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Cuentos: Los Tres Cerditos y Más

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CUENTOS

LOS TRES COCHINITOS Y EL LOBO


Había una vez 3 cerditos que eran hermanos y vivían en lo más profundo del bosque. Siempre
habían vivido felices y sin preocupaciones en aquel lugar, pero ahora se encontraban
temerosos de un lobo que merodeaba la zona. Fue así como decidieron que lo mejor era
construir cada uno su propia casa, que les serviría de refugio si el lobo los atacaba.

El primer cerdito era el más perezoso de los hermanos, por lo que decidió hacer una sencilla
casita de paja, que terminó en muy poco tiempo. Luego del trabajo se puso a recolectar
manzanas y a molestar a sus hermanos que aún estaban en plena faena.

El segundo cerdito decidió que su casa iba a ser de


madera, era más fuerte que la de su hermano pero
tampoco tardó mucho tiempo en construirla. Al acabar
se le unió a su hermano en la celebración.

El tercer cerdito que era el más trabajador, decidió que


lo mejor era construir una casa de ladrillos. Le tomaría
casi un día terminarla, pero estaría más protegido del lobo. Incluso pensó en hacer una
chimenea para asar las mazorcas de maíz que tanto le gustaban.

Cuando finalmente las tres casitas estuvieron terminadas, los tres cerditos celebraron
satisfechos del trabajo realizado. Reían y cantaban sin preocupación -“¡No nos comerá el
lobo! ¡No puede entrar!”.

El lobo que pasaba cerca de allí se sintió insultado ante tanta insolencia y decidió acabar con
los cerditos de una vez. Los tomó por sorpresa y rugiendo fuertemente les gritó: -“Cerditos,
¡me los voy a comer uno por uno!”.

Los 3 cerditos asustados corrieron hacia sus casas, pasaron los pestillos y pensaron que
estaban a salvo del lobo. Pero este no se había dado por vencido y se dirigió a la casa de paja
que había construido el primer cerdito.

– “¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme o soplaré y la casa derribaré!”- dijo el lobo feroz.


Como el cerdito no le abrió, el lobo sopló con fuerza y derrumbó la casa de paja sin mucho
esfuerzo. El cerdito corrió todo lo rápido que pudo hasta la casa del segundo hermano.

De nuevo el lobo más enfurecido y hambriento les advirtió:

-“¡Soplaré y soplaré y esta casa también


derribaré!”

El lobo sopló con más fuerza que la vez


anterior, hasta que las paredes de la casita de
madera no resistieron y cayeron. Los dos
cerditos a duras penas lograron escapar y
llegar a la casa de ladrillos que había construido el tercer hermano.

El lobo estaba realmente enfadado y decidido a comerse a los tres cerditos, así que sin
siquiera advertirles comenzó a soplar tan fuerte como pudo. Sopló y sopló hasta quedarse sin
fuerzas, pero la casita de ladrillos era muy resistente, por lo que sus esfuerzos eran en vano.

Sin intención de rendirse, se le ocurrió trepar por las paredes y colarse por la chimenea. -
“Menuda sorpresa le daré a los cerditos”, – pensó.

Una vez en el techo se dejó caer por la chimenea, sin saber que los cerditos habían colocado
un caldero de agua hirviendo para cocinar un rico guiso de maíz. El lobo lanzó un aullido de
dolor que se oyó en todo el bosque, salió corriendo de allí y nunca más regresó.

Los cerditos agradecieron a su hermano por el trabajo duro que había realizado. Este los
regañó por haber sido tan perezosos, pero ya habían aprendido la lección así que se dedicaron
a celebrar el triunfo. Y así fue como vivieron felices por siempre, cada uno en su propia casita
de ladrillos.
ELPATITO FEO
Al igual que todos los años, en los meses de verano, la Señora Pata se dedicaba a empollar.
El resto de las patas del corral siempre esperaban con muchos deseos que los patitos
rompiesen el cascarón para poder verlos, pues los patitos de esta distinguida pata siempre
eran los más bellos de todos los alrededores.

El momento tan esperado llegó, lo que causó un gran alboroto ya que todas las amigas de
mamá pata corrieron hacia el nido para ver tal acontecimiento. A medida que iban saliendo
del cascarón, tanto la Señora Pata como sus amigas gritaban de la emoción de ver a unos
patitos tan bellos como esos. Era tanta la algarabía que había alrededor del nido que nadie se
había percatado que aún faltaba un huevo por romperse.

El séptimo era el más grande de todos y aún permanecía intacto lo que puso a la expectativa
a todos los presentes. Un rato más tarde se empezó a ver como el cascarón se abría poco a
poco, y de repente salió un pato muy alegre. Cuando todos lo vieron se quedaron perplejos
porque este era mucho más grande y larguirucho que el resto de los otros patitos, y lo que
más impresionó era lo feo que era.

Esto nunca le había ocurrido a la Señora Pata, quien para evitar las burlas de sus amigas lo
apartaba con su ala y solo se dedicaba a velar por el resto de sus hermanitos. Tanto fue el
rechazo que sufrió el patito feo que él comenzó a notar que nadie lo quería en ese lugar.

Toda esta situación hizo que el patito se sintiera muy triste y rechazado por todos los
integrantes del coral e incluso su propia madre y hermanos eran indiferentes con él. Él
pensaba que quizás su problema solo requería tiempo, pero no era así pues a medida que
pasaban los días era más largo, grande y mucho más feo. Además se iba convirtiendo en un
patito muy torpe por lo que era el centro de burlas de todos.

Un día se cansó de toda esta situación y huyó de la granja por un agujero que se encontraba
en la cerca que rodeaba a la propiedad. Comenzó un largo camino solo con el propósito de
encontrar amigos a los que su aspecto físico no les interesara y que lo quisieran por sus
valores y características.

Después de un largo caminar llegó a otra granja, donde una anciana lo recogió en la entrada.
En ese instante el patito pensó que ya sus problemas se habían solucionado, lo que él no se
imaginaba que en ese lugar sería peor. La anciana era una mujer muy mala y el único motivo
que tuvo para recogerlo de la entrada era usarlo como plato principal en una cena que
preparaba. Cuando el patito feo vio eso salió corriendo sin mirar atrás.
Pasaba el tiempo y el pobrecillo continuaba en
busca de un hogar. Fueron muchas las dificultades
que tuvo que pasar ya que el invierno llegó y tuvo
que aprender a buscar comida en la nieve y a
refugiarse por sí mismo, pero estas no fueron las
únicas pues tuvo que esquivar muchos disparos
provenientes de las armas de los cazadores.

Siguió pasando el tiempo, hasta que por fin llegó la primavera y fue en esta bella etapa donde
el patito feo encontró por fin la felicidad. Un día mientras pasaba junto a estanque diviso que
dentro de él había unas aves muy hermosas, eran cisnes. Estas tenían clase, eran esbeltas,
elegantes y se desplazaban por el estanque con tanta frescura y distinción que el pobre
animalito se sintió muy abochornado por lo torpe y descuidado que era él.

A pesar de las diferencias que él había notado, se llenó de valor y se dirigió hacia ellos
preguntándole muy educadamente que si él podía bañarse junto a ellos. Los cisnes con mucha
amabilidad le respondieron todos juntos:

– ¡Claro que puedes, como uno de los nuestros no va a poder disfrutar de este maravilloso
estanque!

El patito asombrado por la respuesta y apenado les dijo:

– ¡No se rían de mí! Como me van a comparar con ustedes que están llenos de belleza y
elegancia cuando yo soy feo y torpe. No sean crueles burlándose de ese modo.

– No nos estamos riendo de ti, mírate en el estanque y veras como tu reflejo demostrara cuan
real es lo que decimos.- le dijeron los cisnes al pobre patito.

Después de escuchar a las hermosas aves el patito se acercó al estanque y se quedó tan
asombrado que ni el mismo lo pudo creer, ya no era feo. ¡Se había transformado en un
hermoso cisne durante todo ese tiempo que pasó en busca de amigos! Ya había dejado de ser
aquel patito feo que un día huyó de su granja para convertirse en el más bello y elegante de
todos los cisnes que nadaban en aquel estanque.
La bella y la bestia
Había una vez un mercader adinerado que tenía tres hijas. Las tres eran
muy hermosas, pero lo era especialmente la más joven, a quien todos
llamaban desde pequeña Bella. Además de bonita, era también bondadosa
y por eso sus orgullosas hermanas la envidiaban y la consideraban estúpida
por pasar el día tocando el piano y rodeada de libros.

Sucedió que repentinamente el mercader perdió todo cuanto tenía y no le


quedó nada más que una humilde casa en el campo. Tuvo que trasladarse
allí con sus hijas y les dijo que no les quedaba más remedio que aprender a
labrar la tierra. Las dos hermanas mayores se negaron desde el primer
momento mientras que Bella se enfrentó con determinación a la situación:

- Llorando no conseguiré nada, trabajando sí. Puedo ser feliz aunque sea
pobre.

Así que Bella era quien lo hacía todo. Preparaba la comida, limpiaba la
casa, cultivaba la tierra y hasta encontraba tiempo para leer. Sus
hermanas, lejos de estarle agradecidas, la insultaban y se burlaban de ella.

Llevaban un año viviendo así cuando el mercader recibió una carta en la


que le informaban de que un barco que acababa de arribar traía mercancías
suyas. Al oír la noticias las hijas mayores sólo pensaron en que podrían
recuperar su vida anterior y se apresuraron a pedirle a su padre que les
trajera caros vestidos. Bella en cambio, sólo pidió a su padre unas sencillas
rosas ya que por allí no crecía ninguna.

Pero el mercader apenas pudo recuperar sus mercancías y volvió tan pobre
como antes. Cuando no le quedaba mucho para llegar hasta la casa, se
desató una tormenta de aire y nieve terrible. Estaba muerto de frío y
hambre y los aullidos de los lobos sonaban cada vez más cerca. Entonces,
vio una lejana luz que provenía de un castillo.

Al llegar al castillo entró dentro y no encontró a nadie. Sin embargo, el


fuego estaba encendido y la mesa rebosaba comida. Tenía tanta hambre
que no pudo evitar probarla.

Se sintió tan cansado que encontró un aposento y se acostó en la cama. Al


día siguiente encontró ropas limpias en su habitación y una taza de
chocolate caliente esperándole. El hombre estaba seguro de que el castillo
tenía que ser de un hada buena.
A punto estaba de marcharse y al ver las rosas del jardín recordó la
promesa que había hecho a Bella. Se dispuso a cortarlas cuando sonó un
estruendo terrible y apareció ante él una bestia enorme.

- ¿Así es como pagáis mi gratitud?

- ¡Lo siento! Yo sólo pretendía… son para una de mis hijas…

- ¡Basta! Os perdonaré la vida con la condición de que una de vuestras


hijas me ofrezca la suya a cambio. Ahora ¡iros!

El hombre llegó a casa exhausto y apesadumbrado porque sabía que sería


la última vez que volvería a ver a sus tres hijas.

Entregó las rosas a Bella y les contó lo que había sucedido. Las hermanas
de Bella comenzaron a insultarla, a llamarla caprichosa y a decirle que tenía
la culpa de todo.

- Iré yo, dijo con firmeza

- ¿Cómo dices Bella?, preguntó el padre

- He dicho que seré yo quien vuelva al castillo y entregue su vida a la


bestia. Por favor padre.

Cuando Bella llegó al castillo se asombró de su esplendor. Más aún cuando


encontró escrito en una puerta “aposento de Bella” y encontró un piano y
una biblioteca. Pero se sentó en su cama y deseó con tristeza saber qué
estaría haciendo su padre en aquel momento. Entonces levantó la vista y
vio un espejo en el que se reflejaba su casa y a su padre llegando a ella.

Bella empezó a pensar que la bestia no era tal y que era en realidad un ser
muy amable.

Esa noche bajó a cenar y aunque estuvo muy nerviosa al principio, fue
dándose cuenta de lo humilde y bondadoso que era la bestia.

- Si hay algo que deseéis no tenéis más que pedírmelo, dijo la bestia.

Con el tiempo, Bella comenzó a sentir afecto por la bestia. Se daba cuenta
de lo mucho que se esforzaba en complacerla y todos los días descubría en
él nuevas virtudes. Pero pese a eso, cuando todos los días la bestia le
preguntaba si quería ser su esposa ella siempre contestaba con honestidad:
-Lo siento. Sois muy bueno conmigo pero no
creo que pueda casarme con vos.

La Bestia pese a eso no se enfadaba sino que


lanzaba un largo suspiro y desaparecía.

Un día Bella le pidió a la bestia que le dejara ir


a ver a su padre, ya que había caído enfermo.
La bestia no puso ningún impedimento y sólo le
pidió que por favor volviera pronto si no quería
encontrárselo muerto de tristeza.

- No dejaré que mueras bestia. Te prometo que


volveré en ocho días, dijo Bella.

Bella estuvo en casa de su padre durante diez


días. Pensaba ya en volver cuando soñó con la bestia yaciendo en el jardín
del castillo medio muerta.

Regresó de inmediato al castillo y no lo vió por ninguna parte. Recordó su


sueño y lo encontró en el jardín. La pobre bestia no había podido soportar
estar lejos de ella.

- No os preocupéis. Muero tranquilo porque he podido veros una vez más.

- ¡No! ¡No os podéis morir! ¡Seré vuestra esposa!

Entonces una luz maravillosa iluminó el castillo, sonaron las campanas y


estallaron fuegos artificiales. Bella se dio la vuelta hacia la bestia y, ¿dónde
estaba? En su lugar había un apuesto príncipe que le sonreía dulcemente.

- Gracias Bella. Habéis roto el hechizo. Un hada me condenó a vivir con


esta forma hasta que encontrase a una joven capaz de amarme y casarse
conmigo y vos lo habéis hecho.

El príncipe se casó con Bella y ambos vivieron juntos y felices durante


muchos muchos años.
LA CAPERUCITA ROJA
Había una vez una dulce niña que quería mucho a su madre y a su abuela.
Les ayudaba en todo lo que podía y como era tan buena el día de su
cumpleaños su abuela le regaló una caperuza roja. Como le gustaba tanto e
iba con ella a todas partes, pronto todos empezaron a llamarla Caperucita
roja.

Un día la abuela de Caperucita, que vivía en el bosque, enfermó y la madre


de Caperucita le pidió que le llevara una cesta con una torta y un tarro de
mantequilla. Caperucita aceptó encantada.

- Ten mucho cuidado Caperucita, y no te entretengas en el bosque.


- ¡Sí mamá!

La niña caminaba tranquilamente por el bosque cuando el lobo la vio y se


acercó a ella.

- ¿Dónde vas Caperucita?


- A casa de mi abuelita a llevarle esta cesta con una torta y mantequilla.
- Yo también quería ir a verla…. así que, ¿por qué no hacemos una carrera?
Tú ve por ese camino de aquí que yo iré por este otro.
- ¡Vale!

El lobo mandó a Caperucita por el camino más largo y llegó antes que ella a
casa de la abuelita. De modo que se hizo pasar por la pequeña y llamó a la
puerta. Aunque lo que no sabía es que un cazador lo había visto llegar.

- ¿Quién es?, contestó la abuelita


- Soy yo, Caperucita - dijo el lobo
- Que bien hija mía. Pasa, pasa

El lobo entró, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un bocado. Se


puso su camisón y se metió en la cama a esperar a que llegara Caperucita.

La pequeña se entretuvo en el bosque cogiendo avellanas y flores y por eso


tardó en llegar un poco más. Al llegar llamó a la puerta.

- ¿Quién es?, contestó el lobo tratando de afinar su voz


- Soy yo, Caperucita. Te traigo una torta y un tarrito de mantequilla.
- Qué bien hija mía. Pasa, pasa

Cuando Caperucita entró encontró diferente a la abuelita, aunque no supo


bien porqué.

- ¡Abuelita, qué ojos más grandes tienes!


- Sí, son para verte mejor hija mía
- ¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!
- Claro, son para oírte mejor…
- Pero abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!
- ¡¡Son para comerte mejor!!

En cuanto dijo esto el lobo se lanzó sobre Caperucita y se la comió


también. Su estómago estaba tan lleno que el lobo se quedó dormido.

En ese momento el
cazador que lo había
visto entrar en la casa
de la abuelita comenzó
a preocuparse. Había
pasado mucho rato y
tratándose de un
lobo…¡Dios sabía que
podía haber pasado!
De modo que entró
dentro de la casa.
Cuando llegó allí y vio
al lobo con la panza
hinchada se imaginó lo
ocurrido, así que cogió
su cuchillo y abrió la
tripa del animal para sacar a Caperucita y su abuelita.

- Hay que darle un buen castigo a este lobo, pensó el cazador.

De modo que le llenó la tripa de piedras y se la volvió a coser. Cuando el


lobo despertó de su siesta tenía mucha sed y al acercarse al río, ¡zas! se
cayó dentro y se ahogó.

Caperucita volvió a ver a su madre y su abuelita y desde entonces prometió


hacer siempre caso a lo que le dijera su madre.
PULGARCITO

Había una vez un niño que era tan pequeño


como un pulgar. Su nombre era Pulgarcito y
era el menor de siete hermanos. Sus padres
eran dos campesinos muy pobres, que apenas si
podían alimentar a todos sus hijos. Después de
una mala cosecha, cuando escaseaba la comida,
los dos campesinos llegaron a la conclusión de
que no podrían cuidar de ellos, así que
decidieron abandonarlos en el bosque.
Pulgarcito, escuchando su conversación sin que
se dieran cuenta, se preparó para dejar un camino de piedras blancas en el bosque y así poder volver y no
perderse. Así, un día las cosechas mejoraron y Pulgarcito y sus hermanos pudieron volver, gracias al
camino de piedras que había dejado el pequeño. Pero, poco tiempo después la suerte se desvaneció y los
padres de Pulgarcito pensaron en volver a hacer lo mismo. Esta vez, el pequeñín se preparó para dejar
migas de pan en el camino en lugar de piedras, y así lo hizo.

Pero las migas de pan fueron comidas por los


pájaros del bosque y, cuando quisieron regresar
por el camino de migas de pan, no lo
encontraron y terminaron vagando por el
bosque hasta que llegaron a la casa de un feroz
ogro, que vivía con su mujer y sus siete hijas.
Al ogro le encantaba comer niños, y lo cierto es
que estuvo a punto de comerse a Pulgarcito y a
sus hermanos, pero su mujer le convenció de
que era mejor guardarlos para otra ocasión, cuando la comida escaseara. Aquella noche, mientras el ogro
dormía, Pulgarcito y sus hermanos trazaron un plan para no ser comidos por el ogro.
De esta forma fueron a donde dormían las siete hijas del ogro (que llevaban siete coronas sobre sus
cabezas), y Pulgarcito y sus hermanos cambiaron sus gorros por las coronas, procurando que no se
despertasen. De madrugada, cuando todo estaba aún a oscuras, el ogro despertó hambriento y decidido a
comerse a los niños. Pero como no podía ver muy bien fue hasta donde estaban sus hijas y acabó con
ellas, mientras Pulgarcito y sus hermanos escapaban por la puerta trasera de la casa.
Dándose cuenta de lo que había hecho, el ogro se calzó sus botas (que eran llamadas las botas de 7
leguas y que tenían dicho nombre porque eran mágicas) y, con cada paso que daba, podía recorrer nada
más y nada menos que siete leguas o, lo que es lo mismo, unos treinta y tres kilómetros. De esta forma el
ogro salió al bosque buscando a Pulgarcito y a sus hermanos, pero todos se habían dispersado, por lo que
iba a ser muy difícil encontrarlos a todos.

Y así durante largo rato el ogro buscó y buscó, recorriendo el bosque en toda su extensión hasta que se
cansó y se quedó dormido. Lo que el ogro no sabía era que Pulgarcito lo vigilaba, y cuando el ogro
volvió a dormirse Pulgarcito aprovechó para robarle sus botas mágicas. Tras esto, y con aquellas botas,
Pulgarcito se presentó en la corte del rey, ofreciéndose a prestarle servicios como el mensajero más
veloz del mundo. El rey accedió encantado y le pagó muy bien por sus servicios.
De esta forma, Pulgarcito logró amasar una buena fortuna. Tiempo después volvió con su familia y,
gracias a todo lo que había ganado como mensajero del rey, sus padres y hermanos jamás volvieron a
tener dificultades y vivieron felices para siempre.
FABULAS
LA HORMIGA Y LA PALOMA
Una paloma vio caer a una hormiga en un arroyo. La hormiga luchó en vano por
llegar a la orilla, y compadecida, la paloma dejó caer la hoja de un árbol junto a
ella. Aferrándose a la hoja como un
marinero náufrago, la hormiga flotó a
salvo hasta la orilla.

La hormiga estaba muy agradecida con la


paloma por salvarle la vida.
Al día siguiente, la hormiga vio a un
cazador apuntando a la paloma con una piedra. Sin pensarlo dos veces, se metió
dentro del zapato del cazador y le picó el pie, haciéndolo perder el tiro del dolor.
De esa manera, la hormiga salvó la vida de la paloma.
Moraleja: Una buena acción es recompensada con otra buena acción.

EL CABALLO Y EL ASNO
Un hombre tenía un caballo y un asno.

Un día que ambos iban camino a la ciudad, el asno, sintiéndose cansado, le dijo al
caballo:

- Toma una parte de mi carga si te interesa mi vida.

El caballo haciéndose el sordo no dijo nada y el asno cayó víctima de la fatiga, y


murió allí mismo.

Entonces el dueño echó toda la carga encima del caballo, incluso la piel del asno.
Y el caballo, suspirando dijo:

- ¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber


querido cargar con un ligero fardo ahora
tengo que cargar con todo, ¡hasta con la piel
del asno encima!

Moraleja: Cada vez que no tiendes tu mano


para ayudar a tu prójimo que honestamente
te lo pide, sin que lo notes en ese momento,
en realidad te estás perjudicando a ti mismo.
EL LEON Y EL RATON

En un día muy soleado, dormía plácidamente un león cuando un pequeño ratón


pasó por su lado y lo despertó. Iracundo, el león tomó al ratón con sus enormes
garras y cuando estaba a punto de aplastarlo, escuchó al ratoncito decirle:
—Déjame ir, puede que algún día llegues a necesitarme.
Fue tanta la risa que estas palabras le causaron, que el león decidió soltarlo.
Al cabo de unas pocas horas, el león quedó
atrapado en las redes de unos cazadores. El
ratón, fiel a su promesa, acudió en su ayuda.
Sin tiempo que perder, comenzó a morder la
red hasta dejar al león en libertad.
El león agradeció al ratón por haberlo salvado y
desde ese día comprendió que todos los seres
son importantes.
Moraleja: No menosprecies a los demás, todos tenemos las cualidades que
nos hacen muy especiales.

EL DESEO DEL PASTOR

Érase una vez un pastor que se encargaba de cuidar una manada de bueyes. Un día
se extravió un ternero y él desesperado salió en su búsqueda recorriendo los
alrededores, pero nada, no pudo hallarlo. Tanta era la angustia por la pérdida de este
ternerito que le prometió a Zeus que si le decía quién
era el responsable sacrificaría un cabrito en su
nombre.
El pastor continuó buscando y encontró a un león
comiéndose a su ternerito. Cuando vio quien era el
responsable de esto se asustó muchísimo y levantó
las manos exclamando:
– ¡Gran Zeus, sé que antes te he pedido que me muestres al ladrón a cambio de un
ternerito; pero ahora te pido que me ayudes a escapar de este león y te prometo
sacrificar un toro!
Moraleja: Los problemas tienen soluciones pero siempre ten presente que al
encontrarle, puedes estar encontrando el siguiente problema.
LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Durante todo un verano, una cigarra se dedicó a cantar y a jugar sin preocuparse
por nada. Un día, vio pasar a una hormiga con un enorme grano de trigo para
almacenarlo en su hormiguero.
La cigarra, no contenta con cantar y jugar, decidió burlarse de la hormiga y le dijo:
—¡Qué aburrida eres!, deja de trabajar y dedícate a disfrutar.
La hormiga, que siempre veía a la cigarra descansando, respondió:
—Estoy guardando provisiones para
cuando llegue el invierno, te aconsejo que
hagas lo mismo.
—Pues yo no voy a preocuparme por nada
—dijo la cigarra—, por ahora tengo todo lo
que necesito.
Y continuó cantando y jugando.
El invierno no tardó en llegar y la cigarra
no encontraba comida por ningún lado.
Desesperada, fue a tocar la puerta de la hormiga y le pidió algo de comer:
—¿Qué hiciste tú en el verano mientras yo trabajaba? —preguntó la hormiga.
—Andaba cantando y jugando —contestó la cigarra.
—Pues si cantabas y jugabas en verano —repuso la hormiga—, sigue cantando y
jugando en el invierno.
Dicho esto, cerró la puerta.
La cigarra aprendió a no burlarse de los demás y a trabajar con disciplina.
Moraleja: Para disfrutar, primero tienes que trabajar.
NOVELA
LA CASA DONDE MURIO

Camino del pueblo de B., situado cerca de la capital de una provincia cuyo
nombre no hace al caso, íbamos, en un carruaje tirado por dos muías, Cristina, su
madre, Fernando, el prometido de la joven, y yo. Eran las cinco de la tarde; el calor
nos sofocaba porque empezaba el mes de agosto, y los cuatro guardábamos silencio.
La sra. de López rezaba mentalmente para que Dios nos llevase con bien al término
de nuestro viaje; Cristina fijaba sus hermosos ojos en Fernando, que no reparaba en
ello, y yo contemplaba la deliciosa campiña, por la que rodaba nuestro coche. serían
las seis cuando el carruaje se detuvo a la entrada del pueblo; bajamos, y nos dirigimos
a una capilla donde se veneraba a Nuestra Señora de las Mercedes, a la que la madre
de Cristina tenía particular devoción. Mientras esta señora y su hija recitaban algunas
oraciones, Fernando me rogó que le siguiera al cementerio situado muy cerca de allí,
donde estaba su padre enterrado. Obedecí, y penetramos en un patio cuadrado, con las
tapias blanqueadas, y en el que se elevaban algunas cruces de piedra y de madera,
leyéndose sobre lapidas mortuorias varias inscripciones un tanto confusas. En un
rincón vi una mujer arrodillada, en la que mi compañero no pareció fijarse al pronto.

Me enseñó la tumba de su padre, que era sencilla, de mármol


blanco, y comprendí que no era únicamente por verla por lo que el
joven había llegado hasta allí. Observé que buscaba alguna cosa
que no encontraba, hasta que vio a la mujer, que era una vieja mal
vestida y desgreñada, que le estaba mirando atentamente. Fernando
bajó los ojos, y ya iba a alejarse, cuando la anciana se levantó y le
llamó por su nombre, obligándole a detenerse.
-¿Qué desea vd., madre María? le preguntó en un tono que quería parecer sereno.
-Lo de siempre, contestó la vieja, en cuya mirada noté cierto extravío; preguntarte
en dónde has ocultado a mi niña. Diez años hace que te la has llevado, bien lo sé, y
hoy me han dicho en el pueblo que vienes aquí para celebrar tu boda con otra.
-No ignora vd., madre María, que su luja murió hace diez años, y que yo pagué
su entierro para que su hermoso cuerpo descansase en este camposanto. A mi vez le
pregunto: ¿dónde se encuentra la tumba de la pobre Teresa?
-¿Acaso lo sé yo? Un día vine aquí, busqué la cruz que me indicaba el lugar donde
me decían que estaba ella, y ¿sabes lo que vi? Un hoyo vacío, y un poco más lejos la
tierra recientemente removida. Había cumplido el plazo, y como nadie cuidó de
renovarlo y pagar, aquel rincón no pertenecía ya a mi hija y la habían echado a la fosa
donde arrojan a los pobres, a los que entierran de limosna.
-¡Pero eso es una infamia! Yo envié dinero para esa renovación, exclamó
Fernando.
- No digo que no, pero la persona a quien tú escribiste estaba gravemente enferma;
en dos meses no abrió tu carta, y entonces ya era tarde. El joven bajó la cabeza y no
replicó.
-¿Con quién te casas? le preguntó la vieja.
-Con la srta. Cristina López.
-¿Y cuando te casas?
-Dentro de tres días.
-Eso será si Teresa lo consiente; ella es tu desposada y no tardara en venir a
buscarte.
-Madre María, dijo con tristeza el joven, Teresa no puede venir; los muertos no
salen de los sepulcros.
-Ya me lo dirás mañana temprano; por hoy vete en paz.
-Adiós, murmuró Fernando, dirigiéndose hacia la salida del cementerio, donde yo
le seguí.
-Sin duda te habrá extrañado lo que
acabas de ver y oír, me dijo apenas estuvimos
fuera; pero no será así cuando te cuente esa
historia de los primeros años de mi juventud,
que deseo conozcas en todos sus detalles.
Vamos ahora con Cristina y su madre, que sin
duda nos esperan ya, y luego, Mientras ellas
visitan la casa que hemos de habitar y en la
que está mi tía, la futura madrina de mi boda
y por la que hacemos hoy este viaje, lo sabrás
todo. Cristina y su madre nos esperaban, en efecto, y juntos nos dirigimos los cuatro
a casa de la tía de Fernando, que estaba situada en la plaza del pueblo haciendo esquina
a una calle estrecha y sombría, en la que, sin saber por qué, entré con una profunda
tristeza. La tía del joven no me agradó; era una señora de unos cincuenta años, alta,
delgada, con ojos grises muy pequeños, nariz larga que se inclinaba a su boca
puntiaguda, y cabellos casi blancos recogidos con una gorra de color oscuro. Estaba
muy enferma, y como había servido de madre a Fernando, este había suplicado a
la sra. de López que la boda se celebrase en el pueblo, para evitar a su tía las molestias
de un viaje que, aunque corto, hubiera sido sumamente penoso para ella. Mientras
Cristina y las dos ancianas visitaban la casa y recibían a los numerosos amigos que
acudieron al saber su llegada, Fernando, que se había obstinado en no subir al piso
superior, me llamó, me hizo sentar a su lado, y empezó la prometida historia en estos
términos:
-Hace once años, cuando solo tenía yo veinte y había acabado la carrera de
abogado en Madrid, mi padre me envió una temporada a este pueblo, para que hiciese
una visita a su única hermana, que es esa señora a quien acabas de ver.
Era yo huérfano de madre, me había educado sin sus consejos, lejos también de
mi padre, al que retenían fuera de su casa constantes ocupaciones; así es que puedo
asegurar que desconocía casi totalmente lo que eran los goces de familia. Aunque
heredero de una mediana fortuna, no debía entra en posesión de ella hasta mi mayor
edad; tenía muchos compañeros de estudios, pero ningún amigo; por lo tanto,
excusado es decir que hallándome casi solo en el mundo, me apresuré a aceptar con
júbilo lo que mi padre me proponía, poniéndome en camino para este pueblo con el
alma inundada de dulces emociones. ¿Correspondió esto a lo que yo esperaba?
Seguramente no. Mi tía me fue al pronto repulsiva, por más que se mostrara desde
luego cariñosa y tolerante conmigo; el pueblo me pareció triste, a pesar de sus jardines
y de las pintorescas casitas que hay en él; sus habitantes poco simpáticos, aunque
todos me saludaban con afecto. Me dediqué a la caza, estudié un poco la botánica, y
así se pasó un mes, durante el cual llegué a reconciliarme con mi tía, con el pueblo y
con sus moradores. Una mañana, al volver a casa, encontré al pasar por una de las
habitaciones, a una muchacha de quince a diez y seis años, a la que nunca recordaba
haber visto, cosiendo con el mayor afán. Al oír mis pasos alzó la cabeza, y aunque la
bajó de nuevo casi en seguida, no fue tan pronto para que no hubiera observado que
tenía hermosos cabellos castaños que rodeaban una frente blanca y pura, ojos pardos
que lanzaban miradas francas e inocentes, una boca pequeña, una nariz más graciosa
que perfecta y unas mejillas coloreadas por un suave carmín. No la dirigí la palabra,
pero pregunté a un criado quién era, sabiendo por él que venía a coser casi todos los
días a casa de mi tía Catalina, que era huérfana de padre, que mantenía a su anciana
madre, de la que era el único sostén, pues había perdido a sus tres hijos mayores, no
quedándole más amparo y más consuelo que aquella niña. La historia me interesó; yo
era joven, la muchacha era hermosa, no habíamos amado nunca, empezamos a hablar
sin que mi tía lo advirtiese, y acabamos por adorarnos. Teresa no había recibido una
educación vulgar; hasta los doce o trece años había estudiado en el convento de
religiosas del pueblo, saliendo de él a la muerte de su padre, acaecida hacía cuatro
años. No sé quién refirió a mi tía nuestros amores; ello es que los supo, que me
amonestó con dureza, amenazándome con hacerme marchar a Madrid, después de
escribírselo todo a mi padre, y desde entonces la joven no volvió a mi casa, y tuve
diariamente que salvar las tapias de su jardín para verla y hablarla, sin que su madre
lo advirtiera, pues también se oponía a nuestras amorosas relaciones. así estaban las
cosas, cuando hace poco más de diez años caí gravemente enfermo, atacado por unas
calenturas contagiosas. Mi tía se alejó de mí, los criados se negaron a asistirme, y
entonces María y Teresa se ofrecieron a ser mis enfermeras, no pudiendo oponerse mi
tía a ello porque mi estado era cada vez más alarmante y exigía continuos cuidados.
Desde el momento en que Teresa estuvo a mi lado sentí un dulce bienestar; la fiebre
desaparecía por instantes; pero se me figuraba ver que las mejillas de mi amada
tomaban tintes rojizos, que sus labios estaban comprimidos y ardientes, que sus ojos
brillaban con un fuego extraño. La enfermedad, que huía de mí, se iba apoderando de
ella, y era mi mismo mal el que la devoraba.
-¿Qué tienes?, la pregunté.
-He pedido tanto a Dios que salvase tu vida a costa de la mía, murmuró la joven,
que me parece que por fin se ha dignado escucharme y me voy a morir antes que tú.
Aquello era cierto; por la noche Teresa se agravó tanto, que no pudo volver a su casa,
y mi tía la ofreció su cuarto y su cama, para que descansase; entonces estaba
profundamente agradecida a los tiernos cuidados de la joven. Excusado es decir que
Doña Catalina pensaba renunciar para siempre a su habitación y a su lecho, temiendo
el contagio de la enfermedad. Me restablecí pronto, a medida que el estado de la joven
iba siendo más alarmante. Estaba desesperado, loco. Su madre también empezaba a
perder la razón. Un día me dijo el médico: «Ya no hay remedio para este mal.» Y ella
también murmuró a mi oído; «Me muero: pero soy feliz, porque tú me amas y me
amarás siempre.»
-¡Oh! te lo juro, exclamé; mi corazón y mi mano no serán de otra mujer jamás.
-Eso lo sé mejor que tú, dijo sonriendo dulcemente; también sentiré celos desde
otro mundo, de la mujer a quien ames, y no consentiré que seas perjuro. No quieras a
otra; no te cases nunca: no hay un ser en la tierra que pueda adorarte lo que yo, y yo
te aguardaré en el cielo.
Dos días después espiraba aquella angelical criatura, que ofreció a Dios su vida a
cambio de la mía.
Su madre se volvió loca.
Pagué el entierro de Teresa; compré una sepultura por: diez años... ya sabes que
hoy ignoro dónde descansa su cuerpo; envié una carta a mi tía, que no la leyó hasta
dos meses después de cumplirse el plazo, porque ella también estaba; enferma. Decirte
que durante estos diez años el recuerdo de Teresa me ha perseguido constantemente,
sería faltar a la verdad; he amado a otras mujeres, y hace cuatro años estuve a punto
de casarme con una hermosa joven; pero la desgracia hizo que un mes antes de
verificarse nuestro enlace los padres encontrasen un pretendiente a la mano de mi
amada, mejor que yo, y éste fue preferido por ellos, y la novia tuvo que someterse a
la voluntad de sus tiranos.
Hoy adoro a Cristina, y quiero unir su suerte a la mía, como ya se han unido
nuestras almas. ¿Lo conseguiré? Temo que no. La fatalidad me ha traído al pueblo
donde vivió Teresa; habito esta morada llena con su recuerdo; vengo a pasar los
primeros días de mi matrimonio en la casa donde ella murió, y un secreto
presentimiento me dice que Cristina no llegara a s ser esposa mía. Allí tienes la
historia de mis amores: ¿crees que mi temor sea fundado, o que la exaltación en que
me hallo es hija de mis pasadas desdichas?
Procuré tranquilizar a Fernando, y después, Mientras el joven se reunía a su bella
prometida, tuve deseos de ver aquella habitación donde Teresa había muerto, y me
hice conducir a ella por un antiguo servidor de Doña Catalina.
II. Entré en una sala lujosamente amueblada; pasé
por allí sin detenerme apenas, y abrí la puerta de un
gabinetito en el que estaba la alcoba donde murió la
desgraciada niña. Un lecho de madera tallada, algunas
sillas de tapicería, una cómoda, un lavabo y algunos
cuadros se veían en la pieza, todo cubierto de polvo,
señal evidente de que aquella parte de la casa estaba
abandonada por completo. El gabinete tenía una sola
ventana con vistas a la calle estrecha y sombría a la que
hacía esquina la casa de Fernando: enfrente de la
ventana había un armario de espejo: a un lado de éste
estaba la puerta de la alcoba, al otro una mesita de
escribir: algunas sillas iguales a las del dormitorio
completaban el mueblaje del gabinete que diez años antes perteneció a la tía de
Fernando.
Permanecí allí breves instantes, y luego, llegada ya la hora de la cena, fui en busca
de la familia y de sus convidados, sentándonos todos a una mesa suntuosamente
servida. La cena duró bastante tiempo; y antes de terminarla, un suceso imprevisto
vino a turbar la alegría de algunos, y a causar profunda impresión en el ánimo de
Fernando. Las campanas de la parroquia tocaban de una manera lúgubre; su voz,
siempre triste, parecía una queja que hería nuestros oídos a la vez que nuestro corazón.
-¿A qué tocan? preguntó Cristina a un criado que estaba cerca de ella.
-A agonía, contestó el hombre con tono indiferente. Aquí en los pueblos, señorita,
se toca por todo: cuando uno va a morir, cuando muere, cuando es el funeral, y...
-¿Quién está muriendo? interrumpió nuevamente Cristina.
- Una joven de diez y siete años.
-¿Cómo se llama? preguntó Fernando, cuyo rostro estaba lívido.
-Teresa, dijo el criado. Doña Catalina le lanzó una mirada furiosa; Fernando bajó
los ojos, y observé que sus manos temblaban; en Cristina y en su madre sólo se
advertía una profunda compasión hacia la infeliz criatura, que en lo más hermoso de
su vida, en lo más florido de su juventud, iba a abandonar esta tierra por un mundo
desconocido. Era Cristina tan dichosa, que pensaba que la humanidad entera debía
participar de su ventura, y no querer cambiarla por todos los goces celestiales.
Fernando, pretextando que el calor que en el comedor hacia era sofocante, pidió
permiso para retirarse un momento a la habitación inmediata, y yo le seguí.
-¿Qué te pasa? le pregunté.
-Se llama Teresa y tiene diez y siete años, murmuró.
-Es una casualidad.
-Una casualidad así, ¿no te parece un mal presagio tres días antes de mi boda?
Procuré distraerle, pero en vano; la campana lanzaba un tañido más fúnebre
todavía. Fernando, que conocía aquel toque, me dijo que la enferma había dejado de
existir. Le hice entrar de nuevo en el comedor, y las dulces palabras de Cristina
vencieron los temores de Fernando, que permaneció tranquilo hasta las doce de la
noche, hora en que todos nos despedimos hasta el día siguiente, retirándonos cada
cual a nuestras respectivas habitaciones. La mía tenía una ventana con vistas a la
plaza, y se hallaba situada debajo de la de mi amigo. Sin saber por qué no me era
posible conciliar el sueño; me puse a leer un rato, escribí otro, y por último, me levanté
y empecé a pasear con alguna agitación por la alcoba. Un instante después, noté cierto
movimiento en la de Fernando, oí abrir varias puertas con sigilo, las pisadas que
empezaron a sonar sobre el techo de mi cuarto se perdieren a lo lejos, y un secreto
instinto me advirtió que mi presencia era necesaria al joven. Sin darme cuenta de mis
acciones, salí precipitadamente en dirección al sitio donde murió Teresa. Mi amigo se
hallaba a dos pasos de la puerta del gabinete sin atreverse a abrirla. Al verme no
pareció extrañar que me hubiera levantado, como si fuera la cosa más natural del
mundo, y extendiendo su mano hacia la habitación cerrada, me dijo:
-Hace diez años que no entro allí.
-Ni hoy entraras tampoco, exclamé con decisión. Tú estás loco y has empezado a
contagiarme. No debiste nunca volver a esta casa, ni aun a este pueblo.
-Hace once años que mi tía es una madre para mí; once años que sé lo que es el
amor filial; ¿querrías que me casase lejos de ella?
-En buena hora; ya has cumplido con ese deber; ¿pero es preciso que entres ahí?
-Una vez sola, dijo en tono suplicante; una sola para saber si Teresa permite que
me case con Cristina. Mira, añadió, si al entrar en su cuarto lo hallo todo como hace
diez años, la cómoda, la cama, las sillas, me marcho tranquilo y soy feliz; si, por el
contrario, encuentro alguna alteración...
-Eres un niño, le interrumpí; pero si no deseas más que eso, entra, y la paz y la
felicidad sean contigo. sabía, por haberlo visto por la tarde, que todo estaba igual en
el cuarto donde murió Teresa; y no vacilé más, dejando pasar al joven al gabinete.
Fernando abrió la puerta y murmuró:
-Hay luz dentro. Me estremecí a pesar mío; un frío glacial se apoderó de mí,
porque al entrar mi amigo y yo vimos clara y distintamente, en la alcoba de Teresa,
un lecho mortuorio cubierto de negros paños, algunos hachones encendidos rodeando
un ataúd en el que descansaban los yertos despojos de una hermosa joven vestida de
blanco y coronada de flores. Al lado de ella velaba una mujer en la que reconocí a la
madre María, la loca que hallé por la tarde en el cementerio. Fernando lanzó un grito
extraño y se dejó caer de rodillas ocultando el rostro con las manos; yo cerré los ojos,
di algunos pasos y tropecé con la puerta de la alcoba. Miré entonces y vi el dormitorio
oscuro y desierto.
-Estamos los dos locos, murmuré. Volví en busca de Fernando, y lo comprendí
todo. Por la tarde el criado había dejado inadvertidamente abierta la ventana del
gabinete; ésta, como es sabido, daba a una calle estrecha, y en la casa de enfrente, en
una pobre habitación, se hallaba el cadáver de aquella joven desconocida, velado por
la madre de Teresa. Tan triste cuadro se reflejaba en el espejo del armario colocado al
lado de la puerta de la alcoba, y esto nos hizo suponer, a causa del estado excepcional
en que Fernando y yo nos hallábamos, que aquel cuerpo inerte descansaba en la propia
casa de mi amigo. La presencia de la madre María era natural allí, pues, según
acostumbrada hacer desde la muerte de su hija, pasaba las noches al lado del cadáver
de cualquiera joven que muriese en el pueblo. La que había dejado de existir era
sobrina de la anciana y llevaba por eso el nombre de su hija. Cerré la ventana y volví
al lado de Fernando. Le llamé repelidas veces, y no me contestó nada. Algo extraño e
invisible ocurrió en aquella habitación; me pareció escuchar un confuso aleteo, se
oscureció mi vista, y tuve que apoyarme en el armario para no caer.
-¡La casa donde murió! exclamó Fernando con voz apagada; tenía que ser así.
Amada mía, espérame, ya voy. Recobré al fin mi sangre fría, corrí hacia mi amigo,
cogí sus manos que estaban yertas, y las separé de su rostro, que parecía el de un
muerto. Después salí corriendo para llamar a los criados en mi auxilio. Media hora
más tarde la sra. de López, Cristina, Doña Catalina, un sacerdote y yo, rodeábamos la
cama donde descansaba Fernando.
-¡Cuanto duerme! exclamó Cristina. Me acerqué a él, hice una seña al sacerdote
para que me imitase, y éste puso una mano sobre el pecho de Fernando, y retrocedió
al punto, porque el corazón de mi amigo no latía.
-¿Qué hay? me preguntó Doña Catalina; y comprendiendo lo que pasaba, añadió:
- ¡Era lo único que me quedaba en el mundo; cúmplase la voluntad de Dios! El
sacerdote pronunció en voz baja algunas oraciones. Me volví hacia la puerta y vi en
su dintel a la madre María, que no sé cómo se había introducido hasta allí.
-Mi hija es feliz, murmuró, me ha dicho que Fernando y ella se han desposado
ya; sabía que esto no sucedería hasta que él viniese al cuarto donde Teresa estuvo
enferma, a la casa donde murió. Diez años he aguardado; ¡alabado sea el Señor, que
al fin me ha concedido esta ventura!
FIN
LOS FUNERALE DE MAMA GRENDE
Esta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana
absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en
olor de santidad un martes del setiembre pasado, y a cuyos funerales vino el sumo pontífice.
Ahora que la nación sacudida en sus entrañas ha
recobrado el equilibrio; ahora que los gaiteros
de San Jacinto, los contrabandistas de la
Guajira, los arroceros del Sinú, las prostitutas
de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y
los bananeros de Aracataca han colgado sus
toldos para restablecerse de la extenuante
vigilia, y que han recuperado la serenidad y
vuelto a tomar posesión de sus estados el
presidente de la república y sus ministros y
todos aquellos que representaron al poder
público y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren
los anales históricos; ahora que el sumo pontífice ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y
que es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de
cigarrillos, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que
vino al entierro, ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a
contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan
tiempo de llegar los historiadores.
Hace catorce semanas, después de interminables noches de cataplasmas, sinapismos y
ventosas, demolida por la delirante agonía, la Mamá Grande ordenó que la sentaran en su
viejo mecedor de bejuco para expresar su última voluntad. Era el único requisito que le hacía
falta para morir. Aquella mañana, por intermedio del padre Antonio Isabel, había arreglado
los negocios de su alma, y solo le faltaba arreglar los de sus arcas con los nueve sobrinos, sus
herederos universales, que velaban en torno al lecho. El párroco, hablando solo y a punto de
cumplir cien años, permanecía en el cuarto. Se habían necesitado diez hombres para subirlo
hasta la alcoba de la Mamá Grande, y se había decidido que allí permaneciera para no tener
que bajarlo y volverlo a subir en el minuto final.
Nicanor, el sobrino mayor, titánico y montaraz, vestido de caqui, botas con espuelas y un
revólver calibre 38, cañón largo, ajustado bajo la camisa, fue en busca del notario. La enorme
mansión de dos plantas, olorosa a melaza y a orégano, con sus oscuros aposentos atiborrados
de arcones y cachivaches de cuatro generaciones convertidas en polvo, se había paralizado
desde la semana anterior a la expectativa de aquel momento. En el profundo corredor central,
con garfios en las paredes donde en otro tiempo se colgaron cerdos desollados y se
desangraban venados en los soñolientos domingos de agosto, los peones dormían
amontonados sobre sacos de sal y útiles de labranza, esperando la orden de ensillar las bestias
para divulgar la mala noticia en el ámbito de la hacienda desmedida. El resto de la familia
estaba en la sala. Las mujeres lívidas, desangradas por la herencia y la vigilia, guardaban un
luto cerrado que era una suma de incontables lutos superpuestos. La rigidez matriarcal de la
Mamá Grande había cercado su fortuna y su apellido con una alambrada sacramental, dentro
de la cual los tíos se casaban con las hijas de las sobrinas, y los primos con las tías, y los
hermanos con las cuñadas, hasta formar una intrincada maraña de consanguinidad que
convirtió la procreación en un círculo vicioso. Solo Magdalena, la menor de las sobrinas,
logró escapar al cerco; aterrorizada por las alucinaciones se hizo exorcizar por el padre
Antonio Isabel, se rapó la cabeza y renunció a las glorias y vanidades del mundo en el
noviciado de la Prefectura Apostólica. Al margen de la familia oficial y en ejercicio del
derecho de pernada, los varones habían fecundado hatos, veredas y caseríos con toda una
descendencia bastarda, que circulaba entre la servidumbre sin apellidos a título de ahijados,
dependientes, favoritos y protegidos de la Mamá Grande.
La inminencia de la muerte removió la extenuante expectativa. La voz de la moribunda,
acostumbrada al homenaje y a la obediencia, no fue más sonora que un bajo de órgano en la
pieza cerrada, pero resonó en los más apartados rincones de la hacienda. Nadie era indiferente
a esa muerte. Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de
Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado,
en una hegemonía que colmaba dos siglos. La aldea se fundó alrededor de su apellido. Nadie
conocía el origen ni los límites ni el valor real del patrimonio, pero todo el mundo se había
acostumbrado a creer que la Mamá Grande era dueña de las aguas corrientes y estancadas,
llovidas y por llover, y de los caminos vecinales, los postes del telégrafo, los años bisiestos
y el calor, y que tenía además un derecho heredado sobre vida y haciendas. Cuando se sentaba
a tomar el fresco de la tarde en el balcón de su casa, con todo el peso de sus vísceras y su
autoridad aplastado en su viejo mecedor de bejuco, parecía en verdad infinitamente rica y
poderosa, la matrona más rica y poderosa del mundo.
A nadie se le había ocurrido pensar que la Mamá Grande fuera mortal, salvo a los miembros
de su tribu, y a ella misma, aguijoneada por las premoniciones seniles del padre Antonio
Isabel. Pero ella confiaba en que viviría más de 100 años, como su abuela materna, que en la
guerra de 1875 se enfrentó a una patrulla del coronel Aureliano Buendía, atrincherada en la
cocina de la hacienda. Solo en abril de este año comprendió la Mamá Grande que Dios no le
concedería el privilegio de liquidar personalmente, en franca refriega, a una horda de
masones federalistas.
En la primera semana de dolores el médico de la familia la entretuvo con cataplasmas de
mostaza y calcetines de lana. Era un médico hereditario, laureado en Montpellier, contrario
por convicción filosófica a los progresos de su ciencia, a quien la Mamá Grande había
concedido la prebenda de que se impidiera en Macondo el establecimiento de otros médicos.
En un tiempo recorría el pueblo a caballo, visitando a los lúgubres enfermos del atardecer, y
la naturaleza le concedió el privilegio de ser padre de numerosos hijos ajenos. Pero la artritis
le anquilosó en un chinchorro, y terminó por atender a sus pacientes sin visitarlos, por medio
de suposiciones, correveidiles y recados. Requerido por la Mamá Grande atravesó la plaza
en pijama, apoyado en dos bastones, y se instaló en la alcoba de la enferma. Solo cuando
comprendió que la Mamá Grande agonizaba, hizo llevar un arca con pomos de porcelana
marcados en latín y durante tres semanas embadurnó a la moribunda por dentro y por fuera
con toda suerte de emplastos académicos, julepes magníficos y supositorios magistrales.
Después le aplicó sapos ahumados en el sitio del dolor y sanguijuelas en los riñones, hasta la
madrugada de ese día en que tuvo que enfrentarse a la disyuntiva de hacerla sangrar por el
barbero o exorcizar por el padre Antonio Isabel.
Nicanor mandó a buscar al párroco. Sus diez hombres mejores lo llevaron desde la casa cural
hasta el dormitorio de la Mamá Grande, sentado en su crujiente mecedor de mimbre bajo el
mohoso palio de las grandes ocasiones. La campanilla del Viático en el tibio amanecer de
setiembre fue la primera notificación a los habitantes de Macondo. Cuando salió el sol, la
placita frente a la casa de la Mamá Grande parecía una feria rural.
Era como el recuerdo de otra época. Hasta cuando cumplió los 70, la Mamá Grande celebró
su cumpleaños con las ferias más prolongadas y tumultuosas de que se tenga memoria. Se
ponían damajuanas de aguardiente a disposición del pueblo, se sacrificaban reses en la plaza
pública, y una banda de músicos instalada sobre una mesa tocaba sin tregua durante tres días.
Bajo los almendros polvorientos donde la primera semana del siglo acamparon las legiones
del coronel Aureliano Buendía, se ponían ventas de masato, bollos, morcillas, chicharrones,
empanadas, butifarras, caribañolas, pandeyuca, almojábanas, buñuelos, arepuelas, hojaldres,
longanizas, mondongos, cocadas, guarapo, entre todo género de menudencias, chucherías,
baratijas y cacharros, y peleas de gallos y juegos de lotería. En medio de la confusión de la
muchedumbre alborotada, se vendían estampas y escapularios con la imagen de la Mamá
Grande.
Las festividades comenzaban la antevíspera y terminaban el día del cumpleaños, con un
estruendo de fuegos artificiales y un baile familiar en la casa de la Mamá Grande. Los selectos
invitados y los miembros legítimos de la familia, generosamente servidos por la bastardía,
bailaban al compás de la vieja pianola equipada con rollos de moda. La Mamá Grande
presidía la fiesta desde el fondo del salón, en una poltrona con almohadas de lino, impartiendo
discretas instrucciones con su diestra adornada de anillos en todos los dedos. A veces en
complicidad con los enamorados pero casi siempre aconsejada por su propia inspiración,
aquella noche concertaba los matrimonios del año entrante. Para clausurar el jubileo, la
Mamá Grande salía al balcón adornado con diademas y faroles de papel, y arrojaba monedas
a la muchedumbre.
Aquella tradición se había interrumpido, en parte por los duelos sucesivos de la familia, y en
parte por la incertidumbre política de los últimos tiempos. Las nuevas generaciones no
asistieron sino de oídas a aquellas manifestaciones de esplendor. No alcanzaron a ver a la
Mamá Grande en la misa mayor, abanicada por algún miembro de la autoridad civil,
disfrutando del privilegio de no arrodillarse ni en el instante de la elevación para no estropear
su saya de volantes holandeses y sus almidonados pollerines de olán. Los ancianos
recordaban como una alucinación de la juventud los doscientos metros de esteras que se
tendieron desde la casa solariega hasta el altar mayor, la tarde en que María del Rosario
Castañeda y Montero asistió a los funerales de su padre, y regresó por la calle esterada
investida de su nueva e irradiante dignidad, a los 22 años, convertida en la Mamá Grande.
Aquella visión medieval pertenecía entonces no solo al pasado de la familia, sino al pasado
de la nación. Cada vez más imprecisa y remota, visible apenas en su balcón sofocado
entonces por los geranios en las tardes de calor, la Mamá Grande se esfumaba en su propia
leyenda. Su autoridad se ejercía a través de Nicanor. Existía la promesa tácita, formulada por
la tradición, de que el día en que la Mamá Grande lacrara su testamento, los herederos
decretarían tres noches de jolgorios públicos. Pero se sabía asimismo que ella había decidido
no expresar su voluntad última hasta pocas horas antes de morir, y nadie pensaba seriamente
en la posibilidad de que la Mamá Grande fuera mortal. Solo esa madrugada, despertados por
los cencerros del Viático, los habitantes de Macondo se convencieron de que la Mamá Grande
no solo era mortal, sino que se estaba muriendo.
Su hora era llegada. En su cama de lienzo, embadurnada de áloes hasta las orejas, bajo la
marquesina de polvorienta espumilla, apenas se adivinaba la vida en la tenue respiración de
sus tetas matriarcales. La Mamá Grande, que hasta los cincuenta años rechazó a los más
apasionados pretendientes, y que fue dotada por la naturaleza para amamantar ella sola a toda
su especie, agonizaba virgen y sin hijos. En el momento de la extremaunción, el padre
Antonio Isabel tuvo que pedir ayuda para aplicarle los óleos en la palma de las manos, pues
desde el principio de su agonía la Mamá Grande tenía los puños cerrados. De nada valió el
concurso de las sobrinas. En el forcejeo, por primera vez en una semana, la moribunda apretó
contra su pecho la mano constelada de piedras preciosas, y fijó en las sobrinas su mirada sin
color, diciendo: “Salteadoras.” Luego vio al padre Antonio Isabel en indumentaria litúrgica
y al monaguillo con los instrumentos sacramentales, y murmuró con una convicción apacible:
“Me estoy muriendo.” Entonces se quitó el anillo con el Diamante Mayor y se lo dio a
Magdalena, la novicia, a quien correspondía por ser la heredera menor. Aquel era el final de
una tradición: Magdalena había renunciado a su herencia en favor de la Iglesia.
Al amanecer, la Mamá Grande pidió que la dejaran a solas con Nicanor para impartir sus
últimas instrucciones. Durante media hora, con perfecto dominio de sus facultades, se
informó de la marcha de los negocios. Hizo formulaciones especiales sobre el destino de su
cadáver, y se ocupó por último de las velaciones. “Tienes que estar con los ojos abiertos”,
dijo. “Guarda bajo llave todas las cosas de valor, pues mucha gente no viene a los velorios
sino a robar.” Un momento después, a solas con el párroco, hizo una confesión dispendiosa,
sincera y detallada, y comulgó más tarde en presencia de los sobrinos. Entonces fue cuando
pidió que la sentaran en el mecedor de bejuco para expresar su última voluntad.
Nicanor había preparado, en veinticuatro folios escritos con letra muy clara, una escrupulosa
relación de sus bienes. Respirando apaciblemente, con el médico y el padre Antonio Isabel
por testigos, la Mamá Grande dictó al notario la lista de sus propiedades, fuente suprema y
única de su grandeza y autoridad. Reducido a sus proporciones reales, el patrimonio físico se
reducía a tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia, y que con el
transcurso del tiempo, en virtud de intrincados matrimonios de conveniencia, se habían
acumulado bajo el dominio de la Mamá Grande. En ese territorio ocioso, sin límites
definidos, que abarcaba cinco municipios y en el cual no se sembró nunca un solo grano por
cuenta de los propietarios, vivían a título de arrendatarias 352 familias. Todos los años, en
vísperas de su onomástico, la Mamá Grande ejercía el único acto de dominio que había
impedido el regreso de las tierras al estado: el cobro de los arrendamientos. Sentada en el
corredor interior de su casa, ella recibía personalmente el pago del derecho de habitar en sus
tierr�s, como durante más de un siglo lo recibieron sus antepasados de los antepasados de
los arrendatarios. Pasados los tres días de la recolección, el patio estaba atiborrado de cerdos,
pavos y gallinas, y de los diezmos y primicias sobre los frutos de la tierra que se depositaban
allí en calidad de regalo. En realidad, esa era la única cosecha que jamás recogió la familia
de un territorio muerto desde sus orígenes, calculado a primera vista en 100 000 hectáreas.
Pero las circunstancias históricas habían dispuesto que dentro de esos límites crecieran y
prosperaran las seis poblaciones del distrito de Macondo, incluso la cabecera del municipio,
de manera que todo el que habitara una casa no tenía más derecho de propiedad del que le
correspondía sobre los materiales, pues la tierra pertenecía a la Mamá Grande y a ella se
pagaba el alquiler, como tenía que pagarlo el gobierno por el uso que los ciudadanos hacían
en las calles.
En los alrededores de los caseríos, merodeaba un número nunca contado y menos atendido
de animales herrados en los cuartos traseros con la forma de un candado. Ese hierro
hereditario, que más por el desorden que por la cantidad se había hecho familiar en remotos
departamentos donde llegaban en verano, muertas de sed, las reses desperdigadas, era uno de
los más sólidos soportes de la leyenda. Por razones que nadie se había detenido a explicar,
las extensas caballerizas de la casa se habían vaciado progresivamente desde la última guerra
civil, y en los últimos tiempos se habían instalado en ellas trapiches de caña, corrales de
ordeño, y una piladora de arroz.
Aparte de lo enumerado, se hacía constar en el testamento la existencia de tres vasijas de
morrocotas enterradas en algún lugar de la casa durante la guerra de Independencia, que no
habían sido halladas en periódicas y laboriosas excavaciones. Con el derecho de continuar la
explotación de la tierra arrendada y de percibir los diezmos y primicias y toda clase de
dádivas extraordinarias, los herederos recibían un plano levantado de generación en
generación, y por cada generación perfeccionado, que facilitaba el hallazgo del tesoro
enterrado.
La Mamá Grande necesitó tres horas para enumerar sus asuntos terrenales. En la sofocación
de la alcoba, la voz de la moribunda parecía dignificar en su sitio cada cosa enumerada.
Cuando estampó su firma, balbuciente, y debajo estamparon la suya los testigos, un temblor
secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la
casa, a la sombra de los almendros polvorientos.
Solo faltaba entonces la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo
supremo -el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio
de su especie- la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz
dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio
invisible:
La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía
nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el
primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las
constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos
trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos
caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia,
los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza
del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable,
la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la
escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de
la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión.
No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el
mare mágnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación
moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró.
Los habitantes de la capital remota y sombría vieron esa tarde el retrato de una mujer de
veinte años en la primera página de las ediciones extraordinarias, y pensaron que era una
nueva reina de la belleza. La Mamá Grande vivía otra vez la momentánea juventud de su
fotografía, ampliada a cuatro columnas y con retoques urgentes, su abundante cabellera
recogida a lo alto del cráneo con un peine de marfil, y una diadema sobre la gola de encajes.
Aquella imagen, captada por un fotógrafo ambulante que pasó por Macondo a principios de
siglo y archivada por los periódicos durante muchos años en la división de personajes
desconocidos, estaba destinada a perdurar en la memoria de las generaciones futuras. En los
autobuses decrépitos, en los ascensores de los ministerios, en los lúgubres salones de té
forrados de pálidas colgaduras, se susurró con veneración y respeto de la autoridad muerta
en su distrito de calor y malaria, cuyo nombre se ignoraba en el resto del país hacía pocas
horas, antes de ser consagrado por la palabra impresa. Una llovizna menuda cubría de recelo
y de verdín a los transeúntes. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto. El
presidente de la república, sorprendido por la noticia cuando se dirigía al acto de graduación
de los nuevos cadetes, sugirió al ministro de la guerra, en una nota escrita de su puño y letra
en el revés del telegrama, que concluyera su discurso con un minuto de silencio en homenaje
a la Mamá Grande.
El orden social había sido rozado por la muerte. El propio presidente de la república, a quien
los sentimientos urbanos llegaban como a través de un filtro de purificación, alcanzó a
percibir desde su automóvil en una visión instantánea pero hasta un cierto punto brutal, la
silenciosa consternación de la ciudad. Solo permanecían abiertos algunos cafetines de mala
muerte, y la Catedral Metropolitana, dispuesta para nueve días de honras fúnebres. En el
Capitolio Nacional, donde los mendigos envueltos en papeles dormían al amparo de
columnas dóricas y taciturnas estatuas de presidentes muertos, las luces del Congreso estaban
encendidas. Cuando el primer mandatario entró a su despacho, conmovido por la visión de
la capital enlutada, sus ministros lo esperaban vestidos de tafetán funerario, de pie, más
solemnes y pálidos que de costumbre.
Los acontecimientos de aquella noche y las siguientes serían más tarde definidos como una
lección histórica. No solo por el espíritu cristiano que inspiró a los más elevados personeros
del poder público, sino por la abnegación con que se conciliaron intereses disímiles y criterios
contrapuestos, en el propósito común de enterrar un cadáver ilustre. Durante muchos años la
Mamá Grande había garantizado la paz social y la concordia política de su imperio, en virtud
de los tres baúles de cédulas electorales falsas que formaban parte de su patrimonio secreto.
Los varones de la servidumbre, sus protegidos y arrendatarios, mayores y menores de edad,
ejercitaban no solo su propio derecho de sufragio, sino también el de los electores muertos
en un siglo. Ella era la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el
predominio de la clase sobre la plebe, la trascendencia de la sabiduría divina sobre la
improvisación mortal. En tiempos pacíficos, su voluntad hegemónica acordaba y
desacordaba canonjías, prebendas y sinecuras, y velaba por el bienestar de los asociados así
tuviera para lograrlo que recurrir a la trapisonda o al fraude electoral. En tiempos
tormentosos, la Mamá Grande contribuyó en secreto para armar a sus partidarios, y socorrió
en público a sus víctimas. Aquel celo patriótico la acreditaba para los más altos honores.
El presidente de la república no había tenido necesidad de recurrir a sus consejeros para medir
el peso de su responsabilidad. Entre la sala de audiencias de Palacio y el patiecito adoquinado
que sirvió de cochera a los virreyes, mediaba un jardín interior de cipreses oscuros donde un
fraile portugués se ahorcó por amor en las postrimerías de la Colonia. A pesar de su ruidoso
aparato de oficiales condecorados, el presidente no podía reprimir un ligero temblor de
incertidumbre cuando pasaba por ese lugar después del crepúsculo. Pero aquella noche, el
estremecimiento tuvo la fuerza de una premonición. Entonces adquirió plena conciencia de
su destino histórico, y decretó nueve días de duelo nacional, y honores póstumos a la Mamá
Grande en la categoría de heroína muerta por la patria en el campo de batalla. Como lo
expresó en la dramática alocución que aquella madrugada dirigió a sus compatriotas a través
de la cadena nacional de radio y televisión, el primer magistrado de la nación confiaba en
que los funerales de la Mamá Grande constituyeran un nuevo ejemplo para el mundo.
Tan altos propósitos debían tropezar sin embargo con graves inconvenientes. La estructura
jurídica del país, construida por remotos ascendientes de la Mamá Grande, no estaba
preparada para acontecimientos como los que empezaban a producirse. Sabios doctores de la
ley, probados alquimistas del derecho ahondaron en hermenéuticas y silogismos, en busca de
la fórmula que permitiera al presidente de la república asistir a los funerales. Se vivieron días
de sobresalto en las altas esferas de la política, el clero y las finanzas. En el vasto hemiciclo
del Congreso, enrarecido por un siglo de legislación abstracta, entre óleos de próceres
nacionales y bustos de pensadores griegos, la evocación de la Mamá Grande alcanzó
proporciones insospechables, mientras su cadáver se llenaba de burbujas en el duro setiembre
de Macondo. Por primera vez se habló de ella y se la concibió sin su mecedor de bejuco, sus
sopores a las dos de la tarde y sus cataplasmas de mostaza, y se la vio pura y sin edad,
destilada por la leyenda.
Horas interminables se llenaron de palabras, palabras, palabras que repercutían en el ámbito
de la república, aprestigiadas por los altavoces de la letra impresa. Hasta que alguien dotado
de sentido de la realidad en aquella asamblea de jurisconsultos asépticos, interrumpió el
blablablá histórico para recordar que el cadáver de la Mamá Grande esperaba la decisión a
40 grados a la sombra. Nadie se inmutó frente a aquella irrupción del sentido común en la
atmósfera pura de la ley escrita. Se impartieron órdenes para que fuera embalsamado el
cadáver, mientras se encontraban fórmulas, se conciliaban pareceres o se hacían enmiendas
constitucionales que permitieran al presidente de la república asistir al entierro.
Tanto se había parlado, que los parloteos transpusieron las fronteras, traspasaron el océano y
atravesaron como un presentimiento las habitaciones pontificias de Castelgandolfo. Repuesto
de la modorra del ferragosto reciente, el sumo pontífice estaba en la ventana, viendo en el
lago sumergirse los buzos que buscaban la cabeza de la doncella decapitada. En las últimas
semanas los periódicos de la tarde no se habían ocupado de otra cosa, y el sumo pontífice no
podía ser indiferente a un enigma planteado a tan corta distancia de su residencia de verano.
Pero aquella tarde, en una sustitución imprevista, los periódicos cambiaron las fotografías de
las posibles víctimas por la de una sola mujer de veinte años, señalada con una blonda de
luto. “La Mamá Grande”, exclamó el sumo pontífice, reconociendo al instante el borroso
daguerrotipo que muchos años antes le había sido ofrendado con ocasión de su ascenso a la
Silla de San Pedro. “La Mamá Grande”, exclamaron a coro en sus habitaciones privadas los
miembros del Colegio Cardenalicio, y por tercera vez en veinte siglos hubo una hora de
desconciertos, sofoquines y correndillas en el imperio sin límites de la cristiandad, hasta que
el sumo pontífice estuvo instalado en su larga góndola negra, rumbo a los fantásticos y
remotos funerales de la Mamá Grande.
Detrás quedaron los luminosos sembrados de melocotones, la Vía Apia Antica con tibias
actrices de cine dorándose en las terrazas sin todavía tener noticias de la conmoción, y
después el sombrío promontorio del Castelsantangelo en el horizonte del Tíber. Al crepúsculo
los profundos dobles de la Basílica de San Pedro se entreveraron con los bronces cuarteados
de Macondo. Desde su toldo sofocante, a través de los caños intrincados y las ciénagas
sigilosas que marcaban el límite del Imperio Romano y los hatos de la Mamá Grande, el
sumo pontífice oyó toda la noche la bullaranga de los monos alborotados por el paso de las
muchedumbres. En su itinerario nocturno la canoa pontificia se había ido llenando de costales
de yuca, racimos de plátanos verdes y huacales de gallina, y de hombres y mujeres que
abandonaban sus ocupaciones habituales para tentar fortuna con cosas de vender en los
funerales de la Mamá Grande. Su santidad padeció esa noche, por primera vez en la historia
de la Iglesia, la fiebre de la vigilia y el tormento de los zancudos. Pero el prodigioso amanecer
sobre los dominios de la Gran Vieja, la visión primigenia del reino de la balsamina y de la
iguana, borraron de su memoria los padecimientos del viaje y lo compensaron del sacrificio.
Nicanor había sido despertado por tres golpes en la puerta que anunciaban el arribo inminente
de su santidad. La muerte había tomado posesión de la casa. Inspirados por sucesivas y
apremiantes alocuciones presidenciales, por las febriles controversias de los parlamentarios
que habían perdido la voz y continuaban entendiéndose por medio de signos convencionales,
hombres y congregaciones de todo el mundo se desentendieron de sus asuntos y colmaron
con su presencia los oscuros corredores, los atiborrados pasadizos, las asfixiantes buhardas,
y quienes llegaron con retardo se treparon y acomodaron del mejor modo en barbacanas,
palenques, atalayas, maderámenes y matacanes. En el salón central, momificándose en espera
de las grandes decisiones, yacía el cadáver de la Mamá Grande, bajo un estremecido
promontorio de telegramas. Extenuados por las lágrimas, los nueve sobrinos velaban el
cuerpo en un éxtasis de vigilancia recíproca.
Aún debió el universo prolongar el acecho durante muchos días. En el salón del consejo
municipal, acondicionado con cuatro taburetes de cuero, una tinaja de agua filtrada y una
hamaca de lampazo, el sumo pontífice padeció un insomnio sudoroso, entreteniéndose con
la lectura de memoriales y disposiciones administrativas en las dilatadas noches sofocantes.
Durante el día, repartía caramelos italianos a los niños que se acercaban a verlo por la
ventana, y almorzaba bajo la pérgola de astromelias con el padre Antonio Isabel, y
ocasionalmente con Nicanor. Así vivió semanas interminables y meses alargados por la
expectativa y el calor, hasta que Pastor Pastrana se plantó con su redoblante en el centro de
la plaza y leyó el bando de la decisión. Se declaraba turbado el orden público, tarrataplán, y
el presidente de la república, tarrataplán, disponía de las facultades extraordinarias,
tarrataplán, que le permitían asistir a los funerales de la Mamá Grande, tarrataplán, rataplán,
plan, plan.
El gran día era venido. En las calles congestionadas de ruletas, fritangas y mesas de lotería,
y hombres con culebras enrolladas en el cuello que pregonaban el bálsamo definitivo para
curar la erisipela y asegurar la vida eterna; en la placita abigarrada donde las muchedumbres
habían colgado sus toldos y desenrollado sus petates, apuestos ballesteros despejaron el paso
a la autoridad. Allí estaban, en espera del momento supremo, las lavanderas del San Jorge,
los pescadores de perla del Cabo de Vela, los atarrayeros de Ciénega, los camaroneros de
Tasajera, los brujos de la Mojana, los salineros de Manaure, los acordeoneros de Valledupar,
los chalanes de Ayapel, los papayeros de San Pelayo, los mamadores de gallo de La Cueva,
los improvisadores de las Sabanas de Bolívar, los camajanes de Rebolo, los bogas del
Magdalena, los tinterillos de Mompox, además de los que se enumeran al principio de esta
crónica, y muchos otros. Hasta los veteranos del coronel Aureliano Buendía -el duque de
Marlborough a la cabeza, con su atuendo de pieles y uñas y dientes de tigre- se sobrepusieron
a su rencor centenario por la Mamá Grande y los de su especie, y vinieron a los funerales,
para solicitar del presidente de la república el pago de las pensiones de guerra que esperaban
desde hacía sesenta años.
Poco antes de las once, la muchedumbre delirante que se asfixiaba al sol, contenida por una
élite imperturbable de guerreros uniformados de dormanes guarnecidos y espumosos
morriones, lanzó un poderoso rugido de júbilo. Dignos, solemnes en sus sacolevas y
chisteras, el presidente de la república y sus ministros, las comisiones del parlamento, la corte
suprema de justicia, el consejo de estado, los partidos tradicionales y el clero, y los
representantes de la banca, el comercio y la industria, hicieron su aparición por la esquina de
la telegrafía. Calvo y rechoncho, el anciano y enfermo presidente de la república desfiló
frente a los ojos atónitos de las muchedumbres que lo habían investido sin conocerlo y que
solo ahora podían dar un testimonio verídico de su existencia. Entre los arzobispos
extenuados por la gravedad de su ministerio y los militares de robusto tórax acorazado de
insignias, el primer magistrado de la nación transpiraba el hálito inconfundible del poder.
En segundo término, en un sereno transcurso de crespones luctuosos, desfilaban las reinas
nacionales de todas las cosas habidas y por haber. Por primera vez desprovistas del esplendor
terrenal, allí pasaron, precedidas de la reina universal, la reina del mango de hilacha, la reina
de la ahuyama verde, la reina del guineo manzano, la reina de la yuca harinosa, la reina de la
guayaba perulera, la reina del coco de agua, la reina del frijol de cabecita negra, la reina de
426 kilómetros de sartales de huevos de iguana, y todas las que se omiten por no hacer
interminables estas crónicas.
En su féretro con vueltas de púrpura, separada de la realidad por ocho torniquetes de cobre,
la Mamá Grande estaba entonces demasiado embebida en su eternidad de formaldehído para
darse cuenta de la magnitud de su grandeza. Todo el esplendor con que ella había soñado en
el balcón de su casa durante las vigilias del calor, se cumplió con aquellas cuarenta y ocho
gloriosas en que todos los símbolos de la época rindieron homenaje a su memoria. El propio
sumo pontífice, a quien ella imaginó en sus delirios suspendido en una carroza
resplandeciente sobre los jardines del Vaticano, se sobrepuso al calor con un abanico de
palma trenzada y honró con su dignidad suprema los funerales más grandes del mundo.
Obnubilado por el espectáculo del poder, el populacho no determinó el ávido aleteo que
ocurrió en el caballete de la casa cuando se impuso el acuerdo en la disputa de los ilustres, y
se sacó el catafalco a la calle en hombros de los más ilustres. Nadie vio la vigilante sombra
de gallinazos que siguió al cortejo por las ardientes callecitas de Macondo, ni reparó que al
paso de los ilustres estas se iban cubriendo de un pestilente rastro de desperdicios. Nadie
advirtió que los sobrinos, ahijados, sirvientes y protegidos de la Mamá Grande cerraron las
puertas tan pronto como sacaron el cadáver, y desmontaron las puertas, desenclavaron las
tablas y desenterraron los cimientos para repartirse la casa. Lo único que para nadie pasó
inadvertido en el fragor de aquel entierro, fue el estruendoso suspiro de descanso que
exhalaron las muchedumbres cuando se cumplieron los catorce días de plegarias,
exaltaciones y ditirambos, y la tumba fue sellada con una plataforma de plomo. Algunos de
los allí presentes dispusieron de la suficiente clarividencia para comprender que estaban
asistiendo al nacimiento de una nueva época. Ahora podía el sumo pontífice subir al Cielo
en cuerpo y alma, cumplida su misión en la tierra, y podía el presidente de la república
sentarse a gobernar según su buen criterio, y podían las reinas de todo lo habido y por haber
casarse y ser felices y engendrar y parir muchos hijos, y podían las muchedumbres colgar sus
toldos según su leal modo de saber y entender en los desmesurados dominios de la Mamá
Grande, porque la única que podía oponerse a ello y tenía suficiente poder para hacerlo había
empezado a pudrirse bajo una plataforma de plomo. Solo faltaba entonces que alguien
recostara un taburete en la puerta para contar esta historia, lección y escarmiento de las
generaciones futuras, y que ninguno de los incrédulos del mundo se quedara sin conocer la
noticia de la Mamá Grande, que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la
basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos.
FIN

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