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XVI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

Cómo ser una Iglesia sinodal misionera

INSTRUMENTUM LABORIS
PARA LA SEGUNDA SESIÓN
(OCTUBRE DE 2024)
SIGLAS

AG CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad gentes (7 de diciembre de 1965)


CD CONCILIO VATICANO II, Decreto Christus Dominus (28 de octubre de 1965)
CIC Codex iuris canonici (25 de enero de 1983)
CTI COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, La sinodalidad en la vida y
en la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018)
DEC SECRETARÍA GENERAL DEL SINODO, Documento para la Etapa
Continental (27 de octubre de 2022)
DV CONCILIO VATICANO II, Const. dogmática Dei Verbum (18 de noviembre de 1965)
EG FRANCISCO, Exh. Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013)
GS CONCILIO VATICANO II, Const. past. Gaudium et spes (7 de diciembre de 1965)
LG CONCILIO VATICANO II, Const. dogm. Lumen gentium (21 de noviembre de 1964)
LS FRANCISCO, Carta encíclica Laudato si’ (24 de mayo de 2015)
EP FRANCISCO, Constitución Apostólica Praedicate Evangelium (19 de marzo de 2022)
RdS XVI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SINODO DE OBISPOS, Informe de
Síntesis (28 de octubre de 2023)
SC CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963)
UR CONCILIO VATICANO II, Decreto Unitatis redintegratio (21 de noviembre de 1964)
UUS SAN JUAN PABLO II, Carta Encíclica Ut unum sint (25 de mayo de 1995)
Introducción
Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte,
un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera;
manjares exquisitos, vinos refinados.
Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos,
el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre.
Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros,
y alejará del país el oprobio de su pueblo
—lo ha dicho el Señor—.
Is 25,6-8

El profeta Isaías presenta la imagen de un banquete superabundante


y exquisito preparado por el Señor en la cima del monte, símbolo de
convivencia y comunión, destinado a todos los pueblos. En el momento de
volver al Padre, el Señor Jesús confía a sus discípulos la tarea de llegar a
todos los pueblos, para servirles un banquete compuesto por un alimento
que da plenitud de vida y de alegría. A través de su Iglesia, guiada por su
Espíritu, el Señor quiere reavivar la esperanza en el corazón de la humanidad,
devolver la alegría y salvar a todos, especialmente a aquellos cuyos rostros
están surcados por las lágrimas y que claman a Él en la angustia. Sus gritos
llegan a oídos de todos los discípulos de Cristo, hombres y mujeres que
caminan por las profundidades de las vicisitudes humanas. Sus gritos son
aún más fuertes en este tiempo en que el camino del Sínodo se ha visto
acompañado por el estallido de nuevas guerras y conflictos armados, que
se suman a los ya de por sí numerosos conflictos que siguen tiñendo de
sangre el mundo.

En el corazón del Sínodo 2021-2024. Para una Iglesia sinodal. Comunión,


participación, misión hay una llamada a la alegría y a la renovación del Pueblo
de Dios en el seguimiento del Señor y en el compromiso al servicio de su
misión1. La llamada a ser discípulos misioneros se funda en la identidad
bautismal común, se arraiga en la diversidad de contextos en los que la Iglesia
está presente y encuentra unidad en el único Padre, en el único Señor y en
el único Espíritu. Interpela a todos los bautizados, sin excepción: «Todo el
Pueblo de Dios es el sujeto del anuncio del Evangelio. En él, todo bautizado

1 A menos que se especifique lo contrario o si se deduce claramente del contexto claramente que no es así, en el texto del
Instrumentum laboris el término “Iglesia” indica “la Iglesia católica, una y única” (LG 23), mientras que el plural “Iglesias”
indica las Iglesias locales en las que existe y por las que existe.

I
es convocado para ser protagonista de la misión porque todos somos
discípulos misioneros» (CTI, n. 53). Esta renovación encuentra su expresión en
una Iglesia que, reunida por el Espíritu mediante la Palabra y el Sacramento
(cf. CD 11), anuncia la salvación que experimenta continuamente, a un mundo
hambriento de sentido y sediento de comunión y solidaridad. Es para este
mundo para el que el Señor prepara un banquete en su monte.

Practicar la sinodalidad es la forma mediante la cual renovamos hoy


nuestro compromiso con esta misión y es una expresión de la naturaleza de
la Iglesia. Crecer como discípulos misioneros significa, ante todo, responder a
la llamada de Jesús a seguirle, correspondiendo al don que recibimos cuando
fuimos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Significa también aprender a acompañarnos mutuamente, como Pueblo
de peregrinos en camino a través de la historia hacia un destino común, la
Ciudad celestial. Al recorrer este camino, al partir el pan de la Palabra y de
la Eucaristía, nos transformamos en lo que recibimos. Comprendemos así
que nuestra identidad de Pueblo salvado y santificado posee una dimensión
comunitaria ineludible que abarca a todas las generaciones de creyentes que
nos han precedido y nos seguirán: la salvación que hay que recibir y testimoniar
es relacional, ya que nadie se salva solo. O más bien, empleando las palabras
aportadas por una Conferencia Episcopal asiática, vamos tomando conciencia
poco a poco de que: «La sinodalidad no es simplemente un objetivo, sino un
camino de todos los fieles, que debemos recorrer juntos de la mano2. Por eso,
comprender su pleno significado requiere tiempo». San Agustín habla de la
vida cristiana como una peregrinación solidaria, un caminar juntos «hacia Dios
no corremos con pasos, sino con el afecto» (Sermón 306 B, 1), compartiendo
una vida hecha de oración, de anuncio y de amor al prójimo.

El Concilio Vaticano II enseña que «todos los hombres están llamados


a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien
vivimos y hacia quien caminamos» (LG, n. 3). En el corazón del camino
sinodal se encuentra el deseo, antiguo y siempre nuevo, de comunicar
a todos la promesa y la invitación del Señor, custodiadas en la tradición
viva de la Iglesia, a reconocer la presencia del Señor resucitado entre
nosotros y a acoger los múltiples frutos de la acción de su Espíritu. La
visión de la Iglesia, Pueblo de peregrinos que, en todos los lugares de la
tierra, busca la conversión sinodal por amor a su misión, nos guía mientras
avanzamos con alegría y esperanza por el camino del Sínodo. Esta visión
contrasta crudamente con la realidad de un mundo en crisis, cuyas heridas
y desigualdades escandalosas resuenan dolorosamente en el corazón de

2Aquí, y en todas las que siguen, las citas de las Conferencias Episcopales y de sus agrupaciones continentales proceden
de las síntesis enviadas a la Secretaría General del Sínodo al término de la consulta a las Iglesias locales, que tuvo lugar
entre finales de 2023 y la primera mitad de 2024.

II
todos los discípulos de Cristo, impulsándonos a rezar por todas las víctimas
de la violencia y de la injusticia y a renovar nuestro compromiso junto a las
mujeres y los hombres que, en todas las partes del mundo, se esfuerzan por
ser artesanos de la justicia y la paz.

Tres años de camino

Después de la apertura del proceso sinodal los días 9 y 10 de octubre


de 2021, las Iglesias locales de todo el mundo, con ritmos diferentes y
expresiones multiformes, emprendieron una primera fase de escucha.
Pertenecer a la Iglesia significa formar parte del único Pueblo de Dios,
constituido por personas y comunidades que viven en tiempos y lugares
concretos: la escucha sinodal partió de estas comunidades, pasando después
por etapas diocesanas, nacionales y continentales, en un diálogo constante,
impulsado por la Secretaría General del Sínodo a través de documentos de
síntesis y de trabajo. La circularidad del proceso sinodal es una forma de
reconocer y valorizar el arraigo de la Iglesia en una variedad de contextos,
al servicio de los vínculos que los unen.

La novedad de esta primera fase fue la experiencia de las Asambleas


continentales, que reunieron a las Iglesias locales de una misma área
geográfica, invitándolas a aprender a escucharse, a acompañarse en el
camino y a discernir juntas los principales retos que plantea, a la realización
de la misión, el contexto en el que se encuentran.

La Primera Sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo


de los Obispos (octubre de 2023) inauguró la segunda fase, acogiendo los
frutos de esta escucha para discernir, en la oración y el diálogo, los pasos
que el Espíritu nos pide dar. Esta fase continuará hasta la conclusión de la
segunda sesión (octubre de 2024), que ofrecerá al Santo Padre el fruto de
su trabajo, con vistas a una aplicación concreta más intensa por parte de
todas las Iglesias locales

La preparación de la segunda sesión se basa necesariamente en los


resultados de la Primera, recogidos en el IdS. Basándose en esto, en
consonancia con la circularidad que caracteriza todo el proceso sinodal y de
cara a un enfoque preciso para los trabajos de la segunda sesión, se puso en
marcha una nueva consulta a las Iglesias locales de todo el mundo, partiendo
de una pregunta orientadora: «¿Cómo ser una Iglesia sinodal en misión?».
Tal y como explica el documento Hacia octubre de 20243, el objetivo de la

3 Difundido por la Secretaría General del Sínodo el 11 de diciembre de 2023 y disponible en [Link].

III
consulta era «identificar los caminos a seguir y los instrumentos a adoptar
en los diferentes contextos y circunstancias, para potenciar la originalidad
de cada bautizado y de cada Iglesia en la misión única de anunciar al Señor
Resucitado y su Evangelio al mundo de hoy. No se trata, por tanto, de
limitarse a un plan de mejoras técnicas o de procedimientos que hagan más
eficaces las estructuras de la Iglesia, sino de trabajar en las formas concretas
del compromiso misionero al que estamos llamados, en el dinamismo entre
unidad y diversidad propio de una Iglesia sinodal».

Las respuestas a la pregunta orientadora, enviadas por la mayoría


de las Conferencias Episcopales y sus agrupaciones continentales, por
las Iglesias Orientales Católicas, por las diócesis que no forman parte de
una Conferencia Episcopal, por los dicasterios de la Curia Romana, por la
Unión de Superiores Generales y la Unión Internacional de las Superioras
Generales en representación de la vida consagrada, así como los testimonios
de experiencias y buenas prácticas recibidos de todo el mundo y las
observaciones de casi doscientas realidades internacionales, facultades
universitarias, asociaciones de fieles, comunidades e individuos, constituyen
la base para la redacción de este Instrumentum laboris de la segunda sesión,
enraizándolo en la vida del Pueblo de Dios en todo el mundo.

Estas voces han expresado la gratitud por el camino recorrido, por los
esfuerzos que a veces requiere, pero sobre todo al deseo de avanzar. Así
se expresa una Conferencia Episcopal de América del Norte: «La gratitud
por el camino sinodal es profunda [...]. Siguen existiendo tensiones, que
requerirán seguir una línea de reflexión y diálogo, inspirándose en la idea de
cultura del encuentro propuesta por el Papa Francisco. Pero estas tensiones
no rompen la comunión de la caridad en la Iglesia». También nos recuerdan
que aún queda mucho camino por recorrer.

Como en las fases anteriores, se reafirman los frutos de la adopción


del método de la conversación en el Espíritu. Por ejemplo, una federación
de Conferencias Episcopales señala: «Muchas síntesis procedentes de toda
Asia expresan un entusiasmo increíble por la metodología sinodal, que
emplea la conversación en el Espíritu como punto de partida del camino.
Muchas diócesis y Conferencias Episcopales han introducido este método
en sus estructuras, con gran éxito». Este entusiasmo ya se ha traducido
en pasos concretos de experimentación de un modo de proceder más
sinodal. En una conferencia episcopal europea «se decidió iniciar una fase
de experimentación sinodal de cinco años. A nivel nacional, se trata de
desarrollar, evaluar y perfeccionar formas de consulta sinodal, de diálogo,
de discernimiento, así como procesos de toma de decisiones que articulen
la fase de elaboración (decision-making) con la de toma de decisiones
(decision-taking). Se tendrán en cuenta las experiencias de las diócesis, así

IV
como los desarrollos sinodales en otras partes del mundo y en la Iglesia
universal. Nos encontramos al comienzo de un exigente, pero importante
camino de aprendizaje». Existe una mayor conciencia sobre el valor de las
Iglesias locales y de su camino, de la riqueza de la que son portadoras y
de la necesidad de escuchar sus voces. Según la síntesis enviada por una
Conferencia Episcopal africana, «ya no se pueden considerar y tratar a las
Iglesias locales simplemente como destinatarias del anuncio del Evangelio,
que tienen poco o nada que aportar».

A estas aportaciones se sumaron los frutos del Encuentro Internacional


“Párrocos para el Sínodo” (Sacrofano, Roma, 28 de abril - 2 de mayo
de 2024), que permitió escuchar a los presbíteros comprometidos en la
pastoral parroquial. Las síntesis de los grupos de trabajo expresan en
primer lugar «la alegría por la posibilidad de escucharse mutuamente: una
experiencia enriquecedora, que ha alimentado un profundo sentimiento de
comprensión y de respeto hacia las especificidades del contexto de origen
de cada uno». Expresan «la necesidad de una nueva comprensión del papel
del párroco en una Iglesia sinodal, respetando la variedad de tradiciones
en la Iglesia» y la preocupación por no poder llegar a las periferias y a los
que viven en los márgenes: «Si la Iglesia quiere ser sinodal, debe escuchar
a estas personas»4.

Del mismo modo, los cinco Grupos de Trabajo constituidos por la


Secretaría General del Sínodo e integrados por expertos de diferente
procedencia geográfica, género y condición eclesial, ofrecieron materiales
para la redacción de este Instrumentum laboris. Ellos trabajaron con un
método sinodal orientado a una profundización teológica y canónica de la
noción de sinodalidad y de sus implicaciones para la vida de la Iglesia.

A un grupo de expertos, compuesto por obispos, presbíteros,


consagrados y consagradas, laicos, hombres y mujeres, teólogos, canonistas
y biblistas, procedentes de todos los continentes y de diferentes condiciones
eclesiales, se le encomendó la tarea de leer todas las aportaciones y materiales
recibidos, articulando las respuestas dadas a la pregunta fundamental, para
la redacción de este Instrumentum laboris. Las reflexiones de este grupo,
así como las de los cinco grupos de trabajo antes mencionados, confluirán
también en el subsidio que acompañará a este Instrumentum laboris,
explorando el fundamento teológico de algunos contenidos.

4 A este respecto, véase el documento ¿Cómo ser una Iglesia sinodal en misión? Cinco perspectivas para profundizar
teológicamente con vistas a la segunda sesión de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, publicado
por la Secretaría General del Sínodo el 14 de marzo de 2024 y disponible en [Link].

V
Junto al trabajo emprendido para la preparación de la segunda sesión,
dio comienzo también el trabajo de los diez grupos de estudio5, encargados
de profundizar otros temas que surgieron del IdS6, identificados por el Santo
Padre al término de una consulta internacional. Estos grupos de estudio,
integrados por pastores y expertos de todos los continentes, siguiendo un
método de trabajo sinodal, están constituidos «de común acuerdo entre
los Dicasterios competentes de la Curia Romana y la Secretaría General del
Sínodo, a la que se confía la coordinación», según el Quirógrafo firmado por
el Papa Francisco el 16 de febrero de 2024 y en el espíritu de la Constitución
Apostólica Praedicate Evangelium (art. 33). Deberán completar su estudio
antes de junio de 2025, siempre que sea posible, pero deberán presentar
un informe de situación a la Asamblea en octubre de 2024. De este
modo, sin esperar a la conclusión de la segunda sesión, el Papa Francisco
ha incorporado ya algunas de las indicaciones de la Primera Sesión y ha
iniciado los trabajos de la fase de implementación, en la forma prevista
por la Constitución Apostólica Episcopalis Communio: «Junto al Dicasterio
de la Curia Romana competente y, según el tema y las circunstancias,
junto a los demás Dicasterios implicados de diversos modos, la Secretaría
General del Sínodo promueve por su propia parte la implementación de las
orientaciones sinodales aprobadas por el Romano Pontífice» (art. 20, c. 1).
Además, de acuerdo con el Dicasterio para los Textos Legislativos, se ha
instituido una Comisión de Derecho Canónico al servicio del Sínodo. Por
último, aplicando la indicación dada por la Primera Sesión (cf. IdS 16q), el
25 de abril de 2024, el SECAM (Simposio de las Conferencias Episcopales
de África y Madagascar) anunció la creación de una Comisión especial para
discernir las implicaciones teológicas y pastorales de la poligamia para la
Iglesia en África.

5 A este respecto, se puede consultar al documento Grupos de Estudio sobre las cuestiones surgidas en la Primera Sesión
de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, a profundizar en colaboración con los Dicasterios de la
Curia Romana. Pistas de trabajo, difundido también el 14 de marzo de 2024 y disponible en [Link].
6 Los temas que se desprenden del Informe de Síntesis de la Primera Sesión y que se asignaron a los diez Grupos de
Estudio son:
1. Algunos aspectos referentes a las relaciones entre las Iglesias católicas orientales y la Iglesia latina (IdS 6).
2. La escucha del grito de los pobres (IdS 4 y 16).
3. La misión en el espacio digital (IdS 17).
4. La revisión de la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis en perspectiva sinodal misionera (IdS 11).
5. Algunas cuestiones teológicas y canónicas en torno a formas ministeriales específicas (RdS 8 y 9).
6. La revisión, en perspectiva sinodal y misionera, de los documentos sobre las relaciones entre Obispos, Vida
Consagrada, Agregaciones eclesiales (IdS 10).
7. Algunos aspectos de la figura y del ministerio del Obispo (en particular: los criterios de selección de los
candidatos al episcopado, la función judicial del Obispo, la naturaleza y el desarrollo de las visitas ad limina
Apostolorum) en una perspectiva sinodal misionera (IdS 12 y 13).
8. El rol de los Representantes Pontificios desde una perspectiva sinodal misionera (IdS 13).
9. Criterios teológicos y metodologías sinodales para un discernimiento compartido de cuestiones doctrinales,
pastorales y éticas controvertidas (IdS 15).
10. La recepción de los frutos del camino ecuménico en la praxis eclesial (IdS7).

VI
Una herramienta de trabajo para la segunda sesión

A través de un camino entretejido de silencio, oración, escucha de la


Palabra de Dios, diálogo fraterno y encuentros gozosos, a veces no exentos
de dificultades, como Pueblo de Dios hemos madurado una conciencia más
profunda de nuestra relación como hermanos y hermanas en Cristo, con la
responsabilidad común de ser una comunidad de salvados que proclama al
mundo entero, con la palabra y la vida, la belleza del Reino de Dios. Esta
identidad no es una idea abstracta, sino una experiencia vivida, entretejida
con nombres y rostros. En la preparación de la segunda sesión, y durante
sus trabajos, seguimos enfrentándonos a esta pregunta: ¿cómo puede
tomar forma concreta la identidad del Pueblo de Dios sinodal en misión en
las relaciones, los caminos y los lugares en los que se desarrolla la vida de
la Iglesia?

El presente Instrumentum laboris debe servir a este propósito, por eso


se aplica también lo que ya se afirmó a este respecto en la Primera Sesión:
«no es un documento del Magisterio de la Iglesia, ni el informe de una
encuesta sociológica; no ofrece la formulación de indicaciones operativas,
de metas y objetivos, ni la elaboración completa de una visión teológica»
(n. 10: cf. DEC n. 8). Para comprenderlo, es esencial situarlo en el conjunto
del proceso sinodal, ya que está inmerso en la circularidad del diálogo entre
las Iglesias, animado y apoyado por el trabajo de la Secretaría General del
Sínodo. La Primera Sesión de la Asamblea (2023) recogió los frutos de la
doble consulta, local y continental, centrada en la búsqueda de los «signos
característicos de una Iglesia Sinodal y sobre las dinámicas de comunión,
misión y participación que la caracterizan» (IdS, Introducción). A través de
la oración, el diálogo y el discernimiento, ha recogido y plasmado en la IdS
las convergencias, los temas a tratar y las propuestas que han surgido del
trabajo común. Lo que se desprende es lo que podemos describir como una
primera respuesta a la pregunta “Iglesia sinodal, ¿qué dices de ti misma?”.
La segunda sesión no retoma dicha cuestión, sino que está llamada a ir
más allá, centrándose en su pregunta orientadora: “¿Cómo ser una Iglesia
sinodal en misión?”. Sobre otras cuestiones que surgieron durante el
camino, el trabajo continúa con otras modalidades, tanto a nivel de las
Iglesias locales como en los diez grupos de estudio. Las dos sesiones no
pueden separarse, como tampoco pueden oponerse: están en continuidad
y, sobre todo, forman parte de un proceso más amplio que, como quedó
indicado en la Constitución Apostólica Episcopalis communio, no terminará
a finales de octubre de 2024.

Concretamente, este Instrumentum laboris se abre con una sección


dedicada a los Fundamentos de la comprensión de la sinodalidad, que
vuelve a proponer la conciencia madurada a lo largo del camino y establecida

VII
por la Primera Sesión. Le siguen tres Partes estrechamente relacionadas,
que iluminan la vida sinodal misionera de la Iglesia desde diferentes
perspectivas: I) la perspectiva de las relaciones -con el Señor, entre los
hermanos y hermanas y entre las Iglesias-, que sostienen la vitalidad de la
Iglesia mucho más radicalmente que sus estructuras; (II) la perspectiva de
los caminos que sostienen y alimentan en lo concreto el dinamismo de las
relaciones; (III) la perspectiva de los lugares que, contra la tentación de un
universalismo abstracto, hablan de la realidad de los contextos en los que se
encarnan las relaciones, con su variedad, pluralidad e interconexión, y con
su arraigo en el fundamento del que nace la profesión de fe. Cada una de
estas secciones será objeto de oración, de intercambio y de discernimiento
en uno de los módulos que marcarán los trabajos de la segunda sesión, en la
que se invitará a cada uno a «ofrecer la propia aportación como un don para
los otros y no como una certeza absoluta» (IdS, Introducción), en un camino
que los miembros de la Asamblea están llamados a escribir juntos. Sobre
esta base, se redactará un Documento Final, que abarcará todo el proceso
realizado hasta ahora, ofreciendo al Santo Padre orientaciones sobre los
pasos a seguir y las formas concretas de llevarlo a cabo.

Podemos esperar una profundización de la comprensión compartida


de la sinodalidad, un enfoque más amplio sobre las prácticas de una Iglesia
sinodal e incluso la propuesta de algunos cambios en el derecho canónico
(otros más significativos pueden llegar tras haber asimilado y vivificado
mejor la propuesta de fondo), pero ciertamente no la respuesta a todas las
preguntas. También porque surgirán otras a lo largo del camino de conversión
y de reforma, que la segunda sesión invitará a emprender a toda la Iglesia.
Entre los beneficios del proceso desarrollado hasta ahora, cabe destacar sin
duda el hecho de que hemos experimentado y aprendido un método con el
que abordar las cuestiones juntos, en el diálogo y en el discernimiento. Aún
estamos aprendiendo a ser una Iglesia sinodal misionera, pero es una tarea
que ya hemos experimentado poder emprender con alegría.

VIII
Fundamentos

Fundamentos
Esta sección del Instrumentum laboris pretende
delinear los fundamentos de la visión de una Iglesia
sinodal misionera, invitándonos a profundizar en nuestra
comprensión del misterio de la Iglesia. Lo hace sin
pretender ofrecer un tratado completo de eclesiología,
sino poniéndose al servicio del camino de discernimiento
de la asamblea sinodal de octubre de 2024. Responder
a la pregunta «¿Cómo ser Iglesia sinodal en misión?»
requiere un horizonte en el que situar las reflexiones y las
propuestas pastorales y teológicas, orientando un camino
que es fundamentalmente un camino de conversión y de
reforma. A su vez, los pasos concretos que emprenda la
Iglesia permitirán enfocar mejor el horizonte y profundizar
en la comprensión de los fundamentos, en una circularidad
que caracteriza toda la historia de la Iglesia.

En Cristo, luz de todas las gentes, somos un único Pueblo


de Dios, llamado a ser signo e instrumento de la unión
con Dios y de la unidad del género humano. Lo hacemos
caminando juntos en la historia, viviendo la comunión que se
alimenta de la vida trinitaria, promoviendo la participación
de todos, con vistas a la misión común. Esta visión está
muy arraigada en la tradición viva de la Iglesia. El proceso
sinodal ha permitido madurar una conciencia renovada de
la misma, que se expresa en las convergencias surgidas
durante el camino emprendido en 2021. La primera sesión
de la asamblea sinodal (octubre de 2023) las reconoció y
las recogió en el IdS, que las relanzó a toda la Iglesia para
el proceso de discernimiento que completará la segunda
sesión.

La Iglesia Pueblo de Dios, sacramento de unidad

1. Del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y


del Espíritu Santo surge la identidad mística, dinámica y
comunitaria del Pueblo de Dios, orientada hacia la plenitud

1
NOTE de la vida en la que nos precede el Señor Jesús y hacia la
misión de invitar a todos los hombres y mujeres a acoger,
con libertad, el don de la salvación (cf. Mt 28,18-19). En
el bautismo, Jesús nos reviste de sí mismo, comparte con
nosotros su identidad y su misión (cf. Ga 3,27).

2. «Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los


hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos
con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara
en verdad y le sirviera santamente» (LG 9), participando
en la comunión trinitaria. En su pueblo y a través de él,
Dios realiza y manifiesta la salvación que nos da en Cristo.
La sinodalidad está arraigada en esta visión dinámica del
Pueblo de Dios con vocación universal a la santidad y a
la misión, en peregrinación hacia el Padre, siguiendo las
huellas de Jesucristo y animado por el Espíritu Santo. En los
diferentes contextos en los que vive y camina, este Pueblo
de Dios sinodal y misionero proclama y da testimonio de
la Buena Nueva de la salvación; caminando junto a todos
los pueblos de la tierra, con sus culturas y sus religiones,
dialoga con ellos y los acompaña.

3. El proceso sinodal ha desarrollado una conciencia


de lo que significa ser el Pueblo de Dios reunido como
«Iglesia de toda raza, lengua, pueblo y nación» (IdS 5),
que vive su camino hacia el Reino en contextos y culturas
diferentes. El Pueblo de Dios es el sujeto comunitario que
atraviesa las etapas de la historia de la salvación, en su
camino hacia la plenitud. El Pueblo de Dios no es la suma
de los bautizados, sino el “nosotros” de la Iglesia, sujeto
comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión, para
que todos puedan recibir la salvación preparada por Dios.
Integrados en este Pueblo mediante la fe y el bautismo, nos
acompañan la Virgen María, «signo de esperanza cierta y de
consuelo [para el peregrinante Pueblo de Dios] hasta que
llegue el día del Señor (cf. 2 P 3,10)» (LG 68), los apóstoles,
los que han dado la vida por testimoniar su fe, los santos
reconocidos y los santos “de la puerta de al lado”.

4. «Cristo es la luz de los pueblos» (LG 1) y esta luz


resplandece en el rostro de la Iglesia, que es «en Cristo
como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión
íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»
(LG 1). Como la luna, la Iglesia brilla con luz reflejada: no

2
puede, por tanto, entender su propia misión en un sentido
autorreferencial, sino que recibe la responsabilidad de ser
el sacramento de los vínculos, de las relaciones y de la

Fundamentos
comunión con vistas a la unidad de todo el género humano,
incluso en nuestra época tan dominada por la crisis de la
participación, de sentirse parte de un destino común, y por
una concepción a menudo demasiado individualista de la
felicidad y, por tanto, de la salvación. En su misión, la Iglesia
comunica al mundo el designio de Dios de unir en sí mismo,
mediante la salvación, a toda la humanidad. Al hacerlo, no
se proclama a sí misma, «sino a Jesucristo como Señor» (2
Cor 4,5). Si no fuera así, perdería su ser, en Cristo, «como
sacramento» (cf. LG 1) y, por tanto, su propia identidad y
razón de ser. En el camino hacia la plenitud, la Iglesia es el
sacramento del Reino de Dios en el mundo.

El significado compartido de sinodalidad

5. Los términos sinodalidad y sinodal, derivados de la


antigua y constante práctica eclesial de reunirse en sínodo7,
se han comprendido mejor y se han vivido más plenamente
gracias a la experiencia de los últimos años. Se han asociado
cada vez más al «deseo de una Iglesia más cercana a las
personas, menos burocrática, más relacional» (IdS 1b), que
sea hogar y familia de Dios. En el transcurso de su primera
sesión, la Asamblea alcanzó una convergencia sobre el
significado de “sinodalidad”, que está a la base de este
Instrumentum laboris. Los diferentes itinerarios, propuestos
actualmente y orientados a una mayor profundización,
pretenden identificar con mayor claridad la perspectiva
católica con respecto a esta dimensión constitutiva de la
Iglesia, en un diálogo con las demás tradiciones cristianas
que respete las diferencias y peculiaridades de cada una. En
su sentido más amplio, «la sinodalidad puede entenderse
como el caminar de los cristianos con Cristo y hacia el
Reino, junto con toda la humanidad; orientada a la misión, la
sinodalidad comporta reunirse en asamblea en los diversos
niveles de la vida eclesial, la escucha recíproca, el diálogo, el

7 El término “sínodo” en las tradiciones de las Iglesias orientales y occidentales se refiere a


instituciones y acontecimientos que, a lo largo del tiempo, han adoptado diferentes formas,
implicando una pluralidad de sujetos. En su variedad, todas estas formas están unidas por el
hecho de reunirse para dialogar, discernir y decidir.

3
discernimiento comunitario, la creación del consenso como
expresión del hacerse presente el Cristo vivo en el Espíritu y
el asumir una corresponsabilidad diferenciada» (IdS 1h).

6. Por tanto, sinodalidad designa «el estilo peculiar que


caracteriza la vida y la misión de la Iglesia» (CTI, n. 70), un
estilo que parte de la escucha como primera acción de la
Iglesia. La fe, que nace de la escucha de la proclamación de
la Buena Nueva (cf. Rom 10,17), vive de la escucha: escucha
de la Palabra de Dios, escucha del Espíritu Santo, escucha los
unos de los otros, escucha de la tradición viva de la Iglesia y
de su Magisterio. En las fases del proceso sinodal, la Iglesia
experimentó una vez más lo que enseñan las Escrituras: sólo
es posible proclamar lo que se ha escuchado.

7. La sinodalidad «debe expresarse en el modo ordinario


de vivir y obrar de la Iglesia [...y] se realiza mediante la escucha
comunitaria de la Palabra y la celebración de la Eucaristía,
la fraternidad de la comunión y la corresponsabilidad y
participación de todo el Pueblo de Dios, en sus diferentes
niveles y en la distinción de los diversos ministerios y roles,
en su vida y en su misión» (ibíd.). El término indica también
las estructuras y los procesos eclesiales en los que se expresa
la naturaleza sinodal de la Iglesia a nivel institucional y, por
último, designa aquellos acontecimientos particulares en
los que la Iglesia es convocada por la autoridad competente
(cf. ibíd.). Al referirse a la realidad de la Iglesia, la categoría
de sinodalidad no se presenta como alternativa a la de
comunión. De hecho, en el contexto de la eclesiología
del Pueblo de Dios ilustrada por el Concilio Vaticano II,
el concepto de comunión expresa la sustancia profunda
del misterio y de la misión de la Iglesia, que halla en la
celebración de la Eucaristía su fuente y su culminación,
es decir, la unión con Dios Trinidad y la unidad entre las
personas humanas que se realiza en Cristo mediante el
Espíritu Santo. La sinodalidad, en el mismo contexto,
«indica la específica forma de vivir y obrar de la Iglesia
Pueblo de Dios que manifiesta y realiza en concreto su ser
comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asamblea
y en el participar activamente de todos sus miembros en su
misión evangelizadora» (CTI, n. 6).

8. La sinodalidad no supone en modo alguno la


devaluación de la autoridad particular y de la tarea específica

4
que Cristo mismo confía a los pastores: los obispos con los
presbíteros, sus colaboradores, y el Romano Pontífice como
«principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de

Fundamentos
los Obispos como de la multitud de los fieles» (LG 23). Por
el contrario, ofrece «el marco interpretativo más adecuado
para comprender el mismo ministerio jerárquico» (Francisco,
Discurso en la Conmemoración del 50 aniversario de la
institución del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de
2015), invitando a toda la Iglesia, incluidos los que ejercen
una autoridad, a una auténtica conversión y reforma.

9. La sinodalidad no es un fin en sí misma, puesto que,


al ofrecer la posibilidad de expresar la naturaleza de la
Iglesia y valorizar todos los carismas, las vocaciones y los
ministerios en la Iglesia, permite a la comunidad de los que
«creen y ven a Jesús» (LG 9) anunciar el Evangelio de la
manera más adecuada a las mujeres y a los hombres, de
cualquier época y lugar, y ser «sacramento visible» (ibíd.)
de la unidad salvífica querida por Dios. Sinodalidad y misión
están, pues, íntimamente ligadas. Si la segunda sesión se
centra en ciertos aspectos de la vida sinodal, lo hace con
vistas a una mayor eficacia en la misión. Al mismo tiempo,
la sinodalidad es la condición para proseguir el camino
ecuménico hacia la unidad visible de todos los cristianos.
El grupo de estudio n. 10 se ocupa de la recepción de los
frutos del camino ecuménico en las prácticas eclesiales.

La unidad como armonía en las diferencias

10. El dinamismo de la comunión eclesial y, por tanto,


de la vida sinodal de la Iglesia encuentra su propio modelo y
realización en la liturgia eucarística. En ella, la comunión de los
fieles (communio fidelium) es al mismo tiempo la comunión
de las Iglesias (communio Ecclesiarum), que se manifiesta en
la comunión de los obispos (communio episcoporum), en
razón del antiquísimo principio según el cual «la Iglesia está
en el obispo y el obispo está en la Iglesia» (San Cipriano,
Carta 66.8). El Señor puso al apóstol Pedro (cf. Mt 16,18)
y a sus sucesores al servicio de la comunión. En virtud del
ministerio petrino, el Obispo de Roma es «el principio y
fundamento perpetuo y visible» (LG 23) de la unidad de la
Iglesia, expresada en la comunión de todos los fieles, de
todas las Iglesias, de todos los obispos. Se manifiesta así la

5
armonía que el Espíritu obra en la Iglesia, Él que es la armonía
en persona (cf. San Basilio, Homilía sobre el Salmo 29, 1)

11. A lo largo del proceso sinodal, el deseo de unidad


de la Iglesia ha crecido a la par que la conciencia de su
diversidad, de la que es portadora. Ha sido precisamente el
compartir entre las Iglesias lo que nos ha recordado que no
hay misión sin contexto, es decir, sin una conciencia clara de
que el don del Evangelio se ofrece a personas y comunidades
que viven en tiempos y en lugares concretos, que no están
encerradas en sí mismas, sino más bien son portadoras de
historias que deben ser reconocidas, respetadas e invitadas
a abrirse a horizontes más amplios. Uno de los mayores
dones recibidos a lo largo del camino ha sido la oportunidad
de encontrar y celebrar la belleza del «rostro pluriforme de
la Iglesia» (San Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 40). La
renovación sinodal favorece la valorización de los contextos
como lugar en los que se hace presente y se realiza la
llamada universal de Dios a formar parte de su pueblo, de
ese Reino de Dios que es «justicia, paz y alegría en el Espíritu
Santo» (Rom 14,17). De este modo, las diferentes culturas
son capaces de captar la unidad que subyace y completa
su vibrante pluralidad. La valorización de los contextos, de
las culturas y de la diversidad es una clave para crecer como
Iglesia sinodal misionera.

12. Del mismo modo, ha crecido la conciencia de la


variedad de carismas y vocaciones que el Espíritu Santo suscita
constantemente en el Pueblo de Dios. Nace así el deseo
de crecer en la capacidad de discernirlos, de comprender
sus relaciones dentro de la vida concreta de cada Iglesia y
de la Iglesia en su conjunto y, sobre todo, de articularlos
para el bien de la misión. Esto significa también reflexionar
más profundamente sobre la cuestión de la participación
en relación con la comunión y la misión. En todas las fases
del proceso surgió el deseo de ampliar las posibilidades
de participación y de ejercicio de la corresponsabilidad de
todos los bautizados, hombres y mujeres, en la variedad
de sus carismas, vocaciones y ministerios. Este deseo
apunta en tres direcciones. La primera es la necesidad de
“actualizar” la capacidad de anunciar y transmitir la fe con
modalidades y medios adecuados al contexto actual. La
segunda es la renovación de la vida litúrgica y sacramental,
a partir de celebraciones bellas, dignas, accesibles,

6
plenamente participativas, bien inculturadas y capaces de
alimentar el impulso hacia la misión. La tercera dirección
nace de la tristeza provocada por la falta de participación

Fundamentos
de tantos miembros del Pueblo de Dios en este camino
de renovación eclesial y la fatiga de la Iglesia a la hora de
vivir plenamente una sana relacionalidad entre hombres y
mujeres, entre generaciones y entre personas y grupos de
diferentes identidades culturales y condiciones sociales,
en particular, los pobres y excluidos. Esta debilidad en la
reciprocidad, en la participación y en la comunión sigue
siendo un obstáculo para la plena renovación de la Iglesia
en un sentido sinodal misionero.

Hermanas y hermanos en Cristo: una reciprocidad


renovada

13. La primera diferencia que encontramos como


personas humanas es la que existe entre hombres y mujeres.
Nuestra vocación como cristianos es la de honrar esta
diferencia donada por Dios viviendo, en el seno de la Iglesia,
una reciprocidad relacional dinámica como signo para el
mundo. Al reflexionar sobre esta visión en clave sinodal,
las aportaciones recogidas en todas las fases evidenciaron
la necesidad de dar un reconocimiento más pleno a los
carismas, a la vocación y al papel de las mujeres en todos los
ámbitos de la vida de la Iglesia como un paso indispensable
para promover esta reciprocidad relacional. La perspectiva
sinodal evidencia tres puntos de referencia teológicos como
guía para el discernimiento: a) la participación se basa en
las implicaciones eclesiológicas del bautismo; b) como
Pueblo de bautizados, estamos llamados a no enterrar
nuestros talentos, sino a reconocer los dones que el Espíritu
derrama sobre cada uno para el bien de la comunidad y
del mundo; c) respetando la vocación de cada uno, los
dones que el Espíritu concede a los fieles se ordenan el
uno al otro y la colaboración de todos los bautizados debe
practicarse en clave de corresponsabilidad. Nos guía en
nuestra reflexión el testimonio de las Sagradas Escrituras:
Dios eligió a algunas mujeres para que fueran las primeras
en ser testigos y en anunciar la resurrección. En virtud del
bautismo, están en condición de plena igualdad, reciben
la misma efusión de dones del Espíritu y están llamadas al
servicio de la misión de Cristo.

7
14. En este sentido, el primer cambio que debe
realizarse es un cambio de mentalidad: una conversión a una
visión de relacionalidad, interdependencia y reciprocidad
entre mujeres y hombres, que son hermanas y hermanos
en Cristo, con vistas a la misión común. Son la comunión,
la participación y la misión de la Iglesia las que sufren las
consecuencias de una falta de conversión de las relaciones
y de las estructuras. Como afirma la aportación de una
Conferencia Episcopal latinoamericana «una Iglesia en la
que todos los miembros pueden sentirse corresponsables
es también un lugar atractivo y creíble».

15. Las aportaciones de las Conferencias Episcopales


reconocen que son numerosos los ámbitos de la vida eclesial
abiertos a la participación de las mujeres. Sin embargo,
también señalan que estas posibilidades de participación
a menudo no se utilizan. Por ello, sugieren que la segunda
sesión promueva el conocimiento de estas posibilidades y
fomente su posterior desarrollo en el ámbito parroquial,
diocesano y de las demás realidades eclesiales, incluidos los
puestos de responsabilidad. Piden también que se exploren
otras formas ministeriales y pastorales, para expresar mejor
los carismas que el Espíritu derrama sobre las mujeres en
respuesta a las necesidades pastorales de nuestro tiempo.
Como insiste una Conferencia Episcopal latinoamericana:
«En nuestra cultura, la presencia del machismo sigue siendo
fuerte, mientras que se necesita una participación más
activa de la mujer en todos los ámbitos eclesiales. Como
afirma el Papa Francisco, su perspectiva es indispensable
en los procesos de toma de decisiones y a la hora de asumir
roles en las distintas formas de pastoral y misión».

16. De las aportaciones de las Conferencias Episcopales


se desprenden solicitudes concretas que deben someterse
al examen de la segunda sesión, entre ellas: a) la promoción
de espacios de diálogo en la Iglesia, para que las mujeres
puedan compartir experiencias, carismas, competencias,
intuiciones espirituales, teológicas y pastorales para el bien
de toda la Iglesia; b) una participación más amplia de las
mujeres en los procesos de discernimiento eclesial y en
todas las etapas de los procesos de toma de decisiones
(elaboración y toma de decisiones); c) un mayor acceso a
cargos de responsabilidad en las diócesis y en las instituciones
eclesiásticas, de conformidad con las disposiciones ya

8
existentes; d) un mayor reconocimiento y un firme apoyo a
la vida y a los carismas de las mujeres consagradas y a su
empleo en puestos de responsabilidad; e) el acceso de las

Fundamentos
mujeres a cargos de responsabilidad en seminarios, institutos
y facultades de teología; f) un incremento en el número de
mujeres que desempeñan el papel de juez en los procesos
canónicos. En las aportaciones se recoge también el deseo
de que se preste atención al uso del lenguaje y de una serie
de imágenes tomadas de las Escrituras y de la tradición en
la predicación, en la enseñanza, en la catequesis y en la
redacción de los documentos oficiales de la Iglesia.

17. Mientras que algunas Iglesias locales piden la


admisión de las mujeres al ministerio diaconal, otras reiteran
su oposición. Sobre esta cuestión, que no será objeto de
los trabajos de la segunda sesión, es bueno que continúe
la reflexión teológica, con los tiempos y modalidades
adecuados. A su maduración contribuirán los frutos del grupo
de estudio n. 5, que tendrá en cuenta los resultados de las
dos Comisiones que se han ocupado del tema en el pasado.

18. Muchas de las reivindicaciones expresadas


anteriormente se aplican también a los hombres laicos,
cuya escasa participación en la vida eclesial es a menudo
objeto de quejas. En general, la reflexión sobre el papel de
la mujer pone de manifiesto el deseo de un fortalecimiento
de todos los ministerios ejercidos por los laicos (hombres
y mujeres). También se hace un llamamiento para que los
fieles laicos, hombres y mujeres, adecuadamente formados,
contribuyan a la predicación de la Palabra de Dios, también
durante la celebración de la Eucaristía.

Llamada a la conversión y a la reforma

19. Jesús inició su ministerio público con una llamada a


la conversión (cf. Mc 1,15). Es una invitación a reconsiderar
la forma de vida personal y comunitaria y a dejarse
transformar por el Espíritu. Ninguna reforma puede limitarse
únicamente a las estructuras, sino que debe arraigarse en
una transformación interior según los «sentimientos propios
de Cristo Jesús» (Flp 2,5). Para una Iglesia sinodal, la primera
conversión es la de la escucha, cuyo redescubrimiento ha
sido uno de los mayores frutos del camino recorrido hasta

9
la fecha: en primer lugar, la escucha del Espíritu Santo,
que es el verdadero protagonista del Sínodo, y después la
escucha recíproca como disposición fundamental para la
misión.

20. El estilo sinodal de la Iglesia ofrece muchas


sugerencias importantes para la humanidad. En una época
caracterizada por desigualdades cada vez mayores, por
la creciente desilusión con los modelos tradicionales de
gobierno, por el desencanto con respecto al funcionamiento
de la democracia y el predominio del modelo de mercado
en las relaciones interhumanas y por la tentación de resolver
los conflictos recurriendo a la fuerza en lugar del diálogo,
la sinodalidad puede ser de inspiración para el futuro
de nuestras sociedades. Su atractivo radica en el hecho
de que no se trata de una estrategia de gestión, sino de
una práctica que hay que vivir y celebrar con gratitud. La
forma sinodal de vivir las relaciones es un testimonio social
que responde a la profunda necesidad humana de ser
acogidos y sentirse reconocidos dentro de una comunidad
concreta. Es un reto para el creciente aislamiento de las
personas y el individualismo cultural, que incluso la Iglesia
ha absorbido a menudo, y nos llama al cuidado mutuo, a la
interdependencia y a la corresponsabilidad en favor del bien
común. Pero también plantea un reto a un comunitarismo
social exagerado que asfixia a las personas y no les permite
ser sujetos libres de su propio desarrollo. La voluntad
de escuchar a todos, especialmente a los pobres, que
promueve el estilo de vida sinodal, contrasta fuertemente
con un mundo en el que la concentración de poder excluye
a los pobres, a los marginados y a las minorías. La concreción
del proceso sinodal ha mostrado hasta qué punto la Iglesia
misma necesita crecer en esta dimensión, éste es el objeto
del trabajo del grupo de estudio n. 2.

21. En todas las etapas del proceso sinodal resonó


con fuerza la necesidad de sanación, reconciliación y
restablecimiento de la confianza en el seno de la Iglesia
y de la sociedad. Se trata de una directriz fundamental
del compromiso misionero del Pueblo de Dios en nuestro
mundo, y al mismo tiempo un don que debemos invocar
desde lo alto. El deseo de recorrer este camino es en sí
mismo un fruto de la renovación sinodal.

10
Parte I
Relaciones
A lo largo del proceso sinodal y en todas las latitudes
surgió la exigencia de una Iglesia que no fuera burocrática,

Parte I - Relaciones
sino capaz de alimentar las relaciones: con el Señor, entre
hombres y mujeres, en la familia, en la comunidad, entre
los grupos sociales. Sólo una red de relaciones que teja la
multiplicidad de las pertenencias es capaz de sostener a
los individuos y a las comunidades, de ofrecerles puntos de
referencia y orientación y de mostrarles la belleza de la vida
según el Evangelio; es en las relaciones, con Cristo, con los
demás, en la comunidad, que se transmite la fe.

Como exigencia de la misión, la sinodalidad no debe


concebirse como un expediente organizativo, sino que
debe vivirse y cultivarse como el conjunto de modalidades
mediante las cuales los discípulos de Jesús tejen relaciones
solidarias, capaces de corresponder al amor divino que les
alcanza continuamente y que están llamados a testimoniar
en los contextos concretos en los que se encuentran. Para
comprender cómo ser una Iglesia sinodal en misión, es
necesario pasar por una conversión relacional, que reoriente
las prioridades y la acción de cada uno, especialmente de
aquellos cuya tarea es animar las relaciones al servicio de la
unidad, en la concreción de un intercambio de dones que
libera y enriquece a todos.

En Cristo y en el Espíritu: la iniciación cristiana


22. «La Iglesia peregrina es misionera por su misma
naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del
Hijo y del Espíritu Santo, según el designio salvífico de Dios
Padre» (AG 2). El encuentro con Jesús, la adhesión de fe a su
persona y la iniciación cristiana introducen en la vida misma
de la Trinidad. Al donar el Espíritu Santo, el Señor Jesús hace
partícipes de su relación con el Padre a quienes reciben el
bautismo. El Espíritu del que Jesús estaba lleno y que le
guiaba (cf. Lc 4,1), que le ungió y le envió a proclamar el

11
NOTE Evangelio (cf. Lc 4,18), que le resucitó de entre los muertos
(cf. Rom 8,11) es el mismo que ungió a los miembros del
Pueblo de Dios. Este Espíritu nos hace hijos y herederos
de Dios y por él nos dirigimos a Dios llamándole «¡Abba,
Padre!» (Gal 4,6; Rom 8,15)..

23. Para comprender la naturaleza de una Iglesia sinodal


en misión, es indispensable comprender su fundamento
trinitario y, en particular, el vínculo inextricable entre la obra
de Cristo y la del Espíritu Santo en la historia humana y en la
Iglesia: «El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena
y gobierna toda la Iglesia efectúa esa admirable unión de
los fieles y los congrega tan íntimamente a todos en Cristo»
(UR 2). Por ello, el itinerario de iniciación cristiana de adultos
es un contexto privilegiado para comprender la vida sinodal
de la Iglesia. Pone de relieve su origen y su fundamento: las
relaciones que unen y distinguen a las tres Personas divinas.
Con los dones bautismales, el Espíritu Santo nos conforma
a imagen de Cristo, sacerdote, profeta y rey, nos hace
miembros de su cuerpo, que es la Iglesia, y nos convierte en
hijos del único Padre. Recibimos así la llamada a la misión y
a la corresponsabilidad de lo que nos une en la Iglesia, una y
única. Esos dones tienen una orientación triple e indivisible:
personal, comunitaria y misionera. Permiten y comprometen
a cada bautizado, hombre o mujer, en la construcción de
relaciones fraternas en su propia comunidad eclesial, en la
búsqueda de una comunión cada vez más visible y profunda
con todos los que comparten el mismo Bautismo y en la
proclamación y testimonio del Evangelio.

24. Si la sinodalidad misionera está, por una parte,


enraizada en la iniciación cristiana, por otra, debe iluminar
el modo en que el Pueblo de Dios vive concretamente el
itinerario de iniciación y lo asume, haciéndolo suyo por lo
que realmente significa, superando una visión estática e
individualista del mismo, no suficientemente vinculada al
seguimiento de Cristo y a la vida en el Espíritu, para poder
recuperar así su valor dinámico y transformador. En los
primeros siglos, al leer en el Génesis que el sexto día Dios
dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza»
(Gen 1,26), los cristianos comprendieron que el dinamismo
relacional estaba inscrito en la antropología de la creación.
Vieron en la imagen del Hijo encarnado y en la semejanza,
la posibilidad gradual de conformación, la manifestación
de la aventura benéfica de la libertad de elegir estar con
y ser como Cristo. Esta aventura comienza con la escucha

12
de la Palabra de Dios, gracias a la cual el catecúmeno entra
progresivamente en el seguimiento de Cristo Jesús. El
bautismo está al servicio del dinamismo de la semejanza,
razón por la cual no es una acción puntual, encerrada en
el momento de su celebración, sino un don que debe ser
confirmado, alimentado y puesto en práctica mediante
el compromiso de conversión, el servicio a la misión y la
participación en la vida comunitaria. De hecho, la iniciación
cristiana culmina en la eucaristía dominical, que se repite
cada semana, signo del don incesante de la gracia que nos
conforma a Cristo y nos hace miembros de su cuerpo y

Parte I - Relaciones
alimento que nos sostiene en el camino de conversión y en
la misión.

25. En este sentido, la asamblea eucarística manifiesta


y alimenta la vida sinodal misionera de la Iglesia. En la
participación de todos los cristianos, en la presencia de los
diferentes ministerios y en la presidencia del obispo o del
presbítero, se hace visible la comunidad cristiana, en la que
se realiza una corresponsabilidad diferenciada de todos
por la misión. La liturgia, como «cumbre a la cual tiende
la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de
donde mana toda su fuerza» (SC 10), es al mismo tiempo
la fuente de la vida sinodal de la Iglesia y el prototipo de
todo acontecimiento sinodal, haciendo aparecer «como en
un espejo» el misterio de la Trinidad (1 Cor 13,12; cf. DV 7).

26. Es necesario que las propuestas pastorales y las


prácticas litúrgicas preserven y hagan cada vez más evidente
el vínculo entre el itinerario de iniciación cristiana y la vida
sinodal y misionera de la Iglesia, evitando su reducción a
instrumento meramente pedagógico o a indicador de una
pertenencia puramente social. Deben, en cambio, promover
la aceptación del don personal orientado a la misión y a
la edificación de la comunidad. Es necesario elaborar las
oportunas disposiciones pastorales y litúrgicas en la pluralidad
de las situaciones históricas y de las culturas en las que están
inmersas las distintas Iglesias locales, teniendo en cuenta
también la diferencia entre aquellas en las que la iniciación
cristiana implica sobre todo a jóvenes o adultos, y aquellas
en las que concierne, sobre todo, si no exclusivamente, a los
niños.

13
Para el Pueblo de Dios: carismas y ministerios
27. «Y hay diversidad de carismas, pero un mismo
Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo
Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios
que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la
manifestación del Espíritu para el bien común» (1 Cor 12,4-
7). En el origen de la variedad de los carismas (dones de
gracia) y de los ministerios (formas de servicio en la Iglesia
con vistas a su misión) se halla la libertad del Espíritu Santo:
los concede y trabaja incesantemente para que manifiesten
la unidad de la fe y la pertenencia a la Iglesia, una y única,
en la variedad de personas, culturas y lugares. Los carismas,
incluso los más comunes y difundidos, están destinados a
responder a las necesidades de la Iglesia y de su misión (cf.
LG 12). Al mismo tiempo, contribuyen eficazmente a la vida
de la sociedad, en sus diferentes aspectos. Los carismas son
a menudo compartidos y dan lugar a las diferentes formas
de vida consagrada y al pluralismo de las agregaciones
eclesiales.

28. El ámbito principal en el que están llamados a


manifestarse los carismas, de los que es portador cada
bautizado, no es la organización de las actividades o de las
estructuras eclesiales si no que es en la vida cotidiana, en
las relaciones familiares y sociales, en las situaciones más
diversas en las que los cristianos, individualmente o de
forma asociada, están llamados a hacer florecer los dones de
gracia recibidos para el bien de todos. La fecundidad de los
carismas, como la de los ministerios, depende de la acción de
Dios, de la vocación que Él dirige a cada uno, de la acogida
generosa y sabia de los bautizados y del reconocimiento
y acompañamiento por parte de la autoridad. Por tanto,
en ningún caso pueden interpretarse como propiedad de
quienes los reciben y ejercen, ni destinados a su beneficio
exclusivo.

29. Como expresión de la libertad del Espíritu a la hora


de otorgar sus dones y como respuesta a las necesidades
de las comunidades individuales, existe en la Iglesia una
variedad de ministerios que pueden ser ejercidos por
cualquier bautizado, hombre o mujer. Se trata de servicios
no ocasionales, reconocidos por la comunidad y por quienes
tienen la responsabilidad de dirigirla. Pueden denominarse
ministerios bautismales, para indicar su raíz común (el
bautismo) y distinguirlos de los ministerios ordenados,

14
arraigados en el sacramento del orden. Encontramos, por
ejemplo, hombres y mujeres que ejercen el ministerio de
coordinar una pequeña comunidad eclesial, el ministerio de
dirigir momentos de oración (en funerales o de otro tipo), el
ministerio extraordinario de la comunión u otros servicios,
no necesariamente de naturaleza litúrgica. El ordenamiento
canónico latino y el oriental ya prevén que, en determinados
casos, los fieles laicos, hombres o mujeres, puedan ser
también ministros extraordinarios del bautismo. En el
ordenamiento latino, el obispo puede delegar a fieles laicos,
hombres o mujeres, la asistencia a los matrimonios. Es útil

Parte I - Relaciones
seguir reflexionando sobre cómo confiar estos ministerios a
los laicos de forma más estable. Ésta, debe ir acompañada
de la reflexión sobre la promoción de formas más numerosas
de ministerialidad laical, también fuera del ámbito litúrgico.

30. En los últimos tiempos, algunas modalidades de


servicio, presentes desde hace tiempo en la vida de la Iglesia,
han recibido una nueva configuración como ministerios
instituidos: el ministerio del lectorado y del acolitado (cf.
Carta apostólica en forma de Motu proprio Spiritus Domini,
10 de enero de 2021), que no se limitan al ámbito litúrgico. Ha
tomado forma también el ministerio instituido de catequista
(cf. Carta apostólica en forma de Motu proprio Antiquum
ministerium, 10 de mayo de 2021). Los ministerios instituidos
son conferidos por el obispo a hombres y mujeres, una vez
en la vida, con un rito específico, tras un discernimiento
apropiado y una formación adecuada. Los plazos y las
modalidades de su ejercicio deben definirse mediante
un mandato de la autoridad legítima. La profundización
en algunas cuestiones teológicas y canónicas en torno a
formas específicas de ministerialidad eclesial – en particular
la cuestión de la necesaria participación de las mujeres en
la vida y la dirección de la Iglesia – ha sido encomendada
al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, en diálogo con la
Secretaría General del Sínodo (Grupo de estudio n. 5).

31. Aunque no todos los carismas adoptan una


configuración propiamente ministerial, todos los ministerios
se basan en carismas otorgados a determinados miembros
del Pueblo de Dios, que están llamados a actuar de diferentes
maneras para que cada uno en la comunidad pueda participar
en la edificación del cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12), en un
servicio recíproco. Al igual que los carismas, los ministerios
también deben ser reconocidos, promovidos y valorados.
El proceso sinodal ha evidenciado en reiteradas ocasiones

15
cómo el discernimiento y la promoción de los carismas y de
los ministerios, así como la identificación de las necesidades
de las comunidades y de las sociedades a las que están
llamadas a responder, debe ser un aspecto sobre el que
las Iglesias locales necesitan crecer, dotándose de criterios,
herramientas y procedimientos adecuados. El Concilio
Vaticano II enseña que es tarea de los pastores reconocer
los ministerios y los carismas «de tal suerte que todos, a su
modo, cooperen unánimemente en la obra común» (LG 30).
El discernimiento de los carismas y ministerios es una acción
propiamente eclesial: para reconocerlos y promoverlos, el
obispo está obligado a escuchar la voz de cuantos están
implicados: fieles, comunidades, órganos de participación.
Para ello, deberán identificarse procedimientos adecuados
para los diferentes contextos, procurando siempre alcanzar
un consenso real sobre los criterios y los resultados del
discernimiento. Las conclusiones del encuentro “Párrocos
para el Sínodo” subrayan con fuerza estas necesidades.

32. Nace también la invitación a una mayor confianza


en la acción del Espíritu y a un mayor coraje y creatividad a
la hora de discernir cómo poner, al servicio de la misión de
la Iglesia, los dones recibidos y acogidos, de modo que se
ajusten a los diferentes contextos locales. Es precisamente la
variedad de los contextos, y por tanto de las necesidades de
las comunidades, lo que sugiere que las Iglesias locales, bajo
la guía de sus pastores, y sus agrupaciones «en cada gran
territorio sociocultural» (AG 22), emprendan con humildad
y confianza un discernimiento creativo de los ministerios
que deben reconocer, confiar o instituir para responder a las
necesidades pastorales y de la sociedad. Por lo tanto, deben
definirse los criterios y los medios para llevar a cabo este
discernimiento. También debe iniciarse una reflexión sobre la
manera de confiar los ministerios bautismales (no instituidos
e instituidos), precisando los tiempos y los ámbitos de su
ejercicio, en una época en la que las personas se desplazan
de un lugar a otro con mayor facilidad.

33. El camino recorrido hasta ahora ha llevado a


reconocer que una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha,
capaz de acoger y acompañar, de ser percibida como hogar
y familia. Se trata de una necesidad que se expresa en todos
los continentes y afecta a las personas que, por diferentes
razones, están o se sienten excluidas o al margen de la
comunidad eclesial, o luchan por encontrar en ella el pleno
reconocimiento de su dignidad y de sus dones. Esta falta de

16
acogida les aleja, dificulta su camino de fe y de encuentro
con el Señor y priva a la Iglesia de su contribución a la misión.

34. Por tanto, parece sumamente oportuno dar vida a


un ministerio de escucha y de acompañamiento reconocido
y posiblemente instituido, gracias al cual este rasgo
característico de una Iglesia sinodal se pueda experimentar
concretamente. Se necesita una “puerta abierta” de la
comunidad, por la que pueda entrar la gente sin sentirse
amenazada o juzgada. Las formas de ejercer este ministerio
deberán adaptarse a las circunstancias locales, según

Parte I - Relaciones
la diversidad de experiencias, estructuras, contextos
sociales y recursos disponibles. Esto abre un espacio de
discernimiento que deberá articularse a nivel local, también
con la participación de las Conferencias Episcopales
nacionales o continentales. Sin embargo, la presencia de un
ministerio específico no significa reservar el compromiso de
la escucha únicamente a los ministros. Al contrario, reviste
un carácter profético. Por un lado, pone de relieve el hecho
de que la escucha y el acompañamiento son una dimensión
ordinaria de la vida de una Iglesia sinodal, que implica de
diferentes maneras a todos los bautizados y en la que todas
las comunidades están invitadas a crecer; por otro, recuerda
que la escucha y el acompañamiento son un servicio eclesial,
no una iniciativa personal, cuyo valor se reconoce así. Esta
toma de conciencia es un fruto maduro del proceso sinodal.

Con los ministros ordenados: al servicio de la armonía


35. Del proceso sinodal han surgido datos contradictorios
sobre el ejercicio del ministerio ordenado en el seno del Pueblo
de Dios. Por un lado, se destaca la alegría, el compromiso
y la dedicación de los obispos, de los presbíteros y de los
diáconos en el desempeño de su servicio; por otro, han
manifestado cierto cansancio, vinculado sobre todo a una
sensación de aislamiento, de soledad, de sentirse excluidos
de relaciones sanas y duraderas y de sentirse abrumados
por la exigencia de dar respuesta a todas las necesidades.
Este puede ser uno de los efectos tóxicos del clericalismo.
En particular, la figura del obispo suele estar expuesta a un
exceso de atribuciones, lo que alimenta expectativas poco
realistas con respecto a lo que una persona puede lograr por
sí sola.

36. El encuentro “Párrocos para el Sínodo” vinculó este

17
cansancio a la dificultad de obispos y presbíteros a la hora de
avanzar verdaderamente juntos en su ministerio compartido.
Una comprensión nueva del ministerio ordenado en el
horizonte de la Iglesia sinodal misionera representa, por
tanto, no sólo una exigencia de coherencia, sino también
una oportunidad de liberación de estas fatigas, a condición
de que vaya acompañada de una conversión efectiva de las
prácticas, que haga perceptible el cambio y los beneficios
que de él se derivan a los ministros ordenados y a los demás
fieles. Además de afectar a la vida personal de cada uno de
los ministros, este camino de conversión implicará una nueva
manera de pensar y de organizar la acción pastoral, que
tenga en cuenta la participación de todos los bautizados,
hombres y mujeres, en la misión de la Iglesia, centrándose
sobre todo en la necesidad de hacer emerger, reconocer y
animar los diferentes carismas y ministerios bautismales. La
pregunta «¿Cómo ser una Iglesia sinodal en misión?» nos
impulsa a reflexionar concretamente sobre las relaciones,
las estructuras y los procesos que pueden favorecer una
visión renovada del ministerio ordenado, pasando de una
modalidad piramidal de ejercer la autoridad a una sinodal.
En el marco de la promoción de los carismas y ministerios
bautismales, puede iniciarse una reasignación de tareas
cuyo desempeño no requiera el sacramento del Orden. Un
reparto más articulado de las responsabilidades favorecerá
también los procesos de toma de decisiones marcados por
un estilo más claramente sinodal.

37. En los textos conciliares, el ministerio ordenado se


concibe en términos muy precisos como servicio a la Iglesia y
para la existencia de la Iglesia. Con su autoridad, el Concilio
ha restablecido la forma habitual del ministerio ordenado en
la Iglesia antigua, un ministerio que «es ejercido en diversos
órdenes por aquellos que ya desde antiguo vienen llamándose
obispos, presbíteros y diáconos» (LG 28). En esta articulación,
episcopado y presbiterado corresponden a una participación
especial en el sacerdocio de Cristo, pastor y cabeza de la
comunidad eclesial, mientras que el diaconado no es «en
orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio» (LG 29). Los
distintos órdenes están orgánicamente relacionados entre
sí, en una interdependencia recíproca, en la especificidad de
cada uno. Ningún ministro puede considerarse a sí mismo
como un individuo aislado al que se le han conferido ciertos
poderes; más bien, debe concebirse como partícipe de los
dones (munera) de Cristo, conferidos por la ordenación,
junto con los demás ministros, en un vínculo orgánico con el

18
Pueblo de Dios del que forma parte. Este pueblo, aunque de
manera diferente, participa de esos mismos dones de Cristo
en el sacerdocio común fundamentado en el bautismo.

38. El obispo tiene la tarea de presidir una Iglesia, siendo


principio visible de unidad en ella y vínculo de comunión con
todas las Iglesias. La singularidad de su ministerio conlleva
una potestad que es propia, ordinaria e inmediata, potestad
que cada obispo ejerce personalmente en nombre de Cristo
(cf. LG 27) en la proclamación de la Palabra, en la presidencia
de la celebración eucarística y de los demás sacramentos, y

Parte I - Relaciones
en la guía pastoral. Esto no implica su independencia de la
porción del Pueblo de Dios que le ha sido encomendada (cf.
CD 11), y a la que está llamado a servir en nombre de Cristo
Buen Pastor. El hecho de que «en la consagración episcopal
se confiere la plenitud del sacramento del orden» (LG 21)
no es la justificación de un ministerio episcopal que tiende
a ser “monárquico”, concebido como una acumulación de
prerrogativas de las que deriva cualquier otro carisma y
ministerio. Por el contrario, se trata de afirmar la capacidad
y el deber de reunir y componer en unidad todo don que el
Espíritu derrama sobre los bautizados, hombres y mujeres,
y sobre las diversas comunidades. De algunos aspectos del
ministerio episcopal, entre ellos los criterios de selección de
los candidatos al episcopado se ocupa el grupo de estudio
n. 7.

39. El ministerio de los presbíteros también debe


concebirse y vivirse en un sentido sinodal. En particular,
los presbíteros «forman, junto con su Obispo, un solo
presbiterio» (LG 28) al servicio de esa porción del Pueblo
de Dios que es la Iglesia local (cf. CD 11). Esto requiere que
no se considere al obispo como externo al presbiterio, sino
como aquel que preside una Iglesia local principalmente
guiando al presbiterio, del que forma parte de manera
singular, y estando llamado a ejercer un cuidado especial
hacia los presbíteros.

40. Obispo y presbíteros son asistidos por los diáconos,


en un vínculo de mutua interdependencia de los dos tipos
de ministerio para la realización del servicio apostólico.
Obispo y presbíteros no son autosuficientes con respecto
a los diáconos, y viceversa. Puesto que las funciones de los
diáconos son múltiples, como demuestran la tradición, la
oración litúrgica y la praxis posterior al Vaticano II, estas han
de identificarse en la especificidad de cada Iglesia local. En

19
todo caso, el servicio de cada diácono debe concebirse en
armonía y comunión con el de todos los demás diáconos,
de acuerdo con la naturaleza del ministerio diaconal y en el
marco de referencia de la misión en una Iglesia sinodal.

41. Además de promover la unidad en la Iglesia local,


el obispo diocesano o eparquial, asistido por presbíteros y
diáconos, es también responsable de las relaciones con las
demás Iglesias locales y con toda la Iglesia en torno al Obispo
de Roma, en un intercambio recíproco de dones. Parece
importante restablecer el vínculo tradicional entre ser obispo
y presidir una Iglesia local, restableciendo la correspondencia
entre la comunión de los obispos (communio episcoporum)
y la comunión de las Iglesias (communio Ecclesiarum).

Entre las Iglesias y en el mundo: la concreción de la


comunión
42. La sinodalidad se realiza a través de redes de personas,
comunidades, organismos y un conjunto de procesos que
permiten un intercambio eficaz de dones entre las Iglesias y
un diálogo evangelizador con el mundo. Caminar juntos como
bautizados en la diversidad de los carismas, de las vocaciones
y de los ministerios, así como en el intercambio de dones
entre las Iglesias, es un signo sacramental importante para el
mundo actual, que, por una parte, experimenta formas cada
vez más intensas de interconexión y, por otra, está inmerso
en una cultura mercantil que margina la gratuidad.

43. Según el Concilio, es en virtud de la catolicidad de la


Iglesia que «cada una de las partes colabora con sus dones
propios con las restantes partes y con toda la Iglesia» (LG
13). De ella «se derivan finalmente, entre las diversas partes
de la Iglesia, unos vínculos de íntima comunión en lo que
respecta a riquezas espirituales, obreros apostólicos y ayudas
temporales. Los miembros del Pueblo de Dios son llamados
a una comunicación de bienes, y las siguientes palabras del
apóstol pueden aplicarse a cada una de las Iglesias: “El don
que cada uno ha recibido, póngalo al servicio de los otros,
como buenos administradores de la multiforme gracia de
Dios” (1 P 4,10)» (ibíd.).

44. Las Conferencias Episcopales desean que los


bienes se compartan en un espíritu de solidaridad entre las
Iglesias que constituyen la Iglesia católica, una y única, sin

20
ningún afán de dominación ni pretensión de superioridad:
la existencia de Iglesias ricas y de Iglesias que viven en
condiciones de gran penuria es un escándalo. Por ello,
se sugiere que se tomen disposiciones para promover los
lazos mutuos y formar redes de apoyo también a nivel de
las agrupaciones de Iglesias.

45. Todas las Iglesias locales reciben y dan en la


comunión de la única Iglesia. Hay Iglesias que necesitan
el apoyo de recursos financieros y materiales; otras que
se enriquecen con el testimonio de la fe viva y del servicio

Parte I - Relaciones
amoroso a los más pobres; otras necesitan, sobre todo, la
ayuda de los evangelizadores que comparten su vida para
comunicar el Evangelio a otros pueblos. En particular, se
reconoce y solicita la generosidad de presbíteros, diáconos,
consagradas y consagrados, laicos y laicas comprometidos
en la misión ad gentes.

46. Las Iglesias locales expresan el deseo de un


intercambio de dones espirituales, litúrgicos y teológicos, y
también de un mayor testimonio compartido sobre cuestiones
sociales de importancia mundial, como el cuidado de la casa
común y los movimientos migratorios. A este respecto, una
Iglesia sinodal podrá dar testimonio de la importancia de
que las soluciones a los problemas comunes se elaboren
sobre la base de la escucha de las voces de todos, incluidos
especialmente aquellos grupos, comunidades y países que
suelen permanecer al margen de los grandes procesos
mundiales. Un horizonte especialmente prometedor hoy
en día para realizar formas de intercambio de dones y
de compromiso coordinado es el de los grandes ámbitos
geográficos supranacionales, como la Amazonia, la cuenca
del Congo, el Mediterráneo u otros similares.

47. En particular, una Iglesia sinodal está invitada a


leer en la perspectiva del intercambio de dones también la
realidad de la movilidad humana, que se convierte en una
oportunidad de encuentro entre las Iglesias en la concreción
de la vida cotidiana de las ciudades y de los barrios, de las
parroquias y de las diócesis o eparquías, contribuyendo así
a enraizar el camino sinodal en la experiencia vivida por
las comunidades. Deberá prestarse especial atención a la
posibilidad de encuentro e intercambio de dones entre las
Iglesias de tradición latina y las Iglesias católicas orientales
de la diáspora, tema sobre el que trabaja el grupo de
estudio n. 1.

21
48. El intercambio de dones entre las Iglesias tiene lugar
en contextos marcados por la violencia, la persecución y la
falta de libertad religiosa; más aún, algunas Iglesias luchan
por su propia supervivencia e invocan la solidaridad de las
otras Iglesias, mientras continúan compartiendo sus riquezas,
fruto del enfrentamiento constante con la oposición al
Evangelio y la persecución que a lo largo de la historia afecta
a los discípulos del Señor. Además, el intercambio de dones
tiene lugar en un contexto que aún siente los efectos del
colonialismo y del neocolonialismo, que no han terminado.
Una Iglesia que crece en la práctica de la sinodalidad está
invitada a comprender el impacto de estas dinámicas sociales
en el intercambio de dones y a buscar su transformación.
También forma parte de este compromiso el reconocimiento
de que muchas Iglesias son portadoras de una memoria
herida y de que es necesario promover vías concretas de
reconciliación.

49. La expresión “intercambio de dones” posee un valor


importante en las relaciones con otras Iglesias y comunidades
eclesiales. San Juan Pablo II aplicó esta idea al diálogo
ecuménico: «El diálogo no es sólo un intercambio de ideas.
Es siempre de algún modo un “intercambio de dones”» (UUS
28). Además del diálogo teológico, el intercambio de dones
tiene lugar en la puesta en común de la oración, por la cual
nos abrimos a recibir los dones de tradiciones espirituales
distintas de la nuestra. El ejemplo de mujeres y hombres
santos de otras Iglesias y comunidades eclesiales es también
un don que podemos recibir, incluyendo por ejemplo su
memoria en nuestro calendario litúrgico, especialmente la
de los mártires. En este espíritu debemos ser generosos,
ofreciendo a otros cristianos la oportunidad de peregrinar
y rezar en los santuarios y lugares santos custodiados por la
Iglesia católica.

50. El diálogo entre las religiones y con las culturas no


es ajeno al camino del Sínodo, sino que forma parte de su
llamada a vivir relaciones más intensas, por el hecho de que
«en todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien
le teme y practica la justicia» (LG 9; cf. Hch 10,35). Por
tanto, el intercambio de dones no se limita a las Iglesias y
comunidades eclesiales, porque una auténtica catolicidad
amplía el horizonte y pide la voluntad de acoger también
aquellos factores de promoción de la vida, de la paz, de la
justicia y del desarrollo humano integral presentes en otras
culturas y tradiciones religiosas.

22
Parte II
Itinerarios
Una Iglesia sinodal es una Iglesia relacional, en la que
las dinámicas interpersonales forman el tejido de la vida de
una comunidad en misión, en un contexto cada vez más
complejo. Esta perspectiva no separa, sino que capta los
vínculos entre las experiencias, permitiendo aprender de
la realidad releída a la luz de la Palabra, de la Tradición,
de los testimonios ejemplares, pero también de los errores
cometidos.

La Parte II destaca los procesos que garantizan el

Parte II - Itinerarios
cuidado y el desarrollo de las relaciones, en particular, la
unión con Cristo en vista de la misión, y la armonía de la
vida comunitaria, gracias a la capacidad de afrontar juntos
los conflictos y las dificultades. Se centra en cuatro ámbitos
distintos, pero profundamente entrelazados en la vida de
la Iglesia sinodal misionera: la formación, especialmente
a la escucha (de la Palabra de Dios, de los hermanos y
hermanas y de la voz del Espíritu) y al discernimiento, que
lleva al desarrollo de modalidades participativas de toma
de decisiones, respetando los diferentes roles, con una
circularidad que llega a la transparencia, a rendir cuentas
de las responsabilidades recibidas y a una evaluación que
relanza el discernimiento para la misión.

Fuente y culmen de este dinamismo es la Eucaristía,


que pone en la raíz de las relaciones la gratuidad del amor
del Padre, a través del Hijo en el Espíritu. El alimento que
sostiene a una Iglesia sinodal misionera es también el
contenido de su anuncio al mundo.

Una formación integral y compartida

51. «Preocuparse de la propia formación es la respuesta

23
NOTE que todo bautizado está llamado a dar a los dones del Señor,
para hacer fructificar los talentos recibidos y ponerlos al
servicio de todos» (IdS 14a). Estas palabras del Informe de
Síntesis de la Primera Sesión explican por qué la necesidad
de formación fue uno de los temas que surgieron con
mayor fuerza y universalidad a lo largo del proceso sinodal.
Responder a la pregunta «¿Cómo ser una Iglesia sinodal en
misión?» requiere, por tanto, dar prioridad a la elaboración
de itinerarios de formación coherentes, con especial
atención a la formación permanente para todos.

52. Para muchos, la participación en las reuniones


sinodales ha sido una oportunidad de formación en
la comprensión y la práctica de la sinodalidad, que ha
hecho aflorar con fuerza el deseo de comprender mejor
el significado de la dignidad bautismal o ese «sentido
sobrenatural de la fe» (LG 12) del que el Espíritu hace don
al Pueblo de Dios. La primera necesidad es, pues, una
formación más profunda en el conocimiento del modo en
que el Espíritu actúa en la Iglesia y la guía a lo largo de la
historia.

53. No hay misión sin contexto, no hay Iglesia sin


arraigo en un lugar preciso, con sus especificidades
culturales y sus contingencias históricas. Por eso no
es posible elaborar planes de formación en abstracto.
Su definición corresponde a las Iglesias locales y a sus
agrupaciones. Aquí, por tanto, nos limitamos a indicar
algunas orientaciones y características fundamentales de la
formación en la perspectiva de la sinodalidad, que han de
concretarse, teniendo en cuenta los contextos, las culturas
y las tradiciones de los diferentes lugares.

54. Una Iglesia sinodal misionera se funda en la


capacidad de escucha, lo que exige reconocer que nadie
es autosuficiente en el ejercicio de su misión y que todos
tienen algo que ofrecer y algo que aprender de los demás.
La formación en la escucha es, por tanto, un primer requisito
esencial. La práctica de la conversación en el Espíritu
ha permitido experimentar cómo pueden entrelazarse
la escucha de la Palabra de Dios y la de los hermanos y
hermanas, y cómo esta dinámica abre progresivamente
a la escucha de la voz del Espíritu: muchas aportaciones
recibidas insisten en la importancia de formarse en este

24
método. En la Iglesia existe una gama diversa de métodos
de escucha, diálogo y discernimiento, en función de la
diversidad de culturas y tradiciones espirituales. Promover
la formación en esta pluralidad de métodos y el diálogo
entre ellos en los contextos locales es un objetivo de gran
relevancia. Un punto especialmente significativo en esta
dirección es la escucha de las personas que experimentan
diversos tipos de pobreza y marginación. Muchas Iglesias
señalan que no se sienten preparadas para esta tarea y
expresan la necesidad de una formación específica. Este es
uno de los puntos encomendados a los trabajos del Grupo
de Estudio n. 2.

55. El objetivo de la formación en la perspectiva de


la sinodalidad misionera es que haya testigos, hombres
y mujeres, capaces de asumir la misión de la Iglesia en
corresponsabilidad y en cooperación con la fuerza del
Espíritu (cf. Hch 1,8). Por tanto, la formación tomará como
base el dinamismo de la iniciación cristiana, con el fin de

Parte II - Itinerarios
promover la experiencia personal del encuentro con el Señor
y, en consecuencia, un proceso de conversión continua de
actitudes, relaciones, mentalidad y estructuras. El sujeto de
la misión es siempre la Iglesia y cada uno de sus miembros
es testigo y anunciador de la salvación debido a esta
pertenencia. La Eucaristía, «fuente y cumbre de toda la vida
cristiana» (LG 11), es el lugar fundamental de formación a
la sinodalidad. La familia, como comunidad de vida y amor,
es un lugar privilegiado de educación a la fe y a la práctica
cristiana. En el entrelazamiento de generaciones, es una
escuela de sinodalidad, que invita a cada uno a cuidar de
los demás y hace visible que todos, los débiles y los fuertes,
los niños, los jóvenes y los ancianos, tienen mucho que
recibir y mucho que dar.

56. En una Iglesia sinodal, la formación debe ser integral.


De hecho, no pretende únicamente adquirir nociones o
competencias, sino promover la capacidad de encuentro,
de compartir y de cooperar, de discernir en común. Por
tanto, debe interpelar a todas las dimensiones de la
persona: intelectual, afectiva y espiritual. No puede ser una
formación puramente teórica, sino que incluye experiencias
concretas convenientemente acompañadas. Es igualmente
importante promover el conocimiento de las culturas en las
que viven y trabajan las Iglesias, incluida la cultura digital, tan

25
omnipresente hoy en día, sobre todo entre los jóvenes. El
trabajo del Grupo de Estudio n. 3 está dedicado a la cultura
digital y a la promoción de una formación adecuada en este
campo.

57. Por último, se hizo especial hincapié en la


necesidad de una formación común y compartida, en la que
participen juntos hombres y mujeres, laicos, consagrados y
consagradas, ministros ordenados y candidatos al ministerio
ordenado, que les permita crecer en el conocimiento y la
estima recíproca y en la capacidad de colaborar. Del mismo
modo, se requiere una atención especial a la promoción
de la participación de las mujeres en los programas de
formación, junto a seminaristas, sacerdotes, religiosos y
laicos. También es de crucial importancia su acceso a los
roles de docente y formador en las facultades e institutos
teológicos y en los seminarios. También se sugiere
ofrecer a los obispos, presbíteros y laicos una formación
sobre las tareas que las mujeres ya pueden desempeñar
en la Iglesia y promover una evaluación del uso real que
se hace de estas oportunidades en todos los ámbitos
de la vida eclesial: parroquias, diócesis, asociaciones de
laicos, movimientos eclesiales, nuevas comunidades, vida
consagrada, instituciones eclesiásticas, hasta la Curia
Romana. Los trabajos del Grupo de Estudio n. 4 están
dedicados a la revisión de la formación de los candidatos
al ministerio ordenado (Ratio Fundamentalis Institutionis
Sacerdotalis) en una perspectiva sinodal misionera. Una
petición procedente de todos los continentes es la de
ocuparse de la formación en la predicación. Por último,
surge la necesidad de una formación compartida, tanto
teórica como práctica, en el discernimiento comunitario
dentro de los diferentes contextos locales.

El discernimiento eclesial para la misión

58. El Espíritu único, que suscita una gran variedad de


carismas, guía a la Iglesia hacia la plenitud de la vida y de
la verdad divina (cf. Jn 10,10; 16,13). Por su presencia y
acción continuas, la «Tradición, que deriva de los Apóstoles,
progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo»
(DV 8). Gracias a la guía del Espíritu, el Pueblo de Dios, en

26
cuanto partícipe de la función profética de Cristo (cf. LG
12), «procura discernir en los acontecimientos, exigencias
y deseos, de los cuales participa juntamente con sus
contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia
o de los planes de Dios» (GS 11). Esta tarea eclesial de
discernimiento se arraiga en el sensus fidei, animado por el
Espíritu Santo, que puede describirse como ese “olfato” o
capacidad instintiva del Pueblo de Dios, bajo la guía de los
pastores (cf. LG 12), para «encontrar nuevos caminos que
el Señor abre a la Iglesia» (Francisco, Discurso con ocasión
de la conmemoración del 50 aniversario de la institución
del Sínodo de los Obispos, 17 de octubre de 2015).

59. El discernimiento compromete a quienes participan


en él, a nivel personal y todos juntos a nivel comunitario,
pidiéndoles que cultiven las disposiciones de libertad
interior, de apertura a la novedad y de abandono confiado a
la voluntad de Dios, y que se escuchen unos a otros para oír
«lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (Ap 2,7). María, con su

Parte II - Itinerarios
presencia orante en el corazón de la comunidad apostólica
en el Cenáculo (cf. Hch 1,14), es para todos un modelo vivo y
una guía generadora de una auténtica espiritualidad sinodal:
en la escucha perseverante y responsable de la Palabra y
en el discernimiento meditativo de los acontecimientos (cf.
Lc 1,26-38; 2,19.51), en la apertura generosa a la acción
del Espíritu Santo (cf. Lc 1,35), en el compartir la acción de
gracias por la obra del Señor (cf. Lc 1,39-56) y en el servicio
concreto y puntual a todas y cada una de las personas (cf.
Jn 2,1-12) que Jesús encomendó a sus cuidados maternales
(cf. Jn 19,25-27).

60. Precisamente dado que requiere que cada uno


comparta su punto de vista en la perspectiva de la
misión común, un proceso de discernimiento articula
concretamente comunión, misión y participación. En
otras palabras, es una forma de caminar juntos. Por eso
es fundamental promover una amplia participación en los
procesos de discernimiento, cuidando especialmente la
implicación de quienes se encuentran en los márgenes de
la comunidad cristiana y de la sociedad.

61. El punto de partida y el criterio de referencia de


todo discernimiento eclesial es la escucha de la Palabra de
Dios. Las Sagradas Escrituras constituyen el testimonio por

27
excelencia de la comunicación de Dios con la humanidad.
Atestiguan que Dios ha hablado a su pueblo y sigue
haciéndolo, y presentan distintos canales a través de los
cuales se produce esta comunicación. Dios habla a través
de la meditación personal de las Escrituras, en la que
resuena “algo” del texto bíblico sobre el que se reza. Dios
habla a la comunidad en la liturgia, lugar hermenéutico
por excelencia de lo que el Señor dice a su Iglesia. Dios
habla a través de la Iglesia, que es madre y maestra, a
través de su tradición viva y sus prácticas, incluidas las
de la piedad popular. Dios sigue hablando a través de
los acontecimientos que tienen lugar en el espacio y en
el tiempo, siempre que sepamos discernir su significado.
De nuevo, Dios se comunica con su Pueblo a través de los
elementos del cosmos, cuya existencia misma remite a la
acción del Creador y que está lleno de la presencia del
Espíritu Santo “que da la vida”. Por último, Dios habla en
la conciencia personal de cada uno, que «es el núcleo más
secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente
a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo
de aquélla» (GS 16). Un auténtico discernimiento no puede
descuidar ninguno de estos canales de comunicación.

62. El discernimiento comunitario no es una técnica


organizativa, sino una práctica exigente que cualifica la
vida y la misión de la Iglesia vivida en Cristo y en el Espíritu
Santo. Por eso debe realizarse siempre con la conciencia y
la voluntad de estar reunidos en el nombre del Señor Jesús
(cf. Mt 18,20), escuchando la voz del Espíritu Santo. Como
prometió Jesús, sólo el Espíritu Santo puede conducir a
la Iglesia por el camino de la plenitud de la verdad (cf. Jn
16,13) y de la vida, para dispensarlas a un mundo sediento
de sentido. El método con el que el Pueblo de Dios vive su
camino de anuncio y testimonio del Evangelio tiene aquí
sus raíces. Por tanto, es prioritario aprender a practicar
a todos los niveles ese arte evangélico que permitió a la
comunidad apostólica de Jerusalén sellar el resultado del
primer acontecimiento sinodal de la historia de la Iglesia
con las palabras: «Hemos decidido, el Espíritu Santo y
nosotros» (Hch 15,28). En este espíritu, la práctica de la
vida sinodal misionera de la Iglesia en lugares, organismos
y acontecimientos concretos, debe recomponerse y
reorientarse.

28
63. Las opciones procesales concretas, en su
variedad, deben ser coherentes con las exigencias de la
metodología teológica subyacente. También sobre la
base de la experiencia del proceso sinodal, es posible
identificar algunos elementos clave para el diseño de
cualquier procedimiento: a) una vida de oración personal y
comunitaria, que incluya la participación en la Eucaristía; b)
una preparación personal y comunitaria adecuada, fundada
en la escucha de la Palabra de Dios y de la realidad; c) una
escucha respetuosa y profunda de la palabra de cada uno;
d) la búsqueda de un consenso lo más amplio posible no por
intersección (por tanto, a la baja), sino por desbordamiento,
tratando de poner de relieve lo que más hace “arder nuestro
corazón” (cf. Lc 24,32); e) la formulación del consenso,
por parte de quien conduce el proceso y su devolución a
todos los participantes, quienes deben confirmar o no si se
sienten reconocidos en esa formulación.

64. El discernimiento siempre tiene lugar “con los pies

Parte II - Itinerarios
en la tierra”, es decir, dentro de un contexto concreto, cuyas
complejidades y peculiaridades deben conocerse lo mejor
posible. Por lo tanto, no podrá más que beneficiarse de la
aportación que brota del análisis de las distintas ciencias
humanas, sociales y administrativas pertinentes para el
asunto en cuestión. A la competencia técnica y científica
no le corresponde la última palabra –lo que significaría
caer en una deriva tecnocrática– sino «dar una base de
concreción al camino ético y espiritual que sigue» (LS 15).
Será por tanto necesario garantizar que pueda ofrecer su
aportación, de la cual no se puede prescindir, sin adquirir
un papel dominante sobre las demás perspectivas.

65. En la Iglesia existe una gran variedad de enfoques


para el discernimiento y de metodologías consolidadas.
Esta variedad es una riqueza: con las adaptaciones
adecuadas a los diferentes contextos, todos los enfoques
pueden resultar fecundos. Con vistas al bien común, es
importante que entablen un diálogo cordial, sin dispersar
las especificidades de cada uno y sin un atrincheramiento
identitario. La fecundidad de la conversación en el Espíritu,
que surgió en todas las etapas del proceso sinodal, nos
invita a considerar esta forma peculiar de discernimiento
eclesial como particularmente adecuada para el ejercicio
de la sinodalidad.

29
66. En las Iglesias locales es esencial ofrecer
oportunidades de formación que difundan y alimenten
una cultura del discernimiento, especialmente entre
quienes ocupan puestos de responsabilidad. Es igualmente
importante cuidar la formación de acompañantes o
facilitadores, cuya aportación resulta a menudo crucial
para llevar a cabo los procesos de discernimiento. En esta
línea se inscribe también el trabajo del grupo de estudio
n. 9, dedicado a la preparación de criterios teológicos y
metodologías sinodales para un discernimiento compartido
de cuestiones doctrinales, pastorales y éticas controvertidas.

La articulación de los procesos de toma de


decisiones

67. «En la Iglesia sinodal toda la comunidad, en la libre


y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar,
escuchar, analizar, dialogar, discernir y aconsejar para que
se tomen las decisiones pastorales más conformes con la
voluntad de Dios» (CTI, n. 68). Más que una profundización,
esta afirmación debe ponerse en práctica. Es difícil
imaginar una manera más eficaz de promover una Iglesia
sinodal que la participación de todos en los procesos de
toma de decisiones. Esta participación tiene lugar sobre
la base de una responsabilidad diferenciada que respeta a
cada miembro de la comunidad y valora sus capacidades y
dones con vistas a la decisión compartida.

68. Para favorecer su aplicación, parece oportuno


reflexionar sobre la articulación de los procesos de toma
de decisiones. Éste suele incluir una fase de elaboración o
instrucción (decision-making, según la terminología inglesa
utilizada también en otros idiomas), «mediante un trabajo
común de discernimiento, consulta y cooperación» (CTI, n.
69), que informa y apoya la posterior toma de decisiones
(decision-taking), que corresponde a la autoridad
competente (por ejemplo, en una diócesis o eparquía, al
obispo). No hay competencia ni contraste entre las dos
fases, sino que, por su articulación, contribuyen a que las
decisiones tomadas sean lo más conformes posible con
la voluntad de Dios: «La elaboración es una competencia
sinodal, la decisión es una responsabilidad ministerial»
(ibíd.).

30
69. En muchos casos, la legislación vigente ya prescribe
que, antes de tomar una decisión, la autoridad está obligada
a realizar una consulta. Esta consulta eclesial no puede
dejar de hacerse y va mucho más allá de la escucha, ya
que compromete a la autoridad a no proceder como si no
hubiera tenido lugar. La autoridad sigue siendo libre desde
el punto de vista jurídico, ya que el dictamen consultivo
no es vinculante, pero, si está de acuerdo, no se apartará
de él sin una razón convincente (sine praevalenti ratione;
CIC, c. 127, § 2, 2°). Si lo hiciera, se aislaría del grupo de
los consultados, constituyendo una lesión al vínculo que los
une. En la Iglesia, el ejercicio de la autoridad no consiste
en la imposición de una voluntad arbitraria, sino que, como
ministerio al servicio de la unidad del Pueblo de Dios,
constituye una fuerza moderadora de la búsqueda común
de lo que el Espíritu requiere.

70. En una Iglesia sinodal, la competencia decisoria del


obispo, del Colegio Episcopal y del Romano Pontífice es

Parte II - Itinerarios
inalienable, ya que está arraigada en la estructura jerárquica
de la Iglesia establecida por Cristo. Sin embargo, no es
incondicional: no se puede ignorar una directriz que surja en
el proceso consultivo como resultado de un discernimiento
correcto, especialmente si lo llevan a cabo los organismos
de participación de la Iglesia local. El objetivo del
discernimiento eclesial sinodal no es hacer que los obispos
obedezcan a la voz del Pueblo, subordinando los primeros
al segundo, ni ofrecer a los obispos un expediente para
hacer aceptables decisiones ya tomadas, sino conducir a
una decisión compartida en obediencia al Espíritu Santo.
Una oposición entre consulta y deliberación es, por tanto,
inadecuada: en la Iglesia la deliberación tiene lugar con la
ayuda de todos, nunca sin que la autoridad pastoral decida
en virtud de su cargo. Por esta razón, la fórmula recurrente
en el CIC, que habla de un “voto sólo consultivo” (tantum
consultivum), disminuye el valor de la consulta y debe
corregirse.

71. Corresponde a las Iglesias locales aplicar cada


vez más todas las posibilidades de dar vida a procesos
de decisión auténticamente sinodales, adecuados a las
especificidades de los diferentes contextos. Se trata de
una tarea de gran importancia y urgencia, ya que de ella
depende en gran medida el éxito de la realización de la

31
fase de implementación del Sínodo. Sin cambios concretos,
la visión de una Iglesia sinodal no será creíble y esto alejará
a los miembros del Pueblo de Dios que han sacado fuerza
y esperanza del camino sinodal. Esto se aplica aún más
especialmente a la participación efectiva de las mujeres
en los procesos de elaboración y de toma de decisiones,
como se pide en muchas de las aportaciones recibidas de
las Conferencias Episcopales.

72. Por último, no hay que olvidar que los procesos de


consulta, discernimiento comunitario o toma de decisiones
sinodales requieren que cuantos participan en éstos, tengan
acceso efectivo a toda la información relevante, para que
puedan formular su propia opinión con conocimiento de
causa. Es responsabilidad de la autoridad que inicia el
proceso garantizar que así sea. Unos procesos de toma de
decisiones sinodales sólidos requieren un nivel adecuado
de transparencia. Del mismo modo, conviene subrayar
la delicadeza de la tarea y la especial responsabilidad de
quienes expresan su opinión en una consulta.

Transparencia, rendición de cuentas, evaluación

73. Una Iglesia sinodal necesita una cultura y una


práctica de la transparencia y la rendición de cuentas
(accountability, término inglés utilizado también en otras
lenguas), indispensables para promover la confianza mutua
necesaria para caminar juntos y ejercer la corresponsabilidad
en la misión común. En la Iglesia, el ejercicio de la rendición
de cuentas no responde en primer lugar a exigencias de
carácter social y organizativo. Su fundamento se encuentra
más bien en la naturaleza de la Iglesia como misterio de
comunión.

74. En el Nuevo Testamento podemos encontrar


prácticas de rendición de cuentas en la vida de la Iglesia
primitiva, significativamente relacionadas precisamente
con la custodia de la comunión. Un ejemplo es el cap. 11
de los Hechos de los Apóstoles: cuando Pedro regresa
a Jerusalén tras haber bautizado a Cornelio, un pagano,
«los de la circuncisión le dijeron en son de reproche: “Has
entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos”»

32
(Hch 11, 2-3). Pedro responde con un relato que da cuenta
de las razones de sus acciones. Dar cuenta del propio
ministerio a la comunidad pertenece a la tradición más
antigua, que se remonta a la Iglesia apostólica. La teología
cristiana del servicio (stewardship) ofrece un marco en el
que comprender el ejercicio de la autoridad y situar la
reflexión sobre la transparencia y la rendición de cuentas.

75. En nuestra época, la exigencia de transparencia


y rendición de cuentas en la Iglesia y por parte de la
Iglesia, se ha impuesto a raíz de la pérdida de credibilidad
debida a los escándalos financieros y, sobre todo, a los
abusos sexuales y de otro tipo a menores y personas
vulnerables. La falta de transparencia y de rendición
de cuentas alimenta el clericalismo, que se basa en el
supuesto implícito de que los ministros ordenados no
tienen que rendir cuentas a nadie por el ejercicio de la
autoridad que se les ha conferido.

Parte II - Itinerarios
76. Si la Iglesia sinodal quiere ser acogedora, la rendición
de cuentas y la transparencia deben estar en el centro de su
acción a todos los niveles y no sólo a nivel de autoridad. Sin
embargo, quienes ocupan puestos de autoridad tienen una
mayor responsabilidad a este respecto. La transparencia
y la rendición de cuentas no se limitan al ámbito de los
abusos sexuales y financieros. También deben referirse a
los planes pastorales, a los métodos de evangelización y a
las modalidades con que la Iglesia respeta la dignidad de
la persona humana, por ejemplo, en lo que respecta a las
condiciones de trabajo en sus instituciones.

77. Si bien la práctica de la rendición de cuentas a


los superiores se ha conservado a lo largo de los siglos,
debe recuperarse la dimensión de la rendición de cuentas
de la autoridad ante la comunidad. La transparencia
debe ser una característica del ejercicio de la autoridad
en la Iglesia. Hoy en día, parecen necesarias estructuras
y formas de evaluar periódicamente el modo en que se
ejercen las responsabilidades ministeriales de todo tipo. La
evaluación, entendida en un sentido no moralista, permite
a los ministros realizar los ajustes oportunos y favorece su
crecimiento y su capacidad de prestar un mejor servicio.

33
78. Además de observar lo ya previsto en las normas
canónicas en materia de criterios y mecanismos de control,
corresponde a las Iglesias locales y especialmente a sus
agrupaciones (Conferencias Episcopales y Estructuras
Jerárquicas Orientales) construir formas y procedimientos
eficaces de transparencia y rendición de cuentas, adecuados
a la variedad de contextos, partiendo del marco normativo
civil, de las expectativas de la sociedad y de la disponibilidad
real de competencias en la materia. Sin embargo, incluso
allí donde los recursos sean escasos, la Iglesia trabajará por
una evolución de su trabajo y de su mentalidad común en la
dirección de la transparencia y de una cultura de rendición
de cuentas.

79. En particular, en formas adecuadas a los diferentes


contextos, parece necesario garantizar al menos: a)
un funcionamiento eficaz de los Consejos de Asuntos
Económicos; b) la participación efectiva del Pueblo de
Dios, en particular de los miembros más competentes, en
la planificación pastoral y económica; c) la elaboración y
publicación (accesibilidad efectiva) de un balance financiero
anual, en la medida de lo posible certificado por auditores
externos, que haga transparente la gestión de los bienes y
de los recursos financieros de la Iglesia y de sus instituciones;
d) un informe anual sobre el rendimiento y desarrollo de
la misión, que incluya una ilustración de las iniciativas
emprendidas en materia de safeguarding (protección de
menores y personas vulnerables) y la promoción del acceso
de las mujeres a puestos de autoridad y su participación
en los procesos de toma de decisiones; e) procedimientos
de evaluación periódica del rendimiento y desarrollo de
todos los ministerios y cargos de la Iglesia. Una vez más,
se trata de un punto de gran importancia y urgencia para
la credibilidad del proceso sinodal y su puesta en práctica.

34
Parte III
Lugares
La vida sinodal misionera de la Iglesia, las relaciones
que la estructuran y los caminos que aseguran su desarrollo,
nunca pueden prescindir de la concreción de un “lugar”, es
decir, de un contexto y de una cultura. Esta Parte III nos
invita a superar una visión estática de los lugares, que los
ordena por niveles o grados sucesivos (Parroquia, Zona,
Diócesis o Eparquía, Provincia Eclesiástica, Conferencia
Episcopal o Estructura Jerárquica Oriental, Iglesia Universal)
según un modelo piramidal. En realidad, esto nunca ha sido
así: la red de relaciones e intercambio de dones entre las
Iglesias siempre ha tenido una forma reticular y no lineal,
en el vínculo de unidad del que el Romano Pontífice es el
principio y fundamento perpetuo y visible, y la catolicidad
de la Iglesia nunca ha coincidido con un universalismo
abstracto. Además, en el contexto de una concepción del
espacio en constante evolución, restringir la acción de la
Iglesia a límites puramente espaciales la aprisionaría en un

Parte III - Lugares


inmovilismo fatal y en una preocupante repetición pastoral,
incapaz de captar a la parte más dinámica de la población,
especialmente a los jóvenes. En cambio, los lugares
deben situarse en una perspectiva de interioridad mutua,
concretarse también en las relaciones entre las Iglesias y
en sus agrupaciones dotadas de una unidad de sentido.
El servicio de la unidad que compete al Obispo de Roma
y al Colegio de los Obispos en comunión con él, debe
ajustarse también a este escenario, elaborando las formas
institucionales adecuadas para su ejercicio.

Territorios que recorrer juntos

80. «A la Iglesia de Dios que está en Corinto...» (1 Cor


1,2). La proclamación del Evangelio, suscitando la fe en

35
NOTE el corazón de los hombres y de las mujeres, hace que se
constituya una Iglesia en un determinado lugar. La Iglesia no
puede entenderse sin estar arraigada en un lugar y en una
cultura y sin las relaciones que se establecen entre lugares y
culturas. Destacar la importancia del lugar no significa ceder
al particularismo o al relativismo, sino valorar la concreción
en la que, en el espacio y en el tiempo, toma forma una
experiencia compartida de adhesión a la manifestación del
Dios que salva. La dimensión del lugar custodia la pluralidad
originaria de las configuraciones de esta experiencia y su
arraigo en contextos culturales e históricos específicos. La
variedad de las tradiciones litúrgicas, teológicas, espirituales
y disciplinarias es la demostración más evidente de cómo
esta pluralidad enriquece a la Iglesia y la hace bella. Es la
comunión de las Iglesias, cada una con su concreción local,
la que manifiesta la comunión de los fieles en la Iglesia,
una y única, evitando su disolución en un universalismo
abstracto y uniformador.

81. La experiencia del pluralismo de las culturas y de


la fecundidad del encuentro y del diálogo entre ellas, es
condición de vida de la Iglesia, no una amenaza para su
catolicidad. El mensaje de salvación sigue siendo uno y
el mismo: «Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una
sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido
convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre
de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos
y está en todos». (Ef 4,4-6). Este mensaje adopta una forma
plural, expresada en la diversidad de pueblos, culturas,
tradiciones y lenguas. Tomarse en serio esta pluralidad de
formas evita las pretensiones hegemónicas y el riesgo de
reducir el mensaje salvífico a una única comprensión de
la vida eclesial y de las expresiones litúrgicas, pastorales
o morales. El entramado de relaciones en el seno de una
Iglesia sinodal, hecho visible en el intercambio de dones
entre las Iglesias y garantizado por la unidad del Colegio
Episcopal, con el Obispo de Roma a la cabeza, es un baluarte
dinámico de una unidad que nunca puede convertirse en
uniformidad.

82. Todo ello está llamado hoy a medirse en unas


condiciones socioculturales que alteran profundamente
la experiencia vivida del arraigo territorial. El lugar ya no
puede entenderse en términos puramente geográficos y

36
espaciales, sino que se refiere a la pertenencia a una red
de relaciones y a una cultura con un anclaje territorial más
dinámico y elástico que en el pasado. Esto no puede dejar
de cuestionar las formas organizativas de la Iglesia que se
han estructurado sobre la base de una concepción diferente
del lugar, y también requiere asumir criterios diferentes, si
bien no contradictorios, para encarnar la verdad única en la
vida de las personas.

83. Entre los factores de este cambio se encuentra sin


duda el fenómeno de la urbanización: hoy, por primera
vez en la historia de la humanidad, la mayor parte de la
humanidad vive en contextos urbanos y no rurales. La
pertenencia territorial se configura de forma diferente en
un contexto urbano, donde los límites entre unos lugares y
otros tienen un carácter más evidentemente convencional.
En las grandes ciudades, bastan unas pocas paradas de
metro para cruzar, no sólo los límites de la parroquia,
sino también los de la diócesis: un trayecto que muchas
personas realizan varias veces en un mismo día. Su vida
transcurre habitualmente en diferentes lugares eclesiales.

84. Un segundo factor es el aumento de la movilidad


humana, por diferentes motivos, dentro de un mundo
globalizado. Refugiados y migrantes constituyen a menudo
comunidades vibrantes, incluso en la práctica de la fe,
dotando así de una naturaleza plural el lugar en el que se
asientan. Al mismo tiempo, mantienen, también gracias a

Parte III - Lugares


los medios digitales, vínculos y relaciones con su país de
origen. Experimentan así una pertenencia local, cultural
y lingüística múltiple. Las comunidades de origen por su
parte experimentan una reducción de sus miembros, hasta
el punto de desaparecer, y al mismo tiempo, una expansión
de su tejido relacional a escala mundial. Como señaló la
primera sesión del Sínodo, es llamativa a este respecto la
situación de algunas Iglesias católicas orientales: con los
actuales ritmos de los flujos migratorios, sus miembros en
la diáspora podrían llegar a ser más numerosos que los que
viven en los territorios canónicos (cf. IdS 6c). En cualquier
caso, cada vez será más anacrónico definir su lugar en
términos puramente geográficos. Sobre los retos que esto
plantea en las relaciones con la Iglesia latina, el Grupo de
Estudio n.1 está llamado a reflexionar.

37
85. Por último, no podemos pasar por alto la difusión
de la cultura del entorno digital, especialmente entre
los jóvenes. Afecta radicalmente a su experiencia y
concepción del espacio y del tiempo, así como a su forma
de vivir las actividades de todo tipo, las comunicaciones
y las relaciones, e incluso la fe. No es casualidad que la
Primera Sesión afirme que «la cultura digital no es tanto un
área distinta de la misión, cuanto una dimensión crucial del
testimonio de la Iglesia» (IdS 17b). El trabajo del tercero de
los diez grupos de estudio está dedicado a este reto.

86. Estas dinámicas de la sociedad y de la cultura piden


a la Iglesia que vuelva a reflexionar sobre el sentido de
su propia dimensión local, con vistas al bien de la misión.
Sin olvidar que la vida se desarrolla siempre en contextos
físicos y en culturas concretas, de las que nunca se puede
prescindir, es necesario alejarse de una interpretación
puramente espacial del lugar: los lugares, también y sobre
todo los de la Iglesia, no son sólo espacios, sino ámbitos
y redes en los que pueden desarrollarse relaciones, que
ofrecen a las personas una oportunidad de arraigo y un
apoyo para la misión, que llevarán a cabo dondequiera que
se desarrolle su vida. La conversión sinodal de las mentes
y de los corazones debe ir acompañada de una reforma
sinodal de los lugares eclesiales, llamados a ser caminos
por los que avanzar juntos. Esto no significa encerrar la
acción pastoral en pertenencias electivas, ya que debe
poder encontrar a cada hombre y a cada mujer.

87. Esta reforma debe realizarse sobre la base de la


comprensión de la Iglesia como Pueblo santo de Dios,
articulada en la comunión de las Iglesias (communio
Ecclesiarum). La experiencia vivida nos ha demostrado
que poner en marcha el proceso sinodal desde las Iglesias
locales no compromete la unidad de toda la Iglesia, sino
que expresa la variedad y la universalidad del Pueblo de
Dios (cf. LG 22), ni perjudica el ejercicio del ministerio de
unidad del Obispo de Roma, sino que lo valora. La Iglesia
no se puede concebir partiendo de sus instituciones, sino
que éstas, incluso las más importantes, deben repensarse
en la lógica del servicio misionero.

88. En razón del servicio del Obispo de Roma como


principio visible de unidad de toda la Iglesia y de cada

38
obispo como principio visible de unidad en su Iglesia, el
Concilio pudo afirmar que la Iglesia, cuerpo místico de
Cristo, es también un cuerpo de Iglesias, en las cuales
y a partir de las cuales existe una Iglesia católica, una y
única (cf. LG 23). Este cuerpo se articula: a) en las Iglesias
individuales como porciones del Pueblo de Dios, cada una
confiada a un obispo; b) en las agrupaciones de Iglesias,
en las que las instancias de comunión están representadas
sobre todo por los organismos jerárquicos; c) en la Iglesia
entera (Ecclesia tota), donde la Iglesia como comunión de
Iglesias se expresa por el Colegio de los Obispos reunidos
en torno al Obispo de Roma en el vínculo de la comunión
episcopal (cum Petro) y jerárquica (sub Petro). La reforma
de las instituciones eclesiales debe seguir esta articulación
ordenada de la Iglesia.

Iglesias locales en la Iglesia católica, una y única

89. La Iglesia local, en su articulación, es el lugar en el


que podemos experimentar más inmediatamente la vida
sinodal misionera de toda la Iglesia. Las aportaciones de
las Conferencias Episcopales hablan de las parroquias,
las comunidades de base y las pequeñas comunidades
como ámbitos de comunión y participación en la misión.
Como afirmaron los párrocos reunidos en Sacrofano, «los
miembros de las parroquias son y se convierten en discípulos

Parte III - Lugares


misioneros de Jesús, reunidos en su nombre para la oración
y el culto, el servicio y el testimonio en tiempos de alegría
y de dolor, de esperanza y de lucha». Dios actúa en estas
realidades eclesiales. Al mismo tiempo, somos conscientes
de que debemos hacer más para aprovechar la gran
plasticidad de la parroquia, entendida como comunidad de
comunidades, al servicio de la creatividad misionera.

90. Hoy en día, las Iglesias locales se componen también


de realidades asociativas y comunitarias que son a la vez
expresiones antiguas y nuevas de la vida cristiana. En
particular, los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades
de Vida Apostólica contribuyen mucho a la vida de las
Iglesias locales y a la vivacidad de la acción misionera. Lo
mismo ocurre con las asociaciones laicales, los movimientos
eclesiales y las Nuevas Comunidades. La pertenencia a la

39
Iglesia se expresa hoy con un número cada vez mayor de
formas que no se refieren a una base geográficamente
definida, sino a vínculos de tipo asociativo. Esta variedad
de formas debe promoverse, teniendo siempre presente
la perspectiva misionera y el discernimiento eclesial de lo
que el Señor pide en cada contexto particular. La animación
de esta múltiple variedad y el cuidado de los vínculos de
unidad son competencia específica del obispo diocesano
o eparquial. Al Grupo de Estudio n. 6 se le encomendó la
tarea de profundizar en estos aspectos.

91. Al igual que en las fases anteriores del proceso


sinodal, también durante la consulta para la redacción de
este Instrumentum laboris, muchas de las aportaciones
recibidas consideran los distintos tipos de Consejos
(parroquiales, zonales, diocesanos o eparquiales) como
instrumentos esenciales para la planificación, organización,
ejecución y evaluación de las actividades pastorales, y
señalan la necesidad de valorizarlas. De hecho, se trata
de estructuras previstas por la legislación vigente. Con
las adaptaciones oportunas, podrían resultar aún más
adecuadas para concretar ciertos aspectos de un estilo
sinodal, dado que pueden convertirse en sujetos de
procesos de discernimiento eclesial y de procesos de toma
de decisiones sinodales, así como en lugares para la práctica
de la rendición de cuentas y la evaluación de quienes
ocupan cargos de autoridad, sin olvidar que éstos, a su
vez, deberán rendir cuentas del modo en que desempeñan
sus funciones. Se trata, por tanto, de uno de los ámbitos
más prometedores sobre los que actuar para alcanzar una
rápida aplicación de las orientaciones sinodales y generar
así cambios que se podrán percibir rápidamente.

92. Para avanzar en esta dirección, muchas aportaciones


señalan la necesidad de intervenir sobre el perfil y el
modus operandi de estos órganos. Entre los aspectos
más significativos a los que hay que prestar atención se
encuentra el modo en que se nombra a los miembros, con
el objetivo de garantizar que su composición refleje la de la
comunidad de referencia (parroquia o diócesis/parroquia),
para contribuir de forma creíble a la promoción de una
cultura de transparencia y responsabilidad. Por lo tanto, es
necesario que la mayoría de los miembros no sean elegidos
por la autoridad (obispo o párroco), sino designados de

40
otra manera, expresando efectivamente la realidad de la
comunidad o de la Iglesia local.

93. Debe prestarse la misma atención a la composición


de estos órganos, a fin de favorecer una mayor participación
de las mujeres, de los jóvenes y de las personas que viven
en condiciones de pobreza o marginación. Además, como
también se evidenció en la Primera Sesión, es fundamental
que estos órganos incluyan a hombres y mujeres
comprometidos con el testimonio de la fe en las realidades
ordinarias de la vida y de las dinámicas sociales, con una
reconocida disposición apostólica y misionera (cf. IdS 18d)
y no sólo a personas comprometidas con la organización de
la vida y los servicios en el seno de la comunidad. De esta
manera, el discernimiento eclesial llevado a cabo por estos
órganos se beneficiará de una mayor apertura, capacidad
de análisis de la realidad y pluralidad de perspectivas.
Por último, muchas aportaciones señalan la conveniencia
de que tengan carácter obligatorio aquellos consejos
cuya creación, según el derecho actualmente vigente, sea
discrecional.

94. Algunas Conferencias Episcopales comparten


también experiencias de reforma y buenas prácticas ya
existentes, como la creación de redes de consejos pastorales
a nivel de comunidades de base, zonas y parroquias,
hasta llegar al Consejo Pastoral Diocesano. Como modelo
de consulta y de escucha, se propone la celebración de

Parte III - Lugares


asambleas eclesiales a todos los niveles, sin por ello limitar
la consulta únicamente a la Iglesia católica, sino abriéndose
a la aportación de otras Iglesias y Comunidades eclesiales
y de otras religiones presentes en el territorio y en la
sociedad, junto a las cuales camina la comunidad cristiana.

Los vínculos que conforman la unidad de la Iglesia

95. El horizonte de comunión del intercambio de dones,


evidenciado en la Parte I, constituye el criterio inspirador
de la relación entre las Iglesias. Combina el énfasis en
los vínculos que conforman la unidad de la Iglesia con la
valoración de las particularidades ligadas al contexto en el
que vive cada Iglesia local, con su historia y su tradición.
Adoptar un estilo sinodal significa que las Iglesias no

41
deben avanzar necesariamente al mismo ritmo, a la hora de
afrontar cualquier cuestión. Al contrario, las diferencias de
ritmo pueden valorarse como expresión de una diversidad
legítima y como oportunidad para un intercambio de
dones y un enriquecimiento recíproco. Para su realización,
este horizonte debe encarnarse en estructuras y prácticas
concretas. Responder a la pregunta «¿Cómo ser una Iglesia
sinodal en misión?» requiere identificarlas y promoverlas.

96. Las estructuras jerárquicas orientales y las


Conferencias Episcopales son un instrumento fundamental
para crear vínculos y compartir experiencias entre las
Iglesias, así como para descentralizar el gobierno y la
planificación pastoral. «El Concilio Vaticano II expresó que,
de modo análogo a las antiguas Iglesias patriarcales, las
Conferencias Episcopales pueden “desarrollar una obra
múltiple y fecunda, a fin de que el afecto colegial tenga
una aplicación concreta” (LG 23). Pero este deseo no se
realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado
suficientemente un estatuto de las Conferencias Episcopales
que las conciba como sujetos de atribuciones concretas,
incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal»
(EG 32). Para ser una Iglesia sinodal en misión, es necesario
afrontar esta cuestión.

97. Sobre la base de lo que surgió durante el proceso


sinodal, se propone a) reconocer a las Conferencias
Episcopales como sujetos eclesiales dotados de autoridad
doctrinal, asumiendo la diversidad sociocultural en el marco
de una Iglesia polifacética y favoreciendo la valoración
de las expresiones litúrgicas, disciplinares, teológicas
y espirituales adecuadas a los diferentes contextos
socioculturales b) proceder a una evaluación de la
experiencia vivida del funcionamiento de las Conferencias
Episcopales y de las Estructuras Jerárquicas Orientales, de
las relaciones entre los Episcopados y con la Santa Sede,
con el fin de identificar las reformas concretas que deben
aplicarse; las visitas ad limina, que forman parte del Grupo
de Estudio núm. 7, podrían constituir una ocasión propicia
para esta evaluación; c) garantizar que todas las diócesis o
eparquías estén adscritas a una Provincia Eclesiástica y a
una Conferencia Episcopal o Estructura Jerárquica Oriental
(cf. CD 40).

42
98. La experiencia de las Asambleas continentales
fue la novedad de la primera fase del proceso sinodal,
dando una aplicación más coherente a la indicación
conciliar de tomar en serio la peculiaridad «en cada gran
territorio sociocultural” en busca de «una acomodación
más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana» (AG
22). Esta experiencia, así como el camino de las Iglesias
en algunas regiones, plantea la cuestión de articular
el dinamismo sinodal y colegial mediante expresiones
institucionales apropiadas, por ejemplo, asambleas
eclesiales y Conferencias Episcopales, a quienes poder
encomendar tareas coordinadas de elaboración y toma de
decisiones, en un contexto continental o regional. También
pueden adoptarse métodos de discernimiento que incluyan
a una diversidad de actores eclesiales en los procesos de
elaboración de documentos y de toma de decisiones.
Además, se propone que el discernimiento pueda incluir
también, bajo formas adaptadas a la diversidad de los
contextos, espacios de escucha y de diálogo con las
instituciones civiles, los representantes de otras religiones,
las organizaciones no católicas y la sociedad en general.

99. El deseo de que el diálogo sinodal local no se agote,


sino que se prolongue en el tiempo, y la necesidad de
una inculturación efectiva de la fe en ámbitos territoriales
significativos, conducen a una nueva valoración de la
institución de los Concilios Particulares, tanto provinciales
como plenarios, cuya celebración periódica ha sido una

Parte III - Lugares


obligación durante gran parte de la historia de la Iglesia. A
partir de la experiencia adquirida en la vía sinodal, se pueden
prever formas que articulen una asamblea sólo de obispos
y una asamblea eclesial compuesta también por otros
fieles (presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas,
laicos y laicas), delegados por los consejos pastorales de
las diócesis o eparquías implicadas, o designados de otro
modo para reflejar la variedad de la Iglesia en la región. Por
ello, debería reformarse el procedimiento de la recognitio
de las conclusiones de los Concilios particulares, a fin de
favorecer su oportuna publicación.

43
El servicio a la unidad del Obispo de Roma

100. Responder a la pregunta «¿Cómo ser una Iglesia


sinodal en misión?» exige también revisar la dinámica que
une sinodalidad, colegialidad y primacía, para que pueda
fortalecer las relaciones entre las instituciones a través de
las cuales encuentra una expresión concreta.

101. El proceso sinodal ha demostrado la verdad de


la afirmación conciliar de que «dentro de la comunión
eclesiástica, existen legítimamente Iglesias particulares, que
gozan de tradiciones propias, permaneciendo inmutable el
primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea
universal de la caridad, protege las diferencias legítimas y
simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la
unidad en vez de dañarla» (LG 13). En virtud de esta función,
el Obispo de Roma, como principio visible de unidad de
toda la Iglesia (cf. LG 23), es el garante de la sinodalidad. A
él le corresponde llamar a toda la Iglesia a la acción sinodal,
convocando, presidiendo y confirmando los resultados de
los Sínodos de los Obispos. Asimismo, debe velar por que
la Iglesia crezca en un estilo y en un forma sinodal.

102. La reflexión sobre las formas de ejercicio del


ministerio petrino debe realizarse también en la perspectiva
de la «saludable descentralización» (EG 16), urgida por
el Papa Francisco y solicitada por muchas Conferencias
Episcopales. En la formulación que le da la Constitución
Apostólica Praedicate Evangelium, supone «dejar a la
competencia de los pastores la facultad de resolver en
el ejercicio de “su propio cargo del magisterio” y como
pastores las cuestiones que conocen bien y que no afectan
a la unidad de doctrina, disciplina y comunión de la Iglesia,
actuando siempre con esa corresponsabilidad que es fruto
y expresión de ese mysterium communionis específico que
es la Iglesia» (PE II, 2).

103. Para proceder en esta dirección, se podría continuar


la línea del reciente Motu proprio Competentias quasdam
decernere (15 de febrero de 2022), que asigna «algunas
competencias, sobre disposiciones del código destinadas
a garantizar la unidad de la disciplina de la Iglesia universal,
a la potestad ejecutiva de las Iglesias y de las instituciones
eclesiales locales, corresponde a la dinámica eclesial de la

44
comunión y valoriza la proximidad» (proemio).

104. Además, la elaboración de la norma canónica


también puede ser un lugar para el ejercicio de un estilo
sinodal. La acción normativa no se limita al ejercicio de
una potestad reconocida a la autoridad, sino que debe
considerarse como un verdadero discernimiento eclesial.
Aunque por sí sola goza de todas las prerrogativas para
legislar, al hacerlo la autoridad podría y debería actuar con
método sinodal, a fin de promulgar una norma que sea
fruto de una escucha en el Espíritu de una exigencia de
justicia.

105. La citada Constitución Apostólica Praedicate


Evangelium (ha configurado, en un sentido sinodal y
misionero, el servicio que la Curia Romana presta al
Obispo de Roma y al Colegio Episcopal. En la lógica de
la transparencia y de la rendición de cuentas, deberían
preverse formas de evaluación periódica de su trabajo,
confiadas a un órgano independiente (como el Consejo
de Cardenales y/o un consejo de obispos elegidos por el
Sínodo). El Grupo de Estudio n. 8 está dedicado al papel de
los representantes pontificios en la perspectiva misionera
sinodal y a las modalidades de evaluación de su trabajo.

106. La misma Asamblea de octubre de 2023 indicó la


necesidad de proceder a una evaluación de los frutos de
la Primera Sesión (cf. IdS 20j), evaluación que no puede

Parte III - Lugares


prescindir del desarrollo marcado por la Constitución
Apostólica Episcopalis communio, que transforma el Sínodo,
como acontecimiento puntual, en un proceso eclesial que
se extiende en el espacio y en el tiempo. Entre los lugares
para practicar la sinodalidad y la colegialidad a nivel de
toda la Iglesia, destaca sin duda el Sínodo de los Obispos.
Instituido por San Pablo VI como asamblea de obispos
convocada para participar, por medio de consejos, en la
solicitud del Romano Pontífice por toda la Iglesia, es ahora,
bajo la forma del proceso por fases, el ámbito en el que
se realiza y puede incentivarse la relación dinámica entre
sinodalidad, colegialidad y primacía. Todo el santo Pueblo
de Dios, los obispos a quienes se confían sus porciones
individuales y el Obispo de Roma como principio de unidad
de la Iglesia, participan plenamente en el proceso sinodal,
cada uno según su propia función. Esta participación se

45
hace patente en la Asamblea sinodal congregada en torno
al Obispo de Roma, que, en su composición, muestra la
variedad y universalidad de la Iglesia como «“sacramento
de unidad”, es decir, pueblo santo congregado y ordenado
bajo la dirección de los obispos» (SC 26).

107. Entre los frutos más significativos del Sínodo


2021-2024 cabe destacar la intensidad del impetu y de
la promesa ecuménica que lo caracteriza. Puede ser útil
abordar también, bajo esta perspectiva, la cuestión del
ejercicio del ministerio petrino, para que se abra «a una
situación nueva» (UUS 95). El reciente documento del
Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos,
El Obispo de Roma. Primacía y sinodalidad en los diálogos
ecuménicos y en las respuestas a la Encíclica “Ut unum
sint” ofrece elementos para una mayor profundización. El
tema forma parte del Grupo de Estudio n. 10, dedicado
a la recepción de los frutos del camino ecuménico en las
prácticas eclesiales.

108. La riqueza que representa la participación en la


Primera Sesión de los Delegados Fraternos, procedentes de
otras Iglesias y Comunidades Eclesiales, nos invita prestar
mayor atención a cómo se realiza la sinodalidad en nuestros
socios ecuménicos, tanto en Oriente como en Occidente.
El diálogo ecuménico es fundamental para desarrollar una
comprensión de la sinodalidad y de la unidad de la Iglesia.
Sobre todo, nos impulsa a imaginar prácticas sinodales
auténticamente ecuménicas, hasta formas de consulta y
discernimiento sobre cuestiones de interés compartido y
urgente. Lo que fundamenta esta posibilidad es el hecho
de que estemos unidos en el único Bautismo, del que
brotan la identidad del Pueblo de Dios y el dinamismo de
la comunión, la participación y la misión.

46
Conclusión

La Iglesia sinodal
en el mundo
109. En este mundo, cada cosa está conectada y determinada por
una búsqueda del otro que nunca desaparece. Todo es una llamada a
la relación y un testimonio de que nos somos autosuficientes. El mundo
entero, cuando se contempla con una mirada educada por la Revelación
cristiana, es signo sacramental de una presencia, que le trasciende y anima,
conduciéndole al encuentro con Dios, que se realizará definitivamente
en la convivencia de las diferencias, que hallará su plena composición en
el banquete escatológico preparado por Dios en su monte.

110. Transformada por el anuncio de la Resurrección, la Iglesia quiere


convertirse en un lugar donde se respire y se viva la visión de Isaías,
para ser «fortaleza para el débil, fortaleza para el pobre en su aflicción,
refugio en la tempestad, sombra contra el calor» (Is 25,4). De este modo
abre su corazón al Reino. Cuando los miembros de la Iglesia se dejan
guiar por el Espíritu del Señor hacia horizontes que antes no habían
vislumbrado, experimentan una alegría inconmensurable. En su belleza,
humildad y sencillez, ésta es la conversión permanente del estilo de la
Iglesia que el proceso sinodal nos invita a emprender.

111. La encíclica Fratelli tutti nos presenta la llamada a reconocernos


como hermanas y hermanos en Cristo resucitado, proponiéndonos esto
Conclusión

no como un estatus, sino como un estilo de vida. La encíclica subraya


el contraste entre el tiempo en que vivimos y la visión de la convivencia
preparada por Dios. El velo, el humor sombrío y las lágrimas de nuestro
tiempo son el resultado de un aislamiento cada vez mayor, de la creciente
violencia y polarización de nuestro mundo y del desarraigo de las fuentes
de la vida. Este Instrumentum laboris se interroga y nos interroga sobre

47
cómo ser una Iglesia sinodal misionera, cómo comprometernos en una
escucha y un diálogo profundos, cómo ser corresponsables a la luz
del dinamismo de nuestra vocación bautismal personal y comunitaria,
cómo transformar las estructuras y los procesos para que todos puedan
participar y compartir los carismas que el Espíritu derrama sobre cada
uno para el bien común y cómo ejercer el poder y la autoridad como
servicio. Cada una de estas preguntas es un servicio a la Iglesia y, a
través de su acción, a la posibilidad de curar las heridas más profundas
de nuestro tiempo.

112. El profeta Isaías termina su oráculo con un himno de alabanza


que debemos retomar a una voz: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos
en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos
y gocemos con su salvación» (Is 25,9). Como Pueblo de Dios, ¡unámonos
a esta alabanza, como peregrinos de la esperanza, sigamos avanzando
por el camino sinodal hacia los que aún esperan el anuncio de la Buena
Nueva de la salvación!

48
Índice
Introducción I
Tres años de camino III
Una herramienta de trabajo para la segunda sesión VII

Fundamentos 1
LLa Iglesia Pueblo de Dios, sacramento de unidad 1
El significado compartido de sinodalidad 3
La unidad como armonía en las diferencias 5
Hermanas y hermanos en Cristo: una reciprocidad renovada 7
Llamada a la conversión y a la reforma 9

Parte I - Relaciones 11
En Cristo y en el Espíritu: la iniciación cristiana 11
Para el Pueblo de Dios: carismas y ministerios 14
Con los ministros ordenados: al servicio de la armonía 17
Entre las Iglesias y en el mundo: la concreción de la comunión 20

Parte II - Itinerarios 23
Una formación integral y compartida 23
El discernimiento eclesial para la misión 26
La articulación de los procesos de toma de decisiones 30
Transparencia, rendición de cuentas, evaluación 32

Parte III - Lugares 35


Territorios que recorrer juntos 35
Iglesias locales en la Iglesia católica, una y única 39
Los vínculos que conforman la unidad de la Iglesia 41
El servicio a la unidad del Obispo de Roma 44

Conclusión - La Iglesia sinodal en el mundo 47

Índice 49
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