GRUPO 1 :AMORIS LAETITIA (LA ALEGRÍA DEL
AMOR)
Amoris Laetitia es una exhortación apostólica post-sinodal sobre el amor en la familia,
fue firmada por el Santo Padre el Papa Francisco el pasado 19 de marzo del 2016,
Solemnidad de San José, que recoge los resultados de dos Sínodos sobre la familia
convocados por Papa Francisco en el 2014 y en el 2015, cuyas Relaciones conclusivas
son largamente citadas, junto a los documentos y enseñanzas de sus Predecesores y a
las numerosas catequesis sobre la familia del mismo Papa Francisco.
Amoris Laetitia, fue publicada el 8 de abril del año 2016
Capítulo primero: “A la luz de la palabra”
Después del preámbulo o introducción, en este primer capítulo, el papa articula su reflexión a partir de la Sagrada Escritura y hace una meditación
sobre el salmo 128, característico tanto de la liturgia nupcial hebraica como cristiana. La Biblia, dice el papa, “está poblada de familias, de
generaciones, de historias de amor y de crisis familiares” (No 8) y a partir de esta realidad, se puede meditar sobre el modo de concebir la familia
que no es un ideal abstracto sino que es una “ tarea artesanal” (No 16), que se expresa con ternura (No 28) “En el horizonte del amor, central en la
experiencia cristiana del matrimonio y de la familia, se destaca también otra virtud, algo ignorada en estos tiempos de relaciones frenéticas y
superficiales: la ternura.” Pero que también se confronta y desde el principio con el pecado, cuando la relación de amor se transforma en una
dominación (cfr. No 19). Entonces “la Palabra de Dios no se muestra como una secuencia de tesis abstractas, sino como una compañera de viaje
también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino…” (No 22).
Capítulo segundo: “Realidad y desafíos de las familias”
A partir del terreno bíblico, en el segundo capítulo, el papa considera la situación actual de las familias, manteniendo “los pies en la tierra” (cfr No
6), bebiendo ampliamente en las conclusiones de los dos sínodos, y afrontando numerosos desafíos desde el fenómeno migratorio hasta las
negaciones ideológicas de sexos (ideología de género); de la cultura provisoria, pasando por la mentalidad antinatalista hasta el impacto de las
biotecnologías en el dominio de la procreación; desde la carencia de vivienda y de trabajo hasta la pornografía y los abusos a los menores de edad;
de la atención a las personas con limitaciones físicas o mentales al respeto a las personas mayores; desde la deconstrucción jurídica de la familia a
las violencias contra la mujer. El Papa insiste en el carácter concreto que es algo fundamental de la exhortación. El carácter concreto y el realismo
establecen una diferencia esencial entre la “teoría” de interpretación de la realidad, y las “ideologías”. Citando Familiaris consortio del santo Papa
Juan Pablo II, el papa Francisco afirma “Es sano prestar atención a la realidad concreta, porque «las exigencias y llamadas del Espíritu Santo
resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia», a través de los cuales «la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más
profunda del inagotable misterio del matrimonio y de la familia» (N° 31). Si no se escucha la realidad, es imposible comprender también las
exigencias del presente como los llamados del Espíritu. El Papa anota que, en razón del individualismo exasperado, hoy es difícil darse con
generosidad a otra persona (cfr. No 33). He aquí una descripción interesante de la situación: “Se teme la soledad, se desea un espacio de
protección y de fidelidad, pero al mismo tiempo crece el temor a ser atrapado por una relación que pueda postergar el logro de las aspiraciones
personales.” (N° 34). La humildad del realismo nos ayuda a no presentar “un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi
artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales.” (No 36). El idealismo nos impide
tomar el matrimonio como lo que es, es decir como «camino dinámico de desarrollo y realización”. Por esta razón, no hay que creer que para
defender la familia basta con insistir “solamente en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sin motivar la apertura a la gracia” (No 37). El papa
invita a la autocrítica frente a una presentación inadecuada de la realidad matrimonial y familiar e insiste en el hecho que es necesario darle lugar a
la formación de la conciencia de los fieles: “Estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas. (No 37). Jesús proponía un
ideal exigente, pero “nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera.” (No 38).
Capítulo tercero: «La mirada puesta en Jesús: vocación de la familia”
Este tercer capítulo está consagrado a un cierto número de elementos esenciales de la enseñanza de la Iglesia con respecto al matrimonio y la
familia. La existencia de este capítulo es importante ya que presenta de manera sintética, en 30 parágrafos, la vocación de la familia según el
Evangelio y la manera como ella ha sido recibida por la Iglesia a través de las épocas, sobre todo en el tema de la indisolubilidad, del carácter
sacramental del matrimonio, de la transmisión de la vida y de la educación de los hijos. La constitución pastoral Gaudium et Spes del Concilio
Vaticano II, la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI y la Exhortación apostólica Familiaris consortio de Juan Pablo II, son ampliamente citadas. La
mirada es amplia e incluye también las “situaciones imperfectas”. Se puede leer en efecto: «El discernimiento de la presencia de los semina Verbi
en las otras culturas (cf. Ad gentes divinitus, 11) también se puede aplicar a la realidad matrimonial y familiar. Fuera del verdadero matrimonio
natural también hay elementos positivos en las formas matrimoniales de otras tradiciones religiosas», aunque tampoco falten las sombras. (No 77).
La reflexión también incluye a “las familias heridas” ante las cuales el Papa afirma, citando la Relatio finalis del Sinodo de 2015- que es siempre
necesario recordar un principio general: “Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones” (Familiaris consortio,
84). El grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión. Por lo tanto, al mismo
tiempo que la doctrina se expresa con claridad, hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay
que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» [ No 79].
Capítulo cuarto: “El amor en el matrimonio”
Este capítulo trata del amor en el matrimonio, e ilustra a partir del “himno al amor” de San Pablo en su 1ª Carta a los Corintios (13,4-7). Este capítulo
es una verdadera exegesis atenta, puntual, inspirada y poética del texto de San Pablo. Podemos decir que se trata de una colección de fragmentos
de un discurso amoroso, cuidadoso de describir el amor humano en términos absolutamente concretos. Uno se admira por la capacidad de
introspección psicológica que caracteriza esta exégesis (o interpretación). El análisis psicológico nos hace entrar en el mundo de las emociones de
los conyugues- positivas o negativas- y en la dimensión erótica del amor. Se trata de una contribución extremadamente rica y preciosa para la
GRUPO 2:vida cristiana de los conyugues; uno no encuentra nada comparable en los precedentes o anteriores documentos pontificios. A su
manera, este capítulo constituye un pequeño tratado en el centro o seno de un desarrollo más amplio, plenamente consciente de la cotidianidad del
amor que es la enemiga de todo idealismo: “No hay que arrojar sobre dos personas limitadas el tremendo peso de tener que reproducir de manera
perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia, porque el matrimonio como signo implica «un proceso dinámico, que avanza gradualmente con
la progresiva integración de los dones de Dios» (No 122). Por otro lado, el papa insiste y de modo fuerte y determinante sobre el hecho que “en la
naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo.” (No 123), y es justamente en esta “necesaria combinación de gozos y de
esfuerzos, de tensiones y de descanso, de sufrimientos y de liberaciones, de satisfacciones y de búsquedas, de molestias y de placeres…” (No
126) que se encuentra el matrimonio. El capítulo concluye con una reflexión muy importante sobre la “transformación del amor” ya que “ La
prolongación de la vida hace que se produzca algo que no era común en otros tiempos: la relación íntima y la pertenencia mutua deben
conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto se convierte en una necesidad de volver a elegirse una y otra vez.” (No 163). El aspecto físico
cambia y la atracción amorosa no desaparece, sino que cambia: el deseo sexual con el tiempo puede transformarse en deseo de intimidad y en
“complicidad”. “No podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común
estable, comprometernos a amarnos y a vivir unidos hasta que la muerte nos separe, y vivir siempre una rica intimidad.” (No 163).
Capítulo quinto: “Amor que se vuelve fecundo”
Este 5º capítulo está todo enteramente consagrado a la fecundidad y a la generatividad del amor. Se habla de manera profunda, tanto
espiritualmente como psicológicamente, de la acogida de una nueva vida, de la espera de un embarazo, del amor de una madre y de un padre.
Pero también de la fecundidad en sentido amplio, de la adopción, de la acogida, de la contribución de las familias en la promoción de una “cultura
del encuentro”, de la vida en la familia dentro de un sentido amplio, con la presencia de tíos, de primos, de parientes de parientes, de amigos. La
Amoris Laetitia no tiene en cuenta las familias “monoparentales”, pues ella considera la familia como una amplia red de relaciones. Igualmente la
mística del sacramento del matrimonio tiene un carácter social profundo (cfr No 186): “No hay que olvidar que «la “mística” del Sacramento tiene un
carácter social»[207]. Cuando quienes comulgan se resisten a dejarse impulsar en un compromiso con los pobres y sufrientes, o consienten
distintas formas de división, de desprecio y de inequidad, la Eucaristía es recibida indignamente. En cambio, las familias que se alimentan de la
Eucaristía con adecuada disposición refuerzan su deseo de fraternidad, su sentido social y su compromiso con los necesitados.” Al interior de esta
dimensión social, el papa subraya en particular tanto el papel o rol especifico entre los jóvenes y las personas mayores como la relación entre
hermanos y hermanas como un factor de aprendizaje del crecimiento en la relación con los otros.
Capítulo sexto: “Algunas perspectivas pastorales”
En el sexto capítulo, el papa aborda un cierto número de prácticas pastorales que llevan a la construcción de una familia sólida y fecunda, según el
plan de Dios. En esta parte, la exhortación le otorga un amplio espacio a las relaciones o informes conclusivos de los dos sínodos y a las catequesis
del papa Francisco y de San Juan Pablo II. Se repite que las familias son sujetos y no solamente objetos de evangelización. El Papa revela que « a
los ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas actuales de las familias.” (No 202). « Habrá que
garantizar durante la formación una maduración para que los futuros ministros posean el equilibrio psíquico que su tarea les exige. ». Hay que
mejorar la formación psico-afectiva de los seminaristas e implicar más la familia en la formación al ministerio” (cfr. No 203). “En este sentido,
también puede ser útil la experiencia de la larga tradición oriental de los sacerdotes casados.” (No 202). El papa aborda el tema de los novios
jóvenes a los que es necesario guiar en el camino de la preparación hacia el matrimonio, del acompañamiento de los esposos en los primeros años
de vida conyugal (abarcando el tema de la paternidad responsable), pero también situaciones complejas, y en particular en las crisis sabiendo que
“Cada crisis implica un aprendizaje que permite incrementar la intensidad de la vida compartida, o al menos encontrar un nuevo sentido a la
experiencia matrimonial… “Cada crisis esconde una buena noticia que hay que saber escuchar afinando el oído del corazón.” (No 232). Algunos
factores de crisis son analizados, como aquel de una maduración afectiva atrasada (cfr No 239). Por otro lado, es abordada la cuestión del
acompañamiento a las personas abandonadas, separadas o divorciadas, y la importancia de la reciente reforma de los procedimientos para el
reconocimiento de los casos de nulidad de matrimonio, es subrayada. El sufrimiento de los hijos en las situaciones de conflicto es puesto por
delante. Dice el papa: “El divorcio es un mal, y es muy preocupante el crecimiento del número de divorcios. Por eso, sin duda, nuestra tarea
pastoral más importante con respecto a las familias, es fortalecer el amor y ayudar a sanar las heridas, de manera que podamos prevenir el avance
de este drama de nuestra época.” (No 246). De igual modo son tratados otros temas como los matrimonios mixtos, los matrimonios con disparidad
de culto, y la situación de las familias que tienen en su seno personas con tendencia homosexual, y se insiste en el respeto que se ha de tener en el
encuentro con ellas y el rechazo a toda discriminación injusta o de toda forma de agresión y de violencia. La parte final del capítulo es preciosa en
cuanto a lo pastoral: “cuando la muerte clava su aguijón”, evoca el tema de la perdida de los seres queridos y de la viudez. (cfr. Nos 253-258).
Capítulo séptimo: “fortalecer la educación de los hijos”
Este capítulo está enteramente consagrado a la educación de los hijos: su formación ética, el valor de la sanción como estimulación, el realismo
paciente, la educación sexual, la transmisión de la fe, y de manera más general la vida de la familia como contexto o lugar o espacio educativo. La
sabiduría práctica que reaparece en cada parágrafo es interesante, y sobre todo la atención a la gradualidad y a los pequeños pasos que puedan
ser comprendidos, aceptados y valorados”. (No 271). Hay un parágrafo particularmente significativo, y pedagógicamente fundamental, en el cual
Francisco afirma claramente que “la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las situaciones por las que podría llegar a
pasar un hijo.” Aquí vale el principio de que «el tiempo es superior al espacio»[291].Es decir, se trata de generar procesos más que de dominar
espacios. Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De
ese modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos. Lo que interesa sobre todo es generar en el hijo, con mucho
amor, procesos de maduración de su libertad, de capacitación, de crecimiento integral, de cultivo de la auténtica autonomía. (Sólo así ese hijo
tendrá en sí mismo los elementos que necesita para saber defenderse y para actuar con inteligencia y astucia en circunstancias difíc iles. Entonces
la gran cuestión no es dónde está el hijo físicamente, con quién está en este momento, sino dónde está en un sentido existencial, dónde está
posicionado desde el punto de vista de sus convicciones, de sus objetivos, de sus deseos, de su proyecto de vida. Por eso, las preguntas que hago
a los padres
GRUPO 3son: «¿Intentamos comprender “dónde” están los hijos realmente en su camino? ¿Dónde está realmente su alma, lo sabemos? Y, sobre
todo, ¿queremos saberlo?»[ cfr. No 261, 292].) A destacar también, el pasaje dedicado a la educación sexual, titulado de manera muy expresiva así:
“sí a la educación sexual”. Se le juzga necesaria, y una pregunta es lanzada: “Deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas han
asumido este desafío. Es difícil pensar la educación sexual en una época en que la sexualidad tiende a banalizarse y a empobrecerse. Sólo podría
entenderse en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua.” (No 280). Con frecuencia la educación sexual se concentra en la
invitación a «cuidarse», procurando un «sexo seguro». Esta expresión transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la
sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida”
(no 283)
Capítulo octavo: “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”
Este capítulo es una invitación a la misericordia y al discernimiento pastoral de cara a las situaciones que no responden plenamente a lo que el
Señor propone. El Papa utiliza aquí 3 verbos importantes: “acompañar, discernir e integrar” que son fundamentales para afrontar las situaciones de
fragilidad, complejas o irregulares. El papa presenta la necesaria gradualidad en la pastoral, la importancia del discernimiento, las normas y las
circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral, y en fin aquello que él define como “la lógica de la misericordia pastoral”. Este capítulo es
muy delicado. Para leerlo, es necesario recordar que («la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frági les, marcados por el
amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en medio de la
gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran en medio de la tempestad»[313]. No olvidemos que,) a menudo, la tarea de la
Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña. (No 291). Aquí el soberano pontífice asume el fruto de la reflexión del sínodo sobre las
temáticas controversiales. Él repite lo que es el matrimonio cristiano y agrega que “ Otras formas de unión contradicen radicalmente este ideal, pero
algunas lo realizan al menos de modo parcial y análogo”. Así la Iglesia no deja de valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que
todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio” (No 292). En lo que concierne al “discernimiento” frente a
situaciones irregulares, el Papa anota que “hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que
estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (No 296). Y él continúa: “Se trata de integrar a todos, se debe
ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia «inmerecida,
incondicional y gratuita». (No 297). Y todavía : “Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes,
que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral. “
(no 298). Dentro de este mismo espíritu, acogiendo las observaciones de los padres sinodales, el Papa afirma que «los bautizados que se han
divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando
cualquier ocasión de escándalo. Pero el sentido global del capítulo y del espíritu que el Papa Francisco quiere inscribir en la pastoral de la Iglesia
está bien resumido en las palabras finales: “Invito a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a
conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o
deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración
personal. E invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de
comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia.” (No 312). Sobre “la lógica de la misericordia
pastoral”, el papa Francisco afirma con fuerza que “A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios” [364].
Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el
Evangelio.” (No 311).
Capítulo noveno: «Espiritualidad matrimonial y familiar»
Este capítulo está dedicado a la espiritualidad matrimonial y familiar, “hecha de miles de gestos reales y concretos” (no 315). Con claridad, se dice
que “quienes tienen hondos deseos espirituales no deben sentir que la familia los aleja del crecimiento en la vida del Espíritu, sino que es un camino
que el Señor utiliza para llevarles a las cumbres de la unión mística.” (No 316). Todo, “los momentos de gozo, el descanso o la fiesta, y aun la
sexualidad, se experimentan como una participación en la vida plena de su Resurrección.” (No 317). Entonces se habla de la oración a la luz de la
Pascua, de la espiritualidad del amor exclusivo y libre de la pareja dentro del “desafío y el anhelo de envejecer y desgastarse juntos y así reflejar la
fidelidad de Dios.” (No 319). En el pasaje que habla sobre “La Espiritualidad del cuidado, del consuelo y del estímulo”, el papa escribe que “Toda la
vida de la familia es un «pastoreo» misericordioso. Cada uno, con cuidado, pinta y escribe en la vida del otro” (No 322). “Es una honda experiencia
espiritual contemplar a cada ser querido con los ojos de Dios y reconocer a Cristo en él.” (No 323). En el párrafo conclusivo, el papa afirma que
«ninguna familia es una realidad celestial y confeccionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad
de amar. (Hay un llamado constante que viene de la comunión plena de la Trinidad, de la unión preciosa entre Cristo y su Iglesia, de esa comunidad
tan bella que es la familia de Nazaret y de la fraternidad sin manchas que existe entre los santos del cielo. Pero además, contemplar la plenitud que
todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones
interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo. También nos
impide juzgar con dureza a quienes viven en condiciones de mucha fragilidad.) Todos estamos llamados a mantener viva la tensión hacia un más
allá de nosotros mismos y de nuestros límites, y cada familia debe vivir en ese estímulo constante. Caminemos familias, sigamos caminando. (Lo
que se nos promete es siempre más.) No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de
comunión que se nos ha prometido.” (No 325)
GRUPO 4
El amor fraternal en las familias a la luz de la Exhortación
Apostólica Amoris Laetitia
El Papa Francisco (2016) en la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, nos recuerda que el vínculo de fraternidad se construye en familia, en un
ambiente compartido, además menciona que, el amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano y que: El don de un nuevo hijo, que
el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de
la vida eterna. Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don
que les ha sido confiado. En efecto, a ellos les ha concedido Dios elegir el nombre con el que él llamará a cada uno de sus hijos por toda la
eternidad (181). La familia introduce la fraternidad en el mundo y en favor de esta sociedad a tomar opciones proféticas, novedosas y originales,
que concedan suficiente espacio a los hijos. El amor siempre da vida. Por eso, el amor conyugal «no se agota dentro de la pareja […] Los
cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad
conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre (176). La generosa presencia de la madre y del padre, educa a los hermanos para
que puedan reconocerse recíprocamente y se abran a los demás, porque es en la familia, donde los hermanos aprenden la lealtad que une a las
diferentes generaciones, y dicha lealtad les otorga dones y tareas. En el libro de primera de Juan indica: Si uno dice: Yo amo a Dios, y odia a su
hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. (1 Jn 4,20).
Es decir, no podríamos expresar que amamos a Dios sin amar también a nuestros hermanos, esto sería una prueba de que no pertenecemos a la
misma familia, no olvidemos que el amor fraternal más perfecto es el mutuo, si uno de los hermanos comienza a amar desinteresadamente primero.
Asimismo, Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio se da a conocer que el amor en la familia no es una comunidad de
personas, no puede vivir, crecer y perfeccionarse como una comunidad de personas. En virtud de su dignidad y misión, los padres cristianos tienen
el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de Dios y del coloquio
personal con Él: «Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos
aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo (60). Los hijos contribuyen a
la edificación de una familia, que puede perfeccionarse con un gran espíritu de sacrificio con generosa disponibilidad de todos y cada uno a la
fraternidad, al respeto, a la compasión, a la reconciliación en el amor que significa caridad. En este sentido, si vivimos en la fe, estamos llamados a
amar al prójimo en sus diferentes condiciones, al menesteroso, al antipático, incluso al enemigo, a amarlo de verdad. Santo Tomás de Aquino
destacó: la caridad es un amor de humanidad que se difunde más allá de la amistad por una especie de entrega del amor. Y por el amor que
cultivamos por Dios, amamos a todos sus hijos.
En el Antiguo Testamento, el objeto central del amor del hombre es el pobre, el extranjero, la viuda y el huérfano, es así como el hombre comienza
a desarrollar amor a su hermano; y al amarse a sí mismo, ama del mismo modo al que necesita ayuda, al frágil e inseguro ser humano. El Papa
Francisco (2016) en la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia señala que: “Con íntimo gozo y profunda consolación, la Iglesia mira a las familias que
permanecen fieles a las enseñanzas del Evangelio, agradeciéndoles el testimonio que dan y alentándolas. Gracias a ellas, en efecto, se hace
creíble la belleza del matrimonio indisoluble y fiel para siempre” (86). Es así, que la familia y la Iglesia se corresponden en el papel educativo de la
Iglesia Doméstica. Tal como lo señala el Catecismo de la Iglesia Católica: “Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente,
principalmente en su bautismo” (167). Aquí se aprende la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y
sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de la propia vida. La Familia De acuerdo al Compendio de la Doctrina Social de la
Iglesia (2015), donde nos refiere que: “Es una institución divina, fundamento de la vida de las personas y prototipo de toda organización social en
donde se aprende a conocer el amor y la fidelidad” (211).Donde, considera a la familia como la primera sociedad natural, titular de derechos propios
y originarios, y la sitúa en el centro de la vida social, menciona que posee una específica y original dimensión social, en cuanto lugar primario de relaciones
interpersonales, es la célula primera y vital de la sociedad. La familia es, después de todo, la primera organización de la cual somos activos participantes como
personas, y el espacio donde aprendemos a desarrollar vínculos de caridad que luego aplicamos en empresas e instituciones para construir una sociedad mejor”.
Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don del sí en el amor y en el don de la vida, las mismas que se desarrollan en el seno de la
familia mediante los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad, ya que desde la infancia se pueden aprender los valores morales, se comienza a
honrar a Dios y a usar bien la libertad.
Conclusiones: La Exhortación Apostólica Amoris Laetitia trata de la alegría del amor en la familia, siendo un documento que nos hace reflexionar sobre la vida
familiar. La familia es el lugar donde nace la fraternidad como ejemplo de la familia de Nazaret, de acuerdo al Papa Francisco nace de un vínculo entre los miembros
de la familia, esta es un proyecto de amor inculcado por los padres, para que puedan reconocer valores, porque es al interior de ella en donde los hermanos
aprenden la lealtad. El amor fraternal se presenta como propuesta para los matrimonios y familias cristianas, esta se basa en el compromiso, fidelidad, paciencia
hasta el punto de ser lentos a la ira, sin envidia ni celos que son elementos contrarios al amor y a la paciencia sin alarde ni vanagloria, que es el ansia de mostrarse
como superior para impresionar a otros, con alegría por la verdad puesto que, en un mundo lleno de mentiras, engaños, apariencias, el amor fraternal prevalece
sobre toda adversidad. Siendo necesario como dice el Papa Francisco una resignificación de la familia, en sus nuevas condiciones y manifestaciones a partir de
Amoris Laetitia, no precisamente debe ser en términos de consanguinidad, o lazos de sangre, sino que al tener compasión del desvalido se comienza a desarrollar
el amor fraternal, que se ha de dar con base en el amor. El amor fraternal es la capacidad que tiene el hombre de relacionarse con su prójimo, tratando a cada
persona como un verdadero hermano, transcender en el amor, que es bendición y gracias de Dios; lo que permite, configurar a la persona para que desarrolle la
capacidad de compartir, de ese amor que recibió, a las demás personas con las cuales cohabita.
Recomendaciones: A toda la familia cristiana y a sus miembros; a través de los representantes de Cristo en la tierra, dar a conocer al pueblo de Dios, las
enseñanzas de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia que son reflexiones sobre las enseñanzas que el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia hacen acerca del
amor fraternal en la familia. A la comunión familiar en la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia del Papa Francisco, habla sobre la exhortación de la práctica del
amor fraternal con nuestro prójimo, que es el amor que Dios nos pide tener a todos los seres humanos, que Dios ha creado con igualdad de derechos, en los
deberes y en la dignidad. El amor fraternal se basa en la experiencia de que todos somos uno. A la Iglesia Católica, deben enseñar y guiar a los feligreses al amor
que es el fundamento de la familia, basado en la exhortación del Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia. Él nos habla como pastor, nos anima
y nos dice: que estamos llamados a amar al prójimo en sus diferentes condiciones, amarlo de verdad, desde su humanidad, que se difunde más allá de la amistad,
por una especie de entrega del amor. Y por el amor que cultivamos por Dios, debemos amar a todos sus hijos, para que nadie se sienta minusvalorado o excluido
del amor de Dios.
GRUPO 5 : Defendamos la belleza de la familia
Tomado y adaptado de Vatican News.
Tomado de Amoris Laetitia
El Santo Padre en durante el Angelus ha presentado el hogar de José, María y Jesús como ejemplo de buena comunicación, y ha pedido que los miembros de las
familias de hoy sepan rezar juntos, trabajar juntos y «recuperar la comunicación en familia, no como los niños que chatean con el móvil en la mesa y hay un silencio
como si fuese el de la misa. Es necesario comunicarse, los padres y los hijos, los abuelos. Comunicarse».
Hoy es necesaria una nueva mirada a la familia. El Papa recordó que la exhortación “Amoris laetitia” ha marcado el inicio de un camino tratando de impulsar un
nuevo enfoque pastoral de la realidad de la familia. “La intención principal del Documento – subrayó el Papa – es comunicar, en un tiempo y una cultura
profundamente cambiados, que hoy es necesaria una nueva mirada a la familia por parte de la Iglesia: no basta con reiterar el valor y la importancia de la doctrina,
si no nos convertimos en custodios de la belleza de la familia y si no cuidamos con compasión su fragilidad y sus heridas”.
Luchar contra la dictadura del yo. El Obispo de Roma remarcó que "Es peligroso cuando, en lugar de escucharnos, nos culpamos de nuestros errores; cuando, en
lugar de preocuparnos por los demás, nos centramos en nuestras propias necesidades; cuando, en lugar de hablar, nos aislamos con nuestros teléfonos móviles;
cuando nos acusamos unos a otros, repitiendo siempre las mismas frases, escenificando una obra de teatro ya vista en la que cada uno quiere tener razón y al final
hay un frío silencio". Por ello, repitió uno de sus consejos: "Por la noche, después de todo, hagan las paces. Nunca vayan a dormir sin haber hecho las paces,
porque si no al día siguiente habrá una guerra fría".
La Iglesia está en ustedes. El Papa Francisco también señaló que "la Iglesia está con ustedes, es más, la Iglesia está en ustedes. De hecho, la Iglesia nació de una
Familia, la de Nazaret, y está formada principalmente por familias. Que el Señor los ayude cada día a permanecer en la unidad, en la paz y en la alegría, mostrando
a todos que Dios es amor y comunión de vida".
Asimismo, recalcó que "urge un compromiso renovado, en el que pastores y familias, bien formados, sepan trabajar juntos para ser más eficaces en la tarea de
acompañar a los niños, a los jóvenes, a los cónyuges y a las familias enteras en los desafíos morales y espirituales de las sociedades actuales". La educación de los
hijos. Los padres siempre inciden en el desarrollo moral de sus hijos, para bien o para mal. Por consiguiente, lo más adecuado es que acepten esta función
inevitable y la realicen de un modo consciente, entusiasta, razonable y apropiado. Ya que esta función educativa de las familias es tan importante y se ha vuelto
muy compleja.
La familia no puede renunciar a ser lugar de sostén, de acompañamiento, de guía, aunque deba reinventar sus métodos y encontrar nuevos recursos. Necesita
plantearse a qué quiere exponer a sus hijos. Para ello, no se debe dejar de preguntarse quiénes se ocupan de darles diversión y entretenimiento, quiénes entran en
sus habitaciones a través de las pantallas, a quiénes los entregan para que los guíen en su tiempo libre. Sólo los momentos que pasamos con ellos, hablando con
sencillez y cariño de las cosas importantes, y las posibilidades sanas que creamos para que ellos ocupen su tiempo, permitirán evitar una nociva invasión. Siempre
hace falta una vigilancia. El abandono nunca es sano. Los padres deben orientar y prevenir a los niños y adolescentes para que sepan enfrentar situaciones donde
pueda haber riesgos, por ejemplo, de agresiones, de abuso o de drogadicción. Pero la obsesión no es educativa, y no se puede tener un control de todas las
situaciones por las que podría llegar a pasar un hijo. Aquí vale el principio de que «el tiempo es superior al espacio». Es decir, se trata de generar procesos más que
de dominar espacios. Si un padre está obsesionado por saber dónde está su hijo y por controlar todos sus movimientos, sólo buscará dominar su espacio. De ese
modo no lo educará, no lo fortalecerá, no lo preparará para enfrentar los desafíos.
La familia un lugar de humanización de la persona humana
En la familia recibimos la vida y la persona es valorada por sí misma. En ella se forja la personalidad de los individuos, a través de ella nos insertamos en una
comunidad y en una cultura, y es, además, la primera escuela de valores y virtudes sociales como fundamento para una vida digna y para el desarrollo de la
sociedad. La familia, a lo largo de la historia, ha ido adquiriendo elementos configuradores propios de cada época, pero a la vez ha sobrevivido a los diferentes
cambios sociales, transformándose en una realidad perenne. Y hoy, pese a las muchas y aceleradas transformaciones de la sociedad, la familia sigue ofreciendo el
marco natural de apoyo emocional, espiritual, económico y material que es esencial para el desarrollo de sus miembros.
En el estudio sobre la familia descubrimos un común denominador, considerándola como un verdadero espacio de humanización. La familia es, o debería ser, el
lugar adecuado donde la vida humana nace y crece y se confronta y se experimenta, el ámbito donde la persona aspira a encontrar un espacio verdaderamente
humano, de acogida, de confianza, de cariño, de libertad, de comprensión, de ayuda. Un lugar donde las relaciones humanas tienen en cuenta al otro como
persona, como un “tu” singular con su riqueza y limitación, sus cualidades y defectos; donde predomina el amor sobre la función, la gratuidad sobre el interés, la
capacidad de entrega sobre el egoísmo.
Desde esta afirmación, de la familia como lugar de humanización, debemos concretar cómo realiza esta función, es decir, ¿Cómo humaniza la familia? ¿Cuáles son
los valores que descubrimos en ella y que estructuran nuestra realidad personal y social? Podemos concretar algunos aspectos, como: la familia humaniza amando,
transmitiendo valores, democratizando, socializando y solidarizando, viviendo y educando en la paz, promoviendo la personalidad, dando libertad y exigiendo
responsabilidad, enseñando a integrar las diversas vivencias, culturizando e inculturizando, valorando la corporeidad y la sexualidad, capacitando para el
discernimiento. Así, la realidad de la familia se encuentra hoy ante un reto fundamental y que, a la vez, redefine su propia identidad: La humanización de sus
miembros, es decir, la formación de la persona desde el inicio de su existencia hasta el final de su vida.
“La familia es escuela del más rico humanismo...la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a
armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamento de la sociedad... El Magisterio de la Iglesia, desde su
aportación continuada a lo largo de la historia, ha ido añadiendo aspectos importantes a la realidad de la familia, concediendo a su entidad perenne, la necesaria
actualización de su estructura y sus funciones según los cambios histórico-sociales. Dentro de las múltiples aportaciones tenemos: La familia como primera
comunidad humana. La familia es la base, el principio, el fundamento de la sociedad, la célula primera y vital de la sociedad, la comunidad social básica; adquiere
primacía sobre las demás sociedades que componen la sociedad global. Esta afirmación se concreta en dos planos: primero, la integración de la persona en la
sociedad a través de la familia: los hombres entran a formar parte de la sociedad civil a través de la familia en la que son engendrados; el bienestar de la persona y
de la sociedad está unido a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar (GS 47); a través de la familia cristiana, la persona es introducida, también, en la
“familia de Dios”, que es la Iglesia; en la familia la persona recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien, aprende qué quiere decir amar y ser amado y, en
definitiva, qué significa la persona humana. Y segundo, la familia es el primer ámbito de formación de la persona en lo referente a las virtudes sociales (GS 3): los
padres tienen un derecho deber educativo esencial, original, insustituible e inalienable; una educación dirigida esencialmente a la justicia, a la dignidad personal y al
amor (FC 37).
La familia como primera comunidad humana es anterior a la sociedad civil con la que colabora y que, a su vez, debe prestarle ayuda. La familia es una
verdadera sociedad, una sociedad doméstica que precisa de unos derechos y deberes propios, totalmente independientes de la voluntad de la potestad civil. La
familia goza de dignidad, aunque se halle sometida a ciertas deformaciones (poligamia, divorcio, amor libre...) y perturbaciones (situación socioeconómica,
incremento demográfico...) (GS 47). Una dignidad sagrada concretada, a su vez, en el matrimonio, en el amor conyugal y en su fecundidad (GS 48-50). La familia
es un derecho natural y una vocación, una comunidad que se posibilita, entre otros elementos, por el trabajo, siendo la primera escuela de trabajo doméstico para
todo hombre (LE 10). La familia es considerada como anterior e independiente respecto de la sociedad y del Estado. Es la sociedad más antigua y anterior a la
sociedad civil, por eso
sus derechos y deberes también son anteriores y más naturales (RN 9). Así la patria potestad de la familia no puede ser extinguida ni absorbida por el poder público
(RN 10. 26). Pero, a su vez, debe haber una complementariedad entre familia y Estado (FC 45) porque la familia es escuela del más rico humanismo y constituye el
fundamento de la sociedad (GS 52), ella es el lugar de convergencia de diferentes generaciones ofreciendo la armonía entre ella y la sociedad (GS 36.52) y es el
vehículo fundamental de la cultura y tradiciones propias de cada nación.
GRUPO 6-7
La familia es el primer lugar donde se aprende a amar
El Papa se refirió a la libertad, tomando las enseñanzas de San Pablo como punto de inspiración. “La libertad es uno de los bienes más valorados y
buscados por el hombre moderno y contemporáneo”, dijo. Añadiendo a continuación “Todos ustedes cónyuges, formando su familia, con la gracia de
Cristo han hecho esta elección valiente: no usar su libertad para ustedes mismos, sino para amar a las personas que Dios ha puesto a su lado.” No
hay ‘planetas’ o ‘satélites’ que viajan cada uno en su propia órbita. El Sucesor de Pedro consideró que “en vez de vivir como “islas”, se han
puesto “al servicio los unos de los otros”. “De este modo, de acuerdo con el Papa, se vive la libertad en familia. No hay “planetas” o “satélites” que
viajan cada uno en su propia órbita. La familia es el lugar del encuentro, del compartir, del salir de sí mismos para acoger a los otros y estar cerca de
ellos. Es el primer lugar donde se aprende a amar.
Relación entre generaciones. El Papa – reflexionando sobre la relación entre los profetas Elías y Eliseo – aseguró que “nos hace pensar en la
relación entre las generaciones, en el “paso del testigo” de padres a hijos. “Esta relación en el mundo de hoy no es sencilla y a menudo es motivo de
preocupaciones. Los padres temen que los hijos no sean capaces de orientarse en la complejidad y en la confusión de nuestras sociedades, donde
todo parece caótico y precario, y que al final pierdan su camino. Este miedo hace a algunos padres ansiosos, a otros sobrepro tectores, y a veces
termina incluso por impedir el deseo de traer nuevas vidas al mundo.”
Dios no es ansioso. Luego, el Papa enfatizó la importancia, para los padres, de contemplar el modo de actuar de Dios, y aseveró que “Dios ama a
los jóvenes, pero no por eso los preserva de todos los peligros, desafíos y sufrimientos. No es ansioso ni sobreprotector; al contrario, confía en ellos
y llama a cada uno al alto sentido de la vida y de la misión”. E insistió: “Dios no es ansioso”. Asimismo, les manifestó a los padres que “si ayudan a
sus hijos a que descubran y acojan su vocación, verán que ellos estarán “aferrados” a esta misión y tendrán la fuerza de afrontar y sup erar las
dificultades de la vida.”
Abrazar la propia vocación con amor fiel. Según el Obispo de Roma, “no hay nada más estimulante para los hijos que ver a los propios padres
vivir el matrimonio y la familia como una misión, con fidelidad y paciencia, a pesar de las dificultades, los momentos tristes y las pruebas”. Luego,
remarcó a las familias que “están invitadas a no tener otras prioridades, a “no volverse atrás”, es decir, a no echar de menos la vida de antes, la
libertad de antes, con sus ilusiones engañosas. Cuando no se acoge la novedad de la llamada de Dios la vida se fosiliza, añorando el pasado.
Cuando Jesús llama, también al matrimonio y a la familia, pide que miremos hacia adelante y siempre nos precede en el camino, siempre nos
precede en el amor y en el servicio. Quien lo sigue no queda defraudado.”
Finalmente, el Papa señaló que "la Iglesia está con ustedes, es más, la Iglesia está en ustedes. De hecho, la Iglesia nació de una Familia, la
de Nazaret, y está formada principalmente por familias.
---Cada familia cristiana es una “comunidad de vida y de amor” que recibe la misión “de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y
participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa” (Juan Pablo II, “Familiaris Consortio” n.
17). Es una comunidad que busca vivir según el Evangelio, que vibra con la Iglesia, que reza, que ama.
Para vivir el amor hace falta fundarlo todo en la experiencia de Cristo, en la vida de la Iglesia, en la fe y la esperanza que nos sostienen como
católicos. En estas líneas queremos reflexionar especialmente sobre la responsabilidad que tienen los padres en el cultivo de la fe en la propia
familia. No sólo respecto de los hijos, sino como pareja, pueden ayudarse cada día a conocer, vivir y transmitir la fe que madura en el amor y lleva a
la esperanza. Los hijos también, conforme crecen, se convierten en protagonistas: pueden ayudar y motivar a los padres y a los hermanos para ser
cada día más fieles a sus compromisos bautismales. Entre los muchos caminos que existen para cultivar la fe en familia, nos fijamos ahora en tres:
la oración en familia, el estudio de la doctrina católica, y la vida según las enseñanzas de Cristo.
1. La oración en familia:La oración es para cualquier bautizado lo que es el aire para los seres humanos: algo imprescindible. Aprender a rezar
toca a todos: a los padres, en las distintas etapas de su maduración interior; a los hijos, desde pequeños y cuando poco a poco entran en el mundo
de los adultos.
La oración en la vida familiar tiene diversas formas. El día inicia con breves oraciones por la mañana. Por ejemplo, los padres pueden levantar a sus
hijos con una pequeña jaculatoria; o, después de asearse o antes del desayuno, todos rezan juntos una pequeña oración (el Padrenuestro, el Ave
María, parte de un Salmo o del Magnificat, etc.).
Otras plegarias surgen de modo espontáneo, según las necesidades de cada día. La familia reza por el examen de selectividad, por la situación de
la fábrica donde trabaja papá o mamá, por las lluvias, por el eterno descanso del abuelo...
2. Aprender la fe en familia
Vivir en un clima continuo de oración abre los corazones al mundo divino. Esa apertura necesita ir acompañada por el estudio de todos, tanto de los
padres como de los hijos, para conocer a fondo el gran regalo de la fe católica.
Los modos para lograrlo son muchos. La lectura y el estudio de la Biblia, especialmente de los Evangelios, resultan un momento esencial para
conocer la propia fe. Para ello, hace falta recibir una buena introducción, sea a través de cursos en la parroquia, sea a través de la lectura de libros
de autores católicos fieles al Papa y a los obispos.
3. Vivir el Evangelio en familia
Una fe sin obras, nos recuerda la Carta de Santiago, es estéril (cf. Sant 2,20). No entra en el Reino de los cielos el que dice “Señor, Señor”, sino el
que cumple la Voluntad del Padre (cf. Mt 7,21).
La familia que reza, la familia que estudia su fe, también sabe vivir aquello que ha llevado a la oración, busca aplicar lo que ha conocido gracias a la
bondad del Padre que nos ha hablado en su Hijo.
La mejor escuela para vivir como cristianos es la familia. Las indicaciones que podrían ofrecerse son muchísimas, como son muchas las
enseñanzas morales que encontramos en la Biblia (los diez Mandamientos, el Sermón de la montaña, etc.) y que la Iglesia nos explica en la
Tercera Parte del Catecismo. Como un resumen, el Catecismo enumera las 14 “obras de misericordia” (7 corporales y 7 espirituales) que ilustran
ampliamente cuál es el modo de vivir según el Evangelio. Para concretar un poco más cómo vivir evangélicamente, enumeremos algunos ámbitos
en los que la familia se hace educadora en el arte de actuar como cristianos auténticos.
El primer ámbito, desde luego, es el de la propia familia. Vivir el Evangelio implica crear un clima en el hogar en el que se lleva a la práctica el
principal mandamiento: la caridad. El amor debe ser el criterio para todo y para todos.
Ese amor se aprende, se hace vida, cuando los hijos ven cómo se tratan sus padres. Si los padres se aman profundamente, si saben darse el uno
al otro como Cristo se dio por la Iglesia (cf. Ef 5,21-33), si saben perdonar hasta 70 veces 7 (cf. Mt 18,22), si confían en la Providencia más que en
las cuentas del banco (cf. Mt 6,24-34), si ayudan al peregrino, al hambriento, al sediento, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,33-40)...
los hijos habrán encontrado en la familia un auténtico “Evangelio vivo”. Aprenderán entonces a dar gracias, a ayudar al necesitado, a compartir sus
objetos personales, a escuchar a quien desea hablar, a dar un consejo a quien tenga dudas (de matemáticas o de fe...).