Pulsiones y destinos de pulsión es un texto fundamental de Freud enmarcado dentro
de sus Escritos Técnicos. Escrito en 1915, lo introduce -como ha hecho en otras
ocasiones- a partir de su idea sobre el proceder científico. Para Freud la actividad
científica consiste en describir y explorar fenómenos y poder así, más tarde,
aprehender con mayor exactitud, sus conceptos básicos, de tal forma que éstos
puedan llegar a ser utilizables. Esta manera de proceder implica, necesariamente,
partir de un planteamiento teórico con cierto grado de indeterminación que estará
perpetuamente sometido a cambios en función del avance de la investigación.
Bajo esta premisa Freud planteará la definición de Trieb -pulsión- que devendrá uno
de los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Si bien el término está extraído
de otros ámbitos de la ciencia, será en el psicoanálisis donde adquirirá un carácter
absolutamente radical y singular. Introduce, de este modo, el concepto de pulsión a
partir del de estímulo, y procede estableciendo sus diferencias. Si bien la pulsión es
un estímulo para lo psíquico, ésta se distingue de otros estímulos fisiológicos por
varias razones: primero, el estímulo pulsional no proviene del mundo exterior, sino
del interior del organismo. Segundo, la pulsión es una fuerza constante a diferencia
del estímulo que opera como una fuerza de choque momentánea; y tercero, si bien
al estímulo ante su fuente se lo puede despachar mediante una huída motriz, a la
pulsión tan sólo se la puede cancelar mediante su satisfacción.
La idea de Freud es que el sistema nervioso es un aparato que pretende librarse de
los estímulos y rebajarlos al nivel mínimo posible; de esto depende el sostén del
Principio del placer. Por esto -plantea- las pulsiones suponen un trabajo mucho más
exigente para el sistema nervioso y esta exigencia es la que ha contribuido a su
desarrollo. El Principio del placer entonces, rige la actividad del aparato psíquico. Si
el placer está vinculado a la disminución de los estímulos, el displacer lo está a su
aumento. La idea central que sostiene Freud en el texto es que la pulsión es un
concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático y por tanto está implicada,
necesariamente, en estos dos campos.
Carácter de pulsión
Llegados a este punto Freud desarrolla cuatro términos en relación a la pulsión.
Estos son: el Drang -el esfuerzo- , el Ziel -la meta-, el Objekt -el objeto y la Quelle -la
fuente. La pulsión posee un carácter esforzante siempre presente; es una energía
activa y si aparece una característica pasiva, ésta nunca es en relación a la fuerza
sino a la meta. La meta de la pulsión es la satisfacción, pues es la única capaz de
poder cancelar el estado de estimulación de la fuente pulsional. Entonces, para toda
pulsión la meta siempre es la satisfacción, si bien pueden existir muy variados
caminos para obtenerla. Incluso, -señala Freud- aunque dicha meta aparezca
inhibida, podemos pensar que el camino que la pulsión recorre aporta también una
satisfacción. Por tanto, la pulsión siempre se satisface. En cuanto al objeto, Freud
plantea claramente que es aquello por lo que se puede alcanzar la satisfacción. No
obstante, añade, es lo más variable de la pulsión. La pulsión no está enlazada
originariamente al objeto, por tanto, puede cambiar. Además -puntualiza- el objeto
puede consistir tanto en un objeto ajeno, como en el propio cuerpo. Por último, la
fuente es el proceso somático interior del cuerpo cuyo estímulo es representado por
la pulsión. Entonces, la pulsión es a la vez una energía constante, un estímulo
interior del organismo y su representante psíquico. Esta ambigüedad sobre el
concepto de pulsión será fundamental, pues reunirá en un mismo término tanto la
vertiente somática y corporal como la anímica, ligada a la idea de la representación.
Tenemos en ella el rudimento de esa alianza inseparable del cuerpo y el lenguaje
que pivota toda la experiencia psicoanalítica.
Freud se planteaba serias dudas en poder llevar a cabo una clasificación y
diversificación de las pulsiones. Propondrá, como punto de partida, la distinción
entre las pulsiones yoicas o de autoconservación y las sexuales. En este texto se ve
como Freud se esmera en separar la sexualidad de aquellas otras funciones vitales
necesarias para el organismo. Define a las pulsiones sexuales como numerosas y
provinentes de diferentes fuentes orgánicas. Destaca que éstas actúan por
separado y sólo más tarde se reúnen en una síntesis más o menos lograda. Su
meta es el placer del órgano y sólo posteriormente puede aparecer como meta la
reproducción.
Destinos de pulsión
La segunda parte del texto Freud lo dedica a explorar los caminos que recorre la
pulsión para alcanzar su meta. Destacará cuatro destinos: el trastorno hacia lo
contrario, la vuelta hacia la propia persona, la represión y la sublimación. Para poder
trabajar sobre los destinos de la pulsión, Freud nos advierte que éstos van de la
mano de las defensas contra los destinos de la pulsión. Es decir, para la pulsión, el
destino incluye defenderse de hallarlo.
Freud desarrolla la idea de que los destinos de pulsión consisten en mociones
pulsionales sometidas a las tres grandes polaridades que gobiernan la vida anímica,
éstas son: una biológica -la que media entre actividad y pasividad-, una real -la que
media entre yo y mundo exterior- y otra económica, que es aquella que se mueve
entre el placer y el displacer.
Partiendo de estas tres polaridades -que podemos pensar como polos por donde se
desplaza la pulsión- analiza, entonces, los dos primeros destinos de la pulsión: el
trastorno hacia lo contrario y la vuelta hacia la propia persona, dejando para otro
momento el desarrollo sobre la sublimación y la represión.
El trastorno hacia lo contrario, lo aborda a partir de dos mociones: la vuelta de una
pulsión de la actividad a la pasividad -como sucede en el caso del sadismo al
masoquismo- y el trastorno en cuanto al contenido; es decir, la mudanza del amor
en odio. Usará dos ejemplos que expondrá como idénticos en cuanto a su
funcionamiento; se trata del par sadismo-masoquismo y del
voyerismo-exhibicionismo. En ambos casos destaca que esta transformación atañe
a una modificación de las metas. Dibuja el camino que recorre el par
sadismo-masoquismo: primero habría un sadismo hacia el otro. Después, tras
producirse un cambio de persona, habría una etapa de sadismo hacia uno mismo
(esto ya implicaría un cambio de meta) y finalmente se conformaría el masoquismo:
"el otro me pega". Plantea que no existe un masoquismo originario sino que éste
deriva de una primera posición sádica. El masoquismo es un sadismo vuelto hacia
uno mismo. Freud expone que estas dos posiciones consisten en la mutación de la
naturaleza del verbo, en donde éste pasa a ser reflexivo. Es decir, se pasa del
placer de pegar al de ser pegado. Idéntico camino recorrerá la pulsión en el
voyerismo-exhibicionismo. Subraya que estas transformaciones pulsionales de la
actividad a la pasividad y del otro a uno mismo, nunca afectan el monto de la
moción pulsional y que la satisfacción siempre se obtiene, ya sea por un camino u
otro. Freud destaca que estos distintos destinos que tomará la pulsión están
íntimamente relacionados con la etapa narcisista y que sus variaciones - el cambio
de actividad en pasividad y la vuelta sobre el propio yo- tienen que ver con el
regreso a estadios anteriores de la vida del sujeto y están marcadas por vivencias
de una profunda ambivalencia.
En la última parte del texto Freud se adentra en la exploración de la mudanza de
una pulsión en su contrario: es el caso de la transposición del amor en odio. Si bien
estos se presentan dirigidos hacia el mismo objeto, lo que aparece es una
ambivalencia de sentimientos. Freud es reacio a considerar al amor como una
pulsión parcial de la sexualidad. Empieza por definirlo en tanto aspiración sexual
como un todo. Para adentrarse en su estudio va a someter al amor a las tres
polaridades descritas: la biológica, la real y la económica; extrayéndose de éste una
serie interesante de reflexiones. Freud plantea una suerte de recorrido cronológico
muy útil para pensar en la conformación del amor y el odio. Expone que la primera
oposición que aparece en el ser humano es la distinción entre el yo y el afuera; ésta
se impone por la necesidad de acallar los estímulos exteriores. Sólo posteriormente
entrará en juego el par placer-displacer como una vía definitiva en la toma de
decisiones de nuestras acciones y más tarde el par activo-pasivo se constituirá en
relación al vínculo que mantiene el yo con los estímulos exteriores y los pulsionales.
Freud presenta un yo que se encontraría originalmente investido de pulsiones y que,
en parte, sería capaz de satisfacerlas en sí mimo. Es lo que conocemos como el
estado narcisista en donde la satisfacción es autoerótica. Por tanto, el mundo
exterior al inicio es indiferente. Posteriormente, el yo recibe objetos del mundo
exterior y recoge en su interior los objetos ofrecidos que son fuente de placer,
rechazando los que causan displacer. De este modo el yo, al principio, es un
yo-realidad que distingue el adentro y el afuera; luego se transforma en un yo-placer
que ama u odia a los objetos en función del principio del placer. Al inicio, en tanto el
objeto es exterior, lo vive como hostil, el objeto es odiado. Una vez pasada la etapa
narcisista se inicia la etapa del objeto, placer-displacer conforman las relaciones del
yo con el objeto. Por tanto, no se trata de que la pulsión encuentre un objeto, sino
de cómo el yo establece los vínculos, mediante el principio del placer, con el objeto.
Freud nos advierte de que no es tan sencillo como aparenta la oposición amor-odio,
que no son simplemente opuestos; pues en tanto conformador del mundo exterior, el
odio apareció antes que el amor en la constitución subjetiva.
En este texto Freud otorga una importancia absoluta a la pulsión. Siguiendo su
desarrollo se puede ver como la pulsión está, desde el principio, implicada en la
constitución de la subjetividad humana. Ella participa como protagonista en la
aparición de la primerísima distinción entre el yo y el mundo exterior -participa en la
constitución del yo- que, más tarde, dará lugar a la puesta en marcha del
mecanismo del placer y el displacer, aparato esencial que servirá para ir formando el
mundo del sujeto. En éste también participarán los objetos, pero sólo en una etapa
posterior, cuando el circuito de la pulsión los requiera más allá de su primera
conformación en el narcisismo