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LA DIGNIDAD HUMANA COMO

FUNDAMENTO DEL BIEN COMÚN Y


SU PERTINENCIA EN LA SOCIEDAD
ACTUAL

Estudiante: Pilar de la Puerta Rueda

Octubre 2014
UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE SALAMANCA
CAMPUS DE MADRID

MÁSTER EN DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

TRABAJO FINAL

LA DIGNIDAD HUMANA COMO


FUNDAMENTO DEL BIEN COMÚN Y
SU PERTINENCIA EN LA SOCIEDAD
ACTUAL

Tutor: Dr. Fernando Fuentes Alcántara

Estudiante: Pilar de la Puerta Rueda

Octubre 2014

1
DECLARACIÓN

Declaro que este trabajo ha sido realizado por mí íntegramente, basándome en

la bibliografía indicada en él, para la obtención del Grado de Máster en Doctrina

Social de la Iglesia en la Universidad Pontificia de Salamanca, Campus de

Madrid.

i2
DEDICATORIA

A los ciudadanos y ciudadanas de Pemba y de la Provincia de Cabo Delgado,

de manera especial a la minoría cristiana con quienes he compartido la vida y

los deseos de ver crecer una sociedad más fraterna e igualitaria. Deseo que

este trabajo nos ayude a todos a orientar mejor nuestras energías hacia la

búsqueda del Bien común

A Miriam, que se fue sin despedirnos

y que desde el Cielo acompaña nuestra misión en Metoro y Pemba

ii3
AGRADECIMIENTOS

Agradezco a las personas que me motivaron, animaron y ayudaron a hacer

este máster, de manera especial a las Hermanas de la Congregación Hijas de

Jesús de Mozambique, Brasil, España y la Superiora General,

Al Profesor Fernando Fuentes Alcántara por su asesoramiento e indicaciones a

lo largo de este trabajo,

A todos los profesores del Máster de DSI de 2013-2014 y, de manera especial,

a Mª Teresa Gráu, su Coordinadora,

A mis hermanos, que se han sabido situar, respetando mis opciones y a las

personas que, aún sin ser nombradas, saben que me ayudaron a poder realizar

satisfactoriamente este curso ‘para Mayor Gloria de Dios y bien de los

prójimos’.

iii4
SIGLAS UTILIZADAS

AA Apostolicam Actuositatem
CA Centessimus Annus
CDSI Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
CiV Caritas in Veritate
Col Carta a los Colosenses
ChFL Christi Fideles Laici
DCE Deus Caritas Est
DSI Doctrina Social de la Iglesia
EE Ejercicios Espirituales
EG Evangelii Gaudium
EN Evangelii Nuntiandi
Gn Libro del Génesis
GS Gaudium et Spes
Hech Libro de los Hechos de los Apóstoles
Lc Evangelio de Lucas
LG Lumen Gentium
MM Mater et Magistra
OA Octogesima Adveniens
PP Populorum Progressio
PT Pacem in Terris
QA Quadragessimo Anno
Rom Carta a los Romanos
RN Rerum Novarum
St Carta de Santiago
1Tim 1ª carta a Timoteo

iv5
INTRODUCCIÓN

A lo largo de mi inserción en los países donde he sido enviada, he podido ver

cómo gobernantes, susodichos democráticos, se enriquecían en nombre del

pueblo, y cómo el Bien común era la excusa para ello. Pidiendo paciencia,

confianza y sacrificio a los ciudadanos, prometiendo futuras riquezas, la brecha

ha ido creciendo entre una minoritaria clase política, muy adinerada y la

mayoría del pueblo pobre, cada vez más ‘saqueada’.

Lo ‘indignante’ de estas situaciones no es la pobreza en sí. Sino el que dentro

de un mismo pueblo de hermanos unos se enriquezcan a costa de los otros

con engaños y manipulaciones, apropiándose de lo que era para el beneficio

de todos. El problema del mundo de hoy, tanto en las comunidades políticas

pequeñas como en las mayores y sus mutuas relaciones, no es la pobreza,

sino la desigualdad. Es en este sentido en el que Mahatma Gandhi afirmaba

que la pobreza es la primera violencia contra la humanidad. Efectivamente esta

pobreza es un atentado a la dignidad humana. Es humillar a las personas,

burlarse de ellas, utilizarlas para el propio beneficio… La desigualdad y no la

pobreza es lo que humilla y degrada a la gente. Esta humillación puede ser

considerada como una violación de su dignidad y como tal debería ser

perseguida y castigada. En algunos lugares y otros tiempos, la humillación era

comparada con el delito de asesinato.

De hecho, los ciudadanos esperan de sus autoridades que velen por ellos, que

los defiendan y protejan de los violadores de su dignidad. Es decir, que

6
busquen su Bien común. ¿Para qué si no, tienen el poder? ¿Es en beneficio

propio o como un servicio a la comunidad política? Por eso, cuando diciendo

que se colocan al servicio del Bien común, se forjan situaciones de

degradación humana, como puede ser desapropiación y desalojo de tierras y

casas, aumento de precio en los productos de la canasta básica, privatización

de los servicios de salud o disminución de presupuesto para educación…,

mientras la riqueza, mejor dicho el endineramiento, de algunos aumenta de

manera exorbitante y la desigualdad crea clases sociales que parecen más

dignas que otras, que se atribuyen más privilegios y se crean unas

necesidades que no se las permiten al resto de la población… la ciudadanía se

siente engañada y defraudada. Todavía más grave por ser engañada por

personas en quien habían confiado la gestión de la convivencia. Fraude que

redunda en desconfianza y genera otras violencias (que no la primera)

destruyendo precisamente la paz social que es condición para el Bien común.

¿Hay alguna relación entre dignidad humana y Bien común? ¿En qué consiste

la dignidad humana? ¿Y el Bien común? ¿Es posible buscar un Bien común en

una sociedad democrática? ¿Estamos hablando todos de la misma realidad

cuando utilizamos la expresión Bien común? ¿No habrá concepciones

diferentes del término? Y si sí, ¿qué articulación puede darse entre el concepto

de Bien común y la acción política? ¿Quién es responsable del Bien común y

cómo se puede ‘controlar’ su desempeño? Éstas son algunas de las preguntas

que vienen a nuestra cabeza en medio de esta realidad que acabamos de

describir y a las que pretendemos dar respuesta en este trabajo.

7
Desde los tiempos de Jesucristo la Iglesia tiene un mensaje social

fundamentado en el Evangelio que ha proclamado sin cesar en las diferentes

circunstancias históricas a lo largo de los años. Este mensaje, también a lo

largo de la historia, ha sido acogido, contestado o ignorado. ¿En qué consiste

este mensaje y por qué no es tan acogido como se podría esperar? ¿Es

pertinente? ¿Puede la Iglesia hablar en una sociedad plural y laica? También

reflexionaremos sobre ello.

Dedicaremos una primera parte de este trabajo a profundizar sobre el concepto

de la dignidad humana, su perspectiva humanista e teológica ayudando a

percibir lo que la destruye. Una vez asentada la dignidad de la persona humana

como valor absoluto, reflexionaremos en un segundo momento sobre el

significado del Bien Común y su alcance, así como los principios que lo

sustentan y la responsabilidad de cada uno en su consecución.

Nos preguntaremos si la voz eclesial es un discurso de moral particular o si

puede ofrecerse a la reflexión sincera y honesta de la sociedad entera. Y, en

este caso, por qué hay manifiesta resistencia en escucharlo.

Finalizaremos nuestra reflexión con algunas conclusiones y, si se puede decir,

recomendaciones o propuesta de líneas de acción en la Iglesia y en la

sociedad.

8
CAPÍTULO I: LA DIGNIDAD HUMANA

Hoy en día se habla de la aldea global. En principio caminaríamos hacia un

mundo sin fronteras con respeto de todas las libertades humanas. No deja de

ser esto una utopía pues los hechos muestran lo contrario: comprobamos que

cada vez hay más fronteras y muros de todo tipo, más violencia y menos

libertades. Sin embargo no se puede negar que hay mucha mayor movilidad

humana favoreciendo una conciencia de la igualdad y dignidad humana común.

Es esta conciencia común y el respeto de la igual dignidad humana lo que

puede hacer posible la convivencia de personas de diferentes culturas, razas,

tradiciones, religiones y países. No todos somos iguales, pero todos valemos lo

mismo por ser portadores de la misma dignidad personal. Las diferencias no

deben hacernos olvidar que todas las personas son portadoras de una dignidad

y valor ‘igual’, que hay que reconocer como base de la convivencia social en el

que las diferencias se armonizan en un proyecto común desarrollándose la

comunión en las diferencias1.

Así lo entendieron los artífices de la Declaración Universal de los Derechos

Humanos que quedó como base de la convivencia humana y referencia de toda

legislación ulterior. Se unen ahí los mínimos y los máximos del ideal de la

convivencia humana: «quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro

camino más que reconocer al otro y buscar su bien»2.

1
Cfr. EG 221, 228; SETIÉN, José María. Obras completas III. Pp. 967-968.
2
EG 9.

9
Dignidad humana, como decía Kant, es un valor absoluto intrínseco que no se

puede instrumentalizar; no se puede cambiar por moneda o cualquier sistema

de intercambio comercial: «En el reino de los fines todo tiene o un precio o una

dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en

cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada

equivalente, eso tiene una dignidad»3.

Esto significa primero, que es un valor independiente de las condiciones

sociales, la utilidad o interpretaciones subjetivas. Y segundo, que no se pueden

establecer grados en la dignidad de las personas (no hay personas con más o

menos dignidad). Las cosas tienen precio (de mercado o afectivo), los seres

humanos tienen dignidad.

Esto lleva a Kant a formular el imperativo categórico de esta forma: “Obra de tal

modo que uses la humanidad tanto en tu persona como en la persona de

cualquier otro siempre a la vez como fin, nunca meramente como medio”4.

La persona humana como fin; valor absoluto y no instrumental. En esto

consiste lo que llamamos ‘dignidad humana’. Vamos a profundizar en ello.

I.1.- DIVERSOS SENTIDOS

En un primer sentido, tradicionalmente, cuando se habla de dignidad, no se

hace alusión directamente a una realidad ontológica, sino a una cualificación

3
Cfr. KANT, Imanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Madrid, Espasa
Calpe, 1973, 92-93. Citado por ETXEBERRIA, Xabier. “Fundamentación y orientación ética de
la protección de los Derechos Humanos”
4
Citado por RAFEL MONCHO i PASCUAL, Josep. “Sobre la dignidad humana”, pp. 190-191.

10
especial o rango otorgado a algunas personas. En algunos tiempos y grupos

sociales, la dignidad ha sido asociada a la casta, a la raza: habría castas, razas

dignas, con privilegios-derechos, y castas, razas indignas, en situación de

inferioridad, sin derechos, serviles, instrumentalizables. Ese rango de dignidad

las hace merecedores de privilegios-derechos que todos deben reconocer

mostrando cierta reverencia hacia ellas. La dignidad es, de este modo, algo

que se hereda por nacimiento; que, heredado, se mantiene de por vida y divide

a los seres humanos, con una franja intransitable, en dignos e indignos;

superiores e inferiores. La dignidad, en este sentido, no iguala, sino que es

razón de diferenciación entre personas, grupos y sociedades.

A veces, este calificativo de digno-indigno, va asociado al calificativo de puro-

impuro, marcando así ya de cierto carácter moral la pertenencia a grupos

naturales, sociales o laborales. En algunas culturas, no sólo habría razas o

grupos más dignos, sino mejores; pertenecer a un determinado grupo social

puede ser más valorado y mejor visto que pertenecer a otros, habría trabajos

más dignos que otros e incluso indignos para algún grupo social o ‘dignidad’5.

Desde esta diferente dignidad, se establecen los privilegios-derechos de cada

uno. Elaboradas las leyes a partir de estos, las diferencias entre las personas

quedan consagradas.

5
Hago referencia aquí a los artículos de ETXEBERRIA, Xabier., RAFEL MONCHO i PASCUAL,
Josep, y VALLS, Ramón. Podemos pensar también que, aunque este sentido de dignidad sea
hoy inconcebible y criticado, es una tendencia frecuente que grupos sociales o políticos se
otorguen a sí mismos algunos privilegios ‘por ser quien son’.

11
Uno de los códigos legales más antiguos de los que disponemos es el Código

de Hamurabi (1760 A.C). En él, se reconocen los derechos de todos los grupos

sociales, pero ‘consagrando’ la diferencia entre ellos en función del rango de

dignidad de cada uno (derechos iguales para hombres iguales). En efecto, los

derechos del hombre libre, son diferentes a los del hombre esclavo, del menor

o de la mujer. También la Polis griega se dividía en hombres esclavos y libres.

Estos últimos podían o no ser ciudadanos. Sólo los ciudadanos tenían

derechos políticos. Entre ellos, no contaban ni las mujeres ni los niños.

Dignidad es, en estos casos, un calificativo otorgado a algunas personas por

ciertas circunstancias a las que se les confiere ciertos privilegios-derechos.

En un segundo sentido, hay también una connotación moral del calificativo

‘dignidad humana’. Tiene que ver con las acciones y no con el rango de la

persona: habría acciones que hacen a la persona ‘digna’ y otras que la hacen

‘indigna’ y, por ello, podrían ser tratadas sin consideración, careciendo de

cualquier derecho que perdieron por causa de sus acciones6.

Esta dignidad moral, se basa en lo que debemos ser, más que en lo que

somos. Hace a la persona merecedora de reconocimiento, méritos y premios,

semejante a derechos adquiridos por las acciones dignas realizadas. Está más

ligada a la voluntad que a la misma naturaleza de la persona. En virtud de esta

diferencia se podría manifestar superioridad moral de unos hacia otros. Sigue

creando una diferencia entre las personas dignas e indignas (buenas y menos

6
Este segundo sentido está también muy presente en nuestras sociedades. Es frecuente
escuchar: “tiene lo que se merece”; sin pensar en por qué se lo merece y qué es lo que le hace
merecedor de ello.

12
buenas o malas), aunque esta frontera ya no es infranqueable en ninguna de

las dos direcciones, como en el caso anterior.

En el mejor de los casos, en este sentido, digno puede ser sinónimo de ‘propio’,

correcto, conforme: la conducta que es o no propia, correcta del ser humano; el

modo de proceder que se puede esperar del ser humano en condiciones

normales y lo que resulta inesperado, impropio, inadecuado, incorrecto,

improcedente. Se quiere afirmar que, en el desarrollo integral de la persona

humana, no todo es válido; no cualquier cosa sirve. Es decir, no todo

contribuye a dicho desarrollo y plenitud de la persona humana. Podemos decir

que hay acciones que ‘dignifican’ (en el sentido de ‘engrandecen), a la persona

humana y otras acciones no la dignifican, es decir, no dejan trasparecer lo

mejor de sí misma; no la desarrollan como persona.

Es importante tomar en serio este aspecto moral de la dignidad humana porque

nos lleva a entender que el ser humano es ‘estructuralmente’ moral y que no

podemos marcar una frontera clara y neta entre la ontología y la acción.

Hay una circularidad entre lo que somos y lo que hacemos o cómo nos

comportamos, de tal manera que nuestra acción y conducta manifiesta y

moldea lo que somos. Así, alguien que actúa y se comporta de manera justa

manifiesta su ser justo, pero también queda pre-dispuesto para seguir actuando

y comportándose de manera justa. Lo mismo sucede con quien actúa y se

comporta de manera corrupta, queda predispuesto para seguir actuando y

13
comportándose de la misma manera y configurando su carácter y personalidad

de dicha manera7.

Teológicamente, podemos decir que, así como fuimos creados a imagen y

semejanza de un Dios que tiene ojos para ver, oídos para oír, boca para hablar,

pies para ‘bajar’ y manos para salvar, quienes adoran a ídolos acabarán

moldeados a imagen y semejanza de ellos8.

Esto nos permite entender lo que algunos llaman ‘indignación ética’. Es la

capacidad de reaccionar enérgicamente frente a todo aquello que se considera

no ser propio del ser humano. La indignación ética es el primer paso y

condición para la defensa de la dignidad humana y la humanización de la

sociedad. Es una indignación que no brota de una circunstancia o de una

ideología particular, sino del mero hecho de tener un sentido de lo que es

propio del ser humano9.

I.2.- EN LA DSI

Siendo muy importante esta connotación moral de la dignidad humana, no es

aún el horizonte en el que se mueve la Doctrina Social de la Iglesia cuando

habla de la dignidad humana. Cuando la Iglesia proclama y habla de la

dignidad humana, no hace referencia a lo que hacemos o al modo de

comportarnos, sino a lo que somos. Y no heredado por nacimiento como un

7
Aunque no es objeto de estudio de este trabajo, queremos señalar la importancia del tema.
Hoy se habla y se podría profundizar mucho en las bases neurológicas de la ética.
8
Comparar Ex 3, 7-10 y Sal 115 (113b) 4-8.
9
A pesar de que hoy, en Europa, se habla mucho de la ética de la indignación o de la
indignación ética, ya Gustavo Gutiérrez colocaba ésta como punto de partida de la Teología de
la Liberación (cfr. Teología de la Liberación, Sígueme, Salamanca, 1975).

14
calificativo a nuestro ser, sino como el valor fundamental recibido en y por la

propia naturaleza, el propio ser, independientemente de la raza, casta, familia,

linaje, cultura, costumbres, hábitos y tradiciones.

En la DSI, dignidad no es un calificativo que se añade al ser humano, sino un

sustantivo que designa al ser humano. Es lo ‘último’; el núcleo más profundo, el

valor mismo del ser humano. «El hombre posee una intrínseca dignidad»10. No

le viene de fuera ni que se la dan otros. Y la raíz está en lo que somos: hijos de

Dios; la única criatura que Dios ha querido por sí misma. Todos los seres

humanos somos iguales en dignidad porque hemos sido creados a imagen de

Dios y a Él estamos llamados. Nuestra igual dignidad radica en nuestro común

origen y común destino: Dios. La dignidad tiene una dimensión no sólo causal,

sino también teleológica: «disfrutan de la misma vocación y de idéntico

destino»11.

Este tercer sentido de “dignidad”, cambia significativamente los dos anteriores.

Es una crítica radical del primero de ellos (dignidad unido a rango recibido por

la familia, casta, raza, linaje…) y es una transformación relevante del segundo

(dignidad recibida por el modo de proceder). La dignidad es algo que se posee,

si se puede hablar así, porque ni siquiera se posee, sino que se es, por el mero

hecho de ser humano: «La dignidad del hombre es la dignidad de la imagen de

Dios»12. Por tanto, no se necesita merecer y no se pierde por lo que se pueda

hacer. La dignidad deja de ser un criterio de diferenciación y pasa a ser el

10
Juan XXIII. PT 2.
11
Cfr. GS 24; CDSI 47; GS 29. Ya León XIII lo había expresado de manera sencilla en la
encíclica RN 18: “todos hemos sido llamados a la dignidad de los hijos de Dios, por tanto al
vínculo de la fraternidad”.
12
Pío XII. Mensaje Radiofónico Benignitas et Humanitas. 1944.

15
criterio radical de igualación13. Y es por esta dignidad intrínseca e igual para

todos, que todos gozamos de los mismos derechos14.

A partir de aquí, podemos decir que la dignidad es un valor inherente al ser

humano que nos hace considerarlo como algo diferente de un animal, una cosa

o un objeto. No es un valor instrumental. Nos obliga a considerar al otro como

un fin y no como un medio, por el hecho de ser persona. Esta concepción de la

dignidad fundamenta la igualdad.

I.3.- TEOLOGÍA SUBYACENTE

Esta afirmación sobre el origen de la igual dignidad humana supone una

teología. Vamos a recordar brevemente cuatro ‘voces’ teológicas presentes en

la DSI: Jesucristo, Dios, Hombre e Iglesia. No es fácil separar estas cuatro

voces pues la realidad a través de la cual podemos percibir y experimentar, es

una. Por eso, se entenderá que, aún intentando distinguirlas, algunos aspectos

se entremezclen.

I.3.A.- Imagen del Dios invisible (Col 1, 15)

El núcleo primero de la predicación cristiana es el Kerygma que presentamos

aquí de manera sucinta: Jesús de Nazaret, hombre acreditado por Dios y

crucificado, ha sido resucitado y constituido Señor por Dios y nosotros somos

testigos de ello15. Sin negar la revelación progresiva preparatoria, los cristianos

reconocemos en Jesús la revelación plena y definitiva de Dios. Jesús es la

13
Cfr. PT 44, 158; OA 16.
14
«Hay otros derechos que no proceden de ninguna obra realizada por él, sino de su dignidad
esencial de persona» dirá Juan Pablo II en CA 11.
15
Cfr. Hech. 2, 14-39; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 16-41.

16
Mediación de Dios. Por lo que empezaremos hablando del Dios manifestado en

Jesucristo16.

Jesús es Dios encarnado, imagen del Dios invisible, Palabra de Dios hecha

carne. Es el Hijo de Dios, el Nuevo Adán, el Primogénito de toda la creación.

En Jesucristo se lleva a cabo el acontecimiento decisivo de la historia de Dios

con la humanidad17. Jesús anuncia la Buena Nueva del reino de Dios como

presencia activa de Dios en la historia como liberación de todo lo que oprime al

ser humano. Hace ya presente la salvación por sus palabras y acciones. De

manera especial por su estilo de vida como profeta-siervo. Confía a la

comunidad de discípulos por él conformada y formada, la misión que él mismo

recibió del Padre18.

I.3.B.- El Dios de Jesús

Jesús nos revela a Dios Padre, y Creador de todas las cosas. El CDSI lo

expresa diciendo que Dios es el origen de todo lo que es y la medida de lo que

debe ser; «primera y última causa de toda la realidad creada»19. En un acto

libre y gratuito creó al ser humano a su imagen y semejanza y lo colocó como

señor y dueño del resto de la creación20.

Hay una diferencia radical entre el ser humano, creado a imagen y semejanza

de Dios y el resto de la creación que, siendo también criaturas de Dios, no


16
Esto nos evita caer en una fácil teodicea y nos ayuda a entender y situar teológicamente lo
nuclear de la fe cristiana contra otras imágenes de cualquier dios. Aunque, como muy bien
avisa Santiago a los cristianos de su comunidad: no basta con confesar un solo Dios. Hasta el
espíritu inmundo confiesa que Jesús es el santo de Dios (cfr. St 2, 19; Lc 4, 34).
17
Cfr. CDSI 28-29; GS 22.
18
Cfr. EN 7-13; EG 24.
19
MM 215.
20
Cfr. CDSI 20, 26 y 36.

17
fueron creadas a imagen y semejanza de Él, sino para ayudar al ser humano

en sus trabajos21.

En Jesús, Dios se revela como Liberador y Dios de la promesa o de la

alianza22. Es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob; el Dios de Moisés que sacó al

pueblo de Egipto e hizo con él una alianza. Esa liberación y alianza se realizan

ahora, de manera definitiva, en Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor, salvador,

redentor y servidor.

El Dios de Jesucristo, el Dios de los cristianos, no es un dios individualista o

solitario. En Jesús se nos revela un Dios que es comunión; es una perfecta

comunidad de Tres personas distintas en perfecto don y acogida: Padre-Hijo-

Espíritu: «realmente distintos y realmente uno, porque son comunión infinita de

amor»23.

I.3.C.- Hijos en el Hijo (Rom 8, 14-16)

A imagen y semejanza del Dios revelado en Jesús fue creado el ser humano.

Somos “hijos en el Hijo”. El ser humano es ‘hijo’ de Dios Padre y hermano de

Jesucristo; con capacidad para conocer y amar a su Creador, y constituido

señor de la creación para gobernarla y usarla glorificando a Dios24.

21
Cfr. CDSI 26; GS 12; Gn 2, 18.
22
Cfr. CDSI 21-23.
23
CDSI 31
24
Cfr. GS 12. Así lo expresó también Ignacio de Loyola en sus EE: “El hombre es criado para
alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las
otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la
prosecución del fin para que es criado” EE 23.

18
Creado a imagen de Dios Creador, el ser humano está llamado a co-crear, a

dominar la tierra. Esta capacidad de co-creador le da capacidad de iniciativa y

trabajo25. Participante de la luz de la inteligencia divina, el ser humano está

capacitado para percibir la realidad y tomar conciencia de sí mismo. Es

esencialmente un ser libre (y, por tanto estructuralmente moral). Es decir que

tiene la capacidad de tomar distancia del medio y de optar por diferentes

respuestas, justificar la elección y responsabilizarse de ella. Es auto-nomo: es

él mismo quien puede darse leyes a sí mismo sin ser coaccionado por

presiones que vienen de fuera.

Pero así como cada uno tiene la libertad de orientar su vida como quiera (auto-

nomía), la igualdad fundamental de todos los hombres hace que nadie puede

privar a nadie de esa misma libertad. Es decir, el sentido de la propia libertad

nos marca el deber del respeto de la autonomía ajena. Ahora bien, respetar al

otro no se puede reducir en un simple “no entrar en sus asuntos”, sino

reconocer en el otro su destino sagrado y su valor intransferible26. Pero

volveremos a hablar de esto un poco más tarde.

Creado a imagen de Dios –comunión perfecta- el ser humano es social y

comunitario por naturaleza. El ser humano es fruto de la comunión y en ella

encuentra su plenitud27. Es por eso que el ser humano sólo encuentra su plena

25
Cfr. PT 34; GS 15.
26
Cfr. SETIÉN, José María. Obras completas III. Pp. 63-65.
27
Cfr. Gn 2, 18. Este relato que se ha utilizado tanto para justificar la natural desigualdad entre
el hombre y la mujer, expresa justamente todo lo contrario, pues el hombre, en la “compañía y
ayuda adecuada” que Dios le ofrece en los animales, no encuentra a alguien con quien entrar
en comunión. Y sí encontrará en la mujer “carne de su carne y huesos de sus huesos”.

19
realización cuando establece relaciones de comunión con sus semejantes. La

comunión se convierte, así, en origen y destino del ser humano.

La necesidad de vivir en sociedad, no le viene al ser humano como medida

para defenderse de los otros a modo de contrato social que permita la

convivencia pacífica. Su naturaleza social está impresa en su ser más

profundo. El ser humano es naturalmente social y no puede vivir ni desplegar

sus cualidades sin relacionarse con los demás y buscar su bien. Hay unos

lazos ingénitos solidarios entre nosotros que superan los naturales que el

destino de unos está ligado al de los otros. La solidaridad, como dice el Papa

Francisco en su Exhortación Apostólica, es más que actos esporádicos de

generosidad. Eso es una mala interpretación28. «La solidaridad expresa la

verdad moral según la cual “ningún hombre es una isla por sí mismo, cada

hombre es un trozo de continente, una parte el océano” (John Donne)»29.

Por último, abordamos lo más nuclear de la antropología cristiana subyacente

en el concepto dignidad de la persona humana. Y es que el ser humano es

esencialmente transcendental30.

Por naturaleza el ser humano está llamado a transcenderse, a ir más allá de lo

inmediato, a imaginar, soñar y crear. Es este ser transcendente lo que marca

de manera definitiva la dignidad humana y la que debe orientar todo el ser

28
Cfr. EG 188.
29
CONFERENCIA EPISCOPAL CATÓLICA DE INGLATERRA Y GALES. “El bien común y la
Doctrina Social de la Iglesia” 23. Cfr. GS 12; SRS 40.
30
El CDSI recoge bastantes veces la expresión “dignidad trascendente”, como si fuera un
adjetivo calificativo innecesario y añadido (cfr. 4, 132, 155, 301), pero debe entenderse el
deseo de Juan Pablo II y Benedicto XVI de no olvidar que la transcendencia es inherente y
fundamento de la dignidad humana (cfr CA 5, 44, 47; CiV 29, 53).

20
humano en vistas a plenificarse como criatura. Es preciso que el ser humano,

imagen de Dios, despliegue su capacidad, otorgada por su Creador, tomar

distancia de la realidad para comprehender, discernir, elegir, decidir y realizar

aquello que más le conduce al fin para el que ha sido creado: la comunión. Ya

lo afirmó el Concilio Vaticano II dijo: «La razón más alta de la dignidad humana

consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios»31. Y es que Dios es el

garante del verdadero desarrollo del hombre. El ser humano no es un átomo

perdido en un universo casual, sino una criatura de Dios, destinada a

transcenderse en una vida sobrenatural. Eliminar su transcendencia es limitar

el ser humano a un producto de la materia, de la historia o de la cultura;

eliminar su propia grandeza32.

Ya Juan XXII afirmaba que la persona, separada de Dios, se torna inhumana

para sí y para sus semejantes, porque las relaciones humanas exigen de modo

absoluto la relación directa de la conciencia de la persona humana con Dios,

fuente de toda verdad, justicia y amor. Es esta transcendencia que le otorga al

ser humano una dignidad ‘intangible’. Pues tocarle a él es tocar a Dios. La

dignidad del ser humano es la dignidad de la imagen de Dios. Y es ésta la que

le hace necesariamente ser el fundamento, causa y fin de todas las

instituciones sociales33.

Pablo VI, en la OA recordó que los miembros de la humanidad participan de la

misma naturaleza, y, por consiguiente, de la misma dignidad, con los mismos

31
GS 19.
32
Cfr. CiV 29.
33
Cfr. MM 215; 219.

21
derechos y los mismos deberes fundamentales, así como del mismo destino

sobrenatural.

Juan Pablo II hablando de la dignidad transcendente, afirma que el ser humano

recibe de Dios su dignidad esencial y con ella la capacidad de trascender todo

ordenamiento de la sociedad hacia la verdad y el bien. Se aliena la persona

que rechaza trascenderse a sí mismo34. De aquí se sigue que es este igual

destino transcendente que fundamenta la inalienabilidad de unos derechos

refrendados por Dios.

Este ‘ser trascendente’ es lo que permite al ser humano crear, ver más allá de

sí mismo, pensar, soñar, salir de sí y entregarse de manera generosa y

gratuita… es decir, amar hasta decidir entregar la vida. Y para amar es

necesario poseerse (para poder desposeerse). Por eso, la expresión de su ser

trascendente es la libertad. De ahí, la responsabilidad, condición de la libertad,

de orientarse y orientar toda la vida y el ser, para el fin para el que ha sido

creada la persona humana35.

Es por eso que la Iglesia no puede dejar de proclamar y defender que la

dignidad de la persona humana, imagen de Dios, la hace protagonista: sujeto,

fundamento y fin de la vida social36. La persona humana, las personas

humanas, conscientes de su dignidad y vocación, deben vivir, trabajar y

organizar la vida comunitaria y social de tal manera que cada persona pueda

34
Cfr. CA 38, 41.
35
Como dice Don José María Setién: «El hombre tiene un valor absoluto en virtud de una
religación teleológica a Dios. (…) es intocable no sólo porque tiene conciencia de sí mismo (…)
porque está llamado al encuentro con el Absoluto total». Obras completas III, pag. 180.
36
Cfr. PT 26.

22
realizarse plenamente; realización que se dará en la medida que se oriente

para su fin: la comunión con Dios y con la humanidad.

I.3.D.- La Iglesia

No podemos dar por finalizado este apartado sobre la teología subyacente al

término ‘dignidad de la persona humana’ sin decir una palabra sobre la Iglesia.

La Iglesia, familia de Dios en el mundo, «columna y fundamento de la verdad»

(1Tim 3, 15)37 es signo en la historia del amor de Dios hacia la humanidad. Está

en el mundo y camina junto a ella, no para juzgarla, sino servirla e iluminarla

con su anuncio de la Salvación. Esta salvación, que no es de orden político, sí

tiene sus expresiones y exigencias sociales, políticas, económicas. Por eso, la

Iglesia tiene el deber de interpelar, señalar, indicar, proponer, sugerir, recordar

los aspectos que tienen que ver con el respeto de la dignidad humana. Y

aunque no tenga un modelo que ofrecer, sí orienta e indica los principios de la

sociedad y de la convivencia humana38.

Como dice el CDSI: su misión es anunciar y comunicar la salvación realizada

en Jesucristo; es decir la comunión con Dios y entre los hombres. El fin de la

salvación, el Reino de Dios, incluye a todos los hombres y se realizará

plenamente más allá de la historia, en Dios39.

Por eso, no hay nada humano que le sea ajeno a la Iglesia y es en la compleja

red de las relaciones sociales donde la Iglesia está llamada a anunciar el

37
Cfr. DCE 25; MM 1.
38
Cfr. MM 218-220; GS 40; CA 22, 46; CDSI 2, 3, 18, 19, 49, 60, 62; CiV 9.
39
Cfr. CDSI 49.

23
Evangelio y el Reino de Dios cuyo mensaje más alto es la dignidad del ser

humano y su vocación a la filiación divina40.

I.4.- DIGNIDAD, DERECHOS Y LIBERTAD

Una vez presentado el alcance de la dignidad humana, retomamos un poco

más detenidamente aquí las consecuencias de esta dignidad. De la dignidad

ontológica-ética se desprende la igualdad de derechos y deberes41. Y éste es

uno de los puntos importantes que la DSI afirma y recuerda que no podemos

olvidar.

Afirmamos una vez más que la libertad es el signo visible de la imagen de Dios

en la persona42. Es uno de los temas más claros y explícitos en los documentos

eclesiales y el CDSI dedica los párrafos del 135 al 143 para hablar de ella.

Por la libertad, que no es un atributo de la dignidad, sino expresión y garantía

de la misma, la persona puede y debe proceder por propia iniciativa, decisión,

convencimiento, responsabilidad y sin coacción exterior43. Es esta libertad la

que hay que preservar cuando se busca defender la dignidad de la persona

humana; pues ella le confiere una serie de derechos inherentes a esta libertad:

libertad de elegir, de pensar, de opinar, de creer, de expresar las creencias, de

trabajar, de moverse, de desarrollarse… Todo ello recogido en lo que hoy se

conoce como Derechos Humanos y que la Iglesia asume y reconoce, aunque

no se supedita a ellos.

40
Cfr. Pío XII. Mensaje Radiofónico Benignitas et Humanitas. 1944.
41
Cfr. CDSI 132-134.
42
Cfr. CDSI 135; GS 17.
43
Cfr. PT 34, GS 17.

24
En efecto, la defensa de los Derechos Humanos es acertada tanto cuanto

defiende la dignidad (libertad) de la persona humana y no al contrario. Es decir,

La Iglesia defiende y exige el respeto a los Derechos Humanos porque

defiende la dignidad humana. Pero lo que tiene en el centro de su reflexión es

la persona humana, que debe ser respetada en su dignidad.

Sin embargo, por esta misma libertad, al ser humano se le confiere también la

responsabilidad y, con ella, los deberes. Derechos y deberes son dos caras de

la misma moneda. No hay libertad sin derechos y sin obligaciones. La primera

obligación de todas ellas es la responsabilidad del propio crecimiento (con lo

que implica de desarrollarse no sólo como individuo, sino también como

persona, es decir, en la dimensión social). Así, podemos hablar de una libertad

responsable que conduce a reconocer los deberes frente a los demás44.

La Libertad queda impresa junto con el sentido de responsabilidad; la

capacidad de responder frente a sí mismo, ante los demás y ante Dios de las

propias acciones y decisiones. La libertad, que es responsabilidad, se

desarrolla en el compromiso solidario45. La dignidad humana se manifiesta,

pues, en una doble vertiente: hay una dimensión objetiva de la dignidad (es

decir, la afirmación del valor absoluto del ser humano, nunca mediatizable a

otra realidad y al que todo está subordinado) y una dimensión subjetiva de la

dignidad (es decir; la responsabilidad frente al mundo y ante la historia). La

44
Cfr. PT 34, 45; PP 15; OA 24, 27
45
Cfr. OA 47

25
persona ha de «humanizar» la tierra (ética de la responsabilidad) y ha de

construir una historia solidaria (ética de la solidaridad).

De ahí que como decíamos anteriormente, no se puede apelar a la libertad

para desentendernos del otro, de la creación o de la historia como si todo fuera

una responsabilidad ajena que no nos incumbe. Una tal indiferencia aliena a la

persona y a la sociedad que lo permite o favorece, pues está invirtiendo los

medios y fines no favoreciendo a la persona humana transcenderse en la

donación gratuita, generosa y la formación de la solidaridad interhumana46. «La

solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así

en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las

tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra

nueva vida»47.

Hay pues una continuidad lógica o nomológica, si se puede decir, entre

dignidad – libertad – responsabilidad. Y el fundamento de ello es el lazo natural

entre la libertad y la transcendencia. La libertad es la capacidad de tomar

decisiones que superen lo inmediato, que nos hagan ir más allá de nosotros

mismos con perspectiva de futuro. Por ella somos capaces de amar con

exigencias de totalidad, hasta decidir entregar la vida por amor a la verdad, a la

justicia; es decir: somos capaces de transcendernos. Responsabilizarnos del

otro, elegido de manera consciente y sin coacción externa, libera. La

conciencia de ser interdependientes y, por tanto, seres contingentes, no nos

46
Cfr. EG 54, 196; CA 41.
47
EG 228.

26
lleva a un sentimiento servil, sino de apertura mutua, amor-amistad y busca de

comunión.

Este mismo sentimiento es el que se crea cuando la transcendencia no se

limita al otro, sino que se abre al Otro: al origen de toda libertad, a la Libertad

Absoluta. Y es que, por paradójico que parezca, la libertad humana se libera

cuando es capaz de establecer ese vínculo con un Absoluto diferente de sí

mismo que lo abre al infinito. Al final de cuentas, se gana libertad cuando se

abre a la transcendencia y al Transcendente.

I.5.- PERTINENCIA DE ESTE DISCURSO

Queremos abordar ahora un punto, a nuestro parecer, oportuno: ¿Es pertinente

este discurso? Es decir, nos preguntamos si lo dicho hasta ahora es razonable

y, por tanto, se puede ofrecer como luz de la humanidad (sociedad) en general

o si la Iglesia no puede proponer su doctrina y pensamiento sino a sus

miembros y, por tanto, no dejaría de ser una simple moral particular.

Una vez planteada la pregunta, lo primero que viene al pensamiento, por

supuesto es: de qué humanidad en general estamos hablando. En efecto, la

humanidad en general no existe ‘en estado puro’, sino que existen culturas

(que es una segunda naturaleza humana) y religiones (¿inculturadas?). Un

cierto europeo-centrismo puede darnos a pensar que para validar un

pensamiento tiene que ser aceptado por el europeo o, en el mejor de los casos,

el norte-americano… Sin embargo, no existe únicamente la cosmovisión del

Norte y Occidente, existe también la cosmovisión de los pueblos del Sur y del

27
Oriente. Y no podemos afirmar, sin más, que la europea y occidental sea mejor

que las otras.

No hay duda de que la cosmovisión norte-occidental es individualista. Se ha

supra-valorado la dignidad individual con todos los derechos individuales que le

competen. La libertad ha sido entendida como desentendimiento del otro,

autonomía e independencia. El discurso eclesial de estar creados a imagen y

semejanza de un Dios-comunidad, y las consecuencias que de ello se derivan,

no ha sido recibido apenas por la cultura y filosofía occidental. Y hay una

negación sistemática de cualquier discurso que pueda sentirse un poco teñido

de religiosidad reduciendo ésta para el ámbito privado y prescindiendo de la

dimensión transcendental de la persona humana como ‘no científica’.

Desde otras cosmovisiones hay una percepción más holística del ser humano.

Así, en las culturas indígenas de los pueblos de América Latina encontramos la

concepción de una interrelación entre todo y todos. El ideal último, el ‘buen

vivir’ (Sumaj Kawsay en quechua, Suma Qamaña en aymara o Teko Porã en

guaraní), es saber vivir en armonía con la tierra madre, consigo mismo, el

universo y los otros. La felicidad última, buscada por los orientales no se

alcanza si no es con la negación del ‘yo’ y la superación de todos los deseos

para entrar en armonía con lo más profundo de uno mismo, con la creación y

con los demás. Es interesante como pueblos del Oriente, como Bután, país

budista, entiende y ‘exporta’ la idea de que el crecimiento de la felicidad

nacional es más importante que el crecimiento del producto nacional

estableciendo así un equilibrio entre lo material y lo espiritual. Todavía está en

28
nuestras mentes aquella frase famosa de Gandhi, hinduista, “toda guerra es

civil porque todos somos hermanos”. Por último, frente al “pienso, luego existo”

de Descartes, que tanto marcó el racionalismo instrumental de Occidente, en

las culturas africanas es típico y general aquél dicho “soy conocido, luego

somos”; “soy porque somos” que marca de manera radical la dimensión

comunitaria y de alteridad tan propia de las culturas subsaharianas48.

De hecho, en la época moderna occidental, el concepto de dignidad fue

reformulado. Se aceptó que la dignidad del ser humano derivaba de su

naturaleza humana pero dicha naturaleza se desvinculó progresivamente de

cualquier origen divino. Se hizo un elogio de las capacidades humanas pero

deduciendo de estas capacidades su dignidad, sin acudir a ningún origen

religioso. El antropocentrismo quedó preservado insistiendo en la superioridad

del ser humano sobre el resto de los animales. Pero esta superioridad del ser

humano sobre el resto de la creación desligado de su origen y destino

transcendente comienza a ser cuestionada por muchos. Pues si sólo somos

individuos, ¿por qué tendríamos más derechos que el resto de individuos de

otras especies?49

Nos encontramos que, negando la dimensión transcendental del ser humano,

su dignidad se vuelve arbitraria. Por dimensión transcendental estamos

diciendo esa capacidad humana de ir más allá de sí mismo, en busca de un

48
Para seguir profundizando estos aspectos recomiendo leer: Revista do Instituto Humanitas
Unisinos, nº 340, Agosto 2010; IHU Notícias, 30 Novembro 2009 y 2 Abril 2012; BUJO,
Bénézet, Foundations of an African ethic Beyond the universal claims of western morality.
49
Sin ir más lejos, en un anuncio publicitario televisivo de defensa de los animales, se está
equiparando la actitud de abandono de los perros por parte de sus dueños, de la actitud de
abandono de los dueños por parte de sus perros. Un artículo interesante a este respecto es:
“Una aproximación al concepto de dignidad humana” de Antonio Pelé.

29
absoluto fuera de sí que le dé razón y sentido a su existencia. Y es necesario

que este absoluto le plenifique como persona humana en todas sus

dimensiones. No se puede negar la dimensión religiosa del ser humano como

algo propio y natural de la persona humana que lo distingue del resto de la

creación. El ser humano no tiene consistencia para ser él el Absoluto. Cuando

se le priva de la referencia personal al Absoluto distinto de sí mismo, queda

reducido a su propia fragilidad y cae en el abismo de la propia inconsistencia,

de la que sólo el lazo que le une a Dios le puede liberar50.

Es cierto que en Occidente, hay corrientes que intentan una mirada holística

del sujeto humano. La filosofía del lenguaje y psicología personalista reconocen

que es en la comunidad que se desarrolla el conocimiento y la persona. Puedo

decir ‘yo’ porque alguien dijo ‘tú’; sin alteridad no hay persona. Es importante

entender que encerrando y reduciendo a la persona en sí misma ésta queda

anulada y destruida. «Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del

espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar.

Ciertamente el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al fin y al cabo,

sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre. El humanismo

exclusivo es un humanismo inhumano»51.

La experiencia de muchos de los que hemos salido de nuestra familia, cultura y

país es que es en contacto con la alteridad como nos conocemos mejor.

Conocemos nuestra cultura y todos los valores y contravalores que ella

encierra cuando entramos en contacto con otras culturas y nos dejamos ‘mirar’

50
Cfr. GS 36; CA 41.
51
PP 42.

30
por ellas. Lo mismo pasa a nivel personal e incluso a nivel religioso: es en el

diálogo inter-religioso cuando descubrimos más la genuinidad del

cristianismo52.

Desde las diferentes culturas y religiones muchas cosas y aspectos se pueden

cuestionar de la doctrina cristiana tal vez demasiado marcada en la expresión

literal de sus documentos por la filosofía occidental. Pero queda como reto y

desafío para todos asumir el criterio personalista como origen, centro y destino

de toda la actividad social, política y económica. Una sociedad que se quiere

laica, podrá (y deberá) no asumir una confesión religiosa determinada, pero no

podrá eludir la cuestión de la dimensión transcendente de la persona humana.

I.6.- LO QUE DESTRUYE LA DIGNIDAD HUMANA

Hemos afirmado que la dignidad de la persona humana es inherente,

inalienable y universal. Sin embargo, tenemos que reconocer que esta dignidad

muchas veces se ignora, se desconoce, se omite, excluye, destruye, quiebra,

pisotea; se prescinde de ella en las relaciones humanas. Hemos ido ya notando

cómo hay elementos que no respetan la dignidad humana. El hecho de no

tener una visión holística de la persona humana reduciéndola a su dimensión

de individuo, no permite el pleno desarrollo de la persona humana y no es, por

tanto, respetuosa de su dignidad.

52
Cfr. BUJO, Bénézet. Foundations of an African ethic. Beyond the universal claims of Western
morality. Esto es también una lección para la razón instrumental occidental que considera
conocimiento únicamente aquello que pasa por la razón y los libros y que está más preocupada
en lo que puede conseguir ‘hacer’ más que en lo que puede ayudar a ser a toda la humanidad
como familia humana.

31
Pero también se quebranta la dignidad cuando se trata a la persona como puro

medio que vale para algo. Se considera así que no tiene valor en sí, sino

precio. Cuando esto acontece se manipula o explota a la persona para un

interés particular; se le oprime, domina, controla… se le trata como un objeto y

no como un fin en sí mismo. Resultan escandalosos los casos de tráfico de

seres humanos, venta de órganos, la coacción de niños soldados, niñas

utilizadas como esclavas sexuales y tantas otras situaciones actuales que

destruyen la dignidad y sacralidad de la persona disponiendo de ella como

cosa. «Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos se lucran

despreciando las leyes morales y civiles, en la devastación de los recursos

naturales y en la contaminación, en la tragedia de la explotación laboral; pienso

en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a

menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas

económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y

mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes,

sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la

abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los

menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del

mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los

que se especula indignamente en la ilegalidad»53.

Otra manera de ‘degradar’ a la persona es considerar que la persona no vale ni

siquiera como puro medio. Se actúa con ella como si no existiera, se prescinde

de su vida y su existencia con absoluta indiferencia obligándole a la exclusión y

53
Mensaje de Francisco para la celebración de la XXLVII Jornada Mundial de la paz. Cfr.
ETXEBERRIA, Xabier. “Fundamentación y orientación ética de la protección de los Derechos
Humanos”.

32
marginación. Resulta indignante cuando encontramos personas recluidas en

casa o residencias, abandonadas… y qué decir de políticas y economías que

marginan grupos sociales enteros por no ser ‘productivos’. Es lo que denuncia

el Papa Francisco: hay personas y grupos sociales que ya, ni siquiera son

explotados; son simplemente ‘ignorados’, descartados, excluidos: «No puede

ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que

sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede

tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es

inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del

más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de

esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas:

sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo

como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio

a la cultura del “descarte” que, además, se promueve. Ya no se trata

simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo

nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la

sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o

sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son « explotados » sino

desechos, “sobrantes” »54.

Por último, debemos también reconocer que se da otra manera, y más

frecuente de lo que pudiera parecer, de negar la dignidad de la persona y es

cuando se considera que es un desvalor peligroso; más vale que no exista; hay

que hacerlo desaparecer. Es el exterminio de personas, pueblos, razas,

54
EG 53.

33
religiones… Colocamos aquí todo tipo de totalitarismos y fundamentalismos

que, al fin y al cabo son lo mismo y tienen la misma raíz: las ideologías y, con

ellas, la perversión del poder55. Con razón el Papa Francisco ha reconocido

que hasta los derechos humanos pueden ser utilizados como justificación de

intereses individuales o de los pueblos más ricos y, como dicen los obispos de

Inglaterra y Gales, «No todo lo que se afirma como “derecho” lo es realmente.

No existe el “derecho de optar” por hacer daño a otra persona, por ejemplo. La

proliferación de supuestos “derechos” puede devaluar el concepto mismo de

“derecho”»56.

Esto, en lenguaje religioso tiene una palabra: pecado, que es la negación de

Dios que conduce a la negación de la persona y a la destrucción de la

humanidad. Y pecado mortal porque produce mucha muerte. Hoy habría que

recuperar la dimensión y gravedad objetiva del pecado que destruye.

Es esta destrucción provocada por la perversión del poder la que expresa el

relato del libro del Génesis cuando quiere explicar la presencia del mal en el

mundo. Estamos llamados a vivir en comunión, abiertos unos a otros en la

diferencia y abiertos a Dios en natural sintonía, en una relación de amistad y no

de competición. Todas las cosas están a nuestra disposición para ese fin, pero

55
Sobre las ideologías ya hablaron Pablo VI en PP, Juan Pablo II en CA y Benedicto XVI en
CiV. Como ejemplo del totalitarismo de las ideologías y la perversión del poder que suponen
coloco el cómo hoy se utiliza la defensa de los Derechos Humanos para hacer la guerra y
establecerse una nación en juez del universo hasta tal punto que no concordar con tales
políticas sería equiparado a no defender los Derechos Humanos y, por tanto, la dignidad
humana. Aconsejo leer al respecto: BRICMONT, Jacques. Imperialismo humanitario. El uso de
los Derechos Humanos para vender la guerra.
56
Cfr. EG 190; CONFERENCIA EPISCOPAL CATÓLICA DE INGLATERRA Y GALES. “El bien
común y la Doctrina Social de la Iglesia” 36. Los acontecimientos de estos últimos tiempos en
varias partes de nuestro planeta nos hacen ver que la práctica del exterminio de grupos
sociales y religiosos no es cosa únicamente del pasado. El miedo al otro, que es diferente, nos
conduce a menudo a querer hacerlo desaparecer porque se nos presenta como una amenaza.

34
el deseo de poseer se reviste de ideologías (razones fundadas pero falsas, las

que da la serpiente) que rompen la comunión, aparecen las necesarias

defensas de unos frente a los otros, y se pierde la libertad acusando al otro de

la causa del propio mal. Cuando el pecado personal toma legitimidad, va

creando estructuras que condicionan la conducta humana. Esto sólo se vence

con opciones conscientes y firmes que configuran la vida al servicio de la

alteridad y la fraternidad57.

I.7.- CONCLUSIÓN DEL PRIMER CAPÍTULO

Hemos partido de diferentes sentidos que tiene la expresión ‘dignidad humana’

para llegar al sentido que encierra en la DSI viendo cómo éste identifica la

identidad de la persona como lo más nuclear y la expresión visible e su origen y

destino que es la comunión con Dios y con sus semejantes, hermanos. La

persona es digna, ‘sagrada’ porque es imagen de Dios. Sin embargo

reconocemos que en la comunidad humana todavía no se ha logrado este

tercer sentido de la dignidad de la persona humana intangible, incondicional e

inherente que reconoce a todas las personas iguales en dignidad. El riesgo y la

tentación de atribuirse privilegios y derechos en virtud de ‘ser quien soy’ o

‘hacer lo que hago’ está y estará siempre acechando y la defensa de la igual

dignidad de todos será siempre desafío y tarea de la Iglesia y de toda la

sociedad en sus diferentes instituciones.

Por eso, hemos querido reafirmar el principio personalista de la DSI recordando

que no hablamos de individuos, ni, por tanto, de derechos individuales, sino de

57
Gn 2, 23- 3, 13; cfr. SRS 36 y 38; CiV 34.

35
la persona humana, dotada de inteligencia y libertad que le hace responsable

del mundo en el que vive y en él está llamada a desarrollarse plenamente.

Plenitud que sólo conseguirá si vive en alteridad y ‘solidariamente’. Es esencial

encontrar, recuperar, revitalizar esta convicción de la interdependencia de unos

y otros. Como dicen los ingleses: “tu éxito es mi éxito y tu fracaso es mi

fracaso”. Esto implica automáticamente que la perspectiva desde donde se

perciben los derechos, no puede ser una perspectiva individualista, que

devalúa el sentido de derecho, sino desde una perspectiva de alteridad y

responsabilidad común que conciernen también deberes que respetan la

‘sacralidad’ de la persona humana. Esto es vital para la organización social en

la que la persona humana podrá desarrollarse en plenitud.

Es vital también entender que la persona está llamada a transcenderse en el

trabajo por este proyecto común. La persona encuentra el sentido de su ser y

se desarrolla plenamente abierta a la realidad, a los otros y a Dios, no como

Alguien que le somete, sino que le abre y libera. Quien habla de dignidad de la

persona humana, no puede obviar la dimensión de transcendencia de la

misma; su perspectiva teleológica: su fin, su sentido, su ‘para qué’ existe y para

dónde camina su plenificación.

Pero también hemos percibido que el respeto a la dignidad de la persona

humana se encuentra siempre amenazado del deseo de poder que corrompe a

la persona humana destruyendo las relaciones y la comunidad y, también a ella

que la encierra en sí misma y le impide el desarrollo pleno.

36
Es necesario crear y trabajar en asegurar las condiciones sociales,

económicas, políticas, culturales y religiosas que permitan a la persona

humana el pleno desarrollo y, por tanto, respeten su dignidad. Esto es lo que se

llama “Bien común” y es de lo que trataremos a continuación.

37
CAPÍTULO II: EL BIEN COMÚN

El Bien común es uno de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Es

inseparable de la dignidad humana (con los derechos y deberes que de ella se

deducen) y de la naturaleza social de la persona y familia humana con las

relaciones de subsidiaridad y solidaridad que en ella se dan. En qué consiste,

qué abarca, que exige, quién responde de él, cómo se busca… son aspectos

de los que los documentos eclesiales han ido hablando a lo largo de los años,

como vamos a ver.

Es importante, sin embargo, que echemos un vistazo también a otras

percepciones del término que están por detrás de discursos sociales y políticos

para poder valorar su compatibilidad con la comprensión del término por parte

de la Iglesia y si ésta puede iluminar algo aquéllas. Nos detendremos de

manera especial en el sentido que tiene el Bien común en la filosofía liberal por

ser, a nuestro parecer, la que más en boga está hoy en la realidad mundial.

II. 1.- DIVERSOS SENTIDOS

II.1.A.- Liberalismo filosófico y político

El liberalismo social, político y económico actual en el que nos encontramos,

propugna la primacía y centralidad del individuo autónomo y autosuficiente. La

sociedad es, en este modelo, es resultado de un contrato realizado entre los

individuos teniendo como base el respeto a los derechos individuales. Lo social

no tiene entidad propia, es sólo un agregado cuantitativo de los elementos que

la componen. Más que de Bien común, se habla de derechos y libertades cuyo

38
ejercicio el Estado debe preservar. La moral y la religión forman parte del

ámbito privado sin intervención ni interés social. Cada individuo debe tener la

posibilidad de buscar su felicidad como le parezca, fijarse a sí mismo sus

propios objetivos y tratar de realizarlos a su manera. La idea de Bien común

subyacente, en todo caso, es la del interés general. Es Bien común aquello que

es de interés general, estipulado por consenso como suma de bienes privados

elegidos por el individuo en función de su utilidad individual. Así, el Bien común

es el mayor bien privado para el mayor número posible de individuos y es

deber del Estado defenderlo y asegurarlo58.

Por supuesto que esto, que es lo que estamos viviendo en muchas partes de la

comunidad humana, genera muchas cuestiones: si la sociedad es el resultado

de un contrato social ¿cómo se asegura la participación y consenso de todos

los ciudadanos implicados en tal contrato? ¿Quién determina lo que es útil a

cada individuo? ¿Quién y en función de qué se determina ‘el mayor número

posible de individuos’? ¿Y si ese bien privado es a costa del de los otros?

¿Cómo asegurar que ese interés general es universal? Caso contrario el

Estado estaría únicamente al servicio de una élite y sacrificaría a unos cuantos

‘por el bien general’. Se puede llamar a esto ‘daños colaterales’, ‘humanidad

excedente’… pero no deja de ser una falta de respeto a la dignidad humana.

La teoría del ‘derrame’ con la que se quiere justificar tal modelo, por la cual se

tiene que permitir la producción y el lucro de una minoría porque el excedente

58
Cfr. ARGANDOÑA, Antonio. El Bien Común. Pp. 6-8; CAMACHO, Ildefonso. “El bien común.
Una nueva conciencia social para los cristianos”.

39
caerá y beneficiará a los grupos inferiores a modo de una copa de champán, se

ha verificado falsa. La riqueza no se derrama sino que se acumula en la cima.

Según los datos proporcionados por Credit Suisse y presentados por Oxfam

Intermón en su último informe59, el gráfico resultante de la distribución de la

riqueza en el mundo sería el siguiente:

Fuente: Autor, a partir de los datos de Credit Suisse, 2013, Global Wealth:

Porcentaje de la Número de Riqueza total


Riqueza (dólares Porcentaje de la
población adultos (billones de
americanos) riqueza mundial
mundial (millones) dólares)
<10.000 68,7 3.207 3,0 7
10.000–100.000 22,9 1.066 13,7 33
100.000–1 millón 7,7 361 42,3 102
> 1 millón 0,7 32 41,0 99
Fuente: “Global Wealth Report 2013”. Zurich: Credit Suisse

59
Cfr. Oxfam Intermón. Gobernar para élites. Secuestro democrático y desigualdad económica.
Informe nº 178, Enero 2014.

40
Y esta acumulación de riqueza en pocas manos no hace sino radicalizarse con

el paso de los años en las economías neoliberales: el 1% de las familias del

mundo posee casi la mitad (el 46%) de la riqueza mundial. La riqueza de la

mitad más pobre de la población es menor que la de las 85 personas más ricas

del mundo. En 2013, 210 personas se han incorporado al club de los

multimillonarios que superan los mil millones de fortuna, formado por 1.426

personas cuya riqueza conjunta asciende a 5,4 billones de dólares. La riqueza

del 1% más rico de la población mundial asciende a 110 billones de dólares,

una cifra 65 veces mayor que la de la riqueza total que posee la mitad más

pobre de la población. Las élites mundiales son cada vez más ricas y la mayor

parte de la población mundial se ve excluida de esta prosperidad.

El informe subraya la interacción que se da entre la acumulación de dinero en

pocas manos (con la desigualdad creciente que esto provoca) y la

manipulación de las reglas políticas a favor de las élites sofocando la

participación ciudadana y, de cierta manera, secuestrando la democracia.

Como se puede comprobar el modelo es ‘excluyente’ y el concepto de Bien

común no puede darse por válido ni por validado en cualquier discurso que se

quiera respetuoso de la dignidad humana.

II.1.B.- El Estado del Bienestar

Sobre esta filosofía liberal individualista y sociedades contractuales, aparece la

política de la búsqueda del Estado del Bienestar con matices más sociales. El

individuo tiene derecho a buscar su bien privado, pero el Estado debe

41
garantizar la igualdad entre todos los individuos asegurando y distribuyendo

con equidad las libertades y los recursos pudiendo, cada uno, vivir conforme a

lo que haya elegido. En esto consistiría la justicia social. El Bien común es aquí

un bien personal (instrumental) y es también la igualdad social (objetivo final de

la convivencia. El Estado debe promover el bienestar de todos, sin exclusión60.

Es importante señalar los peligros que tiene esta concepción de Estado que

corre el riesgo de no respetar suficiente los principios de subsidiaridad y

solidaridad (por tanto la dignidad humana) realizando el Estado tareas de

suplencia de la sociedad civil y constituyéndose Estado asistencialista o

totalitario61.

Derivado de éste ha ido apareciendo en muchos lugares el Estado social

democrático, pluralista y participativo, que se vislumbraba como el horizonte

ideal de Comunidad política; hoy en crisis. De esto hablaremos más tarde.

II.1.C.- El comunitarismo

Para las filosofías comunitarias la persona vive en comunidad, que ya es un

espacio moral; Bien común que hay que cuidar y preservar y fuente de otros

bienes. La comunidad tiene su propia concepción de lo que es el Bien común

que es superior al bien de sus miembros. El deber del Estado es defender y

proteger los valores de la comunidad que la persona de dicha comunidad se

compromete a respetar y obedecer62.

60
Cfr. ARGANDOÑA, Antonio. El Bien Común. Pp. 6-8.
61
Para profundizar el tema remito a Mario TOSO. La aportación de la DSI al Estado del
Bienestar y a Los fundamentos morales de la democracia, del mismo autor.
62
Ibídem.

42
La sociedad se transforma así en grupos cerrados con fuerte identidad

comunitaria, poca personalidad individual y recelosos a lo que pueda abrir el

grupo comunitario a influencias de fuera. No se puede pensar en un Bien

común universal. Sin embargo, estas comunidades cerradas están llamadas a

desaparecer pues tenemos que reconocer que los Medios de Comunicación

Social a través de las nuevas tecnologías están penetrando en todos los

ambientes, abriendo fronteras y resquebrajando principios y valores que hasta

ahora daban cohesión e identidad a grupos sociales y culturas tradicionales.

Sea lo que fuera, tenemos que reconocer que una filosofía en la que se

supedite la persona a la comunidad no es respetuosa de la dignidad y

sacralidad de la persona humana. Si bien es cierto que la persona humana es

social y comunitaria (solidaria) por naturaleza y existe una interdependencia

humana, el reconocimiento de la dignidad personal exige que la sociedad o

comunidad permita el pleno desarrollo de cada persona. Desarrollo que implica,

a su vez, el cuidado de la sociedad, comunidad o grupo al que se pertenece,

incluso con sacrificio personal elegido libre y voluntariamente, pero nunca la

subordinación de la persona al bien de la comunidad como principio, pues

anularía la libertad personal, característica de la dignidad humana.

II.1.D.- En los totalitarismos y fundamentalismos

En los regímenes totalitarios, sean políticos, sociales, culturales, económicos o

religiosos, la persona es parte de una sociedad o grupo del que hace parte y al

43
que está subordinado. Es el Estado quien define, impone y pone en práctica la

idea del Bien común63.

No estamos tan lejos de sistemas o regímenes totalitarios y fundamentalistas.

Y podemos pensar que no son únicamente los regímenes islámicos o militares

los que pueden ser reconocidos como tales. Pensamos en países donde, aún

llamándose democráticos, hay un único partido en el poder y la pequeña

oposición que puede existir es marginada y estigmatizada. Países donde las

leyes (donde se establece y regula el Bien común) se votan en secreto y por el

único partido del Parlamento. Podemos decir que no es únicamente en el

socialismo marxista en el que se da la dictadura del Partido. Pues en muchos

países democráticos quien define, decide y ejecuta el Bien común es el partido

en el poder64. Pensamos en países en los que se engaña al pueblo de manera

más o menos descarada sobre lo que es el Bien común de manera que unos

pocos se benefician de lo que tenía que beneficiar a todos65.

Debemos reconocer que desde el 11 de Septiembre de 2001 estamos en pleno

desarrollo de un nuevo totalitarismo y vaciamiento de la democracia bajo capa

de defensa de los Derechos Humanos. Bajo pretexto de la seguridad nacional,

se legitima la pérdida de libertades, el control y hasta la tortura. Los

63
Ibídem.
64
Mozambique es un país donde la mayoría es cristiana y musulmana, el resto es animista.
Ninguna de las tres religiones acepta el aborto… ¿por qué se aprueba la ley del aborto como
un Bien Común? ¿Bien común de quién y para quién? ¿A quién está defendiendo o
representando el Parlamento cuando aprueba esa ley? El mismo proceso está siguiendo la ley
de matrimonios entre homosexuales. Son compromisos políticos que se adquieren para recibir
las ayudas de los países del Norte. ¿Quién es ahí el totalitario?
65
Mientras esto escribimos recibimos la noticia de que el Gobierno de Mozambique acaba de
ceder 30.000 hectáreas de tierra en un distrito de la Provincia de Nampula a unos agricultores
de Portugal y que se dispone a entregar otras 200.000 hectáreas… sin la consulta comunitaria
e indemnización prevista por la ley de tierras del país “para hacerlas rentables” (cfr.
Moçambique hoje. Nº 1547. Jueves, 4 de septiembre de 2014.

44
movimientos de resistencia son considerados irresponsables y colaboradores

con el terrorismo sacando dando a entender que la tortura es el resultado de la

opción por la vida66.

Venga de donde venga, es necesario desenmascarar totalitarismos y

fundamentalismos reafirmando la dignidad de toda persona humana y de su

libertad responsable.

II. 2.- EL BIEN COMÚN COMO VALOR ABSOLUTO

Entender que hay diferentes concepciones del Bien común nos conduce a

reflexionar sobre el ‘status’ que se le debe dar. Y éste va a depender de cómo

se considere la convivencia humana.

Como vimos en el primer capítulo de este trabajo, la persona humana es

ontológicamente comunitaria y solidaria. La sociedad no es un aglomerado de

individuos, sino un proyecto de comunión. Al mismo tiempo no se puede

equipar la sociedad a ningún tipo de gregarismo donde el grupo absorbería y

anularía a la persona humana. Ésta es el sujeto, protagonista y objetivo de toda

acción social (política, económica, cultural, religiosa). Si la vida en sociedad es

un proyecto, el objetivo no puede ser otro que el Bien común: de todos y de

cada uno. Hay una estrecha relación entre el bien personal y el bien de la

sociedad; no se identifican, pero sí se relacionan de tal manera que es un bien

para la persona que la sociedad obtenga su objetivo final, por el que la persona

deberá implicarse, y es un bien para la sociedad que cada persona pueda ir

66
Cfr. MUNDUBAT. Resistencias civiles y derechos ante las crisis globales y su reforma.

45
adquiriendo su bien personal: el pleno desarrollo. Así, la sociedad debe

procurar el bien de la persona y el bien de la sociedad, que es, en resumidas

cuentas, el Bien común, su objetivo final. El Bien común es así un valor que se

busca en sí mismo67. El Bien común se sitúa, así, dentro de las éticas de

máximos; apunta al fin último de la persona humana; lo que conduce a la

felicidad de la persona. Tiende e impulsa al ideal.

Pero es necesario distinguir entre valores instrumentales y valores intrínsecos.

Tiene valor instrumental todo aquello que ha sido construido, elaborado, hecho,

‘creado’, inventado por el ser humano en vistas a un objetivo que no es el

propio objeto; es relativo a otro valor. Es intercambiable y se miden en

unidades monetarias. Los valores intrínsecos son fines en sí mismos; no son

permutables ni se miden por unidades monetarias. Tiene valor intrínseco todo

aquello que el ser humano ha encontrado y no ha inventado o creado él mismo

como instrumento; todo aquello que tiene valor en sí mismo. Por eso, tiene

valor intrínseco la persona humana, los animales de cualquier especie y

árboles y plantas. Además de valor intrínseco, la persona humana tiene un

valor absoluto en cuanto que puede disponer responsablemente (respetando

sus legítimos deberes directos e indirectos para con ellos) de los otros valores

intrínsecos como medio. Esto supone establecer una necesaria Jerarquía de

valores. La persona humana es el valor intrínseco absoluto, hay valores

intrínsecos ‘medios’ y están en un tercer plano los valores instrumentales68.

67
Benedicto XVI, en CiV 7, dice que el Bien común no es un bien que se busque por sí mismo
sino para las personas que forman parte de la comunidad social. Me parece entender que está
reafirmando lo anteriormente dicho por él de que no es un bien individual, sino el de todos; no
que el Bien común no tenga un valor intrínseco y final.
68
Estas reflexiones las recojo de una serie de conferencias escuchadas sobre “Las fronteras
de la ética” del Forum Larramendi. San Sebastián. Mayo 2014. En el que participaron, entre

46
El Bien común como valor intrínseco y absoluto, debemos diferenciarlo de lo

que es un bien público, un bien privado y unos bienes comunes. En efecto, no

es lo mismo hablar del Bien común que de ‘los bienes’. Estos tendrán un valor

instrumental, que, necesariamente, integrarán el Bien común, pero

instrumental, al fin y al cabo, para un Bien mayor. No son fines en sí mismos.

Todas las formas de bienes, de valor instrumental, se deben orientar hacia el

Bien común que posee un valor en sí mismo.

Bien público es un bien económico cuya naturaleza conlleva que, pese a ser

costosa su producción, es no rival y no excluyente. Un bien es no rival cuando

su uso por una persona en particular no perjudica el uso presente o futuro por

otras, y no excluyente cuando su uso por una persona en particular no

perjudica el uso simultáneo por otras. Un bien público es, por ejemplo, la

seguridad nacional. Un bien privado es excluyente y rival. Es decir, se puede

impedir que otras personas lo posean y si alguien lo posee otras personas no

pueden disponer de él; por ejemplo un coche, una casa, un terreno… Los

bienes comunes no son excluyentes, pues están para el uso de todos, pero sí

son rivales en el sentido de que la utilización de ellos por parte de unos merma

la posibilidad de provecho por parte de otros; por ejemplo el agua.

No es de extrañar, pues, que la Iglesia recuerde continuamente en sus

documentos que el primer principio del orden social es el destino universal de

los bienes. Es éste un derecho natural, originario, inherente y prioritario. Y, si

otros, Diego Gracia con una conferencia sobre “La ética bio-médica”, Adela Cortina sobre “Para
qué sirve la ética” y Xabier Etxeberria sobre “El debate ético de la dignidad humana”.

47
bien la propiedad privada es necesaria y legítima, no hay que olvidar que es un

derecho que concierne a todos y todos deben tener acceso a ella y que, por

tanto, tiene una función social y se debe cuidar que el uso que se hace de ella

por parte de los legítimos propietarios sea en vistas del fin que es el Bien

común69.

II. 3.- EN LA DSI

II.3.A.- Definición y contenido

El Bien común ha sido, desde los Santos Padres, una categoría central de la

ética evangélica y social. Pero su contenido se ha ido elaborando a lo largo de

los años conforme la evolución social, política, económica, cultural y religiosa

de la comunidad humana.

Para León XIII el Bien común es de tal naturaleza que hace mejor a las

persona. Por eso, dice, tiene que ver con la virtud70. Pio XI recuerda que el

Bien común tiene que ver con la justicia social71 y Pio XII afirma que cada

persona tiene el derecho y deber de conservar y enderezar a la perfección su

vida material y espiritual para conseguir el fin religioso y moral que Dios ha

dado a todos los hombres. Es en el Radio-mensaje de navidad de 1942 que

encontramos una primera definición del Bien común: “aquellas condiciones

externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo

de sus cualidades y de sus oficios, de su vida material, intelectual y religiosa”72.

69
Cfr. PP 22, CA 6, CDSI 171-181
70
Cfr. RN 25.
71
Cfr. QA 110.
72
Cfr, La Solenitá Radio mensaje en el 50 aniversario de la Rerum Novarum. 1941 y Con
Sempre Radio mensaje de Navidad. 1942.

48
Quien más entra en el tema y se ocupa de concretizar aspectos sobre el Bien

común es Juan XXIII, que dedica dos encíclicas a ello: Mater et Magister habla

de la búsqueda del Bien común en la sociedad económica y Pacem in terris, en

la sociedad política. Vamos a hablar brevemente de cada una de ellas. Nos

detenemos en ellas por parecernos que es el magisterio que más claro ha sido

en afrontar la cuestión del Bien común sin quitar el valor a los diferentes

matices que el magisterio posterior aporta.

Mater et Magistra: El Bien común es más que poder disfrutar de bienes

materiales, pero la sociedad económica es necesaria para él y a él se debe

ordenar73. En esta encíclica, Juan XXIII recoge la definición de Bien común

avanzada por Pío XII. Nos permitimos copiar todo el párrafo porque da, en

pocas palabras, mucho contenido esencial. El Papa está hablando del

creciente proceso mundial de socialización y su relación con la persona

humana y ciudadano:

«Para dar cima a esta tarea con mayor facilidad (socialización mundial),

se requiere, sin embargo, que los gobernantes profesen un sano

concepto del bien común. Este concepto abarca todo un conjunto de

condiciones sociales que permitan a los ciudadanos el desarrollo expedito

y pleno de su propia perfección.

Juzgamos además necesario que los organismos o cuerpos y las

múltiples asociaciones privadas, que integran principalmente este

incremento de las relaciones sociales, sean en realidad autónomos y

73
Cfr. MM 20. Los subrayados son nuestros.

49
tiendan a sus fines específicos con relaciones de leal colaboración

mutua y de subordinación a las exigencias del bien común.

Es igualmente necesario que dichos organismos tengan la forma

externa y la sustancia interna de auténticas comunidades, lo cual sólo

podrá lograrse cuando sus respectivos miembros sean considerados en

ellos como personas y llamados a participar activamente en las tareas

comunes»74.

En este párrafo, Juan XXIII establece el Bien común como sentido último del

gobierno. Habla de la necesaria autonomía subsidiaria de los grupos

intermedios y de la solidaridad que debe reinar entre los miembros de ellos

subordinando intereses particulares al Bien común. Por último recuerda que

todo eso sólo es posible desde el reconocimiento y respeto de la persona

humana como sujeto activo y responsable de la sociedad. Se distancia, así

tanto del liberalismo, que negaría el concepto mismo de Bien común

(reduciéndolo a la suma de los bienes particulares), como del colectivismo, que

elimina la iniciativa del ciudadano. El sujeto fundamental es la persona,

necesita unas condiciones sociales que la sociedad y los gobernantes le tiene

que ofrecer.

La Encíclica parte del hecho de la creciente socialización que se da en el

mundo y busca releer y orientar las relaciones que van apareciendo en la

sociedad económica. El fin último de la convivencia humana es el Bien común y

a él debe estar subordinado el lucro, la propiedad pública y privada y hasta los

74
MM 65

50
impuestos. Se debe buscar y procurar el equilibrio entre salario-trabajo, salario-

producción, salario-desempleo y salario-precio. Se debe buscar el Bien común

gradual y progresivo de las empresas, artesanales, agrícolas y cooperativas75.

El Bien común exige el respeto de la subsidiaridad por parte de las autoridades

y relaciones de solidaridad por parte de todos. Y se debe pensar en el Bien

común nacional y universal, pues, finalmente, somos una única comunidad

humana. En las relaciones comerciales internacionales la búsqueda del Bien

común exige el respeto a las características propias de cada comunidad y que

sean ellas las protagonistas del propio desarrollo76.

Pacem in Terris: En esta encíclica el Papa hace referencia a la misma

definición que ya había dado en MM, pero sigue explicitando la naturaleza y el

alcance de dicho concepto; esta vez en la comunidad política.

El Bien común está ligado a la naturaleza humana y va más allá del Bien

común ‘temporal’. Es responsabilidad y derecho de cada persona de participar

y contribuir en él, lo que implica la subordinación a él de los intereses

particulares. Sin embargo, el Bien común debe aprovechar a todos. Este Bien

común, necesita una autoridad que debe ser respetada y obedecida como

instituida por Dios mientras gobierne buscando el Bien común que es su razón

de ser. Tiene el deber de defender los derechos y de hacer cumplir los deberes

de las personas, armonizar derechos y deberes, regularlos y favorecer su

75
El Papa dedica tiempo a analizar la situación de las empresas o familias agrícolas intentando
hacer respetar la dignidad de su trabajo y su vulnerabilidad económica y social.
76
Cfr. MM 20, 37, 44, 54, 56, 71, 78, 79, 80,85, 104, 112, 116, 132, 138, 139, 150, 168, 169,
173.

51
ejercicio. Concretamente debe cuidar de que el desarrollo económico vaya a la

par del progreso social y de que los tres poderes de la política estén al servicio

del Bien común de manera que no se beneficie a unos ciudadanos más que a

otros si no es a los más desfavorecidos.

La conciencia de la humanidad tiene que llegar al Bien común universal.

Somos una sola familia y comunidad humana. Como tal debemos intentar

alcanzar el Bien común económico, político, social y cultural universal, para lo

cual se necesita una autoridad mundial elegida con el acuerdo general de las

naciones, imparcial y ajena a los partidismos, que defienda los derechos de la

persona humana77.

El Concilio Vaticano aunque hace referencia a la misma cita que Juan XXIII, la

modifica situando como destinatarias del Bien común ‘las asociaciones y cada

uno de sus miembros’. Con esto hace referencia implícita al principio de

subsidiariedad para garantizar una articulación adecuada de los distintos

niveles de organización de la sociedad que permita toda la autonomía posible a

los diferentes grupos. Esta formulación supone la idea de que la sociedad no

es un puro aglomerado de individuos, sino una red de relaciones y de

organizaciones que puede actuar como un todo organizado y definir objetivos

deseables para todos. En la Constitución Gaudium et Spes el Concilio

introduce la distinción entre sociedad civil y comunidad política señalando ésta

como responsable del Bien común78.

77
Cfr. PT 7, 12, 26, 46, 53-66, 69, 84, 98, 132, 136, 137, 139, 140.
78
Cfr. GS 26, 74.

52
Para Pablo VI es el bien auténtico y completo de toda persona incluido su

destino espiritual79 y Juan Pablo II retomando la PP asocia el Bien común al

pleno desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres; el bien de todos y

de cada uno e invita a los pueblos a aportar al Bien común los tesoros de

humanidad y cultura que poseen80. Benedicto XVI81 establece el Bien común

como uno de los criterios orientadores de la acción moral. Dice que es un bien

relacionado con el vivir social de las personas y exigencia de justicia. Es el bien

de ese “todos nosotros”, formado por individuos, familias y grupos intermedios

que se unen en comunidad social. Y recuerda que no hay desarrollo ni Bien

común sin el bien espiritual y moral de las personas. Relaciona el Bien común

con una cierta ecología humana que supone el respeto a la vida. Supone cuidar

y velar por todas las instituciones sociales, políticas, económicas, culturales

que estructuran la vida. Francisco pide que la dignidad humana y el Bien

común estructuren la política económica y concibe la sociedad humana como

un poliedro que recoge lo mejor de cada uno sin excluir a nadie. El poliedro

como modelo de la sociedad «es la totalidad de las personas en una sociedad

que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos»82.

El CDSI, elaborado sobre la base del Magisterio eclesial hasta Juan Pablo II,

con el deseo de ayudar a la humanidad en la búsqueda del Bien común,

presenta éste como garantía del bien personal, familiar y asociativo. Deriva,

como por naturaleza, de la igual dignidad del ser humano y pide un sano

pluralismo social. Es un bien moral y transcendente; concierne a todos y es

79
Cfr. OA 46.
80
Cfr. SRS 10, 38, 39.
81
Cfr. CiV 6, 7, 51, 76.
82
EG 236,

53
más que la suma de los particulares. Es el bien de todos los hombres y de todo

el hombre, en todas sus dimensiones, indivisible y del que todos somos

responsables aunque la comunidad política tiene una responsabilidad

específica pues en existe en función de ella83.

II.3.B.- Bien común, subsidiaridad y solidaridad

Está claro que el fundamento y fin último de la acción social es la persona

humana, que es autónoma, relacional y abierta a la Transcendencia. La

comunidad formada por éstas es llamada ‘sociedad civil’ entendida como el

conjunto de las relaciones entre individuos y entre sociedades intermedias, que

se realizan en forma originaria y gracias a la «subjetividad creativa del

ciudadano» y se mantienen relativamente autónomas del ámbito político y del

económico. Al servicio de la sociedad civil está la ‘comunidad política’ que

consiste en la organización jurídica de la sociedad civil en vistas y en función

del Bien común84. Es necesario que se verifiquen entre ellas las relaciones de

subsidiaridad y de solidaridad. Tanto unas como otras convergen en el Bien

común y forman la red de relaciones sociales; tienen como punto de referencia

la centralidad de la persona en su ser relacional.

Subsidiaridad85

Inseparable al respeto de la dignidad humana aparece la relación de

subsidiaridad que consiste en respetar, dejar, ayudar, favorecer, permitir que

cada persona sea responsable y participe de manera creativa y con iniciativa

83
Cfr. CDSI 12, 61, 151, 157, 160-170.
84
Cfr. GS 74; CDSI 185, 417 y 418.
85
Ya desde RN este principio aparece como punto importante para la justicia social. Y después
de León XIII, la QA, MM, PT, CA, CiV y EG lo continúan a subrayar. Cfr. RN 35-37; QA 79-80;
MM 55-57; PT 24; CA 48; CiV 57-58; CDSI 185-187; EG 240.

54
propia en su propio bien y en el bien común. Podríamos decir que consisten en

unas relaciones en línea vertical: de grupos de mayor poder político a grupos

de menor poder político. Se refiere a la relación del Estado (entendido como

autoridad máxima de una comunidad política) con los grupos intermedios de la

sociedad civil y de los grupos intermedios con la persona que, siendo la

primera responsable del Bien común, necesita la ayuda subsidiaria para

alcanzarlo.

La relación de subsidiaridad parte de la convicción de que cada persona,

familia o grupo intermedio (de vecinos, de trabajo…) tiene algo de original que

ofrecer a la comunidad. De hecho, es preciso reconocer que existen relaciones

sociales previas al Estado que éste deberá respetar y “cuidar” como parte

integrante del Bien común. La sociedad civil se organiza como sociedad

participativa y responsable. Y la subsidiaridad es el respeto a esta libertad e

iniciativa humana y el reconocimiento del derecho y deber de participar en la

búsqueda del Bien común. No sólo, por tanto, respetar, sino impulsar,

promover, favorecer y ayudar a que la sociedad civil asuma sus

responsabilidades y a que se desarrollen, crezcan y puedan organizarse y

funcionar grupos intermedios en la sociedad civil (Tercer Sector).

No tiene nada en común con una relación de indiferencia, desinterés o “sálvese

quien pueda”. Sino de favorecer e integrar la participación e iniciativa de la

sociedad civil en convivencia humana. Concretamente esto significa el respeto

y la promoción efectiva del primado de la persona y de la familia; la valoración

de las asociaciones y de las organizaciones intermedias, en sus opciones

55
fundamentales y en todas aquellas que no pueden ser delegadas o asumidas

por otros; el impulso ofrecido a la iniciativa privada, a fin que cada organismo

social permanezca, con las propias peculiaridades, al servicio del bien común;

la articulación pluralista de la sociedad y la representación de sus fuerzas

vitales; la salvaguardia de los derechos de las personas y de las minorías; la

descentralización burocrática y administrativa; el equilibrio entre la esfera

pública y privada, con el consecuente reconocimiento de la función social del

sector privado; una adecuada responsabilización del ciudadano para «ser

parte» activa de la realidad política y social del país86.

La subsidiaridad, desde esta perspectiva, no tiene nada que ver con una actitud

paternalista y asistencialista en la que los grupos intermedios asumirían la

responsabilidad de la persona humana y el Estado la de los grupos

intermedios. Podemos hablar de un sentido positivo de ‘subsidiar’ como ayuda

que se ofrece, sea económica, formativa o técnica, para que los grupos

intermedios del tercer sector puedan organizarse, desarrollarse y funcionar.

Esta ayuda o subsidio no puede ser excusa o causa para una intromisión del

Estado restringiendo la libertad. El Estado deberá estar atento al equilibrio

necesario, prudente y justo entre el respeto debido a la libertad humana y la

intervención, siempre en vistas al Bien común, cuando los grupos intermedios

no son capaces o se encuentran limitados para actuar de manera libre y

responsable. Sin embargo la experiencia muestra que la negación de la

subsidiaridad, o su limitación en nombre de una pretendida democratización o

86
Cfr. CDSI 187.

56
igualdad de todos en la sociedad, limita y a veces también anula, el espíritu de

libertad y de iniciativa.

En este sentido, la intervención del Estado en la Iniciativa económica tiene que

ser planificada y orientada siempre por el respeto a la dignidad de la persona

humana. No podrá ausentarse de manera definitiva dejándolo a la mano

invisible del mercado ni podrá intervenir como dictador, dueño y señor.

Solidaridad

La solidaridad consiste en las relaciones de ‘horizontalidad’ existentes entre las

personas humanas. Es mucho más que actos esporádicos de caridad. Es

saberse y hacerse responsables todos de todos. Supone crear una mentalidad

que piense en términos de comunidad. Es un modo de hacer historia87.

Podemos distinguir dos formas de solidaridad: una orgánica y otra personal. La

solidaridad orgánica es natural. Es la que se da entre los miembros de la

misma especie o del mismo grupo que forma un todo orgánico. En este ámbito,

la solidaridad es una forma de salvaguarda y sobrevivencia del grupo. Es esta

solidaridad la que une a miembros de la misma etnia o tribu para luchar por la

sobrevivencia del grupo o de su identidad, étnica, tribal, partidaria y política,

racial, nacional, ideológica y religiosa. Esta solidaridad, aunque de hecho tiene

su grandeza por lo que significa de golpe contra el egocentrismo exacerbado

del individualismo, es, por su naturaleza, parcial y discriminatoria en la medida

en que traza una línea de demarcación entre los que pertenecen al grupo y los

87
EG 188, 228.

57
que no hacen parte de él.

La solidaridad personal difiere de la orgánica porque no tiene de base una

predisposición, una motivación de proximidad natural o de pertenencia étnica,

tribal, cultural, racial o partidaria. Se inspira y actúa en base a la percepción de

una exigencia ética, es decir, de la intuición de que cada persona humana, ‘por

ser quien es’ posee un valor infinito, independientemente de su pertenencia

étnica, tribal o de su filiación política, partidaria, ideológica y religiosa. La

presencia del ‘otro’ es ya un pedido y una exigencia de reconocimiento,

respeto, justicia y solidaridad. Esta solidaridad, diferentemente de la orgánica,

es abierta y universal88.

Podemos cuestionar si la solidaridad orgánica respeta la libertad de la persona

humana y su subsidiaridad o si, en la realidad, no es un modo de

comunitarismo donde el grupo absorbe la personalidad y la anula. Cuando los

miembros de un partido político tienen que atenerse a la ‘disciplina del partido’

por encima de sus convicciones personales y, por el mismo hecho, colocarse

en contra de otros partidos aunque concuerden con sus políticas, en vez de

mirar juntos para el Bien común. Y desde aquí, podemos preguntarnos si no

hay una cierta idolatrización de partido al que se le entrega la mente, el

corazón y las fuerzas.

Hoy se estudia mucho el comportamiento humano y, como parte de él, la

solidaridad. Hay quien afirma que somos egoístas por naturaleza. Poseemos

88
Cfr. MAGUENGUE, Ernesto. Anunciar a Promessa da Vida em Cristo.

58
un gen egoísta. Lo llaman el ‘egoísmo biológico’. Este gen justificaría la

solidaridad orgánica: nos preocupamos por los nuestros, los que son igual a

nosotros, los próximos, los de ‘nuestra especie’. Otros hablan del gen altruista;

existiría un ‘altruismo biológico’. Algunos nos definen como el ‘homo

reciprocans’; estamos dispuestos a dar siempre que tengamos expectativas de

recibir, sea a corto o a largo plazo. Pero también hay quien afirma que es la

capacidad de cooperar del ser humano la que hace que la especie prospere y

no la lucha por la sobrevivencia. Y, sobre todo, superando todo ‘naturalismo’

debemos afirmar que el ser humano es un misterio y que existen unos lazos y

vínculos solidarios entre todos nosotros. Nada de lo humano nos es indiferente

porque toca nuestro propio ser: soy porque somos. Frente a la otra persona,

independientemente de su origen, procedencia, raza, color, religión o

capacidades, estamos interpelados a mostrarnos solidarios, reconociendo un

‘otro yo’, diferente pero igual89.

La solidaridad así entendida rompe fronteras creando una conciencia ya no de

‘aldea global’, sino de única familia humana donde no se eliminan las

diferencias personales sino que se respetan como riqueza para todos y en

donde todas las relaciones micro o macro económicas, culturales y sociales se

orientan desde el reconocimiento de la dignidad personal90.

Estos principios relacionales, que se derivan de la dignidad de la persona

humana, libre y responsable, expresan la unión antropológica y ética entre

todos y cada uno de los hombres y la llamada a la responsabilidad de cada

89
Cfr. SRS 39-40.
90
Cfr. SRS 30-32; CiV 38. Benedicto XVI, recogiendo CA 28, habla de cómo la gratuidad debe
atravesar la vida económica desde la perspectiva de fraternidad universal.

59
uno. Son imprescindibles en la búsqueda del Bien común. No hay Bien común

si no se respeta y promueve la subsidiaridad y la solidaridad en las personas

humanas. La búsqueda del Bien común exige el cuidado y promoción de la

dignidad de la persona humana en su interdependencia y responsabilidad. Y no

se pueden disociar. La solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar

fácilmente en asistencialismo, mientras que la subsidiaridad sin solidaridad

corre el peligro de alimentar formas de localismo egoísta.

Esta conciencia de interdependencia es una de las características de la

sociedad moderna. Hoy los diferentes sectores y profesiones buscan espacios

de encuentro para compartir saberes y habilidades pues se percibe la ligación

que hay entre todo y todos y, así se organizan los ‘clústers’. De hecho se da,

en la práctica, la necesidad de subsidiaridad y solidaridad; es decir, se percibe

que un sector de la vida humana, si quiere ser eficaz, no puede ser modificado

sin afectar a los demás. Cada sector afecta a la totalidad. De esta manera se

desarrolla el principio de subsidiaridad (lo que puede hacer un sector menor

que no lo haga el mayor) y el de solidaridad (la mutua ayuda y

responsabilidad). Lo importante es percibir que no son principios

fundamentales ‘instrumentales’ sino antropológicos. No somos subsidiarios y

solidarios porque nos conviene para la organización social, sino que la

organización social debe responder a nuestra estructura antropológica y por

eso debe ser subsidiaria y solidaria.

Las relaciones de subsidiaridad y solidaridad deben estar presentes en las

relaciones internacionales y, de hecho, se dan, y resultan ambiguas. En los

60
países del Sur, concretamente en Mozambique, se dan ayudas de cooperación

de dos direcciones: Norte – Sur (ayudas recibidas de los países del Norte:

Portugal, España, Alemania, Suecia, Dinamarca, Estados Unidos, Italia…) y

Sur – Sur (sobre todo Brasil y China).

La cooperación o la ‘Ayuda al Desarrollo’ de los países del Norte está

condicionada al establecimiento en el país receptor de ciertas políticas: respeto

de los Derechos Humanos, política fiscal, equidad de género, lucha contra la

corrupción, políticas sociales, aprobación de leyes de igualdad de género,

aborto, incompatibilidad de funciones… Esto respondería al principio de

subsidiaridad: colaboración con quien se colabore a sí mismo como agente

responsable de su propio desarrollo. La dificultad es que son políticas

‘impuestas’ como condición para recibir la ayuda y eso cuestiona la libertad del

país receptor. Los mecanismos democráticos de consulta previstos por la ley,

no son utilizados o, si son utilizados, son únicamente formales, pues el

gobierno ya sabe qué tiene que hacer si quiere recibir las ayudas.

Las relaciones Sur – Sur, se caracterizan por no tener imposiciones mutuas. Se

ofrecen grandes cantidades de fondos a cambio de grandes espacios de acción

para el propio beneficio (bajos impuestos, extracción libre de minerales,

deforestación, entrega de tierras...). Parecen darse en la solidaridad y libertad;

pero de hecho, está dando lugar al aumento de la corrupción y a la

depredación. Los ‘negocios’ se realizan en el silencio absoluto e ignorancia

total de los ciudadanos, con la complicidad y corrupción de los diferentes jefes

o autoridades locales en los diferentes niveles (hasta el jefe de la aldea)…

61
empobreciendo y ensanchando la desigualdad interna entre miembros del

mismo pueblo y perdiendo toda soberanía sobre los recursos.

Hay quien dice que es mejor la relación Norte – Sur, en la que, al menos, exige

cambios políticos y sociales al gobierno local. Pero siempre queda la pregunta

sobre la moral con la que los pueblos del Norte pueden condicionar su

colaboración a África de la que han sacado tanta y tanta riqueza desde los

tiempos de la esclavitud y la siguen sacando (podemos pensar en la empresa

de Energía Nacional de Italia ENI y ANADARKO empresa Norteamericana que

están explotando los pozos de petróleo y gas que se han descubierto al Norte

de Mozambique y, fuera de Mozambique, los conflictos de hace pocos años de

Sierra Leona por los diamantes, los actuales en la República Democrática del

Congo, por el coltán…).

En cualquiera de los dos casos, está en juego la soberanía del Estado y la

participación ciudadana. Es realmente necesario reflexionar seriamente sobre

la subsidiaridad y solidaridad en las relaciones internacionales desde la

perspectiva de una única familia humana.

II.3.C.- Responsables del Bien común

Por todo lo dicho hasta ahora, percibimos que el primer responsable, sujeto y

protagonista; origen y fin del Bien común es la persona humana. Es por esto

que es importantísima la implicación de la persona humana en la vida social.

Es lo que quiere decir ser ciudadano. Ciudadano es quien no tiene otro señor

diferente de sí propio. Ya recordamos en el primer capítulo cómo en la

62
antigüedad la sociedad se dividía entre esclavos y libres y cómo entre éstos

algunos eran ciudadanos: tenían el derecho de participar en la vida social. Eran

ellos, los ciudadanos los ‘señores’ de la ciudad. Tenían los tres poderes:

legislativo, ejecutivo y judicial y definían la vida del resto de la sociedad que

eran súbditos o vasallos. Los ciudadanos eran los señores. Hoy en día, en

principio, todos somos ciudadanos. No somos ‘súbditos’ ni vasallos. Y como

ciudadanos, todos tenemos nuestra palabra a decir sobre la vida social que

llevamos y que queremos llevar. Es nuestra responsabilidad.

Ciudadano es el que hace su vida, pero la hace con otros que son iguales que

él en el seno de la ciudad. La idea de ciudadanía significa siempre ser

ciudadano con otros y con otros que son iguales, en vistas a la vida común que

compartimos. Se entiende que, en la ciudad, todos somos iguales. Así, el

ciudadano es señor propio pero con otros; porque la ciudad es el lugar donde

nos encontramos y compartimos derechos y deberes. Es la sociedad civil.

Ejercitamos la ciudadanía con otros; somos señores, con otros señores.

Esto que parece tan evidente a primera vista, podríamos colocarlo en tela de

juicio y preguntarnos, si de verdad, en la práctica somos tan ‘señores’ como

pensamos ser. Podemos citar, como ejemplo, la sociedad de consumo en la

que vivimos. ¿Somos dueños del consumo? ¿Quién consume? ¿Qué se

consume? ¿Quién decide lo que se consume?91 Pero mucho más podemos

decir de las decisiones políticas y económicas que se toman en los

Parlamentos que afectan a los ciudadanos. El capitalismo financiero retira

91
Para profundizar en este aspecto remito al artículo de Adela Cortina en el cuaderno de
Cristianisme i Justícia.

63
automáticamente la ciudadanía a todos aquellos que no entran en ese

sistema…

Ser ciudadano es mucho más que emitir un voto el día de las elecciones.

¿Cómo la sociedad civil puede y debe mantenerse ‘señora’, responsable del

Bien común y no vasalla en la vida de la ciudad? No desarrollamos esta

reflexión por parecernos que excede la capacidad del presente trabajo, pero

nos parece esencial profundizar y trabajar sobre la formación para la

ciudadanía.

Porque toda comunidad necesita una estructura jurídica y autoridad legítima,

existe la Comunidad política (Estado) cuyo único sentido es el Bien común.

Ahora bien, por todo lo dicho hasta ahora, percibimos bien que el Bien común

forma parte de la ética de máximos; apunta al pleno desarrollo de la persona

humana. No es el Estado quien podrá ofrecerlo, pero sí es responsabilidad de

la comunidad política ‘crear las condiciones’ para que de manera subsidiaria y

solidaria las personas puedan alcanzar su pleno desarrollo.

¿En qué consiste ese ‘crear las condiciones’? Después de todo lo dicho hasta

ahora, lo podemos resumir en lo siguiente: buscar y mantener el ‘orden social’

o, como algunos indican, una sociedad ordenada. Lejos de significar esto una

sociedad militarizada para reprimir a la ciudadanía y asegurar el orden público,

que finalmente parece estar al servicio de una élite privilegiada, dos son los

elementos que la comunidad política debe procurar en una sociedad ordenada:

primero, la preocupación por la paz pública y la convivencia en la justicia y,

64
segundo, la protección de la moralidad pública. Éste es el clima en el que podrá

ejercer su misión y deber de respetar, proteger y realizar proteger los Derechos

Humanos de los ciudadanos. Respetar quiere decir que no interfiera en el

ejercicio de los derechos, proteger significa que debe garantizar que otros no

interfieran y promover supone asegurar el ejercicio de los derechos.

La autoridad del Estado debe ser legítima y creíble. Es legítima cuando no se

ha impuesto arbitrariamente y es así reconocida por toda la comunidad política

y por otras comunidades políticas. Pero debe, sobre todo, ser y hacerse

creíble. Y esto lo hará si no pierde de vista su razón de ser. A la autoridad

legítima del Estado se le debe obediencia civil, es el modo de colaborar y

participar en la búsqueda del Bien común. Pero, al mismo tiempo, deben

crearse los mecanismos de control de la autoridad de manera a protegerla y

prevenirla de corrupción, que la tornaría no creíble y la despojaría de toda

autoridad moral. Perdiendo la credibilidad, fácilmente perdería la legitimidad

que le fue dada por la sociedad civil en vistas a la gestión del Bien común. En

esas condiciones también se podría hablar del derecho e incluso del deber de

desobediencia civil92.

Finalizamos este párrafo con las palabras del Papa Francisco que, en pocas y

sabias palabras, resumen lo dicho:

«Al Estado compete el cuidado y la promoción del bien común de la

sociedad. Sobre la base de los principios de subsidiariedad y solidaridad,

y con un gran esfuerzo de diálogo político y creación de consensos,

92
Cfr. CDSI 395, 398, 401, 411.

65
desempeña un papel fundamental, que no puede ser delegado, en la

búsqueda del desarrollo integral de todos. Este papel, en las

circunstancias actuales, exige una profunda humildad social»93.

Así como toda comunidad política exige un gobierno, desde la perspectiva

antes indicada de la humanidad como única familia humana, podemos hablar

de una comunidad política universal. Ésta exigiría un gobierno universal. De

ello ya hablaron Juan XXIII y sus sucesores. Incluso hablaron de la ONU

(Organización de Naciones Unidas) y de los Organismos Internacionales

creados o por crear, afirmando que ellos, también, se deben ordenar al Bien

común94. Esto supone que dicha autoridad se debe al respeto a la dignidad de

la persona humana y a la misión de proteger y promover los Derechos de las

personas en subsidiaridad y solidaridad95.

La ONU fue creada en 1945, después de la segunda guerra mundial para

mantener la paz internacional y promover la cooperación internacional en la

solución de los problemas económicos, sociales y humanitarios. El ejercicio de

los Derechos Humanos fue la razón central para la creación de la ONU. Las

atrocidades de la Segunda Guerra Mundial y el genocidio llevaron a un

consenso que la Organización debería trabajar para evitar tragedias

semejantes en el futuro. El objetivo inicial era crear un cuadro legal para

considerar y actuar sobre las denuncias de violaciones de los derechos

humanos. La Carta de las Naciones Unidas obliga a todos los países miembros

93
EG 240.
94
Cfr. PT 137-145; GS 82; PP 78; SRS 33, 43.
95
En la ruda de prensa ofrecida por el Papa Francisco a su vuelta del viaje a Corea del Sur,
ante la intervención de los Estados Unidos en el norte de Irak para combatir el EI, recordó que
tales decisiones no deberían ser tomadas por un país unilateralmente, sino por la ONU.

66
a promover el respeto universal y la observancia de los derechos humanos y a

tener una acción conjunta y separada para este fin. La Declaración Universal

de los Derechos Humanos, aunque no sea jurídicamente vinculante, fue

aprobada por la Asamblea General en 1948 como una norma común a alcanzar

por todos. Los conflictos armados y los recursos insuficientes no sirven de

excusa.

Hoy, la mayor parte de los Estados reconocidos forman parte de la

Organización (193). Esto significa que todos los Estados miembros se

comprometen a legislar en sus países en la base del respeto y promoción de

los Derechos Humanos ahí proclamados. Periódicamente la ONU se proyecta

metas a alcanzar en plazo fijo para hacer realidad el acceso a los Derechos

Humanos por parte de todos.

Siendo que la ONU aglutina la mayoría de los Estados hoy reconocidos, se

podría pensar que ejerciese el papel del gobierno mundial en vistas a una

comunidad humana mundial. Sin embargo la propia estructura de la

organización no permite una participación ciudadana responsable y libre siendo

que es el Consejo de Seguridad el responsable de mantener la paz y la

seguridad entre las naciones y que en éste hay un consejo permanente

formado por cinco países que son los que, finalmente, toman las decisiones.

En estos momentos el espíritu de diálogo, conciliación y comunión que inspiró

la creación de la ONU, parece estar secuestrado por el o los Estados que más

aportan económicamente al presupuesto de la ONU y que, justamente, son el

67
Consejo Permanente de Seguridad y quienes pueden tomar o bloquear las

decisiones. El Secretario General, por más buena voluntad que tenga, no tiene

autoridad para hacerse obedecer y no es, por tanto, un lugar de gobierno.

Cierto es que la ONU cuenta con organismos internacionales subsidiarios en

las diferentes áreas de la vida social, política, económica y cultural y que

pueden trabajar con mayor o menor seriedad y ética en vistas al Bien común.

Pensamos en el Tribunal Penal Internacional, en la Organización de las

Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura… pero también es

cierto que otros organismos que preferimos no citar, parecen estar ‘vendidos’ a

los intereses particulares de algunos Estados o de empresas multinacionales96.

De hecho, como dijeron los Pontífices, es necesaria una seria reforma en las

organizaciones internacionales y en la ONU para orientarlas hacia el Bien

común97. Así, hoy por hoy, la comunidad humana sigue necesitando y

esperando la posibilidad de crear estructuras que favorezcan las condiciones

necesarias para el pleno desarrollo de todos y de cada uno de los miembros y

hermanos de la misma familia humana.

Por último, no podemos acabar este capítulo sin hacer mención a la

responsabilidad particular de los cristianos en la búsqueda del Bien común. Ni

sería necesario formularlo de manera explícita, pero es bueno recordar que los

cristianos respondemos a la vocación y realizamos la misión recibida no

únicamente cuando participamos en la asamblea dominical o colaboramos con

las tareas intra-eclesiales (catequesis, liturgia, economato…) sino cuando

96
Pensamos en la Organización Mundial de la Salud, Organización Mundial del Comercio,
Fondo Monetario Internacional.
97
Cfr. GS 82; SRS 33, 39, 43.

68
trabajamos por impregnar la sociedad en la que vivimos del Espíritu del

Evangelio98.

Esta responsabilidad es de toda la Iglesia y, por tanto, de todos los cristianos,

de manera especial de los laicos, que viven y están en medio de los asuntos de

la polis. Los laicos son la Iglesia en el mundo y con su presencia en la vida

pública hacen presente a la Iglesia en el mundo. El cristiano laico no está en la

sociedad meramente como acto fortuito, sino en razón de un envío eclesial

recibido el día del bautismo con la misión de anunciar el Evangelio de

salvación, liberación, vida abundante para todos. Es decir, tiene la misión de

buscar y trabajar por el Bien común en actitud de fe responsable, servicio,

diálogo y generosidad desde la triple función bautismal (sacerdotal, profética y

real).

Así, el cristiano está llamado a trabajar al servicio de una economía, política y

cultura que respeten y defiendan la dignidad humana de manera competente y

no desde una actitud fundamentalista sino en diálogo abierto y sincero con el

mundo en una constante búsqueda de la verdad iluminada por la caridad. El

Deberá discernir en el uso de los bienes económicos, de los Medios de

Comunicación Social, de los instrumentos políticos, en los valores a defender y

las declaraciones públicas a realizar. En vistas a la construcción del Reino de

Dios en cada circunstancia y lugar concreto. Y, sobre todo, es necesario estar

dispuestos al diálogo, entre los miembros de la comunidad cristiana, entre las

religiones, con los jóvenes, en el compromiso social. Es importante que en el

98
Cfr. ChFL 15; LG 30, 33, 35, 36; AA 2; EG 201.

69
diálogo con el mundo, los cristianos, en sus diferentes opciones, mantengan

una actitud de sincero diálogo y no reivindiquen la autoridad de la Iglesia para

apoyar la propia opción99. Como decíamos anteriormente hablando de la

solidaridad, el cristiano debe permanecer libre de cualquier ideología partidista.

Finalizamos este párrafo con esta reflexión sobre el modo de actuar del

cristiano en una sociedad plural:

«¿Puede un creyente aprobar leyes que permiten, o no penalizan,

conductas que son incompatibles con la moral cristiana y con la

interpretación que ésta hace de la ley natural? ¿Es lícito apoyar a partidos

que llevan en sus programas tales propuestas legislativas? ¿Puede un

político católico dar su voto en un parlamento a tales proyectos de ley?

Las respuestas a estas cuestiones no son fáciles. Algunas

consideraciones ayudarán a tomar una postura prudente en todo esto:

1) Es preferible juzgar los programas políticos en su totalidad y discernir el

grado de compromiso o apoyo que se puede asumir en cada caso. Una

postura prudente debe huir de análisis precipitados o de enfrentamientos

descalificatorios, donde no es raro que se intente manipular con otros

fines la buena conciencia de muchos católicos.

2) El católico no puede exigir que su moral se convierta en ley, ni siquiera

invocando una ley natural que todos tuvieran que aceptar sin discusión.

Esa postura lleva a un debate imposible. Pero el cristiano tiene la

obligación de expresar sus convicciones morales y argumentarlas desde

la razón, sabiendo que «las cosas están prohibidas porque son malas,

99
Cfr. GS 43, 75; AA 12, 25, 29, 31; ChFL 25, 35, 37, 42, 46, 54; CA 46; CDSI 534, 547-668.

70
pero no son malas porque están prohibidas». Un cristiano será tanto más

responsable cuanto más cuide la argumentación que presenta, buscando

siempre la vía más eficaz para entrar en diálogo con quienes parten de

premisas diferentes: los debates que se ciñen a posiciones maximalistas

por ambas partes ya vemos a qué conducen.

3) Habrá veces en que resulta imposible llegar a textos legislativos

totalmente acordes con la moral cristiana. Aunque el cristiano debe

siempre dejar clara cuál es su postura, en algunas ocasiones le estará

permitido seguir el principio del mal menor: apoyar ciertas medidas

legales que reducen la inmoralidad de una norma, aunque ésta no sea del

todo satisfactoria.

4) Sin duda que permitir no es lo mismo que imponer. Ningún creyente (ni

ninguna otra persona) se verá obligado a actuar contra su conciencia.

Pero la permisividad contribuye a socializar ciertos valores en un sentido

o en otro. Las leyes tolerantes en cuestiones relativas a la vida o a la

familia no imponen obligaciones a nadie, pero contribuyen a difundir

ciertos valores o formas de entender la existencia que no están en

sintonía con la antropología cristiana. Esto invita a los cristianos a adoptar

otras iniciativas, que miran más a la educación y a una acción a largo

plazo, como la vía más eficaz para incidir sobre la definición del bien

común vigente en la sociedad. También aquí arrastramos ciertas lacras

de épocas anteriores que llevan a muchos a identificar lo que no está

prohibido por la ley con lo que es éticamente aceptable: esta deformación

de la conciencia moral debe ser objeto de atenta consideración en la

Iglesia.

71
5) Si se trata de estrategias a largo plazo que hagan creíbles en una

sociedad laica una visión cristiana de la vida, nada será comparable en

eficacia al testimonio de vida. Sólo si los cristianos saben “contagiar” sus

convicciones a los demás estaremos en el camino de una verdadera

evangelización»100.

En definitiva, es importante que tomemos conciencia de que no podremos ser

buenos cristianos si no somos buenos ciudadanos.

II.3.D.- Bien común y democracia

Para finalizar esta parte del trabajo, queremos reflexionar un poco sobre el Bien

común en un Estado democrático.

En la Introducción nos preguntábamos si se podía hablar de Bien común en

una sociedad democrática. En efecto, por su naturaleza la democracia busca la

participación de todos y la integración de la pluralidad. Esto significa y exige

que toda la ciudadanía deba ser informada, escuchada e implicada en el

ejercicio de la vida de la sociedad civil. La Iglesia no ofrece ni apoya

explícitamente un tipo de gobierno concreto con tal de que respete la dignidad

de la persona humana y busque el bien común. Sin embargo ve en el sistema

democrático las posibilidades de que esto se lleve a cabo101.

100
CAMACHO LARAÑA, Ildefonso, “El bien común. Una nueva conciencia social para los
cristianos”. pp. 253-255.
101
Cfr. Pio XII Benignitas et Humanitas; CA 46; CDSI 103; 169, 190; 321; 356; 395; 406. En
CiV Benedicto XVI asume la democracia como sistema de gobierno fijándose en lo que puede
o no ponerla en peligro. Así habla de la necesidad de democratizar la economía y de evitar
desigualdades sociales que la pongan en peligro. Cfr. CiV 32, 38, 41, 66, 73.

72
La democracia se basa en el consenso ciudadano de los valores que deben

regir la convivencia. Caso contrario, ésta estará marcada por la inestabilidad y

a merced de la ideología del partido gobernante de turno imposibilitando la

‘amistad civil’ y generando divisiones ideológicas que se buscarán justificar y

defender manipulando la defensa de los Derechos Humanos102.

Podemos definir las ideologías como concepciones de la vida, de la persona

humana, de la sociedad, religión, cultura… organizadas como sistema de

pensamiento que no están abiertas a la confrontación social y al diálogo, sino

que protegen y esconden posturas ya tomadas e intereses particulares. Sobre

las ideologías ya hablaron el Papa Pablo VI y Juan Pablo II advirtiendo que

bajo pretendida liberación, se tornan totalitarias y absolutas exigiendo a

quienes a ellas adhieren un culto idolátrico. Imponen, de forma unilateral e

implacable, sus leyes y sus reglas y conducen a nuevas formas de injusticia y

esclavitud y organizan en torno a ellas la vida social, económica, científica y

técnica. Últimamente, el Papa Francisco ha recordado que las ideologías

cierran el camino a un diálogo auténtico, pacífico y fructífero103.

Es cierto que en una sociedad plural obligatoriamente se encontrarán diversos

intereses y diversas concepciones de la vida. Se trata de consensuar una

escala de valores que, integrando la pluralidad, respete la dignidad de la

persona humana. Esto exige un ejercicio paciente de consulta, participación,

diálogo, integración, reflexión, elaboración, referéndums etc, etc, etc de otros

mecanismos que la sociedad civil y la comunidad política puedan idear para

102
Podemos interpretar así lo que está pasando en la sociedad española actualmente que se
manifiesta en la discusión sobre la ley del ab orto.
103
Cfr. OA 26, 27, 28, 35, 36; CA 4, 5, 17, 18, 20; EG 56, 243.

73
crear las condiciones en las que todos y cada uno encuentren el Bien común.

En diversos países y en situaciones diferentes hemos encontrado que partidos

o grupos sociales enemigos ideológica o culturalmente han sido capaces de

darse la mano y el perdón mutuo para reconstruir la convivencia y la amistad

civil104. Curiosamente, en la filosofía africana, se considera la reconciliación

como la base de la democracia.

A pesar de que la mayoría de los Estados se proclaman democráticos, hoy

atravesamos por un momento de crisis del sistema democrático pues faltan

bases sólidas éticas consensuadas. Parece que se han perdido la razón de ser,

el sentido y el horizonte de la convivencia democrática. Se cuestiona la

concepción antropológica tradicional y, con ello, están en crisis los Derechos

Humanos que eran la base del poder político que, interpretados desde una

mentalidad individualista y utilitarista han quedado fragmentados y divididos. Se

confunde un Estado laico con la ideología laicista justificando la intolerancia

religiosa camuflada y dejando al Estado como un pretendido espectador

imparcial.

Así, se pasa de tener la Declaración Universal de los Derechos Humanos como

punto de partida, como ética de mínimos, a olvidarlos, relativizarlos a otras

políticas o como un horizonte lejano deseable, opcional, no obligatorio, al que

sólo se podría llegar con control, represión y recorte de las mismas libertades a

las que dice pretender llegar.

104
La elaboración de la Constitución española del 78 y la manera como se realizó la transición
ha sido vista como ejemplar fuera de España. También los Acuerdos de Paz de Mozambique
en 1992 en donde reconocen que ningún grupo ganó, sino que ganó la paz… Por no hablar de
Ruanda donde grupos de mujeres intentan rehacer sus vidas en grupos inter-étnicos…

74
El libre mercado con las políticas neoliberales han mermado el poder del

Estado que no representa ya a los ciudadanos ni los protege. Por el contrario,

curiosamente, mientras ha disminuido sensiblemente la capacidad del Estado

democrático de fijar las prioridades de la economía y de influir en los

dinamismos financieros internacionales, se agranda su toma de decisiones y su

discrecionalidad hacia los derechos de las personas, de los cuerpos

intermedios y de las comunidades primarias, como la familia y las Iglesias. Así,

el Estado aparece débil con los fuertes y fuerte con los débiles105.

En varios países la democracia fue evolucionando hacia lo que se conoce

como el Estado social democrático que, asegurando los derechos sociales y

económicos de los ciudadanos, propiciaba una participación más activa de los

mismos en la búsqueda del Bien común. El Estado social democrático buscaba

conjugar la libertad y la justicia y, por eso mismo, tendía hacia una visión

personalista y comunitaria.

Hoy este tipo de Estado está también en crisis, esencialmente por dos razones

de las que ya hemos hecho mención: la hegemonía del modelo neoliberalista,

individualista y mercantil y la relativización de cualquier valor moral objetivo y,

por tanto, la fragmentación del consenso social sobre el que se basa la

convivencia106.

105
Cfr. TOSO, Mario, Los fundamentos morales de la democracia.
106
Cfr. Ibid.

75
La transformación de la economía en ‘guerra económica’ y la consiguiente

transformación de la competitividad en valor único y superior, ha colocado en

crisis los derechos humanos en nombre de los derechos del mercado y ahora,

cada vez más, un mercado financiero.

La fuente de producción en el mundo actual no proviene ya del trabajo, que se

torna superfluo, sino de las finanzas. Es el dinero que produce dinero, es la

búsqueda de lucro a corto plazo como absoluto. Esta práctica manifiesta un

cambio radical de la búsqueda de solidaridad del Estado social democrático y

en vez de fraternidad produce “gente superflua” que pierde no solamente el

trabajo, sino los proyectos, los puntos de referencia, el control de la propia vida

y se encuentra despojada de la propia dignidad.

El primado de lo individual y de lo particular por encima de todo y de todos se

traduce en la fragmentación cultural y social, en la exaltación de la propia parte

y del propio punto de vista, en la absolutización de la lógica y del interés

corporativo; las relaciones se cierran en una solidaridad orgánica e instrumental

y se torna difícil, si no imposible, encontrarse y dialogar.

Este ambiente provoca miedo y desconfianza en la sociedad, que ya no

aglutina a toda comunidad humana. Esto conduce al aislamiento y a los

conflictos sociales que son criminalizados. La represión por parte del Estado

aumenta con políticas asociadas a la disciplina, a la contención y al control. El

Estado pierde credibilidad y autoridad. Los ciudadanos no se sienten ya

76
representados por aquellos que ellos eligieron y que, en vez de promover y

proteger sus derechos, se los recortan. Es la crisis de la democracia107.

Esto nos hace pensar en lo que afirmaba Benedicto XVI en CiV: «El desarrollo

es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes

políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien

común»108. O podemos hacer nuestra la frase de Pablo a los Romanos: «Han

secuestrado la verdad con la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer,

está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Dios,

desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus

obras»109. Es decir, es necesario enfrentar la realidad con honradez intelectual

y buscar la conversión personal y estructural, reformar la democracia y los

partidos. «Es preciso ante todo, reapropiarse de una democracia entendida

como horizonte y estilo de vida, al interno de la cual dirimir y encontrando el

consenso; de una democracia que no abandona el instituto de la

representación y lo renueva, y a la vez se completa como democracia

participativa, cada vez más social»110.

La democracia es un instrumento, no un fin. Hasta ahora parece ser la forma

de gobierno más respetuosa de la dignidad humana, pero no es absoluta ni un

fin en sí misma. La búsqueda sincera de la verdad “logos que crea diálogos”,

107
Cfr. Ibid.
108
CiV 71.
109
Rom 1, 18-20. No vamos a entrar aquí en un debate sobre la ley natural, pero creo que una
lectura ‘laica’ del texto nos puede hacer percibir la exigencia de ser honrados con la realidad y
con la inteligencia.
110
J. M. Bergoglio, Noi come cittadini, noi come popolo, p. 29. Citado por TOSSO, Mario. Los
fundamentos morales de la democracia. Pag 13.

77
por tanto, comunicación y comunión111 es lo que puede ayudar a superar las

ideologías e ideologizaciones de la vida social y política y crear el consenso

necesario para la convivencia.

Y esto exige que la autoridad del Estado no sea auto-referencial ni como

institución en el poder ni como proyecto político de desarrollo. Si en el primer

capítulo llegábamos a la conclusión de que la persona humana sólo se

desarrollará en la medida en que acepte ‘transcenderse’, aquí llegamos a la

conclusión de que la autoridad política, la ciencia, la tecnología, la cultura y la

economía tampoco pueden ser auto-referencia. Existen en función de otro, que

es la persona humana que vive en comunidad. Es la persona humana, su

dignidad y su mayor bien el principio, centro y fin de la existencia y sentido del

Estado, de su autoridad y de cualquier institución que en ella existe o se

organice.

Así, la economía, ciencia y tecnología deben subordinarse a la dignidad de la

persona humana. Si la tecnología y ciencia se colocaran al servicio de la

dignidad de la persona humana y el Bien común de los ciudadanos en vez de

establecerlo como fin, a pesar de tener criterios diferentes se podrían encontrar

puntos de consenso. Si los agentes económicos no miraran únicamente el lucro

como fin de la economía sino la producción de bienes de destino universal, el

consenso sería posible112.

111
CiV 4.
112
CiV 68-75

78
II. 4.- PERTINENCIA DEL DISCURSO

Miramos ahora si este discurso es ‘aceptable’ en las sociedades de hoy y si

puede ayudar a iluminar la realidad y orientar las políticas en una sociedad

laica y plural.

Un primer aspecto que debemos reconocer para empezar es que hay

diferentes concepciones del Bien común, del fin de Estado y de sociedad.

Mientras que para la Iglesia el Bien común es el mayor bien de cada uno de

todos, es la razón de ser del Estado y su autoridad y la sociedad es expresión

de la naturaleza humana, otras corrientes de pensamiento abogan por el bien

común como el mayor bien para la mayoría de ciudadanos que lo que les une

es la ley que ellos mismos han acordado y cuya administración delegan en el

Estado cuyo sentido es el poder que se le otorga. Partimos de concepciones

diferentes.

Por otra parte, si algo caracteriza la DSI es que forma parte de la ética de los

máximos. Parte de la conciencia del origen divino de la persona humana y

apunta a su fin último, que también es Dios. No es lugar para detenernos en la

distinción entre ética de mínimos y ética de máximos113. Sólo queremos

recordar que lo que se conoce como éticas de mínimos o de la justicia se

refiere a lo justo, es decir, aquello que en justicia se puede y debe exigir a

cualquier persona humana por responder a intereses universalizables. No

pretende ‘rebajar’ la exigencia ética de reconocimiento de la dignidad de la

persona humana, sino ayudar a entender y aceptar desde una sociedad plural y

113
Remitimos para ello a la excelente obra de Adela Cortina.

79
laica la exigencia ética de la vida civil. Además, es importante subrayar que,

cuando la DSI habla del Bien común, habla de la felicidad plena de cada una y

de todas las personas humanas pero esto mucho tiene que ver con la justicia,

base de la ética de los mínimos.

A diferencia del Islam, que también presenta una moral de máximos, la Iglesia

no tiene un sistema de gobierno propio, sino que es ‘subsidiario’ en el sentido

de que reconoce, acepta y asume las formas de gobierno que las sociedades

políticas organicen, siempre que respeten la dignidad humana.114. Al no

identificarse con ningún Estado ni sistema, la Iglesia ofrece el Evangelio a

todos los pueblos para ser luz que ilumine y oriente sus ‘mínimos’. Como

sacramento, la Iglesia se hace presente en el mundo a través del testimonio y

el compromiso de los creyentes para ser testigo del Evangelio.

Esta presencia de la Iglesia en el mundo es, teológicamente, un deber

irrenunciable y, social y políticamente, un derecho que la sociedad reconoce a

todos los que la integran en su pluralidad. Para ejercer este derecho es

necesario que respete las reglas del juego de una sociedad democrática,

donde nadie tiene derecho a imponer coactivamente una visión de la vida y un

modo de comportamiento (ética de máximos), pero todos pueden proponer sus

propias convicciones y proyectos para la persona humana y para la sociedad.

El reto para la Iglesia es hacerse presente, dialogar, proponer y ganar

114 El Islam, sin embargo, sí tiene un sistema de gobierno propio teocrático donde se identifica
religión y Estado Sobre la relación o posibilidad de compaginar islamismo y democracia hay
diversas opiniones. Remito a los siguientes estudios: SCATTOLIN Giuseppe. O Islão
contemporâneo. Por uma sociedade laica. Acceso en: [Link]/cgi-
bin/quickregister/scripts/redirect; TESLIMA AL-JERRAHI, Amina. Islã e democracia. Acceso
en: [Link]. 10 de Julho de 2013

80
autoridad moral a través del compromiso de los cristianos por humanizar

nuestra sociedad, siendo sacramento de que el ser humano puede abrirse a la

trascendencia y aspirar a vivir en fraternidad115. Es este diálogo que da frescura

y renueva la Iglesia.

La preocupación pastoral de la Iglesia es la ordenación de la vida en

comunidad. Ella misma va descubriendo el plan de Dios en la progresiva

revelación de lo que es el hombre, en la dócil atención a los signos de los

tiempos y, en modo muy particular, en una más profunda percepción de las

repercusiones que la aceptación de la revelación de Dios tiene en la

ordenación de las relaciones sociales. Esto pide de la Iglesia saber ver la

presencia de Dios en la multiplicación de las relaciones mutuas entre las

personas humanas como signo de los tiempos. Y una manera de estar en el

mundo abierta al diálogo abierto, fraterno y franco.

Ya hemos indicado anteriormente cómo el problema principal radica en las

ideologías que subyacen y orientan las políticas e instituciones y la

consecuente falta de diálogo transparente y constructivo. El problema no es

que la Iglesia no tenga derecho a ofrecer su visión a la sociedad, el problema

es que remitiendo el discurso de la Iglesia a un nivel privado de religión y moral

las ideologías siguen campeando y beneficiándose. Por eso, se entiende la

expresión del Papa Francisco: «¡Pido a Dios que crezca el número de políticos

capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar

115
Cfr. CAMACHO LARAÑA, Ildefonso, “El bien común. Una nueva conciencia social para los
cristianos”.

81
las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo!»116 y

establece como prioritario para la Iglesia el diálogo social como contribución a

la paz: un diálogo con el Estado, con la sociedad y con las religiones. Un

diálogo en el que invita a la razón a abrir sus perspectivas; un diálogo en el que

la Iglesia acompaña las propuestas que mejor respondan a la dignidad de la

persona humana y al bien común proponiendo con claridad los valores

fundamentales de la existencia humana, para transmitir convicciones que luego

puedan traducirse en acciones políticas. Esta cultura de diálogo podrá, en fin,

buscar consensos y acuerdos, en la busca de una sociedad justa, memoriosa y

sin exclusiones117. La Iglesia está llamada a ser servidora de este difícil diálogo

social en el que se incluye el diálogo entre la fe y el mundo de la ciencia y la

cultura cuya misión corresponde a la teología.

II. 5.- CONCLUSIÓN DEL SEGUNDO CAPÍTULO

“Cuando se expulsa a Dios, se acaba por adorar ídolos”118. Esta frase

pronunciada recientemente por el Papa podría ser el resumen de nuestro

capítulo sobre el Bien común. Pues, de una manera o de otra, hemos llegado a

esa conclusión.

Podemos decir que así como en la Biblia el problema no es el ateísmo, sino la

idolatría, la raíz de los problemas sociales con los que chocamos es ‘teológica’.

Hoy hay dioses a los que se les ‘adora’. Es decir: se les entrega la mente, el

116
EG 205.
117
Cfr. EG 29, 74, 133, 238, 239, 241. Una muestra de esta falta de diálogo y la ruptura social
correspondiente la tenemos en lo que ha sucedido en España con la reforma de la ley del
aborto. Pero la fragmentación de hoy cuestiona el diálogo y consenso social de la anterior ley
votada…
118
Francisco en el encuentro con los líderes religiosos en Albania. Zenit ZS140921.

82
corazón y las fuerzas. Son los valores en la bolsa, el lucro, la técnica y la

ciencia, los ‘consumibles’… estos dioses tienen sus ‘valores’: individualismo,

éxito, riqueza… son adorados en templos: Wall Street y los Centros

Comerciales y tienen sus sacerdotes. Exigen sacrificios y vidas humanas.

La Iglesia afirma que Dios nos creó a su imagen y semejanza, pero la Biblia

nos recuerda que también los falsos ídolos moldean a su imagen y semejanza

a aquellos que los adoran119. La dificultad de trabajar por el Bien común y llegar

a la amistad civil no es un moralismo impuesto de fuera o falta de recursos o

dificultades culturales. Es la falta de voluntad de abrir los ojos para ver, los

oídos para oír y la mente para amar.

El papel de la Iglesia no puede ser otro que el de Jesús: desenmascarar las

ideologías que excluyen, oprimen y matan. «La dignidad de la persona humana

y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren

renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es

necesaria una voz profética»120.

Es importante también, tomar conciencia de la necesidad de la educación para

una ciudadanía activa y responsable. Si es cierto que se necesitan hombres

nuevos con conciencia nueva, es necesario también ir creando estructuras

nuevas que formen la conciencia del los nuevos hombres.

119
El Salmo 115 (113B) dice que los ídolos tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven,
tienen oídos y no oyen, tienen nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen pies y no
caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como ellos serán los que los hacen, cuantos en
ellos ponen su confianza... En claro contraste con el Dios que nos creó que ve la miseria de su
pueblo, escucha sus lamentos, tiene mano fuerte para librarle y ha decidió bajar a salvarle.
120
EG 218.

83
CONCLUSIÓN

A lo largo de todo el trabajo hemos ido constatando en nuestra reflexión que

cuando la acción política deja de tener en miras el respeto, la protección y la

promoción de la dignidad de la persona humana, pierde razón de ser,

autoridad, credibilidad, se torna arbitraria y es causa e instrumento del conflicto

social. Esto confirma varios puntos de la DSI:

Primero: es la persona humana principio y fin último de la vida política. La

persona, no entendida como simple individuo, sino como ser razonable, libre y

esencialmente abierto a los otros y a la comunidad. Todo el resto: economía,

ciencia y tecnología, están al servicio de la persona humana. Son, por tanto,

valores instrumentales, al servicio de la persona humana que es un valor

intrínseco absoluto.

Segundo: La razón de ser de la comunidad política es el pleno desarrollo de la

persona humana, llamado Bien común y hacia ese pleno desarrollo tiene que

orientar toda su acción. El Bien común no es el bien de la sociedad, sino que

es el bien de cada una de las personas que la constituyen, en la medida en que

ese bien es fruto de la acción comunitaria.

Tercero: Este Bien común tiene que ver con la felicidad (ética de máximo)) al

mismo tiempo que con la justicia (ética de mínimos) y no puede quedar simple

y totalmente en manos de la autoridad. Es responsable cada persona, familia y

84
la sociedad civil con derecho y capacidad de organizarse subsidiaria y

solidariamente que la autoridad deberá respetar, proteger y promover.

Cuarto: Este Bien común requiere ciertas condiciones económicas, sociales,

políticas, económicas, culturales y religiosas, responsabilidad del Estado,

expresadas como derechos que tienen como base el reconocimiento de la

dignidad inalienable de todo ser humano.

Quinto: No es por tanto derecho del Estado excluir ni obligar a igualarse a

nadie. La exclusión, marginalización e indiferencia son formas de irrespeto de

la dignidad humana comparables al asesinato o al aborto y los ciudadanos así

lo sienten reaccionando de diferentes maneras a ese atropello a su persona.

Sexto: Todo lo dicho implica reconocer que la persona, aún siendo un valor

intrínseco absoluto, no puede auto-referenciarse a sí misma, pues se destruiría

y perdería su propia libertad que le impulsa a transcenderse a sí misma y, en

solidaridad, hacia el otro, hacia la vida más allá de sí mismo y del otro… El

Totalmente Otro, siempre es un encuentro personal y libre que se ofrece y no

se impone a la persona humana; pero quien no está abierto a la

transcendencia, pierde algo del Bien común.

Séptimo: Por lo mismo, el Estado no puede auto-referenciarse a sí mismo, ni la

autoridad política lo puede hacer. Eso es la destrucción de sí misma y el caos.

El Estado y su autoridad están llamados a transcenderse para poder

mantenerse.

85
Estas afirmaciones pueden hacerse de la comunidad más pequeña que es la

familia hasta de la comunidad mayor que es toda la familia humana.

La Iglesia, ministra del Evangelio de Jesús, ve un mundo sin fronteras, donde

no sólo somos vecinos, sino hermanos y convivimos en amistad civil. El modelo

ya no es la esfera, que todo lo iguala, sino el poliedro donde cada cara del

polígono conserva su propia identidad integrando armónicamente el mundo121.

Una vez afirmado todo esto queremos subrayar algunos elementos que nos

parecen importantes:

DIGNIDAD – DERECHOS

Mucho se ha hablado de los Derechos Humanos, concretamente la Declaración

Universal de los Derechos Humanos promulgada por la ONU en 1948, como

expresión de la dignidad humana, pero no debemos olvidar que la persona no

es digna porque tiene derechos, sino que tiene derechos porque es digna. En

estos tiempos en los que la indivisibilidad de los Derechos de la Declaración y

sus consecuentes ha desaparecido y estos se han fragmentado hasta el punto

de que un derecho a la vida puede conducir a un derecho a quitar la vida, es

normal que la Iglesia recuerde que los Derechos son relativos a la persona, no

al revés. La Iglesia defiende no los derechos de la persona humana, sino su

dignidad y los derechos que de ella se desprenden.

121
En el momento actual, podríamos ver en esta imagen el ideal de un Estado español
compuesto federalmente por las diferentes naciones o autonomías en el que parece que
algunos piensan.

86
Esto quiere decir que la dignidad humana va más allá, transciende los

Derechos Humanos. La persona humana en su dignidad, es un misterio

sagrado y como tal debe ser considerado en su globalidad y totalidad. La

Iglesia no puede dejar de anunciar a tiempo y a destiempo la sacralidad del

misterio de la persona humana para evitar que se vea reducida a un mero

resultado genético, histórico, social o, incluso, cósmico.

Acertadamente hay quien afirma que la persona humana es sujeto de derechos

por ser capaz de conciencia. Y la conciencia nace del encuentro con el otro, en

la comunidad. No hay genes que nos enseñen a decir ‘yo’. Tal vez se debería

profundizar más en el surgimiento de la persona humana por la alteridad. Soy

‘yo’ en la medida que soy capaz de decir ‘nosotros’ reconociendo, apreciando

las diferencias y permitiendo que ellas se manifiesten se integren y enriquezcan

el conjunto de la vida social. De cualquier manera, hoy no se puede entender el

pleno desarrollo (Bien común) sin la alteridad.

EDUCACIÓN

Puesto que la primera responsable del Bien común es la persona humana,

familia, sociedad civil, es importante, necesaria y urgente la educación de la

misma. La educación es el fundamento de la paz. La educación supera el

academicismo. Los fines de la educación de la UNESCO son: saber, saber

aprender, saber hacer, saber ser y saber convivir. Se hace urgente que la

educación no se reduzca a competencias a adquirir en los centros escolares

sino que se torne prioridad de toda la sociedad.

87
Es importante y urgente educar para la ciudadanía; una ciudadanía activa y

responsable. Enseñar a reconocer en la existencia del otro la base de la propia

y de la común existencia.

La educación crítica, consciente responsable y comprometida supone

recuperar la ética de lo público, del bien común, del respeto por el otro sin

renunciar a la diferencia, de ser capaz de analizar la realidad y el mundo desde

categorías de subsidiaridad y solidaridad, categorías de familia humana

universal122…

La educación se realiza primeramente en la familia, pero es responsabilidad de

toda la sociedad y sus instituciones. Debería crearse una cultura de ‘formación

permanente’ en ciudadanía. Y, para empezar, se deberían crear mecanismos

de ayudar a las familias a asumir la formación ciudadana inicial que comienza

nueve meses antes de que el niño nazca.

Si la educación es ‘el arma’ del ciudadano, no podemos dejar de ver que lo

importante es desde dónde se educa y los valores que se transmiten a través

de ella. En este sentido, es esencial que la educación sea abierta al diálogo

social con todo lo que eso significa.

La DSI es un tesoro y patrimonio de la humanidad y es importante la acción

educativa de la Iglesia ofreciendo (en diálogo, no imponiendo) su reflexión a la

122
Cuando se entra en algunos blogs y se leen los comentarios que se hacen, se perciben
relaciones cargadas de odio, intolerancia e ideologías. No hay duda que falta educación y se
equivoca la libertad de expresión con la intolerancia hacia quienes no piensen como uno
mismo. Es un mundo que asusta, porque estos somos los ciudadanos de hoy.

88
sociedad. Es también deber urgente de la Iglesia educar y formar a los

cristianos en ella. La DSI debería envolver, englobar, comprender, abarcar toda

la acción educativa de la Iglesia en sus centros escolares y formativos

incluyendo las diferentes catequesis en los diferentes niveles y contextos.

IGLESIA EN EL MUNDO

La Iglesia está presente en el mundo y tiene una misión importante. Su

presencia es relevante. Es importante cómo ella se sitúa en el mundo. El

Concilio Vaticano II, cuando habló de la Iglesia en el mundo, redactó una

Constitución Pastoral, la GS, no dogmática. Es importante que la Iglesia, para

poder transmitir el mensaje que tiene, tome una actitud no dogmática, sino

pastoral. Es importante que la Iglesia se presente con una actitud de diálogo

sincero, abierto, sin ideologizaciones para poder ser ‘servidora’ del diálogo

social y pueda iluminarlo con su doctrina.

En este diálogo la Iglesia puede sentirse invitada a reinterpretar conceptos

esenciales y fundamentales como la ley natural, de manera a que puedan

ayudar a entender y orientar la realidad.

Esta actitud de diálogo abierto en busca del Bien común, pide a los cristianos

una firme identidad eclesial, competencia profesional y libertad frente a los

partidos y sus políticas partidistas.

89
EL PECADO – MAL RADICAL

Así como la persona humana es un misterio sagrado, este misterio nos viene

acompañado de otro: la presencia del mal radical en la misma persona.

Si bien hoy la sociedad no quiere oír hablar de pecado, no puede dejar de

reconocer que allí donde está la libertad humana se hace presente el mal y que

no se resuelve con leyes, pactos, contratos sociales o guerras de ningún tipo.

Un gran aporte a la convivencia humana que la Iglesia puede ofrecer es

acompañarla en una reflexión seria sobre las manifestaciones personales,

sociales y estructurales del mal radical que destruyen la dignidad humana y los

mecanismos para combatirlo.

Tal vez ahí aparezcan temas como la reconciliación como base de la

convivencia humana, la justicia restaurativa, la compasión, la gratuidad y

generosidad como valores a ser promovidos en la convivencia… En palabras

evangélicas podríamos decir “vencer el mal a fuerza de bien”.

Todo ello supera los límites de las sociedades contractuales y pone de

manifiesto cómo la ‘amistad civil’ forma parte importante del Bien común. Al

final, estos valores que nos obligan a transcendernos, no sólo respetan la

dignidad humana que nunca se pierde sino que nos humanizan y crean las

condiciones de una convivencia que nos permita a todos alcanzar el Bien

común. Nos ‘dignifican’.

90
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95
ÍNDICE

Declaración..................................................................................................................................... i
Dedicatoria .....................................................................................................................................ii
Agradecimiento ............................................................................................................................. iii
Siglas utilizadas.............................................................................................................................. iv

INTRODUCCIÓN ............................................................................................................................ 6

CAPÍTULO I: LA DIGNIDAD HUMANA ........................................................................................... 9


I.1.- DIVERSOS SENTIDOS ........................................................................................................ 10
I.2.- EN LA DSI .......................................................................................................................... 14
I.3.- TEOLOGÍA SUBYACENTE ................................................................................................... 16
I.3.A.- Imagen de Dios invisible ...................................................................................... 16
I.3.B.- El Dios de Jesús .................................................................................................... 17
I.3.C.- Hijos en el Hijo ..................................................................................................... 18
I.3.D- La Iglesia................................................................................................................ 23
I.4.- DIGNIDAD, DERECHOS Y LIBERTAD .................................................................................. 24
I.5.- PERTINENCIA DE ESTE DISCURSO..................................................................................... 27
I.6.- LO QUE DESTRUYE LA DIGNIDAD HUMANA .................................................................... 31
I.7.- CONCLUSIÓN DEL PRIMER CAPÍTULO .............................................................................. 35

CAPÍTULO II: EL BIEN COMÚN .................................................................................................... 38


II.1.- DIVERSOS SENTIDOS ....................................................................................................... 38
II.1.A.- Liberalismo filosófico y político .......................................................................... 38
II.1.B.- El Estado del Bienestar ........................................................................................ 41
II.1.C.- El Comunitarismo ................................................................................................ 42
II.1.D.- En los totalitarismos y fundamentalismos.......................................................... 43
II.2.- EL BIEN COMÚN COMO VALOR ABSOLUTO .................................................................... 45
II.3.- EN LA DSI ......................................................................................................................... 48
II.3.A.- Definición y contenido ........................................................................................ 48
II.3.B.- Bien común, subsidiaridad y solidaridad ............................................................ 54
II.3.C.- Responsables del Bien común............................................................................. 62
II.3.D.- Bien común y democracia................................................................................... 72
II.4.- PERTINENCIA DEL DISCURSO........................................................................................... 79

96
II.5.- CONCLUSIÓN DEL CAPÍTULO ........................................................................................... 82

CONCLUSIÓN............................................................................................................................... 84

BIBLIOGRAFÍA ............................................................................................................................. 91

ÍNDICE ......................................................................................................................................... 96

97

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