Prácticas del Lenguaje 3º 2021
Prácticas del Lenguaje 3º 2021
S Nº11
PRÁCTICAS DEL LENGUAJE-Cuadernillo de trabajos
TERCERO Primera 2021-Prof. Sosa Débora
Algunas definiciones…
TEXTO
PRODUCTO RESTRINGIDO AL CAMPO VERBAL CON CARÁCTER COMUNICACIONAL (ES
SOCIAL, EL EMISOR TIENE UNA INTENCIÓN Y SE AJUSTA A UNA SITUACIÓN) Y
ESTRUCTURADO (EXISTENCIA DE REGLAS PROPIAS DEL NIVEL TEXTUAL QUE RIGEN
TANTO LA PRODUCCIÓN ORAL COMO ESCRITA).
Todo texto se caracteriza por su COHERENCIA (propiedad semántica de los discursos) que se logra
mediante la COHESIÓN (las partes del texto están conectadas de modo que forman un todo
significativo.
COHESIÓN GRAMATICAL: se presenta por medio de la referencia, la elipsis y el uso de
conectores.
REFERENCIA: relación de significado que se realiza mediante ciertas palabras que no pueden ser
interpretadas por sí mismas, sino que necesitan, para su interpretación, referirse a otras palabras.
La cohesión se logra mediante la continuidad de la referencia en tanto lo ya nombrado entra por
segunda vez en el discurso.
ACTIVIDAD Nº1
COPIAR EL TITULO “COHESIÓN” Y COPIAR EL SUBTÍTULO “REFERENCIA”. COPIAR
LAS CONSIGNAS Y RESOLVERLAS.
1) Armar una lista de los pronombres organizados por clases: pronombres personales, posesivos,
indefinidos, demostrativos y relativos.
2) COPIAR LAS SIGUIENTES ORACIONES EN LA CARPETA, SUBRAYAR EN ELLAS LOS
PRONOMBRES E INDICAR CON UNA FLECHA A QUÉ SE REFIEREN.
A) Juan perdió a su perro, posiblemente lo dejó suelto.
B) Las dos mujeres vivían solas, una era buena y la otra no tanto.
c) Esteban y Teresa amaban a sus hijos.
D) Llegaron a la casa y vieron que ésta era muy grande.
E) El tránsito a esas horas estaba imposible y el clima calurosísimo, aquél era un infierno y éste no
se aguantaba.
F) Ellas querían ir a la fiesta y no las dejaron.
G) Esas mesas servían para la junta, pero éstas no.
H) Si quiere té, que me lo pida.
I) Ese perro tiene pulgas, el nuestro no.
J) El abogado, a quien ya conocíamos, llegó tarde.
k) El hombre, cuyo recuerdo aún perdura, era un verdadero sabio.
L) El trabajo del joven estaba bien hecho, éste también.
ELIPSIS: SUPRESIÓN U OMISIÓN DE UN VERBO, FRASE VERBAL, SUSTANTIVO, FRASE
SUSTANTIVADA, ETC. ES UN PROCEDIMIENTO COHESIVO, EN TANTO LA INFORMACIÓN
OMITIDA PUEDA RECUPERARSE EN ALGÚN LUGAR DEL TEXTO. LA REPETICIÓN SE
JUSTIFICA CON EL FIN DE ACLARAR EL SENTIDO.
3) Explicar qué palabra o palabras fueron elididas en las oraciones B), E), F), G), I) y L), del punto 2.
GÉNEROS LITERARIOS: Cada una de las grandes divisiones en que se organiza toda la literatura.
Toda la literatura que existe, puede ser clasificada en tres grandes géneros, es decir que puede
“generarse” (por esto se los llama géneros) de tres maneras básicas:
CUENTO FANTÁSTICO
Las narraciones fantásticas pueblan todas las literaturas, desde antes de que existiera la escritura. El
hombre antiguo inventaba historias, producto de su imaginación, para aquello a lo que no le
encontraba explicación. La literatura fantástica surge de esa falta de explicación, y el miedo, acerca
de la muerte. ¿Qué sucede luego de la muerte? ¿Hay otra vida? ¿El alma se conserva?, son
interrogantes que los seres humanos se plantean hasta el día de hoy. El hombre primitivo acallaba
sus dudas inventando historias de fantasmas y aparecidos. La misma palabra “fantástico” proviene
de un verbo griego que significa “aparecerse”, en relación con aquello que irrumpe de repente como
algo inexplicable y perturbador. No tiene relación con la mera fantasía, que sólo es sinónimo de
fantasear o soñar despierto. Por siglos el relato fantástico trató sobre fantasmas y aparecidos, pero
esta trama se agotó y los cuentos fantásticos pasaron a designar todo relato que incluyera lo raro,
extraño o sobrenatural que dejara una duda o incertidumbre en el lector, provocando una
perturbación y una ruptura con la realidad. Para ello, se sumaron otros argumentos fantásticos:
Todos sin explicación científica. Es decir que si el viaje en el tiempo, se debe a una máquina
inventada por el hombre, se trata de un cuento de ciencia ficción y no de un cuento fantástico. Éste
se queda en el terreno de la duda y la perturbación del lector.
Subimos en el ascensor al cuarto piso. Yo estaba malhumorada, porque no quería salir, mi vestido
estaba sucio y pensaba dedicar la tarde a lavar y a planchar la colcha de mi camita. Tocamos el
timbre: nos abrieron la puerta y entramos. Casilda y yo, en la casa, con el paquete. Casilda es
modista. Vivimos en Burzaco y nuestros viajes a la capital la enferman, sobre todo cuando tenemos
que ir al barrio norte, que queda tan a trasmano. De inmediato Casilda pidió un vaso de agua a la
sirvienta para tomar la aspirina que llevaba en el monedero. La aspirina cayó al suelo con vaso y
monedero. ¡Qué risa!
Subimos una escalera alfombrada (olía a naftalina), precedidas por la sirvienta, que nos hizo pasar
al dormitorio de la señora Cornelia Catalpina, cuyo nombre fue un martirio para mi memoria. El
dormitorio era todo rojo, con cortinajes blancos y había espejos con marcos dorados. Durante un
siglo esperamos que la señora llegara del cuarto contiguo, donde la oíamos hacer gárgaras y
discutir con voces diferentes. Entró su perfume y después de unos instantes, ella con otro perfume.
Quejándose, nos saludó:
– ¡Qué suerte tienen ustedes de vivir en las afueras de Buenos Aires! Allí no hay hollín, por lo
menos. Habrá perros rabiosos y quema de basuras... Miren la colcha de mi cama. ¿Ustedes creen
que es gris? No. Es blanca. Un ampo de nieve –me tomó del mentón y agregó–: No te preocupan
estas cosas.
¡Qué edad feliz! Ocho años tienes, ¿verdad? –y dirigiéndose a Casilda, agregó–: ¿Por qué no le
coloca una piedra sobre la cabeza para que no crezca? De la edad de nuestros hijos depende
nuestra juventud.
Todo el mundo creía que mi amiga Casilda era mi mamá. ¡Qué risa!
–Señora, ¿quiere probarse? –dijo Casilda, abriendo el paque- te que estaba prendido con alfileres.
Me ordenó: –Alcanza de mi cartera los alfileres.
– ¡Probarse! ¡Es mi tortura! ¡Si alguien se probara los vestidos por mí, qué feliz sería! Me cansa
tanto.
La señora no podía contestar. El vestido no pasaba por sus hombros: algo lo detenía en el cuello.
¡Qué risa!
– El terciopelo se pega mucho, señora, y hoy hace calor. Pongámosle un poquito de talco.
– ¿Para cuándo será el viaje, señora? –volvió a preguntar Casilda para distraerla
.
–Me iré en cualquier momento. Hoy día, con los aviones, uno se va cuando quiere. El vestido tendrá
que estar listo. Pensar que allí hay nieve. Todo es blanco, limpio, y brillante.
–Levante los dos brazos para que le pasemos primero las dos mangas –dijo Casilda, tomando el
vestido y poniéndoselo de nuevo.
Durante algunos segundos Casilda trató inútilmente de bajar la falda, para que resbalara sobre las
caderas de la señora. Yo la ayudaba lo mejor que podía. Finalmente consiguió ponerle el vestido.
Durante unos instantes la señora descansó extenuada, sobre el sillón; luego se puso de pie para
mirarse en el espejo. ¡El vestido era precioso y complicado! Un dragón bordado de lentejuelas
negras, brillaba sobre el lado izquierdo de la bata. Casilda se arrodilló, mirándola en el espejo, y le
redondeó el ruedo de la falda. Luego se puso de pie y comenzó a colocar alfileres en los dobleces
de la bata, en el cuello, en las mangas. Yo tocaba el terciopelo: era áspero cuando pasaba la mano
para un lado y suave cuando la pasaba para el otro. El contacto de la felpa hacía rechinar mis
dientes. Los alfileres caían sobre el piso de madera y yo los recogía religiosamente uno por uno.
¡Qué risa!
– ¡Qué vestido! Creo que no hay otro modelo tan precioso en todo Buenos Aires –dijo Casilda,
dejando caer un alfiler que tenía entre sus dientes–. ¿No le agrada, señora?
–Muchísimo. El terciopelo es el género que más me gusta. Los géneros son como las flores: uno
tiene sus preferencias. Yo comparo el terciopelo a los nardos.
– El nardo es mi flor preferida, y sin embargo me hace daño. Cuando aspiro su olor me
descompongo. El terciopelo hace rechinar mis dientes, me eriza, como me erizaban los guantes de
hilo en la infancia y, sin embargo, para mí no hay en el mundo otro género comparable. Sentir su
suavidad en mi mano, me atrae aunque a veces me repugne. ¡Qué mujer está mejor vestida que
aquella que se viste de terciopelo negro! Ni un cuello de puntilla le hace falta, ni un collar de perlas;
todo estaría de más. El terciopelo se basta a sí mismo. Es suntuoso y es sobrio.
Cuando terminó de hablar, la señora respiraba con dificultad. El dragón también. Casilda tomó un
diario que estaba sobre una mesa y la abanicó, pero la señora la detuvo, pidiéndole que no le
echara aire, porque el aire le hacía mal. ¡Qué risa!
En la calle oí gritos de los vendedores ambulantes. ¿Qué vendían? ¿Frutos, helados, tal vez? El
silbato del afilador y el tilín del barquillero recorrían también la calle. No corrí a la ventana, para
curiosear, como otras veces. No me cansaba de contemplar las pruebas de este vestido con un
dragón de lentejuelas. La señora volvió a ponerse de pie y se detuvo de nuevo frente al espejo
tambaleando. El dragón de lentejuelas también tambaleó. El vestido ya no tenía casi ningún defecto,
sólo un imperceptible frunce debajo de los dos brazos. Casilda volvió a tomar los alfileres para
colocarlos peligrosamente en aquellas arrugas de género sobrenatural, que sobraban.
– Cuando seas grande –me dijo la señora– te gustará llevar un vestido de terciopelo, ¿no es cierto?
– Sí –respondí, y sentí que el terciopelo de ese vestido me estrangulaba el cuello con manos
enguantadas. ¡Qué risa!
Casilda la ayudó a quitárselo tomándolo del ruedo de la falda con las dos manos. Forcejeó
inútilmente durante algunos segundos, hasta que volvió a acomodarle el vestido.
–Tendré que dormir con él –dijo la señora, frente al espejo, mirando su rostro pálido y el dragón que
temblaba sobre los latidos de su corazón–. Es maravilloso el terciopelo, pero pesa –llevó la mano a
la frente–. Es una cárcel. ¿Cómo salir? Deberían hacer- se vestidos de telas inmateriales como el
aire, la luz o el agua.
La señora cayó al suelo y el dragón se retorció. Casilda se inclinó sobre el cuerpo hasta que el
dragón quedó inmóvil. Acaricié de nuevo el terciopelo que parecía un animal. Casilda dijo
melancólicamente:
–Ha muerto. ¡Me costó tanto hacer este vestido! ¡Me costó tanto, tanto!
¡Qué risa!
* El cuento «El vestido de terciopelo» de Silvina Ocampo fue tomado de la primera edición de
su libro La furia y otros cuentos, Editorial Sur, (Buenos Aires: 1959).
SILVINA INOCENCIA MARÍA OCAMPO Y AGUIRRE, poeta, narradora, traductora y artista plástica argentina. Nació en
Buenos Aires, el 28 de Julio de 1903, en la casa paterna de Viamonte 550. Fue la sexta y última hija de Manuel Silvino
Cecilio Ocampo y Ramona Máxima Aguirre. Durante su juventud, en París, intentó estudiar dibujo y pintura con Pablo
Picasso y André Derain, pero no lo consiguió; entonces tomó clases con Giorgio de Chirico, Fernand Léger, Othon
Friesz y André Lhote. De regreso en Buenos Aires, trabajó la pintura junto a Norah Borges y a María Rosa Oliver, y
realizó varias exposiciones, tanto individuales como colectivas. Perteneció, desde el principio, al comité de colaboración
de la Revista SUR, fundada por su hermana Victoria en 1931, y pocos meses después, en 1932, conoció a quien luego
sería su esposo: Adolfo Vicente Perfecto Bioy Casares (1914-1999), con quien, tras un largo concubinato, contrajo
matrimonio el 15 de enero de 1940. A lo largo de su vida, Silvina recibió numerosos premios y condecoraciones, entre
los que cabe señalar el Premio Municipal de Poesía (1945), el Segundo Premio Nacional (1953), el Primer Premio
Nacional (1962), el Gran Premio de Honor de la SADE (1985), la Orden de las Artes y las Letras en el grado de
Comendador (1985), el Premio del Club de los XIII (1988), el Premio Estaban Echeverría (1989) y la distinción como
Ciudadana Ilustre por parte de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (1990). Falleció en Buenos Aires, a los 90
años, el 14 de diciembre de 1993.
1) Indicar con V las afirmaciones verdaderas, con F las falsas y con D las dudosas.
o Casilda y la niña no son madre e hija.
o La niña tenía tantas ganas de viajar a la capital como Casilda.
o Cornelia Catalpina tiene sirvienta en su casa.
o El vestido de terciopelo le queda chico a la señora.
o El dragón del vestido cobra vida.
o La señora muere asfixiada por el vestido.
o Casilda se angustió por la muerte de Cornelia.
2) Señalar con una V la o las opciones correctas para completar las oraciones.
a. Cornelia Catalpina quiere un vestido nuevo porque….
o Es muy vanidosa.
o Viaja próximamente a Nueva York.
o Viaja próximamente a París.
o No tiene ropa de verano.
b. Casilda y la niña llegan sudando porque….
o Se les había hecho tarde.
o Conocen el temperamento irritable de Cornelia.
o Es un día muy caluroso.
o Están enfermas.
c. Cornelia elige el vestido de terciopelo porque…
o Le resulta la tela más cómoda.
o Es su tela preferida, a pesar de que la incomode.
o Casilda no tenía seda natural.
o Le gustó particularmente el dragón.
7) Describan a la niña y a Cornelia mencionando las similitudes y diferencias entre estos dos
personajes. Tengan en cuenta: edad y lugar en el que viven, relación con la suciedad,
relación con el terciopelo, relación con el vestido.
8) Transcribir fragmentos del cuento que justifique la siguiente afirmación:
La narradora del cuento “El vestido de terciopelo” es una gran observadora.
Tiene elementos sobrenaturaleso inexplicables que crean una ruptura con la realidad.
La irrupción de lo fantástico suele causar miedo en los personajes, por eso muchas
veces está relacionado con el género de terror.
Estimula la imaginación del receptor.
Son frecuentes las metamorfosis, las alteraciones del tiempo o el espacio, los portales a
dimensiones paralelas, la intromisión del sueño en la realidad…
Existen varios tipos de mundos de donde provienen los elementos sobrenaturales; los más
usuales son: mundos de frontera, mundos paralelos y mundos alternativos.
El cuento fantástico nace entre los siglos XVIII y XIX sobre el mismo terreno que la especulación
filosófica su tema es la relación entre la realidad del mundo que habitamos y conocemos a través de
la percepción, y la realidad del mundo del pensamiento que habita en nosotros y nos dirige. El
problema de la realidad de lo que se ve: caras extraordinarias que tal vez son alucinaciones
proyectadas por nuestra mente; cosas corrientes que tal vez esconden bajo la apariencia más banal
una segunda naturaleza inquietante, misteriosa, terrible, es la esencia de la literatura fantástica,
cuyos mejores efectos residen en la oscilación de niveles de realidad inconciliables.
La necesidad de los seres humanos de representar los poderes ocultos, tanto benéficos como
diabólicos, de poner en palabras los sueños, de expresar la enigmática realidad a través del relato o
de diversas manifestaciones artísticas es una motivación universal que permite presuponer
la antigüedad de los relatos fantásticos.
En épocas antiguas, la diferencia entre la fantasía y la realidad no estaba tan marcada como en
nuestros días. En la Edad Media, por ejemplo, las apariciones del demonio o los milagros que
realizaban los santos se consideraban parte de la vida cotidiana. Se creía en lo sobrenatural y no se
lo cuestionaba como irreal. El mundo imaginario poseía su plena realidad entre el mundo sensible e
inteligible.
Con el transcurrir del tiempo, y sobre todo a partir de la modernidad, lo irracional encarnado
en fantasmas vampiros u otras manifestaciones de lo que se denomina "lo otro" comienza a ser
cuestionado, y la diferencia entre lo imaginario y lo real se torna más tajante. En la modernidad, la
aparición provoca miedo por lo otro y no una forma superior de conocimiento como en
la antigüedad. Estos seres que habitan el mundo de lo imaginario acechan el mundo cotidiano y, por
lo tanto, se transforman en temibles y amenazantes. El relato fantástico, entonces puede pensarse
como un nuevo modo que los seres humanos encuentran de darle sentido a lo desconocido.
La literatura fantástica, según Pampa Arán, puede verse como la ficcionalización y artistización de
las manifestaciones de los cambios de mentalidad cultural que comienzan a operarse en el siglo
XVIII y que se caracteriza por la desconfianza respecto a los valores absolutos, de la aprehensión
de la realidad como como una noción coherente en sí misma, el papel del lenguaje como
vehículo natural de representación de la realidad y el socavamiento de la noción de racionalidad. A
medida que se van acentuando y profundizando estos cambios en el pensamiento occidental, el
género fantástico los va absorbiendo y resolviendo dentro de su estilística. Los viejos temas del
imaginario fantástico se refinan intelectualmente, pierden su carácter de testimonio de la existencia
de lo sobrenatural.
Las nuevas formas de percepción que el hombre tiene de sí mismo, el avance de las teorías del
conocimiento, las variaciones que experimenta el concepto de lo real van modificando
paulatinamente el fantástico del horror, de lo perverso, para hacer un tratamiento más intelectual del
tema fantástico, que confronta el "ver" y el "saber", la percepción sensorial y la razón. Lo terrible, lo
perverso es el no poder comprender cuál sea la naturaleza de lo que llamamos realidad.
Un poco de lectura...
Leopoldo Lugones fue uno de los primeros escritores argentinos que cultivaron la literatura
fantástica. Muy interesado por el misticismo oriental, por lo esotérico, la teosofía y las disciplinas
ocultistas, Lugones tenía a Leonardo Da Vinci y Johann Wolfganf von como modelos. Sus cuentos
fantásticos están plagados de elementos sobrenaturales, de inexplicables fenómenos físicos,
de situaciones misteriosas, de enigmas vinculados con el mundo de los sueños.
A continuación se adjuntará un cuento de Leopoldo Lugones: La estatua de sal.
Nota: Según la Biblia en Sodama de ángeles le dijeron a Lot: "Date prisa, toma a tu esposa y a tus
dos hijas y márchate no sea que te alcance el castigo de esta ciudad" Una vez fuera, le dijeron:
"Ponte a salvo. Por tu vida, no mires hacia atrás ni te detengas en parte alguna de esta llanura, sino
que huye a la montaña para que no perezcas" Entonces Yavé hizo llover del cielo sobre Sodoma y
Zamorra azufre ardiendo que venía de Javé, y que destruyó completamente estas ciudades y toda
la llanura con todas sus habitantes y la vegetación. La mujer de Lot desatendió el mandato de los
ángeles y miró hacia atrás: quedó convertida en una estatua de sal.
2) Establecer la situación inicial del cuento, el nudo o conflicto y el desenlace en tres oraciones.
3) Mencionar cuál es elemento fantástico (tené en cuenta las características) de este cuento y
dar un ejemplo textual.
4) Escritura creativa: Agregale un párrafo al cuento o cambiale el final.
SEGUIMOS CON LOS RELATOS FANTÁSTICOS….
Jorge Luis Borges LAS RUINAS CIRCULARES (El jardín de senderos que se bifurcan
(1941; Ficciones, 1944)
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado,
pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las
infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está
contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la
ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado
y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color
del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva
palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo
despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió,
no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que
requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las
ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era
el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos
higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban
su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se
tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo
con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su
alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría
acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo
visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales.
El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y
soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en
el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos
fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero
eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros
escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de
aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo
real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar
por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que
mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que
aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los
primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un
poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas
en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un
muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo
desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas
lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día,
emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la
aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se
abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil,
veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo
articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas
de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es
el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior:
mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso
inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método
de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio.
Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras
veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la
luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció
las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo
humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo
percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la
mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria
pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo.
Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y
emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El
pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se
incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y
rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una
tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los
votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un
potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un
atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una
tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros
iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que
todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó
que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo,
para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se
despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del
universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad
pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso
deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días
eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado
me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al
otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces.
Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por
primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable
selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como
los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba
ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares,
aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los
sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su
vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores
de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo
ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no
quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen
el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio,
acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su
condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación
incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera
confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña
y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga
sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color
rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la
fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios
del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el
incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía
a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su
carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror,
comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
FIN
ACTIVIDAD Nº 4 ACERCA DEL CUENTO DE J. L.BORGES.
Unánime noche:
Hombre taciturno:
Materia incoherente:
Integridad minuciosa:
Llegamos a Arezzo un poco antes del mediodía, y perdimos más de dos horas buscando el castillo
renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico
de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil
encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas
tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin
indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo.
Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos
previsto, que sólo íbamos a almorzar. —Menos mal —dijo ella— porque en esa casa espantan. Mi
esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero
nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma
de cuerpo presente. Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y
un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho
tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su
aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión
completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en
aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido
tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe
que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo. —El más grande —sentenció— fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel
castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su
poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un
instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse,
y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas.
Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por
la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor. El castillo, en
realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el
relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus
invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían
padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo
la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e
instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado.
La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de
cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la
última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el
dormitorio de Ludovico. Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos
de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la
amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en
piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un
marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir
a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía
estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio. Los días del verano son largos y
parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche.
Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a
ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café
bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas
encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar. Mientras lo hacíamos, bajo un
cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a
explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por
las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos
tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero
Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no. Al contrario de lo
que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en
el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras
trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me
acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos
dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol
espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el más apacible
de los inocentes. “Qué tontería – me dije –, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos
tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las
cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba
desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde
nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las
cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.
Horacio Quiroga
(1879-1937)
EL ALMOHADÓN DE PLUMAS
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)
SU LUNA DE miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su
marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero
estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la
alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente,
sin darlo a conocer.
Durante tres meses —se habían casado en abril— vivieron una dicha especial. Sin duda
hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta
ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio
silencioso —frisos, columnas y estatuas de mármol— producía una otoñal impresión de palacio
encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes,
afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban
eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por
echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar
en nada hasta que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró
insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín
apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda
ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los
brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor
tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida
en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida.
El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
—No sé —le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja—. Tiene una gran
debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada.. . Si mañana se despierta como hoy, llámeme
enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha
agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente
a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio.
Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también
con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable
obstinación. La alfombra ahogaba sus pesos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su
mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que
descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía
sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de
repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron
de sudor.
—¡Jordán! ¡Jordán! —clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.
—¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de
estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido,
acariciándola temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre
los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa,
desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta
Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La
observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.
—Pst... —se encogió de hombros desalentado su médico—. Es un caso serio... poco hay que
hacer...
—¡Sólo eso me faltaba! —resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía
siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana
amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas
alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un
millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía
mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus
terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y
trepaban dificultosamente por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces
continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la
casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los
eternos pasos de Jordán.
Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato
extrañada el almohadón.
—¡Señor! —llamó a Jordán en voz baja—. En el almohadón hay manchas que parecen de
sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos
lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
—Parecen picaduras —murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
—Levántelo a la luz —le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y
temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
—¿Qué hay? —murmuró con la voz ronca.
—Pesa mucho —articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del
comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la
sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los
bandos: —sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un
animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le
pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca
—su trompa, mejor dicho— a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi
imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin dada su desarrollo, pero
desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches,
había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas
condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable,
y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.
Horacio Quiroga
(1879-1937)
A LA DERIVA
(Cuentos de amor, de locura y de muerte, (1917)
EL HOMBRE PISÓ blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al
volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro
ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban
dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la
cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las
vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante
contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie.
Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el
hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la
herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de
garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos
violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía
adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco
arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había
sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos
vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre
gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa
morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la
ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par.
Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente
apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse
en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las
inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí
sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta
vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba
la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó
hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente dolorosas. El hombre pensó que no
podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves,
aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo
fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros,
exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del
suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar
hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros,
encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto,
asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre,
en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El
paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza
sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un
violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor.
La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas
para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes
de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni
en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera
también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había
coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el
río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de
guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí
misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y
pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres
años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí,
seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.
LA NOVELA
La novela es una obra literaria generalmente escrita en prosa que relata hechos ficcionales. Por su
extensión puede dividirse en capítulo o en episodios que desarrollan por partes una trama compleja.
Generalmente las descripciones son detalladas, presentan variedad de espacios y pueden incluirse
diálogos para construir este mundo imaginario. Una novela puede incluir gran cantidad de
personajes, que son aquellos a los que les acontecen las acciones que se narran. Según su
importancia en la trama pueden clasificarse en personajes principales, sobre quienes recae el
desarrollo fundamental de la acción, y personajes secundarios, que ayudan a que la trama narrativa
avance, aunque su incidencia sobre ella no sea elevada y, por lo tanto, su importancia en la acción
es relativa.
Una de las características que define un texto es su coherencia. Para eso, es necesario que las
partes que lo componen (párrafos y oraciones) estén relacionados entre sí por un tema en común.
Para que un texto sea coherente, es preciso no solo que tenga un tema global, sino también una
cierta organización del contenido.
La cohesión es el conjunto de relaciones que los distintos elementos de un texto establecen entre sí
para construir una unidad coherente y facilitar la comprensión del lector.
Los recursos cohesivos permiten evitar repeticiones innecesarias y señalar qué tipo de relación
existe entre los distintos núcleos de información.
Referencia pronominal: este recurso cohesivo consiste en emplear pronombres para hacer
referencia a un elemento expresado en el texto o presente en el contexto y que los receptores
puedan identificar. Los pronombres que permiten este tipo de relación son los personales, los
posesivos y los demostrativos.
Cohesión léxica: las palabras establecen relaciones a partir de su significado. Esto permite referirse
a una misma idea empleando otros términos. Algunas de estas relaciones son:
Sinónimos: son palabras que significan lo mismo o que al menos, están muy próximas en sus entido,
por ejemplo: Estaba todo limpio. Nunca había visto algo tan pulcro.
Antónimos. Son palabras que presentan un significado opuesto. Por ej.: Realmente la limpieza del
lugar asombraba. No se veía la menor señal de suciedad.
Hiperónimos: son términos que pos su significado aluden a un conjunto de elementos particulares o
hipónimos. Ej: La palabra flor es un hiperónimo que comprende a los hipónimos rosa, jazmín,
margarita, violeta.
Conectores: los conectores son elementos de la lengua que manifiestan la relación que existe entre
distintas partes de un texto. La función de los conectores puede ser desempeñada por algunas
palabras de distintas clases (conjunciones, adverbios, gerundios) y por ciertas construcciones.