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CONSTITUCIÓN PASTORAL

GAUDIUM ET SPES
SOBRE LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL

PROEMIO

Unión íntima de la Iglesia con la familia humana universal

1. Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de
nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos
y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verda-
deramente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana
está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu
Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva
de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y
realmente solidaria del genero humano y de su historia.

Destinatarios de la palabra conciliar

2. Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de


la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos
invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos
cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual.

Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con
el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro
de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los
cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado
bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resuci-
tado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el pro-
pósito divino y llegue a su consumación.

Al servicio del hombre

3. En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubri-


mientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas
sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre
en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre
el destino último de las cosas y de la humanidad. El Concilio, testigo y expositor
de la fe de todo el Pueblo de Dios congregado por Cristo, no puede dar prueba
mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar
con ella acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y
poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, condu-
cida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre
la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por
consiguiente, el hombre; pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y
conciencia, inteligencia y voluntad, quien será el objeto central de las explica-
ciones que van a seguir.

Al proclamar el Concilio la altísima vocación del hombre y la divina semilla


que en éste se oculta, ofrece al género humano la sincera colaboración de la
Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación. No im-
pulsa a la Iglesia ambición terrena alguna. Sólo desea una cosa: continuar, bajo
la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar
testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser
servido.

EXPOSICIÓN PRELIMINAR

SITUACIÓN DEL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY

Esperanzas y temores

4. Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo


los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que,
acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes in-
terrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida
futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y com-
prender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo
dramático que con frecuencia le caracteriza. He aquí algunos rasgos fundamen-
tales del mundo moderno.

El género humano se halla en un período nuevo de su historia, caracterizado


por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al uni-
verso entero. Los provoca el hombre con su inteligencia y su dinamismo crea-
dor; pero recaen luego sobre el hombre, sobre sus juicios y deseos individuales
y colectivos, sobre sus modos de pensar y sobre su comportamiento para con
las realidades y los hombres con quienes convive. Tan es así esto, que se puede
ya hablar de una verdadera metamorfosis social y cultural, que redunda también
en la vida religiosa.

Como ocurre en toda crisis de crecimiento, esta transformación trae consigo


no leves dificultades. Así mientras el hombre amplía extraordinariamente su
poder, no siempre consigue someterlo a su servicio. Quiere conocer con pro-
fundidad creciente su intimidad espiritual, y con frecuencia se siente más in-
cierto que nunca de sí mismo. Descubre paulatinamente las leyes de la vida
social, y duda sobre la orientación que a ésta se debe dar.

Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibi-


lidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad
sufre hambre y miseria y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir.
Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto
surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Mientras el mundo
siente con tanta viveza su propia unidad y la mutua interdependencia en inelu-
dible solidaridad, se ve, sin embargo, gravísimamente dividido por la presencia
de fuerzas contrapuestas. Persisten, en efecto, todavía agudas tensiones políti-
cas, sociales, económicas, raciales e ideológicas, y ni siquiera falta el peligro de
una guerra que amenaza con destruirlo todo. Se aumenta la comunicación de las
ideas; sin embargo, aun las palabras definidoras de los conceptos más funda-
mentales revisten sentidos harto diversos en las distintas ideologías. Por último,
se busca con insistencia un orden temporal más perfecto, sin que avance para-
lelamente el mejoramiento de los espíritus.

Afectados por tan compleja situación, muchos de nuestros contemporáneos


difícilmente llegan a conocer los valores permanentes y a compaginarlos con
exactitud al mismo tiempo con los nuevos descubrimientos. La inquietud los
atormenta, y se preguntan, entre angustias y esperanzas, sobre la actual evolu-
ción del mundo. El curso de la historia presente en un desafío al hombre que le
obliga a responder.

Cambios profundos

5. La turbación actual de los espíritus y la transformación de las condiciones


de vida están vinculadas a una revolución global más amplia, que da creciente
importancia, en la formación del pensamiento, a las ciencias matemáticas y na-
turales y a las que tratan del propio hombre; y, en el orden práctico, a la técnica
y a las ciencias de ella derivadas. El espíritu científico modifica profundamente
el ambiente cultural y las maneras de pensar. La técnica con sus avances está
transformando la faz de la tierra e intenta ya la conquista de los espacios inter-
planetarios.

También sobre el tiempo aumenta su imperio la inteligencia humana, ya en


cuanto al pasado, por el conocimiento de la historia; ya en cuanto al futuro, por
la técnica prospectiva y la planificación. Los progresos de las ciencias biológi-
cas, psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino
aun influir directamente sobre la vida de las sociedades por medio de métodos
técnicos. Al mismo tiempo, la humanidad presta cada vez mayor atención a la
previsión y ordenación de la expansión demográfica.

La propia historia está sometida a un proceso tal de aceleración, que apenas


es posible al hombre seguirla. El género humano corre una misma suerte y no
se diversifica ya en varias historias dispersas. La humanidad pasa así de una
concepción más bien estática de la realidad a otra más dinámica y evolutiva, de
donde surge un nuevo conjunto de problemas que exige nuevos análisis y nue-
vas síntesis.

Cambios en el orden social

6. Por todo ello, son cada día más profundos los cambios que experimentan
las comunidades locales tradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la
tribu, la aldea, otros diferentes grupos, y las mismas relaciones de la conviven-
cia social.

El tipo de sociedad industrial se extiende paulatinamente, llevando a algunos


países a una economía de opulencia y transformando profundamente concep-
ciones y condiciones milenarias de la vida social. La civilización urbana tiende
a un predominio análogo por el aumento de las ciudades y de su población y
por la tendencia a la urbanización, que se extiende a las zonas rurales.

Nuevos y mejores medios de comunicación social contribuyen al conoci-


miento de los hechos y a difundir con rapidez y expansión máximas los modos
de pensar y de sentir, provocando con ello muchas repercusiones simultáneas.

Y no debe subestimarse el que tantos hombres, obligados a emigrar por varios


motivos, cambien su manera de vida.

De esta manera, las relaciones humanas se multiplican sin cesar y el mismo


tiempo la propia socialización crea nuevas relaciones, sin que ello promueva
siempre, sin embargo, el adecuado proceso de maduración de la persona y las
relaciones auténticamente personales (personalización).

Esta evolución se manifiesta sobre todo en las naciones que se benefician ya


de los progresos económicos y técnicos; pero también actúa en los pueblos en
vías de desarrollo, que aspiran a obtener para sí las ventajas de la industrializa-
ción y de la urbanización. Estos últimos, sobre todo los que poseen tradiciones
más antiguas, sienten también la tendencia a un ejercicio más perfecto y perso-
nal de la libertad.

Cambios psicológicos, morales y religiosos

7. El cambio de mentalidad y de estructuras somete con frecuencia a discu-


sión las ideas recibidas. Esto se nota particularmente entre jóvenes, cuya impa-
ciencia e incluso a veces angustia, les lleva a rebelarse. Conscientes de su propia
función en la vida social, desean participar rápidamente en ella. Por lo cual no
rara vez los padres y los educadores experimentan dificultades cada día mayores
en el cumplimiento de sus tareas.

Las instituciones, las leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del
pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de cosas. De ahí una grave
perturbación en el comportamiento y aun en las mismas normas reguladoras de
éste.

Las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa. Por
una parte, el espíritu crítico más agudizado la purifica de un concepto mágico
del mundo y de residuos supersticiosos y exige cada vez más una adhesión ver-
daderamente personal y operante a la fe, lo cual hace que muchos alcancen un
sentido más vivo de lo divino. Por otra parte, muchedumbres cada vez más nu-
merosas se alejan prácticamente de la religión. La negación de Dios o de la
religión no constituye, como en épocas pasadas, un hecho insólito e individual;
hoy día, en efecto, se presenta no rara vez como exigencia del progreso cientí-
fico y de un cierto humanismo nuevo. En muchas regiones esa negación se en-
cuentra expresada no sólo en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente
la literatura, el arte, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia y
la misma legislación civil. Es lo que explica la perturbación de muchos.

Los desequilibrios del mundo moderno


8. Una tan rápida mutación, realizada con frecuencia bajo el signo del desor-
den, y la misma conciencia agudizada de las antinomias existentes hoy en el
mundo, engendran o aumentan contradicciones y desequilibrios.

Surgen muchas veces en el propio hombre el desequilibrio entre la inteligen-


cia práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a domi-
nar y ordenar la suma de sus conocimientos en síntesis satisfactoria. Brota tam-
bién el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias de la
conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y
a las exigencias de un pensamiento personal y de la misma contemplación.
Surge, finalmente, el desequilibrio entre la especialización profesional y la vi-
sión general de las cosas.

Aparecen discrepancias en la familia, debidas ya al peso de las condiciones


demográficas, económicas y sociales, ya a los conflictos que surgen entre las
generaciones que se van sucediendo, ya a las nuevas relaciones sociales entre
los dos sexos.

Nacen también grandes discrepancias raciales y sociales de todo género. Dis-


crepancias entre los países ricos, los menos ricos y los pobres. Discrepancias,
por último, entre las instituciones internacionales, nacidas de la aspiración de
los pueblos a la paz, y las ambiciones puestas al servicio de la expansión de la
propia ideología o los egoísmos colectivos existentes en las naciones y en otras
entidades sociales.

Todo ello alimenta la mutua desconfianza y la hostilidad, los conflictos y las


desgracias, de los que el hombre es, a la vez, causa y víctima.

Aspiraciones más universales de la humanidad

9. Entre tanto, se afianza la convicción de que el género humano puede y


debe no sólo perfeccionar su dominio sobre las cosas creadas, sino que le co-
rresponde además establecer un orden político, económico y social que esté más
al servicio del hombre y permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar
su propia dignidad.

De aquí las instantes reivindicaciones económicas de muchísimos, que tienen


viva conciencia de que la carencia de bienes que sufren se debe a la injusticia o
a una no equitativa distribución. Las naciones en vía de desarrollo, como son
las independizadas recientemente, desean participar en los bienes de la civiliza-
ción moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden económico,
y desempeñar libremente su función en el mundo. Sin embargo, está aumen-
tando a diario la distancia que las separa de las naciones más ricas y la depen-
dencia incluso económica que respecto de éstas padecen. Los pueblos ham-
brientos interpelan a los pueblos opulentos.

La mujer, allí donde todavía no lo ha logrado, reclama la igualdad de derecho


y de hecho con el hombre. Los trabajadores y los agricultores no sólo quieren
ganarse lo necesario para la vida, sino que quieren también desarrollar por me-
dio del trabajo sus dotes personales y participar activamente en la ordenación
de la vida económica, social, política y cultural. Por primera vez en la historia,
todos los pueblos están convencidos de que los beneficios de la cultura pueden
y deben extenderse realmente a todas las naciones.

Pero bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda
y más universal: las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida
plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas
posibilidades que les ofrece el mundo actual. Las naciones, por otra parte, se
esfuerzan cada vez más por formar una comunidad universal.

De esta forma, el mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz


de lo mejor y de lo peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad
o la esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio. El
hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las fuerzas
que él ha desencadenado, y que pueden aplastarle o servirle. Por ello se inte-
rroga a sí mismo.

Los interrogantes más profundos del hombre

10. En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno


están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces
en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio
interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limi-
taciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida
superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar.
Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja
de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división,
que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos los
que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de
la clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria,
no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Otros esperan del solo esfuerzo
humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el
convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente
todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder
dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la
existencia carece de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sen-
tido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son
cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva pe-
netración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el
sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos,
subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio?
¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay
después de esta vida temporal?.

Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz
y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima
vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el
que sea necesario salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de
toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia
que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas cosas permanentes, que tie-
nen su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para siempre. Bajo
la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación, el
Concilio habla a todos para esclarecer el misterio del hombre y para cooperar
en el hallazgo de soluciones que respondan a los principales problemas de nues-
tra época.

PRIMERA PARTE

LA IGLESIA Y LA VOCACIÓN DEL HOMBRE

Hay que responder a las mociones del Espíritu

11. El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo
conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los
acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con
sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de
Dios. La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la
entera vocación del hombre. Por ello orienta la menta hacia soluciones plena-
mente humanas.
El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy
disfrutan la máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina.
Estos valores, por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, po-
seen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón hu-
mano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación.
Por ello necesitan purificación.

¿Qué piensa del hombre la Iglesia? ¿Qué criterios fundamentales deben re-
comendarse para levantar el edificio de la sociedad actual? ¿Qué sentido último
tiene la acción humana en el universo? He aquí las preguntas que aguardan res-
puesta. Esta hará ver con claridad que el Pueblo de Dios y la humanidad, de la
que aquél forma parte, se prestan mutuo servicio, lo cual demuestra que la mi-
sión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.

CAPÍTULO I

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

El hombre, imagen de Dios

12. Creyentes y no creyentes están generalmente de acuerdo en este punto:


todos los bienes de la tierra deben ordenarse en función del hombre, centro y
cima de todos ellos.

Pero, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado
y se da sobre sí mismo. Diversas e incluso contradictorias. Exaltándose a sí
mismo como regla absoluta o hundiéndose hasta la desesperación. La duda y la
ansiedad se siguen en consecuencia. La Iglesia siente profundamente estas difi-
cultades, y, aleccionada por la Revelación divina, puede darles la respuesta que
perfile la verdadera situación del hombre, dé explicación a sus enfermedades y
permita conocer simultáneamente y con acierto la dignidad y la vocación pro-
pias del hombre.

La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado "a imagen de Dios", con
capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido
señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios.
¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que
te cuides de él? Apenas lo has hecho inferior a los ángeles al coronarlo de gloria
y esplendor. Tú lo pusiste sobre la obra de tus manos. Todo fue puesto por ti
debajo de sus pies (Ps 8, 5-7).

Pero Dios no creó al hombre en solitario. Desde el principio los hizo hombre
y mujer (Gen l,27). Esta sociedad de hombre y mujer es la expresión primera
de la comunión de personas humanas. El hombre es, en efecto, por su íntima
naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin rela-
cionarse con los demás.

Dios, pues, nos dice también la Biblia, miró cuanto había hecho, y lo juzgó
muy bueno (Gen 1,31).

El pecado

13. Creado por Dios en la justicia, el hombre, sin embargo, por instigación
del demonio, en el propio exordio de la historia, abusó de su libertad, levantán-
dose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios. Co-
nocieron a Dios, pero no le glorificaron como a Dios. Obscurecieron su estúpido
corazón y prefirieron servir a la criatura, no al Creador. Lo que la Revelación
divina nos dice coincide con la experiencia. El hombre, en efecto, cuando exa-
mina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por mu-
chos males, que no pueden tener origen en su santo Creador. Al negarse con
frecuencia a reconocer a Dios como su principio, rompe el hombre la debida
subordinación a su fin último, y también toda su ordenación tanto por lo que
toca a su propia persona como a las relaciones con los demás y con el resto de
la creación.

Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la
individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre
el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Más todavía, el hombre se nota
incapaz de domeñar con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto
de sentirse como aherrojado entre cadenas. Pero el Señor vino en persona para
liberar y vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al prín-
cipe de este mundo (cf. Io 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado. El
pecado rebaja al hombre, impidiéndole lograr su propia plenitud.

A la luz de esta Revelación, la sublime vocación y la miseria profunda que el


hombre experimenta hallan simultáneamente su última explicación.

Constitución del hombre


14. En la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición cor-
poral, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hom-
bre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador. No debe,
por tanto, despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por
bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar
en el último día. Herido por el pecado, experimenta, sin embargo, la rebelión
del cuerpo. La propia dignidad humana pide, pues, que glorifique a Dios en su
cuerpo y no permita que lo esclavicen las inclinaciones depravadas de su cora-
zón.

No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo mate-


rial y al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento
anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al uni-
verso entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su co-
razón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personal-
mente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino. Al afirmar, por tanto,
en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad de su alma, no es el hombre
juguete de un espejismo ilusorio provocado solamente por las condiciones físi-
cas y sociales exteriores, sino que toca, por el contrario, la verdad más profunda
de la realidad.

Dignidad de la inteligencia, verdad y sabiduría

15. Tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina,


cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material.
Con el ejercicio infatigable de su ingenio a lo largo de los siglos, la humanidad
ha realizado grandes avances en las ciencias positivas, en el campo de la técnica
y en la esfera de las artes liberales. Pero en nuestra época ha obtenido éxitos
extraordinarios en la investigación y en el dominio del mundo material. Siem-
pre, sin embargo, ha buscado y ha encontrado una verdad más profunda. La
inteligencia no se ciñe solamente a los fenómenos. Tiene capacidad para alcan-
zar la realidad inteligible con verdadera certeza, aunque a consecuencia del pe-
cado esté parcialmente oscurecida y debilitada.

Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y


debe perfeccionarse por medio de la sabiduría, la cual atrae con suavidad la
mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Imbuido por
ella, el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.

Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para
humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro
del mundo corre peligro si no forman hombres más instruidos en esta sabiduría.
Debe advertirse a este respecto que muchas naciones económicamente pobres,
pero ricas en esta sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria apor-
tación.

Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega por la fe a contemplar y sabo-
rear el misterio del plan divino.

Dignidad de la conciencia moral

16. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de


una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz
resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe
amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque
el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia con-
siste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La concien-
cia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a
solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la
conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento
consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a
los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con
acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la
sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor
seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho
y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin em-
bargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello
suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hom-
bre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresi-
vamente entenebreciendo por el hábito del pecado.

Grandeza de la libertad

17. La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la
libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con en-
tusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma
depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que
deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen
divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia
decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose li-
bremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad hu-
mana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre
elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo
la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre
logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones,
tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para
ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pe-
cado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse ne-
cesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuanta de su vida
ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado.

El misterio de la muerte

18. El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con


el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es
el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se re-
siste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla
de eternidad que en sí lleva, por se irreducible a la sola materia, se levanta contra
la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sea,
no pueden calmar esta ansiedad del hombre: la prórroga de la longevidad que
hoy proporciona la biología no puede satisfacer ese deseo del más allá que surge
ineluctablemente del corazón humano.

Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por


la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un
destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cris-
tiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del
pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya
al hombre en la salvación perdida por el pecado. Dios ha llamado y llama al
hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión
de la incorruptible vida divina. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta
victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para
todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde
satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre
y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos
queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que
poseen ya en Dios la vida verdadera.

Formas y raíces del ateísmo

19. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hom-
bre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al
diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó,
y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la
plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por en-
tero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden
del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es
este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser
examinado con toda atención.

La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios


expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay
que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa
como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebi-
damente los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, re-
chazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hom-
bre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que
parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes imagi-
nan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evan-
gelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque,
al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de
preocuparse por el hecho religiosos. Además, el ateísmo nace a veces como
violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación
indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados
prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí
misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado
notable el acceso del hombre a Dios.

Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar


las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no
carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de
responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un
fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que
se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente
en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual,
en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes,
en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición
inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral
y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la
religión.

El ateísmo sistemático
20. Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática,
la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta
negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este
ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin
de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede
conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o
por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de
poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.

Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la libe-
ración del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende
este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta
liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria,
apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso,
cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del
Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo
en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su
alcance el poder público.

Actitud de la Iglesia ante el ateísmo

21. La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar
con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas
doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana
universal y privan al hombre de su innata grandeza.

Quiere, sin embargo, conocer las causas de la negación de Dios que se escon-
den en la mente del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas
planteados por el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres,
la Iglesia juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio y más
profundo examen.

La Iglesia afirma que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno


a la dignidad humana, ya que esta dignidad tiene en el mismo Dios su funda-
mento y perfección. Es Dios creador el que constituye al hombre inteligente y
libre en la sociedad. Y, sobre todo, el hombre es llamado, como hijo, a la unión
con Dios y a la participación de su felicidad. Enseña además la Iglesia que la
esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino
que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando,
por el contrario, faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna,
la dignidad humana sufre lesiones gravísimas -es lo que hoy con frecuencia
sucede-, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, quedan
sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación.

Todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con


cierta obscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimien-
tos más importantes de la vida, puede huir del todo el interrogante referido. A
este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta; Dios, que llama
al hombre a pensamientos más altos y a una búsqueda más humilde de la verdad.

El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la


doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia
toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la
continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto
se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para
poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos már-
tires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fe-
cundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impul-
sándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho con-
tribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno
de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio y se
alzan como signo de unidad.

La Iglesia, aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo, reconoce sincera-


mente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar en la
edificación de este mundo, en el que viven en común. Esto no puede hacerse sin
un prudente y sincero diálogo. Lamenta, pues, la Iglesia la discriminación entre
creyentes y no creyentes que algunas autoridades políticas, negando los dere-
chos fundamentales de la persona humana, establecen injustamente. Pide para
los creyentes libertad activa para que puedan levantar en este mundo también
un templo a Dios. E invita cortésmente a los ateos a que consideren sin prejui-
cios el Evangelio de Cristo.

La Iglesia sabe perfectamente que su mensaje está de acuerdo con los deseos
más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la voca-
ción del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de sus des-
tinos más altos. Su mensaje, lejos de empequeñecer al hombre, difunde luz, vida
y libertad para el progreso humano. Lo único que puede llenar el corazón del
hombre es aquello que "nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está in-
quieto hasta que descanse en ti".

Cristo, el Hombre nuevo


22. En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de
venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma reve-
lación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues,
que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su
corona.

El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto,


que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por
el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido
elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encar-
nación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de
hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó
con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente
uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado.

Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida.


En El Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud
del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el
Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2,20).
Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió
el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren
nuevo sentido.

El hombre cristiano, conformado con la imagen del Hijo, que es el Primogé-


nito entre muchos hermanos, recibe las primicias del Espíritu (Rom 8,23), las
cuales le capacitan para cumplir la ley nueva del amor. Por medio de este Espí-
ritu, que es prenda de la herencia (Eph 1,14), se restaura internamente todo el
hombre hasta que llegue la redención del cuerpo (Rom 8,23). Si el Espíritu de
Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resu-
citó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos
mortales por virtud de su Espíritu que habita en vosotros (Rom 8,11). Urgen al
cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el
demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero, asociado al misterio pascual,
configurado con la muerte de Cristo, llegará, corroborado por la esperanza, a la
resurrección.

Esto vale no solamente para los cristianos, sino también para todos los hom-
bres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de modo invisible. Cristo
murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es
decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a
todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este
misterio pascual.

Este es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a


los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte,
que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta obscuridad. Cristo resucitó;
con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, para que, hijos en el Hijo,
clamemos en el Espíritu: Abba!,¡Padre!

CAPÍTULO II

LA COMUNIDAD HUMANA

Propósito del Concilio

23. Entre los principales aspectos del mundo actual hay que señalar la multi-
plicación de las relaciones mutuas entre los hombres. Contribuye sobremanera
a este desarrollo el moderno progreso técnico. Sin embargo, la perfección del
coloquio fraterno no está en ese progreso, sino más hondamente en la comuni-
dad que entre las personas se establece, la cual exige el mutuo respeto de su
plena dignidad espiritual. La Revelación cristiana presta gran ayuda para fo-
mentar esta comunión interpersonal y al mismo tiempo nos lleva a una más
profunda comprensión de las leyes que regulan la vida social, y que el Creador
grabó en la naturaleza espiritual y moral del hombre.

Como el Magisterio de la Iglesia en recientes documentos ha expuesto am-


pliamente la doctrina cristiana sobre la sociedad humana, el Concilio se limita
a recordar tan sólo algunas verdades fundamentales y exponer sus fundamentos
a la luz de la Revelación. A continuación subraya ciertas consecuencias que de
aquéllas fluyen, y que tienen extraordinaria importancia en nuestros días.

Índole comunitaria de la vocación humana según el plan de Dios

24. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hom-
bres constituyan una sola familia y se traten entre sí con espíritu de hermanos.
Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien hizo de uno todo
el linaje humano y para poblar toda la haz de la tierra (Act 17,26), y todos son
llamados a un solo e idéntico fin, esto es, Dios mismo.

Por lo cual, el amor de Dios y del prójimo es el primero y el mayor manda-


miento. La Sagrada Escritura nos enseña que el amor de Dios no puede sepa-
rarse del amor del prójimo: ... cualquier otro precepto en esta sentencia se re-
sume : Amarás al prójimo como a ti mismo ... El amor es el cumplimiento de la
ley (Rom 13,9-10; cf. 1 Io 4,20). Esta doctrina posee hoy extraordinaria impor-
tancia a causa de dos hechos: la creciente interdependencia mutua de los hom-
bres y la unificación asimismo creciente del mundo.

Más aún, el Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros
también somos uno (Io 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón hu-
mana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la
unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demues-
tra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo,
no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo
a los demás.

Interdependencia entre la persona humana y la sociedad

25. La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona


humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condiciona-
dos. porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es
y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta
necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre sobre-
carga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad
de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre
en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación.

De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos,
como la familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su
naturaleza profunda; otros, proceden más bien de su libre voluntad. En nuestra
época, por varias causas, se multiplican sin cesar las conexiones mutuas y las
interdependencias; de aquí nacen diversas asociaciones e instituciones tanto de
derecho público como de derecho privado. Este fenómeno, que recibe el nombre
de socialización, aunque encierra algunos peligros, ofrece, sin embargo, muchas
ventajas para consolidar y desarrollar las cualidades de la persona humana y
para garantizar sus derechos.
Mas si la persona humana, en lo tocante al cumplimiento de su vocación,
incluida la religiosa, recibe mucho de esta vida en sociedad, no se puede, sin
embargo, negar que las circunstancias sociales en que vive y en que está como
inmersa desde su infancia, con frecuencia le apartan del bien y le inducen al
mal. Es cierto que las perturbaciones que tan frecuentemente agitan la realidad
social proceden en parte de las tensiones propias de las estructuras económicas,
políticas y sociales. Pero proceden, sobre todo, de la soberbia y del egoísmo
humanos, que trastornan también el ambiente social. Y cuando la realidad social
se ve viciada por las consecuencias del pecado, el hombre, inclinado ya al mal
desde su nacimiento, encuentra nuevos estímulos para el pecado, los cuales sólo
pueden vencerse con denodado esfuerzo ayudado por la gracia.

La promoción del bien común

26. La interdependencia, cada vez más estrecha, y su progresiva universali-


zación hacen que el bien común -esto es, el conjunto de condiciones de la vida
social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el
logro más pleno y más fácil de la propia perfección- se universalice cada vez
más, e implique por ello derechos y obligaciones que miran a todo el género
humano. Todo grupo social debe tener en cuenta las necesidades y las legítimas
aspiraciones de los demás grupos; más aún, debe tener muy en cuenta el bien
común de toda la familia humana.

Crece al mismo tiempo la conciencia de la excelsa dignidad de la persona


humana, de su superioridad sobre las cosas y de sus derechos y deberes univer-
sales e inviolables. Es, pues, necesario que se facilite al hombre todo lo que éste
necesita para vivir una vida verdaderamente humana, como son el alimento, el
vestido, la vivienda, el derecho a la libre elección de estado ya fundar una fa-
milia, a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto, a una adecuada
información, a obrar de acuerdo con la norma recta de su conciencia, a la pro-
tección de la vida privada y a la justa libertad también en materia religiosa.

El orden social, pues, y su progresivo desarrollo deben en todo momento


subordinarse al bien de la persona, ya que el orden real debe someterse al orden
personal, y no al contrario. El propio Señor lo advirtió cuando dijo que el sábado
había sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. El orden social
hay que desarrollarlo a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre la justicia,
vivificarlo por el amor. Pero debe encontrar en la libertad un equilibrio cada día
más humano. Para cumplir todos estos objetivos hay que proceder a una reno-
vación de los espíritus y a profundas reformas de la sociedad.
El Espíritu de Dios, que con admirable providencia guía el curso de los tiem-
pos y renueva la faz de la tierra, no es ajeno a esta evolución. Y, por su parte, el
fermento evangélico ha despertado y despierta en el corazón del hombre esta
irrefrenable exigencia de la dignidad.

El respeto a la persona humana

27. Descendiendo a consecuencias prácticas de máxima urgencia, el Concilio


inculca el respeto al hombre, de forma de cada uno, sin excepción de nadie,
debe considerar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida
y de los medios necesarios para vivirla dignamente, no sea que imitemos a aquel
rico que se despreocupó por completo del pobre Lázaro.

En nuestra época principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y


de servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano aban-
donado de todos, o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o de
ese desterrado, o de ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado
que él no cometió, o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recor-
dando la palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis her-
manos menores, a mi me lo hicisteis. (Mt 25,40).

No sólo esto. Cuanto atenta contra la vida -homicidios de cualquier clase,


genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado-; cuanto viola la
integridad de la persona humana, como, por ejemplo, las mutilaciones, las tor-
turas morales o físicas, los conatos sistemáticos para dominar la mente ajena;
cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas
de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitu-
ción, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes,
que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la
libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y
otras parecidas son en sí mismas infamantes, degradan la civilización humana,
deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al
honor debido al Creador.

Respeto y amor a los adversarios

28. Quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social,


política e incluso religiosa, deben ser también objeto de nuestro respeto y amor.
Cuanto más humana y caritativa sea nuestra comprensión íntima de su manera
de sentir, mayor será la facilidad para establecer con ellos el diálogo.
Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indife-
rencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a
todos los hombres de la verdad saludable. Pero es necesario distinguir entre el
error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva
la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insu-
ficientes en materia religiosa. Dios es el único juez y escrutador del corazón
humano. Por ello, nos prohíbe juzgar la culpabilidad interna de los demás.

La doctrina de Cristo pide también que perdonemos las injurias. El precepto


del amor se extiende a todos los enemigos. Es el mandamiento de la Nueva Ley:
«Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo".
Pero yo os digo : "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian
y orad por lo que os persiguen y calumnian"» (Mt 5,43-44).

La igualdad esencial entre los hombres y la justicia social

29. La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconoci-


miento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados
a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque,
redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino.

Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capaci-
dad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma
de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o
cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión,
debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es
lamentable que los derechos fundamentales de la persona no estén todavía pro-
tegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a
la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida
que prefiera o se le impide tener acceso a una educación y a una cultura iguales
a las que se conceden al hombre.

Más aún, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin em-
bargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situación social
más humana y más justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas de-
sigualdades económicas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos
de una misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad,
a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional.

Las instituciones humanas, privadas o públicas, esfuércense por ponerse al


servicio de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energía contra
cualquier esclavitud social o política y respeten, bajo cualquier régimen polí-
tico, los derechos fundamentales del hombre. Más aún, estas instituciones deben
ir respondiendo cada vez más a las realidades espirituales, que son las más pro-
fundas de todas, aunque es necesario todavía largo plazo de tiempo para llegar
al final deseado.

Hay que superar la ética individualista

30. La profunda y rápida transformación de la vida exige con suma urgencia


que no haya nadie que, por despreocupación frente a la realidad o por pura iner-
cia, se conforme con una ética meramente individualista. El deber de justicia y
caridad se cumple cada vez más contribuyendo cada uno al bien común según
la propia capacidad y la necesidad ajena, promoviendo y ayudando a las insti-
tuciones, así públicas como privadas, que sirven para mejorar las condiciones
de vida del hombre. Hay quienes profesan amplias y generosas opiniones, pero
en realidad viven siempre como si nunca tuvieran cuidado alguno de las nece-
sidades sociales. No sólo esto; en varios países son muchos los que menospre-
cian las leyes y las normas sociales. No pocos, con diversos subterfugios y frau-
des, no tienen reparo en soslayar los impuestos justos u otros deberes para con
la sociedad. Algunos subestiman ciertas normas de la vida social; por ejemplo,
las referentes a la higiene o las normas de la circulación, sin preocuparse de que
su descuido pone en peligro la vida propia y la vida del prójimo.

La aceptación de las relaciones sociales y su observancia deben ser conside-


radas por todos como uno de los principales deberes del hombre contemporá-
neo. Porque cuanto más se unifica el mundo, tanto más los deberes del hombre
rebasan los límites de los grupos particulares y se extiende poco a poco al uni-
verso entero. Ello es imposible si los individuos y los grupos sociales no culti-
van en sí mismo y difunden en la sociedad las virtudes morales y sociales, de
forma que se conviertan verdaderamente en hombres nuevos y en creadores de
una nueva humanidad con el auxilio necesario de la divina gracia.

Responsabilidad y participación

31. Para que cada uno pueda cultivar con mayor cuidado el sentido de su
responsabilidad tanto respecto a sí mismo como de los varios grupos sociales
de los que es miembro, hay que procurar con suma diligencia una más amplia
cultura espiritual, valiéndose para ello de los extraordinarios medios de que el
género humano dispone hoy día. Particularmente la educación de los jóvenes,
sea el que sea el origen social de éstos, debe orientarse de tal modo, que forme
hombres y mujeres que no sólo sean personas cultas, sino también de generoso
corazón, de acuerdo con las exigencias perentorias de nuestra época.

Pero no puede llegarse a este sentido de la responsabilidad si no se facilitan


al hombre condiciones de vida que le permitan tener conciencia de su propia
dignidad y respondan a su vocación, entregándose a Dios ya los demás. La li-
bertad humana con frecuencia se debilita cuando el hombre cae en extrema ne-
cesidad, de la misma manera que se envilece cuando el hombre, satisfecho por
una vida demasiado fácil, se encierra como en una dorada soledad. Por el con-
trario, la libertad se vigoriza cuando el hombre acepta las inevitables obligacio-
nes de la vida social, toma sobre sí las multiformes exigencias de la convivencia
humana y se obliga al servicio de la comunidad en que vive.

Es necesario por ello estimular en todos la voluntad de participar en los es-


fuerzos comunes. Merece alabanza la conducta de aquellas naciones en las que
la mayor parte de los ciudadanos participa con verdadera libertad en la vida
pública. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, la situación real de cada país y el
necesario vigor de la autoridad pública. Para que todos los ciudadanos se sientan
impulsados a participar en la vida de los diferentes grupos de integran el cuerpo
social, es necesario que encuentren en dichos grupos valores que los atraigan y
los dispongan a ponerse al servicio de los demás. Se puede pensar con toda
razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las
generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar.

El Verbo encarnado y la solidaridad humana

32. Dios creó al hombre no para vivir aisladamente, sino para formar socie-
dad. De la misma manera, Dios "ha querido santificar y salvar a los hombres no
aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un
pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente". Desde el comienzo
de la historia de la salvación, Dios ha elegido a los hombres no solamente en
cuanto individuos, sino también a cuanto miembros de una determinada comu-
nidad. A los que eligió Dios manifestando su propósito, denominó pueblo
suyo (Ex 3,7-12), con el que además estableció un pacto en el monte Sinaí.

Esta índole comunitaria se perfecciona y se consuma en la obra de Jesucristo.


El propio Verbo encarnado quiso participar de la vida social humana. Asistió a
las bodas de Caná, bajó a la casa de Zaqueo, comió con publicanos y pecadores.
Reveló el amor del Padre y la excelsa vocación del hombre evocando las rela-
ciones más comunes de la vida social y sirviéndose del lenguaje y de las imá-
genes de la vida diaria corriente. Sometiéndose voluntariamente a las leyes de
su patria, santificó los vínculos humanos, sobre todo los de la familia, fuente de
la vida social. Eligió la vida propia de un trabajador de su tiempo y de su tierra.

En su predicación mandó claramente a los hijos de Dios que se trataran como


hermanos. Pidió en su oración que todos sus discípulos fuesen uno. Más toda-
vía, se ofreció hasta la muerte por todos, como Redentor de todos. Nadie tiene
mayor amor que este de dar uno la vida por sus amigos (Io 15,13). Y ordenó a
los Apóstoles predicar a todas las gentes la nueva angélica, para que la humani-
dad se hiciera familia de Dios, en la que la plenitud de la ley sea el amor.

Primogénito entre muchos hermanos, constituye, con el don de su Espíritu,


una nueva comunidad fraterna entre todos los que con fe y caridad le reciben
después de su muerte y resurrección, esto es, en su Cuerpo, que es la Iglesia, en
la que todos, miembros los unos de los otros, deben ayudarse mutuamente según
la variedad de dones que se les hayan conferido.

Esta solidaridad debe aumentarse siempre hasta aquel día en que llegue su
consumación y en que los hombres, salvador por la gracia, como familia amada
de Dios y de Cristo hermano, darán a Dios gloria perfecta.

CAPÍTULO III:

LA ACTIVIDAD HUMANA EN EL MUNDO

Planteamiento del problema

33. Siempre se ha esforzado el hombre con su trabajo y con su ingenio en


perfeccionar su vida; pero en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha
logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la na-
turaleza, y, con ayuda sobre todo el aumento experimentado por los diversos
medios de intercambio entre las naciones, la familia humana se va sintiendo y
haciendo una única comunidad en el mundo. De lo que resulta que gran número
de bienes que antes el hombre esperaba alcanzar sobre todo de las fuerzas su-
periores, hoy los obtiene por sí mismo.

Ante este gigantesco esfuerzo que afecta ya a todo el género humano, surgen
entre los hombres muchas preguntas. ¿Qué sentido y valor tiene esa actividad?
¿Cuál es el uso que hay que hacer de todas estas cosas? ¿A qué fin deben tender
los esfuerzos de individuos y colectividades? La Iglesia, custodio del depósito
de la palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral,
sin que siempre tenga a manos respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir
la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente
emprendido por la humanidad.

Valor de la actividad humana

34. Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y
colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo
de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo,
responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el
mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra
y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo
entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el some-
timiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el
mundo.

Esta enseñanza vale igualmente para los quehaceres más ordinarios. Porque
los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia,
realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad,
con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador,
sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cum-
plan los designios de Dios en la historia.

Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se
oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el
Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son
signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto
más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad indi-
vidual y colectiva. De donde se sigue que el mensaje cristiano no aparta a los
hombres de la edificación del mundo si los lleva a despreocuparse del bien
ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo.

Ordenación de la actividad humana

35. La actividad humana, así como procede del hombre, así también se or-
dena al hombre. Pues éste con su acción no sólo transforma las cosas y la socie-
dad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades,
se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más impor-
tante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más
por lo que es que por lo que tiene. Asimismo, cuanto llevan a cabo los hombres
para lograr más justicia, mayor fraternidad y un más humano planteamiento en
los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos. Pues dichos pro-
gresos pueden ofrecer, como si dijéramos, el material para la promoción hu-
mana, pero por sí solos no pueden llevarla a cabo.

Por tanto, está es la norma de la actividad humana: que, de acuerdo con los
designios y voluntad divinos, sea conforme al auténtico bien del género humano
y permita al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar
y realizar íntegramente su plena vocación.

La justa autonomía de la realidad terrena

36. Muchos de nuestros contemporáneos parecen temer que, por una excesi-
vamente estrecha vinculación entre la actividad humana y la religión, sufra tra-
bas la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia.

Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la


sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descu-
brir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia
de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nues-
tro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la
propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia,
verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe
respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o
arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está
realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas mo-
rales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y
las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseveran-
cia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está lle-
vado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las
cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes
que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia,
se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas
de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la
ciencia y la fe.

Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es inde-


pendiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador,
no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales pala-
bras. La criatura sin el Creador desaparece. Por lo demás, cuantos creen en Dios,
sea cual fuere su religión, escucharon siempre la manifestación de la voz de
Dios en el lenguaje de la creación. Más aún, por el olvido de Dios la propia
criatura queda oscurecida.

Deformación de la actividad humana por el pecado

37. La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los


siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para
el hombre también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y
las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con
el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el
mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido
de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano.

A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de
las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Se-
ñor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar conti-
nuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda
de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.

Por ello, la Iglesia de Cristo, confiando en el designio del Creador, a la vez


que reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no
puede dejar de hacer oír la voz del Apóstol cuando dice: No queráis vivir con-
forme a este mundo (Rom 12,2); es decir, conforme a aquel espíritu de vanidad
y de malicia que transforma en instrumento de pecado la actividad humana, or-
denada al servicio de Dios y de los hombres.

A la hora de saber cómo es posible superar tan deplorable miseria, la norma


cristiana es que hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y en-
cauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a
causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido
por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las
cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como obje-
tos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y
usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de
veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo
es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23).

Perfección de la actividad humana en el misterio pascual

38. El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho El
mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia
del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo. El es quien nos re-
vela que Dios es amor (1 Io 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental
de la perfección humana, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los
que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres
los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son
cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla
únicamente en los acontecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida or-
dinaria. El, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con
su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros de
los que buscan la paz y la justicia. Constituido Señor por su resurrección, Cristo,
al que le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la
virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo
del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con ese
deseo aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer
más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin. Mas los dones del
Espíritu Santo son diversos: si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el
anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana, a otros
los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así pre-
paren la materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera, para que, con la
abnegación propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida,
se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se con-
vertirán en oblación acepta a Dios.

El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino
en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados
por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la
comunión fraterna y la degustación del banquete celestial.

Tierra nueva y cielo nuevo

39. Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la


humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo.
La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que
nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya
bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que sur-
gen en el corazón humano. Entonces, vencida la muerte, los hijos de Dios resu-
citarán en Cristo, y lo que fue sembrado bajo el signo de la debilidad y de la
corrupción, se revestirá de incorruptibilidad, y, permaneciendo la caridad y sus
obras, se verán libres de la servidumbre de la vanidad todas las criaturas, que
Dios creó pensando en el hombre.
Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se
pierde a sí mismo. No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amorti-
guar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde
crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera
anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cui-
dadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo,
el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana,
interesa en gran medida al reino de Dios.

Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una


palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, des-
pués de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo
con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados
y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal:
"reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor
y de paz". El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando
venga el Señor, se consumará su perfección.

CAPÍTULO IV

MISIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

Relación mutua entre la Iglesia y el mundo

40. Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la co-
munidad humana, sobre el sentido profundo de la actividad del hombre, consti-
tuye el fundamento de la relación entre la Iglesia y el mundo, y también la base
para el mutuo diálogo. Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo que ya
ha dicho el Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto de conside-
ración la misma Iglesia en cuanto que existe en este mundo y vive y actúa con
él.

Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor,
reunida en el Espíritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatológica y de sal-
vación, que sólo en el mundo futuro podrá alcanzar plenamente. Está presente
ya aquí en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad
terrena que tienen la vocación de formar en la propia historia del género humano
la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida
del Señor. Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y enriquecida
por ellos, esta familia ha sido "constituida y organizada por Cristo como
sociedad en este mundo" y está dotada de "los medios adecuados propios de una
unión visible y social". De esta forma, la Iglesia, "entidad social visible y co-
munidad espiritual", avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la
suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como
alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de
Dios.

Esta compenetración de la ciudad terrena y de la ciudad eterna sólo puede


percibirse por la fe; más aún, es un misterio permanente de la historia humana
que se ve perturbado por el pecado hasta la plena revelación de la claridad de
los hijos de Dios. Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo comu-
nica la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo
mundo, en cierto modo, el reflejo de su luz, sobre todo curando y elevando la
dignidad de la persona, consolidando la firmeza de la sociedad y dotando a la
actividad diaria de la humanidad de un sentido y de una significación mucho
más profundos. Cree la Iglesia que de esta manera, por medio de sus hijos y por
medio de su entera comunidad, puede ofrecer gran ayuda para dar un sentido
más humano al hombre a su historia.

La Iglesia católica de buen grado estima mucho todo lo que en este orden han
hecho y hacen las demás Iglesias cristianas o comunidades eclesiásticas con su
obra de colaboración. Tiene asimismo la firme persuasión de que el mundo, a
través de las personas individuales y de toda la sociedad humana, con sus cua-
lidades y actividades, puede ayudarla mucho y de múltiples maneras en la pre-
paración del Evangelio. Expónense a continuación algunos principios generales
para promover acertadamente este mutuo intercambio y esta mutua ayuda en
todo aquello que en cierta manera es común a la Iglesia y al mundo.

Ayuda que la Iglesia procura prestar a cada hombre

41. El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su


personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos.
Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación del misterio de Dios, que es
el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la
propia existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano. Bien
sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones más
profundas del corazón humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los
alimentos terrenos. Sabe también que el hombre, atraído sin cesar por el Espíritu
de Dios, nunca jamás será del todo indiferente ante el problema religioso, como
los prueban no sólo la experiencia de los siglos pasados, sino también múltiples
testimonios de nuestra época. Siempre deseará el hombre saber, al menos con-
fusamente, el sentido de su vida, de su acción y de su muerte. La presencia
misma de la Iglesia le recuerda al hombre tales problemas; pero es sólo Dios,
quien creó al hombre a su imagen y lo redimió del pecado, el que puede dar
respuesta cabal a estas preguntas, y ello por medio de la Revelación en su Hijo,
que se hizo hombre. El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada
vez más en su propia dignidad de hombre.

Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del ince-
sante cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan
sin moderación alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garan-
tizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comu-
nica el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y pro-
clama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que deri-
van, en última instancia, del pecado; respeta santamente la dignidad de la con-
ciencia y su libre decisión; advierte sin cesar que todo talento humano debe
redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente,
a todos a la caridad de todos. Esto corresponde a la ley fundamental de la eco-
nomía cristiana. Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e igual-
mente, también Señor de la historia humana y de la historia de la salvación, sin
embargo, en esta misma ordenación divina, la justa autonomía de lo creado, y
sobre todo del hombre, no se suprime, sino que más bien se restituye a su propia
dignidad y se ve en ella consolidada.

La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los


derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la época
actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin em-
bargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del espíritu evangélico y
garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonomía. Acecha, en efecto,
la tentación de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados
en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino,
la dignidad humano no se salva; por el contrario, perece.

Ayuda que la Iglesia procura dar a la sociedad humana

42. La unión de la familia humana cobra sumo vigor y se completa con la


unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios.

La misión propia que Cristo confió a su Iglesia no es de orden político, eco-


nómico o social. El fin que le asignó es de orden religioso. Pero precisamente
de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y energías que pueden
servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina.
Más aún, donde sea necesario, según las circunstancias de tiempo y de lugar, la
misión de la Iglesia puede crear, mejor dicho, debe crear, obras al servicio de
todos, particularmente de los necesitados, como son, por ejemplo, las obras de
misericordia u otras semejantes.

La Iglesia reconoce, además, cuanto de bueno se halla en el actual dinamismo


social: sobre todo la evolución hacia la unidad, el proceso de una sana sociali-
zación civil y económica. La promoción de la unidad concuerda con la misión
íntima de la Iglesia, ya que ella es "en Cristo como sacramento, o sea signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género hu-
mano". Enseña así al mundo que la genuina unión social exterior procede de la
unión de los espíritus y de los corazones, esto es, de la fe y de la caridad, que
constituyen el fundamento indisoluble de su unidad en el Espíritu Santo. Las
energías que la Iglesia puede comunicar a la actual sociedad humana radican en
esa fe y en esa caridad aplicadas a la vida práctica. No radican en el mero do-
minio exterior ejercido con medios puramente humanos.

Como, por otra parte, en virtud de su misión y naturaleza, no está ligada a


ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político,
económico y social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un
vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas, con
tal que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera
libertad para cumplir tal misión. Por esto, la Iglesia advierte a sus hijos, y tam-
bién a todos los hombres, a que con este familiar espíritu de hijos de Dios su-
peren todas las desavenencias entre naciones y razas y den firmeza interna a las
justas asociaciones humanas.

El Concilio aprecia con el mayor respeto cuanto de verdadero, de bueno y de


justo se encuentra en las variadísimas instituciones fundadas ya o que incesan-
temente se fundan en la humanidad. Declara, además, que la Iglesia quiere ayu-
dar y fomentar tales instituciones en lo que de ella dependa y puede conciliarse
con su misión propia. Nada desea tanto como desarrollarse libremente, en ser-
vicio de todos, bajo cualquier régimen político que reconozca los derechos fun-
damentales de la persona y de la familia y los imperativos del bien común.

Ayuda que la Iglesia, a través de sus hijos,


procura prestar al dinamismo humano

43. El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y


de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados
siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando
que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran
que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es
un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la
vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por
el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida reli-
giosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cum-
plimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida
diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de
nuestra época. Ya en el Antiguo Testamento los profetas reprendían con vehe-
mencia semejante escándalo. Y en el Nuevo Testamento sobre todo, Jesucristo
personalmente conminaba graves penas contra él. No se creen, por consiguiente,
oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales, por una
parte, y la vida religiosa por otra. El cristiano que falta a sus obligaciones tem-
porales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones
para con Dios y pone en peligro su eterna salvación. Siguiendo el ejemplo de
Cristo, quien ejerció el artesanado, alégrense los cristianos de poder ejercer to-
das sus actividades temporales haciendo una síntesis vital del esfuerzo humano,
familiar, profesional, científico o técnico, con los valores religiosos, bajo cuya
altísima jerarquía todo coopera a la gloria de Dios.

Competen a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y


el dinamismo seculares. Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciu-
dadanos del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada dis-
ciplina, sino que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos
los campos. Gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines. Conscien-
tes de las exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vaci-
lar, cuando sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término. A la
conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada
en la ciudad terrena. De los sacerdotes, los laicos pueden esperar orientación e
impulso espiritual,. Pero no piensen que sus pastores están siempre en condi-
ciones de poderles dar inmediatamente solución concreta en todas las cuestio-
nes, aun graves, que surjan. No es ésta su misión. Cumplen más bien los laicos
su propia función con la luz de la sabiduría cristiana y con la observancia atenta
de la doctrina del Magisterio.

Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les in-
clinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder,
como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por
una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera. En estos
casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes,
muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. En-
tiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclu-
siva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse
luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la soli-
citud primordial pro el bien común.

Los laicos, que desempeñan parte activa en toda la vida de la Iglesia, no so-
lamente están obligados a cristianizar el mundo, sino que además su vocación
se extiende a ser testigos de Cristo en todo momento en medio de la sociedad
humana.

Los Obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios,


prediquen, juntamente con sus sacerdotes, el mensaje de Cristo, de tal manera
que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del
Evangelio. Recuerden todos los pastores, además, que son ellos los que con su
trato y su trabajo pastoral diario exponen al mundo el rostro de la Iglesia, que
es el que sirve a los hombres para juzgar la verdadera eficacia del mensaje cris-
tiano. Con su vida y con sus palabras, ayudados por los religiosos y por sus
fieles, demuestren que la Iglesia, aun por su sola presencia, portadora de todos
sus dones, es fuente inagotable de las virtudes de que tan necesitado anda el
mundo de hoy. Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que
hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión. Tengan
sobre todo muy en el corazón las palabras del Concilio: "Como el mundo entero
tiende cada día más a la unidad civil, económica y social, conviene tanto más
que los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos
y del Sumo Pontífice, eviten toda causa de dispersión, para que todo el género
humano venga a la unidad de la familia de Dios".

Aunque la Iglesia, pro la virtud del Espíritu Santo, se ha mantenido como


esposa fiel de su Señor y nunca ha cesado de ser signo de salvación en el mundo,
sabe, sin embargo, muy bien que no siempre, a lo largo de su prolongada histo-
ria, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al espíritu de Dios. Sabe
también la Iglesia que aún hoy día es mucha la distancia que se da entre el men-
saje que ella anuncia y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está
confiado el Evangelio. Dejando a un lado el juicio de la historia sobre estas
deficiencias, debemos, sin embargo, tener conciencia de ellas y combatirlas con
máxima energía para que no dañen a la difusión del Evangelio. De igual manera
comprende la Iglesia cuánto le queda aún por madurar, por su experiencia de
siglos, en la relación que debe mantener con el mundo. Dirigida por el Espíritu
Santo, la Iglesia, como madre, no cesa de "exhortar a sus hijos a la purificación
y a la renovación para que brille con mayor claridad la señal de Cristo en el
rostro de la Iglesia".

Ayuda que la Iglesia recibe del mundo moderno

44. Interesa al mundo reconocer a la Iglesia como realidad social y fermento


de la historia. De igual manera, la Iglesia reconoce los muchos beneficios que
ha recibido de la evolución histórica del género humano.

La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros escondidos en


las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la naturaleza humana, abren
nuevos caminos para la verdad y aprovechan también a la Iglesia. Esta, desde
el comienzo de su historia, aprendió a expresar el mensaje cristiano con los
conceptos y en la lengua de cada pueblo y procuró ilustrarlo además con el saber
filosófico. Procedió así a fin de adaptar el Evangelio a nivel del saber popular y
a las exigencias de los sabios en cuanto era posible. Esta adaptación de la pre-
dicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangeli-
zación. Porque así en todos los pueblos se hace posible expresar el mensaje
cristiano de modo apropiado a cada uno de ellos y al mismo tiempo se fomenta
un vivo intercambio entre la Iglesia y las diversas culturas. Para aumentar este
trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan
rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo
muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyen-
tes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con
claridad la razón íntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios,
pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e in-
terpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo
y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda
ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada.

La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad


en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolu-
ción de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio
elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma consti-
tución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor
acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el con-
junto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de
parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve
la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida
económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, propor-
ciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial,
ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia
confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho
la oposición y aun la persecución de sus contrarios.

Cristo, alfa y omega

45. La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple


ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación
de toda la humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia
humana al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la
Iglesia es "sacramento universal de salvación", que manifiesta y al mismo
tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre.

El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, Hombre
perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la
historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la
historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano
y plenitud total de sus aspiraciones. El es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó
y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos. Vivificados
y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación
de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio:
"Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra" (Eph 1,10).

He aquí que dice el Señor: "Vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar
a cada uno según sus obra. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el
principio y el fin" (Apoc 22,12-13).

SEGUNDA PARTE

ALGUNOS PROBLEMAS MÁS URGENTES

Introducción

46. Después de haber expuesto la gran dignidad de la persona humana y la


misión, tanto individual como social, a la que ha sido llamada en el mundo en-
tero, el Concilio, a la luz del Evangelio y de la experiencia humana, llama ahora
la atención de todos sobre algunos problemas actuales más urgentes que afectan
profundamente al género humano.

Entre las numerosas cuestiones que preocupan a todos, haya que mencionar
principalmente las que siguen: el matrimonio y la familia, la cultura humana, la
vida económico-social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y la
paz. Sobre cada una de ellas debe resplandecer la luz de los principios que brota
de Cristo, para guiar a los cristianos e iluminar a todos los hombres en la bús-
queda de solución a tantos y tan complejos problemas.

CAPÍTULO I

DIGNIDAD DEL MATRIMONIO Y DE LA FAMILIA

El matrimonio y la familia en el mundo actual

47. El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estre-


chamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar. Por eso
los cristianos, junto con todos lo que tienen en gran estima a esta comunidad, se
alegran sinceramente de los varios medios que permiten hoy a los hombres
avanzar en el fomento de esta comunidad de amor y en el respeto a la vida y
que ayudan a los esposos y padres en el cumplimiento de su excelsa misión; de
ellos esperan, además, los mejores resultados y se afanan por promoverlos.

Sin embargo, la dignidad de esta institución no brilla en todas partes con el


mismo esplendor, puesto que está oscurecida por la poligamia, la epidemia del
divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es más, el amor matri-
monial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los
usos ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual situación económico,
social-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia.
En determinadas regiones del universo, finalmente, se observan con preocupa-
ción los problemas nacidos del incremento demográfico. Todo lo cual suscita
angustia en las conciencias. Y, sin embargo, un hecho muestra bien el vigor y
la solidez de la institución matrimonial y familiar: las profundas transformacio-
nes de la sociedad contemporánea, a pesar de las dificultades a que han dado
origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos, la verdadera
naturaleza de tal institución.

Por tanto el Concilio, con la exposición más clara de algunos puntos capitales
de la doctrina de la Iglesia, pretende iluminar y fortalecer a los cristianos y a
todos los hombres que se esfuerzan por garantizar y promover la intrínseca dig-
nidad del estado matrimonial y su valor eximio.

El carácter sagrado del matrimonio y de la familia

48. Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima co-
munidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges,
es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. Así, del acto humano
por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la socie-
dad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en aten-
ción al bien tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende
de la decisión humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual
ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la
continuación del género humano, para el provecho personal de cada miembro
de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad
de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su índole natural, la
institución del matrimonio y el amor conyugal están ordenados por sí mismos a
la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su
corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal
ya no son dos, sino una sola carne (Mt 19,6), con la unión íntima de sus personas
y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su
unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua
entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fideli-
dad conyugal y urgen su indisoluble unidad.

Cristo nuestro Señor bendijo abundantemente este amor multiforme, nacido


de la fuente divina de la caridad y que está formado a semejanza de su unión
con la Iglesia. Porque, así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su
pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hom-
bres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio
del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los es-
posos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo
amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en
el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción
salvífica de la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayu-
darlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad. Por
ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, es-
tán fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya vir-
tud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo,
que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su
propia perfección y a su mutua santificación, y , por tanto, conjuntamente, a la
glorificación de Dios.

Gracias precisamente a los padres, que precederán con el ejemplo y la oración


en familia, los hijos y aun los demás que viven en el círculo familiar encontrarán
más fácilmente el camino del sentido humano, de la salvación y de la santidad.
En cuanto a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre y
de madre, realizarán concienzudamente el deber de la educación, principal-
mente religiosa, que a ellos, sobre todo, compete.

Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la


santificación de los padres. Pues con el agradecimiento, la piedad filial y la con-
fianza corresponderán a los beneficios recibidos de sus padres y, como hijos,
los asistirán en las dificultades de la existencia y en la soledad, aceptada con
fortaleza de ánimo, será honrada por todos. La familia hará partícipes a otras
familias, generosamente, de sus riquezas espirituales. Así es como la familia
cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de
la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva
del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor,
la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la coopera-
ción amorosa de todos sus miembros.

Del amor conyugal

49. Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a
que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con
un amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor au-
téntico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costum-
bres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente
humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el
bien de toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad
especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como ele-
mentos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado
sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la
caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los es-
posos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y
actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa ac-
tividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación pu-
ramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamen-
tablemente.
Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del
matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y casta-
mente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente
humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mu-
tuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua
fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel,
en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda
excluido de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la
igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor
evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Se-
ñor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cris-
tiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gra-
cia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad
de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.

Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una


opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el
testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la
educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psi-
cológica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los
jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio
del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así,
educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un
honesto noviazgo al matrimonio.

Fecundidad del matrimonio

50. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia natura-


leza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don
más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios
padres. El mismo Dios, que dijo: "No es bueno que el hombre esté solo"
(Gen 2,18), y que "desde el principio ... hizo al hombre varón y mujer"
(Mt 19,4), queriendo comunicarle una participación especial en su propia obra
creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: "Creced y multiplicaos"
(Gen 1,28). De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estruc-
tura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del
matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de
espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos au-
menta y enriquece diariamente a su propia familia.
En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que con-
siderar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del
amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad hu-
mana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se es-
forzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio
recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya
nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del
estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en
cuanta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia
Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos
personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de
que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la con-
ciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de
la Iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha
ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a
la perfección genuinamente humana del mismo. Así, los esposos cristianos, con-
fiados en la divina Providencia cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al
Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa, humana y
cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los cónyuges
que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de
mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con
magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.

Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino


que la propia naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de
la prole requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se mani-
fieste, progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la descen-
dencia, tan deseada muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como inti-
midad y comunión total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.

El amor conyugal debe compaginarse


con el respeto a la vida humana

51. El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida con-
yugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias ac-
tuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos,
al manos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y
la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la
intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fideli-
dad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la educación
de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan quedan en pe-
ligro.

Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más


aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda
que no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la trans-
misión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.

Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de


conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre.
Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo
cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual
del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de
esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios
de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser
respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor con-
yugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta
no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino
que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la
persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua
entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es
imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lí-
cito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el
Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la regulación de la natalidad.

Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla


no se limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo
nivel, sino que siempre mira el destino eterno de los hombres.

El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos

52. La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la
plenitud de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y
unión de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los pa-
dres en la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye so-
bremanera a la formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado
de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin
dejar por eso a un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación
de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido
de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger estado de
vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en
condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de los padres
o de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír
con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacción
directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada persona.

Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mu-


tuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las perso-
nas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la
sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales
deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El po-
der civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera natu-
raleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la mora-
lidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el
derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos.
Se debe proteger con legislación adecuada y diversas instituciones y ayudar de
forma suficiente a aquellos que desgraciadamente carecen del bien de una fa-
milia propia.

Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo


pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia
así con el testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los
hombres de buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satis-
farán las necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiem-
pos. Para obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los fieles, la
recta conciencia moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las per-
sonas versadas en las ciencias sagradas.

Los científicos, principalmente los biólogos, los médicos, los sociólogos y


los psicólogos, pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia
y a la paz de las conciencias si se esfuerzan por aclarar más a fondo, con estudios
convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenación de
la procreación humana.

Pertenece a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia,


fomentar la vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos
medios pastorales, con la predicación de la palabra de Dios, con el culto litúr-
gico y otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en las
dificultades y confortarlos en la caridad para que formen familias realmente es-
pléndidas.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo
el empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principal-
mente a los recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la
vida familiar, social y apostólica.

Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constitui-


dos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo
de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, prin-
cipio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel
amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y
resurrección reveló al mundo.

CAPÍTULO II

EL SANO FOMENTO DEL PROGRESO CULTURAL

Introducción

53. Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y ple-


namente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y
los valores naturales. Siempre, pues, que se trata de la vida humana, naturaleza
y cultura se hallen unidas estrechísimamente.

Con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que
el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corpo-
rales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo;
hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad
civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a tra-
vés del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias
espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a
todo el género humano.

De aquí se sigue que la cultura humana presenta necesariamente un aspecto


histórico y social y que la palabra cultura asume con frecuencia un sentido so-
ciológico y etnológico. En este sentido se habla de la pluralidad de culturas.
Estilos de vida común diversos y escala de valor diferentes encuentran su origen
en la distinta manera de servirse de las cosas, de trabajar, de expresarse, de
practicar la religión, de comportarse, de establecer leyes e instituciones jurídi-
cas, de desarrollar las ciencias, las artes y de cultivar la belleza. Así, las cos-
tumbres recibidas forman el patrimonio propio de cada comunidad humana. Así
también es como se constituye un medio histórico determinado, en el cual se
inserta el hombre de cada nación o tiempo y del que recibe los valores para
promover la civilización humana.

Sección I.- La situación de la cultura en el mundo actual

Nuevos estilos de vida

54. Las circunstancia de vida del hombre moderno en el aspecto social y cul-
tural han cambiado profundamente, tanto que se puede hablar con razón de una
nueva época de la historia humana. Por ello, nuevos caminos se han abierto para
perfeccionar la cultura y darle una mayor expansión. Caminos que han sido pre-
parados por el ingente progreso de las ciencias naturales y de las humanas, in-
cluidas las sociales; por el desarrollo de la técnica, y también por los avances
en el uso y recta organización de los medios que ponen al hombre en comuni-
cación con los demás. De aquí provienen ciertas notas características de la cul-
tura actual: Las ciencias exactas cultivan al máximo el juicio crítico; los más
recientes estudios de la psicología explican con mayor profundidad la actividad
humana; las ciencias históricas contribuyen mucho a que las cosas se vean bajo
el aspecto de su mutabilidad y evolución; los hábitos de vid ay las costumbres
tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la urbanización y los de-
más agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura
(cultura de masas), de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar;
al mismo tiempo, el creciente intercambio entre las diversas naciones y grupos
sociales descubre a todos y a cada uno con creciente amplitud los tesoros de las
diferentes formas de cultura, y así poco a poco se va gestando una forma más
universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la unidad del género
humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades de las diversas culturas.

El hombre, autor de la cultura

55. Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o
nación, que tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la
cultura de su comunidad. En todo el mundo crece más y más el sentido de la
autonomía y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme im-
portancia para la madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve más
claro si fijamos la mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos
impone de edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera
somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre
queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante
la historia.
Dificultades y tareas actuales en este campo

56. En esta situación no hay que extrañarse de que el hombre, que siente su
responsabilidad en orden al progreso de la cultura, alimente una más profunda
esperanza, pero al mismo tiempo note con ansiedad las múltiples antinomias
existentes, que él mismo debe resolver:

¿Qué debe hacerse para que la intensificación de las relaciones entre las cul-
turas, que debería llevar a un verdadero y fructuoso diálogo entre los diferentes
grupos y naciones, no perturbe la vida de las comunidades, no eche por tierra la
sabiduría de los antepasados ni ponga en peligro el genio propio de los pueblos?

¿De qué forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de la nueva


cultura sin que perezca la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? Esto
es especialmente urgente allí donde la cultura, nacida del enorme progreso de
la ciencia y de la técnica se ha de compaginar con el cultivo del espíritu, que se
alimenta, según diversas tradiciones, de los estudios clásicos.

¿Cómo la tan rápida y progresiva dispersión de las disciplinas científicas


puede armonizarse con la necesidad de formar su síntesis y de conservar en los
hombres la facultades de la contemplación y de la admiración, que llevan a la
sabiduría?

¿Qué hay que hacer para que todos los hombres participen de los bienes cul-
turales en el mundo, si al mismo tiempo la cultura de los especialistas se hace
cada vez más inaccesible y compleja?

¿De qué manera, finalmente, hay que reconocer como legítima la autonomía
que reclama para sí la cultura, sin llegar a un humanismo meramente terrestre o
incluso contrario a la misma religión?

En medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura humana, de


tal manera que cultive equilibradamente a la persona humana íntegra y ayude a
los hombres en las tareas a cuyo cumplimiento todos, y de modo principal los
cristianos, están llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.

Sección 2.- Algunos principios para la sana promoción de la cultura

La fe y la cultura
57. Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar
las cosas de arriba, lo cual en nada disminuye, antes por el contrario, aumenta,
la importancia de la misión que les incumbe de trabajar con todos los hombres
en la edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe
cristiana ofrece a los cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con
más intensidad su misión y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa
actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la
entera vocación del hombre.

El hombre, en efecto, cuando con el trabajo de sus manos o con ayuda de los
recursos técnicos cultiva la tierra para que produzca frutos y llegue a ser morada
digna de toda la familia humana y cuando conscientemente asume su parte en
la vida de los grupos sociales, cumple personalmente el plan mismo de Dios,
manifestado a la humanidad al comienzo de los tiempos, de someter la tierra y
perfeccionar la creación, y al mismo tiempo se perfecciona a sí mismo; más aún,
obedece al gran mandamiento de Cristo de entregarse al servicio de los herma-
nos.

Además, el hombre, cuando se entrega a las diferentes disciplinas de la filo-


sofía, la historia, las matemáticas y las ciencias naturales y se dedica a las artes,
puede contribuir sobremanera a que la familia humana se eleve a los conceptos
más altos de la verdad, el bien y la belleza y al juicio del valor universal, y así
sea iluminada mejor por la maravillosa Sabiduría, que desde siempre estaba con
Dios disponiendo todas las cosas con El, jugando en el orbe de la tierra y en-
contrando sus delicias en estar entre los hijos de los hombres.

Con todo lo cual es espíritu humano, más libre de la esclavitud de las cosas,
puede ser elevado con mayor facilidad al culto mismo y a la contemplación del
Creador. Más todavía, con el impulso de la gracia se dispone a reconocer al
Verbo de Dios, que antes de hacerse carne para salvarlo todo y recapitular todo
en El, estaba en el mundo como luz verdadera que ilumina a todo hombre (Io
1,9).

Es cierto que el progreso actual de las ciencias y de la técnica, las cuales,


debido a su método, no pueden penetrar hasta las íntimas esencias de las cosas,
puede favorecer cierto fenomenismo y agnosticismo cuando el método de in-
vestigación usado por estas disciplinas se considera sin razón como la regla su-
prema para hallar toda la verdad. Es más, hay el peligro de que el hombre, con-
fiado con exceso en los inventos actuales, crea que se basta a sí mismo y deje
de buscar ya cosas más altas.
Sin embargo, estas lamentables consecuencias no son efectos necesarios de
la cultura contemporánea ni deben hacernos caer en la tentación de no reconocer
los valores positivos de ésta. Entre tales valores se cuentan: el estudio de las
ciencias y la exacta fidelidad a la verdad en las investigaciones científicas, la
necesidad de trabajar conjuntamente en equipos técnicos, el sentido de la soli-
daridad internacional, la conciencia cada vez más intensa de la responsabilidad
de los peritos para la ayuda y la protección de los hombres, la voluntad de lograr
condiciones de vida más aceptables para todos, singularmente para los que pa-
decen privación de responsabilidad o indigencia cultural. Todo lo cual puede
aportar alguna preparación para recibir el mensaje del Evangelio, la cual puede
ser informada con la caridad divina por Aquel que vino a salvar el mundo.

Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura

58. Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la
cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena mani-
festación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura
propios de cada época.

De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en


variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas
para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gen-
tes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo
mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los
fieles.

Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción
de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o
nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o
reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de
su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comu-
nión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas.

La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del


hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la se-
ducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los
pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cuali-
dades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida,
perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia,
contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad,
incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.
Hay que armonizar diferentes valores en el seno de las culturas

59. Por las razones expuestas, la Iglesia recuerda a todos que la cultura debe
estar subordinada a la perfección integral de la persona humana, al bien de la
comunidad y de la sociedad humana entera. Por lo cual es preciso cultivar el
espíritu de tal manera que se promueva la capacidad de admiración, de intui-
ción, de contemplación y de formarse un juicio personal, así como el poder cul-
tivar el sentido religioso, moral y social.

Porque la cultura, por dimanar inmediatamente de la naturaleza racional y


social del hombre, tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarro-
llarse y de una legítima autonomía en el obrar según sus propios principios.
Tiene, por tanto, derecho al respeto y goza de una cierta inviolabilidad, que-
dando evidentemente a salvo los derechos de la persona y de la sociedad, parti-
cular o mundial, dentro de los límites del bien común.

El sagrado Sínodo, recordando lo que enseñó el Concilio Vaticano I, declara


que "existen dos órdenes de conocimiento" distintos, el de la fe y el de la razón;
y que la Iglesia no prohíbe que "las artes y las disciplinas humanas gocen de sus
propios principios y de su propio método..., cada una en su propio campo", por
lo cual, "reconociendo esta justa libertad", la Iglesia afirma la autonomía legí-
tima de la cultura humana, y especialmente la de las ciencias.

Todo esto pide también que el hombre, salvados el orden moral y la común
utilidad, pueda investigar libremente la verdad y manifestar y propagar su opi-
nión, lo mismo que practicar cualquier ocupación, y, por último, que se le in-
forme verazmente acerca de los sucesos públicos.

A la autoridad pública compete no el determinar el carácter propio de cada


cultura, sino el fomentar las condiciones y los medios para promover la vida
cultural entre todos aun dentro de las minorías de alguna nación. Por ello hay
que insistir sobre todo en que la cultura, apartada de su propio fin, no sea forzada
a servir al poder político o económico.

Sección 3.- Algunas obligaciones más urgentes de los cristianos respecto a


la cultura

El reconocimiento y ejercicio efectivo


del derecho personal a la cultura
60. Hoy día es posible liberar a muchísimos hombres de la miseria de la ig-
norancia. Por ello, uno de los deberes más propios de nuestra época, sobre todo
de los cristianos, es el de trabajar con ahínco para que tanto en la economía
como en la política, así en el campo nacional como en el internacional, se den
las normas fundamentales para que se reconozca en todas partes y se haga efec-
tivo el derecho a todos a la cultura, exigido por la dignidad de la persona, sin
distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición social. Es preciso,
por lo mismo, procurar a todos una cantidad suficiente de bienes culturales,
principalmente de los que constituyen la llamada cultura "básica", a fin de evitar
que un gran número de hombres se vea impedido, por su ignorancia y por su
falta de iniciativa, de prestar su cooperación auténticamente humana al bien co-
mún.

Se debe tender a que quienes están bien dotados intelectualmente tengan la


posibilidad de llegar a los estudios superiores; y ello de tal forma que, en la
medida de lo posible, puedan desempeñar en la sociedad las funciones, tareas y
servicios que correspondan a su aptitud natural y a la competencia adquirida.
Así podrán todos los hombres y todos los grupos sociales de cada pueblo alcan-
zar el pleno desarrollo de su vida cultural de acuerdo con sus cualidades y sus
propias tradiciones.

Es preciso, además, hacer todo lo posible para que cada cual adquiera con-
ciencia del derecho que tiene a la cultura y del deber que sobre él pesa de culti-
varse a sí mismo y de ayudar a los demás. Hay a veces situaciones en la vida
laboral que impiden el esfuerzo de superación cultural del hombre y destruyen
en éste el afán por la cultura. Esto se aplica de modo especial a los agricultores
y a los obreros, a los cuales es preciso procurar tales condiciones de trabajo,
que, lejos de impedir su cultura humana, la fomenten. Las mujeres ya actúan en
casi todos los campos de la vida, pero es conveniente que puedan asumir con
plenitud su papel según su propia naturaleza. Todos deben contribuir a que se
reconozca y promueva la propia y necesaria participación de la mujer en la vida
cultural.

La educación para la cultura íntegra del hombre

61. Hoy día es más difícil que antes sintetizar las varias disciplinas y ramas
del saber. Porque, al crecer el acervo y la diversidad de elementos que constitu-
yen la cultura, disminuye al mismo tiempo la capacidad de cada hombre para
captarlos y armonizarlos orgánicamente, de forma que cada vez se va desdibu-
jando más la imagen del hombre universal. Sin embargo, queda en pie para cada
hombre el deber de conservar la estructura de toda la persona humana, en la que
destacan los valores de la inteligencia, voluntad, conciencia y fraternidad; todos
los cuales se basan en Dios Creador y han sido sanados y elevados maravillo-
samente en Cristo.

La madre nutricia de esta educación es ante todo la familia: en ella los hijos,
en un clima de amor, aprenden juntos con mayor facilidad la recta jerarquía de
las cosas, al mismo tiempo que se imprimen de modo como natural en el alma
de los adolescentes formas probadas de cultura a medida que van creciendo.

Para esta misma educación las sociedades contemporáneas disponen de re-


cursos que pueden favorecer la cultura universal, sobre todo dada la creciente
difusión del libro y los nuevos medios de comunicación cultural y social. Pues
con la disminución ya generalizada del tiempo de trabajo aumentan para mu-
chos hombres las posibilidades. Empléense los descansos oportunamente para
distracción del ánimo y para consolidar la salud del espíritu y del cuerpo, ya sea
entregándose a actividades o a estudios libres, ya a viajes por otras regiones
(turismo), con los que se afina el espíritu y los hombres se enriquecen con el
mutuo conocimiento; ya con ejercicios y manifestaciones deportivas, que ayu-
dan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer
relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas.
Cooperen los cristianos también para que las manifestaciones y actividades cul-
turales colectivas, propias de nuestro tiempo, se humanicen y se impregnen de
espíritu cristiano.

Todas estas posibilidades no pueden llevar la educación del hombre al pleno


desarrollo cultural de sí mismo, si al mismo tiempo se descuida el preguntarse
a fondo por el sentido de la cultura y de la ciencia para la persona humana.

Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana

62. Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta,


sin embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre
de dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana.

Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario,


pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aqué-
lla. Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias,
de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo con-
secuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas. Por
otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la
ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de
comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito
mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas con-
servando el mismo sentido y el mismo significado. Hay que reconocer y em-
plear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos,
sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psico-
logía y en sociología, llevando así a los fieles y una más pura y madura vida de
fe.

También la literatura y el arte son, a su modo, de gran importancia para la


vida de la Iglesia. En efecto, se proponen expresar la naturaleza propia del hom-
bre, sus problemas y sus experiencias en el intento de conocerse mejor a sí
mismo y al mundo y de superarse; se esfuerzan por descubrir la situación del
hombre en la historia y en el universo, por presentar claramente las miserias y
las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus recurso, y por bosquejar un
mejor porvenir a la humanidad. Así tienen el poder de elevar la vida humana en
las múltiples formas que ésta reviste según los tiempos y las regiones.

Por tanto, hay que esforzarse para los artistas se sientan comprendidos por la
Iglesia en sus actividades y, gozando de una ordenada libertad, establezcan con-
tactos más fáciles con la comunidad cristiana. También las nuevas formas artís-
ticas, que convienen a nuestros contemporáneos según la índole de cada nación
o región, sean reconocidas por la Iglesia. Recíbanse en el santuario, cuando ele-
van la mente a Dios, con expresiones acomodadas y conforme a las exigencias
de la liturgia.

De esta forma, el conocimiento de Dios se manifiesta mejor y la predicación


del Evangelio resulta más transparente a la inteligencia humana y aparece como
embebida en las condiciones de su vida.

Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo
y esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión
es la cultura. Compaginen los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas
y de los más recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la enseñanza
de la doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu de
las ciencias y de los diarios progresos de la técnica; así se capacitarán para exa-
minar e interpretar todas las cosas con íntegro sentido cristiano.

Los que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y universida-


des, empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias,
poniendo en común sus energías y puntos de vista. la investigación teológica
siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a
fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno
conocimiento de la fe. Esta colaboración será muy provechosa para la forma-
ción de los ministros sagrados, quienes podrán presentar a nuestros contempo-
ráneos la doctrina de la Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo, de
forma más adaptada al hombre contemporáneo y a la vez más gustosamente
aceptable por parte de ellos. Más aún, es de desear que numerosos laicos reciban
una buena formación en las ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dedi-
quen ex profeso a estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan
llevar a buen término su tarea debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la
justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y
valerosamente su manera de ver en los ampos que son de su competencia.

CAPÍTULO III

LA VIDA ECONÓMICO-SOCIAL

Algunos aspectos de la vida económica

63. También en la vida económico-social deben respetarse y promoverse la


dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad.
Porque el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico- social.

La economía moderna, como los restantes sectores de la vida social, se ca-


racteriza por una creciente dominación del hombre sobre la naturaleza, por la
multiplicación e intensificación de las relaciones sociales y por la interdepen-
dencia entre ciudadanos, asociaciones y pueblos, así como también por la cada
vez más frecuente intervención del poder público. Por otra parte, el progreso en
las técnicas de la producción y en la organización del comercio y de los servi-
cios han convertido a la economía en instrumento capaz de satisfacer mejor las
nuevas necesidades acrecentada de la familia humana.

Sin embargo, no faltan motivos de inquietud. Muchos hombres, sobre todo


en regiones económicamente desarrolladas, parecen garza por la economía, de
tal manera que casi toda su vida personal y social está como teñida de cierto
espíritu economista tanto en las naciones de economía colectivizada como en
las otras. En un momento en que el desarrollo de la vida económica, con tal que
se le dirija y ordene de manera racional y humana, podría mitigar las desigual-
dades sociales, con demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de
ellas y a veces hasta un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles
y un desprecio de los pobres. Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo
estrictamente necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven
en la opulencia y malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria.
Y mientras unos pocos disponen de un poder amplísimo de decisión, muchos
carecen de toda iniciativa y de toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en
condiciones de vida y de trabajo indignas de la persona humana.

Tales desequilibrios económicos y sociales se producen tanto entre los sec-


tores de la agricultura, la industria y los servicios, por un parte, como entre las
diversas regiones dentro de un mismo país. Cada día se agudiza más la oposi-
ción entre las naciones económicamente desarrolladas y las restantes, lo cual
puede poner en peligro la misma paz mundial.

Los hombres de nuestro tiempo son cada día más sensibles a estas disparida-
des, porque están plenamente convencidos de que la amplitud de las posibilida-
des técnicas y económicas que tiene en sus manos el mundo moderno puede y
debe corregir este lamentable estado de cosas. Por ello son necesarias muchas
reformas en la vida económico-social y un cambio de mentalidad y de costum-
bres en todos. A este fin, la Iglesia, en el transcurso de los siglos, a la luz del
Evangelio, ha concretado los principios de justicia y equidad, exigidos por la
recta razón, tanto en orden a la vida individual y social como en orden a la vida
internacional, y los ha manifestado especialmente en estos últimos tiempos. El
Concilio quiere robustecer estos principios de acuerdo con las circunstancias
actuales y dar algunas orientaciones, referentes sobre todo a las exigencias del
desarrollo económico.

Sección I.- El desarrollo económico

Ley fundamental del desarrollo: el servicio del hombre

64. Hoy más que nunca, para hacer frente al aumento de población y respon-
der a las aspiraciones más amplias del género humano, se tiende con razón a un
aumento en la producción agrícola e industrial y en la prestación de los servi-
cios. Por ello hay que favorecer el progreso técnico, el espíritu de innovación,
el afán por crear y ampliar nuevas empresas, la adaptación de los métodos pro-
ductivos, el esfuerzo sostenido de cuantos participan en la producción; en una
palabra, todo cuanto puede contribuir a dicho progreso. La finalidad fundamen-
tal de esta producción no es el mero incremento de los productos, ni el beneficio,
ni el poder, sino el servicio del hombre, del hombre integral, teniendo en cuanta
sus necesidades materiales y sus exigencias intelectuales, morales, espirituales
y religiosas; de todo hombre, decimos, de todo grupo de hombres, sin distinción
de raza o continente. De esta forma, la actividad económica debe ejercerse si-
guiendo sus métodos y leyes propias, dentro del ámbito del orden moral, para
que se cumplan así los designios de Dios sobre el hombre.

El desarrollo económico, bajo el control humano

65. El desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre. No debe que-
dar en manos de unos pocos o de grupos económicamente poderosos en exceso,
ni tampoco en manos de una sola comunidad política o de ciertas naciones más
poderosas. Es preciso, por el contrario, que en todo nivel, el mayor número po-
sible de hombres, y en el plano internacional el conjunto de las naciones, puedan
tomar parte activa en la dirección del desarrollo. Asimismo es necesario que las
iniciativas espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres colaboren
con los esfuerzos de las autoridades públicas y se coordinen con éstos de forma
eficaz y coherente.

No se puede confiar el desarrollo ni al solo proceso casi mecánico de la ac-


ción económica de los individuos ni a la sola decisión de la autoridad pública.
Por este motivo hay que calificar de falsas tanto las doctrinas que se oponen a
las reformas indispensables en nombre de una falsa libertad como las que sacri-
fican los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la
organización colectiva de la producción.

Recuerden, por otra parte, todos los ciudadanos el deber y el derecho que
tienen, y que el poder civil ha de reconocer, de contribuir, según sus posibilida-
des, al progreso de la propia comunidad. En los países menos desarrollados,
donde se impone el empleo urgente de todos los recursos, ponen en grave peli-
gro el bien común los que retienen sus riquezas improductivamente o los que -
salvado el derecho personal de emigración- privan a su comunidad de los me-
dios materiales y espirituales que ésta necesita.

Han de eliminarse las enormes desigualdades económico-sociales

66. Para satisfacer las exigencias de la justicia y de la equidad hay que hacer
todos los esfuerzos posibles para que, dentro del respeto a los derechos de las
personas y a las características de cada pueblo, desaparezcan lo más rápida-
mente posible las enormes diferencias económicas que existen hoy, y frecuen-
temente aumentan, vinculadas a discriminaciones individuales y sociales. De
igual manera, en muchas regiones, teniendo en cuanta las peculiares dificultades
de la agricultura tanto en la producción como en la venta de sus bienes, hay que
ayudar a los labradores para que aumenten su capacidad productiva y comercial,
introduzcan los necesarios cambios e innovaciones, consigan una justa ganancia
y no queden reducidos, como sucede con frecuencia, a la situación de ciudada-
nos de inferior categoría. Los propios agricultores, especialmente los jóvenes,
aplíquense con afán a perfeccionar su técnica profesional, sin la que no puede
darse el desarrollo de la agricultura.

La justicia y la equidad exigen también que la movilidad, la cual es necesaria


en una economía progresiva, se ordene de manera que se eviten la inseguridad
y la estrechez de vida del individuo y de su familia. Con respecto a los trabaja-
dores que, procedentes de otros países o de otras regiones, cooperan en el cre-
cimiento económico de una nación o de una provincia, se ha de evitar con sumo
cuidado toda discriminación en materia de remuneración o de condiciones de
trabajo. Además, la sociedad entera, en particular los poderes públicos, deben
considerarlos como personas, no simplemente como meros instrumentos de pro-
ducción; deben ayudarlos para que traigan junto a sí a sus familiares, se procu-
ren un alojamiento decente, y a favorecer su incorporación a la vida social del
país o de la región que los acoge. Sin embargo, en cuanto sea posible, deben
crearse fuentes de trabajo en las propias regiones.

En las economías en período de transición, como sucede en las formas nuevas


de la sociedad industrial, en las que, [Link]., se desarrolla la autonomía, en nece-
sario asegurar a cada uno empleo suficiente y adecuado: y al mismo tiempo la
posibilidad de una formación técnica y profesional congruente. Débense garan-
tizar la subsistencia y la dignidad humana de los que, sobre todo por razón de
enfermedad o de edad, se ven aquejados por graves dificultades.

Sección 2.- Algunos principios reguladores del conjunto de la vida eco-


nómico-social

Trabajo, condiciones de trabajo, descanso

67. El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los


servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económico, pues
estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos.

Pues el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede inmediatamente de la


persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y la so-
mete a su voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario
de subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio,
puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la crea-
ción divina. No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios,
los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al
trabajo una dignidad sobre eminente laborando con sus propias manos en Na-
zaret. De aquí se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así
como también el derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte,
ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan en-
contrar la oportunidad de un trabajo suficiente. Por último, la remuneración del
trabajo debe ser tal que permita al hombre y a su familia una vida digna en el
plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de tra-
bajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y
el bien común.

La actividad económica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los hom-


bres; por ello es injusto e inhumano organizarlo y regularlo con daño de algunos
trabajadores. Es, sin embargo, demasiado frecuente también hoy día que los
trabajadores resulten en cierto sentido esclavos de su propio trabajo. Lo cual de
ningún modo está justificado por las llamadas leyes económicas. El conjunto
del proceso de la producción debe, pues, ajustarse a las necesidades de la per-
sona y a la manera de vida de cada uno en particular, de su vida familiar, prin-
cipalmente por lo que toca a las madres de familia, teniendo siempre en cuanta
el sexo y la edad. Ofrézcase, además, a los trabajadores la posibilidad de desa-
rrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Al apli-
car, con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus fuerzas, dis-
fruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente que les permita cul-
tivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. Más aún, tengan la posibilidad
de desarrollar libremente las energías y las cualidades que tal vez en su trabajo
profesional apenas pueden cultivar.

Participación en la empresa y en la organización


general de la economía. Conflictos laborales

68. En las empresas económicas son personas las que se asocian, es decir,
hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en
cuanta las funciones de cada uno, propietarios, administradores, técnicos, tra-
bajadores, y quedando a salvo la unidad necesaria en la dirección, se ha de pro-
mover la activa participación de todos en la gestión de la empresa, según formas
que habrá que determinar con acierto. Con todo, como en muchos casos no es a
nivel de empresa, sino en niveles institucionales superiores, donde se toman las
decisiones económicas y sociales de las que depende el porvenir de los
trabajadores y de sus hijos, deben los trabajadores participar también en seme-
jantes decisiones por sí mismos o por medio de representantes libremente ele-
gidos.

Entre los derechos fundamentales de la persona humana debe contarse el de-


recho de los obreros a fundar libremente asociaciones que representen auténti-
camente al trabajador y puedan colaborar en la recta ordenación de la vida eco-
nómica, así como también el derecho de participar libremente en las actividades
de las asociaciones sin riesgo de represalias. Por medio de esta ordenada parti-
cipación, que está unida al progreso en la formación económica y social, crecerá
más y más entre todos el sentido de la responsabilidad propia, el cual les llevará
a sentirse colaboradores, según sus medios y aptitudes propias, en la tarea total
del desarrollo económico y social y del logro del bien común universal.

En caso de conflictos económico-sociales, hay que esforzarse por encontrar-


les soluciones pacíficas. Aunque se ha de recurrir siempre primero a un sincero
diálogo entre las partes, sin embargo, en la situación presente, la huelga puede
seguir siendo medio necesario, aunque extremo, para la defensa de los derechos
y el logro de las aspiraciones justas de los trabajadores. Búsquense, con todo,
cuanto antes, caminos para negociar y para reanudar el diálogo conciliatorio.

Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres

69. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los
hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos
en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad.
Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legí-
timas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe
perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al
usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como ex-
clusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le
aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho
a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un
derecho que a todos corresponde. Es éste el sentir de los Padres y de los doctores
de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a ayudar a los
pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos. Quien se halla en situa-
ción de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario
para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el
mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acor-
dándose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que muere de hambre,
porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias posibilidades, comuni-
quen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres,
tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí
mismos.

En sociedades económicamente menos desarrolladas, el destino común de los


bienes está a veces en parte logrado por un conjunto de costumbres y tradiciones
comunitarias que aseguran a cada miembro los bienes absolutamente necesa-
rios. Sin embargo, elimínese el criterio de considerar como en absoluto inmuta-
bles ciertas costumbres si no responden ya a las nuevas exigencias de la época
presente; pero, por otra parte, conviene no atentar imprudentemente contra cos-
tumbres honestas que, adaptadas a las circunstancias actuales, pueden resultar
muy útiles. De igual manera, en las naciones de economía muy desarrollada, el
conjunto de instituciones consagradas a la previsión y a la seguridad social
puede contribuir, por su parte, al destino común de los bienes. Es necesario
también continuar el desarrollo de los servicios familiares y sociales, principal-
mente de los que tienen por fin la cultura y la educación. Al organizar todas
estas instituciones debe cuidarse de que los ciudadanos no vayan cayendo en
una actitud de pasividad con respecto a la sociedad o de irresponsabilidad y
egoísmo.

Inversiones y política monetaria

70. Las inversiones deben orientarse a asegurar posibilidades de trabajo y


beneficios suficientes a la población presente y futura. Los responsables de las
inversiones y de la organización de la vida económica, tanto los particulares
como los grupos o las autoridades públicas, deben tener muy presentes estos
fines y reconocer su grave obligación de vigilar, por una parte, a fin de que se
provea de lo necesario para una vida decente tanto a los individuos como a toda
la comunidad, y, por otra parte, de prever el futuro y establecer un justo equili-
brio entre las necesidades actuales del consumo individual y colectivo y las exi-
gencias de inversión para la generación futura. Ténganse, además, siempre pre-
sentes las urgentes necesidades de las naciones o de las regiones menos desa-
rrolladas económicamente. En materia de política monetaria cuídese no dañar
al bien de la propia nación o de las ajenas. Tómense precauciones para que los
económicamente débiles no queden afectados injustamente por los cambios de
valor de la moneda.

Acceso a la propiedad y dominio de los bienes.


Problema de los latifundios
71. La propiedad, como las demás formas de dominio privado sobre los bie-
nes exteriores, contribuye a la expresión de la persona y le ofrece ocasión de
ejercer su función responsable en la sociedad y en la economía. Es por ello muy
importante fomentar el acceso de todos, individuos y comunidades, a algún do-
minio sobre los bienes externos.

La propiedad privada o un cierto dominio sobre los bienes externos aseguran


a cada cual una zona absolutamente necesaria para la autonomía personal y fa-
miliar y deben ser considerados como ampliación de la libertad humana. Por
último, al estimular el ejercicio de la tarea y de la responsabilidad, constituyen
una de las condiciones de las libertades civiles.

Las formas de este dominio o propiedad son hoy diversas y se diversifican


cada día más. Todas ellas, sin embargo, continúan siendo elemento de seguridad
no despreciable aun contando con los fondos sociales, derechos y servicios pro-
curados por la sociedad. Esto debe afirmarse no sólo de las propiedades mate-
riales, sino también de los bienes inmateriales, como es la capacidad profesio-
nal.

El derecho de propiedad privada no es incompatible con las diversas formas


de propiedad pública existentes. El paso de bienes a la propiedad pública sólo
puede ser hecha por la autoridad competente de acuerdo con las exigencias del
bien común y dentro de los límites de este último, supuesta la compensación
adecuada. A la autoridad pública toca, además, impedir que se abuse de la pro-
piedad privada en contra del bien común.

La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una ín-
dole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes. Cuando
esta índole social es descuidada, la propiedad muchas veces se convierte en oca-
sión de ambiciones y graves desórdenes, hasta el punto de que se da pretexto a
sus impugnadores para negar el derecho mismo.

En muchas regiones económicamente menos desarrolladas existen posesio-


nes rurales extensas y aun extensísimas mediocremente cultivadas o reservadas
sin cultivo para especular con ellas, mientras la mayor parte de la población
carece de tierras o posee sólo parcelas irrisorias y el desarrollo de la producción
agrícola presenta caracteres de urgencia. No raras veces los braceros o los arren-
datarios de alguna parte de esas posesiones reciben un salario o beneficio in-
digno del hombre, carecen de alojamiento decente y son explotados por los in-
termediarios. Viven en la más total inseguridad y en tal situación de inferioridad
personal, que apenas tienen ocasión de actuar libre y responsablemente, de
promover su nivel de vida y de participar en la vida social y política. Son, pues,
necesarias las reformas que tengan por fin, según los casos, el incremento de las
remuneraciones, la mejora de las condiciones laborales, el aumento de la segu-
ridad en el empleo, el estímulo para la iniciativa en el trabajo; más todavía, el
reparto de las propiedades insuficientemente cultivadas a favor de quienes sean
capaces de hacerlas valer. En este caso deben asegurárseles los elementos y ser-
vicios indispensables, en particular los medios de educación y las posibilidades
que ofrece una justa ordenación de tipo cooperativo. Siempre que el bien común
exija una expropiación, debe valorarse la indemnización según equidad, te-
niendo en cuanta todo el conjunto de las circunstancias.

La actividad económico-social y el reino de Cristo

72. Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social


de nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, convénzanse de que pueden
contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual
y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profe-
sional y la experiencia que son absolutamente necesarias, respeten en la acción
temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a
fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el
espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la pobreza.

Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en
éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos sus hermanos y para
realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad.

CAPÍTULO IV

LA VIDA EN LA COMUNIDAD POLÍTICA

La vida pública en nuestros días

73. En nuestra época se advierten profundas transformaciones también en las


estructuras y en las instituciones de los pueblos como consecuencia de la evo-
lución cultural, económica y social de estos últimos. Estas transformaciones
ejercen gran influjo en la vida de la comunidad política principalmente en lo
que se refiere a los derechos y deberes de todos en el ejercicio de la libertad
política y en el logro del bien común y en lo que toca a las relaciones de los
ciudadanos entre sí y con la autoridad pública.
La conciencia más viva de la dignidad humana ha hecho que en diversas re-
giones del mundo surja el propósito de establecer un orden político-jurídico que
proteja mejor en la vida pública los derechos de la persona, como son el derecho
de libre reunión, de libre asociación, de expresar las propias opiniones y de pro-
fesar privada y públicamente la religión. Porque la garantía de los derechos de
la persona es condición necesaria para que los ciudadanos, como individuos o
como miembros de asociaciones, puedan participar activamente en la vida y en
el gobierno de la cosa pública.

Con el desarrollo cultural, económico y social se consolida en la mayoría el


deseo de participar más plenamente en la ordenación de la comunidad política.
En la conciencia de muchos se intensifica el afán por respetar los derechos de
las minorías, sin descuidar los deberes de éstas para con la comunidad política;
además crece por días el respeto hacia los hombres que profesan opinión o reli-
gión distintas; al mismo tiempos e establece una mayor colaboración a fin de
que todos los ciudadanos, y no solamente algunos privilegiados, puedan hacer
uso efectivo de los derechos personales.

Se reprueban también todas las formas políticas, vigentes en ciertas regiones,


que obstaculizan la libertad civil o religiosa, multiplican las víctimas de las pa-
siones y de los crímenes políticos y desvían el ejercicio de la autoridad en la
prosecución del bien común, para ponerla al servicio de un grupo o de los pro-
pios gobernantes.

La mejor manera de llagar a una política auténticamente humana es fomentar


el sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien común
y robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza ver-
dadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y límites de los poderes
públicos.

Naturaleza y fin de la comunidad política

74. Los hombres, las familias y los diversos grupos que constituyen la comu-
nidad civil son conscientes de su propia insuficiencia para lograr una vida ple-
namente humana y perciben la necesidad de una comunidad más amplia, en la
cual todos conjuguen a diario sus energías en orden a una mejor procuración del
bien común. Por ello forman comunidad política según tipos institucionales va-
rios. La comunidad política nace, pues, para buscar el bien común, en el que
encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad
primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones
de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden
lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección.

Pero son muchos y diferentes los hombres que se encuentran en una comuni-
dad política, y pueden con todo derecho inclinarse hacia soluciones diferentes.
A fin de que, por la pluralidad de pareceres, no perezca la comunidad política,
es indispensable una autoridad que dirija la acción de todos hacia el bien común
no mecánica o despóticamente, sino obrando principalmente como una fuerza
moral, que se basa en la libertad y en el sentido de responsabilidad de cada uno.

Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan


en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios,
aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los go-
bernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos.

Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad


en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre
dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común -concebido
dinámicamente- según el orden jurídico legítimamente establecido o por esta-
blecer. Es entonces cuando los ciudadanos están obligados en conciencia a obe-
decer. De todo lo cual se deducen la responsabilidad, la dignidad y la importan-
cia de los gobernantes.

Pero cuando la autoridad pública, rebasando su competencia, oprime a los


ciudadanos, éstos no deben rehuir las exigencias objetivas del bien común; les
es lícito, sin embargo, defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra
el abuso de tal autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evan-
gélica.

Las modalidades concretas por las que la comunidad política organiza su es-
tructura fundamental y el equilibrio de los poderes públicos pueden ser diferen-
tes, según el genio de cada pueblo y la marcha de su historia. Pero deben tender
siempre a formar un tipo de hombre culto, pacífico y benévolo respecto de los
demás para provecho de toda la familia humana.

Colaboración de todos en la vida pública

75. Es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan


estructuras político-jurídicas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discrimi-
nación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte
libre y activamente en la fijación de los fundamentos jurídicos de la comunidad
política, en el gobierno de la cosa pública, en la determinación de los campos
de acción y de los límites de las diferentes instituciones y en la elección de los
gobernantes. Recuerden, por tanto, todos los ciudadanos el derecho y al mismo
tiempo el deber que tienen de votar con libertad para promover el bien común.
La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consa-
gran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio.

Para que la cooperación ciudadana responsable pueda lograr resultados feli-


ces en el curso diario de la vida pública, es necesario un orden jurídico positivo
que establezca la adecuada división de las funciones institucionales de la auto-
ridad política, así como también la protección eficaz e independiente de los de-
rechos. Reconózcanse, respétense y promuévanse los derechos de las personas,
de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio, no menos que los
deberes cívicos de cada uno. Entre estos últimos es necesario mencionar el de-
ber de aportar a la vida pública el concurso material y personal requerido por el
bien común. Cuiden los gobernantes de no entorpecer las asociaciones familia-
res, sociales o culturales, los cuerpos o las instituciones intermedias, y de no
privarlos de su legítima y constructiva acción, que más bien deben promover
con libertad y de manera ordenada. Los ciudadanos por su parte, individual o
colectivamente, eviten atribuir a la autoridad política todo poder excesivo y no
pidan al Estado de manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo
de disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupa-
ciones sociales.

A consecuencia de la complejidad de nuestra época, los poderes públicos se


ven obligados a intervenir con más frecuencia en materia social, económica y
cultural para crear condiciones más favorables, que ayuden con mayor eficacia
a los ciudadanos y a los grupos en la búsqueda libre del bien completo del hom-
bre. Según las diversas regiones y la evolución de los pueblos, pueden enten-
derse de diverso modo las relaciones entre la socialización y la autonomía y el
desarrollo de la persona. Esto no obstante, allí donde por razones de bien común
se restrinja temporalmente el ejercicio de los derechos, restablézcase la libertad
cuanto antes una vez que hayan cambiado las circunstancias. De todos modos,
es inhumano que la autoridad política caiga en formas totalitarias o en formas
dictatoriales que lesionen los derechos de la persona o de los grupos sociales.

Cultiven los ciudadanos con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero


sin estrechez de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el
bien de toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre las razas,
pueblos y naciones.
Los cristianos todos deben tener conciencia de la vocación particular y propia
que tienen en la comunidad política; en virtud de esta vocación están obligados
a dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien común, así
demostrarán también con los hechos cómo pueden armonizarse la autoridad y
la libertad, la iniciativa personal y la necesaria solidaridad del cuerpo social, las
ventajas de la unidad combinada con la provechosa diversidad. El cristiano debe
reconocer la legítima pluralidad de opiniones temporales discrepantes y debe
respetar a los ciudadanos que, aun agrupados, defienden lealmente su manera
de ver. Los partidos políticos deben promover todo lo que a su juicio exige el
bien común; nunca, sin embargo, está permitido anteponer intereses propios al
bien común.

Hay que prestar gran atención a la educación cívica y política, que hoy día es
particularmente necesaria para el pueblo, y, sobre todo para la juventud, a fin
de que todos los ciudadanos puedan cumplir su misión en la vida de la comuni-
dad política. Quienes son o pueden llegar a ser capaces de ejercer este arte tan
difícil y tan noble que es la política, prepárense para ella y procuren ejercitarla
con olvido del propio interés y de toda ganancia venal. Luchen con integridad
moral y con prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y
el absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con
sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política, al servicio de
todos.

La comunidad política y la Iglesia

76. Es de suma importancia, sobre todo allí donde existe una sociedad plura-
lística, tener un recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y
la Iglesia y distinguir netamente entre la acción que los cristianos, aislada o
asociadamente, llevan a cabo a título personal, como ciudadanos de acuerdo con
su conciencia cristiana, y la acción que realizan, en nombre de la Iglesia, en
comunión con sus pastores.

La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde


en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político al-
guno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona
humana.

La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una


en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al
servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán
con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la
cooperación entre ellas, habida cuesta de las circunstancias de lugar y tiempo.
El hombre, en efecto, no se limita al solo horizonte temporal, sino que, sujeto
de la historia humana, mantiene íntegramente su vocación eterna. La Iglesia,
por su parte, fundada en el amor del Redentor, contribuye a difundir cada vez
más el reino de la justicia y de la caridad en el seno de cada nación y entre las
naciones. Predicando la verdad evangélica e iluminando todos los sectores de
la acción humana con su doctrina y con el testimonio de los cristianos, respeta
y promueve también la libertad y la responsabilidad políticas del ciudadano.

Cuando los apóstoles y sus sucesores y los cooperadores de éstos son envia-
dos para anunciar a los hombres a Cristo, Salvador del mundo, en el ejercicio
de su apostolado se apoyan sobre el poder de Dios, el cual muchas veces mani-
fiesta la fuerza del Evangelio en la debilidad de sus testigos. Es preciso que
cuantos se consagran al ministerio de la palabra de Dios utilicen los caminos y
medios propios del Evangelio, los cuales se diferencian en muchas cosas de los
medios que la ciudad terrena utiliza.

Ciertamente, las realidades temporales y las realidades sobrenaturales están


estrechamente unidas entre sí, y la misma Iglesia se sirve de medios temporales
en cuanto su propia misión lo exige. No pone, sin embargo, su esperanza en
privilegios dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos
derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede
empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra
disposición. Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas
partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su
misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre
materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamen-
tales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y solos aquellos
medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad
de tiempos y de situaciones.

Con su fiel adhesión al Evangelio y el ejercicio de su misión en el mundo, la


Iglesia, cuya misión es fomentar y elevar todo cuanto de verdadero, de bueno y
de bello hay en la comunidad humana, consolida la paz en la humanidad para
gloria de Dios

CAPÍTULO V

EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCIÓN


DE LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS
Introducción

77. En estos últimos años, en los que aún perduran entre los hombres la aflic-
ción y las angustias nacidas de la realidad o de la amenaza de una guerra, la
universal familia humana ha llegado en su proceso de madurez a un momento
de suprema crisis. Unificada paulatinamente y ya más consciente en todo lugar
de su unidad, no puede llevar a cabo la tarea que tiene ante sí, es decir, construir
un mundo más humano para todos los hombres en toda la extensión de la tierra,
sin que todos se conviertan con espíritu renovado a la verdad de la paz. De aquí
proviene que el mensaje evangélico, coincidente con los más profundos anhelos
y deseos del género humano, luzca en nuestros días con nuevo resplandor al
proclamar bienaventurados a los constructores de la paz, porque serán llamados
hijos de Dios (Mt 5,9).

Por esto el Concilio, al tratar de la nobilísima y auténtica noción de la paz,


después de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente llama-
miento a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, coope-
ren con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor y a aportar
los medios de la paz.

Naturaleza de la paz

78. La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio


de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con
toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del
orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hom-
bres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El
bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en
sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está cometido a con-
tinuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpe-
tuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado,
el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y
vigilancia por parte de la autoridad legítima.

Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se


asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres
de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el
firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su digni-
dad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así,
la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede
realizar.

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la


paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado,
Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de
su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del
género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo
de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hom-
bres.

Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para


que, viviendo con sinceridad en la caridad (Eph 4,15), se unan con los hombres
realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.

Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que,


renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los me-
dios de defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles,
con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o
de la sociedad.

En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro


de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres,
unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria
sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forja-
rán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada
una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4).

Sección I.- Obligación de evitar la guerra

Hay que frenar la crueldad de las guerras

79. A pesar de que las guerras recientes han traído a nuestro mundo daños
gravísimos materiales y morales, todavía a diario en algunas zonas del mundo
la guerra continúa sus devastaciones. Es más, al emplear en la guerra armas
científicas de todo género, su crueldad intrínseca amenaza llevar a los que lu-
chan a tal barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados. La
complejidad de la situación actual y el laberinto de las relaciones internaciones
permiten prolongar guerras disfrazadas con nuevos métodos insidiosos y sub-
versivos. En muchos casos se admite como nuevo sistema de guerra el uso de
los métodos del terrorismo.
Teniendo presente esta postración de la humanidad el Concilio pretende re-
cordar ante todo la vigencia permanente del derecho natural de gentes y de sus
principios universales. La misma conciencia del género humano proclama con
firmeza, cada vez más, estos principios. Los actos, pues, que se oponen delibe-
radamente a tales principios y las órdenes que mandan tales actos, son crimina-
les y la obediencia ciega no puede excusar a quienes las acatan. Entre estos actos
hay que enumerar ante todo aquellos con los que metódicamente se extermina
a todo un pueblo, raza o minoría étnica: hay que condenar con energía tales
actos como crímenes horrendos; se ha de encomiar, en cambio, al máximo la
valentía de los que no temen oponerse abiertamente a los que ordenan semejan-
tes cosas.

Existen sobre la guerra y sus problemas varios tratados internacionales, sus-


critos por muchas naciones, para que las operaciones militares y sus consecuen-
cias sean menos inhumanas; tales son los que tratan del destino de los comba-
tientes heridos o prisioneros y otros por el estilo. Hay que cumplir estos trata-
dos; es más, están obligados todos, especialmente las autoridades públicas y los
técnicos en estas materias, a procurar cuanto puedan su perfeccionamiento, para
que así se consiga mejor y más eficazmente atenuar la crueldad de las guerras.
También parece razonable que las leyes tengan en cuenta, con sentido humano,
el caso de los que se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y acep-
tan al mismo tiempo servir a la comunidad humana de otra forma.

Desde luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras


exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y pro-
vista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la
diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos.
A los jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de gobierno les in-
cumbe el deber de proteger la seguridad de los pueblos a ellos confiados, ac-
tuando con suma responsabilidad en asunto tan grave. Pero una cosa es utilizar
la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter
a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político
de ella. Y una vez estallada lamentablemente la guerra, no por eso todo es lícito
entre los beligerantes.

Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, considérense ins-


trumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien
esta función contribuyen realmente a estabilizar la paz.

La guerra total
80. El horror y la maldad de la guerra se acrecientan inmensamente con el
incremento de las armas científicas. Con tales armas, las operaciones bélicas
pueden producir destrucciones enormes e indiscriminadas, las cuales, por tanto,
sobrepasan excesivamente los límites de la legítima defensa. Es más, si se em-
pleasen a fondo estos medios, que ya se encuentran en los depósitos de armas
de las grandes naciones, sobrevendría la matanza casi plena y totalmente recí-
proca de parte a parte enemiga, sin tener en cuanta las mil devastaciones que
parecerían en el mundo y los perniciosos efectos nacidos del uso de tales armas.

Todo esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva.
Sepan los hombres de hoy que habrán de dar muy seria cuanta de sus acciones
bélicas. Pues de sus determinaciones presentes dependerá en gran parte el curso
de los tiempos venideros.

Teniendo esto es cuenta, este Concilio, haciendo suyas las condenaciones de


la guerra mundial expresadas por los últimos Sumos Pontífices, declara:

Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciu-


dades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen con-
tra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones.

El riesgo característico de la guerra contemporánea está en que da ocasión a


los que poseen las recientes armas científicas para cometer tales delitos y con
cierta inexorable conexión puede empujar las voluntades humanas a determina-
ciones verdaderamente horribles. Para que esto jamás suceda en el futuro, los
obispos de toda la tierra reunidos aquí piden con insistencia a todos, principal-
mente a los jefes de Estado y a los altos jefes del ejército, que consideren ince-
santemente tan gran responsabilidad ante Dios y ante toda la humanidad.

La carrera de armamentos

81. Las armas científicas no se acumulan exclusivamente para el tiempo de


guerra. Puesto que la seguridad de la defensa se juzga que depende de la capa-
cidad fulminante de rechazar al adversario, esta acumulación de armas, que se
agrava por años, sirve de manera insólita para aterrar a posibles adversarios.
Muchos la consideran como el más eficaz de todos los medios para asentar fir-
memente la paz entre las naciones.

Sea lo que fuere de este sistema de disuasión, convénzanse los hombres de


que la carrera de armamentos, a la que acuden tantas naciones, no es camino
seguro para conservar firmemente la paz, y que el llamado equilibrio de que ella
proviene no es la paz segura y auténtica. De ahí que no sólo no se eliminan las
causas de conflicto, sino que más bien se corre el riesgo de agravarlas poco a
poco. Al gastar inmensas cantidades en tener siempre a punto nuevas armas, no
se pueden remediar suficientemente tantas miserias del mundo entero. En vez
de restañar verdadera y radicalmente las disensiones entre las naciones, otras
zonas del mundo quedan afectadas por ellas. Hay que elegir nuevas rutas que
partan de una renovación de la mentalidad para eliminar este escándalo y poder
restablecer la verdadera paz, quedando el mundo liberado de la ansiedad que le
oprime.

Por lo tanto, hay que declarar de nuevo: la carrera de armamentos es la plaga


más grave de la humanidad y perjudica a los pobres de manera intolerable. Hay
que temer seriamente que, si perdura, engendre todos los estragos funestos cu-
yos medios ya prepara.

Advertidos de las calamidades que el género humano ha hecho posibles, em-


pleemos la pausa de que gozamos, concedida de lo Alto, para, con mayor con-
ciencia de la propia responsabilidad, encontrar caminos que solucionen nuestras
diferencias de un modo más digno del hombre. La Providencia divina nos pide
insistentemente que nos liberemos de la antigua esclavitud de la guerra. Si re-
nunciáramos a este intento, no sabemos a dónde nos llevará este mal camino
por el que hemos entrado.

Prohibición absoluta de la guerra.


La acción internacional para evitar la guerra

82. Bien claro queda, por tanto, que debemos procurar con todas nuestras
fuerzas preparar un época en que, por acuerdo de las naciones, pueda ser abso-
lutamente prohibida cualquier guerra. Esto requiere el establecimiento de una
autoridad pública universal reconocida por todos, con poder eficaz para garan-
tizar la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos.
Pero antes de que se pueda establecer tan deseada autoridad es necesario que
las actuales asociaciones internacionales supremas se dediquen de lleno a estu-
diar los medios más aptos para la seguridad común. La paz ha de nacer de la
mutua confianza de los pueblos y no debe ser impuesta a las naciones por el
terror de las armas; por ello, todos han de trabajar para que la carrera de arma-
mentos cese finalmente, para que comience ya en realidad la reducción de ar-
mamentos, no unilateral, sino simultánea, de mutuo acuerdo, con auténticas y
eficaces garantías.
No hay que despreciar, entretanto, los intentos ya realizados y que aún se
llevan a cabo para alejar el peligro de la guerra. Más bien hay que ayudar la
buena voluntad de muchísimos que, aun agobiados por las enormes preocupa-
ciones de sus altos cargos, movidos por el gravísimo deber que les acucia, se
esfuerzan, por eliminar la guerra, que aborrecen, aunque no pueden prescindir
de la complejidad inevitable de las cosas. Hay que pedir con insistencia a Dios
que les dé fuerzas para perseverar en su intento y llevar a cabo con fortaleza
esta tarea de sumo amor a los hombres, con la que se construye virilmente la
paz. Lo cual hoy exige de ellos con toda certeza que amplíen su mente más allá
de las fronteras de la propia nación, renuncien al egoísmo nacional ya a la am-
bición de dominar a otras naciones, alimenten un profundo respeto por toda la
humanidad, que corre ya, aunque tan laboriosamente, hacia su mayor unidad.

Acerca de los problemas de la paz y del desarme, los sondeos y conversacio-


nes diligente e ininterrumpidamente celebrados y los congresos internacionales
que han tratado de este asunto deben ser considerados como los primeros pasos
para solventar temas tan espinosos y serios, y hay que promoverlos con mayor
urgencia en el futuro para obtener resultados prácticos. Sin embargo, hay que
evitar el confiarse sólo en los conatos de unos pocos, sin preocuparse de la re-
forma en la propia mentalidad. Pues los que gobiernan a los pueblos, que son
garantes del bien común de la propia nación y al mismo tiempo promotores del
bien de todo el mundo, dependen enormemente de las opiniones y de los senti-
mientos de las multitudes. Nada les aprovecha trabajar en la construcción de la
paz mientras los sentimientos de hostilidad, de menos precio y de desconfianza,
los odios raciales y las ideologías obstinadas, dividen a los hombres y los en-
frentan entre sí. Es de suma urgencia proceder a una renovación en la educación
de la mentalidad y a una nueva orientación en la opinión pública. Los que se
entregan a la tarea de la educación, principalmente de la juventud, o forman la
opinión pública, tengan como gravísima obligación la preocupación de formar
las mentes de todos en nuevos sentimientos pacíficos. Tenemos todos que cam-
biar nuestros corazones, con los ojos puestos en el orbe entero y en aquellos
trabajos que toso juntos podemos llevar a cabo para que nuestra generación me-
jore.

Que no nos engañe una falsa esperanza. Pues, si no se establecen en el futuro


tratados firmes y honestos sobre la paz universal una vez depuestos los odios y
las enemistades, la humanidad, que ya está en grave peligro, aun a pesar de su
ciencia admirable, quizá sea arrastrada funestamente a aquella hora en la que
no habrá otra paz que la paz horrenda de la muerte. Pero, mientras dice todo
esto, la Iglesia de Cristo, colocada en medio de la ansiedad de hoy, no cesa de
esperar firmemente. A nuestra época, una y otra vez, oportuna e importuna-
mente, quiere proponer el mensaje apostólico: Este es el tiempo aceptable para
que cambien los corazones, éste es el día de la salvación.

Sección 2.- Edificar la comunidad internacional

Causas y remedios de las discordias

83. Para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas
de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Entre esas
causas deben desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de éstas pro-
vienen de las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la aplica-
ción de las soluciones necesarias. Otras nacen del deseo de dominio y del des-
precio por las personas, y, si ahondamos en los motivos más profundos, brotan
de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas.
Como el hombre no puede soportar tantas deficiencias en el orden, éstas hacen
que, aun sin haber guerras, el mundo esté plagado sin cesar de luchas y violen-
cias entre los hombres. Como, además, existen los mismos males en las relacio-
nes internacionales, es totalmente necesario que, para vencer y prevenir seme-
jantes males y para reprimir las violencias desenfrenadas, las instituciones in-
ternacionales cooperen y se coordinen mejor y más firmemente y se estimule
sin descanso la creación de organismos que promuevan la paz.

La comunidad de las naciones y las instituciones internacionales

84. Dados los lazos tan estrechos y recientes de mutua dependencia que hoy
se dan entre todos los ciudadanos y entre todos los pueblos de la tierra, la bús-
queda certera y la realización eficaz del bien común universal exigen que la
comunidad de las naciones se dé a sí misma un ordenamiento que responda a
sus obligaciones actuales, teniendo particularmente en cuanta las numerosas re-
giones que se encuentran aún hoy en estado de miseria intolerable.

Para lograr estos fines, las instituciones de la comunidad internacional deben,


cada una por su parte, proveer a las diversas necesidades de los hombres tanto
en el campo de la vida social, alimentación, higiene, educación, trabajo, como
en múltiples circunstancias particulares que surgen acá y allá; por ejemplo, la
necesidad general que las naciones en vías de desarrollo sienten de fomentar el
progreso, de remediar en todo el mundo la triste situación de los refugiados o
ayudar a los emigrantes y a sus familias.
Las instituciones internacionales, mundiales o regionales ya existentes son
beneméritas del género humano. Son los primeros conatos de echar los cimien-
tos internaciones de toda la comunidad humana para solucionar los gravísimos
problemas de hoy, señaladamente para promover el progreso en todas partes y
evitar la guerra en cualquiera de sus formas. En todos estos campos, la Iglesia
se goza del espíritu de auténtica fraternidad que actualmente florece entre los
cristianos y los no cristianos, y que se esfuerza por intensificar continuamente
los intentos de prestar ayuda para suprimir ingentes calamidades.

La cooperación internacional en el orden económico

85. La actual unión del género humano exige que se establezca también una
mayor cooperación internacional en el orden económico. Pues la realidad es
que, aunque casi todos los pueblos han alcanzado la independencia, distan mu-
cho de verse libres de excesivas desigualdades y de toda suerte de inadmisibles
dependencias, así como de alejar de sí el peligro de las dificultades internas.

El progreso de un país depende de los medios humanos y financieros de que


dispone. Los ciudadanos deben prepararse, pro medio de la educación y de la
formación profesional, al ejercicio de las diversas funciones de la vida econó-
mica y social. Para esto se requiere la colaboración de expertos extranjeros que
en su actuación se comporten no como dominadores, sino como auxiliares y
cooperadores. La ayuda material a los países en vías de desarrollo no podrá
prestarse si no se operan profundos cambios en las estructuras actuales del co-
mercio mundial. Los países desarrollados deberán prestar otros tipos de ayuda,
en forma de donativos, préstamos o inversión de capitales; todo lo cual ha de
hacerse con generosidad y sin ambición por parte del que ayuda y con absoluta
honradez por parte del que recibe tal ayuda.

Para establecer un auténtico orden económico universal hay que acabar con
las pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el afán de do-
minación política, los cálculos de carácter militarista y las maquinaciones para
difundir e imponer las ideologías. Son muchos los sistemas económicos y so-
ciales que hoy se proponen; es de desear que los expertos sepan encontrar en
ellos los principios básicos comunes de un sano comercio mundial. Ello será
fácil si todos y cada uno deponen sus prejuicios y se muestran dispuestos a un
diálogo sincero.

Algunas normas oportunas


86. Para esta cooperación parecen oportunas las normas siguientes:

a) Los pueblos que están en vías de desarrollo entiendan bien que han de buscar
expresa y firmemente, como fin propio del progreso, la plena perfección hu-
mana de sus ciudadanos. Tengan presente que el progreso surge y se acrecienta
principalmente por medio del trabajo y la preparación de los propios pueblos,
progreso que debe ser impulsado no sólo con las ayudas exteriores, sino ante
todo con el desenvolvimiento de las propias fuerzas y el cultivo de las dotes y
tradiciones propias. En esta tarea deben sobresalir quienes ejercen mayor influjo
sobre sus conciudadanos.

b) Por su parte, los pueblos ya desarrollados tienen la obligación gravísima


de ayudar a los países en vías de desarrollo a cumplir tales cometidos. Por lo
cual han de someterse a las reformas psicológicas y materiales que se requieren
para crear esta cooperación internacional. Busquen así, con sumo cuidado en
las relaciones comerciales con los países más débiles y pobres, el bien de estos
últimos, porque tales pueblos necesitan para su propia sustentación los benefi-
cios que logran con la venta de sus mercancías.

c) Es deber de la comunidad internacional regular y estimular el desarrollo


de forma que los bienes a este fin destinados sean invertidos con la mayor efi-
cacia y equidad. Pertenece también a dicha comunidad, salvado el principio de
la acción subsidiaria, ordenar las relaciones económicas en todo el mundo para
que se ajusten a la justicia. Fúndense instituciones capaces de promover y de
ordenar el comercio internacional, en particular con las naciones menos desa-
rrolladas, y de compensar los desequilibrios que proceden de la excesiva de-
sigualdad de poder entre las naciones. Esta ordenación, unida a otras ayudas de
tipo técnico, cultural o monetario, debe ofrecer los recursos necesarios a los
países que caminan hacia el progreso, de forma que puedan lograr convenien-
temente el desarrollo de su propia economía.

d) En muchas ocasiones urge la necesidad de revisar las estructuras econó-


micas y sociales; pero hay que prevenirse frente a soluciones técnicas poco pon-
deradas y sobre todo aquellas que ofrecen al hombre ventajas materiales, pero
se oponen a la naturaleza y al perfeccionamiento espiritual del hombre. Pues no
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios
(Mt 4,4). Cualquier parcela de la familia humana, tanto en sí misma como en
sus mejores tradiciones, lleva consigo algo del tesoro espiritual confiado por
Dios a la humanidad, aunque muchos desconocen su origen.
Cooperación internacional en lo tocante al crecimiento demográfico

87. Es sobremanera necesaria la cooperación internacional en favor de aque-


llos pueblos que actualmente con harta frecuencia, aparte de otras muchas difi-
cultades, se ven agobiados por la que proviene del rápido aumento de su pobla-
ción. Urge la necesidad de que, por medio de una plena e intensa cooperación
de todos los países, pero especialmente de los más ricos, se halle el modo de
disponer y de facilitar a toda la comunidad humana aquellos bienes que son
necesarios para el sustento y para la conveniente educación del hombre. Son
varios los países que podrían mejorar mucho sus condiciones de vida si pasaran,
dotados de la conveniente enseñanza, de métodos agrícolas arcaicos al empleo
de las nuevas técnicas, aplicándolas con la debida prudencia a sus condiciones
particulares una vez que se haya establecido un mejor orden social y se haya
distribuido más equitativamente la propiedad de las tierras.

Los gobiernos respectivos tienen derechos y obligaciones, en lo que toca a


los problemas de su propia población, dentro de los límites de su específica
competencia. Tales son, por ejemplo, la legislación social y la familiar, la emi-
gración del campo a la ciudad, la información sobre la situación y necesidades
del país. Como hoy la agitación que en torno a este problema sucede a los espí-
ritus es tan intensa, es de desear que los católicos expertos en todas estas mate-
rias, particularmente en las universidades, continúen con intensidad los estudios
comenzados y los desarrollen cada vez más.

Dado que muchos afirman que el crecimiento de la población mundial, o al


menos el de algunos países, debe frenarse por todos los medios y con cualquier
tipo de intervención de la autoridad pública, el Concilio exhorta a todos a que
se prevenga frente a las soluciones, propuestas en privado o en público y a veces
impuestas, que contradicen a la moral. Porque, conforme al inalienable derecho
del hombre al matrimonio y a la procreación, la decisión sobre el número de
hijos depende del recto juicio de los padres, y de ningún modo puede someterse
al criterio de la autoridad pública. Y como el juicio de los padres requiere como
presupuesto una conciencia rectamente formada, es de gran importancia que
todos puedan cultivar una recta y auténticamente humana responsabilidad que
tenga en cuanta la ley divina, consideradas las circunstancias de la realidad y de
la época. Pero esto exige que se mejoren en todas partes las condiciones peda-
gógicas y sociales y sobre todo que se dé una formación religiosa o, al menos,
una íntegra educación moral. Dése al hombre también conocimiento sabiamente
cierto de los progresos científicos con el estudio de los métodos que pueden
ayudar a los cónyuges en la determinación del número de hijos, métodos cuya
seguridad haya sido bien comprobada y cuya concordancia con el orden moral
esté demostrada.

Misión de los cristianos en la cooperación internacional

88. Cooperen gustosamente y de corazón los cristianos en la edificación del


orden internacional con la observancia auténtica de las legítimas libertades y la
amistosa fraternidad con todos, tanto más cuanto que la mayor parte de la hu-
manidad sufre todavía tan grandes necesidades, que con razón puede decirse
que es el propio Cristo quien en los pobres levanta su voz para despertar la
caridad de sus discípulos. Que no sirva de escándalo a la humanidad el que
algunos países, generalmente los que tienen una población cristiana sensible-
mente mayoritaria, disfrutan de la opulencia, mientras otros se ven privados de
lo necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades
y toda clase de miserias. El espíritu de pobreza y de caridad son gloria y testi-
monio de la Iglesia de Cristo.

Merecen, pues, alabanza y ayuda aquellos cristianos, en especial jóvenes, que


se ofrecen voluntariamente para auxiliar a los demás hombres y pueblos. Más
aún, es deber del Pueblo de Dios, y los primeros los Obispos, con su palabra y
ejemplo, el socorrer, en la medida de sus fuerzas, las miserias de nuestro tiempo
y hacerlo, como era ante costumbre en la Iglesia, no sólo con los bienes super-
fluos, sino también con los necesarios.

El modo concreto de las colectas y de los repartos, sin que tenga que ser
regulado de manera rígida y uniforme, ha de establecerse, sin embargo, de modo
conveniente en los niveles diocesano, nacional y mundial, unida, siempre que
parezca oportuno, la acción de los católicos con la de los demás hermanos cris-
tianos. Porque el espíritu de caridad en modo alguno prohíbe el ejercicio fe-
cundo y organizado de la acción social caritativa, sino que lo impone obligato-
riamente. Por eso es necesario que quienes quieren consagrarse al servicio de
los pueblos en vías de desarrollo se formen en instituciones adecuadas.

Presencia eficaz de la Iglesia en la comunidad internacional

89. La Iglesia, cuando predica, basada en su misión divina, el Evangelio a


todos los hombres y ofrece los tesoros de la gracia, contribuye a la consolida-
ción de la paz en todas partes y al establecimiento de la base firme de la convi-
vencia fraterna entre los hombres y los pueblos, esto es, el conocimiento de la
ley divina y natural. Es éste el motivo de la absolutamente necesaria presencia
de la Iglesia en la comunidad de los pueblos para fomentar e incrementar la
cooperación de todos, y ello tanto por sus instituciones públicas como por la
plena y sincera colaboración de los cristianos, inspirada pura y exclusivamente
por el deseo de servir a todos.

Este objetivo podrá alcanzarse con mayor eficacia si los fieles, conscientes
de su responsabilidad humana y cristiana, se esfuerzan por despertar en su ám-
bito personal de vida la pronta voluntad de cooperar con la comunidad interna-
cional. En esta materia préstese especial cuidado a la formación de la juventud
tanto en la educación religiosa como en la civil.

Participación del cristiano en las instituciones internacionales

90. Forma excelente de la actividad internacional de los cristianos es, sin


duda, la colaboración que individual o colectivamente prestan en las institucio-
nes fundadas o por fundar para fomentar la cooperación entre las naciones. A la
creación pacífica y fraterna de la comunidad de los pueblos pueden servir tam-
bién de múltiples maneras las varias asociaciones católicas internacionales, que
hay que consolidar aumentando el número de sus miembros bien formados, los
medios que necesitan y la adecuada coordinación de energías. La eficacia en la
acción y la necesidad del diálogo piden en nuestra época iniciativas de equipo.
Estas asociaciones contribuyen además no poco al desarrollo del sentido uni-
versal, sin duda muy apropiado para el católico, y a la formación de una con-
ciencia de la genuina solidaridad y responsabilidad universales.

Es de desear, finalmente, que los católicos, para ejercer como es debido su


función en la comunidad internacional, procuren cooperar activa y positiva-
mente con los hermanos separados que juntamente con ellos practican la caridad
evangélica, y también con todos los hombres que tienen sed de auténtica paz.

El Concilio, considerando las inmensas calamidades que oprimen todavía a


la mayoría de la humanidad, para fomentar en todas partes la obra de la justicia
y el amor de Cristo a los pobres juzga muy oportuno que se cree un organismo
universal de la Iglesia que tenga como función estimular a la comunidad cató-
lica para promover el desarrollo a los países pobres y la justicia social interna-
cional.

CONCLUSIÓN

Tarea de cada fiel y de las Iglesias particulares


91. Todo lo que, extraído del tesoro doctrinal de la Iglesia, ha propuesto el
Concilio, pretende ayudar a todos los hombres de nuestros días, a los que creen
en Dios y a los que no creen en El de forma explícita, a fin de que, con la más
clara percepción de su entera vocación, ajusten mejor el mundo a la superior
dignidad del hombre, tiendan a una fraternidad universal más profundamente
arraigada y, bajo el impulso del amor, con esfuerzo generoso y unido, respondan
a las urgentes exigencias de nuestra edad.

Ante la inmensa diversidad de situaciones y de formas culturales que existen


hoy en el mundo, esta exposición, en la mayoría de sus partes, presenta delibe-
radamente una forma genérica; más aún, aunque reitera la doctrina recibida en
la Iglesia, como más de una vez trata de materias sometidas a incesante evolu-
ción, deberá ser continuada y aplicada en el futuro. Confiamos, sin embargo,
que muchas de las cosas que hemos dicho, apoyados en la palabra de Dios y en
el espíritu del Evangelio, podrán prestar a todos valiosa ayuda, sobre todo una
vez que la adaptación a cada pueblo y a cada mentalidad haya sido llevada a
cabo por los cristianos bajo la dirección de los pastores.

El diálogo entre todos los hombres

92. La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con
el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de
cualquier nación, raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad que per-
mite y consolida el diálogo sincero.

Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia la


mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversida-
des, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que
integran el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Los
lazos de unión de los fieles son mucho más fuertes que los motivos de división
entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo.

Nuestro espíritu abraza al mismo tiempo a los hermanos que todavía no viven
unidos a nosotros en la plenitud de comunión y abraza también a sus comuni-
dades. Con todos ellos nos sentimos unidos por la confesión del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo y por el vínculo de la caridad, conscientes de que la
unidad de los cristianos es objeto de esperanzas y de deseos hoy incluso por
muchos que no creen en Cristo. Los avances que esta unidad realice en la verdad
y en la caridad bajo la poderosa virtud y la paz para el universo mundo. Por ello,
con unión de energías y en formas cada vez más adecuadas para lograr hoy con
eficacia este importante propósito, procuremos que, ajustándonos cada vez más
al Evangelio, cooperemos fraternalmente para servir a la familia humana, que
está llamada en Cristo Jesús a ser la familia de los hijos de Dios.

Nos dirigimos también por la misma razón a todos los que creen en Dios y
conservan en el legado de sus tradiciones preciados elementos religiosos y hu-
manos, deseando que el coloquio abierto nos mueva a todos a recibir fielmente
los impulsos del Espíritu y a ejecutarlos con ánimo alacre.

El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad por impulso
exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria prudencia, no excluye a
nadie por parte nuestra, ni siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos del
espíritu humano, pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni tampoco
excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de varias maneras.
Dios Padre es el principio y el fin de todos. Por ello, todos estamos llamados a
ser hermanos. En consecuencia, con esta común vocación humana y divina, po-
demos y debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera paz, a la
edificación del mundo.

Edificación del mundo y orientación de éste a Dios

93. Los cristianos recordando la palabra del Señor: En esto conocerán todos
que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis (Io 13,35), no pueden
tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma
eficacia a los hombres de hoy. Por consiguiente, con la fiel adhesión al Evan-
gelio y con el uso de las energías propias de éste, unidos a todos los que aman
y practican la justicia, han tomado sobre sí una tarea ingente que han de cumplir
en la tierra, y de la cual deberán responder ante Aquel que juzgará a todos en el
último día. No todos los que dicen: "¡Señor, Señor!", entrarán en el reino de los
cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre y ponen manos a la obra.
Quiere el Padre que reconozcamos y amemos efectivamente a Cristo, nuestro
hermano, en todos los hombres, con la palabra y con las obras, dando así testi-
monio de la Verdad, y que comuniquemos con los demás el misterio del amor
del Padre celestial. Por esta vía, en todo el mundo los hombres se sentirán des-
pertados a una viva esperanza, que es don del Espíritu Santo, para que, por fin,
llegada la hora, sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la
patria que brillará con la gloria del Señor.

"Al que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que
pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a Él sea la gloria
en la Iglesia y en Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los siglos de los
siglos. Amén." (Eph 3,20-21).
Todas y cada una de las cosas que en esta Constitución pastoral se incluyen
han obtenido el beneplácito de los Padres del sacrosanto Concilio. Y Nos, en
virtud de la autoridad apostólica a Nos confiada por Cristo, todo ello, junta-
mente con los venerables Padres, lo aprobamos en el Espíritu Santo, decretamos
y establecemos, y ordenamos que se promulgue, para gloria de Dios, todos los
aprobados conciliarmente.

Roma, en San Pedro, 7 de diciembre de 1965.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.

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