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CÓDIGO ROSA

Código Rosa. Relatos sobre abortos / Dahiana del Rosario Belfiori; comentarios de Nayla Luz
Vacarezza - 2a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: La Parte Maldita, 2021.
136 p.; 20 x 14 cm. ISBN 978-987-3897-40-5
1. Narrativa Argentina Contemporánea. 2. Literatura Testimonial. 3. Aborto. I. Vacarezza, Nayla
Luz, com. II. Acosta, Luis Rafael, ilus. III. Almada, Selva, prolog. IV. Título.

Diseño: Ana C. Zelada & MR.


Ilustraciones: Luis Acosta
©2021, Ediciones La parte maldita.
Bolivia 269, 4º “A”, CP 1406. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
edlapartemaldita@[Link]
Queda hecho el depósito que indica la Ley 11.723
1a edición, abril 2015.
2 a edición, junio 2021.

Licenciado bajo Creative Commons


Atribución - No comercial - Compartir obras derivadas igual
DA HI A NA BELFIOR I

CÓDIGO ROSA

R E L AT O S S O B R E A B O R T O S
ÍNDICE

Comentario de la autora a la segunda edición / 9


Prólogo. Por Selva Almada / 13
¿Por qué Código Rosa? / 17

No te quiero / 25
Acompañadas / 29
Por el inodoro / 37
Salir adelante / 45
Contar o no contar, eso lo decido yo / 49
Conocerse adentro / 47
Esta vez te toca a vos / 63
¿A favor de qué vida estás? / 69
Ser primeriza / 73
Yo me enteré tarde / 81
En la cocina / 83
La soportable liviandad de mi aborto / 89
El aborto es todos mis días / 95
Te acompañamos / 101
No quiero decirle bebé / 105
El método seguro / 109
Todas las violencias / 113

Aborto, experiencia, afectos.


Por Nayla Vacarezza / 121
a quienes abortamos y seguiremos abortando
C O M E N TA R I O D E L A A U T O R A
A L A S EG U N DA E DIC IÓN

Pasaron más de cinco años desde la publicación de Códi-


go Rosa. Relatos sobre abortos y una nueva edición de este
libro, extraño y fecundo, me llena de una vivificante ale-
gría. La alegría de la que hablo es una suerte de actitud
o, mejor dicho, un humor que me acontece y que, en
este singular momento, me interesa contribuir a propagar
como si de un contagio se tratara. Algunos meses después
de su publicación, y mientras me encontraba presentán-
dolo en distintos puntos del país, una movilización que se
transformó en hito para el movimiento feminista tomaba
las calles de cada lugar de Argentina. El mundo se hizo
eco y Ni una menos fue mucho más que una consigna.
Tres años después el Congreso de la Nación Argentina
debatía por primera vez un proyecto de Ley de Interrup-
ción Voluntaria del Embarazo que con inteligencia po-
lítica y persistencia feminista impulsamos desde la Cam-
paña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro
y Gratuito. Esta vez fue la marea verde la que tomó las
calles y nuevamente intuimos que no habría vuelta atrás.
La confirmación de esa intuición poderosa vino con la
sanción de la Ley de Acceso a la Interrupción Voluntaria
del Embarazo Nº 27.610 finalizando el año 2020.
En medio de este cambio de época, otros cambios per-
sonales —modestos y sin relevancia para la magnitud del
movimiento del cual participábamos— tuvieron lugar.

9
Me retiré del activismo socorrista, compartí experiencias
de lectura en Chile, en varias ciudades de España y en
Holanda y finalmente me mudé de ciudad. Estos eventos,
aparentemente inconexos, junto con mi trabajo en espa-
cios de coordinación de talleres literarios, hicieron que
se complejizara el “punto de vista narrativo feminista”
desde el cual leo y escribo el mundo. Mi mirada como
escritora, pero fundamentalmente como lectora se vio
afectada. Siento que este libro que parecía responder sólo
al pulso vital de una época —y a mi propio pulso en esa
época— permanece vigente porque hay allí un conjunto
de historias con pepitas de verdades que no cesa de desear
ser compartido. Es esta quizás mi mayor alegría.
Escribo estas palabras desde un tiempo de tristeza,
quizás de desazón, y tal vez por eso la alegría me resulta
provocadora. En medio de la inestabilidad, de la incerti-
dumbre, de la ausencia de horizonte que nos provocó la
pandemia caigo en la tentación de recordar la promesa de
la contemplación del estallido de los aromas en el botón
cerrado e incandescente del capullo de una f lor. Hay un
pequeño jardín incluso en la maceta de un balcón cita-
dino: el territorio inexplorado de lo imposible. No es
en lo posible donde conspiran los sueños. La materia de
los sueños crea escenarios y situaciones imposibles. Este
libro es producto de una imposibilidad en ese sentido:
unas cuantas fuerzas poderosas, a veces quizás contra-
dictorias, tuvieron que conf luir en su materialización. A
lo lejos podría verse como un milagro, sin embargo no
lo es: hay esfuerzos, hay inteligencias, hay alegrías, hay

10
decisiones. Hay un hilo de voz —que ya era susurro y ya
era grito— latiendo detrás de la marea y que todavía pro-
duce efectos. Con ley, y más allá de ella, el desafío sigue
siendo escuchar la singularidad de cada voz y su silencio,
atender a sus espesuras y a sus matices.

Dahiana Belfiori
Marzo 2021

11
PRÓ LOGO

Cuando tenía trece años, en la hora de biología, el orde-


nanza trajo el televisor y la videocasetera al aula y todxs
nos pusimos contentxs: ver una película era casi como tener
hora libre. Mientras el profesor y el ordenanza desplegaban
cables y conectaban aparatos, cuchicheábamos, nos codeá-
bamos, soltábamos risitas hormonales: ¿iríamos a ver uno de
esos documentales que hablaban de reproducción humana?
Sin embargo, la alegría nos duraría poco. A los quince mi-
nutos de proyección estaríamos con la cara larga y las chicas
más sensibles empezarían a lloriquear y hasta el varón más
indomable sentiría un malestar en el estómago. La película
era El grito silencioso, un video en contra del aborto muy
popular en los años ochenta, dirigido por el Dr. Bernard
Nathanson, que pasó de ser un abortista reconocido a un
antiabortista acérrimo. En el film se puede ver, a través de
una ecografía, cómo el feto supuestamente sufre, padece,
tratando de escaparle a la muerte, al punto de llegar a una
escena en la que abre la boca (parece abrir la boca) en una
suerte de grito mudo.
Vale aclarar que el colegio en el que cursé la secundaria,
en mi pueblo en Entre Ríos, era un colegio laico, del Estado.
Salimos al recreo pálidos y temblando.
Hasta ese momento la palabra aborto, para mí, había
sido de esas de las que sin saber exactamente el significa-
do, se intuye. Aborto venía acompañada de las palabras pe-
rejil, curandera, agujas de tejer, hemorragias e infecciones

13
mortales. Por supuesto, esta película solo vino a reforzar esa
idea. Abortar era algo terrible. Abortar era ofender a Dios.
Toda mi adolescencia estuvo atravesada por la convic-
ción de que abortar era sinónimo de asesinar.
Un par de años después de ver esa película, empezaron
a aparecer los primeros rumores de abortos en chicas de mi
edad, algunas compañeras de colegio, otras conocidas de
otros colegios o conocidas porque sus familias eran las fa-
milias ilustres del pueblo. La mayoría de esas chicas podían
seguir con sus vidas, con sus planes (ir al viaje de egresados,
estudiar una carrera, casarse por iglesia y tener hijos “cuan-
do fueran grandes”, seguir de novias con el mismo chico que
las había embarazado); ninguna de esas chicas, por suerte,
moría mientras le practicaban el aborto ni a consecuencia de
ello. En estos casos, no había perejil ni ungüentos mágicos,
sino un quirófano impecable y un médico matriculado y,
claro, honorarios imposibles para una chica como yo o para
chicas en peores condiciones económicas que yo. Las de
mi clase debíamos procurar no embarazarnos o resignarnos
a ser madres adolescentes o poner en riesgo nuestras vidas
abortando en el piso de cemento vivo de la casa humilde de
la abortera.
Aunque escuchaba escandalizada esos rumores de abor-
tos en condiciones sanitarias óptimas, al mismo tiempo estas
anécdotas iban cambiando mi percepción sobre el asunto.
Todavía la moral católica y la educación patriarcal no me
permitían comprender que una mujer tiene derecho a deci-
dir sobre su cuerpo y sobre todo lo que ocurra en él y con él;
pero, de algún modo, empezaba a vislumbrar las “ventajas”

14
de una maternidad elegida; las “ventajas” de poder enmen-
dar un error, un descuido, a tiempo y seguir adelante.
Así y todo me llevó años pronunciarme con absoluta con-
vicción a favor del aborto legal, seguro y gratuito: años de
anécdotas de mujeres cercanas que tuvieron que abortar no
en condiciones aberrantes, pero sí riesgosas para su vida y, en
algunos casos, de mucha humillación y bastardeo por parte
de los propios profesionales de la salud que las atendieron.
Entonces me hubiese gustado que un libro como este,
Código Rosa, cayera en mis manos. Entonces y ahora tam-
bién, por supuesto. Pero con más razón en aquellos tiempos
donde no sabía nada del tema, donde todo era confusión y
oscuridad. Saber que hay otras mujeres que ayudan a mu-
jeres a abortar. Saber que hay otro método, el misoprostol,
más seguro, menos invasivo, que la cirugía. Saber que podés
abortar en tu propia casa, acompañada de quien quieras o,
si querés estar sola, del otro lado de la línea telefónica hay
Rosas que te escuchan y te apañan. Conocer distintas his-
torias, distintas razones por las cuales una mujer decide no
seguir adelante con un embarazo y comprender a cada una.
Código Rosa hubiera hecho más libre y menos temerosa
mi adolescencia. Y seguramente hará más libres y más va-
lientes las cabezas de todas las mujeres de cualquier edad
que se zambullan en sus páginas.

Selva Almada*
*
Escritora. Es la autora de Chicas muertas (2014), Ladrilleros (2013), El
viento que arrasa (2012), entre otros libros. Sus obras fueron traducidas
a varios idiomas.

15
¿POR QUÉ CÓDIGO ROSA?

Voy a comenzar con una anécdota: —¿Hola, sí? ¿Hablo con


Código Rosa? —La voz que se escucha es la de una de las
tantas mujeres que se han comunicado a lo largo de estos
años con la línea de teléfono “Socorro Rosa” de la ciudad de
Neuquén. La que atiende es “Rosa”, una de las integrantes de
la Colectiva Feminista La Revuelta, y hace un esfuerzo por
contener la risa. Lo logra apenas y acuerdan un encuentro en
la semana. Rosa es ella y es todas las Rosas que a lo largo y
a lo ancho del país atienden sus “Teléfonos Rosas” —como
denominó la periodista Victoria Rodríguez a la aventura po-
lítica que da existencia a las líneas telefónicas alertas a esas
“llamadas que insisten”—. Al escuchar esta anécdota varias
de las socorristas que activamos en Argentina pensamos que
era un buen título para un cuento o una película de espio-
naje. Inmediatamente me pregunté por las ideas e imágenes
que circulan alrededor de los socorrismos. ¿Por qué “Códi-
go”? ¿Qué representaciones operan en torno al aborto y par-
ticularmente en torno a los socorrismos para que una mujer
eligiera usar esa palabra en lugar de “Socorro”? La palabra
código designa un conjunto sistematizado de normas, reglas
o leyes que requiere ser interpretado. Acaso los “Socorros
Rosas” se constituyan en una especie de código mínimo pero
vigoroso que regulariza aquello que sigue estando fuera de la
ley; no en vano solemos decir que dictamos nuestra propia ley
cada vez que abortamos y, en este caso, cada vez que acom-
pañamos a otras dando información sobre el uso seguro del

17
misoprostol —medicamento que provoca el aborto—. ¿Y por
qué entonces la inmediata asociación con el espionaje? Siendo
los abortos como son, prácticas clandestinas, algo de la ob-
tención y circulación de información de manera encubierta
se establece en torno a dichas prácticas. Sin embargo hemos
ido cambiando la historia desde ser “pasadoras de datos” has-
ta constituirnos en sujetas activas de esas prácticas. Creamos
el código, lo interpretamos, lo compartimos. Y lo hacemos
visible. Organizamos así una nueva forma de “espionaje” que
desplaza ciertos imaginarios sobre el aborto: hacemos circular
información a la vista de todxs. Así es que aquella llamada
da nombre a este libro de relatos ficcionalizados sobre algu-
nas experiencias de abortar con misoprostol en la ciudad de
Neuquén. Entiendo que Código Rosa es un aporte más a las
micro-intervenciones que componen uno de los modos de
ese desplazamiento.
¿Qué es entonces “Socorro Rosa”? Es un servicio que
brinda información y acompañamiento por vía telefónica
y en encuentros cara a cara a personas que deciden abor-
tar con misoprostol, medicamento que provoca contraccio-
nes uterinas, que posibilita la interrupción del embarazo y
que puede ser utilizado de manera segura. Nos agrupamos
en Socorristas en Red (feministas que abortamos). Esta red está
integrada por grupos y colectivas feministas de Argentina
y armamos así los “Socorros Rosas”. Tomamos este nom-
bre en clave genealógica, inspiradas ineludiblemente en los
acompañamientos de las feministas de las décadas del 60
y del 70. En particular los de las italianas, pero también
de las francesas y de las estadounidenses, quienes generaron

18
espacios de consejerías y acompañamientos para personas
que necesitaban practicarse un aborto desafiando así las im-
posiciones del heteropatriarcado.
Durante los años 2012 y 2013 las integrantes de la Colec-
tiva Feminista La Revuelta realizaron una serie de entrevistas
(más de veinte) a mujeres de la ciudad de Neuquén y alrede-
dores a las que acompañaron en sus experiencias de aborto
con misoprostol y aceptaron el desafío de contarlo. Fue una
decisión política de Las Revueltas —como solemos decirles—
acercarse, escucharlas y aprender sobre sus procesos. Luego
algunas de ellas realizaron un arduo trabajo de desgrabación:
cada entrevista consta de entre quince y treinta páginas. Es
esa la materia prima o materialidad política y militante que
hizo posible la escritura de este libro. Aquellas mujeres no
solo hablaron de “sus” abortos, ahondaron en sus vidas. Es de
destacar que cada una de ellas insistió en la importancia de
dar su testimonio “para que ayude a otras”.
A fines del año 2013 recibí la entusiasta propuesta —y
la confianza— de escribir relatos ficcionalizados teniendo
como base dichas entrevistas: había ahí una idea de libro.
Debo confesar que esa idea me estimuló y me maravilló, no
solo por la decisión de confiarme un material tan preciado
para que escribiera, sino porque me interpelaba fundamen-
talmente como socorrista y como sujeta que ha pasado por
su cuerpo la experiencia de abortar, en otro contexto y otro
tiempo social y político. Dije que sí casi sin pensarlo. No
sospechaba en aquel entonces las dificultades con las que me
tropezaría a la hora de darle otro cuerpo a lo que ya tenía
cuerpo. ¿Cómo trabajar con un material tan íntimo y no

19
traicionar el “tono” y el contenido que cada voz transmitía?
¿Qué hacer con mis propias dudas en relación al “uso” de
esas voces? ¿Era “literatura” lo que pretendía escribir? ¿Por
qué no simplemente imaginar estas historias en lugar de
partir de la realidad, no pocas veces cruda, que me ofrecían
las entrevistas? ¿Y si se publicaban las entrevistas directa-
mente? Fueron muchos los intercambios que tuvimos con
Las Revueltas a partir de estas inquietudes. Y fue extensa su
paciencia y constantes las propuestas de superación de obs-
táculos. Obstáculos que sin dudas tuvieron también mucho
de la propia resistencia a escribir —¿exponerme?— sobre
aborto. Los 18 relatos que dan forma a este libro son el re-
sultado de ese diálogo a lo largo de todo el año 2014. Los
lugares retratados son reales aunque han sido modificados
los contextos y las fechas. Decidí no respetar el orden cro-
nológico que las entrevistas sugerían y me dejé guiar por
las sensaciones a las que cada relato me enfrentaba cuando
debía darle el orden en el que aquí aparecen. Finalmente
sentí que eran las propias mujeres las que estaban contando
su historia y que yo era un medio para que eso se plasma-
ra en la ficción, preservando sus identidades, condensando
sus vidas e imaginando escenarios para sus palabras. Y digo
“mujeres” siendo consciente de que no son las únicas sujetas
que abortan. El aborto ocurre en cuerpos de lesbianas, per-
sonas trans, bisexuales. Sin embargo en este libro los relatos
tienen como base la experiencia de mujeres heterosexuales
dado que fueron ellas las que accedieron a ser entrevistadas.
Además de los relatos, Las Revueltas aventuraron un diálogo
con ilustraciones. Allí también me dieron total libertad para

20
elegir a lxs compañerxs de viaje. Luis Acosta y Gisela Martino
son lxs responsables de darle otro giro a las palabras, dos artis-
tas amigxs y compañerxs de vida y de activismo que también
soportaron mis vaivenes de humor y alentaron y aportaron sus
valiosas miradas a los textos. Ellxs también se enfrentaron a un
dilema: ¿cómo ilustrar un libro sobre aborto? Aunque suene
extraño, no pensaron en aborto. Hicieron eje en las personas,
en los cuerpos humanos, en sus emociones. La aproximación
que encontraron más respetuosa fue la del retrato.
Otro es el tiempo que transitamos en relación al abor-
to. Recuerdo el “Yo aborté” de hace más de diez años que
promovió y posibilitó rima (Red Informativa de Mujeres de
Argentina). Las experiencias allí narradas en primera persona
tenían la impronta de la “marca” que el aborto había provo-
cado en sus vidas: esa vivencia que hacía que se sintiera como
“un antes y un después de”. Los relatos que componen este
libro tienen otro tono, el aborto no parece ser un “antes y un
después de”, es simplemente y como lo dice una de las entre-
vistadas “una cosa más de la vida”. Por supuesto que no todas
las personas que deciden abortar tienen acceso a los acompa-
ñamientos que propiciamos desde Socorristas en Red. En ese
sentido sigue siendo un privilegio acceder a información ade-
cuada y confiable sobre las prácticas de aborto. Sin embargo
la tecnología vinculada a la comunicación (Internet, teléfonos
celulares, etc.) y la propia tecnología que la pastilla conlleva
facilitan cada vez más ese acceso. La Campaña Nacional por
el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito ha hecho po-
sible el cambio de época en relación al tema. Los “Socorros
Rosas” se inscriben en esa lucha y desde allí activamos por la

21
legalidad del aborto en Argentina. Estamos entonces frente
a una marca de época: cada vez más personas (no necesa-
riamente activistas) se animan hablar en este tiempo de sus
prácticas de aborto, lo que establece un modo para lograr su
despenalización social además de su legalidad.
Finalmente quiero contar otra anécdota que me terminó
de convencer de la necesidad de un libro como éste: en me-
dio de los varios pequeños conf lictos y dudas que tuve con
su escritura, le pedí a una amiga, Claudia Perren —profesora
de lengua y literatura— y compañera de Enredadera Colec-
tiva Feminista (colectiva a la que pertenezco y que activa en
la ciudad de Rafaela), que leyera algunos de los relatos. Me
instalé en su casa una tarde de sábado. A los pocos minutos
tocaron el timbre. Un ex alumno, Marcos, pasaba de visita.
Claudia le dijo: “Sentate, escuchá y callate la boca.” Ante el
silencio de ambxs, leí uno de los textos. Cuando terminé de
leer, visiblemente emocionado, Marcos me dijo: “Mirá, yo
estaba en contra del aborto o al menos no lo tenía muy cla-
ro”. Y dirigiéndose a mi amiga, exclamó: “Claudia, quiero
que me des de esos carteles que tenés por ahí ¡para salir a
pegar ya!”. Ese fue un enorme empujón para que brotaran
las últimas líneas. El Rosa con el que escribimos socorridas y
socorristas estas historias es un Rosa fuerte, intenso, lleno de
vida y de pasión. “La vida en Rosa” de estos tiempos es la
que escribimos desde la resistencia y la rebeldía de nuestros
cuerpos que hoy deciden gestarse a sí mismos.

Dahiana Belfiori
Febrero 2015

22
E N F E B R E RO D E 2 014 L A S R E V U E LTA S M E I N V I TA N A V I S I TA R
NEUQUÉN DUR ANTE UNOS BREVES E INTENSOS DÍAS. TIENE
U N O B J E T I VO CO N C R E TO L A V I S I TA : L A I D E A E S R E G I S T R A R
M I S I M P R E S I O N E S PA R A L A E S C R I T U R A D E E S T E L I B R O . D E
L A “ PA M PA H Ú M E DA” A L A PATAG O N I A S E C U E N TA N M I L E S
D E K I LÓ M E T RO S . E L V I A J E E N AV I Ó N M E A H O R R A S E N T I R S U
E S P E S O R E N L A S A RT I C U L AC I O N E S P E RO P U E D O R E C O N O -
C E R LO A H Í A B A J O, E N S U CO N S I S T E N C I A D E T I E M P O L A RG O
Y D E T E N I D O, M I E N T R A S PA S A N V E LO C E S N U B E S Y C A M P O S .
D E S D E E L C I E LO L A S C I U DA D E S S E V E N C O M O P U N TO S D I -
M I N U TO S , S A L P I C A DA S AQ U Í Y A L L Á E N U N E S C E N A R I O D E
C UA D R A D O S V E R D E S , M A R RO N E S , O C R E S , A M A R I L LO S . M I E N -
TR A S V I A J O TE N GO L A CO S T U M B R E D E I M AG I N A R H I S TO R I A S .
L A S H I S TO R I A S N O D I F I E R E N M U C H O E NTR E S Í , SO LO C A M B I A
E L H O R I ZO N T E . P I E N S O Q U E L A S Q U E V E N G O A R E G I S T R A R
TA M P O C O S E R Á N D I S T I N TA S D E L A S Q U E C O N OZC O. V E R É
L U E G O Q U E S I E M P R E H AY M AT I C E S , Q U E C A DA U N A T I E N E
A LG O S I N G U L A R E I N T R A N S F E R I B L E , Q U E E L PA I S A J E E J E RC E
S U C U OTA D E S O R P R E S A , Q U E C A DA L U G A R E S Ú N I C O , E S
E S P E C I A L P O R L A T R A M A D E R E L AC I O N E S A F E C T I VA S Q U E S E
E S TA B L E C E N . E N E L A E RO P U E RTO D E N E U Q U É N M E E S P E R A
RO S A Q U E YA O RG A N I ZÓ LO Q U E R E S TA D E L A TA R D E PA R A
VA R I A D O S E N C U E N T RO S . L L E G O A E S A C I U DA D P O R S E G U N -
DA V E Z E N M I V I DA . L A P R I M E R A F U E PA R A E L E N C U E N T RO
N AC I O N A L D E M U J E R E S R E A L I Z A D O E N E L 2 0 0 8 . PA S A RO N
S E I S A Ñ O S D E S D E E N TO N C E S . A H O R A L A E X P E R I M E N TO M Á S
TE R ROSA , M Á S S EC A DE LO Q U E L A R ECO R DA B A . H A B R Á S I DO
L A L LU V I A P E R S I S T E N T E D E AQ U E L LO S D Í A S Q U E M E I M P I D I Ó
P E RC I B I R S U S E R D E T I E R R A . A P E S A R D E S U S B A R DA S Y S U S
O N D U L AC I O N E S , H AY U N L L A N O M Á S P RO F U N D O Q U E M E
R EC U E R DA LOS P U E B LOS D E S A NTA F E , L A PROV I N C I A E N Q U E
N AC Í Y V I VO, P E RO S I N E L V E R D E A RT I F I C I A L D E LO S S E M B R A -
D O S D E S O J A . AQ U Í L A T I E R R A N O E S C O N D E S U S H E R I DA S ,
L A S E X H I B E A N T E E L A ZOT E P E R M A N E N T E D E L V I E N TO Y L A
AC C I Ó N D E VA S TA D O R A D E L A S M ÁQ U I N A S E X T R AC TO R A S
D E P E T RÓ L E O.

23
24
NO TE QU I E RO

Es hermoso sentir la piel de su espalda bajo la presión de


mis dedos. Me entretengo sobre la f lor tatuada en la nuca
justo debajo del nacimiento de su pelo largo, abundante,
que huele a jazmín. Me marea su perfume y caigo en la f lor.
Abro mi cuerpo, ofrecida. Lo deseo con el estómago, con
la boca, la lengua, los dientes. Muerdo su hombro derecho.
Hago círculos en cada omóplato mientras él exhala en mi
cuello los días a la orilla del río Limay. En cada órbita que
dibujan mis manos, un remolino de agua se desprende de
sus ojos. Marcelo habla con los ojos. Y con las manos. La
voz de su mirada es distinta a la que sale de su boca. Es una
voz antigua, que trae ecos de fogón y de selva, es ajena y
propia al mismo tiempo. Con la voz de sus ojos navego por
el mismo río que él camina a diario buscando sonidos para
su guitarra; con la de sus manos me hundo en mis mares,
más lejanos, cuando nos encontramos en la noche.
Es hermoso sentir su piel. Es otro modo de hacer el si-
lencio, de vivir más tranquilos. Eso buscábamos cuando nos
vinimos al pueblo: el río y su costa, la casa pequeña y los
frutales alrededor, algunos animales y nuestros hijos co-
rriendo por ahí. Al lado de la casa armamos un centro cul-
tural para los chicos de la zona. Los álamos nos envuelven y
el río nos atraviesa empapando la costa, manso y teñido de
tierra, siempre presente. Acá no hay otro apuro más que el
del hambre y cuando el hambre viene la huerta es generosa.
Nos vamos amigando con las estaciones de la siembra y de

25
la cosecha. Vamos conociendo nuestras hambres. La gallina
también es generosa. Pone huevos cuando quiere. Mora,
la más pequeña de mis hijas, la persigue por el bosque que
rodea la cabaña, quiere saber de dónde le sale el huevo. A
mí me da risa su inquietud y la sigo entretenida. Es que el
hambre tiene sus misterios y el cuerpo sus urgencias, esta
que me aprieta a Marcelo, como aquella otra en que el de-
seo me sumergió en su río. Mora viene de ese deseo. De ese
deseo vino lo que no quise.
El deseo también recorre la salita de obstetricia del cen-
tro de salud donde atiendo a mujeres, escucho sus modos,
registro sus tiempos durante el trabajo de parto. Cuando
transpiran sus manos, les susurro respirando con ellas, imito
sus jadeos. Y si su cara se tensa por el dolor de las contrac-
ciones cada vez más seguidas, acelero el ritmo de mi res-
piración y dejo que se aferren a mis manos. Algunas veces
me lastiman, parecen fieras cuando paren. Parir tiene su
ritmo, cada vez novedoso y primitivo. Otras veces sus gritos
producen remolinos en el río, me gusta pensar que tienen
ese poder.
Va a estar todo bien, no te quiero ahora. Preferimos que no ven-
gas, dije mientras me colgaba para dejar salir lo que nunca
daría a luz en el mismo lugar donde me colgué para que
Mora viniera. En esta casa, jadeando también, parí a mi
hija bajo el álamo. Ahora no quiero ser madre. No otra vez.
Y la ansiedad le imprime a mi aliento un ritmo irregular.
Como cuando me encontré con Magda en Neuquén, una
conocida del pueblo. Vengo acá a abortar porque me lo aconsejó
Celina, me dijo. Celina es médica y es la mamá de Juan y

26
Lena, unos nenes preciosos que cuido un par de veces por
semana. Aquel encuentro en la plaza frente al monumento,
con un grupo de mujeres hablando en voz alta del aborto
que nos íbamos a hacer, me sorprendió y me tranquilizó. En
la plaza me di cuenta que ellas hacen lo mismo que hago yo:
acompañan a otras mujeres.
Sol está de cinco meses de embarazo luego de seis abortos
espontáneos. Mi amiga Sol, que anhela ser madre, me dijo
que era bueno para soltar y soltarme que repitiera: perdón,
te amo, gracias. Sin proponérselo me entregó una especie de
llave que desde siempre compartimos las mujeres. Eso hice.
Me colgué, esperé a que las pastillas hicieran efecto y repetí
en voz baja, como un mantra, perdón, te amo, gracias.
Lloré sin culpa. Lloré para que mi determinación no
estuviera sola. No quería ese embarazo. No lo quería, no
lo quiero. No ahora. No. Quiero disfrutar de Marcelo, de
la casa, de los álamos, de Mora persiguiendo a la gallina.
Quiero acompañar a otras en el viaje que sus cuerpos andan
cuando paren. Yo parí mi aborto. Cayó en un balde que
puse entre mis piernas. Entonces fui a la salvia de la noche,
la planta que limpia mi sangre menstrual, y se lo di todo. Se
lo ofrecí a la tierra mientras le agradecía y le pedía por Sol,
por su embarazo. Algo nos une y se lo dije. Hacemos de
nuestros cuerpos el lugar para albergar nuestras decisiones.
Querer y no querer, estamos atravesadas por el deseo. Vos le
decís sí. Yo: no te quiero.

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