Troy, un ladrón de coches profesional, vuelve al pueblo donde nació.
Ha ido a
buscar a su hermano Harlan, al que hace años que no ve, porque quiere
ayudarlo a atrapar a su exesposa, una estafadora que se llevó todo su dinero.
A pesar de sus diferencias, inician un largo viaje en coche por la inmensidad
de Texas. Un día tienen la mala suerte de robar un automóvil en el que
duerme escondida Martha, una niña cristiana menonita. Perseguidos por la
policía, los hermanos emprenden una huida desesperada hacia la frontera de
Mexico.
Randy Kennedy
Presidio
Título original: Presidio
Randy Kennedy, 2018
Traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2022
Revisión: 1.0
13/07/2023
PARA JANET, MI AMOR
Sí, amigos, esas nubes atadas a cuerdas
invisibles
son, como habéis imaginado, un simple
juego de tramoyas,
y lo más gracioso es que sabe que sabemos
que existe y aun así quiere que sigamos
creyendo
en lo que tan torpemente imita, y quiere
ser amado no por eso, sino por sí mismo.
JOHN ASHBERY
The Wrong Kind of Insurance
Sinceramente, vivo. ¿Quién soy? Bueno,
eso ya está de más. [… eso ya es mucho decir].
CLARICE LISPECTOR
Cerca del corazón salvaje
¿Cómo podía avanzar hacia el horizonte si
se encontraba ya presente bajo las ruedas?
ROBERT SMITHSON
Incidentes del viaje del espejo en el Yucatán
1
Más tarde, en la guantera, la policía encontraría un fajo de notas con
un clip. Decía:
Notas para la policía:
(O para cualquiera que encuentre esto y quiera leerlo)
Me llamo Troy Alan Falconer. Estas son las cosas que más me gustan:
me encanta llegar a la habitación de un motel una tarde de calor,
cuando el aire fresco del interior huele a freón y a anonimato. (Siempre
te dejan el aire acondicionado en marcha). Me encanta dejarla al
amanecer, con el pelo aún húmedo, listo para afrontar el mundo. Me
encantan las maletas rígidas y los relojes suizos. Me encantan las
botas de cowboy y los vestidos de falda blanca con cierres de presión,
almidonados hasta el punto de que la tapeta que cubre el cierre parece
escayola. Me encantan los coches grandes automáticos con ventanillas
eléctricas y un solo asiento de lado a lado en la parte delantera, con
tapicería transpirable, no con vinilo. Me encanta conducir coches así
por carreteras vacías en plan noche, escuchando la música de
cantantes country sinceros como Wynn Stewart o Jim Reeves.
Me encantan todas esas cosas por sí mismas. Pero solo las disfruto
cuando poseen una determinada cualidad extra, una cualidad que
purifica todas las demás: la cualidad de pertenecer de forma legítima a
otro que no sea yo. Si sigues este tipo de vida y tienes suerte, una
simple habitación de motel puede ofrecerte todo lo que necesitas. En el
interior de la habitación hay una maleta. En el interior de la maleta
están las posesiones de un hombre más o menos de tu talla, un no
fumador con un gusto pasable en lo relativo a la ropa y las lociones
para después del afeitado. En el interior de su cartera —tirada sobre la
colcha; a los vendedores les gusta darse un bañito antes de la cena—
hay suficiente efectivo como para pasar dos o tres semanas en la
carretera. Y en el cenicero de cristal de la mesita de noche están las
llaves de su coche, aparcado justo frente a la puerta, en diagonal, con
el sol de la tarde reflejado en el parabrisas.
Para mí, lo mejor es el momento en que me sitúo frente al volante
del automóvil de otro hombre. Mientras dura esa sensación, el mundo
está lleno de promesas y todas las flechas señalan al norte. Es como
dejar algo atrás, más que iniciar otra cosa: como liberarme de mi propia
piel, escapar de todo lo que necesito dejar atrás (sobre todo el último
coche en el que he tenido esta misma sensación). Compruebo los
espejos, introduzco la llave y salgo del aparcamiento lentamente hasta
llegar a la carretera.
El último coche que robé solo por placer fue en Lubbock, en el
otoño de 1970. Un Ford Torino flamante con faros retráctiles que
pertenecía a un subteniente de Aviación; llevaba una muda de ropa de
civil colgada de una barra extensible instalada sobre el asiento de
atrás, y en el cubículo que había debajo del reposabrazos, una batería
de cintas eight-track perfectamente dispuestas, entre ellas alguna de
los cantantes antes mencionados.
Era la primera vez que me encontraba con un coche equipado con
un reproductor de eight-track. Solo había unas cuantas canciones de
calidad para escoger, pero sabía que al final iba a ser yo quien
escogiera, no algún pinchadiscos intangible en la distancia. Cuando oí
el sonido de la música procedente de los altavoces a mi mando me
sentí tan feliz que a punto estuve de bajar la guardia.
Era pasada la medianoche —esas horas vacías en las que las
patrullas de policía de carreteras no tienen nada mejor que hacer que
comprobar por radio los números de matrícula—, pero yo subí el
volumen, bajé las ventanillas y conduje hasta Plainview, sin detenerme
a cambiar las placas.
Me gustaría que creyerais que empecé a robar por algún motivo
justificado, una razón mejor que la rabia y el deseo. Pero fue sobre
todo eso, lo de siempre. Fue más adelante cuando la cosa cambió, y
pasó de ser una profesión a un modo de vida, una llamada que casi
habría parecido una religión, si esa hubiera sido mi tendencia. De ser
así, yo habría sido su reverendo, y habría predicado mi mensaje de
libertad a través de la pérdida desde mi púlpito, frente al salpicadero.
Pero estaría soltando mis sermones para una congregación de un solo
fiel, para un hombre como cualquier otro, con el rostro recién afeitado,
que mira por el retrovisor desde el asiento del conductor. Y creedme,
todo eso, ese hombre ya lo ha oído antes.
Troy llegó en coche a la ciudad un viernes de noviembre de 1972
por la noche, en la última semana de la temporada de fútbol
americano de la liga de institutos, cuando había partido fuera de
casa y la pequeña retícula de calles de grava se había quedado
vacía. Lo planeó así, consultando el calendario de partidos en el
Lubbock Avalanche Journal En las poblaciones pequeñas la gente
no se olvida de los suyos, especialmente si les han decepcionado, y
Troy no quería que le reconociera ningún vecino, solo su hermano,
que estaría donde siempre estaba, en casa, frente al televisor,
viendo una serie de vaqueros o un combate, si encontraba algún
canal donde lo dieran.
New Coña no había cumplido aún su primer centenario. Era uno
de esos pueblos agrícolas que habían ido asentándose en el terreno
barato de las últimas bolsas de territorio que había dejado vacantes
la conquista del Oeste. Para los que llegaron más tarde, o para los
que nacieron allí, no era fácil comprender por qué iba a asentarse
nadie en aquel lugar del país que antes los mapas llamaban el Gran
Desierto Americano, un lugar cuyos anteriores habitantes habían
usado sobre todo como terreno de caza y como accidente natural
donde sitiar a sus enemigos.
El pueblo se encontraba a medio camino del extremo occidental
de una llanura aluvial de costra caliza formada por la tierra
procedente del golfo de México durante el avance de las Rocosas.
El altiplano que se había formado era de suelo duro y plano, y tenía
doscientos cincuenta kilómetros de anchura, una extensión cubierta
de hierba baja que daba de comer a todos los seres vivos del lugar
salvo a los coyotes y a los lobos, que se comían a las criaturas que
se alimentaban con la hierba. Los españoles llamaron a esa parte
de lo que más tarde se convertiría en Texas «Llano Estacado»,
quizá porque las quebradas de sus estribaciones recordaban
empalizadas, o porque, al no haber nada a lo que atar las
cabezadas de los caballos, había que clavar estacas en el suelo
para inmovilizarlos. Pero también podía haber tenido otro significado
que se hubiera perdido en la traducción al inglés, como tantos otros
nombres heredados de los españoles y los mexicanos.
Ahora se podían ver unos cuantos árboles por el pueblo, y
algunos más concentrados en bosquecillos cerca de las granjas, con
aspecto de estar fuera de lugar, como si nadie les hubiera invitado.
Otros objetos descollaban sobre la llanura: torres de radio, depósitos
de agua, postes telefónicos, una sucesión interminable de vallas con
los tablones de cedro deformados por las calles… Pero en general
se veía que el terreno había cambiado poco por efecto de la
civilización, y fuera del pueblo todas las estructuras que se veían
desde la carretera eran bajas, como si quisieran congraciarse con el
horizonte. Las más antiguas estaban descoloridas y marchitas:
parecía que los elementos se habían rebelado contra la intrusión, e
iban ganando la guerra. Observando aquello desde lejos, no
costaba imaginar el miedo que sentiría un soldado de caballería al
subir a lo alto de la meseta persiguiendo a un enemigo al que no
conseguía ver. Pero el terreno ya no mostraba una hostilidad activa.
Simplemente parecía uno de aquellos lugares de la tierra que había
dejado de preocuparse por ocultar su indiferencia tiempo atrás.
Aquella noche, con la luna nueva, no se veía casi nada. El único
modo de vislumbrar algo más allá de los focos era buscar a lo lejos
el resplandor de la civilización, convertido en un tenue brillo plateado
sobre el parabrisas, y hasta aquel momento las luces eran tan
tenues que Troy solo podía distinguirlas mirando a lo lejos. La línea
de luz empezó a ganar intensidad y a disiparse, convirtiéndose en
una serie de puntos que se multiplicaron y fueron llenando su campo
de visión, y al llegar a su altura se materializó sobre su cabeza la
silueta de un depósito de agua, apenas visible, con una corona de
balizas rojas que centelleaban en la oscuridad.
Ocho kilómetros más allá pasó por la desmotadora de algodón,
que en muchos lugares de Texas suponía la primera señal de
existencia humana de verdad; en aquella época del año la
desmotadora estaba en plena acción, incluso a aquellas horas de la
noche, y emitía un halo anaranjado de actividad nocturna visible a
varios centenares de metros de distancia. Un forastero que pasara
por primera vez en coche junto a una desmotadora a finales de
otoño podría llevarse la impresión de que estaba desprendiendo
nieve: los alrededores quedaban revestidos por una alfombra de
algodón que cubría cientos de metros de carretera, e incluso
decoraba los centenarios cables de teléfono con unas hebras de hilo
de algodón que colgaban como carámbanos.
Un kilómetro más allá, Troy pasó junto a un depósito con cubas
de fertilizante líquido iluminadas por unas luces difuminadas que les
daban el aspecto de pilares fosforescentes flotando a poca distancia
del suelo. La carretera volvió a penetrar en la oscuridad hasta llegar
a una extraña curva que rodeaba los silos de un depósito de grano
abandonado y cruzó unas vías con un cambio de agujas que no se
usaba desde antes de que él hubiera nacido. Pasadas las vías, la
primera farola emitía un óvalo de luz verde plateada sobre el asfalto.
Aunque tenía unas ganas tremendas de dirigirse directamente a
pueblo para ver lo que había pasado en su ausencia, resistió la
tentación y se desvió hacia el oeste, tomando una carretera de
servicio asfaltada que atravesaba un campo de aromáticos pastos
para luego volverse de tierra. Los faros iluminaron la nube de polvo
que se levantó al pasar sobre las barreras para el ganado apoyadas
en el suelo, que hicieron que los neumáticos sonaran como un
repiqueteo de timbales. La carretera acababa en la puerta trasera
del pequeño cementerio del condado, donde se detuvo al fin. Bajó
del coche, quitó la cadena de la valla y golpeó el suelo con el tacón
de su bota derecha para activar la circulación sanguínea tras la
larga travesía.
Las noches aún no eran frescas, pero él ya percibía la llegada
del otoño, esa sensación de que la sombra del calor del día ya no se
quedaba pegada a la tierra como en las noches de verano. El único
sonido que oía, a kilómetros de distancia, era el martilleo constante
de una bomba petrolífera. Decidió que, ya que había escogido el
cementerio para acercarse a la población sin que le vieran,
probablemente podría desviarse un momento por las estrechas
pistas de grava y visitar la tumba de la familia. Por simple
corrección, pero quizá también en busca de algún tipo de absolución
anticipada del pecado que había venido a cometer.
El cementerio estaba en lo alto de una pequeña colina, la única
elevación del terreno en kilómetros a la redonda, y Troy miró desde
lo alto en dirección a las luces de la población, como si su
disposición pudiera decirle algo. Las tumbas se sucedían por la
loma siguiendo un orden más o menos cronológico. Las más
antiguas, de la primera y segunda décadas del siglo XX, ocupaban el
extremo este. A medida que el terreno se elevaba hacia el oeste, las
piedras iban volviéndose más nuevas, más grandes y más brillantes,
y algunas estaban decoradas con pequeñas banderitas americanas
o de Texas y con jarrones de falso peltre con flores de plástico. El
pueblo aún no tenía la antigüedad necesaria como para que hubiera
más muertos que vivos.
Troy puso las largas y avanzó por el camino principal del
cementerio hasta llegar a un grupo de lápidas en el extremo
suroeste, junto al cobertizo del encargado, construido con bloques
de hormigón. Apagó el motor y volvió a salir, pero en cuanto se vio
rodeado por aquel silencio se arrepintió y a punto estuvo de volver a
meterse en el coche. Ya de niño le costaba entender por qué había
gente que buscaba la paz en los cementerios, leyendo los nombres
de unas lápidas rectangulares. Lo único que sentía cuando
deambulaba por un cementerio era que estaba buscando algo en el
lugar equivocado, y la situación empeoraba aún más con la
incomodidad que le producía avanzar erguido por el territorio de los
que iban a permanecer para siempre en posición horizontal.
Pero avanzó frente a los faros del coche, añadiendo otra sombra
más a las que proyectaban las tumbas. La luz de los faros iluminaba
los nombres de pila de su padre y de su madre, enterrados el uno
junto a la otra, aunque habían muerto con una diferencia de muchos
años. La muerte de su madre le pilló demasiado joven como para
acordarse de gran cosa, pero sí recordaba la sensación de aquel
abrasador día de julio, cuando se presentó justo después de que
terminara el funeral de su padre, y se ocultó en el coche, tras un
sombrero de vaquero ridículamente grande y unas gafas de sol,
observando desde el camino mientras dos operarios amontonaban
tierra y retiraban la lona que habían extendido sobre la tumba,
dejándola desprotegida ante el sol. En los campos, más allá, un
tractor seguía con lo suyo, levantando una nube de tierra roja que
destacaba contra el horizonte. Troy recordaba que en aquel
momento, allí sentado, se le ocurrió que si su padre hubiera podido
salir del hoyo y ponerse en pie junto a la tumba, habría disfrutado de
una gran panorámica de las tierras de pasto en barbecho desde lo
alto, hasta prácticamente su casa, situada en el extremo noroeste
del pueblo. Aquella idea le produjo una irracional sensación de
tranquilidad, como si al menos hubiera algo bueno en todo aquello.
En la penumbra distinguió media docena de tumbas junto a la de
sus padres, la de sus abuelos paternos, que murieron cuando él era
tan pequeño que no los recordaba; dos primos —uno que no salió
vivo de la sala de partos y otro cuyo cuerpo no regresó de Corea, de
modo que enterraron su ataúd de acero con un fusil semiautomático
y un uniforme sin usar proporcionados por el Ejército en el interior—;
un tío abuelo que murió joven en un accidente con la cosechadora y
otro que falleció a los ciento un años de edad y al que enterraron allí
contra su voluntad, puesto que él quería que llevaran su cuerpo de
vuelta a Texarkana, donde había árboles, ríos y lagos. Troy se
quedó allí de pie, con las manos en los bolsillos de los pantalones
del traje, mirando las lápidas, con la sensación de que tendría que
hacer algo, pero sin saber muy bien qué, así que esperó lo que le
pareció un tiempo respetuoso y regresó al coche. De pronto le llamó
la atención una lápida algo más nueva que no había visto antes, un
par de metros más allá de la de su padre, y frunció los párpados,
haciendo un esfuerzo para leer lo que decía. La lápida era pequeña,
una losa de granito marrón en ángulo recto con el suelo, y tuvo que
acercarse para que el juego de sombras le permitiera verla bien.
Cuando lo hizo leyó el nombre de su hermano menor —Harlan
Edward Falconer— enmarcado en un pequeño óvalo de madera de
cerezo silvestre incrustado en la piedra, con las letras bien
apretadas para que cupieran.
Troy se acercó algo más a la losa y se puso en cuclillas,
observando bien aquellas letras de palo seco, intentando pensar
dónde podía estar el error. Hacía más de seis años que no había
visto a su hermano cara a cara. Pero había hablado con él por
teléfono solo hacía un par de semanas, para decirle que vendría a
ayudarle a buscar a su exesposa, o a la mujer que aún era su
esposa legalmente, aunque lo había abandonado aquel verano tras
unos pocos meses de matrimonio, llevándose todo su dinero.
En el curso de aquella conversación, Troy omitió como mínimo
cuatro datos pertinentes: que conocía a la esposa de su hermano,
Bettie (de hecho, la había conocido antes de que se casara con
Harlan); que era culpa suya que Bettie se hubiera llevado el dinero;
que de haber tenido la mínima idea de dónde estaban Bettie o el
dinero no se le habría ocurrido llamar a su hermano; y que si llegaba
a encontrarlos —a ella o el dinero—, Harlan no se iba a enterar.
Pero no tenía ni idea de dónde estaba Bettie. Ni siquiera sabía si se
llamaba realmente Bettie, y esperaba que Harlan tuviera algo a lo
que agarrarse, un sentido que darle a su vida, un lugar. Le había
contado muchas mentiras a su hermano a lo largo de los años, pero
quería creer que las relacionadas con Bettie eran cosas que Harlan
necesitaba creer, casi tanto como él necesitaba que se las creyera.
Tras unos segundos allí agachado, frente a la tumba, Troy
entendió por fin lo que estaba viendo. En la losa figuraba el año de
nacimiento, seguido de un guión —un mísero signo de puntuación
que ocupaba el lugar de la vida entera de un hombre—, y a renglón
seguido había un vacío sobre el granito, a la espera de que
grabaran en aquel espacio un número algo superior. La piedra era
un regalo de la funeraria, una inversión de futuro, plantada en
aquella pobre colina sobre los llanos. Probablemente la oferta
incluiría los servicios funerarios y un ataúd de madera de pino sin
ningún adorno, pensó Troy, y quizá también uno de esos trajes para
difuntos con la parte delantera de la camisa y la corbata cosidas a la
chaqueta.
Se puso en pie, sacó las llaves del bolsillo y soltó un silbidito de
alivio. Harlan tenía treinta y dos años y, por lo que sabía Troy, su
estado de salud era más o menos bueno.
—Siempre te ha gustado estar preparado para todo, ¿verdad,
Harl? —dijo.
Se metió de nuevo en el coche, quitó las largas y se puso en
marcha. Pasó por la puerta principal del cementerio y tomó el
camino al pueblo.
19 de julio de 1972
Salvo por el hecho de que ofrecen un lugar donde vivir temporalmente,
los hoteles y los moteles tienen pocas cosas en común, y hay muchos
motivos por los que centro mi trabajo en ellos. La arquitectura de los
hoteles está diseñada específicamente para promover la formación de
comunidades temporales, en el vestíbulo, en el restaurante, en el bar,
en la sala de baile, en las salas de conferencias. Las habitaciones se
abren al interior, a pasillos que inevitablemente conducen a estas
comunidades, que las atraviesan, y los botones, los empleados y el
equipo de seguridad del hotel observan el paso de los clientes. Las
habitaciones de los moteles, en cambio, dan al exterior, son
independientes la una de la otra, y miran hacia el aparcamiento y la
carretera; solo están unidas por rellanos abiertos y escaleras que
ofrecen numerosas vías de salida, en su mayoría anónimas. No hay un
lugar de reunión central; la oficina es solo funcional, con el espacio
mínimo imprescindible para un escritorio y un dispensador de
periódicos, un pequeño sofá, que es el último lugar en el que nadie
querría sentarse, y un revistero con publicaciones viejas. El único lugar
de reunión propiamente dicho es la piscina, lo bastante grande como
para crear una distancia discreta, y en cualquier caso es de uso
opcional. La cafetería suele estar en un edificio anexo, y en muchos
casos es de gestión independiente, con lo que el comensal no se ve
obligado a identificarse necesariamente como cliente del motel.
Lo mejor de los moteles es el modo en que consiguen dejar patente
el paso de la mano humana sin necesidad de una presencia visible, el
modo en que dan un toque personal y totalmente impersonal a la vez,
porque quienquiera que lo haga, lo hace para todos y para nadie al
mismo tiempo: el cubrecama retirado por la parte del embozo; los
vasos para las bebidas con sus tapas de papel troquelado; la cinta de
papel que cubre la taza del váter para indicar que está limpio; el papel
higiénico con el consabido pliegue en forma de triángulo en el extremo,
esos gestos inútiles de hospitalidad que, sin embargo, hacen que me
sienta decepcionado si alguna vez regreso a mi habitación por la tarde
y veo que se los han olvidado.
Esta mañana, mientras me afeitaba, observé el vapor que iba
empañando el espejo lentamente, poniendo en evidencia los
movimientos del trapo de la camarera el día anterior, cuando lo limpió.
Al dejar el grifo del agua caliente abierto, las formas que se
materializaban ante mí como un dibujo hecho con tinta invisible volvían
a hacerse visibles. Esperé hasta que el vapor desapareció del todo otra
vez y con un dedo seco escribí sobre el cristal: ¿SABES DÓNDE HAS
DEJADO EL COCHE?
Por esta zona de Texas hay pocos moteles que exijan una
identificación, y sé cuáles son los que la piden. Ni siquiera los
empleados más responsables se fijan lo suficiente como para ver que
la fotografía de mi carné de conducir no se me parece mucho. Aun así,
sé cómo cambiar de tema enseguida: si es un motel de dos plantas,
pido una habitación en la planta baja, explicando que me dan miedo las
alturas, lo que siempre suscita una buena carcajada por parte de quien
se encuentra al otro lado del mostrador.
Si tengo suerte, consigo una habitación con una puerta que conecte
con la del propietario del vehículo en el que voy a marcharme después.
Lo observo atentamente, escogiendo bien mi posición en la máquina
del hielo y en el comedor, escuchando a través de la puerta para
averiguar sus horarios, sus idas y venidas.
La ventaja es que ya no robo con el objetivo de amortizar lo que me
he llevado en cuanto puedo. Prefiero conservar lo que consigo todo el
tiempo que pueda, llevando una vida normal y evitando en lo posible
las restricciones de las posesiones legales. En la carretera, me hago
pasar por agente del Departamento de Agricultura o por representante
de una empresa petrolera, una de las diversas profesiones de viajeros
de las que he ido aprendiendo cosas. Pero mi verdadera profesión es
el delicado y precario mantenimiento de una vida prácticamente libre de
cualquier propiedad personal.
Es como una llamada o, como ya dije antes, una especie de estado:
en cualquier caso, no es algo que yo pueda decidir. Cuando empezó,
pensé que acabaría renunciando a todas las posesiones mundanas,
como un monje, pero sabía que no tenía el valor necesario para vivir la
vida que eso implicaba, así que adapté mis conocimientos y empecé a
vivir así, teniendo, pero sin poseer. También pensé que no me quedaría
más remedio que desaparecer, alejarme para siempre de todas las
personas y todos los lugares que conocía, pero no tenía ni idea de
adonde podría ir, aparte de a algún monasterio o a alguna cárcel, y ni el
uno ni la otra me parecían nada atractivos. Así que decidí desaparecer
justo donde vivía, convertirme en un fantasma en medio de todo y de
todos los que conocía.
Una vez me encontré con un hombre que me aseguró que podía
ayudarme a desaparecer, legalmente. Me dijo que él ya lo había hecho,
que por lo que respectaba al gobierno de Estados Unidos él ya no
existía.
«Me registré en cierto motel Hiway House, en cierto estado del
suroeste —me dijo—. Y unos días más tarde, con la ayuda de cierta
gente, salí de allí como difunto. Eso es lo que soy en este mismo
momento, mientras hablo contigo. Para la Ley estoy muerto». Aquello
requería un mantenimiento constante, dijo, y una vigilancia continua.
Me leyó algo de una especie de manual que llevaba consigo, llamado
Cómo desaparecer en América, escrito por un tal Barry Reid: «Tienes
que evitar dejar rastros de tu presencia. Allá donde vas, dejas sin
querer algo de ti. Cada prenda, cada pomo de puerta, cada alfombra,
cada teléfono, cada taza de váter que usas contendrá fragmentos de ti.
Estás perdiendo piel constantemente».
Sonaba mucho más paranoico de lo que yo lo estaba, que no era
poco.
—Así pues… ¿Has perdido la capacidad de poseer nada…? —me
dijo, después de escucharme un rato—. ¿Y eso qué significa? ¿Estás
en la ruina?
—No, no es eso. Siempre puedo conseguir dinero si quiero. Pero no
lo quiero. No quiero hacerlo nunca más.
—¿Hacer qué?
—Esto. Todo esto. Así que cojo lo que necesito para vivir. Y cuando
empiezo a tener la sensación de que lo siento mío, lo dejo y robo otra
cosa de otra persona.
Él me miró y asintió.
—Me gusta como piensas. Pero a mí me parece muchísimo trabajo.
Ya han pasado casi dos años. Me preocupa que, cuando esto llegue
al final —y no puede durar mucho más—, la gente piense que soy una
especie de hippy o de comunista, un antiamericano o algo así, y eso
sería un grave error. Si de algo peco es de ser demasiado americano:
lo mío es un regreso al tiempo de los pioneros que fundaron este gran
país, siempre avanzando para reclamar algo, con poco más que un
caballo y sus andrajos. O aún más allá, a los tiempos del comanche,
que no tenía una vivienda permanente en esta zona del país, y que
consideraba que la mayor parte de lo que tenía era suyo solo
temporalmente. Su sustento dependía de lo que lograra cazar, de
aquello con lo que pudiera hacerse, especialmente los caballos, que
podía incluso arrebatar a un soldado plácidamente dormido, quitándole
las riendas de la mano sin que se enterase.
Los caballos que yo uso no son tan fáciles de tomar o de dejar.
Cuando robo un nuevo coche, el último se queda en el aparcamiento
donde lo abandono, a modo de testimonio en mi contra. Es el defecto
insalvable de un sistema que por lo demás funciona: la pista que
llevará a mi puerta, en algún lugar entre Amarillo y Odessa. Cuando lo
haga, probablemente lleve estas páginas encima, estas notas que he
guardado en hojas de bloc de hotel, lo único que me he permitido
conservar entre un trabajo y otro, aparte de un carné de conducir de
reserva y un libro o dos. Es la pista que me conduce a mí mismo. Y la
confesión más elaborada que puede esperar encontrarse un jurado.
Podría decir que me la he inventado, pero… ¿Quién iba a creerme?
Para el viaje de vuelta a casa robó un coche en Fort Sumner, un
Chevrolet Nova de color siena tostado que escogió de entre otras
opciones más atractivas debido a su innegable discreción; era ese
tipo de coche que nadie querría robar, o más bien de esos que nadie
miraría dos veces. Las llaves las sacó de la habitación de motel de
un juez de ferias de ganado profesional que pensaba quedarse una
semana en el viejo Bosque Redondo Motor Inn, al sur de la ciudad.
El juez estaba allí para la feria regional, y cuando volvía de los
establos, a media tarde, salía a dar su paseo diario por el recinto del
motel, calándose el sombrero y silbando en un tono agudo que
sonaba como si lo tuviera muy practicado. Su melodía favorita era la
vieja marcha Under the Double Eagle. Con su purito en la boca,
daba varias vueltas al motel antes de dirigirse al puente y quedarse
mirando distraídamente más allá del río Pecos, quizá imaginándose
en una vida anterior, vadeándolo con una partida de hombres a
caballo.
Troy tenía su mejor cómplice en la rutina de sus víctimas; el juez
nunca regresaba a su habitación antes de media hora. Una noche,
cuando volvió, su coche había desaparecido, y con él su maleta, su
neceser, su máquina de afeitar, su segundo sombrero y su mejor
traje: uno color caoba, de tela de gabardina, con los bolsillos
bordados, aunque a Troy le quedaba algo ancho de hombros.
Aparte de la ropa que llevaba puesta, la única posesión que le
quedó fue su cepillo de dientes.
Troy aparcó el Nova apartado de la calle, en una superficie de
piedra junto a la valla, cerca del campo de hierba que había al lado
de la casa, de modo que si alguien lo viera entre las sombras
pudiera tomarlo por un coche viejo arrinconado para extraer piezas.
Salió y recorrió la valla hasta la esquina, miró hacia el callejón, vacío
salvo por los bidones de petróleo sin tapa aparcados por pares junto
a cada valla de estacas, llenos de basura de las casas, en lugar del
crudo texano que contuvo en otro tiempo. Se giró y siguió la
sucesión de vallas, asegurándose de no cruzarse con nadie por la
calle. Luego atravesó el patio a toda prisa y se dirigió a la puerta
principal.
Aquella casa, que legalmente pertenecía a su hermano y antes
había pertenecido a su padre, era un rancho bajo con el tejado a
cuatro aguas, idéntico salvo por leves variaciones a los del resto de
la manzana, todos construidos a finales de los años cuarenta sobre
una pradera de hierba alta en el extremo oeste del pueblo, en un
momento en que se acercaba a su cifra de población máxima,
aunque eso sus habitantes no podían imaginárselo.
Habían pasado más de seis años desde la última vez que Troy
puso el pie en aquel estrecho porche de losetas de hormigón. Pero
incluso con la poca luz que le llegaba de la calle había algo que no
le cuadraba, y se detuvo un momento a calcular la distancia hasta la
esquina de la valla, intentando recordar el tipo de manija que tenía
la puerta del Nova por si debía moverse a toda prisa. El jardín
estaba pidiendo a gritos que cortaran la hierba, y los parterres de
flores habían sido cubiertos de grava, creando unos grises paisajes
lunares rectangulares por los que se abrían paso las malas hierbas.
En la fachada de la casa, que tenía la parte inferior de ladrillo, vio
que las tejas de uralita se habían descantillado y dejaban a la vista
la tela asfáltica y los clavos del tejado, dándole un aspecto algo
degradado. También vio algo colgando del marco de la contrapuerta,
algo que le sorprendió reconocer tan fácilmente en la oscuridad
reinante: un banderín de papel con cintas negras y doradas, un
elemento decorativo que solían hacer a mano las animadoras del
instituto y que habían pegado con celo en las casas de toda la calle
para animar el partido de fútbol del equipo universitario de aquella
noche, un despliegue de orgullo cívico obligatorio, porque el otro
equipo, los Morton Indians, compuesto por chicos de un pueblo de
mala muerte, casi siempre ganaba.
El banderín bien podía haber sido un aviso de desahucio; a
nadie se le habría ocurrido colgar algo así en la puerta de la casa de
Harlan si aún le perteneciera. Incluso en un lugar tan pequeño como
aquel, él siempre había conseguido evitar la atención de la gente,
igual que un cuervo intuye el alcance de un rifle y se sitúa unos
metros más allá.
No se veían luces en el interior de la casa ni en las casas de la
otra acera. Troy se acercó a la entrada, abrió la contrapuerta y llamó
con los nudillos varias veces, con decisión. Ya había pensado qué
historia iba a contar si alguien respondía, aunque a esas alturas ya
estaba convencido de que nadie lo haría.
Se acercó y miró a través de una de las ventanas de la puerta
del garaje, ovaladas y con el cristal ahumado, y vio que allí dentro
no había ningún coche. Echó otro vistazo a la calle por si aparecía la
luz de algún vehículo, regresó al porche y miró por la ventana de la
cocina, situando las manos a ambos lados del rostro para adaptar la
vista a la oscuridad, al tiempo que sentía cómo el polvo metálico de
la ventana le hacía cosquillas en la nariz.
Mirando a través del doble cristal, separado por un fino marco
metálico, el espacio donde había pasado las mañanas y las tardes
de su infancia y adolescencia empezó a tomar forma lentamente
ante sus ojos. Se materializó como un diorama en un museo de
historia, siguiendo las directrices de unos recuerdos que Troy ya
casi no consideraba suyos: las mismas encimeras de formica gris
moteada, los mismos armarios que conservaban su color amarillo
canario, la misma mesita de patas finas en la que habían comido
Harlan y él durante años.
Todo estaba prácticamente como él lo recordaba, y eso hacía
que resaltara aún más hasta la más mínima diferencia; aquello le
recordó esa clase de sueños en los que todo parece normal hasta
que de pronto te das cuenta de que no lo es y nunca lo fue: la gente
tiene la cara distinta, la estructura de las habitaciones está invertida,
los colores primarios adoptan tonalidades desconocidas.
En la pared más alejada de la cocina distinguió dos retratos
enmarcados; en ambos aparecía un hombre corpulento con un
sombrero vaquero, una mujer de buen aspecto y una niña pequeña
con una lacia melena rubia. En ambas fotos posaban juntos,
formando un triángulo ladeado en cuyo vértice superior se
encontraba el hombre. En la primera foto la niña no era más que un
bebé, y en la segunda tendría cuatro o cinco años. Tanto ella como
sus padres sonreían serenamente, mirando a la cocina como si
siempre les hubiera pertenecido.
En el extremo más alejado de la encimera había un equipo de
radio, quizá de radioaficionado, con su micrófono. Tenía un aspecto
bastante serio. Ahora, unas sillas de madera desparejadas,
pesadas, como las de las dependencias oficiales rodeaban la
mesita, y encima había un montón de frascos y botellas de
condimentos —kétchup, tabasco, salsa Worcestershire, sal y
pimienta, mostaza, margarina, queso parmesano rallado, miel, una
botella de plástico de jugo de limón con forma de limón—. Él sabía
que su hermano nunca habría creado o permitido aquel caos, obra
sin duda de alguien mucho más dejado.
Troy sacó su llavero y encontró la llave de la casa. Nunca se le
había ocurrido pensar que podría volver a necesitarla. Cuando la
encontró, colgando del último llavero que había robado, se preguntó
qué hacía allí, deslustrada y simplona, entre todas aquellas llaves de
coche nuevas y relucientes. Pero había ido pasándola de llavero en
llavero, motivado no tanto por la nostalgia como por su tozudez, su
incapacidad de admitir que no podía reabrir la puerta de una vida
pasada solo porque quisiera. La probó, y la llave se deslizó por la
cerradura tal como hacen las llaves viejas, desplazando los pistones
con suavidad, como esperaba; habría apostado lo que fuera a que
nadie iba a gastarse un céntimo en cambiar una cerradura que
funcionaba perfectamente. Empujó la puerta y entró con un
movimiento rápido. Y en cuanto lo hizo se maravilló al comprobar,
como tantas veces antes, que en un mundo lleno de escrituras,
gravámenes y derechos de propiedad, lo único que realmente
necesitas para hacerte con algo es un pedazo de latón de diez
centavos con el borde serrado de un modo específico.
El recibidor estaba a oscuras. Recordó dónde se encontraba el
interruptor y encendió la luz. Con un gesto rápido abrió el armario de
los abrigos, tiró del cordón de la luz y entrecerró las puertas. Luego
volvió a apagar la luz del recibidor, dejando la suficiente claridad
para poder ver, pero no tanta como para que alguien pudiera verle a
él desde la calle.
2 7Se quedó completamente inmóvil, sin respirar, escuchando el
silencio, disfrutando de la sensación de ser temporalmente invisible.
No esperaba que le afectara tanto estar allí otra vez, en aquel
angosto vestíbulo donde en otro tiempo, bajo aquel colgador de
sombreros de cerezo, hubo una vieja y enorme radio de consola
Truetone que se usaba más como mueble que como radio, ya que
raramente conseguía sintonizar ninguna de las emisoras que
lanzaban sus débiles ondas por entre la atmósfera y la llanura.
Troy había vivido en aquella casa con su padre y con Harlan
desde los once a los diecisiete años de edad, cuando empezó a
pasar la mayor parte de las noches fuera, volviendo a casa solo
ocasionalmente, en busca de dinero o para intentar evitar pagar a
sus socios por los chanchullos de poca monta que empezaba a
organizar.
Al año de la muerte de su madre, antes de que Harlan empezara
el colegio, su padre les pidió que comenzaran a llamarle por su
nombre, Bill Ray, y ellos aceptaron el cambio, porque era algo
novedoso y al mismo tiempo un reconocimiento de su pérdida. El
cambio de nombre no hizo que Bill Ray dejara de ser su padre, pero
con el tiempo pareció que le servía de excusa para adoptar un papel
que le gustaba más, el de admirado hermano mayor, atento en las
ocasiones menos esperadas y asustado en otras. Aquel arreglo no
les iba mal a ninguno de los tres. Unió más a los hermanos en
aquellos primeros años, y a Bill le permitió regresar a un tiempo
anterior a Ruby, al día en que la había conocido y en que había
encontrado aquella felicidad que tan poco habría de durar.
Sus intentos de actuar como un padre responsable solían
centrarse en enseñarles a los chicos las cosas que su propio
hermano mayor le había enseñado a él en ausencia de su padre:
cosas vistosas, en su mayoría inútiles, como guiñar un ojo,
chasquear los dedos, silbar y escupir, tallar madera con la navaja,
tirar cacahuetes al aire y atraparlos con la boca, lanzar una navaja al
suelo para que se clavara, soltar un puñetazo, encontrar puntas de
flecha entre los pastos…, pero a veces también conocimientos
prácticos: cómo distinguir una culebra de una serpiente de cascabel
por el cuello, cómo manejar una pistola, un rifle o una escopeta
(aunque él personalmente sentía cierta aversión por la caza y nunca
dejó que sus hijos dispararan a ningún animal en su presencia) y a
conducir, primero a Troy y luego a Harlan, poniéndole una almohada
debajo para que llegara mejor al volante. El secreto para conducir
bien, decía Bill, era fijar la vista en la carretera, a media distancia, no
demasiado cerca del morro del coche ni demasiado lejos, hacia el
horizonte.
Bill Ray se había criado en una granja algodonera siempre al
borde de la bancarrota, y en cuanto tuvo la edad suficiente para irse
de casa dijo adiós para siempre al trabajo en los campos. Trabajó
varios años como transportista de cuadrillas en unas instalaciones
petrolíferas, pero tras la muerte de Ruby perdió aquel trabajo y no
volvió a tener uno que le durara, así que salía adelante con empleos
temporales, sobre todo conduciendo tractores y ocupándose del
mantenimiento de los pozos. Cuando las compañías petrolíferas
necesitaban más mano de obra él se presentaba, y ganaba un buen
dinero, aunque eso nunca pasaba con la suficiente frecuencia, y
hacia el final del verano, cuando llegaban las tormentas de granizo,
reparaba tejados para complementar sus ingresos. Durante un
tiempo, dado que no sufría de vértigo, lo contrataron como
encargado de mantenimiento de una empresa instaladora de torres
de radio: escalaba las estructuras metálicas con un cubo de pintura
de aluminio atado a la cintura y un cigarrillo colgando de la boca,
pero aquel trabajo acabó una tarde, cuando le pillaron dormitando
colgado del arnés a cincuenta metros de altura, y nada más poner el
pie en el suelo le dieron el finiquito. Les contó a Troy y a Harlan que
había sido él quien había dejado el trabajo. «Me he cansado de la
peste a caca de pájaro», dijo, guiñándoles un ojo, mientras se
limpiaba los dientes con una cerilla.
Su reputación de bebedor no era inmerecida. Pero sí exagerada
—como suele suceder en los pueblos, donde la gente intenta
mostrarse comprensiva ante algo que considera inevitable—. En la
práctica, eso significaba que cada vez que se le presentaba un
empleo, tenía que cogerlo. Mientras se calzaba sus botas de
trabajo, les decía a Troy y a Harlan que tenían que ponerse al frente
del fuerte otra vez, y esa misión podía durar varios días, si le tocaba
trabajar en una torre de perforación y quedarse a dormir allí. A
medida que los chicos se hacían mayores, las ausencias se
volvieron más prolongadas. A veces pasaba una semana sin que
supieran nada de él entre un trabajo y otro, y acabaron adquiriendo
la costumbre de comprobar el cuentakilómetros de su camioneta,
cuya lectura les indicaba que podía haber atravesado tres estados
durante el tiempo que había pasado fuera.
Cuando Bill Ray estaba fuera, era casi siempre Troy —tres años
mayor que su hermano— el que cocinaba, y hacía lo que podía:
carne guisada al estilo vaquero, queso con pimientos, tortillas
mexicanas fritas, las tartas de fruta de la señora Baird calentadas al
horno… Pero era Harlan quien supervisaba prácticamente todo lo
demás, hasta acabar ocupándose de la compra y de las facturas.
Harlan no hacía ningún esfuerzo por ocultar el creciente estado de
orfandad de ambos, pero la gente del pueblo, e incluso del instituto,
no parecía darse cuenta, como si todos hubieran llegado a algún
tipo de acuerdo privado que estableciera que la situación en casa de
los Falconer era algo que debía arreglarse solo. Harlan era muy
consciente de la imagen que daban, cuando un chaval de doce
años, más grande que sus compañeros pero inseguro, se
presentaba en la oficina del asesor del condado a pagar las tasas
escolares. Con su habitual gesto impasible, con aquella voz que ya
había iniciado el descenso hacia la edad adulta, solía responder:
«sí, señora», «no, señora» o «un cuarto de acre» o «Bill Ray está
bien, gracias». Casi nunca se quejaba, y cuando lo hacía su rabia
parecía amortiguarse con la satisfacción de saber que era el único
en la familia capaz de ocuparse de las cosas.
Bill Ray estaba en casa lo mínimo imprescindible, o en los
momentos en que se hacía absolutamente necesario que se
ocupara de algo. Y cuando estaba, tenía la capacidad de vivir el
presente con esa atención desaforada que la mayoría de las
personas pierden ya en la infancia, de modo que Troy y Harlan
incluso olvidaban que su padre hubiera deseado en algún momento
estar en otro sitio, del mismo modo que temían que no regresara
cada vez que se iba otra vez.
Pero volvía, antes o después, en ocasiones con un fajo de
billetes sujeto con un clip y una bolsa de la compra llena de
solomillos, como un petrolero que hubiera dado con un filón. Cuando
un trabajo le iba especialmente bien, recogía a los chicos en el
colegio y se los llevaba a Lubbock a comprar camisas nuevas, a ver
una película en el State Theater de Texas Avenue, o a visitar
Pinkie’s, en la calle Mayor, donde compraba la cerveza. Les daba
una botella a cada uno, los tres se sentaban en la camioneta y
bebían como curtidos vaqueros de permiso en el pueblo. Nunca
hacían las cosas que hacían las otras familias, nunca iban a las
funciones del colegio juntos, nunca iban de vacaciones, raramente
visitaban a otra familia. Troy recordaba que una vez Bill Ray se los
llevó a pescar, a un par de horas del pueblo, a un embalse artificial;
todos los lagos de Texas eran artificiales, pero este tenía un aspecto
especialmente artificial, rodeado de un terraplén de grava,
demasiado cuadrado, demasiado próximo a una especie de
complejo industrial. Hacía un calor brutal, pero acababan de poblar
el lago de peces, y pillaron uno de un tamaño decente en menos de
quince minutos; lo metieron en un cubo y se lo llevaron a casa. Los
chicos querían que Bill Ray lo cocinara, pero él dijo que era una
carpa y que tendrían que apalearla tres días seguidos con un tablón
del quince hasta que estuviera lo suficientemente tierna como para
hincarle el diente. De modo que llenó la bañera y la dejó allí toda la
tarde. El pez nadó un rato, pero más tarde pareció resignarse a su
destino y se quedó flotando, inmóvil, con la mirada perdida en el otro
extremo de la bañera, como si esperara una cita. A la mañana
siguiente, cuando los chicos se despertaron, la carpa había
desaparecido, y Bill Ray también.
Cuando Troy tuvo la edad suficiente para comprender lo
enfadado que estaba, se convenció de que era sobre todo por
Harlan, por lo injusto que era que un niño tan pequeño tuviera que
hacer de padre de su propio padre. Pero no veía hasta qué punto
Harlan le hacía también de padre a él, o hasta qué punto su dolor se
debía al deseo de ser más como Bill, de vivir con esa
despreocupación y tranquilidad, con esa capacidad para pasar de
largo por todos los lugares en los que se suponía que debía sentir
un arraigo. Como suele suceder, el deseo se transformaba en una
especie de competición, una batalla personal que empeoraba aún
más porque Bill no era consciente de estarla librando o, más
probablemente, porque se negaba a reconocer que lo hacía.
A los diez años de edad, Troy también empezó a desaparecer de
vez en cuando. Iba de camino al colegio con Harlan, y de pronto se
desviaba sin mirar atrás, y se escondía entre los árboles frente al
parque del condado o en la cantera de caliza al oeste del pueblo,
donde se quedaba leyendo ediciones baratas de libros de Max
Brand y Edward Anderson, o a veces simplemente se entretenía
pensando, observando el avance de las sombras sobre sus pies,
sus rodillas, su cintura, hasta que le cubrían la cabeza cuando el sol
se ocultaba tras la pared más lejana. Según Harlan, a aquella edad
Troy ya tenía una capacidad insólita para dos cosas: mentir y
disfrutar de su soledad.
A los catorce años, mientras limpiaba parabrisas los fines de
semana en la gasolinera Humble, cerca del motel, a veces
conseguía que alguien le llevara hasta Hobbs o Brownfield, a unos
kilómetros de distancia. Un mes de julio, un camionero que llevaba
un remolque enorme lo llevó hasta Artesia, y como Troy se aburría,
se inventó que lo esperaban en Fort Bliss, donde debía enrolarse en
el ejército. El conductor era joven y fornido, tenía un bigote fino y
pómulos angulosos. Iba vestido como un vaquero de Hollywood, con
el sombrero bien alto y un cigarrillo sobre la oreja. Troy se preguntó
qué estaría haciendo un tipo tan apuesto conduciendo un camión, y
pensó que probablemente la vida sería así, tal como había
sospechado siempre.
El conductor tenía la mirada perdida en algún punto al otro lado
del parabrisas.
—Desde luego el ejército recluta a gente cada vez más joven —
observó.
A Troy le daba igual si le creía o no; básicamente hablaba para sí
mismo al dirigirse a aquel tipo, señor de una carretera que parecía
extenderse por el este de Nuevo México hasta los confines del
universo conocido.
—Falta gente —dijo al fin—. Con todo eso de Corea.
El camión estaba llegando a Artesia. El conductor encendió el
cigarrillo y abrió la ventanilla.
—Mira, hijo, no me importa llevarte —le dijo—, pero no me gusta
que me mientan en mi propio camión. ¿Por qué no te guardas todas
esas tonterías para el próximo viaje gratis?
Troy escuchó el ruido del motor, que protestaba al accionar el
freno para adecuarse al límite de velocidad de la ciudad.
—Supongo que no le sobrará uno de esos cigarrillos, ¿verdad?
El camionero se quitó las gafas, con montura de alambre, y las
encajó en un bolsillo de la visera, en la parte alta del parabrisas.
—Supones bien.
Mientras el camión repostaba en una gasolinera y el conductor
estaba dentro, pagando, Troy se inclinó hacia un lado y soltó un
denso escupitajo que dio en el centro del asiento del conductor.
Cogió las gafas de sol y un termo lleno de whisky canadiense y se
fue por la calle con las gafas puestas. Tranquilamente, como si fuera
de paseo. La policía de tráfico lo encontró en menos de una hora y
llamó a Bill, que no llegó hasta el amanecer. Esperó hasta estar a
unos kilómetros de la ciudad, detuvo la camioneta en el arcén, echó
el freno y le soltó un revés a Troy en plena cara, reventándole el
labio. Troy le llamó jodido hijo de perra, y Bill volvió a golpearle, esta
vez con el puño, haciéndole sangrar por la nariz con tal fuerza que
el reguero le tiñó la camiseta de rojo.
Fue la única vez que Bill Ray le pegó. Quizá sintiera en los
huesos de su propia mano que aquello no serviría de nada. Pero
para Troy aquellos golpes, tras la noche pasada en el calabozo,
fueron como una revelación. De regreso a casa, el muchacho, con el
corazón acelerado y el rostro tumefacto mientras en la radio Roy
Acuff se desgañitaba cantando Great Speckle Bird, supo por primera
vez que nunca conseguiría formar parte del colectivo de gente
respetable, ni siquiera del de gente moderadamente decente, por
mucho que lo intentara. Lo cierto era que sabía que nunca tendría
tan siquiera ganas de intentarlo. Conservó aquella camiseta durante
muchos años, a modo de reliquia, escondida en el fondo de un
cajón, y de vez en cuando la sacaba y la extendía sobre la cama
para ver cómo se había oscurecido la sangre de su juventud,
adoptando un color marrón como el de la mierda de vaca, seca y
agrietada.
Ahora Troy estaba inmóvil en el pasillo de la casa, contemplando
la oscuridad de los dormitorios. Se preguntaba si Harlan habría
dejado el armarito donde había escondido su camiseta. El armarito
no era gran cosa, un mueblecillo insignificante, hecho de finos
tablones de pino, y le faltaban tres pomos, pero era el único armario
que usó hasta la edad adulta, así que por algún motivo le resultaba
significativo. Se preguntó si lo encontraría y lo recordó en la esquina
noroeste de su vieja habitación. Estaba sobre una vieja alfombra de
esparto cuyos nudos empezaban a deshacerse, frente a un estrecho
somier y un estante colgado de la pared encima de su cama, una
especie de museo de historia natural en miniatura lleno de bichos y
plantas que había encontrado entre los pastos, frente a la casa, una
compilación de piezas de aspecto extraterrestre que una tierra dura
como la del oeste de Texas va acumulando: una hierba que ellos
llamaban «garra del diablo», un lepisma o «pececillo de plata», la
piel seca de un lagarto cornudo, el caparazón de un escorpión tan
grande como la mitad de su mano, una colección de sonajeros de
serpiente de cascabel, una docena de puntas de flecha comanches
de sílex que parecían haber sido talladas el día antes de que las
encontrara…
Se preguntó si los nuevos ocupantes, fueran quienes fuesen, se
habrían apropiado de toda la vida que había vivido en aquella casa,
del contenido y del continente. No era una idea del todo
desagradable; quizá ellos habrían sido capaces de crear una versión
mejor, aunque, a la vista de lo que tenía delante, no se lo pareció.
Ahora ya veía mejor, y entró en la cocina, que olía mucho a
cigarrillos y a grasa de cocinar. La luz de las farolas que entraba por
la ventana se reflejaba en el agua del lavadero, de color gris perla,
iluminando sus profundidades hasta crear brillos en los tenedores y
cuchillos que había en el fondo. Separó una silla de la mesa y se
sentó para observar mejor los retratos de estudio de la pared, por si
reconocía al hombre, a la mujer o a la niña. Al verlos mejor, tuvo la
certeza de que la mujer y la niña ya no debían de formar parte del
cuadro, si es que alguna vez lo habían hecho. La casa parecía la de
siempre: un lugar sin mujeres, ahora más que nunca, cuya utilidad
radicaba en la nevera, el baño y la cama, probablemente en ese
orden.
El hombre de las fotos parecía grandullón y bien alimentado.
Llevaba un sombrero vaquero de fieltro color crema y una corbata
vaquera con unos casquillos de bala de cobre en los extremos de
los cordones. Su gran sonrisa, bajo un generoso bigote marrón, le
confería un aspecto benigno, como infantil, pero había algo en
aquella sonrisa que no le convencía; parecía demasiado satisfecho,
era ese tipo de sonrisa que había visto tantas veces en los rodeos,
en los rostros de los laceros al subirse sobre los terneros ya
vencidos. Volvió a tener la misma sensación desagradable de la
primera vez que había visto la cocina, como una nube que arrojaba
una sombra negra en lo más profundo de su mente. Y de pronto le
vino la iluminación: aquella era la casa de un agente de la ley.
Harlan se la había vendido a un sheriff, o quizá a uno de los policías
de tráfico destinados al pueblo, aunque todo lo que veía en aquel
hombre de la foto le señalaba como alguien del lugar, no de un ente
estatal. Troy se asombró de haber tardado tanto en reconocer los
indicios; en otro tiempo se lo habría olido al instante, como una
presencia incorpórea que habría detectado antes incluso de tocar el
pomo de la puerta.
Nada más entrar en la casa tuvo una extraña sensación de
familiaridad, no porque en el pasado hubiera sido su casa —sabía
que ya no le pertenecía—, sino por los años que había pasado en
lugares como aquel, habitaciones oscuras que pertenecían a otras
personas, en su ausencia, caminando de puntillas por sus
posesiones indefensas. Sin embargo, viendo la fotografía del
enorme vaquero, se le pasó por la cabeza que la casa lo había
reconocido; era como si al regresar tras un largo viaje se la hubiera
encontrado saqueada y ocupada.
Volvió a su antigua habitación, que estaba vacía salvo por unos
cuantos archivadores de cartón amontonados en un rincón. Tosió, y
el sonido resonó en las paredes de yeso. Caminó hasta la que fue la
habitación de Bill Ray y observó que el conjunto de dormitorio de
madera de roble seguía allí, el que la madre de Ruby les había
regalado por su matrimonio. La cama estaba sin hacer, con un
montón de ropa por lavar encima. Troy desvió la mirada para no
fijarla en nada en particular. Encendió la luz del armario, dejando la
puerta entrecerrada, y fue directamente al cajón de debajo de la
mesita, el que solía abrir a hurtadillas cuando era un crío, sobre todo
por la emoción furtiva de tener en las manos las cosas que usaba
Bill Ray en sus ritos masónicos: el delantal blanco, cuidadosamente
plegado y almidonado, el librito azul con el grabado en la cubierta,
con un compás y una G dorada que seguro que tenía un significado
misterioso. En aquella época todo aquello le parecía la punta visible
de un enorme continente sumergido de secretos de adultos. El cajón
parecía contener todos los talismanes de los hombres adultos —
gemelos, pasadores de corbata, pinzas para billetes, insignias, ligas
para calcetines, relojes de bolsillo, cortaplumas… todos artículos
exóticos, porque raramente se exhibían o se usaban—, junto con la
gorra caqui del ejército de Bill Ray y los papeles del licénciamiento,
y a veces una botella de loción para después del afeitado sin abrir y
una caja de condones. Ahora el cajón estaba vacío, salvo por unos
cuantos calcetines negros desparejados.
Se incorporó y vio un cinturón con pistolera colgado del poste de
la derecha a los pies de la cama: el de recambio. O quizá esa noche
no estuviera de servicio, pensó Troy, aunque por su experiencia,
pocos hombres con licencia para llevar armas de fuego a la vista
perdían la oportunidad de hacerlo, especialmente en eventos
públicos como partidos de fútbol. Troy se quedó mirando el arma un
minuto, y por fin la levantó tímidamente y la sacó de la pistolera. Era
un revólver Colt del 38, el reglamentario de la policía, con las cachas
rayadas y el cañón brillante, impecable, como si no hubiera sido
usada nunca. Hizo girar el tambor y vio que estaba vacío. Hacía
mucho tiempo que no tenía un revólver en las manos, y le
sorprendió que pesara tanto. Irguió el cuerpo y estiró el brazo
izquierdo lentamente hacia el espejo del armario, alineando el
tambor con el ojo. Quería ver qué se sentía, pero estaba demasiado
oscuro; su silueta era más una sombra que un reflejo. Eso le
recordó lo mucho que odiaba los espejos, que le habían provocado
más de un susto en sus tiempos de ladrón de casas, al verse
reflejado de pronto y creer que no estaba solo.
Se le pasó por la cabeza llevarse la pistola, solo para sentirse
más protegido. Pero Troy nunca había trabajado con un arma, y
robarle una a un poli sería el peor modo de empezar, así que la
colocó de nuevo en su funda y limpió la empuñadura con la manga
del abrigo.
De vuelta en la cocina miró la hora y echó un vistazo al correo.
Así supo que el hombre se llamaba Darryl D. McGuire y que era el
ayudante del sheriff del condado. Abrió la nevera, pero bajo la luz
amarillenta del interior no encontró nada que compensara el riesgo,
así que rebuscó en los armarios hasta encontrar una lata de café,
aclaró la jarra de la cafetera eléctrica y se hizo un café. Luego se
sentó a la mesa de la cocina, y aprovechando la poca luz que
llegaba de la calle se puso a escribir en el bloc de notas que llevaba
en el bolsillo del abrigo, intentando aclarar las ideas y pensando
dónde podría estar Harlan.
Se quedó sentado, mirando hacia el pasillo que acababa de
cruzar, y que iba oscureciéndose gradualmente desde la cocina
hasta los dormitorios, en una distancia que calculó que no superaría
los ocho metros, aunque él lo recordaba infinitamente más largo. De
niño le aterraba recorrerlo por la noche, cuando Harlan y él estaban
solos en casa y la mayoría de las luces estaban apagadas por orden
expresa de Bill Ray, a fin de ahorrar electricidad. La carrera por el
pasillo hasta el interruptor de la pared del dormitorio que compartía
con Harlan era una dura prueba que le parecía cada vez más larga.
Durante los cinco segundos que duraba, más o menos, se sentía
como si estuviera atrapado en una tela de araña invisible, agarrado
por los dedos de miles de manos que intentaban inmovilizarlo y
arrastrarlo hacia una oscuridad aún mayor, de la que nunca podría
salir. Aquellos temores lo atormentaban, y para superarlos decidió
que se adentraría en lo más profundo del pasillo todas las noches
hasta que desaparecieran, pero al cabo de una semana lo dejó
correr y optó por esperar a que Harlan volviera al dormitorio y
encendiera la luz antes de hacerlo él.
Ahora, viendo aquel corto pasillo de paredes de cartón yeso, le
costaba entender que alguien hubiera podido sufrir tanto en un
espacio tan minúsculo. Y se le ocurrió que, por algún misterioso
motivo, el miedo de los niños a los fantasmas quizá fuera un
sustituto del miedo a que no haya nada más ahí fuera, más grande,
invisible, bueno o malo: que lo que vemos sea todo cuanto hay. Y a
medida que nos vamos haciendo mayores, lo vamos aceptando, de
modo que dejamos de tener miedo a la oscuridad, del mismo modo
que empezamos a desarrollar otros miedos.
18 de agosto de 1972
No puedo decir con precisión en qué he ocupado el tiempo desde que
empecé. En gran parte lo he pasado haciendo ver que estaba ocupado.
Me gusta mostrarme atareado: estar en la carretera ya a primera hora,
el sabor del café negro y de la pasta de dientes en la boca. No hay
mejor sensación para mí que la de estar en movimiento.
Pero muchas veces me paso el día sentado en mi habitación del
motel con el televisor encendido, solo por oír el sonido y ver el
movimiento, viendo anuncios de productos que sé que no voy a
comprar. O me quedo sentado en silencio durante un buen rato,
escuchando el ruido de coches y camiones al pasar, el zumbido de una
aspiradora al otro lado de la pared, a los otros clientes del motel
abriendo y cerrando puertas, yendo y viniendo, hablando sin parar. A
veces me meto en la bañera, llena de agua caliente, con una pierna
cruzada sobre la otra, pensando en el resto del mundo, que trabaja
duro mientras yo observo el latido de mis venas en el hueco del tobillo.
Para evitar problemas innecesarios, hace tiempo que decidí
mantenerme lejos de los autoestopistas, las mujeres y el alcohol, y
habitualmente sigo la norma. La parte del alcohol no ha sido difícil,
porque habitualmente viajo por condados donde no han visto el alcohol
desde los días de la Ley Seca.
Cuando conocí a Bettie no iba buscando compañía. Ella sí, por así
decirlo, por motivos que quedarían claros más tarde. Aquella mañana
yo estaba en Friona, sentado a la mesa de un bar, cerca de la entrada,
tomándome un café aprovechando que ya había pasado la hora punta
de la mañana, leyendo el periódico. Yo nunca voy a ese tipo de lugares
cuando están llenos, nunca me presento antes de las nueve de la
mañana. Aparecer solo a primera hora en una población pequeña es
como subirse al escenario de un teatro lleno hasta los topes con el foco
apuntado a la cara. Pero hacia las nueve este tipo de cafés suelen
vaciarse: los granjeros y rancheros son los primeros que se van a los
campos, antes de las siete, luego los empleados, que esperan hasta el
último momento y salen corriendo para llegar a las ocho a su puesto,
seguidos de los jubilados y de los más ancianos, que se vuelven a casa
para ver un poco la tele antes de regresar a mediodía para el almuerzo.
Este era un café agradable, aunque en cuanto a los detalles difería
muy poco de cualquier otro café de pueblo del oeste de Texas,
probablemente de cualquier punto del Estados Unidos rural. El olor —
dulce, suave, animal— de la grasa frita, no desagradable pero tampoco
agradable del todo, una especie de olor etéreo; una pequeña barra
donde la cafetera Bunn de dos jarras ocupaba un lugar destacado, con
un calefactor para una tercera jarra solo con agua hirviendo; un
armarito cromado Toastmaster de tres niveles para calentar los
panecillos y las gruesas y grasientas tortillas mexicanas; mesas de
aglomerado con formica y asientos tapizados en escay; un calendario
con imágenes de las aventuras gráficas de vaqueros de Ace Reid tras
la caja registradora («¡¡Nah, este ternero no me tirará; ahora verás!!»)
junto al bordado de un molino al atardecer enmarcado, que incluía la
inscripción «Texas tiene los ojos puestos en ti» escrita con una
elegante caligrafía. Junto a la caja registradora, un distribuidor de
palillos de metal y un par de cuencos, con cerillas y caramelitos de
menta envueltos en celofán. En el espacio entre las dos puertas de
cristal, una máquina de periódicos y otra de cigarrillos, una máquina
expendedora de baratijas y otras dos de chicles de bola, y encima un
colgador de abrigos que aún usaban los granjeros y los rancheros de
mayor edad. En la puerta del exterior, frente al aparcamiento, colgaba
un cartel que anunciaba con fingida solemnidad «Lo lamentamos, está
abierto» en letras rojas sobre fondo negro.
Yo estaba desayunando lo que solía tomar cada vez que podía:
unas tortitas con sirope y nata montada; medió melón cantalupo y un
vaso pequeño de leche. Las tortitas habían llegado en un gran plato
con imágenes de vacas de diversas razas en el borde. El melón iba en
un cuenco decorado con las mismas vacas. Ambos estaban sobre un
mantel individual de papel impreso con escenas del antiguo Oeste que
nunca habían tenido lugar. La leche venía en un vaso bajo de cristal
amarronado de lados sinuosos, igual que el agua con hielo.
La única diferencia que hacía interesante aquel diner eran un par de
espejos horizontales situados sobre el escaparate, que confluían en
una esquina. Mirando hacia allí desde mi posición podía ver el reflejo
de la carretera y los pocos coches que pasaban, que parecían proceder
de los dos lados a la vez, creando la ilusión óptica de dos vehículos
idénticos yendo uno contra el otro, chocando de frente y
desapareciendo en la nada en el punto central.
En esos espejos vi el coche, un Dodge GTX gris del 69, que se
acercó lentamente hasta frenar en el aparcamiento. Ella atravesó la
puerta a las diez menos cinco, y una vez dentro se detuvo un
momento, y a continuación se sentó en el banco acolchado que había
al otro lado de mi mesa, delante de mí, sin decir palabra, sonriendo sin
mirarme a los ojos.
Iba vestida como si fuera a algún otro lugar que no fuera Friona,
Texas, con un bonito vestido azul de ancho cuello blanco y unas
mangas también anchas con caída, como si fueran alas, que le cubrían
hasta la mitad de los dedos, cargados de anillos de oro, plata y
turquesas. Llevaba el cabello, negro como el carbón, recogido sobre la
cabeza, en un complicado peinado de trenzas entrelazadas que me
recordaba a Elizabeth Taylor en Cleopatra, o a las princesas aztecas de
los calendarios de desnudos mexicanos. Lo único que no encajaba, y
que llamaba la atención, eran sus medias, blancas como las que llevan
las enfermeras en los hospitales.
Por su aspecto debía de tener veinticinco años, aunque habría
podido pasar por diecinueve, y yo sospechaba que tendría al menos
treinta. Su perfume era dulce como una tarta rellena. La expresión de
su cara —tenía el cutis de color oliváceo— desprendía confianza en sí
misma, aunque su impecable compostura, por el contrario, hacía
sospechar que no debía de ser tan virtuosa como pretendía aparentar.
Observé que tenía la respiración agitada. Seguía sin mirarme;
alargó la mano y acercó mi vaso de agua a su lado de la mesa. Se
bebió de un trago la mitad, luego sacó una carta del soporte y se puso
a examinarla, como si fuéramos a pedir el almuerzo, pero aún no
hubiera decidido lo que quería comer. Yo bajé por fin mi periódico y me
la quedé mirando sin decir nada. Ella estaba de espaldas a la puerta;
miré en aquella dirección para recordarme a mí mismo dónde estaba,
por si necesitaba usar la salida a toda prisa, pero también porque tenía
la sensación de que estaba a punto de entrar alguien buscándola.
Estaba casi seguro de haber visto una escena idéntica en alguna
película antigua, pero nunca me había pasado nada remotamente
parecido. La camarera se acercó y le preguntó si quería pedir algo. Ella
siguió examinando atentamente la carta un poco más, como si le
interesara lo que ofrecía; al fin levantó la mano, miró a la camarera a
los ojos y su rostro se iluminó con la sonrisa más encantadora que he
visto nunca, aun teniendo la certeza de que era totalmente fingida.
—Creo que me tomaré una taza de café con mi marido, y
compartiremos un trozo de esa tarta que tiene en el aparador. ¿De qué
es?
La camarera le devolvió la sonrisa encantada.
—De pecanas. Está recién hecha.
—¿Te parece bien, cariño?
Yo sostenía el periódico a media altura, en una posición de
inseguridad defensiva. Por primera vez me miró a los ojos,
escrutándolos, intentando averiguar si realmente le iba a seguir el
juego o si me sentía tan perplejo por lo que estaba pasando que me
había quedado sin palabras. No dije nada; me limité a esbozar una
sonrisa casi imperceptible, una sonrisa de admiración profesional.
Ella volvió a mirar a la camarera y le guiñó un ojo.
—Él siempre me regaña cuando como dulces. Pero la vida es corta,
¿no?
—Un trozo de tarta no le hace daño a nadie, eso es lo que digo yo.
—Usted lo ha dicho. Venga, pues, nos tomaremos una ración a
medias, con helado.
—Muy bien, ahora se la traigo —dijo la camarera, que tomó nota,
aunque no se puso en marcha. Se quedó allí mirándonos
amistosamente desde detrás de su bloc.
—¿Y de dónde dicen que son?
Eso tenía ganas de oírlo. Miré al otro lado de la mesa y la observé
atentamente en busca de alguna fisura, pero no la encontré; no hizo ni
la mínima pausa, ni mostró la mínima duda.
—Vivimos en Longview —dijo—. Vamos de camino a Ruidoso.
Eso sí que era profesional: había elegido un lugar del este de
Texas, en el otro extremo del estado, lo suficientemente alejado como
para que la camarera no conociera a nadie del lugar. Friona era un
pueblecito de camino a las montañas de Nuevo México, y Bettie no
solo sabía eso, sino también el nombre de la población de montaña
que debía mencionar. Lo había pensado todo en medio segundo, o
quizá —probablemente— ya lo llevara preparado antes de sentarse.
—Aquello está muy bonito en esta época del año; mucho más
bonito que por aquí, eso desde luego —dijo la camarera, que
probablemente habría dejado el instituto hacía una década, aunque
parecía que ya hubieran transcurrido dos. Daba la impresión de que
mirando a Bettie se sentía mejor consigo misma.
Cuando un par de minutos más tarde se abrió la puerta principal del
café, yo seguía sentado a la mesa, haciendo caso omiso a todo lo que
dictaba el sentido común, observando a aquella mujer que fingía ser mi
mujer, con la que aún no había cruzado una palabra. El único motivo
que podía justificar que no me hubiera levantado y me hubiera ido
directamente a mi coche era que no tenía la sensación de formar parte
de su representación; era como si la estuviera observando desde lejos,
y estaba disfrutando del espectáculo. La tarta y el café llegaron por fin;
ella echó toda la leche que cabía en la taza para enfriarlo, y a
continuación se bebió la mitad, para que pareciera que llevaba mucho
más tiempo sentada allí del que había transcurrido realmente.
El hombre que entró por la puerta era más bien pequeño pero
robusto. Llevaba un traje vaquero de calidad y un sombrero de fieltro
con unas plumas grises de halcón decorando la parte delantera de la
cinta de cuero trenzado. Los cristales de sus gafas eran fotosensibles,
de esos que se supone que se vuelven transparentes en los interiores,
aunque en el oeste de Texas mantienen la tonalidad marrón mucho
más tiempo debido a la intensidad de los rayos del sol que han estado
bloqueando fuera. La chaqueta del traje le colgaba en vertical desde la
barriga y no vi ninguna cartuchera en el cinto, aunque bien podía llevar
un arma en la espalda, o en la pantorrilla. Paseó la mirada por el
comedor medio vacío —nuestra camarera; un joven granjero; un viejo
ranchero sentado al fondo, con el sombrero manchado de sudor; un
chaval mexicano de hombros caídos en un taburete de la barra; otras
dos mujeres del tipo maestra jubilada o ayudante del párroco sentadas
a otra mesa—, y me percaté de que no tenía muy claro a quién estaba
buscando, así que respiré algo más tranquilo.
Todos se volvieron a ver quién había entrado, y se lo quedaron
mirando más tiempo del que prescribirían los buenos modales en una
población de mayor tamaño. Ella actuó como si no se hubiera abierto la
puerta, examinando el pedazo de tarta que tenía pinchado en el
tenedor. El hombre se dirigió a nuestra camarera, que estaba junto a la
caja registradora, y le dijo algo en voz baja. Ella sonrió, pensativa, hizo
un gesto incómodo y luego se giró, vacilante, en dirección a nosotros.
El hombre no giró la cabeza para seguir su mirada. Se caló el
sombrero, se subió el cinturón y se sentó en una de las mesas de la
pared del fondo, casi detrás de Bettie, desde donde yo lo veía y él me
veía a mí. No volvió desviar la mirada en nuestra dirección. Hizo un
gesto a la camarera y le oí pedir un plato de enchiladas y un té helado.
Yo la miré a ella para ver cómo reaccionaba ante todo aquello. Ella
se acabó la tarta tranquilamente y me miró a su vez, fijamente, como si
se le acabara de ocurrir algo. Alargó la mano por encima de la mesa, la
apoyó en la mía en un gesto cariñoso, como de pareja, y me dijo, con
voz suave:
—Me gustaría saber cómo te ganas la vida.
Yo dejé la mano donde estaba, esbocé una sonrisa inofensiva,
doméstica, y respondí, con voz aún más suave:
—Yo creo que si alguien ha de hacer preguntas, quizá debería ser
yo, ¿no crees?
Tal vez porque sabía que el hombre no podía verle la cara, me miró
con lo que interpreté como un gesto de sinceridad, aunque no tenía
modo de saberlo.
—A mí me parece que sabes perfectamente qué es lo que está
pasando, y lo que estás haciendo. Así que empiezo a pensar que quizá
no seas de por aquí. Y que tú y yo nos dedicamos a una clase de
negocio parecido. Y que haber escogido esta mesa ha sido el mejor
golpe de suerte que he tenido en mucho tiempo.
—¿Por qué has escogido esta mesa?
—Era la más próxima a la puerta. Y estabas solo.
—A lo mejor soy un poli. A lo mejor has escogido mal.
Ella me miró como ofendida, como si hubiera insultado su
inteligencia.
Yo la miré fijamente a los ojos por primera vez y retiré lentamente la
mano, manteniendo la sonrisa familiar para que el tipo no sospechara.
—Mira, querida, no sé qué te traes entre manos, pero ahora mismo
no estoy en posición de meterme en ningún lío. Así que voy a
levantarme y voy a salir de aquí, a menos que ese vaquero de pacotilla
sea alguien a quien deba temer personalmente.
Por un segundo pareció contenta de que hubiera entendido la
situación. Pero al instante la expresión de su rostro pasó a ser de
intranquilidad.
—Es la primera vez en mi vida que veo a ese saco de mierda.
Probablemente sea cosa del maldito coche, en Hereford me percaté de
que me estaba siguiendo, fui hacia el oeste y pensé que le había
perdido, pero cuando entré en el pueblo apareció de pronto. Tengo los
cristales tintados, así que no creo que me haya visto. Probablemente
está ahí sentado intentando deducir si es a mí a quien busca, y quién
demonios eres tú.
Le eché otro vistazo al hombre.
—Yo diría que tiene que ver con el seguro, con el concesionario, o
que es un matón que alguien ha contratado para que te dé caza. ¿De
dónde ha salido el coche?
De nuevo aquella mirada dura.
—¿De dónde salen los coches? Calles, aparcamientos, fábricas de
coches. ¿Qué demonios sé yo? Me llegó con la promesa de que no
debía preocuparme, y aquí estoy.
Le di un sorbo a mi café y sonreí una vez más.
—Pongamos que el Señor Recompensas decide actuar. ¿Podría
hacerte pagar por algo más que conducir un coche extraviado?
Ella bajó la vista y examinó las migas de tarta del plato.
—Quizá.
—¿Quizá? ¿Hasta qué punto?
—Más de lo que me gustaría ahora mismo.
—¿Por qué crees que no ha llamado al sheriff para pedirle ayuda?
—¿Tú qué crees? —respondió, molesta—. Trabaja por su cuenta. O
para la compañía de seguros. O ambas cosas.
Probablemente para hacer tiempo, metió la mano en el bolso,
revolvió el contenido y sacó un chicle, que desenvolvió y se puso en la
boca.
—Si me ayudas a salir de aquí y me llevas a la parada de autobús
de Hereford, te juro que te compensaré por el tiempo y las molestias.
Yo le eché más leche a mi café, probablemente para hacer tiempo.
—Entonces anotará mi matrícula.
Ella esbozó una sonrisa diferente, que podía parecer conyugal y
maliciosa al mismo tiempo.
—¿Eso sería un problema para ti?
—Podría serlo.
Estaba empezando a ponerse visiblemente nerviosa, se notaba que
estaba a punto de perder la compostura. Intentaba no alzar la voz, pero
sin que pudiera apreciarse que susurraba.
—Quiere el coche. No va a irse de aquí sin él… ¿Qué coche llevas
tú? ¿Está aquí delante?
Decidí decirle la verdad. ¿Por qué no?
—Un Coronet Brougham. Aquí atrás.
—¿Un Brougham? ¿De pronto eres un hombre de familia?
—A veces ayuda a parecerlo.
—Ve a buscarlo. Tómate tu tiempo, que piense que te has
marchado. Luego para aquí delante, y te prometo que en cuanto te vea
estaré ahí fuera, antes de que él llegue a la puerta.
—Dame un motivo. No voy a aceptar tu dinero.
—Porque sé que a ti tampoco te apetece ver cómo ese capullo se
gana su comisión cebándose conmigo.
—Quizá si hubieras ido con más cuidado, no habrías corrido el
riesgo de que ocurriera. Ni me habrías metido a mí en medio.
De pronto se quedó pálida.
—Créeme, no es algo que me haya sucedido antes.
La creí. Y tenía razón: me sabría mal salir por la puerta y dejar que
un vulgar ajustacuentas del seguro se cebara con ella. Pero lo que me
convenció no fue eso. De pronto me di cuenta de que, por peligroso
que fuera ayudarla, sería mucho más peligroso dejarla allí y volver a
encontrármela más adelante, a ella o a quienquiera que trabajara con
ella. Lo que estaba claro era que yo había elegido el bar equivocado
esa mañana. Y si no sabes reaccionar ante las circunstancias, acabas
pagándolo. Dejé unos dólares para pagar la cuenta y salí por la puerta.
Ella se metió en el coche en cuanto giré la esquina, y para cuando el
hombrecillo llegó al aparcamiento nosotros ya estábamos en la
carretera.
En lugar de dirigirnos a una parada de autobús, fuimos a mi motel,
pagué la cuenta y viajamos en mi coche hasta Amarillo, donde me
costaría menos encontrar otro vehículo. En cuanto nos hicimos con
uno, seguimos hasta llegar casi a la frontera del estado. En Childress
(población que llevaba evitando más de seis meses) tomamos una
habitación en el Trade Winds Motel. Durante los tres días siguientes
pasé cada minuto esperando que llegara el fin; oía las sirenas; el
estruendo de media docena de coches patrulla haciendo chirriar los
frenos frente a la puerta y una docena de tipos con rifles apuntándonos;
el sonido de la ventana del baño al romperse en pedazos y más
policías entrando por allí. O me imaginaba despertándome con dos o
tres extraños en la habitación, y ella al otro lado de la alcoba,
vistiéndose, diciéndoles qué hacer conmigo en español. Me había
expuesto por completo y me merecía todo lo que pudiera sucederme.
Pero no pasó nada: ni hombres, ni coches. Podía haberse ocupado
de mí ella misma —dormí como un tronco por primera vez en meses—,
pero ni siquiera hizo eso. Aquellos dos días apenas salimos de la
cama, ni comimos, ni hablamos. Al tercero, mientras me duchaba, ella
miró en mi cartera y empezó a llamarme Cliff, y se reía cada vez que lo
hacía, porque tenía claro que el nombre de aquel carné de conducir no
era el mío. Yo le dije que no quería saber su nombre, pero ella me lo
dijo igualmente, así que supuse que sería tan auténtico como el mío.
No era gran cosa en la cama. Era demasiado egoísta para eso.
Pero yo no había estado con ninguna mujer en casi dos años, así que
me pareció maravilloso. No era muy expresiva, pero cada vez que
llegaba al orgasmo emitía una serie de grititos cortos y agudos, como el
aullido de un coyote al anochecer. Estaba seguro de que todo el mundo
en el motel la debió de oír. Daba la impresión de que era el único
momento en que se olvidaba de todo, y quizá eso fuera lo único que la
hacía entrañable; eso, y el hecho de que no me dejó tirado y sin blanca
cuando bajé las defensas.
Por supuesto, lo que hizo después, cuando yo ya me había
confiado, fue mucho peor.
New Coña estaba dividida en dos por una quebrada de poca
profundidad que la atravesaba prácticamente de noroeste a sureste,
en la misma dirección en que aumentaba imperceptiblemente la
altitud del terreno. En otros tiempos, por la quebrada discurría un
caudal de agua estacional lo suficientemente abundante como para
que abrevaran los caballos, de modo que se convirtió en el camino
por el que llegaron los primeros colonos, gente ruda que, por
motivos desconocidos, eligieron aquel punto perdido en la
inmensidad de la meseta para poner fin a sus viajes, asentarse y
pasar el resto de sus vidas. Crearon una población orientada según
los puntos cardinales, un cuadrado de kilómetro y medio de arista
que aún conservaba muchas calles sin asfaltar. El pueblo se
encontraba ciento cincuenta kilómetros al oeste del meridiano 98 —
no lo bastante cerca como para que cayera suficiente lluvia la
mayoría de los años—. Un panfleto de principios de siglo que
anunciaba la venta de terrenos, animando a los granjeros situados
al oeste del llano mediante una elaborada promesa falsa con
respecto al lugar: «Un clima que hará las delicias de todos». Troy no
sabía de dónde venía aquel nombre. ¿Habría una Old Coña? ¿O
quizá una Coña, a secas, en México? Si existía una Coña en algún
lugar, ¿qué motivos habría para que la celebraran creando una
versión nueva? El nombre le recordaba la palabra «coño», que los
chavales mexicanos empleaban a veces para designar a los
gringos, siempre entre risas.
Troy salió de la casa y cruzó el pueblo en coche por la quebrada.
Él no recordaba haber visto nunca agua en el cauce, aparte de las
cuatro gotas restantes tras una lluvia ocasional, y aún le resultaba
raro imaginarse algo parecido a un río pasando por allí. Tuvo
aquella sensación familiar de bajar de cota en el momento en que la
carretera descendía hasta el lecho, una buena carretera asfaltada,
la prueba definitiva de que ya nadie esperaba que llegara el agua;
los torrentes que habían esculpido el terreno se habían secado
mucho tiempo atrás, y el agua había sido desviada a los aspersores
que regaban kilómetros y kilómetros cuadrados de campos de
algodón que se la bebían con avidez.
Al fondo de la quebrada crecía lo que en el llano llamaban
«bosque», una extensión de árboles de jaboncillo y de tempisque,
de modo que instalaron allí el parque del condado, al este de la
carretera, en torno a una colina artificial cubierta de vegetación, un
lugar exótico para los niños. La carretera dejaba atrás la quebrada y
pasaba junto a la piscina del condado, el único lugar del pueblo
donde estaba garantizada el agua, aunque ahora permanecía
cerrada y vacía, hasta el verano. La pintura azul aguamarina del
fondo de la piscina reflejaba la luz de los faros del aparcamiento,
como si fuera un almacén subterráneo de luz de día.
A continuación estaba el New Coña Motel, uno de los pocos
moteles del norte del Texas que Troy no conocía al dedillo. Redujo
la marcha y vio el rostro de un anciano en la ventanilla de la oficina,
pálido a la luz del fluorescente. Como la mayoría de los
establecimientos en aquella zona, por la que solo pasaba gente de
camino a las montañas de Nuevo México o de regreso, el motel se
había convertido en una reliquia; los moteles de la interestatal y las
autocaravanas lo habían relegado, y se mantenía gracias a los
camioneros y a los inmigrantes contratados como mano de obra en
las granjas. En la esquina más próxima a la oficina había tres
camiones articulados, uno tras otro, pero el aparcamiento estaba
casi vacío, salvo por unas cuantas camionetas llenas de polvo cuya
posición indicaba las habitaciones ocupadas.
Troy giró a la izquierda en la calle principal y pasó frente al diner
—un edificio romo construido con bloques de cemento—, el
supermercado y la única gasolinera superviviente, que pese a
suministrar gasolina Exxon aún conservaba su antiguo cartel de
Humble Oil. Troy observó que la Primera Iglesia Baptista había
erigido un impresionante cartel luminoso al borde del aparcamiento,
una herramienta de evangelización que muchas iglesias de pueblo
habían empezado a usar para hacer llegar sus minisermones a
través de los parabrisas de los conductores noctámbulos. Las letras
de vinilo encajadas en los renglones decían:
No puedes caer
si ya estás
de rodillas
Génesis 33:3
Con los miles de kilómetros que llevaba al volante, Troy había
llegado a convertirse en un buen conocedor de ese tipo de homilías,
y esta en concreto le causaba admiración, aunque se sintió obligado
a observar que quien la pensó probablemente no habría sufrido
nunca la indignidad de verse incapaz de evitar el desplome total
después de haber estado de rodillas, tal como le había sucedido a él
un par de veces en sus días de bebedor.
Durante un año más o menos, tras la muerte de su madre, Bill
Ray llevó a Troy a Harlan a aquella iglesia, pero solo a los servicios
del miércoles por la noche. Bill Ray no soportaba la presión social y
las falsas expresiones de consideración de los domingos. Los
miércoles apenas solía llenarse un tercio de los bancos, y los
feligreses que acudían eran, o bien gente profunda y abiertamente
devota, que era observada con cierta desconfianza por los
habituales del fin de semana, o simplemente personas solitarias,
muy fieles o demasiado tímidas para decirles algo a Bill y a los
chicos.
Troy recordaba que su padre le dejaba tumbarse sobre los largos
cojines dorados de los bancos, donde se sumía en un sueño
profundo, observando de lado los libros con los cánticos colgados
de sus ganchos, y los receptáculos cilíndricos para los minúsculos
vasitos de zumo de uva que se repartían desde los pasillos en
conmemoración de la Última Cena. Intentó recordar otros detalles
sobre la iglesia, pero solo le venía a la mente la pila bautismal,
oculta tras un par de pesadas cortinas de terciopelo azul descorridas
en una abertura rectangular pasados los asientos del coro, que
permitían ver al predicador y al suplicante vestidos con túnicas en
una bañera de fibra de vidrio oculta con agua templada hasta la
altura de la cintura. La pared de detrás estaba pintada con un
trampantojo de un río que se perdía en un horizonte iluminado por
las luces rojas del atardecer, una imagen nunca vista en aquella
región sin agua, y por tanto prácticamente celestial. Pensó en lo
curioso que era que una sola decisión impulsiva, tomada a los doce
o trece años, la de creer en el Señor y dejar que alguien te
sumergiera públicamente en el agua, pudiera tener el poder de
cambiarlo todo durante toda la eternidad. Recordaba que cuando él
lo hizo se quedó pensando en dónde iría a parar el agua de la pila
bautismal. ¿Se sumiría por el desagüe hasta la misma alcantarilla
que todo lo demás?
Troy no tenía recuerdos de Bill Ray hablando de sus creencias,
pero una vez le dijo que aunque la iglesia no fuera más que un lugar
donde la gente se reunía con falsas pretensiones, al menos era uno
de los lugares más agradables donde poder hacerlo. Se sentaba en
el último banco, muy quieto, con la espalda erguida, vestido con su
traje marrón para las ocasiones, entre sus dos hijos adormilados,
con los brazos extendidos por encima de sus cabezas.
Troy pasó frente a la escuela que, por ser el principal centro de
enseñanza del condado, tenía una historia impresionante. Los niños
entraban en el edificio bajo del extremo oeste a los cinco años de
edad, pasaban por las aulas de secundaria en el edificio central, de
estilo misión española, y salían a los dieciocho años —si tenían
suerte, no como en el caso de Harlan y Troy— por el edificio del
extremo este, más grande, que también acogía los dos teatros del
pueblo, el auditorio y el gimnasio.
A continuación estaban la cooperativa de ahorro y crédito y el
difunto cine Mac, que perdió la marquesina a mediados de los años
sesenta, poco después de cerrar; la vieja barbería, convertida ahora
en una tienda de venta y reparación de aparatos de radioaficionado;
una heladería Dairy Queen, con su aspecto siempre impecable; y el
edificio de tres pisos del juzgado, de ladrillo color beige, con un aire
vagamente moderno que contrastaba con el resto de edificios del
pueblo y lo hacía destacar.
Como la mayoría de pueblos de su tamaño, New Coña era una
imagen del Estados Unidos rural en miniatura: cualquiera que lo
atravesara por el centro percibiría en menos de cinco minutos la
huella del último siglo: los grandes esfuerzos de los pioneros para
crear los primeros edificios con gran trabajo, la prosperidad y los
ambiciosos edificios municipales que surgieron en los años
cincuenta, seguidos de una lenta decadencia estructural y cívica en
forma de viviendas en remolques, casas de bloques de hormigón,
bungalós prefabricados y solares invadidos por la hierba,
extendiéndose como una plaga en medio del pueblo. La última vez
que atravesó aquella calle fue para salir del pueblo, y sería por
mucho tiempo. Era un sábado por la noche, tras el desfile del rodeo,
y todo el mundo se había ido a casa. Las gradas instaladas frente al
tribunal ya estaban vacías, y habían limpiado la calle principal, pero
en el suelo aún quedaban plastas verduzcas de mierda de caballo
fresca, una imagen simbólica perfecta para su despedida.
Al frente, a la izquierda, brillaban unas luces que parecían querer
atraer al público al escaparate de un negocio, y al acercarse vio que
procedían de un colmado Allsup que no estaba allí el día que se fue.
Sin tener muy claro que aquello fuera una buena idea, paró enfrente
de la tienda y comprobó que no hubiera gente en la calle. Salvo por
un cajero tras el mostrador, no había nadie dentro, o al menos él no
vio a nadie a través del gran cristal del escaparate. La parte superior
de la cabeza del cajero quedaba oculta tras el estante de los
cigarrillos, pero a juzgar por su postura y por los cuatro pelos de su
barba, no debía de tener más de dieciséis o diecisiete años.
Troy salió del coche y entró con decisión, sin decir nada, sin
establecer contacto visual. Se dirigió hacia el pasillo de los cartones
de leche y se detuvo un momento, fingiendo que examinaba un
estante lleno de bolsas de Fritos y de cortezas de cerdo, y
aprovechó para mirar de reojo al muchacho, no para ver si lo
conocía, sino para ver si se parecía a alguien que conociera, a
alguien de su edad que podría ser su padre o su madre y que
pudiera reconocerlo por la descripción del chaval.
Un minuto después por fin tuvo a su presa a la vista; el chico
miraba hacia la calle a través del cristal del escaparate, con cara de
que le habría gustado cambiar su puesto por cualquier otro lugar ahí
afuera. Troy estaba algo sorprendido: el chico era mexicano, lo cual
reducía las posibilidades de que lo identificara; aquello bastaba para
bajar la guardia.
Miró alrededor, cogió un paquete de chicles y se acercó al
mostrador. Vio que el chico lo observaba al acercarse, mientras se
situaba tras la caja. Intentó adoptar una voz profesional, pero sonó
como suele sonar cuando un chico de su edad entabla una
conversación con un adulto: forzada, tensa, algo vacilante, como si
hubieran abordado un tema incómodo.
Era más alto que Troy pero tenía los hombros finos y caídos
hacia delante. El rostro cetrino, pálido; probablemente su dieta
incluyera demasiados artículos salidos de los estantes de la tienda.
Aún no era lo bastante mayor como para tener bigote, pero lo
intentaba; el resultado era una especie de araña de plástico en el
labio superior, un puñado de tentáculos negros orientados en
diferentes direcciones.
—¿También quiere llenar el depósito, señor?
—No, no necesito gasolina. Solo quería algo para tener la
mandíbula ocupada hasta que llegue a Lubbock —dijo Troy. Puso un
billete de veinte dólares sobre el mostrador y, sin darle tiempo a
pensar, añadió—: Mira, hijo, quiero preguntarte algo. Yo solía venir
por aquí de vez en cuando, hace unos años, y hacía negocios con
un tipo llamado Bill Ray Falconer. ¿No lo conocerás por casualidad,
si es que sigue en el pueblo?
El rostro del chico se ruborizó ligeramente y su inicial aire
dubitativo dio paso a una incomodidad patente. Se quedó muy
quieto un momento, dando ocasión a Troy para fijarse en las
grasientas salchichas que giraban entre los rodillos del calentador
de infrarrojos junto a la caja.
—¿Cómo dice que se llamaba, señor?
—Falconer —dijo Troy—. Alto, delgado, bien vestido, más bien
robusto y con el cabello muy corto, cuando era joven. Tenía un par
de hijos ya mayores, si no recuerdo mal.
El chico tardó un momento en responder.
—Sí, señor, lo conozco. Lo conocía, quiero decir. Lamento
decírselo, señor, pero está muerto. Falleció hace unos años, de
infarto, creo.
Troy soltó un silbido y bajó la vista, fijándola primero en el
mostrador y luego en la placa prendida del bolsillo de la camisa del
muchacho, que ponía B. Jiménez.
—¡No me digas! Siento oír eso. Vaya.
Troy esperó mientras el chico le hacía la cuenta.
—¿No solía vivir en el extremo noroeste del pueblo, junto a los
pastos?
—Sí, señor, ahí vivía.
—¿No sabrás si sus hijos siguen viviendo en la casa?
Las mejillas imberbes del chico volvieron a encenderse. Era
como si de pronto se hubiera dado cuenta de que estaba solo al
frente de una tienda, en plena noche. Había algo en Troy que le
ponía nervioso.
—Uno de ellos, un tal Harlan, solía vivir allí —dijo—, pero…
bueno, no lo sé. Debió de tener algún problema o algo, porque se
fue hace un tiempo, y ahora el condado alquila la casa.
El chico pareció recuperar algo de confianza al oírse a sí mismo
relatando aquellos hechos comprobables.
Troy vio detenerse una camioneta sucia frente a la tienda y de
pronto fue consciente de lo mucho que iluminaban los fluorescentes
del interior.
—¿Y adónde crees que fue a parar el tal Harlan? ¿Se mudó a
otro pueblo?
Le pareció distinguir la sombra de una sonrisa en el rostro del
chico, pero enseguida recuperó su inmovilidad.
—Bueno, sigue por aquí. Pero creo que ahora ya no está en el
pueblo. Se ocupa del mantenimiento de esa enorme torre de radio al
este, la que se ve desde la carretera de Brownfield, pasada la puerta
del rancho de Bozart. He oído que ahora vive allí. Pero no es
exactamente una casa, ni nada por el estilo.
—¿Y qué fue del otro hermano?
El chaval miró hacia la calle. El hombre que había llegado en la
camioneta, un viejo con una gorra de camionero, estaba poniendo
gasolina, con la mirada perdida en la tienda mientras repostaba.
—No sé nada de él, señor. Ni siquiera sé cómo se llamaba. Me
parece que tuvo algún problema con la ley, pero no lo sé con
seguridad. Quizá también esté muerto.
El chico hizo una pausa, puede que preguntándose si no debería
haberse callado aquella última reflexión, pero cuando vio que no
producía ningún efecto en su interlocutor se atrevió a lanzar una
pregunta:
—¿Qué tipo de negocios tenía usted con Bill Ray?
Troy cogió el paquete de chicles, lo dejó caer en el bolsillo de su
camisa y esbozó una sonrisa forzada, mirando al chico a los ojos
por primera vez.
—¿Cómo te llamas, hijo?
El chico lo miró un segundo, pero apartó la mirada enseguida.
—Brandon.
—¿Brandon?
—Sí, señor. Brandon Jiménez.
Troy sonrió y se tocó la ceja con un dedo.
—Gracias por tu ayuda, Brandon Jiménez. Que pases buena
noche. Quizá nos veamos la próxima vez que pase por aquí.
Troy quería ver a Harlan de día, así que condujo hasta un campo
de extracción de petróleo e intentó dormir, sin mucho éxito. Cuando
embocó la carretera que llevaba a la torre de radio, el sol casi
asomaba en el horizonte, y con aquella luz ya podía ver el perfil de
la barraca de bloques de hormigón, sin ventanas, situada al pie de la
torre. Parecía minúscula en comparación con la torre, que se
elevaba sesenta metros hacia el cielo como una escalera
esquelética, sostenida por una batería de tirantes más rectos que
los radios de una bicicleta y que acababan entre los pastos. Los
cables emitían un sonido metálico al contacto con la brisa, pero
cuando Troy salió del coche y se acercó a la barraca el silencio era
tal que oyó perfectamente el sonido de la palanca de un rifle al
cargar.
—Da un paso más y te reviento la cabeza.
La voz procedía de arriba, y cuando Troy levantó la vista
distinguió la gran silueta cuneiforme de una cabeza contra el
parapeto situado tras el tejado de la barraca. Instintivamente abrió
los brazos, mostrando las palmas de las manos, y se detuvo donde
estaba, a la espera de la siguiente instrucción.
Al ver que no llegaba, levantó la vista y preguntó:
—¿Ese es el viejo Winchester de Bill Ray?
La cabeza y los hombros de Harlan se hicieron visibles sobre el
parapeto, una mancha oscura contra la luz morada del cielo.
—Hace veinte años que ese rifle no funciona, Harlan.
La respuesta tardó en llegar.
—¿Y tú cómo sabes que no lo he reparado?
—Porque sé que no lo harías.
—Quizá tú pienses eso, y quizá te vuele los sesos igualmente.
Troy dejó caer las manos a los lados del cuerpo.
—Entonces hazlo y acabemos de una vez. O baja de ahí y
hablemos.
Harlan levantó el rifle y se lo cargó al hombro lentamente, pero
no parecía dispuesto a abandonar su posición.
—¿Adónde estaba llamando cuando te llamé este mes? —
preguntó Troy.
Se hizo otro largo silencio en el que solo se oía el ruido del
viento.
—La compañía telefónica me permitió conservar el número.
Ahora suena aquí. No deberías presentarte en casa de la gente a
estas horas de la mañana, Troy. Al final, conseguirás que te peguen
un tiro.
—¿Es aquí dónde vives? —preguntó Troy, echando a caminar de
nuevo en dirección a la barraca.
—Por así decirlo. A la empresa no le importa que esté aquí.
Mientras haga mi trabajo. No es gran cosa: un hornillo, un catre. No
hay sitio para una nevera, pero el depósito de ahí fuera mantiene las
cosas bastante frescas.
Volvió a guardar silencio, aparentemente en busca de algo más
que decir de su vivienda.
—La señal de televisión es insuperable. Si pegas el cable de la
antena a los hierros de la torre puedes sintonizar cualquier canal de
Dallas con una claridad increíble.
Troy echó un vistazo al terreno donde se levantaba la torre, una
extensión de hierba seca de aspecto lamentable que la vegetación
iba reconquistando a toda prisa.
—¿Cómo perdiste la casa? —preguntó, consciente de lo absurdo
que era hablarle a un hombre subido a un tejado en posición de
disparo.
Harlan se puso en pie lentamente, gruñendo, y se fue hasta una
escalera de metal atornillada al lateral de la barraca. Miró hacia el
horizonte, luego apoyó el rifle en el tejado, contra el parapeto, y lo
envolvió varias veces en una gruesa lona impermeable. Apoyó todo
su peso en la escalera y bajó.
Se acercó a Troy sacudiéndose el polvo de la camisa y de los
pantalones con las manos y se lo quedó mirando. Se detuvo a más
de un metro de distancia.
—La vida de delincuente siempre te ha sentado bien, Troy —dijo
—. No has envejecido ni un día desde la última vez que te vi. Ni
siquiera recuerdo cuánto tiempo hace.
Harlan tenía el rostro más flaco y los ojos más hundidos que la
última vez que lo había visto Troy. Sus rasgos recordaban más a Bill
Ray que nunca. Ya empezaba a tener ojeras y los codos de alguien
una década más viejo que él, debido en parte al hecho de a que
ahora llevaba un sombrero de vaquero de fieltro de bordes
redondeados como el que lucía el presidente Johnson, combinado
con el uniforme de los antiguos granjeros y rancheros, que solían
llevar sus pesadas camisas de trabajo embutidas en pantalones de
estilo militar, nunca pantalones vaqueros. Harlan era un grandullón,
pero aun así los pantalones le venían grandes, y llevaba las mangas
arremangadas por encima del codo. Sus grandes manos colgaban
pesadamente a ambos lados del cuerpo, como si no fueran suyas.
—¿Qué le pasó a la casa?
—Eso ya me lo has preguntado.
—Te lo pregunto otra vez.
Harlan se volvió hacia la barraca sin prisas, atravesando las altas
hierbas que prácticamente la ocultaban de la carretera. A cada
paso, los saltamontes salían disparados hacia los lados como
salpicaduras de agua. Habló desde el interior de la barraca, donde
había encendido una luz:
—Ella me dijo que la usara como aval para un préstamo, aunque
no valía gran cosa. Cuando se fue también se llevó eso. El banco la
reclamó hace un par de meses. Darryl se presentó personalmente y
me dijo que odiaba tener que hacerlo.
Troy no sabía nada de aquello. Por un momento tuvo la
sensación de que el suelo se movía bajo sus pies, de que la
ignorancia se extendía en todas direcciones. Se volvió, dando la
espalda a la carretera, y observó cómo se iba iluminando la tierra. El
depósito de agua se encontraba a unos treinta metros, al pie de un
viejo molino Monitor que aún no giraba impulsado por el viento. Más
de cien kilómetros al oeste, una línea de nubes monumentales
avanzaba sobre la llanura y Troy se quedó mirándolas,
preguntándose cuánto tardaría Bettie en gastárselo todo.
—¿A ti qué te importa la casa? Hace más de diez años que no
vives allí. Joder, ni siquiera pasabas mucho tiempo en ella cuando
vivías. Era mía.
Troy le habló de la visita.
—No me he sentido tan mal al verla otra vez, Harlan, como
pensé que me sucedería. La lástima es que dejaras todos los
muebles. Me cabrea pensar que ese cabrón del ayudante del sheriff
pueda usarlos.
—¿Has roto una de mis ventanas, Troy?
—No he tenido que romper nada. Aún tengo la llave.
Harlan se quedó pensando un momento en lo que acababa de
decirle.
—Si se me llega a ocurrir que podías hacer algo así, habría
cambiado las cerraduras hace mucho tiempo.
Troy ya estaba a la altura de la puerta. El espacio en el que vivía
Harlan no era mayor que un baño de dimensiones modestas, salvo
que allí no había sanitarios, ni siquiera un lavabo.
Troy había estado en unas cuantas habitaciones de motel más
acogedoras. El mobiliario consistía en un catre de madera en la
pared de la derecha, con una manta de pelo de caballo gris y una
almohada sin funda. En la parte trasera había una especie de cocina
de campaña con un fogón, una cafetera eléctrica y un pequeño
armario con platos, tazas y unas cajas amontonadas en un tablón de
veinte centímetros apoyado en dos bloques de hormigón para
mantenerlo separado del suelo. Cerca de la toma telefónica había
un antiguo teléfono negro de baquelita colgado, con un cordón
trenzado. En un mueblecito plateado, al otro lado, había un pequeño
televisor Philco que parecía más bien un apéndice de la enorme
batería de equipos electrónicos con interruptores y ventiladores de
refrigeración que había detrás, el equipo de retransmisión de la
torre. Todo aquello desprendía un olor metálico, acre, y la única luz
provenía de un aplique en el centro del techo, amarillento por la
papilla de insectos que se había acumulado en su interior.
—Te gustará saber que al llegar al pueblo, anoche, presenté mis
respetos a tu tumba —dijo Troy—. No había ningún sitio donde
poner flores.
Harlan cogió un pequeño cazo de aluminio y echó agua de una
garrafa. Puso el cazo sobre la placa del fogón, que adoptó un color
rojo candente. Luego retiró la goma que mantenía cerrada una caja
de gachas de trigo y se sentó en la esquina de su catre, esperando
que hirviera el agua.
—Nadie va a preocuparse de eso cuando yo no esté, así que
pensé que valía la pena solucionarlo. Menos mal que lo hice cuando
aún tenía algo de dinero. Bettie me habría matado por eso, pero es
prácticamente lo único de valor que no se pudo llevar.
Sonrió y apartó la mirada, aunque Troy también se esforzaba
todo lo posible por evitarla.
—Lo único de valor que me queda, y tendré que morirme para
poder usarlo. Seguro que hay alguna canción que hable de eso.
Troy cogió una silla plegable de metal que estaba apoyada
contra la pared, el otro único mueble que había en la chabola. Allí
dentro no cabía, así que abrió la puerta y colocó la silla del otro lado
del umbral, sobre la piedra caliza del terreno, y se sentó fuera
mirando hacia el interior, usando las piernas para balancearse.
Harlan cogió una taza de un gancho que había sobre el cabezal de
su cama.
—¿Café?
—No, gracias. Me he tomado uno en casa del ayudante del
sheriff.
—¿Y de quién es ese coche que conduces?
—Mío, de momento.
—Sabes perfectamente que no voy a poner un pie dentro de ese
cacharro. La camioneta está ahí atrás. No te puedo prometer que
nos lleve muy lejos, pero es lo único que voy a conducir.
De pronto Troy vio un perro casi del mismo tono parduzco de la
hierba que se estiraba a unos cuatro metros de distancia. El animal
gimoteaba en sueños, moviendo ligeramente las patas,
probablemente persiguiendo algo en sueños, pero en perpendicular
al suelo.
—Pensaba que no te gustaban los perros, Harlan. ¿De dónde
has sacado ese?
—No fue cosa mía. Fue él quien me encontró a mí —dijo Harlan
—. Parece ser que vive aquí. A estas estaciones de radio las llaman
casetas de perro, así que supongo que esta debe de ser la suya. —
Harlan se levantó del catre y se acercó a la puerta, chasqueó los
dedos y silbó. Sin mover la cabeza del suelo, el perro abrió los ojos,
lo miró y después observó a Troy con desconfianza—. Es viejo, está
algo chocho. Lo encontré tendido, junto al cuenco del agua vacío.
Estaba tan débil que ni gemía. Se quedó ahí, con la cabeza en
dirección al cuenco, como una varita de zahorí que te dice dónde no
está el agua.
El perro abrió los ojos y luego cerró los párpados otra vez.
—No es mala bestia, cuando está despierto. Lo llamo Beau Jack.
Por aquel otro que trajo Bill Ray a casa.
Troy observó al viejo perro, que curiosamente parecía una
especie de caniche gigante. Se rio.
—Él no trajo aquel perro a casa, Harlan. El chucho se presentó
un día y Bill Ray se lo llevó varias veces al campo para librarse de
él, pero él siempre encontraba el camino de vuelta a la casa. Así
que al final Bill se rindió. Le puso el nombre de un boxeador negro
famoso de otro tiempo.
—¿Y qué fue del perro?
—Le gustaba correr por los pastos de noche. Probablemente
pensaría que los coyotes que lo llamaban eran amigos. Una mañana
no regresó.
—Como alguien que yo me sé —dijo Harlan, cruzando una
mirada con Troy por primera vez.
Se sirvió café y se preparó el desayuno en el catre, con una
desenvoltura que hacía pensar que aquello debía de ser su rutina
diaria. Harlan siempre había sido endiabladamente metódico, pero
el ritual de sus movimientos aquella mañana produjo un efecto
distinto en Troy. Eran predecibles, casi tranquilizadores. Le hicieron
pensar en un monje benedictino que estuvo observando durante una
hora en una tienda de segunda mano, mientras tallaba un par de
ángeles a partir de un taco de madera de pino.
Harlan se puso a comer sin levantar la vista de su cuenco.
—¿Dónde te has metido estos últimos años? Nunca decías
desde dónde llamabas.
—En ningún sitio en particular.
—Hace un año, un espalda mojada que conozco me aseguró
que te había visto frente a un motel de Sweetwater. Le dije que
estaba loco. Que probablemente ni siquiera estarías por esta parte
del país.
Troy recorrió la torre lentamente con la mirada, levantando la
cabeza para seguir la trama de hierros que ascendían hasta el cielo,
donde parecía curvarse como un puente de cuerda.
—Probablemente tu espalda mojada tuviera razón —dijo—. Gran
parte de mi trabajo se desarrolla en el sector hotelero del oeste de
Texas.
Harlan se rio, con una risa que sonó forzada e involuntaria a la
vez.
—¿Tu trabajo? Y una mierda. No sé cómo has podido estar todo
este tiempo por aquí, sin que nadie te reconociera y te denunciara.
—No me quedo demasiado tiempo en ningún sitio. Pero ¿sabes
lo más gracioso? En los moteles la gente no presta demasiada
atención a los demás. Suponen que son desconocidos que no
volverán a ver. Quizá los espaldas mojadas se fijen más porque la
gente tampoco se fija en ellos.
Harlan comió rápido, haciendo ruido.
—Quizá —dijo, con la boca llena—. Y quizá es que has tenido
suerte, como siempre.
Recogió los platos y encendió la tele, que cobró vida con una
película del oeste barata. En la pantalla, dos hombres se peleaban a
puñetazos, hasta que uno de ellos, un pistolero solitario —tenía toda
la pinta de pistolero, con sus guantes negros y sus bandas elásticas
en las mangas— se apartaba trastabillando por el desierto, con la
mano de la pistola ensangrentada. El sonido estaba apagado, así
que Troy no se enteró muy bien de qué estaba pasando.
—¿Cuándo le darán corriente a este trasto? —preguntó, mirando
hacia la base de la torre, que se volvía cada vez más fina y parecía
apoyarse grácilmente en un aislante de cerámica que parecía un
rombo gigante.
Harlan pasó junto a Troy en dirección a la balsa del exterior, con
su cafetera y unos cuantos platos en la mano.
—Por aquí no ha pasado una señal de radio en dos años: la
pequeña emisora de música country a la que pertenecía se hundió.
La compañía al principio me pagaba para que viniera a echar un
vistazo porque por las noches se llenaba de adolescentes que
venían a beber cerveza, a echar algún polvo y Dios sabe a qué otras
cosas, a colocarse, supongo. La primera vez que vine era como si
hubieran destripado a alguien en la cabaña: tardé dos días en
limpiarla.
Se detuvo al llegar a la media luna de terreno que habían
despejado de vegetación las ruedas de los vehículos al girar, al final
del camino de tierra.
—En cuanto sepan que me he ido volverán aquí como una bala,
esos hijos de perra. Pero cuando regresemos quizá no necesite
esto.
—No vamos a volver —dijo Troy—. Si la encontramos, yo
seguiré mi camino, volveré a mi rutina habitual.
A medio kilómetro de allí una avioneta fumigadora cruzó el cielo
a baja altura en dirección este, una Piper de un solo motor que por
el aspecto y el sonido recordaba una avispa. Estaba tan cerca que
se veía la cabeza del piloto. La avioneta se balanceó brevemente,
pero Harlan se limitó a seguirla con la mirada; no levantó una mano
para devolver el saludo. Troy se volvió para mirar la camioneta Nova
de su padre —un montón de chatarra de aspecto lamentable— y se
preguntó qué estaría haciendo una avioneta de fumigación volando
en noviembre.
—Tenemos que ponernos en marcha hoy mismo, Harlan —gritó
Troy, elevando la voz por encima el zumbido del motor para hacerse
oír.
Harlan se dirigió hacia la balsa, hablando mientras caminaba.
—¿Y qué vamos a hacer si no? ¿Quedarnos aquí y jugar al pilla-
pilla? Necesito una hora para desmontar este tinglado. Mete tus
cosas —o las cosas de quienquiera que sea— en la camioneta.
Luego puedes seguirme. Dejaremos ese coche entre el pasto, tras
los árboles, le quitaremos las matrículas y lo taparemos con
maleza… Así es como lo haríais tú y tus chicos, ¿verdad?
—No hay chicos, Harlan —dijo Troy—. Trabajo solo. Y sí, eso es
lo que haría.
5 de septiembre de 1972
La primera vez que robé un vehículo fue un viejo tractor, un Allis-
Chalmers diésel de color rojo óxido. Tenía diecisiete años. Resultó tan
fácil que creo que eso fue mi perdición. Nadie cierra un tractor, no hay
llave, solo un botón de arranque sucio y un estárter, y de pronto tiembla
como un terremoto y cobra vida, como si estuviera esperándolo.
Me lo llevé una noche, para llegar al bar en la frontera del estado, al
oeste de Bronco, y pasar alcohol de contrabando el fin de semana del
rodeo. Lo había planeado con dos chicos mayores que yo. (Vivíamos
en un condado donde imperaba la ley seca, justo en la frontera con un
estado donde sí estaba permitido el alcohol, una coincidencia
geográfica que brindaba una interesante oportunidad de negocio).
Nadie podía pasar a buscarme y yo no iba a caminar los tres kilómetros
que había desde casa de mi tío, donde estaba trabajando el campo
aquel verano. Así que cogí el tractor y lo aparqué tras una arboleda a
unos cien metros del bar, y luego lo usé para volver al lugar donde lo
guardaban, tras la camioneta del viejo.
El tractor tampoco era suyo; el banco llevaba un mes intentando
recuperarlo. Pero yo lo traté como si fuera mío, probablemente porque
ya me iba dando cuenta del placer que da llevarse algo impunemente,
ser el único que está al corriente de tu propio acto. Supongo que
siempre supe que se me daría bien.
Dejé Texas con poco más de veinte años para ver si era capaz de
triunfar en otro sitio, aprender algo del mundo. Pasé por Tucson y San
Diego, luego por Sacramento, y llegué hasta Spokane y Seattle, al
norte. De vez en cuando encontraba un trabajo decente, pero acababa
robando casas hasta que no aguantaba más la tensión. Entendí por
qué tantos ladrones de casas acaban siendo bebedores y drogadictos.
Los coches eran más fáciles y daban más dinero. Desde el principio me
gustó el negocio de robarlos.
Casi como sucedía con los caballos en siglos anteriores, los
automóviles son esenciales para la vida en el Oeste, y cuando hago
esta comparación me alegro de que con el progreso hayamos
eliminado la pena de muerte para quienes roban algo tan vital. Cuando
empecé en este negocio aprendí tal como aprende la gente en
cualquier otro empleo legal. Mi primer empleo fue en un taller de
Hobbs, en Nuevo México, trabajando para un hombre que decía que
necesitaba mecánicos especializados. A los veinticinco años de edad,
más o menos, me movía en unos círculos que te permitían enterarte de
ocasiones así. Tal como cabría esperar, aquel trabajo no requería
ninguna especialización, más allá de saber desmontar un coche para
sacar piezas, aunque acabé haciendo poco de eso. Yo era el que iba a
buscar los coches que necesitábamos, el del turno de noche.
El taller era propiedad de un ex vaquero llamado Jim Quaintance,
que había trabajado con ganado y más tarde encontró empleo en la
oficina de un sheriff, hasta que se dio cuenta de que su temperamento
encajaba más con el trabajo al otro lado de la ley. En aquella época ya
había dejado atrás sus días violentos, pero siempre tenía una recortada
tras la caja registradora, por si acaso.
Me controlaba como un sabueso. Yo me presentaba en el taller por
la tarde, cuando estaba colgando el cartel de «cerrado», y al caer la
noche ya estaba recorriendo las calles con un conductor para que se
llevara mi coche cuando yo encontraba otro. En aquellos días casi
nunca tenía que usar herramientas; muchos incautos dejaban la puerta
abierta, incluso las llaves puestas. Mis únicos adversarios eran los
perros y los insomnes, pero incluso a esa edad ya tenía un sexto
sentido que me ayudaba a detectarlos, ocultos en la oscuridad.
2
Harlan se cambió de pantalones, se puso unos idénticos a los que
llevaba antes, solo que estos estaban lavados y planchados. Antes
de echarle el candado a la chabola dejó toda la comida que le
quedaba en un cubo para el perro, que no se despertó ni siquiera
para despedirlos. Se pusieron en marcha antes del mediodía y se
dirigieron hacia Brownfield, de camino a Tahoka, escogiendo una
ruta por la red de carreteras vacías que surcaban el noroeste del
estado a través de campos de cultivo, hasta donde acababan los
llanos, al sur de Midland.
Una ola de calor lo invadía todo, creando remolinos de arena que
se elevaban desde los cultivos como columnas espectrales de hasta
treinta metros siguiendo las corrientes de aire y cambiando de color
al pasar de la tierra roja de las granjas a la piedra caliza o a la arcilla
arenosa. En el asfalto caliente que se extendía ante la camioneta se
materializaban unos brillantes charcos de mercurio que se
desvanecían al acercarse, para volver a aparecer un par de
kilómetros después.
Troy miró por la ventanilla en dirección a las bombas de petróleo
que se balanceaban incesantemente. Eran decenas y decenas y
llenaban el paisaje hasta el horizonte, algunas trabajando en
tándem, otras desacompasadas, siguiendo su propia coreografia. Le
pareció una ironía que las máquinas creadas para sorber la papilla
prehistórica de las profundidades de la tierra tuvieran el aspecto de
unos dinosaurios mecánicos.
Incluso pisando a fondo, la camioneta ya no iba a más de
cincuenta kilómetros por hora. Sentado en el incómodo asiento del
acompañante, oyendo el silbido del viento al colarse por las
ventanillas, Troy se maravillaba de que aquella fuera la misma
furgoneta que había conocido, con la que habían recorrido tantos
kilómetros Harlan y él, y con la que habían aprendido la monótona
geografía del oeste de Texas y a conducir por sus carreteras.
Aquella Diamond T negra había sido el orgullo de Bill Ray, el primer
vehículo nuevo que se compró en 1938, el año del nacimiento de
Troy, lo cual hacía que la compra de la camioneta fuera una
extravagancia financiera aún más insensata que en circunstancias
normales. Totalmente equipada, había costado mil doscientos
dólares, frente a los ochocientos que habría pagado por una
Chevrolet o una Ford nuevas. Fue hasta Las Cruces con su viejo
Packard para recogerla, y al llegar a casa, pasada la medianoche,
se encontró con que Ruby le había cerrado la puerta y que varios
vecinos parecían estar al corriente, porque aún tenían la luz de la
cocina encendida pese a lo tarde que era. Aquella noche Bill Ray
durmió en la camioneta, inhalando el aroma a nuevo de la
inmaculada tapicería. Ruby no le dirigió la palabra en una semana,
pero al final cedió ante la visión de aquel vehículo, una apoteósica
tonelada de potencia americana: frenos hidráulicos Lockheed, motor
Hercules SV de seis cilindros, 150.000 kilómetros de garantía. La
publicidad la presentaba como «la camioneta más elegante de
América», y aquella promesa tan poco poética aparecía frente a una
amplia placa de radiador plateada y brillante como la ventanilla de
un banco.
Treinta y dos años más tarde, resultaba prácticamente imposible
reconocer la imagen de aquel vehículo. El cuentakilómetros había
vuelto a cero demasiadas veces como para recordarlo, y los dígitos
tras el cristal gastado se habían quedado encajados
permanentemente en cuatro nueves y un ocho. La pintura negra de
origen había quedado sepultada bajo varias capas de pintura
acrílica de uso doméstico que Harlan aplicaba dos veces al año con
una brocha. Para mantener el óxido a raya, también había pintado
los cromados, unos cromados que en su tiempo Bill Ray abrillantaba
pasando la gamuza con mimo, pero los laterales de la plataforma
trasera se habían oxidado tanto que Harlan tuvo que fijarlos al
chasis y revestirlos con tableros de madera de pino. Los tableros
sostenían una vieja caja de herramientas de madera que sobresalía
medio metro, y detrás de la caja aún había restos de las viejas
jaulas de alambre para gallinas que construyó durante años, cuando
vendía gallinas y huevos por las casas. Para los conductores con los
que se cruzaban, aquel montón de piezas antiguas en movimiento
era como una aparición del pasado, una tartana como las que
llevaban los emigrantes de los estados del Sur que acudían a
California en tiempos de la Gran Depresión para encontrar trabajo
recogiendo fruta.
El único intento de mejora que Harlan había incorporado era una
radio de AM/FM con equipo de radioaficionado bajo el salpicadero,
pero la camioneta la rechazó como un trasplante fallido; el receptor
funcionó solo un mes, y el equipo de radioaficionado estuvo siempre
apagado porque a Harlan no le gustaba hablar mientras conducía.
Llenaba el silencio cantando canciones country para sí mismo, junto
con fragmentos de melodías con unas letras pésimas que apenas
recordaba, tonadillas que le había oído a Bill Ray pero que ni él ni su
hermano sabían de dónde habían salido:
Sy y yo fuimos al circo.
A Sy le dieron un golpe con un cubo de mierda,
pero Sy se vengó del maldito circo.
Compró una entrada y ni se acercó a la puerta.
Georgie se estaba afeitando un día
y se rebanó la nariz de un tajo
El médico se la cosió como pudo,
boca abajo.
Y ahora cada vez que llueve
le entra el agua y casi se muere.
Conocí a un tipo de Boston
que conducía un Austin tan pequeño
que solo le cabía el culo y un bidón de combustible.
Pero las pelotas no, y rodaron por la carretera sin dueño.
Un buen día, en plena noche,
dos chavales muertos se pelearon,
se dieron de tortas a troche y moche,
sacaron las espadas, sus pistolas dispararon.
Un poli sordo oyó aquel concierto
y acudió a arrestar a los dos chavales muertos.
Troy y Harlan habían pasado tantos años conduciendo solos que
podían estar sentados juntos en la camioneta y a la vez encerrados
en sus respectivas corazas. Pero al final la voz de Harlan consiguió
penetrar en la de Troy, y Troy se inclinó hacia delante para abrir el
lateral del parabrisas; resultó que estaba bloqueado. Echó mano a la
manivela de la ventanilla, pero vio que giraba suelta, sin que el
cristal se moviera lo más mínimo, así que se recostó y se resignó,
con la mirada puesta en los surcos de un campo de sorgo cuyas
largas líneas paralelas creaban la ilusión óptica de formar una
escoba a medida que los dejaban atrás. El sol estaba ya alto en un
cielo sin nubes y Troy recordó algo que le habían dicho una vez
sobre aquella zona de los Grandes Llanos: que el cielo solo podría
ser aún más grande si la tierra se hiciera más pequeña. Ante él se
extendía una superficie sin ninguna actividad, como si lo más
animado que hubiera pasado allí en toda la historia humana fuera el
arado y el sembrado de los campos. Harlan había oído historias
sobre aquellas extensiones en medio de la nada, ese tipo de relatos
que la gente no recuerda porque resultan demasiado triviales o
demasiado macabros. Él siempre había tenido cierta afición por la
historia —datos que recogía de artículos de periódicos, de
espectáculos televisivos y de conversaciones que oía a los viejos
rancheros—, pero su interés fue aumentado con la edad, tal como
les sucede a los ancianos, que de pronto sienten la necesidad de
entender cuál es su lugar en el orden de las cosas.
—¿Qué me dices de este sitio, Harlan? —preguntó Troy,
rompiendo el silencio mientras la camioneta se abría paso por una
carretera de tierra ocho kilómetros al oeste de Tahoka—. ¿Aquí ha
pasado algo alguna vez?
Harlan soltó un escupitajo con tabaco mascado en una lata de
tomate vacía que tenía entre las piernas y miró a la izquierda un
buen rato.
—Más atrás —dijo, levantando un poco el pie del pedal y
escrutando la llanura por encima del hombro—. Ahí hay una vieja
laguna que llaman Double Lakes; ahora no es más que un salar.
Unos diez años después de la Guerra Civil, un capitán de caballería
llamado Nolan envió a un puñado de soldados de los alrededores de
San Angelo en busca de un tal Kwahada, un comanche que había
lanzado ataques a sus campamentos. Pero era pleno verano,
estaban en medio de una gran sequía y aquellos chicos no sabían
qué narices estaban haciendo. Algunos de ellos cabalgaron durante
días y se perdieron en los llanos; no consiguieron encontrar ni una
gota de agua y acabaron bebiéndose sus propios meados, luego los
meados de sus caballos, y luego la sangre de sus caballos cuando
estos murieron. Unos cuantos hombres también murieron, si no
recuerdo mal.
Troy echó un vistazo a la blanca llanura hacia la que señalaba
Harlan y no vio nada que se pareciera remotamente a una laguna.
—¿Ahí mismo?
—Empezó ahí —dijo Harlan—. Y ahí es donde regresaron los
que sobrevivieron. Lo gracioso —desde luego para ellos no tuvo
nada de gracioso— es que mientras ellos estaban ahí, muriéndose,
el viejo jefe Quanah Parker ya había ido a hablar con los comanches
y les había convencido de que depusieran las armas y volvieran a la
reserva.
Harlan echó el cuerpo hacia delante y apoyó los antebrazos en el
volante, como si los pusiera encima de una mesa, adoptando su
habitual postura para conducir. Se volvió hacia Troy y se rio,
mostrando unos dientes descoloridos, con estriaciones parduzcas y
amarillentas, algo muy común entre quienes se había criado en una
zona de aguas freáticas excesivamente fluoradas. En otro tiempo
los dientes de Troy también habían tenido aquel aspecto, pero años
atrás le pagó a un dentista de Seagraves para que se los
blanqueara, en parte por vanidad, pero sobre todo para dar la
impresión de que venía de otro sitio.
Harlan observó que Troy le miraba los dientes.
—¿Sabes lo que dicen de la gente que bebe esta agua de los
llanos toda la vida?
Troy no quería saberlo, pero esperó la respuesta que sabía que
llegaría.
—Que si excavas en la tumba de uno que haya vivido aquí toda
la vida, verás que sus huesos son del mismo color marrón mierda
que sus dientes. En otras palabras, este lugar deja marca, hasta en
el esqueleto. Puede que ahora engañes a algún tonto con tus
dientes relucientes, pero cuando mueras, tus huesos dirán la
verdad.
Troy movió el culo en el duro asiento de cuero, buscando una
postura menos dolorosa.
—Gracias por ampliar mis conocimientos, Harlan. De verdad.
¿De dónde cojones sacas todas esas cosas?
—Es todo hueso, ¿no? ¡Tiene lógica!
Siguieron adelante, llegaron a una carretera asfaltada y pasaron
junto a una zona de descanso con un par de mesas de hormigón sin
sombra, el lugar menos acogedor para descansar que Troy podría
imaginarse. Harlan siguió hablando, sobre todo para sí mismo:
—¿Sabes? Lo que no llegamos a imaginarnos —y tampoco es
que haga tantos años de eso— es el tiempo que había que emplear
para moverse por este país cuando se iba a caballo. Para ir a
cualquier lado. Días subido a la silla solo para recorrer los ciento
cincuenta kilómetros que hay de Lubbock hasta Midland. Lo enorme
que debía de ser este territorio en aquella época…
Troy miró al horizonte: un depósito de agua azul pálido se
elevaba sobre el pueblo de Tahoka. Pero la referencia visual no
parecía estar cada vez más cerca; de hecho daba la sensación de
que iba retrocediendo a medida que la camioneta avanzaba
pesadamente en aquella dirección.
—Ahora mismo pagaría un buen dinero por un caballo; es como
si fuéramos a lomos de una vieja mula —dijo, y en aquel momento
el motor hizo un ruido, como si algo se hubiera desfondado y le
costara recuperar la marcha. Harlan levantó el pie del acelerador y
dejó que la camioneta redujera la velocidad hasta que casi se paró.
En aquel mismo instante, un gran camión cisterna pasó por su lado
a gran velocidad, haciendo temblar la camioneta. Troy miró a
Harlan, aterrado ante la perspectiva de tener que caminar a pleno
día, pero su hermano no parecía preocupado en absoluto. Quitó la
marcha, dio un golpe de gas y metió la segunda con fuerza.
Lentamente, casi imperceptiblemente, como uno de aquellos trenes
de mercancías kilométricos que atraviesan las llanuras del oeste de
Texas en dirección a algún otro sitio, la camioneta recuperó el
impulso. Habían ido primero hacia el este en lugar de dirigirse
directamente hacia el sur porque en Tahoka había un granjero que
le debía a Harlan cincuenta dólares de un trabajo de soldadura, y
antes de aceptar un solo dólar del dinero de origen ilícito de Troy,
había insistido en intentar echar mano de lo poco que aún era suyo.
Pararon junto a un colmado Shurfine en cuya fachada lateral había
un teléfono público junto a un dispensador de hielo en bolsas. A
aquella hora de la tarde solo había otro coche frente a la tienda, en
el otro extremo de un aparcamiento en cuyo pavimento los
neumáticos y el calor del verano habían incrustado montones de
lengüetas de latas de refresco durante años, dando al asfalto el
aspecto de un lago lleno de pececillos que nadaban a ras de
superficie.
Harlan salió y se dirigió al teléfono, dejando la puerta abierta. Se
caló el sombrero e introdujo una moneda en la ranura. Desde la
camioneta Troy no podía oír la conversación, pero no lo necesitaba;
fue corta, y al acabar, Harlan colgó el auricular lentamente en el
gancho y regresó a la camioneta, mirando al cielo, pensativo. No
ninguna explicación, tan solo preguntó:
—¿Necesitas mear antes de seguir?
Troy no respondió y Harlan alargó la mano para arrancar la
camioneta. Pero esta vez, cuando giró la llave, después de miles y
miles de esperanzados intentos recompensados milagrosamente, no
hubo más respuesta que el leve chasquido eléctrico del motor de
arranque, que Harlan dejó rotar unos segundos, infructuosamente,
antes de apartar la mano de la llave y apoyarla sobre el volante,
junto a la otra. Se quedó así sentado, mirando hacia el escaparate
de la tienda, donde la luz color miel del atardecer iluminaba el rostro
y los hombros de una empleada rubia que empujaba una fila de
carritos de la compra en dirección a la puerta.
—Bueno, se acabó —anunció.
—¿Qué es lo que se acabó?
—La camioneta.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que ha muerto. Se ha acabado. No se va a mover
de aquí. No va a ir a ningún sitio más.
—Sal y abre el motor. Yo intentaré arrancarla de nuevo.
—Te digo que se ha acabado, Troy. Es inútil.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco esta camioneta mejor de lo que conozco nada
en este mundo. Yo diría que hemos tenido suerte de haber llegado
hasta aquí.
Troy se quedó mirando el perfil de la cabeza de Harlan, las
manchas de sudor que le llegaban hasta el ala del sombrero.
—Sal y mira el jodido motor, Harlan. Mira qué necesitamos para
repararlo. No podemos quedarnos aquí.
—Ese motor no tiene otra cosa que reparaciones, Troy. Y ya no
queda nada que reparar. Haría falta un motor nuevo para que
volviera a funcionar. Y dejaron de hacer motores para esta
camioneta cuando dejaron de fabricar la camioneta, hace mucho
tiempo. —Se quedó sentado con ambas manos apoyadas en el
volante, mirando hacia delante, como si aún estuviera conduciendo.
Se quitó el sombrero, se secó la frente y volvió a ponerse el
sombrero, chasqueando la lengua—. ¿Quién habría pensado que
estaríamos tú y yo aquí sentados, en esta vieja zorra de camioneta,
en el momento de su último suspiro?
Troy abrió la puerta de un golpetazo con el hombro y salió
trastabillando al exterior. Se volvió y echó la cabeza adelante con
gesto amenazador.
—¡Maldita sea, Harlan! Hemos recorrido cincuenta putos
kilómetros. ¿Qué cojones vamos a hacer ahora?
Sin volverse, Harían extendió la mano, abrió su puerta y salió.
—No sé tú, pero yo voy a entrar y a comprarme algo fresco de
beber. ¿Quieres algo?
Miró a Troy a los ojos y se dirigió a la tienda tranquilamente,
llevándose la llave de la camioneta, que dejó caer
ceremoniosamente, junto con su llavero de cuero en forma de
rombo, en la papelera de la entrada.
Troy se lo quedó mirando, se acercó a la camioneta y le dio un
airado golpetazo con la mano al guardabarros, que recibió el
impacto con la solidez de una piedra a pesar del trajín y el óxido de
tantos años. Él tampoco esperaba que la camioneta les llevara muy
lejos, pero contaba con que al menos llegarían a Midland, puede
que incluso a Fort Stockton. Si hubieran llegado a un motel, habría
podido hacer algo. Pero no allí, en medio de un pueblo, un sábado
por la tarde, a plena luz del día, con testigos paseando por todas
partes, intercambiando saludos al volante de sus coches, sin nada
mejor que hacer que curiosear y situar a aquellos dos extraños en el
aparcamiento del Shurfine.
Troy echó un vistazo a la tienda, que estaba casi vacía, salvo por
las dos cajeras que charlaban. Escudriñó la calle de arriba abajo, y
sintió en la boca el familiar sabor del miedo mientras se acercaba a
paso ligero al lateral derecho de un coche estacionado al otro
extremo del aparcamiento, un Chrysler Newport color púrpura muy
bien cuidado, que probablemente pertenecería al dueño del
colmado. Sin agachar la cabeza echó un vistazo al salpicadero a
través de la ventanilla. No había llave en el contacto. Todas las
puertas cerradas, incomprensiblemente. Volvió a la camioneta, se
sentó de lado en su asiento, mirando hacia el Newport y trató de
pensar. Al cabo de unos minutos un coche aparcó en la plaza a su
lado, un gran Ford Country Squire familiar de color azul celeste con
paneles laterales de madera, conducido por una mujer muy guapa
con el cabello rubio recogido en un pañuelo de raso pálido para
protegerse del viento. Troy asintió a modo de saludo. Ella salió del
coche y entró en la tienda, dejando a dos niños pequeños en el
asiento de delante. Debían de ser hermanos, puede que incluso
fueran gemelos, y parecían menonitas, aunque la mujer, que llevaba
un bonito traje pantalón, no lo parecía. Los chicos, de unos siete u
ocho años de edad, tenían el cutis pálido y el pelo rubio, muy corto.
Ambos llevaban la clásica camisa de cuadros que suelen llevar los
niños de pueblo de su edad, pero era evidente que aquellas habían
sido hechas a mano, lo cual distinguía a los niños como miembros
de su secta.
La mujer dejó el coche familiar en marcha, pero con la ventanilla
del lado del conductor bajada, y pese al ruido del motor, Troy oía a
los dos niños, que estaban de rodillas en el lado derecho del asiento
corrido del coche, mirando por encima del salpicadero, en dirección
a la tienda:
—Eh, Jacob, una pregunta: ¿qué fue antes, el huevo o la
gallina? —preguntó el niño que tenía más cerca, el mayor de los
dos, que lucía una frente despejada y llevaba unas gafas ovaladas
baratas con montura de plástico que parecían más bien de niña.
El otro niño, una versión algo reducida del primero, salvo porque
era más gordito, tenía los mofletes cubiertos de pecas. Al principio
ignoró a propósito la pregunta, pero llegó un momento en que no
pudo resistir la tentación de participar en un ritual que sabía que
acabaría mal.
—La gallina.
—No.
—¿El huevo?
—No, no.
—¿Entonces cuál?
—Ninguno, atontado. ¡Primero fue Dios! —dijo el primero,
propinándole un puñetazo en el antebrazo izquierdo que le arrancó
un agudo chillido.
—¡Me has dado con los nudillos, asqueroso! —gritó el hermano
agraviado—. ¡Capullo cuatro ojos!
Ambos se enzarzaron, cayeron al suelo del auto, y sus gritos se
convirtieron en gruñidos y en jadeos desesperados; los golpes que
se daban hicieron que el coche se bamboleara ligeramente. De
pronto, la puerta del conductor se abrió, y estuvo a punto de darle a
Troy en las rodillas. El niño sin gafas salió disparado y echó a correr,
encogido como una codorniz. Rodeó el coche por detrás y corrió
hacia la tienda, perseguido de cerca por su atacante; este tropezó
con la grava, pero recuperó el equilibrio al instante y empezó a
disculparse en voz alta, rogándole que no dijera nada, mientras el
primero trasteaba con la puerta de vidrio y metal, empujando con
fuerza a fin de vencer la resistencia de los cierrapuertas hidráulicos
que parecían conspirar en su contra para impedir que se refugiara
en los brazos de la justicia.
Troy volvió a mirar al interior de la tienda y vio a Harlan de pie
frente a una caja, con el sombrero en la mano, hablando con la
cajera. Antes de que el segundo niño lograra franquear la puerta,
Troy se puso en pie y dio unos pasos rápidos pero mesurados hasta
la parte trasera de la camioneta. Cogió su maleta y el petate de lona
de Harlan, sujetó ambos con una mano y con la otra abrió la puerta
trasera del coche familiar. Lanzó los dos bultos sobre los asientos,
cerró la puerta sin hacer ruido y ejecutó una serie de rápidos
movimientos coreografiados con una agilidad que habría
impresionado a cualquiera en caso de que alguien hubiera
contemplado la escena. Abrió la puerta del conductor, se deslizó al
interior y se situó frente al volante. Cerró la puerta con suavidad y
puso la marcha atrás. Retrocedió a toda velocidad, trazando una
media luna en el aparcamiento vacío y se detuvo justo detrás de la
camioneta, buscando la escasa protección que esta pudiese
brindarle frente a cualquier mirada procedente del interior de la
tienda. Harlan apenas había dado dos pasos fuera del edificio
cuando vio a Troy tendido sobre el asiento delantero del coche,
sosteniéndole la puerta abierta.
—¡Vamos, Harían, sube!
Harlan se quedó paralizado en la acera, con una botella de Dr.
Pepper en cada mano y una bolsa de Fritos bajo la axila izquierda.
Se agachó lentamente y apoyó ambas botellas en el cemento.
—¡Por Dios, Troy! ¿Qué demonios estás haciendo?
—Ahora no podemos ponernos a discutir, Harlan. Súbete al
jodido coche, rápido —insistió, mirando a su hermano casi con gesto
compungido, sin abandonar aquella postura forzada que le permitía
mantener entreabierta la puerta del acompañante.
—¡Troy Alan! Dios Santo, no puedes hacer esto aquí, en pleno
centro de Tahoka. Probablemente conozca a esa señora, o a alguien
que la conoce.
—Esa señora recuperará su coche en cuanto yo consiga
hacerme con otro, sin daños, sin problemas. Y tendrá una historia
estupenda que contar a sus amigas.
—Voy a entrar ahí dentro y a avisarla ahora mismo —dijo Harlan,
pero no se movió de donde estaba, petrificado entre las dos botellas
de refresco de cola, como un malabarista a punto de ejecutar algún
truco con ellas.
—Tu petate está en el asiento de atrás de este coche, conmigo,
y si me paran antes de que podamos salir de aquí lo primero que
diré es que estábamos juntos en esto y que te has cagado en los
pantalones, y acabarás con el culo en el calabozo igual que yo.
Harlan pareció pensárselo.
—No tanto tiempo como tú.
—Lo bastante.
—Supongo que es un riesgo que debo correr.
Troy miró más allá de Harlan, en dirección a la tienda, y le habló
remarcando cada sílaba:
—¿Sabes, Harlan? Ese uniforme de boy scout que llevas
poniéndote toda tu maldita vida se te está quedando bastante
pequeño, ¿no crees? ¿Quieres recuperar tu dinero? ¿Tienes alguna
idea mejor? ¿De verdad quieres seguir perdiendo todo lo que tienes
en la vida?
Una camioneta Dodge nueva, de dos colores, entró lentamente
en el aparcamiento conducida por un anciano con los hombros
caídos y un sombrero de vaquero de fieltro plateado sobre la
cabeza. A su lado iba una mujer algo más menuda, también con los
hombros caídos, que evidentemente era su mujer. Tal como suelen
hacer las parejas de edad avanzada en los pueblos pequeños,
aparcaron y se quedaron allí sentados, con el motor en marcha y las
ventanillas cerradas, sin hablarse ni mostrar la menor intención de
entrar en la tienda. La camioneta con aire acondicionado parecía
hacer las veces de duplicado del tresillo de su salón, donde debían
de pasarse la mayor parte del día, igual de cerca el uno del otro, sin
apenas hablarse.
El hombre miró a Harlan, que seguía de pie frente a la tienda, y
su esposa también lo miró. Ambos asintieron a modo de saludo y
volvieron a mirar hacia delante tranquilamente. O no vieron a Troy o
no consiguieron descifrar el significado de aquella escena.
Harlan les devolvió el saludo instintivamente. Con los pies
plantados en el suelo como si se los hubieran enterrado en un
agujero, giró el cuerpo en una posición forzada y miró al interior de
la tienda. Una vez más oyó la voz de Troy por encima del ruido del
motor del coche:
—Tienes unos diez segundos antes de que mire hacia aquí, vea
que hay alguien al volante de su coche y se ponga a gritar. Y tienes
unos cinco segundos antes de que me vaya con el coche y te deje
aquí para que te expliques.
Un ruido inesperado hizo que Harlan diera un respingo. El
anciano había abierto su puerta por fin, había bajado de la
camioneta y ahora se dirigía a la tienda, dejando a su mujer dentro
del vehículo. Salvo por el añadido de un cortavientos de color caqui
con cremallera, el hombre iba vestido igual que Harlan: pantalones
de trabajo caqui, camisa de trabajo caqui, cinturón negro y botas
negras. Pero llevaba la ropa impecable y su sombrero era un
Stetson nuevo, recto y alto. El hombre era muy viejo, pero había
algo en su porte, en cómo llevaba el sombrero, que le daba ese aire
autoritario propio de un ranchero. Los rancheros del oeste de Texas
tenían esa presencia imponente porque sabían que en otro tiempo
la tierra les pertenecía a ellos, antes de que llegaran las divisiones y
la creación de parcelas para el cultivo. Seguían viviendo
convencidos de que no tenían que responder ante nadie más que
ante sí mismos y ante la tierra —y quizá ante Dios; también ante sus
esposas e hijos, pero no siempre, no necesariamente; también ante
los compradores de ganado, aunque en los buenos tiempos había
sido al revés; y ante el sheriff si se metían en líos, aunque eso solo
les pasaba a los adolescentes—. Mientras observaba al viejo
avanzar lentamente, mirando a Harlan con dureza, Troy pensó:
«Eres tú, ¿no? Yo vengo de una familia de granjeros. Tenía que ser
un ranchero el que me jodiera. Conseguirás que me pillen, ¿no es
así, arrogante capullo?».
—¿Cómo va, chicos? —saludó el hombre tras rodear la
camioneta y acercarse a la puerta, mirando a Harlan con una
expresión afable y despreocupada.
Harlan miró al anciano, presa del pánico.
—Bien, bien. ¿Y usted?
—Oh, bien, bien.
El hombre llevaba unas gafas con cristales verdes, de esas que
suelen usar los ancianos con glaucoma, y unos grandes audífonos
en las orejas. Caminaba bien erguido pero daba pasitos cortos,
como de niño, con sus relucientes botas de vaquero.
—¿Habéis visto qué calor? Es de ordago, ¿eh?
—Desde luego —respondió Harlan, oyéndose decir las mismas
cosas que había dicho toda su vida, solo que ahora parecían salidas
de un guión—. Nunca he visto nada igual.
—Chico, es tremendo —dijo el hombre, sin dejar de acercarse.
Cada palabra que salía de la boca del anciano, a Harlan le
parecía una bala disparada a corta distancia que erraba el tiro por
poco. El hombre se detuvo, miró a Troy y le saludó a él también con
la cabeza, pero siguió dirigiéndose a Harlan, como si no supiera
muy bien qué decirle a un hombre adulto tendido sobre el asiento de
un coche familiar.
—Parece que tu colega tiene prisa.
Troy miró a Harlan fijamente, sin moverse ni reaccionar lo más
mínimo ante la presencia del anciano.
Harlan no podía creer lo que le estaba sucediendo. No daba
crédito a lo que sabía que tenía que hacer. Se agachó con un gesto
rápido, recogió las dos botellas de Dr. Peppers y salió disparado
hacia la puerta abierta del coche.
—Sí, señor, vamos con un poco de prisa. A estas horas ya
deberíamos estar en Big Spring. Hemos salido tarde.
El anciano apoyó las manos en las caderas y meneó la cabeza,
como si algo le preocupara.
—Bueno, pues id con ojo. Hay muchas patrullas de tráfico por la
zona —dijo—. Cuidado con las multas.
—Iremos con ojo —respondió Harlan, sin girarse a mirar al
hombre—. Cuídese.
Harlan intentó pasarle una de las botellas a Troy, pero Troy ya
había puesto la marcha atrás y el coche ya estaba en movimiento,
por lo que Harlan tuvo que saltar adentro, sujetar las botellas con
una mano, encoger las piernas y cerrar la puerta.
Sorprendentemente, consiguió sostener la bolsa de Fritos contra su
cuerpo en todo momento. Los neumáticos del coche patinaron un
momento sobre la grava y lanzaron una nube de polvo en dirección
a las piernas del hombre.
Él no saludó con la mano, pero se quedó mirando mientras el
coche se alejaba.
Troy pisó a fondo y miró a Harlan como si quisiera asegurarse de
que realmente estaba en el coche.
—¡Bien! —dijo—. ¡Por fin!
Harlan respiraba agitadamente, como si hubiera echado una
carrera. Miró por la ventanilla y vio al viejo cada vez más lejos.
—Por Dios bendito, ¿qué es lo que está bien? Dime qué es lo
que está bien. ¿Dónde demonios vamos a ir ahora?
Troy alargó la mano para ajustar el retrovisor y miró tras de sí.
—A Big Spring desde luego que no, eso seguro. El viejo dirá que
hemos ido allí. Tenemos que dar la vuelta e ir a un lugar donde dejé
algo que vamos a necesitar. Mira atrás, Harlan. Dime lo que ves.
Harlan sentía el latido del corazón como un ruido ensordecedor.
La mente se le disparó, furiosa y eufórica a la vez, pero la euforia no
hacía más que intensificar su rabia. Se volvió y miró a través del
parabrisas trasero, en el que esperaba encontrarse una de esas
escenas de película que recordaba, y que nunca acababan bien.
Pero por el parabrisas solo vio lo que había visto toda su vida en el
oeste de Texas. Una carretera recta y llana abriéndose paso entre
algún que otro edificio disperso hasta llegar a una llanura sin ningún
relieve, y un único semáforo al final del pueblo con una luz ámbar
intermitente que no advertía de nada a nadie, porque no había nadie
que pasara por allí.
17 de septiembre de 1972
Certificado por la AAA abierto bienvenido habitaciones limpias camas
limpias precios razonables Ruta 66 tranquilo toda la semana TV en
color por cable aire acondicionado calefacción piscina habitaciones
climatizadas con termostato teléfonos de marcación directa llamadas
locales gratis cafetería abierta hasta tarde filetes chuletas Mastercard y
Diner’s Club cabinas para niños cunas cocina auxiliar servicio de
lavandería y de mudanza aparcamiento detrás entrada a la izquierda
ofertas para la tercera edad ¡mascotas no!
En Amarillo, el Arrow y el Plainsman, con su gran piscina cercada y
sus puertas color rosa y amarillo como las teclas de un piano de color
pastel; el True Rest, el Town House, el Skyline, el Palo Duro. En
Dalhart el Texas. En Lubbock el Koko Inn y el 89’er, con agradables
recuerdos del Western Ways y del Astro, ya desaparecidos, barridos
por el gran tornado de los años setenta. El Rambler y el Ranger en
Shamrock. El Plainsman en Lamesa. El Westerner y el Imperial en
Odessa. El Catalina en Witchita Falls. En Monahans, el Sunset y el
Cowboy. En Happy el Hitching Post. En Tucumcari, el Blue Swallow. En
Sweetwater, el Palomino. Y en Cummings el Starlight Motor Hotel, con
sus toallas de mano con monogramas y, sobre las mesillas de noche
esas lamparitas de bronce en forma de vaqueras a caballo agitando
para siempre sus pequeños lazos de bronce.
Estoy en la habitación 38 del Lamplighter, en Hobbs, Nuevo México,
donde he pasado los últimos tres días con el nombre de Nolan Sackett,
un personaje de una novela de vaqueros de Louis L’Amour. Hacía seis
meses que no me alojaba aquí y por lo que parece estos meses
transcurridos me han dado un aspecto nuevo. Quizá pueda pasar unos
días más antes de que la gente empiece a mostrarse demasiado
simpática, como siempre suele pasar.
Os haré una breve descripción física: soy de mediana estatura,
tengo el rostro redondeado, de tamaño medio, y unas facciones nada
excepcionales que no parecen decir nada en particular. Tengo el
cabello castaño claro, pero en las fotos a veces parece castaño oscuro
y a veces rubio. Mi aspecto es agradable pero no decididamente
atractivo; la gente suele acabar olvidando mi cara pues al final se da
cuenta de que no es lo que esperaba. Tengo la voz suave, muchos
dirían que como la de un contable. Me he librado por los pelos de que
me metieran en la cárcel en dos ocasiones, las únicas en que he sido
detenido, porque las víctimas no fueron capaces de señalarme en una
rueda de reconocimiento.
A veces soy consciente de que llevo demasiado tiempo solo,
encerrado en mi propia cabeza. De vez en cuando, mientras conduzco
en medio de una tormenta, me sorprendo a mí mismo pensando que
cada rayo que cae en los campos lleva mi nombre. Me preocupa que
me pillen, no la policía o alguien a quien le haya robado, sino alguien a
quien no haya conocido nunca, alguien que no pueda imaginarme
siquiera. Cuando estoy tan agotado como ahora, intento aliviar mi
mente yendo al cine o paseando por los pasillos de algún bazar, o me
siento a una mesa en una cafetería, tras un periódico. A veces entro en
las oficinas de correos y ojeo los carteles de «se busca», tratando de
encontrar alguno que se me parezca, que describa lo que he hecho;
pero nunca lo encuentro.
Antes solía pasar muchas tardes en las bibliotecas, leyendo en las
mesas, usando un nombre falso para sacar libros que devolvía por
correo, de forma anónima, desde otros pueblos. Me gustaba el
democrático silencio que impera en las bibliotecas, donde todo el
sonido queda absorbido por el papel, la tela de hilo y el polvo, pero al
final tuve que dejarlo porque los bibliotecarios empezaron a darme
grima con sus atentas y silenciosas miradas; son gente tan aburrida
como los camareros y recuerdan las caras con la misma precisión.
Yo me hice lector no tanto por el amor a los libros como por el amor
al efecto que produce tener un libro abierto en las manos, pues hace
que la gente te deje en paz. Sigo leyendo cualquier cosa que se me
ponga a tiro: revistas y libros, novelas de vaqueros, novelas baratas, de
misterio, de policías, románticas, de ciencia ficción, novelas históricas,
periódicos locales, guías de televisión, catálogos de ventas, manuales
de instrucciones —hasta un manual de instrucciones puede resultar
interesante si le han dedicado algo de tiempo—, catálogos de
supermercado, mapas de carreteras, diccionarios y libros de texto,
libros de cocina, himnarios y —cómo no— la Biblia, que es el único
libro que encuentro siempre en las habitaciones en las que me alojo,
sin falta en el segundo cajón de la mesilla.
En las bibliotecas me gustaba especialmente leer periódicos viejos.
Mi interés se basaba en una especie de fórmula: los periódicos no
podían ser demasiado viejos, de la II Guerra Mundial o de la Gran
Depresión, porque esa información ya había sido filtrada y convertida
en historia y los periódicos eran como los restos sobrantes. Pero si las
noticias eran demasiado recientes me parecían excesivamente
cercanas; no podía verlas con perspectiva, y las mentiras y
exageraciones me resultaban demasiado llamativas. Las que me
gustaban eran las que se encontraban en algún punto intermedio —
entre un par de años y unos diez o quince—. Podía pasarme horas
sentado ante una brillante mesa de biblioteca hojeando los grandes
volúmenes que recopilaban los viejos periódicos locales, leyéndolos
con el mismo placer que me proporcionaría una buena novela.
El patrón que siguen mis viajes es más bien un deambular errático
por el norte de Texas. Si tomaras un bolígrafo para seguir mi rastro por
el mapa —como seguramente acabará haciendo algún abogado— la
figura resultante seguramente recordaría una elaborada escalera de
Jacob o una figurita de cordel como esas que hacen los niños, con
numerosos puntos de convergencia y cruces de líneas, ninguna de
ellas demasiado corta ni demasiado repetida. Las líneas pasan en su
mayoría por poblaciones diminutas con departamentos del sheriff
pequeños, a veces por pueblos que ya ni existen, deshabitados, sin
oficina de correos, dos o tres carcasas de edificios junto a la carretera
para demostrar que allí intentaron construir algo: Lahey, Bronco, Sligo,
Allred, Hud, Goodnight, Tascosa o Nara Visa, en Nuevo México.
Enseguida decidí limitarme a los vastos llanos entre Texas y Nuevo
México, porque era el lugar que mejor conocía y porque siempre me
había dado la reconfortante impresión de que allí podía ver cualquier
cosa que se acercara a sesenta kilómetros de distancia. Pero cuanto
más dura esto, más tengo que ampliar las fronteras del llano para
alejarme de los escenarios de mis golpes; debo mantener mis moteles,
mis historias y mis nombres falsos en constante rotación, evitando que
ninguno de ellos quede demasiado cerca en el tiempo o en el espacio,
de modo que ningún tipo cuyo rostro me suene solo vagamente pueda
verme desde la otra punta de una cafetería, quedárseme mirando por
encima de su carta plastificada y susurrarle a sus compañeros de
mesa: «Os lo aseguro; ese es el mismo hijo de perra».
La ropa que llevo hoy perteneció a un abogado de Oklahoma City.
Con él me tocó un buen premio: chaqueta de ante Bert Paley con
solapa simple y abertura trasera central; pantalones de vestir de
poliéster Corbin de color marrón oscuro; camisa de vestir azul celeste
Van Heusen; corbata de color óxido con un sombreado de líneas
cruzadas de minúsculos camiones Conestoga; reloj de cuerda chapado
en oro Benrus; zapatos Florsheim Imperial tipo Oxford casi nuevos, aún
rígidos. Le vacié la habitación, en el Black Gold Motel de Pampa,
mientras se daba una ducha. Viajaba con todos los indicadores de
prosperidad y de arraigo posibles: alianza, reloj, pluma estilográfica,
sombrero Stetson, cartera con carné de conducir, fotografías familiares,
tarjeta Bank Americard. Yo nunca me llevo la alianza de un hombre, su
cepillo de dientes ni sus fotografías familiares, aunque en este caso sus
dos hijos se parecían vagamente a mí, así que me quedé una
instantánea suya, pensando que quizá pudiera resultarme útil. Llevaba
noventa y siete dólares y cincuenta centavos en efectivo, y unas gafas
de sol de cristales marrones que había dejado en la mesita de noche,
junto a una novela de espías en versión económica con la esquina de
la página 117 doblada, el punto donde empezaba a ponerse
interesante. Tengo sus calcetines; su cinturón; su camiseta; sus
calzoncillos impecablemente blancos que alguien le habrá lavado; su
loción para después del afeitado, Corral Pour Homme, que parece
cara, con notas de agujas de pino y jabón. Acusadme de lo que
queráis, pero no podréis decir que no doy valor a las cosas. Sé que os
gustaría ser capaces de comprender cómo se puede llegar a este
punto —el de no poder decir que es tuyo nada de lo que llevas puesto,
y menos aún un televisor o un coche o, desde luego, una casa—, cómo
alguien puede llegar a sentir algo parecido al terror por el simple hecho
de poseer cualquier cosa más sustancial que un vaso de papel para el
café.
No puedo deciros cómo fue. Sé que un día me desperté por la
mañana y me encontré con que el mundo no era el mismo, y no podía
volver atrás. Creo que es una puerta que todo el mundo tiene en la
mente, que si se abre aunque solo sea un centímetro resulta muy difícil
de cerrar otra vez.
A veces pienso en algo que me ocurrió el verano de 1970, cuando
conseguí entrar en una banda de ladrones de coches en la zona de
Dallas con un área de operaciones que se extendía al sur hasta Waco y
al oeste hasta Abilene. Se ganaba un buen dinero, y pertenecer a un
grupo organizado me procuraba cierta sensación de orgullo, algo que
más tarde identificaría como una de las sensaciones más peligrosas
que puede tener un ladrón profesional.
Mi primer trabajo, una especie de prueba, consistió en traerme un
coche directamente de un aparcamiento, un trofeo —un Plymouth
Barracuda azul cobalto absolutamente nuevo, con respiradero en el
capó, salpicadero deportivo y motor de 7,2 litros y seis cuerpos. Me lo
llevé sin ningún problema; era domingo por la mañana y el
concesionario estaba cerrado. En Wichita Falls reinaba un silencio
sepulcral inimaginable en otra población fuera del oeste de Texas.
Tomé la estatal 81 de Bowie hacia Dallas, y no me importa confesar
que esa mañana me sentí orgulloso de mí mismo: aquel coche era una
bomba. Cuando lo entregué pude sentir que me miraban con cierto
respeto, aunque lo disimularan.
Pero yo quería disfrutar de aquella joya de combustión interna tan
americana al menos por un rato. Así que me lo llevé a las carreteras
secundarias al sur de Bowie, por donde no pasaba nadie, y quemé
gasolina un par de horas, regodeándome con el sonido de los pistones
que hacían temblar la aguja del velocímetro al alcanzar los 190
kilómetros por hora.
A media tarde paré junto a un campo de maíz con un hueco entre
dos surcos, no muy lejos de una de las lindes. Sabía lo que habría en
aquel hueco, y en cuanto detuve el coche vi un par de sandías
maduras encajadas en el surco, como un par de enormes bebés
verdes. Abrí el maletero del Barracuda y me acerqué, pisoteando
cáscaras de sandía. Al acercarme a los surcos vi un viejo cartel en
madera de pino clavado en la tierra con una estaca, como los que
suelen usarse para identificar las plantas, solo que este era demasiado
grande y contenía demasiadas palabras para ser de esos. Casi me
esperaba encontrarme un cartel así en algún lugar, junto a las sandías.
Quien no sea de la zona puede que no conozca la historia de estos
carteles: una historia divertida, muy antigua, tan arraigada en la
tradición de estos campos como las anécdotas sobre las hijas de los
granjeros o las tartas de manzana puestas a enfriar en los alféizares.
Más o menos dice algo así: Los chavales, sobre todo, solían ir a robar
sandías, era algo innato, una costumbre estival; los granjeros,
cabreados, se pasaban la noche montando guardia en sus porches con
el rifle sobre las rodillas, escrutando los campos de maíz a la espera de
ver los faros de algún coche; hasta que un día, un granjero ingenioso
tuvo una idea; clavó un cartel en su campo con el siguiente lema:
ATENCIÓN: ¡UNA DE ESTAS SANDÍAS ESTÁ ENVENENADA! La cosa
funcionó, hasta que una noche, un ladrón de sandías aún más
ingenioso, respondió a su desafío. Llevó consigo un pincel y pintura,
añadió una nota al cartel que decía ahora son dos, y se llevó unas
cuantas.
Quizá porque la historia era un buen ejemplo del poder de las
palabras, acabó haciéndose un hueco en los sermones de la iglesia —
puede que la inventaran precisamente con ese fin—, y solía usarse
para enseñarle a la gente del campo algo que ya sabían de nacimiento:
que recoges lo que siembras. Pensé en sacar un bolígrafo y ponerle la
apostilla al cartel, por seguir con la tradición. Pero decidí que no podía
arriesgarme a que me arrestaran por robar una sandía, así que cogí
una pequeña de color jade, y más tarde, en un motel de Denton, saqué
una navaja, me corté una buena tajada y me la comí mientras veía un
episodio de Bonanza.
Comprendí lo que estaba sucediendo casi de inmediato. Lo vomité
todo, pero fuera lo que fuera lo que llevara aquella sandía, era tan
tóxico que debió de infiltrarse en mi organismo al momento, porque los
tres días siguientes me los pasé en la cama, prácticamente sin poder
moverme, con las manos y los pies abotargados y la cara tan hinchada
que apenas podía abrir los ojos para ver mi terrible aspecto, aunque
estaba seguro de hallarme cerca de la muerte. En mi delirio empecé a
imaginarme que mi cabeza iba desfigurándose lentamente,
convirtiéndose en una sandía, y que ese era el efecto que provocaba la
toxina que había ingerido, un compuesto alquímico creado por alguna
empresa de pesticidas como arma disuasoria contra los ladrones de
sandías.
Con el paso de los días, seguía teniendo la impresión de que la
habitación se rompía en pedazos. Me resultaba insoportable hasta la
luz que se colaba por las rendijas de la cortina. Un cuadro de la pared
que representaba a una bella mujer sentada bajo un árbol
contemplando un río resultó ser un puzle cubierto con un cristal. Era
como si alguien me estuviera gastando una broma, al igual que el papel
de las paredes, de aspecto japonés, que representaba ramas de
árboles que yo veía transformarse en serpientes vivas.
Hacia el amanecer me costaba tragar el aire; sentía la lengua como
un filete de carne cruda que me hubieran metido en la boca a la fuerza.
Me venían ideas inconexas y sin significado: algunas eran positivas y
me mantenían a flote, mientras que otras desaparecían nada más
aflorar, arrastrándome consigo a algún lugar profundo.
Aparte de respirar, lo único en lo que podía pensar de forma más o
menos continuada era en la imagen del brillante Barracuda esperando
en el aparcamiento, pidiendo que lo condujeran. También pensé en el
granjero, el hombre que quizá se convertiría en mi asesino, un hombre
que tal vez era un pilar de su comunidad, un hombre de iglesia, y que
aun así se había molestado en inyectar veneno en sus insignificantes
sandías. ¿Cuántas habría envenenado? ¿O es que me llevé
precisamente la única sandía mala?
Mantuve alejadas a las camareras gritándoles cuando llamaban a la
puerta. Al final del segundo día, la propietaria del motel decidió usar su
llave maestra para entrar. Era una mujer de mediana edad, de aspecto
rudo, de caderas anchas, vestida con un traje pantalón de color
turquesa. Haciendo un esfuerzo, conseguí taparme como pude con la
sábana.
Probablemente por motivos puramente legales, se quedó justo tras
el umbral de la puerta. Me preguntó con un tono de voz anormalmente
alto: «Señor, ¿le pasa algo? Señor, ¿necesita que alguien le lleve al
hospital?». Yo me oí responderle que tenía la gripe, pero era como si
no fuera mi propia voz. Me preguntó si quería que me trajeran un vaso
de agua, o algo de comer. Pero la voz que salía de mi boca no era para
nada la mía. Recordaba vagamente a la de Harlan, pero sonaba más
bien como la de un animal herido que hubiera adquirido la capacidad
de hablar para comunicar su propia muerte. Temía que no consiguiera
entenderme, pero se fue y volvió con una garrafa de plástico de leche
llena de agua fría y con otra garrafa de plástico cortada por la mitad
para que pudiera vomitar. Mucho más tarde —no sabría decir si un día
o una semana después— volvió y dejó una cazuela con algo que olía a
caldo de ternera.
Llevaba un perfume fuerte que olía a popurrí, y los pechos le
asomaban por el escote como dos cruasanes blancos. Descorrió las
cortinas para que entrara algo de luz en la habitación y se me quedó
mirando con gesto de desaprobación. «Ahora cómase esto; vendré a
ver cómo está dentro de unas horas», dijo. Encendió el aire
acondicionado y me puso la televisión, con el volumen bajo. Observé la
pequeña pantalla en blanco y negro sin poder fijar la mirada. Cuando lo
conseguí vi imágenes de una inmensa multitud de soldados en algún
sitio, aplaudiendo y gritando, riéndose, reunidos alrededor de tres altos
postes de electricidad. Parecía haber tres o cuatro hombres colgados
de cada uno de aquellos postes. Observé cada vez más horrorizado,
pensando que serían las noticias, que mostraban a soldados que
habrían matado a unos hombres, probablemente del Vietcong, y que
colgaban los cadáveres de los postes frente a la multitud enfervorecida.
No podía entender por qué permitían qué la gente viera una escena tan
aterradora en la televisión pública. Pero al cabo de un rato me di
cuenta de que se trataba de un programa de la USO, el canal de
entretenimiento de las Fuerzas Armadas, y que los hombres subidos a
los postes estaban vivos. No eran más que soldados que habían
trepado para ver mejor a las bailarinas del espectáculo de Bob Hope.
Yo no recordaba haber comido, pero la cazuela estaba vacía
cuando la mujer volvió a llevársela. Regresó con la cazuela llena y esta
vez se quedó algo más de tiempo, me dio conversación, intentó
animarme. Dejó de hablarme de usted y empezó a hacerlo con un tono
casi maternal.
—Creo que te recuperarás, guapo. Y eso es bueno para mí, porque
cuando alguien sale de aquí con los pies por delante, eso afecta a la
valoración de mi motel en el listado de la Asociación Hotelera.
En todo aquel tiempo no me hizo ni una pregunta personal; nunca
amenazó con llamar a una ambulancia. Parecía comprender que no
estaba en disposición de presentarme ante un médico: los dueños de
moteles pueden reaccionar así a veces, con complicidad.
Ahora estoy bastante seguro de que aquella mujer de buen corazón
no existió nunca, sino que fue una figuración de mi cerebro
contaminado, creada como personificación de mi voluntad de
sobrevivir, de sudar el veneno y sacármelo de la sangre.
Hay un aspecto de la fiebre que es magnífico, como si te liberara de
toda carga física, haciéndote flotar en una nube iluminada desde abajo
por una luz sobrenatural. Luego te das cuenta de que eso es lo que
debe de sentir alguien próximo a la muerte, cuando el cuerpo empieza
a rendirse, así que te quedas ahí tendido, dominado por una extraña
mezcla de euforia y terror.
En medio de todo aquello tuve un sueño. Iba en el asiento del
acompañante de un coche cuya marca no pude distinguir, y al volante
estaba un hombre que había conocido en mis primeros tiempos de
ladrón de coches, en Nuevo México. Me lo habían asignado como
mentor, pero yo no le gustaba especialmente, y él a mí tampoco. Era
alcohólico y llevaba una americana con el forro colgando por debajo,
como esas mujeres a las que les asoma la enagua bajo la falda.
Siempre me llamaba «hombre», en español. Debía de hacerle mucha
gracia.
Al verme en un coche con él tuve claro que era un sueño, porque el
tipo ya había muerto. Estábamos en medio de la nada, frente a una
pequeña granja con el tejado blanco. Yo no conocía aquella casa, pero
tuve la clara sensación de que la casa me conocía a mí, que debía de
haber vivido en ella en algún momento y se me habría olvidado.
El hombre me dijo que tenía una información importante que darme
antes de que bajara del coche. Nos quedamos sentados frente a
aquella casa un buen rato y me di cuenta de que tenía algo en el
regazo que lo mantenía entretenido. Resultaron ser los pedazos de un
billete de veinte dólares que estaba recomponiendo meticulosamente
con cinta adhesiva. Me di cuenta de que seguiría pegando el billete
eternamente y lo sentí por él.
Al final, lo que me reveló resultó no tener ninguna importancia; era
algo que un entrenador de fútbol americano me dijo una vez en el
instituto, después de fallar un placaje a propósito porque no me
importaba nada el partido. El hombre repitió exactamente las mismas
palabras que me había gritado el entrenador en el campo de juego
aquel día, mientras me agarraba por la máscara protectora,
zarandeándome como un ciervo enganchado a otro por la cornamenta:
«Mira, chaval, no me importa si la cagas… Pero si lo haces, que sea a
doscientos kilómetros por hora. ¿Me entiendes? Esto no va de fútbol,
chaval. ¡Es la vida! ¡Estamos en los putos Estados Unidos de
América!».
Aquel día, agonizando en la penumbra de una habitación barata de
motel, pensé que acabaría siguiendo su consejo.
Los dos hermanos, primos segundos de Martha, la habían
despertado con su pelea, y ella estaba a punto de soltarles un grito
desde lejos cuando de pronto los niños salieron del coche familiar y
aquel extraño abrió la puerta trasera, arrojó algo sobre el asiento y
se subió al coche.
Martha lo vio por un momento, pero no parecía que él la hubiera
visto a ella. Ella pensó que se habría equivocado, que habría
pensado que el coche de su tía era el de él, y estaba a punto de
decírselo, pero algo la detuvo. Cerró los ojos con fuerza y se quedó
muy quieta en el maletero abierto de la ranchera, donde se había
refugiado de los niños de camino al pueblo, tendida sobre el suelo
enmoquetado, junto a los asientos traseros, lugar que solía ocupar
para sentirse protegida y desde donde podía contemplar el cielo
azul a través de la ventanilla, imaginando que se elevaba por el aire.
Después de muchos gritos había subido otro hombre, el coche
se había puesto en marcha y Martha tuvo la impresión de que el
grito de pánico que oyó en su garganta llegaría hasta la boca, pero
no fue así. Ahora los hombres habían dejado de hablar y lo único
que oía, además del latido de su propio corazón, era el violento
ruido el motor, que no se parecía en nada al que solía hacer, y el
rugido de las ruedas lanzando grava contra los bajos del coche,
justo por debajo de su cabeza. Nunca había conocido a nadie a
quien le hubieran robado el coche, sobre todo porque en casi toda
su vida había conocido a muy poca gente que tuviera coche. Pero
sabía que aquello era un robo y que tenía que hacer algo, aunque
todos los instintos de su cuerpo le decían que sería mejor que no
hiciera nada, que permaneciera absolutamente inmóvil y en silencio.
Iria hasta donde llevaran el coche, que probablemente sería algún
lugar alejado de Tahoka; cuando por fin pararan, esperaría a que
salieran del coche, se escabulliría y haría autoestop, y así no la
verían.
Durante el año que había transcurrido desde que la llevaron al
oeste de Texas, había intentado huir tres veces, pero nunca llegó
más allá del límite del pueblo, donde había demasiada gente que
sabía por qué estaba allí y quién era: una menonita —o una ex
menonita— de una familia de Menonitas de la Antigua Orden,
descendientes de familias emigradas en los años veinte de las
provincias canadienses de Manitoba y Saskatchewan a través de las
Grandes Llanuras hasta llegar al desierto de Chihuahua, adonde se
habían desplazado buscando librarse de la interferencia del Estado
en sus asuntos. Eso lo encontraron, pero también encontraron unas
sequías y una pobreza persistentes.
Martha era la hermana mayor de una familia de nueve niñas y
dos niños. Tres años antes, su padre, que tenía una granja de trigo
al borde de la ruina, empezó provocar una serie de acontecimientos
que acabarían llevándola hasta aquel lugar a causa de lo que en
principio parecía un acto de desobediencia insignificante: haberle
puesto neumáticos de goma a su antiguo tractor de dos cilindros.
Era una mínima concesión a la modernidad, con vistas a ahorrar en
gasolina y en el mantenimiento del tractor, lo cual necesitaba
desesperadamente. Además, había hombres en otras colonias
incluso más conservadoras que lo habían hecho años antes que él.
Pero en su colonia la ley eclesiástica seguía prohibiendo los
neumáticos de goma, porque un tractor con neumáticos podía
circular por las carreteras públicas, y, por consiguiente, podía llegar
hasta Ciudad Cuauhtémoc. Tal uso de los tractores para el
transporte llevaría inevitablemente a la aceptación del automóvil, y
en cuanto el coche entrara en la vida de los menonitas, cualquier
esfuerzo por mantenerse alejados de las comodidades materiales
sería en vano. El padre de Martha, Aron Zacharias, sabía que irían a
por él, y así fue. Él se mantuvo en sus trece, y los que vinieron se
fueron, pero volvieron otros, acompañados de primos y familiares,
que intentaron convencerle, y también entonces se negó a quitarle
las ruedas al tractor. Tras casi un año de deliberaciones, los
ancianos por fin lo excomulgaron, y seis meses más tarde, la madre
de Martha, presionada por su familia —que estaba convencida de
que aquella situación sería la causa de alguna desgracia— también
lo repudió formalmente, lo cual suponía el peor castigo posible en
una sociedad basada en la familia. Ya le habían arrebatado su
iglesia y su sustento, y al final también le quitaron a sus hijos.
Pero una oscura mañana de invierno se fue a Ciudad
Cuauhtémoc, tomó prestada la camioneta de un vecino para llegar
hasta la granja de bloques de hormigón y contrachapado que había
construido con sus propias manos y, a la luz de un farol de gas,
encontró a Martha durmiendo en un colchón entre sus dos
hermanas menores. La levantó, le puso su bata, le dijo que guardara
silencio y se la llevó consigo. La camioneta se puso en marcha
antes de que Martha pudiera ver a su madre, Anna, que salía por la
puerta al patio de tierra frente a la casa. También salieron los niños,
muchos. Martha recordaba la imagen de su madre a través del
parabrisas trasero de la camioneta, allí de pie, en bata, casi a
oscuras, en una escena que resultaba aún más irreal a causa del
resplandor rojizo que dejaba tras de sí el vehículo. Recordaba que
su madre ni siquiera intentó salir corriendo tras ella, ni le había
gritado a su padre que parara. Daba la impresión de que solo había
salido para presenciar la marcha de Martha.
Martha y su padre compartían la mitad de una casa-remolque
con agua corriente y gas, pero sin electricidad, en la periferia este
de Ciudad Cuauhtémoc, en un solar tras un pequeño hotel de
carretera. Junto al hotel había un restaurante de dos plantas con la
fachada rebozada en yeso que vendía hamburguesas y tacos a los
camioneros y a los operarios del elevador de un silo de forraje que
había algo más allá. El remolque venía con cuatro muebles, y tenía
unos viejos columpios delante, lo cual hacía pensar que en otro
tiempo allí habría vivido una familia, pero una de las patas del
soporte de los columpios estaba rota, por lo que la estructura había
adoptado una inclinación que recordaba a un caballo agachado. El
remolque estaba dividido en dos, y la parte trasera la ocupaban dos
jóvenes menonitas de poco más de veinte años que también habían
dejado la Iglesia de la Antigua Orden, por decisión propia, y que se
habían trasladado a la ciudad para aprender mecánica. Los dos
espacios estaban separados en el centro por una cortina hecha con
una manta infantil estampada con una imagen de un enorme gallo
de aspecto idiota que Martha no había visto nunca, pero que, según
le dijeron los jóvenes, era un personaje de dibujos animados
llamado Gallo Claudio. Los hombres ayudaron a Aron conseguir
trabajo en una gasolinera parcheando neumáticos, un trabajo que él
consideraba un castigo divino, pero que aceptó porque no tenía otra
opción. Nunca había sido un hombre de muchas palabras, pero a
partir del momento en que se mudaron a su nueva casa aún se le
oía menos; solo le hablaba a Martha para decirle qué cocinar o lo
que necesitaba, aunque daba la impresión de que lo que más
necesitaba era su presencia, como si ella representara todo cuanto
había perdido y la remota pero aún considerable posibilidad de
recuperarlo. Marta, eso lo entendía, en la medida en que puede
entenderlo una niña de nueve años, y la hacía sentirse útil, lo cual la
ayudaba a superar el miedo que le infundía su padre y el destino
que pudiera aguardarles a ambos. Aceptó sin reservas el hecho de
que ahora estaban los dos solos, tal como aceptaba casi todas las
cosas de una vida que nunca había controlado en lo más mínimo. A
veces echaba de menos a su madre, pero no echaba de menos
ninguna otra cosa de la granja o de la colonia, y lo cierto era que no
le importaba la posibilidad de no volver a verla, o de no volver a ver
a ninguno de sus habitantes, ni siquiera a sus hermanos o
hermanas, su casa o a sus pocos amigos.
Cumplió nueve años poco después de su traslado, pero Aron no
se acordó de que era su cumpleaños y ella no se lo dijo. Dormía
sola en el salón de la casa-remolque, sobre un viejo sofá de rayas
color mostaza. Era la primera vez que dormía sin otros cuerpos,
calientes o en busca de calor, acurrucados a su lado. Tenía que
levantarse al amanecer para hacer el desayuno —como había
hecho siempre, por otra parte—, solo que esta vez tenía que hacerlo
sola, en lugar de ayudando a su madre. Pero una vez Aron y los
otros dos hombres lo engullían a toda prisa y se marchaban al
trabajo, en el desastrado remolque se instalaba una soledad que
Martha no había conocido nunca. Al principio la asustaba estar sola.
Era una sensación tan agradable que estaba convencida de que
encajaría en alguna categoría de pecado del que nadie le había
hablado, pero tras un par de semanas dejó de preocuparse por eso.
Los únicos sonidos que llegaban a la casa-remolque eran los que
hacían los pocos camiones que paraban en el aparcamiento trasero
del café, y el de una familia de tórtolas que habían anidado en algún
canalón del techo del remolque y que se hacían oír sobre todo justo
después del amanecer. Sin electricidad no había televisor, como
habría deseado, pero uno de los hombres tenía un transistor Sanyo
Channel Master negro y plateado que ella le cogía de su habitación
para oír la radio.
Los menonitas de Chihuahua hablaban plautdietsch, o bajo
alemán, y los hombres y los niños encontraron el modo de aprender
español, pero Martha ya sabía más español del que demostraba, y
tanto ella como sus hermanos habían aprendido inglés de su madre,
que era de Texas. Así que allí, sentada en la cocina, escuchando la
radio, solía sintonizar una de las emisoras estadounidenses para oír
música country y las noticias de Estados Unidos, que parecían
versar básicamente sobre la guerra y sobre una infelicidad
generalizada que se extendía por el país. Su padre le dejaba cruzar
la calle hasta el café, donde las mujeres les vendían carne para
hamburguesas, huevos, mantequilla, tortillas y café hecho por ellas,
que le apuntaban en una cuenta que Aron saldaba a fin de mes. A
las pocas semanas las mujeres ya la dejaban quedarse, y le hacían
compañía tras la hora punta del almuerzo. Cuauhtémoc, una ciudad
de unos diez mil habitantes, había sido construida prácticamente por
los menonitas llegados a Chihuahua a principios de los años veinte,
pero ni siquiera en aquella época vivían en la ciudad. Los más
prósperos de las colonias más liberales acudían a la ciudad en sus
camionetas antes del amanecer para abrir sus negocios y comprar
material, y luego se volvían al norte antes del anochecer. Los
hombres de la Antigua Orden acudían los fines de semana en sus
calesas cubiertas, y aparcaban los caballos entre los coches. Las
trabajadoras del café miraban a Martha con curiosidad y cierta
preocupación, conscientes de que tanto ella como su padre eran
exiliados, aunque no tenían muy claro si era por propia elección o
por destierro. Algunas de las más jóvenes —siguiendo la creencia
extendida en la zona de que los menonitas se veían obligados a huir
para proteger el terrible secreto de que sus relaciones familiares
eran «demasiado íntimas»— llegaron a la conclusión de que ambas
cosas eran ciertas.
Los largos días de verano que pasó a solas se le empezaron a
hacer eternos antes de lo que esperaba, y eso la animó a
aventurarse más allá del remolque después del almuerzo, cuando
Aron y los hombres volvían al trabajo en la camioneta que
compartían. Ella solía caminar en dirección contraria, por la Avenida
General Sepúlveda, la vía principal que llevaba a la ciudad desde
los campos de manzanos y las fábricas de queso que había al este,
en dirección a Ciudad Chihuahua. A veces llegaba hasta la gran
plaza, donde habían pintado los troncos de todos los árboles hasta
la altura de la cintura con cal para protegerlos de las hormigas
cortadoras de hojas. Entre aquellas cortas columnas blancas de
aspecto irregular había ancianos sentados en los bancos,
respirando entre dientes y hablando unos con otros solo
esporádicamente, que solo se movían para tirarles alguna piedra a
los perros callejeros cuando se acercaban demasiado. A veces
aparecía un pequeño grupo de soldados que se ponía a practicar la
marcha en formación sobre la tierra batida. No todos llevaban el
mismo uniforme, y algunos lucían polainas en las piernas que
recordaban los árboles de troncos blancos y que a Martha le hacían
pensar en las fotografías de soldados que había visto en un libro
sobre la Primera Guerra Mundial.
En las esquinas de la plaza había cuatro altavoces que de vez
en cuando emitían viejas grabaciones de marchas a ritmo de polca,
y otras veces difundían anuncios oficiales del ayuntamiento
prácticamente ininteligibles. En la hierba que crecía al borde de la
calzada se sentaban las indias tarahumara con sus bebés, y
vendían ollas y cestas hechas con agujas de pino.
Inexplicablemente, iban enfundadas en pesados rebozos de lana
pese al insoportable calor. Las mujeres y las niñas indias se cubrían
la cabeza con pañuelos del mismo modo que las menonitas, y
Martha se preguntaba si sería por un motivo similar. Poco después
de su llegada a la ciudad ella dejó de llevar el pañuelo, pero aún se
ponía los vestidos de percal con estampados oscuros que le había
hecho su madre, la única ropa que tenía, y con ese atuendo, ese
peinado y ese rostro, nadie en Cuauhtémoc podía confundirse en
cuanto a su identidad. Mientras paseaba por las calles, observando
los escaparates de las panaderías y de las tiendas de ropa, se
aseguraba de mantener las distancias con cualquier menonita que
pasara cerca y pudiera identificarla. A los tres meses de incursiones
por la ciudad incluso se atrevió a tomar el autobús urbano, que la
llevó por una larga calle hasta un barrio en el extremo de la ciudad
que tenía el extraño nombre de Sin Nombre. Se preguntó si
realmente el lugar se llamaría así o si el cartógrafo de turno le había
colocado aquella etiqueta a la espera de que alguien lo bautizara. A
veces bajaba en el mirador, y subía las escaleras hasta la
plataforma desde donde se veía una panorámica del estado de
Chihuahua, preguntándose por qué se habrían tomado la molestia
de construir un mirador en un lugar así, demasiado llano y
demasiado alejado de la Sierra Madre como para tener una vista
especialmente impresionante. Pero desde lo alto se veía una bonita
cascada, un fino chorro de agua que en temporada de lluvias caía
unos quince metros desde una grieta sobre el terreno rocoso de
aquel lado de la ciudad, y ese año las excepcionales lluvias habían
hecho que algo más al norte, el valle de San Antonio, donde había
pasado toda su vida, se hubiera convertido en una frondosa
alfombra verde, cubierta de pastos y campos de avena y maíz. Ella
no había pisado Ciudad Cuauhtémoc antes de que su padre la
hubiera llevado a vivir allí, pero al igual que sus hermanos había
oído hablar de ella desde que eran pequeños, y había intentado
imaginarse las suntuosas calles de aquel lugar con un místico
nombre azteca. Contemplando el valle desde el mirador, le
sorprendió ver lo cerca que había tenido la ciudad todo aquel
tiempo. Podía haber llegado a pie en un día, aunque en aquella
época algo así le habría resultado inconcebible.
La vida en Cuauhtémoc se convirtió en una invariable rutina de
labores domésticas, tedio y de atender a Aron y a los dos hombres,
interrumpida únicamente por sus visitas a la ciudad, siempre con la
preocupación de que su padre la descubriera, pero a las que
consideraba que tenía derecho. Muchas de las cosas de los años
vividos en la colonia empezaron a parecerle recuerdos de la vida de
otra persona, mientras que ahora tenía la impresión de que podría
vivir indefinidamente así, en la pequeña casa-remolque, mientras el
trabajo les siguiera aportando dinero suficiente para comida y para
pagar el alquiler.
El final llegó cuando aún no llevaban un año en la ciudad, una
tarde de octubre. Llovía y el cielo estaba gris. Martha se había
quedado para hacerle un caldo de res a Aron por su cumpleaños,
con carne de calidad para la que había estado ahorrando, y lo había
cocinado siguiendo una receta menonita procedente de Rusia, pero
ya plenamente mexicanizada, sazonada con chiles y epazote.
Mientras doraba la carne, Jonas, uno de los jóvenes con quienes
compartían el remolque, entró gritando por la puerta mosquitera,
sorprendiéndola, porque ni él ni su amigo Isaac aparecían nunca en
casa hasta bien entrada la tarde, cuando terminaban su jornada
laboral. Jonas era el más grandullón de los dos, y tendría veinte o
veintiún años, uno más que su hermano. Era el único que le había
prestado algo de atención, aunque la trataba con desdén en las
raras ocasiones en que estaban a solas. Durante esos encuentros,
exhibía su arrogancia hablándole en español, como si fuera un
idioma secreto que compartieran. Jonas era un tipo corpulento y
fuerte, pero tenía un cuello inusualmente grueso y una cara de luna
llena que le hacían parecer gordo. Le había dicho que le llamara
Joey, que era como le llamaban en el trabajo y como le llamaba
ahora su amigo Isaac, pero ella se negó a hacerlo y seguía
pronunciando su nombre con todas las letras.
Martha había tomado prestado el transistor de Jonas de encima
de su armario, y al verlo entrar a toda prisa se volvió hacia la mesa
de la cocina para intentar cogerlo y ocultarlo, pero no pudo
alcanzarlo antes de que él lo viera, así que se giró hacia la encimera
de nuevo y siguió trabajando, con la esperanza de que no le
importara. Jonas no se quitó el sudado sombrero vaquero de paja
que llevaba puesto para dejarlo en el colgador junto a la puerta, sino
que se dirigió directamente a la cocina y se dejó caer pesadamente
en una de las sillas. Pasó un rato sin decir nada, escuchando la
música de la radio y mirando a Martha, que tenía el cuerpo medio
girado hacia él, en una posición incómoda, frente al lavaplatos.
—¿Te gusta mi radio? —le dijo por fin en español, cogiéndola de
la mesa y dándole la vuelta como para admirarla. Movió el dial,
perdiendo la emisora, y luego volvió a moverlo y subió el volumen
hasta que el estribillo de una vieja balada…
He went up to her mother’s house,
Between the hours of eight and nine
And asked her for to walk with him
Down near the foaming brine[1]
… resonó con un áspero tono metálico en las angostas paredes
del remolque.
Ella no respondió.
—¿También te gustan todas las pilas que tengo que comprar
para que funcione? —preguntó él.
Ella pasó un trapo por la encimera para limpiar una mancha de
grasa y de harina, pero no se volvió para mirarlo.
—¿Cómo es que has vuelto tan pronto? —preguntó, gritando
para que oyera su voz con el estruendo de la radio.
—No me encuentro bien. Hasta un hombre fuerte puede
enfermar de vez en cuando, ¿sabes?
Pero Martha sabía que no estaba enfermo: notaba el olor
amargo a cerveza y a cigarrillos impregnado en su ropa sudada. Le
preocupó que hubiera podido perder el trabajo.
—¿Dónde está Isaac?
Jonas se quedó mirando la mesa despejada, como si tuviera
intención de echarse a dormir encima. Pero se puso en pie y
empezó a moverse al ritmo de la canción de la radio, como un niño
pequeño intentando aprender a bailar.
—Haces muchas preguntas —dijo, y se le acercó balanceándose
torpemente, llevando el ritmo con la mano, arrastrando las botas por
el linóleo deformado del suelo.
La agarró antes de que ella pudiera apartarse de él. La estrechó
entre sus brazos casi con suavidad, de no ser por la pesadez de su
abrazo, que la inmovilizaba. Martha no dijo nada al principio, pero
intentó tensar el cuerpo y bajar la cabeza hacia el pecho para evitar
los besos de Joey, que recibió en la nuca y en las sienes.
Sin el menor esfuerzo, Joey sostuvo a Martha en vilo, recorrió los
cinco pasos que separaban la cocina del salón y se dejó caer
pesadamente con ella, encima de ella, sobre el sofá amarillo que le
hacía de cama, dejándola sin respiración al aterrizar. Durante todo
ese tiempo Martha no sintió nada parecido al miedo; de hecho no
sabía qué sentir, aparte de una dolorosa vergüenza.
Jonas tenía la cabeza enterrada en el cojín del sofá, por encima
de su hombro derecho, y el sombrero sudado se le había caído en la
alfombra. Su respiración sonaba cada vez más agitada. Ahora que
lo tenía tan cerca, los penetrantes olores a sudor y a grasa de
maquinaria del garaje se mezclaban con los de la cerveza y el
tabaco, pero por debajo de todo aquello subyacía algo desconocido,
un olor dulce y almizclado, alguna colonia que se habría puesto.
Hubiera podido llegar a conseguir lo que buscaba, pero al
echarse la mano a la entrepierna se percató de que llevaba puesto
el mono de trabajo, y mientras se debatía frenéticamente para
desabrocharse los cierres a la altura del pecho, Martha sintió que se
estremecía y le oyó lanzar una especie de gemido, como si fuera a
echarse a llorar. Dejó de moverse encima de ella y se quedó
jadeando unos segundos. En ese momento Martha pudo volver a
respirar. Él se apartó y se plegó en dos, sin dejar de jadear,
recuperó su sombrero, se lo calzó y se quedó a su lado,
contemplándola, aún tendida en el sofá. Tenía el rostro en llamas,
encendido por esa clase de rubor avergonzado que solo se da en
las personas de piel blanca como el papel. No la miró ni dijo nada.
Se limitó a arrastrar los pies hasta la cocina, donde recuperó su
radio, aún a todo volumen, la apagó y se volvió a su habitación,
apoyando la mano en el tabique de madera para mantener el
equilibrio. Martha levantó la cabeza y se cubrió las pálidas piernas
con el vestido, que examinó atentamente en busca de alguna
mancha. Se puso en pie, se acercó a la puerta mosquitera y miró
afuera por si alguien había oído lo sucedido, pero no había nadie, y
tampoco habría importado, porque en realidad ninguno de los dos
había hecho más ruido que los pájaros en el nido que había sobre el
remolque.
El resto de aquel día y del siguiente transcurrieron sin incidentes,
con una normalidad que a Martha le pareció irreal tras lo sucedido,
hasta que se hizo a la idea de que así iba a ser la normalidad a
partir de entonces. Repasó lo sucedido y decidió que no podía
plantarle cara a Jonas por lo que había intentado hacer, aunque se
preguntaba cómo se sentiría si lo hubiera conseguido. Aun después
de aquello seguía gustándole más Jonas que Isaac, que era callado
y pasivo y que comía con la boca abierta como una vaca. Aquella
tarde los dos emergieron de su habitación con gesto hosco, como
siempre, fueron hasta la cocina y se sentaron alrededor de la
pequeña mesa, iluminada de noche por una lámpara de pilas. Con
un puñado de panecillos zwieback en una cesta de mimbre, apenas
quedaba espacio para el caldo, que humeaba en su cazuela de
horno, el único recipiente que había para cocinar en el remolque
aparte de una vieja sartén de hierro.
Al final Aron no le dijo nada a Martha del plato que tanto se había
esmerado en prepararle, pero insistió en servirse un plato mucho
mayor que los demás y sonrió al comérselo, algo poco habitual en
él. Como solía pasar, nadie habló durante la cena. Jonas evitaba
mirar a Martha, pero en alguna ocasión la niña lo pilló observándola
con un gesto a medio camino entre la amenaza y el miedo. Martha
también evitó mirarle, no porque le tuviera miedo, sino porque no
quería tener que preocuparse también del miedo que pudiera sentir
él ante su posible reacción, un miedo que probablemente no
disminuiría aunque le jurara sobre la Biblia que no iba a contarle a
nadie lo sucedido.
Cuando estaban a punto de terminarse el postre, Aron rompió de
pronto el silencio.
—Bueno, ¿y dónde te has metido hoy? —le dijo a Jonas en
español, sin levantar la mirada, con los ojos puestos en su cuenco
de budín.
Jonas no levantó la cabeza ni la cuchara que acababa de hundir
en su cuenco.
—Me encontraba mal —dijo por fin, y luego se llevó lentamente
la cucharada de budín a la boca.
—No, no es verdad —dijo Aron que, tras un largo silencio,
añadió—: No te gusta trabajar. Y bebes demasiado. Te despidieron.
—Tampoco es eso —replicó Jonas, desafiando la mirada
acusadora de Aron—. Los muy cabrones. Me he marchado.
—En cualquier caso, ahora no tienes ingresos —dijo Aron—. Y
no hables así delante de la niña.
Como solía hacer cuando los hombres hablaban en español
delante de ella, Martha adoptó un gesto exageradamente
inexpresivo, aunque era consciente de que Aron sabía que lo
entendía todo, así que puso especial cuidado en no mirar en su
dirección. A quien sí que miró fue a Jonas, que empezó a ponerse
rojo. Hizo ademán de decir algo, pero se lo pensó mejor y optó por
engullir con rabia dos cucharadas colmadas de budín y levantarse
de la silla a toda prisa. Le costó un poco desencajar su voluminoso
cuerpo de su asiento, pero se fue enseguida a su habitación,
pateando el suelo con tanta fuerza que hizo temblar el débil piso del
remolque.
Después de aquello, Martha solo lo vio una vez más. Aquella
noche, en la oscuridad de su dormitorio compartido, después de
haber dado cuenta de unas cuantas cervezas, Jonas presumió ante
Isaac de lo sucedido por la tarde en el sofá. La chica llevaba
semanas pidiéndolo, le dijo, así que por fin se lo dio.
—Eres un fullero, Joey —respondió Isaac—. Estoy hasta las
narices de tus cuentos. Calla la boca y duérmete.
—Te lo juro por Dios, no te miento —dijo Jonas, buscando algo
que decir para dar más credibilidad a su historia—. Te digo, colega,
que tiene el chochito más precioso que has visto nunca.
A la mañana siguiente, Martha se fue pronto al café y Jonas
volvió al taller a suplicar que le dejaran volver al trabajo. Isaac
encontró a Aron arrancando malas hierbas en la parte trasera del
remolque, y le relató la conversación de la noche anterior,
horrorizado por lo que le estaba contando, pero más aterrado aún
de que Aron pudiera llegar a enterarse y sospechara que él ya lo
sabía. Aron esperó en el interior del remolque a que volviera Martha,
y en cuanto entró la agarró, la tiró al suelo, le puso una mano en el
cuello y le ordenó que le contara la verdad. Ella lo hizo, llorando
entre convulsiones, presa del pánico, aullando y ahogándose en sus
propias lágrimas.
Aron se puso en pie y fue a buscar su caja de herramientas
tranquilamente, como si fuera a trabajar un día cualquiera, y fue en
busca de una vecina que a veces le llevaba en coche. Sorprendió a
Jonas en el aparcamiento y fue a por él antes de que pudiera llegar
a la camioneta. Durante casi una hora, hasta que por fin llegaron la
policía y la ambulancia, Aron esperó junto al pesado cuerpo de
Jonas, que sangraba y jadeaba, rodeado por unos operarios
mexicanos que no tenían muy claro hasta qué punto podrían verse
implicados por haber presenciado un incidente de aquella
naturaleza, y se limitaban a mantenerse cerca por si intentaba huir.
Jonas pasó tres días en el hospital. Aron se pasó dos semanas
en una celda pequeña e inmunda con otros catorce hombres, dos de
ellos jóvenes menonitas que no conocía y con los que no habló en
ningún momento. Tras el incidente, Martha fue acogida por la familia
que gestionaba el hotel-restaurante, y unos días después de que
soltaran a Aron, de nuevo sola en el remolque, vio a Jonas por
última vez cuando pasó a recoger sus pertenencias, que estaban
apiladas fuera, en una caja de cartón.
Bajó lentamente por la puerta del pasajero de una camioneta que
conducía un mexicano bajito al que Martha no reconoció, y se
acercó a la puerta con la pierna derecha renqueante, mirando
inquieto en todas direcciones. Pasó cerca de la ventana de la
cocina, tras la cual observaba Martha, convencida de que él sabría
que estaba allí, aunque no miró ni una vez al interior. Martha ya
había observado las caras y las manos hinchadas de algunos chicos
tras una pelea, pero nunca había visto a nadie que hubiera recibido
una paliza como la de Jonas. Tenía el centro del rostro cubierto con
un montón de gasas que le ocultaban la nariz. Le habían afeitado
ambas cejas, que estaban hinchadas, y se las habían pintado con
mercromina; la izquierda tenía todo el contorno cosido con unos
puntos negros que sobresalían como las púas de un puercoespín.
Los granos de sus mejillas habían adoptado un enfermizo color
verduzco, e incluso tenía los párpados de un rosa encendido, como
los de un conejo. Martha lo observó, asustada y como electrificada,
sin apenas moverse ni respirar. Estaba casi irreconocible, no solo
por la cara, sino también por el modo en que se movía, con una
pesadez que no le había visto nunca, como si fuera mucho mayor,
aunque también daba la impresión de haber estado llorando. El
hombre que le había traído en coche se asomó por la ventanilla y
dijo algo, y Jonas recogió lentamente su caja, que contenía todas
sus posesiones en este mundo, y la metió en la furgoneta sin tan
siquiera volverse a echarle una última mirada al remolque.
Después de Cuauhtémoc, Aron y Martha nunca se quedaron en
ningún otro lugar más de unos meses seguidos. Vivieron en Ciudad
Chihuahua, en una habitación de hotel con una cocinita auxiliar,
hasta que un malentendido del que Martha no sabía nada provocó
que tuvieran que marcharse. Tomaron la autopista a Juan Aldama,
donde pasaron un tiempo, y luego volvieron a Nuevo Casas
Grandes, pero estaba demasiado cerca de las colonias y a Aron le
preocupaba que les hubieran descubierto, así que hicieron las
maletas a toda prisa y se fueron lo más al norte que pudieron, a
Juárez.
En todos esos lugares Aron trabajó principalmente como
jornalero en los cultivos. Era el trabajo más fácil de encontrar. Pero
odiaba cultivar las tierras de otros, más aún que los trabajos de peor
categoría, especialmente en las grandes plantaciones de maíz y de
sorgo, donde decía que tenía la sensación de estar abonando la
tierra directamente con dinero para fertilizarla, después de haberla
explotado hasta volverla estéril.
Una mañana de verano de 1971, cuando llevaban dos semanas
en Juárez pagando una habitación que no se podían permitir, Aron
le dijo a Martha que se quedara allí esperándole; él cogió un
autobús a El Paso para encontrarse con un hombre que había
conocido unos años antes en un almacén de grano de Cuauhtémoc.
El hombre, Preston Salas, era blanco pero tenía un apellido latino y
curiosamente parecía casi mexicano, con el cabello negro lacio y
oscuros ojos marrones. Era del norte de Texas, pero durante mucho
tiempo había hecho negocios por la frontera y en Chihuahua. En la
jerga menonita era lo que llamaban un coyote, aunque eso, muchos
menonitas lo acabaron sabiendo demasiado tarde. En 1969, Salas y
un hombre muy callado al que presentaba como su hermano menor
se habían presentado en varias colonias con los nombres de Ed y
Bill McConnell justo antes de la cosecha, hacia el final de una larga
sequía que había llevado a muchas familias a una situación
extrema. Cargados con efectivo y presentándose como
compradores independientes que intentaban establecerse en el
valle, los dos habían pagado precios superiores al de mercado por
el maíz, las legumbres y los cerdos, y luego habían vuelto y habían
comprado más productos con cheques. Los cheques se hicieron
efectivos, abriéndoles las puertas a cocinas familiares y a oficinas
municipales, donde Salas y su socio hacían los negocios que habían
estado buscando desde el principio. Esta vez se hicieron con toda
una procesión de camiones de hortalizas y ganado y extendieron
cheques por unas cantidades impresionantes que resultaron ser tan
falsos como Salas y su pretendido hermano; ni el uno ni el otro
volvieron a dejarse ver en el valle de San Antonio. Aron había
evitado convertirse en una de sus víctimas solo porque su
plantación de avena, medio comida por las royas y los pulgones, era
demasiado mísera como para atraer la atención de Salas. Más
tarde, en Cuauhtémoc, se enteró del nombre real de Salas y
descubrió que después de pasar por Chihuahua había acabado
cumpliendo condena en El Paso por un gran montaje de licitaciones
fraudulentas en hospitales. Seguirle la pista resultó más fácil de lo
que pensaba: Aron solo tuvo que buscarlo en la guía telefónica, que
contaba con tres páginas llenas de Salas, desde Abelardo a Zarita,
pero solo uno se llamaba Preston. Aron marcó el número y tuvieron
una breve conversación telefónica antes de que Salas accediera a
recibirle, en una minúscula casa de estilo rancho con paredes de
resina en Ysleta, donde vivía solo seis meses después de salir de la
cárcel y aún en libertad condicional.
La diferencia entre el hombre que recordaba Aron y el hombre
que le abrió la puerta era tan llamativa que pensó que se había
equivocado de dirección. El Salas que conoció en México tenía el
aspecto de un abogado de mediana edad, tocado con un Stetson
gris perla. Este llevaba unos vaqueros recortados y una camiseta
amarilla con la imagen de una mujer con un bañador muy revelador.
Su sombrero seguía siendo bueno, pero por detrás le asomaba una
cola de caballo. Hizo pasar a Aron a un salón sin muebles salvo por
un sofá de dos plazas de velvetón marrón y un pequeño mueble-
televisor apoyado en el suelo con el cordón eléctrico serpenteando
sobre la alfombra. Se encendió un cigarrillo y le tendió un cuenco de
plástico con fritos de maíz que Aron, sin dejar de sostener el
sombrero con ambas manos, rechazó. Conversaron en español, que
Salas parecía comprender mejor de lo que pretendía aparentar.
Aron le habló de negocios con un tono mesurado, sin usar más
palabras de las necesarias, exponiéndole sus situación con la
colonia y planteándole su oferta claramente: si Salas encontraba un
intermediario, alguien al que no pudieran reconocer en Cuauhtémoc,
y lo enviaba allí para que actuara como comprador, Aron podría
proporcionarle abundante información privada sobre las deudas y
los acuerdos comerciales de los productores de queso menonitas,
con lo que podría efectuar grandes compras muy ventajosas
mediante cheques.
—¿Y cuánto habría para ti? —le preguntó Salas mirándolo
fijamente mientras se sacaba una brizna de tabaco de la lengua.
—Un cuarenta por ciento —dijo Aron.
Salas fumó y tomó en consideración la propuesta antes de decir
que había al menos un par de cosas que no le cuadraban: una, las
ganas que tenía Aron de venderle a su propia gente; y dos, más
importante aún, de permitir que los desvalijaran de nuevo, cuando
hacía tan poco tiempo que los habían desplumado, y además
empleando el mismo método. Pero la mirada de Salas no
confirmaba las dudas que acababan de expresar sus palabras;
aquella mirada le decía a Aron lo mucho que él también necesitaba
algo así.
—Me quitaron mi familia, todo cuanto tenía, así que están en
deuda conmigo; ese es el primer motivo por el que lo hago —dijo
Aron, que seguía de pie—. El segundo motivo es algo que tú ya
sabes: todos ellos creen tanto en la bondad del hombre que son
incapaces de protegerse de alguien como tú.
Salas sostuvo la mirada de Aron, mientras exhalaba el humo sin
volver la cabeza.
—O de alguien como tú —dijo con una risita socarrona.
Tras unos minutos más de charla insustancial, Salas dijo que lo
pensaría y que se pondría en contacto con él, pero Aron ya sabía
cuál sería la respuesta. Cruzó el vestíbulo hasta la puerta principal.
—Que Dios te acompañe, hermano —dijo Salas a sus espaldas,
sarcástico.
Aron se puso el sombrero en la cabeza, abrió la puerta y salió sin
volverse.
—Y a ti.
Aron acabó aceptando un treinta por ciento, y el acuerdo hubiera
tenido éxito de no ser porque lo había suscrito con alguien aún más
desgraciado que él. Más tarde supo por un abogado algo que Salas
no sabía: que el Servicio de Aduanas de Estados Unidos le tenía
pinchado el teléfono y controlaba su correo porque sospechaba —
erróneamente, tal como descubrirían más tarde, para bochorno de la
agencia gubernamental— que un ex compañero de celda aún en
prisión lo había contratado para que hiciera llegar un gran envío de
marihuana desde Ojinaga al lado estadounidense del río Grande.
Como los investigadores de Aduanas no habían progresado nada en
el caso, dejaron de estrechar el cerco unas semanas y
aprovecharon para transcribir las llamadas telefónicas de Salas a
Chihuahua. Entonces fue cuando descubrieron que estaba urdiendo
el fraude de los cheques, y así pudieron detenerlo por violar la
condicional. Como señal de cortesía, los agentes comunicaron la
detención a sus colegas de Juárez por teléfono, y estos los
maldijeron en inglés, reprochándoles que hubieran actuado por
cuenta propia. Pero cuando los agentes mexicanos introdujeron el
nombre de Aron en el sistema, encontraron la denuncia por
secuestro que se había presentado en su contra poco después de
que se llevara a Martha de la colonia.
A la mañana siguiente, la niña estaba sola cuando tres agentes
municipales de Juárez se presentaron, pistola en mano, en la puerta
del modesto apartamento de Libertad donde habían conseguido
localizar a Aron. Martha abrió la puerta. Los tres hombres se la
quedaron mirando unos segundos sin poder decir nada; no habían
visto nunca a una niña menonita, salvo en las fotografías de los
periódicos, y aun así no se esperaban encontrar un rostro tan pálido
como el alabastro, ni una melena tan rubia, y con un tono plateado
al sol de la mañana. Los hombres se la quedaron mirando, se
miraron los unos a los otros un instante, y al fin uno de ellos rompió
el silencio, sacó un papel del bolsillo y leyó una declaración formal.
Al igual que tantos otros policías mexicanos de la zona, más que de
policías aquellos tres hombres parecían gente normal que se había
presentado allí movida por la curiosidad, deseosa de ver cómo
actuaba la policía de verdad. Parecían avergonzados por la
situación en que se encontraban, pero tenían órdenes que cumplir.
Cuando se encontraba en circunstancias poco claras ante algún
mexicano, Martha nunca revelaba que sabía hablar español. Pero
aquella mañana, con el miedo, se le olvidó, y les dijo a los agentes
que estaba sola y que su padre había salido a trabajar al campo, y
que no sabía cuándo volvería. También dijo que no sabía qué
significaba la palabra «secuestro», aunque en realidad sí lo sabía, y
luego añadió con voz titubeante que se habían equivocado de
apartamento, que allí no vivía ningún Aron Zacharias. Uno de ellos
le leyó la orden de detención y el rostro de Martha se ruborizó de
pánico. Empezó a hablar atropelladamente en bajo alemán, con voz
gutural, y trató de cerrar la puerta, pero el policía más grande
interpuso el pie en el hueco sin inmutarse. Martha retrocedió y
rompió a llorar con la boca cerrada mientras ellos entraban uno a
uno en la pequeña sala, que incluía un lavadero, una encimera con
dos fogones en una esquina, una cama plegable, una silla de jardín
de aluminio y una pequeña cómoda sobre la que descansaba un
diminuto televisor en blanco y negro con una antena circular. El más
joven de los tres policías, un flacucho que no debía de tener más de
dieciséis o diecisiete años, le susurró a su superior:
—Es la primera vez que veo una albina en persona.
Uno de los policías más veteranos abrió la puerta del baño con
precaución y miró dentro.
—No es albina, pendejo, es menonita.
Los tres se pusieron a recoger la ropa y los pocos efectos que
parecían pertenecer a la niña —un espejo de mano de plástico
morado, una vieja colcha de ganchillo, una muñeca de trapo
desnuda de sexo indeterminado, de la que Martha se avergonzaba
pero que no se resignaba a dejar atrás— y lo metieron todo en una
bolsa de plástico transparente que habían traído consigo. Martha se
puso en cuclillas junto a la puerta, descalza, y se echó a llorar con
todas sus fuerzas; su llanto sonaba aún más terrible por el modo en
que intentaba controlarlo, sin conseguirlo.
Volvió a dirigirse a los agentes en español, insistiendo en que se
habían equivocado de dirección.
—Aquí nadie ha hecho nada malo —dijo—. Somos menonitas.
Seguimos nuestras propias leyes, leyes superiores, no las vuestras.
Los hombres, que estaban acostumbrados a realizar su labor en
circunstancias mucho más desagradables, no le hicieron caso. Ella
se incorporó y empezó a gritar:
—Si mi papá vuelve y no estoy aquí, no sabrá qué hacer. Se
volverá loco.
El agente de aspecto más veterano, que exhibía una gran panza
y unos bigotes que parecían dos viejos mochos grises, hizo una
pausa en la tarea de meter las posesiones de Martha en la bolsa y
le dijo con un tono inusualmente amable:
—Niña, no te preocupes. No va a volver aquí.
Para poder meterla en el coche, los tres hombres tuvieron que
bajarla sujetándole los brazos por la estrecha escalera de metal que
había frente al apartamento, mientras ancianas y niños, y un puñado
de adolescentes que querían ver a qué obedecía aquel revuelo, se
asomaban a los rellanos. Los niños miraban la escena sin perder
detalle; las ancianas agitaban la cabeza y se persignaban. Cuando
los agentes estuvieron lo suficientemente lejos del edificio, uno de
los adolescentes les gritó:
—¡Pinches apestosos! ¿Por qué no la tomáis con chicas de
vuestra edad? ¡Comemierdas!
Luego soltó una aguda carcajada y los otros chicos se
abalanzaron sobre él. Todos fueron volviendo al interior mientras el
coche de policía se alejaba.
Llevaron a Martha a la comisaría, pero no estuvo mucho rato; de
allí la trasladaron a una pequeña clínica municipal, donde dos
robustas enfermeras tuvieron que sujetarla con fuerza para
someterla al examen prescriptivo. La ingresaron en un centro
católico para niñas huérfanas en el centro de Juárez, donde se negó
a hablar y prácticamente no comió ni durmió en dos semanas.
Durante ese tiempo, los numerosos intentos de contactar con su
madre a través de la colonia resultaron infructuosos, hasta que por
fin tuvieron noticias de un anciano del campo; este dijo que la familia
de la niña les daba permiso para que se la entregaran a una tía, una
mujer llamada Johanna Bonner, en Texas, que había accedido a
recogerla en el puente fronterizo. Martha recordaba haber visto a
Johanna solo una vez, en una ocasión en que su tía pasó por el
campo de camino a Cuauhtémoc; hicieron lo imposible por evitar
que los niños la vieran, lo cual solo sirvió para transformar su visita
en un acontecimiento de gran trascendencia, del que todos los que
por aquel entonces eran jóvenes hablarían durante años. Cualquiera
que oyera lo que se contaba de aquella visita, pensaría que
Johanna había matado a su marido y a sus hijos, o que había
abandonado la Iglesia por una vida de prostitución. Pero su único
delito había sido huir de una vida dura y de un matrimonio sin amor
a los dieciséis años para dirigirse al norte, a Estados Unidos, donde
fue acogida en un asentamiento de menonitas más modernos que
habían abandonado la restrictiva vida de México y habían comprado
varias plantaciones de algodón en la zona de Seminole, en Texas.
Allí se hizo llamar JoAnne en lugar de Johanna. Unos años más
tarde se casó de nuevo, con un ministro de la Iglesia Baptista del
Sur, e inició una vida razonablemente feliz como esposa de un
predicador rural itinerante. No tenía noticias de ningún pariente
desde hacía más de dos años, y aún había transcurrido más tiempo
desde la última vez que habló con su hermana Anna, casi de su
misma edad. Cuando su tío Cornelius le pidió que se hiciera cargo
de Martha, Johanna le dijo que apenas la recordaba, pero no puso
objeciones, ni pidió una explicación que en cualquier caso no le
habrían dado. Él la informó a grandes rasgos acerca de la vida que
había llevado Martha desde el momento en que se la llevaron del
campo, y se limitó a decir que Anna le había pedido personalmente
que le hiciera aquella petición, algo a lo que había accedido con
grandes reservas. Johanna y su marido rezaron juntos aquella
noche en el dormitorio rogándole a Dios que les indicara cómo
actuar, pero en realidad no tenían elección. Johanna fue sola en
coche hasta El Paso un sábado de madrugada, fumando sin parar, y
llegó antes del amanecer del día siguiente. Había ido a la peluquería
y llevaba un traje pantalón de color verde azulado que se había
comprado el día anterior. Le dijo a su marido que le asustaba pensar
que iba a ir a México otra vez, aunque solo fuera a la frontera, y que
quería parecerse lo menos posible a la mujer que era antes, cuando
vivía allí. Pasó el punto de control de aduanas de Estados Unidos y
el puente internacional Good Neighbor, y llegó a un estrecho
aparcamiento junto al paso fronterizo, un puente de reciente
construcción que llevaba a su antiguo hogar, aún brillante y
decorado con llamativas banderas estadounidenses y mexicanas.
Vio a la niña al otro lado de la aduana con dos federales, uno de los
cuales llevaba una pequeña bolsa de lona con sus cosas. Los
agentes miraron a Johanna con cierta admiración, casi con descaro,
mientras salía del coche y se les acercaba. Tiró el cigarrillo a medio
fumar en el asfalto e intentó apagarlo con la punta del zapato de
tacón, pero siguió humeando a su espalda. Avanzó hacia su
sobrina. Los federales no le pidieron ninguna identificación, ni que
firmara ningún documento, pero parecían tener órdenes específicas
de acompañar a Martha hasta el coche familiar de Johanna sin
retirar las manos sus finos hombros, y de asegurarse de que se
sentaba en el asiento del acompañante. Si Martha saltaba del coche
y salía corriendo justo después de salir del aparcamiento, los
agentes probablemente se quedarían allí viéndola desaparecer por
entre los pinos salados a orillas del río. Le entregaron a Johanna un
pasaporte mexicano nuevo de color verde bosque con el nombre de
Martha. Ella les dio las gracias en español y le preguntó al que
parecía estar al mando si había algo que tuviera que saber, aparte
de los datos que ya le habían proporcionado.
—Señora, nosotros hemos visto a la niña por primera vez esta
mañana, una hora más o menos antes que usted —respondió el
hombre en un correcto inglés—. Buena suerte —añadió en español
—. Conduzca con cuidado.
Johanna se quedó en el exterior del coche observando a Martha,
que estaba sentada en el asiento del acompañante con la vista al
frente y la mirada perdida. Martha no se había lavado la melena
rubio platino en varios días y estaba flaca, tenías las mejillas
hundidas y los párpados ensombrecidos. Llevaba un vestido azul
marino con un estampado de flores que le venía ancho y que le
daba un aspecto gris, incluso para una menonita. Viajaron en
completo silencio hasta Whites City, cerca del desvío a Carlsbad
Caverns, donde Martha habló por primera vez, en plautdietsch, para
decir que necesitaba ir al baño. Johanna paró en una cafetería con
tienda de recuerdos y entró con ella, y Martha observó que se
quedaba esperando justo detrás de la puerta, probablemente por
miedo a que intentara huir.
Se negó a comer nada. Johanna se compró una hamburguesa y
una Coca-Cola, y después de comer Martha se fijó en que se
retocaba el maquillaje y el pintalabios mirándose al espejo.
—Apuesto a que nunca te habías subido a un coche así,
¿verdad? —le dijo Johanna—. Es nuevo. Es el primer coche nuevo
que hemos tenido.
Martha no respondió, pero cuando ya llevaban recorridos unos
cuantos kilómetros pasó por encima del asiento delantero y se echó
en el asiento posterior, acurrucada junto a su bolsa, sobre todo para
alejarse del intenso olor a hamburguesa que aún flotaba en el
ambiente. Le dio tanta hambre que temió marearse, hasta que
Johanna encendió un cigarrillo y el olor a tabaco lo invadió todo. A
los pocos minutos se durmió, escuchando a Johanna tararear una
melodía country que sonaba en la radio. Cuando se despertó era
media tarde y hacía mucho calor; el sol le daba en los ojos a través
de la ventanilla lateral. Pasaron unos segundos antes de que
pudiera recordar dónde estaba; al principio pensó que estaba otra
vez en Chihuahua, esperando a que su padre regresara del trabajo.
Pero al levantar la cabeza vio pasar lentamente ante sus ojos una
sucesión de edificios de algún centro urbano, con una iglesia, un
juzgado, una oficina de correos y una gasolinera, todos ellos con
carteles escritos en inglés; recostó la cabeza de nuevo, presionando
el rostro contra su bolsa, y se echó a llorar por primera vez desde el
día en que se la habían llevado.
3
20 de septiembre de 1972
En diciembre de 1970, yo iba en un coche de concesionario, un Pontiac
Parisienne impecable con matrícula canadiense que había robado de
un aparcamiento en Albuquerque, atravesando una intensa nevada en
las proximidades de Los Ojos, en Nuevo México, cuando me di cuenta,
demasiado tarde, de que estaba a punto de quedarme sin gasolina.
Decidí buscar un lugar donde pasar la noche, pero ya no veía más que
a unos pocos metros de distancia. Había algo en el modo en que
flotaban los copos iluminados por la luz de los faros que me dio la
sensación de que se movían hacia atrás, y de pronto sentí que había
despegado de la calzada y de que iba flotando hacia las nubes bajas.
Al principio fue una sensación agradable, envuelto en el aire caliente de
la calefacción y oyendo la música de la radio perfectamente
sintonizada. Los limpiaparabrisas marcaban el ritmo de la canción que
sonaba y luego lo perdían progresivamente, para volver a recuperarlo
después:
I know this time, it’s really over
For there’s no happiness in store.
And I will never be the fool I was before.
No one can call me Mr. Fool no more.
My tears were scattered, with all the shattered
Dreams that faded in the past.
Vows were spoken, vows were broken
But the last one was the last…[2]
Abrí la ventanilla para sentir el aire frío en el rostro. Pero debí de
adormilarme un momento y perdí la dirección. El volante se torció de
golpe a la derecha y el Pontiac se inclinó peligrosamente al caer hacia
la zanja lateral. Las ruedas traquetearon y el coche atravesó una masa
de nieve densa que casi cubría por completo las ventanillas. Me pasé
casi una hora intentando salir de allí, cambiando de marcha —adelante
y atrás, atrás y adelante, adelante y atrás— a ciegas, ganando algo
más de tracción cada vez, hasta que noté que las ruedas se agarraban
al suelo y empezaban a llevarme de vuelta al asfalto. Pero cuando ya
estaba a punto de conseguirlo me animé demasiado, pisé a fondo, el
coche coleó y volvió a resbalar hacia abajo. El motor soltó un gemido
lastimero y el coche fue a parar a una parte de la zanja que hacía que
el lugar de donde había salido me pareciera un paraíso tropical. Ahora
las ruedas giraban en vacío; yo seguía intentándolo, pero empecé a
notar el hedor a detergente quemado procedente del fluido de
transmisión; si no paraba enseguida iba a acabar con cualquier
posibilidad que tuviera de sacarlo más tarde.
Me quedé quieto un rato, bajo aquel manto de nieve, escuchando el
suave murmullo del motor, con la mirada fija en la aguja roja pegada al
cero del indicador de la gasolina, preguntándome cuánto tiempo
tardaría en quedarme sin calefacción.
Aquella misma semana, en el Don Motel de Albuquerque, había
entrado a robar en la habitación de un vendedor de pesticidas agrícolas
de Tucson, que había ido a la ciudad para una convención. La única
chaqueta que traía era una americana ligera de pana, que ahora
llevaba puesta, consciente de que no era suficiente para el frío que
hacía en el exterior. Abrí su guantera y saqué su sombrero, un bonito
Stetson de fieltro gris que me iba media talla grande, y me lo calé hasta
las orejas. Ambas puertas estaban bloqueadas por la nieve, así que
bajé la ventanilla y excavé con las manos desnudas hasta abrir un
hueco lo suficiente grande para atravesar la capa de nieve y salir al
exterior. La nieve me engullía, sumergiéndome hasta las axilas,
mientras yo me debatía trepando hasta la calzada. Seguía nevando
con fuerza y las ráfagas de viento eran intensas. Pero cuando conseguí
salir de la zanja, aún con la nieve hasta las rodillas, a la luz anaranjada
de un farol vi que me había salido de la calzada a pocos metros de un
área de descanso. A lo lejos divisé un par de refugios para pícnic y dos
cubos de basura cubiertos por sendos cilindros de nieve que parecían
blancos pasteles de boda.
Una ráfaga de viento se me llevó el sombrero, y me quedé mirando
cómo daba saltitos por la nieve, dejando un rastro que recordaba las
huellas de algún animalillo. No podía creerme que aquel fuera el lugar
donde iba a morir, como un maldito lapón, no en mi Texas, sino en un
estado que ni siquiera había sabido buscarse un nombre propio.
Más allá del área de descanso, siguiendo la línea de los árboles, vi
algo más entre la nieve: unas líneas de puntos rojos que brillaban como
brasas, un patrón que mi cerebro reconoció pero que era incapaz de
comunicarme hasta que encontré las palabras que lo definían: luces de
gálibo.
Hundí la barbilla en la americana y me dirigí en esa dirección. El
camión era un articulado Peterbilt con matrículas de Nuevo México y
una dirección de Oklahoma City en la puerta del acompañante, bajo la
inscripción I. T. ENTERPRISES. Estaba en punto muerto, y emanaba un
cálido olor a diésel, un olor magnífico, el olor a humanidad. Golpeé con
fuerza en la puerta con la palma de la mano y me eché a un lado por si
me encontraba con alguien que llevara un arma. Esperé lo que me
pareció una semana y volví a llamar. Antes de golpear la puerta por
segunda vez se abrió de golpe, casi tirándome a la nieve, y el rayo de
luz de una potente linterna me cegó.
—¿De dónde sales tú? —rugió una voz—. ¿Qué haces aquí?
Estaba a punto de responder a la primera pregunta, pero la
segunda me pareció rara y no sabía muy bien qué responder. Estaba
deslumbrado y el viento me estaba metiendo nieve en la oreja
izquierda. La voz repitió su pregunta, esta vez con mayor urgencia:
—¿Qué haces aquí?
—Siento molestarle, señor —dije—, pero tengo un pequeño
problema. Me he salido de la carretera…
La voz me interrumpió, amenazante:
—¿Eres amigo o enemigo?
Levanté una mano para protegerme de la luz, y para demostrar la
nobleza de mis intenciones.
—Bueno…, soy… no soy… Mire, no pretendo hacerle ningún daño.
Siento mucho haberme presentado así, en plena noche, pero el maldito
coche se ha salido de la carretera, poco antes de las mesas de pícnic,
y se ha quedado hundido en la zanja, y estoy casi sin gasolina.
La intensidad de la luz de la linterna era tal que me veía las venas
del interior de los ojos, convertidas en una especie de mapa de
carreteras de un lugar por el que nunca podría transitar. El rayo de luz
se desvió un momento, perdiéndose en la oscuridad de la noche, como
si el hombre buscara mi coche, o a alguien más que se escondiera en
la nieve, y luego volvió a apuntarme a la cara.
—En otras palabras, ¿necesitas un refugio para pasar la noche?
—Sí, hasta que salga el sol. Si fuera tan amable de acogerme hasta
entonces, creo que podría ir hasta allí, poner algo bajo las ruedas y
sacar el coche —dije, mientras iba cambiando de mano para
protegerme de la luz de la linterna—. Soy un tipo tranquilo, se lo
prometo. Viajo solo, como usted; ni siquiera se enterará de que estoy
en el camión. Tengo algo de dinero, puedo compensarle por las
molestias.
La linterna siguió apuntándome a los ojos durante el silencio glacial
que se hizo a continuación, y por fin la voz dijo:
—Carta a los hebreos 13, versículo 1: «Perseverad en el amor
fraternal». Y para quienes necesiten mayores incentivos, está el
versículo 2: «No os olvidéis de practicar la hospitalidad, ya que, gracias
a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a los ángeles». No voy a coger
tu dinero —añadió—. Entra. Cierra bien la puerta. Y no me hables de
usted.
Apagó la linterna, y en medio de la nebulosa que aún me cegaba
los ojos distinguí vagamente la silueta del hombre que se retiraba a la
oscuridad del catre tras los asientos. Me sacudí la nieve de la
chaqueta, me metí en la cabina y tiré de la puerta, luchando contra el
viento.
—Por Dios santo… ¡Joder! Te estoy muy agradecido —dije,
situándome en el asiento del pasajero, aún tiritando y aspirando aquel
maravilloso calor que olía a metálico del interior de la cabina—. La
tormenta se me echó encima antes de que me diera cuenta. No soy un
tipo de montaña.
Me eché el aliento en las manos entumecidas y las metí en los
bolsillos.
—Tal como te he dicho, en cuanto haya suficiente luz desaparezco
y ni te acordarás de que he pasado por aquí. Ni siquiera ronco.
Pasó un rato sin que dijera nada, y yo ya tenía claro que había
hablado demasiado, pero por fin se aclaró la garganta y volvió a hablar.
—¿De dónde vienes, amigo?
—Del norte de Texas. Cerca de Lubbock. Ahí ves llegar las
tormentas con un mes de antelación.
—Del otro lado de los bosques.
—Tan del otro lado que ni siquiera hay bosques.
Eché la mirada atrás y vi que había corrido unas cortinas de
acordeón que creaban una separación entre ambos. La radio, que
hasta entonces había emitido música suave o un magacín, o una
radionovela, enmudeció de pronto y oí que se movía, respiraba
profundamente por la nariz. No tenía claro si lo correcto sería girarse
para hablar con él de cara, o si al hacerlo violaría su intimidad. Así que
me desabroché la chaqueta y me quedé sentado de cara al
salpicadero, algo confuso, observando mi propio reflejo en el
parabrisas y, más allá, el mundo que iba vaciándose de color y de
formas lentamente.
—Quisiera disculparme por el recibimiento —dijo el camionero un
momento más tarde—. Esta noche estoy un poco alterado.
Hablaba con el mismo tono de estatua de mármol que había usado
la primera vez, un tono que me recordaba la voz de un anuncio de
televisión, solo que con un matiz algo más duro, como si no estuviera
en su mejor momento.
Se calló otra vez, y oí otra vez ruido de movimiento, como si
estuviera peleándose con las sábanas, buscando acomodarse de
nuevo tras la interrupción. Teniendo en cuenta la escasa distancia que
nos separaba, quizá hubiera tenido que desconfiar más de él, pero aún
me sentía abrumado y agradecido, como si me hubieran rescatado de
la superficie de la luna.
—Creo que debería advertirte antes de que te pongas cómodo —
dijo—, de que yo no voy a dormir muchísimo aquí atrás.
La dirección de su voz parecía indicar que no estaba tendido, sino
que se había sentado en su catre, ligeramente a la izquierda respecto a
mi posición. Me lo imaginé apostado ahí como un Buda, mirando a
través del parabrisas, aunque estaba tan oscuro que no podía ver
siquiera su reflejo en el cristal.
—No estoy aquí para robarte —dije—. Lo juro. No tienes que
preocuparte por mí.
Tosió con fuerza, tan inesperadamente, que me asustó.
—El problema no eres tú, soy yo. Ahí atrás tengo un remolque lleno
de puertas de patio que debían llegar a Las Cruces mañana por la
mañana, así que decidí tomar algo que me ayudara a aguantar
despierto, y ahora estoy aquí bloqueado por la nieve, que me tiene
cautivo, atrapado en su cruel tenaza.
«Hay que ver qué forma de hablar tiene este tipo», pensé.
Le pregunté qué había tomado.
—Anfetaminas. Cuatro cápsulas a las cinco y media de esta tarde.
No volveré a dormir hasta mañana por la noche, ni a comer. Si me
haces hablar, quizá no pare hasta la semana que viene. Pero este
demonio no solo me va a tener despierto: también libera los sentidos,
provoca una actividad mental desaforada. Empiezo a sentir que el
corazón se me sale del pecho. A veces me provoca un miedo atroz y a
veces un amor desaforado por el mundo.
—Bueno, pues no hace falta que sientas ningún amor por mí,
¿vale?
Se rio con una risa de barítono que fue apagándose hasta crear una
cierta armonía con el murmullo del motor.
—Esto de lo que yo hablo es un fenómeno puramente espiritual,
que se obtiene por medio de la química. Conmigo estás seguro.
Puedes relajarte.
—Hace tanto tiempo que no me relajo que ni me acuerdo —
respondí.
Mientras hablaba intenté hacerme un retrato mental del camionero,
mi anfitrión accidental, pero no lo conseguí. Por su edad calculé que
tendría cincuenta y muchos o sesenta y pocos. Me preguntó mi nombre
y le dije el primero que se me ocurrió. Cuando le pregunté el suyo, me
dijo que probablemente sería mejor que no lo supiera: al revés de lo
que solía sucederme en mis encuentros pasajeros en la carretera. Me
dijo que podía considerarlo simplemente un benefactor que el destino
había puesto en mi camino.
Me pidió permiso para fumar.
—¿Puedo ofrecerte uno, Bob?
Ese era el nombre que me había puesto.
—Estoy intentando dejarlo —dije, mintiendo sin motivo.
Vi el resplandor de un encendedor eléctrico y irnos hilillos de humo
que se elevaron, pasaron junto a mí y acabaron chocando contra el frío
parabrisas. En el cristal vi el reflejo de la punta del cigarrillo que se
encendía y se apagaba, lo cual me producía la extraña sensación de
poder ver a alguien sin ver nada de él en realidad.
Quería dormir, pero tuve la impresión de que quizá debería
mostrarme sociable.
—¿Nunca te han dicho que serías un buen predicador? —le dije.
—De hecho, Bob, lo fui, y bastante malo. Quince años y medio en el
púlpito, ministro de la Iglesia Baptista del Sur —dijo, como si declarara
su rango y número de unidad.
—Vaya, no está nada mal.
Él no añadió nada más, así que decidí hacer la siguiente pregunta
obvia:
—¿Y cómo acabaste al volante de un camión? No parece que sea
el camino habitual del clero, por lo que me han dicho.
Respiró ruidosamente, añadiéndole cierto dramatismo al momento.
—Es una historia triste, pero habitual, supongo. Quizá sea más
triste por lo habitual que es.
—Tampoco quiero revolver recuerdos desagradables —le aseguré,
y era cierto, porque a decir verdad no quería oír aquella historia.
—Si te pasas tantas horas solo como los que nos dedicamos a esta
profesión, los recuerdos se revuelven por sí mismos —dijo—. Son lo
único que te ayuda a pasar el tiempo: buenos, malos, neutros… no
importa.
—Yo soy vendedor —dije yo—, así que conozco esa sensación.
—La vida en la carretera es solitaria, pero la vida de pastor lo es
aún más. No lo dirías, ¿verdad? Estás rodeado de gente. Vienen a ti,
sonriendo, llorando, preocupados, con sentimiento de culpa, y ninguno
te dice la verdad por si —Dios no lo quiera— llegas a descubrir su
verdadera identidad —aunque su verdadera identidad raramente
resulta ser especialmente condenable, ni interesante siquiera— y por
supuesto ninguno de ellos tiene el menor deseo de conocerte
realmente. No eres más que la conexión con algo que podría significar
que en realidad no van a desaparecer para siempre. De modo que
cuando aparece alguien que muestra el mínimo atisbo de interés por ti
como persona, te agarras a él como una tabla de salvación.
Hizo una pausa y encendió otro cigarrillo.
—¿Eres religioso? —me preguntó.
—Supongo que soy tan religioso como muchos otros que no
pierden la ocasión de ir diciendo por ahí lo religiosos que son, lo cual
no es gran cosa.
—Teniendo en cuenta que no te conozco de nada, ¿te importa si te
hago una confesión?
—Cómo no.
—Muy bien.
Se puso a contarme una larga historia sobre un amigo que había
conocido en el ejército, un hombre que también se había planteado
ordenarse sacerdote pero que en lugar tomar ese camino se hizo
profesor de agricultura. Con el tiempo perdieron el contacto, pero
casualmente fueron a parar a la misma ciudad del oeste de Nuevo
México donde el pastor, mi camionero, se había hecho cargo de una
parroquia de la Segunda Iglesia Baptista con la intención de reflotarla.
Su amigo, Mickey, se casó y se implicó en la iglesia, hasta alcanzar el
cargo de diácono, y entre ambos se estableció una gran confianza.
Pero un buen día Mickey tuvo una especie de crisis de fe, o quizá más
bien su vida sufrió una debacle general, y empezó a aparecer cada vez
menos los domingos, hasta que dejó de ir a la iglesia. Su mujer,
Charlene, una atractiva rubia de Dallas bastante más joven que él,
siguió yendo, colaborando con la escuela dominical, y traía platos fríos
para los funerales y las ceremonias de avivamiento. A veces visitaba el
despacho del pastor y juntos se compadecían de su marido. Ella
lloraba y le decía que no sabía qué le estaba pasando a Mickey, y él
tampoco lo sabía, porque Mickey no le hablaba de ello. Y de pronto,
como si el diagnóstico no fuera más que la confirmación física de un
hecho horrible ya conocido, Mickey descubrió que se estaba muriendo
de cáncer de pulmón; no iba a llegar a los cuarenta y cinco.
El declive fue lento pero terrible. El pastor visitaba la casa cada día,
al final de la jornada, y le hablaba a Mickey, hasta que Mickey ya no le
oía. Y entonces, una tarde de sol, mientras Mickey agonizaba en la
habitación de al lado, el pastor y la esposa de Mickey se acostaron.
—Para serte sincero, te diré que en aquel momento no me sentí mal
en absoluto. De hecho, tenía la misma sensación que experimentaba
siempre que me sentía totalmente seguro de estar haciendo lo
correcto.
Dejaron pasar seis meses antes de hacer públicos sus
sentimientos. Se casaron y tuvieron un bebé enseguida.
—Sentí el alivio en la iglesia, donde los pastores solteros son
considerados como una especie de infección latente —dijo—. Todo el
mundo estaba muy contento por nosotros, especialmente por ella.
Pero antes de que pasara un año las cosas empezaron a torcerse.
Se peleaban todas las noches. Ella nunca lo dijo, pero él sabía que lo
odiaba por lo que le había hecho a su amigo, como si ella no tuviera
nada que ver en eso.
Él se dio cuenta del terrible error que había cometido
desperdiciando su vida con aquella mujer, y se sorprendió de lo poco
que una persona puede llegar a saber de otra. Estaba cegado por el
dolor que le había provocado la muerte de su amigo y por lo que le
había hecho.
—Ella era una de esas personas que podía caminar bajo la lluvia
sin despeinarse, que siempre tenía lista la palabra adecuada. Pero en
cuanto a gestionar la felicidad, era un témpano. Si yo me sentía bien,
era porque, de algún modo, esa alegría se la había arrebatado a ella, y
el único medio que tenía de recuperarla era cambiármela por parte de
su malestar. Era lo suficientemente lista como para saber qué imagen
debía exhibir de puertas afuera. Lo malo se lo guardaba para mí. Nadie
se lo habría creído, ni aunque yo lo hubiera jurado con la mano sobre la
Biblia.
Se rio de un modo que ya no me pareció estudiado. Era una risa
dolorosa.
—Recuerdo su cuerpo después de tener el bebé, se le inflaron las
mejillas y tenía las tetas tan caídas que parecían una carpa de circo
destensada; tendrás que perdonarme. Lo recuerdo porque eso me hizo
muy feliz. Antes había tenido un cuerpo digno de verse, y ahora era
una pena, pero eso significaba que ya no podía usar su belleza como
un arma arrojadiza en mi contra.
Mi interlocutor se estaba calentando. Y yo casi empezaba a disfrutar
del relato. Hacía meses que no mantenía una conversación tan larga
con nadie.
—Los peores días me convencí de que no era un ser humano en
absoluto, sino un instrumento divino enviado para ponerme a prueba,
para ver si caía, y que al caer tan estrepitosamente la primera vez, se
había transformado en mi castigo y penitencia. Por supuesto, ahora no
creo nada de eso. Creo en el pecado y creo en la mala suerte, y creo
que a veces lo segundo no tiene nada que ver con lo primero.
»No me ves —prosiguió—, pero no soy un hombre atractivo, Bob.
Soy gordo. Soy de esos hombres que se afeitan por la mañana y
cuando han acabado de desayunar ya tienen sombra de barba. Si
alguien me veía por la calle, no se le ocurría preguntarme por dónde se
iba a la iglesia. Podía haberme ahorrado muchos problemas si me
hubiera mirado bien al espejo hace mucho tiempo.
A juzgar por el olor estaba claro que se había tomado algo para
compensar el subidón. Me pasó una petaca por encima del hombro,
puede que de vodka. Tenía un sabor áspero y metálico, el sabor que
imaginaba que tendría el camión si lo convirtieran en un líquido.
—Hay gente como yo —quizá también como tú, Bob— que llevan el
pasado a rastras como un gran arado que va recogiendo más polvo
cada día. Y hay gente que consigue cerrar las heridas inmediatamente
a medida que avanza. Tras la muerte de Mickey, no creo que volviera a
pensar en él, salvo como excusa para odiarme.
Una nube de humo me rodeó la cabeza.
—Me vine abajo. Temblaba como un viejo. Una mañana me
desperté pensando que iba a morirme allí mismo. El corazón me
rebotaba dentro del pecho como un animal enjaulado. Recuerdo que
me puse a cuatro patas en el suelo del salón y escarbé en la caja de
juguetes de mi hija, buscando el pequeño estetoscopio de plástico que
guardaba allí. Me acurruqué en la alfombra para poder ponerme
aquella cosa minúscula y ridícula en los oídos, y así lograr llegarme al
pecho con el otro extremo. ¿Te lo puedes imaginar, Bob? Un hombre
adulto…
Dije que no podía, pero podía.
—Aquella mañana ella estaba fuera, comprando, y yo me decidí a
dejarla y a arreglar las cosas de una vez por todas. Le escribí una nota
diciendo que iba a confesarme ante los diáconos y a retirarme. La puse
sobre la mesa de la cocina, pero más tarde, cuando ya tenía todas mis
cosas en el coche, me eché atrás. Tenía que oficiar el servicio de
Pascua. Me convencí de que debía esperar a que pasaran aquellas
fechas, que se lo debía a la Iglesia.
»A la mañana siguiente, Charlene encontró la nota en el bolsillo de
mis pantalones, en la secadora. La puso sobre la plancha, la alisó, se
fue a la iglesia y la pegó en la puerta principal con cinta adhesiva a
plena luz del día, como si fuera el maldito Martín Lutero. Y debajo
escribió, a mano: «Es demasiado gallina para decíroslo él mismo.
Ahora ya sabéis la verdad acerca de lo que cuchicheabais a nuestras
espaldas. Por cierto, podéis iros todos al infierno».
»No la creía capaz, en un pueblo como aquel, donde no pierden
ocasión de juzgarte, pero vaya si lo fue. Cargó el coche y se fue a casa
de sus padres, en Dallas, y no la he vuelto a ver, ni a ella ni a mi niña,
desde entonces: en abril cumplirá ocho años.
Hizo una pausa. Me daba miedo que pudiera echarse a llorar, pero
no lo hizo. Se veía que estaba acostumbrado a mantener el tipo
mientras contaba historias así, o historias mucho peores.
—Estuve dando tumbos un tiempo, hasta que conseguí ahorrar lo
suficiente para financiarme el camión, y así estoy desde entonces. Ya
ni siquiera tengo casa propia. Vivo aquí y allá. Y en las áreas de
camioneros. No es mala vida.
Hizo una nueva pausa, el primer silencio sostenido de la noche.
En el exterior ya nevaba menos, y las luces del aparcamiento
iluminaban un grupo de pinos frente al camión. Entre las ramas me
pareció ver el costado de algo que se movía, que avanzaba y
retrocedía; quizá un oso negro, pero probablemente solo fuera un
ciervo olisqueando los cubos de basura.
—A veces me cuesta incluso recordar su rostro y su voz —dijo él—.
Pero lo hago, porque sé que en realidad lo que ella querría es robarme
una parte de mi vida —¡años!— haciéndome desear que se me olvide
todo, ella, Mickey, todos los años antes de su llegada y los que viví con
ella. Pero no se lo permito. Pienso en ella para no perder parte de mi
propia vida. Cuanto más lo hago, más amable y cariñosa se vuelve en
mis recuerdos. Luego pienso: «quizá me equivoque. Quizá fuera mejor
persona de lo que yo creía», y empiezo a echarla de menos, y me
entristezco porque sé que la persona que estoy recordando no es ella
realmente. Pero, en cualquier caso, todos los recuerdos nos los
inventamos en parte, así que… tampoco importa tanto, ¿no?
Bostezó y dejó escapar un suspiro de cansancio.
—Y así acaba la lectura.
Volvió a pasarme la petaca, ya casi vacía. Le oí moverse
pesadamente a mi espalda; se acostó, como si se hubiera agotado
relatándome la historia hasta el final. Yo no sabía qué decir. Me caía lo
suficientemente bien como para no decir una tontería, especialmente
que lo sentía. Así que me quedé allí un rato sin decir nada; me pareció
que era lo más honesto que podía hacer. Unos minutos más tarde
decidí hacerle una pregunta que se me había ocurrido mientras
escuchaba su historia, una pregunta que había querido hacerle a un
predicador desde que era un crío, aunque me daba cuenta de que era
un poco tarde para los dos.
Tenía que ver con un pasaje de la Biblia que nunca había
conseguido digerir, algo hacia el inicio del Viejo Testamento, quizá en el
Levítico o en el Deuteronomio. Se trata de una de esas historias de los
israelitas que iban cargando con el Arca de la Alianza —daba la
impresión de que siempre tenían que ir cargando con ella— y un buey
de los que tiraban del carro pierde apoyo. Un pobre arriero llamado Uza
extendió la mano para sostener el Arca y evitar que cayera al suelo. Y
quizá porque no era uno de los levitas designados especialmente para
ocuparse del Arca, o porque se suponía que nadie debía tocarla, no
recuerdo bien, Dios lo fulminó allí mismo.
—Desde la primera vez que lo leí —dije— he intentado
comprenderlo. Antes pensaba que quizá el verdadero motivo por el que
Dios mató a Uza fue porque Uza no confió en Dios, en que Dios nunca
permitiría que el Arca cayera al suelo. O quizá Uza confiara en Dios
pero pensó: «Eh, yo estoy aquí. ¡Dios me ha puesto aquí! Es a mí a
quien ha elegido para evitar que se caiga el Arca». Aunque sin duda no
tardaría en salir de su error, puesto que cayó al suelo sin vida. Dios lo
puso allí, al alcance de aquella cosa, sí, pero no para protegerla. Lo
puso allí para que Uza, llevado por el orgullo, creyera que podía
presuponer lo que pensaba Dios, y eso le brindó a Dios la gran
oportunidad de utilizarlo como ejemplo de lo que ocurre cuando los
seres humanos empiezan a creer que saben lo que piensa Dios.
Entonces se me ocurrió que tal vez, en los segundos previos a su
muerte, Uza pensó precisamente eso y se dijo: «Vale, así que esto es
lo que Dios ha decidido hacer conmigo. ¡Ha decidido otorgarme el
sumo honor de sacrificar la vida con el fin de enseñarle a mi pueblo
esta importante lección!».
»¿Pero sabes qué me parece mucho más probable? Que Uza
cayera al suelo, agonizante, y pensara: “Solo he hecho lo correcto, lo
correcto —lo cual resulta muy duro, es lo más duro de este mundo— y
ahora Dios me lo paga haciéndome quedar como el tonto de la
historia”.
Me salió todo a tal velocidad que me sorprendí de mí mismo al
oírme. ¿Cuál era la pregunta, en realidad? De pronto me detuve, algo
avergonzado, pero me di cuenta de que no había motivo para ello. A
mis espaldas oí una respiración pesada acompasándose con los ritmos
que imponía el sueño, y supe que lo que fuera que contuviese la
petaca había hecho efecto.
Me quité la chaqueta, hice una bola con ella y la usé de cojín para
apoyarme en la ventanilla, pero no podía dormir. Cuando amaneció ya
no nevaba. Miré por primera vez la cama por entre las cortinas, pero
solo vi la coronilla de una cabeza de hombre con el cabello gris
asomando bajo la manta. Estaba de cara a la pared trasera. Su gran
cuerpo ocupaba todo el espacio disponible. Me puse la chaqueta y bajé
del camión en busca de un lugar donde mear, adentrándome entre los
pinos más robustos, donde la nieve no era tan profunda y corría un
pequeño arroyo medio helado que parecía haber buscado aquel rincón
del bosque para morir allí.
Cuando volví, vi que el conductor se había despertado y había
reemprendido la marcha, dejando un rectángulo de asfalto sin nieve —
una silueta del camión en negativo, negro sobre blanco— y unas
rodadas que llevaban a la carretera.
Ahora que lo pienso, estoy bastante seguro de que no llegué a
preguntarle por aquella historia de la Biblia. Pero era algo que llevaba
mucho tiempo queriendo preguntarle a alguien, y aún sigo queriendo
hacerlo.
Hacía rato que Martha no sabía por dónde iban. No tenía ni idea
de hasta dónde seguirían antes de parar el tiempo suficiente como
para escapar. Se dijo a sí misma que debía mantener la calma, que
debía reprimir la creciente sensación de pánico que la embargaba,
la sospecha de que no podría evitar saltar por encima del asiento en
busca de la puerta. Aguzó el oído para intentar distinguir lo que
decían pese al ruido del motor, pero ahora hablaban más bajo y con
más calma que antes, de modo que solo distinguía fragmentos,
palabras y medias palabras que le sonaban a español o a
plautdietsch, aunque sabía que no podían serlo. Cuanto más
intentaba aclarar la mente para descifrar lo que decían, más le
costaba concentrarse. Pensó en su tía Johanna, por la que nunca
había sentido ningún aprecio, aunque aquel desapego no tuviera
nada que ver con la propia Johanna, y Martha se sintió mal por eso.
Pensó en el bonito rostro redondeado de Johanna, perfectamente
maquillado. Ahora estaría sentada en comisaría o en un banco de la
iglesia de su marido, con sus pálidas mejillas menonitas rojas e
hinchadas de tanto llorar, culpándose a sí misma por haber dejado a
Martha y a los chicos en el coche con las llaves puestas, aunque
todo el mundo en Estados Unidos dejaba a los niños y las llaves en
el coche. Se preguntó cómo podía ser tan difícil —en un lugar de
carreteras tan vacías, con tan pocos vehículos, la mayoría de ellos
camionetas, con lo que a ella le parecía una cantidad
desproporcionada de policías, en comparación con la cantidad real
de delincuentes— localizar un enorme coche familiar azul con
paneles de madera falsa y dos hombres dentro. Se preguntó, sobre
todo, por qué alguien iba a querer robar un coche así, tan
exageradamente grande que hasta las familias con montones de
niños que se lo compraban lo hacían casi a la fuerza, como todas
esas otras cosas ridículas a las que te obligaba tener hijos en
Estados Unidos.
Martha era uno de los pocos niños de un entorno religioso que
se tomaban en serio eso de dar gracias por lo que se tiene, aunque
en muchos casos daba la impresión de que el único motivo que la
impulsaba a hacerlo —teniendo en cuenta lo dura que había sido su
vida— era que, si destacaba las pocas cosas buenas —una o dos, a
lo sumo— que le sucedían, se aseguraba de que su infelicidad no
pasara desapercibida. Mientras estaba allí sentada, sintiendo los
baches de la carretera, pensó que el hecho de que su vejiga no le
estuviera exigiendo una actuación urgente, al menos de momento,
era una bendición, casi un milagro. La segunda bendición era que
los dos hombres no la hubieran descubierto una hora antes, cuando
hicieron una parada rápida en un camino de tierra. Por lo que había
conseguido oír, sabía que iban a hacer esa parada. Luego el firme
se volvió más irregular y percibió el olor a polvo. Frenaron y el que
iba al volante le dijo al otro que tenía matrículas limpias escondidas
en el campo para situaciones de emergencia, y que era su día de
suerte porque acababa de enterrar un par justo a las afueras de
Seagraves. En cuanto se desviaron para tomar el camino de tierra,
Martha deslizó la mano lentamente por la moqueta del coche hasta
una esquina próxima al extremo trasero y cogió la cazadora de lona
del Hermano Ted, el marido de Johanna, que estaba hecha un ovillo.
Fue tirando poco a poco de la prenda e intentó ocultar las piernas y
los pies debajo. El coche frenó y paró de golpe en la grava,
aplastándola contra el asiento trasero. Oyó que ambos hombres
bajaban, giró la cabeza hacia la oscuridad del suelo del coche y
cerró los ojos. El silencio que la invadió cuando se apagó el motor
hizo que se sintiera como si la apuntaran con un faro. Hasta el leve
susurro de su respiración le parecía un estruendo.
—Súbete al parachoques y vigila la carretera; si ves algo, una
camioneta, un rastro de polvo o un maldito conejo, silbas, te pones
al volante y yo subiré al coche de un salto. ¿Puedes hacer eso?
—¿Con qué vas a cavar?
—Con las manos. No las enterré hondo. Nadie más vendrá por
estos pastos en busca de unas matrículas enterradas.
El coche se sumió en la oscuridad mientras el segundo hombre
—había oído que se llamaba Harlan— se subía al parachoques para
hacer de vigía. Oyó los pasos del otro, el conductor, Troy, o quizá
Roy, alejándose al trote por la tierra compacta. Martha se volvió todo
lo lenta e imperceptiblemente que pudo, miró a través de un ojal de
la cazadora y vio los gruesos muslos y la entrepierna del segundo
hombre y sus pantalones caqui apretados contra el parabrisas
trasero. No podía verle ni el pecho ni la cabeza; le quedaban por
encima del coche.
Trató de levantar la cabeza para ver a qué distancia estaba del
coche el primer hombre, pero no consiguió moverse. Martha no
había rezado en más de dos años, pero ahora rezó; hizo un
esfuerzo desesperado por recordar algo, lo que fuera, que hubiera
registrado en la memoria del Ernsthafte Christenpflicht, el viejo libro
de oraciones cuya puntiaguda tipografía gótica, que llenaba de
negro las páginas, siempre le había hecho pensar, más que en Dios,
en el infierno y en Belcebú.
El único pasaje que consiguió recordar del libro no se adecuaba
en absoluto a la situación, lo sabía, pero de todos modos lo recitó
mentalmente, con la mayor devoción posible, intentando liberar
cualquier poder que pudieran ocultar aquellas palabras pese a su
significado:
Oh, Padre celestial, ten compasión de mí y protégeme de los
terribles pecados del adulterio, la fornicación, la impureza, la lascivia, la
idolatría, la brujería, la mezquindad, la beligerancia, la envidia, la rabia,
la agresividad, la discordia, la vida licenciosa, la ebriedad y todo lo que
pueda separarme de tu gran amor.
Oyó los pasos del primer hombre que se acercaba al coche
apresuradamente y esperó sentir el cabeceo de la suspensión en
cuanto el otro bajase del parachoques, pero parecía haberse
quedado inmóvil, montando guardia. Se preparó para ver llegar la
sombra del segundo hombre, que probablemente estaría a menos
de medio metro de ella, solo con el parabrisas trasero
interponiéndose entre ambos. Era un tipo más vivo, más
desconfiado, sin duda él fue quien robó el coche; miraría por el
parabrisas y la vería enseguida. Pero la sombra no apareció y
Martha no oyó nada más, ni voces ni movimientos, solo el leve ruido
de un roce metálico resonando a través del chasis.
Ahora también oía el sonido del viento que arreciaba y azotaba
el lateral del coche.
—No viene nadie… nadie.
—Solo un minuto más —respondió la voz desde abajo.
—¿Siempre llevas encima un destornillador para cosas así?
Ahora solo oía el ruido metálico, cada vez menos intenso.
—Lo entierro con las matrículas. Nunca tienes herramientas a
mano cuando las necesitas.
Las ráfagas de viento que iban en aumento. Un resoplido. Una
risotada.
—No me extraña que aún no te hayan atrapado.
Los ruidos cesaron.
—Venga, movamos el culo de aquí.
Martha sintió el balanceo del coche cuando el segundo hombre
bajó del parabrisas, cerró los ojos con fuerza y apretó los puños, y
pensó: «Ahora. Ahora. Ahora. Y ahora. Y ahora. Y ahora. ¿Cómo
entrarán?». Pensó en sus dientes, la única parte dé su cuerpo que
guardaba un mínimo parecido con un arma, aunque sabía que si
llegaba a estar lo suficientemente cerca de cualquiera de ellos como
para clavarles los dientes, no tendría ninguna posibilidad, apenas
lograría hacerles un rasguño.
Una puerta se cerró de golpe, y luego la otra, comprimiendo el
aire del interior del coche como un trueno. El motor cobró vida de
nuevo, la marcha entró y se pusieron otra vez en camino. Se le
ocurrió pensar que tal vez esperasen a estar algo más lejos de la
carretera principal, a adentrarse más en los campos de algodón,
donde ni tan solo hubiera cosechadoras, y que entonces el segundo
se deslizaría en silencio hasta la parte de atrás y se abalanzaría
sobre ella mientras el primero seguía conduciendo. Martha apartó la
cazadora lentamente y alzó la vista, como si se asomara por una
trinchera, con el cuerpo tenso, pero no pasó nada, y notó que los
neumáticos dejaban la tierra y volvían al liso asfalto.
Tenía la impresión de que habían pasado horas, pero sabía que
lo más probable era que ni siquiera hubiera transcurrido una hora. El
coche redujo la marcha, giró, y ella contuvo la respiración. Un poco
más allá volvió a girar, y luego dos veces más, tomando la dirección
en la que parecían ir originalmente, y ella supuso que debían de
estar intentando evitar los pueblos, o quizá que avanzaban en
círculos porque la policía esperaba que fueran en línea recta. Había
estado escuchando el ruido de los coches que pasaban en dirección
contraria, pero solo había contado tres desde que habían regresado
al asfalto. Ahora los hombres apenas hablaban. Oyó que el que
estaba al volante decía que tenían que volver a salir de la carretera.
—Ahora mismo la poli ha salido de caza. Les palpitan las venas,
igual que cuando crees que tienes un pájaro a tiro. Pero deja que
pase un día y la cosa cambiará; empezarán a perder interés.
Tendida contra el asiento, Martha pensó: «Lo que pasa es que
ninguno de los dos tenéis ni idea del tipo de pájaros que sois. La
única persona que lo sabe en este coche soy yo. Y somos de esa
clase de pájaros que no dejarán de buscar por todas partes, noche y
día». Aquel pensamiento la hizo sentirse algo menos desesperada
durante un minuto, como si eso le otorgara un mínimo poder sobre
aquel par de bobos texanos que no sabían que habían secuestrado
a una niña menonita, además de haberle robado la ranchera a la
esposa de un pastor.
Tenían que parar a poner gasolina y, cuando lo hicieran, si
ambos salían, tendría tiempo de salir corriendo. Quizá no la vieran.
Pero ¿quién subiría en su coche a una autoestopista tan pequeña?
Y si conseguía llegar a una estación de autobuses, ¿cómo iba a
pagarse un billete? Tenía cinco billetes de dólar y dos monedas de
un cuarto en el bolsillo de los vaqueros, todas sus posesiones, lo
que había acumulado con lo que le había ido dando Johanna
durante todo aquel tiempo.
Tras otra media hora de carretera sintió que las ruedas volvían a
pisar tierra y piedras, y el corazón se le encogió de nuevo. Un giro a
la derecha y más tierra, y aquel tramo duró un buen rato, hasta que
por fin notó que el coche empezaba a aminorar la marcha y se
desviaba por una especie de ladera que hizo que los pies le
quedaran más altos que la cabeza, hasta que el coche empezó a
dar grandes botes, señal de que habían dejado el camino. Se agarró
con fuerza a la cazadora e hizo cuña con los pies para mantenerse
pegada al asiento trasero, y el coche se detuvo de nuevo. Ninguno
de los dos hombres salió inmediatamente. El segundo, de voz más
profunda, fue el primero en hablar:
—¿Recuerdas este lugar? ¿Aquella vez?
—Era la primera vez que iba de caza —dijo el otro.
Se quedaron allí sentados un buen rato, sin hablar. Por fin
apagaron el motor, y Martha se quedó helada, con la boca abierta, a
fin de respirar lo más silenciosamente posible. El corazón no se le
desbocó tanto como la primera vez, aunque quizá solo fuera porque
su cuerpo ya estaba demasiado fatigado para responder. Se
abrieron las puertas, una tras otra, y luego una de las traseras, a
apenas unos centímetros de su cabeza. Estaban sacando el
equipaje. Cerraron las puertas, pero volvieron a abrir una de las
delanteras.
—Llevaba una buena lona impermeable en el maletero de la
camioneta, pero supongo que no tuviste tiempo de cogerla cuando
recogiste los bártulos.
—No me dio tiempo de hacer inventario, Harlan. Supongo que ya
habrás dormido sobre la hierba alguna vez.
La puerta se cerró de nuevo, y se hizo el silencio. Martha los oyó
alejarse del coche, pero el viento había amainado por fin y las voces
se oían con claridad entre los breves cantos chirriantes de los
chorlitos, el único sonido que se distinguía en la llanura mezclado
con la conversación.
—Ahí abajo no pueden ver el coche. Subiremos al llano, junto a
aquel saliente, y desde allí podremos divisar la carretera y también
el coche. Si tenemos que salir pitando, no tardaremos nada en
llegar, treinta segundos.
—Treinta segundos y un cuerno.
—Te sorprendería ver lo rápido que puedes moverte cuando la
necesidad apremia, Harlan. Simplemente no has tenido necesidad
en mucho tiempo.
—¿Qué supones que encontraremos para comer ahí arriba?
La respuesta, si es que llegó —y Martha de pronto se dio cuenta
que ella también sentía un vacío en el estómago—, se perdió en el
aire, mientras los dos hombres caminaban alejándose del coche. Se
quedó sola por primera vez desde el momento en que empezó todo
aquello. Escuchó atentamente durante unos minutos, por si oía sus
voces, conteniendo la respiración para oír mejor. Contó
mentalmente hasta sesenta diez veces, para asegurarse de que no
estaba calculando mal el tiempo, y luego, con la cabeza aún
cubierta por la cazadora, se apoyó en los brazos y miró por la
ventanilla que tenía más cerca, en el lado del acompañante. Sabía
que estaba mirando hacia el oeste porque tenía el sol prácticamente
delante, ya bajo en el horizonte, pero no lo suficiente como para
cegarla, y vio a los hombres sobre un saliente próximo, cubierto de
pinos salados y salvia del desierto. Frunció los párpados y, tras
acostumbrar los ojos a la luz, pudo distinguir las siluetas contra el
cielo en la cresta de la loma. De pronto se quedó paralizada,
aterrada ante la posibilidad de que se giraran hacia el coche y vieran
que algo se movía en su interior. Sus sombras paralelas se
extendían quince metros sobre la tierra en su dirección, cubriendo la
mitad del camino que había hasta el coche. Martha cerró los ojos y
un deslumbrante disco naranja ocupó todo su campo de visión, con
las finas siluetas de los hombres impresas tras los párpados como
en un fotograma de celuloide.
Sentía en el dorso de las manos y en las pantorrillas que
asomaban por la cazadora el aire fresco que acababa de entrar en
el coche; todas las partes de su cuerpo le decían que bajara de una
vez y echara a correr, que abriera la puerta trasera lo más silenciosa
y rápidamente que pudiera. Pero no tenía ni idea de por dónde se
iba a la carretera. Desde su posición elevada, ellos podrían ver el
polvo que levantaría al caminar por la llanura, y la pillarían aunque
llegara a la carretera, pues las posibilidades de encontrar un coche
que la recogiera eran prácticamente inexistentes. Levantó la cabeza
un par de centímetros más y giró el torso para mirar hacia el asiento
del conductor, pero allí tampoco halló ninguna solución: nunca había
conducido un coche; ni siquiera sabía si llegaría a los pedales en
uno tan grande. Además, ellos no iban a ser tan tontos de dejar las
llaves puestas en un coche abierto, aunque fuera allí, en medio de la
nada. Escuchó el crujido del techo al ir disipándose el calor del día,
volvió a acomodarse en el suelo del coche y escondió los pies
tapándoselos como pudo con la cazadora. Se dijo que mientras se
mantuviera inmóvil, prácticamente invisible bajo la cazadora, con la
mente vacía de pensamientos, estaría segura, y que ya pensaría
algo más tarde. Tendida en la parte de atrás, escuchando el viento
que arreciaba y amainaba una y otra vez, intentó convencerse de
que, si se esforzaba lo suficiente en fingir que no estaba allí, los dos
hombres no la encontrarían. Pensó en esa sensación incorpórea
que la invadía cada vez más a menudo conforme se iba haciendo
mayor: era como si se distanciara del cuerpo que habitaba bajo su
piel, de su aspecto exterior, del sonido de su voz al hablar, del
movimiento de sus miembros cuando ella así lo decidía, del hecho
de vivir donde vivía en aquel determinado momento de la historia del
mundo, en aquel lugar del universo… la sensación de que nada de
todo aquello era resultado de la necesidad, y la convicción de que
podía desvincularse al instante de todo con solo proponérselo. A
veces, aquella posibilidad le parecía tan real que la aterraba, y tras
el miedo, experimentaba una apremiante sensación de estar
abandonando su cuerpo. A veces, aquella sensación la inducía a
plantearse que, después de todo, quizá sí era posible que existiera
el alma, solo que en su caso lo que sentía como más íntimo —su
ser, la identidad que iba más allá de las palabras— le parecía algo
muy distinto de un alma. Se quedó allí tendida, bajo la cazadora,
concentrando todos sus pensamientos en ese punto infinitesimal
que era su identidad, imaginando que esta se desvanecía
físicamente en su interior.
Inmóvil, vio llegar la noche. La dura e incolora luz de la tarde que
inundaba el coche a través de la ventanilla empezó a adoptar una
suave tonalidad amarilla al descender el sol hacia el horizonte. En
diez minutos cambió de tono varias veces, de un amarillo
anaranjado intenso al naranja más puro, luego al rojo sangre y
después al morado, para sumergirse después en un azul apenas
perceptible en la ventana opuesta, antes de que la oscuridad lo
invadiera todo. Intentó asociar mentalmente cada color con los
nombres del círculo cromático que había tenido que aprenderse en
el colegio de Tahoka adonde la habían enviado, la primera escuela
de verdad que conocía: rojo, escarlata, carmesí, fucsia (aquel le
gustaba cómo sonaba, aunque siempre se equivocaba de tono
cuando la profesora le pedía que lo identificara), rosado, púrpura,
morado, violeta, añil, azul marino, azul claro, azul cielo. Y de ahí al
negro, en lugar de seguir el círculo hasta el otro extremo, hacia los
verdes y de vuelta al amarillo. Pensó en todos los tonos que debían
de existir entremedio de los que se había aprendido —¿miles?,
¿millones?— y se preguntó si todos tendrían un nombre. Nunca
había entendido por qué la gente hablaba tanto de lo bonitas que
eran las puestas de sol: ¿acaso no eran el prólogo de la oscuridad,
que se llevaba la luz, símbolo de Dios y de todo lo que se suponía
que debería gustarnos tanto? Pero tenía que reconocer que aquella
puesta de sol en particular era bonita. Quizá fuera porque había
visto solo su reflejo, y la luz reflejada —la luz reflejada en un
estanque, el brillo de la luz de una lámpara en un espejo, la luz de la
luna— siempre parecía más bonita que la luz directa.
4
26 de septiembre de 1972
Para que resulte más práctico, intentaré concentrar la información de
relevancia legal en un solo lugar, así que aquí está la mayor parte:
Todo fue por una suma de veinticinco mil dólares.
Menos unos mil, quizá, que Bill Ray se gastó antes de morirse y que
Harlan se gastó antes de que desapareciera el dinero.
Bill Ray ganó el dinero al más puro estilo americano: por pura
chiripa, al segundo intento con una máquina tragaperras en el
hipódromo de Ruidoso Downs, en Nuevo México. Lo mejor de todo es
que Bill Ray nunca jugaba a las tragaperras; de hecho las odiaba. Solo
apostaba a los caballos, en el cuarto de milla, y siempre perdía más de
lo que ganaba.
Murió tres meses más tarde. Yo me enteré por casualidad, en un
motel de Clovis, lo más cerca que había estado de casa durante un
buen tiempo. De vez en cuando me arriesgaba a llamar a Harlan para
que supiera que seguía vivo; habían pasado seis meses desde la
última llamada. Pero la voz que respondió al otro lado de la línea no era
la suya; era la voz de un hombre mayor, una voz mesurada,
experimentada. Dijo: «Hola. Casa de los Falconer». Yo no dije nada,
tapé el auricular con la mano. «¿Oiga? ¿Puedo ayudarle? ¿Hay alguien
ahí?». Ya había oído esa voz antes, era una voz familiar, pero no de mi
familia, y entonces lo supe. Era el pastor de la Primera Iglesia Baptista,
ya retirado; una voz de mi juventud. Me caía bastante bien, pero me
tenía calado desde hacía tiempo y yo procuraba mantener las
distancias, en la medida en que eso es posible en un pueblo. Solo
había un motivo por el que pudiera estar respondiendo al teléfono, un
teléfono al que solo respondía Harlan, en una casa que nunca recibía
visitas. Colgué y me quedé mirando por la ventana, más allá de la
barandilla del aparcamiento del motel. No me constaba que estuviera
enfermo. Pero Harlan me había dicho que bebía más que antes. Los
dos últimos años casi no se había dejado ver por el pueblo ni por la
casa; vivía con una mujer que había conocido, en una casa-remolque a
las afueras de Hobbs. Yo lo llamé allí una sola vez. La mujer cogió el
teléfono. Al principio fingió que no sabía de quién estaba hablando;
finalmente cedió y le pasó el teléfono.
Me quedé sentado en la habitación de Clovis un buen rato,
pensando qué hacer. Poco después de la medianoche llamé de nuevo
a casa y me quedé escuchando el tono de llamada. Volví a llamar y, al
tercer intento, por fin me respondió Harlan. Me dijo que habían
encontrado la camioneta junto a la carretera, a las afueras de Bronco.
No parecía que hubiera chocado con nada; simplemente se había
salido de la carretera poco a poco, rozándose con la valla alambrada
hasta impactar suavemente con un poste telefónico. Bill Ray iba al
volante. Tenía la cabeza apoyada en el soporte que había instalado
entre los asientos para colocar la escopeta, y el sombrero caído sobre
la frente. El operario que lo encontró dijo que quizá se hubiera dormido.
Dijo que cuando le levantó el sombrero vio que tenía los ojos bien
abiertos y que sonreía. Ni siquiera parecía muerto. Tenía un aspecto
perfectamente sano, como siempre. No había testamento. Pero poco
después de que Bill Ray hubiera ganado aquel dinero escribió una
carta que el juez del condado reconoció como vinculante. La carta
decía que si le pasaba algo, Harlan debía heredar el dinero y la casa.
Harlan sintió la necesidad de contármelo, pero no mencionó que tuviera
intención de darme una parte del dinero. Si en aquel momento lo
hubiera hecho, yo no habría aceptado ni un centavo. Si me lo hubiera
entregado en un maletín lleno de billetes nuevos, habría esperado a
que se fuera, lo habría tirado al contenedor del hotel y me habría
marchado sin mirar atrás.
Pero en los meses siguientes empecé a pensar en el dinero de otro
modo. Al principio era solo la convicción de que una parte me
correspondía por derecho, pero sabía que eso no era más que envidia
y resquemor, y eran sentimientos por los que no podía dejarme
dominar. Luego pasé a pensar en ello como otra cosa: como una
salida, quizá la única salida. Se me ocurrió que el dinero no pertenecía
a Harlan más de lo que había pertenecido a Bill Ray. A él le había
llegado como puede llegarle a otro un dinero tirado por la calle. ¿Qué
haría yo si robara en una habitación de motel y me encontrara esa
cantidad de dinero en el equipaje de mi víctima? Lo máximo que había
encontrado eran un par de cientos de dólares pero, ¿y si me
encontraba una buena pasta? ¿Qué significaría para mí (aparte del
miedo al pensar que habría alguien desesperado por recuperar una
cantidad así)? ¿Qué podría hacer con aquel dinero? No soy de los que
suelen hablar de normas, pero en este caso ¿qué es lo que me estaría
permitido? ¿Podía gastármelo? ¿Podía permitirme conservar las cosas
que comprara con él? ¿Tendría la sensación de que no eran mías?
Empecé a pensar que así sería. Pensé en usar mi mitad del dinero
para alquilar una pequeña vivienda amueblada en algún sitio, una
casa-remolque a las afueras de algún pueblo donde nadie me
conociera. Si la gente metía demasiado las narices podría inventarme
una historia terrible sobre la guerra para que me dejaran en paz. Me
haría con un coche usado —legalmente, por primera vez en años— y
me compraría una muda completa. Dejaría de revolver habitaciones y
hurgar en maletas y disfrutaría de un tiempo en el que nadie me
buscaría, para variar. Como unas vacaciones. Os sonará muy raro,
pero a mí no me lo parecía. Le escribí una postal a Harlan pidiéndole
mi mitad. Me costó tanto escribir aquellas palabras que a punto estuve
de no hacerlo. Me volvía a poner en la situación de pedir, de ponerme a
la cola, un lugar al que no me gustaba en absoluto volver.
Él me respondió exactamente como me imaginaba: «Bill Ray dijo
que tú le darías mal uso. ¿Puedes asegurarme con honestidad que no
sería así?». Le colgué.
Tras la desaparición de Bill Ray, Harlan no acabó solo. Pero si tuvo
pareja fue por el único método al que podía aspirar. Me dijo que había
recortado un pequeño anuncio, la mitad en inglés y la mitad en
español, del periódico de Lubbock, y había escrito a la dirección que
indicaba. Un mes más tarde le llegó un paquete con sello de Nuevo
León, en México, con un fajo de fotocopias y media docena de
fotografías Polaroid de una serie de mujeres razonablemente atractivas
de unos veinte años más o menos. Harlan rellenó los impresos y envió
un cheque. Una semana más tarde recibió una llamada de un hombre
que hablaba un inglés perfecto y que le invitaba a presentarse en Del
Río con un cheque aún más grande para conocer a una mujer que
había accedido a casarse con él. No era la mujer de la fotografía que
había elegido; no era ninguna de las mujeres de ninguna de las fotos
que había visto, pero Harlan no era tan tonto como para no
esperárselo. Le dijeron que se llamaba Inés y que tenía veintidós años,
aunque probablemente tuviera diez años más. Aun así era guapa, tenía
unos pómulos marcados de india y una larga melena morena y lustrosa
recogida en una trenza que le llegaba a la mitad de la espalda. Era
bajita; solo le llegaba al pecho, pero tenía un gesto digno y una postura
muy erguida al caminar, y unas caderas anchas y moldeadas que la
hacían parecer más alta. Me dijo que el hombre que la había llevado al
lugar de encuentro, en el aparcamiento que había detrás de un
restaurante de comida rápida, parecía esperar que Harlan regateara,
pero él no tenía ninguna intención de hacer algo tan vulgar. Firmó un
cheque por quinientos dólares en el techo de la camioneta, que era la
mayor parte del dinero del que disponía en aquel momento.
Inés no hablaba casi nada de inglés, salvo los saludos básicos y un
puñado de frases ridículas —«Te encuentro muy guapo», «Deja que
convierta tu casa en un hogar», «¿Te gusta la carne? A mí sí»— que le
habría enseñado otra persona no angloparlante, probablemente para
evitar que las cosas se torcieran demasiado pronto, evitando así
posibles reclamaciones que exigieran la devolución del dinero.
Se quedaron en Del Río una semana, mientras se gestionaba la
licencia de matrimonio. Un hombre que parecía sacado de otro tiempo
con los dientes picados los casó en el vestíbulo del hotel donde
estaban alojados, con dos camareras como testigos. Inés se fue a vivir
con Harlan y se quedó seis meses. Me dijo que la quiso casi desde el
principio y que ella parecía feliz, que le cocinaba, que veía televisión
durante el día, que se sentaba con él en el patio al atardecer. Estoy
seguro de que nunca vio a nadie ni habló con nadie que no fuera
Harlan. Nunca había estado fuera de casa tanto tiempo y
probablemente sentiría nostalgia. O quizá solo quisiera el permiso de
residencia, y eso le dio a Harlan más tiempo del que habría disfrutado
con otra mujer. En cualquier caso, una mañana, mientras él estaba
fuera trabajando con unas soldaduras, los vecinos vieron un viejo
Studebaker conducido por un joven mexicano desconocido parar frente
a la casa, y a Inés que salía con su maleta. Harlan no volvió a tener
noticias de ella. Tuvo que divorciarse ex parte poniendo un anuncio en
el periódico.
La idea de que Bettie ocupara su lugar fue de Bettie
exclusivamente, y de nadie más. Si no os lo creéis, no sé cómo
convenceros, salvo señalando lo brillante que era aquel plan, y eso es
algo que no admite discusión, precisamente porque bordeaba la locura.
Ella dijo: «¿Tú quieres tu dinero? Yo te conseguiré tu maldito dinero.
Me casaré con tu hermano y te lo conseguiré».
Eso fue más tarde, en otro motel, en Dalhart. Yo me estaba lavando
la cara en el baño. Salí y me la quedé mirando.
«Seré la prima de Inés. Una prima lejana; segunda o tercera. O su
amiga, ya sabes, del colegio, de hace mucho tiempo. Soy esa a la que
tan bien le ha hablado de él: de lo bueno que era, de lo que le dolió
tener que dejarle, pero es que no podía vivir tan lejos de su mamá y su
papá, de su país, tanto tiempo. Puedes sacarme unas fotos. No
demasiado insinuantes. Lo suficiente como para despertarle el apetito.
Y le escribiré una carta, muy formal, para preguntarle si encontraría un
lugar en su corazón para aceptarme en su lugar, para darme la
felicidad que debía haber disfrutado Inés, si Dios así lo hubiera
querido».
Se rio. Yo no me reí, ni siquiera sonreí. La conocía desde hacía…
¿Cuánto? ¿Un mes? Pero la conocía lo suficiente como para saber que
en realidad no tenía sentido del humor. Si decía que estaba dispuesta a
hacer algo así, es que iba a hacerlo: quedaría con él en la frontera,
llevaría solo una maleta; se casaría con él legalmente, y se iría a su
casa a vivir con él; probablemente incluso follaría con él, lo tenía muy
claro, hasta descubrir cómo obtener el dinero. El juego prolongado se
le daba mejor que a nadie.
Lo de por qué quise creer que le dejaría a Harlan su mitad, o por
qué me daría a mí la mía, es otro asunto. Después de vivir tanto tiempo
con los ojos bien abiertos, me dejé llevar por una ilusión de esas que
no solo no te permiten ver según qué cosas… sino que incluso te
hacen perder el sentido común por completo. Por supuesto, puede que
supiera lo que iba a suceder desde el principio y que decidiera tolerarlo,
de modo que, si yo no conseguía el dinero, Harlan tampoco lo tendría.
Pero el hecho de descubrirlo no disminuyó en absoluto mis ganas de
matarla.
Harlan llamó al número que ella le había enviado el mismo día que
recibió la carta. Ella fue en coche hasta Del Río y quedó con él
personalmente, ataviada con un vestido de china poblana que había
comprado en una tienda del Ejército de Salvación aquella misma
mañana. Fingió que le costaba hablar en inglés, aunque hablaba tan
mal el español que temió que se diera cuenta.
Él no se habría percatado de nada aunque se hubiera puesto a
hablar ruso, chino o esperanto. Estaba que no cabía en la piel de
felicidad. Después de casarse con ella y llevársela a casa, incluso se
atrevió a mostrarla en público: la llevó a algún partido del instituto, o a
media tarde a la cafetería, donde la gente paraba de comer para
mirarlos. Casi se puso en evidencia cuando los vecinos de enfrente la
invitaron al cumpleaños de su hijo y aceptó, para mostrarse sociable.
Se ofreció a llevar una piñata y compró una en el bazar de Gibson de
Denver City. Pero no sabía nada de piñatas —su madre evitaba todo lo
que fuera mexicano como la peste—, así que no cayó en que tenía que
rellenarla de golosinas. La fiesta acabó con una docena de niños de
seis años aporreando una mula de papel en el suelo, desesperados al
ver que no llevaba nada dentro.
Una mañana llamé y respondió ella. Harlan estaba fuera,
trabajando. Ella dijo «¿Hola?» con voz insegura, y luego «Oh», se rio y
la oí encenderse un cigarrillo. Me la imaginé sentada en la cocina que
tan bien conocía yo, y me pregunté qué llevaría puesto. Se la oía más
feliz de lo que yo me esperaba, pero ahora ya sabía que cuando
hablaba conmigo sentía un placer perverso, mientras se disponía a
llevar a cabo su plan. Harlan guardaba el dinero en efectivo, en una
caja ignífuga bajo los tablones del cobertizo que usaba como taller en
el patio. Tomaba todas las precauciones debidas, pero en realidad no
había desconfiado de ella en ningún momento; lo vio una noche a
través de la ventana de la habitación de invitados, cuando él creía que
ella estaba durmiendo. Harlan abrió la puerta del cobertizo, encendió
una linterna, la dejó apoyada en vertical en el suelo, se arrodilló y sacó
la caja de su agujero. El rayo de luz le daba en la cara, creando la
ilusión de que se hallaba ante un cofre del tesoro que brillaba como en
los libros infantiles. Por un minuto, dijo, le dio pena. Y quizá fuera
verdad. Quizá incluso le diera pena yo cuando desapareció. No niego
esa posibilidad. Pero aunque pudiera experimentar esa clase de
sentimientos, lo cierto es que nunca permitía que interfirieran en el
trabajo.
Al caer la oscuridad Martha se durmió y tuvo un sueño breve
pero muy realista en el que se veía de nuevo en Cuauhtémoc,
subida en un autobús urbano. El traqueteo del autobús era
ensordecedor y el aire olía a humo de gasolina, como siempre
pasaba en los autobuses urbanos. Estaba sentada a unas filas del
extremo posterior. El metal curvado del interior, por encima de las
ventanas, estaba pintado, como era habitual, esta vez en tonos
rosados y verdes, representando una escena de playa con olas que
rompían en la orilla en una noche de luna, con palmeras a los lados
que se inclinaban hacia el interior enmarcando la escena. El techo
del autobús también estaba pintado, con un corazón de Jesús de un
rojo intenso, rodeado de tres ramas de espino y atravesado por siete
flechas, y con un mar de llamas debajo que hacía que la sangre que
goteaba del corazón adoptara un tono luminoso, tan real que
parecía que fuera a caerle a Martha en el regazo.
El autobús parecía moverse sin rumbo fijo por la ciudad. Era de
noche y avanzaba por la periferia, donde apenas se veía la luz de
alguna tienda, o la que se filtraba ocasionalmente a través de las
cortinas de las ventanas de las casas. Al principio pensó que estaba
completamente sola en el autobús, pero cuando se volvió vio a su
madre sentada al otro lado del pasillo, mirando por la ventana
contraria. Martha miró hacia delante para ver quién iba al volante,
pero el interior del autobús estaba tan oscuro que no pudo distinguir
el rostro reflejado en el retrovisor convexo sobre el asiento del
conductor. Se volvió de nuevo hacia su madre, consciente de que no
iba a poder hablar con ella. Cuando el autobús paró en un cruce,
bajo la luz azulada de una farola pudo ver que su madre llevaba uno
de sus mejores vestidos de domingo, una prenda que la propia
Martha había ayudado a coser: un vestido de algodón de color
berenjena con un estampado de rosas y unos pliegues marcados
que le caían desde la cintura. Llevaba el cabello perfectamente
trenzado bajo el pañuelo. Se había puesto sus medias gruesas y
sus zapatos de domingo, y el delantal negro que llevan las mujeres
menonitas en las ocasiones formales, que les tapa prácticamente
toda la parte frontal del vestido. Martha observó las manos de su
madre para ver si llevaba su Biblia, aunque sabía que no la llevaría
porque estaba claro que su madre iba de camino a un funeral, no a
un servicio ordinario.
Cuando el autobús se detuvo, Martha esperaba encontrar una
iglesia o un tanatorio, pero en lugar de eso vio el aparcamiento
vacío del mirador, un lugar donde nunca había estado de noche.
Unas bombillas desnudas colgadas de postes telefónicos serrados
iluminaban la entrada al camino de tierra que ascendía en un zig-
zag de tramos cada vez más cortos hasta lo alto del promontorio y la
plataforma del mirador, hecha con gruesos tablones de cedro y
pesados tubos de metal pintados del verde institucional mexicano.
La estructura de la plataforma le recordaba los columpios de la zona
de juegos, una zona de juegos construida para adultos, aunque
cada vez que visitaba el mirador durante el día solía estar invadida
por adolescentes que se habían saltado las clases y que acudían a
aquel lugar a fumar y a toquetearse mientras contemplaban el
horizonte con gesto derrotado.
Se preguntó si su madre bajaría allí.
Pero cuando volvió a mirar en su dirección, vio que su asiento ya
estaba vacío. Martha se puso en pie, se abrazó el cuerpo con sus
propios brazos y salió del autobús vacío afrontando el frío de la
noche, buscando con la mirada a su madre y al conductor del
autobús, pero no veía nada. No le constaba que hubiera subido por
el camino, y de pronto se encontró al final de la cuesta, donde
debería de estar la plataforma del mirador, que había desaparecido,
después de tantos años. Ahora, en lo alto de la colina solo había un
campo de hierba que crecía anárquicamente; olía a maíz y le
llegaba hasta la cintura, era tan alta de que tuvo que ir apartándola
con las manos para llegar al borde de la colina. Cerca del extremo,
la hierba dio paso al terreno rocoso, y cuando por fin pudo
contemplar las vistas, lo que vio la aterró. Todo el valle que se
extendía a sus pies, hacia el norte, hasta el horizonte, parecía estar
en llamas. Un mar de olas de color naranja invadía todo su campo
de visión, como si un volcán hubiera entrado en erupción y la lava
hubiera llegado hasta la ciudad. Pero cuando pensaba que iba a
sentir el calor del fuego en su rostro, se percató de que no eran
llamas. Eran las luces de una ciudad inmensa que había invadido
los campos y los huertos, extendiéndose hasta cubrir el último
kilómetro cuadrado de Chihuahua. Por un momento, en cuanto fue
consciente de lo que estaba contemplando, la cegadora luz cobró
una gran belleza y se quedó sobrecogida ante la visión de aquella
ciudad tan inmensa. Pero al instante cayó en la cuenta de lo
aterrador de aquella idea: las colonias, los campos, las cosechas,
los árboles, los cobertizos y las queserías, toda la gente que vivía
alejada de aquel mundo que tenía delante debía de haber
desaparecido, obligada a desplazarse, como se había desplazado
del Viejo País a Rusia, luego a Canadá y luego, atravesando
Estados Unidos, a Chihuahua. ¿Dónde estaban ahora todos ellos, y
por qué la habían dejado atrás?
En el sueño oyó que alguien se echaba a llorar, y el llanto se
convirtió en un aullido, un aullido que atravesaba la ciudad en
aquella noche infinita; de pronto se dio cuenta de que era ella quien
lloraba. Se despertó en el maletero del coche sollozando, y vio que
aún era de noche.
Tras su liberación, Aron fue acogido por una sociedad de
beneficencia baptista que le encontró un alojamiento temporal en
Juárez para exreclusos con convicciones religiosas. En la entrevista
con el sacerdote que fue a visitarle, Aron se limitó a confirmarle su
nombre, edad y lugar de nacimiento, pero como era el único
menonita que venía de la cárcel, le concedieron automáticamente
una cama. Lo destinaron a una mugrienta casa de acogida de adobe
y bloques de hormigón en Felipe Ángeles, un barrio pobre cerca del
río. La sinuosa calle sin asfaltar donde se encontraba la casa daba a
un terraplén que ocultaba el río, en cuya orilla opuesta se
encontraban El Paso y Estados Unidos, justo en el punto en que se
elevaban las dos enormes chimeneas de cemento de una fundición
de cobre, más altas que cualquier otra estructura a ambos lados del
río, pintadas con unas bandas blancas y rojas que le daban el
aspecto de un caramelo, de una decoración navideña o de cualquier
otra muestra de la abundancia estadounidense.
Aron solo había cumplido catorce meses de su sentencia,
después de que la madre de Martha y su familia se negaran a
cooperar con el juzgado en el proceso por secuestro. Lo habían
enviado a la cárcel municipal de Juárez en lugar de a la prisión
estatal; el viejo administrativo que le hizo de representante legal
argumentó que enviarle a la prisión sería firmar su sentencia de
muerte. Pero la cárcel municipal no era mucho mejor. Su primera
celda —con el suelo de tierra y sin ventanas— la compartió con
otros diez hombres, muchos de ellos adolescentes. Al igual que
Aron, llevaban la ropa con la que habían entrado, porque la cárcel
no tenía dinero para uniformes. Aron hizo suyo el único rincón de la
celda que no estaba ocupado, el más próximo al pútrido cubo que
hacía las veces de váter. Los otros reclusos al principio le tenían
miedo, en parte porque era corpulento y parecía fuerte, pero
también porque habían oído que era menonita, y se preguntaban si
meterse con él les acarrearía algún tipo de problema en particular.
Pero con el tiempo se dieron cuenta de que los guardias no le
mostraban una consideración mayor que a cualquiera de ellos, y
una tarde, cuando les pasaron los cuencos de plástico con frijoles
refritos y puré para la cena, un recluso, un estadounidense enjuto
con la cabeza pelada que llevaba una chaqueta del ejército y unas
lágrimas mal tatuadas en la mejilla, le quitó el cuenco de las manos.
Se echó el contenido en su cuenco y le puso a Aron el suyo sobre la
cabeza. Luego se inclinó hacia delante, se soltó un pedo
ensordecedor y gritó: «¡Orden en la sala! ¡Orden en la sala! ¡El juez
está comiendo frijoles! ¡Su mujer está en la bañera chupándosela a
los marines!», y los reclusos que entendían algo de inglés se
echaron a reír a carcajadas.
Aron se pasó tres días sin comer. Cuando llegaron los cuencos,
la mañana del cuarto día, se puso en pie de un salto, le inmovilizó la
cabeza afeitada al estadounidense por detrás, y les gritó en español
a los guardias que le partiría el cuello a menos que le dieran el
cuenco de la mañana y hasta el último gramo de comida que le
habían quitado. El estadounidense se vino abajo, se echó a llorar
desconsoladamente y le suplicó que le perdonara la vida.
Los otros reclusos se pegaron a la pared todos al mismo tiempo,
como si hubieran participado en aquella ceremonia muchas veces.
Cinco guardias corpulentos entraron en la celda y fueron rodeando
lentamente a Aron y a su rehén con las porras en la mano,
moviéndose a un lado y al otro hasta que un guardia consiguió
situarse detrás de Aron y darle un golpe limpio tras la oreja.
El resto del tiempo de reclusión Aron lo pasó aislado en un hoyo
con una reja de hierro redonda y las paredes recubiertas de
cemento, cerca de las dependencias de los guardias. Dejó de hablar
español cuando los guardias le hablaban, solo les respondía en bajo
alemán. Al cabo de un mes de estar en el hoyo, pidió una Biblia, y
uno de los guardias, para tomarle el pelo, le dio una Biblia
anglicana, que Aron no era capaz de leer, aunque lo intentaba
diligentemente durante las dos horas diarias en que llegaba
suficiente luz al fondo del hoyo como para ver las páginas.
Empezó a rezar en alemán, recitando a voz en grito en plena
noche:
In Jesu schlaf ich ruhig ein,
Gott, mein Gott will bei mir sein
Gottes Allmacht will mich decken,
Mich soll keine Nacht erschrecken
Gottes Macht kann vor gefahren
Und vor Unglück mich bewahren.
Los guardias entendían que hablaba de Dios y de Jesús y
comprendían que aquel hombre debía de estar diciendo algo con
contenido religioso, así que durante un tiempo lo dejaron en páz,
intrigados por aquel extraño sonido glotal que resonaba a través de
los pasillos como los cánticos de un monasterio. Pero al final aquella
voz empezó a molestarles y a interferir en su sueño, así que una
noche el jefe de la guardia se le acercó y le ordenó que se callara.
—Sé que me entiendes; sé que hablas español tan bien como yo
—le dijo el guardia en español, inclinado hacia la oscuridad del hoyo
—. Ponte a dormir o voy a bajar ahí y te haré dormir a gorrazos.
El guardia regresó a su silla, pero Aron se puso a rezar otra vez,
y entonces el carcelero llenó un gran cubo de plástico con agua fría
de la manguera del patio y se la arrojó por la reja. Miró de nuevo
hacia abajo y lo conminó a obedecer:
—Reza en secreto, ¿me oyes?, y tu Padre te recompensará en
secreto. Así lo dice la Biblia. Baja el volumen, pendejo, o la próxima
vez apuntaré con la manguera y te cubriré de agua hasta el culo.
Dos veces al día bajaban un cubo al hoyo con una cantidad
insuficiente de puré de judías pintas y un recipiente de plástico con
agua que sabía a metal; casi todas las mañanas también bajaban un
gancho para sacar el cubo con sus necesidades. Una vez, un
guardia ladeó el cubo al llegar al borde del hoyo y Aron recibió una
lluvia de orines y heces en la cabeza. El hedor era insoportable,
pero hacia el final del día fue resultando cada vez menos molesto, y
empezó a pensar en gente que había conocido, que vivía entre su
propia porquería y que probablemente tampoco era capaz de olería;
debía de ser una especie de premio de consolación que Dios
otorgaba a los más desgraciados.
Una vez a la semana bajaban al hoyo un poste de hierro con
travesaños para que pudiera salir, lo llevaban a un patio interior sin
sillas ni mesas, nada más que tierra en el suelo y hierba muerta
entre paredes de hormigón, y lo dejaban allí completamente solo
durante una hora, para que tomara el sol e hiciera ejercicio si quería.
Nunca antes había percibido el sol como una agresión física tan
intensa, ni siquiera durante los días de más calor en los campos de
Chihuahua. No era solo que la luz le hiciera daño en los ojos
después de tanta oscuridad; también le dolía allí donde incidía
directamente, en el cuello o en las manos, y buscaba la sombra para
huir de aquello que por ley estaban obligados a proporcionarle.
Lo que no entendían los guardias era que, por duro y asqueroso
que fuera su confinamiento, Aron lo prefería a la posibilidad de estar
con otros hombres. La soledad era para él como una revancha
contra el sistema, especialmente porque el sistema la tomaba con él
cada día que pasaba allí dentro. El hoyo, de unos siete metros de
profundidad, debía de haber sido algún tipo de cisterna o cuba de
almacenamiento, ahora reconvertida en celda. Tenía forma de
botella, con el cuello corto y el fondo ancho, y habían puesto un
parche de ladrillo en la base, probablemente donde antes estaba la
vía de desagüe. Como no había ninguna abertura en el hormigón
curvado, no podían entrar ni ratas ni ratones, y las cucarachas y
ciempiés que se colaban desde arriba eran fáciles de localizar y
matar. Aron empezó a usar la Biblia como colchoneta sobre la que
sentarse, para aliviar el dolor que le producía el cemento en las
piernas y la espalda. No le parecía correcto darle aquel uso a la
Biblia, pero lo hizo igualmente: pensaba que si Dios le había
entregado una Biblia que no podía leer, tenía que haber sido con la
intención de que le diera otra utilidad. Durante uno de sus
momentos más duros, acuciado por el hambre, intentó comerse una
página, pero tenía un sabor horrible, sintió náuseas y rezó pidiendo
perdón.
Por las mañanas, cuando entraba una tenue luz a través de la
reja, intentaba practicar algo de ejercicio, hacía sentadillas y corría
sin moverse del sitio para no anquilosarse. Pero por la tarde, cuando
se iba la luz y no veía nada, cada vez tenía menos ganas de
levantarse del suelo, y empezó a soñar despierto con la colonia y
sus campos, y con los cultivos que le habían arrebatado. Casi nunca
pensaba en Anna o en sus otros hijos, pero en cambio no dejaba de
pensar en Martha. Se preguntaba si volvería a verla, y si cuando la
viera aún sería una niña o si ya sería una mujercita. Se preguntó si
habrían conseguido envenenarle la mente y ponerla en su contra.
Estaba seguro de que era demasiado fuerte como para dejarse
hacer eso, pero en cualquier caso, si no lo había sido, la perdonaría,
y tenía la certeza de que su perdón bastaría para reconquistarla.
2 de octubre de 1972
Me dan miedo las alturas, así ha sido desde que tengo uso de razón. A
veces he pensado que tendría algo que ver con haber crecido en un
lugar tan llano como este, donde el cielo es tan infinito que, si te
tiendes boca arriba, a veces tienes la sensación de que te despegarás
de la tierra y saldrás volando, sin nada a lo que agarrarte que pueda
impedir tu ascensión.
Una noche de verano, cuando tenía ocho o nueve años, Bill Ray
intentó quitarme el miedo llevándome al tejado. Apoyó una escalera
contra el canalón de desagüe del lado oeste de la casa, me cargó a la
espalda, con las piernas colgando sobre sus duros antebrazos y
rodeándole el cuello con los brazos. Llevaba un cigarrillo recién
encendido en la boca e iba subiendo los peldaños con la brasa
anaranjada de la punta iluminándose y apagándose a medida que
respiraba. Yo sabía que había bebido, pero no se me ocurrió que eso
pudiera acrecentar el miedo que ya sentía. Cuando llegamos al alero
me depositó en el tejado, pero siguió sujetándome con una mano. La
luna estaba casi llena. Era la primera vez que me subía al tejado de
una casa, y me pareció que aquella extensión de blancas tejas creaba
una imagen fantástica, iluminada como la superficie de la propia luna.
El tejado ascendía suavemente hasta el punto más alto y luego se
hundía hacia la izquierda creando un pequeño valle en el punto en que
la cubierta principal coincidía con el alero del tejado. Los orificios de
ventilación surgían desordenadamente como pequeñas plantas
muertas, y la esquelética antena de televisión presidía todo lo demás,
fijada a un tubo de aluminio doblado por el viento.
Bill Ray me cogió del brazo y me llevó lentamente hasta el punto
donde el lado oeste del tejado se unía con el lado este. Se puso
encuclillas y tiró de mí, acercándome a su cuerpo. Podía alcanzar con
la vista hasta el extremo del patio, donde teníamos plantados tomates,
alubias pintas y unas matas de okra que ya habían crecido demasiado
como para que ni Harlan ni yo pudiéramos coger sus frutos. El verde
del jardín parecía gris pálido a la luz de la luna, como una imagen de
un bosque o una jungla impresa en un papel de periódico. Al oeste, al
otro lado de la carretera, veía los solares cercados con alambre, pero la
alambrada era invisible en la oscuridad. Al otro lado estaban los pastos
donde íbamos en busca de las puntas de flecha comanches que aún
encontrábamos por el suelo, donde habían caído tras errar el tiro contra
un búfalo o cualquier otro objetivo, no haría ni un siglo. Los pastos se
sucedían casi unos cuarenta kilómetros en dirección a la frontera del
estado, interrumpidos únicamente por las pistas de los campos
petrolíferos o por los pequeños rebaños que vagaban en busca de
algún matojo de hierba entre el caliche y los nopales. A unos
doscientos metros había una bomba de petróleo descansando hasta la
mañana siguiente, con su gran cabeza de caballo agachada, casi a ras
de suelo. Unos dos kilómetros más allá vi el color naranja de una llama
de gas natural, una llama que según decía Bill Ray ardía únicamente
para recordarle todos los días de su vida la riqueza que yacía bajo su
propiedad y sobre la que no tenía ningún derecho de explotación.
Sacó otro cigarrillo del paquete que llevaba en el bolsillo de la
camisa y se lo encendió. A mí siempre me gustó aquel olor inicial: el
fósforo limpio de la cerilla y el olor a madera del tabaco recién
prendido, antes de que se volviera amargo. No hacía frío, pero soplaba
un poco de brisa y me puse a temblar ligeramente. Bill Ray pasó un
rato sin decir nada. El cielo estaba limpio y había tantas estrellas que
parecían nubes flotando más allá del cielo. Por fin habló:
—Se está bien aquí arriba, por encima de Dios y de la gente, ¿no?
Lo puedes ver todo, y nadie te puede ver a ti.
Yo me quedé sentado, sujetándome las rodillas y tensando los
músculos de los muslos contra la pendiente del tejado. Bill Ray estiró
una pierna y sacó una fina petaca de metal del bolsillo delantero del
pantalón, echó un trago y luego me la ofreció, como siempre hacía,
esbozó una sonrisa y volvió a metérsela en el bolsillo. Los botones de
nácar de su camisa brillaban a la luz de la luna. Era una de sus
mejores camisas, y estaba planchada, así que era evidente que iba a
salir, pero no parecía tener prisa. Daba la impresión de que estaba
dispuesto a quedarse allí arriba todo lo que fuera necesario para que
yo viera que no había de qué asustarse, aunque yo aún tenía miedo.
Nos quedamos escuchando el ruido de la brisa que transportaba el
aullido anónimo de un perro desde un patio lejano.
Se tumbó, apoyó las manos tras la nuca y al cabo de un largo
silencio retomó la palabra:
—La noche que nos casamos tu madre y yo, unos chicos del pueblo
decidieron darnos un susto. Estábamos en la iglesia, ellos salieron y
cerraron con llave todas las ventanas y las puertas de la casita que
habíamos alquilado para nuestra luna de miel, al norte de Bronco.
Llegamos allí y vimos lo que habían hecho. Se presentaron con sus
furgonetas, todos más borrachos que la puta de un violinista, y
anunciaron su intención de secuestrarme toda la noche.
—Rube llevaba un vestido de boda prestado que le venía algo
grande y le costaba moverse por la iglesia. Pero de pronto vi que había
salido de la furgoneta y estaba a mi lado. Ni siquiera la oí. Y cuando dio
un paso adelante, me percaté de que había cogido mi Winchester del
soporte de detrás del asiento. Les soltó una andanada por encima de la
cabeza y uno de los chicos, el más borracho, se asustó tanto que se
cayó al suelo como si le hubiera alcanzado. Los otros se quedaron allí
mirándolo un minuto para ver si de verdad lo había matado, y luego se
rieron tanto que casi se mean encima. Rube ni siquiera sonrió. Puso el
rifle en horizontal y dijo: «Ahora a ver quién de vosotros, capullos, es lo
suficientemente hombre como para acercarse a recogerlo».
Bill Ray se rio hasta que la tos de fumador le obligó a parar.
—Nos dejaron allí, sin poder acceder al dormitorio en nuestra noche
de bodas, así que tuvimos que tendernos sobre una lona en el campo,
contemplando las estrellas, más felices que si aquello fuera un colchón
de plumas de ganso.
Estuvo escrutando el cielo y finalmente me preguntó:
—¿Tú la recuerdas mucho?
—Algo —dije—. Pero cada vez me cuesta más distinguir lo real de
lo que me he inventado.
—¿Y Harl?
—Él, hace años que no dice nada de ella.
Echó la cabeza atrás y se quedó allí tumbado un buen rato.
Le dije que necesitaba hacer pipí.
—Pues venga.
Se puso en pie, me ayudó a levantarme y luego se fue hasta el
borde del lado oeste y echó una gran meada sobre el parterre de
hierba que había entre la casa y la valla. A mí me daba miedo llegar
hasta allí, pero estaba a punto de mearme encima, así que di unos
pasitos cortos hasta donde me atreví, me bajé la cremallera con manos
temblorosas y afortunadamente conseguí mandar el chorro más allá del
borde del tejado.
Volvimos hasta el caballón en forma de Y donde confluían los tres
planos del tejado. No habríamos subido a más de cinco metros del
saliente, pero ahora daba la sensación de que por encima de nosotros
solo había cielo. Bill Ray trepó hasta lo más alto y contempló el paisaje
un buen rato. Se echó a reír otra vez, al principio flojito pero luego con
tantas ganas que tuvo que quitarse el cigarrillo de la boca. Se puso
muy erguido, como un indio en una película de vaqueros, y paseó el
cigarrillo hacia el oeste, en dirección a los pastos, y hacia el sur, hacia
las luces dispersas del pueblo. «En verdad te digo, hijo mío —anunció
con una profunda voz de bajo—, que algún día todo esto será tuyo». Yo
era demasiado pequeño para comprender qué tenía aquello de
gracioso, pero me reí con él de todos modos.
Troy y Harlan encontraron una pequeña hondonada en la luneta
de tierra que el viento había formado en el lado este del lago.
Pasado aquel promontorio, el lago parecía retroceder
ostensiblemente: un llamativo cerco verde de hierba de marisma y
algas daba paso a una arena gris pálido que iba aclarándose hasta
resultar indistinguible de la superficie casi blanca del agua cargada
de minerales, que la brisa del anochecer agitaba.
Troy miró hacia el promontorio y vio la silueta de Harlan, de
espaldas, contra la tenue luz del cielo. Estaba aliviándose desde el
punto más alto y más visible del terreno, en la posición que siempre
adoptaba cuando meaba, con las manos en las caderas y la cabeza
gacha, como si asistiera a algún tipo de ocasión solemne. Más allá
se veía un pequeño rebaño que avanzaba hacia unas matas de
hierbas largas. Cuando Harlan volvió, la luz estaba ya casi tan baja
que no lo veía. Sostenía en sus brazos un haz de arbustos de
mezquite de los que colgaban largas vainas secas, de esas que a
veces se comían los caballos hambrientos y que les provocaban la
muerte por cólico. Troy se puso en cuclillas y se lo quedó mirando.
—¿Qué estás haciendo?
—Alguien ha estado arrancando maleza. Y he encontrado un
saliente de pedernal; he conseguido arrancar un trozo.
—¿Pedernal?
—Pedernal. Sílex. Así no necesitamos cerillas.
—Te he dicho que nada de hogueras, Harlan, joder. Conseguirás
que nos vean.
—Vete al carajo. Aquí no hay nadie que pueda ver nada en
cincuenta kilómetros a la redonda, y yo no voy a pasar aquí la noche
sin un fuego. Si quieres dormir con los coyotes y las serpientes de
cascabel, tú mismo.
Se agachó, dejó caer la madera y puso las ramitas más
pequeñas en un montoncito. Se sacó un puñado de hierba seca del
bolsillo de la camisa. Examinó el viento para ver de dónde venía, se
puso de espaldas y se agachó, con la hierba prácticamente entre las
rodillas. Metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja. La abrió y le
dio la vuelta, de modo que el borde romo de la hoja quedara hacia
fuera. Luego se echó hacia delante y empezó a golpear el pedazo
de pedernal, de color marrón claro, con la parte más gruesa de la
hoja, rítmicamente, como si intentara sacarle música al acero. Al
principio no pasó nada, pero luego empezaron a aparecer unas
chispas anaranjadas, como gotas de agua fosforescentes cayendo
en la oscuridad. Siguió golpeando el pedernal con el metal mucho
más de lo que parecía necesario y por fin cogió el ovillo de hierba,
se lo pegó a los labios y sopló, primero suavemente, y luego con
más fuerza, hasta que empezó a oler a hierba quemada y se elevó
una voluta de humo. De pronto surgió una llama entre las manos de
Harlan, y la introdujo rápidamente en el montón de madera. Cogió
un palo y la empujó hasta el centro. Se puso a cuatro patas y sopló
de nuevo, hacia el humo y la llama. Estuvo cuidando el fuego varios
minutos, hasta que prendieron las ramas más largas. Se puso en
pie, se dirigió a una zona llana del terreno a un par de metros de
distancia, la limpió de hierbas con el tacón de la bota y se tumbó,
usando su bolsa como almohada.
Troy se quedó donde estaba, lejos del fuego, sentado con las
piernas cruzadas, escrutando lo que quedaba de horizonte.
Las primeras ramas se consumieron, convirtiéndose en brasas, y
Troy pensó que Harlan se habría dormido, hasta que soltó un
gruñido, se levantó y echó más leña al fuego. Las voces de los
sapos que se oían al caer la noche habían ido menguando hasta
convertirse en un murmullo.
—Tengo una sed de narices —dijo Troy al cabo de un rato—.
Estar aquí tirado cerca de tanta agua me está dando aún más sed.
Lo puedo oler.
—Si pruebas esa mierda alcalina lo lamentarás —le advirtió
Harlan—. Solo vale para que se posen los pájaros. Es tan poco
profunda que ni siquiera te valdría para ahogarte.
Harlan se tendió, aún más cerca del fuego.
—Ojalá tuviera un manto navajo.
—Ojalá tuviera una hamburguesa —dijo Troy.
—¿Cuándo llegan aquí las dunas? Ya no me acuerdo.
—Ahora, más o menos. Me sorprende que no haya ya alguna.
—No había caído en que fuera aquí. Hasta que hemos subido a
la loma. No creo haberlas visto con luz de día.
—¿Te acuerdas de aquella mañana?
—Un poco —dijo Troy—. Recuerdo que pensé que estaba tan
oscuro que íbamos a dispararnos unos a otros.
Harlan cambió de posición en el duro suelo, tendiéndose boca
arriba.
—Estaba tan negro que no sabía siquiera dónde estaba la
laguna.
Troy seguía sentado, pero echó la espalda atrás, apoyó los
codos sobre su bolsa y levantó la mirada al cielo. Hacía tantos años
que no dormía al raso que le costaba creer la cantidad de estrellas
que había, lo juntas que estaban, lo claras que se veían. Escrutó la
oscuridad buscando alguna constelación, pero no consiguió
identificar ningún patrón reconocible, ni siquiera el de la Osa Menor.
—Jim Bob y Crip habían venido el invierno antes —recordó
Harlan—. Sabían adonde iban a buscar comida las grullas, dónde
teníamos que parar. No demasiado cerca pero lo suficiente para que
aterrizaran cerca de nosotros. Aquellas desgraciadas aterrizaron
como si fueran sacos de cinco kilos de harina. Hacían un ruido como
el de un montón de hombres adultos cayendo al suelo. Nunca había
visto pájaros tan grandes.
Troy tenía unas ganas tremendas de dormir pero mantuvo los
ojos abiertos, con la vista apartada del fuego, intentando adaptar los
ojos a la oscuridad. La mañana de las grullas —tendrían catorce o
quince años por aquel entonces— empezó a volverle a la mente.
—Dicen que vienen hasta aquí desde Siberia, recorriendo miles
de kilómetros de espacio aéreo comunista, y atravesando toda
América. Luego paran a descansar un rato y se convierten en presa
de un puñado de chavales descerebrados sin nada mejor que hacer.
—Recuerdo que las oí antes de poder verlas. No se oía el batir
de las alas, pero de pronto supe que tenía algo sobre la cabeza,
cuerpos moviéndose por el aire. Entonces pude verlas, eran
muchas, en parejas como los bomberos. Daba casi miedo. Pero
también era bonito, supongo. Se me olvidó por completo que
habíamos venido a matarlas hasta que Crip apretó el gatillo, y sonó
como una bomba que me hubiera explotado junto al oído. Una
aterrizó justo delante de mí. Su compañera viró y perdió altura,
como si fuera a lanzarse tras su pareja, pero luego se enderezó y
siguió adelante.
Harlan cogió el sombrero, que tenía sobre el pecho, y se lo
colocó en la frente, cubriéndose los ojos.
—No tenía ningún mérito. Yo maté cinco o seis, luego paré.
Apuesto a que Crip, Jim Bob y ese otro chico matarían cuarenta.
Aquello fue una masacre.
—¿Nos llevamos alguna? ¿Esos bichos eran comestibles?
—Ahora desde luego intentaría comérmelas —dijo Harlan—. ¿Tú
no?
Troy dejó que se le cerraran los ojos.
—Pregúntamelo por la mañana.
15 de octubre de 1972
Oeste de Lubbock, en algún momento a principios de los sesenta, la
última residencia en la que entré a robar… Era una bonita casa de
ladrillo, de estilo rancho, en una esquina de un barrio residencial, cerca
de un centro comercial. En el aparcamiento del centro comercial
siempre había movimiento, lo que me daba cobertura para observar la
casa desde mi coche por las tardes y noches, y observar las entradas y
salidas. La dueña era una mujer mayor, casi sin duda una viuda —nada
de perro, pocas visitas, una rutina fija; alguien venía a recogerla para ir
a comprar los lunes por la mañana; alguien la acompañaba aun club
social los jueves por la tarde, y a la iglesia los miércoles a última hora y
los domingos por la mañana.
A las dos semanas, un miércoles por la tarde vi que su Pontiac Star
Chief no estaba aparcado a la puerta de la casa, donde solía dejarlo.
Volví una hora después de la puesta de sol, aparqué en el centro
comercial, rodeé la casa y abrí la valla del patio trasero. Entré al salón
por una puerta corredera que no estaba cerrada con llave. Me quité los
zapatos, como siempre hacía, y me los puse en los bolsillos traseros,
con los tacones hacia atrás.
Estuve allí dentro veinte minutos, escrutando los joyeros de su
dormitorio, hasta que de pronto me di cuenta de que no estaba solo.
Ella se movió con el sigilo de un gato y, antes de que la viera, antes
incluso de que la oyera, ya la tenía encima. Exclamé algo y caí de
espaldas, desparramando collares y pendientes por la alfombra. Pensé
que el corazón me iba a estallar en el pecho. Me aparté arrastrándome
por el suelo, entre la cama y la pared.
Ella vino tras de mí con las dos manos separadas, unas manos en
las que esperaba ver un cuchillo de cocina o una pistola, pero estaban
vacías, cada vez más cerca de mí.
—Oh, cariño —dijo—. Lo siento. No quería asustarte.
Se arrodilló delante de mí y agitó la cabeza con un gesto de
desdén. De cerca parecía mucho más anciana que de lejos.
—¡Por Dios, Jimmy! ¿Sabes qué hora es? Es demasiado tarde para
estar jugando. Guarda todos estos juguetes y vuélvete a la cama.
Se agachó, se puso a recoger las joyas y a meterlas en los joyeros,
y yo me quedé mirándola a la tenue luz que entraba desde la calle. Me
tenía atrapado entre la cama y la pared, y el único modo de salir de allí
sin derribarla era pasando por encima de la cama. Cuando acabó de
recoger se puso en pie, retiró la colcha lentamente y se quedó
esperando, mirándome tan fijamente que daba la impresión de que en
realidad estuviera mirando la pared o más allá, atravesándome con la
mirada.
Me puse en pie, dispuesto a salir corriendo, pero sentí que se me
aflojaban las rodillas.
—¿Qué demonios haces aún despierto, hijo?
Me pregunté qué año sería para ella, o qué edad se suponía que
tenía yo. Me pregunté dónde estaría la persona que ella imaginaba que
era yo.
—Supongo que no tenía sueño, mamá —dije por fin, intentando
seguirle el juego.
—Bueno, a veces tienes sueño y no te das cuenta. Tienes que
acostarte, cerrar los ojos y quedarte muy quieto para descubrirlo.
Yo llevaba la ropa de siempre para los trabajos de noche:
pantalones oscuros, suéter oscuro y calcetines negros. Ella dio una
palmadita sobre la cama doble cuya colcha acababa de retirar. No se
movió, así que por fin me senté donde me indicaba. Me saqué los
zapatos de los bolsillos traseros y los dejé en el suelo. Ella me puso
una mano en el hombro; yo me dejé caer, apoyé la cabeza en la
almohada y metí los pies bajo las sábanas torpemente, mirando aquel
rostro que tenía delante, coronado por un pelo blanco como la nieve.
Me tapó hasta el cuello, se agachó y me besó torpemente en la mejilla,
muy cerca de la boca. Sentí su aliento fresco y sin olor cerca de mi piel.
—Parece que va a llover —susurró—. Mañana papá os llevará a ti y
a tu hermana a que le ayudéis a remover la tierra. Tienes que dormir
bien, ¿me oyes?
No sé cuánto tiempo me quedé inmóvil en la cama, escuchando el
silencio más intenso que había oído nunca. Era como un silencio en el
fondo de otro silencio. Ya no me importaba que me pillasen: quería
pasar el resto de la noche durmiendo en aquella cama. Y tenía clara
una cosa: se habían acabado los robos en casas.
Me puse en pie, salí al pasillo y miré en el pequeño dormitorio
contiguo, que estaba lleno de adornos, y que debía de haber sido el de
la hermanita, cuando la hermanita vivía allí. La mujer estaba durmiendo
allí dentro, en la cama individual, completamente vestida, como yo, solo
que ella se había tendido sobre las sábanas. No tuve valor de llevarme
las joyas, así que en lugar de eso me llevé el pequeño televisor. Más
tarde caí en la cuenta de cuán nefasta fue aquella decisión: ella no
habría echado de menos las joyas, pero probablemente el televisor era
su mejor amigo.
Martha no tenía ni idea de cuánto faltaba para que se hiciera de
día: fuera del coche reinaba una oscuridad profunda. Arrastrando la
cazadora tras de sí, se encaramó al asiento trasero, encontró la
manilla de la puerta y la empujó con gran cuidado, intentando evitar
hacer ruido. Pero la manilla cedió de pronto bajo su peso, y la puerta
cedió a su vez y se abrió pesadamente, casi arrastrándola fuera del
coche. Se quedó sin aliento. La puerta se detuvo a medio camino,
pero la apertura provocó que la luz de cortesía del techo del coche
se encendiera como una bengala, inundando la cabina con su
resplandor. Martha se sentó de golpe y miró con rabia el piloto, que
a su vez le devolvió la mirada. Antes de que pudiera darse cuenta,
se había apoyado en la espalda y había levantado ambas piernas,
sin pensarlo; golpeó la luz con ganas; al segundo taconazo hizo
saltar la cubierta de plástico; y al tercero, destrozó la bombillita, del
tamaño de un pulgar, que por algún motivo brillaba con tanta
intensidad.
La oscuridad la envolvió de nuevo, y se hizo un ovillo en el suelo
tras el asiento delantero, con la respiración agitada, sintiendo el
pánico atenazándole la garganta. Frunció los párpados y escuchó
atentamente. Ahora no hacía nada de viento, así que podrían oír
cualquier ruido que hiciera. Esperó, atenta a cualquier voz o al
sonido de unos pasos acercándose. Se asomó por encima del
asiento y miró en dirección a la loma a través del parabrisas trasero:
no se veía ninguna silueta humana, ningún movimiento. Escrutó la
oscuridad que la rodeaba y de pronto se dio cuenta de que podía
ver el horizonte, una línea negra apenas visible que se extendía bajo
una sombra violeta amarillenta, aún muy tenue, pero no por mucho
tiempo. Metió los brazos en las mangas de la cazadora de lona y
rebuscó por los bolsillos con la esperanza de que el hermano Ted se
hubiera dejado dentro una navaja o un destornillador, pero no
encontró nada más que lo que parecía el casquillo mellado de una
bala de pistola.
Ahora veía un poco mejor, pero casi no había luna, y la pradera
que se extendía tras la puerta del coche se perdía de inmediato en
el vacío, sin que pudiera distinguir nada. ¿Dónde estaba el camino
de tierra y cuánto tiempo lo habrían seguido? Y aunque lo
encontrara, ¿cuántos kilómetros tendría que recorrer hasta llegar de
nuevo a una carretera asfaltada y que surgiera la posibilidad de
encontrar un coche que pasara por allí? Si salía el sol y ellos
regresaban por aquel camino, ¿dónde se escondería, en aquel
campo sin árboles, sin accidentes, sin color?
Quería llorar pero contuvo el llanto, tragando con tanta fuerza
que no podía respirar. La rabia le incendió la garganta. Estiró el
brazo y tiró lentamente de la puerta del coche otra vez, no lo
suficiente como para cerrarla del todo, pero sí lo bastante como para
que hiciera clic. Volvió a mirar por el parabrisas trasero y saltó por
encima del asiento delantero, dispuesta a registrar la guantera en
busca de cualquier cosa que pudiera usar como arma. En el coche
la oscuridad era aún más profunda que en el exterior. Se sentía
como una alimaña ciega tanteando el interior de su madriguera. En
el interior de la guantera lo primero que palpó fue algo de plástico
largo y duro —un rascador de hielo, que se metió en el bolsillo del
pecho de la cazadora, por si pudiera serle de utilidad más adelante,
aunque no se le ocurría cómo— y un frasco blando, loción, quizá
cera para coche, que derramó por el suelo del coche. También
encontró una caja de cartón, la abrió a tientas y el contenido se le
cayó al suelo: un montón de algo que más tarde identificaría como
tampones, blandos y asépticos. Había un pliego de papel doblado,
probablemente un mapa del estado. Un pequeño neceser con
cremallera que abrió y tanteó, reconociendo la forma de un
pintalabios, un estuche de colorete y lo que probablemente era un
frasco de rímel. La guantera estaba casi vacía, pero cuando volvió a
introducir la mano tocó algo que sus dedos identificaron al instante
como galletas saladas. Tuvo que hacer un esfuerzo para no abrir el
envoltorio de celofán desgarrándolo, y provocando así que las
galletas también cayeran en la oscuridad.
Por fin consiguió hundir la uña por debajo del triángulo de
plástico doblado en un extremo, y al instante se llevó la mano a la
boca. Probablemente en su día aquellas galletas habían sido de
mantequilla de cacahuete, pero estaban tan rancias que sabían a
serrín, y casi se atragantó al masticar y tragarse las primeras; aun
así, se metió dos más en la boca y finalmente las dos restantes,
tanteando el interior de la guantera por si había más.
Al fondo del compartimento había una vieja bolsa de plástico
donde sabía que estaban los papeles del coche, los que acreditaban
al propietario del vehículo y otros que al parecer eran tan esenciales
que había que llevarlos siempre. Estaba a punto de dejarlo, pero
antes pasó la mano por debajo de la bolsa para asegurarse de que
no se dejaba nada y oyó un tintineo metálico, el sonido de algo que
le resultaba familiar, y le extrañó no haber pensado antes en ello.
Sujetó un extremo de la bolsa, la rasgó con decisión y palpó su
interior; oía el metal, pero no lo encontraba, así que le dio la vuelta a
la bolsa y la zarandeó, se agachó en el hueco destinado a poner las
piernas, que estaba repleto de trastos, y encontró lo que buscaba:
dos llaves largas colgando de una pequeña anilla de acero.
Volvió a subirse al asiento y pasó al lado del conductor, sin
levantar la cabeza. Al salir del hueco frente al asiento observó que
ya había mucha más luz en el exterior. Vio la barra transversal que
dividía el volante en dos e incluso pudo leer la palabra grabada en la
placa de falsa plata engastada en el panel de falsa madera que
recubría la puerta del conductor: LUXURY.
No entendía qué motivo podía tener alguien para guardar un
segundo juego de llaves dentro del coche, donde no le servirían de
nada a nadie, salvo que ese alguien que se encontrara
precisamente en la situación en la que estaba ella en aquel
momento. Se planteó, y tuvo que admitir, que lo más probable era
que las llaves fueran de otro coche. La mano izquierda localizó el
contacto, en la base del volante, y con la otra intentó introducir una
de las llaves en lo que esperaba que fuera el hueco, girándola hacia
un lado y hacia el otro, mientras su desesperación iba en aumento.
Acercó la cara a la cerradura y probó con la segunda llave,
temblando y conteniendo la respiración al mismo tiempo, tratando
de mantener el pulso lo más firme posible, como hacen los
cazadores cuando avistan una presa, pero con ello no hizo sino
aumentar sus temblores. Guio la llave lentamente hacia el centro del
círculo cromado, la movió a un lado y al otro, y de pronto se hundió
en la cerradura como un cuchillo de carnicero clavándose en el
bloque de madera.
Estuvo a punto de dejar escapar un chillido, pero enseguida
comprendió que todo aquello era inútil; no había conducido un
vehículo en su vida, aparte de un antiguo tractor sin neumáticos por
un campo de avena mexicano, solo unos metros y con miedo a ser
descubierta. Se quedó mirando el contorno del volante, que
sobresalía por encima del salpicadero formando un arco por el que
se colaba la luz, de un azul tan similar al del tintado azul de la parte
superior del parabrisas, que no lograba distinguir dónde acababa
uno y dónde empezaba el otro. El sol asomaría por el horizonte en
cualquier momento y delataría sus movimientos en el interior del
vehículo. En cualquier caso, los dos hombres probablemente ya
deberían de estar camino del coche, si es que querían sacarle algo
de ventaja a la policía, Si aún no estaban allí, solo podía deberse a
que eran un par de vagos, además de unos ladrones de pacotilla. O
quizá ya se hubieran matado el uno al otro, tal como había leído que
hacían a veces los vaqueros en plena noche, sentados en torno a la
hoguera.
Se sentó con la espalda bien erguida en el puesto del conductor
y estiró las piernas bajo el volante para ver si conseguía alcanzar el
acelerador y el freno; llegaba a los dos, aunque tenía que echarse
tanto hacia delante que apenas veía más allá del morro del coche.
El salpicadero se iluminó en el lado del conductor, como la cabina
de un avión. Aquella comparación se la había oído a Johanna un día
en la iglesia, hablando con unas mujeres que al parecer le tenían
cierta envidia, y que además no veían con buenos ojos que la
esposa del pastor condujera un coche tan flamante y bonito como
aquel. El parabrisas trazaba una curva tan amplia a su alrededor
que le parecía más ancho que el propio coche, y el panel en forma
de media luna, con todos aquellos indicadores y palabras en
mayúsculas escritas debajo, le recordó las fotografías que había
visto de la cabina de un avión de pasajeros: VOLUMEN, SELECTOR, ALTO-
BAJO, FRÍO, ALT, FRENO, LIMPIAPARABRISAS, ACEITE, GASOLINA, ENCENDEDOR,
LUCES, SUELO, TRACCIÓN.
Las letras tras el disco de cristal que había encima del volante
decían PRNDL. Se quedó pensando en aquella extraña palabra —
PRNDL, casi sonaba a alemán— hasta que recordó lo que significaba
cada letra, al menos las importantes. Estiró el pie y pisó el pedal del
acelerador tal como le había visto hacer a Aron. Respiró hondo
varias veces, sintió que iba a ponerse a llorar de nuevo y apretó la
frente contra el volante, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa,
y soltó un «mierda» entre dientes. Abrió los ojos otra vez y se puso
a rezar el Padrenuestro casi por instinto, tal como solía hacer
mentalmente por las noches, en español, pues así le sonaba más
convincente —«Padre nuestro que estás en los cielos: santificado
sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad…»—,
pero de pronto aquellas frases de pesada rítmica le parecieron
insoportablemente largas, así que se fue directamente al final —«el
poder y la gloria, por los siglos de los siglos»—, pensando que si
Dios tenía algún plan para ayudarla en aquel momento, no podía
importar demasiado.
Cuando el motor cobró vida, eclipsó todos sus pensamientos, y
sintió las emanaciones enrarecidas de los conductos del aire
acondicionado en el rostro. Por un segundo el contacto emitió un
chirrido metálico, hasta que se dio cuenta de que debía soltar la
llave. Se apoyó en la palanca de cambio con todo su peso, pero no
se movió lo más mínimo, como si estuviera trabada. Volvió a tirar de
ella, sacudiéndola violentamente, y esta vez sí se movió, llevando la
aguja roja más allá de la D, hasta el lado derecho del marcador, al
número 1, y antes de que pudiera volver a mover la palanca el
coche se puso en movimiento, zarandeándola. Salió despedida
contra el respaldo del asiento, pero notó que el coche parecía
despegarse del suelo y deslizarse hacia los lados, y entonces reparó
en que las ruedas patinaban, así que soltó gas. Cuando lo hizo,
volvió a salir despedida hacia atrás, el pie se separó del pedal, el
gran coche trastabilló y estuvo a punto de pararse en medio de una
nube de polvo gris que flotó hasta la altura de las ventanillas, por
encima del motor. Miró por encima del salpicadero, más allá del
morro del coche, intentando interpretar las misteriosas formas que
veía, cualquier cosa que pudiera ver entre el polvo y la oscuridad,
pero solo distinguió la línea del horizonte y lo que quizá fuera el
balancín de bombeo de un pozo petrolífero a lo lejos.
Ahora lo único que debía hacer era seguir moviéndose. Si iba lo
suficientemente rápido, quizá no importara que chocase contra una
valla. Ya se imaginaba el salpicadero del coche cubierto de restos
de alambradas, estacas de vallas tiradas por el suelo, cercados
cayendo a su paso, el coche convertido en la punta de una V
invertida, arrastrando tras de sí una estela de alambre y maderos
que irían barriendo el suelo. Buscó el pedal con el pie e intentó
presionarlo suavemente, pero cuando cedió a su presión el coche
sufrió una nueva sacudida violenta. Esta vez tensó las piernas y el
torso y se agarró al volante con ambas manos para evitar caer con
todo su peso sobre el pedal. Sintió que el coche empezaba a ganar
velocidad y que se abría paso por lo que fuera que tuviera delante.
Ahora que había conseguido ponerlo en movimiento, de pronto se
sintió más tranquila, como si ya nada dependiera de ella. Sus
decisiones podrían cambiar algún pequeño detalle, pero el resultado
final ya no estaba en sus manos. Era algo que ocurría a veces
cuando sentía miedo, y no tenía que ver con la religión; era más
bien un mecanismo que una vez accionado solo podía moverse en
una dirección. En lugar de perder el control, como había oído que le
sucedía a la gente cuando se asustaba, sentía que tenía la mente
centrada, puede que demasiado absorta. Pensó que si apartaba las
manos del volante y se las llevaba al rostro no le temblarían tanto,
aunque seguía sintiendo el latido de sus venas tras los ojos, lo cual
le hacía ver el mundo como una especie de imagen palpitante.
El coche parecía interpretar sus acciones por sí solo, con algo de
retraso, como un sistema nervioso lateral que recibiera sus señales
a través de una médula espinal de un kilómetro de longitud. Nunca
había subido a un barco, pero pensó que aquella sensación debía
de ser similar a la de pilotar un buque enorme por aguas profundas.
Intentó controlar la velocidad, reduciendo la presión sobre el gas,
luego pisando otra vez, sintiendo la vacilación del motor. Cuando
soltaba el pedal del todo, el vehículo seguía avanzando
tozudamente por iniciativa propia un segundo o dos, antes de
registrar su decisión.
Estiró la cabeza por encima del volante para distinguir mejor lo
que tenía delante, pero seguía sin ver nada: era como una enorme
losa azul oscuro biseccionada por una línea negra recta. ¿De dónde
había sacado —se preguntó— que sería capaz de encontrar la
carretera siguiendo en línea recta, y no yendo hacia la derecha o
hacia la izquierda? Sabía que si no daba con alguna valla,
conducción de agua o campo de cultivo, era fácil que acabara
adentrándose veinte kilómetros en tierra de pastos sin encontrar
ninguna carretera, y sin tan siquiera acercarse a una. Pero luego
pensó: «Jesús Bendito, con el estruendo que debo de estar
provocando en una mañana tan silenciosa como esta,
probablemente aún no me haya alejado lo bastante como para que
esos hombres echen a correr y me den alcance, incluido el
grandullón patoso».
Encontró de nuevo el pedal del gas y esta vez lo pisó con fuerza,
pero el motor chirrió y el volante se le fue de las manos al salir
disparada hacia atrás de nuevo. El coche avanzó dando botes sobre
las matas de hierba y los cactus, y Martha se resignó a no ver lo que
tenía delante, aunque sí sintió que ganaba velocidad, y sus pies y
sus muslos, apretados contra el asiento, percibieron la liberadora
sensación de que iba ganando distancia entre el lugar donde estaba
antes y donde se encontraba ahora. El coche parecía moverse a su
libre albedrío. De pronto, había decidido cambiar de bando y ser su
aliado. Pero con la misma velocidad volvió a ponerse en su contra.
El salpicadero cambió de dirección a gran velocidad y el volante le
golpeó el pecho con tanta fuerza que salió despedida hacia atrás,
contra el asiento, y de nuevo contra el volante. Sintió una sacudida
vertiginosa, como si la parte trasera del coche se elevara por encima
de ella. Y entonces entendió lo que había pasado. El motor chirrió
durante un segundo, cuando las ruedas traseras perdieron contacto
con el suelo, y volvió a caer pesadamente, provocando que el coche
rebotara sobre los amortiguadores. Cuando golpeó el suelo por
primera vez, el impacto hizo que se mordiera la lengua, y los ojos se
le llenaron de lágrimas. Sintió el sabor salado de la sangre
llenándole la boca, y usó el nombre de Dios en vano, en español y
en bajo alemán. Le dolía el pecho, en la zona donde la había
golpeado el volante, y un rugido animal le invadió los oídos. Más allá
del ruido que oía en su cabeza, fue adquiriendo conciencia
gradualmente de que había algo en el mundo exterior que también
rugía, y se dio cuenta de que era el motor, aunque ya no parecía
que el coche siguiera avanzando, solo se zarandeaba, como un
animal salvaje con las patas traseras atrapadas en un lazo. Tardó
unos segundos en comprender cuál era la causa de aquel ruido:
seguía con el pie sobre el pedal del gas, pisándolo a fondo. Cuando
lo soltó, el motor dejó escapar un largo gemido agonizante y el
coche dejó de moverse.
Se sujetó al volante con ambas manos, volvió a bajar el pie hasta
el pedal del gas y lo pisó varias veces. Pero solo consiguió que el
coche siguiera dando botes y que temblara aún con mayor violencia,
y a través del espejo retrovisor vio una nube de polvo que se
elevaba hacia la luz de la mañana.
Soltó el volante y volvió a dejarse caer en el asiento. Ya sabía lo
que había hecho: había encontrado la carretera, pero se la había
encontrado de través. El coche había caído perpendicularmente en
la profunda zanja lateral, o casi. El morro había conseguido llegar a
la carretera, pero el culo se había quedado atrapado en la zanja, y la
parte central del pesado vehículo reposaba sobre la parte más
elevada del repecho, varándolo como una ballena en uno de los
pocos puntos del terreno que no era llano.
Martha se puso de rodillas, chilló, golpeó con fuerza el volante,
haciendo que la ranchera emitiera una serie de bocinazos cortos e
irregulares que sonaban como un mensaje en código morse.
Se pasó un buen rato sentada tras el volante, sin llorar, sin
moverse, respirando de nuevo casi con normalidad. Estiró el cuerpo
para mirar por el retrovisor, pero esta vez no lo hizo para ver el
exterior, sino para verse a sí misma, como si de pronto necesitara
verificar su existencia, poco más que una sombra: una silueta
redondeada con el cabello fino; la nariz, una línea apenas legible;
los ojos, dos tenues reflejos. Más allá del espejo vio que el sol ya
había asomado por el horizonte. Alargó la mano hacia el botón de
cierre centralizado, lo pulsó y escuchó cómo se bloqueaban las
puertas. Giró la llave en el contacto, apagó el motor y el habitáculo
se sumió de nuevo en un silencio total. Se agazapó en la oscuridad
del espacio que había entre el asiento del acompañante y la
guantera, se cubrió con la cazadora y esperó a que llegaran.
28 de octubre de 1972
Quizá haya alguna parte de todo esto que no sea cierta —o puede que
nada lo sea:
Bettie me dijo que en realidad se llamaba Beatriz, aunque desde
que había salido de casa casi nunca había usado aquel nombre. Dijo
que a partir de los dieciséis años había usado tantos nombres que ni se
acordaba. Un par de veces que la pillaron, la policía pensó que era
mexicana, pero ella dijo que se había criado en una pequeña población
campesina, ahora convertida en suburbio de San Antonio, y que no
había pisado territorio mexicano en su vida. Su padre había nacido en
Chihuahua y se había ido al norte con el Programa Bracero, después
de la guerra, y más adelante se había trasladado a Texas para trabajar
en los campos de algodón. Murió antes de que ella cumpliera los dos
años en un accidente estúpido, después de haber salido a toda prisa
en coche con un puñado de operarios más para evitar los controles de
Inmigración. Aquella noche los hombres pernoctaron cerca de Uvalde,
entre las vías oxidadas de una vieja estación de carga invadida por la
hierba y la maleza, convencidos, como tantos otros, de que las
serpientes de cascabel no cruzarían los rieles. Aquella noche no hubo
serpientes, pero una locomotora diésel que estaba quitando de en
medio unos vagones vacíos apareció en la vía auxiliar a causa de un
cambio de agujas roto, y porque el técnico que estaba al cargo se
había dormido en su puesto tras doblar turno y no los vio. La
locomotora se les echó encima antes de que pudieran despertarse.
Mató a tres hombres al instante, entre ellos el padre de Bettie. El
cuarto, con la pierna malherida, consiguió volver a Chihuahua oculto
bajo una lona en la bandeja de carga de una furgoneta, pero se
desangró antes de llegar a casa.
Bettie se crio con su madre, cuya familia había llegado a San
Antonio desde el pueblo minero de Matehuala a principios de siglo XX.
No les había ido mal trabajando en los ranchos, pero tenían claro que
nunca podrían tener tierra de su propiedad ni llegarían a formar parte
de aquel país, ni siquiera obteniendo la ciudadanía. Bettie era
animadora en su instituto. En su primer año ganó el título de Reina del
Rodeo por más de cien votos de diferencia, un logro impresionante en
aquellos tiempos para alguien a quien consideraban una chica latina en
un pequeño pueblo de Texas. Simplemente se le daba mejor hablar con
los adultos —y ganarse su confianza— que con las otras chicas,
incluso las que venían de familias de rancheros con suficiente dinero
como para comprar el título, sin más. Me enseñó un recorte de prensa
que guardaba en el forro de su bolso, del rodeo donde fue coronada.
En la foto aparecía con un traje pantalón ceñido de tela vaquera, a
lomos de un palomino de color platino. Se la veía pequeña bajo aquel
sombrero vaquero blanco tan alto. Saludaba a la cámara, y exhibía una
sonrisa de una ferocidad que probablemente en aquel tiempo la gente
no supiera ver.
5
Harlan pegó la frente a la parte inferior del cristal de la ventanilla
del lado del conductor de la ranchera. Volvió a gritar, pero no veía a
nadie. Su voz resonó, sin encontrar respuesta.
—¡Aquí no hay nadie, Troy! Está vacío. ¡Ahí no hay un alma!
El sol ya había salido, pero la luz rasante ocultaba más de lo que
mostraba, proyectando profundas sombras detrás del coche y en
dirección a la colina.
Al oír el primer ruido que les había despertó, el inconfundible
sonido de un coche muy cerca, el primer instinto de Troy fue echar a
correr y dejarlo todo atrás, incluido Harlan, y en medio de aquella
oscuridad casi total había intentó tomar un sendero a través de la
colina que lo mantuviera oculto y que no le hiciera acabar en el
cieno. Pero cuando se giró vio que Harlan salía disparado en
dirección contraria —la dirección equivocada—, sujetándose el
sombrero mientras corría. Antes de que Troy pudiera gritarle que
parara, ya había bajado la mitad de la ladera, dando largas
zancadas y medio agachado, como quien intenta evitar que le
disparen tras darse cuenta, demasiado tarde, de que está a plena
vista.
Por cómo sonaba aquel ruido —un solo vehículo, uno pesado—,
Troy dedujo que no era la policía, sino algún espalda mojada, quizá
un granjero, que salía antes del amanecer a comprobar el sistema
de riego. Y aunque así fuera, aunque pudiera convencerle de que no
hablara, no había nada que hacer, porque los habría visto, y la voz
se extendería más rápido de cuanto ellos pudieran alejarse.
Troy se había sumido en un sueño ligero justo antes del alba y
se sentía pesado y desorientado, precisamente cuando tenía que
poner el cuerpo en movimiento. Se palpó la chaqueta para ver si
llevaba los papeles y la cartera y se puso las botas a toda prisa,
dando saltos en dirección a unas matas que bordeaban la laguna a
lo largo de más de treinta metros hacia el sur. No sabía cómo se
movería a pie a plena luz del día; nunca había huido sin coche.
Pensó en Harlan: Harlan corriendo a campo abierto, sin más, porque
con la luz del nuevo día había decidido que ya no le importaba lo
que le sucediera. Quienquiera que estuviera ahí abajo —sheriff,
granjero, cazador, operario, o el mismo demonio— era preferible a la
compañía que había tenido hasta ahora. Troy no podía culparle.
Pero sabía que Harlan no podría evitar contarlo todo.
Troy se lanzó entre la hierba y se introdujo en una nube de
bichos que le aguijonearon el rostro y las manos. Seguía oyendo el
sonido del vehículo, allí abajo, y para cuando consiguió esconderse,
el ruido del motor había aumentado tanto en intensidad y en timbre
que pensó que quizá estaba ascendiendo por la colina hasta su
posición. Pero tan pronto como ganó intensidad, esta fue
disminuyendo y cesó por completo tras una serie de toques de
bocina que le dejaron confuso, preguntándose si no se trataría de
algo más peligroso, de más de una unidad, intercambiando señales.
Se agazapó, oculto entre las altas hierbas, se puso a cuatro patas
como un animal y procuro permanecer absolutamente inmóvil,
porque sabía que cualquiera que observara la parte superior de las
matas podría detectar movimiento. Aguzó el oído, intentando
distinguir el ruido de alguna puerta abriéndose o cerrándose, y un
sonido que ya había oído una vez, hacía mucho tiempo, dirigido a él
personalmente: una voz autoritaria como la de un Dios, amplificada
a través del megáfono de la policía. Pero solo oyó la brisa y el
pesado zumbido de diez millones de moscas. Luego escuchó la voz
de Harlan llamándolo, como una señal visible en varios kilómetros a
la redonda, anunciando que había alguien más con él, oculto en lo
alto de la loma.
Troy miró por debajo del brazo, en busca de algún rastro de
coyote, alguna abertura en la maleza que le permitiera alejarse por
entre la vegetación sin que le vieran. Pero ante él solo se abría una
jungla verde —algo inusual en aquella parte del país— y el rojo
coralino del sol despuntando en el horizonte a través de los verdes
tallos, un espectáculo que jamás había presenciado desde aquella
perspectiva, acostumbrado como estaba a observarlo a través del
parabrisas, al fondo de una línea de asfalto. Oyó de nuevo la voz de
su hermano que le decía que bajara. Aunque no parecía plausible
que le hubieran obligado a hacerlo de un modo tan convincente, ni
siquiera apuntándole con una pistola, Troy decidió no moverse. Ante
el posible riesgo de ser oído, se arrastró hacia delante valiéndose de
los codos, oculto por la vegetación. El murmullo de los altos tallos de
hierba le sonaba como un ataque violento. Se abrió paso hasta el
borde del saliente, lo bastante como para otear la carretera, pero
solo alcanzaba a ver un trozo del coche, y a Harlan apoyado en un
lado, mirando hacia el lado contrario, iluminado por el sol. No había
ningún otro vehículo a la vista; el otro, el que había oído, debía de
estar muy cerca, pensó Troy, oculto por la vegetación y la ladera de
la loma.
Observó que Harlan se volvía despacio y miraba casi
directamente hacia el lugar donde se había escondido, entre las
hierbas altas. Harlan levantó la cabeza, escudriñó el horizonte y a
continuación se subió al parachoques de la ranchera.
—¡El coche está cerrado, Troy! —gritó—. Alguien debe de haber
intentado llevárselo. Ven aquí y trae las llaves. ¡Saquemos el culo de
aquí antes de que aparezca alguien más!
Troy se acercó aún más al borde del promontorio, manteniendo
la cabeza tan agachada que percibía el hedor alcalino de la arcilla
mojada bajo su rostro. Se sentía expuesto, pero aun así seguía sin
divisar la parte baja de la loma. Solo alcanzaba a ver que el coche
no estaba donde lo habían dejado, sino cruzado en perpendicular a
la carretera, al final de un rastro de rodadas que atravesaban el
descampado.
Harlan seguía mirando en su dirección.
—Te estoy viendo arrastrándote por la hierba, a menos que se
trate de un pécari que te haya devorado mientras dormías. ¡Vamos,
baja! No tenemos tiempo para tus tonterías de forajido.
Troy aún no lograba entender nada de lo había pasado allí abajo.
Se mantuvo agazapado, observando el lenguaje corporal de su
hermano. Vio que Harlan se dejaba caer pesadamente del
parachoques, caminaba lentamente frente al coche y se agachaba a
recoger algo del suelo. De pronto echó el brazo atrás y lanzó un
objeto en su dirección, y Troy supo que era una piedra antes de que
oyera cómo cortaba el aire y la viera caer en la hierba a un palmo de
su cabeza. Harlan escupió en el suelo, se agachó y volvió a tirar otra
piedra, que aterrizó algo más lejos. Pero la tercera no la falló: iba
directa a la cara de Troy, que seguía camuflado entre la hierba. Se
agachó y notó que le rozaba la espalda. Se revolvió, buscó una
piedra para responder al ataque, pero solo encontró terrones de
arcilla húmedos que se le deshacían en las manos. Cuando estuvo
lo suficientemente lejos de la ladera se puso en pie, levantándose
de un salto rabioso, preparado para salir corriendo, pero antes echó
vistazo al otro lado de la loma, y se topó con la mitad superior de su
hermano, más inmóvil que un perrito de la pradera. Troy reprimió el
instinto de salir corriendo y dio tres pasos ladera abajo para atisbar
lo que no había podido ver antes, más allá de donde acababa la
hierba y empezaba la polvorienta llanura, en la base de la loma.
Pero no vio nada: ni camionetas, ni coches patrulla, ni un agente ni
muchos. Se asomó y miró primero en dirección a la carretera de
tierra, que se perdía en los campos de algodón, luego hacia la
carretera asfaltada, y allí tampoco vio nada que se acercara ni que
se alejara, ninguna nube de polvo levantada por ningún vehículo.
Harlan se había sentado sobre la capota, dándole la espalda,
cubierta de manchas de sudor, a su hermano. Troy se quedó en lo
alto de la loma un buen rato, devanándose los sesos para
comprender qué se le estaba escapando. Pese a que seguía sin
verlo nada claro, bajó hasta la mitad de la ladera y esperó otra vez,
aguzando el oído, con la vista puesta en la carretera. Por fin bajó
hasta el llano y observó el coche, con desconfianza; Harlan no le
hizo ni caso.
—¿Has visto a alguien corriendo? —le preguntó Troy.
El parachoques trasero del coche estaba casi a nivel del suelo,
medio cubierto de limo, y las ruedas flotaban sobre la zanja.
—Ni un alma. Pero aún había polvo flotando en el aire cuando
bajé. No sé cómo narices alguien puede haberse ido tan rápido si
iba a pie. Vamos a tener que usar un par de estacas para sacar el
coche de aquí. Está apoyado en la parte central de los bajos.
Harlan bajó al suelo y Troy se acercó al coche lentamente, como
un animal examinando una trampa. El sol ya iluminaba la loma
donde habían dormido, y la luz caía con tal intensidad que de pronto
Troy fue consciente de lo expuestos que estaban. Se puso en
cuclillas para echar un vistazo a los neumáticos traseros, rodeó el
coche para abrir la puerta del conductor, introdujo la llave, la giró y
presionó el botón de la manilla. Pero en el mismo instante en que se
abrió la puerta, un sonido ensordecedor, un chillido —tan agudo y
violento que más bien parecía el silbido de un hervidor de agua—
cortó el aire como un cuchillo desde el interior del coche. Lo
inesperado de aquella situación hizo que Troy saliera despedido
hacia atrás con tal fuerza que cayó de culo, mientras que Harlan
daba la vuelta y echaba a correr torpemente unos metros por el
camino de tierra.
Los dos se quedaron mirando el coche como si una manada de
coyotes se hubiera materializado frente a ellos. Y ante sus propios
ojos, la gran puerta del coche que Troy había intentado abrir se
movió lentamente y se cerró de golpe, impulsada por algún poder
desconocido. Tras el impacto del acero y la goma al cerrarse oyeron
el chasquido del cierre centralizado activándose de nuevo.
Troy se puso en pie y agachó la cabeza. Examinó el terreno
buscando dónde ocultarse, hasta que cayó en la cuenta de que el
único lugar que ofrecía la mínima protección era el propio coche, así
que se agazapó contra el lateral de falsa madera, por debajo de las
ventanillas, para que quienquiera que estuviera dentro no pudiera
dispararle sin salir del vehículo, a menos que lo hiciera atravesando
las pesadas puertas. Harlan, en cambio, se quedó en medio del
camino, a unos veinte metros de distancia, sin saber qué hacer, con
una mano apoyada en los muslos y la otra en el suelo, adelantada,
como un jugador de fútbol americano listo para atacar. Esperaron,
pero no vieron nada. Todo, hasta la brisa de la mañana, parecía
inmóvil, a la espera de una nueva revelación.
Harlan fue el primero en ver, entre los destellos que emitía el
portaequipajes al reflejar la luz del sol, lo que había dentro del
coche: la silueta de una cabeza, como la de un fantasma, que se
elevaba por encima del nivel de las ventanillas; un pequeño rostro
ovalado de un blanco cándido envuelto en una funda del mismo
color blanco. Harlan no supo si la cara lo estaba mirando. Desvió la
vista hacia Troy, que seguía agazapado junto al coche, intentando
comprender qué veía su hermano.
Más rápidamente de lo que había aparecido, la cabeza
desapareció de su vista. Harlan dio unos pasos hacia el coche, pero
manteniendo las distancias, preguntándose si aquello no habría sido
una ilusión óptica. Pero ahí estaba otra vez, subiendo gradualmente,
esta vez más que antes, mirándolo directamente y de forma
inequívoca y, más horrorizado aún que si se hubiera tratado de un
fantasma, se percató al fin de que lo que estaba viendo era el rostro
de una niña, probablemente de no más de diez años de edad. El
reflejo del cielo en el parabrisas oscurecía en parte sus rasgos, pero
la boca y los ojos se distinguían claramente. Mientras la observaba
notó su rostro carecía de expresión, como si no fuera más que una
aparición que hubiera tomado la forma de una niña en el interior del
coche.
Sin proponérselo, se encontró caminando hacia el coche, con la
mirada fija en la niña. Mientras avanzaba, ella no se movió, ni
siquiera parpadeó. Era como si estuviera más lejos de lo que en
realidad estaba realmente, a causa de la gruesa barrera sonora que
creaban a su alrededor el parabrisas y las ventanillas. Harlan estaba
tan cerca que ya no veía a Troy junto al costado del coche, y pensó
que su hermano habría conseguido echar a correr y alejarse sin ser
visto. Pero entonces oyó una especie de susurro ronco procedente
de la zona baja del coche. Hizo caso omiso y siguió adelante, pasó
por delante del coche se acercó hasta la ventanilla del conductor,
miró en el interior, ahora que había más luz, y vio a aquella niña
rubia de rostro delicado, sentada sobre las piernas, que seguía
apoyada en el volante, con la mirada puesta en la carretera. Harlan
se detuvo junto a la puerta y se quedó mirando el perfil de la cabeza
de la niña, aquella pequeña oreja perfectamente redondeada entre
unos mechones de cabello fino. El sol empezaba a penetrar por el
parabrisas. Frunció los párpados y miró en el interior del coche
buscando otros ocupantes, pero no vio a nadie aparte de la niña.
Volvió a mirar hacia el sur, donde se perdía la carretera, se lo estuvo
pensando un rato y finalmente alargó la mano derecha y llamó tres
veces picando con los nudillos en el cristal.
Volvió a oír aquel rumor procedente de abajo, más ronco que
antes, como el roce de una víbora contra la arena.
—¿Qué cojones pasa, Harlan?
—Ponte de pie y mira tú mismo.
—¿Quién hay ahí dentro?
—No lo tengo claro… Pero no creo que te dispare.
La niña no se volvió, no se movió. Harlan se inclinó hacia delante
y acercó el rostro al cristal de la ventanilla. Volvió a llamar.
—Hola… Hola, pequeña. ¿Qué haces ahí dentro? ¿De dónde
has salido?
Troy se deslizó por el lateral del coche hasta la parte trasera
antes de ponerse en pie, tan confundido que había perdido la noción
de lo que debía hacer. Miró por encima del hombro de Harlan, a
través del cristal, y vio lo que había visto Harlan, el perfil de una
pálida niña prepubescente que daba la impresión no solo de estar a
kilómetros de distancia de donde se encontraba realmente, sino
incluso de vivir en una dimensión distinta a la suya, en la que la
presencia de una niña como aquella en el interior del coche era algo
inconcebible.
—¿Qué cojones está haciendo ahí dentro? ¿De dónde ha
salido?
—Eso es lo que yo quisiera saber. No lo entiendo. Quizá sea de
alguna granja de los alrededores.
—¿Y qué iba a estar haciendo una niña entre los pastos antes
del amanecer?
—¿Cómo demonios voy a saberlo? Quizá se haya perdido.
Quizá le pase algo.
Troy miró hacia el sureste, en dirección a los campos de
algodón, en busca de alguna granja, consciente de que la más
cercana probablemente estaría a unos veinte kilómetros. Se acercó
a Harlan, miró por la ventanilla y observó el extraño cabello
translúcido y las manos cruzadas sobre el regazo, como si estuviera
esperando a alguien. Vio la llave en el contacto y la guantera
abierta.
Le habló a través de la ventanilla, con mayor dureza que Harlan,
pronunciando las palabras de un modo que al momento le sonó
absurdo:
—¿De dónde has venido? ¿Qué haces ahí? ¿Me puedes oír?
¿Puedes abrirnos la puerta?
—Yo creo que nos oye perfectamente —dijo Harlan—. Solo que
no quiere hablar.
Troy repitió las preguntas y se acercó a la esquina del
parabrisas, mirando a través del cristal para intentar cruzar una
mirada con la niña, que no parecía reconocer en absoluto su
presencia. Reparó en que las llaves del coche seguían colgadas de
la cerradura, volvió junto a la puerta, se agachó y habló alzando la
voz.
—Voy a abrir la puerta para que podamos hablar, ¿vale?
Quiso echar mano de la llave, pero antes de que pudiera girarla
del todo, la niña inanimada cobró vida y con una velocidad
asombrosa se lanzó hacia la puerta y bajó los cierres de golpe. Troy
volvió a intentarlo, girando la llave, sujetándola con ambas manos.
Pero la niña le ganaba la partida cada vez, bajando el pestillo
rítmicamente al otro lado de la puerta, hasta que Troy sacó la llave
de un tirón con un gesto exagerado y le dio una patada a la puerta.
—¡Eh, abre la maldita puerta ahora mismo! ¿Tú quién eres?
¡Abre la puerta ahora mismo y sal de nuestro coche!
Martha mantenía la cabeza gacha, con la mirada fija en el suelo,
y no podían verle el rostro, así que cuando por fin habló daba la
impresión de que la voz no salía de su boca. Era una voz aguda,
rasposa, con un acento extraño que a través del cristal daba la
impresión de venir de lejos, como la voz de una radio:
—¡Este no es vuestro coche, ladrón! Este coche pertenece a mi
tía Johanna y se lo habéis robado a plena luz del día. ¡Sucios
ladrones! Por vuestra culpa tendrá que volver a pie. Y no solo os
habéis llevado el coche, estúpidos pendejos asquerosos: ¡me habéis
llevado a mí! Así que ahora vais a pagar. Porque sé vuestros
nombres de pendejo y lo sé todo sobre los dos. ¡Pendejos! Sé
dónde vivís y sé lo que hacéis, y sé que la policía ya os está
buscando. Así que más vale que salgáis corriendo ahora mismo,
antes de que se presenten aquí y os encierren para el resto de
vuestras vidas.
Troy y Harlan estaban perplejos. Harlan no acababa de
comprender el significado de lo que les había dicho la niña, pero
TroyIo entendió al momento. Dio un paso atrás y se la quedó
mirando como si la viera por primera vez.
—Maldita sea mi estampa —dijo, volviéndose hacia Harlan—.
Estaba en el maletero. Todo este tiempo.
Harlan seguía mirando a la niña, sin dejar de darle vueltas a
aquellas palabras en su cabeza.
—¿Cuánto tiempo?
—Todo el tiempo. Toda la noche. No se nos ocurrió mirar.
—¿Y cuándo se subió?
—No se subió, Harlan. Ya estaba dentro. Iba con esa mujer de
Tahoka. Estaba ahí tendida, tras el asiento, cuando salimos pitando,
la llevábamos en el coche desde ayer y no se nos ocurrió mirar. No
ha hecho el menor ruido.
Harlan miró a Troy.
—Ayer no había nadie más que nosotros en el coche. Hicimos
setenta kilómetros.
—¿A ti se te ocurrió mirar detrás del asiento trasero? Por
supuesto que no. Y a mí tampoco, porque uno no piensa en algo así
cuando roba un coche, en mirar detrás del asiento por si hay una
niña durmiendo. Probablemente se habrá despertado y habrá
pensado que íbamos a matarla. Apuesto a que es menonita. Como
esos dos niños que salieron corriendo. Y probablemente la mujer
también.
La única parte de la cabeza de Martha que asomaba por la
ventanilla era la coronilla. Troy se limpió el sudor de la cara con la
mano y se quedó mirando el polvo incoloro que llevaba pegado en
los pantalones a la altura de las rodillas y en la punta de las botas,
las que le había robado a aquel juez de ferias de ganado en Fort
Sumner.
—Lleva desaparecida más de doce horas. A estas alturas la
estará buscando medio estado: somos hombres muertos, Harlan.
Están buscando a un par de secuestradores.
Harlan emitió un sonido gutural en señal de protesta por aquella
ocurrencia insólita. Quiso decirle algo a Troy, pero no le salió nada.
Se quedó mirando a la niña otra vez. La media luna de su pequeña
frente ya se había hundido tras el cristal, como si estuviera rezando
o se encontrara mal. En el rostro de Harlan se dibujó una expresión
como de asco, y luego de estupefacción y de negación, no ante los
hechos, que eran demasiado evidentes como para discutirlos, sino
ante la rápida transformación que estaba sufriendo todo cuanto
daba por seguro en su vida.
En algún lugar se oyó una bomba de gasolina que cobraba vida
accionada por un temporizador, marcando el paso del alba al pleno
día. Troy intentó pensar en la situación tal como se presentaba de
pronto, se volvió, echó una carrera hasta la loma para recoger las
bolsas y aprovechó para echar un vistazo a la carretera desde
aquella posición elevada. Abrió el maletero del coche, apoyó la
maleta y esparció su contenido. Sacó una brillante cartera de cuero
y contó los billetes que había dentro. Volvió a guardarlo todo salvo la
cartera y se reunió con Harlan, que estaba situado unos metros más
allá, contemplando el coche y a su ocupante.
—No podemos dejarla aquí.
—Eso es justo lo que vamos a hacer —dijo Troy. Se metió parte
del dinero en el bolsillo de la chaqueta y se agachó para guardarse
el resto en la caña de su bota derecha—. Puede identificarnos,
Harlan. Puede ayudarles a hacer un retrato robot. La única
posibilidad que tenemos es ponernos en marcha ahora, que aún es
temprano, ir hacia el sur, quizá una hora, y conseguir otro coche
antes de que llegue a la carretera y encuentre a alguien que la
recoja. Aunque es una posibilidad muy remota: esta ranchera es
material radioactivo.
Troy miró hacia el coche sin volver la cabeza y vio que la niña los
miraba a su vez, con el cabello iluminado por la luz del sol y sus
grandes ojos pegados al borde de la ventanilla, como un mamífero
exótico observando el exterior desde el terrario de un zoo. Asimilar
todo aquello no era fácil: estaban allí, en una carretera de tierra en
medio de la nada, mirando a una niña desconocida encerrada en el
interior de un coche, que los había dejado fuera de aquel vehículo
que necesitaban más de lo que habían necesitado un coche en toda
su vida. Troy se preguntó cuánto podría tardar la niña en llegar a la
carretera principal y cuánto tiempo pasaría antes de que alguna
furgoneta recorriera la pista donde se encontraban.
—Si conducimos sin parar y tenemos suerte, podemos llegar a
Presidio antes de que anochezca y pasar a Ojinaga.
Harlan frunció el ceño para protegerse del sol y se caló el
sombrero.
—¿Ojinaga? ¿En México? ¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Quizá tengamos que quedarnos un tiempo. O quizá
haya que seguir moviéndose. Depende del tipo de cargos que
presenten cuando la encuentren.
Harlan alzó la vista más allá de Troy, dejando vagar la mirada por
los pastos.
—Esto no me lo puedo creer. No me lo creo.
—Pues ya puedes irte haciendo a la idea.
—Yo no quiero ir a México.
—Entonces puedes quedarte aquí y ver qué pasa.
—Yo me he pasado aquí toda la vida, Troy. En un radio de
veinticinco kilómetros. No sabría vivir en ningún otro sitio.
—Y mira adónde te ha llevado.
Harlan caminó hasta el extremo del camino y escupió en la
zanja, se volvió y gritó:
—¿Y en cambio a ti la vida te ha llevado a un sitio muy
diferente? ¡Mira la mierda en la que nos has metido a los dos en
menos de un día! Debe de ser todo un récord… ¡Y encima dices que
has venido a ayudarme!
Troy volvió a acercarse al coche, manteniendo una distancia
respetuosa. La niña seguía con la cara apoyada en la ventanilla,
pero evitaba su mirada.
Habló marcando la pronunciación, como un profesor de primaria:
—Hola. Si sabes cómo me llamo, ¿por qué no me dices tu
nombre? Eso estaría bien, ¿no te parece? ¿Por qué no giras la llave
y bajas un poco la ventanilla para que podamos hablar? Te doy mi
palabra de que no me acercaré más.
Harlan observaba desde el camino. Lo mismo habría dado que
Troy se hubiera puesto a hablar con el coche.
—No vamos a ganar nada pasándonos el día aquí, entre los
pastos de las vacas. Si nos dejas volver al coche, te llevaremos
hasta el límite municipal de Seagraves y te dejaremos allí para que
tu madre pueda pasar a recogerte. Te prometo que no te haremos
daño.
La niña se giró, solo un poco, para mirar en dirección a Harlan,
pues hasta el menor movimiento le parecía relevante. Se volvió de
nuevo hacia Troy, sin mostrar la menor intención de abrir la
ventanilla, y mucho menos de abrir ninguna puerta. Él dio un par de
pasos tímidos hacia el coche, pero ella se echó atrás y tuvo que
parar.
La niña se lo quedó mirando un buen rato, como si hubiera
entrado en trance, pero al fin volvió a hablar, con una voz apenas
audible.
—Quiero que me llevéis a El Paso.
Fue algo tan inesperado que Troy no tuvo claro si había oído
bien.
—¿Que quieres… qué?
—Ir a El Paso.
Troy le lanzó una mirada a Harlan y luego volvió a mirarla a ella.
—¿A El Paso?
—Sí.
Troy se volvió hacia Harlan, que observaba desde una distancia
prudencial, como si aquello no fuera con él.
—Bueno —dijo Troy, sonriéndole—, nosotros no vamos a El
Paso. No podemos llevarte a cualquier sitio. No eres nuestra hija.
Nosotros ni sabíamos que ibas en el coche; si no, las cosas no
habrían ido así. Vamos a llevarte hasta un teléfono público para que
llames a tu madre, y así pueda venir a buscarte.
La niña no se movió ni cambió de expresión.
—Esa no es mi madre. Es mi tía Johanna. Y no voy a volver con
ella. Quiero que me llevéis a El Paso, con mi papá —dijo, con la voz
más sonora y más clara, con aquel curioso acento germánico que
Troy sabía que tenían los menonitas.
—Mira, ¿por qué no bajas un poquito el cristal, para que
podamos hablar mejor?
La niña lo observó detenidamente, sopesando los pros y los
contras de su propuesta; luego se desplazó ligeramente hacia la
derecha, sin apartar la vista de Troy, al tiempo que alargaba el brazo
derecho hacia el cambio de marchas. De pronto los limpiaparabrisas
entraron en acción, golpeando ruidosamente el polvoriento
parabrisas, y la niña pasó la mano nerviosamente por las palancas
que estaban bajo el volante, buscando el mando para parar aquello.
Su cabecita se hundió de nuevo por bajo de la ventanilla, al tiempo
que se oía un ruido sibilante procedente de la parte baja del coche.
Unos segundos más tarde la ventanilla del conductor bajó varios
centímetros, pero enseguida volvió a subir, dejando solo una mínima
abertura de no más de cinco centímetros. La niña se incorporó hasta
la abertura, metió los dedos de una mano por el hueco y acercó la
boca. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una seguridad que no
tenía antes.
—Quiero que me llevéis a El Paso ahora mismo.
Troy mantuvo su posición cerca del coche, como si fuera algo
que hubieran establecido con la negociación. Harlan dio unos pasos
adelante, girando la cabeza para escuchar.
—Como ya te hemos dicho, no nos dirigimos a El Paso. No
podemos llevarte allí. Quizá tu papá pueda venir aquí a recogerte.
—Mi papá no puede venir a recogerme.
—¿Por qué no?
Ella se lo quedó mirando un segundo.
—Porque no puede ir a ninguna parte. Lo han encerrado en El
Paso. Al otro lado de la frontera. En Juárez.
Troy procesó aquella información sin conseguir hacerla encajar
con la imagen de la niña que tenía delante.
—¿Quieres decirme tu nombre para que podamos hablar?
Ella hizo una pausa. Daba la impresión de que estaba poniendo
en orden sus pensamientos.
—Yo no tengo nada de qué hablar con vosotros —dijo, con un
tono de voz más tenso—. Sé cómo os llamáis y con eso basta. Me
lleváis a El Paso y yo no le digo a nadie vuestro nombre, lo juro
sobre la Biblia. Pero si me dejáis aquí, voy a contárselo todo a la
policía. Voy a decirles que me habéis hecho daño, que me habéis
tocado por la noche donde se supone que no debéis tocar a una
niña. E irán a buscaros, sucios pendejos, os encontrarán y os
encerrarán para el resto de vuestros días. Así que más vale que nos
pongamos en marcha. O si no, matadme y acabad con esto.
—Por Dios bendito —exclamó Harlan, que ya estaba casi junto al
coche.
Troy abrió los brazos y los extendió hacia delante.
—Oye, oye, aquí nadie va a matar a nadie.
Era evidente que la voz de la niña era impostada, que decía todo
aquello de un modo forzado, porque no era ella en realidad quien lo
decía: era alguna niña que había visto en la televisión. Pero eso no
cambiaba nada, porque lo decía en serio, y no pensaba salir del
coche.
Troy se acercó poco a poco, agachando la cabeza en un gesto
de humildad, y se dirigió a ella a través del cristal.
—Tenemos que hacer que vuelvas con tu familia, con tu tía. Ella
puede llevarte con tu papá. Nosotros no podemos ir viajando por ahí
con una niña que no es familia nuestra.
—Yo no voy a volver a Tahoka.
Troy dio otro par de pasos vacilantes.
—Bueno, pues tenemos que buscar el modo de llegar a un
acuerdo, porque nosotros no vamos a ir a El Paso. No podemos
llevarte a ninguna parte. Si abres la puerta, quizá podamos…
El resto de palabras quedaron eclipsadas por un sonido tan
ensordecedor que parecía no proceder de ningún sitio y de todas
partes a la vez; Troy solo había visto que la niña movía las manos.
La bocina de la ranchera bramó desde el motor, primero con una
amarga incertidumbre bovina y a continuación con una intensidad
que partió la mañana en dos. Al oírla, Harlan se volvió y se enfiló la
carretera, como si aquel sonido marcara el final de todo cuanto le
había ocurrido durante las últimas veinticuatro horas. Troy retrocedió
y levantó las manos por encima de la cabeza en señal de rendición.
El estruendo duró varios segundos. Luego cesó, con una ráfaga
de ecos. La niña permaneció de cara al volante, mirando fijamente
al centro con las manos unidas a la altura del pecho. Entonces
volvió a echarse adelante y la bocina estalló de nuevo, provocando
que una bandada de codornices saliera volando de un matorral de
mezquites al otro lado de la carretera; su aleteo quedó enmascarado
por aquel estruendo, tan atronador que Troy lo percibió como una
agresión física. Corrió hasta la puerta del conductor y la golpeó
desesperadamente.
—¡Vale, vale, vale! ¡Maldita sea! ¡Para! ¡Para!
A través de la ventanilla vio que la niña levantaba las manos,
pero manteniéndolas juntas, una sobre la otra. Tardó un segundo en
darse cuenta de que el sonido había cesado y de que le podía oír.
—¡Ya basta! ¡No hace falta que insistas! ¡Con eso no vas a
conseguir lo que quieres! ¿Quieres ir a El Paso? Te llevaremos a
donde demonios quieras. Te llevaremos a Hong Kong, si es ahí
donde quieres ir.
La niña no le miró, pero apartó las manos y usó una de ellas
para apartarse el cabello del rostro antes de recogerlas en el
regazo. Tenía unos ademanes extrañamente formales, como si
estuviera posando para un retrato. Troy tenía el rostro casi contra el
cristal, y cada vez que exhalaba, su aliento se convertía en una
rápida sucesión de volutas de niebla que se evaporaban en aquel
ambiente seco.
Se quedó mirando al interior, sin saber qué pasaría a
continuación. Y entonces, con los ojos puestos en la niña, sin
pensar en lo que estaba haciendo, hundió la llave que aún llevaba
en la mano en la cerradura, sujetó la manilla y tiró de la puerta con
fuerza, abriéndola y llevándose con ella a la niña, que se había
agarrado al otro lado demasiado tarde. Troy alargó la mano hacia
ella, que seguía colgando del agarradero de la puerta, la sujetó del
huesudo brazo, tiró de la niña y la dejó de pie sobre el duro suelo de
tierra. Aprovechando la inercia, se coló en el asiento del conductor,
cerró la puerta y bajó el seguro con la otra mano.
Después de todo lo que había pasado hasta entonces, aquel
rápido intercambio de posiciones resultaba extrañamente pacífico,
prácticamente algo acordado, un visto y no visto, durante el cual la
niña, atónita, no emitió el menor sonido. Ahora estaba de pie,
perpleja, junto al coche, y miraba a Harlan, descolocada, sin saber
qué hacer, pero en cualquier caso no hizo ademán de salir
corriendo.
Cuando oyó que el motor cobraba vida de nuevo, dio un
respingo, retrocedió unos pasos y se volvió hacia Troy, que había
puesto la marcha para intentar liberar el coche de la zanja en la que
estaba atascado. El motor ganó revoluciones y daba la impresión de
que los neumáticos se agarraban al suelo: el gran coche se levantó
medio metro por detrás, pero fue una falsa alarma; la tierra bajo las
ruedas se desmoronó y estas volvieron a hundirse en la zanja,
girando libremente y levantando una polvareda roja como la cola de
un gallo. Troy aceleró y metió una marcha más corta, pero solo
consiguió que el motor gruñera con más fuerza y que las ruedas
giraran más rápido, temblando pero sin ir a ninguna parte.
La nube de polvo salió volando hacia la laguna, proyectando una
sombra en el suelo. Troy bajó la ventanilla unos centímetros y le
gritó a Harlan, que estaba diez metros más allá, detrás de la niña,
contemplando la escena atónito, igual que ella:
—¡Ve a buscar algo que nos sea de ayuda! Busca un trozo de
madera, o la estaca de una valla. A ver si puedes hacer palanca.
Pero Harlan no dio ni un paso. Troy aceleró de nuevo y por fin
dejó el motor en punto muerto.
Harlan sacudió la cabeza exageradamente para que Troy
entendiera el gesto y respondió a gritos, usando las manos para
hacer pantalla alrededor de la boca:
—No voy a hacerlo. No voy a dejar a una niña sola en un campo
como este, Troy. Déjala entrar en el coche otra vez. O yo tampoco
voy.
La niña, plantada junto al coche, prácticamente se interponía
entre ambos, y Troy tenía casi la sensación de que era ella la que le
hablaba.
—No podemos llevárnosla, Harlan —respondió Troy, también
gritando—. Las cosas ya están bastante mal como están.
—Bueno, pues tenemos que llevarla a algún sitio. No la vamos a
dejar aquí. Al menos yo no.
Troy sentía que el corazón le golpeaba el pecho. Estaba tan
furioso que tenía la sensación de que no veía nada, y de pronto tuvo
una visión de la escena, solo que en perspectiva cenital, vista desde
un helicóptero, muda pero bien clara: dos hombres adultos y una
niña pálida como un fantasma contra la enormidad de aquel desierto
de maleza, junto a una salina de aguas blancas, siguiendo los
movimientos de un misterioso ritual o de un arranque de locura en
torno a un vehículo inmovilizado. Y en los extremos de la escena, en
cada carretera en un radio de trescientos kilómetros, otros vehículos
demasiado numerosos como para contarlos, lanzándose a por ellos,
convergiendo en el punto donde se encontraban. Era algo absurdo.
Pensó en salir del coche y marcharse a pie, pero sabía que ya no
tenía la capacidad de desaparecer sin más, como en otras
ocasiones. Pensó en subirse a lo alto del coche, tumbarse en el
techo y abrir los brazos y las piernas al sol, cerrar los ojos y dormir
durante un mes, sin permitir que nadie lo despertara, ni siquiera la
policía, porque sabía que todo había acabado. Había acabado en el
mismo momento en que decidió volver a casa, pero nunca se
hubiera imaginado que acabaría así, de aquella manera tan idiota.
Le sabía mal haber arrastrado a Harlan a aquel fin, especialmente
porque había una niña de por medio, pero las cosas a veces salen
así. Harlan no tenía antecedentes; probablemente no cumpliría una
condena larga.
Troy miró a la niña, que no se había movido del sitio, pero que
parecía llorar en silencio, con gesto impasible, iluminada por el sol.
Harlan se quedó donde estaba, firme en su posición. El sol, a su
espalda, lo convertía en una silueta oscura con el rostro oculto bajo
el sombrero. Troy apagó el motor y se quedó mirándolos un minuto
a través de la polvorienta ventanilla. Se oyó el motor de un camión
con remolque acercándose y luego alejándose, y pensó en lo cerca
que estaban de la carretera asfaltada. Desbloqueó los seguros del
coche y abrió la puerta, rozando el suelo con la parte inferior. Volvió
a acercarse al parachoques para ver lo hundidas que estaban las
ruedas en la zanja y se quedó mirando a la niña. Aunque no sabría
decir en qué estaría pensando, no parecía asustada ni furiosa,
simplemente desamparada, como si no tuviera ningún sitio a donde
ir.
—¿Cómo te llamas, niña?
No hubo respuesta.
—No vamos a llevarte a El Paso.
Ella miró a algún punto detrás de su hombro.
—Te dejaremos cerca de la estación de autobuses más cercana
y te daremos dinero para el billete. De allí podrás ir a donde quieras.
Es el mejor trato que vas a conseguir. Y si lo quieres, más vale que
te decidas, porque nuestros problemas ahora también son tuyos. Si
seguimos aquí apretándonos las tuercas mutuamente, vas a acabar
en una casa de acogida. Ni irás a El Paso, ni a ningún sitio.
La niña no hizo ningún gesto que confirmara que había oído lo
que acababa de decirle, pero se dirigió rápidamente a la parte
trasera del coche, abrió la puerta, se metió dentro y cerró con
fuerza. Bajó los seguros de ambas puertas traseras, se echó hacia
delante por entre los reposacabezas delanteros y recuperó la gran
cazadora de lona que había tirada en el suelo. Con la prenda a
cuestas pasó por encima del asiento trasero y recuperó el lugar
donde había conseguido mantenerse invisible durante tanto tiempo,
escuchando cada palabra que habían dicho. Esta vez no se tumbó,
sino que se sentó mirando hacia delante, con las piernas cruzadas
al estilo indio. Se cubrió los hombros con la cazadora y se quedó
inmóvil de nuevo.
Troy esperó un minuto, sin quitarle el ojo de encima; luego se fue
a la puerta del conductor, la abrió lentamente, se sentó de lado y
encendió de nuevo el motor, escuchando con más atención esta vez
para ver si funcionaba bien. La niña miraba hacia el parabrisas,
como si él no estuviera allí.
—Dejad las dos puertas traseras bloqueadas —dijo, sin
entonación—. Podéis tirar vuestras cosas atrás desde el asiento
delantero. Si desbloqueáis las puertas traseras, gritaré. Si intentáis
tocarme, gritaré y os morderé.
Troy levantó la cabeza, se llevó los dedos a los labios y soltó un
silbido que se hizo oír por encima el ruido del motor. Harlan se lo
quedó mirando sin moverse, pero Troy sabía que volvería al coche.
Tardaron diez minutos en sacarlo, encajando un trozo de poste bajo
los neumáticos traseros, entre otras cosas por el peso
suplementario de la niña, que se quedó sentada en el asiento de
atrás, observándolos. En cuanto Troy y Harlan entraron en el coche,
ella saltó por encima del asiento trasero y abrió la puerta izquierda.
Por un segundo pensaron que habría cambiado de opinión y que
había decidido marcharse, pero se tumbó sobre el asiento, con la
cabeza fuera, y vomitó en la carretera, consiguiendo echarlo todo
fuera del coche. Cuando acabó, cerró la puerta, volvió a su sitio tras
el asiento, se limpió la boca con la manga de la cazadora y adoptó
de nuevo la posición anterior.
Mientras avanzaba por el camino de tierra, el coche emitía un
ruido rasposo e inquietante procedente de detrás del salpicadero,
como el repiqueteo de un viejo proyector de cine mal sincronizado.
El sol ya estaba plenamente visible en el horizonte. Troy se miró la
muñeca y se dio cuenta de que había perdido el reloj en alguna
parte durante la noche. Miró por el espejo retrovisor y se topó con la
dura expresión de la niña.
—En cuanto tomemos la carretera principal te tumbas y
desapareces de la vista, como cuando nos metiste en esto,
¿entendido?
Harlan se volvió para ver a la niña de cerca por primera vez, pero
ella ya se había hundido tras el asiento. Se preguntó si Troy estaría
planteándose parar y dejarla tirada antes de que llegaran a la
carretera asfaltada, y qué haría él si llegara el caso. Pero Troy se
limitó a pisar el acelerador, levantando una polvareda que se
arremolinó tras ellos, y cuando llegaron a la bifurcación de la
carretera las ruedas giraron a la izquierda, dejando el coche
atravesado sobre el asfalto, orientado hacia el oeste. La niña levantó
ligeramente la cabeza y vio los dos carriles, sin tráfico en ninguna de
las dos direcciones.
6
Cuanto más tiempo pasaba Aron en el hoyo, más se adentraba su
memoria en el pasado. Empezó a recuperar imágenes muy vividas
de él subido a un vagón de tren oscuro, en plena noche,
balanceándose con el traqueteo, intentando mantenerse despierto a
toda costa porque no quería perderse nada de lo que le estaba
sucediendo. Era la primera vez que viajaba en tren; era la primera
vez que veía uno, por dentro o por fuera, y no acababa de
asimilarlo. Tendría diez años, quizá once. Su padre, que también se
llamaba Aron, sus dos hermanos menores y sus dos hermanas, una
mayor y una menor, estaban en el vagón con él, amontonados en
los asientos y en el suelo. La bebé, Naomi, que aún no había
cumplido los dos años, dormitaba en el regazo de su madre. Antes
llevaba en la mano un sonajero hecho con una lata de tabaco llena
de cáscaras de cacahuete, pero lo había dejado caer al suelo, y
ahora, con el movimiento del tren, iba dando bandazos por entre los
brazos y las piernas de sus hermanos. El revisor les había dejado
acomodarse a todos en el minúsculo compartimento como familia,
porque sabía quiénes eran y adónde se dirigían: de vuelta a
Manitoba, en Canadá, como tantos otros menonitas de México que
había visto a lo largo de los años. De todos modos el tren iba medio
vacío, así que no sería un problema. La familia tenía el mismo
aspecto que todas: siempre parecía que estuvieran de luto, vestidos
de negro de la cabeza a los pies salvo por las niñas, que llevaban
un pañuelo en la cabeza bordado con pequeñas flores azules y
amarillas.
Aron estaba apoyado en la litera abatible, cerca de la ventana,
contemplando a la luz de la luna el paisaje, que volvía a ser llano,
como en las praderas de Chihuahua y del oeste de Texas. En los
andenes de las estaciones consiguió leer alguno de los curiosos
nombres de los pueblos por los que iban pasando: Carlos, Winger,
Plummer, Thief River Falls. Cuando salió del campo no pudo
llevarse gran cosa; todo lo que Aron consideraba suyo ocupaba un
tercio de una maleta de cartón compartida con sus hermanos.
Antes de que saliera el sol llegaron a Noyes, la última ciudad
estadounidense antes de pasar a Emerson, en el lado canadiense, y
el padre de Aron les dijo que esperaran en el tren mientras él se
ocupaba del papeleo. Pero en cuanto se fue el revisor les dijo que
no podían quedarse en el tren, así que su madre, llorando en
silencio, arrastró las maletas y el baúl con ayuda de los chicos y los
metió en la estación, una pequeña sala de espera con bancos en las
paredes. El padre de Aron habló con el agente sosteniendo el
sombrero sobre el pecho en señal de respeto. El hombre había
salido de su despacho y miraba desde el umbral a todas partes,
como si necesitara que alguien viniera a ayudarle. Cuando vio a la
madre de Aron y al resto de la familia entrando en la estación con
sus posesiones a cuestas, miró al suelo, agitó la cabeza y volvió a
hablarle al padre de Aron, más despacio esta vez. Pero hablaba en
inglés, y no entendía gran cosa de lo que le decía en español, y
mucho menos en bajo alemán. Al cabo de un rato el hombre se
metió de nuevo en la oficina y el padre de Aron volvió, se situó junto
a su madre y le dijo que iba a llevar algo de tiempo; era lo que
ocurría en las fronteras, y era demasiado temprano. Pero cuando
salió el sol llegaron otros dos hombres vestidos con uniformes de un
color diferente al del primer guardia, que salió de nuevo de su
despacho y habló con ellos, mirando muy serio al padre de Aron;
uno de los recién llegados hablaba español y Aron oyó que le decía
a su padre que mientras no pudiera demostrar que él y la madre de
Aron eran ciudadanos canadienses, eran mexicanos. Y que los
niños eran sin duda mexicanos, al haber nacido en México.
—¡Pero yo nací aquí, en esta tierra! —dijo el padre de Aron en
español, intentando no levantar la voz—. La señora Zacharias
también nació aquí. Somos ciudadanos del Dominio. Somos de
Manitoba.
—No está usted en Manitoba, señor —dijo uno de los agentes
recién llegados—. Está en este lado de la frontera, y no podemos
dejar pasar a cualquiera solo porque diga que es de ahí y quiere
volver. Tenemos leyes que hay que cumplir. No podemos saltarnos
la ley.
El hombre cogió una caja de zapatos llena de documentos, los
de la familia, y le dijo al padre de Aron que fuera con ellos. Unas
horas más tarde llegaron tres mujeres de una iglesia local con una
cazuela de chile con carne y tacos para la familia. Pero justo detrás
de ellas llegaron dos hombres con aspecto de agentes de policía
que le indicaron con gestos a la madre de Aron que tenían que
llevarse el equipaje. Cogieron las maletas y el arcón del andén, los
abrieron y lo esparcieron todo —ropa, mantas, herramientas,
utensilios de cocina, recuerdos, ropa interior— por el suelo. Se
cubrieron la cara con unas mascarillas blancas como las de los
médicos y, con una lata plateada conectada a una manguera de
goma marrón rociaron todas las posesiones de la familia con un
producto contra la fiebre aftosa mientras Aron y los otros niños
observaban atónitos a través de la ventana de la estación con la
boca llena de pan.
—Schau! Regenbogen! —les dijo Aron a sus hermanos y,
efectivamente, por un momento apareció un arco iris sobre la niebla
que emergía de la manguera y cubría el andén. Era una especie de
nube terrestre, pero apestaba, como a queroseno. Las mujeres de la
iglesia parecían incómodas y no le dijeron nada a la madre de Aron,
que se quedó sentada arrullando al bebé, con la mirada fija en la
pared sin ventanas del otro lado de la estación.
Al caer la noche, la familia ya estaba a bordo de otro tren con
billetes de vuelta pagados, pasando por St. Paul. Su equipaje iba en
un vagón diferente, de mercancías, fumigado sin motivo. Aron no
tenía recuerdos del paso por Minnesota al volver ni de cómo
recorrieron el resto del camino hasta Chihuahua, y años más tarde
las imágenes del viaje le volverían a la mente más como un sueño
que como un recuerdo, con impresiones fugaces de un paisaje
extraño desde la ventanilla, de despertares repentinos, de miedo y
de hambre. Una vez estuvieron de vuelta en el campo, no parecía
que hubiera cambiado nada; no recordaba que nadie les diera
siquiera la bienvenida; la gente actuaba como si ni tan solo hubieran
intentado marcharse. Aquel verano fue seco y cálido como el
anterior, y todos trabajaron igual de duro en la tierra; la única
diferencia era que la nueva casa en la que vivían era más pequeña
y que entraban más moscas por las mosquiteras.
Arón oyó el ya familiar roce metálico por encima de su cabeza, y
levantó la vista en dirección al círculo de luz cetrina y la reja había
desaparecido. Cuando vio bajar la escalera se puso de pie junto a la
pared del hoyo para evitar que le golpeara. Una voz le dijo que
subiera y que esta vez llevara la Biblia consigo.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo. ¿Qué otro motivo puede haber?
Apoyó los pies en los peldaños pero por primera vez tuvo la
impresión de que no conseguiría llegar hasta lo alto. Se puso la
Biblia bajo el brazo e inició la ascensión, pero solo consiguió subir
cuatro peldaños antes de tener que parar a descansar. La luz del
agujero desapareció: la cabeza del guardia la eclipsaba al mirar
hacia el interior para ver cuál era el problema.
—¡Ándale! —dijo, y sacudió la escalera. Aron se cayó y aterrizó
dolorosamente sobre los talones de sus pies descalzos. Recogió la
Biblia y la segunda vez consiguió subir lo suficiente para que el
guardia pudiera agarrarlo del cuello de la camisa y tirar de él.
—Por favor, no se la lleve —dijo, sujetando la Biblia, de rodillas,
frunciendo los párpados para protegerse de la incómoda luz del sol
y hablando en español por primera vez en meses.
—No voy a llevármela, cabrón —dijo el guardia, riéndose—. Vas
a llevártela tú. Como recuerdo del tiempo pasado en nuestro resort
tropical —añadió, recogiendo la cuarteada Biblia encuadernada en
falsa piel negra, que tenía las páginas marrones, como hojas
muertas.
Apartó la cabeza con una mueca.
—Huele como la mierda. Huele aún peor que tú, alemano.
Se llevó a Aron a una celda normal que estaba vacía y le dijo
que se quitara toda la ropa, que era la que llevaba desde el primer
día. Otros dos guardias lo rociaron con agua fría de una manguera y
le dieron una toalla. Le entregaron unos pantalones de algodón
blancos y una camisa del mismo material, finos como el pijama de
un niño, y un par de huaraches tiesas que le venían pequeñas y en
las que solo podía introducir la punta de los pies. Sabía que por ley
tenían que devolverle los billetes y las monedas que llevaba en el
bolsillo en el momento de su detención, pero solo le dieron un
documento de salida, le hicieron pasar por una serie de despachos
que no había visto nunca y lo sacaron por la puerta de un garaje que
daba a un aparcamiento vacío. Se cubrió los ojos con una mano y
se quedó unos minutos allí, junto a la puerta cerrada, encorvado,
como si la luz del sol y el aire libre lo presionaran contra el suelo.
Por fin se agachó, apoyó la Biblia en el asfalto, junto a la pared del
penal y se sentó encima, esperando a que viniera alguien que le
dijera qué hacer a continuación.
Troy condujo por carreteras rurales, pero evitando las de tierra,
zigzagueando hacia el suroeste, en dirección a Kermit, casi en la
frontera con Nuevo México. Decidió ir tan lejos con la ranchera
únicamente porque con cada kilómetro que consiguieran alejarse de
Tahoka, evitando las poblaciones importantes y pasando por zonas
despobladas, más posibilidades tenían de conseguir otro coche sin
que les vieran. No podían cambiar de coche en un pueblo, ni
siquiera en la periferia de algún centro habitado. Eso les dejaba
básicamente las granjas y los ranchos, que presentaban sus propios
riesgos, producto de su mismo aislamiento: perros —rabiosos,
prácticamente salvajes, en ocasiones numerosos, sueltos y en
ubicaciones impredecibles—; vías de acceso de tierra, lo cual hacía
imposible acercarse sin levantar una nube de polvo, que les
delataría a un kilómetro de distancia; casas llenas de armas, más a
mano de lo que estarían en un pueblo; los coches aparcados en el
exterior, a plena vista, al sol, como el cebo de una trampa.
En una carretera de un carril entre ranchos a medio camino entre
Kermit y Monahans vieron una casa minúscula curiosamente
apartada de todo. Alguien había empezado a rebozar la fachada
pero se habría quedado sin dinero o sin ganas, porque bajo el tejado
se veía la capa de tela asfáltica. Los pollos —había unos cuantos
apretujados en la poca sombra que quedaba— habían dejado el
jardín pelado. No había modo de saber si habría alguien dentro. La
puerta y la mosquitera estaban cerradas y las dos ventanas
frontales, que daban al sur, tenían una cobertura opaca para
protegerlas del sol.
Troy redujo ligeramente la velocidad al pasar por delante, pero
unos cientos de metros más allá sacó el coche de la estrecha
carretera, hizo rebotar las ruedas sobre el terraplén del arcén, giró
de nuevo hacia el asfalto y volvió a subirse al arcén contrario,
invirtiendo la marcha. Pasaron frente a la casa a toda velocidad y
siguieron unos cientos de metros más; luego Troy frenó, cruzó
suavemente el arcén, lo introdujo en un campo de sorgo segado y lo
situó junto a un realce del terreno cubierto de mesquites y arbustos
en los que se quedaban prendidas las plantas rodadoras del
desierto. Paró el motor. Tras tanto tiempo oyendo el rugido del
motor, el silencio que se crea al parar puede resultar impactante. Y
el hecho de estar huyendo lo hacía aún más impresionante, casi
funesto. Troy se volvió y no vio a la niña. Harlan tampoco se hacía
notar: no decía nada, se limitaba a mirar hacia delante, con el codo
derecho colgando del hueco de la ventanilla; por su aspecto daba la
impresión de que ya no le importaba lo que pudiera pasarle o
adonde le llevaran.
—Voy a dejar las llaves puestas —dijo Troy—. Si ves aparecer a
alguien tras la loma y no soy yo, ponte al volante enseguida, sal
pitando y toca el claxon. Sube la ventanilla y pon los seguros en
cuanto salga del coche.
Troy salió sin la menor convicción de que Harlan haría ninguna
de todas aquellas cosas, pero después de todo tampoco importaba.
Regresó en menos de cinco minutos, acercándose al trote. Dio unos
golpecitos con los nudillos en la ventanilla trasera del coche y les
hizo un gesto a Harlan y a la niña, que de pronto se hizo visible.
Harlan miró por el retrovisor lateral y vio el morro redondeado de
una cosa negra muy brillante situada en la carretera tras ellos,
oculto en su mayor parte tras la maleza. Parecía el morro de un
coche fúnebre.
Troy metió la mano por la ventanilla para desbloquear la puerta
trasera, cogió las bolsas y le dijo a la niña que se apresurara a salir.
Harlan rodeó un matorral de mesquite y vio en su totalidad el coche
que había encontrado Troy, un Ford Business Coupé negro de 1950
tan nuevo que parecía recién salido de fábrica. Las ruedas tenían
las características bandas blancas, inmaculadas como la nieve
recién caída, y la parrilla frontal, que acababa en una punta cromada
con aletas justo en el centro, reflejaba tanto la luz del sol que era
imposible mirarla directamente. Harlan apoyó la mano en la curva
del guardabarros trasero.
—Desde luego, para cualquier ladrón de coches esto sería todo
un hallazgo.
Troy abrió la puerta del conductor, echó los bultos dentro y la
mantuvo abierta.
—Es una pena, eso es lo que es —respondió—. Esto no es un
simple coche. Es como robarle el hijo a alguien. Además, va a ser
como conducir un megáfono por la carretera, diciéndole a todo el
que nos encontremos: «¡Echen un vistazo a los que van en este
coche de época! ¡Menudo cochazo! ¡Cuénteselo a sus amigos y
vecinos!». Vamos a librarnos de él en cuanto podamos, y nos
aseguraremos de dejarlo en el mismo estado en que lo
encontramos.
Troy le echó una mirada a la niña, que les había seguido por la
carretera asfaltada arrastrando la inmensa cazadora beige que
parecía ser su única posesión en el mundo. Miró el costado del cupé
sin hacer ningún gesto, mostrándose dócil, como si esperara
instrucciones. Troy echó el asiento hacia delante y ella subió al de
atrás, que resultó ser más grande de lo que parecía desde el
exterior; era como si estuviera sentada en el sofá de un salón de té.
Metió los brazos en las mangas de la cazadora y se situó en el
centro del amplio asiento de cuero, con la cabeza encogida en el
cuello de la prenda y las manos ocultas en las mangas, como una
tortuga, invisible salvo por las piernas y el cabello opalescente.
El interior del cupé olía a detergente y a cera. Estaba claro que
allí dentro no había fumado nunca nadie, y el cuentakilómetros no
llegaba ni a los cinco mil. Solo tenía dos puertas, pero parecía
mucho mayor que la ranchera, como si su perímetro pudiera
contraerse y expandirse a voluntad. Troy les prohibió tocar nada, ni
siquiera las manillas de las ventanillas, aunque el coche estaba
fresco por dentro incluso con las ventanillas subidas; probablemente
había permanecido en un garaje a oscuras durante años, donde le
habrían limpiado el polvo cada semana. Los paneles del salpicadero
y de las puertas eran de madera de castaño pulida y los asientos
eran de cuero marrón, con costuras cada seis o siete centímetros
para facilitar el paso del aire, firmes y altos para proporcionar la
mejor visión posible por las ventanillas, tintadas con un suave color
verde como el de las botellas de Coca-Cola.
Durante los primeros minutos que pasaron en la carretera, Troy
se sintió eufórico por el simple hecho de ir en un vehículo así, con
unos espléndidos amortiguadores; más que un coche, aquello era
un museo de la automoción. Pero a los pocos kilómetros aquel
interior tan inmaculado empezó a resultarle extraño, como si el
dueño hubiera decidido, en un impulso perverso, que no se notara
que el coche tenía propietario, que pareciera que nunca lo había
conducido nadie. Le recordó un Chevrolet 210 que le habían
encargado llevar a Fort Worth. El interior olía a desinfectante
perfumado a la naranja, que en realidad no era desagradable, hasta
que Troy empezó a preguntarse si aquel olor no tendría como objeto
tapar otro. ¿Habría sufrido un accidente? ¿Habría muerto alguien en
aquel coche? El olor le activó la imaginación hasta el punto de que
empezaron a darle escalofríos, y acabó dejando tirado el coche
antes de acabar el trabajo.
A medida que avanzaban hacia el sur por las carreteras
próximas a Monahans, la pradera fue volviéndose más pálida y
arenosa, y solo se veían matorrales, lo único que evitaba que la
tierra seca, alisada por millones de años de erosión y de viento,
acabara erosionándose del todo y desapareciendo. Mirando hacia el
horizonte aún daba la impresión de que era una superficie
completamente lisa, pero empezaban a aparecer unas dunas bajas,
oscurecidas por la uniformidad del entorno, ilusión óptica que solo
se rompía con la aparición esporádica del martillo de algún pozo de
petróleo empujando rítmicamente la bomba. Quince minutos
después de pasar la población cruzaron el río Pecos, sin ninguna
señalización especial pese a su importancia histórica en la conquista
del Oeste. A lo lejos, hacia el suroeste, los montes Davis levantaban
una barrera entre la tierra y el cielo, marcando el fin de la llanura,
que no volvería a aparecer hasta el lado mexicano, donde
empezaba el desierto.
Tomaron una serie de carreteras secundarias al sur del Pecos en
dirección al pueblo de Balmorhea, sin cruzarse con muchos
vehículos; la mayoría eran camionetas de granjeros. Los hombres
que las conducían saludaban como en un acto reflejo, levantando
dos dedos del volante, antes de darse cuenta de lo que se les venía
encima, y luego se giraban para ver mejor el reluciente cupé
alejándose. Harlan ya había dejado de preguntarse cuántas
personas estarían buscándolos; tenían que ser cientos, pero la cifra
se perdía en lo abstracto. Desde su posición, en el asiento del
acompañante, no podía ver a la niña por el retrovisor, así que se
colocó de lado y volvió la cabeza lentamente para satisfacer su
curiosidad: se había dormido. Estaba sentada, echada hacia
delante, como si de pronto hubiera perdido la conciencia, con la
cabeza apoyada contra la bolsa de Troy y su delicado cuerpo
encorvado sobre el asiento. Harlan vio que tenía los dientes muy
pequeños y separados; le salían de las rosadas encías como las
estacas de un cercado. La cazadora se le había caído de los
hombros y se le había quedado arrugada sobre las piernas. Las
cortas mangas de la blusa apenas le cubrían los brazos, de piel
suave y sin marcas, ni siquiera la característica media luna de la
cicatriz de la vacuna de la viruela que luciría cualquier niña
estadounidense de su edad. Pero por lo demás, mirándola de cerca,
no parecía tan diferente de cualquier otra niña estadounidense,
salvo por la palidez de su piel y por su cabello. Llevaba unos
vaqueros desgastados de niño y una blusa estampada de color rosa
con botones hasta el cuello que parecía reaprovechada, pero no
hecha en casa. Harlan se preguntó si los alemanes de Alemania, o
de donde fuera que vinieran los menonitas, eran así de pálidos, o si
el hecho de vivir en México les había aclarado la piel y el cabello
aún más, haciendo que destacaran más de lo que ya destacaban
normalmente. Un operario menonita le dijo una vez que ellos se
llamaban a sí mismos «los silenciosos de la tierra», y lo recordaba
porque sonaba muy bien, pero también porque le parecía que los
describía perfectamente, al menos a los que él conocía, un pueblo
que siempre estaba ahí pero que nunca se dejaba ver demasiado.
Tras una media hora de silencio, Harlan encendió la radio, que
tenía sintonizada una emisora en español, y el coche se llenó de
una música de fiesta tocada con tubas y trompetas que sonaba
limpia y clara, como si la emisora estuviera justo ahí fuera.
Troy alargó el brazo y la apagó. Se había puesto las gafas de sol
y conducía muy tieso, sujetando el volante a las diez y a las dos
como un estudiante de autoescuela, y mirando de reojo el
velocímetro para ver hasta dónde podía apretarle al motor.
—¿Qué vamos a hacer con ella? —dijo Harlan—. No puede
tener más de diez años.
Troy tensó los muslos para levantar un poco el cuerpo y ver a la
niña por el retrovisor.
—De momento seguimos conduciendo. Ya se nos ocurrirá un
modo de dejarla en Fort Davis si es que llegamos hasta allí: espera
a que anochezca. La encontrarán tratando de coger un autobús, y
mañana estará de vuelta en Tahoka. No le pasará nada.
—¿Y nosotros adónde vamos?
—Nuestra opción más segura es Presidio, al sur. Cuando
rebasemos la carretera principal, llegar a México es solo cuestión de
tiempo. Conozco a alguien que quizá pueda ayudarnos a cruzar la
frontera.
—Siempre dices que conoces a alguien pero nunca he visto a
ninguno de esos conocidos tuyos. Apuesto a que conoces a tanta
gente en Presidio como yo. ¿Tú hablas español?
—Me defiendo. Tú debes de haber aprendido algo.
—Unas cuantas palabras, que recuerde, de Inés. Le gustaba
enseñarme. Bettie nunca quiso hacerlo. Me dijo que quería olvidar
su viejo idioma. Aprendió inglés muy rápido.
La niña empezó a moverse en el asiento de atrás con un sonido
ahogado como el del llanto, pero luego pareció que se despertaba,
tomó conciencia de la situación y se calló de nuevo. Irguió el cuerpo
y se envolvió con la cazadora; su larga melena cruzó su rostro como
una cortina mal corrida, creando una barrera visual entre ella y los
dos hombres que tenía delante.
Troy y Harlan dejaron de hablar y se dedicaron a observar las
montañas, cada vez más próximas, a través del parabrisas. Diez
minutos después la voz de la niña rompió el silencio:
—Tengo mucha hambre, Troy. ¿Podemos parar en algún sitio a
comer? También necesito ir al baño.
En los últimos dos años solo Harlan había llamado a Troy por su
verdadero nombre. Martha lo usó simplemente porque le habían
enseñado a dirigirse a los adultos con educación, y porque no sabía
su apellido.
—No me llames así… no es mi verdadero nombre —se defendió
él—. Si quieres algo, pídelo y ya está.
Martha miró la nuca de Troy. Estaba pálida, no morena o roja por
el sol, como la de todos los hombres adultos que había conocido en
su vida.
—Así es como te llama tu hermano.
—¿Qué te hace pensar que es mi hermano?
Martha se tomó un momento para pensar cómo responder.
—Tengo oídos —dijo.
—No tienes ni un dato cierto sobre ninguno de los dos, aunque
creas que así es. No vamos a pasar tanto tiempo juntos como para
que haga falta usar nombres. En cuanto caiga la noche te
dejaremos en una estación de autobuses y te buscas la vida.
—He oído lo que habéis dicho antes, que si intento subirme a un
autobús me llevarán a Tahoka.
Troy la miró de nuevo por el retrovisor y se encontró con sus
ojos.
—Se te da de perlas eso de escuchar, ¿eh? Eres un poco joven
para subirte a un autobús por tu cuenta. ¿Pero quién sabe? Quizá
tengas suerte.
—Quizá les diga cosas sobre vosotros —dijo.
—No te esfuerces, señorita —respondió Troy, volviendo a fijar la
vista en la carretera. Ya estamos hasta el cuello; nada de lo que
digas puede empeorar la situación.
Ella esperó un momento antes de decir lo que acababa de
ocurrírsele.
—No es que no quiera volver a Tahoka. Es que… no puedo
volver.
Troy la miró.
—¿Y eso por qué?
La niña no respondió, y Troy tuvo que preguntarle otra vez qué
quería decir.
—Porque allí me hacen daño.
Harlan se volvió hacia Troy, que seguía mirando a Martha a los
ojos por el retrovisor.
—¿Quién te hace daño?
Martha no dijo nada.
—¿Tu tío? ¿Tu tía? ¿Qué quieres decir con eso de que te hacen
daño?
Ella decidió dejarlo así, callarse, para ver qué efecto tenían sus
palabras. No había contado nunca una mentira tan descarada, y
ahora le daba miedo no haber sido demasiado convincente, con tan
pocas palabras, mirando directamente a los ojos de un hombre.
Ni Troy ni Harlan volvieron a decir nada; se limitaron a seguir
adelante en silencio.
Ella miró al que sabía que se llamaba Harlan, que se había
girado ligeramente en dirección a ella, como si quisiera hablar. Si no
hubiera oído su voz y se hubiera hecho una idea de qué clase de
hombre era, tendría más miedo de él que del otro, porque tenía un
rostro más rudo, el aspecto de alguien al que preferiría no hablar si
fuera ella la que tuviera que escoger. Un bigote gris castaño con
unos pelos tiesos como el alambre surcaba sus mejillas, y llevaba
un sombrero vaquero manchado de sudor incluso dentro del coche,
echado hacia atrás, de modo que se le veía toda la frente: morena,
curtida, surcada por cientos de arrugas como hilos. Por fin se volvió
del todo.
—Yo me llamo Harlan —dijo—. ¿Tú cómo te llamas, niña?
Por el modo en que la miraba supo que quería saberlo de
verdad.
—Martha.
—¿Y de apellido?
—Mi nombre completo es Martha Mary Zacharias.
En cuanto lo dijo dudó de si había hecho bien revelándolo, y tuvo
miedo de haberles cedido parte del poder que ella ostentaba por
saber los nombres de ellos. El hermano más grandullón no
respondió; se limitó a observarla con aquella cara enorme suya,
como si intentara buscar una conexión entre su nombre y su
aspecto, o con alguna experiencia previa que hubiera tenido con ese
nombre. Ella no le devolvió la mirada, pero la incomodaba sentir que
la miraba, así que se giró y se dedicó a contemplar el paisaje, que
empezaba a ser más agreste, cada vez menos parecido a Texas y
más a Chihuahua. Sabía lo suficiente del mapa de Texas —
especialmente del suroeste del estado, donde había muy pocas
poblaciones— como para hacerse una idea de dónde estaban.
—Necesito comer —repitió—. Llevo todo un día sin comer.
Troy habría deseado tener un reloj. Miró por el extremo del
parabrisas buscando el sol, y le pareció que ya estaba bajando,
aunque era difícil de decir. Pese a que el otoño ya estaba avanzado,
el sol de Texas podía caer con la misma fuerza que en verano, pero
siempre incidía desde el ángulo equivocado, el ángulo descendente,
y te daba directamente en los ojos. A la izquierda del coche se
extendían las sombras de los postes telefónicos, aunque los cables
que conectaban los postes no parecían proyectar ninguna sombra,
dejando incompleta la imagen.
Troy no tenía ninguna intención de parar en ningún sitio hasta
que llegaran a Presidio. Incluso comprar comida desde el coche
implicaría un nivel de riesgo inaceptable. Pero ocho kilómetros antes
de llegar a la carretera se cruzaron con un coche patrulla de la
policía estatal. La niña también lo vio. No llevaba las luces del techo
encendidas, pero iba a algún sitio a toda prisa, rebotando sobre los
amortiguadores, y enseguida disminuyó de tamaño hasta perderse
en la nada apenas treinta segundos más tarde. Cuando pasaron por
debajo de la interestatal y redujeron hasta frenar al otro lado, Troy
se detuvo en la señal de stop durante un tiempo inusualmente largo
pese a que no venían coches. El ruido de los camiones de la
autopista que acababan de cruzar aumentaba y menguaban
progresivamente, procedente de ambos lados, con un ritmo
irregular. En lugar de seguir adelante hacia el sur por aquella
carretera secundaria, Troy torció a la derecha por la vía de servicio
de la interestatal hasta incorporarse a una pequeña carretera
asfaltada que giraba bajo la interestatal y siguió adelante, dejando
atrás una serie de edificios y vehículos, hasta que llegaron a las
afueras de Balmorhea. Sin necesidad de que se lo dijeran, Martha
se agachó y se escondió. Entraron en las calles del pueblo, y Troy
parecía saber adonde se dirigía. Giró varias veces hacia la derecha,
dejando atrás remolques y pequeñas casitas hasta llegar a un motel
de aspecto mísero, que rodeó dos veces. El motel estaba construido
con bloques de hormigón pintados y tenía un patio vallado con
alambre y una piscina que, contrariamente a lo que cabría esperar,
parecía estar llena de agua.
Se detuvo en la esquina y metió el coche en el aparcamiento del
hotel. Se volvió hacia la niña, oculta bajo el asiento trasero.
—Vamos a buscarte algo de comer. Pero quiero que te quedes
ahí abajo y que te tapes todo el cuerpo con esa cazadora, y que no
hagas ningún ruido hasta que volvamos a por ti. ¿De acuerdo?
5 de noviembre de 1972
Durante meses, no sentí la muerte de Bill Ray. Hacía tanto tiempo que
no lo veía que su muerte no cambió nada en un principio, aunque lo
cambiara todo para siempre. Cuando lo asumí por fin empecé a
imaginarme el duelo como una serpiente envolviendo una piedra en
círculos sin parar, intentando buscar un modo de penetrar en ella. Se
deslizaba incansablemente, hasta que de pronto daba un salto y
mordía la piedra, y eso le producía un dolor insoportable. Al principio la
serpiente intentaba entrar en la piedra con rabia, una y otra vez. Con el
paso del tiempo iba intentándolo cada vez con menos frecuencia, pero
cuando lo hacía sentía el mismo dolor, o quizá peor, porque en el
intervalo se le había olvidado lo insoportable que era. En esas
circunstancias, podía parecer que era la serpiente la que sufría el dolor.
Pero yo siempre pensaba en la piedra, que no se rompía ni se movía lo
más mínimo. La serpiente era pura vida. La roca era yo, y los hechos,
inmodificables.
Recuerdo la última vez que hablé con Bill Ray por teléfono, aunque
el paso del tiempo ha borrado en parte el recuerdo, distorsionándolo
cada vez más. Ahora tengo la sensación de haber sido consciente de
que el infarto se acercaba durante aquella conversación, y de que, de
algún modo, habría podido hablar con él en los últimos días de su vida,
llamando a un número inexistente que me pondría con un teléfono
negro al fondo de una cueva negra mil kilómetros por debajo de la
superficie terrestre, adonde él habría huido para escapar del ángel de
la muerte. Eso hace que recordar el contenido de la conversación —tan
breve como la mayoría— me resulte aún más difícil. Hablamos del
tiempo, de alguna noticia insustancial del pueblo, de sus últimos
problemas con la camioneta, aunque en realidad de lo que habríamos
tenido que hablar —y de lo que no se hablaba nunca— era del cuidado
que poníamos ambos en evitar el tema de lo que yo hacía (robar
coches), de cómo me ganaba la vida (ídem) y de cuándo pensaba
pasar por casa para verle (no en un futuro próximo, por motivos
relacionados con las respuestas anteriores). El recuerdo de aquella
conversación se refleja de forma recurrente en un sueño que tengo
últimamente, un sueño en el que descubro por casualidad un medio
para hablar con mi fallecido padre por teléfono. Siempre es el mismo
teléfono, en un diner de una estación de servicio para camiones en la
Interestatal 10, cerca de Fort Stockton, un lugar real en el que a veces
como y donde uso las duchas de pago.
En el sueño, estoy sentado en el diner y pido una taza de café.
Espero, a veces solo unos minutos, pero otras veces durante horas, y
se hace de noche, mientras observo el auricular de color caoba
colgado de la pared sobre la mesa, junto a una máquina de discos en
miniatura. En realidad es un teléfono sin línea exterior, que sirve solo
para hacer pedidos. Pero al final el teléfono suena y oigo su voz al otro
lado de la línea. Parece contento y relajado, quizá algo adormilado.
Habla en voz baja, como si quisiera evitar que le oyeran. Eso me hace
pensar que no puede decir nada sobre dónde está ni de cómo es ese
lugar, de modo que las llamadas tienen que ceñirse a esos límites, y se
llenan de parloteo insustancial; él cambia de tema cada vez que la
conversación se acerca a cualquier cosa. Pero a mí me habría dado
igual aunque hubiéramos hablado de impuestos. En el sueño, yo vivía
para recibir esas llamadas, que sabía que ningún otro ser humano de la
historia habría podido recibir.
Troy se sacudió el polvo lo mejor que pudo de las rodillas y los
codos de su traje y firmó en la ficha con Harlan a su lado, en el
minúsculo vestíbulo del motel, amueblado con una silla plegable,
una planta de aloe vera cubierta de polvo y un pequeño televisor
sobre un carrito de metal. Troy se había preparado una historia que
contarle al dueño, un hombre hispano bajito y de rostro brillante,
pero este no parecía interesado en saber de dónde venían ni
adonde iban. Evidentemente había mirado al exterior y había visto el
reluciente Ford de época en el aparcamiento, pero no hizo ningún
comentario. Aunque Troy no pensaba quedarse toda la noche, pagó
dieciséis dólares por los dos y cogió la llave de la habitación,
colgada de un llavero de plástico de unas dimensiones absurdas.
Una vez en la habitación, extrajo una fina lámina de metal de la
cartera, la insertó apenas en el hueco del pomo de la puerta que
daba a la habitación contigua e hizo saltar el seguro. Entró, echó la
cadena a la puerta principal y corrió las cortinas.
—Vuelve a recepción y pídele algo —dijo—. Ponte frente a la
ventana un minuto, tapándole la vista.
—¿Y qué quieres que le diga?
—Pregúntale si las habitaciones siempre han olido así de mal.
Troy abrió la puerta, miró en dirección al coche y hacia la
carretera.
—Es broma. No te lo pongas en contra. Y no intentes charlar de
cosas insustanciales. Pídele unas toallas de más. Eso le tendrá
entretenido lo suficiente.
Harlan se fue al despacho del dueño y, en cuanto estuvo dentro,
Troy se fue al coche, abrió la puerta trasera y sacó su bolsa. Le
quitó la cazadora a la niña y le dijo que se levantara rápido sin decir
nada. Sostuvo su bolsa con la mano izquierda e hizo pantalla con su
cuerpo, situándolo entre la niña y la esquina del motel donde estaba
el despacho, guiándola hacia la puerta abierta de la habitación. Ella
avanzaba con pasos vacilantes, asustada, e intentó resistirse a
entrar, pero él tiró de ella y no dejo de tirar hasta meterla en la
habitación contigua.
—Esta es tu habitación, para ti sola. Si guardas silencio, iré a
buscarte algo de comer.
Ella se quedó junto al umbral de la habitación a oscuras, sin
decidirse a entrar del todo.
—No quiero quedarme aquí —dijo—. Quiero que sigas
conduciendo.
—Pues ya somos dos. No vamos a pasar aquí la noche. Solo
necesito un rato para ocuparme de algo.
—No quiero una habitación. Quiero dormir en el coche.
—No puedes quedarte en el coche. Vamos a cambiar de coche.
Siéntate en la cama, mantén silencio y yo iré a buscarte comida. No
enciendas la tele. Si alguien llama a la puerta, no digas ni una
palabra, y no te muevas. ¿Me entiendes? Si nos ayudas, todo irá
bien. Te llevaremos lo más cerca de El Paso que podamos.
Cerró la puerta y observó por primera vez la habitación, que era
aún peor de lo que se esperaba: dos camas individuales bajas de
madera de pino, con colchones finos sin somier; el televisor anclado
a la pared; un lavabo de un color carne desconcertante, en la misma
habitación, junto a un armario con escritorio integrado; la pintura
desconchada en los bloques de hormigón más próximos al suelo por
alguna humedad, que añadía a la habitación un olor a váter; y una
lámina barata enmarcada en la pared con un vaquero sobre un
caballo encabritado, al que algún cliente anterior le había dibujado
una nube de flatulencias saliéndole del culo.
Troy esperó a que volviera Harlan y luego salió al pasadizo
cubierto donde estaban la nevera del hielo y las máquinas
expendedoras. La máquina de cambio de monedas funcionaba;
introdujo varios billetes y con las monedas compró una Coca-Cola y
unos tentempiés, pulsando botones al azar hasta obtener un puñado
de chocolatinas y unas bolsas de vivos colores. Volvió dando un
rodeo, para echar un vistazo a los pocos coches aparcados en el
perímetro del hotel. Pasó junto a la piscina y oyó voces en el interior,
pero no pudo ver quién se bañaba a causa de los tablones de resina
verdes y blancos fijados a la valla metálica. Cuando volvió a la
habitación dejó parte de la comida en el escritorio par Harlan y para
él, llamó a la puerta y le dio el resto y la Coca-Cola a la niña. Ella
miró los paquetes envueltos en celofán que le ofrecía Troy con la
puerta entreabierta, los cogió uno por uno sin decir palabra y volvió
a cerrar la puerta.
—Quédate con ella; voy a explorar el terreno —dijo Troy.
—El viejo de la entrada sabe algo. No dejaba de mirarme con
una sonrisa de comemierda todo el rato que he estado ahí.
—Debe de haber visto a la niña, eso es todo. Déjale que piense
que tenemos una niña. No es la primera vez que ve algo así.
—¿Y si se pone a hacer ruido?
—No lo hará; quiere llegar todo lo lejos que pueda. Pero tú no
salgas de la habitación. Cuanta menos gente nos vea, mejor.
Troy dejó la chaqueta en la habitación. Se fue a la máquina de
Coca-Cola, sacó una botella de Sprite, se acercó a la piscina, abrió
la puerta de la valla y entró. En el otro extremo de la piscina había
tres niños rubios casi idénticos y de una edad muy parecida, todos
menores de diez u once años, y un hombre con el cabello muy corto
que sin duda sería su padre, de pie en la parte que menos cubría
con una pelota de voleibol entre las manos, observando a los chicos
mientras practicaban sus acrobacias saltando del trampolín.
El hombre echó una mirada rápida en dirección a Troy al ver que
se acercaba, pero no le dijo nada. Estaba atento a las piruetas y los
chapuzones de los chicos, dirigiendo el orden y la complejidad de
las piruetas al tiempo que movía el balón arriba y abajo o hacia los
lados, como si fuera un mecanismo señalizador.
—Vale, vamos a hacer el holandés otra vez. Pero esta vez quiero
que la entrada sea limpia. Y te hablo a ti, Mark.
Uno de los chicos, Troy no supo muy bien cuál, respondió:
—Sí, señor.
Los tres se alinearon por alturas, el más alto delante, frente al
escalón del trampolín bajo y fueron tirándose uno tras otro en rápida
sucesión, saltando bien alto y girando con los codos, las rodillas y el
torso encogidos de cara al trampolín, estirándose tras el giro para
entrar en el agua sin hacer ruido, casi como en cámara lenta. Lo
hicieron con tanta facilidad que a Troy le hicieron pensar en los
delfines.
Cuando acabaron, el hombre se los quedó mirando sin decir
nada, sosteniendo el balón de voleibol hacia delante con los brazos
rectos. Al cabo de un momento gritó:
—¡Mark!
El mediano de los tres niños rubios, algo más robusto que los
otros dos, salió de la piscina sin decir nada y se acercó al escalón
del trampolín; se paró, bajó la mirada hacia el cemento y pareció
contener la respiración. No desvió la vista hacia el hombre, que sí lo
miraba fijamente. Subió al trampolín, avanzó por la tabla y volvió a
ejecutar el holandés. Troy no vio ninguna diferencia entre aquel
salto y el que había realizado antes, pero esta vez se le permitió
unirse a sus hermanos, que chapoteaban en el centro de la piscina;
su padre se los quedó mirando un minuto, y al fin dijo:
—Vale, un cinco.
Los tres niños salieron del agua con desgana, se dirigieron a la
mesa metálica del patio donde tenían las toallas y se sentaron,
iluminados por la dorada luz de la tarde, que les daba un aspecto
algo irreal, como estatuas romanas. Se quedaron mirando la
carretera, sin cruzar una palabra.
El hombre, que tenía el cabello y el torso completamente secos,
se quedó en el lado menos profundo de la piscina con el agua
cubriéndole hasta los muslos. Estaba moreno y a primera vista
parecía estar tan en forma como sus hijos. Tenía unos antebrazos
gruesos y unos pectorales que se abrían como alas desde el
esternón hasta las axilas, pero la parte inferior del cuerpo era la de
otro hombre, con una barriga como una calabaza que le sobresalía
por encima de la cintura, ceñida por el cordón de su bañador azul, y
michelines a los lados. No dijo nada, pero ahora sí parecía haber
visto a Troy. Lo miró y empezó a lanzar la pelota de voleibol hacia
arriba desde el hueco interior del codo, estirando el brazo con un
movimiento tan rápido que el balón ascendía a una altura notable y
luego aterrizaba en la otra mano aparentemente sin ningún
esfuerzo, como si aquello fuera un estudiado número circense. Tras
un par de minutos de lanzamientos y capturas impecables, se fue
hasta la orilla de la piscina y recogió un paquete de cigarrillos que
tenía en el reborde de madera; encendió uno y apoyó el brazo en la
pelota.
—¿Un cigarrillo? —le ofreció a Troy, tendiéndole el paquete.
—No, gracias, intento dejarlo —dijo Troy. Se inclinó hacia
delante, apoyando los codos en las rodillas para mostrarse más
cercano.
—Eso ya lo he oído antes —dijo el hombre—. No se preocupe
por nosotros si se quiere dar un chapuzón. Mantendré a los chicos
apartados.
Troy negó con la cabeza y le dio un sorbo a su Sprite.
—Estoy de paso, por negocios. Ni siquiera he traído bañador.
—Es una lástima, con el día que hace. Dicen que se acerca una
ola de frío.
Troy miró al horizonte, hacia la puesta de sol.
—¿Usted y los chicos están aquí de vacaciones?
El hombre se volvió y miró hacia el centro de la piscina con el
cigarrillo en la boca.
—Solo unos días de descanso.
—Desde luego son buenos nadadores. Debe de haberles
enseñado desde pequeños.
—Bueno, soy entrenador. Fútbol y atletismo universitario. Son
mucho mejores en tierra firme. Tendría que ver a esos chicos con un
balón ovalado entre las manos. Saludad a este señor, Matt, Mark,
Luke.
Troy miró a los chicos, que se giraron hacia él sin saludar.
—¿Y dónde está John?
El hombre se lo quedó mirando un segundo antes de pillar la
analogía con los evangelistas. Se rio.
—Esa es buena. No se me había ocurrido. Sin duda completaría
la serie, ¿no? Pero no creo que vayamos a buscar el cuarto.
Troy se preguntó qué les habría llevado a un motel como aquel
un domingo por la tarde en pleno año escolar. No tenía que
preguntar si habría alguna esposa o madre en la habitación, porque
sabía que no la había.
Tras observar al hombre fumando un buen rato, Troy le preguntó:
—¿Ha visto esa tartana reluciente del aparcamiento? Me
pregunto quién conducirá esa belleza. Está impecable.
—Lo he visto entrar —dijo el hombre—. Me alegro de que no sea
mío. No tendría agallas para meter la llave en el contacto siquiera.
Lo tendría en el garaje y me quedaría mirándolo y suspirando.
Troy dio otro sorbo a su Sprite y, miró más allá de la piscina y
preguntó:
—¿Y ustedes en qué clase de coche van?
Sabía que sonaría raro, pero esperaba que pareciera una
pregunta sin segundas intenciones.
—¿Nosotros? Nada del otro mundo. Ese Chevrolet Biscayne de
ahí delante, el que necesita que le repasen la pintura. Pero nos lleva
a donde vamos. Y es lo suficientemente grande por dentro como
para que los chavales se puedan dar de tortas atrás sin que me
salpique la sangre. ¿No es cierto?
Uno de los chicos, el más pequeño —Matthew o Luke, Troy no
tenía muy claro qué evangelista era cada uno— pareció interpretar
aquello como una autorización, cerró el puño y le atizó con ganas al
mediano en el estómago, Mark, el más gordito, el peor saltador. El
golpe lo pilló por sorpresa, y se quedó doblado. Pero antes de que le
cayera encima otro puñetazo, el hermano mayor agarró al agresor
por la cabeza y la aprisionó bajo su axila hasta dejarlo casi sin
respiración. El pequeño empezó a chillar, lanzando puñetazos al aire
en busca de las costillas de su atacante.
Mientras atravesaba la piscina con el cigarrillo colgándole de la
boca, el hombre gritó:
—¡Luke, si tengo que ir hasta ahí, los dos vamos a acabar en el
hospital! Tú para que te saquen una bota del culo, y yo para
recuperar mi bota.
—¡Ja! —respondió Luke con desdén, pero no debía de querer
contrariar a su padre, porque soltó a su hermano después de
asestarle un puñetazo final en la cabeza. Mark, que aún permanecía
doblado por el puñetazo en el estómago, les lanzó una mirada
asesina a ambos y se trasladó a una silla metálica más alejada.
Troy hizo como si nada de todo aquello hubiera pasado, que era
lo que suponía que hacían la mayoría de extraños al encontrarse
con aquella familia.
—¿Qué me puede decir del restaurante de al lado? —preguntó.
—Hay lugares mejores por la zona, pero a ese puede ir a pie.
Además, son mexicanos, así que hacen buenas enchiladas.
—¿Ah, sí?
—Pues sí. Sabrosas y grasientas. Muy buenas. Nosotros iremos
hoy a cenar allí.
Troy se acabó su botella, se puso en pie y se pasó la mano por
las perneras de los pantalones para alisárselas.
—¿Se va tan pronto? ¿Por qué no se queda un rato, y verá lo
que consigo que hagan estos chicos? —El hombre miró a Troy a los
ojos, como si entre ellos se hubiera creado una especie de
complicidad. Volvió a ocupar su puesto en el centro de la piscina
sosteniendo el balón de voleibol con ambas manos.
—Me encantaría verlo, de verdad —dijo Troy—, pero tengo que
ocuparme de un asuntillo.
—Usted mismo. El trabajo es el trabajo —dijo el hombre. Se llevó
dos dedos a la boca y silbó para llamar la atención de sus hijos, que
volvían a estar callados e inmóviles—. Se perderá un buen
espectáculo.
—Seguro que sí —dijo Troy. Miró a los chicos, que se habían
puesto en pie y formaban por orden de estatura otra vez sin que
nadie se lo hubiera dicho. Mientras volvían al trampolín bajo la
atenta mirada de su padre, Troy se acercó a la valla y miró el
número pintado en color oro del gran llavero que estaba tirado sobre
las toallas. Levantando la voz, se dirigió a los chicos por primera
vez:
—¡Seguid haciéndolo así de bien, chicos! Y haced caso a
vuestro padre. Se nota que sabe lo que se hace.
Se fue directamente a la habitación n.º 14, situada
providencialmente en la parte trasera del motel, donde no había
espacio para aparcar, solo una pasarela cubierta, un camino de
grava entre las puertas y un cercado de madera de pino. Forzó la
cerradura, entró, dio con la llave del Biscayne en el bolsillo delantero
derecho de los pantalones del hombre, y la sacó del llavero. Aún
tenía la llave del Nova que habían dejado en la carretera. Se sacó
su llavero del bolsillo, puso la llave del coche robado en el llavero
del hombre y volvió a guardarlo en el bolsillo de los pantalones. Se
cercioró de dejarlos tirados sobre la cama tal como los había
encontrado.
Salvo por la ranchera de Tahoka, donde no había tenido otra
opción, nunca le había robado un coche a una familia. Pero este lo
necesitaba, y no podía sentirse culpable por ello. Lo único que le
inquietaba era que aquel modelo era un clásico de los coches
patrulla. La forma del vehículo —trazando una línea horizontal que
se curvaba al final hasta perderse en el guardabarros y le confería
un aspecto felino, como si fuera a saltarte encima— le provocaba
escalofríos con solo mirarla. Pero el hotel estaba prácticamente
vacío y sabía que era el mejor vehículo que encontraría.
Se acercó al restaurante y pidió tres hamburguesas, tres bolsas
de patatas fritas y tres botellas de Coca-Cola en el mostrador. Se lo
llevó todo a la habitación. El televisor estaba encendido; cuando
llamó, Harlan bajó el volumen y apartó la cortina un centímetro para
mirar antes de dejarle pasar. Estaba viendo un programa de
naturaleza. Troy se quedó un minuto allí, de pie, con las
hamburguesas en la mano, observando, intentando descifrar qué
era lo que se veía en aquella minúscula pantalla con la imagen
granulosa y en blanco y negro: parecía mostrar unos bultos grandes
y oscuros esparcidos por una playa al atardecer. Tardó un buen rato
en descubrir que los bultos eran tortugas que salían del mar para
poner los huevos, y usaban torpemente sus aletas para taparlos
antes de que los buitres descendieran y se los comieran, tal como
explicaba el narrador del documental.
Harlan se echó hacia delante, subió el volumen y siguió mirando.
Troy llamó a la habitación de al lado y cuando la niña entreabrió la
puerta le tendió la bolsa de patatas y la hamburguesa envuelta en
papel encerado. Ella le cogió la Coca-Cola de la mano.
—No me gustan las hamburguesas —dijo.
Apenas se le veía el rostro en la oscuridad de la habitación. Troy
se agachó y apoyó la bolsa en el suelo, en el umbral de la puerta.
Luego depositó encima la hamburguesa en su envoltorio.
—Puedes comértela o no, como quieras. Pero yo de ti dormiría
un poco. Nos iremos por la noche, en cuanto esto esté en silencio.
Troy empujó la bolsa y la hamburguesa con la punta de la bota,
introduciéndolas en la habitación, y cerró la puerta.
Se fue al baño y se dio una ducha. El agua de las cañerías olía a
viejo, como si aquellos grifos no se hubieran abierto desde la Guerra
Civil. Puso el agua todo lo caliente que podía soportar y dejó que le
cayera en la cabeza hasta que tuvo la sensación de estar oyendo el
rugido de una cascada; sintió que se le embotaban los sentidos.
Cuando salió, se vistió, llenó dos vasos del motel con Coca-Cola, le
dio uno a Harlan y se comieron sus hamburguesas y sus patatas
fritas juntos, cada uno en su cama. Se quedaron un buen rato allí
sentados sin hablar; luego Harlan se puso en pie y volvió a
encender el televisor. Ponían una película de policías, pero ya había
empezado hacía rato. Por el modo en que iban vestidos los
protagonistas daba la impresión de que era una serie bastante
moderna, aunque era difícil de decir, porque la calidad de la imagen
era pésima. En la pantalla se veía un hombre amordazado y atado a
una silla. Lo rodeaban tres hombres barrigudos con aspecto de
duros, vestidos de vaqueros, con sombrero y gafas de sol. El que
parecía ser el jefe se dirigió al hombre atado a la silla: «Mira, hijo, no
te conozco de nada y no me importa. No sé lo que has hecho o lo
que has dejado de hacer. Esto ni siquiera va contigo. Pero trabajo
para unos tipos importantes y cuando me piden que haga un
trabajito, suele haber un motivo importante, si no, no acudirían a mí
para estar seguros de que el trabajo se hace».
El hombre hizo una pausa y suspiró con un gesto como de
complicidad. «Supongo que lo que intento decir es que no es tu día
de suerte, amigo». Se volvió como si tal cosa y se dirigió a uno de
los hombres que había en la habitación: «Benny, ve y asegúrate de
que la puerta está bien cerrada».
Troy se puso en pie y giró el selector de canal. Harlan protestó
amargamente.
—Joder, ni siquiera has dado tiempo a ver de qué iba. Vuelve a
ponerlo.
Troy no le hizo caso.
—Ahora mismo no puedo ver una cosa así, Harlan. Necesito
dibujos animados o algo por el estilo —dijo, y giró el selector hasta
dar con un programa de noticias local donde aparecía un hombre
del tiempo con el pelo blanco frente a un enorme mapa del estado
de Texas cubierto con números de plástico y soles y nubes también
de plástico. El hombre del tiempo habló durante un buen rato sobre
un frente frío impropio de la estación que se iba acercando al sur de
Texas, y a continuación la imagen cambió y mostró a una reportera
joven y guapa que estaba en algo parecido a un supermercado. La
mujer estaba hablando del día de Acción de Gracias a un grupo de
niños situados en torno a una mesa plegable encima de la cual
había una bandeja de hornear y un pavo atado del tamaño de una
maleta. Troy se quitó la chaqueta y las botas y las puso en el suelo,
al lado de la cama, pero antes de tumbarse sobre la colcha fue al
baño, llenó el vaso media docena de veces con agua del grifo y se
bebió toda el agua que pudo, un truco llamado el despertador indio,
para evitar que el cansancio le hiciera dormirse. Harlan se quitó los
pantalones y la camisa y Troy observó el cuerpo de su hermano,
iluminado por la luz procedente del baño, por primera vez en años,
aquellas piernas sin un solo pelo, que parecían depiladas, fuertes
pero no lo suficientemente robustas como para evitar que la tela de
los calzoncillos le cayera holgada como una cortina alrededor de los
muslos. Aún tenía los hombros anchos, pero se le veía el pecho
blando, igual que le pasó a Bill Ray cuando dejó de hacer trabajos
físicos. El bronceado del cuello y de los antebrazos de Harlan era el
único toque de color que lucía su pálido cuerpo. Troy lo observó
mientras apoyaba el sombrero en la pequeña mesilla y retiraba las
sábanas hasta los pies para examinarlas bien antes de meterse, se
recostaba boca arriba, se tapaba, cruzaba las manos sobre el pecho
y se dormía antes de haber respirado una docena de veces.
Después de que Troy metiera la comida en la habitación, Martha
esperó a que se cerrara la puerta y recogió los dos paquetitos
calientes y grasientos. Se los llevó a la encimera de azulejos
contigua al lavabo, junto a la puerta del baño. Cuando reconoció el
olor a carne y a mostaza casi le entraron ganas de tirarlo todo a la
papelera, pero el estómago impuso su ley, y acabó quitándole el
envoltorio a la hamburguesa y deshaciendo el bollo y la carne en
pedazos con las manos para comérselos, metiéndose las patatas
fritas en la boca a puñados e inclinándose para beber directamente
del grifo.
No quería tenderse en la cama por miedo a quedarse dormida,
así que se sentó en la única silla de la habitación, de madera oscura
y con el asiento de cuero sintético verde, junto al escritorio. Intentó
no moverse y respirar sin hacer ruido, y escuchó a los dos hombres
que hablaban y luego el sonido de la televisión hasta que, tras lo
que le parecieron un par de horas, el televisor se apagó y ya no
pudo oír nada, ni siquiera pegando la oreja a la pared.
Esperó hasta asegurarse de que todo estaba en silencio, se
agachó, se quitó los zapatos y fue al baño solo con los calcetines
puestos, cogió una toalla, la enrolló y la apoyó en el resquicio que
quedaba bajo la puerta que separaba las dos habitaciones. Se puso
la cazadora, se arremangó y se dirigió a la puerta principal de la
habitación. Iluminándose con la luz del baño, retiró la cadena de la
puerta, moviéndose todo lo despacio que le permitían sus manos.
Giró el pomo para ver si hacía ruido, y cuando estuvo segura de que
no era así, lo giró del todo, presionando la puerta con el hombro
para evitar que hiciera un clic al desencajarse el pestillo. Cuando por
fin tiró de la puerta, manteniendo el pomo ligeramente girado, se
asombró al ver que no hacía el menor ruido. El aire de la noche le
refrescó el rostro y penetró en la habitación. Hacía mucho más frío
de lo que se esperaba. Cruzó al otro lado conteniendo la
respiración, soltó suavemente el pomo y empujó la puerta para
encajarla en el marco, pero sin cerrarla del todo. No había pensado
en que primero tendría que examinar el porche, no fuera que alguien
pudiera ver a una niña escapándose de su habitación de motel en
plena noche. Pero cuando por fin miró a derecha e izquierda y echó
un vistazo al aparcamiento no vio a nadie, no oyó nada, ni siquiera
el ruido del tráfico a lo lejos: puede que en aquel lugar la gente se
fuera a la cama tan pronto como en Chihuahua, no porque tuviera
que levantarse antes del amanecer para trabajar en las granjas, sino
porque no había motivo para permanecer despierta más tiempo del
necesario.
El cartel de «habitaciones disponibles» brillaba con su pálida luz
azulada a lo lejos, pero no había ninguna otra luz procedente de la
oficina. Martha se quedó pensando adonde ir: giró a la derecha y
encontró el pequeño corredor entre las dos alas del motel, con la
máquina del hielo, una máquina de cigarrillos, otra de golosinas, una
máquina de Coca-Cola y, junto a la puerta de la lavandería, con
ventanas de plástico, un teléfono de pago colgado de la pared. Miró
otra vez en todas direcciones, aguzó el oído y por fin levantó el
auricular. Pasaron unos segundos durante los cuales solo hubo
silencio, y sintió que se le encogía el estómago, pero de pronto se
oyó un clic y el estentóreo tono de llamada. Se puso de puntillas,
marcó el cero, y la operadora respondió. La niña le dijo a su nombre
y le dio un número de Juárez, México al que nunca había llamado,
pero que no había olvidado. La conexión internacional tardó un
poco, y el teléfono sonó nueve veces antes de que una mujer
respondiera adormilada en inglés, guardara silencio por un momento
y finalmente aceptara el cobro revertido.
Temblando, Martha hizo pantalla con una mano sobre el auricular
del teléfono y susurró algo en español. La mujer, tras un prolongado
silencio, le preguntó en plautdietsch desde dónde la llamaba. Martha
se preguntó a su vez si habría oído las noticias de lo ocurrido en
Tahoka. Si era así, no se le había ocurrido preguntarle si se
encontraba bien.
—No puedo hablar —susurró en español—. Me van a oír —Miró
hacia ambos extremos del corredor, con la sensación de que todo el
mundo la oiría—. ¿Puedes decirme dónde llamarlo? —Esperó—.
Por favor. Por favor.
Una vez más la mujer permaneció en silencio al otro lado del
hilo, tanto tiempo que Martha pensó que se habría cortado la línea.
Pero al fin, sin dejar de hablar en alemán, le dio a Martha otro
número de teléfono de Juárez. Martha cerró los ojos y repitió el
número lentamente, la mujer dijo que sí y cuando empezó a decirle
algo más Martha levantó la mano y tiró del gancho de metal.
Le temblaban las manos. Marcó cero y pidió una llamada a cobro
revertido, dijo su nombre y le repitió el número a la operadora.
Solo sonó una vez, y entonces oyó la voz de Aron, una voz que
casi no reconoció, una voz que sonaba mucho más vieja que la que
ella recordaba:
—¿Bueno…?
7
10 de noviembre de 1972
Al pasar frente a la puerta abierta de la habitación del motel vi a aquel
hombre —más bien era un chico— con la guitarra sobre el regazo,
sentado en la cama, sin camisa, de cara al aparcamiento. Si podía
evitarlo, nunca hablaba con nadie en los moteles en que me alojaba.
Pero imperaba un silencio absoluto, yo iba de camino a mi habitación, y
oí que tocaban una canción, así que me detuve. La guitarra era
preciosa, una Fender Stratocaster con un acabado tostado y cuerpo
cromado, brillante, quizá recién comprada. No la tenía enchufada, ni
siquiera parecía que hubiera ningún amplificador por allí.
Estaba tocando una vieja canción country cuyo nombre no
conseguía recordar, y él tampoco sabía la letra, o no era de los que les
gusta cantar. Estaba muy concentrado tocando, y cuando me vio se
limitó a asentir y siguió tocando. No estaba rasgueando con una púa,
sino con un naipe cortado por la mitad y doblado en dos. Fue aquel
detalle y la falta de amplificador lo que me convenció de que la guitarra
no sería suya, de que probablemente se la habría robado a alguien
hacía poco. Eché un vistazo más allá, al interior de la habitación, y solo
vi la funda de la guitarra y unas cuantas prendas tiradas por ahí. En el
suelo, junto a sus botas, había una botella de whisky de la que solo
quedaba una tercera parte.
Un minuto más tarde dejó de tocar, se encendió un cigarrillo, le dio
un trago a la botella y me la ofreció. Yo me acerqué y bebí con él.
—Menuda guitarra —dije.
—¿Quieres comprarla? —respondió—. Yo no la necesito. No se me
da nada bien.
—No podría pagarla.
—Te haré un precio especial.
—No toco.
—Joder, podrías vendérsela a otra persona por el triple del precio
que te propongo yo. Solo necesito algo de pasta para salir de este
pueblo. Mira, escucha esto.
Tocó otra vez y las cuerdas, sin conexión eléctrica, y estas emitieron
un sonido suave, lejano, como si la guitarra la estuvieran tocando en
otro motel, en otra ciudad. Esta vez cantó, casi susurrando:
I can’t believe it’s really me
Hurting like I do
Just because you left me
All alone
I’ve seen it happen many times
To other guys you knew
Surely I must be somebody else you’ve known[3].
Intenté calcular qué edad tendría: puede que veinte, no más de
veinticinco. Era delgado y de complexión delicada, tenía el torso pálido
y casi sin pelo. Parecía tener algún tipo de defecto de nacimiento, un
hueco profundo en el centro del esternón, hundido como si alguien le
hubiera golpeado con un martillo enorme.
Acabó la canción y me ofreció otro trago. Dijo que era de Columbus,
Ohio, y que era la primera vez que viajaba por Texas. No podía creerse
lo grande que era.
—¿Has oído el del tipo de la ciudad que se fue a vivir al otro lado de
la frontera?
—Probablemente no —dije yo.
—El tipo se siente tan jodidamente solo en el campo que está a
punto de hacer las maletas y volverse a la ciudad. De pronto alguien
llama a la puerta: «Hola, vecino —le dice un tipo—. He venido a
presentarme, a darte la bienvenida al lugar. Esta noche voy a celebrar
una fiesta en casa y estás invitado. Va a ser una pasada: con baile,
alcohol, jaleo y sexo a tope. ¡Te espero!». El tipo de la ciudad piensa:
«¡Caray, puede que haya juzgado mal este sitio!», y le dice a su vecino:
«¡Ahí estaré!». Y luego añade: «¿Va a ser una fiesta muy elegante?
¿Tengo que llevar traje?». El vecino se vuelve y dice: «Oh, no, no hace
falta. Solo vamos a estar tú y yo».
El chico dio una palmada en la caja de la guitarra y soltó una
carcajada. Luego se tendió en la cama con la guitarra al lado, como si
fuera una persona.
—¿Llevas algo de pasta? —dijo, mirándome y sonriendo como un
niño—. Podrías quedarte esta noche.
Yo me lo quedé mirando.
—Algo llevo. Pero tengo mi propia habitación. —Metí la mano en el
bolsillo del abrigo, saqué unos billetes, entré en la habitación y le dejé
cincuenta pavos en la mesita de noche. Luego salí de nuevo al porche
—. ¿Sabes? Deberías quedarte la guitarra. Puede que sea lo más
bonito que tengas nunca.
Martha se despertó al oír que llamaban a la puerta comunicante,
suavemente, como si lo hicieran con la palma de la mano. Había
dejado la luz del baño encendida pero tampoco se había dormido,
sentada en la silla. Miró el reloj de la mesilla de noche, que marcaba
las ocho y cuarto, pero siguió con la vista el recorrido del cordón
pelado y vio que colgaba sobre la moqueta, sin un enchufe al final.
La puerta comunicante se abrió y el hermano mayor asomó la
cabeza pero miró hacia el techo adrede, para no incomodarla.
—Estamos listos para marcharnos —susurró—. ¿Puedes
prepararte?
Martha se levantó de la silla y se puso la cazadora.
—Estoy preparada.
La habitación de al lado olía a hombre aunque los dos hombres
solo habían pasado allí media noche. Estaba casi a oscuras, salvo
por una luz cerca del lavabo, junto a la cual se encontró a Troy, ya
vestido, mirándose al espejo y lavándose la cara. Por su aspecto
daba la impresión de que no había dormido, de que ni se había
sentado desde la última vez que lo había visto. Se peinó y le dijo a
Harlan que esperara hasta que oyera el motor. Abrió la puerta frontal
lentamente y salió al exterior en calcetines. Un par de minutos más
tarde oyó el sonido grave del motor de un coche al otro lado de la
ventana; se puso la bolsa de Troy bajo el brazo, cogió la suya con la
misma mano y recogió las botas de Troy con la otra. Le dijo a
Martha que esperara. Abrió la puerta y salió, luego volvió y ella
cubrió los pocos metros que separaban la habitación de la puerta
trasera abierta del coche todo lo rápido que pudo, sintiendo las frías
gotas de lluvia en el rostro. Troy le dijo a Harlan que aguantaran las
puertas con la mano, sin cerrarlas. Salió lentamente del
aparcamiento y embocó la oscura carretera, pues, como era de
esperar, la iluminación del pueblo no llegaba hasta allí. Cuando
llegaron al primer cruce Troy cerró su puerta, Harlan salió del coche,
cerró la de Martha, luego cerró la suya y siguieron adelante.
En el coche hacía más frío que fuera. Era un frío metálico, pero
Martha notaba que la calefacción empezaba a funcionar. Los
limpiaparabrisas iban apartando la lluvia y el agua que caía por las
ventanillas ofrecía una visión borrosa del pueblo, del que solo veían
los semáforos y los rótulos luminosos de las tiendas. Martha se
envolvió en su cazadora, se tendió en el asiento trasero y encogió
las piernas, y al cabo de un minuto se hizo una oscuridad tan
absoluta en el interior del coche que no veía nada.
Los hermanos hablaban de qué camino tomar y Troy dijo que no
tenían otra opción que tomar la 17, la carretera principal, porque no
había carreteras secundarias que atravesaran los montes Davis,
pese a su escasa altura, solo eran «montes» desde el punto de vista
texano. Pero a aquella hora de la mañana no correrían peligro,
porque básicamente no había viviendas en todo el camino entre
Toyahvale y Fort Davis.
Harlan parecía tener cierta idea de dónde estaban, y Martha oyó
medio adormilada que le contaba a su hermano una larga y
rocambolesca historia sobre una partida de apaches que asaltó la
diligencia que transportaba el correo en el trayecto de San Antonio a
El Paso, desde donde tenía que dirigirse a California, mientras
atravesaba aquellos montes por una quebrada conocida con el
nombre de Wild Rose Pass. Los apaches mataron al conductor y al
guardia. Se llevaron las sacas de correo y las abrieron, y cuando
vieron las imágenes de las revistas ilustradas que había en las
valijas, se quedaron tan absortos que no reaccionaron y cayeron en
una emboscada. Los que lograron huir difundieron la idea de que las
fotografías traían mala suerte, que eran una mala idea, que había
que evitarlas a toda costa. Troy no respondió a la historia, ni
reaccionó de ningún modo, y Martha pensó que quizá la había
soñado, aunque ella nunca había soñado con apaches ni con
diligencias. Cuando abrió los ojos de nuevo había dejado de llover y
empezaba a entrar una débil luz en el coche. Se levantó
apoyándose en un codo y vio que estaban de nuevo en territorio
llano, aunque no tan llano como el del norte del estado. A ambos
lados de la carretera se extendían pastos cercados de color amarillo
tostado hasta donde alcanzaba la vista, y a lo lejos se veían más
montañas bajas, unas montañas diferentes a las anteriores. Iban
dejando atrás casas bajas y cobertizos de chapa, y se quedó
mirando a la espera de ver si entraban en algún pueblo o si lo
dejaban atrás. Cuando notó que aumentaba la regularidad de los
edificios que iban pasando prestó más atención, por si veía algún
cartel indicador.
—Baja la cabeza —le dijo Troy—. A estas horas ya hay gente en
movimiento.
Martha se agachó, pero pudo leer un letrero verde decolorado
por el sol al pasar: alpine, 5971 hab.. Giraron a la izquierda antes de
entrar en la población y desde su asiento pudo ver las copas de los
árboles, casi sin hojas, y la punta de las farolas, y al cabo de unos
minutos, lo que le parecieron las filas superiores de las gradas del
campo de fútbol de un instituto o de un corral de rodeos. Luego las
copas de los árboles fueron volviéndose menos frecuentes hasta
que dejó de verlas, y de pronto volvieron a estar fuera de la
población, en la carretera. El sol iba saliendo a la izquierda del
coche y empezaba a mostrar el estado en que se encontraba el
interior, aunque ella ya se había hecho una idea incluso a oscuras:
asqueroso. Latas de Royal Crown Cola vacías, envoltorios de
comida, fritos de maíz pulverizados y manchurrones de comida seca
sobre una capa de calcetines sucios y otras prendas que cubrían el
suelo; la parte trasera del asiento del conductor estaba rajada por
varios sitios, como si alguien lo hubiera atacado con un cuchillo, y la
espuma amarilla del interior se salía por las rajas. Sobre los cortes
había un adhesivo de vinilo de los Dallas Cowboys en forma de
banderín, quizá para intentar cortar la hemorragia, o puede que solo
para crear un efecto cómico. El asiento en el que Martha tenía
apoyada la cabeza olía como sus hermanos cuando se acostaban a
su lado después de pasarse el día trasladando a los cerdos, en
agosto. Alargó la mano, giró la manivela con fuerza y abrió la
ventanilla, y ninguno de los de delante puso objeciones. Intentó no
respirar por la nariz y mirar el cielo, cubierto de nubes blancas y
largas, como manchurrones que rompían la pureza del azul.
—Quiero sentarme —dijo, cuando vio que el coche volvía a
ganar velocidad.
Harlan se volvió, le dijo que podía hacerlo, y ella se irguió y
observó el nuevo paisaje por primera vez. Aquello empezaba
aparecerse a México: un terreno ondulado en lugar de vastas
llanuras cubiertas de pastos y campos de cultivo, maleza y cactus
cholla que hicieron que el corazón le diera un vuelco, porque aquella
era una especie de cactus mexicana que no se veía al norte de
Texas.
Recordó que el viaje de Cuauhtémoc a Juárez en aquella
camioneta desvencijada había durado poco más de seis horas, así
que calculó que la distancia hasta Cuauhtémoc desde el lugar
donde estaban ahora no podía ser mucho mayor. La mente se le
disparó, viajando al sur, hacia el río Grande, y se puso a pensar en
el río, que ella nunca había considerado un río realmente, sino una
marcación divina trazada por el propio Dios en la tierra para separar
dos lugares muy diversos. Pero ahora pensó que a fin de cuentas no
era más que un río —en algunos tramos ni siquiera un buen río, un
curso de agua sucia poco profunda que atravesaba un terreno más
o menos idéntico a uno y otro lado—. En realidad el río no era
importante, ni siquiera era una gran barrera. No era nada. Había
lugares que en ciertas épocas del año permitían vadearlo como si
fuera una acequia de regadío fangosa, sin mojarse siquiera la
camisa. Recordó algo que le dijo una vez una anciana en el campo:
que en otro tiempo las mujeres alemanas celebraban rituales en el
río, que leían los augurios en las corrientes, pero que en esos
tramos no podían deducir gran cosa. Los mexicanos lo llamaban río
Bravo, nombre que hacía justicia a lo irregular de su trayectoria.
Pero a Martha lo de río Grande le parecía una exageración creada
por los estadounidenses, porque solo trazaba una parte de las
fronteras de su país.
Volvía a tener sueño. Miró la carretera, una tira de asfalto viejo
de dos carriles sin arcén, salvo por un margen de tierra que el tráfico
mantenía limpio de maleza a ambos lados. Por delante podía ver a
casi diez kilómetros, y no había vehículos acercándose ni circulando
en su misma dirección. El hermano más corpulento echó mano al
petate que tenía a sus pies y sacó una cubitera de plástico que
aparentemente se había llevado de la habitación del hotel. También
sacó algo más de su interior, una manta de poliéster beige
apretujada que Martha reconoció: era una de las que cubrían las
camas del motel. Se giró y le pasó la manta. Luego se colocó el
cubo entre las piernas, sacó un trozo de tabaco de una bolsa de
papel, se lo colocó tras el labio inferior y se puso a escupir cada
pocos minutos, pensativo, como los viejos que Martha había visto en
el campo. El otro hermano no pareció darse ni cuenta, parecía ajeno
al hecho de que hubiera otras personas con él en el coche.
—Aquí dentro huele muy mal —dijo Martha.
Harlan escupió en su cubo.
—Este coche es una letrina, Troy —dijo—. ¿No podías haber
conseguido algo mejor?
Martha se echó hacia delante y bajó algo más su ventanilla.
—Sube el maldito cristal. Vamos a congelarnos.
Pero ella lo dejó abierto, y el frío viento entró silbando por la
ventanilla. Harlan sostuvo su cubo con una mano y con la otra bajó
la suya. El rugido del motor se volvió ensordecedor, y Martha sintió
que le hacía vibrar los oídos.
—La niña tiene razón: tenemos que airear esta pocilga —gritó
Harlan, y se echó a reír; era la primera vez que Martha veía a uno
de los dos expresando algún tipo de emoción que no fuera rabia.
Harlan se caló el sombrero con la mano—. ¡Huele este aire de
Texas! ¿No te gusta? ¡Respíralo mientras puedas!
Troy levantó el pie del gas y dejó que el Biscayne perdiera
velocidad hasta que el ruido de las ventanillas fue reemplazado de
nuevo por el fragor del gran motor de ocho cilindros en uve. Él
también bajó su ventanilla, se subió el cuello de la chaqueta y se lo
ciñó, y dejó que el coche se desplazara cada vez más hacia el
arcén, y que la velocidad disminuyera por debajo de los cincuenta
kilómetros por hora. Harlan se puso a silbar y a cantar con voz
errática:
My horses ain’t hungry, they won’t eat your hay
So fare thee well darlin’ I’m goin’ away
Your parents don’t like me, they say I’m too poor
They say I’m not worth to enter your door[4].
Troy dejó que el coche fuera frenando hasta avanzar a velocidad
mínima, alargó el brazo y puso la radio. Tenía sintonizada una
emisora transfronteriza y sonó una bonita melodía, una antigua
canción country, puede que un himno religioso:
In a little rosewood casket
That is resting on a stand
Is a package of old letters
Written by a lover’s hand[5].
Pero no le gustó el tema de la canción, y volvió a apagar la radio.
—Nos quedan dos horas, quizá ni eso, Harlan. ¿Puedes
aguantar ese rato?
—Estoy aguantando. Estoy aguantando bien —dijo Harlan.
Luego acercó la cara a la ventanilla y escupió fuera en lugar de
hacerlo en el cubo, y se puso a silbar otra vez—. ¿Sabes por qué?
Porque he decidido no preocuparme más. Me he despertado esta
mañana y he decidido que no sirve de nada preocuparse. Este tren
va en una dirección, y no va a dar la vuelta. He decidido que estoy
listo para mi nueva vida en el Viejo México.
Las nubes habían crecido y el cielo se había vuelto de color gris
oscuro, como un casco de plomo que lo cubría todo, pero no llovió.
Troy aceleró y volvió al centro del carril. Martha volvió a subir su
ventanilla y los dos hombres también lo hicieron. Cogió la manta de
poliéster, se la extendió sobre el regazo e intentó sujetársela tras los
hombros, pero era más una esponja que una manta, y se
disgregaba.
—México está bien —dijo, al cabo de un rato, en respuesta a
Harlan, que se sorprendió al ver que la niña intentaba darle
conversación—. En el campo, en el desierto, es bonito, si llueve lo
suficiente. Y lo mejor es que la gente te deja en paz.
Harlan tardó un rato en responder. Luego, sin volverse, le
preguntó:
—¿Tú naciste en México?
—Sí. Pero mi padre nació en Manitoba, en Canadá, donde vivían
los menonitas después de salir de Rusia. Era joven cuando se
mudaron a Chihuahua, así que no recuerda gran cosa del norte.
Martha miró la rugosa mejilla de Harlan, a la sombra de su
sombrero.
—¿Vosotros de dónde procedéis? —preguntó.
Esta vez Harlan sí se giró, aparentemente perplejo.
—De Inglaterra, supongo. ¿O de Irlanda? Quizá de Alemania.
Nunca he hablado con ningún pariente que recordara el origen de la
familia. No conozco a nadie que sepa de ningún otro país antes de
este. Salvo los mexicanos que hay en el pueblo. Supongo que todo
ocurrió hace demasiado tiempo.
—¿Y os resulta extraño no saberlo?
—La verdad es que nunca lo he pensado —dijo él—. Quizá sea
raro.
Dejó pasar un rato y luego preguntó:
—¿Es cierto que algunos menonitas viven sin energía eléctrica?
—Yo no vi una bombilla eléctrica hasta los cinco años de edad.
Un hombre de Chihuahua vino a los campos para hacernos una
demostración e intentar vendernos generadores, y en la camioneta
llevaba uno conectado a un árbol de Navidad cubierto de grandes
bombillas rojas y verdes. Uno de mis hermanos me dijo que si
miraba las bombillas me quedaría ciega, así que me tapé los ojos
hasta que dejé de oír el ruido del camión, y todos se rieron de mí. Yo
le tiré una piedra a la cabeza a mi hermano y mi madre me dio una
paliza con una vara.
—¿También es cierto lo que dicen de los menonitas de que lo
compartís todo, como decía Jesús que había que hacer?
Martha se quedó pensando.
—No lo creo. Había cosas en nuestra casa, en la granja, que yo
siempre consideré nuestras, solo nuestras. Pero si alguien
necesitaba algo de verdad, se lo dabas. Si alguien necesitaba
ayuda, le ayudabas. A construir el cobertizo o a matar a un cerdo.
Cuando alguien moría, la familia no tenía que salir a cavar la tumba.
Siempre había otros que lo hicieran. En alemán dices Glassenheit
—lo dijo con un acento muy marcado, y sonó como si hubiera salido
de la boca de otra persona—. Mi madre decía que no había una
palabra en inglés que tuviera el mismo sentido. Decía que
significaba algo así como… —Martha cerró los ojos para recordar—
… como aguantar soltando, aumentar disminuyendo, ganar
perdiendo.
—Hummm, pues suena muy intenso —dijo Harían—. Desde
luego hablas inglés muy bien.
—Mi madre nació aquí, en Texas.
—¿Y ahora dónde está tu madre?
—Sigue en México, en el campo, con mis hermanos y hermanas.
—¿Y entonces por qué estás aquí? ¿Cómo es que acabó en la
cárcel tu padre?
Martha se quedó un rato callada.
—Mi padre y yo dejamos ese modo de vida.
Un par de kilómetros más tarde, añadió:
—Creo que estoy cansada de hablar.
Se quedó mirando hacia delante, por entre los dos hermanos,
mientras el coche pasaba bajo una hilera de altísimas torres de alta
tensión que transmitían la electricidad a lo lejos, a ambos lados de
los pastos. En el punto más bajo de los cables había docenas de
bolas de plástico de un naranja intenso que destacaban contra el
azul del cielo, como si fueran una bandada de pájaros esféricos
volando en dirección a Martha.
El paisaje empezaba a volverse más agreste. Unos riscos de
caliza roja se elevaban desde una llanura arenosa con la que no
parecía que tuvieran ninguna relación geológica. Más allá de las
torres, siguiendo la línea que trazaban los riscos, la carretera se
hundía en una inmensa cuenca que llevaba hacia los montes
Chisos, pasando por entre oscuras empalizadas de roca volcánica
que parecían sombras. Más allá de los montes empezaban a verse
tramos del río, y más allá, México, a la vista por primera vez.
Troy levantó la cabeza y ajustó el retrovisor de modo que Martha
no pudiera mirarle a los ojos y que él no la viera. Pensó en el tiempo
que había empleado durante su vida adulta mirándose en espejos
retrovisores, normalmente en el espejo que tuviera más cercano,
estudiando todos sus movimientos, ensayando expresiones para
asegurarse de que parecían naturales, nada fuera de lo común. Los
retrovisores le parecían extraordinariamente útiles, pero hacía una
eternidad que lo único que veía en el retrovisor era la pálida cara de
aquella taciturna niña menonita y la traicionera carretera que se
extendía tras ella, dejando atrás los rincones de Texas que mejor
conocía.
—Cuando lleguemos a la frontera te llevaremos a la estación de
autobuses y te daremos dinero para que cojas el autobús a El Paso.
—No necesito que me paguéis el billete —dijo Martha—.
Vosotros dejadme en la estación de autobuses. Yo puedo cuidar de
mí misma.
—Vamos a darte algo de dinero, y lo que hagas y en qué lo
emplees a partir de ese momento es asunto tuyo.
Al llegar al límite municipal de Lajitas, que más que un pueblo
era una concentración de casas-remolque y de postes de teléfonos
con transformadores de corriente, pasaron junto a una pequeña
cafetería con paredes de aluminio que tenía las luces encendidas.
Troy se desvió por una serie de calles de tierra y volvió al norte por
la carretera principal hasta llegar a un área de descanso que había
visto poco antes, con una mesa de aluminio redonda fijada a un
banco circular, bajo una réplica en aluminio de una sombrilla que en
otro tiempo probablemente habría estado pintada con rayas rosas y
azules, pero en la que ahora básicamente se veía el metal, salvo por
algunos restos de pintura. Troy les dijo a Harlan y a Martha que
esperaran mientras iba a buscar comida, y que se quedaran
sentados de espaldas a la carretera por si pasaba algún coche. El
frío era intenso, mucho más de lo que era habitual en aquella zona
de Texas en otoño. Bajo aquel cielo cargado de nubes la pradera,
cubierta de plantas de sotol, adquiría un aspecto gris y
achicharrado. Martha se envolvió en la cazadora y se adentró veinte
metros en la maleza para hacer pipí. Cuando volvió se encontró a
Harían sentado tal como le había indicado su hermano, de espaldas
a la carretera, con la vista puesta en la tierra despoblada, y se
preguntó qué pensaría cualquiera que pasara por allí en coche y
viera a un hombre sentado así en un área de descanso, con el
tiempo que hacía. Probablemente frenaría para ver qué estaba
mirando y, al ver que no había nada, le hablaría al primero que
encontrara del tío raro que había visto en el área de descanso. Pero
Martha fue hasta donde él estaba y se sentó en el banco curvado
del mismo modo, mirando hacia el este, hacia el lugar donde
debería de estar el sol si estuviera a la vista. La luz parecía emanar
de todas partes, aunque seguía siendo tenue.
Martha estaba cansándose de estar allí sentada sin decir nada.
—¿Cuántos años tenías cuando empezaste?
—¿Cuándo empecé qué?
—A robar.
—Mira, niña, yo no he robado nada en mi vida. Si hubieras
prestado atención, te habrías dado cuenta de que ha sido mi
hermano el que ha robado todo lo que se ha robado hasta ahora. Yo
solo le acompaño, igual que tú.
—Robaste esa manta y el cubo del hielo en el hotel.
—Yo diría que ese patético motel cuando menos nos debía eso,
¿no te parece?
Martha se puso en pie, se acercó a la carretera y miró a uno y
otro lado. El norte de Texas le parecía un lugar semidesierto, pero
aquella parte del estado próxima al río le parecía casi carente de
presencia humana, como si aquel no fuera un lugar al que hubiera
debido llegar la humanidad.
Harlan miró a la niña en pie junto a la carretera y pensó que de
no ser por el pelo probablemente podría pasar por un niño. Aún no
tenía pechos, ni curvas. Las únicas partes de su cuerpo que
parecían mínimamente femeninas eran sus delicadas muñecas y
sus manos, con dedos largos y finos y las uñas mordidas hasta la
raíz. Daba la impresión de no haber comido nunca lo suficiente:
tenía unos ojos azul pálido y una cara bonita, pero se le marcaban
las facciones, trazando unas líneas duras que la hacían parecer
mucho mayor de lo que era. También parecía ser mentalmente más
madura de mente, consciente de cosas que a su edad deberían
pasarle desapercibidas, de lo que le pasaría muy pronto, cuando su
cuerpo cambiara y los chicos de su edad y los hombres mucho
mayores que ella empezaran a mirarla. Parecía molesta por el peso
que eso supondría mucho antes de que llegara el momento.
Harlan sacó un pellizco de tabaco de su bolsa y sintió la calidez
de la nicotina extendiéndose lentamente desde la boca y llegándole
al pecho.
—Una vez leí en el periódico que enviaron a un par de esos
astronautas de la misión Apollo a esta parte del estado para que
estudiaran el terreno y así saber lo que les esperaba en los cráteres
de la Luna. ¿Puedes creértelo?
—Una noche, en una tele pequeña que teníamos mi papá y yo,
vimos a un astronauta que jugaba al golf en la luna, y eso a mi papá
le hizo reír… él no se ríe mucho —dijo Martha—. ¿Tú crees que
esos hombres fueron ahí arriba de verdad?
—No lo sé. No creo que haya motivo para no creérselo.
—Yo creo que probablemente fuera solo un buen programa de
televisión. Para que la gente se lo crea, para que se sienta mejor.
Martha miró al suelo, se agachó y cogió una goma de color beige
que apenas se veía entre las piedras. La probó, tensándola con los
dedos. Volvió al banco y se sentó otra vez junto a Harlan, echó las
manos atrás y se puso a trenzarse el cabello en una larga coleta
que le colgaba sobre el hombro derecho. Cuando acabó, usó la
goma para rematar el extremo y volvió a quedarse inmóvil. La brisa
había aumentado, y hacía que la sombrilla metálica crujiera como un
viejo molino. Martha metió los brazos en las mangas de la cazadora
y se tapó bien, y Harlan se caló el sombrero.
—¿Cuántos años tienes, pequeña?
—Once. Pero cumpliré doce el mes de enero próximo.
—Tienes que volver con tu mamá y tu familia en México.
—No puedo volver allí. Voy a ir con mi papá.
—No eres más que una niña. ¿Cómo vas a llegar a El Paso y a
encontrar a tu papá? Sobre todo si está encerrado.
Se quedó pensando cómo soltar la mentira:
—Va a salir muy pronto. Me encontrará.
Martha se quedó mirando una formación de gansos en uve que
volaba sobre sus cabezas, tan alto que no oía siquiera sus
graznidos.
—¿Adónde ibas con tu hermano antes de que pasara esto?
—Queríamos encontrar a una conocida. Una mujer. Estuve
casada con ella. Me dejó y se llevó todo mi dinero.
—¿Y por qué lo hizo?
—Ojalá lo supiera.
—¿Sabes dónde está?
—No tengo ni idea. Me casé con ella en Del Río. Una vez dijo
algo de Presidio. Pero por lo que sé podría estar en cualquier parte.
Tampoco sé qué pensaba hacer Troy si la encontrábamos. No creo
que lo sepa ni él mismo.
Harlan se puso en pie y escupió más allá del hormigón del área
de descanso. Volvió a sentarse.
—Hacía años que no veía a Troy. No tenía ninguna esperanza
de volver a verle. No sé por qué dejó que me convenciera para que
fuera con él. Ni tampoco por qué volvió. Supongo que simplemente
se cansó. No podía seguir con ese estilo de vida. Pero no es algo
que se pueda dejar tan fácilmente.
Empezó a lloviznar. Martha se subió a la mesa y se sentó con las
piernas flexionadas para protegerse de la lluvia. Harlan se subió el
cuello de la camisa, metió las manos en los bolsillos del pantalón y
se quedó sentado donde estaba, dejando que el agua goteara
desde el sombrero y cayera entre sus rodillas.
8
15 de noviembre de 1972
A veces la cara de un hombre no refleja su verdadero aspecto: no es
más que un accidente de los huesos. El ceño es demasiado duro y la
mandíbula demasiado angulosa. La boca se retrae y adopta una
expresión malhumorada aunque no sea su intención. Cuando tenía
trece o catorce años, Harlan ya parecía uno de esos tipos que conviene
evitar en determinadas situaciones. Su corpulencia contribuía aún más
a dar esa imagen, y acabó acostumbrándose a ocultarse tras ella,
observando en silencio mientras muchos chicos que ni siquiera le
conocían mantenían las distancias. No habría sabido defenderse de
haber tenido que hacerlo, pero descubrió que le bastaba con mirar
fijamente hacia delante y concentrarse en eliminar cualquier expresión
de su rostro. Al crecer supo que la gente hablaba de él y que evitaban
hablarle si se lo encontraban en el colmado o en la oficina de correos.
Y aun así nunca se fue del pueblo, nunca se planteó siquiera
marcharse, ni tan solo después de la muerte de Bill Ray. Era una de las
personas más solitarias que he conocido nunca, incluso cuando vivía
conmigo. Y luego me fui.
En resumen, esto es lo que tenéis que saber de Harlan, mi hermano
menor:
En enero de 1943, una mañana de sábado se despertó de
madrugada, antes que nadie, y se levantó de la cama en silencio.
Podría haberse encontrado cualquier cosa metálica y brillante, haberla
cogido y haberse puesto a jugar con ella: una navaja, un clip para
billetes o un dólar de plata. Tenía tres años. Pero esa mañana vio un
encendedor Zippo tirado donde Bill Ray lo había dejado, sobre la
mesita, junto a un paquete de cigarrillos medio vacío. Harlan cogió el
encendedor, lo metió en el armario de los abrigos del recibidor, cerró la
puerta y lo dejó escondido allí. Probablemente lo abriría con el dedo y
haría girar la rueda como había visto que hacía Bill Ray, para ver la
chispa en la oscuridad del armario. Más tarde se aburrió, como es
normal en un niño tan pequeño, dejó el encendedor en el suelo del
armario y se puso a jugar con los mandos de la radio aprovechando
que no había nadie para impedírselo.
Los abrigos de invierno actuaron como una mecha, transportando
las llamas hasta el desván, donde se colaron por entre las vigas y a
través del aislante de cartón, pasaron por los finos techos de cartón
yeso y llegaron a las habitaciones. Bill Ray apareció en albornoz, me
sacó de la cama y me llevó hasta el patio de los vecinos atravesando
una densa nube de humo. Luego volvió a buscar a Harlan, que estaba
escondido en la bañera. Regresó de nuevo al interior de la casa,
gritando y buscando a Ruby, pero al poco lo vi salir por la puerta
principal sin ella, jadeando en busca de aire, con la cara cubierta de
hollín. Dio media vuelta, dispuesto a entrar de nuevo, pero dos vecinos
lo agarraron y lo retuvieron. Él se revolvió y tuvieron que tirarlo al suelo
y llevárselo al otro lado de la calle, porque el calor era ya insoportable.
Llegó el camión del cuerpo de bomberos voluntarios, básicamente
para contener el fuego de modo que no se extendiera y para recuperar
los restos de Ruby. La mayor parte del tejado se hundió, y cuando
volvimos, al día siguiente, para ver si había algo que pudiéramos
recuperar, hacía tanto frío que el agua rociada por las mangueras de
los bomberos se había congelado, cubriendo de hielo sólido los trozos
de pared chamuscada, los muebles y hasta los muelles de los
colchones. Brillaban como cristales a la luz del sol. Llegaron personas
que conocía y personas que no había visto nunca, y se pusieron a
caminar por entre los restos de la casa como si aquello no hubiera sido
la casa de alguien. Bill Ray los observaba con la mirada perdida, sin
impedírselo. Pasamos una hora examinando el lugar, pero al final me
rodeó con su brazo y nos fuimos, con las manos vacías, hasta una
casa donde alguien estaba cuidando de mi hermano. A partir de aquel
momento la vida de Harlan se vio lastrada por la culpa que sentía a
causa de un pecado que no recordaba siquiera, un pecado que no era
ni de omisión ni de acción. Por mucho que Bill Ray intentara protegerlo
de aquello, creció como alguien cuyo primer recuerdo era haber
matado a su madre. No podía llorar su pérdida porque apenas la
recordaba. No la recordaba porque la había matado. Y aquella cadena
seguía hasta llegar a lo más profundo de su alma.
Aron se despertó antes del amanecer, corrió el estor de la
ventana junto a su cama y salió, ya vestido, a un patio sin hierba
que había detrás de la pensión.
Debajo de la chaqueta llevaba colgada del hombro una pistolera
de cuero abotonada que le había robado a un estadounidense de
otra habitación durante la noche.
Fue hasta la parte delantera de la casa y miró a uno y otro lado
de la calle, donde solo había una farola montada sobre un poste
telefónico. Pasó junto a una serie de casas rodeadas de finas vallas
de metal pintadas de blanco, a juego con el blanco de las rejas
metálicas de las ventanas. No estaba claro si todos aquellos
herrajes tenían la intención de ahuyentar a los ladrones —algo para
lo que no bastarían, sin duda— o si eran más bien un elemento
tradicional de la arquitectura colonial. Una de las casas resultó ser
una improvisada tienda de ropa; de las rejas colgaban decenas de
camisetas deportivas baratas y de pijamas, que se movían con la
brisa como si fueran cuerpos sin cabeza ni piernas, una imagen que
a la luz de la lima resultaba algo inquietante. Unas casas más allá
había una tienda de abarrotes que vendía leche y cerveza, junto a
una estrecha pulquería con la fachada pintada de color turquesa. En
la acera, frente a la pulquería, había un hombre muy anciano
sentado, encorvado bajo un paraguas, aunque no llovía. El hombre
alzó la vista, asustado, y luego sonrió al ver pasar a Aron, que no le
hizo caso.
Aron llegó a la esquina y giró a la derecha, tomando un oscuro
callejón. Miró atrás y luego se acercó al coche aparcado más
cercano y comprobó si la puerta del conductor estaba abierta. Lo
estaba. Entró pero volvió a salir, dejando la puerta abierta. Fue
hasta el coche siguiente y luego inspeccionó dos más, hasta dar,
con una vieja camioneta Chevrolet Apache sin pintar que tenía la
suspensión algo desfondada. Entró y esta vez encontró la llave
puesta en el contacto. Cerró la puerta, la arrancó, puso la marcha y
salió de allí, hacia Fronterizo Street, camino del puente que cruzaba
el río en dirección a Texas.
17 de noviembre de 1972
Ahora estoy de vuelta; he dejado Fort Summer atrás y voy hacia el
este, por el llano. He parado en Clovis, Nuevo México, en esta pequeña
cafetería, para tomarme un bocadillo y un café, poner en orden mis
ideas y prepararme.
Hace más de tres años que no me acerco al pueblo, y tres más
desde la última vez que volví a casa. Esperaba llevar un traje mejor,
pero el traje viene con la habitación, y la habitación viene con el coche,
y yo necesitaba uno que no llamara la atención. Abro la cartera del
bolsillo de la chaqueta y miro la cara y el nombre del carné de conducir:
Baldwin «Buster» Parker, Jr., cincuenta y cuatro años, de Cache,
Oklahoma. Tarjeta de socio de la Asociación de Ganado del Suroeste:
juez titular de concursos de ganado equino desde 1952. Todos los
hombres que he conocido que tenían relación con los caballos
conducían una pickup. El hecho de que Buster Parker estuviera
haciendo su ruta en un coche usado, nada menos que un Nova, hizo
que me preguntase qué tipo de problemas habría tenido. El coche
estaba en tan mal estado que tuve que parar en un desguace a las
afueras de Portales a buscar una nueva correa del ventilador. Unos
años antes había pasado por aquel desguace y tomé nota, por si un día
me resultaba útil. Me senté junto a una carretera secundaria que
llevaba a un parque estatal de Nuevo México llamado Oasis, por un
pequeño estanque estacional que atraía a gente con autocaravanas
que acudía a pescar, sobre todo por lo curioso del lugar, aunque
raramente capturaban algo más que alguna carpa blanca.
El desguace, situado en una hondonada de caliza poco profunda,
se encontraba a apenas unos cientos de metros de la carretera, pero
fuera de la vista de los campistas, oculto tras las dunas de arena y
unos cuantos álamos. En la entrada había un viejo cartel de madera
colgado con la inscripción cementerio cowboy. Yo no tenía claro si ese
era su nombre oficial o se trataba de una broma, o quizá ambas cosas.
Francamente, me sorprendió ver que el desguace seguía allí, aquel
montón de coches, camionetas y pick-ups de los últimos cincuenta
años abollados, retorcidos, oxidados, quemados, destripados, con
balazos, desteñidos por el sol, sin ruedas, que nadie volvería a
conducir nunca más.
Unos kilómetros más allá, la hondonada se extendía hasta otro tipo
de cementerio, un lugar llamado Blackwater Draw, un pedregal en el
lecho seco de un río donde en los años veinte un grupo de arqueólogos
halló pruebas de asentamientos humanos prehistóricos. A los hombres
que habían vivido en aquel lugar —los más antiguos que se habían
encontrado en América del Norte— los bautizaron como Hombres de
Clovis. Eso siempre me pareció gracioso, ya que yo había conocido a
un hombre de Clovis, aquel retazo de Nuevo México donde me
encontraba ahora, un pueblo nada recomendable, como nada
recomendable era el hombre que yo conocía. Los arqueólogos
encontraron puntas de lanza, mazas de piedra y otros utensilios de los
hombres de las cavernas. También encontraron fósiles de los grandes
animales que cazaban, o quizá de los animales que los habían cazado
a ellos: mamuts, tigres de dientes de sable… Nunca había podido
entender qué aspecto tendría aquel lugar cuando estaba poblado por
tigres y elefantes. ¿Cómo era posible que aquel rincón del mundo,
llano, seco y desolado, hubiera sido tan distinto en el pasado? ¿Jungla
y pantanos? ¿Realmente había habido agua todo el año? Pasando por
allí me daba cuenta de lo poco que sabía de cualquier tema,
especialmente de las cosas que más creía conocer. Los parabrisas
rotos de los coches amontonados reflejaban los rayos del sol en todas
direcciones. El viento emitía un gemido quejumbroso al colarse por los
chasis de los coches sin puertas. Algunos de los vehículos estaban
aplastados, amontonados unos encima de otros en altos montículos
multicolores de azules, verdes y rosas apagados. Otros estaban
desmontados, y las piezas repartidas en montones: guardabarros,
maleteros y alerones en un montón, ejes delanteros, capotas y
radiadores en otro. Cientos de neumáticos viejos, algunos enteros,
otros cortados por la mitad, con telarañas en su interior, exhibían su
negra sonrisa a la luz del sol.
Miré a ver si había alguien dispuesto a atenderme, pero en este tipo
de lugares nunca hay nadie: cuando alguien necesita una pieza,
alguien del pueblo va a buscarla, y si desaparecen piezas, tampoco le
importa demasiado a nadie. Siempre habrá más coches abandonados.
Avancé por entre las sombras, atento por si me encontraba con
alguna serpiente de cascabel o cabeza de cobre, y fui hasta el rincón
donde estaban los vehículos más intactos, en fila uno detrás del otro.
Los coches destripados, amontonados de dos, en dos resultaban
graciosos, parecían esqueletos jodiendo. Viendo los daños de todos
aquellos coches resultaba imposible no pensar en lo que le habría
ocurrido a la gente que iba dentro en el momento del accidente. En
algunos de los casos resultaba evidente que el resultado había sido de
muerte, quizá décadas atrás, o quizá hacía solo unos meses. En otros,
puede que los pasajeros hubieran sobrevivido, pero no habrían podido
salir por su propio pie y desde luego no habrían vuelto a ser los
mismos. Me quité la chaqueta y la dejé sobre el techo del coche más
limpio. Encontré una correa que me pareció que aún estaba lo
suficientemente elástica, pero también busqué otra de recambio, por si
acaso. Luego di un paseo y me dediqué a observar los coches más
intactos, admirando las elegantes líneas de los modelos más antiguos,
Eneas que parecían prolongarse infinitamente en horizontal sin más
motivo que el estético.
Al salir pasé junto a un coche que me hizo parar, un Lincoln
Continental descapotable de 1961, un cuatro puertas de color azul
oscuro. En su día debió de ser un coche magnífico, pero ahora estaba
apoyado sobre sus ejes, quemado por el sol, con un corte profundo en
el chasis, entre las puertas, como si alguien hubiera intentado cortarlo
en dos con una sierra mecánica. Una vez, cuando aún no trabajaba por
mi cuenta, robé un coche así al sur de Dallas, un buen golpe. Pero el
motivo por el que aquel coche me quedó grabado en la mente fue lo
que encontramos en el maletero cuando lo abrimos, lo más raro que
había encontrado nunca en un coche: una biblioteca. O algo que tenía
toda la pinta de ser una biblioteca: decenas de libros de tapa dura que
llenaban casi por completo el maletero, dispuestos en cinco filas
separadas por estantes de madera, con los lomos hacia arriba,
ordenados alfabéticamente por títulos. Al principio nos planteamos la
posibilidad de que el dueño del coche fuera un profesor o un
bibliotecario, aunque los libros no tenían ninguna marca. Pensamos
que quizá fuera un excéntrico al que le gustaba ir por ahí en coche con
el maletero lleno de libros.
Mi socio, un tipo llamado Dale, que siempre buscaba un beneficio
añadido, comentó: «Quizá sea un comerciante de libros raros. ¿No te
lo has planteado?». Sacó unos cuantos libros de los estantes y
examinó las cubiertas a fondo, hojeando las primeras páginas como si
supiera lo que estaba haciendo. Le llevó dos de los que parecían más
antiguos a un librero y resultó que tenía razón: el hombre examinó
atentamente los volúmenes, miró a Dale y le ofreció cien dólares por
los dos.
Yo vendí mi mitad de los libros enseguida, salvo por tres que me
quedé un tiempo, sobre todo porque me parecían preciosos,
encuadernados en un cuero bruñido de color tostado, con filetes
dorados cruzando el lomo. Era una trilogía de libros del Oeste de los
años veinte escritos por un autor del que yo nunca había oído hablar,
un tal Thornton Woods, y el título del primer libro, El mundo bajo la
Luna, sonaba tan bien que empecé a leerlo. Contaba la historia de un
trampero de Tennessee llamado Daniel T. L. Geary que acaba en Texas
tras la Guerra de Secesión, herido y perdido, y que se abre paso por un
territorio de pesadilla, entre indios, mercenarios y oportunistas.
Recurriendo más a su ingenio que a sus pistolas, consigue levantar un
negocio de ganado y crea una familia que llega a controlar una gran
extensión del norte de Texas. El segundo libro, Lugar de paso—, sobre
el único hijo del patriarca, Durant, sigue la historia en el momento en
que el gran negocio del ganado se ve amenazado por los colonos;
entonces estalla una disputa territorial y el hijo se enfrenta a un dilema
personal, tras enamorarse de la hija de uno de los cultivadores de
algodón que intentan cercar los terrenos de pasto. Los libros eran
buenos, sin duda el autor conocía el territorio y la época. Pero el último
volumen, El país sin mancha, era algo diferente y extraño, muy distinto
de los anteriores, y resultaba difícil entender que lo hubieran publicado.
La historia transcurría casi por completo en la mente de Durant, ya
convertido en un anciano que vivía en lo poco que quedaba de las
tierras familiares, en una Texas que ya casi no reconocía. En todo el
libro, Durant no abandona la cama en la que ha sido confinado por los
médicos, y su memoria es la única parte de él que aún puede viajar,
repasando lo años que vivió con su esposa, Vie, la mujer por la que lo
dejó todo. El grueso de la historia trata del viaje de recién casados que
hacen los dos en carruaje de Amarillo a Austin, para pasar la luna de
miel en el Driskill Hotel. Al principio todo parece un recuerdo bastante
creíble. Pero cuanto más avanzas en la historia, más sospechas que
no es más que un sueño de Durant sobre un viaje que habría querido
hacer con Vie, mujer de salud delicada que no pudo darle hijos,
provocando así el fin de la dinastía familiar. Mientras los dos se alejan
de las llanuras y van penetrando en el verde paisaje del Hill Country,
aquellas tierras se van volviendo cada vez más irreales. Durant
adquiere la habilidad de hablar en el idioma de los indios con los que
se encuentra —apaches y tonkawas, hostiles comanches— y de
conversar con los pájaros y con sus propios caballos. Los recién
casados descubren que ya no necesitan comer ni beber. Cuando llegan
a la capital del estado, esta conforma una especie de visión
paradisíaca del futuro, con edificios con cúpulas de alabastro y
dirigibles surcando el cielo, un lugar tan magnífico que deciden
quedarse para siempre. Pero cuando lo hacen, la historia llega poco a
poco a su fin, porque son perfectamente felices, y el paraíso acaba
convirtiéndose en un lugar bastante anodino.
Era el libro más loco que había leído nunca, pero pasó mucho
tiempo sin que me lo pudiera quitar de la cabeza. Tenía la sensación de
que conocía a Durant mejor de lo que conocía a nadie, y había veces
en que fantaseaba con la idea de que fuera un antepasado mío. El
hecho de que fuera un personaje de una extraña novela del Oeste
contribuía a que me resultara más agradable pensar en ello. En
cualquier caso, me ayudaba a creer que un mundo como aquel podría
existir. El simple hecho de que una historia no sea real no quiere decir
que no sea cierta.
La capota de lona negra del Lincoln estaba levantada. Las ventanas
estaban tan sucias que no veía el interior. Me eché las correas del
ventilador al hombro y agarré las manillas de las puertas delantera y
trasera del Lincoln con ambas manos: era uno de los primeros Lincoln
con puertas de apertura inversa. Se abrieron con sorprendente
facilidad, hacia el exterior, como las puertas de un castillo. El calor
acumulado dentro del coche me sofocó por un momento; miré hacia el
interior, medio a oscuras, y vi que, curiosamente, se conservaba muy
bien: todos los asientos estaban intactos, con una capa de polvo
encima, el salpicadero y el volante también estaban intactos, hasta la
radio seguía en su sitio. A riesgo de ensuciarme el traje, subí y me
senté en el ancho asiento trasero, y estiré los brazos. Pensé en cerrar
las puertas y quedarme allí dentro un rato, escondido, lejos de todo.
Pero hacía demasiado calor, y tenía que reparar mi coche si quería
llegar al pueblo antes de que anocheciera. Así que salí, cerré las
puertas y volví a la carretera.
9
Cuando Troy regresó al área de descanso no conducía el Biscayne,
sino otro coche, un Plymouth Valiant rojo manzana de cuatro
puertas bastante nuevo, bien conservado. Harlan y Martha vieron el
coche acercarse y frenar, y no tenían ni idea de que Troy estaba
dentro. Harlan se puso en pie, cogió a Martha del brazo y los dos se
pusieron a caminar lentamente por la carretera, alejándose, con la
cabeza agachada para protegerse de la lluvia, una pareja dispar que
destacaba contra el vasto paisaje y el cielo gris. Troy situó el coche
a su lado y bajó la ventanilla.
—Daos prisa y subid antes de que pase alguien y os vea —dijo.
Harlan no se detuvo inmediatamente; ralentizó el paso, soltó el
brazo de Martha y miró a Troy, sentado al volante.
—Nos has dado un susto de muerte. ¿De dónde has sacado
esto?
—Del mismo sitio de donde salen todos. Estaba aparcado por
ahí y no había nadie mirando. No podemos arriesgarnos a ir con el
mismo coche mucho tiempo. Ya casi hemos llegado.
Martha tenía el cabello empapado, pegado a la piel como si fuera
una gasa. Antes de rodear el ancho morro del coche y sentarse
detrás se pasó la coleta por encima del hombro y la escurrió. Harlan
seguía de pie, bajo la lluvia, mirando el coche mientras el agua le
caía por el borde del sombrero.
—Diría que hemos mejorado.
—Es rojo como el culo de un mono, y también es una marca que
utilizan los coches patrulla —dijo Troy—, pero podremos cubrir el
resto del camino con él. Sube. He traído comida.
Harlan se sacudió el sombrero contra la rodilla, rodeó el morro
del coche y subió. Troy dio media vuelta y se pusieron en marcha
hacia Presidio. En el centro del asiento delantero había tres
recipientes de porexpán, entre Troy y Harlan. Troy cogió el de
encima y se lo pasó a Martha.
—Esta vez te he traído un burrito, dado que eres de México. No
sé lo que querías. La verdad es que no sé qué comen los
menonitas.
Martha cogió el recipiente aún caliente, se lo puso sobre el
regazo y lo abrió, pero no empezó a comer enseguida; esperaba a
Harlan y a Troy.
—Gracias.
Harían cogió uno de los recipientes y lo abrió, pero no dijo nada.
—¿Qué pasa? —dijo Troy, apartando los ojos de la carretera al
tiempo que se volvía para ver qué problema había con la comida.
—Sabes que no me gustan los huevos. Y me has traído huevos
con beicon.
Troy volvió a fijar la vista en la carretera, que empezaba a tener
desniveles y curvas, pues giraba a un lado y al otro siguiendo el
curso irregular del río Grande.
—Tú solías comer huevos. ¿Qué tienen de malo los huevos?
—Los pollos son animales sucios, y tontos. Yo me he pasado
diez años criándolos y vendiéndolos. Los llevaba en la furgoneta
apiñados, montones de pollos con su mierda, que apestaba. Y no
me gusta comerme sus embriones, que es lo que vas a comerte si
te comes un huevo: el embrión de un animal sucio.
—¿Alguna vez has pensado en qué pasaría si dejáramos que
todos esos huevos llegaran a convertirse en pollos? —preguntó Troy
—. Habría tantos pollos que no podríamos caminar sin pisarlos, ni
conducir sin atropellarlos. Sería terrible. Una masacre diaria. De
hecho, Harlan, es nuestro deber moral comer huevos para evitar
todo ese sufrimiento a los pollos.
Harlan refunfuñó y se puso a picotear en su desayuno con un
tenedor de plástico.
—Solo dices memeces. Tienes el récord mundial de las
memeces. La próxima vez no me traigas huevos.
En el asiento trasero, Martha ya se había comido el burrito con
las manos, había puesto el recipiente en el suelo y se había tendido
en el ancho asiento, con la coleta colgando por el borde. La lluvia
parecía caer con más fuerza, como granizo, y los limpiaparabrisas
tenían trabajo para mantener el cristal limpio. El coche pasó junto a
un grupito de cruces de madera blancas dispuestas al lado de una
curva cerrada donde habría tenido lugar un accidente, y varios
kilómetros más allá encontraron otros dos elaborados monumentos
en recuerdo de los fallecidos, de esos que suelen verse en México,
relicarios que parecían jaulas para pájaros muy ornamentadas,
hechos a mano con madera pintada y plástico transparente, llenos
de cruces y de rosarios, y a veces con fotografías de los muertos.
En Texas el Departamento de Tráfico no permitía la instalación de
tales monumentos fúnebres, pero probablemente aquellos seguían
allí porque aquella carretera estaba muy poco transitada; ningún
cargo oficial se iba a molestar en quitarlos.
A través de la cortina de lluvia Martha vio las finas ramas
verticales de los ocotillos junto a la carretera, otro indicador de la
proximidad de Chihuahua. Aquella estrecha carretera, asfaltada solo
en algunos tramos, la Farm-to-Market 170, era conocida también
como River Road y atravesaba el Parque Nacional del Big Bend, lo
cual quería decir que allí no vivía casi nadie. Troy ya había pasado
por allí años atrás, y tenía exactamente el mismo aspecto que él
recordaba, una carretera que no había sido trazada y despejada por
el hombre, sino abierta a lo largo de miles de años por el paso de
los animales y de las personas que siguen el río. En una curva, tras
un cambio de rasante, vieron durante unos segundos el río, por
debajo de la carretera, como una losa de piedra gris junto a una
laguna de contorno irregular. Al otro lado se extendía una capa de
bruma que creaba la impresión de que el agua se extendía más allá,
en lugar de dar paso al territorio de otro país.
Entre Lajitas y Presidio solo se cruzaron con otro vehículo, una
enorme autocaravana con una pareja de ancianos, ambos ataviados
con la misma visera transparente de golfista. El hombre y la mujer,
subidos a sus asientos, tres metros por encima del asfalto, les
saludaron animadamente, como si vivieran en otro mundo, un
mundo en el que hacía un día mucho más bonito y donde el gris
paisaje que se veía bajo la lluvia debía de tener un aspecto muy
diferente. Martha les devolvió el saludo instintivamente, pero
enseguida recordó que no debía hacerlo y retiró la mano.
Llegaron a Presidio a primera hora de la tarde, y en la entrada
los recibió un cartel con la imagen descolorida de un vaquero con
bigote subido a un caballo cimarrón en medio de lo que parecía el
sol, solo que el centro del sol era de color negro y estaba rodeado
por un lazo. Alrededor del sol y del lazo se leía «BIENVENIDOS A LA
VERDADERA FRONTERA. PRESIDIO, TEXAS. FUNDADA EN 1683».
—¿Es verdad que es tan vieja? ¿Más que Estados Unidos? —
preguntó Martha.
Troy se volvió y la miró de soslayo.
—Ahora tienes que esconderte. Ya casi estamos en el pueblo.
Ella se hundió en el espacio que había entre los asientos, grande
como una bañera, desde donde oía la voz de Harlan:
—Cuando la fundaron no se llamaba Presidio. Entonces era una
misión, con uno de esos largos nombres en español, algo
relacionado con una cruz en llamas, algún milagro que vio un indio
una noche, si no recuerdo mal. Aún faltaba mucho para que
nacieran los Estados Unidos de América. —Hizo una pausa, como si
estuviera pensando en el significado de esos nombres—. En aquella
época todo este territorio era una frontera. Podías llamarlo como
quisieras, siempre que tuvieras más pistolas que el vecino.
Troy redujo la velocidad cuando la carretera empezó a parecer
más bien una calle. Fueron dejando atrás postes telefónicos con un
lío de cables y casas-remolque, y luego una tienda John Deere, que
un lunes por la tarde tendría que estar rodeada de furgonetas, y sin
embargo se encontraba a oscuras, quizá para siempre. Cuando
empezaron a aparecer señales en los cruces bajó la ventanilla y
volvió a subirla otra vez para limpiar el agua, e intentó leer los
nombres de las calles. Aquello aún no tenía pinta de pueblo, pero
giró a la derecha por una calle sin asfaltar y la siguió hasta el final,
pasando junto a minúsculas casas de adobe con tejados de chapa
ondulada de metal y vallas de alambrada. Entre las casas crecían
unos arbolillos finos cuyas hojas se agitaban como las hélices de un
helicóptero recién aterrizado. Troy avanzó lentamente por delante
de varias casas y finalmente se detuvo frente a una que tenía
prácticamente el mismo aspecto que las demás. Metió la mano en el
bolsillo interno de la chaqueta, sacó un trozo de papel y lo miró.
—¿Por qué paramos aquí? —preguntó Harlan, intentando ver la
casa a través de la cascada de agua que caía por su ventanilla—.
¿Quién vive aquí?
Troy permaneció en silencio con el motor encendido, mirando
aquella casa, las casas vecinas y los pocos coches que había
aparcados por allí.
—No hagáis nada. Volveré enseguida —dijo. Sacó los brazos de
las mangas de la chaqueta y se la puso sobre la cabeza. Abrió la
puerta y salió al trote hacia el buzón que había junto al camino
lateral de entrada a la casa. Se oyó el aullido acusador de un perro
cercano. Troy se quedó un momento de pie junto al buzón,
esperando. Lo abrió, sacó todo el correo y volvió corriendo al coche.
Entró, mojando el asiento con el agua que le caía por todas partes,
cerró la puerta y examinó la docena de sobres que tenía en las
manos, mirando atentamente los nombres escritos a mano y los
escritos a máquina tras las ventanillas de celofán. Luego volvió a
abrir la puerta del coche, tiró todas las cartas al fango, puso la
marcha y reemprendió el camino. Harlan se volvió y miró a Troy de
frente.
—¿Es ahí dónde vive?
Troy examinó varias veces el retrovisor antes de embocar otra
calle sin asfaltar y se acomodó en su asiento, al tiempo que se
limpiaba el agua del rostro con la manga.
—¿Vive ahí, Troy? ¿Quién te lo dijo?
—Alguien que la conocía.
—¿Vino aquí después de estar conmigo, o ya vivía aquí antes?
—Eso no lo sé.
Harlan se acercó más.
—¿Has hablado con ella? ¿Ella te ha dicho algo?
Troy levantó el pie del acelerador y dejó que el coche se
detuviera junto a una serie de casas con una alambrada de pinchos,
en cuya hilera superior habían clavado tres carcasas de coyote que
colgaban como si fueran viejos abrigos de pieles.
—No, Harlan. Ni siquiera la conozco. Tú eres el que la conociste.
Era tu esposa.
—Parece ser que conoces a gente que sabe cosas de ella que a
mí no me contó.
—Bueno, pues supongo que no sabían nada, ¿no? O eso, o no
recibe correo a su nombre. Pero eso lo dudo mucho. No creo que
esté ahí. Probablemente no haya estado nunca ahí.
Harlan se volvió y miró por encima de su hombro, en dirección a
la calle que acababan de dejar atrás, intrigado por ver qué aspecto
tenían aquellas casas.
El coche empezó a moverse otra vez lentamente a través del
fango, resbalando de un lado al otro de la calle. La lluvia arreció y
los limpiaparabrisas siguieron moviéndose con un sonido sordo y
pesado, como si alguien tocara un bombo en el exterior.
Se oyó la voz de Martha en el asiento trasero:
—Ahora ya estamos en el pueblo. ¿Podéis llevarme a la estación
de autobuses y dejarme allí? Estaré bien. Muchas gracias por el
viaje.
Troy embocó una calle asfaltada y el coche recuperó la
estabilidad.
—Primero vamos hasta el puente a ver si hay cola. No quiero
quedarme bloqueado en este lado del río mientras te puedan ver por
aquí. Tú escóndete y antes de que te des cuenta ya estaremos
despidiéndonos.
Siguió varias travesías hacia el oeste, en dirección a un sol
lechoso que ya parecía haber iniciado su descenso hacía mucho.
Para ser un pueblo tan antiguo, resultaba curioso lo poco
desarrollado que estaba Presidio, con todos aquellos bloques de
pisos a medio construir, más calles de tierra que asfaltadas, casas
dispersas formando ángulos extraños. Había solares con coches
viejos aparcados y postes telefónicos ladeados con los cables
caídos hasta el suelo, como si formaran parte de un sistema de
anclaje diseñado para evitar que todo acabara en el río. El impulso
aventurero que había llevado a ampliar las fronteras del país hacia
el oeste parecía haberse perdido en aquel lugar, o quizá era que
nunca había llegado hasta allí.
Troy giró hacia el sur por la carretera 67, ancha y bien asfaltada,
la única del lugar que recordaba las del resto del país, flanqueada
por altas farolas. Aunque en aquellas latitudes no se veían muchas
palmeras, a medida que se acercaban al puente internacional fueron
apareciendo elegantes palmeras enanas mexicanas. Parecían haber
sido plantadas en aquel lugar, con fondos del Departamento de
Transporte de Estados Unidos, para acompañar a los viajeros en su
paso a otra cultura, antes de que la carretera se convirtiera en la
Carretera Federal Mexicana 16, que atravesaría el desierto de
Chihuahua, y donde no volvería a verse una palmera en cientos de
kilómetros.
El puente, construido en los años treinta, tenía dos carriles y no
era propiedad de ninguno de los dos gobiernos, sino de un hombre
de negocios del lugar que durante años había conseguido impedir
que se construyera un puente federal río arriba, convirtiéndose así
en el único propietario privado de un paso fronterizo internacional en
Texas; su puente era la única vía por donde poder introducir un
vehículo en México a lo largo de los ochocientos kilómetros que
había entre Laredo y El Paso.
Al acercarse, Troy sintió la cercanía de la frontera casi
físicamente, en el pecho. Ya llovía menos, pero el suelo, endurecido
por la sequía, no lograba absorber toda aquella agua, y el exceso se
iba acumulando en las zanjas y caía formando torrentes en dirección
al río. Fuera hacía tanto frío que empezaron a formarse capas de
hielo en el asfalto, y Troy redujo la marcha para poder detectarlas. A
medida que fueron acercándose solo encontraron unos cuantos
coches, y Troy pensó que con un poco de suerte la lluvia habría
hecho que muchos conductores se quedaran en casa. Pero cuando
tomaron la última curva antes de que la carretera empezase a
descender hacia el río, vio una fila de coches y camiones de varios
centenares de metros en dirección a un punto que no veía pero que
supuso que sería la oficina de aduanas y el puesto de control de la
patrulla fronteriza. Se acercó algo más, pero antes de quedarse
bloqueado por la caravana se hizo a un lado, encendió las luces de
avería y le dijo a Martha que se escondiera lo mejor que pudiera.
Salió del coche y echó a andar a paso ligero hacia delante, como si
los coches que iba dejando atrás no estuvieran allí. Harlan lo siguió
con la mirada hasta que lo perdió de vista entre la densa lluvia. Iban
llegando camionetas atestadas de hombres mexicanos y de familias
enteras que se tapaban con abrigos y lonas; los ocupantes miraban
a su alrededor, atónitos ante el comportamiento de la naturaleza,
que los había sorprendido con aquel frío insólito para un territorio
situado tan al sur, infrecuente incluso en pleno invierno. Cuando
pasaban junto al Plymouth parado en el arcén reducían la marcha y
miraban a Harlan, sentado en su interior, como si él fuera la causa
de aquel tiempo tan desagradable. Junto al lugar donde Troy había
aparcado el coche, en una explanada de cemento, se alzaba una
enorme estatua de bronce de un hombre con un martillo en una
mano y el sombrero en la otra, entre dos palmeras muy separadas.
Harlan le echó un vistazo pero no reconoció al personaje en
cuestión, que tenía la cara redonda y la mirada hosca. Sí pudo
distinguir las palabras del pedestal, que lo identificaban como Anson
Jones, el último presidente de la República de Texas antes de que
esta desapareciera en r845, poniendo fin al sueño de Jones de una
nación independiente. Las palabras grabadas en dorado decían:
«¡Venerado en los Senados y luz de los Gabinetes! El eco de sus
palabras flotará por todos los municipios de este País, y solo les
pasará desapercibido a los sordos ante la llamada del mérito, a los
insensibles a la voz del Honor y a los muertos ante el reclamo de la
Justicia. ¡A ellos la arena; a ti el mármol!». Pero al final, después de
tantos elogios, el panegírico concluía de un modo extraño,
añadiendo, sin más explicaciones: «Acabó con su vida el 9 de enero
de 1858. Que descanse en paz, en brazos del Poder Supremo,
como lo estuvo desde el principio, en su hora final».
Unos minutos más tarde, la voz de Martha, profunda y grave
desde su posición en el suelo del coche, despertó a Harlan de su
ensoñación.
—¿Tú crees que volverá? A lo mejor ha cruzado la frontera a pie,
sin más.
Harlan se giró para responderle, pero recordó que en el exterior
había gente curioseando a través de las ventanillas y siguió mirando
adelante, como si estuviera solo en el coche.
—Volverá.
—¿Cómo lo sabes?
—No sé cómo lo sé. Troy se ha pasado la vida dejando a la
gente. Pero él no haría eso.
Se hizo el silencio detrás de Harlan.
—Tengo frío —dijo Martha por fin.
Harlan trasteó con los controles de la calefacción del Plymouth y
acercó las manos a los difusores de aire, pero no notó calor. El
tráfico de vehículos se había detenido, aunque de vez en cuando
pasaba algún que otro grupo de personas cabizbajas caminando a
paso lento, pasajeros que también habían salido de sus vehículos
para acercarse a pie hasta el puente y enterarse de lo que pasaba.
Troy reapareció abriéndose paso entre uno de aquellos grupos,
pero en dirección contraria, sorteando lo coches. Entró y se puso las
manos en las axilas, bajo la chaqueta. Estaba empapado.
—Con la lluvia, el río ha crecido y está casi desbordado —dijo—.
El maldito puente es de madera, como en las películas del Oeste, y
tienen miedo de lo que pueda suceder con la presión del agua. Solo
dejarán pasar unos cuantos coches cada vez. Al ritmo que van no
pasaremos antes de la noche. —Miró por las ventanillas empapadas
en dirección a la gente que caminaba por la carretera, que era cada
vez más numerosa, algunos cargados con bolsas y cajas, con la
esperanza poder pasar a pie si no les dejaban cruzar con el coche
—. No podemos quedarnos aquí sentados en el coche, esperando
con la niña.
Dio marcha atrás y retrocedió con cuidado por el arcén, en
paralelo a la fila de coches inmóviles que se había ido creando.
Había zonas donde la gente bloqueaba el paso, y se tomaban su
tiempo para salir de la calzada y dejarles pasar. Un par de niños le
dieron un manotazo al Plymouth y dijeron algo en español que solo
Martha, oculta bajo su cazadora, podía entender. Cuando por fin
lograron salir, Troy cambió de marcha y describió una curva para
cambiar de carril y volver atrás, pasando junto a dos coches
marrones de la oficina del sheriff que parecían dirigirse al inicio de la
cola para gestionar la creciente aglomeración.
Paró en la gasolinera más cercana, preguntándose cuánto
tiempo pasaría antes de que denunciaran el robo del Plymouth. Para
no levantar sospechas, pidió que le llenaran el depósito, y esperó a
que le pusieran el combustible bajo la marquesina, observando un
par de gorriones que desafiaban el frío recogiendo insectos en la
parrilla del coche. Entró y le preguntó al empleado dónde se
encontraba la estación de autobuses.
—En este pueblo no hay estación de autobuses —le dijo un
anciano blanco que se lo quedó mirando un buen rato, como si no
entendiera qué hacía allí—. Hay un sitio donde paran los autobuses,
si es eso lo que quiere decir. El autobús de la tarde a El Paso llega
hacia las cinco y media, si es que circula con este tiempo.
—¿Dónde está la parada?
—En la cafetería.
—¿Y dónde está la cafetería? ¿Tiene nombre?
—No le hace falta. Solo hay una en el pueblo. Siga O’Reilly por
ahí hasta Erma, y luego gire a la izquierda por Bledsoe.
Troy encontró el lugar, señalizado como parada de autobuses
con un adhesivo de la Greyhound en el escaparate, junto a otra
pegatina con la bandera de Texas y una tercera de la Virgen de
Guadalupe. Por sus colores —las paredes de hormigón estaban
pintadas de color crema con una cenefa verde azulado— la
cafetería debía de estar asociada al motel que había al otro lado de
la vía de servicio, el Three Palms, pintado del mismo modo, con tres
palmeras escuálidas delante y un cartel donde aparecían de nuevo
las tres palmeras silueteadas. Troy aparcó en el patio cubierto de
grava que había junto a la cafetería, salió y echó un vistazo a los
coches que estaban aparcados.
—Quedaos aquí un minuto, no os dejéis ver —dijo, al tiempo que
cerraba su puerta—. Voy a preguntar precios.
Martha abrió la puerta trasera del coche y salió.
—Yo me bajo aquí —dijo—. Me quedo aquí.
No se movió de donde estaba, esperando que él dijera algo o
que la agarrará. Pero él la miró de arriba abajo por primera vez, y
vio su gastada blusa de flores de color rosa y sus finos bracitos
desnudos.
—Ponte la cazadora.
Ella la cogió, y Harlan también abrió su puerta y salió.
—Voy a tomarme una taza de café —dijo.
Troy los miró a ambos, y ellos se lo quedaron mirando a él.
—Vamos, Troy. Por el amor de Dios. ¿Qué sentido tiene
quedarse sentado aquí fuera?
El interior de la cafetería era espartano: no había
compartimentos, sino únicamente unas cuantas mesas con
manteles de plástico y unas sillas de color turquesa y patas de
metal. Los altos ventanales estaban cubiertos por cortinas cortas y
llenas de polvo, de modo que no entraba nada de luz del exterior, y
la luz de los fluorescentes era tan intensa que casi resultaba
molesta. Había una mujer tras la barra, una señora mexicana
voluminosa, y un solo cliente, un anciano que también parecía
mexicano con un gran sombrero de vaquero, sentado, o más bien
desplomado, sobre su silla cerca de la mujer, de espaldas a las
mesas, mirando el televisor en blanco y negro que había sobre la
barra, donde estaban retransmitiendo un partido de fútbol americano
sin sonido. Harlan y Martha se quedaron de pie mientras Troy se
acercaba a la mujer y saludaba cordialmente con un movimiento de
cabeza al hombre, que probablemente no fuera un cliente, sino
alguien relacionado con el establecimiento. Troy pidió un billete de
autobús.
—No señor —dijo la mujer—. Se le compra al conductor
directamente. Solo efectivo. Cuesta doce dólares.
—Si se lo observaba más de cerca, el hombre de la silla parecía
muy anciano, y llevaba las mejillas cubiertas de una incipiente barba
gris que probablemente ya no se afeitaba él mismo. El anciano se
rio, y Troy pensó que tendría algo que ver con lo del billete de
autobús. Pero cuando lo observó con más detenimiento vio que el
hombre no le prestaba ninguna atención. Estaba siguiendo el partido
de fútbol sin volumen y haciendo muecas, chasqueando la lengua y
guiñándole el ojo al televisor. Se volvió hacia Troy, mostrándole un
rostro surcado de profundas arrugas, y se lo quedó mirando
fijamente un buen rato; Troy se sintió muy violento. El anciano se
giró de nuevo hacia el televisor, señaló la pantalla con el brazo y
asintió muy serio, como si estuviera viendo algo importante. Troy se
dirigió a la mujer, que quizá fuera la hija o la nieta del hombre.
—¿Está intentando decirme algo?
—No, no. No habla.
—¿Está bien?
—Está bien. Nosotros solemos decir que un día se perdió en sus
pensamientos y que no volvió a encontrar la salida.
Por el modo en que sonrió, a Troy le dio la impresión de que
solía contarles lo mismo a todos los clientes forasteros, aunque
aquella cafetería tenía algo que hacía pensar que la mujer y el
anciano debían de ser los únicos que habían entrado nunca por
aquella puerta. Troy miró de nuevo al anciano, y este le devolvió la
mirada con el gesto torcido, como suelen hacer quienes han perdido
la cabeza, componiendo una expresión que parecía decir: «Tú
probablemente sepas quién soy yo, pero yo ya no lo sé, y no es
justo». Troy le dio las gracias a la mujer y miró a Harlan y a Martha,
que seguían de pie junto a una mesa próxima a la salida, sin saber
muy bien qué hacer. Troy fue al baño, puso el pestillo y se miró un
buen rato en el espejo cubierto de marcas de óxido. Sentía el sabor
acre del miedo en la boca —llevaba días sintiéndolo— y notaba
cómo le latía el corazón tras los oídos. Pero el rostro que veía en el
espejo era el de un hombre de aspecto perfectamente normal,
totalmente tranquilo y compuesto, el rostro de otra persona cuya
imagen llevaba viendo toda su vida, y ahora la veía más que nunca.
Fue a uno de los urinarios, un modelo antiguo, alto y con elaborados
detalles ornamentales que parecía más bien una reliquia procedente
de otro local o de otro siglo. Recordaba a una escultura de mármol,
y mientras meaba bajó la frente lentamente y la apoyó en la ancha
encimera, que estaba fría y húmeda al tacto. A pesar del frío que
hacía fuera, aquel contacto le tranquilizó, le reconfortó, fue como un
regalo, y sintió lo más parecido a una experiencia religiosa que
había tenido en años.
Cuando abrió la puerta del baño fue a dar justo al espacio que
había detrás de la barra y vio a la mujer —la camarera, o quizá la
dueña— en cuclillas, apoyada sobre sus grandes muslos, con su
uniforme rosa, como si estuviera buscando algo. Pero no parecía
estar buscando nada. El modo en que inclinaba la cabeza podría
hacer pensar que se encontraba mal. De pronto vio a Troy allí de
pie, a solo un par de metros, lo miró y le hizo un gesto con la mano
que él no supo interpretar. ¿Necesitaba ayuda para ponerse en pie?
¿Había perdido algo? Parecía angustiada, pero era una angustia
que quizá ya hubiera experimentado antes, un problema que sabía
cómo gestionar. Troy dio un paso en su dirección, pero antes de que
pudiera dar el segundo, la expresión de la mujer mudó en un gesto
horrorizado, se puso de y acercó la cabeza en el suelo hasta casi
tocarlo.
Fue entonces cuando Troy sintió una ráfaga de aire frío en el
rostro y se dio cuenta —demasiado tarde— de que había entrado
alguien por la puerta principal de la cafetería, y que lo que la mujer
le decía era que se escondiera, que volviera al baño. Pero ahora ya
casi había girado la esquina del pasillo y quienquiera que hubiera
entrado habría podido verle, o cuando menos su sombra. El anciano
no se había movido de su silla y seguía mirando el televisor, como si
la mujer no hubiera desaparecido tras la barra. Troy dio medio paso
más y vio a Harlan en el centro del comedor, de cara a la puerta,
muy quieto. Había dejado el sombrero en una de las mesas y tenía
las manos ligeramente apartadas del cuerpo, con las palmas hacia
abajo, como si estuviera practicando algún paso de baile. No
parecía que hubiera visto a Troy. La niña estaba sentada, con la silla
girada de modo que tenía la mesa a un lado, y miraba hacia un
punto a medio camino entre la puerta y su posición. Movía la boca,
diciendo algo, un murmullo agudo, nervioso, apenas audible, en algo
que no parecía ni inglés ni español, y Troy supo que si daba otro
paso podría ver a la persona con la que estaba hablando.
Contuvo la respiración e intentó recordar si había un ventanuco
en el baño, o alguna otra puerta, quizá una puerta trasera en el
pasillo. Mientras retrocedía, el viejo se giró lentamente hacia él, se
llevó uno de sus huesudos dedos a la cara, lo apoyó bajo el ojo
derecho, señaló la pantalla del televisor y dijo algo que sonó como
«¡búfalo!». En ese instante, otra voz, ronca, estentórea, dijo «¡No te
muevas!» y un hombre flaco como una vara apareció en el campo
de visión de Troy, caminando de lado hacia la zona izquierda de la
cafetería, con una pistola cargada en la mano, apuntando
alternativamente a Harían y a Troy.
Troy lo tuvo claro en el momento en que vio al hombre. No solo
por el parecido —el rostro enjuto, los pómulos altos, los ojos pálidos
algo separados—, sino por el modo infantil en que Martha se
abrazaba el cuerpo y por la expresión de su rostro, vuelto a medias
hacia ellos. El hombre iba tan andrajoso que resultaba imposible
calcular su edad. Por su aspecto daba la impresión de que no había
dormido en meses, más o menos el tiempo que llevaba fuera de la
cárcel. Tenía el cabello rubio, muy corto, algo más oscuro que la
piel, y su vello facial formaba una especie de manchas de ceniza
esparcidas por las mejillas y la barbilla. Iba vestido con lo que
parecía un pijama, aunque probablemente fuera algún tipo de ropa
de trabajo, una chaqueta blanca ancha y una camisola que le
colgaba sobre unos pantalones bombachos del mismo tejido fino.
Los pantalones, manchados de amarillo parduzco en la entrepierna
y en las rodillas, le venían cortos, no parecían ser suyos, y en los
pies llevaba los típicos huaraches con suelas de neumático y unas
tiras de cuero rotas que apenas le cubrían los pies huesudos. Troy
nunca había visto a nadie con un aspecto tan enfermizo y
desastrado, al menos fuera de un hospital. El hombre temblaba,
pero, curiosamente, a la vez transmitía dignidad, la dignidad de los
derrotados.
La pistola que llevaba en la mano derecha era pequeña y tenía
aspecto de ser decorativa, de cañón corto grabado, como las
pistolas hechas para que las mujeres las lleven en el bolso. Pero
pese a su pequeño tamaño daba la impresión de que le costaba
mucho sostenerla con el brazo levantado, y la tensión con que la
mantenía en alto hacía pensar que era la primera vez que manejaba
una pistola. Troy miró a Harlan, que seguía con las manos
separadas del cuerpo pero ya no miraba al hombre. Miraba a
Martha, que estaba llorando en voz baja, diciendo algo en alemán
una y otra vez. El hombre extendió la mano izquierda hacia la niña
con un gesto de reprobación, y ella le obedeció y se quedó quieta en
la silla. De pronto parecía mucho más pequeña.
Troy dio un paso hacia un lado, hacia el centro del comedor,
levantando también las manos, no por encima de la cabeza sino
hacia delante, mostrando las palmas, en un gesto que pretendía ser
tranquilizador. Por el rabillo del ojo veía al viejo, que ni se había
girado para averiguar qué sucedía, pero guardaba silencio,
totalmente inmóvil en su silla, respirando pesadamente, de forma
audible. A la camarera no la veía; estaba escondida tras la barra.
Troy intentó mirar al padre de Martha a los ojos, tal como había
oído que había que hacer en una situación así, pero el hombre
parecía estar mirando más allá, en dirección al callejón. Troy pensó
que si no empezaba a hablar enseguida quizá ya no tendría ocasión
de hacerlo.
—Sé quién es usted —dijo, hablando despacio—. Lo conozco.
Es el papá de Martha. ¿Habla inglés?
El hombre no reaccionó de ningún modo; dejó de apuntar a Troy,
volvió a apuntar a Harlan, se quedó mirando a Harlan fijamente y
luego miró a Martha. Troy levantó las manos aún más, intentando
atraer la atención del hombre otra vez.
—¡Mire, esto no es más que un malentendido! No hacen falta
pistolas. Nadie va a hacerle daño a su niña, y nadie le va a hacer
daño a usted. ¡Ella ha recorrido todo Texas buscándolo, y aquí está
de pronto! Ahora puede irse con usted, y mi hermano y yo
seguiremos nuestro camino. Su niña está perfectamente. Todo está
perfectamente. Todo está bien —dijo, pronunciando la última frase
en español—. ¿Me entiende?
El hombre volvió a mirar a Troy como si el sonido que salía de su
boca no fuera lenguaje, sino un ruido que le impedía concentrarse.
Seguía apuntando a Harlan, directamente al pecho, y luego se
volvió hacia su hija. Abrió la boca y emitió un ruido horrible, como un
llanto y una tos profunda a la vez, y volvió a hablar, esta vez en
inglés, con el limitado lenguaje del que parecía disponer.
—¿Qué le has hecho? —dijo.
Miraba a Harlan, con los ojos bien abiertos y encendidos, y
temblaba tanto que la pistola se movía trazando pequeños círculos
al final de su brazo.
—¿Qué le has hecho? —dijo otra vez.
Harlan apartó la vista de la niña, y miró a Aron, la voz de Martha
se elevó en forma de aullido:
—¡No ha hecho nada! ¡No me han hecho nada! —gritó en inglés
—. Ya te lo he dicho. Solo me han traído hasta aquí, papá. Yo
estaba en el coche y ellos me trajeron hasta aquí porque les pedí
que me llevaran contigo. ¡No han hecho nada! ¡No le hagas daño a
nadie! ¡No quiero que le hagas daño a nadie!
A juzgar por sus ojos, daba la impresión de que solo había
comprendido en parte lo que había dicho la niña, y la parte que
había entendido tampoco le hizo cambiar de actitud lo más mínimo.
Miró a Troy, luego otra vez a Harlan, y el rostro se le llenó de
lágrimas mientras repetía, cada vez más alto:
—¿Qué le has hecho?
Troy dio un paso adelante:
—Díselo en español, Martha. Díselo en holandés, dile que estás
bien. Si no salimos de aquí enseguida, entrará alguien y ya no habrá
remedio. Dile que sé que no quiere volver a la cárcel. Volverían a
llevarte a Tahoka, y tu papá y tú ya no os veríais nunca más.
¿Sabes cuánta gente te estará buscando ahora mismo? Tu cara
puede aparecer en esa tele en cualquier momento.
Martha se giró hacia la pantalla del pequeño televisor, que
mostraba un primer plano del rostro de un hombre con casco de
jugador de fútbol americano y una cortina de nieve cayendo por
delante, aunque era difícil distinguir si la nieve era de verdad o la
causaban las interferencias. A Martha le resultaba inconcebible que
apareciera una fotografía suya en aquella misma pantalla, eso no
podía suceder en el mundo tal como ella lo conocía. Intentó recordar
la última foto que le habían hecho y la edad que tendría, pero le
daba demasiado miedo pensar en ello.
Su padre seguía apuntando a Harlan, y las rodillas y los hombros
le temblaban tanto que daba la impresión de que estaba a punto de
caerse. Pero respiró hondo, se equilibró y repitió las mismas
palabras en inglés:
—¡Qué le has hecho!
Y esta vez no sonó a interrogación, sino como una afirmación,
pronunciada con una voz tan aguda que sonó como la de un niño.
Cerró los ojos con fuerza y echó la cabeza atrás, en un ángulo
antinatural.
Justo antes de que apretara el gatillo, Troy se lanzó hacia
delante por el espacio que quedaba entre las dos mesas,
sobrevolando una superficie de linóleo sucio que parecía no tener
fin. Se oyó un sonido hueco, demasiado débil para ser producto de
un disparo de verdad. Pero en el cuarto de segundo previo al eco
que crearon las paredes, la mano derecha de Troy, extendida hacia
delante, estalló en una llamarada de un rojo intenso que salpicó los
manteles de plástico de las mesas cercanas. Y el tiempo,
comprimido hasta aquel instante como la masa de un diamante, se
dilató de pronto, haciendo que lo que pasó a continuación se
extendiera a lo largo de un espacio enorme durante el cual todo se
veía perfectamente claro pero nada podía cambiarse.
Troy salió dando tumbos y fue a dar contra la pared de bloques
de cemento del otro extremo de la cafetería. Harlan fue a por la
pistola, que emitió un segundo estallido apagado, Martha gritó, y el
anciano de la parte de atrás de la cafetería, sin apartar la vista de la
tele, se llevó las manos a los oídos y empezó a aullar como un
perro. Troy se apoyó en la pared y trató de agarrarse a la superficie
pintada de esmalte brillante con la mano izquierda, al tiempo que
miraba hacia abajo, hacia su chaqueta. Echó la cabeza atrás, puso
cara de sorpresa, le fallaron las piernas y se cayó al suelo,
derribando una silla. Quedó tendido en el linóleo con la espalda
contra la pared, sangrando por la mano derecha, mientras apoyaba
la palma de la mano izquierda sobre la tela de su chaqueta, a la
derecha del botón superior.
Aron se zafó de la presa de Harlan y levantó la otra mano para
sujetar la pistola con ambas, haciéndola temblar aún más. Martha se
acercó a su padre arrastrándose por el suelo y chillando. Aron dirigió
la pistola hacia Harlan, pero no miraba a su objetivo. Se miraba las
manos, horrorizado, aquella cosa minúscula que sostenía y el rastro
de humo que flotaba delante de él. Cuando bajó la vista fue como si
viera a su hija por primera vez, a sus pies. Pensando que la había
alcanzado, se dejó caer de rodillas, la levantó sujetándola por los
hombros e hizo un esfuerzo por ponerse en pie, y a su hija con él.
La miró a los ojos, muy agitado, y al instante la examinó de arriba
abajo en busca de sangre. Martha lanzó una especie de breve
alarido y tiró enérgicamente de su padre, pero él la apartó, la sujetó
del brazo y la estrechó con fuerza contra su pecho, hasta que ella se
rindió. Totalmente ido, miró a Harlan por encima de la cabeza de
Martha y empezó a retroceder muy despacio, sin soltar a su hija,
hacia la puerta de cristal que daba al vestíbulo del café. Sin quitarle
la vista de encima a Harlan, empujó la primera puerta con el cuerpo,
abrió la puerta de la calle y salió con Martha al exterior, bajo la lluvia.
Una ráfaga de aire húmedo entró en el comedor hasta que ambas
puertas se cerraron solas. El llanto de Martha fue desapareciendo a
lo lejos, y el anciano también se tranquilizó, hasta que por fin dejó
de gemir. De pronto se hizo un silencio absoluto, no se movía nada,
salvo las imágenes del televisor y la nube de humo que había
dejado la pistola, convertida en una membrana que flotaba entre el
suelo y el techo.
Harlan fue hasta donde se encontraba Troy. Pasó un pie por
encima de su cuerpo, se agachó y acercó su rostro al de su
hermano.
—Por Dios, Troy. Oh, Dios Santo. ¿Qué te ha hecho?
Troy bajó la mirada e intentó desabotonarse la chaqueta con la
mano buena, pero no pudo.
—No lo siento —dijo—. Lo veo, pero no lo siento. No puede
haber sido gran cosa.
Harlan le abrió la chaqueta y descubrió el pequeño orificio limpio
—sería como mucho una 22— en la camisa blanca, justo por debajo
de las costillas. También se fijó en la mancha oscura que empezaba
a extenderse por las piernas hasta llegar al suelo.
—¡Ayúdame! ¡Ayúdame a levantarme, Harl! ¡Tenemos que salir
de aquí!
Se oyó la voz de la mujer, gritando en español desde detrás de la
barra:
—¡Héctor! ¡Héctor! ¿Hay heridos? ¡Héctor!
Pero Héctor, sentado en la misma posición, de espaldas a la
entrada, seguía mirando el televisor y no le respondió.
Harlan arrimó el hombro izquierdo, pasó el brazo por debajo del
de Troy y lo levantó lentamente del suelo. Troy, convertido en un
peso muerto, gritó de dolor. Harlan pasó el brazo inerte de Troy por
encima de su hombro y lo puso en pie, cargando el peso en la
cadera para evitar que se cayera. Miró al fondo de la cafetería y vio
a la mujer de cabello negro agazapada, comprobando si aún había
peligro y qué daños le habían causado a su negocio.
—¡Héctor! ¡Héctor! ¡No te veo! ¡Háblame, Héctor!
Se asomó y vio a Héctor sentado en su silla, ajeno a todo; se
ocultó de nuevo tras la barra y volvió a agachar la cabeza.
—¿Quieren que llame a la policía? —dijo, desde su escondrijo.
Harlan cruzó el comedor con Troy a cuestas, y cuando ya casi
había llegado a la puerta flexionó lentamente las rodillas, recogió la
pistola y se la guardó.
—No, a menos que crea que tiene que hacerlo.
Arrastró a Troy al vestíbulo e inspeccionó el aparcamiento, de un
gris intenso, a través de las ventanas laterales, para comprobar si
Martha y su padre seguían allí. Abrió la puerta y avanzó bajo la
lluvia, dejando tras de sí dos espesos regueros de sangre en la
estrecha acera que rodeaba la cafetería y llevaba al aparcamiento.
No se molestó en comprobar si alguien los estaba viendo, pero no
había nadie mirando, y no pasó ningún coche mientras abría la
puerta del acompañante del Valiant y acomodaba a su hermano en
el asiento. Metió la mano en el bolsillo del pantalón de Troy en
busca de las llaves y Troy le sujetó el brazo y lo miró a los ojos,
como si quisiera decirle algo, pero no salió ninguna palabra de su
boca. Harlan cerró la puerta del pasajero, rodeó el auto a toda prisa
y se sentó al volante. Tenía la pechera de la camisa manchada de
sangre. Troy se había caído de lado en el asiento, y Harlan tuvo que
incorporarlo y desplazarlo a la derecha, usando ambas manos para
apoyarle la cabeza con cuidado en la ventanilla.
Harlan arrancó el motor y conectó el limpiaparabrisas. Estaba a
punto de poner la marcha atrás, pero no lo hizo. Se quedó sentado,
mirando la lluvia, escuchando el murmullo del motor y el vaivén de
las escobillas. Giró la llave y apagó el motor, y las escobillas se
detuvieron en medio del parabrisas.
Se quitó el sombrero, lo dejó encima del salpicadero, inclinó su
enorme cuerpo sobre Troy y acercó la oreja derecha a su pecho,
apoyándola en la camisa blanca empapada, por la parte que no
cubría la chaqueta. Se quedó así un buen rato, con la cabeza
recostada en el cuerpo de su hermano, dentro del coche, donde solo
se oía el ruido de la lluvia. Por fin se enderezó, cogió el sombrero y
se lo puso en el regazo. El parabrisas volvía a estar cubierto de
agua, al igual que las ventanillas, y cuando empezaron a llegar los
coches solo vio sus luces, descompuestas en un millón de
fragmentos rojos y azules.
18 de noviembre de 1972
Escribo esto sentado junto a la mesa de la cocina de casa, de lo que
antes era mi casa, el único lugar que he considerado mi hogar. Ya no
recuerdo mucho de la primera casa, excepto el aspecto que tenía aquel
frío día de febrero después del incendio, cuando me llevaron a verla,
cuando las paredes y las vigas quemadas brillaban por el hielo que se
había formado con el agua que habían arrojado los bomberos. Esta
casa es mucho más pequeña de como la recordaba yo. Me cuesta
comprender cómo pudimos vivir aquí todos juntos tantos años, en estos
cubículos tan pequeños. Pero nos las arreglábamos bien, al menos
cuando Harlan y yo éramos pequeños. La concepción que tengo del
mundo y de mí mismo la desarrollé prácticamente aquí, en esta mesa,
en esta cocina, y al otro lado de ese pequeño pasillo, en un dormitorio
que no está a más de diez metros de distancia, en el interior de esas
finas paredes de cartón yeso pintado a través de las cuales se oye todo
y por las que penetra el frío del invierno.
Colarte en tu propia casa —una casa que ya no es tuya pero que en
cierto modo siempre lo será— es algo curioso. Te sientes como un
extraño contigo mismo, como si fueras otra persona que visita tu propia
vida. Pero te ayuda a obtener una perspectiva que de otro modo no
podrías tener sobre lo que significan algunas cosas pequeñas, algunos
lugares, aunque no siempre quieras que tengan significado.
Aquí sentado, me vuelve a la cabeza un sueño que solía tener
cuando era joven, un sueño que me parecía muy real, aunque no
pasaba casi nada en él.
Era de noche y yo iba en coche por la calle principal, como
hacíamos todas las noches de fin de semana cuando éramos jóvenes,
esperando encontrar a alguien que nos ayudara a matar el
aburrimiento, esperando que ocurriera algo que nunca ocurría. Arriba y
abajo, y arriba y abajo otra vez, pasando frente al juzgado, frente al
colegio y frente al colmado, hasta el semáforo ámbar intermitente y otra
vez hacia el lado oeste, pasando frente al motel hasta el aparcamiento
del depósito de grano, donde dábamos la vuelta. Pero cuando llegaba
a aquel extremo por enésima vez decidía no dar la vuelta, y seguía
adelante, más allá de las farolas, adentrándome en la oscuridad más
allá del depósito de grano, y descubría una parte del pueblo que no
había visto nunca, una parte que no sabía ni que existiera.
No había nada especial en aquella otra parte del pueblo. No era un
sueño sobre algo mejor. Era solo una calle que no había visto nunca, al
oeste del motel, con una pequeña cafetería y un par de tiendas con
escaparates.
No entendía por qué no había oído hablar nunca de aquel lugar,
dado que llevaba toda la vida viviendo allí, pero estaba encantado de
haberlo descubierto. Seguí más allá del cristal iluminado de la cafetería
y, pese a lo tarde que era, vi unas cuantas personas sentadas en el
interior, bebiendo café. Tenía buen aspecto. Pensé: «Ahora, algún día,
puedo venir a tomar algo aquí».
AGRADECIMIENTOS
Quiero manifestar mi agradecimiento, por la ayuda que me han
prestado, a la autobiografía de Jack Black You Can’t Win, de 1926, a
las obras de Robert Smithson, a las fotografías de Stephen Shore,
William Eggleston y Alee Soth, y a las películas Carretera asfaltada
en dos direcciones, Wanda, La última película y Stranger Than
Paradise. El libro de 1971 de Harry Leonard Sawatsky They Sought
a Country: Mennonite Colonization in Mexico me ha ayudado
enormemente a comprender la vida de los menonitas. También
quiero expresar mi gratitud al gran Chris Burden, de cuyo vídeo Big
Wrench he tomado prestado, con todo cariño, el nombre de Jim
Quaintance.
RANDY KENNEDY (San Antonio, Texas). Periodista y escritor, que creció y se
formó en diferentes localidades de Texas. En 1991 se trasladó a Nueva York y,
durante veinticinco años, trabajó en el New York Times como reportero,
columnista y como experto en cubrir eventos culturales. Tras publicar
Subwayland, una obra dedicada al universo subterráneo del metro de Nueva
York, Presidio supone su singular y llamativo debut novelístico.
Notas
[1]«Fue a la casa de su madre / entre las ocho y las nueve de la
tarde / y le pidió que saliera con él a pasear / junto a las olas del
mar». (N. del t.) <<
[2]Mr. Fool, clásico country de George Jones: «Sé que esta vez se
ha acabado de verdad / porque ya no nos quedan motivos de
felicidad. / Y nunca más seré el tonto que fui. / Nadie podrá
llamarme ya Señor Tonto. / Derramé lágrimas, con todos los sueños
rotos / que se perdieron en el pasado. / Hicimos promesas que
luego se rompieron / pero la última fue la última…». (N. del t.) <<
[3]
«No puedo creer que sea realmente yo / el que sufre así / solo
porque me dejaste / totalmente solo. / He visto cómo les ha pasado
muchas veces / a otros chicos que conociste, / seguramente yo soy
uno más de ellos». (N. del t.) <<
[4]
Canción folk tradicional de los Apalaches: «Mis caballos no tienen
hambre, no se comerán tu heno. / Que te vaya bien, querida, me
voy. / A tus padres no les gusto, dicen que soy muy pobre, / dicen
que no soy digno de entrar por su puerta». (N. del t.) <<
[5]Canción folk tradicional de los Apalaches: «En un pequeño ataúd
de palisandro / que descansa sobre un estrado / hay un paquete de
viejas cartas / escritas a mano por un amante». (N. del t.) <<