Fundamento y Evolución Histórica
Fundamento y Evolución Histórica
Introducción.
Para introducir al estudio del derecho canónico vigente y poder apreciar la riqueza
que encierra como experiencia jurídica en acto, es necesario realizar una aproximación a
su pasado, con una mirada al tema del fundamento originario, a las etapas más relevantes
de su desarrollo histórico y a los principios de fondo en los cuales pretende inspirarse su
actual desarrollo, como ordenamiento jurídico.
Los tres aspectos son objeto de numerosos estudios monográficos por la
complejidad de las cuestiones que cada uno comprende. El tema del fundamento, que
ocupo tantos esfuerzos en la canonistica del siglo pasado, incluye aquello de la pluralidad
de escuelas y orientaciones en la comprensión del derecho canónico. La historia incluye
tradicionalmente tres argumentos separados: la historia de las fuentes, esto es de las
colecciones esparcidas que progresivamente han constituido el Corpus normativo de la
Iglesia; la historia de la Ciencia Canónica, acerca de la evolución de los modos en los
cuales se ha creado e interpretado el derecho canónico; y, al final, la historia de las
instituciones propias, su nacimiento y desarrollo desde la fundación de la Iglesia hasta su
actual configuración (Ferme 1998, p. 26; Nacci 2014, p. 32). Al fin, los principios
inspiradores del CIC (Codex Iuris Canonici) 1983 exigen comprender la diferente técnica
de base al código de 1917 y a la reflexión eclesiológica completada en el Concilio Vaticano
II, base esencial de los mismos principios. En la economía de esta obra es posible ofrecer
solo una reflexión estrechamente sintética sobre los tres grupos de aspectos.
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Traducción realizada por el Pbro. Dr. Matías Ezequiel Barutta. Del libro: Arroba Conde, M. J. Y Riondino,
M, “Introduzione al diritto canonico”, seconda edizione, Le Monnier Universitá, giugno 2017.
Nota del traductor: La traducción abarca casi la totalidad del primer capítulo del libro, desde la página 1
a la 13, y en la cual se han dejado de lado muy pocos pasajes.
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Con la expresión norma missionis se hace referencia a un núcleo de naturaleza
normativa en cuanto, mientras se refiere a un evento trascendente (el destino de la
salvación) y entendido como un objeto liberador (propio de la esclavitud de la ley), esta
formulado y comprendido como un mandato: ir por todo el mundo, anunciar el Evangelio
y hacer discípulos bautizando y enseñando a actuar según lo enseñado. Tal núcleo
normativo da sentido a la existencia de la Iglesia como testimonio de una salvación que,
aunque llamada al cumplimiento final en la vida eterna, se construye en este mundo, y al
servicio de la cual se pone una disciplina madurada para ser fiel a los contenidos
esenciales del anuncio, para consolidarse como comunidad y para responder a los
desafíos que, en el curso del tiempo, ha cumplido esta misión (Arroba Conde 2007, pp.
155 - 157).
El mandato misionero es pre-pascual y post-pascual, es decir, se remonta a la
experiencia de los primeros discípulos durante la vida de Jesús, pero también a la
experiencia especial de Pentecostés, que llevo a la reunificación de los Apóstoles, hasta
a aquel momento dispersados y temerosos después de la crucifixión, y a una relectura
realizada con coraje de la etapa pre-pascual. Reunificación y relectura fueron
comprendidas como una obra del Espíritu de Cristo Resucitado. Afirmando el rol del
Espíritu en la creación de la Iglesia y en la comprensión de la misión, el Concilio Vaticano
II (Lumen Gentium 4-5) estimula a descubrir el rol del discernimiento completado por los
apóstoles en las sucesivas decisiones de naturaleza normativa, adoptadas para afrontar
las nuevas realidades de la Iglesia naciente. Tal rol creativo esta eficazmente expresado
en los Hechos de los Apóstoles 15, 28: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”.
El contenido liberador de la norma missionis y el modelo horizontal que toma el
mismo nombre de Ecclesia (Asamblea), para subrayar la convocación que cada uno siente
de recibir, de manera personalísima, para participar a su vida y misión, no son
incompatibles con la formación de un derecho en la Iglesia siendo así madurada
rápidamente en disposiciones llamadas cánones (del griego Kanon, medida), diversas de
las normas de la sociedad civil (llamadas Nomoi, Iaccarino 2014, p. 13). La esencia
carismática de la Iglesia, como misterio e sacramento de comunión, es inseparable de su
naturaleza como institución presente en el mundo, que no prescinde, sino que incluye la
vocación de los individuos. Los modos institucionales de configuración jurídica de la
Iglesia tienen como criterio de legitimación la coherencia con el evangelio, la idoneidad
para promover la comunión y la misión, la eficacia en el confrontar las necesidades de las
personas, de la comunidad y de la sociedad.
Desde allí la centralidad de la Palabra de Dios y de los sacramentos, que son norma
fidei y norma communionis, para interpretar y valorar las instituciones canónicas. Sin
embargo, esto no permite marginar la lógica interna del fenómeno jurídico como
fenómeno humano, social e intra histórico, en este sentido, no cualquier estructura y
norma positiva tiene carácter salvífico o sacramental; más bien, la conversión de la misión
en norma canónica puede no ser realizada de manera correcta o resultar pues ineficaz
de frente al dinamismo de la historia. Se requiere entonces mantener, también sobre el
derecho canónico, la autonomía metodológica propia del derecho en sí, en cuanto como
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cualquier ordenamiento, también el canónico debe dar respuestas a los aspectos que
preocupan la concordia y el orden justo en la comunidad. En la realización no se puede
olvidar los límites de las normas positivas ni enfatizar la tarea de los legisladores, nunca
separado del sentimiento de los fieles en cada etapa histórica, sin que deban ser
justificados (como teológicamente necesarios) todos las “tareas realizadas” de
proyección canónica (Arroba Conde 2007, pp. 161-165).
Los modos jurídicos de presencia asumidos por la Iglesia no se pueden entender
sin tomar en serio la mediación histórica, los signos de los tiempos y de los lugares, objeto
de discernimiento a la luz del Espíritu y puestos a decisión humana. Es necesario siempre
buscar la explicación teológica de los hechos consumados, pero sin teologizar cada
comportamiento canónico de la historia; esto permite puntualizar el concepto de
derecho divino, a menudo utilizado para referirse a aspectos de proyección jurídica sobre
la cual la Iglesia cree de no poseer potestad de disponer arbitrariamente. El derecho
divino expresa entonces elementos permanentes, no escindibles del núcleo originario,
pero la capacidad de la Iglesia de descubrir sus contenidos, y de formularlos en normas
canónicas, es sometido al devenir histórico (Iaccarino 2014, p 24).
El concepto de misión como fundamento radical del derecho de la Iglesia, permite
comprender que esta está estructurada en función de la construcción del Reino en el
mundo y de la posibilidad de hacerse presente, en modo eficaz y en cada persona, el
evento salvífico de la cual es portadora. La norma missionis es síntesis entre las
dimensiones institucionales y personalista del derecho canónico, parámetro entonces
auto regulador para valorar los desarrollos y eventuales disfunciones del derecho
positivo. La misión justifica el esfuerzo de inculturación que la Iglesia ha considerado
necesario hacer, en el tiempo y en el espacio, para ser fiel a su misión salvífica. La fidelidad
al Espíritu Santo exige respeto por el propio patrimonio jurídico; pero más que
instrumentos de orden y control absoluto, son más bien el derecho y las instituciones
canónicas necesarios de ser controlados, esto es continuamente evaluados. El
fundamento misionero del derecho permite que se tenga una visión sobria de las
estructuras de la Iglesia, haciendo posible la renovación de las normas e una aplicación
fundada en la equidad, que exigen la centralidad de la persona irrepetible del fiel y la
necesaria eficacia jurídica.
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El contexto judaico plantea ya en época apostólica la cuestión de la disciplina
judaica para los bautizados no provenientes del judaísmo. La primera controversia, sobre
la cual se sintió la necesidad de dar disposiciones, fue provocada por los disensos sobre
la obligatoriedad de la circuncisión para los gentiles. Se reúnen en Jerusalén los apóstoles
y Pablo, en lo que se considera el primer Concilio (Hch 15, 20). La decisión alcanzada se
pone como norma que no pretende separarse del Evangelio anunciado por Cristo, pero
constituye un desarrollo en apariencia distante de algunas de sus enseñanzas; se trata de
un desarrollo completado por aquellos a los cuales Él había encomendado la guía y la
edificación de la Iglesia.
El contexto de la sociedad romana hizo necesario un proceso de adaptación
reciproco, que resulto inicialmente traumático para los cristianos, insertos en el espacio
político y cultural de un imperio que reacciono con progresiva violencia al nuevo grupo
de creyentes surgido en Palestina, esparcidos rápidamente por los territorios romanos y
sentidos como amenaza a causa solidez y cohesión que manifestaban sus miembros,
firmes en las enseñanzas y constantes en sus reuniones y celebraciones, aspectos a tener
en cuenta (de hecho) principalmente objeto de la disciplina común en la primitiva
comunidad. Tales aspectos, y la correspondiente disciplina, en vistas como una garantía
para afrontar preparados el riesgo del martirio.
El contexto nuevo que represento para los creyentes la comprensión más
profunda del fin de los tiempos y del retorno de Cristo, suscito la exigencia de dotarse de
una organización interna más sólida y amplia, comprendiendo nuevos aspectos acerca de
las relaciones con los creyentes. Algunos tenían relación con soluciones de disputas
privadas, inspirándose en el modelo de justicia romano, enriquecido con los principios
evangélicos, considerados prevalentes entre los creyentes en caso de contraste con los
principios seculares (Hch 5, 29; Tit 3, 1-2). Un importante aspecto normativo de la época
post-apostólica está dado por mecanismos de sucesión en el gobierno, temática que
provoco comprensibles tensiones, pero que sirvieron para configurar la estructura
jerárquica de la Iglesia. Sobre el punto es digno de notar el conflicto en la Iglesia de
Corinto, en la cual interviene Clemente, obispo de Roma, considerado tercer Papa. Se
tiene asi una manifestación precoz de la importancia de la sede romana sobre todas las
otras, que facilito en lo sucesivo el influjo del derecho del Imperio Romano, más
elaborado como sistema jurídico respecto a aquel de otros pueblos. El recurso al derecho
romano no era fundado inicialmente en la intención de legislar sino de mediar en los
conflictos y de resolver los casos concretos.
Durante estos siglos el derecho canónico es por lo tanto un conjunto de normas
consuetudinarias no escritas de naturaleza sacramental, doctrinal y disciplinar, formadas
para afrontar los nuevos problemas sin alterar el mensaje evangélico ni las normas
sucesivas, dadas por los Apóstoles. Este cuerpo jurídico fue fijado en obras denominadas
“Colecciones pseudo – apostólicas”, como la Didake, la Didascalia y la Traditio Apostolica
que, unidas a los escritos de los Padres de la Iglesia de la primera época, fueron la base
normativa sobre la cual se articuló la vida de la primitiva comunidad (Fantappie 2011, pp.
39 – 40). En este periodo se comienzan a celebrar los primeros sínodos, en los cuales los
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obispos de las zonas limítrofes se reunían para afrontar y resolver temáticas comunes. A
veces se trataban de condenar herejías o decidir el futuro de los apostatas, esto es de los
bautizados que, durante las persecuciones, habían abandonado la fe. Elemento
característico y problemático es la ineficacia de las normas sinodales en cuanto tales,
pues su obligatoriedad dependía de la autoridad personal y de la santidad del obispo,
obstaculizando en muchos casos su aplicación.
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A las fuentes conciliares se agrega una nueva fuente del derecho, fruto de nuevas
exigencias, como aquella constituida por las dudas sobre la disciplina o los sacramentos
en determinadas circunstancias. Nace así entre los obispos la praxis de recurrir a Roma
para tener una solución. Las respuestas son las decretales, así denominadas recién en el
medioevo. Las decretales siguen a grandes líneas el modelo del rescripto imperial; la
primera decretal es la del Papa Siricio al obispo Imerio de Tarragona (385). No obstante,
la naturaleza local del problema sobre la consulta efectuada, la respuesta ofrecía
soluciones generales, muchas veces ordenando que lo proveído se extendiese a los
territorios vecinos (Gaudemet 1985, pp. 73 – 130).
Los cánones conciliares y las decretales fueron recogidos entre el fin del siglo V y
el inicio del VI por el monje Dionisio el exiguo, autor de dos grandes colecciones; estas,
junto a la colección Hispana resultante del cuarto Concilio de Toledo (603), fueron punto
normativo de referencia hasta la llegada de las grandes colecciones medievales.
4. La época carolingia.
Sin embargo, este periodo de estabilidad y unidad mutara seguidamente a la
ruptura de la unidad política; la caída del Imperio Romano de Occidente en el 476 se vio
reflejado en el ámbito canónico, hasta entonces caracterizado por la pretensión de
unificación teórica bajo la protección del imperio. La fragmentación política y estructural
se hace sentir en las fuentes canónicas, allí donde la Iglesia perdió su estructura unitaria
e inicio en escindirse en Iglesias nacionales. A las grandes recolecciones que habían
adquiridos carácter general, e influido en cada parte de la Iglesia, empiezan a circular
legislaciones regionales o particulares, fruto de las reuniones locales de los obispos,
dando lugar a un gran número de colecciones con gran diversidad de preceptos, muchas
veces contradictorios entre ellos. Los decretos de los pontífices no vienen difundidos,
favoreciéndose así la acentuación del localismo normativo.
Los cambios de las circunstancias políticas tienen ahora otras incidencias
canónicas. La Iglesia luchaba desde hacía tiempo por afirmar su espacio frente al poder
político y para no estar bajo su dominio completo. La desaparición de la unidad del
Imperio romano, y el desplazamiento del eje principal a Bizancio, provoco la afirmación
del así llamado cesaropapismo, fruto de la concepción divina del poder en Oriente. Desde
esto las constantes injerencias del poder temporal en la Iglesia, tanto en las cuestiones
organizativas como en las decisiones específicas. La Iglesia trataba de oponerse, a este
respecto, debe mencionarse la doctrina de las dos espadas, formulada por el Papa Gelasio
al Emperador bizantino Constantiniano II, en la carta VII (496). El hecho de mayor
relevancia fue la asignación posterior a la protección de los Francos, que se propusieron
como poder político estable en el decaído Imperio de Occidente. Nace así el Sacro
Imperio Romano Germánico con la coronación de Carlomagno como Emperador la noche
de Navidad del año 800. Este consigno a la Iglesia un propio territorio (El Estado
pontificio) y una cierta independencia política, acentuando así la separación de la parte
oriental, hasta el definitivo cisma de Oriente en el siglo XI (Belda Iniesta 2015, p. 22).
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Carlomagno pretendió recuperar el sentido de unidad del Imperio occidental,
lanzando una nueva tentativa de unificación disciplinar, dado que la fragmentación no
había producido solo diversidad de fuentes, sino que había empobrecido la vida eclesial.
La unificación partió de las colecciones de Dionisio y de la Hispana, con prefacio del Papa
Adriano (por esto se la conoció como recopilación Dionisio-Adriana), y de la recopilación
Dacheriana; para garantizar la eficacia las colecciones fueron también firmadas por el
Emperador. El propósito prefijado no fue logrado. Esto porque la autoridad se reconocía
solo en las disposiciones y normas dictadas por los antiguos, nacen así una serie de textos
con el nombre de un papa o de un concilio del primer periodo, con el propósito de revestir
de antigüedad y de valor las nuevas disposiciones. Se trata de las falsas decretales, entre
las cuales las Pseudoisidorianas, con la pretensión de volver a los dictados de San Isidoro.
Sin embargo, la propagación del Evangelio a tierras más alejadas, como las Islas
Británicas, y la expulsión de los monjes por las presiones de los vikingos, hicieron
necesaria una nueva fuente normativa; se trata de los libros penitenciales, de gran influjo;
de ellos es conocida sobretodo la imitación del procedimiento germánico, en forma
tarifada, para asignar la pena a cumplir según los pecados cometidos (Belda Iniesta 2013,
p. 120).
Hay que hacer notar que los tres aspectos caracterizadores de la época sucesiva
a la caída del Imperio romano de Occidente (Christianitas, germanitas, romanitas) se
expresaron de modo diferente según los reinos romano – barbaros de referencia
(visigodos, longobardos, bizantinos, merovingios). La uniformidad de estos tres aspectos
se vive a partir de Carlomagno, el bárbaro devenido Emperador coronado en la Iglesia,
que llevara a la formación de un único derecho al interno de un única realidad político –
territorial (unus ius, unum imperium). Este único derecho, el así llamado ius commune, el
cual tiene como inicio científico a la Escuela de Bolonia, es un derecho que no prevé una
distinción entre el elemento canonístico y el civilístico (de aquí la denominación
utrumque ius), sobre todo a partir de la formación del Corpus Iuris Canonici (Cavanna
1982, pp. 54 – 55). El derecho común tendrá así vocación aplicativa universal (Grossi
2011, pp. 223 – 235).
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En tal contexto Gregorio VII promovió el movimiento reformador surgido al inicio
del siglo XI con los monjes de Cluny y con el Decretum Burchardi Wormatiensis. Este Papa
reivindico la independencia del poder eclesiástico y la reforma disciplinar y organizativa
de la Iglesia (Ferme 1998, p. 47; Nacci 2014, p. 35).
En esta tarea, Gregorio VII reemprendió la practica sinodal conciliar, así como las
decretales, dictando normas precisas en las cuales subraya la autoridad pontificia en
ámbito eclesiástico, excomulgando al Emperador por irrespetuoso de las normas, y hasta
llegando a liberar a sus súbditos de la obediencia, con el llamado Dictatus Papae (1073).
A él se le debe la abolición de la investidura laica, causa inmediata del conflicto junto a la
simonía, y también a la purificación de las fuentes canónicas mediante una rigurosa
selección de los textos, dejando solo aquellos antiguos y eliminando los apócrifos. Sus
sucesores, una vez alcanzado la abolición de las investiduras laicas (con el Concordato de
Worms del 1122), se relajaron en el proceso de selección de las fuentes, para lo cual en
las sucesivas colecciones aparecieron nuevamente textos falsos (Erdo 2008, p. 99; Belda
Iniesta 2015, pp. 70 – 85). A esto contribuía el hecho que las colecciones eran privadas
en la mayor parte de los casos, no siendo producto de un encargo oficial.
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otros de carácter oficial, uniendo los nuevos decreto nacidos después del Decreto de
Graciano; las Quinque compilationes antiquae son cinco textos que recogen las normas
omitidas por Graciano y aquellas sucesivas a su obra; son dignas de notar la tercer, por el
hecho de ser la primera emanada por un papa, Inocencio III (1210), y la quinta, emanada
por Honorio III (1226) para ser de uso común en los procesos.
Seguidamente se desarrollará el derecho de las decretales, hecho que no facilitara
el estudio ni la aplicación, en cuanto tienen lugar derogaciones, repeticiones y
abrogaciones y se continúan a aplicar las viejas colecciones. El estudio del derecho y los
comentarios de los estudiosos terminan por crear un escenario de mayor confusión
respecto al precedente. Para poner fin a esta situación, el papa Gregorio IX considero
necesario un derecho que no naciera de las escuelas o desde las colecciones, proveyendo
una nueva redacción original. Se trata del Liber Extra, hoy conocido como Decretales de
Gregorio IX (1234). A esta nueva redacción se unieron otras colecciones de decretales
motivadas por la situación política o por la necesidad de regular nuevos casos, que
formaran parte de la recopilación oficial. Entre estos se incluyen el Liber VI de Bonifacio
VIII (nel 1298), enviado a las universidades para su estudio, y las Clementiniae de
Clemente V (en el 1317, cuando fue promulgada por su sucesor Juan XXII). A estas se
unieron las decretales de los Papas sucesivos (las Extravagantes de Juan XXII y las
Extravagantes comunes), pero que no fueron colecciones oficiales (Erdo 2008, p. 115).
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En efecto, durante algunos siglos, no obstante, las grandes transformaciones
realizadas en la sociedad, el derecho que regirá la Iglesia será todavía el formado por el
Corpus y las disposiciones de la Curia romana, es decir por un sistema de fuentes nacido
en el medioevo, con algunas actualizaciones provenientes de la autoridad competente.
Tal estado de cosas permaneció hasta la codificación del 1917, a la cual unió como
respuesta a los cambios sobre el concepto de derecho y de potestad legislativa anexa a
los nacionalismos del siglo XIX (con la reunificación italiana y la desaparición del Estado
pontificio) y a las revoluciones que llevaron al nacimiento de los Estados modernos,
surgidos sobre la egida del principio de división de poderes, de igualdad frente a la ley y
de sumisión del poder mismo a la legalidad, como garantía de los ciudadanos. En este
nuevo contexto el derecho canónico se podía percibir, también como sistemas de
garantías, como instrumento al servicio de una monarquía teocrática que mantenía
modalidades de administración propiamente anacrónicas. Así, no obstante, la profunda
diversidad entre el fundamento constitutivo de la Iglesia y de los Estados Modernos, se
hace difícil ubicarse al margen de la nueva mentalidad secular, de acuerdo con los viejos
principios medievales; dificultad hecha todavía más evidente para la Iglesia, que con la
caída de Roma pierde la independencia política que le permitía mantener una forma de
gobierno tradicional. Lógicamente, el derecho de la Iglesia, recogido en enormes
colecciones medievales que se basan sobre un fuerte centralismo de Roma, se había
convertido en algo poco práctico y de difícil aplicación (Nacci 2014, p. 39).
Así, aunque Pio XI y Loen XIII buscaron de integrar materias e instituciones nuevas,
era necesario proveer a una nueva concepción del derecho canónico que se adaptase a
la época moderna, también si por la adaptación resultaba ser un obstáculo el peso jugado
por el fenómeno de la secularización en la nueva visión del derecho, con las teorías
racionalistas y codificadoras. En el Concilio Vaticano I (1869 – 1870) algunos padres
conciliares pidieron el reelaboramiento general del derecho canónico que, al menos por
razones prácticas, estuviese en línea con el nacimiento de los códigos modernos, que
intentaban resumir en preceptos generales y simples las normas para poderlas después
aplicarlas con facilidad, evitando las normas demasiado extensas, difíciles de consultar y
poco eficaces. Se buscó de hacer ágil la consulta de estas por medio de nuevos métodos
de promulgación; nacen así las Acta Sanctae Sedis dal 1864 al 1908, con valor oficial
desde 1904, sustituidas sucesivamente por las Acta Apostolicae Sedis. En todo caso, Pio
X, con el decreto Arduum Sane Munus, del 19 de marzo de 1904, decidió recuperar y
consolidar el valor del derecho canónico del pasado mediante un futuro código,
constituyendo una comisión encargada de la redacción.
Los trabajos duraron doce años, bajo la dirección del Cardenal Gasparri, y se
desarrollaron con esquemas enviados a los obispos, con la idea de resumir en breves
cánones las leyes del Corpus Iuris Canonici, las actas del Concilio de Trento, de los
pontífices, de las congregaciones romanas y de los tribunales eclesiásticos, pudiendo
proponer innovaciones si se consideraban oportunas. El 27 de mayo de 1917 Benedicto
XV promulgo el Código de Derecho Canónico con la Bula papal Providentissima Mater
Ecclesia y constituyo una comisión para interpretar auténticamente el código, con
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interpretaciones que tenían exactamente el mismo valor de los preceptos incluidos en el
Código.
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Respecto al derecho público eclesiástico, que es parte integrante de la experiencia
canónica en su relación con los Estados y la comunidad internacional, las modificaciones
post-conciliares son notables y puede decirse que, por lo rápido de los cambios de
escenarios que dominan la vida social en la era actual de globalización, la renovación
constante de este sector pasa por la búsqueda de nuevos equilibrios en las relaciones
entre la Iglesia y la comunidad policía, según cuanto exijan los signos de los tiempos. Por
tanto, cabe esperar que desde los inicios del derecho público eclesiástico, que tomo
forma en clave apologética de defensa de los derechos de la Iglesia, se continúe a
madurar las consecuencias más fundamentales en clave de autonomía del orden
temporal, que no son aquellas derivadas de formas de total separación, tan respetuosa
como improductiva, debiéndose a su vez diseñar formas más útiles de colaboración
recíproca, como la sana cooperación en favor del derecho y de la justicia entre la Iglesia
y la comunidad política (Nacci 2015, p. 140), entendiendo que cada uno en su propio
campo permanece independiente y autónoma (Gaudium et Spes 76).
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