Alzheimer
El Alzheimer es una enfermedad progresiva y degenerativa del cerebro. Destruye lentamente
la memoria, la capacidad de pensar y la habilidad de llevar a cabo tareas sencillas. También
experimentan cambios en la conducta, la personalidad y las habilidades sociales. Estos cambios
afectan la capacidad de funcionamiento de una persona.
La enfermedad de Alzheimer hace que el cerebro se encoja y que las neuronas cerebrales, a la
larga, mueran. Es la quinta causa principal de muerte en Argentina, afectando a más de
300.000 argentinos. En el 2013 hubo al menos 44 millones de personas con Alzheimer, lo que
convierte a la enfermedad en una crisis de salud global que debe abordarse. Se espera que
esta cifra se triplique para el 2050.
Síntomas
En la etapa temprana, los síntomas pueden ser mínimos, pero a medida que la enfermedad
progresa provoca más daños al cerebro y los síntomas empeoran. El ritmo en el que progresa
la enfermedad es diferente en cada persona, pero en promedio, las personas con Alzheimer
viven 8 años después de que comienzan los síntomas.
Los síntomas de Alzheimer se conocen como demencia. Por esta razón, algunas veces se hace
referencia a la enfermedad de Alzheimer simplemente como “demencia”. La demencia se
utiliza para describir un grupo de síntomas que afectan la memoria, el pensamiento y las
habilidades sociales. En algunas personas que tienen demencia, los síntomas interfieren en su
vida diaria. La demencia no es una enfermedad específica, sino que muchas enfermedades
pueden causarla.
La enfermedad de Alzheimer no es una parte normal del envejecimiento, sino que es el
resultado de cambios complejos en el cerebro que empiezan años antes de que aparezcan los
síntomas y que originan la pérdida de neuronas y sus conexiones.
Los signos tempranos de la enfermedad incluyen el olvido de eventos o conversaciones
recientes. Con el tiempo, avanza hasta convertirse en un problema grave de la memoria y la
pérdida de la capacidad para hacer las tareas cotidianas.
Causas
Aún no se comprenden totalmente las causas de esta enfermedad, pero es probable que
incluyan una combinación de:
Cambios en el cerebro relacionados con la edad (como encogimiento, inflamación, daños en
los vasos sanguíneos y una menor producción de energía dentro de las células), que pueden
dañar las neuronas y afectar otras células cerebrales.
Cambios o diferencias en genes, que podrían ser hereditarios. Ambos tipos de Alzheimer (el
tipo muy poco frecuente de inicio temprano, que ocurre entre los 30 y los 65 años, y el tipo
más frecuente de inicio tardío, en personas mayores de 65 años) se pueden relacionar de
alguna manera con los genes.
Factores de salud, ambientales y de estilo de vida que podrían intervenir de alguna forma,
como exposición a contaminantes, enfermedades cardíacas, accidentes cerebrovasculares,
presión arterial alta, diabetes y obesidad.
Tipos de alzhéimer
No existe una clasificación única para determinar los diferentes tipos de Alzhéimer que existen.
A nivel clínico, se manejan diferentes criterios, todos ellos válidos. Los criterios de clasificación
más utilizados son:
Atendiendo al momento del inicio;
Atendiendo a procesos inflamatorios implicados;
Atendiendo a la gravedad de los síntomas.
Atendiendo al momento del inicio
Alzhéimer de inicio temprano o familiar: La enfermedad de Alzhéimer de inicio temprano es
un tipo poco común. Afecta a personas entre 30 y 65 años y representa menos del 10% de las
personas con Alzhéimer. Se la relaciona especialmente con antecedentes familiares, por ello
también se la conoce como enfermedad de Alzhéimer familiar. Está vinculada a tres genes que
son la proteína precursora del amiloide (APP), presenilina 1 (PSEN1) y presenilina 2 (PSEN2).
Las mutaciones de estos genes originan la producción de cantidades excesivas de un
fragmento de la proteína tóxica beta-amiloide, cuyo acúmulo en el cerebro está directamente
relacionada con la sintomatología típica de la enfermedad.
Alzhéimer de inicio tardío o esporádico: Las personas presentan los primeros síntomas de la
enfermedad a partir de los 65 años. Se desconoce si hay un gen específico que cause
directamente el inicio de la enfermedad. Sin embargo, se ha comprobado que la presencia de
una forma concreta del gen de la apolipoproteína E (APOE) en el cromosoma 19, es un factor
de riesgo genético que aumenta el riesgo de desarrollar la enfermedad. Se trata del APOE-ε4.
Sin embargo, el hecho de que esté presente no implica, por sí solo, su desarrollo, ya que
existen otros factores de riesgo que pueden influir en el desarrollo de la enfermedad.
Atendiendo a procesos inflamatorios
Alzhéimer inflamatorio: Se ha denominado así, a la situación en la que además de la
sintomatología típica, el nivel de proteína C reactiva se encuentra incrementado. Situación
típica de procesos inflamatorios.
Alzhéimer no inflamatorio: En esta situación, a diferencia de la anterior, los niveles de
proteína C reactiva no se encuentran incrementados.
Alzhéimer cortical: Se relaciona con bajos niveles de zínc. No hay respuesta inflamatoria. Suele
asociarse a personas afectadas más jóvenes.
Atendiendo a la gravedad
Aunque se pueda usar esta clasificación, en realidad se trata de las diferentes fases por las que
la enfermedad progresa lentamente, afectando de manera distinta a cada persona, con
síntomas similares de diferente intensidad.
Alzhéimer leve: Se corresponde con la situación en que los pacientes comienzan a tener cierto
deterioro cognitivo. El impacto en el día a día es relativo, dado que aún no dependen de
terceros, pero sí pueden aparecer problemas en el trabajo, tareas domésticas (compras,
cocina…), conducción.
Alzhéimer moderado: La sintomatología se va agravando según cada caso individual. Los
episodios de confusión son cada vez más frecuentes y complicados. Según cada persona,
puede prolongarse hasta 10 años. Los afectados precisan de ayuda de terceros.
Alzhéimer grave: La persona se ve afectada completamente dependiendo de terceros
paulatinamente para todas las actividades. El paciente pierde la capacidad de hablar, moverse,
reconocerse.
Tratamientos
Los investigadores siguen buscando maneras de tratar mejor el Alzheimer y otras demencias
progresivas. En la actualidad,hay docenas de terapias y tratamientros farmacológicos en curso
que se enfocan en detener la muerte de células cerebrales asociada con el Alzheimer.
Además, la implementación de sistemas de apoyo y el uso de intervenciones conductuales no
farmacológicas pueden mejorar la calidad de vida de las personas con demencia y sus
proveedores de cuidados y familiares.
Los medicamentos pueden mejorar los síntomas o retardar su progresión. Los programas y
servicios pueden ayudar a brindar apoyo a las personas con enfermedad de Alzheimer y a sus
cuidadores.
No hay ningún tratamiento que cure la enfermedad de Alzheimer. En las etapas avanzadas, la
pérdida grave de la función cerebral puede provocar deshidratación, desnutrición o infección.
Estas complicaciones pueden provocar la muerte.
El tratamiento de afecciones médicas coexistentes
La coordinación de cuidados entre profesionales de atención médica
La participación en actividades, lo que puede mejorar el estado de ánimo
Intervenciones conductuales (para ayudar con cambios comunes, como agresión, problemas
de sueño y agitación)
Educación sobre la enfermedad
Creación de un equipo de cuidados para brindar apoyo
Problemas para completar tareas que antes eran fáciles.
Dificultad para resolver problemas.
Cambios de ánimo o en la personalidad; alejarse de amigos y familiares.
Problemas de comunicación, ya sea escrita u oral.
Confusión sobre lugares, personas y eventos.
Cambios visuales, como problemas para comprender imágenes.
Los familiares y amigos pueden notar los síntomas del Alzheimer y otras demencias
progresivas antes que la persona que experimenta estos cambios. Si usted o alguien conocido
experimentan posibles síntomas de demencia, es importante que se realice exámenes médicos
para determinar la causa.
Historia
El Dr. Alzheimer era psiquiatra que atendiendo a pacientes con enfermedades mentales y
epilepsia en el hospital comunitario en Frankfurt, Alemania. Auguste Deter tenía solo 50 años
cuando su esposo notó que sus problemas de memoria aumentaban. Pronto se volvió más
temerosa, paranoica y agresiva, por lo que fue necesario ingresarla en el hospital psiquiátrico a
los 51 años en 1901. Permaneció internada allí hasta su muerte en 1906, aunque para
entonces ya no estaba bajo el cuidado del Dr. Alzheimer. Muestra del tejido cerebral fue
enviada al Dr. Alzheimer en Frankfurt, quien lo examinó microscópicamente usando nuevas
tinciones que revelaron la presencia de lo que ahora llamamos placas amiloideas y ovillos
neurofibrilares. Aunque parezca extraño ahora, la presentación inicial del Dr. Alzheimer en
1906 vinculando esta patología cerebral específica con un síndrome clínico fue recibida con
poco entusiasmo por sus compañeros.
El Dr. Alzheimer publicó más tarde sus descripciones de varios pacientes similares en 1909 y el
Dr. Kraepelin incluyó el caso de la Sra. Deter en la edición de 1910 de su libro de texto de
psiquiatría. Fue Kraepelin quien nombró a esta demencia en honor de su colega.
Auguste Deter no era una anciana al inicio de su enfermedad y, por lo tanto, la enfermedad de
Alzheimer se la demostró como una "demencia presenil" para distinguirla de la ya conocida
"demencia senil". Sin embargo, una investigación adicional mostró que había placas y ovillos
en el cerebro de la mayoría de los adultos mayores con síntomas de demencia.
A finales de la década de 1960, los psiquiatras británicos Tomlinson y Roth describieron la
importancia de estas placas en los adultos mayores, y en 1970 el Dr. Roth cuestionó la
importancia asociada al criterio de la edad que distinguía la EA de la "demencia senil" de tipo
Alzheimer".
El neurólogo Robert Katzman sugirió en 1976 que deberíamos eliminar la distinción de edad
que separaba la demencia presenil de la demencia senil del tipo Alzheimer y, a principios de la
década de 1980, la EA era ampliamente reconocida como la causa más común de demencia en
adultos mayores.
La búsqueda de las causas de la EA comenzó con el Dr. Alzheimer y continúa hoy con todo
vigor. A finales de la década de 1970, los investigadores describieron una "hipótesis
colinérgica" de la EA. Esta teoría atribuyó los síntomas de la EA a un déficit del
neurotransmisor llamado acetilcolina, un neurotransmisor esencial para el funcionamiento
adecuado de la memoria. Esta teoría impulsó las pruebas de medicamentos que aumentaban
los niveles cerebrales de acetilcolina, ya fuera aumentando su producción o bloqueando su
destrucción. Una clase de estos medicamentos experimentales, los inhibidores de la
colinesterasa , fue aprobado por la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos de los
Estados Unidos) y sigue siendo de uso común en la actualidad.
Desafortunadamente, esta clase de medicamentos no tiene un efecto eficaz sobre la
progresión de la enfermedad. Los investigadores ahora consideran que los cambios en el
sistema colinérgico son posteriores a los mecanismos más básicos de la enfermedad.
Se cree que la memantina , el otro medicamento aprobado por la FDA para el tratamiento de
la EA, actúa de manera diferente, al estabilizar el funcionamiento del sistema de glutamato. Al
igual que los inhibidores de la colinesterasa, la memantina es un medicamento que alivia los
síntomas, en lugar de modificar la enfermedad.
En 1984, la identificación de la proteína beta-amiloide en los vasos sanguíneos de pacientes
con síndrome de Down y EA sugirió que el cromosoma 21 (presente en una copia adicional en
personas con síndrome de Down) podría contener pistas para comprender la patología de la
EA. Esto resultó ser cierto cuando en 1987 se identificó la beta amiloide como un componente
importante de las placas seniles y se vinculó a un gen localizado en el cromosoma 21. Poco
después, a principios de la década de 1990, se descubrieron mutaciones que generaban la
producción excesiva de proteína beta-amiloide con la EA, esto agregó evidencia en lo que se
convirtió en la hipótesis de la "cascada amiloide", que es la teoría de que la patología de la EA
es el resultado de la acumulación de placas amiloides en el cerebro que conduce a una
respuesta inflamatoria ya la destrucción de las células cerebrales. Estas mutaciones, cada una a
su manera, elevaron los niveles de beta amiloide y aumentaron el riesgo de desarrollar la
enfermedad de Alzheimer clínica.
Gran parte, pero no toda, del esfuerzo de investigación internacional en la EA en los últimos
años ha sido impulsado por la hipótesis de la cascada amiloide. Sin embargo, las teorías en
competencia o complementarias también han instalado a considerar la importancia de las
anomalías de la proteína tau, que conducen a la formación de ovillos neurofibrilares (las
fibras retorcidas insolubles que se encuentran dentro de las células del cerebro). La proteína
tau forma parte de una estructura llamada microtúbulo, que ayuda a transportar nutrientes y
otras sustancias importantes de una parte de la célula nerviosa a otra. En la enfermedad de
Alzheimer, sin embargo, la proteína tau es anormal y las estructuras de los microtúbulos
colapsan. Los cambios patológicos en la proteína tau, como señalan los partidarios de la teoría
tau, son muy paralelos a los cambios clínicos que ocurren más tarde en la EA.
Otros investigadores se han centrado en la importancia de los factores del estilo de vida, los
cambios en la barrera hematoencefálica, el metabolismo inadecuado de metales como el
cobre, el hierro o el zinc, la inflamación sistémica o las infecciones inductoras de inflamación
con bacterias u hongos como vías potenciales para el desarrollo de EA.
Redefiniendo el Alzheimer
En 2011, la investigación sobre la detección clínica y el tratamiento de la EA dio un gran paso
hacia adelante cuando un comité mixto de expertos revisó estudios anteriores y llegó a una
conclusión innovadora. En base a décadas de evidencia con biomarcadores y de neuroimagen,
los expertos de este comité recomendaron que redefiniremos lo que consideramos EA. Ya no
debe considerarse simplemente como un síndrome clínico de demencia, sino como un proceso
patológico que se desarrolla en una enfermedad clínica a lo largo de décadas.
Antes de que el deterioro cognitivo robe la independencia de una persona, la enfermedad
debe “cocerse” lentamente durante una fase clínica inicial asintomática que puede persistir
durante años. Durante este período, la acumulación de amiloide se puede demostrar
utilizando técnicas avanzadas de neuroimagen o con el examen del líquido cefalorraquídeo.
En este nuevo modelo de la EA, los síntomas comienzan a aparecer durante la segunda etapa,
levemente sintomática, previa a la demencia, que se la denomina deterioro cognitivo leve o
trastorno neurocognitivo leve. Durante esta fase de la EA, la patología continúa progresando,
pero los síntomas clínicos siguen siendo limitados. El desempeño de tareas más complejas se
ve afectado, pero se conserva la independencia general.
Solo en la tercera fase de la EA, la fase de demencia (ahora llamada "trastorno neurocognitivo
mayor") vemos los cambios característicos que destruyen la independencia en el
funcionamiento cognitivo y conductual.
Este replanteamiento de la naturaleza de la EA, enfocándose en su patología más que en sus
síntomas, ha nutrido la investigación hacia técnicas para la detección más temprana y ha
impulsado la idea de que la intervención en las primeras etapas de la EA, incluso antes de que
aparecen los síntomas de la enfermedad, puede ofrecer más esperanza que los esfuerzos para
revertir los efectos destructivos de la tercera etapa de la enfermedad.
Además, el reconocimiento de la fase presintomática de la EA estimula una mayor atención a
las intervenciones preventivas, como el manejo de enfermedades médicas crónicas que
afectan la salud del cerebro, el cuidado de la nutrición saludable para el cerebro, el aumento
de la actividad aeróbica. , el sueño restaurador y otras intervenciones del estilo de vida
saludable para el cerebro.
Aunque el número de personas con EA sigue aumentando cada día, nuestro momento
proyecta una era más brillante en la historia de la EA y otras demencias. Actualmente se están
probando más de cien medicamentos nuevos y se están explorando muchas intervenciones no
farmacológicas, algunas de ellas preventivas. Incluso si el daño de las etapas posteriores de la
EA es imposible de curar o revertir, las investigaciones actuales ofrecen la esperanza de
detener o retrasar los efectos de la enfermedad, y quizás identificar y prevenir la progresión en
una etapa más temprana, incluso asintomática.