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Teorías de Psicología Evolutiva

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PARTE TERCERA TEMA 56

TEMA 56. PSICOLOGÍA EVOLUTIVA Y PRINCIPALES TEORÍAS SOBRE EL DESARROLLO

EPÍGRAFES

1. PSICOLOGÍA EVOLUTIVA O PSICOLOGÍA DEL DESARROLLO


2. PRINCIPALES TEORÍAS SOBRE EL DESARROLLO EN PSICOLOGÍA EVOLUTIVA
3. APEGO: CONCEPTO, FORMACIÓN Y EVOLUCIÓN
4. DESARROLLO AFECTIVO Y SOCIAL
5. INTERVENCIÓN PREVENTIVA
6. CONCLUSIONES

1. PSICOLOGÍA EVOLUTIVA O PSICOLOGÍA DEL DESARROLLO

La Psicología Evolutiva o Psicología del Desarrollo tiene como objeto el estudio científico de los cambios y la
estabilidad de la persona a lo largo de todo el ciclo vital, desde la fecundación hasta la muerte. Explora cómo y
por qué las personas cambian con la edad y cómo y por qué no cambian y continúan siendo las mismas.
Inicialmente, estudió los cambios evolutivos en el desarrollo infantil y adolescente de la especie humana y es en
la década de 1960, cuando esta disciplina empieza a tener en cuenta otros momentos del desarrollo vital,
ampliando su rango de estudio a etapas posteriores que incluyen los cambios que experimentan las personas
hasta el momento de su muerte. La Psicología del Desarrollo pretende pues, entender los cambios que se dan
en el sujeto a lo largo de su vida y su paso por los diferentes estadios, no sólo en las primeras etapas de la vida,
sino también en la etapa adulta y la vejez.

Los cambios que se observan a lo largo del desarrollo de una persona, pueden definir distintas etapas en las
que es más frecuente encontrar ese tipo de cambios. Entre las múltiples clasificaciones de estas etapas del
desarrollo humano que ofrecen distintos autores (ver Hoffman, Paris y Hall, 1995), podemos distinguir la
siguiente:

- Periodo prenatal: desde la concepción hasta el nacimiento.


- Periodo neonatal: desde el nacimiento a los 2 años.
- Primera infancia: desde los 2 a los 6 años.
- Segunda infancia: desde los 7 a los 12 años.
- Adolescencia: desde los 13 a los 21 años.
- Madurez: desde los 22 hasta los 64 años.
- Vejez: desde los 65 años hasta la muerte.

La Psicología Evolutiva o Psicología del Desarrollo es la rama de la Psicología que centra su investigación en la
evolución y el desarrollo del individuo desde su infancia, o mejor, desde su nacimiento hasta su muerte.

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Su estudio se centra en los procesos de cambio psicológico que ocurren a lo largo de la vida humana; esto es, el
estudio de los aspectos cognitivos, emocionales y sociales que se dan en el desarrollo de las personas.

El concepto de desarrollo es un aspecto fundamental en Psicología Evolutiva, entendiéndose como un proceso


continuo, de estados sucesivos, por los que pasa una persona desde que nace hasta que muere. El desarrollo es
direccional, esto es, avanza hacia una complejidad cada vez mayor. Todos los logros del desarrollo son el
resultado de la interacción de los diversos aspectos. Todo elemento del desarrollo, ya sea físico, cognitivo o
social, depende de todos los demás. Así, debe ser considerado desde una perspectiva multidisciplinar.

En esta tarea, la Psicología Evolutiva ha estado constantemente relacionada con otras ciencias que han tenido
una gran influencia en su formación, como la biología, la antropología, sociología, etc. La biología juega un papel
esencial en la evolución del ser humano, pero esta evolución se realiza en un entorno social que es necesario
considerar para explicarla.

2. PRINCIPALES TEORÍAS SOBRE EL DESARROLLO EN PSICOLOGÍA EVOLUTIVA

Por otro lado, al igual que ocurre con el resto de ramas de la Psicología, dentro de la Psicología Evolutiva se
pueden encontrar varias formas de abordar su estudio. En este sentido, Hoffman y colaboradores (1995)
distinguen las siguientes teorías del desarrollo a lo largo del Siglo XX:

1) Psicoanálisis: que sostiene que el niño pasa por una serie de estados relacionados con la forma en la que
satisface sus necesidades (por ejemplo, la Teoría Psicosexual de Freud, o la Teoría Psicosocial de Erikson).
2) Conductismo: que defiende que el aprendizaje es el proceso por el que se forman conductas nuevas (por
ejemplo, las Teorías tradicionales del aprendizaje de Pavlov, Skinner o Watson; o la Teoría del Aprendizaje
Social de Bandura.
3) Cognitivismo: que estudia desarrollo de los procesos internos del pensamiento, esto es, los mecanismos
que llevan a la elaboración del conocimiento (por ejemplo, la Teoría del Procesamiento de la Información, o
Teorías Constructivistas de Piaget o Wallon).
4) Teoría sociocultural de Vygotsky: que defiende que es el ambiente quien determina el desarrollo.

Así, estas teorías comprenden diferentes perspectivas sobre el desarrollo humano y por tanto, centran su
estudio en diferentes aspectos del mismo.

La obra de Jean Piaget es la más representativa dentro de las teorías del desarrollo humano. Su teoría se
encuadra en la corriente constructivista, al considerar al niño como un sujeto activo y responsable de su propio
desarrollo. Se centra en el estudio de la estructura y desarrollo de los procesos del pensamiento, especialmente
cómo afecta esto a la comprensión de la persona sobre su entorno. Piaget suponía que los niños a cada edad
tienen capacidad para resolver determinadas cuestiones y problemas, estableciendo una secuencia evolutiva en
el proceso cognitivo.

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Para Piaget, el crecimiento cognitivo se lleva a cabo mediante los procesos de organización y adaptación, y esta
segunda se logra mediante la asimilación y la acomodación de nuevas ideas o informaciones a las ya existentes.

Piaget señala cuatro periodos o estadios, cada uno de los cuales se caracteriza por una forma de abordar los
problemas y de enfrentarse al mundo. La referencia a la edad es secundaria, lo fundamental es que se sigue el
orden de sucesión, conservando en cada estadio las adquisiciones anteriores y no pudiendo pasar al siguiente
estadio si no se ha completado el anterior:

1º. Periodo sensoriomotor (0 a 2 años): El recién nacido cuenta solo con los esquemas sensoriomotrices
congénitos, como son los primeros reflejos o instintos. El niño utiliza sus sentidos y capacidades motoras para
conocer los objetos y el mundo, construyendo las categorías espacio-temporales que le permitirán situarse a sí
mismo como un objeto más entre ellos. Poco a poco estos esquemas se van coordinando, modificando y
perfeccionando hasta que el recién nacido logra diferenciarse de los objetos que le rodean. Adquiere las
nociones de espacio, tiempo, causalidad y permanencia (los objetos tienen una identidad propia por sí mismos,
aunque cambien de aspecto, lugar y tiempo).

2º. Periodo preoperacional (2 a 7 años): Con la adquisición del lenguaje, los niños son capaces de utilizar el
pensamiento simbólico (utilizar signos para conocer el mundo). Sin embargo, este es todavía un pensamiento
egocéntrico; el niño entiende el mundo desde su perspectiva. En este periodo, el niño desarrolla gradualmente
la capacidad de conservación de la sustancia, de conservación de la masa, y las de peso y volumen.

En este periodo diferenciamos a su vez dos fases:

- La fase preoperacional (2 a 4 años): El niño mantiene una postura egocéntrica que le incapacita para
adoptar el mismo punto de vista que los demás. La manera de categorizar los objetos se efectúa
globalmente, basándose en una exagerada generalización de los caracteres más sobresalientes.
- La fase instintiva (4 a 7 años): El niño es capaz de pensar las cosas a través del establecimiento de clases y
relaciones, y del uso de números, pero todo ello de forma intuitiva, sin tener conciencia del
procedimiento utilizado.

Piaget señala que el paso del Periodo sensoriomotor a este segundo Periodo peoperacional se produce
fundamentalmente a través de la imitación, que de forma individualizada el niño asume, y que produce la
llamada imagen mental, en la que tiene un importante peso el lenguaje.

3º. Periodo de las operaciones concretas (7 a 11 años, periodo escolar): El niño ya no conoce intuitivamente,
sino racionalmente, y aplicando la lógica. Aparece la función simbólica o semiótica, plasmándose en diferentes
campos como la imitación, el dibujo, el juego o el lenguaje. Aparecen nociones como la conservación, la
seriación y la clasificación; y el niño ya hace uso de algunas comparaciones lógicas, como la reversibilidad. Sin
embargo, no maneja todavía la abstracción; las operaciones concretas están siempre ligadas a la acción, siendo
incapaz de construir un discurso lógico a partir de frases independientes de su acción sobre los objetos.

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4º. Periodo de las operaciones formales (12 años en adelante, adolescencia y etapa adulta): Es la etapa del
pensamiento abstracto. No solo se piensa sobre la realidad, sino sobre cómo se pueden hacer las cosas, ya se
puede hipotetizar. En este periodo los niños comienzan a dominar las relaciones de proporcionalidad y
conservación. Con estas operaciones y con el dominio del lenguaje que poseen, ya son capaces de acceder al
pensamiento abstracto, un pensamiento lógico a partir de hipótesis formuladas verbalmente, liberándose de lo
real y construyendo diferentes mundos posibles. Este pensamiento es el característico de la ciencia y tiene como
rasgo principal su carácter abstracto, formal, liberado de las ataduras de lo concreto.

Por otro lado, la Psicología soviética es uno de los ejemplos más claros de cómo un marco sociocultural muy
concreto incide en el quehacer de la Psicología. El psicólogo ruso Lev Vygotsky es uno de sus grandes
representantes en el área del desarrollo.

Vygotsky, al igual que Piaget, admite que hay una forma de pensamiento anterior e independiente del lenguaje.
Sin embargo, Vygotsky afirma que el desarrollo no es algo interno como hacía Piaget, sino que postula que el
origen de los procesos psicológicos superiores se basa en la sociedad.

Las Teorías socioculturales del desarrollo, de las que Vygotsky es uno de los principales representantes, afirman
que todos los niños van a adquirir las habilidades y los conocimientos propios de su medio cultural. Su
crecimiento está mediatizado por la cultura en la que nace y vive, empapándose de sus creencias y valores. Esta
teoría defiende que tanto nuestro conocimiento como nuestras habilidades se explican en base al apoyo y la
orientación que facilite el contexto cultural.

Los niños al interactuar con las personas adultas de su entorno están aprendiendo constantemente, y a la vez
este aprendizaje se hace de manera informal, implícita. Los adultos van a aportar a los niños habilidades
prácticas, sociales y de tipo intelectual y cognitivo. Les aportan instrucciones y apoyo, rigiéndose siempre por los
valores de la cultura a la que pertenecen.

La interacción social es el contexto idóneo para adquirir los conocimientos propios de una cultura. El
instrumento más importante es el lenguaje. El niño lo adquirirá mediante esa interacción social. El desarrollo del
sujeto va, pues, ligado al desarrollo de la sociedad. Se remarca el factor social.

En su Teoría socio-histórica de Vygotsky, pone el énfasis en la actividad y la interacción social como mediadores
del desarrollo, y comprende el desarrollo cognitivo como un proceso de adquisición de la cultura. Según el
propio Vygotsky, “el desarrollo humano no puede ser comprendido sin considerar la forma en que los cambios
históricos y sociales afectan al comportamiento”.

Veamos las etapas o estadios de desarrollo que considera este autor:

1º. Impulsividad motriz (0-2 meses): El niño responde de manera refleja a los estímulos interoceptivos y
exteroceptivos. Es una etapa en la que pasa de momentos de quietud a momentos de nerviosismo según tenga
o no sus necesidades cubiertas. Predomina la función de construcción del objeto.

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2º. Emocional (2-12 meses): Es una etapa en la que la figura de la madre se convierte en un agente que aporta
estados de bienestar. Construcción del sujeto.

3º. Sensoriomotor (1-3 años): El niño va a manipular y experimentar con los objetos que se encuentra. Va a ser
una etapa donde el espacio que rodea al niño se transforma totalmente (ya camina). En esta etapa comienza la
actividad simbólica, empieza a hablar. Construcción del objeto.

4º. Personalismo (3-6 años): Se va a formar una imagen de sí mismo. Esta etapa está caracterizada por el
negativismo, el niño se opone a los adultos. El niño nos muestra sus habilidades imitándonos y representando
diferentes papeles sociales. Construcción del sujeto.

5º. Categorial (6-11 años): El pensamiento del niño es más organizado, va integrando la información que le llega
del exterior. Va a tener un conocimiento de la realidad más significativo y con mayor sentido. Construcción del
objeto.

6º. Pubertad y adolescencia (12 años en adelante): El niño va a construir su propio yo independiente, va a
surgir una nueva fase de oposición, sobretodo con los padres. Construcción del sujeto.

En esta teoría, Vygotsky realiza aportaciones tan importantes a la Psicología del Desarrollo como el de Zona de
Desarrollo Próximo, con el que se refiere al espacio entre las habilidades que el niño ya posee y lo que puede
llegar a aprender a través de la guía o apoyo que le puede proporcionar un adulto o un igual más competente.
Es la distancia entre el nivel de desarrollo real y el nivel de desarrollo potencial.

La idea de que un adulto significativo o un compañero de clase o amigo, medie entre la tarea y el niño, se llama
andamiaje. Este concepto ha sido bastante estudiado por Jerome Bruner, que lo define como una situación de
interacción entre la persona de mayor experiencia y otra con menor experiencia, en la que el objetivo es
transformar al novato en experto, resolviendo la actividad de forma colaborativa

3. APEGO: CONCEPTO, FORMACIÓN Y EVOLUCIÓN

En el ámbito del desarrollo desde los trabajos pioneros de John Bowlby, entre los años 70 y 80, se ha escrito
mucho sobre el papel esencial de la figura de los padres en el desarrollo socio-afectivo del individuo y, muy
especialmente, en la formación de los primeros vínculos de apego.

El apego es el vínculo afectivo más importante a lo largo del ciclo vital. De las tres grandes necesidades
emocionales o interpersonales (seguridad emocional, red de relaciones y contacto íntimo), el apego responde a
la primera y más importante de las tres: seguridad emocional.

En su Teoría del Apego, Bowlby lo considera como el conjunto de conductas propias de cada especie, guiadas
por una motivación interna, que se van coordinando progresivamente, evolucionando desde formas
inicialmente simples a conjuntos de conductas cada vez más complejos, para conseguir una meta adaptativa: la
de mejorar la capacidad reproductiva y de supervivencia.
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El APEGO o attachement, es el lazo que establecen los bebés humanos con sus cuidadores. Todo niño dispone
de al menos una figura de apego (mejor si son varias), es una condición necesaria para la estabilidad emocional
(sentimiento de seguridad) y el desarrollo social (adaptación social). Si esta necesidad no es satisfecha, la
persona sufrirá de aislamiento social o diferentes carencias afectivas.

El apego se caracteriza por:

1) Búsqueda de proximidad: se quiere tener a las figuras de apego cerca. Esto sucede a lo largo de todo el
ciclo vital, con distintas formas de mantener la proximidad. En niños, con la cercanía sensorial o física; y
en adultos, con citas o llamadas, mensajes, etc.
2) Contacto privilegiado: porque se comparte un espacio intimo, donde hay confianza para mostrar las
vulnerabilidades.
3) Cargado de emociones: si la figura de apego está cerca, hay emociones positivas, si está lejos o hay
conflicto con ella, aparecen emociones negativas.

Según Bowlby, en el vínculo de apego pueden señalarse tres componentes:

- Componente conductual: Es la manifestación observable del vínculo. Son todas aquellas conductas que
buscan el logro o el mantenimiento de la proximidad, el contacto o la comunicación con las figuras de
apego (llamadas mediante lloros, sonrisas, contactos físicos, vigilancia y seguimiento visual y auditivo de
las figuras de apego, etc.).
Las situaciones que el niño perciba como amenazantes (enfermedades, caídas, discusiones con otros
niños, etc.) activan las conductas de apego. Entre los factores que determinan las conductas de apego
están: la historia anterior, el estado endógeno, la situación, la persona con quien se interactúa, las
diferencias individuales y el nivel de desarrollo del niño.
- Componente cognitivo: Son las representaciones mentales que el niño se hace de las figuras de apego y
que dan al menor la oportunidad de creerse que esas figuras le son incondicionales. Los contenidos más
importantes de este modelo mental son los recuerdos de la relación, el concepto se tiene de la figura de
apego y de sí mismo y las expectativas sobre la propia relación. Al principio es muy limitado y se va
enriqueciendo, es construido por el propio sujeto en base a experiencias anteriores, a través de hechos
objetivos (situaciones y ocurrencias reales), y subjetivos (interpretación del niño respecto a la situación).
La calidad del apego depende del modelo mental del niño, y afectará tanto a las conductas de apego
como al componente afectivo/emocional.
- Componente afectivo o emocional: Una adecuada relación con las figuras de apego promueve
sentimientos de seguridad, confianza y bienestar, asociados a su proximidad y contacto; y su pérdida, real
o imaginaria, así como una representación mental negativa, generará sentimientos de inseguridad, miedo,
incertidumbre, etc.

Por otro lado, el vínculo de apego, cumple principalmente dos funciones básicas:

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1) Procurar la supervivencia: el niño aprende a relacionarse como “impronta” que garantice recibir unos
cuidados por parte de sus progenitores.
2) Proporcionar seguridad emocional: sentirse seguro, que alguien te protege.

Además, este vínculo tiene otras funciones complementarias, como:

3) Ofrecer y regular la cantidad y calidad de estimulación que necesita el niño para su desarrollo.
4) Posibilita la exploración y, por tanto, el aprendizaje.
5) Fomenta la salud física y mental.
6) Favorece el desarrollo social.
7) Proporciona placer.

Por su parte, Mary Ainsworth (1969) fue la primera investigadora que estudió y describió las diferencias
individuales en el estilo afectivo y la calidad de la interacción madre-hijo, y desarrolló el sistema tradicional de
clasificación del apego. En esta clasificación tradicional, Ainsworth estableció tres tipos de apego en niños: el
seguro, el evitativo y el resistente o ambivalente.

1) Apego seguro: Es considerado como la situación de mayor normalidad. Se ha establecido una relación de
confianza con las figuras de apego, les siente como incondicionales. Suelen mantener conductas
exploratorias con normalidad en presencia de la figura de apego, aunque disminuye en su ausencia; y
establecen relaciones fácilmente con extraños.
Ante la ausencia de la figura de apego suelen afligirse debido a la separación, presentando conductas de
búsqueda. Normalmente, reciben bien a su figura de apego cuando regresa, buscando activamente
proximidad y contacto, y consolándose en ella. Estos niños suelen presentar poca o ninguna tendencia a la
evitación de la figura de apego, y a mostrar resistencia al contacto o interacción con ella en los episodios
de reunión.
2) Apego ansioso evitativo (huidizo): Inseguridad encubierta. Suelen mostrar poco o ningún interés por la
figura de apego, evitando o ignorando sus intentos por lograr contacto o interacción. No la echan de
menos si se quedan solos con el extraño, y en la reunión, presentan poca o ninguna tendencia a buscar
proximidad, interacción o contacto con la figura de apego, mostrando una notable evitación.
Su conducta exploratoria permanece siempre alta, incluso en ausencia de la figura de apego, y en caso de
aflicción, es por el hecho de haber sido dejados solos, y no por ausencia de la madre.
Además, pueden ser fácilmente consolados por la persona extraña, con quien tienden a interaccionar más
que con la figura de apego. Pueden incluso buscar activamente la proximidad e interacción con la figura
extraña.
3) Apego ansioso resistente o ambivalente: Inseguridad manifiesta, a penas se atreven a despegarse de su
figura de apego (miedo al abandono). Estos niños se afligen extraordinariamente cuando la figura de
apego se va, y en los episodios de reunión, buscan consuelo en ella, pero al mismo tiempo, se resisten a
ser consolados, siendo muy difícil lograrlo. Esta conducta es de clara ambivalencia hacia la figura de
apego.
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Además, su conducta exploratoria es muy baja en cualquier circunstancia, y no se recupera después de la


primera separación. Estos niños muestran una exploración limitada, incluso en ausencia de situación
atemorizante.
Respecto al extraño, lo rechazan abiertamente, mostrando gran recelo hacia él, y no dejándose consolar.

Sin embargo, Main y Solomon (1986-1990), observaron que había niños que no atendían a ninguna de las
tipologías anteriores. Por ello, recopilaron información de niños de muy diferentes muestras, que no eran
clasificables según los criterios tradicionales de Ainsworth, y desarrollaron los criterios de una nueva categoría
de apego inseguro, el patrón de apego desorganizado-desorientado.

4) Apego desorganizado: Los niños con este tipo de apego suelen presentar conductas desorganizadas y
confusión cuando se produce la separación de la figura de apego, no presentan estrategia que licite
conforte ante el estrés y su apego es ambivalente y evitativo. Las madres han sido con frecuencia víctimas
de un trauma no resuelto, siendo ansiosas y temerosas. Proyectan sus miedos y circunstancias actuales y
no son capaces de reconocer las demandas de sus hijos, dando respuestas inconsistentes.

Pero además de estas clasificaciones del vínculo de apego en niños, Bartholomew (1996), estableció la
clasificación de los tipos de apego en la etapa adulta. Así, constituyó cuatro categorías: apego seguro, apego
preocupado, apego huidizo alejado, y apego huidizo temeroso.

Y ¿cómo se forma el apego? Ya que al nacer no estamos vinculados emocionalmente a nadie, aunque sí
predispuestos a ello.

Deben darse ciertas condiciones, que son necesarias para el desarrollo del primer apego. Estas son:

a) Que el bebé tenga conductas de apego innatas, que posibiliten la interacción (sonrisa, llanto, mirada…).
b) Capacidades cognitivas, presentes nada más nacer, y adquiridas en los primeros meses.
c) Que las conductas de apego atraigan la atención del cuidador, estableciéndose interacciones privilegiadas,
que con el tiempo dan lugar a la formación de un vínculo.

Las interacciones que favorecen el vínculo de apego son:

1) Rítmicas: los adultos atienden a los ritmos biológicos del niño (atención/desatención, pasividad/actividad).
2) Asimétricas: el adulto se adapta a los ritmos biológicos del niño, siendo el que controla y gestiona la
interacción con el niño, tiene intencionalidad.
3) Especiales: la mirada, el contacto, la comunicación, etc., no están ya establecidos, sino que van surgiendo
con las interacciones.
4) Continuo cambio: el niño va evolucionando, de acuerdo a las etapas del desarrollo, por lo que el adulto
debe ser flexible, e irse adaptando.
5) Lúdicas: no hay una intención final, sino que están más orientadas hacia el bienestar y un desarrollo más
sano de las personas.

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El adulto tiene que ser sensible a las demandas y necesidades del niño, saber interpretarlas correctamente y
seleccionar la respuesta más adecuada a cada una de las demandas. Cuando el niño emite conductas de reclamo
de apego y el cuidador responde y las atiende, el menor acaba desarrollando la experiencia de que puede
confiar en los demás cuando los necesita. Así, se va desarrollando su vínculo.

Los niños son capaces de establecer vínculos de apego con distintas figuras, siempre que éstas se muestren
sensibles y cariñosas con él. Incluso después de varios años es posible vincularse con nuevas personas. La
existencia de varias figuras de apego puede resultar muy conveniente para el niño, facilitando la elaboración de
los celos, el aprendizaje por imitación, la estimulación rica y variada. Incluso es una garantía para los casos de
pérdida de la figura de apego por muerte o situación de maltrato.

Respecto a la evolución del vínculo de apego, aunque no es posible establecer una secuencia definitiva en el
establecimiento del apego, pueden señalarse algunas fases que se suceden en el tiempo:

a) Hasta el tercer mes, el niño manifiesta preferencia por los miembros de la propia especia sin llegar a
establecer diferencias entre quienes interactúan con él.
b) Hacia los cinco meses, aproximadamente, los niños discriminan con claridad los adultos que les son
próximos, pero no rechazan a los desconocidos.
c) Entre los 6 y 12 meses, los bebés manifiestan una clara intencionalidad. Prefieren la relación con las
figuras de apego, van a procurar mantener su proximidad y se producen relaciones negativas ante
separaciones breves. En torno al 8º y 10º mes, aparece “el sistema de miedo o desconfianza”, que se
caracteriza por una reacción de miedo o desconfianza ante desconocidos: lloros, ocultamiento, huida,
rechazo de sus atenciones, etc.
d) A partir del primer año, una vez establecidos los vínculos de apego, el niño va logrando una mayor
independencia gracias a sus nuevas capacidades de locomoción, verbales e intelectuales. Este proceso es
siempre conflictivo porque exige readaptaciones continuas, y va acompañado desde deseos ambivalentes
de avanzar y retroceder. La naturaleza de estos cambios depende de numerosos factores como: sexo del
niño, edad de los padres, relaciones entre los padres, clase social, número de hijos, etc.
A partir del primer año o año y medio, el miedo a los desconocidos se manifiesta en conductas menos
claras, como cierta reserva, cautela y aproximación progresiva.
Las situaciones de conflicto se hacen especialmente evidentes entre los dos y tres años porque
normalmente tienen lugar cambios importantes, como:
- El nacimiento de un nuevo hermano: Las conductas hacia el nuevo hermano son, con frecuencia,
ambivalentes (aceptación-rechazo, caricias-agresiones), reflejando los celos, por un lado, y la
vinculación afectiva con el hermano, por otro. Poco a poco se va creando un subsistema entre los
hermanos, distinto del subsistema madre-padre, que casi siempre se basa en el establecimiento de
relaciones de apego entre los hermanos.
- El aumento de las exigencias o la disciplina por parte de padres y cuidadores , al considerar al niño
como sujeto que puede aprender y cumplir cada vez más normas sociales. el control y aumento de

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exigencias crea conflictos al niño que no sabe, no entiende y a veces no puede cumplir estas normas.
El control de esfínteres, el aprendizaje de los hábitos de la comida, los nuevos horarios y actividades
preescolares, están entre las múltiples exigencias a las que se debe adaptar.
A partir de este periodo, los iguales empezarán a tener cada vez más importancia desde el punto de vista
cognitivo, social y afectivo. La formación de amistades enriquecerá su vida afectiva y su sistema de
relaciones sociales.
e) A partir de la edad escolar, se suelen mantener como figuras de apego a los padres y, con carácter
secundario a los hermanos y otros familiares. Se producen cambios lentos pero continuos: nuevas
capacidades mentales y la propia experiencia del retorno de las figuras de apego le permiten al niño
aceptar mejor las situaciones breves; el contacto físico no es tan estrecho y continuo; la conducta
exploratoria no necesita tanto de la presencia física de las figuras de apego. Pero en los momentos de
aflicción se activan las conductas de apego, reaccionando de forma similar a como lo hacía en los primeros
años de vida.
f) Durante la adolescencia, se considera la figura de apego como aquella en la que se puede confiar
incondicionalmente, cuya pérdida sería difícil de encajar; pero, a la vez, aparecen conductas ambivalentes,
por lo que pueden surgir conflictos. Se empieza a ser más crítico con la familia, se es consciente de que
tiene que haber reciprocidad en la relación, aparece la tendencia a distanciarse más durante periodos de
tiempo cada vez más largos de las figuras de apego. Se pueden establecer nuevos vínculos de apego con
amigos, nuevas parejas, etc. También, puede romperse, por primera vez, por iniciativa propia, con las
figuras de apego; distanciándose de ellas, huyendo o perdiendo su vinculación afectiva. Separaciones muy
prolongadas, falta de accesibilidad, distancia emocional, conflictos entre los padres u otras causas,
pueden llevarnos a esta situación.
g) El apego en adultos, ha sido estudiado más recientemente. Existe una gran variabilidad de estados y
situaciones en que viven los adultos, las conductas de apego e incluso el modelo mental están muy
mediatizados por formalismos y “obligaciones” sociales, de forma que en muchos casos lo que define la
conducta es el rol ocupado en cada situación (madre/padre, hijo/a, esposo/a…), más que un vínculo
afectivo. En la edad adulta se es completamente autónomo de las figuras de apego de la infancia, aunque
a pesar de ser independientes de ellos todavía se mantienen los vínculos. Muchas personas terminan
formando relaciones de apego muy fuertes con la pareja, incluso más que las de la infancia.
h) Por último, en la vejez, se viven numerosas experiencias de pérdida de personas con las que se mantienen
diferentes vínculos de apego (hermanos, pareja, amigos), y se debe afrontar la propia muerte. Estas
experiencias son dolorosas, por lo que es importante mantener alguna figura de apego que proporcione
estabilidad emocional. La situación ideal sería que estas figuras de apego sean los hijos, asumiendo los
cuidados y necesidades de sus padres, y acompañando en esta etapa para prevenir la soledad de los
mayores.

4. DESARROLLO AFECTIVO Y SOCIAL

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Y este primer establecimiento de vínculos de apego seguros con las figuras del entorno próximo, es lo que
prepara a las personas para una adecuada interacción en sociedad en etapas posteriores de su desarrollo.

La socialización es un proceso por el que la persona aprende e interioriza los elementos socioculturales de su
medio, y los integra en las estructuras de su personalidad. Esto le permite adaptarse al entorno social en el que
vive.

Se trata de un proceso bidireccional, pues el grupo influye en la personalidad del individuo y este recibe
activamente esa influencia y la integra según su personalidad.

Con la socialización aprendemos a vivir dentro de un grupo, a ser miembros competentes de la sociedad en la
que hemos nacido. Cuando esto ocurre, tenemos una sociedad con una vida socio-afectiva saludable, que se
relaciona de forma altruista, desde la asertividad y la empatía, lo que radica en un mayor bienestar comunitario.

Pero, en algunos casos, durante las primeras etapas del desarrollo pueden darse múltiples situaciones familiares
que impidan o dificulten la correcta vinculación del menor con sus figuras de apego, generando vínculos
inseguros o desorganizados. Esto puede dar lugar a personas con problemas de relación con el entorno.

Las investigaciones realizadas sobre la separación y pérdida de las figuras de apego han puesto de manifiesto la
importancia de los vínculos de apego en el desarrollo infantil.

En función de la duración de la separación se puede hablar de fases:

1) Fase de protesta, que comienza normalmente cuando los niños toman conciencia de que se quedan solos
y se acaba a las pocas horas, aunque puede durar toda una semana. Durante ella, el niño intenta
recuperar a las figuras de apego, llevando a cabo numerosas conductas de búsqueda y llamada: lloros
fuertes, intentos de huida, etc. Puede haber también rechazo hacia los cuidados y atenciones que le
ofrecen los nuevos cuidadores, etc. Si durante esta fase se produce un reencuentro con la figura de apego,
los niños suelen manifestar conductas de apego, rechazar más fuertemente a los extraños y mostrarse
más ansiosos ante posibles nuevas separaciones.
2) Fase de ambivalencia, si el niño permanece separado de las figuras de apego durante un tiempo más
largo (8 días- un mes), suele pasar a una segunda fase caracterizada por la pérdida de vigor de su protesta
y por un comportamiento de ambivalencia ante los nuevos cuidadores. Los signos de ansiedad son
evidentes aún: sollozos, expresión de angustia, etc. El niño parece haber perdido la esperanza de
reencontrar a las figuras de apego, pero sigue deprimido por su ausencia. Empieza a aceptar las ayudas
que se le ofrecen, aunque esta aceptación es ambivalente porque va acompañada de rechazos
esporádicos difíciles de prever. Cuando durante este periodo reencuentra la figura de apego, parece
recibirla sin interés o incluso con franca hostilidad. Esta reacción de desapego tardará en vencerse tanto
más cuanto más haya durado la separación y cuanto más injustificada la perciba el niño.

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3) Fase de adaptación. Si la separación se prolonga, el niño acaba adaptándose a la nueva situación,


superando su ansiedad y restableciendo nuevos vínculos afectivos, cuando quienes le cuidan le ofrecen un
repertorio de conductas adecuado.

Ante la separación definitiva o desaparición de la figura de apego, pueden aparecer una variedad de síntomas,
como déficits en las relaciones sociales, conductas agresivas hacia otros o ser víctima de ellas, baja tolerancia a
la frustración, escaso autocontrol, dificultades en la resolución de problemas, miedos excesivos, trastornos de
ansiedad generalizada y/o síntomas depresivos, rabietas frecuentes, dificultades en la regulación de las
emociones, problemas con la conducta alimentaria o retraso general del desarrollo, especialmente en el área
del lenguaje.

En estos casos es recomendable la valoración específica de la relación vincular, teniendo en cuenta el nivel de
desarrollo del niño, la función de cada padre respecto al hijo, la historia familiar, etc.

Aunque no existe una clasificación específica de los trastornos del vínculo de apego, el DSM 5 recoge estas
alteraciones dentro de la categorías de Trastornos de Ansiedad y de los Trastornos relacionados con traumas y
factores de estrés. Estos diagnósticos son el Trastorno de Ansiedad por Separación, y el Trastorno de Apego
Reactivo, respectivamente.

Ante estos diagnósticos, debemos procurar que los niños desarrollen vínculos afectivos seguros, darles
autoconfianza y trabajar la sintomatología ansiosa. El tratamiento se puede abordar desde las técnicas de
modificación de conducta, como la relajación o desensibilización sistemática; pudiendo ser dirigidas, tanto a la
relación padres-niño, como centrándose en la intervención individual con el menor.

Actualmente, sabemos que un pobre desarrollo socio-afectivo en la infancia puede provocar diferentes
alteraciones, como:

-Trastorno Negativista Desafiante y Trastorno de Conducta (dentro de la categoría de los Trastornos Disruptivos
y del control de los impulsos y de la conducta).
-Trastorno de Ansiedad por Separación (dentro de la categoría de Trastornos de Ansiedad)
-Trastorno de Apego Reactivo (dentro de la categoría de Trastornos relacionados con Traumas y factores de
Estrés).

Para intervenir con cada tipo de trastornos, debemos centrarnos en la historia y sintomatología del menor en
cada caso. Las pautas generales a seguir en el tratamiento de los trastornos relacionados o vinculados al
desarrollo socio-afectivo son, la intervención desde un equipo multidisciplinar, la individualización del
tratamiento, creando ambientes predecibles y estructurados, la proposición de metas a corto y largo plazo, etc.

5. INTERVENCIÓN PREVENTIVA

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El objetivo de la intervención preventiva es tanto las acciones de información y sensibilización comunitaria sobre
los derechos de los menores y sus necesidades en cada momento del desarrollo; y el diagnóstico e intervención
precoz, para intervenir de forma inmediata cuando cualquier agente social detecte un desarrollo evolutivo o
social no acorde a lo esperado.

Pueden ser comunes los casos de negligencias respecto a las necesidades emocionales del menor, lo que
establece una pobre vinculación del mismo con sus figuras de apego, y en ocasiones el desarrollo de conductas
antisociales, o trastornos como los mencionados. Por ello es importante la acción preventiva en los casos que
comiencen a presentar ciertos síntomas.

La intervención con los padres es el punto fundamental, a través de Planes de Intervención Familiar, y el
establecimiento de acuerdos, como la asistencia a Talleres de Parentalidad Positiva u otras iniciativas de
formación de padres.

En el caso de los menores, cuando puedan existir síntomas indicadores de Trastorno negativista desafiante, o los
Trastornos de Conducta, es fundamental abordar desde el primer momento las desobediencias, establecer
normas, límites y ser modelos positivos educando en estilos parentales democráticos. En el trabajo con menores
es común el uso de técnicas de modificación de conducta, como el reforzamiento, la extinción, la economía de
fichas, o la sobrecorrección, entre muchas otras.

Respecto al Trastorno de Ansiedad por Separación, resulta positivo que los niños cuenten con varias figuras de
apego, y que sus necesidades afectivas estén siempre cubiertas. Es bueno fomentar la autonomía del niño para
que vaya relacionándose con diferentes personas y desarrolle habilidades sociales, formando su propia red
social. También es importante, ante momentos de separación de sus principales figuras de apego, explicar de
forma clara dónde se va y cuándo volverá; esto aporta al niño seguridad y control. En estos casos, por un lado
trabajaremos la creación de vínculos afectivos seguros, aportando autoconfianza, y por otro lado, trataremos la
sintomatología ansiosa desde técnicas como la relajación o la desensibilización sistemática.

6. CONCLUSIONES

En definitiva, la Psicología del Desarrollo ha aportado numerosos modelos y teorías que establecen los criterios
de un desarrollo psicológico considerado normal. Es importante ir desarrollando las capacidades que nos
permitan llegar a ser adultos funcionales. Pero, no debemos dejar de lado la importancia e influencia de las
figuras de apego en todo ese proceso de desarrollo más cognitivo.

Tal como decía Bowlby, un adecuado desarrollo socio-afectivo durante los primeros años de vida, es
fundamental para la posterior interacción del individuo en sociedad de forma adecuada, formando sus propios
vínculos y redes de apoyo de una manera saludable y segura.

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