Bruja de Noche
Bruja de Noche
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nimion
morales
bruja
de
noche
monte
avila
3
editores
las
formas
del
fuego
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morales
bruja
de
noche
monte
avila
editores
1ª . edición en M.A. , 1990
MAIN
LAS ESTREL
AS ESTRELLAS y los sonidos de las sombras se fueron
retirando lentamente sin dejar vacíos . La cotidiana con-
junción de la noche con el día hizo bajar de las colinas
una brisa fría que invadió las calles y las casas de aquel
pueblo custodiado por el mar y la montaña , por un río
de aguas transparentes y las cruces de un humilde cam-
posanto lleno de huesos ; de ánimas , de cuentos y de hier-
bas , que aunaban los diferentes tonos y matices de sus
verdes a los de la arboleda , que bajando concentrada de
la cima se iba haciendo menos densa , hasta convertirse
en un extenso cocotal , donde los cangrejos compartían
con la arena el trueno de las olas .
Antonio Nicolás Cedeño aún dormía cuando un haz
de luz saltó del Sol sin que nadie se enterara, cruzó el
espacio planetario , atravesó los aires de la Tierra, y se
le metió en el cuarto para cumplir su cometido: Ampa-
rado por las leyes de la física , pasó al través del lente de
la lupa y convergió hecho un punto candente sobre las
páginas de un libro abierto encima de la mesa de traba-
jo , haciéndolas arder.
Antonio Nicolás Cedeño siempre vivió solo, sin recuer-
dos , sin ilusiones , sin fantasmas que lo distrajeran de sus
libros, o que le avisasen cuando éstos se le estaban in-
cendiando ; solo en una casa donde la sencillez y la po-
breza ofrecían como asiento a las visitas un taburete de
madera y cuero , o la misma cama; donde el baño se es-
condía detrás de un gran mueble repleto de ropa, de li-
bros y de algunos alimentos; una casa en la que un ta-
blón sostenido por dos burros cumplía las funciones de
escritorio, banco de trabajo y mesa para las comidas ; una
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casa pulcra que amparaba las lecturas y el silencio de un
sujeto grande y bueno , dedicado a Dios.
El olor a humo de las hojas chamuscadas exploró ca-
da pulgada de la habitación , logró pasar al mundo de los
sueños e irrumpió en los del padre Antonio Nicolás Ce-
deño sacándolo con violencia de la cama. El pesado cuer-
po que yacía se irguió tras un vivo sobresalto al intuir
lo sucedido. Como las piedras obstructoras en la boca
de un volcán antes y después del estallido , se le llenó la
piel de dinamismo ; un flujo de electrones liberados le
reactivó los músculos dormidos y sus sentidos adopta-
ron la agudeza de las fieras en acecho. Los instintos lo
apremiaron para que buscara el fuego sin perder un solo
instante, impidiendo que las llamas lo dejaran en la ca-
lle. Esa masa de nervio y movimiento , en un tris que na-
da tuvo que restarle al tiempo , localizó la fuente de la
alarma , y sin darle oportunidad de propagarse o defen-
derse, acabó con ella, sofocándola .
El peligro había pasado . La luz de la mañana y el can-
to de los gallos se adueñaron del ambiente para animar
a los que dormitaban , esperando a que el aroma del café
recién colado los convidara a abandonar sus lechos . El
padre Antonio Nicolás Cedeño vanamente se empeñaba
en explicarse el origen del pequeño incendio , pues no pu-
do vislumbrar la relación del Sol con la lente y los pepe-
les . Estuvo a punto de olvidar el hecho cuando recono-
ció, en el lomo del libro incinerado , el color del viejo
cuero de una de sus obras de estudio predilectas . Sabien-
do que no podía equivocarse sacudió el hollin para des-
cubrir el dorado de las letras que enunciaban : « APOCA-
LIPSIS O REVELACIÓN - APÓSTOL SAN JUAN - PATMOS - AÑO
95»: La voz de un iluminado que al través de los tiem-
pos se dejaba escuchar profiriendo amenazas horrendas
plenas de hermetismo , le robó al padre Cedeño la tran-
quilidad unos segundos antes alcanzada , y lo dejó para-
do, como bobo , con la mirada fija en un montón de li-
bros y cenizas que no iban a sacarle el miedo que le hacía
sonar los intestinos .
Aún era muy temprano cuando Antonio Nicolás Ce-
deño acudió a la casa del doctor Alfredo Gauss , médico
del pueblo que tenía más de diez años de haber llegado
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con su nuevo título en la mano para cumplir con los dos
años de servicio rural obligatorio que les imponen a los
recién graduados como condición para dejarlos ejercer
luego libremente dondequiera que dispongan establecer
sus consultorios . El doctor estaba allí cuando su mujer
abrió la puerta y dejó pasar al cura , que por todos lados
irradiaba alarma y desconcierto . La amistad que unía a
estos dos hombres era por todos conocida : Desde los pri-
meros tiempos de la llegada del doctor Alfredo Gauss fue-
ron pocos los días en los que no se les vio reunidos be-
biendo unas cervezas , pescando en la roca de la cruz, o
platicando ; la pareja era imbatible a la hora de jugar una
partida de dominó o bolas criollas , y para organizar las
fiestas públicas o servir de mediadores si se entablaba una
disputa entre vecinos , no se podía prescindir de sus de-
sinteresadas atenciones . Todos en el pueblo les brinda-
ban confianza y alta estima.
En el momento en que se saludaron Gauss supo que
algo sucedía, y exhortó al padre Cedeño a que le contara
sobre ello . Como no había mucho que decir por lo rápi-
do de lo pasado , el sacerdote se esforzó tratando de abun-
dar en los detalles tanto como pudo , añadiendo además
una sarta de mentiras para convencer al camarada , que
parecía no creer en nada de lo que escuchaba: le contó
que las llamas eran inmensas , que el olor a azufre no lo
dejaba respirar , además de que cuando hubo apagado el
incendio, el aire del cuarto , «doctor Gauss , se enfrió de
tal forma, que al exhalar despedía vapor ... No: ¡ Nebli-
na!»> , por las fosas nasales , y que el agua que había en
la mesa de noche , « aunque tú no lo creas , mi hermano ,
en vez de congelarse » , se evaporó ... Así había sido su
encuentro con las fuerzas del mal , y con mentiras como
ésas había ganado el padre Antonio Nicolás Cedeño una
fama de embustero tan grande , que la gente no le creía,
-literalmente esta vez― ni los sermones que daba .
<< Raro el cuento» , comentó Alfredo Gauss , con un dejo
de paciencia, «¿No le habrás puesto una vela a ‘ alguien ' ,
Antonio Nicolás? » . Se negaba a creer en combustiones
espontáneas , aunque sabía que Cedeño no era hombre
de estar ofrendándole velas a santos , ni vivos ni muer-
tos , por más virtuosos que éstos fueran . Mucho menos
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después de que casi se le quema la iglesia un día Miérco-
les Santo, cuando los niños vestidos de Nazareno se pu-
sieron a jugar dentro del recinto con los cirios encendi-
dos, hasta que, nadie supo cómo, empezaron a arder los
adornos que se habían preparado para la conmemora-
ción. No, no fue una vela la que inició el fuego : el asun-
to comenzó a preocupar al doctor Gauss , quien pensó
que el amigo se estaba tomando demasiado en serio su
interés por resolver los enigmas de las profecías bíblicas ;
y Gauss en los poderes de la sugestión y de la mente sí
creía, y tanto creía que creyó que Cedeño se había levan-
tado dormido y dormido le había pegado candela a su
Apocalipsis y se había dado el susto de su vida , cumplien-
do un mandato de su subconsciente . Lo demás , estaba
claro, eran puras fantasías .
Desde los tiempos de seminarista comenzó Antonio Ni-
colás Cedeño a interesarse por lo que fue su afición y lue-
go su obsesión: Descubrir el significado oculto tras cada
palabra de San Juan como testigo de Dios cuando éste
anunció a los hombres los hechos futuros concernientes
a su suerte terrenal y espiritual . Dedicaba horas de estu-
dio y reflexión creyendo a veces encontrar «La Clave » ,
como él la llamaba , y entonces redoblaba sus esfuerzos
y pasaba noches enteras en vela tratando de dilucidar dón-
de y cuándo se cumplirían los acontecimientos anuncia-
dos. Era tal su pasión por el tema , que en una ocasión
el doctor Gauss lo fue a ver a su casa para que lo acom-
pañara a visitar a una anciana que desde hacía días se
estaba agravando y los había mandado a llamar , creyen-
do que iba a ser ésa su última noche . Alfredo Gauss no
pudo creer lo que le dijo Cedeño , que estaba concentra-
do hasta el máximo en sus investigaciones: « Anda tú y
dile que yo también estoy enfermo ..., que la absolución
se la mando contigo» . El médico tuvo que llevárselo a
rastras para hacerlo cumplir el deber, y como la señora
no llegó a morirse , y al padre , al igual que en las parti-
das de ajedrez cuando se planean múltiples jugadas , se
le olvidó como había razonado para llegar a La Clave
que tanto perseguía, de vuelta a su casa no hacía más que
protestar, quejándose de su mala suerte y culpando al
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< por caprichos de vieja» , lo había distraído
amigo que «
de tan importantes asuntos .
Por eso Alfredo Gauss prefirió darle largas al cura y
se guardó su opinión con respecto a lo de los papeles que-
mados . Cedeño insistía en que era verdad, que era una
advertencia divina, que algún infortunio se avecinaba .
Gauss tuvo que tranquilizarlo asiéndolo del brazo mien-
tras le decía: « No te preocupes , Antonio Nicolás . ¿Tú
no sabes que Dios te protege? » , y le convidó unas cerve-
zas para apaciguar el calor del mediodía cercano. Lo que
no sabía ninguno de ellos era que lo de los libros en cier-
ta forma sí presagiaba un cataclismo .
II. EL PRIMER ENCUENTRO
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gre que se come las entrañas de su presa aún viva , o co-
mo las de su cría , cuando mama.
Desde las ventanas la vieron llegar . Con el paso cabal
de quien sabe a dónde va , callada como una mirada, más
bella que un milagro, ante la perplejidad de quienes la
observaron atravesó la plaza y se dejó caer en uno de los
bancos para reposar el cuerpo castigado por la ardua ca-
minata. Había sido un viaje agotador y quería estable-
cerse en la montaña . Todavía le faltaba un trecho . El can-
sancio y la brisa que a esa hora refrescaba al pueblo
adormecieron a la chica, que con los párpados cerrados
era la imagen viva de la perfección y la pureza.
Antonio Nicolás Cedeño se dirigía hacia la iglesia cuan-
do se encontró, sin saber cómo , hipnotizado , contemplan-
do abiertamente a la muchacha, extasiado e intrigado.
No sabía que una mujer pudiese ser tan bella. Quiso acer-
carse más a conocerla, a establecer contacto , a pregun-
tarle algo... pero la turbación no lo dejó , lo mantuvo
quieto, rígido, esperando no sabía qué, incapaz de reti-
rarse o emitir palabra . Al fin Mariana despertó . Abrió
sus ojos y los fijó en los del cura , que continuaba en pie,
emoción pura, anonadado , pétreo... Lentamente se in-
corporó la chica, y lentamente caminó hasta detenerse
cerca, muy cerca , frente a él , y así de cerca, siempre sub-
yugándolo con la mirada , le dijo , secretamente, en un
<No me vea así, padre. Yo seré su perdición » .
susurro: «
Al escuchar aquella voz y sentir aquellos ojos , el hom-
bre se perdió en la locura . Tembló y el temblor le dur-
mió la carne y la sangre , y le hizo contemplar un infinito
de realidades , goces y penas, tan desnudas como el Sol .
Se avergonzó ante Dios por su flaqueza y se sintió solo
como nunca antes , amarrado a un cuerpo , a un pasado
y a un futuro incierto . Su voz dominó el sonido del mar
y del viento: «¡ Arriba el mar, el viento , el Sol , arriba
Dios! ¡Arriba el mar , el viento , el Sol , arriba tú ! » , cada
vez que gritaba sentía que aquellas palabras no salían de
su boca, sino que estaban allí , como aquella mujer , siem-
pre esperando ese instante para hacerse sentir y gritar:
<<¡ Arriba yo, que soy tu hembra y tu espíritu ! ¡ Arriba
yo con tus anhelos etéreos y carnales ! ¡ Arriba tú , que te
encontraste ante un espejo y pudiste verte y desnudar
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lo más profundo de tu mente ! ¡ Arriba tú que me idola-
tras y deseas en este instante de lúcida unión con tu pre-
sente!». Luego se lanzó a correr , y en la carrera, en la
violencia de ir a cualquier lado , reconoció , en el empuje
de sus pies y bajo ellos , todas las alternativas . Corrió tras
la muerte con la certeza de no alcanzarla nunca . La lla-
mó: <
« ¡ Arriba muerte , que siempre llegas y no existes ! »> ,
le gritó: «
< ¡Arriba tú con tu dolor ! ¡ Arriba tu dulzura !
¡Arriba muerte, que te quiero ! » . No le respondió la muer-
te. Sus ojos , llenos de lágrimas , de vida , de luz , le dije-
ron: <<¡Arriba la realidad , la verdad, la certeza! ¡Arriba
nosotros, que pisamos suelo y sentimos suelo! ¡Arriba
la celada de la muerte!». Cerró sus ojos y gritó , la po-
tencia de su voz inundó el universo , mas nadie pudo oír-
la: «
< ¡ Arriba Eva Primigenia , poseedora y poseída ! ¡ Arri-
ba mi desnudez , que sí es cierta! » >.
Esa eternidad que había transcurrido para el espíritu
del padre Antonio Nicolás Cedeño , fue sólo un instante
alucinado más palpable que cualquier otra vivencia. Los
espíritus sensibles no podían asomarse impunemente al
mundo de Mariana, ella lo sabía , a su pesar , y por eso
lo volvió a la realidad , advirtiéndole , antes de dejarlo :
«No se engañe, padre . Usted no me conoce» .
Aún temblando , Antonio Nicolás Cedeño corrió a la
iglesia y se postró ante el altar . Rezó toda la tarde , se
hizo de noche y sus ruegos continuaron . Al terminar sus
plegarias levantó la vista hacia la cruz , el estupor que le
embargó no tenía parangones , y un escalofrío se adueñó
de él: Se percató de que no le había estado orando a Dios,
sino a ella.
<<Debo alertarlos » , se dijo , mientras se dirigía al cam-
panario para llamar a sus feligreses y advertirles < « ¿Ad-
vertirles qué? »
> , no lo sabía ciertamente , aunque estaba
seguro de su deber, que era el de prevenirlos . «
< ¿Pero de
qué?», se atormentaba, cuando sus electrizados nervios
hacían que la campana, con tañidos discordes y destem-
plados conmoviera a aquel pueblo , que después de un día
de labores acostumbraba a sentarse a las puertas de sus
casas para respirar el aire fresco de las noches , saludar
a quien pasara y enterarse de las últimas noticias en un
sopor de conversaciones cotidianas y pequeños chismes
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que amodorra los sentidos . Gente acostumbrada a ver la
Luna, a saber que cada ventinueve días aparecería llena,
como un gran plato rojo que luego iba subiendo , cam-
biando su tamaño y su color hasta llegar a ser una esferi-
ta brillante y casi blanca, seductora; sabían que la Luna
creciente aparecería más grande y más alta después de
cada atardecer , y que la menguante cada noche se pre-
sentaría más tarde , hasta desaparecer con el primer rayo
de sol. Tenían frente a sí todo el tiempo del mundo para
recrearse en los hechos de la naturaleza: Cuándo llove-
ría, cuándo no, a pesar de los nubarrones; la época de
las chicharras; la hora de la plaga; los vaivenes de la ma-
rea; la prenez reciente de muchachas que no querían
anunciarla... No existían secretos para aquéllos que a cau-
sa del fastidio, de no tener más en que ocuparse, se da-
ban a la tarea de observar pasivamente.
Pero esa noche la gente se persignó , invocó a la Vir-
gen, a los santos y a sus muertos , e hicieron las señas per-
tinentes para alejar el infortunio y otros males ante el alar-
mante llamado del encargado de cuidar sus almas . A esas
horas no podían ser buenas noticias . El padre Antonio
Nicolás Cedeño estaba muy lejos de recuperar la nitidez
de pensamiento cuando se le llenó la iglesia de personas
asustadas; llegaban en grupos familiares , cuchicheando
sus temores. No cabía un alma más en el recinto , por lo
que el cura tuvo que improvisar un púlpito en la plaza
para que todos se enteraran . «¿De qué? » , continuaba su
martirio, a la vez que daba tumbos de la iglesia a la pla-
za y de la plaza a la iglesia, tratando de calmar a los que
al ver su angustia , se angustiaban , angustiando a los de-
más... Minutos más tarde el sitio estaba colmado de mie-
do y expectativa: la luz de la Luna iluminaba el rostro
de un pueblo que como un niño solo en la obscuridad
de su cuarto, espera a que la sombra que está viendo ,
lentamente cobre vida , se le vaya encima y se lo coma.
Cedeño subió a la tarima . Mujeres , hombres y niños
guardaron silencio . Las nubes ocultaron la Luna, las aves
nocturnas huyeron de allí . Luego de la efervescencia rei-
nante sólo se escuchaba el golpear de las ramas de los
árboles sacudidos por el ventarrón que ceñía al padre An-
tonio Nicolás Cedeño su sotana, semejándolo a un pro-
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feta antiguo en lucha abierta con los elementos . La hora
de denunciar al espanto había llegado .
<<... La urgencia de este llamado se debe a que...» , gri-
taba el padre Cedeño , tratando a la vez de organizar sus
<... se debe a que tengo que prevenir los...» , -
ideas , «
¿De qué?- daba rodeos, pensando en su deber para con
la gente que confiaba en él, en el incendio de su profe-
cía, en la mirada turbadora de Mariana, en el desvio de
sus oraciones , en el peligro que amenazaba a sus fieles :
El Apocalipsis , los siete sellos , los cuatro jinetes , las sie-
te trompetas, en la Bestia, el Anticristo , en demonios ma-
yores y menores , en catástrofes, hecatombes , Sodoma y
Gomorra, diluvios , en anatemas, estigmas , liturgias , cá-
balas , poderes inconmensurables , Potestad Divina, ten-
tación, Belcebú , Satán disfrazado de niña , cruzadas de
la fe, Lucifer, Arcángel Gabriel , Antonio Nicolás Cede-
<¡Pero ese soy yo! ¡ Qué digo? ¡ Qué hago? ».
ño, «
El hombre no podía más . Era tal su confusión que co-
menzaba a dudar de que había estado con la chica. Des-
pués de todo -pensaba- había bebido mucho antes de
verla. La gente se extrañaba del semblante del cura, que
con los ojos desorbitados , la tez roja a punto de estallar-
le y una mueca de miedo que lo hacía ver ridículo , no
acertaba a pronunciar palabra . Sin poder dar marcha
atrás , sin otro recurso a que acudir , el padre separó los
brazos , dirigió las manos y la mirada hacia el firmamen-
to e inspiró profundo , muy profundo . Cuando iba a de-
velar el gran misterio, cuando la gente retenía la respira-
ción para no perder ningún detalle , se dejó caer sobre
el público con los ojos brotados y los brazos extendidos ,
fingiendo una suerte de parálisis con tirones espasmódi-
cos que dejó atónita a la población , al borde de la histe-
ria, buscando en el cielo algún indicio de lo que estaba
sucediendo . Recogieron a Cedeño y lo llevaron a la casa
del doctor Alfredo Gauss , quien por más que lo intentó ,
no pudo revivir al hombre con mirada alucinada, empe-
ñado en mantenerse en su papel de muerto en vida, por
lo que tuvo que diagnosticar: «Sufre un shock emocio-
nal». Y no estaba tan equivocado.
El padre Antonio Nicolás Cedeño se estaba dando
tiempo para organizar su caos . Lo importante era que
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lo dejasen solo para poder pensar. Afuera reinaba el des-
concierto: Aquella tensión acumulada en espera de terri-
bles nuevas se volcaba ahora en diferentes formas: Unos
gritaban que el cura estaba poseído por algún demonio :
otros que no, que estaba loco ; aquéllos pensaban que bo-
rracho: los de más allá buscaron el resguardo de la igle-
sia y elevaron oraciones. Así cada uno desahogó su an-
gustia. Se fueron cansando y se fueron dispersando , cada
quien para su casa . La plaza quedó sola . A lo lejos, por
la calle principal, una figura se dirigía a la montaña , con
pisadas suaves y, probablemente , maldiciendo su destino.
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III . SUEÑO EN LA MONTAÑA
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Y además, ¿qué era lo que pretendía? ¿Acusar a la fo-
rastera de bruja , señalarla con un dedo largo , armar una
batida, cazarla , exorcisarla, clavarla en un poste y que-
marla? ¿Y todo por ser joven y bella? «Yo a ti no te en-
tiendo , Antonio Nicolás . No te entiendo» . « ¿Y ahora?
¿Qué hacemos ahora?» ... El doctor Gauss no estaba dis-
gustado, estaba perplejo y preocupado por las locuras de
su amigo del alma. Ahora tendrían que recurrir al inge-
nio para convencer a la gente de que sí existía una razón
para todo aquel barullo que originó el cura . Convinie-
ron en que éste se mantendría en estado de shock mien-
tras no tuviesen un plan bien concebido , fuera o no ne-
cesaria una reclusión de por vida.
Afortunadamente no necesitaron llegar a esos extre-
mos. El doctor Alfredo Gauss era hombre de ideas , y no
era ésa la primera vez que se valían de ellas para salir de
un apuro... Ahí estaba: Un dique . Después de dos días
pensando y evadiendo a los que se interesaban por la sa-
lud del enfermo , Gauss dio con la solución : Un dique :
Subirían durante las noches a los pozos del río , escondi-
dos , sin que nadie los viera , para represar con maderas
y piedras sus aguas, y cuando el padre « se recuperara >> ,
le advertiría al pueblo la inminencia de una terrible cre-
cida que podría acabar con todo a su paso . Visión ésta
que le habría llegado directamente del cielo , con tiempo
suficiente para evitar la catástrofe... Con esta fórmula
alcanzaban varios objetivos : Explicarían el por qué del
escándalo pasado , reforzarían la fe del pueblo en su Igle-
sia, y el padre Antonio Nicolás Cedeño obtendría el agra-
decimiento y recuperaría la admiración y el respeto de
su feligresía... Con vasos de vino y risas ahogadas los ami-
gos celebraron la cercana reivindicación , con el entusias-
mo de los que van a emprender una gran aventura .
Al filo de esa medianoche Mariana sintió un rumor le-
jano: <<Voces de hombre» , se dijo . Y a aquellas horas re-
sultaban peligrosas para una mujer sola en la montaña .
Su campamento, a orillas del río , lo había montado en
un claro cerca de los pozos . Se alejó del fuego para escu-
char mejor y tomar medidas rápidas . Contaba solamen-
te con su equipo de campaña , y una hachuela y un cu-
chillo no eran suficiente para defenderla. Corrió hacia
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el sitio de donde llegaban las voces y descubrió , río aba-
jo, que las figuras de dos hombres iluminados por una
lámpara de gasolina y armados con machetes remonta-
ban lentamente la cima hacia los pozos . Mariana se apre-
suró a su campamento , le echó tierra a la fogata , escon-
dió el morral con todo lo que pudo recoger y, cuchillo
en mano, fue a esconderse a un lado del camino para es-
piar a sus posibles agresores... Astuta y decidida, dispues-
ta siempre a tomar la delantera, impedía a toda costa que
el temor le nublara el pensamiento .
Vio cómo lentamente se acercaba la linterna . La luz
aparecía y desaparecía entre los troncos invisibles de los
árboles y los recovecos del camino . Cada vez más cerca ,
se hacían más claras las voces de los hombres entremez-
cladas con las del río y la montaña . Mariana, agazapada
entre las piedras del pozo pequeño , no tenía intenciones
de moverse de allí , « ¡ Por nada del mundo ! »> , pensaba .
No se cambiaría de sitio a menos que fuese descubierta .
El techo de nubes que ocultaba a la Luna y la densidad
vegetal eran su mejor refugio . Observó a los intrusos
cuando llegaron a la poza grande , la de más abajo . Aun-
que los escuchaba y estaban muy cerca, no pudo enten-
der sus palabras. El más fornido colocó la lámpara so-
bre una piedra alta para así alumbrar la desembocadura
y las orillas adyacentes . Enseguida comenzaron su labor.
La caída era ancha y el trabajo largo y pesado . Los hom-
bres, entre chanzas y reclamos , buscaban ramas, tron-
cos caídos y grandes piedras para colocarlas obstruyen-
do en lo posible la fluidez del agua de lo que iba a ser
su embalse .
Mariana no entendía lo que estaba sucediendo . Aquel
ir y venir de los extraños con su pesada carga carecía de
sentido. Para ella, esos dos eran gente peligrosa, y cada
uno de sus movimientos sospechoso . El frío arreciaba y
la plaga le robaba la paciencia ; no previó esos elementos
que le atacaban la piel semidesnuda . Al rato se fue ha-
ciendo monótona la escena, y la perspicacia de sus in-
quietudes fue mermando para dejarla ver el propósito de
aquellos visitantes indeseados : «¿ Están tapando la sali-
da del agua?», femenina , desconfiaba . Sin apartar su mi-
rada de ellos , olvidó lo que había decidido y quiso acer-
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carse más para escuchar bien lo que decían . Abandonó
con sigilo su escondite , la agilidad de su cuerpo la con-
dujo arrastrándola por las densas sombras y la ocultó en-
tre los helechos cercanos a la poza grande.
Desde allí el panorama era diferente . La luz blanca de
la linterna hacía resaltar los colores con un cariz extraño
y nuevo, el agua del estanque suavizaba su reflejo dejan-
do ver el gris oscuro brillante de las piedras del fondo.
Acurrucada en su escondrijo pudo ver que la neblina se
hizo presente, opacando los destellos luminosos; oyó con
claridad las voces recias de los hombres , y sintió al ver
sus torsos jóvenes y fuertes la inminencia de un peligro
diferente al que hasta ahora se había imaginado . Aquel
ambiente hipnotizó a la chica y la dejó alelada , inmersa
en un cuento de ogros y de hadas, en un cuento de miste-
rio en el cual ella era la heroína, en donde ella vigilaba
a unos gigantes venidos de otros tiempos para impedir-
les atrapar la Fuente de la Vida, adonde ella iría a conju-
rar con una sola seña todo lo que Dios creó : Desde los
astros más lejanos hasta las ideas de los genios acudirían
al llamado , y con todos los poderes, entre todos conver-
tirían a los gigantes en niñitos tiernos y sensibles para lan-
zarlos luego horrizados e indefensos a los abismos del in-
fierno .
Un relámpago y un trueno distrajeron a Mariana de
su fantasía . Los hombres recogieron sus camisas y entre
comentarios se largaron sin esperar el chaparrón . Pron-
to iba a amanecer , y la muchacha aún no se explicaba
qué motivo tendrían para hacer furtivamente todo aquel
trabajo. Lo que sí logró saber fue que la siguiente noche
volverían a terminar con su represa y que ella también
iba a estar allí . Esperó a que se alejaran y se fue a su cam-
pamento . Una vez adentro de su saco de dormir se per-
cató de que estaba casi congelada . Con la lluvia llegó el
alba, y los ojos cerrados de la chica que dormía observa-
ban embriagados en la niebla a dos colosos enfrentados
en una lucha a muerte por tenerla.
24
IV. CONOCIENDO NUEVOS MUNDOS
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la más pura lozanía intrínseca , cada una de las líneas de
su cuerpo, exigiendo ser amadas por sobre todas las co-
sas ; la sensualidad se hacía dictadora en cada milímetro
de piel, el brillo en sus contornos aseguraba la firmeza
deliciosa de un tacto cálido y ardiente . Con Mariana no
había vuelta atrás , Gauss lo supo en el momento en que
la chica se acercó , se detuvo frente a él , tan próxima que
lo invadió su aroma y, con la tranquilidad y la llaneza
de los que no temen a nada , lo miró a los ojos profunda
y libremente, como quien ve a un viejo amigo venido de
otros tiempos .
Alfredo Gauss no halló palabras para « decirle que la
amaba», no halló palabras siquiera para preguntar su
nombre. Ella continuó mirándole a los ojos . El hombre
se perdió en el tiempo ... Mariana levantó su toalla y le
dijo antes de irse , con voz queda, que ya el Sol no calen-
taba... Gauss quedó absolutamente solo , más de lo que
jamás había imaginado estar , seguro de que junto con
la chica se iban a marchar todas sus ilusiones anteriores...
No, con Mariana no había vuelta atrás . Le dio él la cara
al Sol y también supo « que no calentaría nunca más » .
Alfredo Gauss quiso llorar al ver que la muchacha se ale-
< llevándoselo todo ...» . El cura no aguantaba más
jaba, «
« Tú eres médico , compadre , no poeta. Deja el
el asco . <
melaíto , que esto es serio» . Así lo creía el padre Antonio
Nicolás Cedeño , por lo que se le ocurrió decir que des-
pués de todo él no se había equivocado , que aquella cria-
tura provenía de La Oscuridad . No existía ente de Dios
que hundiera a los hombres en semejantes desquiciamien-
tos tan sólo con mirarlos . No eran cuestiones de tragos,
ni de nervios, ni de hembras, ni de regímenes de casti-
dad , las que causaban los estragos: eran asuntos del Dia-
blo, ni más ni menos que del Diablo... Alfredo Gauss
decía que no , que él sabía que la muchacha era un ser
maravilloso que le había mostrado lo que en esencia pu-
ra es la belleza hecha mujer. El padre nunca podría te-
ner en tal sentido la razón : Seguía siendo un cura loco...
Los amigos se fueron disgustando y comenzaron a pe-
learse en la medida en que la discusión los guiaba a la
montaña. Así sus ánimos , caminaron de nuevo por en-
tre los árboles con rumbo al pozo .
26
Mariana, desde su refugio, escuchó buena parte de la
discusión: Supo que Cedeño no quería admitir que exis-
tiera nada bueno en su persona; también se enteró de que
el doctor Alfredo Gauss la idolatraba, tanto o más de
lo que el padre le temía . Como en su sueño de la madru-
gada, aquellos dos colosos , jóvenes y fuertes , se enfren-
taban por ella; pensó que ése era su destino, y que no
adivinarían que ya estaban inmersos en una corriente ine-
ludible, que los iba a arrastrar por los laberintos de las
emociones para entregarlos sumisos y perdidos a su ca-
prichosa voluntad... Se enteró, en medio de un ambien-
te de montaña y de pasiones , de que eran hombres de
bien y buenos amigos . Se dio cuenta al fin de que el más
fornido era el cura del escándalo . « Es un hombre bello ...
¡ Un purasangre ! » , se excitaba la muchacha , confundien-
do el sentido de lo que escuchaba : Cada palabra de Ce-
deño en su contra la hacía verse desde el fondo y creía
comprender qué estaba haciendo allí; la convencía de que
su sino inexorable la había empujado hasta ese monte pa-
ra que aprendiera de aquel sabio poderoso... Al reñir con
el amigo, el sacerdote, exagerado e impulsivo , recurría
a sus profetas, a sus conocimientos bíblicos del bien y
el mal, citaba versículos , discursos mesiánicos , nombra-
ba demonios y amenazas ultraterrenales , esgrimía mal-
diciones y milagros , ofrecía abismos sin fin, se cagaba
en el Diablo... Mariana, en trance carismático , escucha-
ba: Las palabras del cura precedían la historia de los hom-
bres , la historia de la Tierra , la historia de la Historia...
Para ella no era un hombre el que hablaba , era el origen
y la causa de los átomos dispersos, eran fuerzas infinita-
mente seculares que mostraban el porqué de los sende-
ros diferentes de la vida y de la muerte , sabiduría hermé-
tica que le estallaba en el cerebro para hacerle ver la Luz...
Aquella verborrea loca nunca antes escuchada por Ma-
riana, acostumbrada a ver todas las cosas como si fue-
ran de su pertenencia , sujetas sólo a su destino y su albe-
drío, la convenció de que Antonio Nicolás Cedeño tenía
toda la razón, de que no estaba desvariando como pen-
saba el compañero , era natural que se expresara de esa
forma... Además , no la conocía... Las emociones lleva-
ron a la chica a lo que creyó que era la realidad del cura.
27
Le iba a ser difícil escapar de allí. La atrapó la fiebre de
Cedeño, la atrapó una forma de tomar la vida diferente
a la de ella; la pudo ver impúdica, desnuda; y sin querer
le templó todos los nervios y los sentimientos . Ahí, en
ese hombre, estaba la solución de todas sus preocupa-
ciones , ahí estaba el instrumento que la salvaría de su si-
no ineluctable. Mariana estaba convencida, y mordién-
dose los labios saboreó la certeza de que el padre Antonio
Nicolás Cedeño era lo que sin saber había ido a buscar
tan lejos de lo suyo... poco le importaba si debía hacerlo
víctima de sus manejos.
Era suficiente. Muy cansados , los hombres estaban sa-
tisfechos con el trabajo realizado . En dos o tres días el
nivel del agua alcanzaría el borde de las rocas , tomando
un aspecto peligroso . Buen momento para «sanar» al pa-
dre Antonio Nicolás Cedeño, dar a conocer al pueblo <<su
visión» , y subir todos a los pozos para hacer drenar el
dique, evitando la catástrofe anunciada... Con la obra
concluyó también la discusión; los amigos, contentos con
su logro, convinieron en no hablar más del asunto de la
chica; sabían que no iban a llegar a acuerdo alguno y ,
además , no era necesario: con seguridad se marcharía en
cualquier momento . Alfredo Gauss tomó la linterna pa-
ra irse , y cuando llegaron al lugar donde dejaron sus ca-
misas se percataron de que éstas habían desaparecido...
Ha debido ser -―dijeron- algún animalito que se las lle-
vó para acomodar su madriguera. Descendieron la mon-
taña agotados y en silencio. Antonio Nicolás Cedeño cre-
yó ver entre las piedras unos ojos centelleantes que
acechaban... Pero no , aquella no era zona de grandes
animales .
Esa noche Mariana no quiso dormir , las frases de Ce-
deño retumbaban aún en sus oídos: Las aperturas de los
sellos... Los ciento cuarenta y cuatro mil irrepensibles...
La oración de los mártires... Atizaba el fuego y se veía
envuelta en una túnica de lona blanca ofreciendo su vir-
ginidad maldita al dragón de las siete cabezas y diez cuer-
nos, en una mezcla absurda de historia religiosa y fanta-
sía que tenía al sacerdote como ingrediente principal ,
capaz de los hechos y de los milagros más insólitos , en-
carnando a todos los personajes masculinos que pugna-
28
ban por el honor del sacrificio de sus vidas para salvarla
de la castidad ... La luz del día sorprendió a la chica en
otra rara ensoñación, en la que enjugaba la sangre de su
doncellez perdida con la camisa de Cedeño .
29
V. LA TORMENTA
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<<Queridos hermanos : Los he convocado de nuevo pa-
ra prevenirlos de lo que en días anteriores no pude decir-
les por circunstancias que todos conocemos . Quería avi-
sarles en esa ocasión, que por obra y gracia de nuestro
Señor me fue permitido adelantarme al presente para ver ,
al principio en una forma confusa , luego , durante estos
días de inmovilidad , claramente , que las fuerzas natura-
les nos deparan una catástrofe ... Sí, hermanos , he vis-
to...», hablaba con seguridad y pausadamente Antonio
Nicolás Cedeño , cada vez más entusiasmado en su rol de
profeta, cuando un grupo de hombres exaltados entra-
ron corriendo al recinto al tiempo que sus gritos anun-
ciaban nada más y nada menos que un mar de leva inmi-
nente... El efecto fue instantáneo: Como un solo hombre,
en desordenada estampida se volcaron los que escucha-
ban al cura... Acompañando al aviso llegó del mar un
fuerte viento que levantó la arena de playa y la llevó
arremolinada hasta el pueblo para anunciar que además
tendrían tormenta... Un océano de lluvia empujó a los
aldeanos a la costa para poner a salvo sus embarcacio-
nes y sus aparejos de trabajo... La rabia de las olas que
azotaban los peñascos hacía imposible el acceso de las
naves a la seguridad de la ensenada por lo que la laguna
del río era el último refugio de que podían disponer para
resguardar sus botes . No podía perderse un solo instante.
Irrumpió en revuelo el tropel a la costa, volcando su
miedo en acciones confusas: Corrían , gritando órdenes
que no eran escuchadas por nadie; se lanzaban contra la
arremetida del mar aguerrido y nadaban hasta abordar
sus naves, sin saber luego qué hacer... La tormenta arre-
ciaba entorpeciendo a los hombres que aún no lograban
recuperar su vieja maestría... La sorpresa jugaba con los
que apremiados por salvar sus bienes, desdeñaban expe-
riencia y pericia con movimientos estériles... Un poderío
perverso se burlaba de ellos . Potenciaba brioso el peli-
gro y los pescadores se hallaban perdidos .
De pronto todo aquello se convirtió en un pandemo-
nio: Un manto negro de nubes oscureció por completo
la atmósfera , hasta el horizonte... Una orden de Marte
invadió el universo: Los hombres gritaban , las mujeres
gritaban, la lluvia calaba los huesos , las olas rugían, los
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remos golpeaban las aguas , los niños lloraban, los pe-
rros ladraban, explotaban los truenos , las maderas de los
barcos crujían, el viento helaba las pieles mojadas , se afe-
rraban las anclas, las cuerdas quemaban las manos, los
rayos partían las rocas, las piedras cortaban , caían los
árboles ; la prisa, la furia y el miedo reinaban; el brutal
empuje del mar y del viento se hicieron tiranos , y seguía
oscuro... Y se unieron el sudor y la sangre y las lágrimas
con las aguas del mar y del cielo, cuando un relámpago
iluminó fugazmente la saña con que hombres y tiempo
en atroz lucha se estaban fundiendo .
¡Triunfaron los Hombres ! « ¡ Ganamos !... ¡ Venci-
mos ! », era el clamor victorioso de todos ; todas sus na-
ves y redes estaban a salvo en el lago del río. El mandato
del Dios de la Guerra fue lo que orientó a sus espíritus
confundidos... Ahora: Risas , abrazos mojados , clamor
de victoria , besos de alegría , orgullo en los pechos, eufo-
ria viril de presa lograda , pupilas brillantes compartien-
do el triunfo; hasta los canes se unieron al júbilo saltan-
do y meneando la cola... La montaña también tronó de
alegría, se podía escuchar como ésta bajaba : Sonidos de
árboles, de ramas crujientes, de piedras , de río... ¡ De río
crecido! ¡ De avalancha de agua que pudieron ver cien-
tos de ojos incrédulos en loca carrera descendiendo la ci-
ma, arrasando con todo lo que se interponía! ... Aterra-
dos, presenciaron cuando aquella masa líquida que
tumbaba troncos y estrellaba enormes rocas en su reco-
rrido destruyendo todo , arremetió en el lago contra sus
navíos , y los expulsó al mar , haciéndolos embestir y vol-
verse añicos entre las aguas dulces y las aguas saladas...
Y los hombres lloraron , y lloraron las mujeres, y llora-
ron los niños, y los perros aullaron , y lloró el pueblo en-
tero, y Cedeño y Gauss vieron en sus rostros la magni-
tud del desastre que habían causado .
Amainó la tempestad . Todo fue devastado ... Del ge-
neral lamento comenzó a surgir una voz; se extendió , co-
rrió rápidamente: El padre Antonio Nicolás Cedeño ha-
bía tenido una visión de la tragedia y los quiso prevenir ;
si el destino no le hubiera jugado la mala pasada de en-
fermarlo de angustia justo en el momento en que los con-
vocó para hacerles el anuncio la primera vez, nada grave
33
habría sucedido ... Todos querían hablar con el ilumina-
do para que les indicara cómo hacer ahora sin sus me-
dios productivos, cómo alimentar a sus familias , de dónde
sacar para construir de nuevo sus embarcaciones , de qué
otra labor se podrían ocupar habiendo sido todas sus vi-
das pescadores... Cedeño no tenía idea de la forma de
ayudar a esas personas; por más que le rogaba a Dios
que lo auxiliara, no atinaba a dar con alguna solución .
Sabía que les debía todos los bienes perdidos gracias al
rompimiento de su dique ; y si estaban en aquellas condi-
ciones, eran él y Gauss los responsables de resarcir su
bienestar... ¡ No había justicia! Los amigos atendían el
clamor de sus vecinos con los corazones desangrados por
el remordimiento ineludible, con angustia e impotencia
en los estériles consejos ; el padre y el doctor sufrían más
que cualquier otro por la catástrofe ocurrida; evitaban
dirigirse la palabra , sabían que de hacerlo terminarían
echándose la culpa uno al otro , siendo los dos igualmen-
te responsables... Debían permanecer unidos para encon-
trar una fórmula que acabara con aquella situación; así
se lo hizo saber el doctor Gauss al compañero .... << Pien-
sa, doctor Gauss . ¡ Piensa! Acuérdate de que tú eres el
de ' las ideas'», respondió Cedeño con sarcasmo , aunque
reconocía la razón en las palabras del amigo.
Lo que no sabían ellos era que su embalse nada había
tenido que ver con aquel drama: Durante la madrugada
de ese día los pensamientos de Mariana estaban aún fi-
jos en las fibras y las frases de Antonio Nicolás Cedeño :
Con fervor empecinado imaginaba mil y una situaciones
en las que la pasión y el desenfreno harían del padre un
esclavo que a sus pies se rendiría para darle como ofren-
da su carne y su espíritu , haciendo un pacto seminal que
iba a purificarla y liberarla de su signo... Resolvió , lue-
go de haber desechado varios planes , que el mejor sitio
para encontrar a su héroe de nuevo era el pozo grande ,
el embalse . Se dio a la tarea de deshacer lo construido
por los hombres; no le fue fácil liberar algunas piedras
para lograr así un boquete por el que las aguas represa-
das escaparon durante horas , dándole al nivel del pozo
su altura original . Lo demás era predecible : Al percatar-
se de que la fluidez del río era normal , subirían los ami-
34
gos a investigar la causa, y los proyectos de la chica se-
guirían viento en popa... Luego fue cuando las fuerzas
naturales entraron en escena: Se desató la tempestad y
ella pensó que le caía el mundo encima; los árboles se
de batieron en salvaje lucha con el torbellino, una lluvia
de hojas y ramas arrancadas la hizo resguardarse entre
las rocas altas , y desde allí pudo sentir como tembló la
tierra al tiempo que el ensordecedor rugido de un torrente
furioso que venía de la cima cruzó indetenible por los po-
zos, atropellando a la montaña , mostrándole sin dudas
por qué nunca más debía oponerse a los designios de Ce-
deño... Mariana redobló sus fantasías , extasiada, creyen-
do que el encono de los Dioses respondió con la tormen-
ta a la destrucción de la represa . « ¡ A ese hombre lo
respalda el Universo ! » .
35
VI. CENTINELA DEL DESEO
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movimientos lentos, casi imperceptibles, de sus hombros
y caderas, hacían refulgir sus delicados músculos ; los des-
tellos se deslizaban entre la humedad y la arena en su piel,
haciendo resaltar la prominencia firme de sus senos agre-
sivos , el abismo de su vientre , el devaneo de la brisa con
su vello púbico ; había vida en su epidermis erizada... Los
hombres observaron transportados el fluir y refluir del
aire por los labios entreabiertos de Mariana, sumergida
toda en erotismo onírico ; observaron también que poco
a poco sus menguados movimientos se fueron reducien-
do para abandonarla por completo ; hasta el aire aban-
donó su cuerpo en inerte demanda de socorro.
Antonio Nicolás Cedeño reaccionó primero. Tenía que
hacerla respirar: Le colocó la mano por debajo del cue-
llo , y tomando aire adosó su boca abierta a la boca abierta
de la chica. Por un instante sintió la calidez de aquellos
labios húmedos, la dulzura de su aliento , ¡ la avidez tier-
na de una lengua que le acariciaba su interior !, en un jue-
go sorpresivo y repentino que le succionó toda la razón ,
enviándolo de nuevo a los predios irreales de la ilusión
sensual: Creyó recibir un abrazo ardiente que le presen-
tó al mundo hombre-mujer que nunca antes había cono-
cido. Aquel beso y las caricias imaginadas despertaron
en el cura a la bestia en celo que durante tantos años ha-
bía estado reprimida. Fuera por completo de sí mismo ,
quería hacerlo todo a un tiempo: Amar , palpar, besar,
acariciar, susurrar , lamer , abrazar, gemir, olfatear , trans-
pirar, libar, pellizcar , penetrar, electrizar , eyacular, gri-
tar, morder, asir, degustar , buscar , hallar , succionar, es-
trechar, pujar , vibrar , sorber, tantear , sentir, ¡ Dios
mío!... ¡ Sentir-sentir-sentir-sentir-sentir ... ! , demencia
descarriada que la voz determinante del doctor Alfredo
Gauss en el acto disipó : « ¡ Sopla , Antonio Nicolás . Dale
aire !».
Antes de que el padre Antonio Nicolás Cedeño retor-
nara de su efímera locura , se incorporó Mariana como
si nada hubiese sucedido ; con toda calma cubrió con la
camisa sus íntimos encantos , y con voz dulce, casi infan-
til, espetó serenamente a los amigos : «Gracias . No es aire
lo que necesito...». Otra vez enmudecieron de aprensión
los camaradas . El padre: avergonzado , tratando de ocul-
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tar su pantalón henchido ; el médico : reconociendo la ca-
misa que llevaba puesta la muchacha... Se fue Mariana.
Los hombres la siguieron con la vista hasta que se fun-
dió con la montaña.
Era la camisa del padre Antonio Nicolás Cedeño , una
de las que se perdieron aquel día allá en el pozo . « ¿Te
acuerdas, Antonio Nicolás? ¿Te acuerdas? ¡ Seguramen-
te lo vio todo! ¡ Nos vio construyendo la represa! ¿Y si
se lo cuenta a alguien del pueblo? ¿ Entonces? Tenemos
que hacer algo , Antonio Nicolás , tenemos que hacer al-
go. ¿Y si la gente se entera de que fuimos nosotros los
del maldito dique? ¿Entonces , Antonio Nicolás , enton-
ces? Nos linchan, compadre , seguro que nos linchan. ¡Y
con razón , Antonio Nicolás , con toda la razón del mun-
do! Tenemos que averiguar qué es lo que sabe, Antonio
Nicolás . ¿Me estás oyendo , Antonio Nicolás , me estás
oyendo? No podemos sentarnos a esperar a ver qué es
lo que pasa, Antonio Nicolás . ¡ No podemos ! ¿Y si esa
puta se lo cuenta a alguien? ¿ Entonces, Antonio Nico-
lás, entonces? Nos jodimos , Antonio Nicolás , nos ter-
minamos de joder. ¿ Me estás escuchando , Antonio Ni-
colás , me estás escuchando? Nos van a matar, compadre.
¡Nos guindan por las bolas , Antonio Nicolás ! Tenemos
que averiguar qué es lo que sabe , Antonio Nicolás . Te-
nemos que convencerla de que no le diga nada a nadie.
¡Vamos! ¡Vamos a ver dónde está metida , Antonio Ni-
colás ! ¿Me estás oyendo, Antonio Nicolás , me estás es-
cuchando?...>> Pero el padre Antonio Nicolás Cedeño no
había escuchado ni una de las desesperadas palabras del
amigo. Estaba en otro lado , entre el cielo y el infierno;
traía en su boca todavía el beso furtivo de Mariana; el
manjar de la discordia se enterró en su corazón, se afe-
rró a su bajo vientre, y le atribuló la conciencia con la
promesa firme de guiarlo hasta el Nirvana.
<
«
< Ahogarme... -reía Mariana para sus adentros- .
Ahogarme yo ... ¡ Idiotas ! » . Eran los hombres menos
audaces que había conocido . «Un par de idiotas » . No
les bastó para abordarla la insinuación de su mirada cuan-
do llegó al pie de la roca. Creyó que al quitarse la blusa
y mostrarse desnuda y sonriente rescataría en sus almas
el valor extraviado . « ¡ Ingenua ! » . Recordó con despecho
39
las maromas que hizo en el agua para lograr que bajaran
de la piedra a la que impertérritos se fusionaban, segura
de que al hacer contacto con su juventud palpitante, la
pasión los llevaría a olvidarse de todo y entregarse sin
frenos a los crudos deleites de la sensualidad ... ¿Y la in-
vitación abierta, bañada de sol y tendida en la arena: Hu-
medad ondulante ofreciendo delicias...? ¿Y el beso pro-
fundo que le obsequió al cura, emisor de deseo, rebosante
lujuria? «
< ¡Maricas! ¡ Son unos maricas ! » , concluyó ira-
cunda Mariana , recordando sus planes frustrados . « ¿Se
habrán dado cuenta, siquiera, de la camisa del padre?
¿Habrán mordido el anzuelo?» . Es que toda esa trama
que había imaginado no sirvió para nada? ¿Es que nun-
ca iba a poder suprimir de su vida aquel himen tozudo?
¿Estaría condenada por siempre a soportar el dolor de
las vírgenes cada vez que intentara ir con un hombre a
la cama? ¿ Es que aquella obstinada membrana no tenía
remedio? La chica pensaba que sí: El padre . «A un vir-
go maldito , un santo remedio» . ¿Y qué santo más santo
que el cura fornido de ancestrales palabras directamente
venidas del cielo , el hombre a quien la naturaleza apoya-
ba reaccionando con furia ante la destrucción de su obra?
No hay duda: El padre . «Ese hombre me va a desvirgar
para siempre>>.
¿Y qué harías tú , si eres joven y bella? ¿Qué harías
si te encuentras con que no puedes amar . Amor comple-
to , de alma, de piel , de entregarte de lleno a ti y tus de-
seos? ¿Qué harías tú si tu cuerpo enfrentara toda tu na-
turaleza? Si tuvieras un bloque infranqueable , llámalo
bloque, pared , maldícelo si así lo prefieres . ¿ Pero , qué
harías tú sin poder hacer el amor. El sincero? ¿Qué ha-
rías si tus necesidades te obligan a aunar tu carne con
otra que la complemente? ¿Qué harías si fueses tú mis-
ma, Mariana. Qué harías? ¿ Qué harías con tu belleza?
¿Qué harías con tu juventud , con tu lozanía? ¿Con tu
locura, qué harías? ¿ Qué harías tú , dime qué harías , si
tu momento te exige estar llena de vida y fundirla con
otra, en unión sensorial , exquisita y profunda? Te irías
de bruces, ¿verdad? Llegarías al fondo para complacer
a tu espíritu. ¿Y qué harías si te decides a hacerlo y tu
cuerpo no acepta que te profundicen , que te invada otro
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cuerpo y se invada a sí mismo con las delicias del sexo?
¿Qué haces si tienes un himen perenne? ¿Quién te ense-
ñó a luchar contra eso? ¿Y qué tiene que ver lo que te
han enseñado, o lo que aprendiste , o lo que desees , si
todo lo tienes vedado: si tu esencia te llama y tu realidad
te lo impide? ¿Cómo puedes luchar en contra de poderes
extraños que te hacen ser única, inaccesible a tus desig-
nios de amor, a tu fuego? ¿Qué puedes hacer con un vir-
go empeñado en mantenerse intacto ante cualquier agre-
sión? ¿Qué harás con ese deber de ser hembra que tus
sentidos te imponen? ¿ Qué piensas hacer? ¿ Es que pien-
sas seguir con tus embrujos estériles? ¿ Lo que quieres es
alebrestar a los hombres sin poder responder? ¿Qué ha-
ces , Mariana, qué estás haciendo? ¿ Qué podría ser lo tu-
yo, bella, Mariana? ¿Otro paso a vivir , egoísta , o un es-
tar esperando el milagro que cambie tu sino?
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VII. GRITOS EN LA OBSCURIDAD
ANTONIO
ANTONIO Nicolás Cedeño observaba cómo el Sol se
ocultaba hecho una gran masa roja tras el lejano hori-
zonte. Solo con sus pensamientos , el hombre trataba de
poner en orden sus ideas . Esta vez la muchacha le había
llegado muy hondo; lo puso en contacto con la realidad
que siempre se había negado : La verdad del instinto , de
la carne, del amor material . Pero no, era algo mucho más
profundo que eso , mucho más importante : Había intui-
do un llamado de auxilio en el fondo de toda aquella co-
media, que, ahora que estaba tranquilo , pudo vislumbrar
como tal. Después de todo , era una chiquilla , una cría
extraviada de Dios que sin saberlo buscaba con ansiedad
quien la orientase . Seguramente unas palabras bastarían
para encauzarla por el buen camino . ¿ No era acaso, ésa ,
su misión? Cedeño se dispuso a enfrentar cualquier pre-
juicio para ayudar a la « criatura descarriada » . Pasaría
por encima de sus propios impulsos y temores . Sería cie-
go ante los encantos de Mariana, sordo a sus palabras
insinuantes , incólume ante cualquier contacto físico.
Blandiría los escudos del Bien y le llegaría al alma para
aliviar su confusión . La iba tomar de la mano condu-
ciéndola a salvo de las tentaciones para entregarla arre-
pentida, perdonada y bendita al «¿placer? » de una vida
virtuosa, merecedora del cielo .
Alfredo Gauss siempre tuvo razón al porfiar que la chi-
ca no era un ser maligno, como él había creído al princi-
pio por causa de todos aquellos factores que lo tenían
extraviado. Si fue cierto que desde que ella llegó todo co-
menzó a salir mal , también era cierto que de no ser por
él mismo , nada de lo que ocurrió habría pasado . La pe-
queña era inocente, ahora estaba seguro ; tanto que vol-
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vió a pelear con su amigo por ella, esta vez defendiéndo-
la, porque no era posible que Gauss le tuviera esa tirria
por el solo hecho de tener una camisa parecida a la suya.
Además, si ella hubiera querido denunciar lo del dique
en el pueblo , ya estarían perdidos ; bastante tiempo pasó
desde el funesto domingo . Y si era de él la camisa , con
toda certeza la chica no la había tomado con segunda in-
tención . Probablemente ni siquiera sabía quién era su
dueño . Era probable también que simplemente la hubie-
ra encontrado algún día siguiente cerca de la madriguera
de cualquier animal , y por ende era totalmenbte inocen-
te de todas las imputaciones que Alfredo Gauss se empe-
ñaba en hacerle. No podía juzgarse a la gente tan a la
ligera. «Y ahora el loco eres tú » , concluyó diciéndole el
cura al doctor Gauss , luego de aburrirlo con toda quella
lógica bienintencionada . Lo mejor era buscar , como el
otro quería , a la muchacha , y con mucho tacto averiguar
qué sabía, para la tranquilidad de ambos y para aprove-
char la ocasión de volver a mirarla , esta vez sin sorpre-
sas, y así tomar las riendas de la situación . Aunque nin-
guno de ellos quería admitirlo, con sólo pensar que
volverían a verla, se crispaban por dentro y por fuera an-
helando el momento .
Esa tarde salieron a buscarla; sabían que acampaba en
la montaña, probablemente cerca de los pozos . La mon-
taña no era un sitio fácil para nadie, menos para una mu-
jer sola; deberían advertirle esto también... Cedeño y
Gauss apresuraron la marcha para evitar que la noche
los sorprendiera antes de hallarla . Iban recién bañados ,
rasurados y con ropa pulcra, demasiado para una incur-
sión en el monte. Al llegar al campamento lo encontra-
ron solo. Mariana estaba por las cercanías recogiendo le-
ña para la fogata de esa noche, cuando los escuchó .
Presta siempre a tomar la delantera , sin ser vista se les
acercó para espiar sus movimientos . En tanto , los hom-
bres trataron de localizarla por los alrededores , y se die-
ron por vencidos , creyendo que la chica aún no subía de
la playa. <<Seguro que ahora van a registrar el campamen-
to», y seguro también , que iban a meterse en la carpa ,
revisar el morral y leer su diario . Pero cuando trataran
de abrir la lona para entrar , ella los sorprendería y les
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haría sudar frío , como siempre , tratando inútilmente de
dar explicaciones . Aunque no : Cedeño y Gauss se senta-
ron a la orilla del río a esperar a que llegara la mucha-
cha. Mientras tanto , se divertían compitiendo con el vie-
jo juego de lanzar lajas al agua , a ver cuál rebota más
veces sobre la superficie . « ¡ Estos no tienen remedio! »> ,
se dijo Mariana al salir de su escondite y acercarse en si-
lencio al campamento , para que los hombres no se per-
cataran aún de su presencia, y así tener tiempo de qui-
tarse la ropa, acomodarse el cabello , y ponerse sólo la
camisa del doctor Alfredo Gauss . Era buena la ocasión
para intentar sus proyectos.
El padre Antonio Nicolás Cedeño escudriñaba el sue-
lo en busca de una piedra llana cuando sus ojos se topa-
ron con el pie de la muchacha , que se encontraba a me-
nos de un metro . La perspectiva de su posición le mostró
a la chica de manera impresionante: Como estaba tan cer-
cana, y él sentado , fue como si el tiempo hubiera queri-
do detenerse a cada instante en el recorrido de su vista.
Desde el hermoso tobillo, fue ascendiendo por la piel
bronceada para percibir, a la altura de sus ojos -los del
cura-, la transparencia de la tela que se oscurecía y se
aclaraba, al ceñir y dejar libre la cintura femenina. Ce-
deño comenzaba a transportarse , cuando encontró la mi-
rada divertida de Mariana, quien los saludaba con am-
plia sonrisa, preguntándoles qué los había llevado por
aquel paraje... Sin darles tiempo para responder, dio me-
dia vuelta y se dirigió a la hoguera. Los amigos, aturdi-
dos, la siguieron en silencio .
Llegó la medianoche y un halo de misterio se apoderó
de la montaña . El padre y el doctor se habían marcha-
do. A la luz del fuego las sombras bailoteaban , confun-
diendo las dimensiones de los árboles, creando formas
vivas en las piedras, fantasmas irreales que burlaban la
imaginación... Las llamas se avivaron en las pupilas ful-
gurantes de la chica... Alrededor de la lumbre, todo os-
curo: Mariana estaba sola , con su mundo . Lo demás , ne-
gro infinito... y las sombras... Un sonido lejano le crispó
los ojos . Alerta , la muchacha aguzó el oído , segura de
haber escuchado un ruido grave , ajeno al bosque; algún
tipo de lamento. La maleza a su vez guardó silencio, co-
45
mo si también quisiera oír . Mariana, sin moverse de su
sitio, toda instinto , escudriñó , fría, cada sombra, cada
brizna de silencio: hasta las brazas se quedaron mudas...
En el cielo se apartaron los negros nubarrones para dar-
le entrada a una Luna llena , y los bichos se escondieron
en sus cuevas. Se volvió a escuchar: ¡ Aoouuuu ! ¿Un aulli-
do , un llanto? ¡ Aoouuuu ! ¿Un pobre animal hambrien-
to?... Se acercaba , ¡ Aoouuuu ! ¡ Aoouuuu ! ¡ Au ! ¡ Au!
¡Aoouuuu ! ... se hacía cada vez más claro , amenazante
...¡Aoouuuu! ¡ Aoouuuu ! ...no era un lamento ...¡ era un
grito corrupto, desalmado , un violento clamor en busca
de víctima! ... ¡ Aoouuuu ! ¡ Aoouuuu ! ... ¡ una bestia que
subía directamente al campamento ! ... Mariana no vio
tiempo que perder; corrió al bosque en busca de refugio
y trepó a un árbol . Al lado de la hoguera quedó todo su
coraje; en la altura de las ramas se encontraba solamen-
te una chica desamparada y temblorosa , tiritando de te-
rror... ¡ Aoouuuu ! ¡ Au ! ¡ Au ! ¡ Aoouuuu ! ...
En el pueblo también los pudieron escuchar. Aquellos
roncos alaridos hicieron a la gente despertar y estreme-
cerse en sus lechos apacibles . ¿Qué clase de animal po-
dría producir tales aullidos? El doctor Alfredo Gauss salió
a la calle para escuchar mejor, y enseguida se dio cuenta
del peligro que corría la muchacha en aquella soledad .
El afán de socorrerla y tal vez de hacerse el héroe lo apre-
suraron para que buscara su escopeta y saliera en carre-
ra hacia el campamento de los pozos. Entre tanto , Ma-
riana miraba aterrada una inmensa sombra que lo
destrozaba todo , profiriendo aullidos y gruñidos... era
un monstruo que jadeaba furioso como animal acorra-
lado y daba vueltas encolerizado en los predios de la ca-
sa de campaña . Olfateaba los enseres y las prendas de
la chica para luego proferir su clamor desesperado
...¡ Aoouuuu ! ¡ Au ! ¡ Au ! ¡ Aoouuuu !, enseñándole los
dientes a la Luna... El terror perdió a la chica al asirla
a una rama seca que crujió al partirse. Las gotas frías
de sudor ya la empapaban , cuando vio despavorida que
aquel ser la había descubierto y se abalanzaba dando tum-
bos en su dirección . Escuchó el sonar profundo de los
pulmones excitados , de las ansiosas garras apartando de-
sesperadamente la maleza ... ¡ Aoouuuu ! ¡Aoouuuu ! Tra-
46
tó de subir aún más alto , buscando la copa del árbol,
cuando resbaló , perdió el equilibrio , y cayó entre las raí-
ces... La violencia del golpe aumentó su confusión , ha-
ciéndola aferrarse al tronco para incorporarse y empren-
der la huida. Pero no fue el tronco lo que sus dedos
palparon , fue a una cosa dura , velluda , palpitante: La
extremidad de la bestia, que ya la había alcanzado
...¡Aoouuuu! ¡ Aoouuuu ! Levantó la vista y encontró una
enorme mole, unos ojos animales que la contemplaban
con hambre desde arriba ... ¡ Aoouuuu ! ¡ Aoouuuu ! Ella
también iba a gritar, en el momento en que tronó el ca-
ñón del doctor Alfredo Gauss , y las fuerzas la abando-
naron por completo .
Antonio Nicolás Cedeño llegó a su casa apresurado,
desnudo y terriblemente atormentado . ¡ Qué locura! Al-
fredo Gauss le disparó mil veces antes de que pudiera per-
derse en la maleza . Nunca había sentido tanto miedo:
Despertar por el sonido de un disparo , verse desnudo con
una chica sin sentido tendida a sus pies , en medio de la
selva, y en seguida darse cuenta de lo que estaba aconte-
ciendo, todo fue una sola escena. De inmediato compren-
dió que no había alternativa; se fugó cual criminal sor-
prendido in fraganti, voló , se evaporó , dejó el plumero.
Corrió hasta más no poder montaña abajo , abriendo
monte, huyendo de los disparos y gritos del amigo , has-
ta que lo ocultó la oscuridad . Al llegar al pueblo se coló
por entre las sombras y arribó a la puerta de su casa. En
sus oídos todavía retumbaban las explosiones secas de los
tiros , y el corazón le reventaba el pecho.
Sí, padre Nicolás , fue una noche turbulenta para ti .
Porque cuando subiste por la tarde con tu amigo Alfre-
do Gauss a buscar a la muchacha , no pudiste adivinar
ni por asomo lo que te esperaba . Hubieras jurado y per-
jurado que todo lo tenías controlado . Creíste estar enci-
ma de la situación; previste hasta las reacciones de tu es-
píritu; estabas preparado para tomar a Mariana por
sorpresa y hacerle ver las esperanzas en la autoridad de
tu sotana. Ibas a salvarla , sobrio , bañado y rasurado , de
las tentaciones de la carne, del pecado capital de la luju-
ria, y, en caso necesario, le hubieras practicado un exor-
cismo a la inocente criatura . Hasta a Dios le encomen-
47
daste la tarea de un relevo , dada una emergencia. ¡ Cuán-
tas oraciones elevaste para reforzar tu fe! Después de to-
do, no era para menos . Esa criatura , como tú la llamas,
te había puesto al borde de un colapso existencial . Sí, pa-
dre Nicolás, subiste a la montaña preparado y bien dis-
puesto, como buen cruzado ; pero olvidaste que las vi-
braciones que emana la muchacha no te invaden el
cerebro, sino que se adueñan de tus genitales , y con ellos,
¡ nunca olvides esto!, no se piensa... Perdiste la partida
en la orilla de la poza, cuando sorprendiéndolos los sa-
ludó con su sonrisa limpia. Debes admitirlo , ya estabas
desarmado , pero sin embargo , la seguiste hasta la hoguera
y aceptaste , embelesado , sentarte junto a ella con tu ami-
go, a esperar a que cayera el Sol.
Cayó la noche, sí, y junto con la noche se acentuó el
embrujo de la chica , y la ayudaste a descorchar una tras
otra las botellas de aquel vino que terminó embriagán-
dolos a todos... Luego, ya en tu lecho, no podías apar-
tar tus pensamientos de las historias que Mariana les con-
tó, de sus triunfos , sus fracasos , sus penas y alegrías . No
pudiste dejar de dar vueltas en tu cama recordando los
destellos de esos ojos , las sonrisas, los gestos, el color
de su piel iluminada por las llamas, la forma de sus pier-
nas, el arrullo de su voz... Sí, padre Nicolás , te dormiste
hambriento de Mariana y retrocediste en sueños más allá
de tus ancestrales cavernarios , y animal, animalote bru-
to , saliste en desesperada búsqueda de hembra: Corriste
a través de agrestes parajes prehistóricos , te iluminó una
luz nueva de una Luna llena aún recién creada, olfateas-
te en la extraña atmósfera los efluvios femeninos , y te
precipitaste , voraz bestia, echando espumarajos y gruñi-
dos, contra la despavorida hembra, para poseerla hasta
saciarte y luego destrozarla y devorarla, ... ¡ Au !
¡Aoouuuu ! ¡ Aoouuuu !.
Sí, padre Nicolás , si Gauss no te despierta a tiro lim-
pio , quién sabe qué hubiese sucedido... ¿Y todo para qué?
Para convencerte de lo que ya estabas seguro: La mu-
chacha no sabía nada de la construcción de la represa .
Se sorprendió tanto , pobrecita, cuando supo de quién
eran las camisas que había hallado , que la turbación la
hizo desprenderse de la que llevaba puesta , sin percatar-
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se de que era lo único que la cubría ... Tú mismo tuviste
que tranquilizarla y echarle encima una manta . Tuviste
que secar sus lágrimas de vergüenza y acogerla entre tus
brazos para consolar su inconsolable pena. Y sentiste, pa-
dre Nicolás, el temblor indefenso de la chica que adosa-
ba su pecho desnudo al tuyo , sus senos buscando cobijo
en el hogar de tu torso , y el roce húmedo de sus labios
murmurando ininteligibles excusas en tus orejas erizán-
dote la nuca... ¡ Cuánta confusión !, padre Nicolás .
¡ Cuánta dulzura ! ¡ Cuánto desamparo! No pudiste sopor-
tar cuando sus manos buscaron protegerse del frío en el
calor de tu entrepierna. No pudiste , y por eso la apartas-
te de ti, padre Nicolás... Pecaste padre Nicolás , pecaste
por partida doble: Lujuria y abandono de un ser inde-
fenso, padre Nicolás... Y te fuiste de allí , y la deseaste,
y la desamparaste, y después, para colmo , casi la matas...
Pecaste, padre Nicolás , pecaste ...
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VIII. UNA BALA PARA EL MONSTRUO
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temor... que los vecinos unánimemente decidieron darle
la razón al cura, darse por vencidos y olvidar el hecho .
No así el doctor Alfredo Gauss; durante esos tres últi-
mos días había departido mucho con Mariana, se sentía
en deuda y responsable de ella por haberla prejuzgado
mal . Su relación había cambiado en una forma radical ;
se habían hecho amigos ; la experiencia de la bestia les
sirvió de fundamento para confiar uno en el otro, a su
modo cada cual : Gauss temía por la seguridad de ella;
en vano trató de convencerla para recoger su equipo y
volver a casa; tampoco quiso mudarse para el pueblo ,
donde se encontraría más a salvo de la amenaza latente
del cura enloquecido . No había forma de que Mariana
desistiera de su empeño en no moverse de aquel monte ,
la chica era valiente y testaruda. Lo que sí le pidió a Gauss
fue que le facilitara un rifle , que con eso se podría de-
fender , llegado el caso . Alfredo Gauss consiguió el arma
con una buena provisión de cargas , y siempre atento , se
ofreció para enseñarle a disparar , a lo que ella , amarti-
llando el percutor , le respondió : « Gracias , te puedes ir
tranquilo...>> , tiró del gatillo y le acertó a un avispero que
distaba unos cincuenta metros , «... con esto sabré cui-
darme sola» , y disparó de nuevo , esta vez sobre una igua-
na, que cayó de lo alto , sin cabeza... A pesar de lo reacia
que se comportaba , el médico la trataba con delicadeza
y consideración; estaba descubriendo dentro de Maria-
na a la niña que cree poderlo todo y que en realidad está
inerme aquí en la vida , aún más desprotegida por aquel
su espíritu osado y la seguridad de los que desconocen
los reveses que enseña la experiencia . En realidad la chi-
ca le gustaba, por dentro y por fuera, por todos lados
le gustaba... Por su parte, Mariana comenzó a sentir que
Alfredo Gauss no era tan idiota como había imaginado ,
y que aquellas atenciones que estaba recibiendo obede-
cían a un interés diáfano por ella: no encontró vericue-
tos ni segundas intenciones... Lo que la movió a consi-
derarlo como un buen amigo , ... ni siquiera la deseaba...
Ambos está claro- estaban engañados.
¡Pobre padre Antonio Nicolás Cedeño !, ya ni con su
amigo Alfredo Gauss quería estar . Se había apartado de
la gente a lo que llamó un retiro espiritual , que era en
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realidad una pantalla tras la que se ocultaba un hombre
en regia lucha interna, confrontando la ética de sus creen-
cias religiosas y valores morales con los llamados natu-
rales de su sexo. Temeroso de las jugadas sucias de su
subconsciente inventó un método despertador que com-
binaba alambres, latas , vidrios rotos y trampas de ratón ,
esparcidos por el piso de su casa , como una suerte de ce-
lada caza-bobos que lo haría arrepentirse de por vida si
se aventuraba a levantarse y caminar dormido . Era tal
su desesperación que pensó en amordazarse antes de me-
terse en la cama, para evitar así aullidos que pudiesen
delatarlo en sueños... Se sentía culpable cuando oraba:
Sus pensamientos lo arrastraban siempre hacia el objeto
de sus fantasías. Quiso pedirle ayuda a Dios para que lo
liberase de todo aquel infierno , trataba de concentrar su
mente en el arrepentimiento y la plegaria , y cada vez el
fantasma de Mariana hacía gala de presencia , explayado
e irrefrenable, propinándole infinitas sensaciones e ilu-
siones que lo sacaban de su cauce... La chica se le hizo
omnipresente, se le incrustó en el alma y le arrebató la
paz.
Antonio Nicolás Cedeño buscó con tesón , y encontró ,
a su pesar, una salida : Si sus problemas eran de origen
instintivo, debilitaría los instintos : Inició un ayuno es-
tricto a pan y agua; imaginó mil situaciones y se mastur-
bó mil veces: tres mil golpes de pecho , mil súplicas de
indulto a La Providencia , diez mil Aves María , trillones
de espermatozoides traicionados , técnicas sofisticadas ,
músculos adoloridos , facciones demacradas ... Probó
también con meditación trascendental , control mental ,
autohipnotismo, hipno-cibernética, ejercicios psicotróni-
cos, bio-concordancia, yoga... Lo intentó con imágenes
deprimentes o aburridas : Malos recuerdos , funerales, lo-
garitmos , deudas , personas evacuando , Hiroshima y Na-
gasaki , Alemania Nazi, problemas actuales : explosión de-
mográfica, hacinamiento , hambre , miseria , cáncer , sida ,
sexo desbocado ... ¡ Sexo ! ¡ Mariana ! ¡ Marianita !
¡Aoouuuu ! ¡Aoouuuu ! ...
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IX . AMIGOS
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era en ese momento... « Pero tú estás pálido , Antonio Ni-
colás . Te veo como demacrado » . ... Gracias a Dios que
podía contar con un buen amigo , con un hombre que ade-
más de amigo era cura y sabría dimensionar el panora- 1
ma... « ¿Tú como que estás enfermo , Antonio Nico-
lás? »... Cedeño se aburría con tanta alharaca, pero su
pasión por Mariana lo mantuvo en su asiento , inclinado
el torso hacia Gauss en actitud comprensiva y bonacho-
na, esperando a que el otro dejara de una vez de lado
recuerdos y halagos , y se concentrara en la historia que
la involucraba.
Pero el doctor Alfredo Gauss no parecía tener prisa
alguna; por el contrario , extendía su discurso acerca de
la importancia y los valores de la camaradería , exaltan-
do la nobleza que el cura siempre había demostrado , re-
memorando situaciones en las que ambos habían lucha-
do espalda con espalda , sin olvidar las veces en que, « si
no te meto el hombro , Antonio Nicolás » , quién sabe có- 1
mo habría vencido el obstáculo . « ¿Te acuerdas , Anto-
nio Nicolás . No se te ha olvidado? ...». ¡ No !, esas cosas
no se olvidan, pero tampoco se interrumpe un aislamiento ་
voluntario para refrescarlas, « así que , al grano, doctor
Gauss, no sigas dando vueltas . ¡ Hazme el favor!» ... El
doctor Alfredo Gauss adoptó un tono grave , detuvo sus
ojos en los de Cedeño , y , aferrado el pecho con su dies-
tra, le lanzó : « Me enamoré , compadre , estoy enamora-
do y no sé qué hacer con mi muj ...».
El padre Antonio Nicolás Cedeño se incorporó de un
salto . «
< ¡ Enamorado ! ¿Enamorado de quién? ¿ De Ma-
riana? ¿Qué es lo que no sabes hacer? ¿Qué clase de es-
tupidez es ésa? ¿Con quién crees tú que estás hablando?
¿Viniste a buscar un consejo... es eso lo que necesitas?
Pues aquí lo tienes : ¡ Olvídala ! ¡ Ni lo pienses ! ¿Y tu mu-
jer? ¡Ah? ¿Dónde queda tu mujer? ¡ Ah? ¿ Quince años
mandados al carajo porque se te ocurrió de un día para
otro que ' estoy enamorado'? ¡Ah? ¡ Imbécil ! ¿Y me vie-
nes a buscar a mí para que te alcahuetee? ¿Ah? ¡ Pero... !
¿Con quién coño crees tú que estás hablando? ¡ Ah? ¿Con
quién? ¡ Ah? ¡ Imbécil ! ¿Es que tú no tienes vergüenza?
¡Ah? ¿Es que tú eres capaz de corromper a esa niñita só-
lo porque te provoca? ¡ Ah? ¡ Ni lo pienses, doctor Gauss ,
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ni lo pienses ! ¡ Pero ... ! ¿ Qué es lo que tú te has creído?
¡Ah? ¡ Imbécil! ¿Qué clase de gran carajo eres tú? ¡Ah?
¡ Imbécil ! ¡Ah? ¡Ah? ¡ Debe ser que yo tengo cara de ca-
brón! ¡Ah? ¿Tú me viste a mi cara de cabrón? ¡Ah? ¡ Mi-
rame bien! ¡ Ah? ¿Tengo cara? ¡ Ah? ¡ Ah ? ¡ Imbécil ! Pe-
ro es que tú no me conoces? ¡ Ah? ¿Tú no sabes con quién
estás hablando? ¡ Ah? ¿Y por qué pones esa cara? ¡ Ah?
¿Qué esperabas tú que te dijera? ¡ Ah? ¿ En que estabas
tú pensando cuando viniste a molestarme? ¡ Ah? ¿Qué
quieres que te diga? ¡ Ah? ¡ Ah? ¿Qué te dé la bendición
por seducir a la niñita? ¡ Ah? ¡ Ah? ¡ Imbécil ! ¿ Qué clase
de gran...>>.
El padre Antonio Nicolás Cedeño caminaba a gran-
des zancadas de un lado a otro de la habitación , como
fiera enjaulada , manoteando y amenazando con el puño
al atónito doctor , dando golpes en la mesa, pateando el
suelo; su tez demacrada adquirió un tono rojo subido,
y su voz destemplada se le hizo realmente extraña al com-
pañero , que, perplejo ante la excitación de Cedeño , no
acertaba a responder el ataque. El padre continuó largo
rato despotricando y diciéndole imbécil a Gauss ; hasta
que se derrumbó sobre su cama, como si la vida lo hu-
biese abandonado ... Comenzó a sollozar desconsolada-
mente, lloraba sin freno , sin esperanzas , sin fuerzas : llo-
raba con un llanto virgen, de alma perdida en la abismal
soledad de los que no tienen nada... Alfredo Gauss se
conmovió hasta los huesos , hasta dos lágrimas corrieron
por sus mejillas . No había derecho a que un hombre bue-
no , como ése , estuviera sufriendo con tanto desquicio .
Se acercó hasta el camastro y ordenó los cabellos de su
camarada... « Estás enfermo , Antonio Nicolás . Muy en-
fermo...». Aguardó sentado en la orilla del lecho a que
el otro se tranquilizara; apagó la luz y se fue, prometién-
dole al amigo dormido que al día siguiente , sin falta , vol-
vería a cuidarlo . Alfredo Gauss esa noche rezó, y Dios ,
que aún se encontraba despierto , se extrañó al escucharlo .
Despuntó el día y el padre Antonio Nicolás Cedeño
amaneció sintiéndose hombre nuevo , lo invadian ganas
de abrazar al mundo , de gritarle su agradecimiento a El
Todopoderoso . Otra vez llevaba vida en su interior. Así
como así, un milagro acabó con su agonía . ¡ Increíble !
57
Ya podía salir de su hermetismo, cumplir con sus debe-
res , ver el cielo , respirar la mar, compartir con sus ami-
gos. Podía integrarse de nuevo a la afabilidad de su exis-
tencia. ¿Y Mariana? ¿Y el embrujo de Mariana? ¿Y el
fantasma de Mariana...? Nada. Ni siquiera se le acelera-
ba el pulso . ¡ Al fin había dado resultado tanto régimen !
No era para menos , otra semana de onanismo , ayuno y
mentalismo, y cae muerto... Cedeño atribuyó su cura-
ción en parte a su estrategia y en parte a Dios . De la no-
che anterior no se acordaba , y no pudo adivinar que la
explosión de angustia , rabia y celos que descargó a costa
del amigo , si no fue la causa única de su restablecimien-
to, fue la principal . Total , lo que importaba era salirse
del encierro y continuar viviendo . Y hablar con Gauss ,
porque le dijo vagamente su memoria que el doctor ha-
bía estado anoche de visita.
Apenas cruzaron dos palabras supo el médico que Ce-
deño había olvidado el episodio, y a las preguntas de és-
te sobre qué había sucedido , respondió que al beber el
primer vaso, tal vez por la debilidad de su salud , ense-
guida se quedó dormido ... « Eso me pasó por tanto ayu-
no...». El doctor Gauss insistió en hacerle un chequeo
al cura, pero en vista de las negativas , se conformó con
aconsejarle tomar unas vitaminas . El padre Antonio Ni-
colás Cedeño no estaba de humor para cosas serias , se
lo comunicó al amigo , y se fueron a pescar ...
Así fue pasando el tiempo , días de sosiego y alegría.
Antonio Nicolás Cedeño tomó su ritmo acostumbrado :
Estudio, misas , pesca, departir con los amigos, todo igual
que siempre . El doctor Alfredo Gauss tuvo buen cuida-
do en no mencionarle a Mariana para nada; aquella no-
che le quedó bien claro que a Cedeño lo enfermaba la
muchacha, y decidió que, al menos por ahora , lo mejor
era ignorarla en su presencia, aunque , a espaldas del ami-
go, todos los días subía a la montaña con un presente
(una flor , algún bocado , un vino...) a saludarla , conver-
sar un poco , ayudarle con la hoguera , y todas esas de-
más cosas que el doctor sabía hacer cuando de procurar-
se amores se trataba.
58
X. LA CONFESION
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cía, haciendo resaltar en la penumbra el brillo intenso de
los ojos de Mariana . El silencio también se apoderó de
la capilla ; en el aire quedó una frase a medio terminar
cuando las llamas de los cirios vibraron brevemente: Al-
gún ente de la noche se había despertado... Sólo Maria-
na reconoció al intruso . Antonio Nicolás Cedeño creyó
ver una sonrisa en los labios de la chica, y la exhortó a
que continuara confesando... «Es que me da pena, pa-
dre», porque los pecados que faltaban eran los peores ,
los que había cometido con el pensamiento , además de
que... « me da mucha pena, padrecito ...» . El sacerdote
tuvo que insistir para que Mariana prosiguiera: ...ade-
más de que sus muslos se erizaban al humedecerse , « pa-
dre», cada vez que despierta soñaba que una mano de
hombre santo , una mano pura que hacía caso omiso de
las normas , se deslizaba entre sus interiores , «padre» , pa-
ra arrancar de una vez y para siempre de su alma a la
niña que tantos dolores de cabeza le había producido ...
Le confió que en sus sueños debía arrodillarse, « como
ahora, padre» , y tomar entre sus dedos el sagrado obje-
to del sagrado hombre , para rendirle culto con caricias ,
y besarlo profunda y largamente, hasta que el santo , con
una voz extraña , « padre , como si hubiese dado una ca-
rrera», le ordenaba que se desvistiera y se le echaba enci-
ma para comérsela « todita , padre, a besos y mordidas »> ,
mientras que « con esa... ¿ cosa, padre?...» .
El sonido dulce de las palabras de Mariana no ahoga-
ba el jadeo incontenible del padre Antonio Nicolás Ce-
deño, que no encontraba forma ni manera de impedir que
sus oídos escucharan a la muchacha que otra vez le ha-
cía perder la calma de su cuerpo , produciéndole un caos
delicioso que lo aterrorizaba.
En contra de su voluntad el sacerdote apoyó la mejilla
en la celosía, sintiendo así la cálida humedad de los la-
bios de la chica... Mariana continuó el relato con aque-
lla voz de niñita arrepentida, mientras saboreaba las go-
tas de sudor que corrían por la cara de Antonio Nicolás
Cedeño. « < ...Porque en ese sueño , padre , lo que más de-
seo, padre, es separar muy separadas mis rodillas , para
que el ...¿padre?, padre, me siga comiendo completica
por adentro...» . Antonio Nicolás Cedeño se revolcaba
60
en su asiento a estas alturas, sin poder escapar de la tra-
ma en que Mariana lo envolvía el hombre se convulsio-
naba, se aferraba a las maderas de su banco , se cubría
la cabeza con el hábito , se mordía las manos , se halaba
los cabellos... « ...Hasta que al final , padre, cuando no
aguantaba más placer , me hizo colocar de espaldas a su...
¿cosa, padre?, con las rodillas y los codos apoyados en
la arena, como si fuera una venadita, padre, con la coli-
ta levantada. Y me embistió de nuevo , padre , y me dejó
ver las estrellas , cuando me regaló su ... ¿ savia , padre?,
que también era sagrada» , porque la hundió en un mar
de sensaciones que nunca jamás había imaginado .
Antonio Nicolás Cedeño no podía aguantar más. ¡ Ya
viene! ¡Ya viene! Desesperado, se metió el puño completo
dentro de la boca . ¡ Ya viene! ¡ Ya viene!, trató también
de introducirse el brazo ¡ Ya viene ! ¡ Ya viene!, no pudo .
¡Ya viene! ¡Ya viene !, imposible resistir otro segundo .
¡Ya viene! ¡Ya viene!, escupió el puño , ¡ Ya viene ! ¡ Ya
viene ! ¡Ya llegó ! « ¡ Aoouuuu ! ¡ Aooouuuuu ! ¡ Auuauu !
¡Aoooouuuuuuuu !!! » ... « ¡ Corra , padre, corra!!! >
» , gri-
taba Mariana en su despavorida huida . « ¡ Corra, padre-
cito , que nos come !!! » ... « ¡ Aooouuuu ! ¡ Aooouuuu ! ...>>.
El demente estaba prisionero en el confesionario . Mor-
día las paredes , rompió la celosía , embistió la puerta, pa-
teó el techo , destrozó el banco a cabezazos « ¡ Aoouuuu !
¡ Aoouuuu ! ¡ Au ! ¡Au ! ¡ Aoooouuuuuuuu !!!
La chica dio la alarma: « ¡ En la iglesia! ¡ El monstruo
está en la iglesia! » . Era inútil la denuncia, las resonan-
cias de los golpes y de los aullidos embutían ya el terror
en todas las entrañas. Los vecinos fueron en carrera en
busca del doctor Alfredo Gauss , quien ya había cargado
su escopeta y marchaba hacia la plaza seguido por quin-
ce hombres armados.
En la iglesia el estruendo continuaba, Antonio Nico-
lás Cedeño aullaba más que nunca ; los gruñidos , roncos
de impotencia y de deseos , le arrancaban el valor al más
valiente, y su furia desatada contra las paredes del con-
fesionario superaba el fragor de una batalla. Gauss ce-
rró el portón de la capilla, esta vez aquella bestia no ten-
dría manera de escapar... Organizó a sus hombres: Dos
61
cañones apuntando cada ventanal, uno para el campa-
nario, tres para la entrada principal , los demás irían con
él a la salida posterior ... « ¡ Tráigame al padre Antonio
Nicolás Cedeño ! ¡ Rápido ! ¡ Esa cosa va a acabar con to-
do! »... Continuaba la tormenta desatada en el recinto,
el estrépito se hacía cada vez mayor, de un momento pa-
ra otro saltarían las paredes, y las fuerzas del maléfico
recrearían su depravación con los habitantes del lugar.
Un solo horror acabó con la fe de mil personas .
<<¡El cura no aparece! » . « ¡ Nadie vio que saliera de la
iglesia!...». Alfredo Gauss no quiso imaginárselo. Ordenó
de inmediato tres descargas para desconcertar al mons-
truo, y arremetió con su piquete por la puerta de atrás .
Entraron disparando al aire como enajenados , sólo se
veían los fogonazos de las armas . El miedo, la estriden-
cia de las detonaciones y los gritos de los hombres no de-
jaban un ápice de lucidez en sus cabezas que les permi-
tiera percibir que de no ser por ellos mismos , estaría todo
en calma... Gauss voceó un alto al fuego . El silencio fue
total... Asustados se apiñaron los valientes buscando pro-
tegerse unos con otros; en el centro de la nave cuatro
hombres temblorosos se aferraban a sus rifles sin saber
si correr o disparar... Las lumbres exhaustas no alcanza-
ban sus propios candeleros , generando en las sombras pe-
ligros recónditos... En la plaza, el viento. Lo demás, tensa
expectativa. Todos reteniendo la respiración... Y silen-
cio. Adentro y afuera. Y en el cielo , silencio. Y en los
pechos también . Un vasto silencio...
Encendieron las lámparas, la claridad llenó de color
las paredes y repuso el valor en los hombres . Requisaron
cada rincón del sacro edificio. No podían creerlo: Va-
cío... Ni el menor rastro del monstruo . Ni del padre An-
tonio Nicolás Cedeño ... Levantaron los tapices , rodaron
las estatuas , Alfredo Gauss subió al campanario . Era in-
creíble. Y además , todo en orden... Lo único fuera de
norma estaba en las heridas que sus disparos hicieron a
los querubines del techo... Todo en orden excepto el con-
fesionario caído . ¡ El confesionario! ¡ La caja! Se azora-
ron los hombres : ¡ El mueble podría alojar al engendro !
Para constatarlo debían colocarlo en posición vertical,
ya que estaba tumbado sobre su flanco de entrada... El
62
padre Cedeño escuchaba, atentamente. Los buscaban al
monstruo y a él……
. Mariana no descubrió su secreto . Tra-
tó de pensar rápido : ¿Se haría el desmayado? ¿Caería en
crisis? ¿Fingiría un trauma? ¿Enloquecería? ¿ Se hacía el
muerto? ¿Qué carajo hacía?...
Un hilillo de voz se coló por la destrozada esterilla, una
voz trémula que suplicaba: «Auxilio... Socorro» . «Auxi-
lio... por favor... Sáquenme de aquí!...». ¡ Es el cura! ¡ Es-
tá vivo ! ¡ Se salvó el padre Antonio Nicolás Cedeño !...
Entre todos vencieron el peso de las gruesas maderas y
extrajeron al descalabro en persona: Antonio Nicolás Ce-
deño estaba bañado en desechos fecales, tenía chichones,
los ojos morados , mordeduras en los brazos y manos ,
contusiones y rasponazos generalizados , le faltaban me-
chones de cabello, y su sotana era un trapo destrozado...
La gente lo señalaba con admiración : « ¡ Se fajó con el
monstruo !... ¡Se salvó de milagro !... ¡ Qué curita tan bra-
vo! ». «¿Curita?, será curota ... o curón! ...» . Entre el gen-
tío , lo ineludible: « ¿Y la cosa? ¿Y la bestia? ¿Y el mons-
truo? ¿Qué pasó con el monstruo? ¿Se escapó?: ¿Cómo?
¿Se desapareció?: Imposible. ¿Está escondido?: Nadie lo
encuentra. ¿Se lo comió el cura?: Dice que no... Y en-
tonces , ¿qué pasó con el monstruo? ...» . Eso , nunca lo
llegaron a saber.
63
XI . GERMEN DE ABUNDANCIA
65
pecados » . Así como apareció , desapareció La Virgen, sin
más adiós que una mirada serena que le insertó en el al-
ma al cura la seguridad más absoluta...
Cuenta la leyenda que el padre Nicolás de inmediato
entró al confesionario a invocar a las Fuerzas del Mal,
y que bajó hasta el mismísimo infierno para en nombre
de Dios expulsar al testaferro del Maligno , al que men-
taban Abalón , inmundo cínico , adicto a esparcir la ino-
pia entre los hombres para debilitar sus espíritus y luego
corromperlos ofreciendo las tentaciones más abomina-
bles... Tan encarnizada fue la lucha que se escuchó en
pueblos lejanos , se produjeron tifones , maremotos y tor-
mentas, la iglesia quedó destruida , las llamas hediondas
de las profundidades arrasaron la montaña , hasta que al
final el santo , enardecido y destrozado , acabó con el de-
monio y selló aquella salida del averno para siempre...
Todo concluye cuando el propio Dios bajó a reconocer
el heroísmo del ministro , y le obsequió un largo período
de prosperidad y de riquezas para su rebaño .
Lo cierto es que al menos el final de la fábula tuvo sus
bases reales: Alrededor del padre Antonio Nicolás Ce-
deño se tejió una tramoya de exageraciones e inventos
tan extensa que traspasó las fronteras de la población .
Ensalzando las «proezas » del cura y mezclándolas con
imaginación y entusiasmo , sin darse cuenta crearon la
fuente de ingresos más rica que jamás hubiesen podido
pensar: Se corrió la voz de que tenían un santo vivo en
el pueblo. Todos querían conocerlo y tocarlo , pedirle mi-
lagros , que los bendijera , ver también cómo había que-
dado el confesionario , y quién sabe si hasta pudieran lle-
varse una astilla de lo que sería una santa reliquia. Hasta
las tiras de la raída sotana se convirtieron en preciados
tesoros.
El germen de un centro turístico había nacido , el doc-
tor Alfredo Gauss enseguida lo vio: Sólo tenían que re-
mozar el pueblo y ofrecer buenos servicios a los tempo-
radistas. Contaban con playa, montaña , río , laguna,
pozos naturales, un clima envidiable y buenas vías de ac-
ceso . Antonio Nicolás Cedeño iba a ser la atracción prin-
cipal. Construirían caneyes bajo los cocoteros, brinda-
rían comidas , bebidas , fogatas nocturnas con música y
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baile ... Eso era sólo para comenzar; más adelante alqui-
larían toldos y sillas para los bañistas; cañas y redes a
los pescadores; carpas, chinchorros y hamacas; equipos
de buzo , botes , veleros y lanchas ; sin olvidar los kios-
quitos para las mujeres : Lentes de sol, aceites , pomadas,
franelas, sombreros , viseras , sandalias , y todas esas co-
sas que a ellas les gusta llevar en la playa. Y ...¿por qué
no?, en muy poco tiempo levantarian un hotel de prime-
ra a la orilla del mar...
Alfredo Gauss volaba veloz y muy alto , quería empe-
zar de inmediato . « Mientras más pronto , mejor » , repe-
tía cada vez que impartía una orden . Mandó a limpiar
todo el pueblo, organizó cuadrillas de pintores y de jar-
dineros, encargados de darle una nueva imagen a los lu-
gares públicos . Daba instrucciones a diestra y siniestra ,
dirigía las obras , ayudaba cada vez que se le requería...
En pocos días aquello se convirtió en un hormiguero , to-
do el mundo tenía algo que hacer: Frisar y pintar las fa-
chadas de sus casas, buscar palmas y troncos para los ca-
neyes , desmontar y limpiar los caminos verdes ,
aprovisionar la bodega y el bar, hasta letreros de bienve-
nida para los visitantes se hicieron y se colocaron en si-
tios visibles... De ahí en adelante todo iba a ser trabajo ,
abundancia y progreso ... « ¿ Qué hubiese sido de noso-
tros sin ti? ¡ Oh !, Santo Padre Cedeño ! » .
Así estaban las cosas cuando el padre Antonio Nico-
lás Cedeño fue dado de alta por Gauss , quien le habia
ordenado un largo período de cuarentena en reposo ab-
soluto para reponerlo de los maltratos sufridos en la fa-
mosa pelea... El cura aceptó el aislamiento pensando en
recuperar las fuerzas perdidas y en poner orden de nue-
vo en su caótica psiquis . Parecía un ánima en pena , pro-
ducto de la sobredosis de tranquilizantes que estaba in-
giriendo: Movimientos lentos , mirada extraviada, sonrisa
de idiota, frases arrastradas... El hombre se impuso un
<<<tratamiento antimonstruo» a espaldas , por cierto, del
ocupado doctor; creyó que la única fórmula para evitar
pensar en Mariana era el letargo perenne de sus faculta-
des conscientes , por eso asaltaba de noche el botiquin del
amigo galeno, y se administraba a escondidas grandes do-
sis de paz... Pero el narcótico no sólo impedía que se con-
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centrara en la chica ; evitaba también cualquier pensa-
miento coherente , de modo que cada vez que abría la bo-
ca para decir algo, sin remedio soltaba una estupidez, o
lo que era aún peor , una barbaridad ... Sus fieles , influen-
ciados por Gauss , estaban seguros de que era asunto de
tiempo su total mejoría , mientras tanto le seguían el jue-
go a cuanta incongruencia se le ocurriera hacer o decir ,
porque el padre Antonio Nicolás Cedeño , además , en me-
dio de su aturdimiento , en ocasiones -no siempre se
comportaba sin mucho decoro : Con los dedos se hurga-
ba nariz, orejas y ojos , decía obscenidades , atisbaba sin
pena en los escotes más pronunciados, hacía mofa de los
errores ajenos , insistía en contar chistes procaces , pelliz-
caba a escondidas a los niños malcriados , orinaba en la
plaza delante de todos... Si algún amigo, con paciencia
y cariño lo recriminaba , lo bendecía sonriendo , o , ya sin
la sonrisa a veces... no siempre—, desde su tamañote
lo miraba bien feo y le aconsejaba: « ¡ Mejor vete al
carajo! » .
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XII. LA FIESTA
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llegados . Mucho movimiento , mucha vida. Las mucha-
chas sonreían al pasar , luciendo ufanas sus vestidos nue-
vos, y aceptando las miradas y piropos de viejos y jóve-
nes ; los niños corrían de aquí para allá ; las ancianas ,
juntas , se sentaban en los bancos a disfrutar; los hom-
bres abrieron el bar; se escuchaba a los dueños de pues-
tos vocear exaltando las cualidades de lo que ofrecían;
en los árboles las ardillas saltaban y las aves cantaban ;
todo era regocijo y algarabía ... El doctor Gauss estaba
pendiente de los pormenores : Visitaba los kioscos , iba
a la iglesia, bajaba a la playa, saludaba a la gente y les
buscaba al padre Cedeño para que les entregara sus es-
capularios , explicando , de paso , que convalecía de una
fiebre muy fuerte y de allí lo aturdido que se comportaba .
Antonio Nicolás Cedeño estaba en las nubes , todo
aquel rebullicio lo impelía a desaparecer, varias veces tra-
tó de esconderse, pero no había sitio seguro , demasia-
dos testigos daban fe de sus pasos ; era como quererse
ocultar de la paja, una aguja, en un pajar . Intentó ca-
muflarse entre los convidados cambiando de atuendo , pe-
ro cuando Alfredo Gauss lo vio vistiendo traje seglar , no
tuvo otro camino que volverse a cambiar... En medio de
su sopor (había ingerido, por cierto , su sobredosis de tran-
quilizantes) , estaba aburrido a más no poder , tenía que
atender a quienes lo requeriesen , impartir bendiciones ,
obsequiar los recuerdos, mentir acerca de su batalla triun-
fal , tratando de mantener un lenguaje correcto, y, para
colmo de males , no lo dejaban beber...
Optó por sentarse en un banco con sus escapularios
aduciendo que estaba cansado , y se dedicó al viejo juego
de comparar a la gente con los animales: «Aquél tiene
cara de chivo » , cuando pasaba uno flaco con barba. « Ese
parece un cochino» , era un gordo con la nariz pequeñi-
ta. «El otro tiene ojos de sapo » ... «Ese perfil es de lo-
ro»... Cuando veía que se acercaba alguien con intencio-
nes de hablarle se hacía el dormido , y luego seguía: «< ...Se
acerca un perrito salchicha , pero con las patas largas >>>
...«¿Qué bicho tan feo será ése? » ...« ¿Y aquella bocota
de mero, junto con aquel zamuro? » ...« Allá vienen unos
monitos>>... Así se distrajo hasta que lo fueron a buscar
70
para la elección de la reina: le correspondía a él rendir
los honores.
Más le hubiera valido que no . Entre las muchachas bo-
nitas que había, estaba Mariana; el doctor Gauss la con-
venció de que participara. El voto fue unánime, el esplen-
dor de la chica no admitió dudas ni deliberaciones.
Antonio Nicolás Cedeño seguía distraído con su juego,
cuando lo empujaron hacia la tarima de coronación . «Es-
te idiota tiene cara de burro » , pensaba , viendo al mu-
chacho que lo ayudaba a subir . «El de la corona parece
un cachicamo» , continuó con su burla . «Y esta reinita
parece una...» . El padre se irguió como si se hubiera tra-
gado un resorte; los que estaban cerca pudieron sentir
la violencia que se le insufló en el espíritu; parecía otro
hombre... Mariana creyó conocer esa mirada. < « ...Aque-
lla noche ...al pie de aquel árbol ...la sombra gigante ...la
pierna velluda ...¡ Imposible ! »
>.
El público metía bulla aplaudiendo y silbando ; Anto-
nio Nicolás Cedeño tomó la corona y la banda , y se acer-
có a la muchacha sin quitarle los ojos hambrientos de
encima... La emoción de la gente creció al ver colocadas
las prendas , y aún más cuando el padre hizo el gesto de
besar a la reina: ¡ Vivas ! ¡ Hurras ! ¡ Bravos ! ¡ Bienes !, pi-
tos y aplausos llenaron la plaza. Alfredo Gauss se unió
a la pareja cuando Cedeño asía la cintura de la soberana
para atraerla hacia sí y darle un beso largo y tendido en
la boca, un beso de amante , de lecho , de sexo... Con un
abrazo el doctor los cubrió de la mirada del público , a
la vez que insultaba a Cedeño y luchaba por separarlos .
Entusiasmados por la fraternal escena , los espontáneos
saltaron a la tarima y se los llevaron en hombros , a una
vuelta triunfal ... Gauss no aguantaba la rabia; Mariana ,
viendo lunas y estrellas; y el padre Cedeño , mirada pu-
yuda, sonrisa perdida. «Esa tiene cachetes de nalga >>>
<<¡Yuupiiii ! » « ¿Dónde habrán unos melones? » « ¡ Vaa-
yaaaa! » « ¿ Cómo serán las vaginas? » , « ¡ ipaaaa ! »
<<¿Quién tendrá cara de... ¡ Yuujuuuu ! »> ...
Aquel festín íntimo terminó al concluir la ronda a la
plaza: Apenas Gauss puso los pies en el suelo , fue co-
rriendo a buscar al sacerdote, que continuaba en su ca-
balgadura exigiendo otra vuelta; no estaba dispuesto a
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apearse sino en la propia tarima, para volver a hacer ma-
nifiesta públicamente su admiración por la reina. Al doc-
tor se le agotó la paciencia. De un tirón hizo bajar al ami-
go, y se lo llevó , so pretexto de arreglar otro asunto , a
un lugar apartado . Allí se percató , luego de jamaquear-
lo y gritarle un buen rato exigiendo respeto , de que el
padre Cedeño no mantenía contacto firme con la reali-
dad . Trató entonces de hacerle ver por las buenas lo in-
conveniente de su proceder. Le explicó que no sólo era
su imagen lo que se estaba dañando , que el prestigio del
pueblo dependía de él ; le rogó que se esforzara en poner
de su parte, que pensara en todo lo que podían perder;
acudió a su amistad , a su nobleza , a su fe ; hizo un lla-
mado a su inteligencia, a la buena voluntad que lo ca-
racterizaba ; lo retó a enfrentar el momento como lo ha-
bía hecho en tantas ocasiones , saliendo triunfante; iba
a continuar con su retahíla, cuando el cura lo interrum-
pió: «
<Lo que yo necesito es que me dejes dormir...». An-
tonio Nicolás Cedeño había vuelto a su letargo original ,
le importaba un bledo todo el alboroto que lo circunda-
ba; el vaivén de emociones lo tenía exhausto , y en lo po-
co que podía pensar era en meterse en su cama y olvidar-
se de todos.
Gauss prefirió no contrariar al enfermo ; lo llevó a su
casa y le hizo beber el menjurje de estimulantes que ha-
bía preparado, bajo el ¿ engaño? de que era un revitali-
zador que le haría despertar luego lleno de energías . No
podía dejar que el anfitrión abandonara a sus invitados ,
se trataba del futuro económico de la comunidad. « Ya
verás lo bien que te vas a sentir, Antonio Nicolás » . El
sacerdote tomó del frasco y comenzó a desvertirse , bajo
la mirada expectante de Gauss….. Al apoyar la cabeza so-
bre la almohada se inició la explosión : Primero , los ojos:
las pupilas dilatadas adquirieron la viveza propia de los
chispazos eléctricos , escrutando en fracciones de segun-
do los detalles más ínfimos de la habitación ; luego un
cataclismo le sacudió cada músculo , le estiró el cuello ,
lo sentó en la cama , lo enderezó frente al médico , lo me-
tió en la sotana, lo hizo saltar dentro de los zapatos, y
Gauss tuvo que detenerlo cuando tomó el recipiente del
néctar para apurar otro trago... « Cálmate, Antonio Ni-
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colás . ¿Te sientes mejor? » ¡ Claro que se sentía mejor !,
se sentía mejor de lo que jamás se había sentido ; ade-
más , quería compartir esa alegría con todos los que esta-
ban afuera . «
< Pero tienes que comportarte, Antonio Ni-
colás >
» , tenía que guardar la compostura ; nada de besos
y efusividades, ni de miradas lascivas... Cedeño ignora-
ba acerca de qué estaba hablando el camarada. Maqui-
nalmente asintió , aceptando consejos, instrucciones y res-
tricciones con gran impaciencia, sin prestar atención . Lo
que él quería era moverse, departir , salir de una vez por
todas de allí a disfrutar con la fiesta. El cuerpo se lo re-
clamaba , la acción de la droga iba en aumento y el padre
Cedeño se creía con fuerzas suficientes para detener una
locomotora. También podía pensar muy rápido , y para
quitarse al galeno de encima , controló su conducta y apa-
rentó calma y cordura; inclusive se recostó en el camas-
tro haciéndole creer que, después de todo , lo mejor era
dormir una siesta , como habían decidido . «
<Me despier-
tas antes de que esto se acabe, compadre . Y no te preo-
cupes, que antes de que se vayan me verán despidiéndo-
los...». La treta funcionó de inmediato ; Gauss tomó a
Cedeño del brazo y se integraron de nuevo a la fiesta.
Antonio Nicolás Cedeño quiso terminar rápidamente
con la repartición de los escapularios ; se acercaba a los
grupos y a cada persona le entregaba el suyo con la ben-
dición; a quienes solicitaban la famosa historia de la pe-
lea, les hacía un resumen , sin poder resistir la tentación
de agregar cada vez alguna mentira... Participó en cuan-
ta competencia encontró: Ganó en las carreras de saco ;
en las de cuchara con huevo tuvo que empujar a sus dos
adversarios para derrotarlos ; en el palo encebado se va-
lió de uñas y dientes, logrando también el galardón; a
la hora de halar la cuerda azuzaba a sus compañeros de
equipo lanzando improperios y frases picantes . Era un
ciclón invencible . En las competencias de pulso tampo-
co hubo quien pudiera con él , ni en las de rompimiento
de cocos , y menos aún en el contrapunteo . Si no podía
ganar a la buena , se las amañaba para ganar a la mala ,
abiertamente y de manera grotesca y simpática , sin acep-
tar premio alguno . La chusma lo idolatraba ; adondequie-
133
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ra que iba lo perseguían , celebrándole por igual hazañas
y payasadas.
Alfredo Gauss se despreocupó del amigo , lo estaba ha-
ciendo muy bien. «Ese es el Antonio Nicolás de siempre »> ,
se decía . «
< Claro , que si no hubiera sido por mis ‘ vitami-
nas'...» , reía dentro de sí , con la satisfacción del que to-
do lo cree previsto ... Lo que no previó fue que el padre
Antonio Nicolás Cedeño estaba esperando el momento
en que lo dejara solo para sentirse más a sus anchas y
comenzar a beber ; tenía fama de gran bebedor, y cuan-
do lo vieron con la botella en la mano , más de uno quiso
medirse con él , retándolo a un duelo de resistencia. Los
demás aplaudieron la idea . ¿Sería tan fiero el león , co-
mo la gente decía? Ya lo podrían averiguar... ¡ Qué si lo
averiguaron! Cedeño aceptó el desafío de tres contrin-
cantes , y para darle más interés a la lid , exigió hacerla
por separado : « Me explico : Primero contigo , hasta que
te caigas patas arriba ; después vienes tú ...» y así hasta
acabar con el trío , uno por uno... Los mirones rieron la
fanfarronada , «Ah! curita más jodedor» . Pero al captar
que iba en serio el asunto , comenzaron rápido a hacer
sus apuestas .
El padre se sentía como un toro , y bebió como eso,
como un animal ; en menos de media hora los rivales ya
no sabían cuáles eran sus nombres , y ni pensar que pu-
dieran mantenerse de pie . «¡ Qué bárbaro ! » , decían las
< Le va a dar un patatús ! ...». Pero el padre Ce-
mujeres, «
deño se levantó, y haciendo gala de un equilibrio inaudi-
to , entre las carcajadas generales y las suyas propias , ca-
minó por el borde del espaldar de uno de los bancos que
había en el parque . El hombre estaba en su clímax , go-
zaba con todos y hacía gozar a los demás . Sin lugar a
dudas ese era su día -se regocijaba, sin tomarse en
serio-, no había cabida en su espíritu más que para en-
tregarse de lleno al futuro bienestar del pueblo -le ha-
cía chanza al amigo , para sus adentros- , así que «
< a se-
guir, padre Nicolás , con la publicidad » , y se moría de
la risa él solo .
A medida que fue avanzando la tarde , fue mermando
la falsa energía que las anfetaminas de Gauss le propor-
cionaron al padre Cedeño , y todo el licor que había acu-
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mulado en la sangre , esperaba su turno , cada vez más
cercano, para manifestarse... Pero allí estaba todo el
mundo achispado , unos más , otros menos , lo cierto es
que nadie notó en qué momento el sacerdote pasó de ser,
del espíritu de la fiesta , al peor borracho de la partida .
Antonio Nicolás Cedeño no daba pie con bola en nada
de lo que intentaba, se le salía la baba , hacia comenta-
rios estúpidos en un lenguaje soez que nadie entendia ,
se caía cada tres pasos , y para incorporarse se abrazaba
a las piernas de quien se acercara a ayudarlo , ya fuese
hombre o mujer . Lo llevaron al baño para lavarlo y a
que devolviera, y se quiso trabar en discusión con el es-
pejo que reflejaba su imagen , porque «ese imbécil no me
quiere dar paso... y no hay derecho a que no lo respeten
a uno... al santo patrono , que se fajó con ...» . Total , tu-
vieron que llevarlo obligado a su casa , ya que insistía en
seguir participando ; más ahora , que iba a empezar el baile
de disfraces en la orilla del mar.
Con la asistencia del doctor Alfredo Gauss lo desvis-
tieron y lo metieron en la cama . Apenas acostado , dejó
de reclamar y se durmió , o al menos eso fue lo que quiso
que creyeran, porque Antonio Nicolás Cedeño , mientras
más ebrio estaba , en más terco y más sagaz se conver-
tía... «Y ahora, Nicolasito , vas a hacerte el dormido pa-
ra esperar a que esta pila de... de borrachos se vayan de
tu casa... Ya se van , Nicolasito , tú tranquilo . Ya se van...
Y ahora que se fueron me levanto y... y como quien no
quiere la cosa, busco el frasquito de revitaliz... revitali-
zador que me dejó el buenote del doctor Gauss... y me
revitalizo... porque lo que soy yo ... yo ... éste que está
aquí... no se pierde su fiesta ... porque éste soy yo ... ¿O
no?... ¿Quién me puede negar esa verdad?... ¿ Ah?... Na-
die... Ni yo mismo me la puedo llegar... ¿ No ?….. ¿Ah?...
¡A tu salud !, doctor Gauss... mi gran amigo ... mi com-
pañero de alma ... ¡ Aajjj ! ... Fuertes, estas vitaminas , ade-
más de buenas... y sabrosas ... Otro trago a la salud de...
de mi pueblo querido ... ¡ Aajjj ! ... del pueblo que me
adoptó y que me quiere... Y el último traguito va por...
por Ti , Gran Carajo ... por Ti , que nunca me has desam-
parado... ¡ Aajjj !... Y ahora que ya estás revitalizado...
esta vez si lo dije bien ... ¡ Uff! ... es que estas vitaminas
75
son una maravilla... Ahora me visto y me voy escondido
a buscar mi disfraz... Y si no me dejaron ninguno, no
importa, me disfrazo con bolsas, o con lo que sea... Y
me voy a bailar a la playa ... ¡ Yupiii ! ... Porque si hay
algo que a mí me gusta... ¡ Claro que sí !... ¡ De bola ! ...
Si hay algo que a mí me gusta... es bailar... ¿Ah!... Me-
jor nos apuramos ... ¡ Y a empezar la rochelita!...
¡ liipaaaa ! ... >> .
Como un fantasma corrió por las calles desiertas ; la
noche cubrió sus pisadas y lo amparó hasta la plaza. El
padre Antonio Nicolás Cedeño estaba a punto de locu-
ra: Mucho narcótico , mucha anfetamina , mucho alco-
hol , mucho cansancio acumulado . Aunque se sentía co-
mo nuevo , la nitidez de pensamiento lo había
abandonado, se guiaba sólo por impulsos , inconsciente
del mensaje de alerta que le enviaba su cuerpo hiperacti-
vo. Del kiosco que guardaba los disfraces , tomó el más
asequible y corrió de vuelta a casa .
Las hogueras a lo largo de la playa humeaban volup-
tuosas su calor ; el oleaje impedía escuchar la música de
los que bailaban en el cocotal, en desenfrenado intercam-
bio de tanteos y caricias , buscando tras el antifaz de la
pareja , adivinar en unos ojos nuevos o una voz descono-
cida, la acogida cómplice de sus deseos , y escapar a hur-
tadillas , obviando preguntas y escarceos , para no robar-
le tiempo a la ilusión de ese amor furtivo , y gozar y ser
gozados , resguardados de desengaños y ataduras por el
misterio de la mascarada ... Al pie de las rocas , en las ri-
beras del río, siempre bajo las estrellas , se fundían en la
oscuridad de los amantes , sus orgasmos con el cielo , de-
jándolos vacíos , uno frente al otro , como si tuviesen al-
go que decirse, algún hecho en común que compartir, sin-
tiéndose inminentes, contemplando una mirada que no
está mirando nada , sólo viendo unos ojos que la ven...
Luego era volver al carnaval como salieron , separarse
hasta más nunca , y fundirse en el universo híbrido de la
comedia.
Alrededor de las fogatas otros compartían animadas
charlas. Estaban los enamorados; los que cantaban al son
de una guitarra; los que se reían de los chistes ; los que
se distraían con un juego ; los ebrios sosegados ; y los so-
76
litarios... En armonía con la lumbre de las brasas , inte-
graban un mundo simultáneo y disonante con el de los
enmascarados , que a veces dejaban escuchar una carca-
jada impúdica por sobre el sonido de las voces , de la mú-
sica y del mar .
En la roca de la cruz , Mariana contemplaba la bahía,
ajena a los demás . Se preguntaba , con tristeza , cuándo
llegaría la hora de levantar su campamento . Había he-
cho lo que estaba a su alcance y dejado irse mucho tiem-
po tratando de que Antonio Nicolás Cedeño decidiera
arrancarle aquel martirio, poseyéndola . No hacía mucho
había renunciado , inclusive, al amor naciente que logró
insuflarle Alfredo Gauss con su interés diáfano y since-
ro, y las muestras de cariño y de respeto que lo hacían
único . Se vio obligada a rechazarlo por el hecho de que
al tratar de convertirse en su mujer, el amigo sacerdote
sería incapaz luego de tocarla. Era todo tan simple y a
la vez tan difícil . La chica dejaba que la brisa secara las
lágrimas en su mejillas ; el abismo de la roca la desampa-
raba en una infinita soledad... Tendría que marcharse y
dejar atrás a Gauss, su primer amor, el único hombre
que intentó realmente conocerla, el único que supo en-
contrar a la mujer sensible detrás del deslumbrante físi-
co, que para bien o para mal , la naturaleza le había re-
galado. Poseía los mejores atributos para el sexo, y sin
embargo, le estaba vedado el disfrutarlo ... El dolor fue
más profundo ; una estrella que cayó en el horizonte la
hizo verse retratada... Aquella membrana impenetrable
permanecería donde estaba como centinela vitalicio , ne-
gándole obsequiar y recibir placer. Cedeño era su último
recurso: aquella noche , en el pozo , se lo descubrieron to-
dos sus sentidos : Sólo él podría romper la maldición , y
si accedía, como pareció demostrarlo esa mañana en la
coronación, Alfredo Gauss terminaría odiándola : Nun-
ca la comprendería... Apoyó la frente sobre sus rodillas,
y un largo quejido de amargura invadió su ser, desahu-
ciándola del mundo.
Entre los eufóricos disfraces se encontraba el padre An-
tonio Nicolás Cedeño . Amparado por la incógnita y en-
loquecido por el alcohol y los estimulantes , se daba de
lleno a la orgía de la danza . No cabía dentro de su exci-
77
tación: Había pasado gran parte de la noche entregado ,
como cualquier otro, a las diversiones y deleites superfi-
ciales de la fiesta . Bailando con muchachas que le susu-
rraban promesas al oído , recibía y propinaba caricias li-
censiosas; la estridencia de la música lo enajenaba más
aún, negándole un instante libre para pensamientos cla-
ros... Hasta que el recuerdo de Mariana se le presentó ,
todo iba como sobre ruedas . Luego, todo fue un tropel
de confusiones, donde el sacerdote, atolondrado hasta
lo último , solamente ansiaba descubrir alguno de los ras-
gos de la chica entre las mujeres que bailaban , para aba-
lanzarse de inmediato sobre ella, raptarla de la fiesta, y
complacerla en todos los caprichos que se le ocurrieran .
Comenzó a buscarla en las fogatas de la playa, y, a es-
condidas, entre las parejas de amantes , en el río y en las
piedras . Se le enervó la sangre al ver como otros hacían
el amor, y el impacto que recibió en sus fibras vírgenes
lo divorció por completo de la realidad . « ¡ Al carajo los
votos! ¡ Lo que yo quiero es eso ! » . Pero el « eso» que tanto
deseaba, se le antojaba solamente con Mariana. La ob-
sesión le hizo rechazar más de una oportunidad de cono-
cer algo de sexo. El hombre ya no gozaba con el baile;
la diversión se transformó en búsqueda angustiosa, las
escaramuzas femeninas de quienes lo pretendían aumen-
taban su ansiedad , y un dolor bajo , agudo y profundo ,
le robó la última chispa de cordura... La noche avanza-
ba. La gente comenzó a marcharse . Los disfraces descu-
brieron sus rostros demudados... El padre Antonio Ni-
colás Cedeño al fin se convenció de lo vana que había
resultado tanta espera , y desaforado , bestia , loco , corrió
hacia el campamento de los pozos .
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XIV. OJO POR OJO
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pugnantes , succionaba con fruición desesperada cada mo-
vimiento convulso de su combativa desnudez . Las ma-
nos toscas e inexpertas exploraban el aguerrido cuerpo
que se debatía estéril ante la monstruosidad . Los demo-
nios de la noche se regocijaban ante el espectáculo , y azu-
zaban al padre enloquecido gritándole obscenidades al
oído: << ¡ Cómetela, padre . Húndetele en las entrañas y de-
grádala por dentro ! ¡ Gózala , macho , no la dejes esca-
par! >>.
Desesperada hasta la rabia, Mariana logró asir fuerte-
mente los cabellos del enajenado , y tiró furiosa de ellos.
Volcada en un violento intento por zafarse del estupro ,
le arrancó un grito de dolor que momentáneamente lo
paralizó . La mirada fiera de Cedeño se trastocó en inte-
rrogante . Unos ojos locos enfrentaron a los ojos iracun-
dos de la chica, que al percibir por vez primera el rostro
descompuesto del maniático , sintió que el coraje que la
mantenía en lucha , se le convirtió en pavor : No era con
un hombre contra quien peleaba... Fue el terror que acu-
saron sus facciones lo que la salvó de que el ultraje se
consumara por entero : Un resquicio del auténtico Anto-
nio Nicolás Cedeño se manifestó hecho destello compa-
sivo dentro de su mente alucinada. Con voz entrecorta-
da y ronca por la inmoderada turbación , le dijo que no
iba a hacerle daño , que sólo la complacería en lo que ella
tanto había buscado ... « Está bien, padre...» , pudo do-
minarse la muchacha, y haciendo un esfuerzo por mos-
trarse sosegada, recordó lo de la confesión : le dijo que
lo prefería <<como una venadita , padre , ... con la colita
levantada...» . El lunático saboreó la escena y la saliva
le corrió por la barbilla . Liberó a la chica del abrazo y
le ordenó que adoptara posición ...
Mariana fue veloz como la luz . Antes de que pudiera
siquiera pestañear, el cura vio el fusil apuntándole a la
cara. <
« ¡Tranquilícese o lo mato ! » , fue la advertencia que
escuchó de ella , que también pugnaba por calmarse . La
niebla se estancó en el claro montañoso ; los espíritus ma-
lignos quedaron en suspenso; las miradas encontradas del
hombre y la mujer se desafiaban; un solo movimiento
podía ser fatal . El olor de la violencia aún flotaba en el
ambiente , esperando inflingir la estocada de la muerte...
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El tiempo se detuvo en Antonio Nicolás Cedeño , mos-
trándole entre las tinieblas una proyección real y cruda
de sus acciones execrables . Mariana observó con frial-
dad como las facciones de la bestia se humanizaban pro-
gresivamente, en franca transfiguración hacia el arrepen-
timiento... La figura tensa del hombre arrodillado fue
perdiendo rigidez , y cayó de pronto , doblegado ante sus
hechos , con los brazos cubriéndole la cara llena de la-
mento... Mariana , alerta , mantenía la distancia sin ba-
jar el arma, percibiendo al detalle cada movimiento . Agu-
da ya, sabiéndose dueña de la situación , cristalizaba un
pensamiento...
Estaba pronto a amanecer, el frío de la madrugada
arreciaba en el cuerpo desnudo de la chica . Las miradas
del bosque se cruzaban en interrogante . Los engendros
del infierno se mordían las pezuñas anhelando más ho-
rror... Cedeño continuaba arrastrando su pesar , substraí-
do de la humanidad ... La voz imperiosa de Mariana re-
sonó en la oscuridad : « ¡ Levántese . Venga para acá ! »…..
Le hizo ir con ella hasta la carpa ; de allí sacó el cuchillo ,
y volvió a ordenar: «
< ¡ Ahora desvistase! »... Una idea pasó
por la cabeza de Cedeño: ¡ Lo iba a castrar !!! ... El hom-
bre sólo tenía ojos para la afilada daga . Imploró clemen-
cia, sabiéndose culpable. Arguyó que no era justa tan des-
mesurada represalia, que lo entregara a las autoridades ;
que lo perdonara , porque la atrocidad no la había come-
tido él, que era incapaz de una acción de tal ralea, que
había sido poseído por un ente infame que lo venía ator-
mentando desde hacía mucho tiempo ... La muchacha ,
inflexible, repitió la orden , esta vez montando el percu-
tor del rifle. Cedeño se sacó la ropa y comenzó a rogarle
a Dios . Obedeció de nuevo y juntó las manos en la es-
palda para que Mariana se las amarrara. Ella hacía lo
suyo con cautela y precisión . Cuando estuvo segura de
que el hombre no podría hacerle daño , alejó el fusil de
su lado y se le enfrentó . Luego , sin pararle mientes a que
estaba hecho un mar en llanto , presionó la hoja del cu-
chillo sobre la garganta indefensa del horrizado, y le di-
jo, suavemente : « Ahora vas hacer lo que yo diga. No
quiero nada de violencia»... No había rencor en su voz
81
ni en su mirada. Solamente exigía lo que expresaban sus
palabras . << Si se entera Alfredo Gauss , le diré que me
violaste » .
Al saberse desnudo y maniatado , a merced de la mu-
chacha que minutos antes había intentado violentar , el
sacerdote se creyó perdido irremisiblemente. Iba a ser el
verdadero padre Antonio Nicolás Cedeño quien sufriría
las consecuencias de las acciones del demente . No estaba
seguro de las intenciones de la chica : ¿ Planearía tortu-
rarlo lentamente? ¿Le cercenaria los testiculos? ¿Lo ex-
pulsaría de este mundo a cuchilladas?... La situación era
irreversible : Ella estaba armada y agraviada , querría con
seguridad y con razón tomar venganza ... Dentro de su
confusión, el cura no encontró significado en las deman-
das de Mariana : Habían sido pronunciadas en un extra-
ño idioma , como extraño era todo lo que le rodeaba . Se
sintió desamparado como nunca antes ; quiso hacerle ver
a la muchacha el error en que incurría , pero ella lo obli-
gó a echarse acostado de espaldas a la tierra , junto a la
fogata, sorda a ruegos y lamentos .
Mariana clavó la daga en un madero cerca de la cabe-
za de Cedeño , y procedió a sentarse , desnuda como es-
taba, sobre el vientre masculino , arropando los costados
del macizo torso con la firmeza tersa de sus muslos ... Fue
al sentir sus epidermis en cálido contacto , cuando el hom-
bre comprendió . « No lo hagas, niña... No lo hagas... To-
do esto es un error» , balbuceó al oído de la chica , que
lo besaba, lo mordía, lo lamía, le frotaba el cuerpo con
sus senos turgentes y erizados , lo llenaba de lujuria...
Giró, sobre la mirada atónita del sacerdote , todo su
universo: Un torbellino de normas, votos , y preceptos re-
ligiosos y morales , pugnaba por imponerse a la realidad
de su pubis entrabados en caldeada coalición , el aroma
de la chica, a lo inminente de su ardor... El fuego de los
leños se apoderó de Mariana , convirtiéndola en tormen-
ta exquisita de placer sobre el cuerpo rígido del padre...
Giró todo su universo , y giró tanto , que se le escapó al
entendimiento . Cedeño estaba envuelto en la locura de
los hombres: inundados por entero sus sentidos , inerme
ante la hembra sedienta de respuesta... Mariana evolu-
cionó hasta el máximo en el arte de la voluptuosidad : No
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había músculo en el cuerpo del varón que dejara sin aca-
riciar, plenándolo de sensaciones . Transformada en epi-
centro de deleites, embargó las profundidades de Cede-
ño: Demasiada piel sobre su piel , demasidada pasión
cruda sobre sus sentidos... El cuerpo en trance convulsi-
vo de la chica se regocijaba en el del cura. La voz pro-
funda y pura de La Carne , concluyente y sin defectos ,
clamaba más deleite , abofeteando a los espíritus maldi-
tos y expulsándolos del bosque , consumidos en rencor...
La humedad y el jadeo de los cuerpos se adueñaron por
completo de la madrugada , impregnando la tierra de su-
dor. Las estrellas más lejanas titilaban extasiadas . No po-
día haber escape al imponerse el fragor sensual encarna-
do en la mujer más ansiosa que imaginen los sentidos...
Antonio Nicolás Cedeño cejó en su resistencia: «< Desáta-
me, Mariana . Quiero hundir mis manos en tu piel» , de-
seó rogarle de rodillas . Pero los requerimientos de ella
se adelantaron a las palabras no expresadas... Con cer-
teros movimientos cortó las ligaduras , liberando las ca-
ricias del arrebatado ...
Cedeño degustó en sus manos el sabor de resbalarse
por sobre la tersura de Mariana , acompasada en el goce
de su lubricidad . Extasió su ego en febril encuentro con
la franca desnudez, vigorosa , tierna y anhelante que tan-
tas veces había sido dueña y protagonista de sus incon-
fesables poluciones solitarias... Se entrelazaron acopla-
dos en lascivos frotamientos y caricias; recrearon el gusto
de sus bocas deleitándose con los fluidos naturales , en
improvisados juegos pautados solamente por la ansiedad
de obtener y dar placer... Una niebla gris y densa le ocultó
a la selva con su manto el momento crucial del paroxis-
mo: Cedeño no podía resistir tanta erección ; Mariana,
enardecida hasta el frenesí de la locura, suplicaba ser po-
seida. No había tiempo para más , se impuso la profun-
da conjunción . Rompió el sol la oscuridad de la monta-
ña con imprudente amanecer... Eyaculó Cedeño al
descubierto , con arremetidas inexpertas y perdidas , pre-
ñando con su semen virgen las milésimas de espacio y
tiempo que los separaban del rompimiento de la maldi-
ción y de la gloria... Un rayo tímido y luctuoso se inter-
puso entre sus rostros anunciándoles el alba . Llegó la hora
83
de la separación ... Sus almas se miraron a través de un
gran vacío , donde no había lugar para condolencias ni
para despedidas... De espaldas a la tierra fresca , Maria-
na quedó inmóvil , reprimiendo un llanto de despecho ...
A lo lejos , claramente , se escuchó el canto viril de un
gallo erguido , amo de su patio y de sus hembras , reci-
biendo orgulloso al nuevo día... El padre Antonio Nico-
lás Cedeño odió al macho , frunció el ceño , dio un res-
pingo, y dispuso su partida ...
84
XV . MENTIRAS
85
nado pueblo , que se apareció en su ruta: y de ella mis-
ma, por quedarse allí .
Los vecinos observaban intrigados la conducta de sus
benefactores . Aquella falta de entusiasmo y de alegría que
mostraban no estaba acorde con los resultados de sus pla-
nes , que después de todo , superaron con creces las ex-
pectativas. Habían ganado más de lo previsto con la fe-
ria; todo salió a pedir de boca: El entusiasmo de los
visitantes fue tan manifiesto , que el esfuerzo que hacían
ahora para mantener contentos a los que volvían y a los
nuevos, era poco , y el dinero aparecía por doquier . Cuan-
to negocio se emprendía comenzaba a dar dividendos en-
seguida; había mucho y para todos , la abundancia avan-
zaba sobre el pueblo francamente, y los aldeanos
rebozaban de alegría... Pronto -se decían-, más pronto
de lo que imaginó el doctor Alfredo Gauss , tendremos
nuestro hotel a todo dar . « ¡ Esto no lo para nadie ! » .
Por todo eso , se reunieron en secreto para planear de
qué manera mostrarían su agradecimiento al cura y al
doctor, ya que si no hubiese sido por el par, estarían en
la inopia. Luego de discutirlo largamente , decidieron re-
bautizar la plaza con el nombre de « Plaza San Antonio
Nicolás Cedeño » , y como no había otro sitio importante
en el pueblo , le prometerían al doctor , que cuando cons-
truyeran el hotel , lo llamarían « Hotel Señor Doctor AI-
fredo Gauss » . Para partciparles los citaron por conduc-
tos oficiales , sin especificar motivos , pues querían que
fuera una sorpresa . Pero los sorprendidos fueron ellos...
Cedeño y Gauss acudieron puntualmente a la jefatu-
ra, y uno frente al otro , se sentaron a esperar su turno
en el recinto diminuto . Los amigos , conturbados como
estaban, no sabían cómo comportarse ante la proximi-
dad física que los separaba más que nunca . La pequeña
sala les hacía muy evidente su alejamiento . Resultaba pe-
noso para ambos estar allí sin comunicarse como siem-
pre lo habían hecho . Al doctor Gauss lo acosaba un tor-
mento doble. Por una parte , la sospecha de que Mariana
y Cedeño de alguna forma «se entendían » . Y por la otra,
sabía que carecía de pruebas , lo que podría implicar una
calumnia de su parte, ya que cuando el amigo besó a « su
mujer», no estaba en sus cabales... A Cedeño la concien-
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cia no lo dejaba tranquilo ni un segundo , y creía que el
doctor podía leerle en la mirada cuanta acción cometida
pasase por su mente, por lo que se concentró en limpiar-
se las uñas de una mano , con las uñas de la otra...
Rato después , el doctor Alfredo Gauss hizo acopio de
valor y decidió enfrentar las dudas de una vez : « Anto-
nio Nicolás , ¿tú te acuerdas de la coronación de Maria-
na , el día de la fiesta?...» . Le preguntó también si recor-
daba la forma en que había besado a la muchacha; si no
había olvidado el forcejeo que hubo entre ambos por-
que no quería soltarla ; quiso saber hasta dónde quería
llegar aquel día; hasta qué punto él y Mariana estaban
de acuerdo; quería que le explicara por qué se había an-
tojado precisamente de esa niña ... Gauss acusaba y ha-
cía preguntas sin darle oportunidad al sacerdote de res-
ponder. Con voz siempre grave , lastimosa y directa , el
hombretón prácticamente le rogaba que negara cada im-
putación . Cedeño , empeñado en su aseo, guardaba si-
lencio...
La presión del interrogatorio y la actitud del amigo lle-
varon al padre a recordar la visita de Gauss a su casa pa-
ra confiarle sus sentimientos con respecto a Mariana.
Aquella vez... Cuando lo del retiro ... Claramente le apa-
reció en la memoria el episodio olvidado , la imagen del
entusiasmo del médico , su preocupación por no herir a
su compañera de vida , el deseo sincero de compartir sus
sentimientos con él , para que le brindara apoyo y lo re-
confortara de alguna manera... Recordó también la ex-
plosión con que le respondió, amenazándolo y llamán-
dolo imbécil cada cuatro frases ; cuando se derrumbó en
llanto después de haberlo insultado a su gusto ; cuando
el amigo recién ofendido lo perdonó sin pensarlo siquie-
ra y le reafirmó su cariño ... A Antonio Nicolás Cedeño
lo mató la vergüenza: Alfredo Gauss amaba a Mariana.
Se sintió traidor . Había apuñalado -se dijo- la espal-
da de su compañero del alma y no existía perdón para
acciones así. Quería morirse , o ... ¿desaparecer?... El cura
no le había apartado la vista a sus manos , cuando tomó
una determinación que acabaría con todo : Se iría del pue-
blo... Sí, se iría del pueblo y acabaría con todo... Sacó
fuerzas quién sabe de dónde e interrumpió a Alfredo
87
Gauss: «¿De qué carajo estás hablando , doctor Gauss?
¿Me quieres explicar? »... Y lo vio directamente a los ojos
con la expresión de inocencia perpleja más pura que
pudo .
Era lo mejor que Alfredo Gauss podía escuchar , aun-
que aún no estaba convencido del todo . Preguntó el por
qué, entonces , de la actitud huidiza y retraída del cura
las semanas siguientes a la dichosa verbena ; por qué ca-
da vez que había ido a su casa se escondía detrás de los
libros y no lo atendía con el afecto de siempre. Le pidió
explicaciones del por qué de aquel cambio tan drástico .
El podría comprenderlo fuese cual fuese el problema ...
El doctor no sabía con seguridad si lo que buscaba con
esto era ayudar al sacerdote , o averiguar si le estaba min-
tiendo. Sólo estaba pendiente de la mirada del otro; creía
conocerlo lo suficiente como para evaluarle los ojos...
<<Alfredo no sabe nada de nada» , supo Cedeño . « Lo me-
jor es que le diga de una vez que me voy» .
Le explicó que decidió abandonar la parroquia. Que
le diría a todos hasta más nunca para irse al mismísimo
carajo, porque estaba hasta la coronilla de aburrirse en
aquel pueblucho solitario , donde no había forma ni ma-
nera de tirarse un pobre peo sin que todos le metieran
la nariz para saber quién era el dueño y qué comió . Al
día siguiente iba a recoger sus cuatro trastos y se perde-
ría per secula seculorum... Eso era lo que lo tenía encon-
chado: Estaba harto de todo y llegó a la conclusión de
que tenía que picar los cabos antes de volverse comple-
tamente loco . Se negaba rotundamente a seguir viendo
las mismas caras , escuchando los mismos chismes , per-
donando los mismos pecados en el nombre del mismo Pa-
dre, del mismo Hijo y del mismo Espíritu Santo amén...
Se rehusaba a quemarse el culo en la misma roca espe-
rando a que picaran los mismos benditos peces que no
picaban; a beber cervezas de la misma marca , con la mis-
ma gente, sobre el mismo banco , bajo el mismo cielo ,
orinando cada cinco vasos en el mismo baño... « ¡ Me nie-
go, compadre, me niego a seguir en esta misma vaina!...>> .
La vida ofrecía muchas otras cosas y él no estaba dis-
puesto a perderlas a cambio de hundirse por siempre en
esa tierra de nadie. Lo único que lo retenía era la amis-
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tad del doctor, pero como no soportaba más el martirio,
acudió a su nobleza , y con el llanto en los ojos , le exigió
comprensión .
Con esos términos mintió el padre Cedeño al doctor .
No podía haberle expresado los verdaderos motivos de
su decisión. ¿ Cómo explicarle que de día y de noche sólo
soñaba con poseer a la chica? ¿Quién le creería que le
era absolutamente imposible apartar sus pensamientos de
ella? ¿Con qué cara le confesaba a Gauss el intento de
estupro allá en la montaña?… .. ¡ No ! Lo más sano fue lo
que hizo; fue una mentira piadosa para todos . Se mar-
charía del pueblo al día siguiente y trataría luego de no
recordar. Era su única salida, ya que Mariana no daba
señales de querer regresar a lo suyo , y mientras ella estu-
viera por esos lugares , él no encontraría sosiego en su vi-
da... Cedeño sabía que Gauss intentaría disuadirlo , por
eso empleó aquel lenguaje tan brusco y exageró sus ma-
neras: Para evitar discusiones y ocultar las auténticas cau-
sas que lo llevaban a huir. Alfredo Gauss se tragó el cuen-
to completo: se sintió miserable por haber sospechado
del cura y comenzó a disculparse , cuando una voz se in-
trodujo en la salida de espera , y los invitó a pasar al lu-
gar de la reunión .
Allí aguardaban el sargento encargado del puesto de
guardia y la jefa civil , únicas autoridades del sitio ; cua-
tro o cinco dueños de kioscos, representando a los co-
merciantes , con sus respectivas esposas; y José, un an-
ciano que debía estar por los ciento cincuenta, tatarabuelo
de casi todos los niños del pueblo... Saludos... ¿Por qué
no se sientan?... Algunas palabras de agradecimiento a
los invitados... Por fin, la sorpresa: Con emoción les mos-
traron las dos piezas de mármol inscritas con letras de
bronce que iban a ser colocadas en la plaza y en el hotel ,
<<Muy pronto, usted mismo lo dijo»... Alfredo Gauss se
incorporó de su asiento para improvisar un pequeño dis-
curso, cuando el padre Cedeño se le adelantó: «Se los
agradezco en el alma , señores . Así , por lo menos , ade-
más de mi amor, algo mío se queda en el pueblo; porque
con todo el dolor de mi alma , debo anunciarles que me
tengo que ir...». Se formó el zaperoco: ¿Era en serio?
¿Era broma? ¿Otra vez se había embriagado? ¿Una re-
89
caida a estas alturas?... Risas, enredos , preguntas, gui-
ños , miradas extrañas , y en voz clara y alta , la explica-
ción: « Mi padre murió y mamá quedó sola . Me corres-
ponde a mí, ahora , encargarme de ella . Ustedes sabrán
entender...>>... Gauss lo vio de reojo : «Este sí es menti-
roso»... Voló la noticia : « Nos quedamos sin cura... ¡ Nos
quedamos sin Santo ! » ... Mariana lo supo : « Por mí que
se muera>>... Recapacitó el cura : « Mucho ojo , Dios mío,
a papá me lo cuidas» , y cruzó los dedos debajo de la
mesa...
90
XVI . SIEMPRE LA LUNA
91
de que Mariana era el satélite, o si no , el espíritu de és-
te... Podía sentir en el magnetismo de la esfera el efluvio
poderoso de su amada . Y creyó escucharla esparciendo
las respuestas a todas sus interrogantes con un susurro
mágico que acallaba al universo ; un sordo susurro que
"
le aseguró lo que ya sabía: Mariana; Mariana era la
Luna...
Fue imposible para los amigos sospechar que en la ci-
ma del bosque montañoso, un círculo de velas encendi-
das daba fe de las extrañas letanías que profería la mu-
chacha: De rodillas y rodeada por las lumbres , hacía
reflejar su cuerpo untado de barro y de colores aceito-
sos , en una charca de agua clara que la bañaba hasta los
muslos , desdeñando el frío de la altura y de la hora, en
pro del sortilegio con el que intentaba hacer olvidar a la
Tierra su deber de rotación , y demorar así el avance de
esa larga noche... El planeta no giraba : Se dejó atrapar
también por los poderes de Mariana, que en desespera-
do intento de evadir la soledad que le deparaba su desti-
no, recurrió a las artes ancestrales de los hechiceros .
Era dueña de la noche y de la Luna: Logró uno de sus
cometidos... En su pacto con Selene , Mariana excluyó
a todos los mortales, exceptuando al sacerdote y al que-
rido; como aliados principales invocó a los dioses del
amor; halló una señal en las estrellas y sacó a Eva de su
tumba, para que fungiera de testigo; buscó con angustia
la Esperanza , y la encontró en la antigua caja de Pando-
ra; pidió auxilio a las fuerzas del Vudú , y así poder ven-
cer las resistencias corporales ; el espíritu de Urano, Dios
del Cielo , le otorgó la licencia para hacer el viaje necesa-
rio; las treinta y tres mentes maestras del consejo ultra-
terreno de la Gran Escuela le señalaron el camino de la
paz interna ; desenterró la espada de Gabriel y mantuvo
a raya al Asqueroso y a sus cómplices inmundos ; se pre-
sentaron las ánimas en pena de las brujas verdaderas que
ardieron en la Inquisición a avalar con su experiencia los
conjuros ; de un pergamino milenario tomó la maldición
que caería sobre quien osase corromper el convenio es-
tablecido: «< ¡ Maldigo a todo aquél que intente interferir
en la pureza de mi futura unión con el que amo ! ¡ Lo mal-
digo eternamente !... ¡ Que la miseria se apodere de su al-
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ma y su carne sea inmortal !! ¡ Que por los siglos de los
siglos viva sólo en la desgracia y lo acosen mil tormen-
tos! ¡ Maldito sea cuando el ciclo recomience y enfrente
con terror el horror de su pasado , sabiendo que una y
otra vez lo vivirá , irremisiblemente ! ¡ Maldita sea su mente
y conserve la cordura que le hará saber que seguirá mal-
dito cada segundo de su vida ! ¡ Maldigo al que de cual-
quier modo pretenda quebrantar el amor que lograré con
este Pacto! ¡ Maldito sea ! ¡ Maldito para Siempre !!! >>...
Para sellar el compromiso , se hizo una incisión entre las
cejas, dejó fluir la sangre entre sus manos , y la virtió en
una vasija, para exponerla a los elementos esenciales :
Aire , Tierra, Agua , Fuego ... Luego , con los párpados
abiertos , bañó sus ojos con el líquido vital purificado ,
comprometiéndose con sus asociados a no utilizar nun-
ca más en otro hombre que no fuese el suyo , bajo ningu-
na circunstancia, el irresistible encanto que proyectaba
a placer con la mirada, so pena de sufrir la maldición
en carne propia ... Enfrentó entonces a la Luna roja, que
se tornaba más grande a cada instante , sumergiéndola en
un torbellino que le hizo perder la sensación de tener el
dominio de su cuerpo , y la trasladó a través del cosmos ,
haciéndola consubstancial con el espacio y con el tiem-
po , para depositar su esencia en la de Ella , en una mara-
villosa mezcla Mujer- Luna que le abrió el entendimiento
a los secretos sempiternos .
Alfredo Gauss tuvo razón : Mariana era la Luna. Y co-
mo tal, conoció los pensamientos de ambos hombres , que
a su vez, constituían parte activa y pasiva del hechizo .
El padre continuaba en su conversación con Dios , y Gauss
le dirigía a ella desesperados ruegos , demandando com-
prender... Mariana también se contempló desde aquel
nuevo horizonte ; se vio ínfima dentro de la grandiosidad
de que era parte; luego pudo comprender que la incon-
mensurabilidad que la rodeaba anulaba las comparacio-
nes ; no existía cerca o lejos , antes o después , más o me-
nos... Lo extravagante de su posición le mostró de manera
clara e indescriptible , la identidad absoluta que es el uni-
verso, y pudo, en ese éxtasis, comulgar con el Dios del
sacerdote, para utilizarse a sí misma como Su medio de
expresión... Se tornó la Luna inmensa en la noche ina-
93
cabable ; los amigos , con sus cuerpos aún aferrados a la
Tierra, vibraban de emoción por la certeza de que algo
muy grande sucedía ... Se retiraron raudos los espíritus
aliados , dando por cumplida su misión ... Mariana con-
centró el total de su energía en su demanda al Poderoso .
Cedeño pudo verla , también Gauss , e integraron sus fuer-
zas a las de ella... Los hombres se vieron arrancados del
planeta y arrojados al vacío ... En ese instante se encon-
traron en la Luna, en Mariana, en una lúcida conjuga-
ción de almas , mentes , espíritus, y cuerpos, que hizo ex-
plotar al satélite con el brillo de mil soles , con el
estampido del Trueno Original , con la fuerza básica de
la energía... Luego , todo en calma... El milagro estaba
hecho... Dios reía ...
94
XVII. HASTA NUNCA
95
negativa rigurosa del « ¿Cómo cree usted ...», obligado
por la cortesía y la confianza.
La llave de la casa se la dejaría a Alfredo Gauss , que
la necesitaba . El doctor había pasado las últimas sema-
nas hospedado en diferentes sitios , mientras resolvía su
problema de vivienda . Con seguridad no le caería nada
de mal tener una casa propia donde comenzar su vida
de pareja con Mariana. Y pensar -se decía el sacerdote ,
mientras preparaba su equipaje y ponía orden en el
cuarto , que al final de cuentas , Mariana iba a termi-
nar divirtiéndose en su lecho . ¡ ¿ Quién se lo iba a imagi-
nar?!...Mejor era pensar en otra cosa...Antonio Nicolás
Cedeño prefirió llevar sólo dos maletas , una con libros
y la otra con sus efectos personales ; Alfredo Gauss se en-
cargaría de disponer a su criterio de todo lo demás . El
cura no contaba con tiempo ni con cabeza para eso, lo
embargaba un ánimo difuso: Sentía tristeza por tener que
irse ; alegría por la perspectiva de reunirse de nuevo con
sus padres; estaba seguro más que nunca de que Dios sí
intervenía en los hechos de los hombres, y a cada instan-
te daba gracias por la «
< tranquilidad » recibida ; una nos-
talgia prematura y galopante lo obligaba a recordar los
buenos tiempos; y no tenía la menor idea de qué sería
de su vida , incertidumbre que lo confundía. Pero por so-
bre todo , lo primero : La tristeza . ¡ Cuánto hubiera dado
por volver atrás y cambiar las cosas ! Se le apareció su
vida como un trasto que tenía que dejar , al igual que el
escaparate o el taburete , que finalizarían en la playa, ali-
mentando el fuego de cualquiera... Determinó evitar las
despedidas , y antes de partir le encargó a la alcaldesa que
le hiciera entrega al doctor Alfredo Gauss de las llaves
y de una nota explicativa .
Si le hubiesen avisado a Alfredo Gauss de una heca-
tombe, o si hubiera estallado un cataclismo , seguramen-
te los habría ignorado... Desde antes del amanecer la mon-
taña hervía en ternura y erotismo : Al verse libres de trabas
aquella noche mágica, Mariana y el doctor se apresura-
ron al encuentro : llenos de felicidad corrieron ambos,
emocionados , cumbre abajo , montaña arriba , para com-
pletar su fusión en el plano terrenal...Al fin supo la chi-
ca qué era amar y ser amada por un hombre. El dolor
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efímero de la virginidad perdida fue glorioso; sintió or-
gasmos en la piel, en su interior , en el espíritu ; la pasión
se desbordaba diáfana en caricias, miradas y palabras ,
arrastrándolos bajo la Luna cómplice a comenzar tras ca-
da éxtasis , de nuevo . Sólo un impulso reinaba para ellos :
Hacerse el amor hasta más allá de sus sentidos , fundirse
uno en el otro , y seguir así a través del tiempo... La clari-
dad del nuevo día , de vida nueva , contribuyó al deleite
de sus ojos, mostrándoles el brillo de sus cuerpos poseí-
dos...Y fue otra vez a comenzar , perdidos en la livian-
dad del propio mundo, a llenarse de felicidad.
...Ni terremoto ni alerta de hecatombe: Fue Mariana
la que comentó que a aquellas horas Antonio Nicolás Ce-
deño debía estar saliendo de su casa, o si no , ido por com-
pleto. Alfredo Gauss se incorporó inmediatamente . Te-
nía que despedirse del amigo . Conociendo bien al cura,
podía adivinar que escaparía escondido , substrayéndose
de las escenas cursis que tanto le gustaba criticar; y él
no iba a permitir que esa manía le impidiera compartir
el dolor de su partida , como en tantas otras ocasiones ,
otros pesares u otros goces...Apresurado en la vereda,
iba Gauss despotricando en contra de Cedeño , seguro de
sus intenciones: « ...¿Qué es lo que se cree Antonio Ni-
colás?...¡ Claro!: Se va para el mismísimo carajo, como
él dice, se escurre como fugitivo y, ¡ claro!: ' El Martir
San Antonio Nicolás Cedeño' . ¡ Y se olvida de que no
es él sólo , los amigos que se vayan también para el mis-
mísimo! ¿Qué importa !...¡ Si se fue lo mato! ¿Qué se ha-
brá creído? Después de tanta leña que hemos recibido jun-
tos , se va a largar así como así ...Yo lo conozco . ¡ Deja
que lo agarre y le cante las que se merece ! ¡ Que Dios lo
agarre confesado si ...», seguía su monólogo el doctor,
mientras apretaba el paso cuesta abajo, con una mezcla
de resentimiento y aflicción que le hacía repetir que ¡ cla-
ro !, que él sí era un buen amigo, que él sí podía apartar
de su lado a su querida el día más importante de su vida
para despedir al curita desagradecido , que por eso era
que él nunca iba a echar para adelante: Por buenote, por
idiota. Porque después de todo: ¿Quién era el que se iba?
¿A quién le correspondía tomar la iniciativa? Porque An-
tonio Nicolás tenía que saber en dónde estaba él ... Pero
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no!, al curita patán que decía ser su amigo le importa-
ban un bledo las consideraciones...Y tan sabrosito que
estaba él allá en el bosque...Y tan bella Marianita...Y oja-
lá no se haya ido Antonio Nicolás, mi amigo .
Partió el padre Antonio Nicolás Cedeño , sin más ce-
remonia que un adiós al que se cruzaba en su camino,
una palmada , una bendición , una pobre sonrisa...Alfre-
do Gauss tuvo que correr para divisarlo antes de que se
alejara por el camino principal , por el mismo que tanto
tiempo atrás lo vio llegar . El amigo le gritó de lejos que
se detuviera , pero Cedeño continuó su marcha , y sin vol-
ver la cara, hizo un triste ademán de despedida ...Gauss
logró con un último esfuerzo darle alcance...« Ya sabía
yo que no me iba a poder ir sin dramatismos , doctor
Gauss...». « ¿ Qué? ¿ Qué más dramatismo que el tuyo ,
condenado cura? ¿Qué te crees tú? ¿Tú no te das cuen-
ta, desgraciado, de lo que significa para mí estar aquí en
este momento? Dramatismo el tuyo , que te vas así , para
que todo el mundo diga ' pobrecito el sufrido , tan bueno
que es'...¡ Por mí puedes terminar de irte al carajo... ! ¡Yo
no sé qué estoy haciendo aquí !!! » .
El sacerdote, viendo que se había extralimitado en su
papel de víctima , trató de disculparse , explicándole que
todo era una broma, que además no había ido en su bus-
ca para no interrumpir lo que seguramente no debía...
Después de todo , él sabía que si el médico no se apare-
cía, mucho menos debía él presentarse en la monta-
ña...Gauss quiso aceptar el argumento , aunque tuvo sus
reservas , de manera que se unieron en un fuerte abrazo ,
y, para limar asperezas , Cedeño propuso : «Te invito a
una última botella, en la roca de la cruz » .
Con el agua hasta los hombros, Mariana disfrutaba del
vigor que le ofrendaba el frío del torrente cristalino . Só-
lo tenía ojos para las maravillas que le deparaba el por-
venir: Se contemplaba como la mujer más dichosa, ado-
rada por el hombre más dichoso, con los hijos más
dichosos y el hogar más bello del planeta... Pensaba que
no podía ser de otra manera: Alfredo era el mejor varón
del mundo: El mejor amante , el más bueno , el más justo
y caballero, el más hermoso y el mejor dotado...¡Y có-
mo la quería!...Recostada entre las rocas, se complacía
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con la idea de que ella era igual , ahora , al río que la aca-
riciaba: Alegre, bella y refrescante , estaba ligada intima-
mente al poderoso océano, la Vida , brindándole el nu-
triente de su felicidad , a cambio de integrarse más a cada
instante con Su esencia...La chica soñaba solamente con
ridiculeces y venturas , y se excitaba con la imagen que
guardaba del rostro del amante cuando rasgó dulce y fir-
memente la membrana que fue antes su suplicio: Una ar-
diente expresión de quererla poseer sin hacerle daño ; un
brillo febril en los ojos pugnando consigo para evitar
asustarla, y esos besos que en vano quisieron quitarle el
temblor de los labios , por pura nobleza , sin saber, niño
ingenuo, que la estremecía sólo la pasión y el deseo de
tenerlo inmerso en su ser . Hasta un «¿Te hago daño? » >,
bajito, caliente , le susurró en el oído las bondades del
hombre que estaba esperando ... Pero pasaba la tarde y
Alfredo Gauss no llegaba .
Muchas eran las historias que tenían para recordar. Ca-
da cual sentado en su piedra de siempre , los compañeros
se contaban anécdotas más que sabidas , sin reparar en
el tiempo. La nostalgia de sus correrías les hizo sentir que
eran mucho más que amigos , y que si por malaventura
iba a ser ésa su última reunión, tenían que disfrutarla aún
más que las otras . No quisieron hablar de proyectos, ni
se desearon fortuna , sólo reían de sus viejas juergas , ha-
zañas y causas comunes , como evitando enfrentarse al
pesar inminente . Así pasaron la tarde , vacíos , fingiendo
alegría...El Sol se iba a ocultar . Llegó la hora triste de
retomar el camino: La suerte estaba echada...Cada quien
cogió una maleta para en silencio cubrir el trayecto de
tierra; las palabras sobraban , se hacían pesados los pies ,
las sombras que los precedían parecían más largas y gri-
ses que nunca , las olas plañían su profundo adiós con
calma luctuosa...Al arribar se abrazaron los hombres: lar-
go, sin tregua, conteniendo el aliento , callados ... No ha-
bía nada que hacer...¡ Hasta nunca!...Los hermanos mar-
charon en direcciones opuestas , ganando distancia, con
el pecho oprimido por el sentimiento de haber sido cas-
trados , de haber perdido parte esencial de sus vidas...Ya
lejos, atravesó el aire una última broma: « ¡ Cuando te
canses de Mariana , me avisas ! » , se escuchó el malicioso
99
grito del cura...« Mejor te buscas un burro... ¡ Maricón ! » ,
fue la breve respuesta.
100
XVIII . ASINUS ASINUM FRICAT
101
mitir que Alfredo deje de quererme»...Y se esmeraba en
mimarlo: Tenía siempre a mano un bocadillo , un trago ,
o un refresco, le rascaba la espalda , le daba masajes , lo
ayudaba a enjabonarse , lo sorprendía con un beso pro-
hibido , y , por supuesto , se entregaba sin reservas a cual-
quier capricho corporal...Si alguna vez se sintió realiza-
da Mariana, fue brindándole su amor a Gauss .
Una mañana, en la playa, Alfredo Gauss le pidió a Ma-
riana que lo esperara, que iba a subir al pueblo a atender
a un paciente, nada grave , quitar una sutura, y que lue-
go volvería; pero eso sí, que por favor lo aguardara allá
en la playa, no iba a tardar...Mariana sospechó : Hubo
algo en el tono de la voz o en la mirada del doctor que
desdecía sus palabras; algo estaba mal , no le cupo duda:
Primera vez que Alfredo le mentía...Una aprensión in-
definida se apoderó de ella: no sabía qué pensar. ¿Qué
razón podía haber para que Alfredo le ocultase algo?
¿Tendría algún problema , alguna enfermedad? Y si así
era, ¿por qué no se lo confiaba? ¿Acaso no habían con-
venido en compartirlo todo, fuese bueno o fuese malo?
¿Será que tan pronto se cansó de disfrutar con ella de
su tiempo libre? ¿Será que ya no lo deleitaba? ¿Habrá
hecho ella algo mal en esos días? ¿ En qué había fallado?
¿Será que...? Total, que Mariana se tendió en la arena,
insegura, confundida y preocupada , a esperar , como se
lo habían ordenado . Más de dos horas transcurrieron y
seguía allí, cumpliendo , hasta que se calmó y se admiró
de su docilidad . No parecían cosas suyas . Decidió subir
al campamento y esperar allá, luego enfrentaría franca-
mente a Gauss . Mejor era cortar aquello por lo sano. Co-
nociendo la naturaleza del ¿ problema?, le sería fácil di-
siparlo . Se sabía fuerte y contaba con su amor . Además
-se convencía- , no podía ser nada muy grave , tal vez
un malentendido. Pero, entonces...¿por qué miente?...
A la altura de los pozos sólo quedaron restos de la ho-
guera: el campamento había sido levantado ... La chica
quedó desconcertada. Incrédula , sacudió la cabeza va-
rias veces, se frotó los ojos y volvió a mirar : ¡ Nada ! ¿Qué
significado tenía todo aquello? Bajó de nuevo la colina,
sin ningún aplomo , instintivamente . Cual autómata, se
102
dirigió esta vez al pueblo a localizar a Gauss . Preguntó
por el supuesto herido: No supieron informarle . Revisó
la plaza, se metió en el bar, encuestó a todas las caras
conocidas: pero el pueblo cómplice no quería malograr
la sorpresa del doctor . Unos daban pistas falsas : «
< Lo vi
con fulanito , allá en la esquina » , otros abiertamente se
burlaban: «Se lo llevó un perro en la boca, señorita » , y,
los que menos, se compadecían de su desesperación : « No
se preocupe, hija, ya aparecerá» ... Fue la actitud de los
vecinos lo que la hizo enfrentarse a la idea que había es-
tado rechazando desde que Alfredo Gauss la dejó plan-
tada en la playa : «Está en su casa, con su ex- mujer>>...Y
se fue derecho para allá, a comérselo vivo .
<<¡Dígale al señor Alfredo Gauss que ' Yo' lo estoy bus-
cando !», le espetó Mariana, furibunda , a la señora, que,
serena y digna, ante la actitud altanera de la otra , res-
pondió: « Pues búsquelo por otra parte, niña. Usted sa-
be que él ya no vive aquí» . Se midieron un instante seve-
ras con los ojos , y Mariana supo que estaba equivocada .
« Discúlpeme, señora , no quise molestarla » , fue sincera:
dio media vuelta para irse, y escuchó , a su espalda: << Don-
de Nicolás Cedeño » .
Alfredo Gauss no le dejó abrir la boca: La abrazó , la
llenó de besos , la cargó como a una novia , y cruzó el um-
bral . Estaba loco de entusiasmo : Le contó al detalle las
piruetas que hizo para acomodar la casa sin que ella se
enterara, mientras le mostraba cada mueble y cada ador-
no, alabando la calidad y especificando procedencias : que
si aquella lamparita no es de vidrio , sino de cristal ; que
la cama la vio en una revista y la mandó a pedir, con col-
chón de plumas ; ¿ qué le parecía la cortina, de puro al-
godón, con los corazones bordados a mano; y el color
de la pintura, y aquel cuadro , y los cubiertos con el escu-
do nacional y sus iniciales...? La chica no salía de su
asombro, se le hacía espléndido el sucucho: lo adoró des-
de el primer momento . Era perfecto su primer nido de
amor. Valió todo el esfuerzo con que había sido decora-
do: En el reducido espacio había un regio comedor Luis
XIV , tapizado en terciopelo azul y adornado con crista-
les de bohemia: a tres pasos , la cama , inmensa, custo-
diada por dos cupidos en bronce , tamaño natural ; allí
103
mismo la cocina , empotrada en fino mármol itaiano , ver-
de; flores artificiales regadas por todos los rincones , re-
producciones de magníficas pinturas , y una gran araña
de cristal que daba la impresión de que se venía abajo ,
conformaban, a grandes rasgos , el ambiente que ence-
rraban los diferentes tonos de rosado de la alfombra , el
techo y las paredes...Mariana estaba fascinada . Todos
en el pueblo quedaron boquiabiertos ante tanto lujo . Si
el padre Antonio Nicolás Cedeño hubiese pasado por allí,
habría vomitado .
Cuando Mariana se recuperó de la sorpresa, brinda-
ron con champaña dulce , en unión con los que estaban
asomados . «
< ¡ Qué tonta fui ! » , pensó en medio de la al-
garabía; nunca más desconfiaría del amante . «< Qué pala-
bra tan bonita ! » . Y brindó por ése , por su amante, exi-
giendo a los demás que de ahora en adelante, para
referirse a ella la nombraran « la amante del doctor » , no
la mujer , ni la señora...Se cruzaron varias miradas mali-
ciosas ; más de uno murmuró : « ¿Y ésta qué se habrá creí-
do?». No importaba; el licor corría y los espíritus se con-
tagiaban con el ánimo de fiesta. Se extendió la voz y la
gente llegaba a borbotones . La pareja los recibía a to-
dos, y les permitía , orgullosa , atisbar por la ventana, ex-
cusándose por no invitarlos a pasar por lo delicado de
la alfombra...Al rato se escuchó el son de un coro de vo-
ces achispadas cumpliendo con la tradición : « ¡ Que se be-
sen, que se besen , que se besen ,...», a lo que los anfitrio-
nes accedieron ...Fue la última vez que los vecinos
pudieron contemplar la « suntuosidad» de la vivienda:
Con el beso se enervaron los amantes , y aceptando las
chanzas generales , entraron a la casa , bajo una lluvia de
flores y de arroz , y se encerraron , olvidándose de todos .
Afuera, continuaron celebrando...
La luna de miel se prolongó mucho más de lo espera-
do. Cuando se veían obligados a salir de su rincón , fue-
ra por abastecerse o porque hubiera algún enfermo que
atender, lo hacían juntos , siempre tomados de la mano ,
dándose besitos y diciéndose secretos. El resto del tiem-
po lo pasaban enclaustrados, ajenos a las circunstancias
exteriores. Si por casualidad —en uno de esos raros días
en que abandonaban su aislamiento— a alguien se le ocu-
104
rría entablar conversación con ellos, no tenía más reme-
dio que resignarse a escuchar la retahila de alabanzas mu-
tuas que se proferían , siendo imposible apartarlos de su
mundo...Y no se diga ir a visitarlos : La gente regresaba
avergonzada luego de tocar la puerta y recibir un « Esta-
mos ocupados » , pícaro , o dulzón , o resoplado .
Los vecinos se decían que ¡ bueno !, que era natural que
la pareja se extralimitara , que después de todo la chica
era muy bella , y que para hombre, hombre-hombre , Al-
fredo Gauss : pero que ya superarían toda aquella extra-
vagancia...No sabían lo lejos que estaban de acertar: Pa-
saron los meses y la situación empeoraba: El doctor, al
principio , se hizo cada vez más despreocupado con lo de
sus pacientes , negándose inclusive a abandonar su casa
por los casos que no consideraba graves , recetándolos a
través de la ventana; luego , simplemente renunció a aten-
der a quien fuera que se presentase...Ya durante aque-
llos días se había comenzado a sentir por los alrededores
de la casa un aroma peculiar: Un perfume almibarado
que poco a poco se fue apoderando de las calles circun-
dantes , y les producía a las personas una sensación em-
palagosa ...
Al doctor Alfredo Gauss y a Marianita , eso no les im-
portó , puede que ni se percataran; ellos , solamente , con-
tinuaban adorándose.
105
XIX. LA NIEBLA
TRANSCUR
RANSCURRIERON muchos meses , sí, y a los amantes no
se les volvió a ver . Atrapados en su desbordado idilio ,
renunciaron a todo lo demás . Vivían sólo con , para y del
amor ; se había realizado al fin , la conjunción perfecta
hombre-mujer, ellos lo supieron sin pensarlo , y acepta-
ron gozosos aquella ofrenda única , inalcanzable para el
resto de los hombres. Invulnerables al ciclo universal del
tiempo , no sufrían sed , ni inanición : Se nutrían de ellos
mismos: El cuerpo , el aliento y el espíritu de uno , era
más que suficiente para el otro ; era su hábitat, no había
más, su mundo... Tan sencillo como eso .
No así para el desconcertado pueblo que afrontaba ca-
da día más problemas . Les hacía falta la acertada diri-
gencia del doctor para los quehaceres relativos al turis-
mo; los que por mala suerte enfermaban o requerían de
su ciencia tenían que ser trasladados a otras poblaciones
en procura de asistencia; y los pocos visitantes que llega-
ban, se marchaban de inmediato , alegando que el olor
dulzón que se sentía en todas partes era insoportable , co-
mo en realidad lo era , para quien no estuviese acostum-
brado. Hasta las ardillas y las aves de la plaza se habían
retirado . No había forma ni manera de comunicarse con
Alfredo Gauss ; no respondía a ningún tipo de llamado ;
parecía ser que los sonidos no penetraban a su casa , aun-
que sí lograban escapar; cualquiera que hubiese estado
cerca podía dar fe de que allí adentro había mucha ac-
tividad .
Pero aquellos hombres no quisieron darse por venci-
dos. Le enviaron al padre Antonio Nicolás Cedeño va-
rias cartas demandando auxilio, explicándole la situación
y rogándole que, aunque fuera por unos pocos días, de-
107
legara en otro los deberes para con la madre y se presen-
tara en << su >> parroquia, que tanto requería de su presen-
cia. Pensaron que no era menester exagerar el panorama
en las misivas; al contrario, intentaron encubrir un tan-
to lo de Mariana y Gauss para no restarle verosimilitud,
ya que, aunque ellos lo habían aceptado a fuerza de cos-
tumbre , aún podían discernir lo estrambótico del caso .
Fuese como fuese que las hubieran redactado , lo cierto
es que no obtuvieron resultados; el cura no se dejó ver
por esos lares, por lo que se decidieron a abandonar los
proyectos del doctor y dedicarse a lo de ellos : La pesca.
Adiós negocios de comida, adiós kioscos , adiós hotel,
adiós progreso . Con las ganancias que habían obtenido
podrían comenzar de nuevo con su oficio . La pesca. Na-
cieron pescadores , de ancestros pescadores y sus hijos y
los hijos de sus hijos y los de éstos también serían pesca-
dores. La pesca. Sería comprar botes y aparejos , sería
levantarse antes del alba para comenzar la pesca, sería
echar las nasas y las redes y esperar la pesca, o sería avi-
zorarla y atrapar la pesca, para luego encaramar la pes-
ca en los navíos y apurar la pesca hasta la costa, y de-
sembarcar la pesca, y limpiar la pesca, y dejar un poco
de la pesca para alimentar a las familias, y llevar el resto
de la pesca rápido al mercado más cercano para cambiarla
por tres cobres que en un mes alcanzarían para reparar
los aparejos y los botes de pescar la pesca. La maldita
pesca. ¡ Qué difícil era para aquellos infelices que abri-
garon sueños de empresarios enfrentarse de nuevo con
la vida rigurosa de la pesca!
Por eso no pudieron perdonar a sus antiguos bienhe-
chores. Como símbolo de desdén público , colocaron las
losas que iban a servir de testimonio de admiración y gra-
titud en el centro de la plaza y en el hotel de sus ensue-
ños , en la letrina comunal del bar , justo en el fondo de
los agujeros; de manera que era parte de la idea— a
fuerza de arrojar desechos e inmundicias sobre los dora-
dos nombres, seguramente lograrían infectar a distancia
la vida de los desertores. No faltaban los fanáticos que
tenían preferencia por desembarazarse de sus necesida-
des sobre una losa en particular, y si el extremismo era
total, inclusive esperaban, reventándose, a que se deso-
108
cupara, estando la otra libre. Ciertamente que aquello
no les mitigaba su miseria, pero los reconfortaba de al-
gún modo... Vanas e ilusas esperanzas de vengarse, al
menos en el caso del doctor Alfredo Gauss , que solaza-
do con Mariana, perfeccionaba hasta lo imposible y sin
proponérselo su más que bienaventurada alianza.
En proporción directa a la felicidad de la pareja , se
hacía cada vez más pesado y repulsivo el meloso vapo-
rón, que comenzó siendo un tenue perfume azucarado .
En efecto , poco a poco, a través de los días , semanas y
meses , se fue adueñando al principio confundido con
el aroma de las flores— de las calles y la plaza; luego,
ya evidente y ofensivo , se metió en las casas, en la jefa-
tura, en la iglesia, bajó a la playa y subió a las colinas ,
para instalarse como amo del ambiente, enrareciendo to-
talmente la atmósfera del sitio . Hasta el salitre del océa-
no se encontró desplazado por la dulce pestilencia.
La invasión se había completado ; quien quisiera eva-
dir el vaho misterioso, no tenía otro camino que el de
abandonar esos parajes , como lo hicieron los animales
silvestres, como hubieran querido hacer las plantas , las
piedras , el río, y la montaña misma. No había escapato-
ria para el que se quedase; sólo maldecir y beber agua,
para sacarse la impresión de haber ingerido un tonel com-
pleto de melaza. Para la nariz el remedio era acostum-
brarse o resignarse, soplando con fuerza cada tres segun-
dos y así expulsar una melcocha inagotable. Fue lo que
hicieron los del pueblo , se adaptaron desde los primeros
días a los efectos del vapor , aunque nunca imaginaron
qué tan profundamente llegarían a afectarlos ; porque
cuando el ambiente se saturó con el olor , comenzaron
a contaminarse las comidas , empezando por los vegeta-
les, a los que había que remojar antes de servir; luego
los pescados , mariscos y moluscos, las aves de corral, los
conejos, cerdos , cabras, también los productos como hue-
vos , leche, queso, mantequilla y nata; todo sabía igual,
a puro dulce. Tenían que remojarlos y salarlos . Se de-
sesperaban los vecinos y nadie sospechaba qué origen te-
nía su desgracia; los que creyeron que el asunto era pa-
sajero, quisieron blasfemar cuando cierto día el agua clara
que caía de la cumbre montañosa se tornó en agua dulce
109
de verdad, y tuvieron que hacer sus buches con el agua
de las olas , porque el avance de la peste proseguía , inuti-
lizando también los productos minerales . Era sólo espe-
rar cuestión de algunos meses, o tal vez semanas, para
que hasta el océano que bañara aquella costa se endulza-
se. Todos los sabían , así que —¿había otra alternativa?—
a emigrar...
Se reunieron en la plaza , sin organización , sin líder .
Cada quien gritaba por su lado , cada quien quería escu-
char un plan de fuga, pero no sabían para cuándo , ni
mucho menos para dónde; los que más se destacaban eran
los que no estaban de acuerdo con nadie , vociferando las
contras y los peros de cualquier proposición , sin ser ca-
paces de aportar a cambio ideas positivas ; otros se em-
perraban apoyando la opinión incierta de un familiar o
un allegado, que había abierto la boca sólo para figurar;
los más desesperados eran los que en realidad pensaban ,
los que propusieron recoger de inmediato cada quien lo
que pudiera transportar e irse en caravana , todos jun-
tos, para establecerse en otra playa despoblada y comen-
zar allí . Pero estaban los cobardes que temían a un futu-
ro no preciso , y los que más tenían dentro de la miseria
y no querían dejar nada , y los rapaces que esperaban que
los otros se marcharan para sacar provecho de lo que que-
dara... Total , que se reunían diariamente en medio de
la plaza hedionda y no obtenían resultado alguno. Mien-
tras , continuó avanzando la peste inexorable , y , para
completar el desastroso cuadro... se hizo la niebla.
Nadie hubiera podido decir cuándo comenzó . De he-
cho, no fue de un día para otro ; inicialmente, cuando
el perfume terminó de saturarlo todo , la tenuidad de una
neblina apenas perceptible se instaló también en el am-
biente, restándole brillo a la cotidiana nitidez . Al igual
que su predecesor, consolidó durante meses su invasión
plenando todos los espacios . No había gaveta cerrada ,
botella vacía, eructo o flatulencia donde no se delatase
su presencia. Ligera, sí, aunque implacable , tomó al pue-
blo por sorpresa, porque en realidad ya estaba allí : Era
el mismo tufo nauseabundo que reclamaba forma, que
se materializaba.
110
Los vecinos continuaban sus estériles congresos ... Pa-
saba el tiempo... La neblina se tornaba cada vez más den-
sa, y comenzó a hacerse viscosa, produciendo en la gen-
te la impresión cierta de que todo estaba empegostado ,
aguzando el desagrado general , la desesperación , la ra-
bia y el sentimiento de impotencia . En las asambleas úl-
timas ya no se proponían soluciones , ahora las dedica-
ban solamente a renegar de su fortuna , a contarse las
desgracias individuales y a despotricar en contra de Ce-
deño y Gauss , quienes se habían convertido , por obra de
la ignorancia y el rencor , en los únicos culpables del fe-
nómeno que los fustigaba . Ir a los retretes a ensuciar con
heces y demás desechos los nombres de los reos se hizo
prácticamente una obligación civil ; y en tanto distraían
energías en esas pazguatadas , la neblina -niebla para
entonces comenzaba a reclamar su objetivo primor-
dial ...
Después de los pocos animales domésticos que habían ,
las niñas , los niños , las adolescentes , las mujeres jóve-
nes , los adolescentes , las mujeres maduras, los hombres
jóvenes, y los hombres maduros (en ese orden) , fueron
sufriendo , separada e inevitablemente , un proceso de me-
tamorfosis : Las miradas se tornaban dulces de un segun-
do para otro, manteniéndose así por encima de cualquier
estado anímico: Ojos de bondad paradisíaca que por con-
traste con los ceños y los labios apretados , producían la
impresión de pertenecer a otra persona . Pero luego, po-
co a poco, el untuoso germen de la niebla iba corrigien-
do los defectos . Sonrisas dulces y perennes , frentes apa-
cibles , cuellos relajados , frases cantarinas , nobles y
delicados ademanes... No había mirada , o palabra , o ges-
to , expresado sin dulzura ; hasta los insultos y las impro-
piedades más procaces pasaban al través de una sonrisa
almibarada . Y aquella población se enfurecía ante el ri-
dículo , y en vez de golpear fuerte la mesa con el puño,
afirmaban sutilmente , besándose con gracia la punta de
los dedos : «¡ Esta vaina no la aguanta nadie ! » .
La tuvieron que aguantar . Y más : Con el tiempo la nie-
bla fue adquiriendo , además de cuerpo , de densidad , un
color rosa, pálido al principio , más fuerte progresivamen-
te, que teñía al pueblo y sus alrededores , dándole un as-
111
pecto a todo de pastel de cumpleaños . Los parroquianos
(¿resignados?, ¿influenciados?, ¿ incapaces?, ¿fastidia-
dos?), ya ni hablaban del dichoso asunto; solamente se
reunían a improvisar canciones y versitos romanticones ,
en los que, en un último intento por insubordinarse, mez-
claban los nombres de sus enemigos con otros elemen-
tos, aunque sin lograr agredirlos, lo cual era su inten-
ción... Decían, por ejemplo:
El corazón se me abre
por ese bendito cura
y le ruego a las alturas
que ampare a su santa madre,
en lugar de:
112
XX. FRENTE AL ESPEJO
113
confundía, y pensaba que luchaba en contra de algún po-
der nefasto que acechaba a sus espaldas para fulminarlo
ipsofacto si lograba su propósito ... Así estaban sus áni-
mos cuando un sonido inesperado le detuvo en seco las
ideas: Un chasquido sordo , leve , amenazante, se metió
en la habitación . Cedeño , con los nervios de punta, que-
dó paralizado ; temía voltear y ver la causa , podía ser el
infame guardián de los secretos... Esperó otra señal ; sin-
tió un escalofrío, cerró los ojos, inspiró profundo , agu-
zó el oído : Nada... Se armó de valor y dio la vuelta: Na-
da... Respiró tranquilo... Volvía a sus libros cuando vio
en el suelo, al lado de la puerta , una carta .
Sucedió otra vez ―se dijo— , había perdido la secuen-
cia de sus ilaciones ; de nuevo se encontraba lejos del des-
cubrimiento ; y todo por una simple carta ... Era la últi-
ma de las tantas que le enviaron desde el pueblo; las
anteriores no las había recibido . Al padre Antonio Ni-
colás Cedeño se le trastocó la molestia en alegría al leer
el remitente ; todavía , pasado tanto tiempo , se ocupaban
de él . No era para menos , después de todo era él el pa-
trono del lugar... Pero el optimismo le duró muy poco.
Primeramente se extrañó : Según el sello de correo, la mi-
siva demoró más de un año en el trayecto. Luego fue la
< ...estamos muy desespera-
angustia por el contenido : «
dos , Señor Padre . El Señor Doctor Alfredo Gauss lleva
otro mes más que está muy raro y que no quiere salir de
su casa como le contamos en las otras cartas . Háganos
el favor de venirse para acá que nosotros estamos muy
desesperados con la peste que hay aquí la gente no quie-
re venir y nosotros no tenemos a quién hacerle el turis-
mo ése y estamos pasando mucha angustia con la peste
hedionda ésa que ya le dijimos . Nosotros sabemos que
su Santa Persona está muy ocupada con su Señora Ma-
dre porque no la puede dejar sola pero tiene que poder
porque tiene que venir a ayudarnos a nosotros que esta-
mos muy desesperados y solamente su Santa Persona nos
puede ayudar sea bueno con nosotros Señor Padre que
esta es la última carta que le mandamos porque estamos
muy desesperados . Aquí todos lo queremos mucho y lo
veneramos porque usted es el Santo Nuestro y todos lo
estamos esperando para que nos ayude a todos que so-
114
mos sus amigos y que siempre rezamos por su Santa Per-
sona y por su Señora Madre y por su Señor Padre que
en paz descanse nosotros lo estamos esperando pero sa-
bemos que si no ha venido es porque no ha podido pero
ahora sí es verdad que tiene que poder porque estamos
más peor que cuando la mar nos malogró los barcos aquí
estamos muy peor Su Santidad y estamos muy desespe-
rados aquí lo estamos esperando téngase la merced de
apurarse porque estamos muy desesperados ...>> . Seguía
otra cantidad de alabanzas , ruegos y generalidades que
a Antonio Nicolás Cedeño no podían aclararle el por qué
de tanto dramatismo . Era evidente que habían dado por
sentado que él estaba al tanto de lo que les sucedía, y evi-
dente y dolorosa era su desolación .
El padre Antonio Nicolás Cedeño no hallaba qué pen-
sar. ¡ Desde hacía más de un año lo necesitaban con ur-
gencia! ¿Qué habría sido de su suerte? ¡ Pobres! ¿Qué des-
gracia tan grave fue ésa que los apremió de tal manera?
¿Fue? ¿Quién le dijo a él que todo había terminado? ¿Có-
mo sabía él que ya no lo requerían? Si el correo era tan
deficiente en sus quehaceres , ¿no era probable que hu-
biese datado mal el sobre? ¿Estarían sus amigos enfren-
tando la desgracia todavía? Y ese fuerte olor que despe-
dían los papeles , ¿ qué significaba?... Eran muchas las
interrogantes; la incertidumbre y el desasosiego le impu-
sieron la resolución: Debía quebrantar el Pacto e ir a ave-
riguarlo todo; era su obligación, Dios comprendería.
Esa noche Antonio Nicolás Cedeño no la pasó bien;
Una pesadilla que lo despertaba incesantemente le robó
el descanso necesario para emprender el viaje al siguien-
te día. En el sueño se veía a sí mismo perdido , durante
una noche oscura y tormentosa, flotando boca abajo en
una playa de arenas movedizas, cuando el fragor de dos
cuerpos trabados en violento intercambio encima de su
espalda lo sacudía, a la vez que provocaba su hundimien-
to lento y progresivo... Se soñaba tratando inútilmente
de gritar, inútilmente tratando de identificar a sus ver-
dugos , pero cada vez que lo intentaba, una mano cruel
le sumergía la cara sin piedad , asfixiándolo ... Por fin,
cuando no le quedaba una molécula de oxígeno en el cuer-
po , cuando sentía que la vida se le iba, con un esfuerzo
115
último , lograba ver por sobre el hombro a quienes lo ma-
taban: Dos criaturas humanoides , diabólicas . Un macho
y una hembra desbocados en sangrienta orgía de sexo re-
pulsivo: Blasfemias , sangre, dentalladas , risas , mierda ,
golpes y alaridos . Luego , lo peor: A pesar de la deformi-
dad de aquellos rostros depravados , un segundo antes de
morir, Cedeño podía descubrir tras las facciones, sus pro-
pios rasgos , los de él , ¡ su propia cara en los dos engen-
dros infernales !... Con esa imagen en los ojos y el cora-
zón explotándole en el pecho , despertaba una y otra vez,
transpirando a mares, con la respiración entrecortada y
un espanto incontenible en el espíritu .
Así lo sorprendió el alba , sudoroso y agotado , con la
sensación en el estómago de que aquel sueño era un pre-
sagio, una advertencia... No vayas, padre Nicolás , no va-
yas . ¿No te das cuenta de que ése es un lugar vedado pa-
ra ti? ¿Olvidaste ya el infierno que te tocó vivir allá, y
la condición a cambio de la que se te permitió escapar?
No traiciones el convenio, padre Nicolás , no arriesgues
de nuevo tu tranquilidad . Además , ¿ qué puedes hacer tú
por esa gente? ¿O es que acaso estás pensando que lo de
santo y milagroso se ha convertido con el tiempo en una
realidad?... Ya lo sé, son tus amigos, pero también lo
son de Alfredo Gauss , que es el cerebro , y si él no se ha
ocupado del asunto , alguna razón debe tener. Pero, ¿no
será que Alfredo Gauss no puede solo? Dicen que lleva
varios meses sin salir de casa ; exageran , es seguro . Pero ,
¿y si no es así, si Alfredo Gauss verdaderamente está en-
claustrado , no será él , entonces , quien más necesita de
tu ayuda, padre Nicolás? Mejor sí , padre Nicolás , vete
y ruégale a Dios que te exonere , olvídate del sueño , dé-
jate de miedos , son el producto de meter tanto la nariz
en las amenazas de la Biblia, estás sugestionado ... ¡ Co-
rre, padre Nicolás , te solicitan tus amigos!
Antonio Nicolás Cedeño partió , aún sin estar seguro
de sí mismo. Mil veces se planteó los mismos argumen-
tos favorables al regreso, y sin embargo no logró expul-
sar la sensación de que alguna desgracia lo aguardaba .
Se encomendó a Dios e hizo su valija; era largo el reco-
rrido, con suerte al día siguiente arribaría .
Antes del mediodía ya no soplaba el viento , ni siquie-
116
ra había brisa; el ambiente estaba raro , estancado ; una
que otra gaviota posada en una que otra piedra gris y
caliente , la arena blanca y fina, y el cielo azul , estaban
mudos . Cedeño le dio la cara al Sol y sintió miedo . Bri-
llaba como nunca , y la nítida atmósfera aumentaba sus
fuerzas para hacerlo más caliente . Continuó por el sen-
dero polvoroso, asándose los pies... Volteó hacia la mon-
taña y la vio verde , como siempre, pero no le transmitió
la frescura de sus sombras ni de sus arroyos . Estaba allí ,
aunque distinta ... Siguió , quería llegar al pueblo al me-
diodía; todavía le faltaba un trecho... Se hallaba sofoca-
do cuando llegó a la roca de la cruz y contempló su sitio
acostumbrado ; se quedó quieto , pensando... Sintió que
alguien lo observaba . No movió ni un músculo y supo
que era parte del paisaje. Reparó en el agua del océano
y tembló : Ni un sonido de piedras, ni una ola, ni una on-
da. Estaba manso, azul , transparente ; parecía un pozo
grande... Quiso huir de la irrealidad de aquel paraje y
dejó atrás el silencioso mar. Sintió que lo seguían. Vol-
teó a mirar quién era y no vio a nadie. Apuró el paso
sobre la arena ardiente . Los alcatraces y las gaviotas se-
guían allí parados, quietos ... Faltaba muy poco para lle-
gar a aquel pueblo tan querido y tan temido . Se internó
en la vereda montañosa , la que bordeaba al río. Pero no ,
no había río; estaba seco , era una inmensa zanja repleta
de ramas, de hojas amarillas y de piedras... Ni las aves,
ni el aroma del bosque , ni el rumor de la vida silvestre.
¡El mar y la montaña estaban muertos ! Antonio Nicolás
Cedeño se negó a creerlo , y alguien se burlaba; él , bien
lo percibía... Entonces corrió , atropelló la tierra seca del
camino con la esperanza incierta de encontrar algún ami-
go, a un ser humano , a un animal , a alguien o algo que
tuviese vida.
Pero al pisar el pueblo supo que soledad sería lo único
que encontraría. Con inseguros pasos Antonio Nicolás
Cedeño caminó las calles , la plaza, la iglesia ; y halló so-
ledad en todos lados. Algo espantoso había pasado. Fue
al cementerio para toparse sólo con las mismas cruces ,
ni una nueva; todos se marcharon . Dondequiera que bus-
cara estaba la única señal de la desgracia. La soledad,
nada más la soledad ... Todo intacto , cada cosa en su lu-
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gar, todo abandonado, nada faltaba en ningún sitio; me-
nos la soledad ... Una soledad tan vasta que aplastó al
padre Nicolás , que allí mismo, en la tierra , se sentó a
llorar.
Llora, padre Nicolás . Llora toda tu amargura, pobre
hombre. La soledad se adueñó de tu existencia hace de-
masiado tiempo. ¡Vela bien !, es toda tuya. Llora hom-
bre de Dios, que aquí llegaste al fin para quedarte. ¿No
es esto lo que has buscado desde siempre? Te negaste a
amar de lleno , te enfrascaste en tu mundo de supersti-
ciones, te protegiste así de vivir la vida real, donde a cam-
bio del goce del amor se acepta el sufrir las heridas ver-
daderas, padre Nicolás. ¿ Qué vas a hacer ahora con la
cantidad de estupideces que te prometieron los profetas?
Ve tu realidad, ¡ no seas imbécil !: Solo como siempre, en
este pueblo solo, con un pasado , un presente y un futuro
plenos de una infinita soledad : la tuya, la que por cobar-
de cultivaste . Llora , padre Nicolás , llora tu soledad eter-
namente... El hombre no cesaba de llorar , en su interior
no había cabida más que para reprocharse el haberse ex-
trañado voluntariamente de cualquier pasión que repre-
sentara una amenaza para su tranquilidad, su exasperante
y monótona tranquilidad . ¡ Cuánto hubiese dado en ese
instante por tener una mujer a quien amar , por quien de-
jar los hábitos , por quien luchar ! ¡ Una mujer !, un espí-
ritu querido, una piel cálida , una compañera . ¿ Es que
Dios se equivocó al hacer que todo se complementara pa-
ra poder tener un puesto aquí en el universo? Luz-
sombra, arriba-abajo , dentro-fuera, cóncavo-convexo ,
macho-hembra, acción-reacción ... ¿Quién era la Iglesia
para cuestionar la Ley Fundamental? ¿Cómo pudo él ser
toda su vida tan estúpido como para no darse cuenta del
engaño?... ¡ Una mujer!, la salvación ... Pero no; en la
oportunidad más evidente que se le presentó se compor-
tó como una bestia hambrienta ante su presa. No, no ha-
bía salvación. La soledad se adueñó por completo de su
alma, así como se adueñó de aquel lugar... La soledad .
La terrible soledad . Y el silencio, implacable. Y la oscu-
ridad , que se acercaba... Luego, buscaría la muerte. Una
cuerda, una navaja, veneno para ratas, cualquier cosa me-
nos la soledad...
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Dejó pasar la tarde , sí, moriría junto con el día . « Si
es que morir es dejar de respirar» ; porque ahora lo
sabía- , había dejado de vivir hacía mucho , sólo que aún
duraba. Su mundo estaba derrumbado , se había equivo-
cado totalmente . No veía otra salida... Dios seguramen-
te estaría dispuesto a recibirlo ; la estupidez y la ignoran-
cia no podían cobrarse como ofensas , y si alguna falta
lo obligó a tirar así su existencia por la borda , fue causa-
da por aquéllas . Antonio Nicolás Cedeño estaba desola-
do, convencido de que su destino le fijó esa cita allí para
que se encontrara con él mismo, con su lamentable reali-
dad: No tenía parroquia , no tenía amigos , se creía de-
fraudado por la Iglesia , le importaban un bledo las ad-
vertencias de las Escrituras, nunca tuvo un amor, ni lo
tendría; se encontraba, en fin , profunda y absolutamen-
te vacío, y resignado a no empezar de nuevo . El sucidio
sería el comienzo de un ciclo más feliz , o si no , simple-
mente el final del desdichado ... Caminó calle abajo , pe-
simista, triste , decidido . Se dirigió a su vieja casa; era
el mejor sitio, había sido su refugio durante años , su que-
rencia. Ahí se formó y consolidó la soledad que hoy lo
mataba; ahí moriría junto con él su soledad .
Cayó el Sol, la negrura de la noche aglutinó las demás
sombras, el distante titilar de las estrellas le hizo verse
aún más miserable . «Aquí estamos , padre Nicolás . Es el
momento. La huida final , el último refugio . Que Dios
te bendiga, padre Nicolás, que proteja a tus padres y a
los infelices de este pueblo , dondequiera que se encuen-
tren... Ahora, una cuerda , una navaja, veneno para ra-
tas, es igual...>> Se dispuso a entrar en la casucha, cuan-
do un escalofrío le recorrió la espina y le crispó el vello
de la nuca...
Antonio Nicolás Cedeño se abalanzó sobre la puerta,
la empujó , cruzó el umbral , la cerró tras sí, aguzó la vis-
ta, y, para su sorpresa, se halló otra vez afuera, de pie
frente al portal ... Frente a un portal rosado , viscoso, olo-
roso, repugnante; de pie sobre una pasta pegajosa, olo-
rosa, rosada, repugnante; respirando una niebla rosa ,
nauseabunda, asfixiante ; salpicado por sinuosos gotero-
nes rosas , mocos rosas, asquerosos ; bajo la Luna rosa,
estrellas rosas , nubes rosas, árboles de troncos rosas , ra-
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mas rosas , hojas rosas , flores rosas , frutos rosas ; en una
calle rosa, techos rosas, casas rosas, de donde salían hom-
bres, niños y mujeres con mirada rosa , bobalicones que
se le acercaban con sonrisas y ademanes rosas , cantando
una letanía rosa, cada instante más , cada vez más cerca,
cada vez más rosa , más hediondo , más untuoso ... ¿ La
muerte?, ¿ el purgatorio?, ¿ el infierno?, ¿castigo de Dios
por quebrantar el Pacto?, ¿por renegar de la Iglesia a úl-
tima hora?... El sacerdote no quiso quedarse a averiguar-
lo; un peligro impreciso en la actitud de la chusma que
casi lo alcanzaba , le hizo arremeter de nuevo contra la
puerta glutinosa...
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INDICE
I. La Advertencia ... 9
II. El Primer Encuentro 15
III. Sueño en la Montaña 21
IV. Conociendo Nuevos Mundos 25
ง. La Tormenta 31
VI. Centinela del Deseo 37
VII. Gritos en la Obscuridad 43
VIII . Una Bala para el Monstruo 51
IX . Amigos ..... 55
X. La Confesión 59
XI. Germen de Abundancia 65
XII. La Fiesta 69
XIV . Ojo por Ojo 79
XV. Mentiras 85
XVI . Siempre la Luna . 91
XVII . Hasta Nunca . 95
XVIII. Asinus Asinum Fricat 101
XIX . La Niebla 107
XX. Frente al Espejo 113
Esta edición de BRUJA DE NOCHE se terminó de
imprimir el día 20 de Octubre de 1990 en los talle-
res de Editorial Torino, Calle El Buen Pastor,
Edificio Urbasa, Piso 2, Local C, Boleíta Norte ,
Caracas, Venezuela. Impresos en papel Baxter de
67 gramos .
U.C. BERKELEY LIBRARIES
C021624388
ney himiob morales /bruja de noche
Participante del taller de Narrativa
del Centro de Estudios Literarios
Rómulo Gallegos , que dirigiera
Antonia Palacios en 1977, Ney
Himiob nació en Caracas en 1951. El
fino humory fresco erotismo que
encontramos en Bruja de noche, su
primera obra publicada , la
convierten en un texto de amena
lectura que bien puede inscribirse
dentro de un género fantástico
alimentado por ciertas creencias y
mitos populares.
Monte Avila
EDITORES CA
290.00
XO
Bs
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