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TEMA 41. Nacionalismo y Liberalismo en La Europa Del S. XIX

Este documento trata sobre el nacionalismo y el liberalismo en Europa durante el siglo XIX. Explica las revoluciones burguesas de 1820, 1830 y 1848 impulsadas por estos movimientos, y las unificaciones de Italia y Alemania en la década de 1860.

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TEMA 41. Nacionalismo y Liberalismo en La Europa Del S. XIX

Este documento trata sobre el nacionalismo y el liberalismo en Europa durante el siglo XIX. Explica las revoluciones burguesas de 1820, 1830 y 1848 impulsadas por estos movimientos, y las unificaciones de Italia y Alemania en la década de 1860.

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TEMA 41. Nacionalismo y liberalismo en la Europa del S.

XIX

Índice

Introducción

1. Las revoluciones burguesas


1.1. El liberalismo político durante el siglo XIX.
1.2. Las revoluciones de 1820.
1.3. Las revoluciones de 1830.
1.4. La “Primavera de los pueblos” de 1848.

2. Las unificaciones de Italia y Alemania


2.1. El nacionalismo.
2.2. La formación de Italia.
2.3. La unificación alemana.

Conclusión

Bibliografía

1
Introducción
En la Europa continental, el sistema del Congreso de Viena (1815) encontró la
oposición del liberalismo progresista, que favorecía el progreso social. Para esta
doctrina, Metternich y sus seguidores estaban reaccionando contra el progreso,
por lo que fueron calificados como reaccionarios. En el lado del progresismo
también estaban los nacionalismos, que coincidían con el liberalismo en su re-
chazo de los regímenes reaccionarios.
Los conflictos que se sucedieron entre 1820 y 1870 estuvieron alimentados por
el liberalismo y el nacionalismo, y terminaron con el orden establecido en Viena.
Las primeras oleadas revolucionarias acontecieron en 1820 y 1830. La última
oleada revolucionaria, la “Primavera de los pueblos” de 1848, fue la más trans-
cendental, pues significó el inicio de la cuestión social, la implantación del sufra-
gio universal masculino y la defensa de un régimen más amplio de libertades.
Finalmente, la década de 1860 culminó con la aparición de dos poderosos esta-
dos: Italia y Alemania.
El tema está estructurado en dos grandes bloques. El primero se corresponde
con las sucesivas oleadas revolucionarias de 1820 a 1848. En el segundo bloque
se aborda el tema del nacimiento del nacionalismo, así como las unificaciones de
Italia y Alemania.

1. Las revoluciones burguesas


1.1. El liberalismo político durante el siglo XIX

Tras la derrota de Napoleón, los representantes de las potencias vencedoras


(Austria, Rusia, Prusia y Reino Unido) se reunieron en el Congreso de Viena para
restaurar el orden político tradicional, la alianza entre absolutistas, la Iglesia y la
aristocracia. El sistema político de la Restauración, ideado por el canciller aus-
triaco Metternich, buscaba la creación de un equilibrio de poderes y poner freno
a los movimientos revolucionarios. Pero la reacción de las potencias absolutistas
tuvo que enfrentarse a la pervivencia del liberalismo y las identidades naciona-
listas, difundidas mediante la imprenta, grupos de exiliados y sociedades clan-
destinas.
El liberalismo político mantenía su defensa de la separación de poderes, con
un poder ejecutivo representado por la monarquía y el Gobierno, y un poder
legislativo ejercido por los parlamentos, considerados la base de la vida política
al integrar a los representantes de la nación. Otro de los principios fundamenta-
les del liberalismo es el de la soberanía nacional, principio que estipula que el
poder recae en los ciudadanos varones (no en las mujeres) y debe ser ejercido
por instituciones representativas.
Así, el liberalismo defiende el derecho a la elección de los representantes polí-
ticos a través del sufragio, que reconoce el derecho solo al voto masculino, como
manifestación de la soberanía nacional. Pronto surgieron dos tipos de sufragio,
el restringido y el universal. Para la elección de los representantes y del Go-
bierno se convocan elecciones, a las que acuden los partidos políticos, cuyo ante-
cedente fueron los clubes de la Revolución francesa.
El fundamento del sistema liberal está garantizado en la redacción y aplica-
ción de una constitución, en la que se garantizan los derechos y libertades consi-
derados fundamentales: libertad de expresión, abolición de la censura, libertad

2
de propiedad privada o separación entre Iglesia y Estado, asunto conflictivo, que
pretendía reducir los privilegios y la influencia política de la Iglesia.
No obstante, el liberalismo adoptó dos tendencias fundamentales a lo largo
del siglo XIX:

a. Liberalismo doctrinario o conservador. Es la vertiente conservadora y


reaccionaria del liberalismo, que teme la revolución social, defiende los
intereses elitistas de la oligarquía y la igualdad jurídica. Justifica la de-
sigualdad social a partir de la soberanía compartida con la Corona, el su-
fragio censitario y la restricción (censura) de libertades, para garantizar
el orden público.
b. Liberalismo progresista, revolucionario o radical, el cual pretende acabar
con todas las instituciones del anterior orden político, descentralizar el
poder y establecer la igualdad social y jurídica mediante la defensa de la
soberanía nacional, el sufragio universal masculino y la concesión de un
mayor número de libertades.

1.2. Las revoluciones de 1820

La primera oleada revolucionaria de 1820 se produjo en los países del entorno


mediterráneo. Los levantamientos en estas zonas no surgieron del pueblo y con-
taron con escaso apoyo popular. Se trata de pronunciamientos militares prepa-
rados por asociaciones secretas, compuestas en su mayoría por militares, fun-
cionarios, comerciantes e intelectuales. Asimismo, estos países poseían todavía
sistemas socioeconómicos tradicionales y la ideología mayoritaria no se corres-
pondía con los ideales del liberalismo que defendían los sublevados.
El primer pronunciamiento militar comenzó en España en 1820, con la subleva-
ción de Rafael de Riego en Andalucía, el cual contó con el apoyo de parte del
ejército y las clases urbanas, obligó a Fernando VII a aceptar la Constitución de
1812 y precipitó la independencia de las colonias españolas en América. Su
ejemplo impulsó las revueltas liberales que estallaron en Nápoles, el Piamonte,
Portugal y Grecia. En Rusia, los decembristas intentaron suprimir la autocracia
zarista en 1825. También hubo revueltas en Alemania y Polonia.
Estos movimientos fracasaron y fueron duramente reprimidos por las fuerzas
absolutistas de la Europa de los Congresos, que eliminaron los regímenes consti-
tucionales en Portugal, Nápoles, Piamonte y España. El único que acabó triun-
fando, después de una larga guerra de independencia (1821-1829), fue el levan-
tamiento de los griegos contra el dominio turco.

1.3. Las revoluciones de 1830

La segunda oleada revolucionaria se desarrolló en el interior de las potencias


europeas, donde se dejaban sentir cada vez más los efectos económicos y socia-
les del capitalismo industrial. El pueblo hizo acto de presencia como fuerza polí-
tica, por lo que los movimientos de masas aparecieron de nuevo. Además,
irrumpieron con fuerza los movimientos nacionalistas en muchos países euro-
peos.
En Francia, la revolución tuvo su origen en la política reaccionaria, de vuelta
al absolutismo, de Carlos X (disolución de la Cámara de Diputados y supresión de
la libertad de prensa). Las masas populares, que levantaron barricadas en Paris

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(“gloriosas jornadas”), contaron con la complicidad de una parte del ejército. La
insurrección se extendió por todo el país y obligó al rey a marchar hacia el exi-
lio. El trono fue ocupado por Luis Felipe de Orleans, un monarca dispuesto a fa-
vorecer los intereses de la burguesía y a promulgar una constitución de carácter
liberal.
Siguiendo el ejemplo francés, la revolución se extendió a Bélgica. El reino de
los Países Bajos había sido creado por el Congreso de Viena como un “estado ta-
pón” y albergaba dos sociedades, muy dispares. Las provincias del sur, de mayo-
ría católica, habla francesa y con un gran desarrollo económico, se oponían al
dominio político holandés del norte. Expulsadas las tropas holandesas, una coa-
lición de católicos y liberales proclamó la independencia de Bélgica, ratificada
por las grandes potencias en la Conferencia de Londres de 1831. La lucha políti-
ca de los belgas iba unida al liberalismo, reflejado en la Constitución de 1831. En
Polonia se produjo una revuelta nacionalista contra la opresión rusa. La repre-
sión zarista posterior del absolutismo de Alejandro I acabó con la autonomía
polaca. Igual suerte corrieron los levantamientos en algunos territorios italianos
y los Estados pontificios, aplastados por las tropas austriacas.
Los movimientos de 1830 originaron un distanciamiento entre las potencias
occidentales y el bloque de la Santa Alianza, que reafirmó su antiliberalismo. A
partir de entonces, en la Europa occidental el forcejeo político tendrá lugar entre
los liberales moderados y los grupos a su izquierda: los “progresistas”, los demó-
cratas y los socialistas.

1.4. La “Primavera de los pueblos” de 1848

El movimiento revolucionario de 1848 fue el final del ciclo revolucionario


abierto en 1815 contra la hegemonía de las monarquías absolutistas. La “Prima-
vera de los pueblos” fue el estallido más general de los que se habían producido
hasta el momento y afectó a la Europa más industrializada y a las zonas más
atrasadas.
El malestar social que existía en Europa en 1848 estaba motivado por la crisis
de subsistencia, producida por las malas cosechas y la carestía de alimentos de
primera necesidad. La crisis agraria afectó también a la industria, empobrecien-
do a los artesanos y al proletariado. Además, se producía una crisis propia de la
nueva economía capitalista. La demanda de productos industriales decrecía y
algunas empresas quebraban, lo que alertó a los inversores y facilitó la quiebra
de la Bolsa. A su vez, las finanzas de los Estados se resistieron al intentar evitar
los efectos de la crisis.
Había dos grandes corrientes de ideas que movían a los revolucionarios. Por
su parte, los demócratas y nacionalistas aspiraban a repúblicas democráticas, y
fueron los protagonistas de las revoluciones. Sus reivindicaciones eran el sufra-
gio universal y los derechos colectivos de reunión y asociación. En cuanto a los
radicales y socialistas, iban más allá en sus postulados, ya que pretendían cam-
biar las bases mismas del sistema social.
En Francia, las medidas autoritarias impuestas por el Gobierno desencadena-
ron una amplia revuelta popular. Ante el malestar y las protestas sociales, el Go-
bierno había prohibido las reuniones políticas. La Guardia Nacional se unió a las
manifestaciones populares. La presión de las barricadas llegó hasta el Palacio
Real y provocó la huida de Luis Felipe de Orleans. Se proclamó la Segunda Re-
pública y un Gobierno provisional instauró el sufragio universal masculino, abo-
lió la pena de muerte y la esclavitud y reconoció los derechos de los trabajadores
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(reducción de la jornada laboral, talleres nacionales para parados y derecho de
huelga). No obstante, el desorden impuesto por las clases populares alertó a la
burguesía, que apoyó la represión del ejército y la creación de un Gobierno de
orden bajo la presidencia de Luis Napoleón Bonaparte. Dos años más tarde dio
un golpe de Estado y se proclamó emperador con el nombre de Napoleón III,
inaugurando la época del Segundo Imperio.
En Austria, las manifestaciones populares consiguieron la destitución de Met-
ternich y la abdicación del emperador Fernando I. Su sucesor, Francisco José I,
se vio obligado a aceptar la abolición de la servidumbre y a promulgar una cons-
titución liberal. Pero el nuevo Parlamento se negó a aceptar las reivindicaciones
nacionalistas y las tropas imperiales aplastaron los levantamientos en Praga, en
varias zonas de Hungría y en los Balcanes.
En Italia, los liberales organizaron alzamientos que proclamaron la República,
presidida por el nacionalista Mazzini. No obstante, las tropas austriacas acaba-
ron con estos levantamientos. También se extendieron las revueltas en Alema-
nia, donde se llegó a formar un Parlamento en Fráncfort dispuesto a aprobar
una constitución de carácter liberal. Pero el rey de Prusia, Federico Guillermo,
disolvió el Parlamento.
En definitiva, las experiencias fallidas de 1848 dejaron ver la debilidad de las
fuerzas revolucionarias y las tendencias conservadoras se fortalecieron. El sis-
tema parlamentario constitucional y moderado, apoyado por la alta burguesía,
se impuso en la mayoría de los países del continente. Parecía que la revolución
económica superaba a la revolución política, y un auténtico pánico a la revolu-
ción social se extendió entre las clases medias y altas, que se negaron a que las
masas populares participaran en la toma de decisiones.
Aunque triunfó el liberalismo moderado, en algunas zonas de Europa del este,
excepto en Rusia, desapareció la servidumbre y el feudalismo. La presión popu-
lar en favor de la democracia (sufragio universal y reformas sociales) quedó in-
corporada al ideario progresista y republicano. Además, las protestas populares
demostraron la capacidad de actuación de las masas en la calle y la fuerza cre-
ciente de las clases trabajadoras, que empezaron a tener un mayor protagonis-
mo.

2. Las unificaciones de Italia y Alemania


2.1. El nacionalismo

El proceso de implantación de los sistemas políticos liberales fue paralelo al


crecimiento del nacionalismo en los territorios que aspiraban a formar parte de
entidades políticas más amplias (Italia y Alemania), o el de las culturas que lu-
chaban por emanciparse de Imperios plurinacionales (Rusia, Austria-Hungría y
Turquía).
El principio fundamental del nacionalismo es la autodeterminación política,
por la que un pueblo debe ser libre para autogobernarse. Además, la nación de-
be definirse a partir de sus particularidades culturales: recuperación de una len-
gua nacional, utilización del folclore como fundamento de sus aspiraciones polí-
ticas y la creación de un discurso histórico mítico para respaldar sus reivindica-
ciones. A su vez, dentro del nacionalismo pueden surgir tendencias radicales que
defiendan la pureza étnica, mediante discursos xenófobos que proclaman la “no
fusión” con otras naciones para evitar la pérdida de la “fuerza nacional”, o la
identificación de la nación con un “pueblo elegido” y superior al resto.
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Como fuerza política, el nacionalismo adoptó dos posturas a lo largo del siglo
XIX. Por un lado, cabría distinguir una tendencia “centrífuga”, que lucha por la
disgregación del territorio en estados plurinacionales. Por otro lado, aparece una
tendencia “centrípeta”, la cual aboga por la unificación de diversos territorios en
una sola nación. Asimismo, el nacionalismo evolucionó desde posturas liberales
y revolucionarias, que se oponían a la unificación imperial napoleónica y a la
Restauración, hasta el nacionalismo conservador, imperialista y expansionista
del último tercio del siglo XIX.

2.2. La formación de Italia

La unidad italiana ha sido considerada como la última oleada de revoluciones


tras la Revolución francesa. De ella toma la idea de nación como comunidad de
ciudadanos y una conciencia civil de pertenencia al Estado. No obstante, aunque
la historiografía ha admitido el liderazgo de Piamonte en el proceso unitario,
algunos historiadores ya plantearon la necesidad de realizar un análisis social de
la unificación italiana. Sin embargo, la historiografía ha seguido otorgando ma-
yor valor a los aspectos intelectuales y diplomáticos del proceso.
En la década de 1820, las aspiraciones soberanistas se extendieron a través del
Risorgimento, que difundía las ideas democráticas de la “Joven Italia” de Maz-
zini. Pero la creación de una república popular quedó frustrada por el fracaso de
las movilizaciones revolucionarias de 1848.
Entre 1850 y 1860 Italia estaba prácticamente fragmentada y, en parte, some-
tida a la tutela de Austria. La unificación implicaba la expulsión del Imperio de
los Habsburgo, al que pertenecía la mayor parte del norte de Italia. Así, la inicia-
tiva política la llevó a cabo el reino de Piamonte-Cerdeña, la región de mayor
crecimiento económico e industrial, con una monarquía constitucional liderada
por Víctor Manuel II y dirigida por su primer ministro, el conde de Cavour.
En 1859, con el apoyo de Francia, el ejército de Piamonte derrotó a las tropas
austriacas en las batallas de Magenta y Solferino. Milán y Lombardía se unieron
al reino de Piamonte. El mismo camino siguieron, en 1866, Parma, Módena y
Toscana, después de un referéndum, y los Estados centrales dominados hasta
entonces por la Iglesia. Culminaba así la unificación del norte de Italia.
La incorporación del sur se consiguió gracias a Garibaldi, mito popular del
Romanticismo revolucionario, que en 1860 desembarcó en Nápoles al frente de
un ejército, los “camisas rojas”, y consiguió el apoyo popular para derribar a la
monarquía borbónica del reino de las Dos Sicilias. En 1861, Víctor Manuel II era
proclamado rey de Italia por un nuevo Parlamento reunido en Turín.
La última fase de la unificación comenzó en 1866. La derrota de Austria frente
a Prusia permitió la incorporación de Venecia. En 1870, las tropas italianas ocu-
paron Roma convirtiéndola en la capital del nuevo Estado, aunque el papa no
reconoció los hechos e inició un conflicto que pervivió hasta los inicios del siglo
XX.
La unidad italiana benefició al norte industrializado, ya que la unificación
había sido obra de sus gobiernos moderados. Así, la nueva Italia era parlamen-
taria pero no democrática. La vida parlamentaria era frecuentemente corrupta y
las grandes masas de población estaban excluidas del voto. La “cuestión roma-
na” también dificultó la unificación plena de Italia, la cual no se solucionó hasta
los Tratados de Letrán (1929) entre el papado y el Gobierno fascista, que permi-
tieron la creación de un Estado del Vaticano. Por último, el desprecio del norte
hacia el sur, al que consideraba agrario y atrasado, facilitó que el movimiento
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revolucionario se mantuviera en las nuevas formas del socialismo, del anar-
quismo o del sindicalismo.

2.3. La unificación alemana

La Confederación Germánica salida del Congreso de Viena era una entidad


débil cuya única institución común era la Dieta que se reunía en Fráncfort. Las
grandes potencias eran Prusia y Austria, ambas eran rivales y las dos pretendían
mantener su hegemonía sobre los Estados alemanes menores. De esta manera, la
unificación política de Alemania planteaba varios problemas. En primer lugar,
qué territorios debían considerarse alemanes; en segundo lugar, cuál sería el
desenlace de la rivalidad entre Prusia y Austria; y, en tercer lugar, qué iba a su-
ceder con los principados que existían en Alemania.
El primer paso para la unificación llegó en el año 1834 con la Unión Aduanera
(Zollverein), que permitía la libre circulación de bienes y personas, y estrechaba
las relaciones entre los Estados de la Confederación Germánica. El segundo en
1848, cuando se formó el Parlamento de Fráncfort. Pero Prusia se negó a poyar
la vía democrática e impuso su proyecto político.
Tras el fracaso democrático de 1848, la unificación quedó en manos de Prusia,
que se convirtió en el reino protagonista del proceso de unificación de Alemania.
Era el Estado con mayor desarrollo económico y un ejército más potente, capaz
de liderar un movimiento nacionalista. El artífice del proceso político de la unifi-
cación fue Bismarck, canciller de Prusia desde 1862, bajo el reinado de Guillermo
I. Así, triunfó el proyecto prusiano de la Pequeña Alemania, que excluía a Aus-
tria, y fracasó el plan de la Gran Alemania patrocinado por Viena, lo que hizo
inevitable la guerra entre Austria y Prusia.
La historiografía actual rechaza la valoración tradicional del proceso de unifi-
cación alemana, la cual consideraba la unidad alemana como un capítulo de la
vida política de Bismarck. En la actualidad, se ha concedido mayor importancia
a los factores económicos y sociales, clarificando la influencia de la industria, el
comercio y las ideas librecambistas, por lo que la unificación debería entenderse
como una secuencia en la revolución industrial alemana.
En todo caso, Bismarck aprovechó los éxitos militares obtenidos en sucesivos
conflictos para lograr la integración de todos los territorios alemanes:
‒ El primer conflicto, en 1864, fue la guerra declarada a Dinamarca para
conseguir la posesión de dos ducados en disputa (Schleswig y Holstein).
‒ El segundo, en 1866, fue una rápida victoria de los ejércitos prusianos so-
bre los austríacos, vencidos en la batalla de Sadowa. Austria quedaba al
margen del proceso de unificación y todos los Estados alemanes del norte
pasaban a la órbita de Prusia.
‒ El tercero, en 1870, fue la guerra librada contra el imperio francés de Na-
poleón III. La victoria de Sedán permitió el dominio de los Estados alema-
nes del sur, la ocupación de Alsacia y Lorena, regiones fronterizas con
Francia. En 1871 se proclamaba a Guillermo I emperador (káiser) del II
Reich en el palacio de Versalles.

Conclusión
El Segundo Reich no se identificaba con una nación. Fue una Alemania con-
quistada por Prusia en la que el nacionalismo triunfante anuló al liberalismo.
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Así, Alemania se configuraba como una gran potencia continental, impulsada
por su creciente industrialización, con una estructura confederal y una política
autoritaria y militarista.
La unificación de Alemania creó un gran Estado en el centro de Europa y su-
puso la desaparición definitiva del orden salido del Congreso de Viena. El equili-
brio político y económico europeo quedó transformado y en adelante habría que
contar con esta gran potencia política, con una economía fuerte y con una gran
capacidad de crecimiento.

Bibliografía

FERNÁNDEZ, A. (1996). Historia Universal. Edad Contemporánea. Vicens Vives.


PAREDES, J. (2004). Historia Universal contemporánea I. Ariel.

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