Unidad N°1
Unidad N°1
Texto: “Formaciones económicas y políticas del mundo andino”. Autor: John [Link]
este ensayo ofrezco cinco casos de control simultáneo de pisos e “islas” ecológicas bajo
condiciones muy distintas entre sí, en un esfuerzo por precisar los alcances, pero también los
límites, del [Link] cincos casos se refieren al siglo que va aproximadamente de 1460 a
1560. La existencia de la “verticalidad” en épocas más antiguas la están investigando los
arqueólogos; su vigencia en la actualidad y las modificaciones que ha sufrido desde 1560 a
nuestros días la verifican en su trabajo de campo los etnólogos. De vez en cuando me referiré
a estas investigaciones, pero los cinco casos examinados aquí han sido seleccionados para
aclarar la situación que prevalecía en el momento de la invasión.
En su ensayo el autor J. Murra describe lo que el hombre andino aprendió durante el paso del
tiempo para lograr el control simultáneo de pisos o islas ecológicos en múltiples ambientes
naturales, convirtiéndolo en un macro - sistema económico.
Los cinco casos datan del periodo en el cual la región y las poblaciones andinas fueron
conquistadas por los europeos (1460-1560).
El primer caso comprende etnias pequeñas que habitaban Chaupiwaranqa, una sociedad
pequeña, que contenía de 500 a 3.000 unidades domésticas, donde habitaban desde 3.000 a un
máximo de 18.000 o 20.000 sujetos.
Los centros de producción de alimentos básicos, que eran los núcleos de población y poder
también, se ubicaban en Chaupiwaranqa como se nombró anteriormente y en el alto de
Huallaga.
Sus zonas periféricas estaban pobladas de manera permanente por asentamientos ubicados
tanto por encima como por debajo del núcleo (lo que da el calificativo de “verticalidad” al
modelo).
Los Yacha controlaban a través de colonias permanentes varios recursos alojados de sus
centros de mayor población. La población hacía el esfuerzo continuo para asegurarse el
acceso a “islas” de recursos, colonizándolas con su propia gente, a pesar de las distancias que
las separaban de sus núcleos principales.
Una característica de este caso es el carácter multiétnico. Tanto la sal como los pastos eran
compartidos con trabajadores de otros grupos étnicos.
Por su parte el segundo caso, comprende etnias grandes, verdaderos reinos altiplánicos, con
núcleos en la cuenca del Titicaca.
Las colonias pertenecientes a este caso pueden estar enclavadas a distancias mucho mayores
del núcleo, a cinco, diez y más días de camino. Como en el caso anterior el uso del oasis era
multiétnico.
Aquí se trata de sociedades en otra escala que la anterior. La estructura política podía
incorporar muchísimos habitantes.
Las colonias periféricas estaban pobladas de manera permanente. Podían dedicarse a tareas
especializadas como la cerámica o la metalúrgica.
Mientras que el tercer caso abarca etnias pequeñas, con núcleos en la costa central. Tres
grupos étnicos que se ubicaban en lo que hoy es el departamento de Lima. Sin embargo, estos
tres grupos se encontraban en la lucha por utilizar unas hectáreas regadas con las aguas del
río Chillón.
Este caso se asemeja bastante al primero, al tratarse de pequeños grupos y de sus colonias en
diversos pisos.
El cuarto caso es similar al segundo. Abarcando grandes reinos costeños poderosos con
cientos de miles de habitantes. Eran “archipiélagos” en otro sentido: sus valles regados,
alineados a lo largo de la costa del Pacífico, separados uno del otro por desiertos, formaban
conjuntos, “reinos y confederaciones”, de origen local o serrano.
Por último, el quinto caso es un caso negativo, ya que los moradores del lugar negaban todo
acceso a recursos fuera de región. Aquí se trata de etnias pequeñas, con núcleos en la
montaña, aparentemente sin archipiélagos.
Se trata de unas 200 unidades domésticas, con sede en las yungas de La Paz, en los valles
alrededor de Songo.
En las yungas de La Paz se utilizaban aparentemente sólo dos pisos, alrededor de sus casas y
pueblos cultivaban varios frutos. Además, a cierta distancia se ubican las chacras de coca
cada una con su nombre.
La casa, el sendero y el mundo son tres aspectos de la práctica de los oasis de puna cuyos
significados culturales permiten comprender la vida social en el interior de dichos oasis y la
experiencia de su integración al espacio circumpuneño. Pero para comprender el alcance de
esa afirmación será necesario comenzar desde otras imágenes más cercanas al debate actual
en la arqueología regional. Una de ellas. a la que me referiré en el comienzo de este texto, es
la domesticación. Su análisis nos permitirá contextualizar el estado de la cuestión respecto a
la arqueología, la cultura material y el paisaje en la Puna de Atacama.
Cómo fue construida la Puna de Atacama como un paisaje marginal y cómo fueron descritos
los puneños en términos de subsistencia.
● ·Puna de Atacama: la exploración de los márgenes.
Preferimos, entonces, presentar el paisaje en los términos en que éste fue históricamente
construido: exploradores y viajeros nos guiarán en la exploración de la Puna de Atacama.
Sus pobladores fueron descritos como simples. Supersticiosos, de poca inventiva, pobres o al
borde de la inanición. Las principales imágenes de estas narraciones eran los senderos del
desierto, sólo interrumpidos por el paso por pequeños caseríos localizados en oasis. El paisaje
fue concebido desde una perspectiva externa, desde las rigurosas experiencias de viajar a
través de la Puna, pero con la certeza de que será nada más que visitantes.
La Puna de Atacama era percibida como una verdadera frontera, tanto en términos
geográficos como culturales.
La arqueología argentina estaba más allá de la frontera de la historia de la nación, en tanto los
materiales indígenas no eran parte del proceso civilizatorio que había dado a luz a la nación
argentina, sino que eran parte del paisaje natural con el que los primeros conquistadores se
encontraron, análogamente a como las elites nacionales continuaban hallando objetos
naturales como objeto de la ciencia. Borman contribuyó a la descripción de la Puna de
Atacama como un paisaje salvaje, y de su gente como hostil y desconfiada. Pedro
Krapovickas, habla del descubrimiento de un ornamento pectoral de oro en una de las
tumbas, junto a la descripción de canales de riego y terrazas y campos agrícolas, ofreció una
imagen de riqueza y complejidad que contradecía a la idea de marginalidad.
La Puna de Atacama era vista como un paso intermedio en la influencia de San Pedro de
Atacama sobre la Aguada, o bien se subrayaban las cambiantes dependencias sobre San
Pedro de Atacama y La Aguada. Se presentaron evidencias de comercio a la larga distancia,
uniendo la región con casi todos los valles en derredor.
En las décadas de 1980 y 1990, se introdujo como un tema principal la base de subsistencia
provista por el pastoreo de llamas, y la domesticación y pastoreo de las llamas como proceso
local se convirtió en uno de los temas preferidos de investigación.
Entonces, en forma sencilla, podría decirse que toda la idea del paisaje es una cuestión de
comprender el lugar tal como este es visto desde fuera. Los arqueólogos tendemos a ver a las
sociedades del pasado como si estuvieran lejos de nosotros, vemos los estratos desde la
perspectiva que nos da el mapa: la tierra está allí para ser vista, los paisajes son distantes y
pueden ser aprehendidos por medio de los ojos. Los paisajes son construidos como parte del
mismo proceso a través del cual son construidos los actores: y preguntarse si los paisajes o
los actores son primeros en tan estéril como imaginar que los individuos aislados o las tierras
naturales son algo más que abstractas construcciones artificiales de la mente.
La domesticación de los camélidos no puede ser reconocida como un tema cultural porque
fue culturalmente construida como un tema natural. Como parte de la construcción de la
nacionalidad, la identidad argentina es en gran parte una cuestión de invención del otro en
términos de proximidad al mundo pre-europeo.
Hay cuatro especies de camélidos domesticadas (llamas y alpacas) y dos de ellas silvestres
(vicuñas y guanacos).
Las llamas son objeto de la propiedad, siendo marcadas en las orejas con cortes distintivos.
Las llamas son también objeto de herencia e intercambio. No obstante, nadie pretendería
apropiarse, heredar o intercambiar vicuñas, aunque las vicuñas pueden vivir junto a los
rebaños de llamas, comer los mismos pastos y beber la misma agua. Las llamas son “uywa”.
que no puede ser vista ni como neutral ni como fuera de la historia. Una idea básica en el
concepto occidental de domesticación es el control o dominación de la naturaleza por los
humanos. Esta idea ha estado implicada en los acercamientos arqueológicos a la
domesticación de la llama, tratando de identificar la época cuando las llamas fueron
sometidas a control por los pueblos andinos a través del cambio en la conducta hacia los
animales. Se supone por lo tanto que este proceso habría marcas arqueológicas visibles en los
restos camélidos y/o culturales.
● Confrontación de paisajes mentales de la naturaleza y el yo: de la
domesticación a “uywaña”
Uywaña es criar, amar, ya sean niños o animales. La relación humano-llama se define por
esta idea de crianza y protección, Pero el concepto de uywaña en sí implica más que la
relación humano-llama, ya que abarca también a la relación entre cerro como lugar sagrado y
la casa de la familia de pastores. Los animales criados, los niños, criar para uno, la cosa
amada, proteger, el lugar sagrado, el cerro sagrado o protector, son algunos de los conceptos
relacionados. Entonces, es la protección, el amor y la obediencia lo que define la relación
entre humanos y animales domésticos, pero también aquella entre la familia y la montaña
sagrada, y entre padres e hijos.
Esta casa se componía de dos recintos principales contiguos y conectados mediante un vano
de paso que fue originalmente sellado con barro y sepultado bajo las piedras derrumbadas de
una de las paredes.
Los recintos de habitación tienen muros dobles. Están formados por dos paredes paralelas
hechas de piedra no trabajada separadas por un espacio intermedio, relleno de barro.
● · Contextos mayores
● Resúmenes y conclusiones
Hemos visto cómo el paisaje de la Puna de Atacama fue construido como un imaginario en
primer lugar por los exploradores y luego por los arqueólogos, creando una imagen de
marginalidad que reducía la acción a la lógica de la subsistencia. La constelación de
significados representada por uywaña implica una representación de la naturaleza, la cultura
y la sobrenaturaleza que aludiendo a oposiciones es mutuamente referencial, vinculada a la
práctica antes que a las estructuras simbólicas. Restos arqueológicos de una casa, como el
tipo de relaciones alumbradas teórica y mitológicamente por uywaña pueden representarse en
la casa como una forma de comprender al o y al otro.
Vincular las disposiciones espaciales y temporales de la casa con la experiencia del paisaje
produce una senda oblicua para unir las construcciones particulares del cuerpo natural y del
cuerpo social. Resalta la experiencia de la reflexividad de la acción social y la representación
de la sociedad y la historia. La domesticación como un conjunto de acciones que incluyen a
animales y vegetales también implica que el agente es domesticado al mismo al mismo
tiempo. La construcción de las paredes de la casa implica la inclusión dentro de la casa de la
experiencia del mundo exterior. La construcción del yo social implica la experiencia de su
propia trascendencia. Pero también, la construcción y la comprensión del paisaje, su historia
y su gente, precisa definir también al intérprete. Uywaña ofrece una imagen para interpretar
la domesticación de domesticados y para interpretar la domesticación de domesticadores y, al
mismo tiempo, de la domesticación de las imágenes de la domesticación. Ha sido un
concepto clave para mi interpretación de la casa como escenario de la práctica doméstica
cotidiana, dando lugar en ese espacio también al sendero, esa experiencia de gran movilidad
que fue posible dentro de un contexto de fijaciones marcadas. La importancia de la casa y del
sendero en la construcción de la vida social en los oasis de puna, no debe ser entendida como
una mera consecuencia de las condiciones propias de la puna, sino también como dos
conjuntos de significados culturales por medio de los cuales los oasis de la puna se integraban
al mundo.
UNIDAD N°2
Texto: “El diseño de las redes de riego y las escalas sociales de la producción agrícola en
el 1° milenio DC (Tebenquiche Chico, Puna de Atacama)”. Autor: Marcos Quesada.
Hay, claro, excepciones. La mayoría de estos esfuerzos adoptaron un enfoque “de arriba
hacia abajo” enfatizando en el supuesto de la centralización política y vieron Estados y
caciques allí donde bien podrían haber actuado campesinos. La discusión generada en torno a
las escalas sociales involucradas en la gestión de los extensos campos de camellones de las
costas de Titicaca es ejemplificadora de ello.
Erickson, defendió una perspectiva “de abajo hacia arriba “enfatizando en la capacidad de las
unidades sociales de baja escala de integración (familias y grupos locales) para realizar obras
de gran envergadura sin necesidad de intervención de la burocracia estatal. Su discusión se
basó en la estructura espacial de los campos de camellones y en los procesos de trabajo que
tomaron lugar durante su construcción y uso.
La clave para la definición de las redes de riego está en el establecimiento de lo que Barceló
llamó “línea de rigidez”. Esta es coincidente con el trazado del canal principal, aquel que
abastece a toda la red. Ningún agregado puede hacerse a una altura superior a la de la línea de
rigidez en un determinado punto, puesto que, en sistemas de riego por gravedad, el agua
requiere para circular pendientes siempre negativas.
Debemos ubicar cronológicamente las redes de riego. Haber ha resumido tal secuencia en
cinco períodos. Se inicia en un Período 0 anterior a la primera ocupación. Entre los siglos IV
y VI se produce la primera ocupación del compuesto residencial dando.
Este esquema brinda un marco temporal dentro del cual asignar cronología a las redes de
riego. Lo más probable es que estas hayan sido construidas durante los períodos 1 o 3.
Las redes de riego de Tebenquiche Chico no se conectan entre sí, no poseen elementos
compartidos con otras redes de riego. Por ello son funcionalmente independientes. Estas son
las primeras características a destacar: la segmentación del espacio agrícola por medio del
riego y la independencia funcional de cada red. no conforma una unidad tecnológica, sino que
resulta de la agregación de redes de riego. La agregación de redes de riego es uno de los
procesos de crecimiento del espacio agrícola, pero, además, encontramos que los canales
principales de cada red de riego muy rara vez recorren una gran longitud sin que de ellos se
desprenda un canal secundario. Entonces, la expansión de los espacios agrícolas de
Tebenquiche Chico parece haber procedido mediante dos procesos de crecimiento:
agregación de redes y extensión de cada red.
En las cercanías de las casas se invirtió más trabajo en la construcción y preparación de las
parcelas. Allí se agrupan parcelas aterrazadas, contenidas con muros de piedra y bien
niveladas. involucró el cultivo intensivo, a modo de huerta, de las parcelas próximas al
núcleo residencial, y el cultivo extensivo o más esporádico, bajo barbecho sectorial, de otras
pequeñas parcelas sin pared de piedra dispersas en distintos sectores de una misma red de
riego, y en otras redes de riego.
Es probable que en Tebenquiche Chico no haya sido sólo la apropiación del agua a nivel
doméstico lo que haya motivado la generación de tal diseño de red de riego. Entonces, lo que
es visible arqueológicamente es un largo y continuo proceso de autoapropiación y control,
por parte de las unidades domésticas, de la fuerza de trabajo inmovilizada en la construcción
y el mantenimiento de los medios de producción.
La arriería colonial en Atacama representó uno de los mecanismos utilizados por la población
indígena para insertarse en la nueva estructura económica y responder a sus exigencias. Pero
la actividad arriera fue también un elemento integrador que contribuyó a mantener y
reproducir los vínculos que históricamente se habían desarrollado entre diferentes grupos
étnicos.
En ese contexto, el tráfico de caravanas representaba una modalidad más dentro de las
múltiples estrategias de complementariedad desarrolladas por estos pueblos. La energía
animal cumplía un rol fundamental, por ello, el tráfico no se puede desvincular de la
actividad ganadera propiamente tal.
Intentar definir cuáles eran los grupos que habitaban la subárea al iniciarse el Período
Colonial, y cuál era el territorio que ocupaban, requiere de mucha prudencia. A medida que el
conocimiento etnohistórico va desarrollándose, las características del poblamiento del espacio
circumpuneño presentan mayores niveles de complejidad. Las primeras crónicas españolas
tendían a adjudicar a los diferentes grupos o “naciones” que encontraban a su paso, una
determinada territorialidad que, en muchos casos, no reflejaba el verdadero carácter de su
organización espacial. En nuestra subárea, a medida que fue consolidándose el proceso de
colonización, se constituyeron los corregimientos de Anca, Lípez, Chichas, Tucumán y
Atacama. Sin embargo, en general, cada uno de estos corregimientos presentaba más de una
unidad étnica, a la vez que cada unidad étnica ocupaba territorios que desbordaban aquellos
límites coloniales.
Respecto al borde oriental circumpuneño, los antecedentes que tenemos para el siglo XVI son
bastante pobres, debido a la constante resistencia que su población mantuvo frente a los
intentos de dominación hispana. Los omaguacas, asentados en la quebrada del mismo nombre
(Humahuaca), estaban distribuidos en distintas parcialidades. Al parecer, controlaban
territorios de puna y valles de tierras más bajas. La ganadería parece haber sido una de sus
actividades más importantes. La documentación del siglo XVI, relativa al noroeste argentino,
menciona también núcleos de población provenientes de Atacama, quienes se encontraban en
esas regiones con sus caciques realizando actividades agroganaderas, situación que continuó
durante los siglos XVII y XVIII. Las relaciones entre los Atacamas y el resto de los grupos
locales parecen haber sido estrechas.
Los atacamas, que constituían el grueso demográfico de esta región, compartían ciertos
sectores de ese territorio con grupos de origen altiplánico, los que fueron asentándose allí
durante el período prehispánico tardío, e interactuando en alguna medida con la población
local.
Finalmente, como ya se ha dicho, el hábitat de los atacamas abarcaba también sectores de alta
Puna y del Noroeste Argentino. De manera que, para una primera aproximación histórica a la
región de Atacama, es indispensable situar dentro de un contexto regional muy amplio. La
Subárea Circumpuneña constituyó un espacio económico y social donde interactúan
diferentes grupos étnicos, que, a través del proceso prehispánico, fueron generando
determinados patrones de movilidad de intercambio y de explotación de recursos. Dentro de
este espacio se movilizaban no sólo excedentes productivos, sino también elementos
ideológicos y tecnológicos.
En ese contexto, los atacamas alternaban el usufructo directo de recursos distantes con el
tráfico de caravanas e intercambio con otros grupos ubicados, en algunos casos, a grandes
distancias.
Las minas de plata de Potosí y sus alrededores llegaron a ser un foco de absorción de mano
de obra y de concentración de población, con una proporcional demanda de productos e
insumos. Esta nueva configuración del espacio económico, por otra parte, determinó a su vez
una regionalización político-administrativa que respondiera a sus necesidades.
Impulsada por la iniciativa española, que precisaba asegurar el pago del tributo e incorporar
la región al movimiento mercantil de los centros mineros del altiplano, la arriería comenzó
tempranamente en Atacama. La definiremos como aquella actividad de flete o transporte de
productos y/o animales, que se desarrolló en el marco mercantil colonial. En este sentido, el
arriero podía desenvolverse de acuerdo a dos modalidades: como mano de obra para el
transporte de mercancías pertenecientes a terceros (fletes) o, en cuanto iniciativa
independiente, abasteciendo los mercados con excedentes productivos propios o adquiridos
por su cuenta. Período de transición entre el tráfico caravanero tradicional y la arriería
colonial. En primer lugar, porque la inserción de estos arrieros en la estructura mercantil
estaba, en gran medida, mediatizada por los españoles, quienes controlaban parte importante
de los excedentes dirigidos a los mercados. Sin embargo, ya existía una incipiente
participación de los atacamas en los centros mercantiles, que combinaba sus circuitos de
intercambio con estos nuevos ejes. Por otra parte, se trata también de un período de
transición, porque el “medio de producción” utilizado en los desplazamientos y transporte de
carga siguió siendo el camélido, lo que implicó la adaptación de la tecnología ganadera
tradicional a las nuevas necesidades.
Los atacamas eran quienes estaban a cargo del transporte del pescado y eran seguramente las
camanchacas quienes realizaban las faenas pesque.
La ruta a Cobija
● El transporte a Potosí
Según el testimonio, no sólo el pescado sino también el ganado de carga que esos indígenas
llevaban, pertenecía al encomendero. Como es sabido, la apropiación de llamas para el
transporte de mercaderías, por parte de los corregidores y en general de los comerciantes
españoles, fue un hecho común durante el siglo XVI, incluso cuando ya la mula comenzaba a
utilizarse en algunos circuitos. Las caravanas de llamas resultaban muy rentables, sobre todo
en la región altiplánica, que constituía uno de los trayectos más extensos y más concurridos
durante este período. Por eso los españoles recurrían al “rescate” o a la misma encomienda
para adquirir carneros de la tierra y aumentar así el tráfico de sus mercaderías. Los
comerciantes, y sobre todo los corregidores propietarios de ganado, que disponían de mano
de obra indígena, podían desempeñarse en algunos casos como intermediarios, comprando
mercadería en los centros productivos para luego comercializar en Potosí, o como
empresarios “fleteros” que se especializan sólo en asegurar su transporte. Otros
monopolizaban todo el circuito: producción, transporte y puesta en mercado.
Dentro de este contexto, la situación de los indígenas que realizaban los fletes, era
extremadamente penosa. Además, estas “contrataciones” no se efectuaban entre el empresario
y los individuos, sino entre éste y las comunidades indígenas a través de la persona del
cacique, quien debía responder con la mano de obra necesaria según las circunstancias. El
tributo, que por esa época era señalado globalmente para cada repartimiento, caía bajo la
responsabilidad exclusiva de los caciques y éstos debían regular, al interior de la comunidad,
la forma de pagarlo.
Potosí, el más importante centro urbano y minero del Virreinato del Perú, era una importante
plaza de comercio e intercambio no sólo hispano y mestizo, sino también indígena. Una gran
variedad de productos provenientes de diferentes regiones, satisfacían la creciente demanda
de los indígenas sometidos a la mita potosina y de aquellos que llegaban exclusivamente a
realizar sus transacciones. Estos productos eran intercambiados por diferentes especies o por
metales. El intercambio, dentro de sus estrategias de acceso a recursos complementarios, era
uno de los principales mecanismos de adquisición de bienes como el maíz y la coca que, en
sus tierras puneñas no podían producir. El ganado, que constituía una de sus principales
riquezas, era llevado al mercado potosino y a las regiones del desierto.
La explotación de minas en su región les permitía además realizar transacciones por metálico
en Potosí.
Al comenzar este siglo, los indígenas de San Cristóbal de Lípez, continuaban trayendo –entre
otras especies– hojas de coca que intercambiaban en San Pedro de Atacama, por productos
tradicionales como la chicha y los frutos del chañar. Es posible, entonces, que estos hombres
de la Puna hayan podido funcionar, en gran medida, como proveedores e intermediarios en
los circuitos de la coca a través de todo el Período Colonial y Republicano. Esta red de
circulación probablemente prehispánica, logró adaptarse al sistema colonial articulando
formas de intercambio mercantil y tradicional.
Sabemos además que los atacamas explotaban directamente ciertos recursos en esa región, lo
que permitía, además de diversificar su producción, dinamizar el intercambio con otros
grupos locales y el desplazamiento a los centros mineros.
UNIDAD N°3
Este artículo discute críticamente el status ontológico que la arqueología ha dado a los
artefactos y al espacio en los procesos sociales pasados, así como la manera en que la
disciplina ha abordado su estudio. A partir de esta discusión se desarrolla una renovada
perspectiva acerca de la materialidad y espacialidad de la vida social, su relación con las
prácticas e interrelaciones sociales, y su papel en la constitución de las experiencias y las
subjetividades, alejada de las concepciones funcionalistas, utilitarias, economicistas y
cartesianas sobre objetos y paisajes, típicas del pensamiento moderno capitalista. Se plantea
abordar el estudio del pasado desde el punto de vista de prácticas y relaciones sociales, y
desde la perspectiva de las experiencias de actores situados en el paisaje. caso del Período
Tardío de los Andes del Sur.
Esta ideología que da cuenta de la forma en que los sujetos se relacionan con el mundo que
los rodea, se desintereso por la materialidad y espacialidad por pertenecer éstas al entorno
físico, donde el cuerpo se inserta, el cual no afectaría la capacidad de compresión objetiva y
análisis de la mente y la constitución que la conciencia de los sujetos. La mente humana fue
divorciada así de la experiencia corporal que ocurre dentro de una red de relaciones que
tienen lugar dentro de un contexto material y de formas espaciales cargadas de significados.
Sin dudas, las filosofías cartesianas y la ciencia positivista han tenido una enorme influencia
sobre las sociedades modernas occidentales y la forma en que estas experimentan y clasifican
el mundo. Estas ideologías, en conjunción con el desarrollo capitalista y la experiencia
colonial, no sólo han influido dramáticamente sobre el modo en que las ciencias sociales y
humanas analizan y entienden el rol que la cultura material y los escenarios de acción e
interacción tienen la vida social, sino que también han determinado la manera en que la gente
en la modernidad, se relaciona con los artefactos y las formas espaciales.
Primero, en nuestras sociedades los objetos son generalmente reducidos a sus funciones
tecnológicas y considerados meras herramientas útiles para la satisfacción de necesidades. El
individuo racional de la modernidad busca emplear artefactos, para alcanzar objetivos
determinados con el menor costo posible. Las espacialidades en el mundo moderno están
embebidas de esta ideología funcionalista.
Segundo, la relación entre personas y cultura material suele ser percibida y representada
como un vínculo entre consumidores y mercancías, como una objetificación del trabajo
social. Las sociedades capitalistas modernas que se han interesado en el espacio físico
proveedor de recursos, la tierra tiene que ser denominada, controlada, encerrada y utilizada
para generar riquezas. En este caso también, el vínculo entre persona y objetos es temporal.
La gente se relaciona con las cosas en el momento de su consumo o uso, pero una vez esta
termina, la relación parecería diluirse.
Tercero, no sólo desde los discursos filosóficos y científicos se ha planteado esta separación
entre mente y cuerpo, ver el mundo desde una posición de observador privilegiado y externo,
con un accionar pasivo
La forma en que las sociedades occidentales modernas se han relacionado con los objetos y
las espacialidades no es la única, ni es universal. En los últimos años, la antropología y la
arqueología han demostrado que en muchas sociedades no-occidentales la cultura material no
se concibe como simples artefactos utilitarios, alienables, pasivos en la dinámica social y
externos a las personas y su corporalidad.
Los espacios naturales y sociales no son simples contenedores a los que las personas se
acercan para satisfacer necesidades, sino que son parte integral de la constitución de las
sociedades y de la conciencia y corporalidad y técnicas corporales de las personas. Estos
están activamente involucrados con la manera en que la gente entiende al mundo, se
relacionan entre sí y se constituyen como sujetos. En muchas sociedades no-occidentales la
gente, los objetos y los paisajes tienen una existencia relacional.
Desde la década de 1980, lentamente las ciencias sociales y las disciplinas humanísticas han
comenzado a repensar la relación entre cultura material y dinámica social. Estos nuevos
acercamientos al mundo de los objetos y las espacialidades encuentran sus fuentes de
inspiración en las perspectivas contemporáneas dentro de la teoría social que enfatizan la
importancia de las prácticas, los significados, la agencia, la corporalidad, las experiencias y el
poder tienen en la constitución, reproducción y transformación de las sociedades.
Primero, Existe una relación entre las acciones y relaciones sociales por un lado y la cultura
material y las formas espaciales por el otro. No solo las personas fabrican cosas y construyen
paisajes y lugares, sino que esta materialidad y espacialidad que la gente crea contribuye
activa y recursivamente a producir la vida social. Se puede afirmar entonces que estos no son
simplemente el reflejo de la organización social, sino que activamente dan forma a la vida
social.
Segundo, dentro de la relación dialéctica que existe entre las prácticas y relaciones sociales y
los artefactos y formas espaciales, tiene lugar lo que en dialéctica se conoce como “unidad de
los opuestos”. Todos los elementos dentro de una relación dialéctica adquieren su identidad y
su carácter por estar insertos en esta relación y por conformar una unidad. Así, los
componentes de una relación dialéctica cambian fuera de esta, convirtiéndose en algo
distinto, debido a que es la misma relación la que los define. Si uno de los términos de esta
unidad cambiase, necesariamente los demás se transformarían.
Tercero, si bien espacio y tiempo han sido generalmente concebidos como dimensiones,
ambas están estrechamente entrelazadas. Las espacialidades, y al menos algunos de los
artefactos con los que la gente interactúa, estructuran y reproducen ciertas temporalidades en
una misma espacialidad. Espacialidades distintas crean vidas diferentes.
Quinto, las personas experimentan y conocen el orden material y espacial del mundo a través
de su inserción corporal en el mismo.
La relación que los seres humanos establecen con el mundo social y natural alrededor de ellos
no es simplemente una conexión mental, sino que es al mismo tiempo intelectual y corporal.
No hay separación entre cuerpo y mente, sino sujetos completos habitando en el mundo. Las
personas conocen y experimentan el mundo, y se constituyen como sujetos, al habitar en él.
El período Tardío del NOA ha sido caracterizado como una época de desarrollo regional,
conflictos interregionales, complejidad socio-política y desigualdad social y estratificación
económica institucionalizada. Se ha sostenido que durante esta época unidades políticas de
tipo jefaturas ejercían su poder sobre territorios específicos del NOA. El surgimiento de los
primeros asentamientos extensos y de estructuras conglomeradas, considerados cabeceras de
gobierno y administración de sistemas políticos estratificados. Esta caracterización del
Período Tardío ha estado fuertemente basada en tres indicadores: 1. Sistemas de asentamiento
compuestos por sitios de diferentes tamaños, 2. Presencia de objetos que indica
especialización artesanal y, relacionado con esto, la aparición de una cultura material de élite,
y 3. Diferencias entre tumbas con respecto a las ofrendas depositadas.
Las comunidades tardías eligieron asentar sus casas y edificios en un patrón celular
concentrado.
La muerte no fue instancia empleada estratégicamente para realizar actos políticos y públicos
de consumo. Estaban conectados con los espacios domésticos. La muerte y el ritual funerario
eran parte integral de la esfera doméstica. Las residencias domésticas eran así la unidad
arquitectónica y principal en la organización espacial de estos lugares.
Una de las experiencias más significativas del habitar en los poblados conglomerados del
Período Tardío fue la homogeneidad material vivida. Cuando los residentes de estos
asentamientos caminaban por los senderos internos, visitaban vecinos o entraban y salían del
poblado, podían apreciar que todos sus habitantes construían sus casas y empleaban las
mismas técnicas y diseños para decorar sus objetos. Lo que se experimentaba entonces era
una redundancia material, un paisaje material uniforme y repetido, el cual debió haber
contribuido a establecer un sentido de semejanza y unidad, donde cada familia o grupo era el
reflejo del otro.
•Conclusión
El orden material y espacial con que se desarrollaba la vida social de esta época, lejos de
producir fragmentación, distinción y estratificación, propiciaba experiencias y relaciones
sociales de articulación, apertura y similitud. El diseño espacial de los poblados tardíos
promovía una fluida interacción cotidiana. No había barreras ni marcadas separaciones entre
los habitantes de estos asentamientos, sino que la permeabilidad entre los espacios, y de los
movimientos, sonidos, olores y vistas, permitía un conocimiento estrecho de lo que sucedía
dentro de la comunidad.
La materialidad y espacialidad que la gente habitaba en el Período Tardío del NOA creaba un
sentido de integración, conocimiento y articulación, o comunalidad, clausurando la mayoría
de las tendencias que pudieran llevar hacía la desigualdad y la estratificación
institucionalizadas.
El orden social vivido en estos poblados era construido y reproducido diariamente, y a través
de distintas esferas sociales y prácticas que lo afirmaban, negando u ocultando sus
contradicciones. El mundo social que se experimentaba dentro de los poblados pudo haber
estado en tensión y contradicción con aquel vivía fuera del mismo.