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Crisis Política y Económica en Argentina

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Derrotar el saqueo,

construir lo
estratégico

Documento para debatir la coyuntura


político-económica y las perspectivas
del campo popular
Este documento es la presentación en
sociedad de Argamasa, un colectivo en formación
constituido por compañeros y compañeras de
distintas procedencias políticas, pero con historias
en común de militancia, que ante los peligros
representados por el gobierno de Milei, tanto para
las conquistas históricas de la clase trabajadora
argentina, como para las políticas de memoria,
justicia y derechos humanos que honran y
enmarcan la democracia argentina, y hasta la
propia integridad de la Nación, y frente a la
pasividad que gran parte de la dirigencia política
del campo nacional y popular demuestra de cara
al avance del saqueo, lo mismo que el desamparo y
la desesperanza que atraviesa gran parte de la
militancia popular, nos convocamos para
desarrollar un instrumento político para la vida
digna de nuestro pueblo y el desarrollo nacional.
En lo que sigue, compartimos lo más
relevante de las reflexiones sobre coyuntura
político-económica que hemos construido
colectivamente en los últimos meses, para
finalmente apuntar el carácter que buscamos
darle a la organización política que comenzamos a
desarrollar abonando el pensamiento crítico y la
participación real de la militancia en la
construcción organizativa.
Presente y futuro
La Argentina enfrenta un momento crítico en que
un gobierno llegado al poder por el voto popular plantea
un programa de devastación de su economía, una ofensiva
brutal contra las conquistas de la clase trabajadora y los
derechos sociales y civiles y un alineamiento absoluto con
los poderes imperiales hasta, incluso, poner en riesgo la
misma existencia del país en tanto Estado nación, con
mínimos márgenes de autonomía.
En apenas algunos meses, con dos instrumentos
de dudosa constitucionalidad (el Decreto de Necesidad y
Urgencia 70/23 y el proyecto de ley “Bases” u “Ómnibus”),
que fueron redactados —en especial, en el caso del DNU—,
en gran medida, por estudios de abogados de grandes
empresas, el gobierno de Javier Milei se propone destruir
de un plumazo la arquitectura de regulaciones legales de
la economía hasta en sus cuestiones más básicas.
Mientras vacía la malla de contención alimentaria
sostenida por más de 40.000 comedores en todo el país,
estos instrumentos se encaminan a reincidir en la
privatización de las empresas públicas, se ensañan con el
sistema público de medios, la educación, la salud, las
industrias culturales y las normativas laborales, y hasta
apuntan a la destrucción de conquistas sociales básicas —
como la legislación en materia de cobertura de
discapacidad—. Intentan imponer, en nombre de la
“libertad”, la ley de la selva del mercado en un grado ni
siquiera soñado por antecesores directos, Martínez de
Hoz, Cavallo y Macri.

3
Simultáneamente a estos intentos de
transformaciones regresivas para el largo plazo, las
medidas económicas tomadas en lo inmediato por el
gobierno deterioraron en forma profunda y vertiginosa los
ingresos y el nivel de vida de la población. Este panorama
desastroso se ve agravado por la impotencia (cuando no,
la complicidad o la adhesión directa) de la dirigencia
política supuestamente opositora y la sensación de
desamparo y desesperanza de gran parte de la militancia
popular. La sumisión, especulación, falta de valor y de
patriotismo y, al mismo tiempo, de convicciones de la
inmensa mayoría de esa dirigencia es una de las marcas
de esta escena. Ver a gobernadores, tanto del radicalismo
(en sus distintas líneas), como del PRO, en las primeras
semanas de gobierno, atacar el proyecto de ley “Bases”
solo por el aumento de retenciones a las exportaciones
agropecuarias o la vuelta del impuesto a las ganancias, en
el caso de las provincias petroleras, sin decir una palabra
sobre el brutal ajuste a las jubilaciones o la posibilidad de
privatizar Aerolíneas Argentinas e YPF, cerrar la Televisión
Pública o volver al sistema de jubilación privada, muestra
una escena que no tenemos que perder de vista.
Por último, desde el primer día la política del
gobierno en materia represiva busca asegurar el control
de las calles, el amedrentamiento de la población, la
persecución a las organizaciones políticas y sociales y la
instalación de un clima autoritario que, rápidamente,
puede derivar en una situación protodictatorial. El
negacionismo del genocidio de la dictadura cívico-militar,
encarnado por la vicepresidenta Villarruel es uno de los
componentes esenciales de dicho esquema, junto con la
expertice represiva de Bulrich y el alineamiento absoluto
4
en materia de política exterior con la OTAN y el Estado de
Israel.
Se trata de un proyecto que no es una simple
profundización del menemismo ni un macrismo acelerado,
sino que —compartiendo las bases de anteriores etapas
neoliberales— busca una reconfiguración de fondo del
capitalismo argentino, tratando de dejar atrás todo atisbo
de proyecto industrialista o de desarrollo productivo
autónomo o soberano. Esa dinámica va llevando a la
conversión de la Argentina en el laboratorio de un nuevo
capitalismo corporativo en que las regulaciones no las
hacen los Estados, sino directamente las
megacorporaciones que concentran la riqueza a niveles
nunca antes alcanzados, y para las cuales los límites de la
democracia representativa o “liberal” ya solo suponen
obstáculos a remover en aras de la “libertad” de mercado
y la explotación de los recursos naturales y energéticos.
Este experimento —autodenominado
“anarcocapitalista”—, que convierte a gran parte de la
población en excedentaria y descartable, está captando la
atención de los factores de poder mundiales (con alta
expectativa) y de los sectores más atentos de la militancia
popular internacional (con gran alarma).
La descripción de las catástrofes que representa el
gobierno de La Libertad Avanza (LLA) para nuestro país
puede ser muy larga —a pesar del poco tiempo que lleva
de gestión—, pero estas breves líneas nos permiten
caracterizar a esta coyuntura como de importancia
estratégica. Nos encontramos en la complicada situación
de tener que resistir y evitar el avance en lo inmediato de
estas políticas destructivas y, al mismo tiempo,
reconstruir un proyecto popular que permita no
5
solo evitar sus peores consecuencias, sino ofrecer,
nuevamente, la esperanza de un futuro con justicia social
para nuestro pueblo, que recupere las mejores tradiciones
nacionales, populares y revolucionarias de nuestra
historia y que permita formular un proyecto
transformador acorde a los nuevos desafíos.
Al pensar el presente en clave de coyuntura
estratégica, nos referimos, justamente, a esta doble
condición de militar el presente para que no se imponga el
proyecto del gobierno de Milei, pero también para formar
parte de la construcción necesaria con la que derrotar
definitivamente a los enemigos del pueblo y de nuestra
misma existencia como nación.

6
LO ESTRATÉGICO
Aunque cada vez queda más claro, creemos
fundamental subrayar que este no es un ajuste neoliberal
más, sino una avanzada para la reconfiguración del
capitalismo argentino y del Estado en todo su armazón
jurídico y político, con un grave peligro de disolución del
Estado nación en manos de un capitalismo corporativo a
gran escala. Estamos frente a un laboratorio de un
modelo ultracapitalista que, además, se ubica como
vanguardia dentro de uno de los polos de la confrontación
geopolítica mundial (empezando con el rechazo a integrar
el bloque de los BRICS como puntapié inicial de una
política exterior “seguidista” de los Estados Unidos y de
Israel, propiciando la apertura económica y la
dolarización, en tiempos en que la mayoría de las grandes
economías por fuera de los EE. UU. y la Unión Europea
tienden a buscar la autonomía frente al dólar y a proteger
sus industrias).
Todos los pasos dados por Milei (incluso en plena
campaña) van en esta dirección. Ya no se puede ignorar
que hay un enorme proyecto de transformación regresiva
de la estructura socioeconómica y del Estado argentino
que se pretende imponer en tiempo récord y a sabiendas
de que ese tipo de metamorfosis requieren de mucho
poder de fuego y contundencia. El gobierno cuenta, para
ese objetivo, con el apoyo de lo más concentrado de la
clase dominante y de grandes poderes económicos
internacionales. Hay un claro sesgo hacia la apelación
abstracta al capital transnacional, en especial, el papel de
las megacorporaciones (para las que está diseñado el

7
Régimen de Incentivo para las Grandes Inversiones, RIGI,
incluido en la ley “Bases”)—, apelando a estos “grandes
inversores” como vector de ordenamiento económico
(por eso, solo los grupos locales altamente
trasnacionalizados, como Techint, son los que pueden
ganar en este esquema). Estos sectores, además,
intentarán aprovechar todas las oportunidades de
negocios y expoliaciones al Estado y al pueblo que Milei
habilite, aunque fracase, lo que acelera tanto los tiempos
políticos, como el deterioro social y económico de las
mayorías. Tanto el DNU como la Ley Ómnibus (en sus
diferentes versiones) dan cuenta de esa intención y de los
pasos concretos para llevarla a cabo.
El corazón del proyecto político de Milei, que estos
instrumentos buscan vehiculizar, es la desarticulación
meticulosa de todas las herramientas de regulación
económica en manos del Estado —por muy precarias y
laxas que sean— e, incluso, de normas sociales y de
derechos básicos que, en el paradigma de mercado
absoluto, no quedan gobernados por los principios de
acceso universal o de acceso garantizado para sectores
vulnerables o específicos, sino a merced del juego de la
oferta y la demanda. Junto con eso, aparece la entrega
total de los recursos naturales más codiciados en esta
etapa de la economía mundial, a través del RIGI u otras
herramientas, y la conversión de la legislación laboral (que
ya desde antes de Milei no rige para casi la mitad de la
población trabajadora) en un mero régimen contractual
guiado por las necesidades del capital. A diferencia del
discurso liberal clásico, Milei reivindica y defiende
abiertamente los monopolios y la concentración
económica, lo que —más allá de sus argumentaciones, que
8
rayan en el ridículo— indica la dirección inequívoca del
proyecto.
Simultáneamente, las medidas efectivas llevadas
adelante por el ministro de Economía, Luis Caputo (no por
casualidad, el principal responsable del tremendo
endeudamiento público y privado llevado a cabo durante
el gobierno de Macri), empobrecieron en forma veloz a la
clase trabajadora en su totalidad (tanto en lo que
respecta a los trabajadores formales, como a los
informales); encarecieron el costo de vida de la población
al tiempo que mantienen “pisados” los ingresos de los
asalariados, los jubilados y los pensionados; aumentaron
las tarifas de los servicios públicos, haciendo difícil la vida
de las familias de ingresos medios y bajos y multiplicando
los costos de la actividad productiva; y provocaron una
ola de despidos en el sector público y en el privado. El
resultado, en pocos meses, es una recesión (hay quienes
ya la califican como depresión) con inflación, que va
levantando la temperatura de la olla a presión en que
están convirtiendo al país.
En estos términos, las múltiples políticas
impulsadas por el gobierno apuntan a una
reestructuración política, social y económica de un
alcance que cuesta dimensionar. Por lo menos, tres
características de este proceso vuelven difícil equipararlo
a instancias previas o encontrar registros históricos
comparables:

3
9
El intento de una reestructuración social y económica,
profunda y simultánea, orientada a la desregulación
compulsiva y absoluta de la mayor parte de los
aspectos de la vida institucional y de la mayor parte
de la actividad económica, a través de instrumentos
jurídicos que apuntan a una reforma constitucional de
facto.
Una estrategia guiada más por la improvisación que
por lo planificado, en la que el gobierno se evidencia
partidario de una lógica de no gestión y de
destrucción, lo que incluye el desentendimiento
absoluto de áreas de gobierno y de la administración,
hasta el punto de ni siquiera tener que intervenirlas, ya
que se las considera, en los hechos, directamente
como inexistentes.
La decisión de avanzar en esas políticas aprovechando
al máximo la “ventana de oportunidad” abierta por el
56 % del voto obtenido en el ballottage, a pesar de su
debilidad parlamentaria, de su improvisación
institucional y del amateurismo que caracteriza a
vastos aspectos de la gestión. La legitimación última
no proviene de su propia fuerza, sino de la profunda
frustración popular con los resultados de las
experiencias políticas de los años anteriores y de los
cambios significativos en la subjetividad de gran parte
de nuestra sociedad, a los que no solo no se les dio
respuesta, sino a los que ni siquiera se les prestó
atención, ni desde los gobiernos, ni desde las
organizaciones políticas y sociales del campo popular.

10
El plan del gobierno de Milei tiene, como ya dijimos,
firmes bases en el proceso de implantación de una
economía neoliberal, que empezó con la dictadura de
Videla y Martínez de Hoz, tuvo su mayor consolidación
bajo el gobierno de Menem y Cavallo y volvió a ser
hegemónico con el macrismo, pero evidencia una
radicalidad mayor y es cualitativamente diferente. En este
sentido, las reformas planificadas por Federico
Sturzenegger (quien no solo se adjudicó la autoría del
DNU y la ley “Bases”, sino que tiene en carpeta 3.500
reformas legislativas más y resulta un personaje central
en el diseño de esta “refundación”, diseñada inicialmente
para la candidata Bullrich) y los grandes grupos
económicos resultan comparables con el
desmantelamiento del “socialismo real” en Europa del Este
tras la caída del Muro de Berlín.
Salvando las enormes distancias (es obvio que,
aunque Milei piense lo contrario, Argentina no es un país
socialista) tanto en el tipo de Estado y en las estructuras
económicas y sociales, como en el contexto de realización
de las reformas neoliberales, las que siguieron a la caída
de la Unión Soviética acometieron la misma tarea de
demolición total y sistemática de una estructura estatal y
de la consecuente transformación económica, política y
cultural de las naciones que la que aquí se intenta. Ambos
procesos se propusieron la eliminación de toda forma de
intervención regulatoria del mercado —y hasta la
supresión de la misma capacidad de acción del aparato
estatal— y la transformación de la economía y la sociedad
de acuerdo a los preceptos de un furioso libre mercado.
Las reformas postsoviéticas destruyeron (en mayor o
menor grado, según el país) la mayor parte de la
11
estructura jurídica y regulatoria de esas sociedades (en
ese caso, economías planificadas centralmente),
quebraron el armazón de protección y social y derechos
ciudadanos, lograron extender la idea de que todo lo
anterior había estado equivocado y que el libre mercado
era la única solución a cualquier problemática y,
especialmente, privatizaron el grueso de las empresas
estatales a través de diversos mecanismos acelerados.
Mientras otros gobiernos neoliberales buscaron
“reformas estructurales”, desregulación de mercados y
privatizaciones, iniciaron ciclos masivos de
endeudamiento, empobrecieron la salud y la educación
pública y un largo etcétera, el gobierno de LLA, como el de
Boris Yeltsin, busca borrar toda huella de la intervención
del Estado en la economía nacional y hacer un cambio de
régimen irreversible. En estos términos, la extinción de
toda función reguladora comprende, además, la
liquidación de cualquier dispositivo de redistribución que
dependa de políticas públicas, idea esta, en particular, que
ha sido expuesta varias veces y sin intermediarios, bien
mediante la expresión de un juicio de valor en el que la
justicia social es directamente equiparada a una
aberración, o lisa y llanamente considerando al hambre
como una simple “externalidad de consumo” que el
mercado tarde o temprano resolverá.
Todos estos elementos muestran que el gobierno
de Milei pretende imponer un cambio radical que
configure un nuevo modelo de economía capitalista de
máxima concentración que, si bien mantiene los aspectos
esenciales de anteriores etapas neoliberales, adquiere
características novedosas, que no pueden subestimarse.
La explicitación del presidente, en una entrevista a la
12
CNN, de que su objetivo principal es fungir de “topo
infiltrado” y destruir al Estado desde adentro confirma
estas presunciones y habla de un nivel de daño nunca
antes imaginado pero que, por ahora, parece ir de la mano
con el humor de buena parte de la sociedad que, a partir
de una guerra psicológica permanente, pasó de identificar
a “los políticos” como su enemigo a considerar al Estado
mismo como contrincante. El sostenimiento de estos
consensos con una brutal caída del ingreso, el consumo y
la calidad de vida de la población, sin perspectivas de
recuperación, es una de las grandes incógnitas de este
escenario.
Una particularidad nada desdeñable de esta etapa,
y que debe considerarse en toda su dimensión, es que
incluso un triunfo parcial de este proyecto conllevaría
regresiones económicas, sociales, de construcción
política y hasta de naturaleza jurídica y legislativa que
puede costar décadas revertir. Es por eso que recalcamos
que estamos frente a una coyuntura de carácter
estratégico, pues en el éxito o la derrota de este proyecto
se juega el destino de nuestro país, tanto en el futuro
inmediato, como en el largo plazo, lo que implica que
frenar a Milei sin construir una alternativa
es importante, pero no suficiente,
dado que nos llevaría a un nuevo
ciclo de derrotas políticas e
ideológicas.

13
Más allá del
economicismo
Es parte de las tareas del momento encontrar una
síntesis analítica que nos permita interpretar
correctamente qué está pasando con nuestro pueblo, que
en gran parte votó y (hasta ahora) apoya, o por lo menos
tolera, este proyecto claramente antipopular. Sin una
interpretación seria de este fenómeno, va a ser imposible
revertirlo. Las causas son, con toda seguridad,
multifacéticas, como ha dejado evidenciado distintas
observaciones que, desde el asombro, el enojo, la
condescendencia o la frustración, se han realizado en
diferentes ámbitos y formatos. Sin embargo, para poder
describir los distintos aspectos de este panorama,
creemos que es fundamental considerar las
transformaciones estructurales, políticas y culturales de
la sociedad argentina, que va gestando la ya larga
hegemonía neolibreal, y su relación con los cambios
profundos que el mismo capitalismo se va dando a sí
mismo a nivel global.
La cada vez mayor concentración del capital y la
hegemonía del capital financiero se conjugan con
transformaciones productivas y tecnológicas que
modifican sustancialmente las relaciones laborales y
sociales. El prolongado dominio neoliberal, con su ataque
sistemático a las conquistas del movimiento obrero y su
regulación mundial de la economía a través de
instituciones internacionales (no solo el FMI o el Banco
Mundial, sino las distintas instancias de promoción del
14
“libre comercio”), han ido generando un doble proceso de
consumismo desenfrenado y de destrucción del empleo
formal.
En nuestro país, tal predominio se expresó en la
paradoja de que el crecimiento de la economía durante los
gobiernos kirchneristas exacerbó la subjetividad
individualista del consumidor (y sus posicionamientos
políticos consecuentes), mientras por otro lado se
consolidaba un sector de la clase trabajadora
estructuralmente expulsada de la relación salarial. Ese
proceso se profundizó en el macrismo y no solo no se
redujo en el gobierno del Frente de Todos (FdT), sino que
quedó expuesto: la pandemia volvió evidente, a través del
ingreso familiar de emergencia (IFE), la presencia de una
población trabajadora no asalariada o informal tan
numerosa o más que la asalariada formal. Milei creció en
parte de estos sectores (incluso entre las bases de las
organizaciones sociales), aprovechando la frustración y la
destrucción de los lazos colectivos tanto en lo social
como en lo laboral. La permanencia de este fenómeno
político ideológico está por verse, no así el proceso
estructural de base que tiende a consolidarse ante la falta
de respuestas, de freno a la precarización y, sobre todo,
de alternativas.
Si la interpretación de las consecuencias políticas
de esta situación en la base popular puede discutirse, más
extendida es la percepción de la amplia utilización por la
ultraderecha de las nuevas tecnologías de la información
y la comunicación, que contribuyen a generar —
especialmente, en los ámbitos juveniles—, individuos más
egoístas y aislados, proclives a ser manipulados por
fake news y otras herramientas, o que asumen
15
plenamente valores de sectores sociales dominantes. El
efecto sobre la subjetividad popular y especialmente
juvenil es difícil de mensurar, pero mucho más de
combatir. El amplio uso de esas herramientas por LLA y
otras expresiones internacionales de la ultraderecha es,
hasta el momento, avasallante. Esto debe articularse,
posiblemente en un grado creciente, con que el hecho de
que el apoyo electoral al gobierno también vehiculiza una
serie de consensos ideológicos de la derecha que exceden
el voto a LLA y remiten directamente a arraigadas formas
de antiperonismo, que alcanzaron una expresión orgánica
en el apoyo electoral al PRO y a Juntos por el Cambio en
elecciones anteriores, y que se reafirman
estratégicamente en este escenario.
Aunque se expresó y se expresa en apoyos
electorales y resultados de encuestas que ocupan gran
parte de la artillería mediática cotidiana, el telón de fondo
de estas adhesiones y rechazos excede en mucho a las
identificaciones partidarias del último proceso electoral y
remite a deslizamientos subjetivos más profundos de gran
parte de la sociedad. De manera sumaria, en este
inventario de alteraciones de fondo, podemos incluir la
emergencia y afianzamiento de subjetividades antipolíticas
y autoritarias, el debilitamiento en la confianza
socialmente depositada en la política y en el Estado como
herramientas de transformación social y, en un sentido
más amplio y preocupante, el achicamiento general de
consensos en torno de los valores democráticos o ligados
al paradigma de derechos humanos.
Al mismo tiempo, el fracaso del FdT y la
consecuente decepción entre amplios porcentajes de sus
votantes es otro aspecto del abanico de causas que
16
llevaron a Milei a la presidencia. No se trata solo del
hostigamiento permanente de los medios hegemónicos.
De alguna manera, la apuesta por un “segundo tiempo”
para Macri o Larreta también fue derrotada, aunque el rol
de los medios en la siembra que terminó cosechando LLA
no haya sido desdeñable. Se trata de hacer un balance
serio y despojado de “internismos” (cuya permanencia no
haría sino prolongar una parte no poco importante del
problema) de lo que en rigor es un fracaso político en toda
la línea y que será difícil de revertir.
Especialmente, es importante cuestionarse hasta
qué punto sirven las interpretaciones economicistas de
este fenómeno, que implica pensar que la derrota de
Unión por la Patria (UxP) se debió a la inflación y la
marcha de la economía, sin tener en cuenta las
transformaciones profundas en la subjetividad popular y
la pérdida de conciencia de clase entre la masa
trabajadora (entendiendo que esta, como dijimos antes,
atraviesa un proceso de profunda segmentación, que
resulta en una heterogeneidad que va mucho más allá de
la representación sindical de los formalizados), junto con
el deterioro permanente de las condiciones de vida de
amplios sectores populares que no se dieron en un par de
años como resultado de la inflación y la pandemia, sino
que tienen una profundidad que las políticas económicas y
sociales más progresivas del período kirchnerista no han
logrado resquebrajar.
Pensar en términos economicistas implica esperar
que las malas condiciones de vida generadas por el
gobierno anarcocapitalista hagan el trabajo por sí solas.
Una especie de nuevo pensamiento mágico (que, en tal
sentido, emula el “vamos a volver”) que deberíamos
17
cuestionar seriamente, porque da por sentado que en esta
etapa lo importante no es frenar la destrucción, sino
preparar el nuevo frente electoral, salir en la foto
correcta y disputar los lugares en el próximo gobierno.
Por ese camino ya transitamos.

18
LA DESORIENTACIÓN
Probablemente, desde el punto de vista de la
militancia social y política, lo más angustiante sea la
desorientación y la falta de un rumbo e, incluso, la
carencia de una voluntad de oposición entre la dirigencia
política hasta ahora reconocida y que tuvo diferentes
responsabilidades en el gobierno del FdT, pero también
entre todo tipo de organizaciones sociales y sindicales. Si
el liderazgo ampliamente legitimado durante dos décadas
no solo se muestra dubitativo, sino que se dedica a la
interna, la sensación de estar a la deriva se agudiza.
Incluso las movilizaciones masivas, como la marcha
universitaria o la del 24 de marzo, no parecen poner
demasiados frenos al proyecto ultraliberal si después no
hay fuerza política para explotar esa potencia.
La desorientación se expresa también en la lógica
con que encara la situación gran parte de la dirigencia
política o sectorial, que intenta el “toma y daca” y actúa
como si no entendiera las particularidades de un gobierno
que no tiene la negociación (hacia abajo) como un valor y
busca la destrucción y el avasallamiento de quienes se le
opongan. La contundente victoria de Milei en la segunda
vuelta electoral de 2023 y su aún amplio apoyo en parte
de la sociedad no justifica ni hace “prudente” la pasividad
ni, menos aún, el colaboracionismo con un proyecto
autoritario y antipopular con consecuencias de largo
plazo obviamente negativas, pero también
tremendamente imprevisibles.
Estas cuestiones son síntomas que evidencian el
agoramiento de un modelo de construcción política que
19
fue hegemónico los últimos veinte años en el campo
popular, incluyendo centralmente (pero no sólo) la
experiencia del kirchnerismo, que ya no responde a los
desafíos del momento, a esta nueva configuración social y
política y, mucho menos, a las expectativas populares. No
es solo un problema de conducción, es un problema de
cómo se estructura la organización política y social y
cómo se reconstruye la militancia, que son las
herramientas necesarias para comenzar un proyecto de
regeneración de un tejido popular que sostenga un
proyecto político transformador.
Una respuesta que solo se mueva en el plano
defensivo nos encajona en el rol conservador de lo
existente, que es el lugar simbólico que nos asigna la
ultraderecha. Si lo único que tenemos para ofrecer es la
vuelta a un pasado mitificado (sea 2015, 1945 o 1917) no
solo no estamos dando respuesta a aspiraciones sociales
novedosas (incluso cuando necesitemos revertir la
subjetividad que provoca gran parte de ellas), ni
generando herramientas para construir un proyecto a
futuro, sino que nos ubicamos exactamente en el lugar
que nos viene adjudicando la derecha, la de defensores
(por conveniencia) de un pasado que tiene la culpa de los
males del presente, sea “populista” (en la versión
macrista) o “socialista” (en la propia de la ultraderecha de
Milei). Esto no significa renunciar a las viejas ideas, sino
poder tomar lo mejor de esas tradiciones y potenciarlas
como un proyecto de futuro que incluya la crítica de las
experiencias anteriores y propuestas de cambio, incluso, o
mejor dicho, sin tenerle miedo a estas propuestas sean
revolucionarias (también deberíamos rediscutir el
significado de lo revolucionario hoy en día). Quizá el lugar
20
que Milei nos adjudica, el de los nefastos “colectivistas”,
sea el que tengamos que reivindicar, dado que hemos
perdido esa dimensión de transformación profunda y
colectiva de nuestra sociedad para convertirnos en meros
gestores o aspirantes a gestores de lo existente.
En ese sentido, es necesario poder debatir todo,
desde los procesos socialistas del siglo XX hasta las
distintas experiencias populares de nuestro país y, más en
lo inmediato, los orígenes de la aparición de una derecha
con manejo de masas y de calle, y no solo de medios y
poder económico y represivo. Y, por supuesto, hacer un
balance profundo y crítico de la experiencia kirchnerista y,
en particular, del gobierno de Alberto Fernández,
asumiendo que la responsabilidad (en diferentes grados)
no fue solo del personaje o los personajes protagónicos,
sino de gran parte de las organizaciones populares que
participaron, con mayor o menor grado de
responsabilidad, de ese gobierno.
Esto implica también la reconstrucción de una
tradición militante histórica con bases éticas y
programáticas, que ayude a la reconstrucción de una
subjetividad popular que priorice lo colectivo y lo solidario
retomando nuestra historia popular de lucha y de
pensamiento crítico, intransigente con las conductas
corruptas o abusivas. En otras palabras, recuperar la
militancia desde abajo, preocupada por fomentar la
organización popular y con formación política. Una
militancia que se aleje de la percepción largamente
cultivada de que sin el manejo del Estado (de los recursos
del Estado) no se puede hacer política. Que cuestione el
verticalismo y la falta de discusión como formas naturales
de la organización y la obediencia a jefaturas que, más que
21
“bajar línea”, son oráculos inaccesibles que un día pueden
decir una cosa y otro, la contraria, por motivos conocidos
solo por una mesa chica (generalmente minúscula) que
prioriza intereses de disputa del aparato, cortoplacistas y
hasta personales. Este tipo de organización y estilo de
conducción es el menos adecuado para una coyuntura
estratégica como la que hoy vivimos, incapaz de
reorientarse en una situación en que las viejas mañas
pierden sentido y solo profundizan la derrota.

22
Reconstruir
Un proyecto
Reconstruir un proyecto político y social implica
construir un diagnóstico común, un programa y una
organización acorde. Aunque esta tarea excede a este
colectivo en formación, hay aportes que podemos y
queremos hacer y a eso convocamos. No se trata solo de
identificar problemas y analizarlos, sino de proponer
salidas y participar de la vida política y social realmente
existente, que implica también trabajar para —por lo
menos— reducir los daños de la coyuntura. No estamos
proponiendo un laboratorio intelectual, o un decálogo
moral, sino una propuesta de acción política, que hay que
construir y elaborar, basado en diagnósticos comunes,
organización colectiva y la participación en la experiencia
concreta.
Esto implica no solo pensar en cómo recrear
condiciones de vida dignas para nuestro pueblo y una
inserción internacional de nuestro país que garantice
condiciones para el desarrollo, en un mundo cada vez más
conflictivo y en riesgo de catástrofe ambiental. Hay que
poder pensar también en los condicionantes que impone
esta etapa particularmente agresiva del capitalismo, el
peligro de estar sometidos a una experiencia de
laboratorio de la extrema derecha y de una fase superior
de lo que se ha llamado acumulación por desposesión o,
en otras palabras, una continuidad del saqueo
permanente a las periferias, ahora lanzado a una
expoliación brutal, no solo de los recursos naturales, sino
3
23
también de la acumulación social de más de un siglo de
luchas populares.
Para esto hay que romper o por lo menos
cuestionarse la idea del “Estado presente” como única
solución posible para los problemas y los avances
populares. El manejo de los recursos y el aparato estatal
es necesario, pero ha demostrado, sobre todo y con toda
crudeza, en la última experiencia del Frente de Todos, que
no alcanza. No es una novedad (de hecho, se debate desde
por lo menos la Comuna de París) la constatación de que
no se puede crear lo nuevo con las viejas herramientas
pensadas para la dominación. No es extraño que, una vez
más, haya pasado lo esperable, y la clase dominante haya
recuperado el control y vaya, ahora, por una revancha
total.
Un nuevo proyecto de sociedad tiene que incluir
una estrategia de desarrollo productivo que no se
conforme con la lucha por la redistribución de algunos
excedentes de la renta exportadora; tiene que ampliar y
diversificar la base productiva; tiene que cuidar, pero
también expandir, los recursos para mejorar las
condiciones de vida del pueblo, pero en forma alternativa
al brutal extractivismo que destruye el medio ambiente y
la vida de las comunidades; debe poder controlar y poner
en caja al poder financiero y oligárquico; y,
principalmente, construir el poder popular necesario para
poder dar esa pelea.
El desarrollo productivo no puede ignorar la
organización comunitaria y autogestionada, sino incluirla
como parte crucial de la política económica. Empresas
recuperadas, organizaciones de la ecomomía popular,
experiencias comunitarias territoriales y rurales no son
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cuestiones del “mientras tanto”, expresiones
circunstanciales y provisorias de la lucha social y los
efectos del neoliberalismo hasta que el “mercado de
trabajo” se recupere y el empleo privado renazca. En el
capitalismo contemporáneo y regresivo eso no va a
suceder, así como no pasó en las últimas décadas. Estas
organizaciones son, en cambio, los embriones de una
nueva lógica económica. El rol del Estado no es contener,
sino sostener y apoyar su desarrollo. Va de suyo que las
lógicas clientelares y la discrecionalidad para la
asignación de recursos va directamente en contra de esta
y cualquier otra construcción de poder popular, así como
la idea de usar el aparato estatal como una caja para
fortalecer tal o cual organización está lejos de cualquier
práctica emancipatoria y del compromiso de construir un
Estado potente para fortalecer un proyecto nacional.
Todo supone realizar una crítica a las ideas
dominantes en el campo de lo económico, de la
organización social y las prácticas culturales y recuperar
un horizonte de futuro que no se conforme con defender
lo logrado, que entienda a las mayorías que se han ido
quedando afuera de esas viejas conquistas, sino que se
anime a debatir todo, incluyendo la democracia
representativa, el rol de los distintos sectores y clases
sociales, las formas autogestionarias y comunitarias de
organización social y económica y la
conformación de nuevos proyectos
político-ideológicos, sin ignorar, ni
desconocer nuestra rica historia de
luchas populares y pensamiento
nacional, popular y
revolucionario.
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Nuestra convocatoria
Este es un documento de emergencia. Busca
condensar un debate colectivo, pero al mismo tiempo en
construcción. Quienes convocamos a dar este debate y
organizarnos en estas claves somos un grupo de
compañeros y compañeras con trayectorias militantes
diversas y distintas pertenencias y campos de actuación,
pero convencidos de que debemos hacer un aporte a la
reformulación de ese proyecto popular, de pensar y
construir lo estratégico sin dejar de actuar en la
resistencia y la lucha activa. Creemos que esta etapa
requiere todo el compromiso que podamos aportar.
Sabemos que este será un espacio más de los muchos que
existen y se generarán en estos tiempos tan críticos y
desafiantes. Nuestro aporte específico lo iremos
construyendo con el tiempo, los encuentros y las
discusiones.
Y esta tarea debemos encararla sin temerle a
ningún debate, sin someternos a ningún posibilismo,
tacticismo o conducción omnisciente que nos imponga
qué podemos y qué no podemos discutir, y dando
respuesta a la necesidad de vencer el anquilosamiento y la
burocratización del grueso de la dirigencia política y, en
muchos casos, de las propias organizaciones populares y
de superar la pobreza de análisis y falta de debate político
y teórico imperante, todas cuestiones que están en la
base de la impotencia política que nos ha conducido hasta
esta situación. Al mismo tiempo, es fundamental poder
reconocer que, si bien el proceso que atraviesa la
Argentina tiene particularidades propias de nuestro país,
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existe también un claro sesgo internacional y de época, y
que hay que hacer un esfuerzo para entender su
complejidad, porque sin análisis certero no hay estrategia
política efectiva.

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Junio de 2024 argamasacolectivopolitico@[Link]

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