0% encontró este documento útil (0 votos)
78 vistas6 páginas

Miguel Pardo Bachiller. Trabajo Final Cine

trabajo sobre el pop en harmony korine

Cargado por

Miguel PPar Do
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
78 vistas6 páginas

Miguel Pardo Bachiller. Trabajo Final Cine

trabajo sobre el pop en harmony korine

Cargado por

Miguel PPar Do
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La Era del Color y la Saturación en Harmony Korine: Una

Crítica desde el Cine

Miguel Pardo

Cine Contemporáneo: Trabajo Final


Para esta última ocasión, el objetivo es tratar dos películas del director
estadounidense Harmony Korine. Todavía objeto de polémica, su primera época como
cineasta se caracterizó por unas obras de perfil bajo o bajísimo, con un contenido
decadente y obsceno, que le acabó aportando un aura de “enfant terrible” del cine
independiente a su autor. La realidad es que películas como Trash Humpers (2009),
Gummo (1997) o Julien Donkey-Boy (1999) llevaron al espectador a cotas de
incomodidad insospechadas. Su forma y su contenido resultaban procaces hasta un punto
desagradable y era fácil preguntarse si en algún sentido había algo artístico propiamente
dicho en estos largometrajes. La forma más sencilla -y la más lógica, no nos engañemos-
de pensar en ellos era como una crítica al capitalismo y a la sociedad norteamericana: un
contraste total de la estetización de la vida y la idealización de las pretensiones de Estados
Unidos.

Tras varios de estos intentos, alguna variación (Mister Lonely, 2007) y algún que
otro acercamiento a lograr sus objetivos, parece que Korine, en los 10, decidió cambiar
radicalmente de estrategia. En esta década, apenas lanzó dos largometrajes, Spring
Breakers de 2012 y The Beach Bum del 2019. Fue la primera de estas dos películas, la
que resultó especialmente un escándalo: Korine pasaba de la grabación con vídeo casero
y una representación decadente del mundo a una estética recargada de videoclip, colores
saturados, cámaras lentas, actores y actrices de primera línea (que no de primera
calidad)… Y además a un escenario menos urbano, siempre playero, californiano o de
Florida. Analizaremos, por necesidad, principalmente Spring Breakers y sólo de forma
accesoria The Beach Bum. Creemos que se entenderá por qué conforme lleguemos hacia
la conclusión.

El estreno de Spring Breakers incluyó como elenco principal a Selena Gómez,


Vanessa Hudgens, Ashley Benson, Rachel Korine y James Franco. En primer término,
resulta evidente que el casting es algo importante, pero en este caso, parecía que la propia
película comenzaba a contarse desde la elección de los actores y actrices principales. Que
un director de cine de autor habituado a incomodar al espectador medio escoja a dos
chicas Disney y dos mujeres jóvenes y guapas junto a uno de los actores de moda de
Hollywood (Franco) en aquel -breve- momento es una declaración de intenciones de
ingente tamaño. El largometraje, comienza con la ansiedad de las cuatro protagonistas
por irse a pasar el “Spring Break”, con unos colores alucinantes y una música de
sintetizadores evocadores, nostálgicos… Contrapuesta con las imágenes de la fiesta en la
playa: adolescentes bebiendo, mujeres desnudándose, una enorme sexualización… Desde
este momento, la primera capa o estratificación irónica de Sping Breakers está ya
formada. Las adolescentes desean fervientemente ir para “descubrirse a sí mismas” y
conocer “algo distinto”, porque lo que hay en el campus es “siempre igual”. Este recurso
resulta bastante dialéctico, porque las imágenes del desbarre juvenil, expresan con
enorme crudeza y hasta de forma anodina un espacio que en absoluto parece de
autodescubrimiento o la liberación.

Lo que no resulta sorprendente ni contradictorio es que la gran mayoría de estas


opiniones las exprese el personaje de Selena Gómez, Faith, que es católica y que todavía
idealiza o cree en alguna forma de liberación de su represión; en el encuentro con un otro
que no le produzca la frustración y el hastío de su vida cotidiana. Sus tres amigas, en
cambio, no idealizan esta escapada en un sentido espiritual. De hecho, atracan una
cafetería para llevarla a cabo; un acto egoísta y a todas luces excesivo (sin necesidad de
ser un moralista) para obtener un capricho. Aquí se percibe por primera vez una certeza
viendo esta película: el cine de Korine ha dado un salto en el sentido plástico, formal o
estético: pero sigue representando algunos recónditos espacios de lo miserable y
degenerada que puede llegar a ser la conducta humana. Sus personajes ya no comen en el
váter tarta de cumpleaños como en Trash Humpers: ahora roban dinero para obtener sus
caprichos innecesarios (esto sucede también en The Beach Bum, dónde Zac Efron le
rompe una botella en la nuca a un anciano para poder robarle y emborracharse con
Matthew McConaughey). ¿Cuál es la diferencia además de la cualitativa/formal? Quién
interpreta a los personajes, y esto es esencial. De hecho, tanto Spring Breakers como
sobre todo The Beach Bum permiten lecturas muy poco irónicas de su contenido narrativo.
El espectador se identifica mal que bien con alguno de los personajes y se toma en serio
la narración.

Pero si hay algo en lo que Korine sí que es un gran director (o uno terrible que ha
hecho de su defecto una virtud) es en impedir la identificación. En su primera época esta
disociación era sencilla porque nadie quería verse especialmente reflejado en sus
personajes, salvo tal vez ciertos adolescentes de gustos alternativos en Gummo. En su
nueva época, destruir la identificación al mismo tiempo que el propio carácter magnético
y carismático de los personajes la produce, es algo mucho más complicado. Sus dos
películas de la década pasada utilizan estrategias formales, principalmente el exceso de
impostura, para evitar tal encuentro entre espectador y personajes. Las cámaras
ligeramente lentas, con tonos deslumbrantes y voces en off de Spring Breakers, o el
cargante estado dionisíaco permanente del protagonista de The Beach Bum pueden
resultarnos hilarantes e incluso deseables en primer término, pero a poco que avanza el
metraje se vuelen recursos latosos, de los que el director abusa a conciencia para generar
una sensación de irrealidad: de no-identidad con el mundo.

Los protagonistas masculinos de ambas películas, tienen desde un punto de vista


moderno, una vida bastante deseable. El de James Franco, Alien es un poderoso traficante
y rapero millonario, que vive al margen de la ley junto a la playa. El de McConaughey es
un poeta retirado que vive entre drogas y mujeres, también en la playa y sin ningún tipo
de responsabilidad. En la película de este segundo, hay también un momento clave a este
respecto: cuando Moondog recita a Baudelaire y va con unos mendigos a destruir su
propia casa. El personaje de McConaughey es, literalmente, el poeta de la vida moderna
que tanto adulaba el escritor francés, que en su poema Embriagaos, de Las Flores del
Mal, nos instigaba diciendo que “hay que estar siempre borrachos”. Pero si su personaje
es irritante simplemente por cumplir este credo con total rectitud, el de Alien tiene una
forma algo más compleja y desconcertante: casi visionaria. Que el enemigo del personaje
de Franco sea interpretado por Gucci Mane, rapero que pasó por la cárcel, periodo en el
cual no dejó de aumentar su popularidad, resulta también esclarecedor. Aquí tocamos uno
de los centros temáticos de Spring Breakers y de este período de Korine: el cómo la
cultura de masas deifica y convierte en héroes a personajes marginales, excluidos. Si a
comienzos del siglo XX esta explotación se dirigía hacia caracteres como los de los poetas
decimonónicos (los poetas malditos, los artistas transgresores) conforme avanzamos
hacia nuestro presente hay algo que subsiste de esa estrategia, pero ya no es la
transgresión como forma de modernidad; de hacer a la sociedad avanzar y de ponerse a
la altura del capital. Ahora lo que queda es el quebrantamiento de las normas sociales
como un simulacro de liberación, de encuentro con los deseos de uno mismo.

Esto creemos que se comentó en uno de los ensayos anteriores la principal forma
de la cultura de nuestro tiempo es, paradójicamente, la contracultura. El auge de la música
urbana y el trap en la década pasada hizo visible este fenómeno: las principales estrellas
del pop, los estereotipos de conducta y estética de nuestro tiempo, son delincuentes a los
que se idealiza por su autenticidad, que les lleva a actuar contra la ley y contra otras
personas en pos de sí mismos. Así, cuando en Spring Breakers las cuatro chicas son
detenidas, podemos escuchar a Gómez decir “sólo nos estamos divirtiendo, no hemos
hecho nada malo”: la ingenuidad de nuestro tiempo es pensar que actuar egoístamente no
va, en cierta medida, contra lo social. Que a un individuo no se le pueden pedir
explicaciones si actuaba para su propio beneficio, por su bien individual. Y esta es
también una de las grandes falacias del capitalismo norteamericano, perfectamente
representada en la película; la de que todos podemos enriquecernos y disfrutar
exponencialmente sin que ello entre en conflicto con pretensiones y necesidades ajenas.
O la de que esferas como el placer y la ética están separadas. Por eso mismo, Faith es la
primera en bajarse del barco. Cae en la cuenta, como un personaje asustado en el “blue
bus” de los Doors o en el río de Apocalypse Now, de que quiere ser “libre pero no tanto”.
De que la realidad tiene más peso que la satisfacción de los instintos, que pueden ponerla
en peligro. Igualmente, tras entrar en el sueño del “spring break forever”, es Cotty (el
personaje de la esposa de Korine) quien despierta de forma abrupta, ante la constatación
material de que aquello no es más que una abstracción; la idea de cumplir todos los sueños
y ser libre bajo una forma individualizada. ¿Cuál es esa constatación material? Recibir un
balazo en el brazo: descubrir que no es intocable, que sigue perteneciendo al mundo
material y tiene un cuerpo.

De este modo, Spring Breakers parece funcionar más como la metáfora de algo
que como un relato realista, fidedigno o concluyente de esa misma cosa. El argumento,
ya de por sí bastante deficiente, toma en la segunda mitad de la película un cariz onírico,
fragmentario e inconcluyente, como de quien vive una narración fuera del tiempo,
incongruente: un sueño. Si las adolescentes se convierten de repentinamente en
delincuentes pertenecientes a bandas sin ningún tipo de impasse psicológico, si van a
clubs de streaptease o torturan y roban a gente sin compasión alguna… Nada de esto nos
sorprende porque la película hace mucho tiempo que está, gracias a su estructura formal,
fuera de cualquier credibilidad narrativa. Y esa es la otra clave del film: que plantea la
satisfacción de los deseos individuales como un delirio nocturno, un sueño mal recordado
y casi vergonzante visto en retrospectiva. Por ello, la película transmite de forma más o
menos fehaciente la contradicción norteamericana: una sociedad que se dice liberal,
democrática, que defiende su ideología como el pináculo de la civilización occidental…
Pero cuyo propio desarrollo económico y simbólico está condicionado por el
aplastamiento sistemático de los otros en la alucinación del cumplimiento del propio
destino.
Y así es como termina la película. La consumación del sueño primaveral de las
protagonistas no es otra que la masacre inclemente de la competencia. En una escena
exageradamente amañada (como la fantasía de un niño) Vanessa Hudgens y Ashley
Benson vengan a su “daddy” y a su amiga saliendo ilesas de un tiroteo en la mansión de
un gánster. Cuando el sueño de las protagonistas se cumple, es ya tan solipsista que nadie
puede creerlo o darle alguna importancia. Pero con todo esto no parece que Harmony
Korine esté tratando de darnos una lección moral. Ni siquiera parece que el director
estadounidense esté tratando de hacer tal cosa, cuando a partir del lanzamiento de esta
película ha estado viviendo su propio “american dream”. Lo que muy en la superficie
parece mostrarnos Spring Breakers es la ridiculez del sueño americano, de la idealización
de los iconos, pero sobre todo la ridiculez e infantilización que el público y los
consumidores de los medios de masas están sufriendo al admitir unas condiciones de
realización (personal, existencial) tan egoístas, baratas y ramplonas como el propio
argumento del largometraje. Spring Breakers (y The Beach Bum en cierta medida) no es
sólo una mala película, sino que hace peores a muchísimas otras películas y creaciones
culturales de nuestro tiempo al caricaturizar con una distancia prácticamente nula su
articulación. La película de 2012, es una obra en la que cuesta reírse una sola vez, porque
sólo al tomársela completamente en serio, puede sentirse el hastío inherente a la forma de
vida que defienden y anhelan sus personajes. ¿Es este el tipo de liberación y emancipación
que esperábamos? ¿El tipo de narración que deseamos? En la era del “Broadcast
yourself”, Korine sigue haciendo un cine exageradamente molesto como el primero que
practicaba; pero ¿seremos capaces esta vez de descubrir en qué se diferencia del cine que
vemos usualmente? El director nos lanza ese desafío.

También podría gustarte