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Reconciliación y Penitencia en la Iglesia

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA RECONCILIATIO ET PAENITENTIA
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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA

POST-SINODAL
RECONCILIATIO ET PAENITENTIA
DE
JUAN PABLO II
AL EPISCOPADO
AL CLERO Y A LOS FIELES
SOBRE LA RECONCILIACIÓN
Y LA PENITENCIA
EN LA MISIÓN
DE LA IGLESIA HOY

PROEMIO
ORIGEN Y SIGNIFICADO DEL DOCUMENTO
1. Hablar de reconciliación y penitencia es, para los hombres y mujeres de nuestro
tiempo, una invitación a volver a encontrar —traducidas al propio lenguaje— las
mismas palabras con las que Nuestro Salvador y Maestro Jesucristo quiso inaugurar su
predicación: «Convertíos y creed en el Evangelio»[1] esto es, acoged la Buena Nueva
del amor, de la adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la fraternidad.
¿Por qué la Iglesia propone de nuevo este tema, y esta invitación?
El ansia por conocer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo
contemporáneo, por descifrar su enigma y por desvelar su misterio; el deseo de poder
discernir los fermentos de bien o de mal que se agitan ya desde hace bastante tiempo;
todo esto, lleva a muchos a dirigir a este hombre y a este mundo una mirada
interrogante. Es la mirada del historiador y del sociólogo, del filósofo y del teólogo, del
psicólogo y del humanista, del poeta y del místico; es sobre todo la mirada preocupada
—y a pesar de todo cargada de esperanza— del pastor.
Dicha mirada se refleja de una manera ejemplar en cada página de la importante
Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II Gaudium et spes sobre la Iglesia en el
mundo contemporáneo y, de modo particular, en su amplia y penetrante introducción.
Se refleja igualmente en algunos Documentos emanados de la sabiduría y de la caridad
pastoral de mis venerados Predecesores, cuyos luminosos pontificados estuvieron
marcados por el acontecimiento histórico y profético de tal Concilio Ecuménico.
Al igual que las otras miradas, también la del pastor vislumbra, por desgracia, entre
otras características del mundo y de la humanidad de nuestro tiempo, la existencia de
numerosas, profundas y dolorosas divisiones.
Un mundo en pedazos
2. Estas divisiones se manifiestan en las relaciones entre las personas y los grupos,
pero también a nivel de colectividades más amplias: Naciones contra Naciones y
bloques de Países enfrentados en una afanosa búsqueda de hegemonía. En la raíz de
las rupturas no es difícil individuar conflictos que en lugar de resolverse a través del
diálogo, se agudizan en la confrontación y el contraste.
Indagando sobre los elementos generadores de división, observadores atentos
detectan los más variados: desde la creciente desigualdad entre grupos, clases sociales
y Países, a los antagonismos ideológicos todavía no apagados; desde la contraposición
de intereses económicos, a las polarizaciones políticas; desde las divergencias tribales
a las discriminaciones por motivos socio religiosos.
Por lo demás, algunas realidades que están ante los ojos de todos, vienen a ser como
el rostro lamentable de la división de la que son fruto, a la vez que ponen de
manifiesto su gravedad con irrefutable concreción. Entre tantos otros dolorosos
fenómenos sociales de nuestro tiempo podemos traer a la memoria:
 la conculcación de los derechos fundamentales de la persona humana; en primer lugar
el derecho a la vida y a una calidad de vida digna; esto es tanto más escandaloso en
cuanto coexiste con una retórica hasta ahora desconocida sobre los mismos derechos;
 las asechanzas y presiones contra la libertad de los individuos y las colectividades, sin
excluir la tantas veces ofendida y amenazada libertad de abrazar, profesar y practicar
la propia fe;
 las varias formas de discriminación: racial, cultural, religiosa, etc.;
 la violencia y el terrorismo;
 el uso de la tortura y de formas injustas e ilegítimas de represión; — la acumulación de
armas convencionales o atómicas; la carrera de armamentos, que implica gastos
bélicos que podrían servir para aliviar la pobreza inmerecida de pueblos social y
económicamente deprimidos;
 la distribución inicua de las riquezas del mundo y de los bienes de la civilización que
llega a su punto culminante en un tipo de organización social en la que la distancia en
las condiciones humanas entre ricos y pobres aumenta cada vez más[2]. La potencia
arrolladora de esta división hace del mundo en que vivimos un mundo
desgarrado[3] hasta en sus mismos cimientos.
Por otra parte, puesto que la Iglesia —aun sin identificarse con el mundo ni
ser del mundo— está inserta en el mundo y se encuentra en diálogo con él[4], no ha
de causar extrañeza si se detectan en el mismo conjunto eclesial repercusiones y
signos de esa división que afecta a la sociedad humana. Además de las escisiones ya
existentes entre las Comunidades cristianas que la afligen desde hace siglos, en
algunos lugares la Iglesia de nuestro tiempo experimenta en su propio seno divisiones
entre sus mismos componentes, causadas por la diversidad de puntos de vista y de
opciones en campo doctrinal y pastoral[5]. También estas divisiones pueden a veces
parecer incurables.
Sin embargo, por muy impresionantes que a primera vista puedan aparecer tales
laceraciones, sólo observando en profundidad se logra individuar su raíz: ésta se halla
en una herida en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos
pecado; comenzando por el pecado original que cada uno lleva desde su nacimiento
como una herencia recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno
comete, abusando de su propia libertad.
Nostalgia de reconciliación
3. Sin embargo, la misma mirada inquisitiva, si es suficientemente aguda, capta en lo
más vivo de la división un inconfundible deseo, por parte de los hombres de buena
voluntad y de los verdaderos cristianos, de recomponer las fracturas, de cicatrizar las
heridas, de instaurar a todos los niveles una unidad esencial. Tal deseo comporta en
muchos una verdadera nostalgia de reconciliación, aun cuando no usen esta palabra.
Para algunos se trata casi de una utopía que podría convertirse en la palanca ideal
para un verdadero cambio de la sociedad; para otros, por el contrario, es objeto de
una ardua conquista y, por tanto, la meta a conseguir a través de un serio esfuerzo de
reflexión y de acción. En cualquier caso, la aspiración a una reconciliación sincera y
durable es, sin duda alguna, un móvil fundamental de nuestra sociedad como reflejo
de una incoercible voluntad de paz; y —por paradójico que pueda parecer— lo es tan
fuerte cuanto son peligrosos los factores mismos de división.
Mas la reconciliación no puede ser menos profunda de cuanto es la división. La
nostalgia de la reconciliación y la reconciliación misma serán plenas y eficaces en la
medida en que lleguen —para así sanarla— a aquella laceración primigenia que es la
raíz de todas las otras, la cual consiste en el pecado
CAPÍTULO PRIMERO
EL MISTERIO DEL PECADO
14. Si leemos la página bíblica de la ciudad y de la torre de Babel a la nueva luz del
Evangelio, y la comparamos con aquella otra página sobre la caída de nuestros
primeros padres, podemos sacar valiosos elementos para una toma de conciencia
del misterio del pecado. Esta expresión, en la que resuena el eco de lo que escribe San
Pablo sobre el misterio de la iniquidad[66], se orienta a hacernos percibir lo que de
oscuro e inaprensible se oculta en el pecado. Este es sin duda, obra de la libertad del
hombre; mas dentro de su mismo peso humano obran factores por razón de los cuales
el pecado se sitúa mas allá de lo humano, en aquella zona límite donde la conciencia,
la voluntad y la sensibilidad del hombre están en contacto con las oscuras fuerzas que,
según San Pablo, obran en el mundo hasta enseñorearse de él[67].
La desobediencia a Dios
De la narración bíblica referente a la construcción de la torre de Babel emerge un
primer elemento que nos ayuda a comprender el pecado: los hombres han pretendido
edificar una ciudad, reunirse en un conjunto social, ser fuertes y poderosos sin Dios, o
incluso contra Dios[68]. En este sentido, la narración del primer pecado en el Edén y la
narración de Babel, a pesar de las notables diferencias de contenido y de forma entre
ellas, tienen un punto de convergencia: en ambas nos encontramos ante una exclusión
de Dios, por la oposición frontal a un mandamiento suyo, por un gesto de rivalidad
hacia él, por la engañosa pretensión de ser «como él»[69]. En la narración de Babel
la exclusión de Dios no aparece en clave de contraste con él, sino como olvido e
indiferencia ante él; como si Dios no mereciese ningún interés en el ámbito del
proyecto operativo y asociativo del hombre. Pero en ambos casos la relación con Dios
es rota con violencia. En el caso del Edén aparece en toda su gravedad y dramaticidad
lo que constituye la esencia más íntima y más oscura del pecado: la desobediencia a
Dios, a su ley, a la norma moral que él dio al hombre, escribiéndola en el corazón y
confirmándola y perfeccionándola con la revelación.
Exclusión de Dios, ruptura con Dios, desobediencia a Dios ; a lo largo de toda la historia
humana esto ha sido y es bajo formas diversas el pecado, que puede llegar hasta
la negación de Dios y de su existencia; es el fenómeno llamado ateísmo.
Desobediencia del hombre que no reconoce mediante un acto de su libertad el dominio
de Dios sobre la vida, al menos en aquel determinado momento en que viola su ley.
La división entre hermanos
15. En las narraciones bíblicas antes recordadas, la ruptura con Dios desemboca
dramáticamente en la división entre los hermanos.
En la descripción del «primer pecado», la ruptura con Yavé rompe al mismo tiempo el
hilo de la amistad que unía a la familia humana, de tal manera que las páginas
siguientes del Génesis nos muestran al hombre y a la mujer como si apuntaran su
dedo acusando el uno hacia el otro[70]; y más adelante el hermano que, hostil a su
hermano, termina quitándole la vida[71].
Según la narración de los hechos de Babel la consecuencia del pecado es la desunión
de la familia humana, ya iniciada con el primer pecado, y que llega ahora al extremo
en su forma social.
Quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar de considerar esta
concatenación de causa y efecto. En cuanto ruptura con Dios el pecado es el acto de
desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza a aquel de quien
salió y que la mantiene en vida; es, por consiguiente, un acto suicida. Puesto que con
el pecado el hombre se niega a someterse a Dios, también su equilibrio interior se
rompe y se desatan dentro de sí contradicciones y conflictos. Desgarrado de esta
forma el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los
otros hombres y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden
comprobarse en tantos momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así
como en la realidad de la vida social, en la que fácilmente pueden observarse
repercusiones y señales del desorden interior.
El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecador abre en su
propio costado y en relación con el prójimo. Por consiguiente, se puede hablar de
pecado personal y social. Todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro aspecto,
todo pecado es social, en cuanto y debido a que tiene también consecuencias sociales.
Pecado personal y pecado social
16. El pecado, en sentido verdadero y propio, es siempre un acto de la persona,
porque es un acto libre de la persona individual, y no precisamente de un grupo o una
comunidad. Este hombre puede estar condicionado, apremiado, empujado por no
pocos ni leves factores externos; así como puede estar sujeto también a tendencias,
taras y costumbres unidas a su condición personal. En no pocos casos dichos factores
externos e internos pueden atenuar, en mayor o menor grado, su libertad y, por lo
tanto, su responsabilidad y culpabilidad. Pero es una verdad de fe, confirmada también
por nuestra experiencia y razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar
esta verdad con el fin de descargar en realidades externas —las estructuras, los
sistemas, los demás— el pecado de los individuos. Después de todo, esto supondría
eliminar la dignidad y la libertad de la persona, que se revelan —aunque sea de modo
tan negativo y desastroso— también en esta responsabilidad por el pecado cometido.
Y así, en cada hombre no existe nada tan personal e intrasferible como el mérito de la
virtud o la responsabilidad de la culpa.
Por ser el pecado una acción de la persona, tiene sus primeras y más importantes
consecuencias en el pecador mismo, o sea, en la relación de éste con Dios —que es el
fundamento mismo de la vida humana— y en su espíritu, debilitando su voluntad y
oscureciendo su inteligencia.
Llegados a este punto hemos de preguntarnos a qué realidad se referían los que, en la
preparación del Sínodo y durante los trabajos sinodales, mencionaron con cierta
frecuencia el pecado social.
La expresión y el concepto que a ella está unido, tienen, en verdad, diversos
significados.
Hablar de pecado social quiere decir, ante todo, reconocer que, en virtud de una
solidaridad humana tan misteriosa e imperceptible como real y concreta, el pecado de
cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta la otra cara de aquella
solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de
la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que «toda alma que se
eleva, eleva al mundo»[72]. A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la
ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el
que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo,
al mundo entero. En otras palabras, no existe pecado alguno, aun el más íntimo y
secreto, el más estrictamente individual, que afecte exclusivamente a aquel que lo
comete. Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor
daño en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana. Según esta primera
acepción, se puede atribuir indiscutiblemente a cada pecado el carácter de
pecado social.
Algunos pecados, sin embargo, constituyen, por su mismo objeto, una agresión directa
contra el prójimo y —más exactamente según el lenguaje evangélico— contra el
hermano. Son una ofensa a Dios, porque ofenden al prójimo. A estos pecados se suele
dar el nombre de sociales, y ésta es la segunda acepción de la palabra. En este sentido
es social el pecado contra el amor del prójimo, que viene a ser mucho más grave en la
ley de Cristo porque está en juego el segundo mandamiento que es «semejante al
primero»[73]. Es igualmente social todo pecado cometido contra la justicia en las
relaciones tanto interpersonales como en las de la persona con la sociedad, y aun de la
comunidad con la persona. Es social todo pecado cometido contra los derechos de la
persona humana, comenzando por el derecho a la vida, sin excluir la del que está por
nacer, o contra la integridad física de alguno; todo pecado contra la libertad ajena,
especialmente contra la suprema libertad de creer en Dios y de adorarlo; todo pecado
contra la dignidad y el honor del prójimo. Es social todo pecado contra el bien común y
sus exigencias, dentro del amplio panorama de los derechos y deberes de los
ciudadanos. Puede ser social el pecado de obra u omisión por parte de dirigentes
políticos, económicos y sindicales, que aun pudiéndolo, no se empeñan con sabiduría
en el mejoramiento o en la transformación de la sociedad según las exigencias y las
posibilidades del momento histórico; así como por parte de trabajadores que no
cumplen con sus deberes de presencia y colaboración, para que las fábricas puedan
seguir dando bienestar a ellos mismos, a sus familias y a toda la sociedad.
La tercera acepción de pecado social se refiere a las relaciones entre las distintas
comunidades humanas. Estas relaciones no están siempre en sintonía con el designio
de Dios, que quiere en el mundo justicia, libertad y paz entre los individuos, los grupos
y los pueblos. Así la lucha de clases, cualquiera que sea su responsable y, a veces,
quien la erige en sistema, es un mal social. Así la contraposición obstinada de los
bloques de Naciones y de una Nación contra la otra, de unos grupos contra otros
dentro de la misma Nación, es también un mal social. En ambos casos, puede uno
preguntarse si se puede atribuir a alguien la responsabilidad moral de estos males y,
por lo tanto, el pecado. Ahora bien, se debe pues admitir que realidades y situaciones,
como las señaladas, en su modo de generalizarse y hasta agigantarse como hechos
sociales, se convierten casi siempre en anónimas, así como son complejas y no
siempre identificables sus causas. Por consiguiente, si se habla de pecado social, aquí
la expresión tiene un significado evidentemente analógico.
En todo caso hablar de pecados sociales, aunque sea en sentido analógico, no debe
inducir a nadie a disminuir la responsabilidad de los individuos, sino que quiere ser una
llamada a las conciencias de todos para que cada uno tome su responsabilidad, con el
fin de cambiar seria y valientemente esas nefastas realidades y situaciones
intolerables.
Dado por sentado todo esto en el modo más claro e inequívoco hay que añadir
inmediatamente que no es legítimo ni aceptable un significado de pecado social, —por
muy usual que sea hoy en algunos ambientes[74],— que al oponer, no sin
ambigüedad, pecado social y pecado personal, lleva más o menos inconscientemente a
difuminar y casi a borrar lo personal, para admitir únicamente culpas y
responsabilidades sociales. Según este significado, que revela fácilmente su derivación
de ideologías y sistemas no cristianos —tal vez abandonados hoy por aquellos mismos
que han sido sus paladines—, prácticamente todo pecado sería social, en el sentido de
ser imputable no tanto a la conciencia moral de una persona, cuanto a una vaga
entidad y colectividad anónima, que podría ser la situación, el sistema, la sociedad, las
estructuras, la institución.
Ahora bien la Iglesia, cuando habla de situaciones de pecado o denuncia
como pecados sociales determinadas situaciones o comportamientos colectivos de
grupos sociales más o menos amplios, o hasta de enteras Naciones y bloques de
Naciones, sabe y proclama que estos casos de pecado social son el fruto, la
acumulación y la concentración de muchos pecados personales. Se trata de pecados
muy personales de quien engendra, favorece o explota la iniquidad; de quien,
pudiendo hacer algo por evitar, eliminar, o, al menos, limitar determinados males
sociales, omite el hacerlo por pereza, miedo y encubrimiento, por complicidad solapada
o por indiferencia; de quien busca refugio en la presunta imposibilidad de cambiar el
mundo; y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas
razones de orden superior. Por lo tanto, las verdaderas responsabilidades son de las
personas.
Una situación —como una institución, una estructura, una sociedad— no es, de suyo,
sujeto de actos morales; por lo tanto, no puede ser buena o mala en sí misma.
En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras. Esto es
tan cierto que, si tal situación puede cambiar en sus aspectos estructurales e
institucionales por la fuerza de la ley o —como por desgracia sucede muy a menudo,—
por la ley de la fuerza, en realidad el cambio se demuestra incompleto, de poca
duración y, en definitiva, vano e ineficaz, por no decir contraproducente, si no se
convierten las personas directa o indirectamente responsables de tal situación.

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