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La Templanza según Pieper y Santo Tomás

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ZELMIRA SELIGMANN

Universidad Católica Argentina


Santa María de los Buenos Aires

La templanza en Josef Pieper y Santo Tomás

En "Las Virtudes fundamentales"' Josef Pieper introduce el tema di-


ciendo que hoy en día se ha perdido la conciencia de que la moral es
"sobre todo y ante todo, doctrina sobre el hombre"' y que "la virtud es,
como dice Santo Tomás, ultimum potentiae, lo máximo a que puede
aspirar el hombre, o sea, la realización de las posibilidades humanas en
el aspecto natural y sobrenatural'.

1. La templanza y el orden interior

La templanza, es "uno de los cuatro goznes sobre los que se mueve la


puerta que conduce a la Vida" nos dice Pieper refiriéndose a que es una
virtud cardinal. El significado del término temperantia implica "discre-
ción ordenadora" y temperare es "hacer un todo armónico de una serie
de componentes dispares'. La finalidad de la templanza es poner orden
en el interior del hombre, en su propio yo. Como toda virtud consiste
en conformarse a las exigencias de la razón, por ser el bien propio del
hombre, por eso la templanza refrena el apetito de los placeres que ale-
jan de la regla de la razón y la ley divina'. Las consecuencias más inme-
diatas son: la integridad, la tranquilidad del alma, una especial belleza y
la honestidad.
La templanza que es moderadora de los movimientos inferiores, se fija
preferentemente en las pasiones que tienden al bien sensible, a los deseos
y placeres del sentido del tacto. Es por eso que de manera excelente re-

PIEPER3., Las virtudes fundamentales Rialp, Madrid (6' edición) 1998.


Ibidem, 11.
Ibidem, 15.
Ibidem, 220.
Ibidem, 222.
6 SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica 2-2, cuestión 141 artículo 2.
544 ZELMIRA SELIGMANN

prime los vicios más degradantes'. J. Pieper pone de relieve el poder


destructor de la falta de templanza, equivale -nos dice- "a la autodes-
trucción por degeneración egoísta de las energías destinadas a la auto-
conservación".
Profundiza este tema preguntándose: ¿porqué las mismas fuerzas que
alimentan la existencia humana pueden perturbar y pervertir el orden
interior hasta llegar a la destrucción de la persona moral? Y responde
diciendo que no podemos explicarlo si no estamos dispuestos a admitir
el pecado original, tal como nos lo presenta la Revelación. Y hace aquí
Pieper una consideración muy interesante: "...a no ser, claro, que nos
hiciésemos la ilusión de que ese desorden interior no existe'. Sin duda
este comentario tiene mucha actualidad sobre todo en el ámbito de la
Psicología donde, por no aceptar los datos de la Teología, se vive la
"ilusión" de que los desordenes de la personalidad, que acontecen en lo
más interior del hombre, son intrascendentes o superficiales' (a pesar de
estudiarse en la llamada psicología profunda) y que pueden solucionarse
con medios únicamente humanos. Pieper parece ser consciente de la
gravedad de este problema, y por eso cita a Santo Tomás diciendo que
las fuerzas cuya disciplina corre a cargo de la templanza, "son las que
más discordia siembran en el espíritu; y esto se debe a que tales fuerzas
forman parte de la esencia del hombre'. Es la parte más profunda e
íntima del yo la que se desordena hasta la propia destrucción; las mismas
fuerzas que están llamadas a conservar y perfeccionar el ser, son las que
producen su efecto contrario, destruyéndolo. Pieper intenta develar el
problema de esta contradicción íntima del desorden interior y busca la
solución en la iluminación del Aquinate. Santo Tomás analizando la
necesidad de la gracia, lo explica de la siguiente manera: "Se destruye el
bien de la naturaleza porque sufre un desorden su voluntad al no some-
terse a Dios, y, una vez perdido el orden, toda la naturaleza del hombre
pecador permanece desordenada'. En la misma esencia natural y es-
tructura volitiva del hombre está el amar a Dios por sobre todas las co-
sas. La violación de esta ley primera, tiene un gran poder destructor
porque se opone al ser y a su destino natural.
Y luego Pieper se refiere directamente a los tratamientos psicoterapéu-
ticos que llevan al fracaso cuando no tienen en cuenta el factor religioso,
afirmando que sus resultados son "un aburguesamiento rodeado de te-

' 2-2, 141, 3.


PIEPER, J., op. cit., 226.
Ibidem, 226.
1° Cabría aclarar que hubo mentes inteligentes -como por ejemplo Freud- que no ignoraron
la importancia de la relación del hombre con su Creador. Por eso S. Freud fundamentó su doc-
trina en la actitud de rebeldía frente a Dios, de soberbia frente al padre, matándolo para ocupar
su lugar. Sus seguidores, mucho más ingenuos, aún no han tomado conciencia de la "mentali-
zación" para el pecado que supone el psicoanálisis.
" 2-2,141, 2 ad 2.
12 1-2, 109,7 corpus.
LA TEMPLANZA EN JOSEF PIEPER Y SANTO TOMÁS 545

merosos cuidados y envenenado por un vacío desolador'. La verdade-


ra ordenación de la personalidad, la que debería realizar la psicoterapia,
no puede darse sólo desde el plano humano, porque el desorden es muy
profundo, como nos lo hace ver Pieper siguiendo la tradición cristiana.
El orden interior implica la relación al fin último, y pretender alcanzarlo
con las propias fuerzas" es algo contrario a la humildad, supone una
actitud soberbia" (lo cual impide el conocimiento de la verdad del hom-
bre y la prudencia necesaria para actuar). La verdadera solución requiere
la gracia que justifica, o sea que "implica cierta rectitud de orden en la
misma disposición interior del hombre, en cuanto que lo más digno del
hombre se somete a Dios, y las fuerzas inferiores del alma se someten a
la suprema, es decir, a la razón'. El psicoterapeuta, si es realista, debe-
ría secundar la acción de la gracia que ordena interiormente y al fin últi-
mo.
Es así que la virtud de la templanza dispone para el fin propio que es
la felicidad, porque mantiene y defiende el orden dentro del sujeto.

Excelencia de la castidad y la virginidad

Si al hombre no se lo ve integralmente, desde la verdad que lo funda-


menta y en razón de su fin, no podrá comprenderse el extraordinario
valor de estas virtudes, que forman parte de la templanza y la llevan a su
culminación, y que son especialmente atacadas en nuestra época y -en la
mayoría de las veces- desde teorías psicológicas que se adjudican la ver-
dad científica.
La castidad que como virtud regula el instinto sexual según el orden
de la razón, (y que debe darse según el estado de vida: célibe, casado o
viudo) capacita y predispone para percibir correctamente la realidad. El
"ordo rationis" significa que algo está ordenado según la verdad de lo
real, y esto lo realiza la virtud de la templanza.
La castidad prepara el alma para la contemplación donde -nos dice
Pieper- "se confunde el conocimiento límpido con la amorosa entre-
ga'. Y prosigue: "Mediante la contemplación el hombre se pone en
comunicación con el Ser divino y se asimila la verdad pura, que es el
bien supremo'.
El Aquinate analiza también el sentido de la castidad espiritual, que se
da cuando la mente se recrea en la unión espiritual con Dios y se priva

13 PIEPER, j., citando a Przywara, op. cit., 228.


14 2-2, 161,2 ad 2.
15 2-2, 162, 1 corpus; 4 ad 2.
16 1-2, 113,1 corpus.
17 PIEPER, j., op. ca., 243.
18 Ibidem.
546 ZELMIRA SELIGMANN

de los placeres opuestos al orden divino y las cosas bajas, que sería una
fornicación espiritual".
La castidad siempre aumenta la energía de la mente (virtus mentis) que
se ve debilitada y reducida por los placeres que oprimen la razón'. Al
prescindir de los deleites carnales que sofocan el espíritu, la persona se
vuelve más espiritual.

"La castidad tiene razón de virtud en cuanto que obra confor-


me al dictamen de la razón; y es fruto del Espíritu Santo, en
cuanto al gozo que en dicho acto existe"21.

Con la virtud de la templanza la persona se abre a la realidad; y con


esta apertura también se hace capaz de "escuchar" con más claridad el
llamado a una vida más perfecta, siguiendo los consejos evangélicos (po-
breza, castidad y obediencia, en forma absoluta y radical) mediante los
cuales el hombre puede conseguir mejor y más fácilmente el fin. Dice
Santo Tomás que estos consejos son útiles a todos, pero a muchos por
indisposición no les conviene, por eso no sienten su afecto inclinado a
ellos. No olvidemos que Cristo al proponerlos hace mención de la apti-
tud".
La virginidad es virtud bella y excelente, colocada en la cumbre de la
templanza, es digna de alabanza porque la persona se conserva inmune
de toda experiencia de placer sexual, renunciando al mismo para toda la
vida".
Cuando J. Pieper habla de la virginidad, desarrolla paralelamente el
tema del matrimonio cristiano, para resaltar la idea de que en esta virtud
existe ante todo una decisión voluntaria -y la Gracia de Dios, por
supuesto- que debe integrarse con la afirmación del matrimonio como
bien natural y sobrenatural. Así mismo habría que añadir que aquel que
elige el matrimonio, debería reconocer que hay un bien superior y más
excelente.
El Angélico, sacerdote y religioso, no sólo profundiza este tema, sino
que también lo trata desde la altura de alguien que lo conoce por haber-
lo vivido en plenitud. El orden, medida y belleza de su magnífica obra,
irradian la pureza de su vida.
El fin de la virginidad, con la libertad que proporciona, no es otro que
dedicarse a "la contemplación de las verdades divinas para mayor belle-
za y prosperidad de la humanidad'. Y esto es laudable, luego "absolu-

'9 2-2, 151, 2.


2'2-2, 151, 3 ad 2.
21 2-2, 151, 1 ad 4.
22 1-2, 108, 4 corpus; ad 1.
23 2-2, 152, 3 corpus.
24 2-2, 152, 2 corpus; ad 1.
LA TEMPLANZA EN jOSEF PIEPER Y SANTO TOMÁS 547

tamente hablando, es mejor la virginidad que el matrimonio"25. Cristo


eligió por Madre a una virgen, guardando El mismo la virginidad. Dice
San Agustín que hay más motivos de semejanza con Cristo en aquellos
que lo imitan en la integridad de la mente y del cuerpo.
Santo Tomás, en el Comentario a San Juan elogia la virtud de la casti-
dad del Evangelista, que fue elegido por Dios siendo virgen y por esto
privilegiado entre los discípulos. Las Sagradas Escrituras testimonian su
virginidad con dos hechos: primero, nos afirma que fue amado más que
los otros, predilecto en razón de su pureza, la cual induce a amar; y se-
gundo, porque mientras el Señor pendía de la cruz, le confía su Madre a
fin de que justamente fuera un virgen quien custodie la Virgen. Se lo
representa con el símbolo del águila porque fue elevado más allá de la
fragilidad humana, y su contemplación fue altísima y perfecta. Como
aquella ave fijó su vista con los ojos agudos del alma en la luz de la Ver-
dad inmutable y contempló con los ojos de la mente el Verbo de Dios
en el seno del Padre. El Aquinate relaciona el llamado a la castidad con
la invitación a las cumbres de la contemplacióri. Por eso concluye di-
ciendo: "A los vírgenes en efecto, les compete ver a Dios: Felices los
puros de corazón porque verán a Dios" (Mt 5,8)26.
Pero Santo Tomás, que siempre nos sorprende con la amplitud que le
va dando al tema, lo retoma de manera especial en el tratado de los noví-
simos. En la bienaventuranza habrá un premio esencial que es la unión
del alma con Dios merecida por la caridad, y un premio sobreañadido
que es como un cierto gozo en concepto de una victoria excelente."
Entendida siempre toda la vida terrena como un combate y el premio
para el que vence, nos dice la Suma Teológica que donde existe una
razón especial de triunfo, debe haber también una corona especial. Ha-
brá un premio de privilegio correspondiente a una victoria privilegiada,
según tres luchas: 1) contra la carne en la virginidad, 2) contra el mundo
en los mártires y 3) contra el diablo en los predicadores. La lucha de la
virginidad es comparada a la de los mártires; en aquélla se obtiene una
victoria especial sobre la carne, contra la cual se lucha sin cesar.
Se puede decir -en sentido amplio- que, además del gozo esencial,
corresponderá este otro gozo sobreañadido para aquellos que mantuvie-
ron incorrupta la carne aunque no tuvieran el propósito de guardar vir-
ginidad perpetua. "Porque es indudable que han de gozarse de la inco-
rrupción de su cuerpo como los inocentes de no tener pecado, aunque
carecieran de oportunidad para pecar, como les ocurre a los niños bauti-
zados"28.

25 2-2, 151, 4 ad 2.
26
Commento al Vangelo di San Giovanni, N' 11 a 22.
27 Supl., 96,1 corpus.
2$ Supl., 96, 5 corpus.
548 ZELMIRA SELIGMANN

La perfección, dignidad y belleza de la Iglesia, consiste en el orden de


la diversidad de grados, estados y miembros. Ciertamente la perfección
de la virginidad se halla en aquellos que han tenido el propósito de re-
nunciar a los placeres sexuales de por vida para consagrarse con total
libertad a las cosas del Señor, y han llegado al fin habiendo cumplido
esta promesa plenamente identificados con Cristo. Pero hay una gra-
duación de estados donde se mantuvo la pureza virginal, porque Dios
llama a las almas de diversas maneras y con diferentes gracias: predesti-
nación y vocación para la hermosura de la Iglesia.
Hay, desde la mayor perfección arriba mencionada, distintos grados
de virginidad: en algunos casos no pudo ser refrendada por una decisión
voluntaria, quizás no hubo posibilidad de perderla por falta de oportu-
nidad, o quizás pudiendo hacerlo no quisieron ofender a Dios y quién
sabe con qué secretas luchas se mantuvo; en otros casos se habrá hecho
"de la necesidad virtud" conformándose suavemente a la Voluntad de
Dios. La providencia divina, omnipotente y eficaz, ha llevado con dul-
zura a estas almas, por Caminos misteriosos, a dar respuesta a una voca-
ción excelente. Siempre es -sin lugar a dudas- una Gracia especial en la
que la persona "elegida" y amada con predilección se asemeja más a
Cristo, y manifestará esta pureza virginal con gran esplendor no sólo en
el alma sino también en el cuerpo.
Si tomamos la obra del Angélico en su conjunto, parecería que desea
poner énfasis no tanto en el propósito personal (que ciertamente lo con-
sidera) sino en el gozo que tendrá en el cielo (y ya participado en la tie-
rra) aquel que fue elegido, llamado y predestinado para una vida de ma-
yor perfección. Santo Tomás elogia la virtud de la virginidad porque
prevalece en él la mirada sobrenatural: los coros de vírgenes adornan y
embellecen la Iglesia triunfante cantando ante el Cordero.
Podría sintetizarse el pensamiento del Aquinate con las palabras de
San Pablo: "...sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el
bien de los que le aman... a los que predestinó a ésos también llamó; y a
los que llamó, a esos los justificó; a los que justificó, a ésos también glo-
rificó" (Rom. 8,28-30).
Afirma Pieper que la vida consagrada a Dios en virginidad, es una de
"ideas que definen y dividen entre sí a los espíritus' pues se alza
como signo de contradicción. Y podría decirse que mucho más en nues-
tro tiempo en que, hasta para algunos, aparece como piedra de escánda-
lo. Sin embargo, también en la actualidad muchos son los llamados a una
vida más perfecta y a las virtudes más altas, pero son pocos los que res-
ponden porque el gran desorden interior los vuelve incapaces de ver la
realidad: la propia y la ajena.

29
PIEPER, J., op. cit., 265.
LA TEMPLANZA EN JOSEF PIEPER Y SANTO TOMÁS 549

El olvido y terrible "combate" que sufre hoy en día la virtud de la


templanza, se evidencia en el deterioro psicológico tan característico de
nuestra época. La capacidad de autodestrucción que se manifiesta en las
enfermedades mentales, cada vez más expandidas, muestran el desorden
profundo que sufre el hombre en su interior y la impotencia para salir
de él por sus propios medios.

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