EL ESPÍRITU SANTO ALIENTO FUERZA
ACTUANTE DE DIOS
«Jesús tomó el vinagre y dijo: Está cumplido. E inclinando la cabeza entregó
el espíritu» (Jn 19,30). La palabra «espíritu» traduce el término hebreo
«ruah», que significa aliento, aire, viento. Como aliento divino que infunde la
vida, aparece en la creación del mundo (Gén 1,2; Sal 104,30) y en la del
hombre (Gén 2,7). El mismo aliento divino recrea y restaura la vida
deteriorada (Ez 37,1-14).
1. Dios es trinidad
Al comienzo de nuestra reflexión sobre el Espíritu Santo, hemos de
recordar, ante todo, que el Dios revelado por Jesucristo, el único verdadero,
es esencial y absolutamente diferente del Dios de cualquier otra religión.
Los cristianos somos bautizados «en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo» (Mt 28,19). Creemos en un Dios que es misterio de Amor
porque es comunión de vida de tres personas: el PADRE que, desde toda la
eternidad, engendra al Hijo y se da totalmente a él; el HIJO que recibe todo
su ser del Padre, es su imagen y se entrega totalmente a aquél de quien
recibe el ser; el ESPÍRITU SANTO que procede de la donación mutua de
ambos y es su amor personificado, el beso que se intercambian. Creemos,
pues, en un Dios único, pero no solitario; en un solo Dios, pero cuya vida
íntima es tan rica que está constituida por tres personas realmente distintas
entre sí. Y esto que es Dios por dentro, se refleja en todo lo que hace hacia
fuera. Toda obra de Dios es a la vez obra común de las tres Personas y
específica de cada una de ellas. Y así
El Padre es el que tiene siempre la iniciativa.
El Hijo consiente, es decir, quiere junto al Padre ser aquél en el cual y por el
cual se realiza el proyecto del Padre.
El Espíritu Santo es el que nos libera de los límites de la finitud y nos hace
capaces de Dios.
Todo, pues, tiene su origen en el Padre, cuya intención es comunicarnos su
vida; el Hijo se ofrece para realizar ese proyecto; y el Espíritu, por su parte,
hace que la obra del Hijo se haga experiencia e historia. San Atanasio de
Alejandría explica esta acción triple a través de dos metáforas bellísimas. Si
comparamos a Dios con la luz, el Padre sería el foco que la produce, el Hijo
el resplandor que procede de él y el Espíritu Santo el que nos da ojos para
verla. Y si lo comparamos con el agua, el Padre sería el manantial, el Hijo el
río que nos la trae hasta nosotros y el Espíritu Santo quien despierta
nuestra sed y nos hace capaces de beberla.
Si Dios actúa así, nuestra relación con él tendrá una dinámica inversa: en el
Espíritu, que habita en nosotros y nos transforma, a través del Hijo,
realizador del proyecto divino, llegamos al Padre, fuente y origen de toda
realidad.
Este misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de nuestra fe,
porque es la fuente de todos los demás y la luz que los ilumina. Y, por lo
mismo, es el secreto y la explicación última de nuestra vida. Porque hemos
sido creados por la Trinidad, estamos hechos a su imagen y tenemos como
destino participar de su propia vida. Y este misterio nos descubre que la
clave de todo es el amor: es lo que une a las tres divinas personas; a Dios
con los hombres; a los hombres entre sí y con Dios. El amor es la esencia
de la realidad.
2. El Espíritu Santo en la creación
En el Credo lo confesamos como «Señor y dador de vida». Y,
efectivamente, el Espíritu es la persona divina a través de la cual Dios
Padre infunde la vida a todas las criaturas, las llama de la nada a la
existencia.
En primer lugar, el Espíritu crea el mundo como escenario de la relación del
hombre con Dios y como revelación de la sabiduría y de la bondad de Dios.
Así lo intuyó la experiencia religiosa del pueblo de Israel al afirmar que, ya al
principio de la creación, «el aliento de Dios aleteaba sobre las aguas» (Gén
1,2). O cuando cantaba: «Envías tu aliento y los creas y repueblas la faz de
la tierra» (Sal 104,30). Con el término «aliento» o «soplo», que es el que
nosotros traducimos por «espíritu», querían designar la fuerza vital, la
energía con la que Dios da la vida.
Enraizado y emparentado con el resto de la creación, el hombre recibe
como un plus de aliento divino, que lo convierte en una criatura única. Y la
razón es clara: es la única criatura hecha a imagen del Creador: «Creó,
pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y
mujer los creó» (Gén 1,27).
La Persona- Amor ha creado al hombre a imagen del Dios Trinitario, es
decir, como persona capaz de darse y de recibir libremente, como persona
capaz de amar, para que pueda compartir la misma vida amorosa de Dios y
participar en ella. Por eso, todo lo que es el hombre –su ser físico, mental y
espiritual–, su existencia y su destino, sólo se puede entender desde el
Espíritu. Sólo desde el Espíritu descubrimos por qué estamos hechos así y
para qué. Los hombres que ignoran o niegan esta acción del Espíritu,
entienden su ser, su existir y su meta como mera materia: nacer, crecer y
morir sin dejar rastro. Los que han descubierto en su interior esta realidad
sorprendente, entienden su ser, su existir y su meta como un hermoso
designio de amor: nacer, crecer y alcanzar su plenitud en Dios.
Y al crear al hombre como imagen de Dios, el Espíritu lo constituye en
«sacerdote» del cosmos, en mediador entre todas las criaturas y su
Creador. Porque es el único capaz de llevar a Dios los seres creados, el
único que puede responder conscientemente de ellos, y el único que puede
hacerse voz de las demás criaturas para alabar a su Autor. De ahí que la
relación con la naturaleza implique para el hombre una exigencia ética:
«Tomó, pues, Dios al hombre y le dejó en el jardín de Edén (el mundo), para
que lo labrase y lo cuidase» (Gén 2,15). El hombre no puede contemplar el
mundo como un simple depósito de energías para disfrutarlo sin respeto a
los ritmos y equilibrios de la naturaleza. Porque la misión que se le ha
confiado es custodiar y cuidar lo creado.
3. El Espíritu Santo en la historia de la salvacion
La acción del Espíritu Santo no acaba en la creación. Quien da principio a la
vida del hombre, lo va a seguir y a cuidar en toda su existencia para que
alcance el fin previsto por el Padre. Por eso va a actuar en la historia y a
convertirla en «historia sagrada», es decir, en tiempo de encuentro con Dios
y camino hacia la felicidad de la plena participación en la vida divina.
Para ello, el Espíritu crea el pueblo de Dios, un pueblo de creyentes capaz
de transmitir el conocimiento de Dios a todas las naciones. Como vemos en
la historia de Israel, el Espíritu constituye y guía a este pueblo a través de
una triple operación: una acción directiva, una acción profética y una acción
santificadora.
a) Acción directiva.
En primer lugar, el Espíritu de Dios penetra y conduce la historia de Israel
actuando sobre sus jefes y haciendo que obren en nombre de Dios y sirvan
de verdad al cumplimiento de los planes divinos. Así lo vemos en el gran
liberador y conductor, Moisés, hombre lleno del Espíritu y que hace
participar del mismo a sus colaboradores (Nm 11,25) y a su sucesor Josué,
a quien impone su mano para que también él esté lleno del Espíritu de
sabiduría (Dt 34,9). Lo mismo sucede en el caso de los Jueces, de los que
se dice: «El Espíritu de Yahvé vino sobre él y fue juez de Israel» (Jue 3,9-
10; Jue 11,29; 13,25). Y cuando se realiza el cambio histórico de los Jueces
a los Reyes, se instituye el rito de la «unción», como signo de que el
Espíritu toma posesión del nuevo jefe para que conduzca fielmente al
pueblo. Así sucede con Saúl (1 S 10,1-8) y con David (1 S 16,1-13).
b) Acción profética.
En segundo lugar, el Espíritu produce el fenómeno del profetismo, que va a
convertir al pueblo en portador de la palabra de Dios. Porque el profeta es
un hombre que habla en nombre de Dios y transmite a los demás todo lo
que Dios quiere darles a conocer sobre el presente y sobre el futuro, como
se dice en la promesa de Dios a Moisés: «Yo les suscitaré de en medio de
sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca y
él les dirá todo lo que yo le mande» (Dt 18,18).
Quien inspira a los profetas las palabras de Dios y les manda transmitirlas
es el mismo Espíritu, como nos cuenta Ezequiel: «El Espíritu entró en mí
como se me había dicho y me hizo tenerme en pie; y oí al que me
hablaba… Me dijo: Hijo de hombre, todas las palabras que yo te dirija,
guárdalas en tu corazón y escúchalas atentamente, y luego, anda, ve a
donde los deportados, donde los hijos de tu pueblo; les hablarás y les dirás:
“Así dice el Señor Yahvé”, escuchen o no escuchen» (Ez 2,2.3,10-11).
Íntimamente relacionado con el don del profetismo está el don de la
sabiduría, que capacita al hombre para conocer la voluntad divina. Actuando
desde dentro, el Espíritu Santo concede como un nuevo sentido que permite
leer la vida con profundidad y descubrir el plan divino. Es lo que explica el
libro de la Sabiduría: «¿Quién habría conocido tu voluntad, si tú no le
hubieses dado la sabiduría y no le hubieses enviado desde lo alto tu Espíritu
Santo? Sólo así se enderezaron los caminos de los moradores de la tierra,
así aprendieron los hombres lo que a ti te agrada y gracias a la sabiduría se
salvaron» (Sab 9,16- 18).
A la acción profética del Espíritu en Israel le debemos, además, otro efecto
admirable. En la medida en que los dirigentes del pueblo de Dios fueron
cayendo en la infidelidad y la apostasía, el Espíritu fue dando a conocer la
futura venida de un Rey ideal, el Ungido (Mesías) por antonomasia, sobre el
que reposaría el Espíritu de Yahvé con toda la abundancia de sus dones (Is
11,2) y lo haría capaz de realizar una misión definitiva de justicia y de paz.
Este Rey pacífico es descrito admirablemente en los cuatro famosos cantos
del Siervo de Yahvé, de Isaías (Is 42,19; 49,1-7; 50,4-11; 52,13-53, 12), que
son como el retrato anticipado de Jesús.
c) Acción santificadora.
Según la Biblia, el Espíritu no es sólo luz que da el conocimiento de Dios,
sino también fuerza transformadora que santifica, es decir, que hace vivir la
misma vida de Dios. Por eso se le llama «Espíritu de santidad», «Espíritu
Santo». Esta acción transformadora del Espíritu es maravillosamente
descrita en esa obra maestra de la oración de Israel que es el salmo 51
(Miserere). El Espíritu comienza despertando la conciencia de pecado y la
necesidad de una purificación que sólo puede dar Dios: «Misericordia, Dios
mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa… pues yo
reconozco mi culpa». Después, infunde el deseo de la alegría, de una vida
plena y armoniosa: «Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los
huesos quebrantados».
Pero para gozar plenamente de esa alegría, no basta la eliminación de las
culpas, es necesario que el Espíritu nos dé un corazón nuevo, una nueva
personalidad:
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu
firme». Y, una vez construido el hombre nuevo, el Espíritu lo hace capaz de
asumir un compromiso valiente: «Afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti». Y así,
los hombres nuevos crearán una sociedad nueva: «Señor, por tu bondad,
favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén».
Ciertamente la revelación del Espíritu Santo como persona no se produjo
hasta Jesús; porque sólo en Jesús se nos descubrió que Dios es Trinidad.
Pero, como acabamos de ver, el mismo Espíritu fue anticipando y
preparando su manifestación definitiva en la historia de Israel, como
«aliento» y fuerza actuante de Dios.
DIRECTORIO FRANCISCANO
Autor Miguel Payá Andrés
EL ESPIRITU SANTO ES LA NUEVA LEY DEL
CRISTIANO
El modo con el que el Apóstol inicia su disertación sobre el Espíritu Santo
en el capítulo VIII de la Carta a los Romanos es sorprendente: “Ninguna
condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del
espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la
muerte”. Empleó todo el capítulo anterior para establecer que “el cristiano
está liberado de la ley” y he aquí que comienza el nuevo capítulo hablando
en términos positivos y exultantes de la ley. “La ley del Espíritu” significa la
ley que es el Espíritu; se trata de un genitivo epexegético o de explicación,
como la flor de la rosa indica la flor que es la rosa misma.
1. La ley del Espíritu y Pentecostés
Para comprender qué pretende Pablo con esta expresión hay que referirse
al evento de Pentecostés. El relato de la venida del Espíritu Santo, en los
Hechos de los Apóstoles, comienza con estas palabra: “Al llegar el día de
Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar” (Hech 2,1). De
estas palabras deducimos que Pentecostés preexistía… a Pentecostés. En
otras palabras, existía ya una fiesta de Pentecostés en el judaísmo y fue
durante tal fiesta cuando descendió el Espíritu Santo.
En el Antiguo Testamento ha habido dos interpretaciones fundamentales de
la fiesta de Pentecostés. Al inicio, Pentecostés era la fiesta de las siete
semanas (Tob 2, 1), la fiesta de la cosecha (Num 28, 26 ss), cuando se
ofrecía a Dios la primicia del grano (Ex 23,16; Dt 16, 9). Pero
sucesivamente, en tiempo de Jesús, la fiesta se había enriquecido con un
nuevo significado: era la fiesta del otorgamiento de la ley sobre el monte
Sinaí y de la alianza. En síntesis, la fiesta que conmemoraba los
acontecimientos descritos en Éxodo 19-20. (Según cálculos internos de la
Biblia, la ley, de hecho, fue otorgada en el Sinaí cincuenta días después de
la Pascua).
De una fiesta ligada al ciclo de la naturaleza (la cosecha), Pentecostés se
transformó en una fiesta ligada a la historia de la salvación: “Este día de la
fiesta de las semanas, dice un texto de la liturgia judía actual, es el tiempo
del don de nuestra Torah”. Al salir de Egipto, el pueblo caminó cincuenta
días en el desierto y, al concluir estos, Dios dio a Moisés la ley,
estableciendo, sobre la base de ella, una alianza con el pueblo y haciendo
de él “un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 4-6).
Parece que Lucas quiso describir intencionadamente la venida del Espíritu
Santo con los rasgos que caracterizaron la teofanía del Sinaí. En efecto, usa
imágenes que evocan las del terremoto y del fuego. La liturgia de la Iglesia
confirma esta interpretación, dado que introduce Éxodo 19 entre las lecturas
de la víspera de Pentecostés.
¿Qué nos dice, de nuestro Pentecostés, esta aproximación? En otros
términos, ¿qué significa el hecho de que el Espíritu Santo descienda sobre
la Iglesia precisamente el día en que Israel recordaba el otorgamiento de la
ley y de la alianza? Ya san Agustín se planteaba este interrogante: “¿Por
qué los judíos celebran también Pentecostés? Existe un grande y
maravilloso misterio, hermanos: si prestáis atención, el día de Pentecostés
recibieron la ley escrita con el dedo de Dios y el mismo día de Pentecostés
vino el Espíritu Santo”.
Otro Padre -esta vez de Oriente- nos permite ver que esta interpretación de
Pentecostés era, en los primeros siglos, patrimonio común de toda la
Iglesia: “El día de Pentecostés se dio la ley; por ello era conveniente que el
día en que se dio la ley antigua, ese mismo día se diera la gracia del
Espíritu”.
En este punto, está clara la respuesta a nuestra pregunta, o sea, por qué el
Espíritu viene sobre los apóstoles exactamente el día de Pentecostés: es
para indicar que Él es la ley nueva, la ley espiritual que sella la nueva y
eterna alianza y que consagra al pueblo real y sacerdotal que es la Iglesia.
¡Qué grandiosa revelación sobre el sentido de Pentecostés y sobre el
mismo Espíritu Santo!
“¿Quién no se quedaría impresionado -exclama san Agustín- por esta
coincidencia y a la vez por esta diferencia? Cincuenta días se cuentan
desde la celebración de la Pascua hasta el día en que Moisés recibió la ley
en tablas escritas por el dedo de Dios; similarmente, cumplidos cincuenta
días desde la muerte y la resurrección de Aquél que como cordero fue
llevado a la inmolación, el Dedo de Dios, esto es, el Espíritu Santo, colmó
de sí a los fieles reunidos juntos”.
De golpe se iluminan las profecías de Jeremías y de Ezequiel sobre la
nueva alianza: “Ésta será la alianza que yo pacte con la casa Israel,
después de aquellos días, oráculo del Señor: pondré mi Ley en su interior y
sobre sus corazones la escribiré” (Jer 31,33). Ya no sobre tablas de piedra,
sino sobre los corazones; ya no una ley exterior, sino una ley interior.
En qué consiste esta ley interior, lo explica mejor Ezequiel, quien retoma y
completa la profecía de Jeremías: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en
vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y
os daré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en vosotros y haré que os
conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas” (Ez
36, 26-27).
El hecho de que, con la expresión “la ley del Espíritu”, san Pablo se refiera a
todo este conjunto de profecías ligadas al tema de la nueva alianza, se ve
claramente en el pasaje en el que llama a la comunidad de la nueva alianza
una “carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta,
sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de
carne, en los corazones” y en el que define a los apóstoles “ministros de la
nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el
Espíritu da vida” (2 Cor 3,3.6).
2. Qué es la ley del Espíritu y cómo actúa
La ley nueva, o del Espíritu, no es, por ello, en sentido estricto, aquella
promulgada por Jesús en el Sermón de la Montaña, sino la que inscribió en
los corazones en Pentecostés. Los preceptos evangélicos son ciertamente
más elevados y perfectos que los mosaicos; sin embargo, por sí solos,
también serían ineficaces. Si hubiera bastado con proclamar la nueva
voluntad de Dios a través del Evangelio, no se explicaría qué necesidad
había que Jesús muriera y de que viniera el Espíritu Santo. Pero los
apóstoles mismos demuestran que no bastaba; ellos, que además habían
escuchado todo, por ejemplo, que es necesario presentar la otra mejilla, a
quien te golpea, en el momento de la pasión no encuentran la fuerza para
cumplir ninguno de los mandatos de Jesús.
Si Jesús se hubiera limitado a promulgar el mandamiento nuevo, diciendo:
“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros” (Jn
13,34), habría seguido siendo, como era antes, ley antigua, “letra”. Es
cuando Él, en Pentecostés, infunde, mediante el Espíritu, ese amor en los
corazones de los discípulos, cuando se transforma, a título pleno, en ley
nueva, ley del Espíritu que da la vida. Es por el Espíritu que tal
mandamiento es “nuevo”, no por la letra. Por la letra era antiguo porque ya
se encuentra en el Antiguo Testamento (Lev 19,18).
Sin la gracia interior del Espíritu, también el Evangelio, por lo tanto,
igualmente el mandamiento nuevo, habría permanecido ley antigua, letra.
Retomando un pensamiento valiente de san Agustín, santo Tomás de
Aquino escribe: “Por letra se entiende toda ley escrita que queda fuera del
hombre, incluso los preceptos morales contenidos en el Evangelio; por lo
que también la letra del Evangelio mataría, si no se añadiera, dentro, la
gracia de la fe que sana”. Más explícito aún es lo que escribió un poco
antes: “La ley nueva es principalmente la gracia misma del Espíritu Santo
que se da a los creyentes”.
Pero ¿cómo actúa, en concreto, esta ley nueva que es el Espíritu Santo y
en qué sentido se puede llamar “ley”? ¡Actúa a través del amor! La ley
nueva no es sino lo que Jesús llama el “mandamiento nuevo”. El Espíritu
Santo ha escrito la ley nueva en nuestros corazones, infundiendo en ellos el
amor: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5,5). Este amor es el amor con
el que Dios nos ama y con el que, contemporáneamente, hace que le
amemos a Él y al próximo: Es una capacidad nueva de amar.
Quien se acerca al Evangelio con la mentalidad humana, encuentra absurdo
que se haga del amor un “mandamiento”; ¿qué amor es, se objeta, si no es
libre, sino mandado? La respuesta es que existen dos modos según los
cuales se puede inducir al hombre a hacer o no determinada cosa: por
constricción o por atracción; la ley positiva le induce de la primera forma, por
constricción, con la amenaza del castigo; el amor le induce en el segundo
modo, por atracción.
Cada uno, de hecho, es atraído por lo que ama, sin que sufra constricción
alguna desde el exterior. Muestra nueces a un niño y verás que salta para
tomarlas. ¿Quién le empuja? Nadie; es atraído por el objeto de su deseo.
Muestra el Bien a un alma sedienta de verdad y se lanzará hacia él. ¿Quién
la empuja? Nadie; es atraída por su deseo. El amor es como un “peso” del
alma que atrae hacia el objeto del propio placer, en el que sabe que
encuentra el propio descanso.
Es en este sentido que el Espíritu Santo, concretamente, el amor, es una
“ley”, un “mandamiento”: crea en el cristiano un dinamismo que le lleva a
hacer todo lo que Dios quiere, espontáneamente, sin siquiera tener que
pensarlo, porque ha hecho propia la voluntad de Dios y ama todo lo que
Dios ama.
Podríamos decir que vivir bajo la gracia, gobernados por la ley nueva del
Espíritu, es vivir como “enamorados”, o sea, transportados por el amor. La
misma diferencia que crea, en el ritmo de la vida humana y en la relación
entre dos criaturas, el enamoramiento, la crea, en la relación entre el
hombre y Dios, la venida del Espíritu Santo.
3. El amor custodia la ley
¿Qué lugar tiene, en esta economía nueva ley del Espíritu, la observancia
de los mandamientos? Es un punto neurálgico que debe aclararse. También
después de Pentecostés subsiste la ley escrita: existen los mandamientos
de Dios, el decálogo, están los preceptos evangélicos; a ellos se han
añadido, a continuación, las leyes eclesiásticas. ¿Qué sentido tienen el
Código de Derecho Canónico, las reglas monásticas, los votos religiosos,
todo aquello que, en resumen, indica una voluntad objetivada, que se me
impone desde el exterior? ¿Son tales cosas como cuerpos extraños en el
organismo cristiano?
En nuestros días, en un contexto cultural marcado por el existencialismo
ateo, a diferencia del pasado ya no se rechaza la ley en nombre de la
libertad del Espíritu, sino en nombre de la simple y pura libertad humana.
La respuesta cristiana a este problema nos llega del Evangelio. Jesús dice
que no ha venido a “abolir la ley”, sino a “darle cumplimiento” (Mt 5,17). ¿Y
cuál es el “cumplimiento” de la ley? ” ¡Pleno cumplimento de la ley,
responde el Apóstol, es el amor!” (Rom 13,10). Del mandamiento del amor,
dice Jesús, dependen toda la ley y los profetas (Mt 22,40). El amor,
entonces, no sustituye la ley, sino que la observa, la “cumple”. Es más, es la
única fuerza que puede hacerla observar.
En la profecía de Ezequiel se atribuía al don futuro del Espíritu y del corazón
nuevo la posibilidad de observar la ley de Dios: “Infundiré mi espíritu en
vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y
practiquéis mis normas” (Ez 36,27). Y Jesús dice, en el mismo sentido: “Si
alguno me ama guardará mi palabra” (Jn 14,23), o sea, será capaz de
observarla.
Entre ley interior del Espíritu y ley exterior escrita no existe oposición o
incompatibilidad, en la nueva economía, sino, al contrario, plena
colaboración: la primera es dada para custodiar la segunda: “Se ha dado la
ley para que se buscara la gracia y se ha dado la gracia para que se
observara la ley”. La observancia de los mandamientos y, en la práctica, la
obediencia, es el banco de pruebas del amor, la señal para reconocer si se
vive “según el Espíritu” o “según la carne”.
¿Cuál es entonces la diferencia respecto a antes, si aún tenemos que
observar la ley? La diferencia es que antes se observaba la ley para tener
de ella la vida que no podía dar y se hacía así de ella un instrumento de
muerte; ahora se observa para vivir en coherencia con la vida recibida. La
observancia de la ley ya no es la causa, sino el efecto de la justificación. En
este sentido el Apóstol tiene razón al decir que su discurso no anula la ley,
sino que la confirma y la ennoblece: “¿Por la fe privamos a la ley de su
valor? ¡De ningún modo! Más bien, la consolidamos” (Rom 3, 31).
4. La ley custodia el amor
Entre ley y amor se establece una especie de circularidad y de pericoresis
(interrelacion intima estre ley y amor haciendola una sola sin perder el
significado de cada una por separado). Si bien es cierto que el amor
custodia la ley, también es verdad que la ley custodia el amor. De diversos
modos la ley está al servicio del amor y lo defiende. Se sabe que “la ley ha
sido instituida para los pecadores” (1 Tim 1, 9) y nosotros somos todavía
pecadores; sí: hemos recibido el Espíritu, pero sólo como primicia; en
nosotros el hombre viejo convive aún con el hombre nuevo, y mientras
existan en nosotros las concupiscencias, es providencial que existan los
mandamientos que nos ayudan a reconocerlas y a combatirlas, tal vez
incluso con la amenaza del castigo.
La ley es un apoyo que se da a nuestra libertad, aún incierta y vacilante en
el bien. Es para, no contra, la libertad, y hay que decir que quienes han
creído que tenían que rechazar toda ley en nombre de la libertad humana,
han errado, desconociendo la situación real e histórica en la que obra tal
liberad.
Con la gracia del Espíritu Santo, nos adherimos globalmente a la voluntad
de Dios, la hacemos nuestra y deseamos cumplirla, pero no la conocemos
aún en todas sus implicaciones. Estas se nos revelan por los
acontecimientos de la vida, pero también por las leyes.
5. No hay ninguna condena
Volvamos, antes de concluir, a la afirmación inicial de la que hemos partido:
“Ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque
la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del
pecado y de la muerte”. (Rom 8,1ss)
Para hacerse una idea del efecto que tuvieron que producir aquellas
palabras de Pablo en los intelectuales de entonces, pensemos en un
condenado a muerte que espera la ejecución y un día oye clamar a una voz
amiga: “¡Gracia! ¡Has obtenido la gracia! Suspendida toda condena. ¡Eres
libre!”. Es sentirse renacer.
Esta caricia de liberación sigue intacta porque el Espíritu Santo no se
sujeta a la ley de la física.
Nos corresponde a todos abrir de par en par el corazón para recibirla.
A los ministros de la Palabra les corresponde la tarea de hacerla
resonar vibrante en el mundo de hoy.
Autor: Padre Raniero Cantalamessa