Las 10 claves
del bienestar
Las 10 claves del bienestar Fernando Pena Vivero
Las 10 claves
del bienestar
Fernando Pena Vivero
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Las 10 claves del bienestar Fernando Pena Vivero
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Las 10 claves del bienestar Fernando Pena Vivero
TODOS LOS CAPÍTULOS DEL LIBRO:
1. Relaja la mente
2. Refuerza tu salud
3. Toma responsabilidad sobre tu vida
4. Aumenta tu motivación y actitud positiva
5. Potencia tu autoestima
6. Supera el rencor
7. Practica afirmaciones positivas
8. Focaliza tu atención
9. Atrae la felicidad
10. Deshazte del ego
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Las 10 claves del bienestar Fernando Pena Vivero
Capítulo 10
Deshazte del ego
Si tuviese que elegir el capítulo que creo que más te puede ayudar, elegiría
este que ahora estás a punto de comenzar. En la vida de mucha gente el
ego es la principal dificultad que les impide alcanzar un mayor grado de
bienestar. Espero que disfrutes mucho de este último ratito que pasaremos
juntos. Recuerda, como siempre, que mi consejo es que no solo leas, sino
que tomes notas, que reflexiones, que lo vincules con ejemplos de tu vida
y que lo hagas tuyo.
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Qué es el ego
El ego es un mecanismo de defensa, de esos arcaicos y primitivos al que
solo la supervivencia les interesa y no tanto hacer amigos. Es un sistema
automático especializado en detectar peligros. No peligros físicos, sino de
esos que atentan contra tu autoimagen, tu autoconcepto, o que otros te
pongan en entredicho, o señalen tus defectos. Es como si el cerebro
quisiese protegerte detrás de este pensamiento que te atrapa: “Mi valía
depende del exterior y cualquier cosa de fuera que la ponga en duda es
para mí una auténtica amenaza”.
El ego se alimenta y goza con la apreciación de los demás. Disfruta con el
reconocimiento y la aprobación. Se crece con los éxitos, las buenas notas,
los premios, los aplausos, los ascensos y los bienes materiales que vas
consiguiendo.
El ego es victimista. Culpa a los demás del propio sufrimiento. El ego
quiere que cambie lo de fuera, no se fija en lo de adentro, no se mira el
ombligo, no repara en los propios fallos, porque mirarlos le molesta, le
hace daño. Cuando algo se ha roto dice: “¡no fui yo, soy testigo: los malos
son los otros!”.
El ego es rebajar a los demás, mitigar sus éxitos y sus logros, ponerse a
uno mismo en un pedestal para no llorar ni sufrir. El ego es “yo el primero
y si el barco se hunde, los dos salvavidas son seguro para mí”.
El ego quiere tener razón y si tiene que elegir entre conservar una
relación o tener razón, aunque parezca esto estúpido, romperá lazos con
el otro antes de reconocer que el equivocado soy yo. Es un mecanismo de
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defensa que activa todos los recursos de ataque ante la posibilidad de
quedar mal o resultar perdedor.
Tu ego te mantiene centrado en alcanzar cosas, en defenderte de
fantasmas que no existen. El ego es separación. El ego está relacionado
con la competición, la individualidad, la diferenciación sin atender a
criterios ni razón. El ego divide y aparta a las personas, enfrenta a los
pueblos y es la chispa a la que sigue la gran llama que crea las guerras entre
un estado y otra nación.
En el ego se encuentra el miedo, la búsqueda de aprobación, la culpa, las
acusaciones, la necesidad de quedar por encima, el odio al otro y los
rencores. Si te liberas del ego encontrarás tu verdadera esencia, tu
vitamina. Esa que está formada de amor, esa que te hace apreciar de
verdad la vida, esa que te llena de perdón ante la crítica, que te da libertad
y que te hace empatizar enseguida.
El ego está formado por procesos mentales, por rutinas. Si no sabes su
mecánica, no podrás reconocerlo y la costumbre te domina. Vas a pensar
que tu ego y tú sois lo mismo y es mentira.
Cuando reconozcas el ego como algo que no llevas atado encima, es
cuando la conciencia y claridad mental resurgen, fructifican. Alcanzas una
mayor sabiduría. Si te das cuenta de que una emoción desagradable
proviene de tu ego, te resulta fácil transformarla en otra más sana sin
esfuerzo, de forma repentina.
Cuando priorizas tu empatía y vences la necesidad de quedar por encima,
entonces haces que el ego deje de estar presente y te liberas, te llenas de
paz y alegría, te das cuenta de todos los perversos engaños que te producía,
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valoras más las relaciones con tus amigos, tus compañeros de trabajo y
recuperas relaciones rotas con los miembros de tu familia.
El ego, la felicidad y la supervivencia
Tu cerebro está programado para lograr que sobrevivas. Lo más
importante del mundo para tu cerebro es tu supervivencia. No hay nada
más importante. Por lo tanto, de este importante principio se desprenden
dos ideas:
1.- La primera tiene que ver con el número de estímulos que el cerebro
interpreta como amenazantes. El cerebro tiende a ver como dañino un
número de circunstancias elevadísimo, tanto físicas como emocionales.
a) Veamos un ejemplo de las circunstancias físicas. Si vas caminando de
noche por una calle estrecha bastante oscura y frente a ti aparece de
repente un hombre robusto y grande, con muy malas pintas y un gesto en
el rostro amenazante, tu cerebro dispara inmediatamente la señal de
alarma. Segregas hormonas que te hacen sentir miedo y en cuestión de
segundos, o mucho menos, los músculos ya han recibido tal cantidad de
adrenalina como para actuar rapidísimo si hiciese falta protegerte de un
ataque, o echar a correr. La visión del hombre robusto es interpretada de
inmediato como una amenaza y todo tu cuerpo se activa. El cerebro no
hace una revisión minuciosa de qué pruebas tengo de que el hombre me
va a atacar y qué pruebas tengo de que el sujeto es alguien normal y no
actúa con maldad. El cerebro no pierde tiempo en ello. A algo que
remotamente puede entenderse quizá como dañino, le colocamos
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inmediatamente la etiqueta de “ataque” y nos ponemos con urgencia a la
defensiva.
Piensa, ¿qué pasaría si el cerebro quisiese evaluar con calma esta situación
como potencialmente hiriente?, ¿qué sucedería si el análisis de toda la
información le llevase unos 10 o 15 segundos más?... ¿Te das cuenta? La
amenaza, si es un ataque real, ya podría acabar con tu vida. Por eso el
cerebro toma decisiones ágiles y repentinas, asumiendo que algo que
remotamente puede parecer un ataque, lo es, sin más. Y actúa como si así
lo fuese, de forma urgente. Esto genera una infame cantidad de falsas
alarmas, pero nuestro cerebro claro que lo prefiere. Ni siquiera aunque
hubiese cientos de falsas alarmas a lo largo del año, a nuestro cerebro le
iba a compensar dejar de activarse rápido “por si acaso”, porque con que
tan solo una se le escape y fuese real la consecuencia iba a ser desastrosa,
fatal.
b) Las amenazas de tipo emocional son igual de importantes y
frecuentes para nuestro cerebro que las amenazas de tipo físico, o más.
Cuando algo o alguien tiene una remota capacidad de causarnos un daño
a nivel emocional, nuestro cerebro tiende a aceptar sin rechistar que eso
va a generar un mal y actúa con la certeza de que es una amenaza real.
¿Qué nos puede generar un daño emocional? Pues, por ejemplo, que
nuestra pareja nos sea infiel y nos abandone por otra persona. Esto a
mucha gente le generaría un daño emocional importante. ¿Qué es
entonces lo que sucede? Pues que nuestro cerebro tiende a aceptar como
pruebas de que nos están engañando decenas de situaciones concretas que
van a ser erróneamente interpretadas como ciertas, pero nuestro cerebro
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(el tuyo) no tiende a sopesar y analizar minuciosamente. Simplemente
acepta esa situación, en la que observa que pasa algo extraño, como una
prueba real de engaño y actúa poniéndose inmediatamente a la defensiva
(afirma tu cerebro: “por si acaso”).
Vemos entonces que la proporción de falsas alarmas en casos de posibles
daños emocionales puede ser altísima también, pero a tu cerebro le
compensa. Le da igual sobre-reaccionar y lo va a seguir haciendo, aunque
tenga pruebas de que se ha equivocado, meterá de nuevo la pata una y mil
veces más de forma inconsciente. Ya sabes el motivo, lo hace “por si
acaso” y porque le compensa.
“El cerebro tiende a ver como dañino
un número de circunstancias elevadísimo”
2. La segunda de las ideas que debemos resaltar es que a nuestro cerebro
le importa más que sobrevivamos a que seamos felices. Si nuestro cerebro
tuviese una balanza de cosas a las que le da importancia y hay cosas que
nos hacen sobrevivir y otras que nos hacen felices, todo su esfuerzo va a
ir a las primeras. Para nuestro cerebro su propia felicidad es algo
totalmente secundario. No es que no sea importante, pero desde luego,
no es primordial si con la supervivencia la comparamos. Si para sobrevivir
genera pensamientos que nos hacen profundamente infelices, pues
nuestro cerebro asume este daño colateral y carga con ello, sin rechistar.
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La consecuencia resultante de esta idea primera unida a la segunda de ellas
es que cada día pasamos por decenas de situaciones, muchas vinculadas
con nuestro ámbito emocional y que el cerebro malinterpreta como
amenazas, se pone a la defensiva y eso genera que estas situaciones nos
provoquen infelicidad. Si esta interpretación falsa nos llena de
sufrimiento, tristeza y ansiedad, a nuestro cerebro no le importa, le da
igual, con tal de que gracias a sus pensamientos de “Ojo, ¡amenaza!”
sobrevivamos un día más. Esto provoca que tu cerebro salte a la mínima,
que sufra, que veas fantasmas donde no los hay.
¿Cómo mejorar la relación con los demás?
El pastor alemán en la fiesta de disfraces
Imagínate que tu ego es un pastor alemán que te ama con locura. Le has
cuidado desde que era un cachorro, era pura dulzura. Cuando era pequeño
podías sostenerlo e izarlo en el aire con una sola de tus manos. Cuando te
mordisqueaba, no alcanzaba a pellizcar con sus dientes más que uno de
tus dedos. Te hacía cosquillas más que daño ese bichejo enano. Pero con
el paso de los años, el perro ha crecido y tiene unas patas firmes y robustas,
con músculos bien desarrollados. Es un animal noble y te quiere por
encima de todas las cosas, está de tu parte. Trataría de defenderte y de dar
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la vida por ti si fuese necesario, porque para ese amigo lo eres todo y estará
siempre a tu lado.
Imagínate ahora que es tu cumpleaños y has decidido realizar en tu casa
una fiesta de disfraces. Has convocado a un montón de amistades para
que vengan a celebrarlo y el único requisito que has puesto es sencillo:
tienen que venir disfrazados. Os encantan este tipo de cosas, tanto a ti
como a tus invitados.
En el momento en el que el primero de tus amigos llega y llama a la puerta,
el pastor alemán se acerca a la ventana para ver quién hay al otro lado. Lo
ha hecho antes otras muchas veces. Cuando abres, entra una persona
vestida con una túnica roja, un tridente puntiagudo en una de sus manos
y una máscara de demonio con cuernos horribles, retorcidos y alargados.
El perro comienza a ladrar furioso, muy, muy asustado. Muestra todos los
dientes de forma amenazante y gruñe en señal de ataque inminente hacia
el que considera un intruso que viene a hacer daño. En ese momento
agarras con fuerza al animal del collar. Te cuesta que se calme porque
realmente se ha alterado, pero al cabo de unos segundos se tranquiliza y
olisquea al visitante para darse cuenta de que no es realmente ninguna
amenaza. Tu amigo se quita la máscara y el perro lo reconoce. Todo vuelve
a estar calmado.
Pero al cabo de un rato vuelven a llamar a la puerta y una nueva persona
disfrazada activa todas sus alarmas. El animal ladra furioso y se abalanza
en dirección al nuevo visitante enmascarado. Llegas a enganchar al perro
justo antes del ataque y le calmas haciéndole ver que no hay nada que
temer en ese instante, que no hay ningún peligro. Esto es lo que sucede
varias veces más, con cada nuevo visitante.
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Tu perro nunca había sido agresivo, pero en esa fiesta cada uno de los
invitados parece que le altera sobremanera. Se exalta durante unos
minutos cada vez que llaman a la puerta, hasta que ve que no pasa nada
malo, que está seguro y tú estás a salvo. El pastor alemán se tranquiliza, se
calma y llega un momento en el que es capaz de gozar y jugar, acercándose
juguetón a tus invitados.
A tu ego necesitas enseñarle lo mismo que al pobre perro, necesitas
educarle mostrándole que no hay razón de ponerse a la defensiva ni de
atacar, que nadie te está faltando al respeto ni tratando de molestar.
Necesitas enseñarle que la inmensa mayor parte de las cosas que ve como
ofensas, o ataques, no son realmente ninguna amenaza, son solo falsos
fantasmas, que no se alarme. No hay ningún peligro y por lo tanto no hay
motivo para tratar de defenderte. Tu ego puede entonces calmarse.
Debes enseñarle que no hay batalla que luchar, que no existe necesidad de
vencer, ni de quedar por encima, que todo está bien, que otros pueden
tener su opinión diferente a la tuya, que pueden incluso criticarte y no por
eso se debilita tu autoestima.
Cada vez que identifiques que tu ego salta, agárralo de la correa, mírale
con amor, entiende que se ha sentido amenazado, agredido, pero dile con
palabras de cariño que puede mantenerse quieto y, si quiere, incluso
dormido. Que no hace falta ser el primero, que no hace falta tener razón,
que no hace falta ser perfecto, que está bien si alguien te dice que tienes
defectos, que no eres el mejor, que está bien si otros se olvidan a veces de
ti, o no te ponen en sus listas primero, porque no todo el mundo gira a tu
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alrededor. Recuérdalo. No por eso te odian, ni te desprecian, ni van a
abandonarte, ni piensan que eres menos, ¿de acuerdo?
Educa a tu ego aprendiendo a ver cuándo sale hacia la puerta corriendo.
Detecta cada mínima señal, cada impulso, cada pequeño movimiento.
Acostúmbrate a ver qué le parece mal, qué es para él una auténtica falta
de respeto. Luego sujétale con fuerza y haz que se siente, que analice la
situación dándose tiempo, haciéndose consciente. Acaricia su lomo
mientras notas cómo sus músculos se aflojan y relajan del todo el tono.
Comprende por qué se ha puesto furioso, qué ha pensado el pobre, qué
ha interpretado como una amenaza y dile de forma muy directa y con voz
baja: “mantén la calma”. Esto que ha sucedido, amigo, no es tan, tan
importante. Deja que otros, si quieren, ganen, deja incluso que a veces te
fallen, deja que no te pongan primero, aprecia más su compañía cuando
está, valora quiénes son como personas, acepta sus errores y su carencia
de tacto, porque todos tenemos días malos en los que nos faltan
habilidades, conciencia plena de nuestro comportamiento, destreza para
decir las cosas, metemos mucho la pata y destaca lo poco amables que
somos. Recuerda que la mayor habilidad social es entender y respetar a
quien no tiene habilidades sociales. Toma nota de ello. Recuerda también
que no hace falta ser perfectos, ni obligar a otros a serlo. Insiste todas las
veces que lo necesites. Insiste con constancia y con esmero. Tu ego no va
a aprender en un solo día ni en un solo momento. Es un trabajo que
requiere esfuerzo, convertirlo en rutina. No bajes la guardia ni pierdas la
paciencia, da cada día un paso hacia delante, que tu ego no te domine,
toma tú las riendas y persiste en ello hasta el final de tus días.
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“La mayor habilidad social es
entender y respetar
a quien no tiene habilidades sociales”
El día de tu entierro habrá gente al lado de la caja. Hoy tienes la
oportunidad de decidir qué conversación quieres que tengan mientras
hablan, cómo será el discurso de despedida y qué palabras quieres que de
ellos salgan.
Una opción es que esté solo el enterrador, acordándose de ti como una
persona que siempre quiso tener razón, que nunca dio su brazo a torcer,
que en las peleas pensaba que siempre era el ganador y para quien cada
frase empezaba por “yo”.
La otra opción es que estén las personas que han sido importantes en tu
vida, hablando quizá de muchos de tus defectos pero a pesar de eso de
qué importantes les hiciste sentir y de cuánto te querían y de todo lo que
supiste aceptar las veces que te fallaron teniendo paciencia sin echarles sus
errores encima, de cómo sabías dejar lo pasado en el pasado y convertir el
rencor en alegría.
De tu relación de hoy con tu ego dependerá lo que suceda en el cementerio
ese día.
Las frases del ego
Las frases que vas a leer ahora son pronunciadas habitualmente no por la
parte racional de tu mente, sino por tu ego que te distrae de lo realmente
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importante, que es dar valor a las personas que te rodean, a toda esa gente
que la vida te pone delante.
Estas frases son la forma de hablar de tu ego, su código y su lenguaje. Si
sientes cierta presencia de ellas, seguro que tu ego ha estado ahí, ha dejado
su rastro amargo que te hizo sufrir. Esas frases son las siguientes:
• En este asunto la razón la tengo yo y no hay más que hablar.
• ¿Por qué insistes en lo contrario?, pero mira que eres testarudo y cabezón.
• No puedo permitir que me hagan esto.
• No puedo consentir este menosprecio.
• ¡Pero quién se ha creído esta persona para hacerme esto!.
• No eres nadie para levantarme la voz.
• Esto es un insulto hacia mí que no puedo consentir.
• Ya me las pagarás.
• Ojalá te estrelles por adelantarme así.
• Como me ha molestado su comportamiento, le dejo de hablar.
• Como no me ha tenido en cuenta para ese plan, le borro de mi vida.
• Como no me ha hecho el caso suficiente, le digo adiós sin más.
• ¿Qué yo le pida perdón? ¡Si quien me tiene que pedir perdón es ella!.
• Tengo muy claro que el primer paso hacia la reconciliación no lo voy a dar yo,
porque no he sido yo quien ha actuado mal.
• Si quiere algo que venga a mi casa, sabe dónde estoy.
• Eso que me ha hecho es realmente grave, gravísimo y por ese motivo merece
todo mi castigo.
• Me ha fallado y lo voy a tener en cuenta de por vida.
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• Las críticas que me hacen son para atacarme.
• No puedo consentir que señalen mis errores sin señalar yo los suyos para estar
los dos igual.
• Me pidió consejo y no hizo luego lo que le dije. Si me pide consejo será para
hacer luego lo que le digo, ¿no? Sino que no me lo haya pedido. Que no me haga perder
el tiempo.
• Ese día le dejé de hablar porque dijo algo que me pareció mal.
Cuando te acostumbras a analizar este vocabulario, a corregir cada una de
las frases cuando sea necesario, el resultado es que las mismas situaciones
no te alteran. Es un trabajo complejo, porque el ego tiene mucha fuerza.
A veces requieres de ayuda profesional externa o consejo ajeno para
conseguir, finalmente, darles la vuelta. Pero hazme caso y dedícale tiempo
y esfuerzo, deshazte de tu ego, merece mucho, muchísimo la pena. Te lo
digo por experiencia.
Las personas que tienen mucho ego son más susceptibles de enojarse,
rompen relaciones y transforman sus vidas en días tristes. Sufren con
frecuencia. Experimentan amargura en su vida como los presos que
arrastran cadenas. De ti depende la responsabilidad de analizar tu mente,
de esforzarte y librarte de ellas. De ti depende disminuir tu ego, vivir la
vida de otra manera.
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4 frases para calmar el ego
Si partimos de la idea de que tu ego se ha ido formando durante unos
cuantos años (todos los que tienes) puede llevarte a pensar que deshacerte
de tu ego puede ser una tarea dura, muy compleja, que suponga mucho
esfuerzo, ¿verdad? La realidad con la que me he encontrado en mi consulta
de psicología es más bien la contraria, es muy muy distinta. Se trata tan
solo de identificar el problema, establecer la solución de forma precisa y
convertirla en un hábito marcando una rutina.
Muchos de mis pacientes tenían como punto en común que su ego les
impedía disfrutar de su vida. Algunos se metían en conflictos frecuentes
con su pareja motivados por su ego. Otros no se trataban en el trabajo
con alguno de sus compañeros. Incluso he tenido a decenas de personas
que no se hablaban con sus padres, sus hermanos o su familia política.
También he atendido a personas que sin llegar a tener un gran conflicto
con nadie, pasaban por frecuentes momentos en los que se sentían
ofendidas. Eso me trajo un importante aprendizaje sobre la vida:
“Quien se ofende con facilidad, encuentra cientos de motivos cada día
para estarlo”. Si puedes, subraya esta frase y tenla presente cada día .
“Quien se ofende con facilidad,
encuentra cientos de motivos cada día para estarlo”
Para obtener más bienestar debes reducir el número de veces en las que
te ofendes, en las que interpretas las cosas como ataques. Para deshacerte
de tu ego aplica de forma constante estas 4 frases, cada una es una
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estrategia. Toma nota de ellas. Hazlo ahora si puedes en una hoja aparte
o coge una libreta:
Frase 1. “Tú tienes derecho a tener tu propia opinión”
¿Alguna vez alguien te ha dicho lo siguiente?: “Eso que dices no es así, te
equivocas completamente”.
Lo más probable es que tu reacción inmediata ante esto haya sido
defenderte. Si la conversación siguiese y esa persona además añade: “En
esto otro tampoco llevas razón. Las cosas no son así como tú piensas, sino
como digo yo”. ¿Qué pasaría? Posiblemente tu inconsciente lo procese
como un segundo envite y te genere molestia, dolor, te ofenda o te irrite.
Un golpe certero directo a tu estómago que refleja un desagradable
impacto que te deja atónito. Súmale a continuación un nuevo: “¡Pero qué
dices! ¡Qué va! No es así como tú piensas, te has vuelto a equivocar. Eso
que dices es realmente idiota” y tenemos con esto ya el caldo de cultivo
que ha propiciado muchos enfados y en ocasiones tremendas broncas.
Odiamos que nos quiten la razón, que nos lleven la contraria, que no
respeten nuestro punto de vista, que otros vean las cosas de forma
opuesta, que insistan en que nuestra perspectiva no es en absoluto válida.
Nos enoja. Odiamos que nos digan que lo que decimos no tiene sentido,
que lo que creemos no tiene pies ni cabeza. Cuando alguien rechaza
nuestra opinión lo interpretamos como que nos anula, nos desprecia,
como que no nos respeta, como si nos dijesen: “pobrecito de ti, me
apenas, te falta inteligencia”.
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Desde hoy esto va a cambiar. Asúmelo. Acostúmbrate a permitir que los
otros tengan su propia opinión. Permítelo.
Ojo, que tengan su propia opinión no significa ceder, ni cambiar tú la tuya.
Significa aceptar que los demás pueden pensar diferente y eso está bien.
Repítetelo. No necesitas siempre vencer. Está claro que tú tienes múltiples
argumentos que te apoyan. Todos lo sabemos. ¿Pero acaso crees que no
los tiene también la otra persona? Las dos opiniones pueden convivir sin
necesidad de que una tenga que doblegar a la otra. No lo conviertas en
una lucha, acepta la diferencia. Haz que esto sea tu nueva norma.
Un paciente me dijo hace unos años: “Oye, Fernando. Estas Navidades
son las primeras que no he discutido con mi cuñado sobre política en la
cena de Nochebuena. Todos los años nos enzarzábamos en una lucha que
no solo nos amargaba la comida a él y a mí, sino también a mi hermana y
a toda la familia. Este año fue diferente. Recordé lo que hablamos aquí en
consulta. Ahora cuando él me lleva la contraria y me dice que me
equivoco, pienso para mis adentros:
- “La opinión es como el culo, cada uno tiene el suyo”.
Sonreí en mi consulta ante esta comparación tan acertada, que a él le había
servido para poder poner fin a batallas pasadas, e intercambiar puntos de
vista sobre política sin tener la necesidad de que el otro acabe cediendo y
permitiéndole además que tenga su propio criterio.
Cuando empiezas a interiorizar esta sencilla frase experimentarás una
sensación de paz, de tranquilidad. Desde ese momento las personas te
podrán decir que te estás equivocando y puedes simplemente reconocer
que desde su perspectiva, desde su propio punto de vista, puede que
tengan totalmente la razón. Esto no tiene que perjudicar a tu autoestima
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ni debilitar tu “yo”. Déjales que si quieren insistan y luego diles que sí, que
no hay duda de que tienen razón desde esa perspectiva, desde su propio
punto de vista. Y que a pesar de ello prefieres conservar tu propio criterio.
Frase 2. “Tú tienes derecho a cambiar de opinión”
Esta afirmación se relaciona con otro de los elementos que hacen sufrir a
las personas. Nos molesta cuando alguien nos dice que piensa una cosa y
luego le vemos actuar de otra forma. Somos así, no toleramos los cambios
de opinión de los demás. Es como si nos generasen un cortocircuito
mental. Nuestro pensamiento afirma que para que el mundo esté bien, lo
que uno dice que va a hacer tiene que corresponderse con lo que
finalmente hace un tiempo después. Nos molesta si encontramos
contradicciones o diferencias. Obligamos de alguna forma a la gente a ser
coherente con lo que dice que piensa, o con lo que ayer comentó que iba
a hacer.
Hasta cierto punto es lógico que los demás se comporten de acuerdo con
lo que han dicho, ¿pero acaso no has escuchado alguna vez blasfemar
incluso al más católico? ¿No es cierto que tanto tú como yo hemos
cambiado más de una vez de opinión? ¿Y es acaso esto un delito? ¿Es un
trastorno? ¿Es algo punible y patológico?
La realidad es que todos, incluido nosotros dos, cambiamos a veces de
criterio. Decimos algo y a los dos días hacemos lo contrario. No siempre,
pero sí a veces, actuamos como veletas que se mueven hacia donde sopla
el viento. ¿Por qué en los demás nos tomamos esto casi como una
verdadera ofensa?
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Las 10 claves del bienestar Fernando Pena Vivero
Si las condiciones para otros son ya diferentes y aunque yo no conozca los
motivos, desde hoy no voy a juzgarles por decir que opinan una cosa y
hacer algo muy distinto. Daré libertad a la gente para que cambien de
opinión y sean ellos mismos.
Frase 3. “Dejaré de buscar que ojalá los otros fuesen más parecidos a mí”
Tu ego hace que la diferencia te moleste. Tenlo muy presente.
Sofía era una paciente mía que trabajaba como maestra en un colegio.
Estaba casada con Juan, un joven arquitecto. Tenían frecuentes problemas
de pareja. El principal problema de Sofía provenía de su ego. Tenía una
manera rígida de pensar sobre la forma en la que se tenían que hacer las
cosas.
Veamos un ejemplo: Sofía hacía siempre una lista de la compra antes de
ir al supermercado. Según ella, es una forma de evitar pagar por cosas que
no tienes programado, de evitar un gasto innecesario. Como puedes ver,
sus argumentos eran lógicos, razonables y muy sensatos. En algunas
ocasiones Sofía llegaba a casa después de salir del trabajo y quedaba con
Juan para ir de compras juntos. Un día se puso furiosa y muy irritada
porque Juan no había hecho la lista con las cosas que faltaban. No
entendía la razón: “¡Si ha estado todo el día en casa!”. Sofía necesitaba que
Juan fuese más parecido a ella y tuviese una planificación detallada. Para
Sofía su propio comportamiento era lo que estaba bien y razones de peso
para defenderlo no le faltaban. El ahorro era uno, tanto de tiempo como
de dinero, que según ella se desperdiciaba. Pero lo cierto es que Juan no
era así. Para él hacer una lista de la compra no era tan importante, porque
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más o menos se acordaba de lo que había en la despensa y de lo que faltaba
en cada estante. Tampoco pasaba nada, decía él, si algún día le vencía el
impulso porque se le antojaba chocolate.
Lo cierto es que las personas nos irritamos cuando los demás no son como
nosotros. Ponemos en nuestro comportamiento la norma, la pauta y la ley
que se debe seguir y si alguien no cumple con este criterio, nos enfada y
nos hace sufrir. No concebimos cómo otras personas son tan
desconsideradas. En nuestra forma de ser ponemos el patrón de lo que es
correcto y lo que se puede y no se puede hacer ni decir.
El bienestar llega cuando entiendes que no es el comportamiento del otro
lo que te irrita o enfurece ¡Son tus propios pensamientos! Algo que tienes
justo entre tus dos orejas. Tu necesidad de que el mundo sea más parecido
a ti. Es lo que tienes en la cabeza. Venimos así todos de serie y es lo que
nos hace sufrir, pero podemos detectarlo y actuar de otra manera.
Para ello el primer paso será poner en tu irritación una conciencia plena.
¿Qué es lo que piensas justo ahí? ¿Hay una necesidad de que los demás
sean como tú porque eso es puro sentido común?
Cuando cambias la irritación por aceptar la diferencia, dejas de exigir a
otros y simplemente comunicas tus preferencias. Cuando dejas que cada
uno sea como quiera ser y sea, sin perder la paciencia, das un paso hacia
el bienestar y te llenas de grandeza.
Conviértelo en una nueva costumbre. Repítelo cada día antes de irte a
dormir. Reducirá las veces en las que sufres. Te invito ahora a escribir:
“Dejaré de buscar con tanta intensidad que ojalá otros sean más parecidos
a mí”.
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Frase 4. “Consideraré las críticas como una ayuda”
Quiero terminar este punto, este capítulo y este libro con la que
personalmente considero que es la habilidad interpersonal más
avanzada que he conocido. Es la cumbre de las habilidades sociales, la
más elevada, su pico.
Si pensásemos en las habilidades sociales como una pirámide, ¿la
visualizas? en la base estarían las habilidades que aprendemos de niños,
esas que normalmente proporciona la familia. Aprendemos a decir, por
ejemplo, “gracias” y de ese modo cuando alguien nos regala un caramelo,
nuestros padres nos dicen: “A ver, cariño, ¿cómo se dice?” y nosotros
respondemos “Gracias” lo primero. De ese modo comienzan un conjunto
de reglas aprendidas que nos hacen ser más efectivos socialmente.
Un poco más adelante en nuestras vidas aprendemos habilidades de
escucha activa. De ese modo, miramos a los ojos a las personas cuando
nos hablan. Al principio cuesta, ¿verdad?, pero luego lo hacemos de forma
natural. También aprendemos a escuchar y a asentir con la cabeza. Con la
práctica lo automatizamos y para la mayor parte de las personas pasa a ser
algo nada extraño.
Un poco más arriba en esa pirámide están las habilidades para iniciar
conversaciones, de hacer amigos nuevos, o incluso de seducir o ligar. Son
habilidades más con una mayor complejidad.
Luego, más arriba, estarían las habilidades para resolver conflictos, para
negociar, para persuadir y para influir en otras personas. Esto requiere un
poco más de habilidad.
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Seguramente de esta zona me deje alguna por el camino, pero lo que sí
tengo claro es que en la cúspide, arriba de todas, está esa habilidad a la que
muchísima gente le cuesta tanto llegar. Es una habilidad muy vinculada
con nuestro ego y nuestras emociones, enraizada en el deseo de gustar y
no es otra que la habilidad para encajar adecuadamente las críticas que
nos hacen los demás. Es algo que a casi todo el mundo le cuesta y
seguramente tú también debas mejorar.
Haz este ejercicio: Piensa por un momento en alguna situación en la que
otra persona te haya hecho una crítica, la que sea. Trata de identificar cuál
era, dónde estabas cuando te dijeron eso, qué te dijeron exactamente, ¿lo
recuerdas? ¿Qué parte de tu comportamiento o tu forma de pensar
estaban juzgando de esa manera? Detente un momento hasta que lo
tengas...
Ok ¿Lo tienes ya? Ahora piensa en cuál fue tu respuesta emocional. Qué
nivel de malestar notabas en ese instante. Entre cero y diez, siendo cero
que no te molestó en absoluto y siendo diez que te hicieron bastante daño
esas palabras de crítica, ¿qué número elegirías?
Si realmente has encontrado una situación de crítica y has contestado a las
anteriores preguntas, seguramente hayas puntuado que el malestar que has
sentido es un número entre cinco y diez. ¿Acerté?
Llevo varios años preguntando esto a personas que han participado en
mis seminarios y rara vez es cuando alguien encuentra situaciones de
críticas y las califica con un cero, uno, dos o tres. Las críticas nos molestan,
más si vienen de gente que tenemos cerca. Esto no debería ser así porque
las críticas rara vez tienen intención de hacernos daño, ni ofendernos. La
mayor parte de las veces tienen un propósito de ayuda, o de solucionar
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alguna situación, o de mejorar la relación entre los dos, pero no las
interpretamos emocionalmente como algo beneficioso.
¿Cuál sería entonces la forma más madura? ¿Hacia dónde debo dirigir el
esfuerzo de mi pensamiento? Me gustaría proporcionarte una respuesta
práctica y sencilla a esta pregunta, algo que puedas aplicar para calmar tu
ego.
Cuando alguien te haga una crítica, detén tu necesidad de defenderte y
piensa luego: “esta crítica que me están haciendo no conlleva ninguna
mala intención de la otra persona, ni es un ataque consciente. No tengo
que ponerme a la defensiva. Voy a responder de forma madura a la crítica.
No soy un desastre por tener algo que haya podido hacer mejor. Escuchar
a esta persona es una buena forma de saber qué podría estar haciendo de
otra manera y me ayuda a pensar en los resultados de comportarme de esa
otra forma. Yo puedo mejorar las cosas que me propongo mejorar y una
buena manera de descubrir cómo hacerlo es escuchar las opiniones de los
demás. Por lo tanto, voy a recibir con amor las críticas en lugar de
ponerme a la defensiva, o en lugar de derrumbarme ante las mismas. No
me va a afectar emocionalmente, voy a mostrar control y entereza. Mi
comportamiento va a ser de genuino agradecimiento hacia la otra persona,
con franqueza, por haberse parado a criticarme. Mi vida avanza desde hoy
de esa manera. Voy a mostrarme de acuerdo con todo aquello con lo que
crea que estoy de acuerdo, fuera lo que fuera y, además, se lo voy a
expresar, voy a pedir opinión a la otra persona, con interés, sobre cómo
cree que debería actuar yo. Luego voy a escuchar con atención a la persona
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que me juzga y si apartando mi ego considero que acierta, no tendré
problema en aceptar que puedo hacerlo mejor de esa precisa manera.
Desde hoy, no me cabe duda: quien me critica me ayuda.
“Desde hoy, no me cabe duda:
quien me critica me ayuda”
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