SOCIALISMO
El vanguardismo (también conocido por su nombre en francés, avant-
garde /avɑ̃ɡaʁd/)1, expresión militar que significa «el que va adelante» el que
ocupa la primera línea de combate, se refiere a las personas y a las obras
experimentales e innovadoras, en particular en lo que respecta al arte,
la cultura, la política, la filosofía y la literatura; representa un empuje de los
límites de lo que se acepta con la norma o statu quo, sobre todo en el ámbito
cultural.2 Alude también al conjunto de movimientos artísticos y literarios que se
formaron a comienzos del siglo XX en Occidente que rompieron con la tradición
académica y buscaron la innovación.3
El término vanguardia, frecuente en la historiografía española, francesa e
italiana pero no así en la anglosajona, hace referencia al sentido
de Avanzadilla con la que los movimientos del periodo asumieron que debían
afrontar su producción artística, yendo por delante y rompiendo con el resto de
manifestaciones de su momento. Esta actitud dio lugar a que el mito de lo
nuevo, con el consiguiente desprecio por todas las realizaciones del pasado, se
instale en el ideario de las vanguardias hasta que comenzaron a entrar en crisis
poco antes de 1980.4
La característica primordial del vanguardismo es la libertad de expresión. Esta
se manifiesta alterando la estructura de las obras, abordando temas tabú y
desordenando los parámetros creativos. En la poesía se rompe con la métrica y
cobran protagonismo aspectos antes considerados irrelevantes, como
la tipografía.
La noción de la existencia del vanguardismo es considerada por algunos como
una característica del modernismo, a diferencia de la posmodernidad. Muchos
artistas se han alineado con el movimiento vanguardista y aún continúan
haciéndolo, trazando una historia a partir del dadaísmo, y pasando por
los situacionistas hasta artistas posmodernos como los Poetas del Lenguaje,
alrededor de la década de 1930.5 Estos movimientos artísticos renovadores —
generalmente dogmáticos— se produjeron en Europa en las primeras décadas
del siglo XX; desde donde se extendieron al resto de los continentes —
principalmente hacia América, en donde se enfrentaron al modernismo—.
El término también hace referencia a la promoción de reformas sociales
radicales; fue este sentido el que evocó el seguidor de Saint-Simon, Olinde
Rodrigues, en su ensayo «L'artiste, le savant et l'industriel» («El artista, el
científico y el industrial»), de 1825, el cual contiene el primer uso registrado del
término «vanguardia» en su sentido ahora habitual: allí, Rodrigues pide a los
artistas «servir como el vanguardismo [de la gente]», insistiendo en que «el
poder de las artes es, de hecho, la forma más inmediata y rápida para la
reforma social, política y económica».6
Contexto histórico y cultural[editar]
Desde un punto de vista histórico, el primer tercio del siglo XX se caracterizó
por grandes tensiones y enfrentamientos entre las potencias europeas. Por su
parte, la Primera Guerra Mundial (entre 1914 y 1918) y la Revolución
bolchevique (en octubre de 1917) fomentaron las esperanzas en un régimen
económico diferente para el proletariado.
El vuelo de los hermanos Wright.
Tras la década de 1920, época de desarrollo y prosperidad económica
conocida como los años locos, vendría el gran desastre de la bolsa de Wall
Street (1929) y volvería una época de recesión y conflictos que, unidos a las
difíciles condiciones impuestas a los vencidos de la Gran Guerra, provocarían
la gestación de los sistemas totalitarios (fascismo y nacionalsocialismo) que
conducirán a la Segunda Guerra Mundial.
Desde el punto de vista cultural, fue una época dominada por las
transformaciones y el progreso científico y tecnológico: la aparición
del automóvil y del avión, el cinematógrafo, el gramófono, etc. El principal valor
fue, pues, el de la modernidad o sustitución de lo viejo y caduco por lo nuevo,
original y mediado tecnológicamente.
Por su parte, en el ámbito literario era precisa una profunda renovación. De
esta voluntad de ruptura con lo anterior, de lucha contra el sentimentalismo, de
la exaltación del inconsciente, de lo racional, de la libertad, de la pasión y del
individualismo nacerían las vanguardias en las primeras décadas del siglo XX.
Muchos artistas de este periodo participaron en la I Guerra Mundial.
Europa vivía, al momento de surgir las vanguardias artísticas, una
profunda crisis. Crisis que desencadenó la Primera Guerra Mundial, y luego, en
la evidencia de los límites del sistema capitalista. Si bien «hasta 1914
los socialistas son los únicos que hablan del hundimiento del capitalismo»,
como señala Arnold Hauser, también otros sectores habían percibido desde
antes los límites de un modelo de vida que privilegiaba el dinero, la producción
y los valores de cambio frente al individuo.
Resultado de esto fue la mediocridad intelectual, la pobreza y el
encastillamiento artístico contra los que reaccionaron en 1905: Pablo
Picasso y Georges Braque con sus exposiciones cubistas, y el futurismo que,
en 1909, deslumbrado por los avances de la modernidad científica y
tecnológica, lanzó su primer manifiesto de apuesta al futuro y rechazo a todo lo
anterior.
Así se dieron los primeros pasos de la vanguardia, aunque el momento de
explosión definitiva coincidió, lógicamente, con la I Guerra Mundial, con la
conciencia del absurdo sacrificio que esta significaba, y con la promesa de una
vida diferente alentada por el triunfo de la revolución socialista en Rusia.
En 1916, en Zúrich (territorio neutral durante la guerra), Hugo Ball, poeta
alemán, decidió fundar el Cabaret Voltaire. Esta acta de fundación
del dadaísmo, explosión nihilista, proponía el rechazo total:
El sistema DD os hará libres, romped todo. Sois los amos de todo lo que rompáis. Las
leyes, las morales, las estéticas se han hecho para que respetéis las cosas frágiles. Lo
que es frágil está destinado a ser roto. Probad vuestra fuerza una sola vez: os desafío
a que después no continuéis. Lo que no rompáis os romperá, será vuestro amo.
Louis Aragón, poeta francés.
Ese deseo de destrucción7 de todo lo establecido llevó a los dadaístas, para
ser coherentes, a rechazarse a sí mismos: la propia destrucción.
Muchos autores vanguardistas ven en el poeta Arthur Rimbaud a
un padre intelectual.
Algunos de los partidarios de Dadá, encabezados por André Breton, pensaron
que las circunstancias exigían no solo la anarquía y la destrucción, sino
también la propuesta; es así como se apartaron de Tzara, lo que dio punto final
al movimiento dadaísta, e iniciaron la aventura surrealista.
La furia Dadá había sido el paso primero e indispensable, pero había llegado a
sus límites. Breton y los surrealistas, es decir: superrealistas, unieron la
sentencia de Arthur Rimbaud que, junto con Charles Baudelaire, el Conde de
Lautréamont, Alfred Jarry, Vincent van Gogh y otros artistas del siglo XIX, sería
reconocido por los surrealistas como uno de sus «padres»: «Hay que cambiar
la vida» se unió a la sentencia de Karl Marx: «hay que transformar el mundo».
Surgió así el surrealismo al servicio de la revolución que pretendía recuperar
aquello del hombre que la sociedad, sus condicionamientos y represiones le
habían hecho ocultar: su más pura esencia, su Yo básico y auténtico.
A través de la recuperación del inconsciente, de los sueños (son los días
de Sigmund Freud y los orígenes del psicoanálisis), de dejarle libre el paso a
las pasiones y a los deseos, de la escritura automática (que más tarde
cuestionaron como técnica), del humor negro, los surrealistas intentarían
marchar hacia una sociedad nueva en donde el individuo pudiese vivir en
plenitud (la utopía surrealista).
En este pleno ejercicio de la libertad que significó la actitud surrealista, tres
palabras se unieron en un solo significado: amor, poesía y libertad.