MORALEJAS
El león sediento
Érase una vez un león que vivía en un desierto. Allí soplaba mucho el viento y por ello,
el agua de las charcas en las que habitualmente bebían todos los animales no se
quedaba nunca quieta. Las potentes ráfagas rizaban la superficie de las charcas y
nunca se reflejaba nada en ellas.
Un día el león se adentró en el bosque, donde solía cazar y en sus tiempos libres jugar,
hasta que se sintió algo cansado y sediento. Buscando agua, llegó a una charca que
contenía el líquido más fresco, tentador y apacible que nadie nunca haya podido
imaginar.
De modo que el león se acercó a la charca, alargó el cuello e intentó beber un buen
trago. De repente, vio su propio reflejo y se asustó, al pensar que se trataba de otro
león que estaba frente a él.
“Este agua debe pertenecer a otro león, mejor me voy de aquí, con mucho cuidado”,
pensó el animal. Retrocedió, pero entonces la sed lo hizo volver de nuevo a la charca.
Otra vez vio la cabeza de un temible león con una gran melena que le devolvía la
mirada desde la superficie del agua.
El león de esta moraleja de superación se agazapó a la espera del momento oportuno
para ahuyentar al “otro león”. Como estaba acostumbrado hacer para marcar
territorio o demostrar que se encontraba en un lugar, abrió sus fauces y dio un terrible
rugido.
Pero tan pronto como enseñó sus dientes, por supuesto, la boca del “otro león”
también se abrió; y a nuestro león esto le pareció una horrible y peligrosa visión.
Una y otra vez el león se apartaba, pero luego tomaba coraje, volvía a la charca y tenía
la misma experiencia. Después de un largo rato, sin embargo, estaba tan sediento y
desesperado que se decidió: “¡Con otro león o sin otro león, beberé igual de esa
charca!”.
Tan pronto como el león hundió su rostro en el agua ¡el “otro león” desapareció!”
La moraleja del cuento del león sediento es que: «No hay peores miedos que los
imaginarios, ni peores temores que los infundados o creados por la mente«.
La zorra y la cigüeña
Esta fábula cuenta que una zorra invitó a cenar a su casa a una cigüeña y le sirvió una
sopa en plato llano. Cuando llegó la cigüeña, la zorra había servido la sopa en platos
poco profundos, para que la cigüeña no pudiera tomar nada. La cigüeña se sintió
decepcionada, pero no dijo nada.
Días después, la cigüeña convidó a la zorra a comer, y le sirvió la comida en una alta y
fina vasija. La zorra no podía meter su hocico y se quedó en ayunas, mientras la
cigüeña, con su largo pico, alcanzó la comida sin problemas.
«Amiga», le dijo a la enfadada zorra, «tú me hiciste ayunar y así te pago con la misma
moneda».
La moraleja de este cuento es que las acciones tienen consecuencias: No hagas a los
demás lo que no quieres que te hagan a ti. Y es que no esperes salir impune de
los actos injustos si tú también los cometes.