ASPECTOS DE LA ECONOMÍA INTERNA 163
de culpabilidad y gratitud, hasta los que estaban relacionados con períodos difí-
ciles. En épocas de tensión económica, los propietarios esclavistas los liberaban,
deshaciéndose de ellos literalmente, en lugar de alimentarlos y vestirlos. Los
amos sin ningún tipo de escrúpulo, algunas veces daban la libertad a la gente
mayor o a los enfermos. Los libertos, en la América española, se añadieron a los
grandes grupos de castas amorfas, que no eran ni esclavos ni exactamente libres.
Éstos fueron especialmente importantes en las islas del Caribe durante el siglo
XVIII, creando las bases de lo que podría ser descrito como un estrato articulador
de las sociedades locales. Ellos fueron corredores, artesanos, comerciantes loca-
les, transportistas de mercancías y abastecedores de artículos y servicios menos-
preciados por las élites blancas, por otra parte, no permitidos a la mayoría de es-
clavos. De este grupo, a fines del siglo xviii surgieron los líderes de la rebelión
haitiana: Toussaint L'Ouverture y Henry Cristophe, Alexander Pétion y Jean-
Pierre Boyer.'
SISTEMA TRIBUTARIO
Los diversos sistemas laborales representaron uno de los mecanismos más
importantes de extracción de riqueza de la economía colonial hispanoamericana.
El otro medio dominante de acumulación y extracción de capital fue el sistema
tributario. Durante casi todo el período colonial y, realmente en algunas partes
de la América española, hasta fines del siglo xix, el principal gravamen impuesto
a las clases bajas fue el tributo, impuesto individual recaudado casi completa-
mente a los indígenas como símbolo de su condición dominada. Esta contribu-
ción por cabeza, que no tenía en cuenta propiedades o salarios, tenía sus oríge-
nes en las capitaciones europeas de la baja Edad Media, tales como la moneda
forera que pagaban los campesinos de Castilla. Ésta apareció en el Nuevo
Mundo en fecha muy temprana: por ejemplo, las instrucciones dadas al goberna-
dor Ovando de Santo Domingo, en 1501, incluían una orden real para la intro-
ducción de dicho sistema. En México, el tributo regular y su recaudación se in-
trodujo a principios de la década de los años treinta del siglo xvi, aunque
anteriormente éste ya había existido, basándose en el impuesto de los aztecas
que los españoles heredaron. En Perú, el tributo se generalizó, reguló y norma-
lizó durante el régimen del virrey Francisco de Toledo (1569-1581). Más tarde,
el tributo constituyó un componente importante del gobierno y administración
colonial española en casi todas las partes de las posesiones americanas. Éste
mostró una gran adaptabihdad y longevidad, especialmente en aquellas zonas de
Sudamérica muy aisladas y económicamente atrasadas, pues en las tierras altas
de Bolivia y en algunas zonas de Perú no desapareció hasta los años ochenta de
la centuria decimonónica.
En un principio, el tributo se pagaba en su mayor parte a los encomenderos,
a quienes se les había concedido el privilegio de cobrarlo y de beneficiarse tam-
1. Una discusión adicional en torno a la mano de obra indígena puede encontrarse en
Bakewell, HALC, III, capítulo 2, y en Gibson, HALC, IV, capítulo 6. Para un tratamiento de-
tallado de la esclavitud en la América española colonial, véase Bowser, HALC, IV, capítulo 5.
164 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
bien de él. A medida que las encomiendas revertían a la corona y la población
indígena productiva descendía, el tributo pasó a ser una fuente de ingresos cada
vez más importante para la corona, la cual empezó a recaudarlo de manera más
cuidadosa y rigurosa. Después de algunos primeros errores y vacilaciones, el tri-
buto fue finalmente adaptado —algunas veces de modo explícito en la legisla-
ción, aunque más a menudo no lo estaba—, para empujar a los indígenas hacia
ciertos tipos de trabajos y cosechas. Los tributos de Moctezuma y Huáscar esta-
ban compuestos casi enteramente de artículos locales, de las especialidades de
cada región tributaria, aunque eran productos básicos como el maíz, frijoles y ro-
pas de algodón los que constituían la parte mas importante del pago. En un prin-
cipio, los conquistadores españoles hicieron pocos cambios, a excepción de eli-
minar algunos productos indígenas, tales como plumas, las cuales eran de poca
utilidad para ellos. Hacia la década de los años cincuenta del siglo xvi en Mé-
xico, y dos décadas después en Perú, las reglamentaciones tributarias empezaron
a desalentar el intrincado policultivo de los indios americanos: las casi orientales
y precolombinas chinampas de México y los oasis costeros de Perú. La política
general fue planeada para introducir a los agricultores indígenas en la produc-
ción de los artículos básicos necesarios en los grandes centros de consumo. Per-
sistieron el maíz, los frijoles y los tejidos de algodón, pero además se introduje-
ron nuevo productos del Viejo Mundo, tales como el trigo, la lana y los pollos.
El objetivo de los españoles fue limitar la producción a uno o dos artículos tribu-
tarios por pueblo, aunque algunas especialidades locales, en particular aquellas
de gran valor, tales como oro en polvo o cacao, continuaron durante todo el pe-
ríodo colonial. De este modo, el tributo jugó un papel importante en la propaga-
ción de cultivos y animales nuevos, al principio impopulares. El cultivo de la
seda y del trigo, y el ganado —manadas de ovejas y piaras de cerdos— en cierto
modo, empezaron a extenderse porque se obligó a los indígenas a pagar sus tri-
butos en este tipo de productos, o a cuidar los campos trigueros o a vigilar el ga-
nado como parte de las obligaciones del pueblo.
Otro de los propósitos de la política tributaria española fue la de comprome-
ter más la economía indígena, severamente desorganizada, en el mercado euro-
peo. Con este objetivo, los encomenderos y funcionarios españoles empezaron a
reclamar que parte de los pagos del tributo fueran en moneda; de este modo, los
indígenas se vieron forzados a vender sus productos para ganar dinero o su tra-
bajo para obtener salarios. Algunos indígenas que vivían alejados de los centros
de actividad económica recorrían largas distancias para ganar dinero con el que
pagar sus tributos. Muchos preferían pagar en moneda, pues encontraban esto
menos oneroso. El virrey Toledo comprendió rápidamente que los tributos en
dinero eran necesarios para poder reclutar gran número de indígenas dentro de
las mitas de Potosí y Huancavelica, pero en áreas donde la actividad económica
no era tan intensa, y donde no era necesaria tan elevada cantidad de trabajado-
res, los españoles que de manera harto precipitada propusieron un tributo com-
puesto únicamente de dinero comprobaron el error que habían cometido. Deri-
vando el tributo hacia un pago completamente monetario, en algunas partes del
México central, dada la caída de la población aborigen y la consecuente escasez
d,e productos locales de primera necesidad, las autoridades y encomenderos for-
zaron a los indígenas a entrar en el mercado, pero la pericia y diligencia de éstos
ASPECTOS DE LA ECONOMÍA INTERNA 165
fue demasiado competitiva para el gusto de los comerciantes españoles. La exac-
ción en metálico forzó a los indígenas a huir de sus opresivos pueblos y a conver-
tirse en vagabundos o a buscar protección paternalista en las haciendas, donde,
al menos en algunos casos, el propietario haría frente a los pagos del tributo por
ellos. Los pagos en efectivo provocaron un acelerado descenso de la producción
agrícola, cuyo resultado fue un incremento de la inflación de los precios en las
ciudades. En México, donde se impuso el pago del tributo en metálico, pronto
fue corregido en favor de una combinación de artículos agrícolas, normalmente
maíz, y dinero en efectivo.
El modo en que el tributo fue impuesto, valorado y recaudado provocó una
nivelación general de la estructura social indígena, que transformó a los indios
precolombinos en campesinos tributarios, lo cual también, al igual que el sistema
de reclutamiento de la mita, introdujo alguna diferenciación social. Las autorida-
des españolas o sus delegados frecuentemente contaron los habitantes de los
pueblos, pero tendieron a presentar los resultados de sus cálculos como totales.
Cedieron la tarea de recaudación del tributo a los intermediarios, normalmente
hereditarios, que eran designados o elegidos «principales» del pueblo. Esta de-
legación cambió el tributo, que pasó desde ser un impuesto de capitación direc-
ta a convertirse en una responsabilidad comunal. El encomendero o corregidor,
guiándose normalmente por los censos previos, asignaba una cantidad total de
contribución a un pueblo dado y sus anexos o subsidiarios. Los principales de los
pueblos recaudaban el tributo como ellos querían o como las circunstancias lo
permitían, de aquellos que estaban por debajo de ellos. Algunos eran igualitarios
y creían en la cohesividad comunal, extendiendo el gravamen de forma más o
menos equitativa. Más a menudo, como muchos pudieron notar, el sistema de
cuotas por pueblo indujo a una mayor carga sobre los pobres y fomentó más la
tiranía local.
Los tributos indígenas mantuvieron su severidad hasta casi el final del pe-
ríodo colonial; así como la población indígena disminuía en un principio para
luego lentamente recuperarse, aumentaba la población española y se incremen-
taban las necesidades financieras e indigencia del gobierno real. Muchos de los
que originariamente quedaron eximidos de contribuciones fueron añadidos a los
registros, a la vez que se impusieron incrementos temporales, muchos de los cua-
les luego pasaron a ser permanentes. Por ejemplo, en México, en 1552, se exigió
el pago de un tributo adicional para ayudar a pagar la construcción de la cate-
dral, y éste permaneció durante casi dos centurias. A finales del siglo xvi, el
«servicio real» y «el tostón», un impuesto de cuatro reales, se añadieron para
ayudar con los gastos reales y con los de la ineficaz flota de barlovento para su-
primir la piratería en el Caribe. El tostón permaneció hasta prácticamente el fi-
nal del período colonial. Durante el siglo xvii, fueron numeros^ls las adiciones
locales al tributo, a menudo para financiar obras públicas locales. No hay duda
de que el tributo fue una carga odiada.
El tributo también causó problemas a la sociedad española. Con frecuencia,
los encomenderos y especialmente la corona recibían los tributos en productos
que ellos no necesitaban, pero que podían revender a otros segmentos de la so-
ciedad. La solución, bastante imperfecta, fue un sistema de subasta real y pri-
vada, que permitió al tesoro real y a los encomenderos, hambrientos de dinero
166 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
en efectivo, solucionar el problema de la convertibilidad mediante la venta en
metálico del maíz y otros artículos recaudados. Tal sistema, junto a las obvias
ineficiencias surgidas de la doble transportación de artículos voluminosos y pere-
cederos, hizo elevar los precios debido a las múltiples transacciones, sin benefi-
ciar, tanto como se podría haber supuesto, a la corona o a la clase encomendera.
Estas subastas estuvieron controladas por intermediarios, inevitablemente res-
tringidos en número, puesto que pocos podían satisfacer las grandes sumas de
dinero necesarias para participar. Hay evidencia, también, de que estos dueños
de la subasta no pujaban unos contra otros y, algunas veces, conspiraban para
mantener la puja baja. Al menos de eso se quejaba la corona. Estos intermedia-
rios después de haber comprado los productos básicos, los vendían a aquellos
que los necesitaban. Por ejemplo, el maíz, llegaba a los mercados urbanos sema-
nales, tiendas, minas y, de manera menos frecuente, regresaba a los pueblos indí-
genas. Los intermediarios eran acusados de monopolizadores y de acaparadores.
Algunos mantenían artículos como el maíz alejados del mercado esperando que
los precios del mismo fueran altos. Esto ocurría, al menos una vez al año, justo
antes de iniciarse la época de la cosecha principal. De este modo, los mecanis-
mos de redistribución de los productos del tributo fueron excesivos y caros, y
causaron descontentos y dificultades.
Los pagos en metálico también comportaron dificultades. Los indios y los
pobres, como en todas las sociedades preindustriales jerárquicamente estructura-
das, fueron el terreno tradicional para descargar la moneda de ley inferior a la
marcada, recortada o falsificada. Los comerciantes y los ricos, guardaban la
buena moneda para el comercio de larga distancia o para las subastas y para ha-
cer frente a las temporadas malas. La moneda inferior que se usaba para pagar a
los indígenas, o para comprar sus productos, consecuentemente se convertía en
tributo e iba a parar a las cajas reales, con gran animadversión de la burocracia.
Parte de esta moneda inferior luego se dirigía a España, manifestación, a pri-
mera vista, de un funcionamiento aberrante de la ley a menudo falsamente atri-
buida a Gresham.^
Además de los tributos se impusieron ampliamente en las zonas pobres otros
dos sistemas de contribución, o mejor dicho de extorsión. El sistema más común
en algunas de las zonas desfavorecidas de la América española fue la «derrama».
Bajo esta práctica, los aldeanos indígenas, normalmente mujeres, fueron obliga-
dos a preparar materias, generalmente de algodón o lana, para la siguiente etapa
o etapas de elaboración. De este modo, el algodón en rama se transformaba en
hilo, el hilo en tejido liso, el tejido liso en tejido teñido, etcétera. Las mujeres so-
metidas a este tipo de industria de putting out primitivo estuvieron normalmente
mal pagadas o sin pagar, y, de este modo, subvencionaban los costos de la manu-
factura al comerciante implicado y el precio del artículo al último comprador. El
comerciante era, a menudo, el corregidor local o alcalde mayor, pagado de ma-
nera miserable, pero con posición social y poder local suficientes como para
obligar a los necesitados a trabajar para él; de esta manera, semejantes indivi-
duos raramente tenían que hacer inversiones de capital para intensificar este
proceso. Las cantidades de algodón o lana que usaban eran normalmente bas-
2. Para una discusión adicional, véase Gibson, HALC, IV, capítulo 6.
ASPECTOS DE LA ECONOMÍA INTERNA 167
tante pequeñas. El sistema desempeñó una función económica provechosa en
zonas pobres, puesto que redujo el precio de la ropa, permitiendo, así, a la gente
del pueblo comprar tejidos por debajo de los costos y fletes de cualquiera de los
tejidos fabricados en los obrajes o procedentes de Europa o Filipinas. Otros artí-
culos, los cuales sólo necesitaban una o dos etapas de elaboración simple, a ve-
ces, participaban de dicho sistema. De esta manera, la derrama hizo aumentar
los salarios de los funcionarios (un tipo de subsidio indirecto a la nómina de la
corona) e hizo bajar el coste de los productos básicos, tales como la ropa.
La otra forma de imposición o extorsión fue la compra forzosa, es decir, el
«reparto de mercancías» o «reparto de efectos». Los alcaldes mayores, corregido-
res y otros funcionarios de las zonas indígenas, a menudo, al comenzar su man-
dato, viajaban a los pueblos vendiendo artículos que ellos habían comprado al por
mayor en los mercados de las ciudades. Los productos de primera necesidad lle-
gaban de un área a otra donde hicieran falta y los indígenas estaban satisfechos de
comprarlos, incluso a precios hinchados. Frecuentemente, sin embargo, estas ven-
tas eran de carácter abusivo y de artículos no solicitados —medias de seda, aceitu-
nas y navajas de afeitar están entre aquellos mencionados—, que eran endosados
a los compradores, algimas veces a la fuerza y a precios desorbitantes. Los indíge-
nas revendían estos artículos, o aquellos que ellos no habían usado o echado a
perder, en el mercado español, a menudo, a precios inferiores de los que habían
pagado, con la esperanza de poder recuperar algunas de sus pérdidas. Para el co-
rregidor, este tipo de transacción suponía, por una parte, un complemento a su
salario normal y, por otra parte, un subsidio a su estilo de vida, pagado por la so-
ciedad indígena, el cual rebajaba el coste de los artículos lujosos a la sociedad es-
pañola. De este modo, la gente de Lima podía comprar algimas sedas de China
sin tener que pagar los fletes completos que se cargaban a los productos que lle-
gaban a través del comercio con Manila, o evitar también los beneficios que obte-
nían los intermediarios entre Manila, Acapulco y Lima.
Los campesinos pobres, predominantemente indígenas, también tenían que
sufrir el soborno de los funcionarios locales. Los sueldos eran de miseria, y a la
muerte de Felipe II casi todos los puestos locales tuvieron que ser comprados,
directa o indirectamente, a través de donaciones a las arcas reales o a algún
miembro de la realeza. Estaba completamente asumido por ambos lados que el
funcionario recobraría el coste de su puesto, aumentaría su salario y probable-
mente incrementaría sus ingresos, inversiones y posición extrayendo de su clien-
tela y cargos tanto como el mercado pudiera soportar en forma de cuotas, sobor-
nos, donaciones y gravámenes ilegales. Los supuestos compradores de cargos en-
tendieron este sistema y eran conscientes del precio y de la valía de sus posicio-
nes individuales. El precio de cualquier puesto variaba dependiendo de su
potencial como fuente de ingresos. Además, el conocimiento de este sistema in-
cluso se extendió a las clases bajas. En las sociedades con un carácter igualitario,
el soborno está mal considerado porque el capital se dirige hacia los estratos más
altos de la sociedad de un modo que es considerado inmoral. En sociedades co-
loniales, no obstante, donde el acceso de las clases bajas a los puestos de poder y
decisión está severamente limitado o es casi imposible, el soborno puede jugar
un papel extrañamente «democrático». En este sentido, éste fue uno de los po-
cos medios fMjr el cual los que carecían de poder, cuando poseían algiín exce-
168 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
dente de bienes o de dinero, podían aminorar la presión de las leyes, e incluso
desviarla, no mediante su participación en la promulgación de las mismas, sino
suavizando o frenando su aplicación mediante pagos que se efectuaban una vez
consumados los hechos. Los indígenas y las castas reconocían que algunas veces
el soborno a los funcionarios los ayudaba, y hacía que la corrupción fuese acep-
tada a regañadientes como un medio de hacer que la sociedad colonial fuera, al
menos en algunos casos, más humana. Estos pagos, que procedían esencialmente
de los sectores f)obres y de las élites locales de categoría inferior, son otro ejem-
plo de la delegación de los poderes gubernamentales que el Estado hacía a otros.
El soborno evitaba al gobierno el problema y parte de los gastos de gobernar.
Habría que hacer notar que las clases inferiores, incluidos también los indios, re-
cibían pagos de los que estaban por encima, a cambio de eficacia, trabajo satis-
factorio y el cuidado de la maquinaria, ganado y otras propiedades.
Posiblemente, la gratificación más común entre los funcionarios de baja cate-
goría era vivir de la tierra o de cuentas impagadas. Los funcionarios y párrocos
cuando viajaban se suponía que no pagaban la manutención, el alojamiento y el
forraje de sus caballos y muías. En las jurisdicciones rurales, estas «visitas» re-
presentaban una carga económica considerable, especialmente si el corregidor,
cura, prior u obispo era un visitador asiduo. Además, el clero aprovechaba estas
breves estancias en los pueblos para celebrar bautismos, confirmaciones, casa-
mientos o funerales para aquellos que habían alcanzado la etapa de la vida re-
presentada por este tipo de ceremonias desde la última visita clerical. Cada uno
de estos deberes sacerdotales comportaba una cuota prescrita, pero en cambio,
muchas otras funciones ocasionales, tales como la catequización de los niños, vi-
sitas a los enfermos, oraciones o sermones extras en las iglesias de los pueblos,
asistencia y bendición de las fiestas locales, capillas, imágenes o monumentos, no
la implicaban. Algunos clérigos empezaron a exigir una cantidad fija de dinero
para cada visita, probablemente para cubrir estas misiones. En las zonas pobres,
estas cuotas, llamadas de «visitación», de «salutación» y otros nombres locales
diversos, no sumaban mucho, aunque un cura enérgico con un buen caballo po-
día cubrir muchos pueblos y regresar a los mismos demasiado a menudo para el
bienestar económico de sus habitantes. En el mismo sentido, al pasar un corregi-
dor podía aprovechar la oportunidad para revisar los libros de cuentas de las
«cajas de comunidad», inspeccionar los campos de trigo o maíz apartados para
los pagos del tributo, asegurarse de que el ayuntamiento estuviera en buen es-
tado, dar fe de la imparcialidad y legalidad de las elecciones municipales más re-
cientes, etcétera, todo con la perspectiva de obtener un pago monetario al mar-
gen de la manutención y alojamiento propios, como también los de sus criados,
muías y caballos.
Durante el siglo xviii, los indígenas de los pueblos y otros grupos de campe-
sinos pobres trataron de acomodar, evitar o resistir a estos constantes intrusos
codiciosos y recaudadores de contribuciones. Si las imposiciones, legales o ilega-
les, iban más allá de los límites entendidos, algunos se quejaban, alborotaban o
se rebelaban, acciones que raramente sobrepabasan los éxitos temporales y, a
menudo, daban lugar a represiones severas. Los individuos y, ocasionalmente,
I05 pueblos enteros, huían hacia las fronteras indómitas, o caían en el vagabun-
deo o en el jmonimato de las ciudades. La mayoría de los pueblos intentaron
ASPECTOS DE LA ECONOMÍA INTERNA 169
crear sus propios intermediarios o barreras institucionales para ajustarse ^ la pre-
sión económica española. Una de estas instituciones, la caja de comunidad, que
era de origen español, pasó a formar parte de la sociedad indígena y se extendió
en muchos lugares del Imperio en la segunda mitad del siglo xvi. El propcSsito de
las cajas fue emplear los fondos de la comunidad indígena sobre una base orga-
nizada. Éstas se sostenían mediante los gravámenes impuestos a los habitantes
de los pueblos y por las tierras destinadas al respecto. Parte del tributo f\je des-
viado hacia las cajas para utilidades de carácter local, tales como las reparaciones
de los edificios, pagos a los funcionarios locales o préstamos a la gente del pue-
blo. A pesar de las prohibiciones legales, algunas cajas eran salteadas constante-
mente por el clero y funcionarios locales; es por eso que éstas se convirtieron en
una carga más para los aldeanos ya profundamente gravados. A causa cJe estas
depredaciones, muchas cajas tenían déficits permanentes, los cuales debían ser
pagados por los aldeanos mediante imposiciones forzosas, aunque parece que al-
gunas cajas arrojaron déficits anuales a propósito. Estas porosas cajas del tesoro
comunitario estaban perdiendo dinero por algún motivo; pueden haber sido un
mecanismo colectivo por medio del cual los indígenas se unían para cubrir los
gastos y librarse de las fuerzas intrusas y de los excesivos escrutinios de los fun-
cionarios reales o del clero. Habiendo desviado las atenciones y presiones de más
allá de las fronteras del pueblo, estas comunidades contaban con una libertad
más amplia para desarrollar sus propias prioridades comunales y culturales.
Las cajas de comunidad financiaban los proyectos del pueblo, incluyendo la
restauración de la iglesia y las reparaciones del ayuntamiento, reforzando así la
solidaridad del pueblo y el orgullo de la comunidad. Parte del dinero recaudado
era devuelto a los habitantes de los pueblos como pago del trabajo realizado. En
muchos pueblos de Mesoamérica se requirió apartar ciertos campos para cultivar
el trigo y maíz necesario para pagar el tributo. En muchos casos, los indígenas
locales, quienes plantaban, escardaban, irrigaban, cosechaban y espigaban estas
parcelas, recibían sueldos procedentes de las cajas de comunidad. Los altos fun-
cionarios del pueblo también obtenían pagos al contado provenientes de las ca-
jas, y puede que estos desembolsos hayan tenido alguna importancia en la perpe-
tuación de jerarquías y tradiciones. El ejercicio de una posición superior en las
jerarquías del pueblo podía ser una proposición costosa, y muchos indígenas
eran comprensiblemente reacios a asumir las cargas económicas que iban asocia-
das con los cargos. Las recompensas económicas en forma de salarios proceden-
tes de las cajas ayudaron a resolver este problema, aunque, sin duda, gran parte
de este dinero iba a parar a manos de los habitantes más prósperos. Algunas ca-
jas pasaron a ser ricas y actuaron como bancos y prestamistas de los indígenas, e
incluso de los españoles, poseyeron haciendas, estancias, molinos de harina, in-
genios azucareros y talleres, e invirtieron en el comercio mucho más allá de los
límites de sus pueblos de origen.
La cofradía o hermandad religiosa fue otra de las instituciones indígenas im-
portantes, adoptada también de la sociedad española, para reunir fondos, no
sólo para pagar las ceremonias religiosas de la comunidad (algunas de ellas vistas
por las autoridades como idólatras), sino también para pagar las retribuciones a
los curas y obispos en concepto de visitas. Algunas cofradías se hundieron bajo
la presión económica y religiosa procedente del exterior; otras desempeñaron el
170 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
papel de corredurías, en parte de manera exitosa; y unas cuantas prosperaron
e invirtieron en tierra, rebaños de animales, hipotecas y otros bienes. Por lo tan-
to, estas cofradías prósperas fueron otra vez objetivos para los oportunistas del
exterior.
El tributo y otras imposiciones sobre la sociedad indígena y las reacciones a
estas presiones, fueron una gran parte de la historia de los impuestos en la Amé-
rica española, pero de ningún modo lo fueron toda. La corona y sus representan-
tes, con gran imaginación, intentaron gravar a otros grupos y otras actividades,
pero con menos éxito. El gobierno no tenía burócratas, sistemas de contabilidad,
ni tecnología para imponer gravámenes sistemáticamente, de este modo intentó
colocar impuestos simples y generales, esperando obtener lo más óptimo posible
de cualquier impuesto dado. Una posibilidad obvia fueron los impuestos sobre el
comercio, pero en una época de escasa supervisión de las rutas terrestres, de
fuerzas policiales rudimentarias y sin moneda, pesas y medidas estandarizadas,
tales imposiciones tenían que ser aleatorias y aproximadas. Uno de los métodos
fue el control de los centros naturales y mercantiles por donde se hacía pasar el
comercio, pues aquel que se dirigía o procedía de España tenía que entrar y salir
sólo a través de unos determinados puertos, tales como el del Callao, Panamá,
Portobelo, Cartagena, Veracruz y La Habana. En estos puertos era bastante fácil
percibir impuestos con la ayuda de los poderosos consulados locales o gremio de
comerciantes, a quienes les gustaba imponer sus propias tarifas de entrada y sa-
lida, con gran contrariedad de las provincias secundarias, las cuales no disponían
de puertos legales. La evasión era común mediante el soborno de funcionarios,
el contrabando que se realizaba a bordo de los barcos legales y aquel que se lle-
vaba a cabo de forma totalmente prohibida, pero a excepción de algunas déca-
das extremadamente desoladas de mediados del siglo xvii, el tesoro real podía
esperar ganancias sustanciales procedentes del almojarifazgo, tal y como se de-
nominó a los impuestos de aduanas. El tesoro intentó imponer aranceles en el
comercio interior mediante la instalación de aduanas en los caminos reales y or-
denando que ciertos comercios circularan por una determinada ruta permitida.
Dos ejemplos de ello fueron la ruta que iba de Tucumán a Potosí, por donde pa-
saban las muías, azúcar y otros alimentos que se dirigían a las minas de plata en
los altiplanos áridos, y el camino que iba desde Guatemala a Puebla y a Ciudad
de México pasando por Chiapas, por el cual durante su apogeo circulaban gran-
des cantidades de cacao e índigo. La tendencia hacia el control monopolístico de
estos congestionados centros comerciales fue también evidente en los niveles in-
feriores de la sociedad. Los pueblos estratégicamente situados en las rutas co-
merciales de carácter secundario trataron de imitar a los consulados de Veracruz
y Sevilla, colocando un impuesto a los comerciantes de paso por el uso de las
instalaciones locales. Cartago, la capital colonial de Costa Rica, estaba situada
en la ruta entre Nicaragua y Panamá, ruta que conducía a Panamá las muías
criadas en los pastos de los alrededores de los lagos nicaragüenses, mediante el
sistema de acarreo o al «trajín». El cabildo de Cartago exigía un pequeño im-
puesto por cada muía, mientras se acusaba a los palafreneros o mozos de cuadra
y a los dueños de tiendas de alimentación de manipular los precios de sus servi-
cias durante el tiempo que las arrias de muías permanecían en eL pueblo. De vez
ASPECTOS DE LA ECONOMÍA INTERNA 171
en cuando, los clanes y camarillas de las ciudades, tales como Guayaquil y Com-
postela, controlaban los cabildos y a través de ellos todas las regiones y sus pro-
ductos.
Los derechos de aduana, tanto extemos como internos, legales e ilegales no
fueron los únicos impuestos que recayeron sobre el comercio. La alcabala o im-
puesto sobre las ventas, que antes de la Conquista se había usado en Castilla, se
difundió en América a finales del siglo xvi. Al principio éste fue aplicado como
un impuesto español o europeo, del cual la población indígena estaba teórica-
mente dispensada, excepto cuando ésta comerciaba con productos europeos,
aunque algunos indígenas pagaban elevadas sumas incluso en las ventas del
maíz. La alcabala se fijó en un 2 por 100 sobre el precio de venta de los artícu-
los, pero en el siglo xvii se logró doblar esta cantidad. En tiempos de guerra u
otra clase de emergencias se aplicaban coeficientes más elevados, que a menudo
permanecían, al igual que los tributos, mucho más allá de las emergencias. A fi-
nes del siglo xviii, llegaron a alcanzar un 6 por 100, lo cual provocó varios des-
contentos y disturbios. Algunos pueblos españoles pequeños demoraron la im-
posición de la alcabala, secundados por los comerciantes y cabildos para resistir
las inspecciones e inscripciones de comerciantes, necesarias para poner el sis-
tema en funcionamiento. Otros pueblos alegaron dificultades o desastres para
obtener exenciones temporales. En Quito, cuando finalmente se impuso en
1591, provocó amenazas de motines y sediciones. En Guatemala, donde se or-
denó la puesta en práctica del mismo, en 1576, las primeras inscripciones válidas
empezaron en 1602. En general, en muchos pueblos la alcabala se impuso como
una cantidad global para todo el poblado. El pueblo entonces asignaba la recau-
dación a un campesino, quien tenía que confiar en cierta manera en las declara-
ciones juradas de los encomenderos, comerciantes y tenderos, en relación al vo-
lumen y valor de las transacciones que éstos habían realizado recién concluido el
período de imposición. La autovaloración del nivel de imposición es una forma
ineficaz de recaudar dinero. Los artículos básicos, tales como pan, armas, orna-
mentos religiosos, caballos, donaciones y herencias, estuvieron libres de alcaba-
las. Entre fraudes, recaudaciones intermitentes, compras y ventas ilegales de los
indígenas y conflictos en tomo a qué tipo de artículos calificaban y cuáles no, la
mayor parte de las alcabalas de las ciudades pequeñas debieron defraudar al te-
soro real. Probablemente en las ciudades más grandes, las alcabalas debieron re-
caudarse de manera más celosa. En el México central, al incrementarse el co-
mercio y la actividad en el siglo xviii, la alcabala pasó a ser, al igual que el
monopolio del tabaco en manos de la corona, una de las ramas económicamente
más importantes del tesoro real.
Tanto en América como en España se compraban los puestos gubernamen-
tales —aquellos localizados en comunidades de altos recursos económicos provo-
caban ofertas que muchas veces excedían a las de sus homólogos respectivos ubi-
cados en comunidades de escasos recursos—, pero este impuesto en forma de
anticipo no favorecía a la corona, puesto que una vez el funcionario en cuestión
tomaba posesión de su nuevo cargo, la corona ya no tenía acceso a las ganancias
frecuentemente elevadas de tales cargos. Para remediar esta situación, el go-
bierno instituyó dos impuestos brutales sobre la renta de las personas. La «me-
sada» era el pago del sueldo de un mes que hacía cada vez que un nuevo titular.
172 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
secular o eclesiástico, tomaba posesión de su nuevo cargo. En relación a los
puestos civiles resultaba difi'cil imponer una contribución debido a que los fun-
cionarios raramente revelaban la verdad de los salarios mensuales que ganaban
de sus posiciones. Los «beneficios» eclesiásticos eran de conocimiento público, y
así, los clérigos que estaban en posesión de estos cargos eran gravados de ma-
nera más precisa. En 1631, la corona aumentó el impuesto de los funcionarios
seglares a la mitad del salario del primer año o «media anata» (así, la mesada
restante pasó a ser conocida como mesada eclesiástica). Hacia 1754, la corona
exigió y el papado aceptó la imposición de media anata a los salarios del clero
superior, pero la puesta en funcionamiento de este cambio tardó unos cuantos
años, y para la mayoría del clero, la mesada fue el impuesto recaudado durante
la mayor parte del siglo xviii. Algunas veces la media anata era también recau-
dada de los beneficios obtenidos durante el primer año de las tierras compradas
a la corona.
Desde los días de la Reconquista, la corona había reclamado y recibido una
parte del botín, especialmente oro y plata en hngotes. En el Nuevo Mundo, esta
contribución se convirtió en el quinto real, pero al terminar el período de Con-
quista, el quinto pasó a ser el impuesto sobre la producción de piedras preciosas,
perlas, oro y, sobre todo, plata. Algunas veces para estimular la producción, di-
cho impuesto se rebajó a un décimo, y en algunos lugares de importancia margi-
nal el gremio local de mineros o el cabildo de la ciudad lograron persuadir a la
corona para ser satisfecha con una vigésima parte. Esta fue la situación predomi-
nante durante la mayor parte del período colonial en las minas de plata de Hon-
duras y en las de oro situadas entre Popayán y Cali. El quinto real era más fácil
de recaudar en las grandes minas o en cualquier mina que usara amalgama de
mercurio para la fundición. Las minas de mercurio fueron un monopolio real y,
aunque la caUdad del mineral de plata era un factor importante, había una co-
rrespondencia aproximada entre la cantidad de mercurio usada y la cantidad de
plata refinada. La plata, no obstante, es un estímulo considerable para la inge-
niosidad humana, así que en las minas de plata era frecuente el fraude. La plata
se adulteraba, las barras se cercenaban, los mineros y funcionarios robaban mi-
neral y, de vez en cuando, los funcionarios del gobierno conspiraban en amplios
planes de desfalcos al tesoro. Sin embargo, el fraude en las minas donde se usaba
el mercurio nunca alcanzó las proporciones al que llegó en las minas donde con-
tinuaba usándose el antiguo homo de fundición, que en Alto Perú se llamaban
huayras. En estas minas, que en muchos casos sólo fueron trabajadas unos pocos
meses o durante uno o dos años, incluso el décimo o vigésimo real era muy difí-
cil de recaudar. No obstante, a pesar de estas dificultades, el quinto fue uno de
los impuestos más importantes en las posesiones españolas del Nuevo Mundo,
que extrajo grandes cantidades de dinero de la mano de obra y de la producción,
remitiendo mucha de ésta, quizá la mayor parte, a España, otras partes a la Eu-
ropa occidental y finalmente al lejano Oriente.
Los monopolios del gobierno, tales como la minería de mercurio antes men-
cionada, la minería de cobre de Santiago del Prado al este de Cuba a principios
del siglo XVII y, sobre todo, el muy remunerativo estanco o monopolio del ta-
baco, llegaron a ser de gran importancia como fuentes de ingresos. A finales del
período colonial, los monopohos de artículos de primera necesidad, tales como
ASPECTOS DE LA ECONOMÍA INTERNA 173
la sal, papel, pólvora y tabaco, pasaron a ser extremadamente impopulares entre
todas las clases e indujeron sublevaciones, tales como la revuelta de Tupac
Amaru y las primeras luchas que dieron lugar a la independencia. El gobierno
también arrendaba sus derechos de monopolio, derechos que algunas veces
abarcaban regiones enteras, aunque éstas normalmente eran zonas que el go-
bierno había sido incapaz de desarrollar. Dos ejemplos de ello fueron la Compa-
ñía Guipuzcoana y la Compañía de Campeche en el siglo xviii.
La corona estaba obligada por su posición de patrona de la Iglesia a actuar
como agencia redistributiva de un impuesto. Recaudaba el diezmo eclesiástico
en «frutos de la tierra», que prácticamente abarcaba todos los productos agríco-
las y animales domésticos. Normalmente, los indígenas no pagaban el diezmo,
excepto en los productos que ellos adquirían y que eran introducidos por los eu-
ropeos. La corona probablemente encontraba que la recaudación, administra-
ción y desembolso de los diezmos era una empresa desventajosa. Ésta se que-
daba con una novena parte de los ingresos para cubrir sus gastos, que resultaban
prácticamente insuficientes, y gastaba el resto en obispados, cabildos de la cate-
dral, construcción y mantenimiento de iglesias, hospitales, asilos para los pobres,
hospicios y escuelas y en el clero regular. El diezmo constituía para la Iglesia un
ingreso de riquezas provenientes del sector agrícola, pero parte de éste regre-
saba, no sólo en el sentido de que la Iglesia satisfacía algunas de las necesidades
psicológicas y espirituales de sus fieles, sino también para ayudar a los pobres y
enfermos en forma de atención médica primitiva, caridad y hospitalización; y a
los ricos en forma de educación, préstamos y acceso a rituales para mostrar su
prestigio social. El otro impuesto eclesiástico recaudado por el clero, pero admi-
nistrado por el gobierno, fue la «santa cruzada», sistema que consistía en la
venta de indulgencias cada dos años, el cual rendía beneficios considerables, es-
pecialmente en el siglo xviii. En un sentido muy limitado, hubo un intento de
convertir las indulgencias en un impuesto sobre la renta o sobre el patrimonio
con valoraciones que variaban de dos a diez pesos, dependiendo de la riqueza,
clase y casta. En los pueblos, el clero arrendaba la recaudación a los miembros
del cabildo catedralicio, y su eficacia y justicia, inclusive dentro de su misma es-
fera, variaban ampliamente.
Estos impuestos, los cuales pasaron a ser más complicados y numerosos a
medida que avanzaba el período colonial —impuestos per cápita a los campesi-
nos, el control de los mercados saturados y el gravamen de los pueblos a través
del valor aproximado de sus transacciones comerciales, confiscaciones de los
grupos captivos, tales como los funcionarios gubernamentales y clérigos depen-
dientes, los monopolios del gobierno y las ventas de éstos, exacciones para man-
tener las funciones religiosas del Estado, y la apropiación de una parte del pro-
ducto de la industria productora de riqueza más espectacular, en este caso la
minería de plata—, eran los mismos mecanismos de exacción antiguos, la más
obvia fuente de riqueza de los primeros imperios y de los descendientes directos
de la tasación imperial romana. Para todo ello no era necesario una gran buro-
cracia, puesto que todos estos impuestos eran arrendados, es decir, el derecho a
recaudar un impuesto específico era comprado por un particular, quien recupe-
raba el coste del cargo mediante la retención de una parte de los impuestos que
él recaudaba, o quien acordaba entregar una cantidad específica a las autorida-
174 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
des. A veces la parte que correspondía al arrendatario del derecho de recauda-
ción se determinaba de acuerdo a un porcentaje del total recaudado. Esto provo-
caba recaudaciones entusiastas y minuciosas. Evidentemente, los arrendatarios
de impuestos, que iban desde los hacendados, comerciantes ricos y criollos indi-
gentes hasta calpisques, alcaldes y principales de los pueblos indígenas, recau-
daban más de la cuenta, declaraban cantidades inferiores, reducían las cantida-
des excesivas en la medida de lo posible, al tiempo que cuidaban el grado de
amabilidad, indulgencia, apatía, honestidad e indigencia de los funcionarios del
tesoro, a quienes ellos tenían que rendir cuentas. No fue hasta el reinado de Car-
los III, el primer promotor de una burocracia estatal moderna, que se hicieron
vigorosos esfuerzos para reducir la imposición agrícola e incrementar la recauda-
ción mediante funcionarios del Estado, intendentes y subdelegados.
El estado español, un sistema en transición a la búsqueda desesperada de
fondos e intentando modernizarse para ello, dedicó considerable atención al
problema de cómo hacerse con una parte del capital y de los ingresos de los ri-
cos, una clase que al desempeñar tanto control social y otras funciones para el
gobierno tenía que ser consentida. Las composiciones o indultos, pagos que se
hacían a la corona una vez consumados los hechos para sobreseer actividades
criminales (a menudo, abusos de la fuerza de trabajo), y regularizar los títulos de
propiedad de la tierra (normalmente de los indígenas) adquirida de modo con-
trovertido, fueron un generador de escasos beneficios, aunque a menudo caro
para el individuo interesado, resultaron ser más una serie de recompensas a los
partidarios de los cuales dependía el gobierno.
Lo mejor que el gobierno podía conseguir, dada su relación con la clase alta,
era el «donativo gracioso», que consistía en una «donación voluntaria», la cual
era en realidad un sistema de gravámenes o confiscaciones negociadas de carác-
ter involuntario, que se parecía a las generosidades reales inglesas. La corona ini-
ció esta práctica de petición complicada, algunas veces mediante donaciones,
otras a través de créditos, aduciendo como pretexto los gastos de una emergen-
cia o una celebración especial, tales como una guerra o el nacimiento de un here-
dero real, pero en el reinado de Carlos II la petición se convirtió en un sistema,
al que se recurría con regularidad cada unos cuantos años y con un procedi-
miento de valoración y recaudación reconocido. Los funcionarios locales, a me-
nudo la audiencia, que entonces delegaría la responsabilidad en los corregidores
locales, recibieron la orden de gravar a los ricos de cada jurisdicción con una do-
nación. Se elaboraron listas de tales personas con propuestas de cantidades apro-
piadas, entonces, el corregidor o funcionario local recaudaba estas sumas, o una
aproximación de ellas, a veces después de un prolongado período de negocia-
ción. Los funcionarios reales no estuvieron exentos y al estar pagados con suel-
dos demasiado bajos mandaron largas y elaboradas cartas de disculpa a España
dando cuenta de sus bajos salarios. La corona tenía algunos medios latentes para
amenazar a los funcionarios reales, pero ésta estaba en una posición difícil res-
pecto a los subditos particulares ricos. A medida que las demandas de donacio-
nes pasaron a ser más frecuentes, serviles y apremiantes, los importunados mos-
traron cada vez más resistencia a tales desembolsos y la indigente corona se vio
obhgada a ofrecer incentivos, tales como pensiones, títulos de nobleza, futuras
exenciones y liberalización de las ordenanzas gubernamentales, para poder re-
ASPECTOS DE LA ECONOMÍA INTERNA 175
candar. Las consecuencias de estas donaciones fueron contradictorias. Algunas
de éstas, a últimos del siglo xvi y principios del xvii, proporcionaron grandes su-
mas de dinero, las cuales ayudaron a la corona a vencer verdaderas emergencias,
tales como la del millón de pesos mandados por el virrey de México en 1629
para compensar la captura llevada a cabo por Piet Heyn de la flota española de
la plata. Pero las donaciones fueron también un modo de desinversión, de des-
plazamiento del capital de las colonias, que a la larga alienó a la clase de la cual
dependía la corona. La posición negociadora y financiera de la corona era dema-
siado débil para transformar estas prácticas en impuestos verdaderos sobre el pa-
trimonio o beneficios, o convertirlos en cualquier utilidad o provecho a largo tér-
mino.
DISTRIBUCIÓN E INTERCAMBIOS
Las posesiones españolas de América tuvieron varios sistemas de produc-
ción, distribución e intercambio imbricados e interrelacionados, los cuales pasa-
ron por fases de prosperidad y declive, expansión y contracción.
En el nivel más bajo estaban la agricultura campesina y los intercambios en
los pueblos. En las pequeñas unidades indígenas, más o menos pueblos comuna-
les, y en los márgenes de las haciendas se producía maíz, frijoles, tubérculos, algo
de pulque y chicha, sal, aves de corral y otros pequeños animales domésticos y
ropa tejida a mano. A medida que estos artículos básicos fueron necesarios en
los grandes mercados, tales como las ciudades españolas, la comunidad indígena
jugó el papel principal en los primeros tiempos de la encomienda, aportando
grandes cantidades de productos de primera necesidad para vender o, vía tri-
buto, para subastar en las ciudades. Al debilitarse la encomienda, descender la
población indígena, y convertirse las ciudades y centros mineros en mercados
más grandes y más atractivos, los productores y distribuidores indígenas fueron
apartados en grado considerable por campesinos españoles, propietarios de ha-
ciendas y obrajes y comerciantes mestizos o españoles. La producción indígena
para el mercado fue en gran parte una vez más limitada al nivel de los pueblos.
La cantidad total de artículos implicados continuó siendo considerable, pero Jas
cantidades individuales eran pequeñas, circulaban ineficientemente y carecían de
medios de cambio. El sistema dependía de la energía y laboriosidad infatigable
de los pequeños comerciantes y agricultores indígenas (a menudo la misma per-
sona), dispuestos a viajar largas distancias con pequeñas cantidades en busca de
exiguas ganancias. Gran parte del intercambio se hacía mediante trueque o me-
diante monedas sustitutas, tales como granos de cacao, pastillas de azúcar mo-
reno u hojas de coca. También eran comunes el dinero en su valor más bajo y la
moneda falsificada. La cabecera local, o algunas veces un pueblo semivacío que
había sido el centro ceremonial precolombino, se convertía en el lugar del mer-
cado semanal. La gente transportaba los artículos a los mercados en sus propias
espaldas o en los lomos de las muías o llamas. En las áreas con más población in-
dígena, los días de mercado cumplían funciones culturales y ceremoniales, las
cuales proporcionaban recompensas adicionales a los comerciantes y hacía que
el margen de beneficio fuera ligeramente menor. En zonas pobres y marginales