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Cuento Ss

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Buscando la paz

Había una vez un rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz
perfecta. Muchos artistas lo intentaron. El rey observó y admiró todas las pinturas, pero solamente hubo dos
que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.

La primera era un lago muy tranquilo. Este lago era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas
montañas que lo rodeaban. Sobre estas se encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos
quienes vieron esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.

La segunda pintura también tenía montañas. Pero estas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas había un
cielo furioso del cual caía un impetuoso aguacero con rayos y truenos. Montaña abajo parecía retumbar un
espumoso torrente de agua. Todo esto no se revelaba para nada pacífico.

Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta
de la roca. En este arbusto se encontraba un nido. Allí, en medio del rugir de la violenta caída de agua, estaba
sentado plácidamente un pajarito en su nido...

- ¿Paz perfecta...?

- ¿Cuál crees que fue la pintura ganadora?

El Rey escogió la segunda.

- ¿Sabes por qué?


Explicó el rey: 'Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro o sin dolor. Paz
significa que a pesar de estar en medio de todas estas cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro
corazón. Este es el verdadero significado de la paz'.
Fin.
la cabeza de colores
Esta es la increíble historia de un niño muy singular. Siempre quería aquello que no tenía: los juguetes de
sus compañeros, la ropa de sus primos, los libros de sus papás... y llegó a ser tan envidioso, que hasta los
pelos de su cabeza eran envidiosos.

Un día resultó que uno de los pelos de la coronilla despertó de color verde, y los demás pelos, al verlo tan
especial, sintieron tanta envidia que todos ellos terminaron de color verde.
Al día siguiente, uno de los pelos de la frente se manchó de azul, y al verlo, nuevamente todos los demás
pelos acabaron azules. Y así, un día y otro, el pelo del niño cambiaba de color, llevado por la envidia que
sentían todos sus pelos.

A todo el mundo le encantaba su pelo de colores, menos a él mismo, que tenía tanta envidia que quería
tener el pelo como los demás niños. Y un día, estaba tan enfadado por ello, que se tiró de los pelos con
rabia.

Un pelo delgadito no pudo aguantar el tirón y se soltó, cayendo hacia al suelo en un suave vuelo... y enton-
ces, los demás pelos, sintiendo envidia, se soltaron también, y en un minuto el niño se había quedado calvo,
y su cara de sorpresa parecía un chiste malo.

Tras muchos lloros y rabietas, el niño comprendió que todo había sido resultado de su envidia, y decidió
que a partir de entonces trataría de disfrutar de lo que tenía sin fijarse en lo de los demás.
Tratando de disfrutar lo que tenía, se encontró con su cabeza lisa y brillante, sin un solo pelo, y aprovechó
para convertirla en su lienzo particular.

Desde aquel día comenzó a pintar hermosos cuadros de colores en su calva cabeza, que gustaron tantísimo
a todos, que con el tiempo se convirtió en un original artista famoso en el mundo entero.
Tosco Y las abejas
Tosco era un oso que vivía en un hermoso bosque de pinos. Siempre que encontraba un panal de miel,
cogía toda la miel para sí y le llevaba un poco a su madre. Pero cuando llegaba a su cueva con la miel tenía
muchas picaduras de abeja, y una noche casi no podía dormir por la hinchazón.

Aquella noche Tosco le dijo a su madre:

No es justo, las abejas me pican demasiado, por la noche no puedo dormir.


¿Recuerdas que te dije lo que debemos hacer para saber si algo es justo o no? —Preguntó la madre.
Sí, es algo que se llama… ¿cómo se llamaba? —Preguntó Tosco.
Empatía —dijo la madre— ¿Recuerdas lo que significa?
Sí, significa ponerse en el lugar de la otra persona. —Dijo Tosco.
Pues ahora tú debes ponerte en el lugar de las abejas.
Pero yo no soy una abeja —Contestó Tosco desconcertado.
Por eso mismo debes usar tu imaginación para tener empatía con las abejas. Por ejemplo, ¿dejas algo de
miel en el panal cuando la coges?
No, no dejo nada, me la como casi toda y lo demás te lo traigo a ti, mami.
Gracias por traerme un poco de miel, a mí también me gusta mucho, pero, ¿sabes por qué las abejas fabri-
can miel?
¿Para comérsela? —Preguntó Tosco con gran curiosidad.
Sí, y también para alimentar a las abejas recién nacidas. —Contestó su madre.
¡Pero yo también necesito la miel!
Si tú fueses una abeja y viniera un oso grande y peludo a quitarte toda la miel, ¿no le picarías muy duro
hasta que se fuera?
Tosco pensó en las palabras de su madre y se dio cuenta de que nunca había visto aquella situación desde
el punto de vista de las abejas.

Tienes razón, mamá, es verdad. ¡Con razón las abejas se ponen tan enfadadas cuando les quito toda la miel!
Pues ahora que has usado la empatía y te has puesto en el lugar de las abejas, toma solo una parte de la
miel cuando vayas a cogerla —dijo la madre—, las abejas tratarán de picarte, pero tú te irás enseguida y así
podrás comer miel y dormir bien por la noche.
Al día siguiente, Tosco fue a un árbol en el que había un panal de abejas. Se acercó, cogió solo una parte de
la miel y se marchó, dejando más para que las abejas pudiesen comer. Ese día Tosco comió su rica miel, le
llevó algo a su madre y pudo dormir bien por la noche.

Tosco había obrado con empatía, y las abejas le premiaron su actitud dejándole ir sin una sola picadura.
el amante de los

pájaros
Érase una vez un pequeño ratón que pasaba todos sus ratos libres fuera de su ratonhogar, observando a los
pájaros y diferentes aves que surcaban los cielos. Aquél ratón había quedado tan impresionado al ver volar a
los pájaros que, desde entonces, no tenía otra obsesión que la de hacer lo mismo. ¡Nada de huir de gatos ni
comer queso! ¡Ratón quería volar! «Debe ser tan maravilloso…» Se decía así mismo completamente embele-
sado por el ir y venir de las aves.

Tal era su obsesión, que no se le ocurrió otra cosa que empezar a coleccionar plumas que encontraba por el
suelo, caídas por accidente durante el aleteo incansable de los pájaros. Así, hasta que se hizo con las
suficientes plumas como para dar forma a su ansiado sueño, y ni corto ni perezoso, se construyó dos hermo-
sas y grandes alas de preciosas y suaves plumas. A dichas plumas les colocó un arnés que había encontrado
en la basura, gracias al cual pudo sujetarse las plumas a la espalda. Tras aquella operación se subió a la rama
más alta de árbol que encontró…

¡Ya está todo listo para volar!- gritó el ratoncillo entusiasmado.


¡Pobre ratoncito! Nada más arrancar sus nuevas y preciosas plumas, estas le dirigieron directo hacia el suelo.
Algo aturdido y con mucho dolor, el ratón comprendió que su plan no había funcionado. Durante semanas
de recuperación en su ratonhogar, el ratoncito comprendió que se lo tenía merecido por querer ser quien
no era. Metido en su camita con forma de queso, soñaba ahora con salir corriendo de un lado a otro, con
recoger los dientes de los niños, y con comer muuuucho queso.

Pasado un tiempo y completamente recuperado, el ratoncito no paró de correr y de saltar. ¡Estaba muy
contento de ser como era! Y a partir de entonces fue muy feliz, y en sus descansos de tanto correr, siguió
observando con deleite a sus amados pájaros.
el héroe que iba a salvar al

mundo
Estaba Totó, un niño totalmente normal, caminando por la playa, cuando un erizo de mar lo picó. En ese
preciso instante, al sacudir el pie, le atacaron a la vez una medusa, un mosquito y un pez loro, mientras
pisaba la cola a un ornitorrinco y le caía en la cabeza una cagarruta de gaviota... Total, que de todas aquellas
coincidencias sólo podía surgir un superhéroe, con impresionantes superpoderes: ¡Superpower Ultra Man!
Tales eran los poderes de aquel fenómeno, que inmediatamente pensó que no podría malgastarlos en cosas
pequeñas, y Superpower Ultra Man comenzó a buscar los peligros y amenazas que acechaban al mundo
para salvarnos a todos de los malos más malísimos.
Pero por más que buscó con su supervisión, por más que recorrió el mundo con su hipervelocidad y escu-
chó los cielos con su oído digital multifrecuencia, no encontró a nadie tratando de conquistar la galaxia o de
hacer explotar el planeta. Por no encontrar, ni siquiera encontró a ningún villano tratando de secar los
mares o robar tan sólo una montañita. Parecía que todo el mundo, los buenos y los malos, se dedicaban a
cosas mucho más comunes y que sólo tenían problemas normales. Así que el bueno de Superpower Ultra
Man pasaba los días aburrido explorando los cielos en busca de misiones imposibles a la altura de un super-
héroe de su valía.
Tanto se aburría, que cuando le ofrecieron hacer un programa de televisión para demostrar sus habilidades
terminó por aceptar, aunque sólo se tratase de una triste exhibición en la que apenas podría rescatar a
varias decenas de personas.
Y cuando por fin llegó ese momento de gloria con el que sueña todo superhéroe, resultó que la demostra-
ción fue un desastre. Superpower Ultra Man estaba tan acostumbrado a pensar las cosas a lo grande, que no
sabía cómo agarrar a una sola persona y ponerla a salvo. Lo hacía de 20 en 20, sin controlar su fuerza o su
velocidad, así que aquello acabó en una ensalada de golpes, chichones, arañazos, gritos, huesos rotos y
ropas destrozadas. Doloridos y medio desnudos, los “salvados” terminaron llamando al superhéroe de todo
menos guapo, entre las sonoras risas del público y los periodistas..
Posiblemente ningún superhéroe haya pasado nunca tanta vergüenza. Y es que desde aquel día, cada vez
que alguien renuncia a hacer algo por considerarlo demasiado poco, todos le recuerdan el caso de Super-
power Ultra Man, diciendo: “ No seas tan Superpower ni tan Ultra Man, que si no haces lo pequeño lo
grande nunca sabrás”.
ico
Era blanco, parecido a un caballo, con patas de antílope, ojos y pelo de cabra y un cuerno en la frente. En el bosque
todos decían que era un unicornio, y lo llamaban Ico.
Ico era muy querido en el bosque donde vivía, pero el pequeño no sabía dónde había nacido y cómo había ido a
parar allí, por eso empezó a preguntar a todos los animales para averiguar sus orígenes. Primero fue a buscar al
antílope.
- ¡Hola, antílope! Nadie sabe cómo llegué al bosque. ¿Tú sabes donde nací? Tenemos las patas muy parecidas - le
dijo.
Pero el animal lo ignoró por completo. Ni siquiera se detuvo para hablar con él. Después fue a buscar a la cabra.
- ¡Hola, cabra! Nadie sabe cómo llegué al bosque, y cuál es mi origen. ¿Tú sabes donde nací? Nuestros ojos y el pelo
de nuestro cuerpo son muy parecidos - le dijo.
Pero la cabra lo ignoró por completo. Ni siquiera volvió para mirarlo. Entonces decidió ir en busca del caballo. Lo
encontró echando carreras por la pradera.
- ¡Hola, caballo! Nadie sabe cómo llegué al bosque, y cuál es mi origen. ¿Tú sabes donde nací? He pensado que
como somos tan parecidos... - le dijo.
- ¡Hiii, hiiii, hiiii! Lo siento, no puedo ayudarte. Solo sé que yo era un potrillo cuando te vi por primera vez. Quizás la
vaca te sirva de ayuda - le contestó después de relinchar unos segundos.
Ico, esperanzado, fue en busca de la vaca, que en ese momento estaba amamantando a su ternera. Cuando vieron a
Ico las dos se pusieron muy contentas.
- ¡Hola, vaca! ¿Sabes donde nací? Muchos me conocen en el bosque, pero no saben decirme cómo llegué, y cuál es
mi origen. ¿Me podrías ayudar?
- ¡Muuu, muuu, muuu! No tengo ni idea. Solo sé que yo era tan pequeña como mi hija cuando te vi por primera vez,
- le contó dando un lametazo a su ternera. - Quizás el perro te sirva de ayuda - le dijo después de mugir unos
segundos.

Ico, esperanzado, fue en busca del perro. Lo encontró cuidando de un rebaño de ovejas.
- ¡Hola, perro! ¿Sabes dónde nací? Me gustaría saber mis orígenes. ¿Me puedes ayudar? - preguntó.
- ¡Guau, guau, guau! No tengo ni idea. Solo sé que yo era un cachorro cuando te vi por primera vez - contestó
después de ladrar unos segundos.
Solo doce ovejas y cinco corderos, de los cuarenta que había en el rebaño, se acercaron a él cuando lo escucharon.
Las otras ni siquiera volvieron a mirarlo.
- ¡Beeee, beeee, beeee! No podemos ayudarte. Nosotras éramos tan pequeñas como estos corderitos cuando te
vimos por primera vez. Quizás el gato te sirva de ayuda - contestaron después de bailar unos segundos.
Ico , esperanzado, fue en busca del gato. Lo encontró tomando el sol, adormilado, en la puerta de una casa que
había en el bosque. También había dos gallos y tres patas.
- ¡Hola, gato! ¿Tú sabes dónde nací? Me gustaría saber mis orígenes. ¿Me puedes ayudar?
- ¡Miauuuu, miauuuu, miauuuu! No tengo ni idea. Recuerdo que era muy pequeño cuando te vi por primera vez.
Al escucharlo también se acercaron un gallo y dos de las patas.
- Quizás la rana te sirva de ayuda - dijo el gato después de maullar unos segundos.
- ¡Quiquiriquí, quiquiriquí, quiquiriquí! - cacareó el gallo asintiendo. - ¡Cua, cua, cua! - graznaron las patas asintiendo
también.
Ico, esperanzado, fue en busca de la rana. La encontró saltando y jugando en la orilla de una charca.
- ¡Hola, rana! ¿Sabes donde nací? Me gustaría conocer mis orígenes. ¿Me puedes ayudar?
- ¡Croa, croa, croa! No tengo ni idea. Solo sé que yo era un renacuajo cuando te vi por primera vez.
Ico, desanimado, se dio la vuelta para continuar su camino.
- ¡Espera! ¿Has oído hablar del rinoceronte? - gritó la rana. Vive en África y tiene un solo cuerno, como tú. Quizás por
eso sepa algo más de tu procedencia - dijo después de croar unos segundos.
las conejitas que no sabían respetar
En lo alto de una montaña, vivían el conejo Serapio y sus nietas, Serafina y Séfora. Serapio era muy
bueno y respetuoso, pero sus nietas eran todo lo contrario: se pasaban el día burlándose de los demás
animales y faltandoles el respeto.

Un día, Serapio se cansó del mal comportamiento de sus nietas y les propuso un juego: deberían
escribir en una libreta la palabra 'Disculpa' cada vez que faltasen el respeto a alguien. Ellas aceptaron
y empezaron a escribir la palabra cada vez que ofenden a alguien. Pronto se dieron cuenta de que
sería más fácil respetar a los demás que ir escribiendo esta palabra todo el día. Serapio, que oyó la
conversación, las felicitó por su decisión y les pidió que borrasen todas las palabras que habían
escrito.

Una vez las conejitas habían borrado las páginas, se dieron cuenta de que estas no quedaban igual
que al principio y su abuelo les dijo que esto era lo que pasaba cuando se faltaba el respeto a alguien:
las palabras quedaban en el corazón de los demás y el daño no podía repararse completamente.
Desde ese momento, las conejitas cambiaron su comportamiento y empezaron a respetar y a ayudar
a los demás animales.
El niño y los clavos
En una pequeña aldea, vivía un niño que tenía muy mal carácter: siempre estaba enfadado con todo
el mundo e insultaba por todo y por nada. Para remediar este comportamiento, su padre le dio una
bolsa llena de clavos y le pidió que clavase un clavo en la verja de la casa cada vez que se sintiera
enfadado. El niño empezó esta tarea y clavó 37 clavos en un solo día. Al día siguiente, ya solamente
clavó 20; y, al tercer día, clavó únicamente 6.

Cada día que pasaba, el niño necesitaba clavar menos clavos, lo que quería decir que iba aprendiendo
a controlar su mal genio. Así, llegó el día en el que el niño no tuvo necesidad de clavar ningún clavo y
su padre le felicitó por el cambio en su comportamiento.

Seguidamente, el papá le pidió que sacase un clavo de la verja cada vez que se sintiera bien. El niño,
al sentirse contento, logró quitar todos los clavos de la verja en muy poco tiempo y su padre le felicitó,
de nuevo, por su progreso. Sin embargo, le hizo prestar atención a los agujeros que habían quedado
en la verja y le hizo ver que lo mismo pasaba con la gente: una vez había dicho cosas feas a la gente,
aunque pidiera disculpas, siempre quedaban cicatrices.

El niño entendió las palabras de su padre y, a partir de ese día, el niño se convirtió en una persona
muy amable y respetuosa con los demás.
itzelina
Itzelina era una niña muy curiosa a la que le encantaban los rayos de sol. Por ello, se propuso subir a
la montaña más alta y cogerlos para que dárselos todos para ella. En el camino, Itzelina se encontró
a una ardilla. Le contó sus planes y la ardilla le pidió que dejase algunos rayos para que ella pudiera
encontrar alimentos. Itzelina aceptó y siguió su camino. Luego, Itzelina se encontró con un árbol, al
que también le contó lo que iba a hacer. Este le pidió que guardase algunos rayos de sol para que él
pudiera seguir creciendo. Itzelina volvió a aceptar y siguió con su camino.

Por último, Itzelina se encontró con un gallo, a quien también le contó sus planes. Este le pidió que
guardase algunos de los rayos para que él pudiera saber a qué hora debía cantar para despertar a los
demás. Itzelina aceptó una vez más y prosiguió con su camino.

Al llegar a la montaña, y mientras esperaba a que saliera el sol, se puso a pensar y se dio cuenta de
que no era correcto quedarse con todos los rayos de sol si estos eran tan vitales en la vida de los
demás. Así, Itzelina entendió que era una injusticia y dejó de lado su intención: simplemente, se
quedó sentada en la montaña disfrutando de los rayos de sol, viendo cómo estos lo llenaban todo
de color.

Enseñar a respetar a otras personas y la naturaleza es esencial para que nuestros hijos desarrollen
conceptos tan valiosos como la lealtad, la empatía y el respeto en sí mismo. Y, para que nos sea
mucho más fácil, podemos trabajar estos valores a través de los cuentos cortos. Con este recurso
literario, podremos transmitirles estos conceptos tan complicados para ellos, pero tan
fundamentales para su desarrollo.
La ley
del bosque iluminado
El bosque iluminado era el mejor bosque en que se podía vivir, donde las fiestas llenaban de
luz las noches y todos disfrutaban. En aquel bosque sólo había una ley: "perdonar a todos". Y
nunca tuvieron problemas con ella, hasta que un día la abeja picó al conejo por error, y éste
sufrió tanto que no quería perdonarla. Pidió al búho que reuniera al consejo y revisaran
aquella ley. Todos estuvieron de acuerdo en que no habría problema por relajarla, así que se
permitió una única excepción por animal; si alguien se enfadaba de verdad con alguien, no
tenía por qué perdonarle si no quería. Y así siguieron hasta la gran fiesta de la primavera, la
mejor del año, que resultó un grandísimo fracaso: sólo aparecieron el búho y unos pocos
animales más.

Entonces el señor búho decidió investigar el asunto, y fue a ver al conejo. Este le dijo que no
había ido por si iba la abeja, a la que aún no había perdonado. Luego la abeja dijo que no
había ido por si iba la ardilla, a la que no había perdonado por tirar su colmena. La ardilla
tampoco fue por si iba el zorro, a quien no había perdonado que robara su comida... y así
sucesivamente todos contaron cómo habían dejado de ir por si se presentaba aquel a quien
no habían perdonado. El búho entonces convocó la asamblea, y mostró a todos cómo
aquella pequeña excepción a la ley había acabado con la felicidad del bosque.
Unánimemente decidieron recuperar su antigua ley, "perdonar a todos", a la que añadieron:
"sin excepciones"
El león y el ratón
Érase una vez, un ratón que iba caminando muy distraído cuando, sin darse cuenta, se
encaramó por el lomo de un león que andaba echando la siesta. El león, que comenzó a
notar unas leves cosquillas, se rascó pero... al pasar la zarpa por su lomo, notó algo extraño:
El león sujetó al ratoncillo con sus garras y, viéndose aprisionado, comenzó a llorar
desconsolado y a suplicar al león que le perdonara y le dejara marchar.
- Señor león, no sabía que estaba sobre usted, tiene que perdonarme iba despistado.
Sálveme la vida y quizás, algún día, pueda yo salvar la tuya.
El león, al escuchar aquella vocecilla no pudo por menos que echarse a reír pero, una ola de
generosidad le invadió y, conmovido, le dijo.
- ¡Te perdono!
Y el ratón, se alejó de allí corriendo.
Pasaron los días, las semanas y los meses y, un buen día el ratón comenzó a escuchar unos
fuertes aullidos. Se acercó con cuidado hasta el lugar de donde procedían y, no os lo vais a
creer, allí estaba el león, atrapado en una red que los hombres habían puesto para cazar al
rey de la selva.
El ratón, al verle atrapado y acordándose de la benevolencia del león que lo había dejado en
libertad, corrió en su ayuda para roer la cuerda hasta deshacer la red que lo aprisionaba.
El fiero y temible león, pudo escapar de los cazadores gracias a la ayuda de un pequeño e
insignificante ratón.
un papá

muy duro
Ramón era el tipo duro del colegio porque su papá era un tipo duro. Si alguien se atrevía a
desobedecer, se llevaba una buena.
Hasta que llegó Víctor. Nadie diría que Víctor o su padre tuvieran pinta de duros: eran delgados y sin
músculo. Pero eso dijo Víctor cuando Ramón fue a asustarle.
- Hola niño nuevo. Que sepas que aquí quien manda soy yo, que soy el tipo más duro.
- Puede que seas tú quien manda, pero aquí el tipo más duro soy yo.
Así fue como Víctor se ganó su primera paliza. La segunda llegó el día que Ramón quería robarle el
bocadillo a una niña.
- Esta niña es amiga del tipo más duro del colegio, que soy yo, y no te dará su bocadillo - fue lo último
que dijo Víctor antes de empezar a recibir golpes.
Y la tercera paliza llegó cuando fue él mismo quien no quiso darle el bocadillo.
- Los tipos duros como mi padre y yo no robamos ¿y tú quieres ser un tipo duro? - había sido su
respuesta.
Víctor seguía llevándose golpes con frecuencia, pero nunca volvía la cara. Su valentía para defender a
aquellos más débiles comenzó a impresionar al resto de compañeros, y pronto se convirtió en un niño
admirado. Comenzó a ir siempre acompañado por muchos amigos, de forma que Ramón cada vez
tenía menos oportunidades de pegar a Víctor o a otros niños, y cada vez menos niños tenían miedo de
Ramón. Aparecieron nuevos niños y niñas valientes que copiaban la actitud de Víctor, y el patio del
recreo se convirtió en un lugar mejor.
Un día, a la salida, el gigantesco papá de Ramón le preguntó quién era Víctor.
- ¿Y este delgaducho es el tipo duro que hace que ya no seas quien manda en el patio? ¡Eres un inútil!
¡Te voy a dar yo para que te enteres de lo que es un tipo duro!
No era la primera vez que Ramón iba a recibir una paliza, pero sí la primera que estaba por allí el papá
de Víctor para impedirla.
- Los tipos duros como nosotros no pegamos a los niños, ¿verdad? - dijo el papá de Víctor, poniéndose
en medio. El papá de Ramón pensó en atizarle, pero observó que aquel hombrecillo delgado estaba
muy seguro de lo que decía, y que varias familias estaban allí para ponerse de su lado. Además,
después de todo, tenía razón, no parecía que pegar a los niños fuera propio de tipos duros.
Fue entonces cuando el papá de Ramón comprendió por qué Víctor decía que su padre era un tipo
duro: estaba dispuesto a aguantar con valentía todo lo malo que le pudiera ocurrir por defender lo que
era correcto. Él también quería ser así de duro, de modo que aquel día estuvieron charlando toda la
tarde y se despidieron como amigos, habiendo aprendido que los tipos duros lo son sobre todo por
dentro, porque de ahí surge su fuerza para aguantar y luchar contra las injusticias.
Y así, gracias a un chico que no parecía muy duro, Ramón y su papá, y muchos otros, terminaron por
llenar el colegio de tipos duros, pero de los de verdad: esos capaces de aguantar lo que sea para
defender lo que está bien.

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