Info General
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Lectura fundamental 5
Contenido
1 Introducción
5 Falsedad documental
1. Introducción
Los delitos contra la fe pública son un tipo de conductas punibles que generan discusiones
doctrinales, especialmente en relación con su actualidad y la naturaleza del bien jurídico. Como se
verá de la simple lectura del índice de la presente lectura, parece ser que los conceptos de falsedad y
de falsificación son los que se oponen frontalmente a la noción de fe pública. Previo al análisis de los
delitos, conviene hacer una breve referencia a la naturaleza de ese bien jurídico.
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De esta tradición, surge una idea de que lo que buscaban evitar esas leyes era la “legalización” de
aquello que no es verdad y, por ende, la sanción de aquello que es falso. Como su nombre lo indica,
la ley tendía a sancionar las falsedades testamentarias y de moneda que se estaban popularizando en
aquella época.
En tiempos más recientes, como lo reconocen Bernate y Gil (2011, p. 425), el derecho penal
colombiano –como república independiente– suele ir tan atrás como a la época de Francesco
Carrara, padre de la escuela clásica italiana, quien habría retomado esta postura para defender esta
fe pública como una noción de “lo verdadero”. Otras posturas doctrinales se debaten entre la noción
de fe pública como la defensa del medio de prueba, algunos acogen una postura mixta y también
algunos sostienen que la fe pública se refiere a la relación subyacente que aparece materializada en el
elemento probatorio.
Es de notar, por ejemplo, que Corredor (2019) retoma la exposición que se hiciera del anteproyecto
del Código Penal de 1980 para entender que esa noción de bien jurídico se referiría a la fe o confianza
en la funcionalidad de ciertos objetos o documentos en el tráfico jurídico. La jurisprudencia reciente
de la Corte Suprema de Justicia no se decanta específicamente por uno u otro concepto. Lo cierto
es, sin embargo, que se ha pasado progresivamente de una noción enfocada en la confianza de lo
público como verdad a ser una confianza en el sistema que regula el tráfico jurídico de algunos bienes
o especies, como los documentos.
Cómo mejorar...
La fe pública es un bien jurídico en el que la descripción de bien jurídico no es
intuitiva para el intérprete y que no ha generado un consenso histórico. A diferencia
de algunos otros delitos, conocer en el mayor detalle posible las posturas de distintos
autores, jueces, tribunales y altas cortes es especialmente útil teniendo en cuenta
que muchas discusiones se pueden presentar respecto de la antijuridicidad material
de las conductas, y eso implica saber exactamente a qué noción de fe pública se está
haciendo referencia.
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3. Falsificación de moneda nacional o extranjera
El capítulo I del título IX de la Parte Especial del Código Penal se refiere a la falsificación de moneda.
Según se ha visto atrás, ya desde la antigua Roma se había penalizado la falsificación de la moneda.
Frente a este delito, conviene inicialmente resaltar un par de aspectos específicos. Colombia es
Estado arte dentro de la “Convención encaminada a reprimir la falsificación de moneda, y sus
protocolos adicionales”, aprobada en el país a través de la Ley 35 (1930). Esto conviene destacarlo en
la medida en que el artículo 3 de la citada convención señala lo siguiente:
Artículo 3º.
1º. Toda fabricación o alteración de moneda, de carácter fraudulento, serán cuales fueren los medios
empleados
3º. Introducir a cualquier país, o recibir, o conseguir, moneda falsa, con el fin de ponerla en circulación, a
sabiendas de que es falsa.
4º. Toda tentativa de participación, y toda participación internacional, en los actos antedichos.
Como se observará de una lectura del Código Penal que rige en la actualidad, las conductas allí
descritas son esencialmente las mismas que aparecen tipificadas en los artículos 273, 274 y 275 del
Código Penal (2000). Los artículos 276 y 277 del citado capítulo versan sobre conductas que serían
ilegales y que afectan el tráfico de moneda que en un principio debería tenerse como legal.
Respecto de los artículos 273, 274 y 275 del Código Penal (2000), básicamente se centran en un
triple ejercicio de protección del tráfico jurídico y comercial de moneda falsa. La conducta indicada
en el artículo 273 se centra en la falsificación de moneda, mientras que el artículo 274 se refiere al
ejercicio de traficar con moneda, es decir, ponerla en movimiento bien sea a través de verbos que
impliquen adquirirle o moverla física o jurídicamente de manos.
Respecto de este específico delito, debe anotarse que, en sentencia del 24 de octubre de 2007 dentro
del radicado 26531, la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia precisó que la conducta
de “portar” o “tener” moneda falsa no es delito. Por último, el artículo 275 del Código Penal (2000)
tipifica la tenencia, creación o tráfico de instrumentos destinados a la fabricación de moneda falsa.
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Estas tres conductas operan tanto a nivel de moneda nacional como de moneda extranjera. Respecto
de estos, es de anotar que hay poca jurisprudencia reciente en cuanto a estos delitos, y la Corte
Suprema de Justicia se ha ocupado primordialmente de emitir concepto en materia de extradiciones
solicitadas por otros Estados en relación con la comisión de dichas conductas. En ese sentido,
conviene resaltar que el artículo 278 del Código Penal (2000) incluye unos elementos que se
equiparan al concepto técnico de moneda para todos los efectos jurídico-penales. Si se revisa, parece
ser que la protección penal se aproxima más a la noción de verdad en el tráfico por tratarse de bienes
o valores creados por el Estado.
Un comentario especial merece el tipo penal consagrado por el artículo 273 del Código Penal
(2000). Obsérvese que el verbo rector que se utiliza por el tipo penal es el de “falsificar” moneda,
no elaborar moneda falsa. En consecuencia, la pregunta que surge es “¿qué se debe entender por
falsificar?”. Esa misma pregunta, como se verá más adelante, se ha de retomar al tratarse los delitos
de falsedad documental. Por el momento, basta señalar que la única forma de falsificar moneda no
consiste en crear una imitación de moneda, sino también alterar la ya existente, como cuando se usa
papel legítimo y se le imprime encima otra denominación. Adicionalmente, también se puede falsificar
la moneda metálica. Ambas prácticas existieron y aún existen en el país. Sin embargo, los países han
venido desarrollando muchos mecanismos de seguridad para procurar detectar cada vez y con mayor
facilidad tanto el papel moneda falso como la moneda metálica falsa.
Probablemente este delito caerá en desuso ante el cada vez mayor auge de las transacciones
electrónicas, así como el desarrollo de las criptomonedas como un fenómeno para desestatalizar los
regímenes económicos y monetarios.
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4.1. Falsificación o uso fraudulento de sello oficial
El artículo 279 del Código Penal (2000) tipifica la falsificación o uso fraudulento de sello oficial.
Se trata de un artículo que admite dos formas de cometer esta conducta. De una parte, está “la
falsificación del sello”. Además de la discusión que ya atrás se ha planteado acerca de qué alcance se
le puede dar al término “falsificar”, conviene detenerse en lo que se entiende por “sello”. Si se revisa
lo que indica la Real Academia Española (2022), se observan cuando menos catorce acepciones
distintas del término1, lo cual genera un problema.
Bernate (2010), por su parte, señala lo siguiente frente a este delito, acudiendo a citas de otros autores:
El objeto material de este delito está dado por el sello, objeto por el que entendemos “un signo distintivo
de algo o de alguien” o “un utensilio, por lo común de metal o caucho, que sirve para estampar las
armas, divisas o cifras en él grabadas y que se emplea para autorizar documentos, cerrar pliegos y otros
usos análogos” y que “puede ser elaborado con base en imágenes figurativas o de palabras o imágenes
correspondientes a fonemas de un alfabeto cualquiera”. Sin embargo, para que se dé el delito bajo
estudio se requiere que el sello sobre el que recae la conducta sea un sello oficial, es decir, que sea
elaborado por la administración o por orden suya y sea “exigido por la ley como signo complementario
para dar certeza de la intervención de determinado funcionario” siendo necesario además que el sello se
encuentre en uso, es decir que sea empleado al momento de la comisión de la conducta. (p. 67)
De las acepciones que trae la Real Academia Española, y la aproximación que realiza Bernate, no es
claro si lo que se tipifica como falsificación de sello es la creación o alteración del elemento físico de
madera, plástico o caucho con el que se estampan sobre papel las impresiones, o si se refiere a las
impresiones mismas. Es claro que en la actualidad no se hace uso de anillos o elementos metálicos
impresos sobre cera caliente, por lo que no es esa una preocupación actual en cuanto a la interpretación
de las normas.
1 Cfr. ingresar el término “sello” en la página web del diccionario de la RAE referenciada al final de este escrito.
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Cabe recordar que tanto en el capítulo I como el capítulo II de este título, la ley hace referencia a una
visión inicial de la protección a la fe pública, de lo que se entiende que el bien jurídico protegido consiste
en verdad, por una parte, así como en la protección de los signos distintivos del Estado, tales como sellos
y estampillas. Por lo tanto, tan relevante es la falsificación del sello como instrumento como el sello
como impresión, de acuerdo con esta visión del bien jurídico. No existiendo jurisprudencia reciente que
adopte una u otra postura, se entiende que ambas acepciones son aceptadas. Se resalta, sin embargo,
que, de la interpretación que se logra entrever del texto de Bernate, él entiende que por “sello” se hace
referencia al instrumento y no a la impresión.
Esto último puede entenderse tras revisar la segunda modalidad de comisión del delito: la del uso.
El artículo 279 del Código Penal (2000) hace referencia a la expresión “o use fraudulentamente el
legítimo”. La pregunta tiene sentido cuando se usa el sello como instrumento, dado que, si se hace
referencia al sello como impresión, necesariamente se tendría que hacer referencia al objeto o elemento
sobre el cual está impreso. Por ejemplo, si el sello estuviera impreso en una hoja de papel, lo que tiene
sentido que se use (una vez puesto en él), es el papel y no el sello. Bajo ese entendido el uso de sello
falsificado tiene sentido lógico, a partir de esa acepción del término.
El artículo 285 del Código Penal (2000) tipifica la falsedad marcaria. Se trata de un delito que trae dos
modalidades de comisión: por una parte, el verbo rector “falsificar”; en segunda medida, se incurre en
este delito cuando se apliquen los objetos materiales sobre los que recae la conducta.
Se trata, en esencia, de otra de las conductas en las que el concepto de fe pública proviene de
esa primera visión primigenia de la salvaguarda de los signos distintivos utilizados por el Estado. Es
conveniente desde ya señalar que el concepto de marca que se incluye en este delito no es homologable
al concepto de marca que se utiliza en materia de propiedad industrial. Aquí, los términos marca,
contraseña, signo, firma o rúbrica no se refieren a un signo distintivo protegido por la ley comercial, sino
a referentes iconográficos con los que se identifican determinados bienes, documentos o servicios.
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En esta sentencia, por ejemplo, la Corte Suprema de Justicia reconocerá que la falsificación de una
placa vehicular forma parte de los supuestos del segundo inciso del artículo 285 del Código Penal.
Como se ha dicho atrás, el concepto de marca, contraseña, signo, firma o rúbrica, en general, hace
referencia a signos distintivos visuales. Más adelante, el tipo penal se refiere a un uso oficial que deben
tener estos, para efectos de “contrastar”, “identificar” o “certificar” alguno de los aspectos propios del
objeto sobre el que recae la aplicación. En ese sentido y precisados los aspectos que tienen que ver con
los verbos rectores de la conducta, es claro que el intérprete de la norma debe necesariamente acudir
a la regulación legal de cada uno de los signos distintivos, como pueden ser las estampillas, marcas,
rúbricas o demás signos (este es un vocablo genérico). La característica central de estos signos es que
siempre se referirán a un ejercicio de la función pública. Por ende, la falsedad marcaria no opera frente a
la falsificación o uso de signos distintivos en materia comercial e industrial.
5. Falsedad documental
El capítulo III del título IX de la Parte Especial del Código Penal (2000) se refiere a la “falsedad en
documentos”. Se trata del capítulo con conductas más usuales en la práctica diaria colombiana. A
continuación, unas referencias específicas a algunos de estos tipos penales.
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En consecuencia, el concepto de “documento público” incluido por el artículo 286 del Código Penal
(2000) es un ingrediente normativo, puesto que su contenido y alcance están definidos por otra norma,
en este caso, el artículo 243 del Código General del Proceso. Por ser especialmente relevante lo allí
expuesto para efectos del entendimiento de este y los subsiguientes tipos penales, se procede a citar el
artículo 243 del Código General del Proceso (2012), norma que reza lo siguiente:
Artículo 243. Distintas clases de documentos. Son documentos los escritos, impresos, planos, dibujos,
cuadros, mensajes de datos, fotografías, cintas cinematográficas, discos, grabaciones magnetofónicas,
videograbaciones, radiografías, talones, contraseñas, cupones, etiquetas, sellos y, en general, todo
objeto mueble que tenga carácter representativo o declarativo, y las inscripciones en lápidas,
monumentos, edificios o similares.
Los documentos son públicos o privados. Documento público es el otorgado por el funcionario público
en ejercicio de sus funciones o con su intervención. Así mismo, es público el documento otorgado por un
particular en ejercicio de funciones públicas o con su intervención. Cuando consiste en un escrito autorizado
o suscrito por el respectivo funcionario, es instrumento público; cuando es autorizado por un notario o quien
haga sus veces y ha sido incorporado en el respectivo protocolo, se denomina escritura pública.
De la lectura de la norma surgen dos conclusiones que toca advertir. En primera medida, que el concepto
de documento es más amplio que el concepto de instrumento, pues existe la tendencia a pensar que los
documentos son los documentos que constan en un papel (valga la redundancia). Bajo ese entendido, la
falsedad en un documento público abarca un campo de acción mayor. En segundo lugar, los documentos
son otorgados ante funcionario público en ejercicio de sus funciones o con su intervención.
Llevado esto a la legislación penal, conviene observar la redacción del artículo 286 del Código Penal
(2000), que se refiere al delito de “falsedad ideológica en documento público”. Inicia la norma penal
señalando que este delito requiere un sujeto activo cualificado pues únicamente puede ser cometido
por un “servidor público”. Ese concepto remite inmediatamente a la noción de servidor público que está
desarrollada por la normatividad penal.
En efecto, el artículo 20 del Código Penal (2000) se refiere a quienes son servidores públicos para
efectos jurídico-penales. Esta referencia es importante puesto que, tras revisar la norma contenida
en el Código General del Proceso recién citada, se vinculaba el concepto de documento público con
el de funcionario público. El derecho administrativo, sin embargo, distinguirá ambos conceptos. Bajo
ese entendido la interpretación adecuada implica comprender que los documentos públicos a los
que hace referencia el artículo 286 –atrás citado– son aquellos que son extendidos (elaborados) por
cualquiera que reúna las características de servidor público, en ejercicio de sus funciones.
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En cuanto al verbo rector, el texto exige que el servidor público “consigne una falsedad o calle total
o parcialmente la verdad” al momento de extender un documento público. Esto es así, puesto que
existe una confianza pública en que aquellos no pueden faltar a la verdad, pues de lo contrario toda
actividad pública sería inviable. La exigencia de que este tipo de documentos contenga información
veraz es la base, entonces, de este delito, y por ello el servidor público que consigne una verdad
documental falseada incurre en el delito.
¿Qué ocurre cuando el servidor público extiende un documento que contiene falsedades, pero lo hace
dado que ha sido inducido al error por un tercero? Esto ocurre con mucha frecuencia. Lo importante
es saber que ese tipo de conductas escapa de la órbita de los delitos contra la fe pública, porque allí no
es el servidor el que de manera dolosa quebranta la ley, sino que es inducido al error por un tercero.
Será víctima de otro delito sancionado por la ley penal que se llama “fraude procesal” y que la ley
tipifica dentro de los delitos contra la recta y eficaz impartición de justicia 2.
Por el momento, se ha de destacar que la Corte Suprema de Justicia en su Sala de Casación Penal
recientemente ha tratado un caso en el que se diferencia la conducta de falsedad ideológica en
documento público y la de “Ocultamiento, alteración o destrucción de elemento material probatorio”,
previsto por el artículo 454-B del Código Penal (2000), también correspondiente a un delito contra
la recta y eficaz administración de justicia.
En la Sentencia SP569-2022, la Corte Suprema de Justicia analiza el caso de un servidor público que
en un informe miente acerca de la existencia de unas llamadas relevantes para un proceso penal: calla
acerca de ellas y así lo omite en un informe. Una de las preguntas que se formula la Corte es si esa
conducta implica un concurso de las dos conductas, o si opera excluyentemente alguna de las dos.
En ese específico caso, concluye la Corte que únicamente operó la falsedad ideológica repasando en
parte la estructura típica de ese delito.
2 El delito de fraude procesal, consagrado por el artículo 453 del Código Penal (2000), reza en su parte inicial lo siguiente: “El que por cualquier medio
fraudulento induzca en error a un servidor público para obtener sentencia, resolución o acto administrativo contrario a la ley, incurrirá en (…)”. Es de
destacar que la conducta no requiere que se produzca el resultado típico, pero sí se requiere acreditar el ingrediente subjetivo allí plasmado.
3 Se destaca, por ejemplo, la Sentencia SP3419-2021 de la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia.
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Otro aspecto que será central tanto para este delito como para los demás delitos de falsedad
documental corresponde a determinar qué se debe entender por la frase “(…) que pueda servir de
prueba” que se incluye tanto en este tipo penal como en los demás delitos de falsedad documental. Si
se aborda la cuestión a partir de la lectura coloquial del término, parecería no tener sentido la pregunta
en la actualidad. Cabe destacar que, durante la vigencia del denominado Código Judicial (previo a la
expedición del Código de Procedimiento Civil y demás estatutos procedimentales posteriores), en
Colombia regía un sistema de tarifa probatoria y la forma de probar determinados hechos era restringida
a determinados medios de prueba. No se podía probar de cualquier manera. Sin embargo, con
posterioridad a la expedición del citado estatuto procesal civil, Colombia entró en un modelo que aún
se mantiene, denominado “libertad probatoria”. Eso implicaría que cualquier medio lícito de convicción
podría servir de prueba.
La Corte Suprema de Justicia, a lo largo de un prolijo periodo de tiempo, ha decantado esta expresión
para entenderla no como la posibilidad de que sirva de prueba en un proceso, sino que sea capaz de
producir efectos jurídicos. En particular, conviene destacar la Sentencia SP571-2019, providencia en
la que la Corte Suprema de Justicia precisa dos aspectos muy relevantes de este tipo penal. En primer
lugar, dirá la Corte en la providencia que la falsedad ideológica en documento público no es cometida
por el servidor público, aunque la mentira esté consignada en un documento, cuando el servidor no está
en ejercicio de su función de protector o certificador de la verdad. Podría ser otro tipo de delito, pero
no el de falsedad ideológica. En consecuencia, será necesario revisar el contexto en el que se consignó
la falsedad en el documento. Por otra parte, en esa misma sentencia, la Corte aclara que la aptitud
probatoria del documento implica el cumplimiento de dos requisitos: “(i) que el documento debe tener
aptitud de probar por sí mismo la declaración mentirosa que contiene, y (ii) que debe acreditar un hecho
social y jurídicamente relevante” (SP571-2019).
En síntesis...
Un particular no puede incurrir en esta conducta, al menos como autor, puesto que
únicamente puede serlo quien es un servidor público y emite el documento estando
en ejercicio de su deber de preservar y salvaguardar la verdad. La cualificación del
sujeto activo es algo más compleja que simplemente señalar que se trata de un servidor
público. Es importante en consecuencia verificar las cualificaciones del autor, así como
la naturaleza del documento, en los términos del Código General del Proceso (2012),
según se ha visto.
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5.2. Falsedad material en documento público
El delito de falsedad material en documento público es un delito de peligro abstracto. Esta afirmación
merece una breve explicación. Al inicio de la lectura, al hacer referencia al bien jurídico tutelado se
indicó que no existía un consenso en torno al mismo, entre otras cosas porque los distintos capítulos que
conforman el título IX del Código Penal (2000) parecen apuntar a acepciones distintas del bien jurídico
tutelado. Un buen aporte a esta discusión se da cuando se analiza el ámbito de protección del tipo penal de
falsedad en documento público.
El delito de falsedad material en documento público, a diferencia del de falsedad ideológica, no tiene
sujeto activo cualificado y, por lo tanto, puede ser cometido por cualquier persona. La calidad de servidor
público del sujeto activo se constituye en una agravante especial de la conducta, tal y como aparece en el
segundo inciso de la norma. El verbo rector de la conducta es uno que ya se ha tenido la oportunidad de
revisar en tipos penales anteriores: “falsificar”. En el caso de la falsedad material, a diferencia de la falsedad
ideológica, no es la correspondencia del contenido con la realidad lo que se examina. Lo que se examina es
el medio documental mismo. Existe una afectación en cuanto a su existencia y/o autenticidad. Al respecto,
Corredor (2019) indica sobre el verbo rector ‘falsificar’ lo siguiente:
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(…) Dado este sentido de la expresión ciertamente que resulta imperativo decir que la expresión
falsifique, o falsificación, identifica la acción propia de la falsedad material de los documentos, bien por
acción sobre un documento genuino preexistente en el tráfico o por confección material de un objeto
no existente en el mismo. En ambos casos se requiere una manipulación operativa de orden físico para
crear otro documento diverso del original, o para crear materialmente uno que no podría crearse por
quien lo fabrica. (p. 595)
De acuerdo con la doctrina y la jurisprudencia, la falsedad material admite dos modalidades de realización:
la falsedad propia y la falsedad impropia. Este tipo de distinción entre modalidades propias e impropias
existe en varios tipos de delitos. Específicamente, en relación con el tipo penal de falsedad material, se hace
referencia a la modalidad de falsedad propia cuando existe una alteración de un documento ya existente
en donde se altera el original. Esto, teniendo en cuenta que el documento debe tener aptitud probatoria,
implica que afectaría el contenido de lo que estaría probando y, por tanto, afectando la confianza de la
población en el tráfico jurídico documental. La modalidad impropia, en cambio, implica que el documento
sea creado en su integridad. Se crea un documento con apariencia de ser un documento público genuino,
pero que realmente no lo es4.
4 Es necesario advertir que Bernate y Gil (2011, p. 455) hacen referencia a los conceptos exactamente al contrario, es decir, que la falsedad propia es
la que crea un documento de la nada con apariencia de genuinidad, pero siendo falso, mientras que la falsedad impropia sería la que modifica o altera un
documento ya existente. Para esta lectura se ha optado por seguir la distinción en los términos planteados por la jurisprudencia de la Corte Suprema de
Justicia, como por ejemplo la Sentencia SP1651-2021, entre otras providencias.
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5.3. Falsedad en documento privado
La falsedad en documento privado es en esencia un tipo penal que incluye tanto la modalidad de falsedad
ideológica como la de falsedad material, en un solo tipo penal. A diferencia de los recién vistos, no recae
sobre documento público sino sobre un documento privado. Se reitera aquí que el concepto de documento
público y documento privado es un tema regulado por la ley procesal, específicamente por el Código
General del Proceso, según se ha visto atrás.
Si se observa la redacción del tipo penal, sin embargo, se observará una situación problemática: el verbo
rector empleado es igual al del delito de falsedad material en documento público, es decir, “falsificar”.
¿Cómo, entonces, puede concluirse que “falsificar” un documento público se entiende como la alteración
material o creación de uno falso, mientras que “falsificar” un documento privado implica lo anterior y,
adicionalmente, consignar falsedades por el genuino autor del documento? Este mismo asunto generó
arduos debates durante años.
La Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia ha sido la que, a través de una línea
jurisprudencial más o menos constante, ha venido decantando el tema desde hace algo más de dos
décadas. En sentencia del 29 de noviembre de 2000 con ponencia del magistrado Fernando Arboleda
Ripoll, la Corte abordó el tema directamente y señaló que el hecho de que el legislador no haya optado
por replicar las mismas fórmulas empleadas frente a los documentos públicos no significa que no se
haya tipificado la falsedad ideológica en documento privado. El verbo falsificar, según entiende la Corte,
involucra las dos modalidades5. Cuestión distinta es que frente a los documentos públicos el legislador haya
decidido dar un tratamiento especial a las falsedades consignadas por servidores públicos. Ello, sin embargo,
no implica cambiar el sentido gramatical de la palabra.
El argumento no deja de ser problemático en su estructura, pero, a pesar de ello, se trata de una conclusión
que se ha reiterado a través de los años. Esto, sin embargo, debe ser matizado. No toda falsedad o mentira
consignada en un documento privado es típica. Para desentrañar la línea divisoria, nuevamente es necesario
acudir al bien jurídico tutelado: la fe pública. Entendida la fe pública como se ha señalado al inicio del
tratamiento de los delitos de falsedad documental, es decir, como la confianza del público en el tráfico
documental, es claro que no existe una expectativa de veracidad frente a todos los documentos públicos.
5 Es de anotar que esta sentencia tuvo votación dividida y, por tanto, cuenta con salvamentos de voto precisamente sobre este mismo punto.
Posteriormente, sin embargo, la jurisprudencia ha sido pacífica en admitir la doble modalidad del delito de falsedad en documento privado.
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Si un hombre escribe en su diario o blog personal que se encontró en un lujoso hotel con su amante,
una famosa modelo, y pasaron la noche juntos –a pesar de no ser cierto–, sin duda se consigna una
falsedad en ese documento. Sin embargo, esa no es una falsedad que tenga la entidad de afectar la
confianza del público en el tráfico jurídico. Adicionalmente, no existe implícito un deber de veracidad
en los documentos privados de esa persona. Si, por el contrario, es un médico quien elabora una
incapacidad médica de 10 días a una persona que no ha acudido a una cita con él, ni tampoco se
encuentra enferma, igualmente consigna una falsedad. Sin embargo, en este caso, esa mentira sí sería
típica pues de ese médico sí se puede predicar la existencia de un deber de veracidad. El deber se
incumple cuando se consigna una incapacidad que no existe.
Respecto de estos últimos dos ejemplos, cabe adicionar un criterio interpretativo adicional al que ya se
ha hecho referencia en anteriores oportunidades. Es necesario recordar que los documentos que son
falsificados deben tener la característica de tener aptitud probatoria, término que ha sido desarrollado
jurisprudencialmente, como se ha mencionado en apartes anteriores. En otras palabras, no toda mentira
consignada en un documento privado tiene la entidad de configurarse en una conducta típica frente al
delito de falsedad en documento privado.
Por último, se ha de señalar que el tipo penal de falsedad en documento privado no solo exige la
creación del documento espurio, sino adicionalmente el uso de este. No son conductas alternativas
(es decir, que se pueda configurar el tipo penal por acreditar alguno de los verbos rectores), sino que
necesariamente se requiere que se dé tanto la falsificación como el uso del documento para que la
conducta se adecúe típicamente.
En el punto anterior se ha anotado que el delito de falsedad en documento privado exige tanto la
falsificación del documento como el uso de este; esto solo opera para los documentos privados. Respecto
de los documentos públicos, como se ha visto atrás, existen dos conductas que tipifican por separado la
falsedad material y la falsedad ideológica. En ninguno de esos tipos penales se hace referencia alguna frente
al uso, razón por la cual se ha hablado del uso del documento.
Respecto del uso del documento falso, la ley penal trae dos alternativas. Por una parte, se constituye en
una agravante punitiva (art. 290, Código Penal, 2000) para el copartícipe de alguno de los delitos de
falsedad que use el documento. Esto, se reitera, no aplica para el delito de falsedad en documento privado,
que exige para su tipificación el uso del documento.
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La segunda solución la trae el artículo 291 del Código Penal (2000) al tipificar como conducta autónoma
el uso de documento falso. En estricto sentido, se trata del uso del documento público falso, puesto que
la conducta recae únicamente sobre esta categoría de documentos. El sujeto activo es cualificado pues
no pueden incurrir en este delito quienes han incurrido en la conducta de falsedad documental. Puede ser
cometido por cualquier persona a excepción de los copartícipes (no solo los autores) de alguno de los tipos
penales de falsedad en documento público. Teniendo en cuenta los comentarios específicos brindados
respecto de los anteriores tipos penales, no resulta necesario realizar ninguna precisión específica en
cuanto a la manera en que se comete el delito.
En cuanto al agravante que plantea la norma, conviene referirse de nuevo a la Sentencia SP258-2020,
mencionada al tratar el tipo penal de falsedad marcaria. Lo anterior, dado que en esa sentencia se aborda
el tipo penal que se comete cuando la falsedad recae sobre las placas de un vehículo automotor. La Corte
Suprema de Justicia concluirá que los documentos públicos relacionados con medios motorizados, a los
que hace referencia el artículo 291 del Código Penal (2000), excluyen a las placas y, por tanto, puede
tratarse (la Corte expresamente los señala) de la tarjeta de propiedad, la licencia de conducción o el
certificado de revisión técnico-mecánica, entre otros.
Los artículos 292 y 293 del Código Penal (2000) tipifican una forma de afectar la fe pública consistente
en destruir, suprimir u ocultar un documento. En la primera de las citadas normas se hace referencia
a documentos públicos, mientras que la segunda de ellas hace referencia a documentos privados. La
diferencia entre unos y otros ha sido previamente desarrollada, razón por la cual se comentan los dos tipos
penales simultáneamente.
La destrucción, supresión u ocultamiento de un documento básicamente pretende, en los tres casos, evitar
que el documento cumpla con su capacidad probatoria que le es inherente. A diferencia de aquellos que
buscan simular una realidad bien sea por crear algo falso o por alterar lo que ya era verídico, en la conducta
descrita en este artículo, se busca el efecto contrario: disimular una realidad.
Los tres verbos rectores que están incluidos en los dos tipos penales son “destruir”, “suprimir” y “ocultar”.
Se trata de un tipo penal de conducta alternativa, por lo que no se requiere que se den las tres conductas,
sino alguna de ellas. A pesar de un tipo penal con tantos años de existencia, no parece haber absoluto
consenso acerca de los tres vocablos.
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Para algunos, como Bernate (2010, p. 151 y ss.), el término “destruir” hace referencia a la inhabilitación del
documento por el daño de su contenido, como cuando se aplica pintura a un texto. A su vez, la destrucción
sería una inhabilitación del documento por el daño del material mismo donde está plasmado el documento
y no por su contenido, como ocurriría por ejemplo al ser quemado. El ocultamiento implicaría, desde su
punto de vista, evitar que pueda ser consultado o revisado, lo que implica un traslado o el ocultamiento
físico del documento.
Para Ortiz Rodríguez (1980, p. 18), en un texto treinta años más antiguo, parece que lo que Bernate
entiende por supresión es lo que él define como destrucción, y entiende la supresión como “sustracción”,
aunque no brinda muchas más explicaciones sobre el particular. Al revisar la jurisprudencia relevante, la
Corte Suprema de Justicia parece abordar la destrucción en este último sentido. En consecuencia, la duda
parecería persistir frente al significado técnico-jurídico del término “suprimir”, pues al parecer los otros dos
términos son mucho más intuitivos en cuanto a su significado. El Diccionario de la Real Academia Española
(2022) define el verbo “suprimir” como “hacer cesar o hacer desaparecer” 6.
Por último, esta conducta tiene una agravante que vale la pena contextualizar desde el punto de vista
histórico. El Código Penal (1980) ya traía el tipo penal de destrucción, supresión u ocultamiento de
documento público e, igualmente, incluía una agravante si el delito era cometido por un servidor público,
similarmente a como ocurre ahora. Sin embargo, lo que hoy en día es el tercer inciso no estaba presente en
esa norma. En primer lugar, téngase en cuenta que uno de los eventos que ocurrían con cierta regularidad
en la época en que la justicia era cien por ciento presencial era que desaparecían partes de expedientes, y si
bien existía la diligencia de reconstrucción del expediente, no siempre era posible hacerlo.
Adicionalmente, cabe recordar que históricamente se ha reconocido que uno de los móviles del ataque
por parte del M-19 al Palacio de Justicia en 1985 era la destrucción de las causas que se seguían contra un
grupo de narcotraficantes y asociados a quienes se les denominaba “los extraditables”. No ha sido la última
vez que se han atacado sedes judiciales con finalidades similares. El tercer inciso, en consecuencia, es una
respuesta normativa del legislador de 2000 frente a esta situación.
6 Cfr. ingresar el término “suprimir” en la página web del diccionario de la RAE, referenciada al final de este escrito.
POLITÉCNICO GRANCOLOMBIANO 17
¿Sabía que...?
Aunque al tratar el delito de falsedad ideológica en documento
público brevemente se hizo referencia a ello, en el título de los
delitos contra la recta y eficaz administración de justicia se ha
consagrado un tipo penal similar al de supresión, destrucción
u ocultamiento de documento público. El artículo 454-B del
Código Penal (2000) tipifica el delito de ocultación, alteración
o destrucción de elemento material probatorio. Este se da
únicamente en el ámbito del proceso penal, pero en todo
caso debe ser revisado cuando se pretende analizar la posible
comisión de delitos similares para evitar posibles errores al
momento de realizar el juicio de tipicidad.
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Referencias
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50583 (MP José Francisco Acuña Vizcaya).
Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal. Sentencia SP3236 de 28 de julio de 2021. Exp.
54119 (MP Hugo Quintero Bernate).
Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal. Sentencia SP3419 de 11 de agosto de 2021. Exp.
58837 (MP Diego Eugenio Corredor).
POLITÉCNICO GRANCOLOMBIANO 19
Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal. Sentencia SP569 de 2 de marzo de 2022. Exp.
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