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Transformación espiritual en Teresa de Ávila

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Conocerse, perderse, re-encontrarse.

Proceso de integración y transformación


en Teresa de Ávila

maría rosaura gonzÁlez casas, stJ


Universidad Gregoriana (Roma)

1. introducción
En este artículo presento a través de la alegoría del gusano de
seda, que Teresa de Jesús utiliza en sus escritos, el proceso del de-
sarrollo de la propia identidad de mujer transformada en Cristo. Ella
como buena pedagoga y madre, solo escribía lo que había experi-
mentado1, así que nos encontramos ante una narrativa experiencial
que nos revela cómo a través del proceso de conocerse, perderse y
re-encontrarse descubre y ensancha el sentido de la propia identidad
y vocación2.

1
Julián de Ávila, el capellán de las fundaciones teresianas, declara en los
procesos de beatificación: «porque lo que ella dice todo lo supo de experiencia.
Y bien se deja entender que entre tantos que lo escriben de ciencia, haya quien
lo escriba de experiencia, pues hay tan gran ventaja de lo uno a lo otro» S. de
santa teresa, Biblioteca Mística Carmelitana, I, (Burgos: Monte Carmelo,
1933), 222.
2
Para quien desee profundizar en este tema: Mª-R., Gonzalez casas. La
fuerza de la mujer en Teresa de Jesús, (Buenos Aires, 2007). Así como en la
reedición en inglés Mª-R., Gonzalez casas. Teresa of Jesus. Woman. Prophet.
Mystic, (Washington DC, 2020).

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A la luz de una relación personal que era la razón y el sentido de


su vida, presenta la evolución en el conocimiento y aceptación de sí
misma. Este «trato de amistad» con Jesús se desarrolló en su vivir
cotidiano y en los encuentros de oración diaria en los que incluía a
los demás; la comunidad, las amigas y amigos, así como los desafíos
de la realidad eclesial de su tiempo.
En la relación con Cristo, ampliaba la conciencia de quién era, de
cómo se comportaba y dónde estaba ubicada. Se conocía a sí misma
desde la experiencia relacional, no desde conceptos y teorías. No se
trataba de una relación que la enajenara de la realidad, al contrario, a
través de ella se da la transformación del sujeto y el compromiso con
la realidad histórica como fruto de esa experiencia3. Caía en la cuenta
de que en su interior estaba Dios, que era su morada, y que esta verdad
era la condición antropológica de todo ser humano. Su naturaleza de
creatura de Dios y de castillo donde mora tan gran Rey, le impulsaba a
salir de sí y dejar atrás algunos comportamientos y actitudes que la se-
paraban de su llamada interior a reflejar en su vida, como en un espejo,
la presencia de Cristo (V 40.5). Estas pérdidas le hacían entrar en an-
siedad, en una lucha dialéctica profunda que no siempre resolvía con
decisiones de crecimiento hacia delante. A veces retrocedía, se detenía,
daba vueltas en torno, pero ayudada por la gracia de Dios, avanzaba
poco a poco hacia la libertad, dando saltos cualitativos de crecimiento.
Ella misma percibía su gran cambio: «entendiendo ya por experiencia
cómo ayuda el Señor y transforma un alma, que no parece ella ni su
figura» (M5.2.8)4. Su narrativa nos manifiesta que, siendo la misma,

3
En el siglo xvi y aún en nuestro siglo, abundan ejemplos de experiencias
religiosas que se enfocan en el sentir, en el éxtasis o la catarsis. A. Godin, presen-
ta la experiencia —Erfahrung en alemán— como una experiencia que transforma
al individuo, lo lleva a renunciar a sus deseos, a sus necesidades inmediatas para
trascenderse en los deseos y valores de Dios. Cf. A. Godin, Psicologia delle
esperienze religiose. Il desiderio e la realtà, (Brescia, 1983), (título original:
Psychologie des expériences religieuses. Le désir et la réalité, (Paris, 1981).
4
Las citaciones son de la edición crítica de las Obras de Santa Teresa revi-
sadas por T. Álvarez, ocd. Cf. T. Alvarez, Obras Completas de Santa Teresa,
(Burgos, 2002). Las siglas y abreviaciones de sus libros son: CAD Conceptos del
Amor de Dios, C Camino de Perfección, CV Códice de Valladolid, CE Códice

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 505

tiene una nueva identidad, y que su estructura interior es cualitativa-


mente diversa de cuando había iniciado este camino. Advertía que
realizaba lo que antes no podía hacer5. Se sabía la misma persona; sin
embargo, su respuesta a las llamadas del Señor y su gracia, la habían
trasformado, se veía ¡tan distinta! «Yo os digo de verdad que la mis-
ma alma no se conoce a sí; porque, mirad la diferencia que hay de un
gusano feo a una mariposica blanca, que la misma hay acá» (M 5.2.7).
Teresa, en sus escritos, hace una invitación para que todos viva-
mos esta aventura de transformación en Cristo. Hay innumerables
aspectos que se pueden abordar al respecto, sin embargo, me voy a
concentrar presentando el tema que nos concierne en dos apartados:
el primero está focalizado en los tres hitos cíclicos que se dan a lo
largo del proceso: conocerse, perderse y re-encontrarse, que llamaré
la mística del barro, porque toca las profundidades y miserias más
hondas del ser humano. En el segundo apartado abordaré la dinámica
interna que impulsa el desarrollo de este proceso, donde se podrán
identificar de modo más preciso los cambios que va viviendo la per-
sona que entra en este camino.

2. conocerse, Perderse, re-encontrarse: la mística


del Barro
Con la alegoría del gusano de seda, Teresa introduce no solo la
posibilidad de una vida nueva que se gesta a través de la relación con
Cristo, sino también la llamada interior a desarrollar una plenitud que
está inscrita como germen antropológico en toda persona humana. La
imagen de la metamorfosis del gusano de seda representa bien cómo
este gusano tiene inscrito genéticamente en sus células un impulso
innato hacia la plenitud de su ser: la posibilidad de llegar a ser mari-

del Escorial, E Exclamaciones, M Las Moradas del Castillo Interior, P Poe-


sías, V Libro de la Vida.
5
«La flaqueza que antes le parecía tener para hacer penitencia, ya la halla
fuerte; el atamiento con deudos o amigos o hacienda (que ni le bastaban actos
ni determinaciones, ni quererse apartar que entonces le parecía se hallaba más
junta), ya se ve de manera que le pesa estar obligada, a lo que para no ir contra
Dios, es menester hacer» (M 5 2.8).

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506 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

posa. De la misma manera, el ser humano tiene inscrita en su propia


naturaleza antropológica la llamada interior a ser como Cristo. No se
trata de un concepto teórico externo, «somos imagen de Dios», no.
Teresa parte de la experiencia de un Dios que vive en ella, y se siente
impelida a reflejar su luz y su presencia como en un espejo6.
El proceso de transformación que presenta Teresa de Jesús com-
prende la totalidad del ser humano, no se trata, como a veces se ha
entendido, de un proceso espiritual separado de la historia concreta y
personal. Este proceso involucra a toda la persona existencialmente
y todas sus áreas: el alma, el cuerpo, los sentidos, las potencias, las
relaciones, es decir, se trata de una metamorfosis que se da en la tota-
lidad del ser humano y en su vivir histórico y concreto.
Pues bien, esta metamorfosis se inicia a través de un proceso de
conocimiento personal que tiene como principio la verdad y hones-
tidad de sí misma frente a Dios. Este conocerse, reconocerse y apro-
piarse de sí misma, es posible desde una perspectiva relacional de
trascendencia, que la saca de la tentación de vivir centrada sobre sí
misma7, en una visión egocéntrica, de un conocimiento que ella llama
«ratero y cobarde» (M 1.2.11). La santa de Ávila, invita a sus lectores
a conocerse desde la anchura y hondura de Dios, en la relación con
Cristo que nos invita a seguirlo. Como consecuencia de ello, vendrán
las decisiones de muerte del proprio ego, la aceptación de los límites,
las enfermedades, los sufrimientos, las persecuciones y la soledad. Se
trata de una mística que entra en nuestro propio barro8, una mística

«Estando una vez en las Horas con todas, de presto se recogió mi alma, y pa-
6

recióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas ni lados ni alto ni bajo que
no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo nuestro Señor,
como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como en
un espejo, y también este espejo —yo no sé decir cómo— se esculpía todo en el
mismo Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa» (V 40.5).
7
«Si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente»
(M 1.2.10).
8
Este término «la mística del barro» lo he escuchado a un teresianista Anto-
nio Mas. No lo cita en ningún libro, pero lo considero una expresión muy agra-
ciada para lo que aquí se pretende. Dios entra hasta lo más profundo de nuestro

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que considera que todos los aspectos humanos se unen al misterio


Pascual de Cristo en la dinámica de muerte-vida.
«Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría la seda, que sólo Él
pudo hacer semejante invención, y cómo de una simiente, que dicen que
es a manera de granos de pimienta pequeños (que yo nunca la he visto,
sino oído, y así si algo fuere torcido no es mía la culpa), con el calor, en
comenzando a haber hoja en los morales, comienza esta simiente a vivir;
que hasta que hay este mantenimiento de que se sustentan, se está muerta;
y con hojas de moral se crían, hasta que, después de grandes, les ponen
unas ramillas y allí con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y
hacen unos capuchillos muy apretados adonde se encierran; y acaba este
gusano que es grande y feo, y sale del mismo capucho una mariposica
blanca, muy graciosa» (M 5.2.2).

2.1. Conocerse: «Comienza a tener vida este gusano» (M 5.2.3)


2.1.1. Conocimiento de sí desde una perspectiva antropológica de
trascendencia
Como parte fundamental del proceso de encuentro con Cristo, Te-
resa pone la base en el conocimiento propio: «No es pequeña lástima
y confusión que por nuestra culpa, no entendamos a nosotros mismos
ni sepamos quiénes somos [...]. Pues si esto sería gran bestialidad, sin
comparación es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos
saber qué cosa somos» (M 1.1.2). Podríamos decir que, en su propues-
ta, este conocerse a sí mismo es una condición sin la cual no se puede ir
adelante porque, para ella, el conocimiento personal «es el pan con que
todos los manjares se han de comer» (V 13.15). Se conoce en el espacio
relacional con Dios: «nos crió9 a su imagen y semejanza» (M 1.1.1). Es
el mismo Dios que, en la relación, le revela su propio misterio divino,
en quien reconoce su identidad, donde se ve pintada10. «Pues ¿qué tal

barro, no se asusta de nuestras miserias y pecados, los acoge, los asume, y si


queremos, nos ayuda a transformarlos.
9
Nótese que dice nos crió y no, nos creó. Para Teresa Dios no solo es Crea-
dor, sino también es quien cría a sus creaturas.
10
«Que yo sé que te hallarás/ en mi pecho retratada,/ y tan al vivo sacada,/
que si te ves te holgarás,/ viéndote tan bien pintada» (P 8).

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os parece que será el aposento a donde un Rey tan poderoso, tan sabio,
tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita»? (M 1.1.1).
Reconoce la «grandeza y hermosura de un alma»11. Sin embargo,
al mismo tiempo, descubría, por contraste, su propia condición de
vulnerabilidad antropológica, hecha de barro: «jamás nos acabamos
de conocer si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza,
acudamos a nuestra bajeza, mirando su limpieza veremos nuestra
suciedad» (M 1.2.9). Conocerse frente a Dios le implicó bajar a la
hondura de sí misma y reconocer no solamente su gran dignidad,
sino también su miseria y fragilidad, generando en ella una humildad
de base que le hacía verse como «hechura de sus manos» (Ex 8.3),
como creatura que todo lo recibe: «cosa buena que hagamos no viene
su fuente de nosotros, sino de esta Fuente a donde está plantado este
árbol de nuestras almas, y de este Sol que da calor a nuestras obras»
(M 1.2.5). Con esta humildad de base, Teresa inicia su camino hacia
la verdad de sí misma; un camino de gratitud y libertad, un camino
que se transita en su grandeza y miseria. Su vocación es un don que le
viene revelado precisamente de este conocerse desde una perspectiva
autotrascendente de amor y de fe hecha experiencia.

2.1.2. Conocimiento de su dinámica personal


Hay momentos fundamentales que aparecen en los escritos de Te-
resa en los que reconoce algunos aspectos de su propia dinámica repe-
titiva: el apego afectivo, los gustos, las amistades que no le ayudaban
a seguir las llamadas de Dios. Experimentaba el peligro de una vida
mediocre en la que se vio inmersa por más de dieciocho años. Vivía
una lucha que le daba gran sufrimiento y robaba todas sus energías:
«En la oración entendía más mis faltas. Por una parte me llamaba Dios;
por otra yo seguía al mundo. Dábanme gran contento todas las cosas
de Dios; pero teníanme atada las del mundo. Parece que quería concer-
tar estos dos contrarios —tan enemigo uno de lo otro— como es vida
espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales. En la oración
pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor, sino esclavo;

«Basta decir su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas poda-
11

mos entender la gran dignidad y hermosura del ánima» (M 1.1.1.).

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y así no me podía encerrar dentro de mí (que era todo el modo de pro-


ceder que llevaba en la oración) sin encerrar conmigo mil vanidades»
(V 7.17).

Esta mujer castellana no se autoengaña, se acepta con honestidad


y sin ambigüedades. Sin embargo, experimenta la dificultad para de-
jar sus costumbres y tendencias: «a pesar de que ya estaba mi alma
cansada y aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costum-
bres que tenía» (V9.1). Solo la ayuda de Dios y su gracia la podrán
remediar para salir de esas «ruines costumbres». Es el momento de
la conversión y la rendición total. La experiencia de un encuentro
personal con el Cristo sufriente12 le lleva a tomar la decisión de aban-
donarse y entregarse sin reservas al amor de su vida.
En el libro del Castillo Interior, la autora presenta este paso de
aceptación y apropiación de la pobreza personal como un salto cuali-
tativo fundamental para el crecimiento en la libertad. A partir de este
momento deja actuar a Dios en su pobreza y miseria. Esta experiencia
le hace descubrir la gratuidad del amor de Dios. Cae en la cuenta de
que las obras no la justifican ni frente a los demás, ni frente a Dios.
Solo el amor de Dios es el que justifica. La certeza de sentirse amada
en gratuidad, a pesar de sus limitaciones, le impulsa a salir de sí, a dejar
nidos y guaridas para vivir en la desprotección, a la intemperie y en el
riesgo de iniciar un nuevo camino de abandono. Ella afirma que muy
pocas personas pasan de las terceras a las cuartas moradas en las que se
da la muerte del yo, porque «no nos hemos dejado a nosotras mismas»
(M 3.2.9)13.

12
«Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó
más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios.
Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo
que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde
entonces» (V 9.3).
13
«Las penitencias que hacen estas almas son tan concertadas como su vida;
quiérenla mucho para servir a nuestro Señor con ella [...]. No hayáis miedo que se
maten porque su razón está muy en sí, no está aún el amor para sacar de razón»
(M 3.2.7). La falta de desprendimiento de sí, hace que se camine «muy cargadas
de la tierra de nuestra miseria» (M 3.2.9).

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Sin embargo, como nuestra santa es una persona que hila muy fino,
se da cuenta de que esta dinámica podía continuar de una manera más
sutil y nos cuenta cómo fue sanada a través de la «visión imaginaria
de la Humanidad de Cristo» que se encuentra en el libro del Castillo
(M 6.9.3-4), y en el libro de la Vida (V 37.4). En ella describe detalla-
damente las implicaciones personales que tuvo esta experiencia. En
la relación con Cristo se ha involucrado toda su dinámica afectiva de
manera total e intensa y este encuentro ha sido mucho más poderoso
que las experiencias del pasado, y tiene tal fuerza que además de no
olvidarla nunca, la ha cambiado definitivamente:
«De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura, y la tengo
hoy día, porque para esto bastaba sólo una vez, ¡cuánto más tantas como el
Señor me hace esta merced! Quedé con un provecho grandísimo y fue este:
tenía una grandísima falta de dónde me vinieron grandes daños, y era esta:
que como comenzaba a entender una persona me tenía voluntad y si me
caía en gracia, me aficionaba tanto, que me ataba en gran manera la memo-
ria a pensar en él, aunque no era con intención de ofender a Dios, mas
holgábame de verle y de pensar en él y en las cosas buenas que le veía. Era
cosa tan dañosa que me traía el alma harto perdida. Después que vi la gran
hermosura del Señor, no veía a nadie que en su comparación me pareciese
bien ni me ocupase; que con poner un poco los ojos de la consideración,
en la imagen que tengo en mi alma, he quedado con tanta libertad en esto,
que después acá todo lo que veo me parece asco en comparación de las
excelencias y gracias que en este Señor veía» (V 37.4).
Este encuentro sanó su memoria afectiva14, y, al mismo tiempo, li-
beró sus afectos, emociones, su modo de amar y reaccionar; en suma,
tocó las raíces más hondas de su personalidad, haciéndola más se-
mejante a Cristo y capacitándola para amar así como ha sido amada.

2.1.3. Conocimiento de sí dentro de un contexto eclesial


Se reconoce a sí misma como mujer, en un contexto social y eclesial
donde las mujeres no eran tomadas en cuenta. En medio de suspicacias

Estas predisposiciones son las marcas que aparecen en las tendencias de


14

la personalidad y que se han inscrito en la historia familiar y cultural de las per-


sonas. Cf. M. Arnold, Feelings and Emotions, The Loyola Simposium, (New
York: Academic Press. 1970), 173-177.

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 511

y sospechas hacia las mujeres y en particular hacia ella, que cuando se


encontraba en plena Reforma del Carmelo fue recluida en el monas-
terio de Toledo bajo pena de excomunión. Comprendemos entonces
la queja15 que lanzó contra los jueces de este mundo, poniendo como
modelo la actitud de Jesús hacia las mujeres porque Él es un justo juez:
«Ni aborrecisteis Señor de mi alma, cuando andábais por el mundo, las muje-
res, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas
tanto amor y más fe que en los hombres, pues estaba vuestra sacratísima
Madre en cuyos méritos merecemos —y por tener su hábito— lo que des-
merecimos por nuestras culpas. ¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo
acorraladas...16 que no hagamos cosa que valga nada por Vos en público, ni
osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos
habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor por vuestra bondad y
justicia, que sois juez justo y no como los jueces del mundo, que —como son
hijos de Adán, y en fin todos varones— no hay virtud de mujer que no tengan
por sospechosa. Sí, que algún día ha de haber, Rey mío que se conozcan
todos. No hablo por mí, que ya tiene conocida el mundo mi ruindad y yo hol-
gado que sea pública; sino porque veo los tiempos de manera que no es razón
desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres» (CE 3.6).

El fuego apostólico la quemaba y despertaba profundos deseos de


anunciar el Reino, y «ser parte» de la misión pública de la Iglesia co-
laborando en la «salvación de las almas», pero la cultura de su tiempo
no se lo permitía por ser mujer y sufre por ello: «si es mujer, se aflige
del atamiento que le hace su natural porque no puede hacer esto, y
ha gran envidia a los que tienen libertad para dar voces, publicando
quién es este Dios de las Caballerías» (M 6.6.3). Se siente atada con
«cadenas que le impiden volar a donde querría» (M 6.6.4). Sin embar-
go, a través de su experiencia de transformación en Cristo, supera las
constricciones que la sociedad y la cultura eclesial le imponían por su

15
Este fragmento del texto autógrafo fue totalmente cancelado por los cen-
sores de la primera redacción del Camino de Perfección y recuperado en las
investigaciones posteriores sobre los originales (1964 CV y 1984 CE). Cf. T.
Álvarez, «Santa Teresa y las mujeres en la Iglesia: Glosa al texto teresiano de
Camino» 3, Monte Carmelo 89, (1981),121-132.
16
Los puntos suspensivos se refieren a la presencia de una palabra ilegible
en el autógrafo.

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512 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

condición de mujer. En medio de persecuciones e incomprensiones,


llegó a ser un nuevo paradigma de mujer para la Iglesia y la sociedad
de su tiempo, como veremos más adelante.

2.2. Perderse: «comienza a labrar la seda y edificar la casa


adonde ha de morir. Esta casa querría dar a entender aquí,
que es Cristo» (M 5.2.4)
En la muerte del gusano, la autora incluye todas las pérdidas por las
que la persona tiene que pasar para entrar en el proceso de transforma-
ción en Cristo y que tienen como objeto las decisiones que debe tomar
para morir a todo aquello que le impide amar a Dios y al prójimo. Estas
pérdidas implican renuncias, desapegos, dejar las atracciones exteriores
y abrirse a la escucha del Espíritu, aceptar las propias limitaciones y
defectos, morir17 al «amor propio y propia estimación» (M5.3.6) para
abrir el corazón a un amor total y sin reservas. Podemos decir que al
mismo tiempo que muere al viejo yo, comienza a nacer uno nuevo:
«¡Ea, hijas mías!, prisa a hacer esta labor y tejer este capuchillo, quitando
nuestro amor propio y nuestra voluntad, el estar asidas a ninguna cosa de
la tierra, poniendo obras de penitencia, oración, mortificación, obedien-
cia, todo lo demás que sabéis; [...] ¡Muera, muera este gusano, como lo
hace en acabando de hacer para lo que fue criado!, y veréis cómo vemos a
Dios y nos vemos tan metidas en su grandeza como lo está este gusanillo
en este capucho» (M 5.2.6).

Esta determinación de morir a sí misma le da una gran libertad para


profundizar en la relación con Cristo, a quien desea entregar todo18,
tanto en el amor humano, como en el amor divino. Es el momento de
morir al viejo yo centrado en sí. No se trata solo de encerrarse para vi-
vir las virtudes del evangelio y decidirse a hacerlo, se trata de entregar
todo en ello con una rendición absoluta al amor19.

Se refiere aquí a la muerte del yo centrado en sí mismo.


17

18
«Mas mirad, hijas, que para esto que tratamos no quiere que os quedéis
con nada; poco o mucho, todo lo quiere para sí» (M5.1.3).
19
B. Lonergan habla de la conversión religiosa que tiene mucho que ver
con lo que Teresa presenta. Cf. B. lonergan. Il Metodo in Teologia, (Brescia,
1975), 256-257.

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 513

Conforme avanza en la intimidad con Dios, se va trasformando y


crece esta donación. Las señales del amor de Dios le hacen salir de sí,
y deshacerse en el servicio amoroso, se siente dispuesta a vivir en el
desierto o en medio del mundo y «ser parte para que una alma alabase
más a Dios» (M 6.6.3). Participa más incisivamente su cuerpo: sintien-
do, padeciendo y gozando como mujer. «Suele dar el Señor enferme-
dades grandísimas» (M 6.1.6) y pueden ser tan intensos los dolores,
que prefiere cualquier martirio para que el dolor pase más rápido. Sin
embargo, esta enfermedad continuada a lo largo de la vida (M 6.1.7),
más de 40 años con enfermedades, la pone en relación con su cuerpo
y sus límites. Teresa propone vivir este aspecto de sufrimiento «pade-
ciendo» con Cristo. Por medio de su cuerpo se une a la Humanidad
sufriente de Cristo.
Nuestra autora, en el proceso de conocerse, descubre una «flaque-
za» que se puede dar en la relación con Cristo y lo explica así: «con
alguna fuerza de espíritu sobrepujar al natural y quedarse así embebi-
das» (M 6.4.9). Esto se da porque en la soledad, ha quedado muy vul-
nerable y sensible a la más mínima señal de la presencia de Dios, que
llama «noticias» (palabras, recuerdos, imágenes, canciones). Se puede
caer en el deseo de «estarse allí siempre gustando» (M 6.7.13). Con-
fiesa que alguna vez le pasó esto, cuando hizo a un lado la Humanidad
de Jesucristo, por los consejos que le dieron sus confesores de alejarse
de lo corpóreo: «andarme en aquel embebecimiento, aguardando aquel
regalo» (M 6.7.15). Hace la invitación para «salir de ese engaño y
desembeberos con todas vuestras fuerzas» (M 6.7.13). Aconseja mirar
los trabajos de Cristo: «Créanme y no se embeban tanto —como ya
he dicho en otra parte— que es larga la vida, y hay en ella muchos
trabajos, y hemos menester mirar a nuestro dechado Cristo, cómo los
paso y aún a sus apóstoles y santos» (M 6.7.12).
En la relación con los otros, la muerte y purificación de sí misma
las llama penas externas, o «grita» (M 6.1.3), tanto de sus monjas,
como de confesores y amigos. Consiste en críticas, murmuraciones,
acusaciones, dudas y mil maneras de mofas y de dichos (M 6.1.3).
Y esto, por toda la vida. La liberación viene, cuando va dejando de
lado «la honra», que hoy diríamos la imagen de sí. Cuando descubre

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514 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

el bien que recibe de estas murmuraciones y mofas, se despierta el


amor a los enemigos:
«Cuando ya le viene a no tener mucho de esto [...] le es como una música
muy suave [...] antes fortalece el alma que la acobarda [...] enseñada de
la gran ganancia que le viene por este camino y parécele que no ofenden
a Dios los que la persiguen, antes [...] tómales un amor particular y muy
tierno, que le parece aquellos son más amigos y que le dan más a ganar
que los que dicen bien» (M 6.1.5).

También habla de penas internas, «sequedades» (M 6.1.8), «desa-


brimientos» (M 6.1.13), incomprensiones y desconfianza de sus con-
fesores que hacía crecer en ella la inseguridad y el miedo a estar en-
gañada, probando una angustia casi «insufrible» (M 6.1.8). La única
cosa que le ayudaba era abandonarse a la misericordia de Dios, aunque
«la mala condición en lo exterior se echa mucho de ver» (M 6.1.13).
La muerte a sí misma conlleva casi simultáneamente el inicio de
una vida nueva, por eso Teresa habla de una «muerte sabrosa»20, una
muerte que hace vivir, porque en ella está la vida. Se trata de una pér-
dida para una ganancia mayor y lo expresa así: «Muera ya este yo, y
viva en mí otro que es más que yo y para mí mejor que yo, para que
yo le pueda servir. Él viva y me dé vida» (E 17, 3). Esta experiencia
de morir a sí misma es un proceso continuo que permite la transfor-
mación de la persona hasta vivir la unión con Cristo: que Él sea en ella
y ella en Él, como lo expresa el evangelio de Juan: «que todos sean
uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno
en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21).

2.3. Re-encontrarse: «sale una mariposita blanca» (M 5.2.7)


«hanle nacido alas» (M 5.2.8)
Esta última etapa del proceso implica la «unión regalada», es de-
cir, la muerte en unión con Cristo le ha traído regalos y se manifiestan
en la vida nueva que recibe, una vida trasformada «que no parece ella
ni su figura». Se descubre a sí misma distinta. Se ha dado un proceso

«como quien de todo punto ha muerto al mundo para vivir más en Dios,
20

que así es: una muerte sabrosa» (M 5.1.3).

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 515

de continuidad en el que, reconociéndose como la misma persona,


se ve a sí misma tan diferente y plena: «mirad la diferencia que hay
de un gusano feo a una mariposica blanca, que la misma hay acá»
(M 5.2.7). ¡Ahora puede volar!

2.3.1. Re-encontrarse desde una perspectiva antropológica


de trascendencia
Es a partir de las cuartas moradas cuando vive un camino que va
hacia la integración y la unidad de sí, considerando que su cuerpo,
sentidos, afectos, memoria inteligencia y voluntad están involucrados
en la relación con Dios y en la respuesta a sus llamadas. Por ser mu-
jer, en lo que toca al modo de sentir y vivir la ternura, la compasión,
la solidaridad, el desapego estará marcado por su identidad femenina.
La metamorfosis en el modo de sentir, vivir y entregarse comprende
toda su humanidad.
Se re-encuentra a sí misma más libre, dice que puede volar y esto
significa que ahora está más fuerte y clara en lo que quiere vivir. Le
mueve el fuego del amor, y un nuevo horizonte está ante sus ojos. Tie-
ne una nueva forma de ver la vida que va más allá de las apariencias,
una sabiduría y conocimiento nuevo21. Sus afectos se han descentrado
de sí, convirtiéndose hacia el amor de Dios y del prójimo. Es una
persona enamorada que se ha entregado y tiene «una gran voluntad
de hacer algo por Él» (M 4.3.9).
Un claro efecto es el amor al prójimo y la pasión por «salvar mu-
chas almas de las que se pierden» (CP 3.9). Para Teresa, la persona
que se identifica con Cristo sufre unida a Él por amor y en compasión
solidaria «la muy grande [pena] que le da de ver que es ofendido
Dios y poco estimado en este mundo y de las muchas almas que se
pierden» (M 5.2.10). Se inicia un conocimiento interno de Jesús, y de
empatía con sus sentimientos: «¿qué sería el sentimiento de nuestro

21
«Cuando su Majestad quiere que el entendimiento cese, ocúpale por otra
manera y da una luz en el conocimiento tan sobre la que podemos alcanzar, que
le hace quedar absorto, y entonces sin saber cómo queda muy mejor enseñado
que no con todas nuestras diligencias» (M 4.3.6).

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516 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

Señor Jesucristo, y qué vida debía pasar, pues todas las cosas le eran
presentes y estaba siempre viendo las grandes ofensas que se hacían
a su Padre?» (M 5.2.14). Quiere entregarse como Él para salvar al
menos algún alma de las muchas que se pierden.
Esta mudanza interior ha implicado alteraciones y cambios en su
propia dinámica personal, como ya hemos visto. Los encuentros de
intimidad y unión con Cristo la disponen a vivir compartiendo en lo
cotidiano su vida, dolores e intereses por la salvación de las almas y
manifestando esta solidaridad con Él, en el amor a las hermanas de su
comunidad, «compadeciéndose» e implicándose de manera que ella
pueda sentirlo y unirse así con Jesús: que «te duela a ti», «que ayunes
para que ella lo coma». Un amor de hermana que se hace concreto
con actitudes de «cuidado materno» y que tiene como horizonte el
interés por la salvación de las almas.
«Obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún
alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella;
y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester, lo ayunes, porque
ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere
aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad» (M 5.3.11).

«Le han nacido alas», puede ¡volar! Amar con un corazón libre,
capaz de amarlo todo, todos, todas, amar como ella ha sido amada22.

2.3.2. Re-encontrarse desde la perspectiva eclesial-cultural


La fidelidad de Teresa de Jesús a su llamada vocacional la llevó
más allá de muchas de las constricciones que, por su condición fe-
menina, la sociedad y la cultura de su tiempo le imponían. Presentó
una nueva imagen de mujer, que partía de las raíces más profundas
de la dignidad humana. Sabía y creía en una antropología teológica
común: «criada a imagen y semejanza de Dios» (M 1.1). Su identidad
de mujer transformada a imagen de Cristo la impulsaba a ir más allá

Cfr. casaldÁliga P., Poema: El amor amado a cuerpo entero: No es que


22

dejéis el corazón sin bodas; habréis de amarlo todo, todos, todas; discípulos de
aquel que amó primero. [Link]
po-entero/ (consultada el 24 de octubre 2021).

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 517

de lo que permitía la situación histórico-eclesial en la que se encon-


traba la mujer de su tiempo, acarreándole no pocas persecuciones e
incomprensiones, como por ejemplo la del Nuncio Sega, que se ex-
presaba así de ella: «Fémina inquieta, andariega, desobediente y con-
tumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, andando
fuera de la clausura, contra el orden del concilio tridentino y prelados,
enseñando como maestra, contra lo que san Pablo enseñó, mandan-
do que las mujeres no enseñasen»23. Sin embargo, su horizonte era
mucho más amplio y lograba ver más allá de estos condicionamien-
tos socio-históricos. Con la Reforma Carmelitana, llegó a proponer
un estilo de vida que, lejos de alejarse del compromiso histórico del
evangelio, se convertiría en levadura de una transformación social y
eclesial que ha llegado hasta nuestros días. Por esto, su profetismo
como mujer en la Iglesia es vivo y actual. Ella, como María en el
Magníficat, reconoce su situación de pequeñez y marginación por el
hecho de ser mujer, y pide a Dios que haga ver su Poder en los peque-
ños de la tierra (M 6.6.4).
En ella podemos ver un nuevo paradigma de lo que significaba ser
mujer en su tiempo. Sus escritos y testimonio siguieron interpelando
a la Iglesia durante cuatro siglos, hasta llegar a proclamarla doctora
universal24. De esta manera, se reconocía pública y oficialmente que
la mujer es igual al varón en el nivel religioso y espiritual, y que los
condicionamientos para reconocer o no esta verdad provienen de va-
loraciones histórico-culturales.

23
F. de santa maría, «Reforma de los descalzos», I, IV, c.30, n.4, 661, en T.
Álvarez, ed., Diccionario de Santa Teresa, (Burgos, 2002), 1149.
24
Durante cuatro siglos se discutió si una mujer podía ser doctora de la
Iglesia, la razón: «obstat sexus». Karl Rahner dice al respecto: «Su declaración
como doctora de la Iglesia demuestra que si antes no se reconoció este título a las
mujeres no fue debido a la falta de mujeres dignas de tal título sino a la actitud
de no conferirlo por razones nacidas precisamente de una valoración histórica y
cultural de la mujer. Con esta proclamación ha quedado claro el texto de 1 Cor
14,34 como norma del apóstol condicionada por su tiempo y justificada para ese
mismo tiempo». K. Rahner, «La experiencia personal de Dios más apremiante
que nunca», Teresa de Jesús Doctora de la Iglesia, Revista de Espiritualidad,
(1970), 22.

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518 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

3. dinÁmica del Proceso


El hilo que conduce y dinamiza este proceso tiene tres ejes que
están íntimamente relacionados entre sí: el aspecto relacional o «trato
de amistad con Dios»25, la lucha interior que experimenta como una
fuerza contraria a su deseo de profundizar en esta relación, y los saltos
cualitativos de crecimiento personal como consecuencia de su res-
puesta a las «llamadas de Dios». Como hemos dicho, estos saltos de
crecimiento no son lineales, sin embargo, su disponibilidad va crecien-
do gradualmente hacia una donación total en la que ella se da cuenta
de que está más disponible para cosas que antes no lo era: «Porque la
flaqueza que antes le parecía tener [...], ya la halla fuerte» (M 5.2.8).
Estos tres ejes se encuentran presentes transversalmente a lo largo de
toda la narración teresiana.

3.1. Aspecto relacional


Ya hemos dicho que Teresa de Jesús descubrió el sentido de su vida
a través de una relación existencial con Dios. Sabe por experiencia
propia que la insatisfacción y deseo de cambio no bastan para desen-
cadenar un proceso: es necesaria una relación26 de amor que involucre
las emociones y afectos de la persona para que se pueda despertar un
movimiento de atracción en el que se compromete totalmente. El sa-
berse amada de Dios, y el gran deseo de su amistad liberan esa fuerza
interior que necesitaba, y le dan ánimo para entrar en relación con
Dios y soportar la pena de estar frente a Alguien tan diferente de ella y
que la conoce: «porque no es de vuestra condición; mas viendo lo mu-
cho que os va en tener su amistad y lo mucho que os ama, pasáis por
esta pena de estar mucho con quien es tan diferente de vos» (V 8.5).
Desde el punto de vista psicológico, la relación con Dios funciona
como un elemento estructurante de la maduración humana27. Esto lo

Teresa habla de una relación existencial con Dios: «tratar de amistad es-
25

tando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama» (V 8.5).
26
Qui entra l’alterità come una mediazione dello sviluppo umano. Cf . F.
Imoda. Sviluppo Umano Psicologia e Mistero, (Bologna, 20052), 105-125
27
Para profundizar sobre este aspecto Cf. M. Diana, Ciclo di vita ed espe-
rienza religiosa, (Bologna, 2004).

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 519

podemos decir por los cambios que se presentan en los que incluye
diferentes tipos de vínculo y formas de amar a Dios.
La primera etapa se caracteriza por un «amor de agradecimiento»
en el que Teresa descubre su condición humana, su vulnerabilidad an-
tropológica, su pobreza y pequeñez (Cf. M 1.2.1). Esta aceptación de
la propia condición frente al amor gratuito de Dios28, genera en ella un
profundo amor de agradecimiento. Con este paso, se inicia un nuevo
modo de amar y relacionarse: «un amor de enamoramiento». Aunque
ella se sentía atraída profundamente y en movimiento hacia la relación
con Cristo, es solo ahora cuando entra con la totalidad de su ser, y lo
hace desde lo más profundo de su corazón o «centro del alma»29. Se trata
de un amor apasionado que «la ha sacado de sí»30, un amor que tiene su
«raíz en Dios» (M 5.3.9). Las obras que nacen de este amor las concreta
siguiendo el evangelio: «Acá solas estas dos cosas que nos pide el Señor:
amor de su Majestad y del prójimo» (M 5.2.7). La relación de intimidad
y unión con Cristo la disponen no solamente a compartir su vida, sino
también sus dolores e intereses por la salvación de la humanidad. De
esta experiencia nace un vínculo de un amor que se hace más fuerte y
profundo y se expresa en un «amor de solidaridad» con el que se inicia
la tercera fase: el Esposo la ha dejado «herida de amor» (M 6.1.1) y se
siente dispuesta a pasarlo todo por Él, quien le da la fortaleza31. Participa

28
«que es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos
gusanos tan llenos de mal olor; y amar una bondad tan buena y una misericordia
tan sin tasa» (M 1.1.3).
29
Teresa habla de centro del alma. Este término no es un concepto de la
tradición mística. Es considerado reflejo directo de la experiencia o reflexión
personal de Teresa dialogada con Juan de la Cruz, que utiliza un término seme-
jante: mi alma en el más profundo centro. Cf. T. Álvarez., Diccionario de Santa
Teresa, (Burgos, 2002), 140-142. Para Teresa, el centro del castillo es el centro
del alma (M 1.1.3) y en el centro del alma está Dios (M 1.2.8) y el espíritu del
alma (M7.2.10). Por tanto cuando habla del centro del alma, está hablando de la
presencia de Dios en el alma.
30
«a quien vuestro amor Señor ha sacado de sí...» (CAD 1.12).
31
«allí nada no se teme de arte que se arroje muy de raíz el alma a pasarlo
por Dios. Y es la causa que está siempre junta a su Majestad, que de allí le viene
la fortaleza» (M 6.1.2).

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520 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

sintiendo y padeciendo enfermedades, penas espirituales, persecuciones


y grandes sufrimientos para salvar muchas almas. Pasa por la purifi-
cación de sus afectos y emociones, de su modo de amar y reaccionar,
llegando hasta las raíces más hondas de su personalidad32, «padece» con
Cristo y se va haciendo más semejante a Él.
La última etapa se caracteriza por un «amor de donación total» un
amor que es universal, fecundo, y abierto a todos. La relación se abre
progresivamente siempre más a la presencia de un tercero33; a los otros
cercanos que eran sus hermanas de comunidad (M 5.3.11), a la Iglesia
(M 4.3.10; M Epílogo.4), y a la humanidad entera (M 7.3.6). Su amor
es abierto, fecundo y generador de vida nueva. Un aspecto característi-
co de la relación con Dios es que, cuando crece la intimidad y el amor,
crece proporcionalmente la apertura y el amor a los demás: a mayor
cercanía con Dios, mayor amor al prójimo. Se trata de una relación
que se fortalece y crece hasta llegar a la mutua pertenencia34, en la que
el compromiso y la intimidad son la clave de apertura a los demás.

Cada vez se acepta más que los santos tuvieron un estilo de personalidad
32

con rasgos concretos en los que se manifiestan aspectos del inconsciente. En el


pasado, la psicología y la mística aparecían con puntos irreconciliables; si se decía
que había manifestaciones de personalidad histérica se creía que esto anulaba
la verdad de todas las experiencias vividas, sin hacer una verdadera distinción,
tanto en el campo de la teología espiritual, como en el campo psicológico, ya
que, de fondo. el conflicto se jugaba entre visiones antropológicas en ocasiones
irreconciliables. Normalmente, la acción de la gracia se da en sujetos con una
personalidad definida. Dios se revela y manifiesta en nuestro modo de ser. Teresa
de Jesús, con una personalidad concreta y con una enorme capacidad de análisis
y escrutinio sobre sí misma, discierne con criterios objetivos si las experiencias
eran de Dios o no.
33
Para la comprensión de este concepto. Cf. D. Winnicott, «Transitio-
nal Objects and Transitional Phenomena», The International Journal of Psy-
cho-Analysis, 34, 2, (1953), 89-97. «The intermediate area of experience uncha-
llenged in respect to its belonging to inner or external (shared) reality constitutes
the greater part of the infant’s experience and throughout life is retained in the
intense experiencing that belongs to art and religion and to imaginative living and
to creative, scientific work», 97.
34
«porque de tal manera ha querido juntarse con la criatura, que así como los
que ya no se pueden apartar, no se quiere apartar de ella» (M 7.2.3).

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 521

En la evolución de este proceso relacional, Teresa nos revela a un


Dios que, al inicio, le pide que ella tenga la iniciativa, pero poco a
poco Él mismo interviene directamente, y se hace Sujeto de relación35.
Se trata de una comunicación progresiva de su presencia que va di-
latando el corazón a la medida de Dios hasta llegar a una integración
divina y humana que tiene su culminación en el Matrimonio Espiritual
«a donde divino y humano junto es siempre su compañía» (M 6.7.9).

3.2. Tensión y lucha interior


La oposición de fuerzas internas que Teresa experimentó en su
vida, le hacía vivir en una fuerte tensión dialéctica36. En las tres pri-
meras moradas se hace muy evidente la lucha entre el vivir en el ex-
terior o el interior, en la oscuridad o en la luz representada por Cristo
que es el Sol que ilumina el Castillo37. En las siguientes moradas, la
dialéctica se da entre el vivir en lo natural o lo sobrenatural (M 4.1.4),
entre la acción con Marta, o la contemplación con María (M 7.1.10;
V 22.8), hasta llegar a la integración en la que Marta y María están
juntas (M 7.4.12).
Teresa elabora la ansiedad y el conflicto interior en el camino de
la fe. En el libro de la Vida lo manifiesta más abiertamente, y narra
cómo, desde pequeña, buscaba a Dios y tenía ansias de trascendencia:
«era el Señor servido me quedase en esta niñez impreso el camino
de la verdad» (V 1. 4). Sin embargo, al entrar en la adolescencia y
posteriormente durante casi 20 años pasó un mar tempestuoso38. «De-
seaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una

35
«se hace el sujeto y quiere seáis vos la señora y andar Él a vuestra volun-
tad» (C 26.4).
36
Retomamos aquí el concepto de dialéctica de base usado por el P. Rulla
en: LM. Rulla, Anthropology of the Christian Vocation, (Rome, 1986), 150-152.
37
«a todas partes de ella se comunica este sol que está en el palacio» (M 1.2.8).
38
«Por estar arrimada a esta fuerte columna de la oración, pasé este mar
tempestuoso casi veinte años, con éstas caídas y con levantarme y mal —pues
tornaba a caer— y en vida tan baja de perfección, que ningún caso hacía de pe-
cados veniales, y los mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no
me apartaba de los peligros» (V 8.2).

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522 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la podía yo


tomar» (V 8.12). Se encontraba en un conflicto interno entre sus pro-
fundos deseos de encontrar a Dios y el sentirse atada a sus contentos y
pasatiempos sensuales: «Sé decir que es una de las vidas penosas que
me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios ni traía
contento con el mundo; cuando estaba en los contentos del mundo en
acordarme lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios
las afecciones del mundo me desasosegaban» (V 8.2).
La ansiedad39 creada por la distancia y la imposibilidad de recon-
ciliación de estos «dos contrarios» le llevaron a moverse hacia un ca-
mino de reconocimiento de su verdad en medio de luchas, sufrimien-
tos y confianza en Dios. Cuando recibe la gracia de la conversión40
da un salto cualitativo en su largo proceso de búsqueda. Ahora, quería
encontrarse con la Verdad de Dios desde lo más hondo del alma y sin
ambigüedades.

3.3. Saltos cualitativos de crecimiento


A lo largo del proceso, Teresa se sabe la misma desde las primeras
a las séptimas moradas, se vive en continuidad, sin embargo, va cam-
biando, se va reestructurado interiormente de tal manera, que no se
reconoce a sí misma41. Esta característica de continuidad en su largo
proceso de transformación es lo que entendemos como la maduración
de la identidad del «yo» de la persona42.

39
T. G. Walsh, «Writing Anxiety in Teresa’s Interior Castle», Theological
Studies 56, (1995), 251-278. El autor estudia la ansiedad que vivió la santa a lo
largo de su vida.
40
«Pues ya andaba mi alma cansada y aunque quería no le dejaban descansar
las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio,
vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cier-
ta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que en
mirándola toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por
nosotros» (V 9.1).
41
«Yo os digo de verdad que la misma alma no se conoce a sí» (M 5.2.7).
42
Può essere riferito qui il parametro tra l’essere e il divenire. Cf. F. Imoda.
Sviluppo Umano Psicologia e Mistero, (Bologna, 20052), 123-129.

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 523

En el libro del Castillo Interior sistematiza las experiencias vividas


y nos presenta siete estadios en los que podemos distinguir, funda-
mentalmente, los saltos cualitativos en la configuración de la persona.
El primer salto se da a lo largo de las tres primeras moradas, en
las que la persona ha intentado liberarse de los propios vicios y ten-
dencias para disponerse a la vida en Cristo. Esto ha sido posible por
la ascesis, la separación y el desprendimiento de Teresa en relación a
su tendencia a vivir derramada y absorta hacia el exterior. Dice que
esto le quitaba la fuerza para decidir y volverse hacia dentro y espe-
cifica las áreas de su trabajo en este camino: su cuerpo43, sentidos, y
potencias que se dejaban llevar hacia el exterior44. Sin embargo, en
las etapas posteriores, los incluía como partícipes de las experiencias
de encuentro con la Humanidad de Cristo.
El segundo salto consiste en pasar de un centramiento en sí misma
a la aceptación realista de su propia verdad y considerarse una perso-
na con límites y cualidades, asumiendo su pobreza45 y vulnerabilidad.
La persona se va recuperando paulatinamente en sus posibilidades
de libertad, de autogestión, de apertura al reconocimiento de Dios
como Otro diverso de sí. Se da cuenta de que a Dios no le puede usar
para su interés y, a partir de este momento, se reorienta con todo su
ser hacia Dios: ahora todo «su natural»46 se siente en consonancia y
armonía, dispuesta a responder a la llamada que está en el fondo de sí.
Con el tercer salto, se inicia un ensamblaje entre lo humano y lo
divino, entre lo natural y sobrenatural. El cambio se manifiesta en que
se ordenan los afectos: «la metió Dios en la bodega del vino y ordenó
en ella la caridad» (M 5.2.12). De este encuentro hondo con Cristo

43
Llama la atención considere el cuerpo y los sentidos, posiblemente porque
careciendo de la formación que tenían los letrados de su tiempo, hablaba más
desde su experiencia femenina que desde conceptos.
44
«De los que comienzan a tener oración [...] que es muy a su trabajo, como
tengo dicho, que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están acos-
tumbrados a andar derramados, es harto trabajo» (V 11.9).
45
A tenerse «por siervos sin provecho» (M 3.1.8).
46
Teresa distingue entre lo que es humano como «natural» y lo que viene de
Dios «sobrenatural».

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524 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

nace el amor al prójimo47. Ha sido «sellada con su sello» (M 5.2.12)


que es el del amor, y esta experiencia hace germinar en ella la unidad
de amor a Dios y amor al prójimo. La persona comienza a ser una
criatura nueva, más semejante a Cristo.
El crecimiento continúa teniendo diferentes manifestaciones en
el área cognitiva, afectiva y relacional. Se consolida y amplía una
nueva forma de conocer la realidad, a partir de una mayor compren-
sión de la grandeza y de las verdades de Dios48 que, sin saber cómo,
«hállase toda la ciencia sabida ya en sí» (V 27.8). Como ya hemos
dicho, la experiencia de encuentro con la Humanidad de Cristo sana
las tendencias de su memoria afectiva (M 6.9.3-4). En las fuertes
experiencias de ausencia de Dios, logra mantener una relación de
continuidad amorosa49. El ensamblaje entre lo humano y lo divino
se hace más compacto en le medida en que la relación con Cristo
se hace más estrecha50. Invita a verle Resucitado y Glorioso sin
separarse de su Humanidad; le ve como el Amigo verdadero51 y su

47
«tan ordenada (la caridad) que el amor que tenía al mundo se le quita; y el
que a sí, le vuelve en desamor; y el que a los deudos (familia), queda de suerte
que sólo los quiere por Dios; y el que a los prójimos y el que a los enemigos
[...] es muy crecido; el que a Dios tan sin tasa que la aprieta algunas veces»
(CAD 6.13).
48
A este salto cualitativo le podríamos llamar desarrollo del «yo cognitivo»
que lo adquiere en la relación con Dios.
49
Se dan aquí características semejantes a lo que en psicología se llama «la
constancia del objeto», donde aparece una capacidad de mantener una relación
continua con el objeto percibido cognitiva y afectivamente en cuanto que existe
independientemente de que se le perciba o no. Cf. R. Melito, «Cognitive As-
pects of Splitting and Libidinal Object Constancy», Journal of the American
Psychoanalytic Association 31, (1981), 529-535.
50
Teresa identifica como una evasión espiritualizante el huir de la Humani-
dad de Cristo (M 6.7.6), le parece que es un rechazo a la aceptación del cuerpo y
de los límites humanos, una falta de humildad (V 22.5), y resistencia a aceptar el
sufrimiento humano y la pasión.
51
«Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo
primero en el padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta;
es Amigo verdadero» (V 22.6).

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CONOCERSE, PERDERSE, RE-ENCONTRARSE... 525

«Humanidad Sacratísima» (V 22.6) es el Camino seguro para ir al


Padre52.
El último salto cualitativo de crecimiento lo podemos individuar
en las séptimas moradas, en las que Teresa nos revela que ha en-
contrado su identidad como mujer al descubrir en ella la semejanza
de la imagen de Dios, Cristo en ella: «Que yo sé que te hallarás/ en
mi pecho retratada,/ y tan al vivo sacada,/ que si te ves te holgarás,/
viéndote tan bien pintada» (P 8). Ha visto la imagen original de sí
misma53, y la percibe reflejada en su propia vida: «su vivir es Cristo»
(M 7.2.5). Explica que la razón por la que Dios hace estas gracias es
para hacer posible en nosotros la vida de Cristo (M 7.4.4).

4. conclusiones
Teresa, como un «quién» histórico y concreto, se va construyendo
en su caminar a través de su relación personal con Cristo. A medida
que profundizaba en este encuentro descubría las dimensiones y el
sentido de su vocación como una respuesta en la historia. El desarro-
llo de su identidad y la propia vocación se entrecruzaban en un mismo
camino como una transformación en Cristo. Esta metamorfosis hizo
que lo más genuino y personal de Teresa se desarrollara en plenitud
en todas sus cualidades y potencialidades humanas; en su inteligen-
cia y sabiduría, en su capacidad de amar y de entregarse totalmente,
involucrándose en el momento histórico que le tocó vivir y dando su
aporte para mejorar la Iglesia y la sociedad de su tiempo.
En ella se realiza algo que podemos ver como posibilidad para
todos. En su proceso, constatamos cómo las estructuras humanas en-
tran en diálogo con la llamada divina y cómo la disposición de estas
estructuras favorece la transformación de la persona en el diálogo

52
«Si pierden la guía que es el Buen Jesús, no acertarán el camino [...]. Por-
que el mismo Señor dice que es camino; también dice el Señor que es luz y que
no puede ir ninguno al Padre sino por El», (M 6.7.6).
53
«Parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como en un espejo,
y también este espejo —yo no sé decir cómo— se esculpía todo en el mismo
Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa» (V 40.5).

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526 MARÍA ROSAURA GONZÁLEZ CASAS

divino y humano. El deseo de conocimiento personal desde una pers-


pectiva de trascendencia cristo-céntrica abre el horizonte hacia una
plenitud inscrita antropológicamente en todo ser humano. La diná-
mica que activa este movimiento existencial se da a través de una
relación afectiva que involucra a toda la persona y pone en evidencia
la distancia que hay entre su llamada a la plenitud y sus opciones en
la vida cotidiana y concreta. Esto le hace experimentar una gran an-
siedad y lucha interior para crecer. Los saltos cualitativos que realizan
la metamorfosis de la persona se dan cuando esta se apropia de las
actitudes de Cristo y deja actuar en ella la gracia de Dios.
Tiempos «recios» fueron los de Teresa y tiempos «recios» son los
que nos toca vivir, tiempos de grandes desafíos y cambios en el mun-
do, en la sociedad, en la Iglesia. «El Espíritu Santo nos necesita» como
ha dicho el papa Francisco54. ¡Dispongamos todas nuestras capacida-
des humanas para que Dios haga su obra en nosotros como lo hizo
en esta mujer! Ella sigue «dando voces» para invitarnos a vivir una
relación de amistad con Quien cambiará nuestra vida para siempre:
«¡Oh Señor mío, cómo sois Vos el amigo verdadero; y como poderoso,
cuando queréis podéis, y nunca dejáis de querer si os quieren! [...] ¡Oh,
quién diese voces por él, para decir cuán fiel sois a vuestros amigos!
Todas las cosas faltan; Vos Señor de todas ellas, nunca faltáis [...] ¡Oh
Dios mío, quién tuviera entendimiento y letras y nuevas palabras para
encarecer vuestras obras como lo entiende mi alma!» (V 25.17).

FRANCISCO. Discurso del Santo Padre a los fieles de la Diócesis de


54

Roma. 18 de septiembre 2021. [Link]


ches/2021/september/documents/[Link] (consultada
el 20 noviembre 2021)

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