Epíclesis
Epíclesis
Consagración
Epíclesis
El celebrante extiende sus manos sobre el pan y el vino e invoca al
Espíritu Santo, para que por su acción los transforme en el cuerpo y la
sangre de Jesús.
Aclamación
Intercesión
Doxología
Comunión
Llenos de alegría nos acercamos a recibir a Jesús, pan de vida. Antes de
comulgar hacemos un acto de humildad y de fe, recitando oraciones al
Señor que nos ayuden a recibirle lo mejor preparado posible. Aprovecha
mientras estás en la cola de la Comunión para rezar comuniones
espirituales. Cuando recibas el cuerpo de Cristo, di el “¡Amén!” con
convicción. Estás diciendo: sé que a quien recibo es Cristo, el mismo que
nació en Belén y murió en la Cruz (aunque mis ojos sólo vean un simple
trozo de pan). El Amén es un gran acto de fe: dilo fuerte.
Oración
Damos gracias a Jesús por haberlo recibido, y le pedimos que nos ayude a
vivir en comunión.
Beso en el altar
El sacerdote entra, besa el altar y saluda a todos los presentes con el
saludo de bienvenida más grande que puede darse: la señal de la cruz
mientras dice en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Acompaña tú al sacerdote en ese beso al altar, mientras le pides al Señor
que te ayude a vivir la Santa Misa con la misma pureza, humildad y
devoción con que le recibió la Santísima Virgen.
Acto penitencial
Pedimos humildemente perdón al Señor por todas nuestras faltas. Es el
momento de reconocer que somos eso, pobres pecadores. Y nos
acordamos de nuestras faltas concretas, de tantos descuidos en el trato
con Dios y con los demás, de nuestras caídas graves y menos graves que
nos alejan de Dios, de nuestras faltas cometidas por la pereza, el egoísmo
o la sensualidad... y le pedimos al Señor que ya no más, que no queremos
volver a ofenderle y que nos perdone. ¡Qué gozada empezar la Santa Misa
con el corazón y el alma limpia! ¡Y aprovechamos para revisar cuándo fue
nuestra última confesión y acudimos a este Sacramento para poder recibir
dignamente al Señor en la comunión!
Gloria
Alabamos a Dios, reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra
necesidad de Él. El Gloria es como un grito de entusiasmo hacia Dios, a
toda la Trinidad.
Oración Colecta
Es la oración que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo de Dios, hace
al Padre. El sacerdote deja aquí un momento de silencio para poner
alguna(s) intención(es) al ofrecer este sacrificio de la Misa. Aprovecha tú
para poner intenciones concretas. No olvides que en la Misa es donde se
arreglan todos los problemas, pues Dios nos concede cualquier cosa que
acompañe al sacrificio de su Hijo.
Primera lectura
En el Antiguo Testamento, Dios nos habla a través de la historia del
pueblo de Israel.
Evangelio
El canto del Aleluya nos dispone a escuchar la proclamación del misterio
de Cristo. Al finalizar aclamamos diciendo: "Gloria a ti, Señor Jesús". Es
el mismo Jesucristo quien nos habla en la Escritura. Por eso lo
escuchamos de pie, y el sacerdote lo besa cuando termina de proclamarlo.
Es el mismo Jesucristo quien te habla a ti. Métete en esa escena del
Evangelio.
Homilía
El celebrante nos explica la Palabra de Dios. Aprovecha tú estos
momentos para dialogar interiormente con el Señor. Haz propios los
consejos que te dan y procura sacar propósitos concretos. Una buena
homilía es aquella que te cambia por dentro.
Lavabo
Mientras el sacerdote hace el lavatorio de las manos, repite tú por dentro
la oración que hace interiormente: ¡Señor, lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado!
Prefacio
Es una oración de acción de gracias y alabanza a Dios, al tres veces santo.
–El Señor esté con vosotros: ese "vosotros" hace referencia a todos los
hombres del mundo, no sólo a los presentes. –Levantemos el corazón:
levantarlo hasta el cielo, para unirnos a todos los que están allí. –Demos
gracias a Dios: y a continuación se dan argumentos, motivos por los que
damos gracias (primero por darnos a Jesucristo y luego se dan otros
distintos según los días: estate atento para descubrirlos). –Por eso con los
ángeles...: pedimos también a los ángeles que adoren a Dios con nosotros.
¡Está toda la creación en la Misa, aunque la Iglesia esté vacía! Siéntete
muy acompañado en esta Santa Misa.
Epíclesis
El celebrante extiende sus manos sobre el pan y el vino e invoca al
Espíritu Santo, para que por su acción los transforme en el cuerpo y la
sangre de Jesús.
Doxología
El sacerdote ofrece al Padre el cuerpo y la sangre de Jesús, por Cristo, con
Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo. Todos respondemos con
fuerza: "Amén".
Padrenuestro
Preparándonos para comulgar, rezamos al Padre como Jesús nos enseñó.
Comunión
Llenos de alegría nos acercamos a recibir a Jesús, pan de vida. Antes de
comulgar hacemos un acto de humildad y de fe, recitando oraciones al
Señor que nos ayuden a recibirle lo mejor preparado posible. Aprovecha
mientras estás en la cola de la Comunión para rezar comuniones
espirituales. Cuando recibas el cuerpo de Cristo, di el “¡Amén!” con
convicción. Estás diciendo: sé que a quien recibo es Cristo, el mismo que
nació en Belén y murió en la Cruz (aunque mis ojos sólo vean un simple
trozo de pan). El Amén es un gran acto de fe: dilo fuerte.
Oración
Damos gracias a Jesús por haberlo recibido, y le pedimos que nos ayude a
vivir en comunión.
Bendición final
Recibimos la bendición del sacerdote. Que ese “podéis ir en paz” sea el
reflejo de una Misa luchada por estar bien vivida.
Beso en el altar
El sacerdote entra, besa el altar y saluda a todos los presentes con el
saludo de bienvenida más grande que puede darse: la señal de la cruz
mientras dice en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Acompaña tú al sacerdote en ese beso al altar, mientras le pides al Señor
que te ayude a vivir la Santa Misa con la misma pureza, humildad y
devoción con que le recibió la Santísima Virgen.
Acto penitencial
Pedimos humildemente perdón al Señor por todas nuestras faltas. Es el
momento de reconocer que somos eso, pobres pecadores. Y nos
acordamos de nuestras faltas concretas, de tantos descuidos en el trato
con Dios y con los demás, de nuestras caídas graves y menos graves que
nos alejan de Dios, de nuestras faltas cometidas por la pereza, el egoísmo
o la sensualidad... y le pedimos al Señor que ya no más, que no queremos
volver a ofenderle y que nos perdone. ¡Qué gozada empezar la Santa Misa
con el corazón y el alma limpia! ¡Y aprovechamos para revisar cuándo fue
nuestra última confesión y acudimos a este Sacramento para poder recibir
dignamente al Señor en la comunión!
Gloria
Alabamos a Dios, reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra
necesidad de Él. El Gloria es como un grito de entusiasmo hacia Dios, a
toda la Trinidad.
Oración Colecta
Es la oración que el sacerdote, en nombre de todo el pueblo de Dios, hace
al Padre. El sacerdote deja aquí un momento de silencio para poner
alguna(s) intención(es) al ofrecer este sacrificio de la Misa. Aprovecha tú
para poner intenciones concretas. No olvides que en la Misa es donde se
arreglan todos los problemas, pues Dios nos concede cualquier cosa que
acompañe al sacrificio de su Hijo.
Primera lectura
En el Antiguo Testamento, Dios nos habla a través de la historia del
pueblo de Israel.
Evangelio
El canto del Aleluya nos dispone a escuchar la proclamación del misterio
de Cristo. Al finalizar aclamamos diciendo: "Gloria a ti, Señor Jesús". Es
el mismo Jesucristo quien nos habla en la Escritura. Por eso lo
escuchamos de pie, y el sacerdote lo besa cuando termina de proclamarlo.
Es el mismo Jesucristo quien te habla a ti. Métete en esa escena del
Evangelio.
Homilía
El celebrante nos explica la Palabra de Dios. Aprovecha tú estos
momentos para dialogar interiormente con el Señor. Haz propios los
consejos que te dan y procura sacar propósitos concretos. Una buena
homilía es aquella que te cambia por dentro.
Lavabo
Mientras el sacerdote hace el lavatorio de las manos, repite tú por dentro
la oración que hace interiormente: ¡Señor, lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado!
Prefacio
Es una oración de acción de gracias y alabanza a Dios, al tres veces santo.
–El Señor esté con vosotros: ese "vosotros" hace referencia a todos los
hombres del mundo, no sólo a los presentes. –Levantemos el corazón:
levantarlo hasta el cielo, para unirnos a todos los que están allí. –Demos
gracias a Dios: y a continuación se dan argumentos, motivos por los que
damos gracias (primero por darnos a Jesucristo y luego se dan otros
distintos según los días: estate atento para descubrirlos). –Por eso con los
ángeles...: pedimos también a los ángeles que adoren a Dios con nosotros.
¡Está toda la creación en la Misa, aunque la Iglesia esté vacía! Siéntete
muy acompañado en esta Santa Misa.
Epíclesis
El celebrante extiende sus manos sobre el pan y el vino e invoca al
Espíritu Santo, para que por su acción los transforme en el cuerpo y la
sangre de Jesús.
Doxología
El sacerdote ofrece al Padre el cuerpo y la sangre de Jesús, por Cristo, con
Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo. Todos respondemos con
fuerza: "Amén".
Padrenuestro
Preparándonos para comulgar, rezamos al Padre como Jesús nos enseñó.
Comunión
Llenos de alegría nos acercamos a recibir a Jesús, pan de vida. Antes de
comulgar hacemos un acto de humildad y de fe, recitando oraciones al
Señor que nos ayuden a recibirle lo mejor preparado posible. Aprovecha
mientras estás en la cola de la Comunión para rezar comuniones
espirituales. Cuando recibas el cuerpo de Cristo, di el “¡Amén!” con
convicción. Estás diciendo: sé que a quien recibo es Cristo, el mismo que
nació en Belén y murió en la Cruz (aunque mis ojos sólo vean un simple
trozo de pan). El Amén es un gran acto de fe: dilo fuerte.
Oración
Damos gracias a Jesús por haberlo recibido, y le pedimos que nos ayude a
vivir en comunión.
Bendición final
Recibimos la bendición del sacerdote. Que ese “podéis ir en paz” sea el
reflejo de una Misa luchada por estar bien vivida.
Colecta
En la Colecta, presentamos a Dios Padre las peticiones que la Iglesia eleva
al Cielo cada vez que se celebra el Santo Sacrificio. Lo hacemos siempre
por medio de Jesucristo, el único Mediador, en la comunión del Espíritu
Santo, que recoge nuestras súplicas y las une a las de nuestra Cabeza. De
nuevo el misterio de la Trinidad Santa se hace presente en la Misa. (...) El
texto de la Colecta compone un abanico de súplicas que se eleva al Cielo
con matices diversos, según los tiempos litúrgicos y las fiestas que se
celebran, y que nos dispone —ya desde el comienzo del Santo Sacrificio—
para acoger lo mejor posible a Cristo en la Comunión.
Liturgia de la Palabra
«La Misa consta de dos partes: la liturgia de la palabra y la liturgia
eucarística, tan estrechamente unidas entre sí que constituyen un solo
acto de culto» (Misal Romano, Institución General, 28).
Primera lectura: Dios habla a los hombres
La primera lectura, tomada generalmente del Antiguo Testamento, nos
presenta al Padre celestial que se inclina benignamente sobre sus hijos.
(...) La consideración de que "Dios mismo habla a su Pueblo", resulta muy
oportuna para tomar conciencia gráfica de esta realidad. Nos advierte
que, sin temor —como les sucedía, en cambio, a los israelitas—, hemos de
meditar concienzudamente en el empeño con que el Señor quiso —¡y
quiere!— abrir camino a los suyos: cómo los libera de la tremenda
esclavitud; cómo protege y conduce a aquella multitud por el desierto; y, a
la vez, hemos de prestar atención a que también nosotros somos tan duros
de corazón como para rebelarnos a la Voluntad divina o para no conceder
importancia a los desvelos de nuestro Creador.
Credo: la profesión de fe
Con la palabra de Dios en el alma, ilustrada por la homilía y asimilada en
la meditación personal, los fieles —sacerdotes y laicos— adquirimos
mayor conciencia de la dignidad de nuestra vocación. Agnosce o
christiane dignitatem tuam!, reconoce, oh cristiano, tu dignidad, clamaba
San León Magno[1]. Esto es lo que nos propone la última parte de la
Liturgia de la Palabra, que sirve como enlace entre las lecturas y el
ofrecimiento del pan y del vino.
La recitación del Credo —los domingos y las solemnidades— y la oración
de los fieles son como el distintivo del cristiano. En concreto, el rezo o
canto del Credo ha de constituir siempre un motivo de santo orgullo para
los hijos de Dios, al saborear la asombrosa realidad de ser Pueblo de Dios,
Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo. «Somos un solo pueblo que
confiesa una sola fe, un Credo; un pueblo congregado en la unidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (San León Magno, Homilía I en la
Natividad del Señor (PL 54, 192).
Oración de los fieles
Con la oración de los fieles termina la primera parte de la Misa. Gracias al
sacerdocio común recibido en el Bautismo, los fieles elevan oraciones de
intercesión por la Iglesia y por el mundo entero. No quitemos importancia
a esta responsabilidad de rezar intensamente por el Cuerpo místico de
Cristo y por la humanidad. (...) No olvidemos además que, al elevar estas
plegarias, es Cristo mismo quien las presenta a Dios Padre por la virtud
del Espíritu Santo.
Liturgia eucarística
Presentación de las ofrendas
En la Misa, Jesús desea que por Él, con Él y en Él los miembros de su
Cuerpo místico participemos en su oblación a Dios Padre. (...) Las
palabras que acompañan a la presentación de los dones ponen de
manifiesto lo que el Señor espera de nosotros. El pan y el vino, frutos de la
tierra y del trabajo de los hombres (Cfr. Misal romano, Ordinario de la
Misa), representan a la entera creación, que ha de ser restituida a Dios —
después de estar alejada de Él por el pecado del hombre— merced
también al esfuerzo de los cristianos en unión con el sacrificio de Cristo.
(...)
Todos los ritos litúrgicos la presentan como una gran súplica formada por
diversas oraciones estrechamente entrelazadas. Comienza por una acción
de gracias, el prefacio, coronado por el Sanctus, a la que sigue
una epíclesis o súplica al Espíritu Santo, en la que se pide al Paráclito que
con su virtud divina transforme el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre
de Nuestro Señor Jesucristo. Luego viene el relato de la institución de la
Eucaristía, que no es un mero recuerdo, sino un acto en el que —gracias a
las palabras de la Consagración, que el sacerdote pronuncia in persona
Christi— se obra la transustanciación del pan y del vino, que hace
presente sobre el altar a la misma Víctima del Calvario, ahora gloriosa.
Inmediatamente después, en cumplimiento del mandato de Jesucristo,
viene la anámnesis (que significa "memorial", "recuerdo"), modo con el
que se recoge todo lo que Nuestro Señor ha realizado por nosotros
(especialmente su muerte, su resurrección y su ascensión al Cielo), y la
Iglesia presenta al Padre la ofrenda de su Hijo. No faltan
las intercesiones —en diversos momentos, según las distintas Plegarias
eucarísticas—, en las que se pone de manifiesto la comunión de la Iglesia
de la tierra con la del cielo, y se reza por todos los fieles, vivos y difuntos, y
especialmente por el Papa y por los obispos del mundo entero. Termina
con la doxología u oración de alabanza a la Santísima Trinidad, a la que el
pueblo responde Amén a una sola voz (Cfr. Catecismo de la Iglesia
Católica, nn. 1352-1354).
Prefacio: acción de gracias
Vere dignum et iustum est, æquum et salutare... Así comienza el Prefacio:
«En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte
gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y
eterno...» (Misal romano, Plegaria eucarística, Parte inicial del prefacio).
La Eucaristía es el eminente sacrificio de adoración y de acción de gracias,
de propiciación y de impetración, como lo es el sacrificio del Calvario al
que hace presente en todo tiempo y lugar. El prefacio manifiesta de modo
particular la alabanza y la gratitud de la Iglesia «al Padre, por Cristo, en el
Espíritu Santo, por todas sus obras, por la creación, la redención y la
santificación» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1352).
(...) De este modo, nuestra gratitud por los dones recibidos resultará muy
agradable a la Trinidad Santísima. Entonces, al rezar o cantar el Sanctus,
con el que finaliza el prefacio, estaremos íntimamente unidos a la
adoración, a la acción de gracias, a la alabanza que la Iglesia celestial
canta incesantemente al Dios tres veces Santo.
Las intercesiones
Las diversas Plegarias eucarísticas se complementan entre sí; cada una
ilustra o desarrolla aspectos insinuados en las otras, contribuyendo de
este modo a resaltar de forma más patente las riquezas insondables del
Misterio eucarístico. (...) Al concluir estas primeras oraciones de
intercesión, antes de invocar al Espíritu Santo y actualizar las palabras de
Cristo en la Última Cena, el Canon Romano pone en boca del celebrante
una oración, el Hanc igitur, en la que recapitula todo lo que ha pedido
hasta ese momento, con el deseo de no dejar nada fuera de la oblación
santísima.
La eplíclesis o invocación al Espíritu Santo
Al rezar una u otra de las Plegarias eucarísticas, podemos gozarnos en
descubrir los diversos modos con que se describe la acción del Paráclito.
Le invocamos especialmente en esa oración (epíclesis) con la que «la
Iglesia pide al Padre que envíe su Espíritu Santo (...) sobre el pan y el
vino, para que se conviertan, por su poder, en el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353).
Consagración
Nos detenemos ahora en el momento crucial del Santo Sacrificio, la
Consagración, cuando —como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica
— «la fuerza de las palabras y de la acción de Cristo y el poder del Espíritu
Santo hacen sacramentalmente presentes bajo las especies de pan y de
vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido en la Cruz de una vez
para siempre» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1353).
(...) ¡Qué hondura atesoran las palabras: esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz
de mi Sangre! Llenan de seguridad, refuerzan nuestra fe, aseguran
nuestra esperanza y enriquecen nuestra caridad. Sí: Cristo vive, es el
mismo de dos mil años atrás, y vivirá siempre, interviniendo en nuestro
peregrinar. Nuevamente se nos acerca como caminante con nosotros, lo
mismo que en Emaús, para sostenernos y darnos apoyo en todo nuestro
quehacer.
La presencia real de Jesús es consecuencia del misterio inefable que se
cumple con la transustanciación, ante el que no cabe otra actitud que
adorar la omnipotencia y el amor de Dios. Por eso nos arrodillamos al
llegar este instante sublime, que constituye el núcleo de la celebración
eucarística. En esos momentos, el sacerdote es instrumento del Señor,
actúa in persona Christi.
(...) Después de la Consagración del pan y del vino, el sacerdote proclama
que el divino sacrificio se ha hecho sacramentalmente presente —
mysterium fidei!—, y el pueblo responde con una aclamación que —en
cualquier caso— expresa el compromiso de los cristianos de trabajar por
la difusión del reino de Cristo en la tierra, hasta su venida gloriosa al final
de los tiempos: mortem tuam annuntiamus, Domine, et tuam
resurrectionem confitemur, donec venias (Misal romano, Aclamación
después de la Consagración).
Rito de la Comunión
El Padrenuestro, la oración de los hijos de Dios
Roguemos humildemente al Paráclito que nos conceda la gracia de no
acostumbrarnos a ser, a obrar, a llamarnos con este nombre santísimo de
hijos de Dios. Decidámonos a fomentar el espíritu de filiación divina,
considerando con mucha frecuencia esta verdad: ¡soy hijo de Dios, en
Cristo, por el Espíritu Santo! Pensar y actuar de esta manera, moverse
habitualmente con la seguridad de saberse hijo muy amado del Padre
celestial, «no entraña arrogancia, sino fe; proclamar lo que has recibido —
escribe San Ambrosio— no supone soberbia, sino devoción. Levanta,
pues, la mirada al Padre que te engendró por el Bautismo, al Padre que te
redimió por el Hijo, y di: Padre nuestro» San Ambrosio, Los
Sacramentos V, 19 (PL 16, 450-451).
Rito de la paz
Fortalecer los lazos de la fraternidad con todas las almas ayuda a unirse
fructuosamente a Jesús en la Eucaristía; así, además, colaboramos en la
realización de esa concordia entre los hombres, por la que la Iglesia
intercede en la Santa Misa.
Después de la Comunión
Entre las recomendaciones de la Iglesia para después de la Comunión,
destaca la de permanecer algunos instantes en silencio, en acción de
gracias a Dios por habernos entregado a su Hijo como alimento del alma:
momento de los afectos de amor y de la contrición; hora de las peticiones
por la Iglesia, por el Papa, por la familia, por tantas otras personas e
intenciones concretas. ¿Qué mejor ocasión que ésta, cuando perdura aún
la presencia real de Cristo en nosotros, para manifestarle llenos de
confianza nuestras necesidades, las de la Iglesia y las de las personas que
amamos?
Rito de conclusión
Ite, missa est: de la Misa a la misión. Por ser centro y raíz de la vida
espiritual del cristiano, la Santa Misa constituye la fuente de energía
sobrenatural que permite empeñarse a fondo en el apostolado.
Precisamente porque se ha unido al Sacrificio de Cristo, presente sobre el
altar, y porque ha participado del Cuerpo del Señor, el fiel cristiano está
en condiciones de llevar el mensaje de Jesús a sus vecinos y parientes, a
los colegas, a todas las personas con las que se cruce en su caminar diario.
Acción de gracias después de la Misa
Cuando el tiempo dedicado a la acción de gracias dentro de la Misa
resulta demasiado breve, puede ser una buena norma de conducta —si
otras obligaciones urgentes no lo impiden— prolongar la acción de gracias
unos minutos más, de modo personal, al terminar el Santo Sacrificio.
Canto de entrada
El sacerdote se dirige hacia el altar de Dios, del Dios que alegra nuestra
juventud. La Santa Misa se inicia con un canto de alegría, porque Dios
está aquí. Es la alegría que, junto con el reconocimiento y el amor, se
manifiesta en el beso a la mesa del altar, símbolo de Cristo y recuerdo de
los santos: un espacio pequeño, santificado porque en esta ara se
confecciona el Sacramento de la infinita eficacia.
Petición de perdón
El Confiteor nos pone por delante nuestra indignidad; no el recuerdo
abstracto de la culpa, sino la presencia, tan concreta, de nuestros pecados
y de nuestras faltas. Por eso repetimos: Kyrie eleison, Christe eleison,
Señor, ten piedad de nosotros; Cristo, ten piedad de nosotros. Si el perdón
que necesitamos estuviera en relación con nuestros méritos, en este
momento brotaría en el alma una tristeza amarga. Pero, por bondad
divina, el perdón nos viene de la misericordia de Dios, al que ya
ensalzamos —Gloria!—, porque Tú solo eres santo, Tú solo Señor, Tú solo
altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre.
Lecturas y Credo
Oímos ahora la Palabra de la Escritura, la Epístola y el Evangelio, luces
del Paráclito, que habla con voces humanas para que nuestra inteligencia
sepa y contemple, para que la voluntad se robustezca y la acción se
cumpla. Porque somos un solo pueblo que confiesa una sola fe, un Credo;
un pueblo congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Ofertorio
A continuación, la ofrenda: el pan y el vino de los hombres. No es mucho,
pero la oración acompaña: recíbenos, Señor, al presentarnos a Ti con
espíritu de humildad y con el corazón contrito; y el sacrificio que hoy te
ofrecemos, oh Señor Dios, llegue de tal manera a tu presencia, que te sea
grato. Irrumpe de nuevo el recuerdo de nuestra miseria y el deseo de que
todo lo que va al Señor esté limpio y purificado: lavaré mis manos, amo
el decoro de tu casa.
Hace un instante, antes del lavabo, hemos invocado al Espíritu Santo,
pidiéndole que bendiga el Sacrificio ofrecido a su santo Nombre. Acabada
la purificación, nos dirigimos a la Trinidad —Suscipe, Sancta Trinitas—,
para que acoja lo que presentamos en memoria de la vida, de la Pasión, de
la Resurrección y de la Ascensión de Cristo, en honor de María, siempre
Virgen, en honor de todos los santos. (...)
Canon
Así se entra en el canon, con la confianza filial que llama a nuestro Padre
Dios clementísimo. Le pedimos por la Iglesia y por todos en la Iglesia: por
el Papa, por nuestra familia, por nuestros amigos y compañeros. Y el
católico, con corazón universal, ruega por todo el mundo, porque nada
puede quedar excluido de su celo entusiasta. Para que la petición sea
acogida, hacemos presente nuestro recuerdo y nuestra comunicación con
la gloriosa siempre Virgen María y con un puñado de hombres, que
siguieron los primeros a Cristo y murieron por Él.
Consagración
Quam oblationem... Se acerca el instante de la consagración. Ahora, en la
Misa, es otra vez Cristo quien actúa, a través del sacerdote: Este es mi
Cuerpo. Este es el cáliz de mi Sangre. ¡Jesús está con nosotros! Con la
Transustanciación, se reitera la infinita locura divina, dictada por el
Amor. Cuando hoy se repita ese momento, que sepamos cada uno decir al
Señor, sin ruido de palabras, que nada podrá separarnos de Él, que su
disponibilidad —inerme— de quedarse en las apariencias ¡tan frágiles! del
pan y del vino, nos ha convertido en esclavos voluntarios: præsta meæ
menti de te vivere, et te illi semper dulce sapere, haz que yo viva siempre
de ti y que siempre saboree la dulzura de tu amor.
Más peticiones: porque los hombres estamos casi siempre inclinados a
pedir: por nuestros hermanos difuntos, por nosotros mismos. Aquí caben
también todas nuestras infidelidades, nuestras miserias. La carga es
mucha, pero Él quiere llevarla por nosotros y con nosotros. Termina
el canon con otra invocación a la Trinidad Santísima: per Ipsum, et cum
Ipso, et in Ipso..., por Cristo, con Cristo y en Cristo, Amor nuestro, a Ti,
Padre Todopoderoso, en unidad del Espíritu Santo, te sea dado todo
honor y gloria por los siglos de los siglos.
Padrenuestro
Jesús es el Camino, el Mediador; en El, todo; fuera de El, nada. En Cristo,
enseñados por El, nos atrevemos a llamar Padre Nuestro al
Todopoderoso: el que hizo el cielo y la tierra es ese Padre entrañable que
espera que volvamos a el continuamente, cada uno como un nuevo y
constante hijo pródigo.
Cordero de Dios
Ecce Agnus Dei... Domine, non sum dignus... Vamos a recibir al Señor.
Para acoger en la tierra a personas constituidas en dignidad hay luces,
música, trajes de gala. Para albergar a Cristo en nuestra alma, ¿cómo
debemos prepararnos? ¿Hemos pensado alguna vez en cómo nos
conduciríamos, si sólo se pudiera comulgar una vez en la vida? Cuando yo
era niño, no estaba aún extendida la práctica de la comunión frecuente.
Recuerdo cómo se disponían para comulgar: había esmero en arreglar
bien el alma y el cuerpo. El mejor traje, la cabeza bien peinada, limpio
también físicamente el cuerpo, y quizá hasta con un poco de perfume...
eran delicadezas propias de enamorados, de almas finas y recias, que
saben pagar con amor el Amor.
Oración final y rito de conclusión
Con Cristo en el alma, termina la Santa Misa: la bendición del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo nos acompaña durante toda la jornada, en
nuestra tarea sencilla y normal de santificar todas las nobles actividades
humanas.
Los dice también el Vaticano II: "Las dos partes de que consta la Misa, a
saber: la liturgia de la Palabra y la Eucarística, están tan íntimamente
unidas, que constituyen un solo acto de culto ".
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ESTRUCTURA DE LA MISA
A. RITOS DE APERTURA
Podemos considerar como una pequeña parte preparatoria, la que se
constituye con los ritos de apertura, cuya finalidad es "hacer que los fieles
reunidos constituyan una comunidad y se dispongan a oír como conviene la
palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía ".
"Por tanto, la Iglesia, con solicitó cuidado, procura que los cristianos no
asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino
que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen
consciente, piadosa y activamente en la acción Sagrada, sean instruidos con
la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios,
aprendan a ofrecerse así mismos que al ofrecer la hostia Inmaculada no
sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él; se perfeccionen día a
día por Cristo Mediador en la unión con Dios y entre sí, para que,
finalmente, Dios sea todo en todos ".
Sobre los ritos esenciales que son como las vértebras de la celebración,
aparecen los ritos complementarios. Los podemos separar así:
Vea siguiente:
1. INTROITO
2. ACTO PENITENCIAL
3. KYRIE ELEISON-SEÑOR, TEN PIEDAD
4. GLORIA
5.ORACIÓN COLECTA
1. Introito
Iglesia quiere decir reunión. Por eso su manifestación vital es el momento
en que se encuentran sus fieles reunidos.
2. Acto Penitencial
La tercera tiene tres súplicas con las respuestas: Señor, ten piedad de
nosotros; luego, Cristo, ten piedad de nosotros; y Señor, ten piedad
nosotros. Cuando se utiliza esta fórmula, no se dicen los Kyries (Señor, ten
piedad), que están incluidos en el contexto.
Ya hemos dicho que los tres ritos que penitencial una confesión general,
terminan con la absolución dada por el Sacerdote.
4. Gloria.
5. Oración colecta.
B. LITURGIA DE LA PALABRA.
1. Lecturas bíblicas.
Nunca como ahora se había servido en la mesa eucarística el manjar de la
palabra de Dios que, anunciada a cada pueblo directamente en su propia
lengua, propicia mayor comprensión y más saludables frutos.
El lector comienza -sin decir " primera lectura ", ni " segunda lectura "-
anunciando el título del libro y del Autor del que se toma el texto: "Lectura
del Profeta Ezequiel " o " De la Carta de San Pablo a los Romanos "...
Termina diciendo: " Esta es Palabra de Dios ". Los fieles responden: " Te
alabamos, Señor ".
Aquí se distribuyen los oficios del " Lector ", que puede ser distinto del "
Salmista ", que proclama o canta el salmo entre las lecturas.
3. Homilía.
La homilía viene a ser una parte casi exigida de la liturgia de la palabra; "
es una proclamación de las maravillas obradas por Dios en la historia de la
salvación o misterio de Cristo, que está siempre presente y obra en
nosotros particularmente en las celebraciones litúrgicas ".
4. Profesión de fe.
5. Oración universal.
C. LITURGIA DE LA EUCARISTIA
2. Plegaria Eucarística.
La plegaria eucarística costa de estas partes.
b. Aclamación -Santo-,
c. Invocación -Epiclesis-,
e. Recordación -Anámnesis-,
f. Oblación,
En este momento se realiza de presentación " por la que la Iglesia, en
este memorial, sobre todo la Iglesia aquí y ahora reunida, ofrece al Padre,
en el Espíritu Santo, la hostia Inmaculada. La Iglesia pretende que los
fieles no sólo ofrezcan la hostia Inmaculada, sino que aprendan a ofrecerse
a sí mismos, y que de día en día perfeccionen por la mediación de Cristo, la
unidad con Dios y entre sí, de modo que se realice aquello de DIOS TODO
EN TODOS ".
g. Intercesiones -Conmemoraciones-,
h. Doxología,
Por Cristo de, con El y en El, a Ti, Dios Padre Omnipotente en la unidad
del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
i. Comunión,
D. RITO DE DESPEDIDA
Con un ritual sencillo y breve termina la Misa. Un último saludo, la
bendición al pueblo y la despedida: Vayamos en paz, la Misa ha terminado, o
bien Vayamos en paz a servir a Dios y a nuestros hermanos.
Los fieles responden: Demos gracias a Dios.
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Rito de la comunión
Ya que la celebración eucarística es un convite pascual, conviene que, según el encargo del
Señor, su Cuerpo y su Sangre sean recibidos por los fieles, debidamente dispuestos, como
alimento espiritual. Significa "común unión". Al acercarnos a comungar, además de recibir a
Jesús dentro de nosotros y de abrazarlo con tanto amor y alegría, nos unimos a toda la Iglesia en
esa misma alegría y amor
a) La oración dominical (P): se pide el pan de cada día, con lo que también se alude, para los
cristianos, el pan eucarístico, y se implora el perdón de los pecados. El embolismo, que
desarrolla la última petición, pide para todos los fieles la liberación del poder del mal.
b) El rito de la paz (P): con que los fieles imploran la paz y la unidad para la iglesia y para toda
la familia humana y se expresan mutuamente la caridad antes de participar de un mismo pan.
c) El gesto de la fracción del pan:(P) realizado por Cristo en la última Cena, en los tiempos
apostólicos fue el sirvió para denominar la integra acción eucarística. Significa que nosotros,
que somos muchos, en la comunión de un solo pan de vida, que es Cristo, nos hacemos un solo
cuerpo (1 Co 10,17)
d) Inmixión o mezcla (P): el celebrante deja caer una parte del pan consagrado en le cáliz
[originariamente era un trozo del pan consagrado en otra comunidad el domingo anterior: signo
de comunión entre las diversas comunidades cristianas]
e) Mientras se hace la fracción del pan y la Inmixión, los cantores o un cantor cantan el Cordero
de Dios: Esta invocación puede repetirse cuantas veces sea necesario para acompañar la
fracción del pan. La última vez se acompañará con las palabras danos la paz.
h) Es muy de desear que los fieles participen del Cuerpo del Señor con pan consagrado en esa
misma Misa. Comulgar es la mejor forma de participar del sacrificio que se celebra.
i) Mientras el sacerdote y los fieles reciben el Sacramento tiene lugar el canto de comunión,
canto que debe expresar, por la unión de voces, la unión espiritual de quienes comulgan,
demostrar, al mismo tiempo, la alegría del corazón y hacer más fraternal la procesión de los que
van avanzando para recibir el Cuerpo de Cristo. Si no hay canto, se reza la antífona propuesta
por la Misal.
k) En la oración después de la comunión, el sacerdote ruega para que se obtengan los frutos del
misterio celebrado. El pueblo hace suya esta oración con la aclamación “Amén.”