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Empresarios argentinos y peronismo (1945-1955)

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¿Industria sustitutiva o sustitución de industriales?

Los empresarios argentinos y


el periodismo (1945-1955)
Aníbal Jáuregui
II. Empresarios y estados en el apogeo peronista (1946-1951)
Con el triunfo de Perón en las elecciones de febrero de 1946, este ánimo opositor de los
empresarios a su figura decreció, pero no desapareció. Había quejas como la
inconstitucionalidad del “aguinaldo”, el ausentismo laboral en sus fábricas; la falta de
disciplina laboral. Los empresarios se sentían y mostraban como víctimas de las
políticas peronistas.
Uno de los aspectos fundamentales de Perón radicaba en la crítica al individualismo
liberal y en la proclamación de la necesidad de acudir a las organizaciones colectivas
para reemplazarlo. De esta forma, un corporativismo elemental, acompañaría la
aproximación de Perón al sindicalismo obrero. Esta actitud fue abandonada cuando se
percibió que podía dificultar la búsqueda de consenso entre los sectores laborales.
Distintos representantes de los empresarios fueron designados en lugares de suma
importancia para las corporaciones. Las empresas estaban sometidas a una gran cantidad
de reglamentaciones, herramientas de presión estatal sobre el sector privado. No había
canales oficiales de negociación.
En un aspecto los empresarios industriales se fueron inclinando a favor de la política
oficial: el sesgo anti-exportador. Solicitaban que se garantice el mercado interno frente
la competencia de los productos importados. Además, pedían que todas las compras del
Estado fuesen satisfechas por la producción nacional.
En los años 1946-1948, cuando las divisas abundaban, el gobierno utilizaba un sistema
de permisos previos para la importación de maquinaria, otorgados con cierta liberalidad.
A partir de 1949, la concesión de permisos de importación fue haciéndose más
restringida, en la medida en que la exportación decayó y las divisas pasaron a ser un
bien escaso.
El peronismo continuó con medidas de control de precios, pero ahora este control fue
concebido como una herramienta de redistribución del ingreso. Después se agregó al
sistema de precios máximos la instauración de porcentajes de ganancia.
Se dispuso además la posibilidad de la incautación de mercaderías en caso de que las
empresas no cumplieran con los precios fijados. La Policía Federal fue encargada de la
represión a los aumentos ilegales de precios. En 1946 se dieron disposiciones que
buscaban limitar al máximo la intermediación, un término lo suficientemente vago.
Como forma alternativa de control estatal para las empresas privadas se dictó una Ley
de Represión a los Monopolios. Eran consideradas operaciones monopólicas dificultar o
tender a modificar en otras personas la libre concurrencia en uno o varios ramos de
producción, los que aumentaran o se propusieran aumentar arbitrariamente las
ganancias, los que celebraran convenios para limitar la producción, los que abandonaran
cosechas con el objeto de provocar alza de precios y los que vendieran bienes o
servicios por debajo del precio de costo.
En compensación a estas regulaciones impuestas desde el gobierno se otorgaban una
amplia gama de subsidios, comenzando por los de tipo crediticio. Pero los aportes
estatales a la rentabilidad privada terminaron generando una mayor dependencia de las
firmas con relación al Estado.
Las empresas no eran débiles, sino que si el subsidio no llegaba las empresas podían
quebrar originando despidos masivos. Las empresas parecían preocupadas por la
cuestión de las organizaciones sindicales obreras.
Los portavoces empresarios aducían que la convivencia de obreros y empleados dentro
de una misma entidad afectaba negativamente la disciplina laboral dentro de la empresa
en virtud de que normalmente los empleados ejercían funciones jerárquicas superiores a
las de los obreros. La cuestión de la “falta” de disciplina en la empresa predominaba en
muchas manifestaciones públicas y privadas. Con posterioridad a 1947 el interés
principal pasó a centrarse en los problemas relativos a las comisiones internar y a las
huelgas “salvajes”.
III. La nueva política económica y las asociaciones empresarias (1951-1955)
Entre 1949 y 1952 la “economía peronista” entró en crisis, acomodándose a la
normalidad mundial y a la recuperación de Europa. Perón iniciaba en el primero de esos
años su carrera hacia la reelección, modificando, a través de una reforma la
Constitución, la norma legal que lo prohibía. Por otra parte, las nuevas condiciones
económicas requerían un nuevo elenco de los ministerios del área. Esta buscó una
colaboración más activa de los empresarios, quienes, sin olvidar la generación de
empleos y el pago de salarios, también debían considerar la calidad y la eficiencia
productiva.
A fines de 1951 se creó la Confederación General Económica. En 1952 la UIA
intervenida, pretendía una rehabilitación de esta con las cámaras adheridas. Mientras
que la UIA era una organización que agregaba intereses sectoriales, la Confederación
partía de un doble principio de representación. Por una parte, se confederaban
asociaciones provinciales o regionales y por el otro existía una participación directa que
democratizaba la vida interna. La organización interna de la CGE era extremadamente
compleja. Una forma concurrente de organización vino de la mano del cooperativismo.
IV. Una interpretación a modo de conclusión
La sólida asociación del empresariado con el Estado estaba sustentada en la autonomía
organizativa y en la utilización del poder de veto para las decisiones adoptadas por las
instituciones oficiales.
El régimen intentó durante la primera etapa dificultar la organización autónoma de los
empresarios. Pero luego se propuso intentar equilibrar la capacidad de negociación de
empresarios y obreros. Para ello se propuso recuperar el componente corporativo de la
acción empresaria recreando en la CGE, para alcanzar resultados satisfactorios le faltó
el tiempo necesario. Empresarios, gerentes y propietarios, se encontraban en una
situación de abierta dependencia del Estado, y por lo tanto, de debilidad frente a sus
demandas.

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