Fe e Incredulidad en Marcos 9:24
Fe e Incredulidad en Marcos 9:24
En una ocasión, un hombre que buscaba la ayuda del Señor se acercó a Jesús, cayó
de rodillas llorando y dijo: "Creo; ayuda mi incredulidad" (Marcos 9:24). La petición
del hombre, sorprendente por su frase paradójica, da que pensar. ¿Cómo puede el
hombre decir que cree y al mismo tiempo pedir ayuda para vencer la incredulidad?
Le llevaron el niño a Jesús, pero "cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con
violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando
espumarajos" (Marcos 9:20). Después de que el padre del muchacho le explicara el
estado de su hijo, le dijo a Jesús: "si puedes hacer algo, ten misericordia de
nosotros, y ayúdanos" (versículo 22). Jesús le aseguró que "al que cree todo le es
posible" (versículo 23). "Inmediatamente, el padre del muchacho exclamó: "Creo;
ayuda mi incredulidad". (versículo 24).
En Marcos 9:14-24 leemos la historia de un hombre que tenía un hijo poseído por
un espíritu. El hombre llevó a su hijo con los discípulos de Jesús para que
echaran fuera al espíritu, pero no pudieron. Cuando Jesús vino y los discípulos le
contaron acerca de esto y de como no pudieron, Jesús pidió traer al niño.
Después el hombre le pidió a Jesús expulsar al espíritu "si es que puede", Jesús
respondió: "Si puedes creer, al que cree todo le es posible." El hombre clamó "Creo;
ayuda mi incredulidad."
¿Existe alguna contradicción aquí?¿Acaso el hombre dijo en estas 4 palabras que
cree y no cree al mismo tiempo? ¿O él pensaba que creía y luego se dió cuenta
que no, pero luego creyo otra vez? ¿Quizá pensó que Jesús quería escucharlo decir
que cree, pero luego se dio cuenta que había mentido?
Yo no creo que hay alguna contradicción aquí. El hombre llevó su hijo a Jesús
porque había escuchado que Él lo podía sanar; si no hubiera creído se hubiera
quedado en casa. Haber llevado a su hijo fue una declaración de fe. ¿Por qué dijo
entonces "ayuda mi incredulidad"?
Creer en Dios vs. fe personal
No necesitamos ir muy lejos para encontrar la respuesta. Millones de personas
alrededor del mundo leen la Biblia y van a la iglesia a escuchar la Palabra de Dios;
estos actos pueden ser considerados como declaraciones de fe en lo que leemos y
escuchamos. Pero, ¿Qué pasa cuando se trata de fe para nuestra propia vida? ¿En
realidad tenemos fe en que la Palabra de Dios se puede cumplir en nuestras vidas?
Por ejemplo, cuando escuchamos el versículo, "Dad gracias en todo" (1
Tesalonicenses 5:18), ¿En realidad damos gracias por todo? ¿O solamente damos
gracias por las cosas buenas? Es bastante fácil dar gracias por las cosas buenas,
pero debemos dar gracias en todo. O otro ejemplo, cuando escuchamos que no
nos debemos enojar o amargarnos ¿creemos en verdad que podemos hacerlo?
Aprender a controlarse a sí mismo y no dejar que el enojo guíe nuestras palabras y
acciones es bueno, no dejar que se manifieste la amargura cuando hablamos con
alguien también es bueno, pero ¿creemos en verdad que por la gracia de Dios
podemos no enojarnos o estar amargados en primer instancia? (Efesios 4:31)
Cuando nos enfrentamos a nuestra propia naturaleza pecaminosa y vemos que
profunda es su caída y cuán fácil es para nosotros no alcanzar lo que anhelamos,
podemos clamar en nuestros corazones: "Querido Dios, yo sé que Tú existes y que
tu Palabra es verdadera, ¡pero ayudame a creer que es posible para mí vivir
conforme a ella!" Todas las cosas buenas vienen de Dios, y las malas y todos los
problemas del pecado. Cuando recibimos fe de que en verdad podemos dejar de
pecar y vivir conforme a la Palabra de Dios, y realmente no enojarse ni amargarse,
podemos tener una vida verdaderamente buena, tal como Dios quiere que
tengamos. (1 Juan 3:6-9)
¡Algo puede ocurrir en ti!
Yo, personalmente nací en una familia va a la iglesia y he sido un miembro activo
toda mi vida. Nunca tuve problemas o pensamientos de que la Biblia estaba mal o
era falsa, pero llegar a una fe para mi propia vida de que la Palabra de Dios y Su
voluntad se pueden cumplir en mí, fue un gran paso más allá de la fe de un niño
que cree en lo que escucha. Este clamor de "ayuda mi incredulidad" no solamente
ocurre una vez en la vida, sino todos los días cuando encontramos el pecado y
nuestra naturaleza humana que nos impide poner en orden nuestras vidas con la
Palabra de Dios y Su voluntad.
¿Tienes fe en que la Palabra de Dios se puede cumplir en tu propia vida? ¿Crees
que se pueden volver tu vida las gloriosas palabras que lees? Cuando encontramos
esta gran falta de fe en nuestras vidas podemos clamar realmente: "¡Creo, ayuda mi
incredulidad!" No es un fracaso de fe tener esta oración en nuestras vidas, pues
viene de una profunda necesidad de vivir una vida que es agradable a Dios.
La incredulidad no es más que la ausencia de fe. Es la falta de credibilidad a la verdad. La incredulidad
es una consecuencia del pecado. La incredulidad es el cemento que endurece un corazón para no creer en
algo o en alguien. La incredulidad surgió junto con el mal cuando el hombre cambió la fe por la
razón. La incredulidad se origina en las personas cuando creemos que Dios es hombre como nosotros, o
sea, cuando lo reducimos a nuestra humanidad.
Si llevamos la incredulidad al ámbito natural nos damos cuenta que tenemos muchas razones para no
creer en los hombres a causa de sus mentiras y engaños, pero Dios es un caso totalmente distinto, Dios
no miente ni tampoco engaña, a muchas personas se le hace difícil creerle a Dios porque piensan que
Dios es hombre, cargado de faltas y errores.
Es difícil creer o confiar en alguien que aún no conocemos esta es otra causa por la cual muchos no
creen en Dios, por eso, la grandeza de nuestra fe dependerá del conocimiento revelado que tengamos de
Dios. Mayormente la desconfianza viene a nosotros cuando alguien nos miente y nos falla
continuamente, cuando alguien nos traiciona, como resultado de estas faltas se origina la desconfianza.
Cuando conocemos a Dios nos damos cuenta que él es perfecto y que no hay maldad ni engaño en su
corazón por lo tanto él nunca nos fallará y todo obrará para nuestro bien.
1) Te quita el acceso a los milagros, ya que los milagros se reciben por fe. (Mateo 13:58).
2) Cierra tus ojos a la realidad (Marcos 16:14).
3) Te opone a la verdad (1 Timoteo 1:13).
4) Te aparta de Dios y su voluntad (Hebreos 3:12). Aquel que no cree en Dios niega su existencia.
5) Te quita el acceso a lo sobrenatural por lo tanto te lleva a vivir un evangelio religioso carente de poder
y de cambios. Cuando no creemos en lo sobrenatural volvemos a Dios un ser muy limitado sujeto a
tiempo y espacio.
6) Te lleva a desagradar a Dios (Hebreos 11:6).
Características de un incrédulo
1) El incrédulo todo lo razona aún los mandatos divinos de Dios. Soy estudiante universitario y hago
mucho uso de la lógica y la razón para resolver ejercicios matemáticos, pero cuando se trata de los
asuntos de Dios no puedo poner la mente donde debo poner la fe, Dios no se mueve por tu mente, Dios
se mueve por tu fe. Esta es unas de las tantas razones por la cual el Espíritu Santo no tiene movimiento
en la vida de muchas personas. Dios nos manda a vivir por fe por una sola razón, quitarle los límites a él
para operar en todo tiempo y en todo lugar. Si hacemos uso de la fe, continuamente veremos a Dios
moviéndose. Sabemos que muchas de las cosas que Dios mandó a hacer en su Palabra carecen de sentido
lógico, por lo tanto cuando Dios nos manda a hacer algo debemos de hacerlo con fe y no buscar el cómo
lo hará (razón). Cuando Dios te manda a hacer algo es porque él respaldará su palabra. Éxodo 14:15-16.
2) Es desobediente. La desobediencia es una consecuencia de la incredulidad.
3) Es idólatra. Muchos viven en idolatría porque nunca conocieron a Dios.
4) Cree solo de letras y no de corazón. El incrédulo proclama que Dios sana pero nunca ha orado por
un enfermo.
5) Es ingrato. Este llama suerte a lo que recibió por gracia.
6) El incrédulo llama imaginación cuando Dios le habla.
7) El incrédulo tiene que ver para creer.
8) El incrédulo tiene la Palabra como un libro más y no como su realidad.
9) El incrédulo tiene a Dios como último recurso para resolver sus problemas.
10) El incrédulo ve los problemas más grande que Dios.
11) Vive sin esperanza, y si la tiene la pierde con mucha facilidad.
12) Se le hace difícil conocer a Dios.
13) Siempre está agotado porque no descansa en el señor, siempre depende de sus propias fuerzas.
14) Es muy inseguro porque confía en Dios de labios y no de corazón.
15) No conoce la santidad. 1 Tito 1:15.
[pull_quote_center]Cuando cerramos las puertas a la fe las dudas nos visitarán y entrarán sin
permiso[/pull_quote_center]
Oración: Señor ayúdame a lidiar con la incredulidad, enséñame a conocerte más para confiar totalmente
en ti sin peros ni pretextos, perdóname las veces que me mandaste a hacer algo por fe que no obedecí por
incredulidad y detuve tu mover en ese momento, en el nombre de Jesús soy libre, amén.
“Ayuda mi incredulidad”
Cuando pasamos por pruebas, desde problemas de salud hasta
preocupaciones financieras, a veces sentimos que nuestra fe flaquea.
¿Qué podemos hacer para fortalecer nuestra fe?
Una de las historias más conmovedoras de los Evangelios es la de un padre que llegó al
punto de la desesperación porque su hijo estaba poseído por un espíritu maligno. Les había
pedido a los discípulos de Jesús que lo sanaran, pero no pudieron.
Entonces, cuando Cristo apareció en la escena, el padre le dijo: “si puedes hacer algo, ten
misericordia de nosotros, y ayúdanos” (Marcos 9:22). Jesús le respondió, “al que cree todo
le es posible” (v. 23).
A continuación les daremos cinco pautas que pueden ayudarnos a fortalecer nuestra fe.
Es posible que a veces dudemos en pedir fe porque el Nuevo Testamento condena la falta
de fe constantemente. De hecho, en el relato de Mateo acerca de este mismo incidente,
Cristo reprendió dos veces a los discípulos: cuando supo que no habían podido sacar al
demonio y cuando le preguntaron por qué habían fallado (Mateo 17:16-17, 19-20).
La diferencia entre los discípulos y el padre de la historia es que ellos habían estado con
Jesús y se les había dado poder para sacar demonios. Deberían haber tenido suficiente fe
como para lograrlo.
El padre, por otro lado, no tenía acceso a Cristo de la misma forma. Aun así, su fe fue tan
clara que llevó a su hijo con los discípulos y, cuando ellos no pudieron ayudarle, tuvo el
valor para pedirle a Jesús más fe.
En lo que se conoce como el Sermón del Monte, Cristo animó a sus oyentes comparando a
nuestro Padre celestial con los padres humanos: “si vosotros, siendo malos, sabéis dar
buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará
buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11).
El fundamento de nuestra fe es el amor de Dios. No apreciar el amor que Dios nos tiene
puede ser uno de los mayores obstáculos para crecer en fe.
El apóstol Pablo habló acerca de esto en su carta a los romanos. Él reconocía los pecados
que había en su vida y lo difícil que era vivir según la voluntad de Dios: “yo sé que en mí,
esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el
hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos
7:18-19).
Cualquiera que haya recorrido el camino cristiano por un tiempo, luchando contra la
corriente de este mundo, se identifica con estas palabras. El problema es que, mientras más
nos damos cuenta de lo indignos que somos, más podemos preguntarnos cómo es posible
que Dios nos ame.
Cuando entendemos que Dios nos ama —no por lo que somos, sino por lo que Él es—
podemos confiar en Él más profundamente. Ser conscientes del amor de Dios fortalece
nuestra fe.
3. Establecer una relación más profunda con Dios
¿Por qué entonces les dijo a los discípulos “este género con nada puede salir, sino con
oración y ayuno”?
El hecho de que haya mencionado el ayuno indica que probablemente no se refería a orar
inmediatamente antes de sacar al demonio; más bien, estaba hablando de una vida
caracterizada por la oración y el ayuno constantes. Estaba hablando de tener una relación
firme con Dios.
Una de las enseñanzas fundamentales de la Biblia es que necesitamos tener una relación
genuina con Dios. Dios no es un genio que cumple nuestros deseos a medida que se lo
ordenamos. Es nuestro Padre y nosotros hemos sido llamados a ser sus hijos. Esto significa
que deberíamos estar dedicando regularmente tiempo a la oración, ¡no sólo cuando tenemos
una emergencia!
Para desarrollar una relación con Dios, necesitamos conocerlo a través del estudio de la
Biblia, humillarnos a través del ayuno y hablar con Él a través de la oración. Y mientras
más nos acercamos a Él, más se fortalece nuestra fe.
Uno de los mejores ejemplos del impacto que tiene nuestra perspectiva de la fe es la
historia de Pedro y Jesús en el Mar de Galilea (Mateo 14:22-33). Los discípulos, que se
habían adentrado en el Mar de Galilea antes que Jesús, se sorprendieron y asustaron cuando
vieron a su Maestro caminando sobre el agua, dirigiéndose hacia ellos. Pero cuando Cristo
los calmó, Pedro le pidió osadamente que lo dejara caminar sobre el agua también. Cristo le
dijo “Ven” y Pedro, concentrado en Jesús, caminó sobre el agua. ¡Esto lo convirtió en el
único ser humano, además de Cristo, que ha podido hacer algo así!
Sin embargo, Pedro luego quitó sus ojos de Jesús y se enfocó en la tormenta. El relato
describe claramente la razón: “Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a
hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!” (v. 30).
El punto final tiene que ver con nuestro propósito en la vida. Como cristianos, tenemos una
misión que a veces requiere de sacrificios. Todos los siervos de Dios, aunque son
bendecidos de muchas formas, deben pasar por dificultades.
De hecho, en una de sus cartas para Timoteo, el apóstol Pablo hace una afirmación que
debería hacernos reflexionar: “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús
padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). En otras palabras: si usted es un cristiano, los
problemas de seguro llegarán. Comprender lo que significa el llamamiento cristiano puede
ayudarnos a estar preparados para la dificultad.
Muchos de los siervos de Dios han enfrentado pruebas difíciles, y muchos han dado su
vida. A veces, su sacrificio ha sido por el bien de otros, lo que probablemente fue el caso de
Esteban, quien fue brutalmente apedreado (Hechos 7).
Saulo, al que más tarde le cambiaron el nombre y lo llamaron Pablo, estuvo de acuerdo con
ese asesinato (Hechos 8:1). Pero, más tarde, él mismo se convirtió en un siervo celoso,
totalmente sometido a Dios, y fue utilizado para llevar el evangelio al mundo gentil. Ser
consciente del papel que había desempeñado en las muertes de los primeros cristianos (1
Corintios 15:9) sin duda fortaleció al apóstol cuando él mismo fue golpeado, apedreado y
afrontó varios naufragios (2 Corintios 11:25).
Entender el plan de Dios y nuestro propósito en la vida puede ayudarnos a crecer en fe.
Pablo nos asegura que nunca enfrentaremos pruebas que no podamos vencer (1 Corintios
10:13). Como él, podemos decir confiadamente: “Todo lo puedo en Cristo que me
fortalece” (Filipenses 4:13).
Para estudiar más acerca de esto, vea nuestro artículo en línea “Cómo crecer en fe”.
Cómo lidiar con la duda
La duda a nivel espiritual es algo normal, incluso entre aquellas personas
que desean creer. Pero la Biblia nos muestra cómo podemos lidiar con las
dudas y crecer en fe.
Nuestro mundo moderno parece estar diseñado para fomentar dudas acerca de la existencia
de Dios y la Biblia. La evolución descarta la necesidad de un Creador. Los eruditos
cuestionan la veracidad de la Biblia. La opinión pública redefine las normas bíblicas del
bien y el mal. Los líderes religiosos con demasiada frecuencia muestran una hipocresía
indignante. La maldad crece, y sin embargo Dios parece estar escondido.
Igualmente vemos que las personas religiosas también luchan con la duda.
“Poco más de una cuarta parte (26 %) [de los adultos estadounidenses que se identifican
como cristianos] dice que todavía experimenta dudas espirituales, mientras que cuatro de
cada 10 (40 %) dicen que las han experimentado en el pasado, pero que ya las han
superado. Sólo alrededor de un tercio (35 %) afirma no haber experimentado dudas en lo
absoluto...
“Debido a que crecieron en una cultura más secular y pluralista, los millennials (38 %) hoy
en día experimentan aproximadamente el doble de dudas más que cualquiera de los otros
grupos generacionales (23 % generación X, 19 % baby boomers (nacidos después de la post
guerra, 20 % los adultos mayores). Los hombres también son más propensos a
experimentar dudas más a menudo que las mujeres (32 % en comparación con 20 %
mujeres). Aquellos con estudios universitarios y que han asimilado una serie de ideas,
filosofías y tendencias del mundo tienen el doble de probabilidades de experimentar dudas
más que aquellos que tienen una educación secundaria o con menos estudios (37 % vs. 19
%)”.
A simple vista pareciera que la duda ha ido en aumento en nuestro mundo moderno, pero
en realidad la duda no es nada nuevo.
Cuando nos enfrentemos con dudas, es importante recordar que no estamos solos y que
también podemos encontrar ejemplos en la Biblia de personas que han dudado. Jesús le dijo
a Pedro: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” (Mateo 14:31). Por supuesto que ¡Pedro
tuvo la fe suficiente para salir del barco y caminar sobre el agua! Pero a medida que el
viento lo golpeaba, también la duda hizo que sucumbiera.
Sin embargo, a lo largo de los años Pedro aprendió a no dudar y pudo enseñar a los demás
lo siguiente: “no os amedrentéis por temor” (1 Pedro 3:14).
Luego leemos acerca del discípulo, quien pronto se convertiría en apóstol, cuyo nombre se
ha asociado con la duda. Después de la resurrección, Tomás el incrédulo dijo: “Si no viere
en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere
mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).
Pero cuando Cristo resucitado se le apareció y habló con él, Tomás respondió en el
versículo 28: “¡Señor mío, y Dios mío!”.
En ese momento, Jesús bendijo a todos los que hoy en día enfrentamos un desafío aún
mayor. Jesús le dijo: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no
vieron, y creyeron” (Juan 20:29).
Pero ¿cómo podemos recibir esa bendición? ¿Cómo podemos derrotar nuestras dudas y
fortalecer nuestras creencias al mismo tiempo?
Dios es el Creador, y la Biblia es su mensaje para nosotros hoy. Dios se preocupa por
nosotros y está llevando a cabo un plan para ofrecer oportunidades a todo ser humano que
esté vivo o que haya vivido. Pero, ¿cómo podemos probar estas cosas y crecer en fe para
hacer frente a los grandes desafíos y dificultades de esta vida que pueden hacernos dudar?
¿Cómo podemos cuestionar nuestra fe y fortalecerla al mismo tiempo?
Aquí hay algunos principios bíblicos que nos ayudan a derrotar las dudas.
David, un pastor que se convertiría en rey, era un gran observador de la naturaleza. Las
horas que le dedicó a la contemplación lo llevaron a escribir: “Los cielos cuentan la gloria
de Dios” (Salmos 19:1). Al pensar en el vasto universo, la luna y las estrellas, él se
preguntó: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Salmos 8:4).
Al considerar las maravillas del cuerpo humano, David concluyó: “Porque tú formaste mis
entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables,
maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien” (Salmos
139:13-14).
El apóstol Pablo también nos recuerda que el universo que nos rodea es una evidencia
convincente del Creador. “Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se
hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las
cosas hechas, de modo que no tienen excusa” (Romanos 1:20).
Para ayudarle en su estudio acerca de la creación, descargue nuestra guía de estudio ¿Existe
Dios? Y visite el artículo “¿Existe Dios?” en la sección de Vida, Esperanza y Verdad,
donde puede encontrar decenas de artículos que pueden ayudarle a probar sin lugar a dudas
que nuestro universo, y nuestra vida, fueron creados con un propósito por un ser
superinteligente con un poder impresionante: nuestro Dios Creador. Hay una variedad de
temas que abarcan desde el ADN hasta el registro fósil, desde el diseño inteligente hasta la
evolución, desde la complejidad irreductible hasta la química orgánica.
Nuestro guía de estudio ¿Es cierta la Biblia? puede ayudarlo en su búsqueda para probar la
verdad.
Uno de los principios más importantes que Dios quiere que demostremos es que su forma
de vivir es correcta: que realmente funciona y produce buenos resultados a largo plazo.
Jesús dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si
yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17, Nueva Versión Internacional).
“Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te
vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra” (Efesios 6:2-3). Dios nos invita a examinar y
a comprobar que cuando aprendemos a honrar a aquellos en autoridad, esto nos ayudará en
todos los ámbitos de la vida, incluso, según la voluntad de Dios, esto hará posible que nos
bendigan con una larga vida.
Malaquías registra otro mandato y una bendición específica: “Traed todos los diezmos al
alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Eterno de los ejércitos,
si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que
sobreabunde” (Malaquías 3:10; vea “Diezmar: ¿qué es?”).
El principio general es que Dios ya ha definido lo que está bien y lo que está mal. Después
de todo, hacer lo correcto conduce a buenos resultados, y hacer lo que está mal produce
malos resultados (Gálatas 6:7-9; Deuteronomio 28:1-2, 3-6, 7-8, 9-11, 12-14; 30:15-16; vea
nuestro artículo “¿Por qué nuestro mundo actual está bajo maldiciones antiguas?”).
Pídale fe a Dios.
“Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe'“ (Lucas 17:5). Nosotros también
podemos hacer lo mismo y pedirle a Dios que nos ayude en nuestros momentos de duda, y
por ende en cualquier otro momento.
Jesús respondió: “Si puedes creer; al que cree todo le es posible” (v. 23).
Después de todos esos años que este padre había visto sufrir a su hijo, y después de ver a
los discípulos fracasar, el padre tuvo sus dudas. Clamó con lágrimas y dijo: “Creo; ayuda
mi incredulidad” (v. 24, énfasis añadido).
Podemos pedirle a Dios que nos dé una fe viva, una fe que salva —la fe de Cristo (Efesios
2:8-10; Gálatas 2:20). Obtenga más información en nuestro artículo “Cómo crecer en fe”.
Pablo escribió: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos
10:17).
Gran parte de la Biblia relata historias acerca de la fidelidad de Dios a sus promesas. Lea
esos relatos y medite en ellos, así como hizo el salmista: “ Oh Dios, con nuestros oídos
hemos oído, nuestros padres nos han contado, La obra que hiciste en sus días, en los
tiempos antiguos” (Salmos 44:1).
Considere el ejemplo de Abraham, el padre de los fieles, quien sabía por experiencia propia
que Dios era fiel. Pablo escribió acerca de Abraham: “Tampoco dudó, por incredulidad
[duda], de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente
convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido”
(Romanos 4:20-21; vea “La fe de Abraham”).
Cuando tengamos la oportunidad de preguntar a los creyentes hoy en día por qué creen,
esto también nos va a ayudar a entender lo que Dios ha hecho en el pasado. Muchas
personas me han contado acerca de acontecimientos milagrosos y sanaciones que han
experimentado en su vida, y el escuchar estas historias de personas fiables también nos
ayuda a fortalecer nuestra fe.
Practique su fe.
Crecer en fe es vital para convertirnos en las personas que Dios quiere que seamos. Esto
significa que tenemos que pasar por pruebas y tribulaciones para fortalecer los músculos de
la fe que están desarrollándose en nosotros. Si nunca tuviéramos que enfrentarnos a
obstáculos y dificultades, si Dios siempre contestara nuestras oraciones, si Él estuviera
presente en forma visible ante nosotros en cada momento de nuestra vida, no tendríamos la
necesidad de crecer en fe. (Más información acerca de por qué Dios permite pruebas
difíciles en nuestro artículo “¿Por qué estoy sufriendo?”).
El aplicar estos principios puede ayudarnos a enfrentar las dudas. Si desea estudiar con más
profundidad este tema, de el siguiente paso y lea “Cómo crecer en fe”.
Con una mirada severa, el hombre más poderoso del mundo conocido les advirtió a los tres
jóvenes judíos que no le desobedecieran. Si seguían rehusándose a adorar su estatua de
sesenta codos, les dijo, les esperaba una horrible muerte —serían quemados vivos en un
enorme horno de fuego (Daniel 3:15).
Tranquilamente, Sadrac, Mesac y Abed-nego se negaron una vez más a obedecer al rey de
Babilonia, demostrando una impresionante fe en el verdadero Dios. Este dramático relato
nos enseña cosas importantes acerca de la naturaleza de la fe verdadera.
Y si no . . .
Pero luego, Sadrac, Mesac y Abed-nego continuaron con una sorprendente aseveración: “Y
si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que
has levantado” (v. 18).
Note las primeras tres palabras: “Y si no”. A primera vista, el lector podría pensar que los
jóvenes estaban dudando. Pero su decidida declaración demuestra que no les faltaba fe.
¿Qué significa entonces su confesión de que Dios podía no intervenir?
¿Fe o fidelidad?
Por otro lado, las palabras traducidas como fiel, fielmente o fidelidad aparecen más de 50
veces en el Antiguo Testamento (RV 1960). Es claro que el Antiguo Testamento hace más
énfasis en la fidelidad que en la fe. La manera en que el pueblo de Dios responde a sus
mandamientos y la manera en que Dios cumple las promesas de su pacto son medidas de
fidelidad.
Hebreos 11, conocido como el capítulo de la fe, confirma este hecho. Es casi seguro que
este pasaje se refiere a Sadrac, Mesac y Abed-nego cuando habla de personas que
“apagaron fuegos impetuosos” (v. 34).
La verdadera naturaleza de la fe
El apóstol Pablo escribió: “el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17; Gálatas 3:11), citando
Habacuc 2:4. Sin embargo, el pasaje citado del Antiguo Testamento es uno de los dos que
mencionamos antes, donde una mejor traducción de fe sería fidelidad.
Según el Comentario bíblico del expositor, en esta frase: “La distinción entre ‘fe’ y
‘fidelidad’ es más aparente que real, sin embargo. Que un hombre sea fiel en justicia
implica que tiene una confianza dependiente en Dios”.
No recibir la respuesta que esperábamos no significa que exista falta de fe. Pero
desilusionarnos por la respuesta de Dios puede ser una señal de que nuestra fe no se
encuentra en el lugar [Link] fe y la fidelidad van de la mano, porque ambas se basan
en nuestra relación con Dios. Ambos conceptos se basan en un pacto, o acuerdo entre Dios
y su pueblo. Nosotros accedemos a obedecer, y Él accede a proveer, proteger y bendecir.
Este compromiso nos lleva nuevamente a nuestra pregunta acerca de Sadrac, Mesac y
Abed-nego. ¿Cómo pudieron admitir que Dios podía no librarlos y seguir decididos a
desobedecer la orden del rey?
El objeto de nuestra fe
Los tres jóvenes judíos en Daniel 3 pusieron su fe en Dios, no en una respuesta específica a
su problema. Demostraron su fidelidad a Dios cuando se rehusaron a quebrantar sus leyes y
eligieron no adorar la imagen de Nabucodonosor.
Y debido a que eran fieles, podían tener la fe absoluta de que Dios honraría sus promesas
del pacto. Podían decir: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno
de fuego ardiendo” (Daniel 3:17), y también “de tu mano, oh rey, nos librará”.
Cuando agregaron “y si no”, además demostraron que tenían fe en Dios sin importar lo que
pasara después.
No recibir la respuesta que esperábamos no significa que exista falta de fe. Pero
desilusionarnos por la respuesta de Dios puede ser una señal de que nuestra fe no se
encuentra en el lugar correcto.
Como Sadrac, Mesac y Abed-nego, debemos poner nuestra fe exclusivamente en Dios —su
carácter, su poder, sus promesas y su amor— confiando en su poder para hacer todo lo que
le pidamos. Pero al mismo tiempo, debemos decir en nuestro corazón: “Y si no”, aún
seguiré confiando en Dios. O como dijo Jesucristo, “no se haga mi voluntad, sino la tuya”
(Lucas 22:42).
Para descubrir más acerca de la enseñanza bíblica en cuanto a las oraciones respondidas,
vea “Cinco claves para que nuestras oraciones sean respondidas”.
Cómo crecer en fe
Dios quiere que tengamos fe y que la aumentemos. Pero, ¿cómo? No es
algo que sólo podamos desear y lograrlo por nuestra propia cuenta.
¿Cómo podemos crecer en fe?
¿Q
ué significa tener fe para mover montañas? Y, ¿cómo podemos crecer en fe?
Al hablar de su segunda venida, Jesús preguntó: “… cuando venga el Hijo del Hombre,
¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8, énfasis añadido).
Hebreos 11:6 nos dice por qué la fe es tan importante para Dios: “Pero sin fe es imposible
agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es
galardonador de los que le buscan”.
¡Dios espera que tengamos fe! Y si creemos realmente en Dios y vivimos de acuerdo con
esa fe, entonces Dios se sentirá agradado. ¡Y seremos bendecidos! Pero la falta de fe y el
no vivir por fe, es algo que desagrada a Dios.
Entonces, ¿cómo deshonramos a Dios por una falta de fe? Cuando no le creemos a Dios, en
esencia le estamos diciendo a Él: “Yo no creo realmente que vaya a hacer lo que dice que
va a hacer. Y no creo realmente que usted sea lo que dice ser”.
Y la respuesta de Dios ante eso es: “Yo soy un Dios que cumple lo que promete”.
Una falta de fe es un insulto a Dios. Dios no ha fallado nunca —Él siempre ha guardado las
promesas que le ha hecho a los seres humanos. ¡Y siempre lo hará! (en el caso por
supuesto, en que cumplamos las condiciones que Él haya fijado).
La fe es una de las cualidades fundamentales que Dios está buscando en nosotros, por lo
tanto, es fundamental que nos aseguremos de tenerla.
Grados de fe
Cuando se trata de fe, ¿es sólo cuestión de tenerla o no tenerla? No, la Biblia aclara que hay
grados de fe. Jesús describió a algunos de su época que tenían poca fe y a otros como que
tenían gran fe.
Algunas veces las personas religiosas tratan de animarnos a que tengamos fe en áreas en
donde no hay promesas de Dios. Algunos por ejemplo podrán decir: “nuestro picnic al
campo es la próxima semana. Si lloviera esto arruinaría las cosas. Si tenemos la fe
suficiente, ¡no lloverá! Tengamos fe entonces”.
¿Cuánta fe tenemos en verdad? ¿Cuán dedicados estamos a aumentar nuestra fe? Nuestra fe
necesita estar creciendo. Ninguno de nosotros tiene la fe suficiente. Pero, ¿hay una promesa
en la Biblia de que no llovería en los días en que hemos planeado un picnic especial? No
existe tal promesa.
O alguien podría decir, “he aplicado a un trabajo que realmente quiero, y dos personas más
están como candidatos además de mí. Voy a tener fe de que yo voy a conseguir este trabajo
que tanto quiero. Si tengo fe, estoy seguro de que obtendré este trabajo”.
Pero no hay promesa en la Biblia de que la voluntad de Dios —cada vez— es darnos
exactamente el trabajo que nos gustaría tener.
Cuando las personas tienen este enfoque, ¿qué concluyen si las cosas no funcionan como
les gustaría? Podrían decir: “esto pasó así porque no tengo la suficiente fe”.
¿Qué podemos decir acerca de Marcos 11: 22-24? Jesús dijo: “Tened fe en Dios. Porque de
cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no
dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.
Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”.
¿Nos dan estos versículos una promesa sin requerimientos? ¿Podemos tener la confianza de
que Dios siempre nos va a dar lo que nos pida?
¿Qué pasaría con esto? La Biblia nos dice que es “necesario que a través de muchas
tribulaciones” o pruebas, “entremos en el reino de Dios” y que “Muchas son las aflicciones
del justo” (Hechos 14:22; Salmos 34:19).
No, de hecho, su oración nos da un ejemplo perfecto para seguir. Su ejemplo es una
demostración de las palabras que leemos en Marcos 11. En la oración de Jesús, él dijo:
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero sino como tú”
(Mateo 26:39).
Jesús pidió esto, luego lo dejó en manos del Padre, para que él hiciera lo que considerara
mejor. De la misma forma, los cristianos son libres de pedirle cualquier cosa a Dios. Al
mismo tiempo, entendemos que para recibir lo que pedimos, esto debe formar parte de su
voluntad amorosa, sabia y perfecta para nuestra vida.
Y si no está de acuerdo con la voluntad de Dios, no debemos pretender que se nos conceda
nuestra petición a toda costa. Analicemos esta cita: “Dios no nos da lo que queremos. Él
nos da todo lo que quisiéramos si supiéramos todo lo que Él sabe” (Stacy Padrick, “Living
with Unfulfilled Longings” [Viviendo con deseos insatisfechos], Discipleship Journal).
La fe debe estar basada en las promesas específicas de Dios que aparecen en la Biblia. Y
debemos estar seguros de que entendemos las promesas correctamente.
Debemos asegurarnos de no asumir que Dios promete algo que Él no promete. Tenemos
que entender sus promesas en el contexto que Él las da, que es el contexto de su plan y
propósito para nosotros.
Dios nos proveerá todas nuestras necesidades físicas y espirituales (Mateo 6:31-33; Salmo
23:1; Filipenses 4:19).
El terminará la obra espiritual que comenzó en nosotros (Filipenses 1:6).
Él nos dará la sabiduría que le pedimos a medida que vivimos (Santiago 1:5). Él nunca nos
dejará ni abandonará (Hebreos 13:5).
Él no permitirá que seamos probados más allá de lo que podamos soportar (1 Corintios
10:13).
Él nos dará paz en la mente (Filipenses 4:7).
Él perdonará todos y cada uno de los pecados, cuando nos hayamos arrepentido de ellos (1
Juan 1:9).
Él hará posible que crezcamos y lleguemos a ser semejantes a Jesucristo (Efesios 4:15).
Él hará que todo lo que pasa en nuestra vida eventualmente sea para bien (Romanos 8:28).
Estas son tan sólo unas cuantas de las promesas claras y específicas de Dios. (Si desea
estudiar más, vea nuestro artículo “Las promesas de Dios: una esperanza cierta”.)
Es consolador saber que si hacemos lo que Dios nos dice que hagamos, nuestra fe crecerá.
No tenemos que descubrirlo por nosotros mismos; ¡sólo necesitamos hacer lo que Dios nos
dice que hagamos!
Necesitamos muchísimo que Dios nos de la misma fe de Jesucristo, a través del poder del
Espíritu de Dios.
Deberíamos pedir con regularidad esa fe. No deberíamos asumir que Él automáticamente
nos dará más fe sin que se la pidamos.
Dios nos observa para ver cuánto en realidad deseamos más fe. Él quiere ver cuán
importante es para nosotros. Necesitamos pedirle fe.
Santiago 2:14 nos dice: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y
no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?”
Es consolador saber que si hacemos lo que Dios nos dice que hagamos, nuestra fe crecerá.
No tenemos que descubrirlo por nosotros mismos; ¡sólo necesitamos hacer lo que Dios nos
dice que hagamos!Es animador saber que si hacemos lo que Dios nos dice que hagamos,
nuestra fe crecerá. No tenemos que descubrirlo por nosotros mismos; ¡sólo necesitamos
hacer lo que Dios nos dice! Esto no quiere decir que podemos ganar nuestra salvación. La
vida eterna es un don, no algo que podamos ganar por nosotros mismos. Pero Dios espera
ver “obras” en nuestra vida. ¿Qué son las “obras”? Ellas involucran obedecer y vivir por
cada palabra de Dios.
En los versículos 15-16, Santiago respalda esta declaración con un ejemplo práctico. “Y si
un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada
día, y alguno de vosotros les dice; Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas
que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?”.
La fe sin obediencia es un engaño. A los ojos de Dios, es una burla de la fe verdadera, viva.
Así que Dios nos dice que no es posible tener fe a menos que estemos guardando su ley y
viviendo su camino de vida.
“Pero alguno dirá: tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te
mostraré mi fe por mis obras” (v. 18).
En otras palabras, Santiago está diciendo: “usted no me puede mostrar ninguna fe verdadera
sin obras, ¡porque esto no existe!”.
Cada día, nuestra fe es puesta a prueba de innumerables formas. Por ejemplo, la Biblia nos
dice que quejarse es pecado. Ésta es un área en la que nuestra fe es probada. Y cuando
obedecemos el mandamiento de no quejarnos, nuestra obediencia prueba nuestra fe. Prueba
que realmente creemos que el camino de Dios sí funciona.
Nadie diría que los demonios agradan a Dios porque ellos creen. Lo mismo es cierto de los
seres humanos que afirman creer, pero no obedecen.
Es claro que Dios estaba agradado de que Abraham estuviera dispuesto a obedecerlo sin
importar lo que requiriera.
¿Por qué las personas no obedecen a Dios? Porque no creen en Él. No creen que sí vale la
pena. No creen que Dios vaya a hacer lo que Él dice. Y en el fondo, lo que quieren es hacer
algo diferente.
Si no somos diligentes para aplicarnos a hacer las cosas que Dios nos dice que hagamos, no
vamos a tener mucha fe.
Cuando lo hacemos —¡Dios responde! Y nos damos cuenta que nuestra fe aumenta. Sin
obedecer a Dios nuestra fe no puede aumentar.
Leemos acerca de Abraham en Hebreos 11. “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció
para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la
fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en
tiendas…” (vv. 8-9).
¿Cuál es el punto? Abraham obedeció a Dios porque él creía que recibiría las promesas que
Dios le había hecho. Por esto es por lo que obedecen las personas. Creen y actúan conforme
a lo que Dios dice porque saben que, si hacen eso, recibirán lo que Dios ha prometido.
“Porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”
(v. 10). Abraham escuchó la verdad de Dios —la verdad acerca de esta ciudad futura— y le
creyó a Dios. Esto hizo que él obedeciera.
Mientras más nos fijemos en las circunstancias físicas, menos tendremos fe. Mientras más
nos enfoquemos en la Palabra de Dios, más fe tendremos.
Y por estar llenos de la Palabra de Dios, tendremos fe. Estaremos dispuestos a hacer lo que
Dios dice, lo cual a su vez aumentará nuestra fe (y esto aumentará nuestras bendiciones
también).
Mientras más familiarizados estemos con la Palabra de Dios —y más familiarizados con lo
que Él ha hecho y hará— más fe podremos tener. Porque sabremos exactamente lo que Él
dice. Si no estamos familiarizados con lo que Él ha hecho, ¿cómo vamos a esperar que Dios
cumpla sus promesas? ¿Cómo podremos creer que Dios las va a cumplir?
¿Mover montañas?
No hay registro de que el pueblo de Dios haya tenido la necesidad de mover montañas
reales. Pero Cristo nos hizo saber que el Dios Todopoderoso lo haría fácilmente si fuera
necesario.
Sin embargo, todos enfrentamos pruebas y desafíos que pueden ser abrumadores —
montañas espirituales aparentemente imposibles de superar que Dios puede mover por
nosotros si se lo pedimos en fe. Porque “… para Dios todo es posible” (Mateo 19:26).
La fe cree que Dios nos observa, nos cuida y escucha nuestras plegarias. No sabemos cómo
Dios hará que las cosas funcionen para nosotros. Pero creemos en Efesios [Link] “… a
Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que
pedimos o entendemos…”.
Dios puede responder nuestras plegarias de muchas maneras —¡aun en formas que ni
podemos imaginar! No hay ningún límite para lo que Dios puede hacer por nosotros cuando
confiamos en Él.
Si desea profundizar, vea nuestros artículos: “¿Qué es la fe?” y “La fe de Abraham”.
Sus promesas incluyen desde pactos que hizo con individuos y el pueblo de Israel, hasta
profecías que inspiró a sus profetas y las palabras de Cristo y los apóstoles. Todas ellas son
promesas que siguen vigentes hasta el día de hoy y nos dan una esperanza cierta en la cual
podemos basar nuestras vidas confiadamente.
Promesas a individuos
Uno de los primeros pactos que Dios hizo con individuos se encuentra en Génesis 9:8-17,
donde promete a Noé, sus hijos y todos sus descendientes, que nunca volvería a destruir la
Tierra con un diluvio. Como señal del pacto, Dios dejó el arcoíris —un constante
recordatorio de que nunca habrá una inundación tan grande como aquella.
Más tarde, Dios hizo una promesa aún más trascendental a Abraham anunciando la venida
de Jesucristo, el Mesías.
La promesa original se encuentra en Génesis [Link] “En tu simiente serán benditas todas las
naciones de la tierra”; luego, Gálatas 3:16 explica que “a Abraham fueron hechas las
promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino
como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo”. En otras palabras, Dios prometió a
Abraham que el Mesías saldría de sus descendientes. Y además de esta maravillosa
promesa, el patriarca recibió muchas otras bendiciones y promesas físicas, como la de una
descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar y la eventual
posesión de Canaán (la Tierra Santa), “tierra que fluye leche y miel” (Génesis 22:17; 17:7-
9; Deuteronomio 6:3).
Dios luego confirmó sus promesas al hijo de Abraham, Isaac y a su nieto Jacob, cuya
familia se estableció en Egipto en los tiempos de José y creció hasta convertirse en el
pueblo de Israel de los tiempos de Moisés (Génesis 26:2-4; 28: 12-14).
Tras muchos años de esclavitud en Egipto, Dios escogió a Moisés para llevar al pueblo de
Israel a la tierra prometida. Pero antes, hizo otro pacto lleno de promesas con ellos en el
monte Sinaí.
En Éxodo 19:5-6, Dios comienza a describir el acuerdo diciendo: “Ahora, pues, si diereis
oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los
pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente
santa”. Luego dio directamente al pueblo los Diez Mandamientos y otras leyes a través de
Moisés. Y si obedecían, Dios además les prometió lo siguiente (Éxodo 23:22-28):
“Pero si en verdad oyeres su voz e hicieres todo lo que yo te dijere, seré enemigo de
tus enemigos, y afligiré a los que te afligieren” (v. 22).
“Mas al Eterno vuestro Dios serviréis, y él bendecirá tu pan y tus aguas; y yo
quitaré toda enfermedad de en medio de ti” (v. 25).
“Enviaré delante de ti la avispa, que eche fuera al heveo, al cananeo y al heteo, de
delante de ti” (v. 28).
Ante tantas promesas, el pueblo aceptó el pacto con gozo y prometió obedecer a Dios,
“todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que el Eterno ha
dicho” (Éxodo 24:3).
Lamentablemente, no obedecieron por mucho tiempo. Israel pecó quebrantando el pacto y,
por lo tanto, fueron ellos los responsables de su fracaso, no Dios.
Pero aun así, Dios prometió seguir trabajando con ellos en el futuro a través de un nuevo
pacto.
“Porque reprendiéndolos dice: He aquí vienen días, dice el Señor, En que estableceré con la
casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; No como el pacto que hice con sus padres
El día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; Porque ellos no
permanecieron en mi pacto, Y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, éste es
el pacto que haré con la casa de Israel Después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis
leyes en la mente de ellos, Y sobre su corazón las escribiré; Y seré a ellos por Dios, Y ellos
me serán a mí por pueblo” (Hebreos 8:8-10).
Todo lo que Dios prometió a Israel se cumplirá cuando ellos finalmente tengan sus leyes
escritas en la mente y el corazón y estén dispuestos a obedecer. Y cuando esto suceda, Dios
además promete extender sus maravillosas bendiciones al mundo entero (Isaías 56:6-7;
Romanos 10:11-13).
Aún cuando los seres humanos fallamos, Dios es fiel a sus promesas.
Podríamos llenar muchas páginas con las promesas que Dios hizo a los profetas. Primero
están las profecías de una futura época de dolor y sufrimiento. Luego, las de un tiempo de
paz para el mundo entero, donde no habrá miedo ni ansiedad y la muerte eventualmente
será destruida. Y a medida que la humanidad comience a obedecer los mandamientos Dios,
todos recibirán sus promesas de alimento, agua y prosperidad abundante.
Veamos algunas de las promesas que se cumplirán después de que Cristo regrese y reine en
la Tierra junto a sus santos —periodo que la Biblia describe como los mil años o el
Milenio:
No habrá más guerra: “no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más
para la guerra” (Isaías 2:4).
Habrá paz: “han de morar ancianos y ancianas en las calles de Jerusalén, cada cual
con bordón en su mano por la multitud de los días. Y las calles de la ciudad estarán
llenas de muchachos y muchachas que jugarán en ellas” (Zacarías 8:4-5).
Los animales serán inofensivos: “Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el
cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un
niño los pastoreará” (Isaías 11:6).
Abundará el agua: “los montes destilarán mosto, y los collados fluirán leche, y por
todos los arroyos de Judá correrán aguas; y saldrá una fuente de la casa del Eterno,
y regará el valle de Sitim [ubicado al norte del mar muerto]” (Joel 3:18).
Abundará la comida: “He aquí vienen días, dice el Eterno, en que el que ara
alcanzará al segador, y el pisador de las uvas al que lleve la simiente... plantarán
viñas, y beberán el vino de ellas, y harán huertos, y comerán el fruto de ellos”
(Amós 9:13-14).
Pero la promesa más importante de todas es que Jesucristo gobernará al mundo entero
como Rey de reyes y “la tierra será llena del conocimiento del Eterno, como las aguas
cubren el mar” (Zacarías 14:9; Isaías 11:9).
Aunque el mensaje principal de Cristo era acerca de ese reino futuro y su labor era ir “por
todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios”
(Lucas 8:2), también hizo promesas de esperanza y consuelo para esta vida que aún están
vigentes:
Nos da paz: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da.
No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).
Nos da gozo: “Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y
vuestro gozo sea cumplido” (Juan 15:11).
Nos da amor: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama;
y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él”
(Juan 14:21).
Si Cristo —nuestro Sumo Sacerdote que ahora se sienta a la diestra del Padre— hizo estas
promesas, podemos estar seguros de que las cumplirá; “porque él dijo: No te desampararé,
ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no
temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 4:14; 13:5-6).
Como dice el autor de Hebreos, Jesús además es “mediador de un mejor pacto, establecido
sobre mejores promesas” (Hebreos 8:6). Veamos algunas de ellas en las palabras de los
apóstoles:
Como vimos al principio, Dios quiere que mantengamos firme nuestra esperanza y
confiemos en Él. Dios no puede mentir y todas sus promesas “son en él Sí, y en él Amén,
por medio de nosotros, para la gloria de Dios” (Tito 1:2; 2 Corintios 1:20).
Es por esto que la Biblia nos exhorta diciendo: “Creed en el Eterno vuestro Dios” y
“Esperad en él en todo tiempo” (2 Crónicas 20:20; Salmos 62:8).
“¡He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona”
(Apocalipsis 3:11).
“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he
vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias” (Apocalipsis 3:21-22).
Dios es fiel a sus promesas y podemos estar seguros de que las cumplirá. La pregunta es
qué tan importantes son para nosotros y cuánto influyen en nuestra vida.
Le invitamos a conocer las historias de personas que han vivido y cambiado sus vidas por
fe en los artículos de la sección “Fe” en nuestro sito web Vida Esperanza y Verdad.