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Asesoramiento Pedagógico Institucional

Las autoras definen el asesoramiento pedagógico como una práctica especializada en situación y abordan las condiciones que lo hacen posible desde una perspectiva institucional. Dan cuenta de algunos rasgos constitutivos del asesoramiento y abordan el tema del encuadre como eje a partir del cual se avanza en el tratamiento de los problemas específicos del trabajo de asesoramiento. Plantean cuestiones como la delimitación del objeto de asesoramiento, los propósitos, el espacio y el tiempo y

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Asesoramiento Pedagógico Institucional

Las autoras definen el asesoramiento pedagógico como una práctica especializada en situación y abordan las condiciones que lo hacen posible desde una perspectiva institucional. Dan cuenta de algunos rasgos constitutivos del asesoramiento y abordan el tema del encuadre como eje a partir del cual se avanza en el tratamiento de los problemas específicos del trabajo de asesoramiento. Plantean cuestiones como la delimitación del objeto de asesoramiento, los propósitos, el espacio y el tiempo y

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Nicastro, Sandra y Andreozzi, Marcela. Asesoramiento pedagógico en


acción: la novela del asesor. Buenos Aires: Paidós, 2003.
Ficha bibliográfica

Las autoras definen el asesoramiento pedagógico como una


práctica especializada en situación y abordan las condiciones que
lo hacen posible desde una perspectiva institucional. Dan cuenta
de algunos rasgos constitutivos del asesoramiento y abordan el
tema del encuadre como eje a partir del cual se avanza en el
tratamiento de los problemas específicos del trabajo de
Resumen:
asesoramiento. Plantean cuestiones como la delimitación del
objeto de asesoramiento, los propósitos, el espacio y el tiempo y el
lugar de los recursos técnicos. Caracterizan el vínculo asesor-
asesorado y el papel de la escucha, la mirada y la palabra en la
construcción del mismo.

Capitulo 1
El trabajo de asesoramiento

1. Algunas consideraciones iniciales

El asesoramiento pedagógico es una práctica localizada en un puesto de


trabajo especifico, como podría ser el caso de un asesor pedagógico, un
consultor externo. Pero también alude a una práctica transversal que se
expande, extiende y desarrolla como componente constitutivo del trabajo
realizado desde diferentes posiciones institucionales.
De un modo u otro, cada posición imprimirá matices particulares al
trabajo de asesoramiento, fijando las condiciones de espacio y tiempo, los
niveles de intervención posibles, el alcance que pueda adoptar el trabajo con
los otros, etc. Al mismo tiempo, las distintas posiciones pondrán en juego
modelos de actuación en estrategias de intervención y dispositivos de trabajo
muy diversos; por ejemplo, un psicólogo que adopta un encuadre de trabajo
clínico en su tarea de asesor de una escuela, un director de un establecimiento
de enseñanza secundaria que al asesorar intervienen desde la experiencia
acuñada como profesor de una disciplina, o un profesor de practicas de un
instituto de formación decente que asesora sobre el desarrollo de proyectos
ligados a al enseñanza.
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El asesoramiento del una práctica especializada en situación no implica


que solo asesora quien ocupa un rol o un cargo especialmente definido para
ello; tampoco que se puede asesorar en todo momento y desde cualquier
posición institucional como si se tratara de una materia fácilmente opinable.
Esto sería lo mismo que afirmar que, más allá de la posición del saber experto,
del encuadre de trabajo y del tipo de demanda que se configura, siempre es
posible asesorar.
Definir el asesoramiento como práctica especializada en situación
implica, por lo tanto, ampliar la mirada, ir mas allá del problema de si uno o
muchos, de si un puesto de trabajo o un componente de varios roles. Además,
supone reconocer, en cualquiera de los casos, algunas condiciones que hacen
posible el trabajo de todo asesor: el campo dinámico y el montaje de escenas.

La idea de campo dinámico

Todo trabajo de asesoramiento supone la configuración de un campo dinámico,


lo cual implica aludir a un conjunto de sucesos, acontecimientos, fenómenos y
relaciones tal como se presentan e interactúan en un momento dado.
Para trabajar el concepto de “campo” se toman los aportes de Lewin y
Bleger, quienes proponen circunscribir el estudio de los fenómenos que en el
campo dinámico emergen desde una perspectiva situacional. Bleger hace
especial referencia a las variables espacio-temporales al definir el concepto de
“campo” como:

La situación considerada en un momento dado (como) un corte hipotético


y transversal de la situación (como) el conjunto de los elementos
coexistentes e interactuantes.

Desde este punto de vista, el campo remite a una situación, al recorte de


un “aquí y ahora”. El “aquí” es la delimitación de un espacio en su cualidad
material y simbólica; el “ahora”, la inscripción en una temporalidad que desde el
presenta abre la posibilidad de enlazar pasado y futuro.
En el trabajo de asesoramiento, el “aquí y ahora” se organiza en torno a
la interacción con un otro. Se trata de otro, individual o colectivo, portador de
tradiciones, saberes, representaciones y valores que se derivan tanto de la
cultura profesional como de la cultura institucional de la organización en la cual
se desempeña. Frente a él, en ese espacio de interacción, es indispensable
reconocer el lugar del asesor también como portador de estos mismos
contenidos.
Entender la interacción como rasgo central del campo de asesoramiento
lleva a plantear dos cuestiones que abren líneas de análisis que merecen ser
tenidos en cuenta: la idea de intertextualidad y la de vínculo.
En cuanto a la intertextualidad, el encuentro entre asesor y asesorado
pone en circulación un conjunto de relatos, historia, novelas que se entraman y
entrecruzan en cada situación de manera particular. Este entretejido de textos
incluye lo sabido y conocido por unos y otros –como los significados que
aluden al ámbito organizacional y grupal en el cual se desarrolla el trabajo de
asesoramiento –y simultáneamente enlaza saberes propios de las trayectorias
académicas y profesionales que el asesor y los asesorados ponen en juego.
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Junto a lo sabido y conocido, también forman parte de esta


intertextualidad los significados nuevos e inéditos que se construyen en el
encuentro con el otro. Hablar de intertexto supone, sostener una actitud
deliberativa, mantener una disposición permanente a observar, captar y
comprender diferentes puntos de vista, estar atento a las posiciones
institucionales de quienes comparten el espacio de asesoramiento. Asimismo,
pensar la interacción en términos de intertextualidad permite replantear la
noción misma de verdad y falsedad, dado que justamente de lo que se trata
es de dar lugar a la diferencia que cada uno porta en el encuentro con el otro
sin abrir siquiera la pregunta acerca de lo verdadero o lo falso. Cada texto,
cada historia, cada relato, cobra sentido y valor en la experiencia interior de
cada uno y en la experiencia colectiva y, por lo tanto, el criterio de verdad y
falsedad se desvanece.
Multivocidad, plurisignificatividad, diversificación y pluralidad de sentidos:
significados superpuestos que remiten a la idea de intertextualidad en el campo
del asesoramiento.
La segunda cuestión a considerar para profundizar el análisis de la
interacción supone reconocer el vínculo entre asesor y asesorado como un
aspecto central a tener en cuenta en la configuración del campo. Como todo
vínculo, esta relación implica entre otras cuestiones: ligazón, enlace,
compromiso emocional, niveles variados de dependencia y autonomía,
reconocimiento, credibilidad y confianza, significados fantaseados que invisten
al otro más allá de él mismo.
Situaciones por todos conocidas ilustran esto, cuando, por ejemplo:
- La incondicionalidad sostiene la relación con el otro en dos sentidos
posibles: o bien el asesor se ubica en la posición desde la cual el
mensaje que da al asesorado es del tipo “contá conmigo para todo”, o
bien el asesorado sostiene explícitamente o implícitamente “voy a
hacer todo lo que me digas”.
- La diferencia necesaria entre asesor y asesorado se traduce en
desconocimiento, estableciéndose entre ambos una distancia que
impide el encuentro; o bien en sentido inverso, prevalece la
identificación e indiscriminación en la relación.
- Asesor y asesorado ocupan un lugar de depositarios de fines e
intereses personales y, de este modo, cada uno termina
convirtiéndose en soporte e instrumento de su proyecto.

Reconocer la interacción como aspecto central del campo implica


atender especialmente el lugar de la demanda como un contenido clave del
vínculo con el otro. Pensar en la demanda significa estar atento al motivo de la
consulta, a la situación que origina el pedido de ayuda, al reconocimiento de
una necesidad que expresa el desfasaje entre aquello que forma parte de las
condiciones con las que se cuentan para llevar adelante un trabajo, un proyecto
o una experiencia y aquello que en cada caso se requiere.
En el ámbito educativo, es habitual hablar de demanda cuando se hace
referencia a la intervención de un asesor o consultor externo. Sin embargo, la
situación no es tan sencilla cuando se piensa en el asesoramiento como
practica transversal. Por ejemplo, un director de escuela que lleva a cabo su
función de asesoramiento, ¿debe esperar la demanda explicita de los
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docentes? ¿y si por diversas razones ésta no se planteará? O, un coordinador


de un ciclo que advierte una situación conflictiva ¿debe espera que los
maestros de ese ciclo soliciten ayuda? En diferentes versiones esto
interrogantes aluden a la misma cuestión de fondo: la posibilidad de que, aun
existiendo necesidad de asesoramiento, no sea factible, en algunos casos,
partir de una demanda explícitamente planteada como tal o, en otros casos,
que sea el asesor quien diagnostique la necesidad de ayuda aunque ésta no
fuera considerada por sus potenciales asesorados.
La demanda “exige un riguroso trabajo de elaboración”. No se plantea
como algo obvio ni como pedido que pueda definirse de una vez y para
siempre, sino que, por el contrario, se trata de estimularla y provocarla en el
marco de un encuadre de análisis permanente. Mientras que en el caso del
asesoramiento como práctica localizada la demanda es el punto de partida
necesario para establecer la relación y el contrato de trabajo, en el
asesoramiento como practica transversal la posición es otra. Lejos de plantear
que es posible asesorar sin que exista reconocimiento suficiente de la
necesidad de ayuda, resulta importante tener en cuenta que la demanda es el
resultado de un proceso paulatino de problematización con el otro. Esto
significa considerar que el trabajo sobre la demanda no queda asociado
únicamente a la etapa inicial del asesoramiento, sino que, por el contrario,
constituye una cuestión que no puede ser desatendida en ningún momento.
En algunas ocasiones este pedido inicial de apoyo, ayuda o
acompañamiento puede ser ambiguo, estar escasamente explicitado o
asentarse en intereses confusos y hasta contradictorios. Entonces, es
importante comprender e interpretar aquello que el pedido expresa o está
intentando expresar, por ejemplo:
- reconocer el pedido como emergente de un contexto de significación
más amplio;
- establecer la diferencia entre el pedido planteado por parte de quienes
solicitan le asesoramiento y aquello que el asesor define como
necesidad,
- considerar que quien solicita el pedido inicial no es necesariamente ni
en todos los casos aquel a quien va a estar dirigido el trabajo de
asesoramiento;
- tener en cuenta que existen necesidades que están en relación directa
con los contenidos y con le desarrollo de los proyectos pedagógicos y
que, desde ellos, los distintos actores las expresan a modo de
voceros.

Interpretar aquello que aparece planteado como necesidad o pedido de


ayuda requiere, además, avanzar en el análisis de los fenómenos que están en
la base del vínculo y de las expectativas que asesor y asesorados construyen
recíprocamente. En alguna medida, estas expectativas traducen sentidos
significativos ligados al deseo de asesorar y ser asesorado. Deseo que
manifiesta contenidos del orden de l inconciente, despierta fantasías y temores
y pone en juego representaciones mutuas que invisten al vínculo que asesor y
asesorados mantienen.

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La idea de montaje

Todo acto de asesoramiento resulta del montaje de diversas escenas.


Utilizando la metáfora del cine y del teatro, el montaje nos remite a una imagen
de armado, combinación y articulación de elementos, un ordenamiento de
piezas para alcanzar la versión final de una obra. También supone la idea de
engranaje en el campo de la mecánica como mecanismo utilizado para
transmitir el movimiento entre piezas. En ambos casos, se encuentra presente
la idea de ajuste y acoplamiento de parte de movimiento.
La idea de movimiento es clave, en tanto define un rasgo constitutivo del
trabajo de asesorar. Aun cuando en todo asesor existe como supuesto de base
la expectativa de colmar y satisfacer al otro brindándole en cada oportunidad lo
que éste necesita, es evidente que en sentido estricto este ajuste nunca es
perfecto. En todo caso, se trat de una expectativa que tiene más de ilusión que
de realidad. Si esta perfección fuera posible sin resto, sin falla, dejaría de
hablar de movimiento en el sentido antes descripto, y la idea de acople de
pares se asemejaría mas a la del encastre de las piezas de un rompecabezas
que a la de un engranaje en tanto mecanismo de transmisión.
El movimiento propio del montaje ya sea pensado desde el cine y el
teatro como desde la mecánica, se produce por efecto de continuidades y
discontinuidades. Este movimiento está compuesto, por un lado, por un
encadenamiento de sucesos que se reconocen y reconstituyen en una
temporalidad lineal, entre pasado, presente y futuro, y por otro lado, por la
irrupción de hechos sorpresivos, súbitos e impredecibles que se definen como
“acontecimiento”.
Pensar el movimiento como una relación entre sucesos y
acontecimientos pone en cuestión el supuesto de la imagen de encaje perfecto,
el deseo de colmar al otro, la intención de satisfacer planamente su necesidad,
la necesidad de comprenderlo cabalmente. La cotidianeidad del trabajo de
tantos asesores muestra que siempre hay algo que tiene que ver con lo
imprevisto, lo impredecible, lo aún por venir, que irrumpe en el campo de
asesoramiento como indicio de ese “ajuste-desajustado” que define al montaje
en movimiento.
Cuando un asesor comenta que frente a determinado pedido o demanda
tiene la situación bajo control, posiblemente esta diciendo con esto que tiene
claridad sobre lo que quiere hacer, que lleva delineado un plan de trabajo, que
desde un criterio de realidad se fijó metas razonables y posibles. Sin embargo,
por mas previsión que haya hecho o, por más saber, poder y voluntad que
ponga en juego, esto no significa que pueda atrapar todo lo que en ese campo
ocurra. Siempre existe un resto, una falla, algo que no pudo ser pensado, que
escapo a toda posibilidad de representación, algo que no llego a ponerse en
palabras o que simplemente nos tomó por sorpresa.
En definitiva, un montaje siempre imperfecto, en permanente
construcción y transformación, que sabe de las continuidades pero también de
los quiebres y rupturas, que instala el “no se “, el “puede ser” y el “quizás” como
figuras de lo inédito.

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Hasta aquí la idea de montaje supone la idea de articulación de partes,


piezas o mecanismos. En el trabajo de asesoramiento, no se habla de piezas
sino de escenas que aluden a diferentes actos de trabajo que se ligaran, en
cada caso, de manera singular y situacional. Se reconocen al menos dos
escenas mediante las cuales es posible expresar la idea de montaje:
- una escena refiere al momento de asesorar; el asesor y los
asesorados son sus protagonistas;
- la otra, a la situación de trabajo en la cual se pondrá en juego, en
parte, aquello que asesor y asesorado pudieron pensar, elaborar y
construir conjuntamente.

En algunos casos, sólo se tratará de dos escenas; en otros, una de


estas escenas condensa varias, enlaza y asocia varios actos de trabajo.
Una lectura ingenua de esta idea podría llevar a pensar que se está
hablando de un encadenamiento lineal de escenas y momentos, como si en
uno de ellos se recibieran elaborarán recomendaciones, actividades y recursos
para ser aplicados posteriormente en otros. Lejos de esto, lo que interesa
destacar es la idea de tiempo diferido como un rasgo central del montaje. En
este caso, lo diferido no alude a un tiempo, postergado o pospuesto, tampoco
al tiempo de los relojes, sino a otro tiempo, asociado a sucesos imprevistos, a
otros espacios, otras personas y otras tareas. En síntesis, alude a esa
segunda escena que se liga al acto de trabajo de un maestro, un profesor, un
alumno o un director en situación de ser asesorado.
Pensar el asesoramiento en esta línea implica reconocer en el montaje
el interjuego entre la presencia y la ausencia de asesor y asesorado. En la
primera escena es indudable la presencia del asesor y el asesorado. Por
ejemplo, un director y un maestro están presentes reflexionando sobre cómo
trabajar con otros que no están: los alumnos de ese maestro. En ese momento,
piensan en ellos, se los representan en sus diálogos habituales, en sus
reacciones más frecuentes, en aquello que les gusta o no hacer, en las
situaciones más exitosas y las de mayor dificultad. Como contrapunto,
imaginan qué hacer con ellos, qué tarea proponerles, cómo obtener mejores
resultados.
En la segunda escena el maestro se encuentra en su salón de clase
trabajando con ese grupo. El ausente es ahora el director con quien estuvo
intercambiando ideas sobre la situación que ese momento se configura como
que acto de trabajo. Pasan a estar presentes quienes en la primera escena
estaban ausentes: los alumnos. La circunstancia que allí se dará solo pudo
anticiparse en parte porque la presencia misma de los alumnos hace posible
una situación que indefectiblemente tendrá algo del orden de lo imprevisto. En
esta segunda escena, el maestro podrá llevar adelante con sus alumnos un
trabajo interesante y productivo, podrá introducir un cambio en relación con lo
que venia haciendo o con lo que venia sucediendo, o por el contrario, realizara
un trabajo que a pesar de todo seguirá en la línea de lo que ya estaba
ocurriendo. Posiblemente lo que marca la diferencia entre una u otra alternativa
sea la posibilidad de estar alerta a aquello que en la segundo escena se
presenta como inédito y desconocido. En algunos casos, el maestro-asesorado
captará la imprevisibilidad de su campo de trabajo y, desde allí, decidirá qué
hacer, tomará mas o menos lo pensado, dejará o no en suspenso lo anticipado
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y previsto. En otros casos, al no advertir lo nuevo de la situación, intentará


responder fielmente a lo acordado, aplicando linealmente aquello que fue
pensado y planteado, sin posibilidad de ajuste y adecuación.
2. Trabajar de asesor

En el apartado anterior se esbozaron algunas ideas que aproximaron al


asesoramiento como una practica especializada en situación:
- puede estar localizado en un puesto de trabajo específico o
extenderse como un componente constitutivo de una diversidad de
posiciones institucionales;
- implica la configuración de un campo en el que se hacen presentes
fenómenos personales, intersubjetivos, grupales, y organizacionales;
- supone el despliegue de un montaje de escenas en constante
movimiento.

Pensar a un asesor en su situación de trabajo, imaginarlo en lo más


cotidiano de su tarea, lleva a adoptar los desarrollos derivados de la
psicodinámica del trabajo.
Se toman como punto de partida la caracterización de Dejour y Dessors
plantean sobre el trabajo en tanto:
- “creación de novedad, de inédito”;
- “actividad desplegada por los hombres y las mujeres para enfrentar lo
que no está dado (por la organización teórica del trabajo)”;
- “todo lo que los hambres y las mujeres se ingenian en inventar para
encontrar los mejores compromisos entre lo que deben hacer, lo que
es posible hacer, y lo que desearían hacer tiendo en cuenta lo que
creen que es justo o bueno”.

El trabajo de asesoramiento implica enfrentar cotidianamente situaciones


que revelan estos mismos sentidos. Lo inédito e impredecible está siempre
como evidencia de que el control total y absoluto no es más que una mera
ilusión y que la aplicación detallada de ideas ajenas nada garantiza.
Desde aquí, el trabajo de asesoramiento es en sí mismo un acto de
intervención. La noción de intervención alude a “venir entre”, un “interponerse”
y, en ese sentido, queda ligada a la acción de un tercero que colabora y
acompaña en la producción de conocimiento y en el desarrollo de cambios
personales, grupales u organizacionales en contextos de incertidumbre e
imprevisibilidad. Pensar al asesor como tercero, o en otras palabras en su
papel de intermediario, supone considerarlo como un provocador que
promueve, a través de un dispositivo de trabajo determinado, el surgimiento de
aquel material que se convertirá en objeto de análisis.
El asesor ocupa el lugar de “un testigo de segundo orden o testigo de
alguien que testimonia” y, en este sentido, escucha y participa de la
construcción conjunta de un relato. Reconocer esta coautoría supone asignarle
un lugar diferente del de aquel que se contenta con recolectar crónicas y ser
espectador ajeno de lo que en esa escena ocurre.
Pensar el asesoramiento como un acto de intervención no implica
atender únicamente aquello que no sale bien, aquello que no funciona y

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merece ser reparado, aquello que escapa al orden de lo esperado o que no


satisface la expectativa prevista, aquello que está en crisis.
En un movimiento de entrada y salida, de `presencia y ausencia, su
intervención apunta a volver a mirar la situación de cada uno, abriendo
interrogantes allí donde no estaban, preguntándose sobre aquello que aparece
como certezas acerca de lo que se sabe, lo que se necesita, lo que ocurre.
Mas allá de cual será su posición formal (en tanto asesor interno o externo),
intentara alcanzar una exterioridad que no suponga ajenidad.

3. Novelando experiencias

“Estamos en un circulo vicioso y no podemos avanzar”

Un hecho que habitualmente se presenta en la práctica de


asesoramientos es considerar la dificultad como problema, como si estos dos
términos fueran sinónimos. La dificultad forma parte de lo que generalmente
aparece reconocido en forma explícita, en tanto que los problemas resultan de
un proceso de interrogación de lo establecido que avanza en el planteo de
nuevas preguntas sobre aquello que permanece implícito.
Más allá de nombrar la dificultad, su problematización implica
encuadrarla en el marco microsocial de cada contexto institucional, en cada
espacio y tiempo, interrogándose acerca de por qué se la piensa como tal y
cuáles son los significados que se le atribuyen.
En este sentido, la problematización persigue como propósito provocar
una nueva mirada sobre la situación que se atraviesa, hacer otras preguntas,
establecer nuevas relaciones entre los hechos, entre las condiciones que los
sostienen, etc. Avanzar en el planteo de un problema no lleva necesariamente
a modificar situaciones estructurales que trascienden ese problema y el ámbito
en el cual emerge.
La dificultad de comprensión del trabajo y sus vicisitudes fragiliza al
sujeto en su identidad como trabajador. Esta identidad se construye y conquista
a partir de la mirada de los otros, es resultado de fenómenos intersubjetivos en
lo que se da un juego de un mutuo reconocimiento. La imagen que cada
trabajador construye de si mismo esta inevitablemente ligada a aquello que los
otros valoran y reconocen como significativo.
Queda claro que uno de los elementos central es para comprender
aquello que se juega en el vínculo asesor-asesorado pasa por el
reconocimiento del hacer. Para Dejours, este reconocimiento es anterior al
afianzamiento del sujeto en su identidad como trabajador. Por ello, lo que
cuenta son los juicios sobre el trabajo de cada uno, sobre la valoración que los
otros hacen del sentido, la utilidad, la calidad de lo alcanzado. En sus palabras:
“estos juicios tienen en común una particularidad, se refieren al trabajo
realizado, es decir al hacer, y no a la persona”. Sin embargo, ejercen un
impacto sobre la subjetividad, en tanto ofrecen la posibilidad obtener, como
retribución simbólica, la satisfacción por el propio trabajo.

4. El asesor en estos tiempos: ¿un intérprete desconcertado?

Entre deseos y desencantos


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Cuando el deseo del otro está orientado a sostener y conservar


justamente aquello que el asesor se propone cambiar, interrogar o poner en
cuestión, se instala entre ambos una distancia tal que en algunos casos
provoca un sentimiento de ajenidad difícil de sobrellevar.
La distancia a la que se alude no representa en si misma un problema
de índole comunicacional, una diferencia de códigos. En realidad, tiene más
que ver con darse cuenta de que algo del orden de lo ideológico, lo político o lo
ético marca una brecha insalvable entre asesor y asesorados. En algunas
oportunidades, alcanza con que exista una percepción diferente de la situación
o que simplemente se estén jugando intereses y expectativas de otro tipo.
También desconcierta ese tipo de deseo que sólo como mera
formulación de principios, sin posibilidad de movilizar la acción. Se trata, en
este caso, de planteos que al modo de un cliché se reiteran como un alto nivel
de generalidad y, por ende, con escaso grado de Contextualización. En
general, estos enunciado expresan ideas y sentidos difícilmente rebatibles,
cuestiones ampliamente consensuadas, postulados que plantean un deber ser
incuestionable, que no generan oposición, pero que al mismo tiempo carecen
de potencial para movilizar la acción.
Sin embargo, no solo los deseos del otro pueden desconcertar al asesor;
también sus desencantos, por ejemplo, cuando falta la ilusión y resulta difícil
que el asesorado encuentre sentido a lo que hace y desde allí reconozca el
valor del trabajo que el asesor puede hacer con él, cuando se escucha una y
otra vez “nada se puede hacer”, “nadie sabe qué hacer ni cómo hacerlo”.
Muchas veces, este desencanto surge en forma inesperada, aparece
súbitamente ante cualquier obstáculo o dificultad. La presión por obtener
resultados inmediatos en un contexto de alta dificultad requiere que el asesor
cuente con un alto grado de tolerancia a la frustración, que acepte el error
como posibilidad y reconozca en cada caso las limitaciones de su intervención.
Otras veces, el desencanto irrumpe cuando una condición adversa contraría la
posibilidad de obtener resultados de la línea de lo planeado o esperado.
La situación se vuelve aún más difícil cuando el desencanto se hace
crónico y termina instalándose como un rasgo cultural vivido como natural y,
desde allí, lo natural y lo habitual se convierten en lo mismo. La cronicidad del
desencanto o, en otras palabras, la perdida de ilusión constituyen, para Ulloa,
un “matiz del sufrimiento social contemporáneo que afecta a sectores aún no
del todo sumergidos en la mudez sorda y ciega de la mortificación”,
Cuando la conciencia de este malestar cede y el desencanto se
naturaliza, la capacidad y la probabilidad de interrogarse acerca del sentido que
éste tiene y de las condiciones que lo producen resultan afectadas. En esta
situación, el desencanto inmoviliza al sujeto y pasar a ser algo que hay que
padecer o soportar, silenciar o sacar de circulación bajo la forma de secretos.

La practicidad como principio

En algunos casos, el desconcierto del asesor se presenta cuando, ante


una recomendación o ante aquello que resulta del pensar con el otro –casi en
un pensar en voz alta-, la primera respuesta tiene que ver con preguntarse por
el carácter practico o el valor de utilidad. En estas situaciones, la clave para
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evaluar y juzgar la pertinencia, la oportunidad y el valor de lo que se dice o se


está recomendando sólo contempla este criterio. Así es que opera como un
filtro que selecciona y descarta la ayuda que el asesor esta brindando.
Esto no significa desestimar el criterio de utilidad o practicidad, sino
ubicarlo donde corresponde. Es esperable que este criterio esté presente y
organice el trabajo del asesorado –lo mantenga alerta respecto de lo posible y
lo imposible, lo que sirve o no sirve, etcétera-. También es esperable que el
asesor maneje este criterio y que, a partir de allí, juzgue el valor de lo que dice
o recomienda. Sin embargo, esto no significa que sea él mismo quien pueda
llegar a elaborar o pensar una resolución práctica que sustituya la acción y la
reflexión de aquel a quien está asesorando. Por el contrario, tanto el asesor
como el asesorado deben involucrarse en la búsqueda de alternativas de
respuesta próximas a la singularidad de cada situación. La experiencia y la
idoneidad del asesor son, en este sentido, tan necesarias como la experiencia
y el conocimiento que el asesorado tiene de su situación de trabajo.

La burocratización y la automatización

La ayuda del asesor se burocratiza cuando, en lugar de ser un medio


para la mejora del trabajo del otro, el fin y la única fuente de legitimación de la
interacción es el respeto por la jerarquía formal. Es claro que en situaciones de
ese tipo, lo que se produce es un desplazamiento en el sentido: aquello que es
“medio para” se transforma en un fin en sí mismo. Cuando esto ocurre, asesor
y asesorado sienten desafiada su autonomía y responden desde un modelo de
relación basado en la dependencia y en la obediencia.
El riesgo es que se instale una lógica de control y vigilancia de unos
sobre otros que termine desconcertando al asesor por el lugar en el que queda
posicionado, como si el otro le dijera: “decime lo que tengo que hacer y
controlame para ver cómo lo estoy haciendo”. Visto de este modo, la
burocratización conlleva un efecto de automatización y estereotipia, de
movimiento mecánico y repetitivo que paulatinamente va cercenando la
posibilidad del asesor de ocupar el lugar de intermediario.

La simulación y la impostura

En algunos casos, el asesor queda frente a una situación que, a pesar


de su presencia, no puede ser mirada, como cuando advierte que el otro, sin
reparo alguno y casi desvergonzadamente, adopta una posición de simulación
e impostura que promueve en él un profundo desconcierto. El asesor no duda
acerca del nivel de ficción o disimulo que en estas situaciones se juega y, sin
embargo, a veces actúa como si no estuviera dándose cuenta, como si en
realidad no viera nada. Se trata de una situación de difícil retorno, en tanto
queda tácitamente establecido un pacto de silencio: “yo veo pero no digo y vos
hacés los mismo”.
En otras situaciones, la simulación no es tan evidente, deja un margen
de duda y abre paso a la sospecha. El asesor no sabe a qué atenerse, hasta
dónde creer o no creer. Lo desconcierta justamente no tener claridad acerca de
cuánto de realidad, cuánto de impostura y cuánto de ilusión hay sobre el
reconocimiento y el sentido de su trabajo.
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El empobrecimiento narrativo

El empobrecimiento narrativo se sostiene en la suspensión del juicio y


del pensamiento y en la amplificación de los prejuicios. Las explicaciones, los
relatos y las historias contienen un alto contenido ideológico y, por ello, lo que
circula son versiones oficiales y versiones proscriptas de los hechos.
El asesor se desconcierta frente a la escucha de narraciones
empobrecidas, monótonas, promovidas por una memoria que repite una y otra
vez, en las cuales el trabajo creativo propio del recordar cede lugar a un tipo de
recuerdo estructurado que sólo da cuenta de lo conocido y recorrido. Se trata
de narraciones que, desde una intención totalizante, procuran dar cuenta de
todo lo ocurrido como si pudieran explicarlo sin fisuras.
También se desconcierta frente a una modalidad de explicación circular,
que cierra el problema y dificulta la posibilidad de avanzar en nuevas
explicaciones. Es el caso de las narraciones y los relatos en los que la
definición del problema y su explicación se realizan en los mismos términos

5. Explicar, comprender, interpretar: operaciones obligadas en el trabajo


de asesor

Este capítulo procuro introducir al lector en el tema del asesoramiento


brindando una visión panorámica de algunas cuestiones que hacen a este tipo
de trabajo. Se lo definió como una práctica especializada en situación,
reconociendo en ella experiencias que lo muestran como una practica
localizada y como una practica transversal. En cualquiera de los casos, dos
condiciones son claves para que este trabajo se desarrolle. Por un lado, la
configuración de un campo dinámico como recorte situacional en un aquí y
ahora que entrama textos y vínculos; por otro lado, la idea de montaje que
pone en relación y en movimiento diferentes escenas.
Esta línea, se define el trabajo de asesoramiento como un acto de
intervención que ubica al asesor como un tercero que, en un juego de entrada y
salida de la situación, de presencia y ausencia, apunta a volver a mirar la
cotidianidad del trabajo proponiéndose como recurso para interrogar, pensar,
dilucidar, acompañar.
Una lectura transversal del recorrido hecho hasta aquí permite advertir
que en la base del planteo existe un supuesto que define la modalidad de
abordaje que se propone adoptar. En pocas palabras, este supuesto se vincula
al lugar que se adjudica a la explicación, la comprensión y la interpretación
como puntos nodales de un tipo de intervención que, en última instancia,
intenta volver cada vez más inteligible aquellas situaciones de trabajo que se
convierten en objeto de asesoramiento.
Tal inteligibilidad sólo se alcanza en la medida en que el asesor cuente
con un esquema de interpretación que en sí mismo enlace, comprensión y
explicación. Desde una perspectiva hermenéutica, la comprensión pone el
acento y avanza en la búsqueda y la captación de sentidos y significados que
los sujetos portan y que no necesariamente se presentan de manera evidente.
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Acceder a estos sentidos, a aquellos que pueden quedar velado o silenciado


requiere de un trabajo de desciframiento.
La interpretación alude a esta actividad de desciframiento que no
relaciona hechos con causas objetivas, sino con una red de sentidos
enraizados en significados culturales y subjetivos teniendo como propósito la
producción de nuevos textos. La explicación, en cambio, desestima el valor del
sentido subjetivo y pone el acento en la capacitación objetiva de los hechos a
partir de la búsqueda de una o mas causas.
Plantear el problema de la inteligibilidad del objeto, supone abandonar
esta clásica oposición entre comprensión y explicación. Concebir al asesor
como un interprete, por momentos analista, arqueólogo e historiador, lleva
necesariamente a adoptar una posición en la cual la relación dinámica entre
ambos términos se hace evidente.
El trabajo de interpretación de un asesor no se contenta ni con la
comprensión ni con la explicación. Por el contrario, avanza en la captación de
las condiciones subjetivas y objetivas, tiene en cuenta a los sujetos, sus modos
de sentir y pensar la realidad cotidiana de su trabajo. También considera la
realidad externa a ellos, está atento al entramado de textos que se entreteje en
el campo de asesoramiento y, al mismo tiempo, considera las condiciones
objetivas de su marco de producción.
El trabajo de interpretación es justamente aquello que permite encontrar
pistas, indicios, ocurrencias que Irán señalando el camino a seguir en cada
situación particular. Desde el planteo que se viene haciendo, no cabe duda de
que la interpretación es inherente al quehacer de todo asesor, en tanto permite
no avanzar a tientas o a ciegas en el campo de asesoramiento, contextualizar
las propuestas teniendo en cuenta la singularidad de cada caso y acompañar a
los otros en el desarrollo de otras formas de pensar y actuar sobre lo cotidiano.
En esta línea, la interpretación es un acto de creación que no solo restituye
sentidos más o menos conocidos, sino que en sí misma produce cada vez un
nuevo texto.
Si deriva de lo dicho que el asesor como intérprete no juega a la
distancia, sino que, atravesado por la implicación y sus efectos, por momentos
se inviste como un buscador de pistas, casi como un sabueso. También por
momentos, encantado por historias que lo atrapan como canto de sirena, se
debate entre perseguir determinado enigma o solo ensayar una manera de
novelarlos. Cuenta con un arte, el de construir un texto, que lleva a introducir
una lógica, no por fuera y desde la exterioridad, sino como un protagonista mas
de esa trama.

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Capitulo 2
Encuadre y asesoramiento

1. Del encuadre como ceremonial al encuadre como “punto de reparo”

La consideración del encuadre tiene una larga trayectoria en el campo


de la psicología y el psicoanálisis, sobre todo en nuestro país a partir de los
aportes de Bleger en la década de 1960 y los desarrollos posteriores que
tuvieron influencia tanto en el ámbito de la salud como en el de la educación.
Los planteos que se realizan a continuación recuperan muchos de estos
aportes e intentan, desde ellos, analizar un acto de trabajo específico: el trabajo
de asesoramiento en el campo pedagógico.
En sentido amplio, habitualmente se piensa el encuadre como un
conjunto de regulaciones que pautan la configuración de un espacio y un
tiempo, que definen condiciones particulares para el establecimiento de las
relaciones entre las personas, que plantean posibilidades y limitaciones
especificas en el contenido y las modalidades del intercambio que ellas
mantienen y que establecen los propósitos de la intervención, entre otras
cosas.
Hablar de regulaciones, en el sentido general de reglas, pautas y
principios que, de un modo u otro, define la intervención del asesor, puede
connotar para muchos la idea de fijeza, permanencia o repetición. En esta
línea, el encuadre corre riego de convertirse en un ceremonial: una suerte de
ritual cuyo sentido empieza y termina en sí mismo.
De lo que se trata es, por lo tanto, de volver a mirar lo que habitualmente
se dice de los encuadres desde una perspectiva que intenta captar qué hay de
fijeza en el movimiento, qué permanece en aquello que cambia, cuánto hay que
repetir para crear. En otras palabras, lejos de pensar el encuadre como un
ceremonial o un ritual, se lo entiende, en palabras de Ulloa, como un “punto de
reparo” que define al lugar, la metodología, las modalidades de abordaje desde
las cuales es posible intervenir en una situación dada.
La definición y el sostenimiento del encuadre constituye uno de los
puntos de mayor dificultad en la tarea de asesoramiento, no solo por el nivel de
tensión que suele organizarse alrededor de él, sino también porque en varias
situaciones el encuadre opera en forma muda por exceso, por defecto o por
inadecuación, sin que se tenga demasiada conciencia de ello.
Poner en análisis aquello que se piensa dice y hace con el encuadre
representa, en este sentido, una vía de acceso para volver a pensar al
asesoramiento como practica especializada en situación.

2. Definiendo el encuadre de asesoramiento

El trabajo de asesoramiento supone la configuración de un campo


dinámico en el cual se suceden fenómenos en continuo movimiento y,
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simultáneamente, implica la definición de una serie de constantes que operan


como marco dentro del cual se da dicho proceso. Estas constantes aluden
centralmente al concepto de encuadre.
Se toma el aporte de tres autores que, desde el campo del
psicoanálisis, reconocen Bleger dice al respecto: y definen el papel del
encuadre como un rasgo central de diferentes prácticas sociales.
Cuando al estudiar un fenómeno se toma un sector de sus relaciones y
se lo enfoca sistemáticamente en función de las variables que quedan incluidas
en ese sector, decimos que se esta utilizando un encuadre de estudio.
Los encuadres no son solamente “principios” o “modelos mentales de
pensamiento” sino que reflejan la ubicación filosófica del investigador y su
contacto practico con determinados aspectos de la realidad social y del objeto
que estudia. Agreguemos que la utilización de encuadres no es privativa del
científico, están implicados en el diario vivir y desde aquí pasan
insensiblemente al campo de la indagación científica, donde perseveran, se
amplían o modifican.
Esta situación (psicoanalítica) abarca fenómenos que constituyen un
proceso, que es el que es el que estudiamos, e interpretamos, pero incluye
también un encuadre, es decir un “no proceso” en el sentido de que son las
constantes dentro de cuyo marco se da posible el proceso.
El encuadre es una institución dentro de cuyo marco, o en cuyo seno
suceden fenómenos que llamamos comportamientos. El encuadre, siendo
constante, es decisivo de los fenómenos del proceso de la conducta. En otros
términos, el encuadre es una metaconducta de la que dependen los fenómenos
que vamos a reconocer como conductas. Es lo implícito pero de lo cual
depende lo explicito.

Por su parte, I. Berenstein señala:

El encuadre se constituye como un conjunto de prescripciones y


de prohibiciones que enmarca un límite espacio-tiempo donde es posible
que se desarrolle una tarea, como puede ser la de habitar un vinculo en
una pareja, o una familia, una institución.
Cualquier actividad humana en el campo de la cultura requiere,
desde su misma definición, una zona delimitada entre lo prescripto y lo
prohibido. La tarea habrá de ceñirse a un principio que atañe al conjunto,
y no al deseo y la voluntad de uno solo por sobre el de los otros. El
encuadre también puede ser considerado una herramienta de terapeuta,
básicamente una actitud y un posicionamiento mental.
El encuadre tiene el sentido de establecer y mantener el desnivel
necesario para desarrollar el proceso terapéutico mediante el cuidado de
los elementos estables que configuran el marco estable donde a merced
de esa condición pueden darse los elementos variables del proceso en sí.
Mantener los horarios, definir la tarea, enunciar lo que esperan los
pacientes del terapeuta y este de aquellos… Mantener estable el
encuadre permite observar y desprender significado de las alteraciones
del mismo.

J. Ardoino alude en sentido estricto a la idea de:


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Contrato metodológico es decir el conjunto de reglas prácticas que regirán


a partir de ese momento la relación entre los intervinientes y los clientes.
Estas reglas constituyen la parte más identificable de los instrumentos del
interviniente y son, al mismo tiempo, aspectos que condicionan su
empleo. Debe por consiguiente hacerse tan explicito como sea posible.

Estas citas expresan con claridad que el encuadre –en tanta institución
im0plica el recorte y la definición de una serie de aspectos que:

-funcionarán como marco dentro del cual se desarrolla determinado


proceso;
- supone una toma de posición por parte del asesor, una actitud, un modo
particular de pensar la realidad en la que se está actuando;
- fundamentan y sostienen un contrato entre personas regulando el inter-
cambio que ellas mantienen (contrato metodológico, de tiempo, espacio,
tarea, etc.);
- están presentes de manera más o menos explícita aunque a veces
silenciada.

Desde aquí se define el encuadre como un conjunto de constantes o


invariantes que regulan, contienen, informan, en el sentido de dar forma, la,
marcha de lodo lo que acontece en el campo de asesoramiento. Estas
constantes o invariantes aparecen bajo la forma de un abanico muy diversificado
de estipulaciones que, en tanto fijan el margen de lo permitido y lo prohibido, lo
deseable y lo posible, establecen un marco de acuerdo, un contrato más o
menos explícito entre asesor y asesorados.
Para el asesor, establecer el encuadre supone definir el contenido de es
tas estipulaciones teniendo en cuenta que ellas no hacen más que sostener
como constante algunas variables que condicionan el desarrollo y la realización
de su trabajo de asesoramiento.
Se habla de componentes de encuadre para hacer referencia institucional
del asesor, su objeto de asesoramiento, el propósito o fin de la intervención, el
manejo del tiempo y el espacio, el conjunto de instrumentos y técnicas con que
cuenta el asesor. Es importante considerar estos componentes en una
visión de conjunto que lome en cuenta las particularidades de cada situación y
suponga una puesta a punto permanente de aquello que enmarca el trabajo de
asesoramiento. En otras palabras, se procura destacar el valor que, para el
trabajo de asesoramiento, tiene considerar estos aspectos del encuadre pero,
al mismo tiempo, se entiende que una lectura descontextualizada de este
mismo planteo podría provocar un efecto contrario al que se intenta promover.
Con esto se quiere decir que se está ante un riesgo: suponer que es
posible hablar sobre el encuadre, pensarlo, definirlo, haciendo abstracción de
las múltiples mediaciones que de hecho permiten .su concreción, como si fuera
posible contemplar todos los casos, todas las situaciones, todas las alternativas.
Es evidente que esto no es así. El desarrollo, el uso y la apropiación de cualquier
idea o propuesta elaborada por otro requieren como condición ineludible
destacar el lugar que cada sujeto tiene en la resolución s in gu la r de su trabajo.

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La imagen del sastre que confecciona a medida ejemplifica con precisión


lo que se intenta expresar. En más de una oportunidad se utiliza, en el trabajo
profesional, esta imagen para destacar la necesidad de hacer una escucha, en
este caso una lectura, que no pierda de vista la situación de cada uno, sino
que, por el contrario, permita trabajar "sobre" las ideas singularizándolas,
situándolas en la realidad de cada sujeto, cada escuela, cada contexto. Pensar
y hacer "a medida" el encuadre significa, por lo tanto, atender a la especificidad
del trabajo de asesoramiento contemplando las posibilidades y limitaciones
propias de cada situación y contexto
Otra manera de mirar este mismo riesgo se relaciona con reconocer que en
más de un caso, cuando se omite esta singularidad de la que se habla es posible
producir, aun sin quererlo, un efecto de doble borramiento: el de cada uno de
nosotros como actores centrales de la propia escena de trabajo y el de la
idiosincrasia que caracteriza a cada situación y contexto. Algunos ejemplos: la
"caja de herramientas multiuso", las "técnicas de dinámica de grupos", algunos
"modelos" de formulación y evaluación de proyectos, los "dispositivos
cerrados" de autoevaluación institucional. Si algo comparten estas experiencias
es que al tratarse de diseños únicos y estandarizados, que homogeneízan al
destinatario, abren paso a fenómenos" de descontextualización.
Si al pensar en la posición institucional del asesor, en su objeto de
asesoramiento, en el propósito o el fin de la intervención, en el manejo que se
hace del tiempo y del espacio, en los recursos técnicos que se ponen en juego
en el trabajo de asesorar, etc., se los transforma en "caballitos de batalla", el
resultado será la banalización del planteo, la pérdida de sentido, el vacío de
contenido y la fetichización del encuadre. En términos de Blege, el encuadre en
tanto “marco” y “no proceso”, se desvinculará del trabajo de asesoramiento en su
dinámica situacional.

3. Los componentes centrales del encuadre

Los aspectos que componen el encuadre han sido definidos y


considerados desde diferentes Perspectivas y campos disciplinares propios del
ámbito educativo y de otros ámbitos, con nombres similares utilizados en más de
un sentido o, en otras oportunidades, aludiendo a los mismos significados bajo
diversos términos.

La posición institucional del asesor

La posición institucional alude, en primer término, al lugar formal que


cada uno de los intervinientes ocupa en la estructura organizativa entendida
como distribución de roles y responsabilidades, independientemente de las
personas que en ellos se desempeñan. La simple observación y lectura de esta
estructura permite advertir relaciones de jerarquía o de pares, relaciones
organizadas por la dependencia formal interna, o externa, o basadas en
acuerdos de colaboración mutua.
Diversos autores señalaron la diferencia existente entre los agentes de
apoyo interno y externo, reconociendo este criterio como prioritario a la hora
de, definir las tareas que a cada uno de ellos les compete. Se trata de un
aspecto de especial interés, en la medida en que afecta la autonomía y la

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neutralidad del asesor, la cualidad de su pertenencia, la complementariedad en


su relación con el otro.
La posición institucional de externo o interno representa, un aspecto a
considerar en la definición de otras estipulaciones del encuadre, dado que en
principio ella plantea posibilidades y limitaciones específicas al trabajo de
asesoramiento que se pretenda encarar. Por otro lado, la situación de externo
guarda relación directa con las modalidades de contratación, las formas de
pago y el establecí miento de acuerdos explícitos de trabajo
Asimismo, al hablar de posición institucional se hace referencia a un
espacio simbólico que, desde una metáfora arquitectónica, implica presencia,
territorio y límites. Se puede, en este sentido, pensar la posición como un ,
lugar vehiculizador de modelos y concepciones, transmisor de mensajes
asociados a mandatos históricos y soporte de un sistema determinado de
reglas y supuestos sobre el lugar asignado al asesor y a los significados con
que queda investida su tarea. Metáforas tales como "bombero", "salvador",
"héroe", "técnico de laboratorio*', "teórico de escritorio", "basurero", "mago" y
"benefactor" dan cuenta de algunos de los significados que habitualmente
pesan sobre el asesor al modo de expectativas y demandas que aun cuando
no sean del todo explicitadas definen con contornos más o menos nítidos, el
alcance de su tarea.
Pensar la posición del asesor desde el punto de vista formal y simbólico
lleva en cualquiera de los casos a plantearla como una-posición implicada, en
el sentido de comprometida, envuelta en una situación que la enmarca.
En su práctica cotidiana, el asesor pone en juego aspectos de su propia
personalidad, significados construidos en su biografía profesional y su tra-
yectoria social, concepciones y representaciones ligadas a la posición
institucional que ocupa. En palabras de Bcrenstein y Puget, el asesor es un
"personaje al que le pasan cosas".
Considerando el papel central de la implicación profesional, se
reconoce que en los contextos actuales de actuación, la posición institucional
del asesor moviliza algunos significados vinculados al reto al riesgo en el
trabajo, al apego y al desapego al trabajo y a la adicción al trabajo.

EL reto y el riesgo en el trabajo

Tal como lo señala Sennelt, "en todas las formas de trabajo, la gente se
identifica con las tareas que son un reto pata ellos". La idea de reto está ligada
a una dificultad que desafía y genera interés, expectativa y motivación para
seguir adelante. No se trata de una dificultad que paraliza sino, por el
contrario, de una situación que ejerce un efecto de provocación de sentido,
como si se estableciera una relación entre el sujeto y el trabajo del siguiente
tipo:

- ''si mi trabajo es interesante, yo soy interesante";


- "si mi trabajo es difícil y puedo afrontarlo, es porque tengo capacidad para
resolverlo";
- "si mi trabajo me desafía continuamente, es porque tengo condiciones para
asumir retos".

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Lo contrario al reto es la idea de rutina definida como pérdida de sentido


y acostumbramiento, no en el sentido de la costumbre CUYO valor es
imprescindible en cualquier práctica, s ino e n el de degradación por la
burocratización del trabajo.
Asumir retos implica enfrentar riesgos, como perder el trabajo, cambiar
de posición, quedar sin palabras frente a los otros, traicionar las propias
convicciones, no ser reconocido.
Estos riesgos se vinculan generalmente a la idea de desafío, de audacia
y, al mismo tiempo, a la de miedo y temor por la posible pérdida que podría,
deparar atravesar un riesgo y fallar.
Senett señala como rasgos centrales de una situación de riesgo la
posibilidad de regresión en la actividad laboral a un estadio de desarrollo
anterior. Se trata de una etapa que se vive como ya superada y a la cual se
retorna, con la consecuente sensación de volver para atrás, o de volver a
empezar. Desde aquí, otro de los rasgos de la situación de riesgo se relaciona
con la sensación de quedar atrapado en ese presente continuo en el cual se
inicia la actividad cada vez, con un profundo sentimiento de tener que
responder constantemente a la inmediatez como condición para sostener el
trabajo.

El apego y el desapego al trabajo

Entre los trabajos clásicos sobre el tema del apego se encuentran los de
Bolwby, quien en sus estudios sobre las secuelas de la carencia de cuidados
maternos y la interrupción de la relación entre la madre y el hijo desarrolló un
fecundo análisis sobre las conductas de los niños.
En La separación afectiva cita, entre ellas, las conductas de apego y
retracción. La primera es aquella "que reduce la distancia de las personas u
objetos que supuestamente suministrarían protección. Parece ser un
componente más de las heterogéneas formas de conducta comúnmente
"clasificadas dentro de la categoría general de conducta dictada por el temor".
La segunda tiene que ver con aquella conducta "que tiende a aumentar la
distancia de personas y objetos supuestamente amenazadoras".
Es importante considerar que ambas conductas persiguen la misma fun-
ción, ligada a proteger al sujeto del temor que le provoca determinada
situación; ambas activan cuestiones similares, pueden ser compatibles entre sí
pero también pueden entrar en coalición.
Las hipótesis de este autor tienen un alto potencial explicativo para
comprender algunos de los fenómenos que suelen aparecer en el vínculo que
el sujeto establece con su trabajo.
El apego al trabajo lleva a pensar en la posibilidad de establecer un
vínculo de afecto, un soporte de la propia identidad, una vía de realización y
crecimiento personal y profesional, un espacio, potencial de creación y placer. A
su vez, el desapego tiene que ver con la idea de separación, desinvestimiento,
desprendimiento, sin que ello signifique necesariamente una situación de
sufrimiento de la persona ni de fracaso personal.
Galende plantea que la nueva cultura provoca desapego y que los
vínculos se establecen con objetos cambiantes, a veces superfluos, siempre

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de consumo, que "al perderse no dejan nada al individuo, ya que sólo tiene la
experiencia de estar provisto o desprovisto.

"Cuando el trabajo se vuelve droga"

Éste es el título que Guiho-Bailly y Guillet dieron a un artículo donde


exploran: "lo que sucede cuando la organización del trabajo le impone al
trabajador una relación de objeto adictiva con su trabajo."
En estos casos el trabajo se convierte en el único sostén de la identidad
y, desde allí la realización personal puede quedar asociada a la posibilidad de
éxito Dado que "no estamos en el registro del deseo sino en el de la
necesidad” del sujeto se ve compulsado a cumplir con la organización del
trabajo "pase lo que pase y más allá de sí mismo. De ahí en más, el sacrifico la
entrega incondicional, los límites difusos entre el espacio de trabajo y el de la
vida personal aparecen como rasgos centrales de la implicación profesional.
Lo central es tener en cuenta que, tal como lo plantea Loureau:

La implicación es un nudo de relaciones. No es ni buena ni mala. Lo que para la


ética de la investigación es útil o necesario no es la implicación siempre
presente, sino el análisis de la implicación ya presente en nuestras adhesiones y
no adhesiones, nuestras referencias y no referencias, nuestra participaciones y
no participaciones, nuestras sobre-motivaciones y desmotivaciones, nuestras
investiduras y no investiduras libidinales.
El objeto de asesoramiento y su definición

En sentido amplio, el objeto de asesoramiento está centralmente ligado a


la escena de trabajo del asesorado como un punto de referencia obligado para el
asesor. Para un director, su objeto de asesoramiento podrá ser el acto de
trabajo de los maestros de su escuela; para un coordinador de proyecto, su
objeto de asesoramiento podrá referirse al trabajo a realizar por sus colegas
profesores; si se piensa, en la figura-de un asesor pedagógico, su objeto de
asesoramiento podrá aludir al acto de trabajo propio del director, al de los
docentes del establecimiento, al de los padres de los alumnos, al de los alumnos
mismos, etc. En cualquiera de estos ejemplos se alude al objeto de
asesoramiento para hacer referencia aquel aspecto de la realidad, sobre el cual
se proyecta la intervención como asesores.
Ahora bien, no es posible pensar que la intervención del asesor pueda
considerar simultáneamente la totalidad de aspectos, niveles o dimensiones de
aquellos actos de trabajo que son objeto de asesoramiento. Tampoco es
posible imaginarlo trabajando siempre sobre el mismo aspecto, el mismo nivel,
la misma dimensión, como si existiera alguna posibilidad de mantener sin
variación en el tiempo el objeto de asesoramiento definiéndolo de una vez y para
siempre. Por el contrario de lo que se trata es de hacer foco en algo, en el sentido
de recortar, acotar, circunscribir aquello que requiere ser pensado, revisado,
vuelto a mirar. Como en un juego de figura-fondo permanente, el asesor define
una y otra vez aquel foco, intenta desplegarlo, reconocerlo, darle mayor
visibilidad, sabiendo de antemano que tras esta visibilidad siempre existe una
"zona de invisibilidad" que quedará al menos momentáneamente opacada.

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Definir el objeto de asesoramiento supone, por lo tanto, avanzar en esta


focalización tomando como punto de partida el trabajo sobre la demanda. En
algún momento, aquel di rector-asesor centrará su mirada en el trabajo que los
maestros hacen con los padres, sus condiciones, resultados y dificultades; en
otro, podrá atender cuestiones ligadas a la enseñanza de determinados
contenidos; en otro, a la dinámica de las relaciones interpersonales entre los
adultos de la escuela, pero sin perder de vista que en cada caso estará poniendo
en primer plano determinados aspectos del acto global de trabajo de los
maestros y dejando en segundo plano otros.
EI trabajo de focalización implica, por lo tanto, una toma de posición y una
decisión por parte del asesor que, si bien por momentos podrá ser más o menos
explícita, siempre estará ligada a sus intuiciones personales, a su marco de
referencia, al punto de vista que haya podido construir respecto de lo posible y
lo deseable en cada situación.
La experiencia indica que, en muchas oportunidades, el foco de
asesoramiento queda asociado a la idea de situación problemática, y ésta, a " su
vez, a la de dificultad. Cuando esto ocurre, la situación-problema queda
inevitablemente asociada a cuestiones que exclusivamente tienen que ver con el
conflicto, el sufrimiento y los obstáculos. Sin embargo, vale la pena considerar
que, desde una perspectiva ligada a la intervención la definición de un
problema no alude en sentido estricto al conflicto, la dificultad o la tensión en
sí, sino a la posibilidad de avanzar en un movimiento que promueve el
pensamiento en la búsqueda de explicaciones alternativas y de nuevas
estrategias de solución.
Por otro lado v al igual que cualquier práctica profesional, el
asesoramiento supone trabajar sobre problema que no aparecen como algo
dado en el plano de lo real, sino que resultan de un trabajo de construcción y
de definición por parte de quienes intervienen en el desarrollo de esta práctica.
Resulta importante destacar que la localización del objeto-problema de
asesora
miento implica delimitar aquellos aspectos o variables y relaciones significativas
que, desde la perspectiva del asesor y los asesorados, tengan mayor potencial
explicativo. Al definir el objeto-problema de asesoramiento lo
“encuadramos”, lo
delimitamos, lo demarcamos, lo focalizamos: ponemos en primer plano algunas
variables y relaciones significativas, dejando en segundo plano otras que
siguen estando presentes y operando como trasfondo, aun cuando
temporariamente no se trabaje directamente sobre ellas.
La definición del objeto-problema de asesoramiento es uno de los
puntos de mayor d if icu lt a d en el trabajo del asesor. En sí misma se presenta
como una situación incierta e [Link], a la que el asesor debe dar sentido
una y otra vez a partir de un continuo trabajo de desciframiento. El asesor
focaliza su mirada en aquellos aspectos de la realidad que prioriza "como vía
de entrada al trabajo de asesoramiento" Avanza en la caracterización de estos
aspectos desde una perspectiva situacional, considerándolos en el aquí y
ahora y recuperando la dimensión histórica de los fenómenos. De este modo,
responde a dos prerrequisitos que resultan condiciones impostergables: la
contextualización del objeto en tiempo y espacio y la "consideración de la
situación en su devenir y movimiento."
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El reconocimiento y la definición del objeto-problema que se focaliza es


una condición central del trabajo de asesorar, porque:

- se trata de una definición que nunca se agota, sino que, por el


contrario,
supone un proceso de construcción y reconstrucción permanente;
- todo objeto de asesoramiento es en sí mismo complejo y, por lo tanto
.requiere un modo de pensamiento que respete esta complejidad;
- supone una decisión que tiene un "efecto cascada" sobre otras estipula-
ciones del encuadre que mantienen con ella un alto grado de
interdependencia;
- la definición del objeto de asesoramiento interroga permanentemente al
"asesor sobre el sentido, la pertinencia y la oportunidad de lo que se le plantea
como "pista" o "indicio" en su trabajo.

Los fines y los propósitos que orientan la acción

La definición de trabajo de asesoramiento como práctica especializada en


situación marca un punto de partida que no admite cuestionamiento y que se
relaciona con reconocer una intencionalidad que, en última instancia, está
.siempre ligada a la expectativa de avanzar en la mejora, el cambio, el desarrollo
de las personas, de los proyectos y de la organización. Para que esta idea no sea
leída como una simple petición de principios, resulta imprescindible apelar a la idea
de contextualización en relación a la práctica especializada en situación.
En términos generales, los fines y los propósitos del asesoramiento
aluden al para qué, al sentido que orienta y direcciona el trabajo de
asesoramiento, a lo que se pretende alcanzar en relación con la escena de
trabajo del asesorado. La experiencia indica que generalmente el asesor
trabaja simultáneamente sobre más de un fin; sus propósitos son siempre
plurales, m ú lt ip le s Si bien algunos de estos propósitos están directamente
ligados a los cambios que se i n t e n t a n promover en el asesorado y su
situación de trabajo, otros constituyen condiciones que el asesor necesita
considerar para poder sostener el campo del asesoramiento.
Según la óptica desde la cual se recorte la situación, estos últimos
propósitos ocuparán, en realidad, el papel de medios para llevar adelante su
trabajo por ejemplo, cuando el asesor necesita provocar y elaborar cuestiones
ligadas a la demanda para definir desde allí el sentido de su intervención, o
cuando en otros momentos necesita garantizar condiciones que permitan
sostener el vínculo con el asesorado.
En ambas situaciones, la relación entre medios y fines queda planteada
como un punto a cuidar desde el trabajo del asesor, dado que la atención
centrada en alcanzar éstos medios puede llevar a perder de vista los fines que
direccionan y dan sentido al trabajo de asesoramiento.
Si se omitiera esta idea de simultaneidad y diversidad de fines y
paralelamente se desestimará la necesidad de dejar transitoriamente en sus-
penso algunos de ellos en beneficio de otros, se plantearían al menos dos riesgos:
- "eternizar" el fin, en el sentido de darlo por definido de una vez y para
siempre sin considerar la necesidad de ajustado y replantearlo a medida
que el trabajo de asesoramiento avanza:
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- perder vista el sentido de aquello que el trabajo de asesoramiento se propone


porque el énfasis y la necesidad de garantizar determinadas condiciones o
medios terminan por sustituirlos, o porque el ritmo y la vertiginosidad de las
situaciones que reclamar una respuesta urgente tienden a desplazarlos.
Otra cuestión a considerar en la definición de los fines y los propósitos que
orientan el trabajo del asesor es el modo como juegan las propias intenciones
concepciones y representaciones. En este sentido, plantearse un fin supone algo
más que enunciar aquello que se pretende alcanzar como resultado del
asesoramiento. Implica, además, avanzar en la interrogación de uno mismo
preguntándose sobre aquello que cada asesor se propone en su acto de
intervención.
Este, análisis podrá develar tensiones de muy diverso tipo.
Por un lado, la tensión que suele planteársele al asesor entre ser fiel a las
propias intenciones y. simultáneamente, ser leal al otro en su necesidad, su
.pedido de ayuda. En algunas oportunidades, el asesor parte del supuesto de que
para ser leal al otro sólo se requiere una buena escucha y mucha intuición para
captar y trabajar sobre el emergente. Queda claro que el asesor continuamente
porta una intencionalidad.
Por otro lado, la tensión entre los diferentes significados que el asesor
pueda portar sobre qué es asesorar, para qué asesora, por qué asesora y aquello
que se propone como intencionalidad explícita de su trabajo. Algunas veces y
aun sin demasiada conciencia de ello, el asesor parte de la idea de que el otro
pide ayuda porque no sabe, no tiene o no puede, quedando la intencionalidad
de mejora implícitamente ligada a la reparación de una falla. En alguna
medida, este supuesto cierra la definición del trabajo de asesoramiento, en
tanto plantea un diagnóstico anticipando que más que promover la
problematización, la búsqueda de significados, la exploración y la elaboración
de la demanda, decreta de antemano lo que esta ocurriendo.
Por ultimo cabe plantear también la tensión puede presentarse entre
significar los fines y los propósitos del propio trabajo como mandato o
rentabilidad. Cuando determinado fin o propósito adquiere para el asesor de un
mandato, éste puede transformarse en un imperativo inapelable que
imperiosamente debe ser cumplido, quedando el mismo asesor como portador
de ese contenido o significado, divino, sagrado. Cuando, en cambio, el fin o el
propósito se asume como responsabilidad, aparece la presunta, la necesidad
de definir el problema y los propósitos de la intervención en función de las
condiciones con las que se cuenta en cada momento. Mientras que el mandato
es, por lo general, un imperativo genérico y atemporal, la responsabilidad pone
al asesor en situación.
Otro aspecto que permite seguir pensando sobre los fines que orientan
el trabajo de atesoramiento es el hecho de que, en vanas oportunidades, ellos
contienen implícita o explícitamente, un componente de formación y difusión
de enfoques, perspectivas de abordaje, concepciones, valores o teorías.
Sin embargo, aceptar que los fines del asesoramiento se hallan ligados
a la formación de las personas y a la difusión de enfoques no convierte al
asesor en alguien que da clase o dicta un curso sólo porque porta un saber a
transmitir. Promover la generación de conocimientos sobre determinado as-
pecto de la realidad y estimular la reflexión sobre las propias prácticas no
significa ubicarlo necesariamente en este lugar.
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Desde la perspectiva que se viene planteando, cuando el asesor


promueve en sí mismo y en los otros la puesta en análisis v la interpretación de
lo une se define como objeto de asesoramiento, la formación se derivará, casi
por añadidura, del mismo proceso de intervención. Simultáneamente, su misma
presencia y el encuadre de t r a b a j o que proponga funcionarán como
analizadores que provocarán el surgimiento de un tipo de material que hasta
aquel momento no se había manifestado. En este sentido, la intervención
contiene en sí misma un propósito de formulación, en la medida en que
promueve el cambio y el desarrollo de las personas y los grupos en su
situación de trabajo.

El espacio físico

En palabras de Wigley el espacio es algo en lo que uno está adentro.


Además de poseer determinadas propiedades que lo distinguen, como la
amplitud la estabilidad y la comodidad, tiene la capacidad de ser medible -
posee distancias exteriores e interiore- y está determinado por variables
psicológicas, sociales, culturales y económicas, entre otras. Cabe pensar de
qué manera cada grupo institucional concibe el espacio físico en el que trabaja,
el tipo de vinculación que establece y, desde allí, cómo lo usa y dispone de él.
Es un objeto observable mediante el cual pueden estudiarse los climas
grupales, las relaciones interpersonales y las representaciones circulantes
sobre cada uno, los otros y las tareas.
Los encuadres propuestos por el psicoanálisis, la psicoterapia y la
medicina muestran de qué manera el espacio físico es una condición clave en
dichas prácticas. Por ejemplo, cuando se plantea que su estabilidad facilita la
vehiculización de contenidos ligados a modelos, relaciones, estructuras
inconscientes, etc. También el espacio tiene un efecto de provocación sobre el
tipo de material que allí surge y sobre los significados que éste porta para las
personas. No es lo mismo asesorar en el despacho del director que en la sala
de maestros, del mismo modo que no es lo mismo asesorar en algún espacio
de la escuela que en uno exterior a ella.
Al igual que en el caso del tiempo el espacio constituye una condición de
trabajo difícil de modificar. Cabe señalar que en muchas oportunidades estas
cualidades no sólo expresan dificultades reales sino que también son voceras
de cuestiones ligadas al vínculo del asesor con su espacio de trabajo, con su
tarea, con la organización en la que se desempeña, v con los otros.
Otra cuestión a considerar es la representación y los significados que
habitualmente circulan sobre los espacios físicos destinados a tareas de
asesoramiento, como el gabinete de una escuela, el departamento de orienta-
ción o el despacho de la asesora. En algún sentido, estas representaciones
circunscriben la función de ayuda a estos espacios, enquistando la dificultad
allí. Se trata de lugares que condensan significados ligados a la atención de
los problemas, la reparación, la ayuda a quienes no pueden o no logran lo
previsto. Con el tiempo y en algunas oportunidades, estos significados se
enquistan, y el riesgo que se configura es la privatización de la dificultad y la
posibilidad de ayuda sólo en manos de algunos. Por ello, el acto de
asesoramiento puede desligarse del afuera encapsulándose sobre sí y
favoreciendo una dinámica de exclusión mutua.
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En esta perspectiva, adoptar criterios sobre el uso y la distribución del


espacio supone considerar las posibilidades y las limitaciones que éstos
brindan tanto desde el punto de vista material como simbólico. La falta o la
inadecuación de los espacios constituye en muchas ocasiones una condición
estructural inmodificable.
Algunas veces, la solución que se alcanza es buscar un lugar fuera de
la escuela; otras veces, suspender directamente la tarea prevista. No se trata,
solo de hacer un juicio de valor respecto de lo que se debe o no hacer en cada
caso, sino de pensar cuáles son las condiciones existentes para, desde allí,
d e f in i r el plan de trabajo posible sin dejar de lado los significados que el
espacio porta en el trabajo de asesoramiento que allí se desarrolla.

El tiempo en el que transcurre el asesoramiento

La modernidad sostenía la idea de un tiempo histórico lineal y secuencial


en una r e g u l a r cronología que a u s p i c i a b a un f u t u r o muchas veces
promisorio. Actualmente, esta idea de tiempo ha cambiado. La linealidad
cedió su lugar a la irrupción del acontecimiento y a la posibilidad de trans-
misión que remite a la discontinuidad y a la transformación.
Como lo explica Elias, los hombres necesitan de las determinaciones
del tiempo para organizar la experiencia: marcan posiciones, períodos que se
suceden y también regularidades que se repiten en determinado acontecer. Si
bien este autor p lan tea que el tiempo es una herramienta del hombre que se
desarrolla "en el contexto de tareas bien definidas y finalidades específicas por
cumplir”, alerta sobre no reducir la idea del tiempo a una simple invención del
hombre. Desde su punto de vista, resulta importante considerar el tiempo como
una inst it u c ió n social diversa en su grado de desarrollo y complejidad. Algo
así como decir que, si bien los relojes son dispositivos que representan el
tiempo, no son en sí mismos el tiempo.
Desde esta perspectiva, la preocupación central va más allá de la
consideración del pasado y del futuro; está centrada en hacer un esfuerzo para
comprender la irrupción del presente. Esto nos enfrenta a un problema: de-
terminar el tiempo, conocer sus regulaciones y fenómenos derivados para,
desde allí, pensar la gestión del tiempo como una de las condiciones de
desarrollo del trabajo humano. En realidad, comprender el tiempo desde un
presente que irrumpe implica considerar simultáneamente al su jeto y su tra-
bajo en situación.
Gestionar el tiempo de un asesoramiento supone, en principio, pautar
una duración global del proceso de asesoramiento y, luego, reconocer fases o
etapas en las cuales se pueda organizar una secuencia de acciones ligadas a
determinadas in ten cion es o propósitos, definiendo en cada una de ellas la
frecuencia de los contactos y/o encuentros entre el asesor y los otros. La
g e s t i ó n del tiempo instrumental im p l i c a una situación mucho más compleja,
que requiere de la reflexión y el ajuste permanentes. En ella se juegan
tensiones derivadas de la oposición entre tiempo necesario-tiempo
disponible, necesidad-urgencia.
Para quienes trabajan en organizaciones educativas de diferente tipo, la
falta de tiempo, la inadecuada relación entre el tiempo con el que se cuenta y la

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índole de la tarea prevista suele presentarse como una condición de hecho


difícil de modificar.
Trabajar sobre la gestión del tiempo como componente del encuadre
significa, en estas circunstancias, analizar las modalidades de uso del tiempo y
su relación con el asesoramiento. Algunas veces, la solución a la que se apela
pasa por habilitar continuamente un tiempo extra, fuera de aquel que forma
parte del contrato de trabajo. Otras veces, se termina por dejar en suspenso
tareas ligadas a la responsabilidad de cada uno, abandonándolas sin que
nadie pueda asumirlas v hacerse cargo de ellas transitoriamente.
Nos enfrentamos al tiempo en su cualidad "más dura": su rasgo de
inmodificabilidad ligado directamente al contrato laboral en lo referido a la
relación entre carga horaria, definición de tarea y salario.
A1 definir el asesoramiento como una práctica transversal, se hace
eferencia a él como una tarea más entre otras a realizar en la misma unidad de
tiempo. AI pensarlo como u n a p ra c t ic a localizada, esto mismo puede ser un
problema para los asesorados pero no para el asesor.
La dificultad que regularmente se observa respecto de la posibilidad de
disponer de un tiempo dedicado a la tarea de asesorar hace que sea justa-
mente en esta variable donde habitualmente se localicen fenómenos de
resistencia. Una mirada ingenua de esta situación concluiría que sólo se trata
del tan mentado fenómeno de resistencia al cambio. Cuando esto ocurre y el
asesor sostiene una lectura que reniega de la dificultad real, se corre el riesgo
de que la problematización sobre el tiempo quede sólo en el campo del deseo o
de la posibilidad del otro y no en su campo de intervención, como una de las
variables sobre las cuales se requiere estipulación.

Recursos técnicos en el trabajo de asesoramiento

Al hablar de recursos técnicos, se hace referencia al repertorio de


instrumentos y de técnicas de que el asesor dispone para trabajar en su
campo. Los instrumentos aluden a la palabra, al cuerpo, a las producciones
expresivas y narrativas. Las técnicas representan los diferentes usos que de
esos instrumentos se hace; las más h a b it u a le s son las técnicas dramáticas,
de juego, narrativas, de entrevista y observación, proyectivas, de recopilación
documental, de señalamiento e interpretación, entre otras.
En cualquier caso, la elección y la oportunidad de los recursos técnicos a
u tiliza r en el transcurso del asesoramiento requieren de una gran dosis de
sensibilidad y experticia. El asesoramiento implica por parte del asesor una
escucha abierta que promueva la captación de lo que aparece como singular y
requiere ser contextualizado cada vez. Contextualizar el uso de los recursos
técnicos supone cierta versatilidad e ingenio para descartar, modificar o
ajustar la utilización de tales recursos en cada situación singular. Según Ulloa,
"lo esencial de la eficacia clínica es la versatilidad resultante de ese descarte.”
En cuanto a cómo se juega esta versatilidad en el trabajo de
asesoramiento, en principio, supone la posibilidad de estar simultáneamente
afectado y desafectado por el recurso técnico. Estar afectado implica estar
compenetrado, conocer en profundidad sus alcances y limitaciones, tener
experiencia en el modo de instrumentarlo y anticipar los recaudos a considerar
en uso. Estar desafectado requiere no estar capturado por el recurso técnico,
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no hacer un uso ritualizado del mismo, sostener una mirada critica que
permita introducir ajustes, entendiendo la operación de descarte como un
abandono transitorio y como una puesta a punto permanente de tales
recursos.
Desde el plantea de Ulloa y pensando en el trabajo del asesor es
importante hacer “uso domestico” y no “domesticado” de los recursos técnicos.
La cualidad de domestico se relaciona con la posibilidad de apropiación de ese
recurso por parte del sujeto.; apropiación que siempre contiene algo del orden
de la creación personal, del compromiso ideológico con la propia práctica. En
tanto que el uso “domesticado” alude a un proceso inverso en el cual el asesor
queda a merced del recurso técnico en lugar de servirse del él, siempre
tentado de repetirlo como gesto.
Un ejemplo de lo antedicho, se observa cuando, en el momento de
decidir sobre las técnicas, estas se transforman en recursos mecánicos,
neutrales, y lo que queda instalado es el valor de “la técnica por la técnica
misma.” En otras palabras, cuando el sentido gira alrededor de la técnica en si
desvinculándose de las situaciones y las personas que son sus destinatarios.
Molinier recupera la definición de técnica como “un acto tradicional
eficaz” que implica trasmisión, reproducción, rutina y, al mismo tiempo,
transformación y creación. Aun cuando las técnicas puedan ser las mismas a
lo largo del tiempo y puedan portar tradiciones ligadas al oficio, las diferencias
y las trasformaciones propias de los procesos de transmisión muestran la
necesidad de tener en cuenta el contexto particular e idiosincrásico en el cual
se desarrollan.
Algunos principios del encuadre: la relación de asesoramiento suele
estar atravesada por una serie de tenciones que provocan ansiedad y
sentimientos contrapuestos, que requieren ser controlados a fin de sostener el
vínculo y el trabajo con el otro. Mas allá del grado de consciencia que de ellos
se tenga, es imprescindible tener en cuenta algunos principios del encuadre
que colaboran en su regulación y que permiten consolidar y proteger la
relación de asesoramiento.
Al hablar de principios del encuadre se alude a las máximas
particulares que rigen la actuación de quien desempeña la función de
asesoria, a las afirmaciones primeras que operan como supuestos de base y
fundamentos de propia acción. Desde el sentido comun, hablar de máximas,
principios, afirmaciones primeras, puede quedar asociado a la idea de lo
establecido, lo inmutable, aquello que porta la fuerza de un mandato o
imperativo. En cierto sentido esto es así, pero no como rasgo ligado a lo
absoluto, a lo que se define de una vez y para siempre. Por el contrario, los
principios del encuadre contienen la posibilidad de la controversia.
Con esta idea y desde el aporte que sobre este tema han desarrollado
autores que representan las corrientes del psicoanálisis, la psicología social, la
pedagogia institucional y el socioanálisis, se consideran a continuación tres
principios: la neutralidad, la independencia y la autonomía, y la
confidencialidad.
Al hablar de neutralidad, habitualmente se alude a la actitud de
abstinencia que todo asesor debe mantener respecto de alianzas y coaliciones
preexistentes en el ámbito del trabajo donde desarrolla su tarea. Esto supone,
no participar de los rumores, evitar que la propia información sea utilizada
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discrecionalmente para apoyar intereses ligados a la toma de decisiones y no


utilizar la posición institucional para ejercer influencia sobre otros, para ganar
adeptos a una causa, para reforzar la dinámica de bandos, para descubrir
situaciones de corrupción y perversión institucional.
Adoptar una posición de neutralidad y abstinencia no significa que el
asesor no este implicado afectivamente ni que deba adoptar una actitud
prescindente respecto de aquello que esta ocurriendo. Muy por el contrario,
parte de su quehacer se relaciona con opinar, tomar posición y emitir juicios
que lo comprometen, lo cual supone un fuerte grado de involucramiento. Un
"compromiso sensible" que es propio de quien no forma parte de la escena de
trabajo del otro pero que, tampoco es totalmente ajeno a ella. Lejos de plantear
una postura de neutralidad afectiva, el asesor asume un tipo de compromiso
que lo involucra y, en este sentido, lo hace ser parte de la situación sin que
esto signifique necesariamente pertenecer a ella.
Si bien estas afirmaciones parecen sencillas, el principio de neutralidad,
en manos del asesor tiene aristas oscuras. Cuántas veces escudado en este
principio algún asesor decreto su prescindencia, cuántas veces silenció su
opinión bajo pretexto de objetividad e imparcialidad y utilizó la neutralidad
para quedarse afuera.
El principio de independencia y autonomía se relaciona con el margen
de discrecionalidad que el asesor tiene para tomar decisiones relativas a su
trabajo. Por un lado, la independencia y la autonomía pueden explicarse
teniendo en cuenta la relación que éste mantiene con el sistema de autoridad y
de poder de la organización. Por otro lado, puede también relacionarse con la
libertad que cada asesor tiene para manejarse con su propio criterio, respetar
su marco de referencia y definir el plan de trabajo que considere más
conveniente.
Ambos puntos de vista llevan a asociar este principio a la idea de
libertad de maniobra del asesor, algo así como poner en juego los derechos y
las prerrogativas con que éste cuenta para definir cuestiones propias del
trabajo que está llevando a cabo.
Visto de este modo, queda claro que la situación de cada asesor será
diferente según cuál sea la posición institucional que ocupe -como interno o
externo- y según de cuál práctica de asesoramiento se trate -localizada o
transversal-. Sin embargo, también cabe considerar que, más allá de estas
diferencias, la independencia y la autonomía estarán siempre limitadas por las
condiciones institucionales de la organización en la que se realice el trabajo de
asesoramiento. En otros términos, el principio de independencia y autonomía
pensado como realidad absoluta no es más que una ilusión.
El principio de confidencialidad se refiere al uso responsable de la
palabra
y de la información en términos de producción y circulación. En algunas
oportunidades, la confidencialidad, ligada a la idea de reserva de la
información y anonimato de las personas, puede entenderse como la
configuración de un secreto. En tanto secreto, la información t ie n e una
circulación restringida: no puede compartirse ni ser conocida por todos
o debe mantenerse como patrimonio de determinadas personas o grupos. La
violación de este secreto suele ser interpretado como una "'falta de ética
profesional".
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Es importante recuperar la pe rspe ct iva de Dejours cuando plantea la


importancia de sostener una "ética del testimonio.” En el caso particular del
asesor, esto significa ocupar el lugar dé un testigo no pasivo de aquello que
el otro testimonie, es decir que cumple la función de regular la palabra y la
escacha. En lugar de permitir que se diga todo y mantenerse en la escucha de
"todo" lo que pueda ser dicho, promoverá un uso responsable de la palabra.
Regular la palabra y la escucha significa, ante todo, adoptar una actitud
de no infidencia y simultáneamente, promover en los otros la decisión sobre
qué decir y qué callar así como también cuándo decirlo, cómo y a quién. En
todos los casos, esta decisión se relacionará con la intención de colaborar en
la comprensión y el esclarecimiento de lo vivido a fin de recuperar el sentido
que guía y organiza el propio acto de trabajo.
Los principios de neutralidad, independencia-autonomía y
confidencialidad parecen ser a primera vista irrebatibles. Sin embargo, algunas
situaciones muestran que sostenerlos a ultranza puede provocar falacias que
terminen llevando al asesor hasta el absurdo; como, por ejemplo, cuando el
asesor sostiene:
- "No me meto", "No me corresponde", "No me compete", como expresión
del principio de neutralidad;
- "Hago lo que me parece", "Soy yo quien decide", "A mí nadie me dice lo que
tengo que hacer", "Lo que vale es mi palabra y mi saber experto”, como
expresión del principio de independencia y autonomía;
- “No te lo puedo decir porque estaría faltando a mi palabra", "Contame todo lo
que quieras, yo no se lo cuento a nadie", "Sé todo pero no lo puedo contar",
como expresión del principio de confidencialidad.
Tomando algunas ideas de Hornstein, se puede decir que todas estas
expresiones muestran un uso degradado de los principios anteriormente
planteados por efecto de la trivialización y la vulgarizaron. La degradación
simplifica la idea de complejidad y controversia que a t ravie sa estos
principios, transformándolos en eslóganes vacíos de sentido.
Sostener esta controversia en el campo del asesoramiento supone, en
cambio, mantener una actitud de duda e interrogación permanente sobre
aquello que se afirma como certezas incuestionables. Sólo con esta actitud es
posible pensar el asesoramiento como una práctica l i g a d a al ingenio la
astucia y la invención. Mantener este nivel de controversia implica r trabajo y
esfuerzo para sostener la ambigüedad, pero, al mismo tiempo, constituye un
factor que m o vi l i za el pensamiento, la ref lexió n y la creación.

5. El encuadre del asesoramiento en acción

En las escuelas, como en las fábricas más taylorizadas, cuando profe-


sores maestros y directores anticipan y planifican su trabajo hasta el más
mínimo detalle, o l v i d a n que, tendrán que enfrentarse luego con lo real, con
aquello que quedó por fuera de toda posibilidad de previsión. Trabajar de
maestro, profesor o director, signif icaría. Enfrentar todas las fuentes de
variabilidad no lomadas en consideración en la definición de su tarea:
variabilidad del proceso, de la materia trabajada, desgaste de las herramientas,
evoluciones del entorno material y humano

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El trabajo de asesoramiento no escapa a este planteo. En sí mismo, es


un acto de intervención que se desarrolla en el marco de un conjunto de
reglas, pautas y regulaciones que conforman el encuadre y donde lo inédito
está siempre presente. Se definen las estipulaciones del encuadre aludiendo a
las decisiones que el asesor toma sobre sus componentes y principios, en un
proceso de ajuste y redefinición permanente.
El encuadre en acción nos ubica en la dimensión real del trabajo de
asesoramiento, un acto que implica considerar el contenido de la tarea, la
distr i b u c ió n de las responsabilidades, las modalidades de producción,
comunicación y gestión, las relaciones de poder y control, las condiciones de
trabajo, las personas y los vínculos, tal como se configuran en cada situación
particular.
En este momento se profundizará esta idea focalizando la mirada en la
brecha inevitable que se configura entre aquello que se estipuló como parte del
encuadre y lo que efectivamente ocurre en el campo del asesoramiento y en el
interjuego permanente que se entabla entre ambos.
Por momentos, lo prescrito y estipulado puede ser vivido por el asesor
como un resguardo ante la extrema incertidumbre y variabilidad del campo y
también como camino a seguir. Adoptar esta perspectiva puede pe rm it ir, en
algún sentido, sobrellevar la cuota de ansiedad que este trabajo genera al
requerir un movimiento permanente de adecuación e interpretación de la
realidad.
El problema se plantea cuando lo previsto debe ver abandonado y el
asesor tiene que tomar una decisión respecto del sostenimiento de su encua-
dre. Nuestro, material empírico muestra que en esta d e c is ió n suelen
presentarse dos salidas posibles y por momentos, casi paradigmáticas:

- mantener a ultranza lo estipulado y no cambiar nada o renunciar a todo


y empezar de cero;
- dejar en suspenso lo anticipado y ver qué ocurre.

En el primer caso, se trata en realidad de una s a l i d a en falso que, si


bien puede provocar alivio momentáneo, termina intensificando la ansiedad.
Si lo previsto estaba pensado como medio para avanzar sobre lo real,
cualquiera de estas dos respuestas inhabilita al asesor en este sen tido por-
que lo instala en un dilema: "todo o nada", y en una ficción: "todo o nada
son posibles".
La imposibilidad de sostener algunas cuestiones del encuadre y
abandonar otras estaría indicando ausencia de movimiento y estereotipia.
Cuando esto ocurre, el asesor queda atrapado en una situación sin salida, un
círculo vicioso en el que queda inhibida la posibilidad del pensar crítico; en
términos de Ulloa, una situación en la que "merma la inteligencia" y que se da
en "aquel que al no tener ideas claras acerca de lo que le sucede en relación
con lo que hace, tampoco puede dar cuenta pública o privadamente de su
situación.”
En el segundo caso, dejar en suspenso lo previsto marca una diferencia
clave con lo anterior. Se trata de una operación de descarte en la cual algunas
ideas se mantendrán como recurso disponible, otras .funcionarán como puntos
de apoyo para seguir pensando y otras se abandonarán definitivamente.
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Desde la psicodinámica del trabajo, esta salida, promueve un tipo de


movilización subjetiva que implica: esfuerzos de inteligencia, esfuerzos de
elaboración para construir. Opiniones sobre la mejor manera de arbitrar las
contradicciones y resolver las dificultades esfuerzos para involucrarse en el
debate de opiniones necesario para la deliberación que debe preceder
acompañar las elecciones o decisiones sobre la organización del trabajo.
La brecha o el interjuego entre lo anticipado v lo real requiere como
condición central la posibilidad de dar la palabra y garantizar la escucha,
es decir, de a b r i r un espacio de encuentro con el otro. Volviendo a 1a
definición de asesoramiento como una práctica fundada en la interacción con,
un otro, que es el vocero de una situación de trabajo particular y, al mismo
tiempo, es el protagonista de la escena que construye con el asesor. Este
espacio de encuentro -como algo inherente a la definición misma, del trabajo
de asesorar- es posible cuando el asesor puede, en presencia del otro, dejaren
suspenso lo imaginado y previsto, enfrentarse alo nuevo y diferente que este
otro le plantea y, desde allí, ajustar y mejorar su encuadre.

6. El encuadre como andamiaje

El trabajo de asesoramiento se lleva adelante por medio de un encuadre


que no sólo se vincula con aspectos técnicos, sino que incluye también
maneras de relacionarse, comunicarse y posicionarse frente a los otros y los
problemas, entre otras cosas. Se trata de un conjunto de estipulaciones que se
construyen, se ajustan, se revisan y se negocian en cada situación-de
asesoramiento.
Desde la perspectiva de la psicodinámica del trabajo, el encuadre forma
parte de “organización del trabajo", que sirve como un marco más o menos
flexible desde el cual el sujeto hace frente a las situaciones que en lo cotidiano
se presentan. En este sentido, el encuadre tiene una cualidad de andamiaje en
el plano instrumental como en el de la intersubjetividad.
El andamiaje puede asociarse a distintas imágenes. Algunos podrán
imaginar el andamio de la obra en construcción, que permite que los obreros
se desplacen de un lado a otro y que si bien por momentos nos hace pensar en
algo estable un móvil que se arma y se desarma para adecuarse en cada
momento a la obra. Otros, podrán imaginar una barrera que sostiene y separa
al mismo tiempo a quien trabaja de su obra.
Ambas imágenes permiten plantear tres ideas sobre las características y
las funciones de este andamiaje. Una es la idea de apoyatura y sostén. Otra,
la idea de intermediación, de espacio intermediario entre elementos, como
instancia que está entre uno y otro pero que no es ni uno ni el otro. Por último,
la idea de filtración, dado que en el pasaje se da un proceso de selección.
En todos los casos, el andamiaje no es un marco fijo y rígido que todo lo
prescribe y al cual hay que amoldarse, sino que implica un conjunto de
orientaciones que se relacionan con aquello que en el trabajo de
asesoramiento puede predecirse y proyectarse dejando lugar a lo que escapa a
toda posibilidad de anticipación. En efecto, el "andamio" es siempre movimiento
y "hacer a medida". La imagen de montaje de escenas remite a esta misma idea
de movimiento. Como el montaje entre la escena de trabajo del asesorado y
escena de trabajo con el asesor nunca es perfecto, sino que, implica siempre
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un "ajuste-desajustado", el encuadre operará como garante para captar y


sostener este movimiento.
En cambio, cuando el encuadre se conmociona en su cualidad de "anda-
mio", de apuntamiento, de intermediario y filtro, el acto de trabajo de asesorar
se convierte en un espacio de insatisfacción y sufrimiento. En estas
situaciones, el encuadre se transforma en ceremonial, se fetichizan sus com-
ponentes, se vulgarizan sus principios y, poco a poco, deja de ser un "punto de
reparo” para el asesor. Un resultado posible es que el asesor requiera de
reglas de juego para trabajar y no siempre las tenga en el sentido requerido;
otro es que vislumbre su tarea casi como imposible y ajena a sus deseos. Así,
el que asesora dice apelar a todo lo que puede y, sin embargo, no logra aliviar
la tensión que su tarea le provoca. El contenido s ign if ic a t ivo d e l t ra ba jo
m e rma y, c o n é l, la s posibilidades de pensar y crear.

Capitulo 3
El asesor en escena

1. El drama de asesorar o el asesoramiento como drama

La palabra “drama" proviene de un verbo griego que significa "hacer.”


Por ello, en el uso de este término siempre está presente la idea de acción.
Hábilmente se entiende por drama una historia que narra los acontecimientos
vividos por una serie de personajes, sus conflictos, tensiones y emociones. En
la acción, el asesor se encuentra siempre interpelado en su encuadre y, marco
referencial, en su trayectoria profesional y en fragmentos de su propia
biografía.
Se plantea el encuadre como un “punto de reparo” que define el lugar, la
metodología y las modalidades de abordaje desde las cuales intervenir en una
situación dada.
Tomar contacto con la realidad, dejarse penetrar por ella, captar la sin-
gularidad de lo que acontece en toda su riqueza, implica a b r i r paso a un
movimiento continuo de interpelación. AI asesor le pasan cosas: se encuentra
con otro, escucha múltiples voces, tiene sensaciones de diferente tipo, siente
incomodidad, fastidio, satisfacción o placer, produce reflexiones que 1°
acompañan en la acción. Sentimientos v pensamientos van y vienen; algunos
son efímeros, vacilantes, inesperados, otros recurren una y otra vez dando
matices particulares a lo vivido.
El título de este tercer capítulo es "El asesor en escena": porque se
ubicar en un escenario, se lo reconoce en diferentes personajes con la
intención de captar y entender algunas de las tramas y los nudos que
conforman su drama.

2. Posibles lugares y papeles para el asesor

En otras partes de este texto se ha hecho referencia al tema del


vínculo entre asesor y asesorado. En esta oportunidad, se reformará este
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punto pero, sin la intención de avanzar en su conceptualización. Se opta, en


cambio, por hacer una entrada diferente al tema, desde el análisis del
vín c u lo como suceder.
Se hablará de la aventura del héroe, por reconocer situaciones que
muestran algo del orden de una gesta, de un camino, por momentos plagado
de dificultades y pruebas a superar, y que en algunos casos, desemboca en,
una situación de consagración y victoria final.
Se hará referencia también a la movilización subjetiva que el vín c u lo
con el otro despierta: el interjuego entre satisfacción, reconocimiento y frustra-
ción por un lado, y el de inversión y renuncia, por otro.
Asimismo, se plantea cómo el asesor, en contextos críticos, puede
quedar investido en el lu ga r de un ideal trascendente y todopoderoso que
restituye potencia y poder.
Por otro lado, se reconoce situaciones en las cuales el ocultamiento y el
silencio se naturalizan conformándose círculos viciosos que entrampan los
vínculos.
Por ultimo se hace referencia a una dinámica de dominio sobre el otro
que puede facilitar, en mayor o menor medida, fenómenos de apropiación del
poder del otro sobre su trabajo.

La aventura del héroe

El discurso heroico aparece habitualmente organizado en torno a un


ideal de servicio: el asesor “hace cosas por los otros”, “se debe a ellos”, “esta a
merced de sus necesidades”, “se entrega a la misión encomendada”. En
muchas ocasiones, este significado encubre otro menos reconocido que está
ligado a la necesidad de satisfacción narcisista.
En las aventuras mitológicas, el camino seguido por el héroe va desde
un mundo común hasta un mundo desconocido en el cual se enfrenta a
situaciones inciertas, de peligrosidad y amenaza. Generalmente, esta
literalidad da cuenta del recorrido del héroe en el sentido de una gesta, en la
que tanto el héroe como sus seguidores atraviesan diferentes pasos o
umbrales: el “llamado a la aventura”, "el camino de las pruebas", el "acceso al
lugar del héroe y la epifanía".
No todos los finales de la gesta son iguales. En algunas ocasiones,
quien se propone como héroe se consagra como tal en la "recta final”: en
otras, termina ocupando el lugar del chivo expiatorio haciéndose cargo de las
culpas propias y ajenas hasta consagrarse como mártir. También es posible
encontrar relatos en los cuales el héroe no alcanza el momento de la epifanía,
quedando a mitad de camino.

De pasiones y apasionados

El trabajo moviliza en el sujeto pasiones de muy diverso tipo. Algunas de


ellas se relacionan con la satisfacción, el placer, la potencia, el reconocimiento
de sí mismo, la valoración del sentido que tiene el propio trabajo. Otras
r e m it e n a sentimientos y afectos que hablan del displacer, la insatisfacción,
el sufrimiento en el trabajo como un hecho natural, que en algunas situaciones

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pueden hacerse crónicos, instalándose como contenidos nucleares del vínculo


que el sujeto entabla con su trabajo.
En otras palabras, el trabajo pone en juego la operación de dos lógicas
simultáneas y, por momentos, de sentido contrario: el sujeto buscando dar
cumplimiento a sus deseos, motivos e intenciones y, al mismo tiempo, en-
contrando una realidad que le impone restricciones para seguir perteneciendo,
para sostener la relación con los otros y para mantener el propio acto de
trabajo. En este sentido, el vínculo con el trabajo supone de hecho un com-
ponente de inversión y renuncia.
Toda renuncia implica cierta violentación para el sujeto. Sin embargo, no
siempre esta violentación es arbitraria. En algunas ocasiones, forma parte de
lo acordado y aceptado bajo el supuesto de que, de este modo, se obtiene
corno beneficio la pertenencia. Sin embargo, cuando este marco de acuerdos
queda en suspenso, el sujeto enfrenta una situación de violentación con
características intimidatorios, quedando en cuestión tanto el sentido de su
trabajo como la posibilidad de disponer de los recursos con que cuenta para el
desarrollo de su tarea.
El trabajo de asesoramiento implica un equilibrio inestable entre la
inversión y la renuncia, que en algunas oportunidades desestabiliza, provoca
sufrimiento y representa una amenaza para el asesor y los vínculos que
mantiene en su situación de trabajo. Se trata de un malestar que no "implica
patología, sino que, por el contrario forma parte de una "normalidad sufriente"
que, está siempre presente en la vivencia del trabajador. El contenido
significativo de la tarea constituye una fuente permanente de satisfacción o
sufrimiento atravesada por esta tensión.

Complicidades se confiesan

Encubrimiento, frases hechas, diagnósticos que poco dicen de lo que


efectivamente ocurre, dificultad para reaccionar y decir que no. son algunas
de las formas por medio de las cuales se expresa un comportamiento
cómplice.
La noción de complicidad alude al ocultamiento y a la falta de denun-
cia. En su lugar aparece la complacencia, el intento de obtener algún tipo de
beneficio secundario, quedando encubierto el temor a obtener desaprobación
y rechazo. El comportamiento cómplice resguarda al sujeto de enfrentarse
con aquello con lo que no está de acuerdo, aun cuando esto implique, en
algunos casos, traicionar los propios principios.
Retomando el planteo de Ulloa, la complicidad queda comprometida
la valentía para oponerse, el accionar crítico. "la posibilidad de denuncia. En
el síndrome de violentación institucional, la complicidad resulta de la
renegación -en el sentido de negar que se niega de "las condiciones
contextúales en las que se vive". Desde esta renegación se promueve el
silenciamiento; el principio de neutralidad y abstinencia llega al absurdo de la
prescindencia al punto de que en algunas oportunidades queda impune el
sujeto cómplice.

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A veces, las situaciones de complicidad pueden derivar en "círculos vi-


ciosos" o "pactos perversos" que al decir de Etkin, se instalan como una pauta
de Interacción que funciona como una regla de juego compartida. En todos los
casos, se trata de un comportamiento intencional y voluntario que termina por
configurar un tipo de interacción habitual o recurrente.

Los acuerdos se sostienen a pesar de todo

En muchas oportunidades, el asesor se ve interpelado, cuestionado en


su encuadre. Las salidas que él elabora se relacionan básicamente con la
escucha que puede hacer de la situación y el lugar que tiene el encuadre como
cuestión clave para su trabajo. Dejar de lado lo acordado puede pasar, en
algunos casos, como un hecho inadvertido. Sostenerlo significará en cambio,
no omitir lo establecido sin que esto suponga rigidez o intransigencia.
Resguardar el encuadre desde una actividad de firmeza implica
garantizar la continuidad de algunos acuerdos que enmarcan el trabajo de
asesoramiento y reconocer al otro como interlocutor válido. Desde este
reconocimiento, el asesor confirma la vigencia del encuadre hasta tanto exista
un proceso rectificación en sentido contrario. La vigencia y la posibilidad de
renegociar con el otro los cambios a introducir forman parte de un interjuego
que, en si mismo, define la actitud de vigilancia, atención y cuidado respecto de
lo que acontece en el campo del asesoramiento.

Un vínculo posible

Resulta difícil pensar el campo del asesoramiento sin considerar el


vínculo entre asesor y asesorado como condición central de posibilidad o
imposibilidad. En la base de este vínculo se juegan representaciones y
expectativas reciprocas ligadas al deseo de asesorar y de ser asesorado. En
este momento, se centrará la mirada en el asesor, en el modo como vive y
significa su relación con el otro, en el punto en el cual aquello que la escena de
asesoramiento le provoca marca algo así como una situación sin retorno que
convierte a la relación en un vínculo imposible.
En alguna medida, este planteo lleva a desnaturalizar un supuesto que
habitualmente suele presentarse como una situación de hecho: creer que, en
todos los casos y bajo cualquier circunstancia, el asesor debe estar dispuesto a
entablar con el otro una relación de ayuda y colaboración, debe reconocerlo y
aceptar las condiciones que este vinculo le impone.
La preocupación se centra en que el asesorado no abandone al asesor y
a la situación de asesoramiento, como si la configuración de este campo solo
dependiera de él. En realidad, algunas situaciones muestran que también al
asesor puede, de un modo u otro, plantear la posibilidad de esta retirada.
Si bien las razones o los motivos para que esto ocurra pueden ser muy
variados, se tomarán en esta oportunidad dos situaciones que por su
frecuencia merecen ser tenidas en cuenta: aquella en la cual los objetivos, las
intenciones o los propósitos de quien solicita ayuda y asesoramiento entran en
coalición con los del asesor y aquella en la cual el asesor vive al otro como
adversario y fuente de amenaza.

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Respecto de la primera de estas situaciones y en base a los desarrollos


pioneros que en la Argentina hizo Bleger, cabe considerar la posibilidad de
que quien ocupe el lugar de consultor, asesor o especialista sea quien no
acepte colaborar en una institución que rechaza. En algunas ocasiones, los
objetos explícitos e implícitos de la organización no son del todo afines a los de
quien toma a su cargo la intervención, planteándose, de este modo, una
opción ética que incide directamente en decisiones del orden de la técnica. En
otras oportunidades, las diferencias ideológicas son tan marcadas que llevan a
posicionamientos irreconciliables. La falta de claridad con respecto a este
punto puede llevar al asesor pretender del otro una actitud de neutralidad que
es imposible alcanzar, siendo el mismo quien debería revisar su lugar u optar
por renunciar a esta tarea
La segunda de las situaciones planteadas puede darse cuando el otro es
vivido como una amenaza al vínculo, a la persona del asesor, a su posibilidad
de sostenerse en el trabajo. Se trata de una amenaza que tiene un doble
registro.
Por un lado, se vive como un ataque al pensamiento y en este sentido el
asesor teme que su capacidad de entendimiento, análisis e interpretación se
vea disminuida o anulada. Por otro lado, aparece un sentimiento ligado a
perder la posibilidad de discriminarse, quedando atrapado en la trama de
relaciones que allí se configura.
En ambos casos, el asesor pierde contacto con la realidad, con lo que
ocurre en la escena de asesoramiento, rechaza directa o indirectamente al otro,
quedando capturado en los sentimientos y afectos que la misma situación le
provoca.

La ayuda como conquista

La conquista es una forma de dominio que, en algunos casos, se


organiza alrededor de una promesa que la justifica. Promesa de mejora,
ganancia, logro, poder, desarrollo personal, cambio. Conquistar equivale, en
parte a veces transitoriamente, a quedarse con la soberanía del otro sobre su
trabajo. Mas allá del contenido explicito que la soberanía del otro sobre su
trabajo. Mas allá del contenido explicito que la promesa exprese, ella contiene
significados ligados a la potencia y la ilusión y, desde allí, es frecuente
encontrar la idealización de quien porta la promesa y la ofrece a los otros.
El conquistador justifica su accionar a cambio de afirmar la identidad del
otro, concederle beneficios y hacerse cargo de sus dificultades. Propone un
trueque que supone tanto la renuncia como la ganancia. En su itinerario y por
naturaleza, más que buscar evidencias o indicios que sostengan sus puntos de
vista, toma sus hipótesis o supuestos como verdades absolutas y sus ideas,
como hechos. Todo aquello que te va ocurriendo es utilizado como señal de ir
por el buen camino y, de este modo, justifica su lugar de dominación.
En la contracara de este vínculo existe un otro que cede frente a la
promesa del conquistador: renuncia a parte de su soberanía, a su poder, y
entabla un vínculo de tipo proteccionista. Acepta la superioridad de quien se
ofrece como conquistador, se asimila a él, toma sus puntos de vista como
propios y, en un movimiento progresivo de borramiento de sus deseos y

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necesidades, aumenta el convencimiento de que es el otro quien posee el don


de la verdad justificando su accionar por el bien de todos.
Cuando el espacio de asesoramiento se asemeja a la conquista, el
asesor como conquistador asume el lugar de modelo, de ideal, de quien porta
cierta ejemplaridad. Enríquez señala que:

La idealización tiene un estatuto ambiguo: ayuda a la sociedad a existir, y


al individuo a hablar como sujeto; al mismo tiempo, puede clausurar (en el
sentido de encerrar) tanto a la sociedad como al individuo cuando
transforma la necesidad del ideal en la instauración de ideales absolutas y
o represivos.

Desde esta idealización, el asesor como conquistador gana seguidores,


los asimila, aun cuando esto suponga renuncia, dado que existe una promesa
de ayuda y mejora que él mismo porta en tanto modelo e ideal. La relación que
establece con los otros puede organizarse alrededor de diferentes patrones. En
algunas ocasiones, el patrón es ubicar al otro como un igual. Lo intenta asimilar
desde la valorización y el reconocimiento de su trabajo invitándolo a ser parte
de su proyecto. En otras ocasiones, el patrón de relación ubica al asesor en
una posición de superioridad con respecto al asesorado para poder imponerle
un modelo de trabajo al cual ajustarse.

3. La mirada, la escucha y la palabra: claves del vínculo

En la escena del asesoramiento, asesor y asesorados se muestran


recíprocamente. El asesor se expone frente al otro desde sus palabras, sus
gestos, su cuerpo, su movimiento en el espacio. Y, al mismo tiempo, recibe del
asesorado una imagen de si mismo que alternativamente puede confirmarlo en
la potencia o la impotencia, en la aceptación o el rechazo, en la calificación o la
descalificación.
El encuentro con el otro en esta escena, así como la posibilidad de
comprender lo que ocurre en la situación de trabajo del asesorado, sincronizan
el ver, el oír y el decir del asesor. Cada contexto singular de interacción con el
otro planteará condiciones particulares respecto de la posibilidad de escucha,
la pertinencia de lo que se dice, la disponibilidad de una mirada mutua, la
asignación de sentidos y significados en el marco de un proceso de constante
ajuste y reformulación.
En la mirada, la escucha y la palabra, el asesor produce y se produce
con el otro en una relación intersubjetiva. Aun cuando “ver-no ver”, “oír-no oír”,
“decidir-no decidir” aparezcan únicamente como metáforas sensoriales, aluden
en realidad a cuestiones que tienen que ver con la dimensión simbólica del
vínculo entre ambos.
Desde una postura apresurada, puede sostenerse que el ver produce
mirada, que solo se trata de una alternancia entre uno que habla y otro que
escucha; sin embargo, los resultados del trabajo, el estado de algunos vínculos
y la imposibilidad de encuentro evidencian el carácter simplista de esa
afirmación.
El trabajo de asesoramiento propone encontrar lo inédito, hacer
diferencia en el volver a mirar lo ya mirado, escucha la escuchado y decir lo
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que alguna vez ya se dijo, porque nada será igual y el asesor esta frente al
desafío de no quedar capturado en aquello que cree conocido y de no entrar en
una búsqueda constante de lo nuevo, lo novedoso, lo nunca visto: una técnica,
texto, un recurso que termina teniendo valor por si mismo.
En uno de los extremos estaría el asesor que no puede desprenderse de
lo ya conocido, convirtiéndose en un simple repetidor de si mismo, que dando
indefectiblemente atado al pasado. En el otro extremo, la preocupación estaría
en alcanzar un futuro que quede desligado de lo que se viene haciendo y
donde el presente fuera inaugural cada vez.

El papel de la mirada y el punto de vista como lugar que se construye

En el trabajo de asesoramiento, varios interrogantes se plantean sobre el


tema de la mirada: ¿quién mira a quién?, ¿quién mira primero?, ¿qué mira
cada uno?, ¿sobre cuál mirada se trabaja?, ¿desde qué mirada se construye la
escena del asesor con el asesorado?
Retomando la perspectiva de Berenstein, y para comenzar a responder
algunos de estos interrogantes desde la idea de montaje, es necesario prestar
atención al intento que el asesor hace de producir una visión conjunta de los
hechos con sus asesores.
Construir una visión compartida de los hechos no es sumar o acoplar
miradas como en un rompecabezas, sino producir, a partir de la mirada de
cada uno, del registro que cada uno trae, un nuevo texto, una nueva trama. Lo
nuevo de este texto, de esta trama, es justamente el resultado de esta
intercontextualidad.
En palabras de Berenstein: el punto de vista es el lugar virtual desde
donde se mira una realidad que no es totalmente abarcable, por lo que habrá
de desplazarse por los distintos puntos desde donde se pueda mirar si se
desea tener una observación más abarcativa. ¿Visión propia y/o visión del
otro? Algo de equívoco se desliza si es necesario optar como sugiere la
disyunción (o esto o lo otro) ya que presupone elegir uno de los términos. En
realidad, la visión ampliada resulta de la conjunción de ambos (esto y lo otro).

La producción de un punto de vista compartido sobre la situación de


trabajo del asesorado marca la necesidad de alcanzar un lugar de encuentro
que funciones como punto de partida o plataforma de inicio del asesoramiento.
Sin embargo, compartir un punto de vista con el otro no significa pensar lo
mismo sobre todo lo que vemos, a veces ni siquiera alcanza con mirar las
mismas cosas. Implica compartir, aunque mas no sea provisoriamente, algún
sentido semejante de lo que cada uno ve en ese momento, aun cuando mas
tarde este pueda ser cambiado, revisado, complementado, etc.
Imágenes relativas al espacio y a la idea de reunión permiten aclarar
esta idea. Estar juntos en un mismo espacio y tiempo no garantiza que el punto
de vista se constituya como lugar de reunión. Es una condición necesaria pero
no suficiente. Requiere además alcanzar un sentido compartido que en algunos
casos supone un trabajo previo, dado que no necesariamente este punto de
vista se da como una situación de hecho. Cuando este sentido compartido no

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llega a constituirse, en su lugar aparece el malentendido, el no sentirse


reconocido en la versión que el otro tiene de los hechos.
La producción de un punto de vista comun supone también considerar la
existencia de “puntos ciegos”, que aluden a lo que el sujeto no puede ver,
incluso cuando su presencia en el campo visual sea evidente. En el
asesoramiento es interesante dejar abierta la interrogación acerca de qué es lo
que provoca no ver, y mas aun, no ver que no se ve. Se trata de una no visión
por partida doble: por un lado, no ver, y por otro, no ver que no se ve. La
renegación como mecanismo de defensa se apoya en el mismo supuesto de
doble negación: negar y negar que se niega.
Otro aspecto a tener en cuenta en relación con la mirada se relaciona
con el juego de presencia-ausencia del asesor en el espacio de trabajo del
asesorado. Algunas experiencias de asesoramiento muestran de qué manera
el asesorado construye una mirada sobre lo que ocurre en su situación de
trabajo, en la cual esta presente, desde su ausencia, la mirada del asesor. Algo
así como “si él estuviera aquí, estaría mirando tal cosa… o diciéndome, fijáte
tal otra.”
El asesorado porta la mirada del otro, la pone en circulación como ayuda
porque, en algún sentido, esa mirada pasa a ser una herramienta para hacer
visible e inteligible su campo de trabajo. Para ponerse en el lugar del otro es
necesario que el otro esté ausente, “mirar las cosas que los ojos de los que ya
no ven”, dirá Berenstei, en un movimiento de renunciar a una mirada completa,
totalizante, sin fisuras y de reconocimiento del asesor como una ayuda.
A partir de aquí, se abre otra cuestión ligada a las cosas, los hechos o
los fenómenos que capturan la mirada de cada uno.
Aquello que llama la atención a uno, asesor o asesorado, no
necesariamente llama la atención del otro. Aquello que para uno pasa a ser el
punto clave a observar para el otro puede aparecer solo como algo secundario.
Desde “no poder sacarle la vista de encima” hasta “imposible intentar mirar”,
existen múltiples situaciones posibles que tienen en común el hecho de mostrar
la relación que la mirada mantiene con los preconceptos, los juicios, los
prejuicios, las representaciones y las imágenes de quien mira.
Una mirada capturada puede referirse a una mirada que no puede dejar
de ver. Por momentos se queda uno capturado por aquello que moviliza y pone
en escena nuestros prejuicios y, entonces, es difícil sacar la mirada de quien
porta como rasgo de lo que no se acepta o no se quiere ver. También uno
queda capturado por lo que se impone desde la percepción y queda a la vista
mas allá de nuestro deseo, de nuestras ganas de ver.
En el otro extremo esta la mirada clausurada: una mirada que se cierra a
la vista como si se volviera ciega, una mirada que empieza y termina en un
mismo y que por lo tanto, se vuelve repetitiva y eternamente autorreferenciada.
Desde la mirada clausurada se rechazan las ideas de cambio y se impone
uniformidad a todo lo que se ve. La mirada clausurada va desde la continuidad
en las creencias, los pensamientos y las representaciones hasta el
sostenimiento de dogmas y de visiones monopólicas de la realidad y la censura
de todo aquello que la contradice.

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La escucha arriesgada y la no receptividad: “oye pero no escucha”

El tema de la escucha constituye un aspecto clave del trabajo de


asesoramiento, dado que por medio de ella el asesor "entra" en el relato que el
otro hace, encuentra pistas que por algún motivo le llaman la atención para
sería indagadas e interpretadas. Escuchar es mucho más que oír. Supone
operaciones complejas que, más a llá de la intención y la voluntad del asesor,
están ligadas al conocimiento y a la posibilidad de discernir y de tomar
contacto con los otros, manteniendo a su vez la distancia necesaria
El asesor escucha desde su implicación, su marco referencial su historia
personal y profesional, por lo cual siguiendo a Berenstein, "no hay relatos
aburridos sino escuchas aburridas, no hay viejos relatos sino viejos oídos."
El trabajo de asesoramiento requiere, de una “escucha arriesgada" que
permita dejar en suspenso las creencias, los prejuicios, las explicaciones
habituales que se tienen disponible: no basta escuchar para que se
produzca el milagro de la aparición de sentido. Eso también depende de la
naturaleza de la escucha. Escuchar y entender, es decir, comprender algo
inédito en la palabra pronunciada.”
Dicho de otro modo, la escucha arriesgada supone abandonar las pro-
pias certezas y. desde allí, avanzar con el otro en la comprensión de lo vivido
subjetivamente por él en su trabajo. La posición de escucha supone una serie
de riesgos que son inherentes y constitutivos de la misma. Se trata de volver
la mirada sobre la manera de atravesar estos riesgos, en un intento de
explicitarlos y operar sobre ellos.
En el trabajo de asesoramiento, un primer riesgo se da cuando ante la
palabra del otro el asesor inhibe su escucha evitando conmociones por un
discurso que expresa, a veces, sufrimiento dificultad e incertidumbre y que lo
desestabiliza. En situaciones como ésta, la dificultad del asesorado enfrenta al
asesor a sus propias dificultades y, a partir de allí, varias salidas son posibles:
desde devolverle al otro una imagen potente que niega la dificultad y el
sufrimiento que se está planteando, hasta reforzar esos sentimientos
consolidando en el otro una imagen de impotencia.
En ambos casos, se instala como defensa la negación y la renegación,
la racionalización de los hechos como modo de restablecer el equilibrio y la
estabilidad en riesgo. Cuando esto ocurre, la posibilidad de
entendimiento y de encuentro pueden verse resentidas. Sostener una
"escucha arriesgada'' supone, en cambio, aceptar que el sufrimiento, la tensión
y la dificultad son parte natural de todo acto de trabajo.
Si en este primer riesgo lo que está en juego es la reacción del asesor
ante las dificultades que el otro le presenta, un segundo riesgo, a asumir desde
la escucha consiste en aceptar que la realidad puede poner a prueba el saber
experto del asesor. Este saber nunca es completo y acabado. La misma
definición de asesoramiento que se propone, en la cual la mirada sobre la
escena de trabajo del otro es clave, hace suponer que este saber experto se va
construyendo permanentemente, en un proceso continuo de rectificación al
servicio de la comprensión.
Afrontar este riesgo i m p l i c a , entonces, aceptar la l i m i t a c i ó n de este
saber tan to para el asesor como para el asesorado. En el caso del asesor, por
tener que estar dispuesto a este proceso de construcción permanente, lo cual
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supone un impacto directo sobre el asesorado, en el sentido de que se ve


obligado a dejar de creer que el asesor puede ayudarlo en todos los casos, sin
fisura, sin duda alguna. Si el saber experto del asesor es fuente de legitimidad
y autoridad en el vínculo con el otro, este proceso de revisión y ajuste continuo
es un riesgo inherente al trabajo de asesoramiento. En muchos casos, lo que
se trata es justamente de sostener esta autoridad sobre la base de, o a pesar
de, este supuesto.………………………………………………………………….
Un tercer riesgo posible alude al compromiso del asesor con respecto a
los resultados que el otro alcanza en su trabajo, difíciles de anticipar y man-
tener bajo control de manera absoluta y permanente. En su lugar de
intermediario, el asesor no es el responsable directo y único de los resultados
que se obtienen, ni tampoco es totalmente ajeno a ellos. La responsabilidad
que asume respecto de los resultados del asesorado incide en el desarrollo del
trabajo futuro en tanto colabora en la comprensión, el análisis y la revisión de
estrategias, poniendo a disposición determinado conocimiento. En síntesis en
hacer más inteligible ese acto de trabajo desde una posición que implica
coparticipación y responsabilidad conjunta entre asesor y asesorado.
Qué ocurre cuando el asesor no puede escuchar la dificultad y el
sufrimiento del otro, cuando no acepta ver cuestionado su propio saber,
cuando no logra mantener la distancia necesaria con respecto al éxito o al
fracaso del asesorado.
La escucha arriesgada no es una empresa fácil y. sin embargo, es la
clave del proceso de elaboración de la demanda. A medida que el proceso de
asesoramiento, avanza, la posibilidad de sostener una escucha arriesgada,
supone el trabajo permanente sobre el contenido de la demanda. Siguiendo los
planteos de Dejours, la escucha arriesgada es al asesor lo que la demanda al
asesorado, en una relación de equidad entre palabra y escucha.

Unas palabras se dicen y otras se silencian

Las palabras se mantienen a lo largo del tiempo, no así lo que ellas dicen.
Tal como lo señala Larrosa y Skliar, no es lo mismo lo que la palabra es que
aquello que la palabra expresa. Se espera que las palabras estén al servicio de
la conexión emocional y de la circulación de sentidos.
Hay un hablar propio con el amigo, con la mujer, con la pareja con el
maestro con el alumno. Cada decir es diverso, más allá de la palabra que se
compartan. Cada contexto, cada relación, cada situación, impone la selección
de unas palabras y frases sobre otras.
Al hacer referencia a las palabras que producen mirada, se evoca algunas
situaciones en las cuales el asesor sólo cuenta con el relato que el asesorado
hace como única vía de acceso a la escena de trabajo de éste. En estos casos, el
punto de vista compartido del cual se habla resulta de la mirada, la palabra
que el asesorado porta de esa escena y a la cual el asesor nunca llegará con sus
propios ojos.
La palabra requiere ser oída para abrir la interrogación, el análisis la
comprensión. A veces es posible provocar alguna ruptura en la naturalización de lo
cotidiano y habitual. Hay palabras que procuran expresar sentidos al modo de una
traducción término a término, y otras proponen un nuevo texto, un nuevo relato como
resultado de la interpretación.
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Ulloa trabaja sobre una metáfora inquietante cuando se refiere a quines


predican en el desierto. Casi como una contradicción, porque el predicar se
define como divulgación y manifestación y al mismo tiempo, quien divulga y
predica no cuenta con quien lo escucha. Esta metáfora expresa tanto la idea de
un estar solo como la de un decir reiterado.
Si se lleva esta idea al trabajo del asesor, se puede pensar en quien repite
una y otra vez sin ser oído o en quien, movido a explicar, no advierte que se ha
quedado sin audiencia. Por momentos, esta compulsión tapona la palabra del otro,
su deseo, la diferencia. No permite acceder a la demanda, oscurece la
posibilidad de enterarse de lo que esta saliendo bien, de lo que el otro necesita.
También hay palabras vacantes, aquellas que nunca son dichas, como si
todos supieran de qué se trata y nadie dudara acerca de la uniformidad de los
códigos.
En algunas oportunidades, el asesor sigue el recorrido que le marca la
palabra encarnada en la demanda, pero también puede seguir la pista del silencio
que en el mismo sentido será portador de significados. Renau se pregunta
cómo se escucha el silencio y al mismo tiempo se responde qué será sólo
mediante los propios interrogantes o referencias que alertan sobre lo que no
está sobre lo que está silenciado.
Se habla del fracaso pero no se habla de todo aquello que sale bien, o al
revés, se habla de lo que se logra y se silencia aquello que debe ser revisado.
Se comparten argumentos para explicar las conductas hostiles de los niños y
nada se dice de las de los adultos. Es tema de conversación el vínculo
independiente de las familias con sus hijos y nada se dice de ese mismo vínculo
entre todos los maestros y los padres.
Un ingrediente que complejiza aun mas lo que se viene tratando es que a
veces lo silenciado se vincula a los secretos, los asuntos, las cuestiones y las
informaciones que se sacan de circulación bajo la fantasía mágica de que de esa
manera, se olvidaran, se esfumarán sin dejar rastro alguno.
El asesor se enfrenta a cuestiones que están más o menos dichas, más o
menos silenciadas, y no necesariamente es el encargado de poner palabras a
todo ello. Tal como la señala de Renau, puede ser un error “pasar
automáticamente del darse cuenta al hablar”, como si solo se tratara de un
cambio de cualidad en esas palabras: de silenciadas a dichas.
Ahora bien, en muchas oportunidades se escucha también un tipo de
palabra móvil, que implica atender fenómenos singulares, inéditos, que escapan
al orden de lo previsible y canónico. Siguiendo a Molinier, se podría relacionar la
palabra móvil con la idea de “ingenio” definida como:

Forma de inteligencia movilizada por el encuentro con lo real, entendido


en primer lugar como lo que se nos manifiesta por la resistencia opuesta
al dominio convencional. En este sentido lo real hace al acontecimiento,
sucede algo que sorprende nuestras expectativas.

La palabra móvil en el asesor deja en suspenso por momentos las


respuestas convencionales que se vienen dando para atender a lo que se
impone como nuevo o diferente.
Estas palabras producen mirada y requieren escucha cuando son
ajenas al principismo y a la radicalidad que algunos asesores sostienen como
baluartes. Desde ambos, a veces se intenta circunscribir lo que se escucha a
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un conjunto de categorías y explicaciones prefijadas. La compulsión a la


palabra, la palabra vacante, aquella que tapona, reduce la complejidad,
simplifica y constriñe el pensamiento, anula la diferencia y la dispersión que
todo relato contiene. Desde ella, todo será igual, muy semejante, casi parecido
a lo que ya se conoce. Una palabra que expresa una respuesta tipificada sólo
busca la confirmación de lo conocido mediante múltiples intentos por asegurar
que cada uno de los dichos se corresponda lo más ajustadamente posible con
una categoría prefijada de antemano, ahorrando tiempo y esfuerzo.

4. Asesorar desde un personaje

En cualquier trabajo, y por supuesto en el de asesoramiento cada uno


llega con lo que es, con lo vivido, con la experiencia acumulada, con una,
identidad forjada y se encuentra con otro que seguramente está en una,
situación semejante. El trabajo como espacio de actuación y representación
supone ese encuentro con el otro.
Para cada encuentro, el asesor construye un personaje que tiene algo de
él mismo, pero también algo de los otros: tienen ambos y eso facilita el
acercamiento.
En tanto recurso, este personaje no le pertenece únicamente a él, tampo-
co le pertenece únicamente a los otros. En todo caso, se construye en el
vínculo que resulta del campo del asesoramiento. El respeto por el otro, el
reconocimiento de su experiencia y su trayectoria, la aceptación de sus modos
de pensar y de sentir, aun cuando no siempre exista coincidencia con ellos,
son algunas de las reglas de juego que sostienen a este personaje en su
actuación para favorecer que ese campo de trabajo se sostenga.
Este personaje cómo superficie de contacto cumple una función de
ligadura establece conexiones entre el adentro y el afuera la interioridad y la
exterioridad, la realidad y la ficción, el sí mismo del asesor y el otro. Combina
lo lúdico, el juego, la simulación, la acción dramá[Link], pero también está
compuesto por lo real. Si bien hay en él algo de ficción, no es puro “como si”.
Este personaje dramatiza y juega con el imaginario, teatraliza y juega con la
ficción, pero ante todo es un personaje real.
En él se expresan actitudes, reacciones, pensamientos y emociones.
Algunas son transitorias, van y vienen; otras, en cambio, se repiten una y otra
vez como señales del sello personal que cada asesor le imprime a su
personaje. Por eso, el personaje cambia en cada vínculo y nunca es igual a si
mismo. Es permeable al cambio y puede sufrir repentinas alteraciones o
transformaciones. Este personaje se inventa y reinventa cada vez, pero no por
eso queda a la deriva, ni librado a la improvisación, ni a lo inaugural como
estado permanente. En todo caso, transita permanentes tensiones.
Desde este personaje, el asesor acompaña al otro. Entra en su escena
de trabajo desde un lugar que tiene algo de familiar y conocido, un lugar que
no se vive como ajeno. Es como encontrar el tono, el gesto, la palabra, la
frase, el movimiento, la mirada, la historia que aproxima lo suficiente como
para habilitar el encuentro y el montaje de escenas. También es encontrar el
modo de proponer cierta distancia para no quedar capturado y borrado en el
otro y su relato, en el otro y su escena de trabajo.
Este personaje, a la manera de un objeto transicional, sostiene un
movimiento continuo entre ilusión y desilusión. La ilusión es creada por el
asesor cuando confirma al otro en sus necesidades, sus posibilidades y se
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confirma disponible para la ayuda; la desilusión aparece gradualmente cuando


es posible aceptar errores, equivocaciones, marchas y contramarchas que
provocan frustración. En este sentido, el asesor en su personaje se ubica entre
el otro y su trabajo favoreciendo una suerte de desentrañamiento, incluyendo
otra mirada, abriendo la escucha, haciendo circular la palabra.

Capitulo 4
Epilogo: un final desde dos lugares

En principio, se reconoció al asesoramiento pedagógico como una práctica


en situación y desde una perspectiva institucional, se destacan algunas
condiciones que constituyen requisitos para su desarrollo. Se abordó así la
noción de campo dinámico y de montaje de escenas, y se resaltó que todo
trabajo de asesoramiento se sostiene en un vínculo que entrama textos,
historias, recorridos personales y profesionales y que supone la articulación de
por lo menos dos escenas de trabajo: la del asesor y la del asesorado,
Afirmar que este montaje es siempre imperfecto, que supone fallas y
desajustes, lleva a reconocer que el movimiento y la tensión son fenómenos
inherentes al trabajo de asesoramiento. Movimiento y tensiones que no
necesariamente están ligados a la dificultad, al sin salida, a los obstáculos, a lo
que no se puede o no se sabe hacer, sino que en sí mismos representan la
oportunidad para avanzar en la problematización de cuestiones ligadas al
propio quehacer. Es como volver a mirar, pensar e imaginar lo conocido, lo
probado y lo hecho desde un presente que nunca es el mismo y desde una
posición institucional que se redefine una y otra vez.
En este movimiento, el encuadre cumple una función central. Opera como
andamiaje y como punto de reparo tanto para el asesor como para el asesorado.
Constituye un marco más o menos flexible que sostiene el trabajo en el plano
instrumental y en el de la intersubjetividad.
El encuadre es siempre un encuadre en acción, más allá del grado de
enunciación o explicación que de él se haga. En lodos los casos, expresa una
actitud, un posicionamiento mental, una manera particular de mirar el campo de
asesoramiento y el acto de trabajo desde el cual se deriva la demanda, de
promover una escucha arriesgada y una palabra que abra la posibilidad de
ensayar nuevas respuestas a problemas más o menos conocidos.
Respuestas que, si bien en ocasiones pueden aparecer bajo la forma de
recomendaciones o propuestas de acción de diferente tipo, en su conjunto
constituyen la ocasión de volver a la cotidianidad del propio trabajo con otros
recursos para pensar y actuar en situación.
Para algunos asesorados, el asesor indefectiblemente tiene que contar
con determinado conocimiento, con saberes prácticos y experiencia en aquello
que es objeto de asesoramiento. Otros podrán privilegiar la posibilidad que éste
tiene de mantener un vínculo que garantice resguardo emocional. La capacidad
de ayuda también puede quedar asociada a la habilidad para promover la acción,
rara invitar al movimiento, sin que esto suponga imposición. En sentido inverso,
muchas veces se esquiva la ayuda de quien sólo admite una manera de ver las

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cosas, de quien ante el esbozo de una demanda responde dictando una clase
magistral.
Las expectativas sobre el asesor suelen ser también muy diversas.
Algunos esperan que el asesor responda cada una de las preguntas, las
necesidades y las demandas diciendo en cada oportunidad qué se debe hacer,
al modo de una prescripción o una recomendación práctica. En otros casos, la
expectativa es muy diferente. Además de una palabra, se espera una escucha
atenta y contenedora que, más allá del desahogo y la catarsis, permita recuperar
la calma para tomar distancia de la situación sin por ello dejar de involucrarse.
También se espera que el asesor suspenda su propio juicio y prejuicios para
pensar junto con otros, sabiendo que las respuestas a las que se lleguen no serán
únicas ni definitivas. Más allá de estas expectativas, existe algo que nunca se
espera del asesor: que minimice lo que al asesorado le pasa, que signifique su
problema como un problema que le pasa a todos y, por lo tanto, un problema
que no le preocupa a nadie.
A lo largo del texto seguimos cuestiones, otras tantas quedaron en
suspenso. Ciertos temas y problemas quedaron vacantes.
Un tema vacante es el trabajo de asesoramiento en escuelas con
población de alto riesgo, de extrema vulnerabilidad social. En estos casos, las
preguntas que se presentan más de una vez son: hasta dónde la ayuda que
puede brindarse desde una instancia de asesoramiento requiere de
condiciones especiales para garantizar la pertinencia, hasta qué punto se
ajusta a la necesidad del otro, cuál es el alcance y el límite que de por sí tiene
el asesoramiento como práctica de intervención cuando de lo que se trata es
de abordar cuestiones estructurales y urgentes que van más allá de las
posibilidades inmediatas de resolución, cómo hacer para responder a las
expectativas que pesan sobre el asesor en situaciones que lo interpelan tanto
en el plano personal como en el profesional hasta el punto de no saber qué
hacer, qué decir ni qué estrategias utilizar.
Otro tema vacante es la dimensión grupal del trabajo de asesoramiento.
En muchas ocasiones, por no decir la mayoría de las veces, el asesoramiento
implica trabajar con grupos y/o abordar situaciones que remiten a
configuraciones grupales de muy diverso tipo. La mirada del asesor puede
dejar en penumbras esta dimensión cuando no advierte la impronta que tales
fenómenos tienen sobre las personas, las relaciones interpersonales. el
desarrollo de los proyectos y las dificultades que se plantean en la realización
de la tarea. Atender fenómenos de este tipo supone incorporar un marco
referencial que contemple lo grupal como una dimensión siempre presente y en
continuo desarrollo.
Hay dos temas a destacar son: uno ligado a la formación para el trabajo
de asesoramiento y el otro, a la ayuda que el asesor requiere para ayudar a
otros.
Pensar en la formación para el trabajo o para el ejercido de un oficio,
como es el de asesorar, abre un campo de problemas de complejo tratamiento.
En principio, lleva a interrogarse sobre el sentido que se atribuye a la formación
en la perspectiva de un proceso de desarrollo personal y profesional a partir del
cual cada uno pueda ir forjando su estilo v su identidad como asesor.
Teniendo en cuenta que en el planteo aquí realizado no sólo se define el
asesoramiento como una práctica localizada en determinada posición
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institucional, sino también como una práctica transversal que involucra a


diferentes actores institucionales, cabría preguntarse por las condiciones que
en cada caso habría que considerar para que este proceso de desarrollo per-
sonal y profesional sea posible. Los interrogantes que se abren son muchos y
por cierto muy diversificados: desde la pregunta por el tipo de saberes que
cada posición de rol requiere para llevar adelante un trabajo de asesoramiento,
hasta la pregunta por los dispositivos de formación a emplear a fin de avanzar
en la comprensión de cuestiones que atraviesan a toda práctica de
asesoramiento y de aquellas otras que se relacionan con la singularidad de las
situaciones a enfrentar en el propio campo.
La ayuda que el asesor necesita recibir para poder, a su vez, ayudar a
otros, implica espacios de intercambio, de escucha experta, a la presencia de
otro que intermedie entre el asesor y su trabajo para que éste pueda mantener
la distancia necesaria, la contención emocional, la revisión y la generación de
propuestas ligadas a la acción. En algún sentido, se trata de una ayuda que
colabora en el proceso de formación, en tanto representa la ocasión de
desarrollar herramientas de análisis e inteligibilidad de la práctica de
asesoramiento a partir de la reconstrucción de la experiencia vivida y la
anticipación y la definición de las modalidades de intervención a ensayar en
cada caso.
Trabajar de asesor en este tiempo implica sumergirse en una
cotidianidad de por sí compleja. Y esto por varias razones.
Una de ellas consiste en entender que el asesoramiento abre un espacio
potencial de ayuda en el cual el asesor queda disponible para un otro quepor
momentos puede presentarse y vivirse como desconocido, tanto en lo referido
a su trabajo como a la demanda que plantea.
Otra cuestión alude a cómo sostener el sentido y la eficacia del trabajo
de asesoramiento cuando para el asesorado su tarea puede estar perdiendo,
sentido día a día, y se le escapa la posibilidad de apropiación y poder sobre su
propio acto de trabajo.
Una cuestión de no menor importancia es el cambio en la dimensión
temporal. Asesorar implica ofrecer una ayuda en situación, intentando
enlazarse a una historia y, una y otra vez, lidiando con la fragmentación, la
sensación de premura, la urgencia.
Asimismo la concepción de autoridad cambió. Se debilitó en la dimensión
intersubjetiva, política y social, y por momentos sólo se cristaliza a nivel del
individuo, impactando en forma directa el modo como se configura el campo de
asesoramiento.
Por ultimo, otra cuestión que aparece con fuerza en lo cotidiano es el
significado que tiene el pedido de ayuda cuando éste aparece ligado a la idea
de déficit. Pedir ayuda es entonces, mostrarse en falta, poner en evidencia lo
que uno no sabe, no puede, situación que se vuelve menos tolerable en contextos
institucionales en los cuales este significado forma parte de lo silenciado, lo
privado, lo que hay que callar para no poner en riesgo la imagen de sí y de los
otros.
Más allá de estas cuestiones, pensar y hablar sobre el asesoramiento
pedagógico tiene cada vez mayor sentido. Involucra un área de problemáticas y
temas potentes para seguir explorando el tiempo en que se vive

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Common questions

Con tecnología de IA

La mirada, la escucha y la palabra son componentes intersubjetivos claves en la relación de asesoramiento. La sincronización de estos elementos ayuda en la comprensión de la situación del asesorado, permitiendo la asignación adecuada de significados y la apertura a nuevos sentidos en el proceso de ajuste continuo que caracteriza el asesoramiento .

El encuadre es esencial para la intervención del asesor ya que define el lugar, la metodología y las modalidades de abordaje. Lejos de ser un conjunto fijo de reglas, el encuadre permite al asesor captar la esencia de lo que no cambia dentro de un contexto de continuo cambio, permitiendo una intervención más efectiva y adaptada a la situación .

Compartir un punto de vista en el asesoramiento significa alcanzar un sentido común provisional sobre la situación del asesorado, lo que requiere trabajo previo y no se da de manera automática. Es significativo porque crea un fundamento compartido para la comprensión y acción, aunque las diferencias de percepción puedan existir .

Definir el encuadre de manera descontextualizada puede llevar a una comprensión equivocada de las situaciones de asesoramiento, dado que no contempla las múltiples mediaciones necesarias para su concreción. Esto puede resultar en un abordaje rígido que no ajusta adecuadamente a las singulares necesidades y características del contexto .

Las constantes o invariantes del encuadre son un conjunto de reglas que regulan y contienen el proceso de asesoramiento. Estas estipulaciones fijan el margen de lo permitido y lo prohibido, estableciendo un contrato implícito entre asesor y asesorados. Su papel principal es proporcionar un marco estable que soporta el desarrollo del trabajo de asesoramiento .

El silencio en la relación de asesoramiento puede portar significados relevantes al señalar áreas de tensión no verbalizadas. Este silencio puede contener información crucial sobre la que no se habla, como éxitos ignorados o problemas no abordados, y requiere de un proceso de escucha atenta para extraer sus significados subyacentes .

La interpretación contribuye al asesoramiento pedagógico al permitir contextualizar las propuestas considerando la singularidad de cada caso, ayudando a otros a desarrollar formas de pensar y actuar sobre lo cotidiano de manera innovadora. Además, este acto de interpretación no sólo reconstruye significados, sino que también produce nuevos textos y sentidos en cada situación .

La idealización del asesor puede tener un estatuto ambiguo. Aunque ayuda a establecer un modelo a seguir, también puede clausurar tanto al asesorado como al asesor al instaurar ideales absolutos o represivos. Esta idealización puede asimilar seguidores, transformándolos en repetidores de un modelo, lo que puede limitar la creatividad y mutuamente dotar de sentido a las intervenciones .

El asesor es concebido como un intérprete que no se contenta con la mera comprensión o explicación, sino que avanza en la captación de condiciones subjetivas y objetivas, tomando en cuenta los modos de sentir y pensar de los individuos, así como la realidad externa. Este rol implica un trabajo de interpretación que no busca avanzar a tientas, sino contextualizar propuestas y acompañar en el desarrollo de nuevas formas de pensar y actuar sobre lo cotidiano .

El encuadre en el asesoramiento es crucial porque actúa como un marco que regula las condiciones de intercambio y define propósitos de la intervención. Esto puede influir en la práctica al evitar que el asesoramiento se convierta en un ritual sin sentido y permitir captar lo que es constante dentro de un proceso en movimiento, creando así un espacio seguro y apropiado para la interacción eficaz .

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