EEUU DURANTE LA GUERRA FRIA
La política estadounidense en los años de posguerra consistió en contener a la Unión Soviética.
George Kennan, un alto funcionario de la embajada de Estados Unidos en Moscú, definió ese
nuevo enfoque en un largo telegrama que envió al Departamento de Estado en 1946. Él mismo
amplió su análisis en un artículo publicado con la firma "X" en el prestigioso periódico Foreign
Affairs. En una alusión al tradicional sentimiento de inseguridad de Rusia, Kennan dijo que la Unión
Soviética no suavizaría su posición por ningún concepto. Escribió que Moscú estaba
"comprometido en forma fanática con la idea de que no era posible tener un modus vivendi
permanente con [Link]. y que era deseable y necesario perturbar la armonía interna de nuestra
sociedad". La presión de Moscú para expandir su poder tendría que ser neutralizada con una
"labor firme y vigilante para contener la tendencia expansionista de Rusia.
La Guerra Fría no sólo configuró la política exterior de Estados Unidos, sino también tuvo un
profundo efecto en los asuntos internos. Por largo tiempo los estadounidenses habían temido una
subversión radical. A veces esos temores fueron quizá exagerados y se usaron como pretexto para
justificar restricciones políticas que en otras condiciones habrían sido inaceptables, pero también
es cierto que algunos individuos sometidos a la disciplina del Partido Comunista y muchos de sus
parásitos simpatizantes no entregaron su lealtad política a Estados Unidos sino al movimiento
comunista internacional o, en términos prácticos, a Moscú.
En los tres lustros posteriores a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos logró un crecimiento
económico asombroso y consolidó su posición como la nación más rica del mundo. El producto
nacional bruto (PNB), una medida del total de bienes y servicios producidos en un país, aumentó
en el país de unos 200.000 millones de dólares en 1940 a 300.000 millones en 1950 y a más de
500.000 millones en 1960. El crecimiento tuvo distintas fuentes: el estímulo económico debido a
los gastos públicos en gran escala para la Segunda Guerra Mundial ayudó a ponerlo en marcha y
dos necesidades básicas de la clase media ayudaron mucho a mantenerlo en movimiento. El auge
de la construcción de viviendas, alentado en parte por las facilidades concedidas a los ex
combatientes para la obtención de hipotecas, fomentó la expansión. El aumento de los gastos de
defensa hizo también su aportación a este respecto cuando la Guerra Fría se recrudeció. A partir
de 1945, las mayores corporaciones de Estados Unidos crecieron aún más. Ya había habido
oleadas de fusiones en las décadas de 1890 y 1920, y se produjo una oleada más en la de 1950.
La televisión tuvo también un impacto poderoso sobre las pautas sociales y económicas. En 1960,
tres cuartas partes de las familias del país tenían por lo menos un televisor. A mediados de la
década, la familia promedio dedicaba cuatro o cinco horas al día a mirar la televisión. Dos
programas populares para niños fueron Howdy Doody Time y The Mickey Mouse Club; los
espectadores de más edad preferían comedias de situaciones como I Love Lucy (Yo quiero a Lucy)
y Father Knows Best (Papá lo sabe todo). Los estadounidenses de todas las edades quedaron
expuestos a una publicidad cada día más sofisticada, la cual les mostraba productos que, según se
les decía, eran necesarios para la buena vida
. La primera prioridad de Truman en el periodo inicial de la posguerra consistió en lograr la
transición a una economía de tiempo de paz. Los soldados tenían prisa por volver a su hogar, pero
en cuanto lo hacían se enfrentaban a la competencia por la vivienda y el empleo. La Ley de
Conscriptos, aprobada antes del final de la guerra, ayudó a facilitar la reintegración de éstos a la
vida civil, pues les brindó diversos beneficios, como préstamos con garantía para la compra de
viviendas y ayuda financiera para su capacitación industrial y educación universitaria. El
descontento laboral era más inquietante. Cuando cesó la producción para la guerra, muchos
trabajadores perdieron su empleo y otros exigieron aumentos de salario que, a su juicio, se les
debían desde mucho tiempo atrás. En 1946 se declararon en huelga 4,6 millones de trabajadores,
más que nunca antes en la historia de Estados Unidos. Ellos desafiaron a las industrias del
automóvil, el acero y la electricidad. Cuando se lanzaron contra los ferrocarriles y las minas de
carbón bituminoso, Truman intervino para poner coto a los excesos sindicales, pero con eso se
distanció de muchos trabajadores.
En los años 50, muchos comentaristas culturales argumentaron que prevalecía un sentimiento de
uniformidad en toda la sociedad de Estados Unidos. Ellos decían que el conformismo era
increíblemente común. A pesar de que durante la Segunda Guerra Mundial se les impusieron
nuevas pautas de empleo a los hombres y las mujeres, sus papeles tradicionales se reafirmaron en
cuanto terminó el conflicto.
En los años de posguerra, los afro-estadounidenses se tornaron cada vez más contestatarios.
Durante la guerra impugnaron la discriminación en el servicio militar y en la fuerza de trabajo y
lograron modestas conquistas. Millones de afro-estadounidenses dejaron las granjas del sur para ir
a las ciudades del norte, donde esperaban hallar mejores empleos. Lo que encontraron en lugar de
eso fueron barrios urbanos pobres y congestionados. Funcionarios del gobierno y muchos otros
estadounidenses descubrieron el nexo entre los problemas raciales y la política de la Guerra Fría.
Como líder del mundo libre, Estados Unidos buscó apoyo en África y Asia, pero la discriminación
en su suelo malogró sus intentos de ganar amigos en otras partes del mundo. Harry Truman apoyó
el movimiento de los derechos civiles. Al hacer la evaluación de una racha de linchamientos y
violencia contra los afro-estadounidenses en el sur en 1946, designó un comité de derechos civiles
para investigar la discriminación.