CINE ASIÁTICO AL BANQUILLO
Aunque con evidente ironía, el dramaturgo y diplomático francés Jean
Giraudoux (1882-1944) escribió: “El mejor modo de entrenar la
fantasía es estudiar Derecho. No hay poeta que se haya tomado
tantas libertades al interpretar la naturaleza como los juristas las
leyes”. Tomándonos esas libertades, intentaremos aplicar al mundo
judicial el más importante vehículo de ilusionismo que dio el siglo XX.
¿Pero existe realmente un cine jurídico o es una simple variante del
drama? Porque es evidente que detrás de cada juicio en la pantalla
hay un litigio, un conflicto, ya sea político, familiar, económico o
profesional. Partiendo de que los géneros son más producto de la
crítica que de los profesionales del cine y teniendo en cuenta que las
fronteras entre algunos son harto difusas, diría con Rivaya y De
Cima: ”Con un criterio temático y de forma genérica, se podría hablar
de cine jurídico para designar aquél que versa sobre asuntos propios
del Derecho, sobre una trama de significación jurídica, siempre que
el Derecho, eso sí, juegue un papel relevante en el argumento.” Es
decir, también serían cine judicial las películas sin juicios ni abogados,
pero que tenga un eje argumental relacionado con la ley.
Quizás mucho más que otras artes debido a la versatilidad de sus
lenguajes de comunicación, el cine muestra en gran medida la
mutación de valores y las normas de una sociedad. Así, la primera
que se nos viene a la mente es la estadounidense diseccionada en
grandes clásicos judiciales como Doce hombres sin piedad (1957),
Anatomía de un asesinato (1959) o Matar un ruiseñor (1962). Europa
también atesora sus clásicos judiciales como M, el vampiro de
Dusseldorf (Alemania, 1931), Rey y patria (RU, 1964), las francesas
El Proceso (1962) o El juez y el asesino (1976), Detenido en espera
de juicio (Italia, 1970), No matarás (Polonia, 1988) o En el nombre
del padre (Irlanda, 1993). Tampoco podemos olvidar el jurídico
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español como El verdugo (1963), El diablo también llora (1965),
Stico (1985) o La suerte dormida (2003). Pero también debemos
mencionar los mal llamados cines periféricos que representan el
Derecho: en Latinoamérica, cintas como El Chacal de Nahueltoro
(Chile, 1969), La boca del lobo (Perú, 1988) o La estrategia del
Caracol (Colombia, 1993); en África, Moolaadeé (Senegal, 2004),
Difret (Etiopía, 2014) o Timbuktú (Mauritania, 2014). ¿Y qué decir de
Asía?
Caminando hacia el sol, en una primera aproximación sería lógico
considerar casi temeraria una compilación de películas asiáticas de
cine jurídico, pero puede llegar a sorprender la gran cantidad de
títulos relacionados con el mundo del Derecho, incluso en los países
que menos lo practican. Obviamente, la inmensidad del continente y
diversidad de razas, sistemas políticos, culturas y religiones hace
imposible identificar patrones comunes o sistematizar recursos
técnicos y estilísticos; hay tantos mundos judiciales que filmar como
películas heterogéneas. Pero si hay un rasgo bastante común: suelen
representar una intensa imbricación entre norma y tradición, entre
ley y religión, como si en la mayoría de sus sociedades, desde Japón
a Israel, desde Afganistán a China, los privilegiados del pasado se
aferraran a las diferentes manifestaciones de lo que llamamos
costumbre para no ceder sus prebendas legales y seguir siendo los
privilegiados del presente y del futuro. Ante tamaña dificultad para
sistematizar esos cines, quizás baste de momento con ofrecer a
nuestro público una guía rápida de aproximación a esos mundos
judiciales del Lejano Este, empezando por Oriente Próximo y las
israelíes Los limoneros (2008) y El divorcio de Viviane Amsalem
(2014), 10 años y divorciada (Yemen, 2014), El insulto (Libano,2017)
o La candidata perfecta (Arabia Saudí, 2019). Mención aparte merece
la maravillosa escuela iraní que, a pesar de la censura, nos ha
regalado las excelentes Nader y Simin, una separación (Farhadi,
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2011), o La vida de los demás (Rasoulof, 2020) cuyo primer capítulo
es uno de los más memorables alegatos contra la pena de muerte de
la historia del cine. Más hacia el este, la afgana Osama (Barmak,
2003) y la india Agua (Mehta, 2005) denuncian el sinsentido de las
leyes que tratan de invisibilizar a las mujeres, mientras que Tribunal
(Tamhane, 2014) es una irónica y directa crítica al burocrático
sistema judicial hindú.
Siguiendo hacia oriente, el férreo sistema político chino no ha
permitido mucha producción jurídica a pesar de lo que tenemos Qiu,
Ju, una mujer china (Yimou, 1992), El último viaje del juez Feng (Jie,
2006), Los juicios de Tokio (Qúnshu, 2006) o Testigo silencioso (Xing,
2013). Más contemporáneo es el drama judicial en la liberal Corea del
Sur con Madre (Boon-ho, 2009), Silenciado (Dong-hyuk, 2011), El
abogado (Woo-seok, 2013) o El jurado núm. 8 (Seung-Wan, 2019). Y no
podemos terminar sin aludir a la gran filmografía de los confines del
continente: Japón. Por obvias razones históricas de libertades tras la
II Guerra Mundial, allí será donde encontremos los primeros títulos
judiciales con el descomunal Akira Kurosawa (Escándalo y Rashomon,
1950, o Crónica de un ser vivo, 1955); La calle de la vergüenza
(Mizoguchi, 1956) o Una esposa confiesa (Masumura, 1961). Más
recientes son Ace Attorney (Miike, 2012), El tercer asesinato (Kore
Eda, 2017) o Diciembre (Chauhan, 2022).
A pesar de la supremacía del cine hollywoodiense en este campo,
seguiremos la acertada reflexión de Jaime de Armiñan: “...en el Cine
y el Derecho, ya se hizo todo, pero todo está por hacer”. En este
caso, el cine judicial nos sirve no solo para reflexionar sobre la ley,
sino como excusa para seguir ofreciendo a nuestro público una oferta
cinematográfica variada mediante la aproximación a filmografías más
desconocidas, aunque sea a costa de sentar en el banquillo a cierto
cine asiático.
Emilio G. Romero
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