la naturaleza humana, el hecho de que todos son
pecadores, mientras que la ofrenda por transgresión enfatiza los actos individuales de pecado.
Usted notará en las ofrendas por transgresión que los ofensores tenían que hacer restitución
por lo cometido (5.16; 6.4–5). Esta ofrenda, entonces, nos recuerda que el pecado es costoso y
que donde hay verdadero arrepentimiento habrá restitución y pago. En 5.14–19 tenemos el
énfasis en las transgresiones contra Dios, mientras que en 6.1–7 es a las transgresiones contra
otros. En ambos casos se miraba el pecado como una deuda que pagar; y, por supuesto, al
final Cristo consumó y pagó la deuda. Es interesante notar el orden de estos sacrificios según
aparecen en la Biblia. Dios empieza con el holocausto, la completa consagración de su Hijo a
la obra de la redención, porque es aquí donde empieza el plan de la salvación en la eternidad
del pasado. Pero desde el punto de vista humano, el orden es inverso. Primero nos vemos
como habiendo cometido pecados de varias clases y nos damos cuenta de que estamos en
deuda con Dios y con el hombre. Esta es la ofrenda por las transgresiones. Pero conforme
continúa la obra de convicción, nos damos cuenta de que somos pecadores: ¡nuestra misma
naturaleza es pecadora! Esta es la ofrenda por el pecado. Entonces el Espíritu nos revela a
Cristo, el único que hizo la paz mediante la sangre en la cruz y descubrimos la ofrenda de paz.
Al crecer en la gracia, llegamos a comprender las perfecciones de nuestro Señor y que somos
“aceptos en el Amado”; esta es la ofrenda vegetal. El resultado de todo esto debe ser nuestra
completa consagración al Señor: el holocausto. Hoy no necesitamos sacrificios. “Porque con
una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb 10.14). ¡Aleluya, qué
Salvador!