Capítulo dos: LOS REINOS MOROS
“Los dispersó la muerte como si fueran sombras!¡Los disipó la muerte como a la paja
el viento!
¿De cuántos acontecimientos no hube de ser testigo?
¿De qué brillante fama no gocé en mis días de gloria?
¿Cuántas capitales no retemblaron bajo el casco sonoro de mi caballo?
¿Cuántas ciudades no saqueé, entrando en ellas como el simún destructor?
¿Cuántos imperios no destruí, impetuoso como el trueno?”
Las mil y una noches, historia de la Ciudad de bronce
Al-Ándalus era el nombre que designaba al territorio dominado por los
musulmanes en la península Ibérica durante la edad media. Su nombre parece
provenir de los vándalos y aparece ya documentado en el 716.
En el 711 el rey visigodo Rodrigo fue derrotado por los musulmanes en la
batalla de Guadalete, tras la cual, los ejércitos bereberes dirigidos por Tariq ibn
Ziyad, a los que se sumaron, en el 712, efectivos árabes al mando de Musa ibn
Nusayr, decidieron proseguir la conquista y en menos de cinco años se hicieron
con el dominio del territorio peninsular. Las crónicas cristianas describen la
conquista como una política de terror, pero en la realidad predominó el sistema
de pactos y capitulaciones con la nobleza y las ciudades. El respeto
manifestado por los musulmanes hacia los cristianos, considerados como ellos
mismos ‘gentes del libro’ (monoteístas), contribuyó a facilitar la conquista.
El emirato dependiente
Desde el año 714 hasta el 756 la península se convirtió en una provincia
del islam bajo la soberanía de los califas Omeyas de Damasco, gobernada por
walíes designados en el norte de África. La capital inicialmente situada en Sevilla
se estableció definitivamente en Córdoba. Durante esta primera etapa, conocida
como el emirato dependiente, se produjeron numerosos enfrentamientos entre los
bandos de la aristocracia árabe. Pero el conflicto más grave estuvo protagonizado
por los bereberes, que se sentían discriminados frente a los árabes. Para sofocar
la sublevación acudió un importante contingente de sirios que acabaron
asentándose en la península Ibérica.
La inestabilidad política de al-Andalus permitió al reino de Asturias,
surgido tras la batalla de Covadonga (722), afianzar su independencia.
Califato Abasí
A mediados del siglo VIII los Omeyas fueron desplazados del califato por
los Abasíes y el centro de poder se trasladó a Bagdad. Un miembro de la dinastía
Omeya, Abd al-Rahman, consiguió huir de la persecución y hacerse con el poder
en al-Andalus, desligándose de la obediencia política a Bagdad. Surgía así el
emirato independiente (756-929). Durante esta etapa, los emires Omeyas
tuvieron que hacer frente a numerosas sublevaciones de los muladíes, hispanos
convertidos al islam. Estas tensiones se reflejaron en las tendencias autonomistas
de las Marcas fronterizas del norte, Toledo, Mérida y Zaragoza y en las
constantes revueltas sociales que promovieron en el interior de al-Andalus. La
más grave fue la protagonizada en el año 879 por Umar ibn Hafsun, dirigente de
los muladíes andaluces, que luchaban por ver reconocida su igualdad con los
árabes. Desde la fortaleza de Bobastro, en las tierras de Málaga, el movimiento se
extendió por amplias zonas del sur de la península.
Del califato Omeya a la caída del reino de Granada
En el año 929, el emir Abd al-Rahman III adoptó el título de califa, lo que
significó la independencia religiosa de al-Andalus. Los califas Omeyas
restauraron el orden en el interior de al-Andalus, mantuvieron las fronteras con
los núcleos cristianos y extendieron su poder por el norte de África. Fue una
época en la que se dieron cita la prosperidad económica y el esplendor cultural y
artístico. En el último cuarto del siglo X se estableció en el califato una dictadura
militar cuyo fundador fue conocido como Almanzor. En estos años de intensa
actividad militar contra los cristianos del norte, se exacerbaron las diferencias
entre los grupos étnicos de Al-Andalus provocando la ruina del califato de
Córdoba (1031) y la fragmentación de Al-Andalus en numerosos reinos de taifas.
El territorio ibérico musulmán volvió a unificarse bajo el imperio de los
almorávides (1090-1145) y de los almohades (1157-1212), pero la gran
expansión cristiana del siglo XIII redujo el espacio dominado por los
musulmanes al reino Nazarí de Granada, que pervivirá hasta 1492, fecha en la
que finalizó el proceso de Reconquista por parte de los reinos cristianos
peninsulares.
La economía y la sociedad de al-Andalus
Al-Andalus se incorporó al sistema económico del mundo islámico, un
mundo fuertemente urbanizado. Sus ciudades eran centros de producción
artesanal y de un activo comercio. Al-Andalus mantuvo relaciones mercantiles
con el mundo islámico y con los países cristianos. La agricultura tuvo un papel
secundario, aunque aportó importantes novedades como la intensificación del
regadío y la introducción de nuevos cultivos. La población fue muy heterogénea.
La religión actuó como el principal elemento diferenciador entre musulmanes,
cristianos y judíos. Había también diferencias étnicas entre los musulmanes:
árabes, bereberes, hispanos, negros del Sudán y eslavos. Ateniéndonos a criterios
económicos existían diversas categorías sociales. La jassa, clase social más
elevada, representada por la aristocracia árabe y la masa popular urbana o amma,
de la que formaban parte sobre todo muladíes y mozárabes.
En el mundo rural predominaron los aparceros, los pequeños propietarios
vinculados al Estado mediante el pago de tributos, y los campesinos adscritos a la
tierra.
El poder político y el poder religioso
En al-Andalus no había separación entre el poder político y el religioso.
Los califas eran la máxima autoridad temporal y espiritual de la comunidad. Los
organismos más importantes de la administración central fueron la Cancillería, el
servicio de correos y la Hacienda, que se nutría de numerosos impuestos en un
Estado esencialmente tributario. La administración de justicia corría a cargo de
los cadíes, que actuaban de acuerdo con las normas del Derecho canónico, el
Corán y la Sunna. El gobierno del territorio estaba a cargo de los walíes, jefes de
las distintas coras (provincias) en las que se dividía al-Andalus. Al frente de la
administración local se encontraban los prefectos de las ciudades.
La vinculación existente en el islam entre el pensamiento y la religión
resultó en cierta medida un obstáculo para el desarrollo de la cultura. Pese a todo,
al-Andalus, particularmente hasta el siglo XI, estuvo muy por delante de los
territorios peninsulares cristianos en el terreno cultural. Al-Andalus fue, por otra
parte, el cauce a través del cual la cristiandad occidental pudo acceder al
conocimiento de buena parte de la cultura clásica.
NOMBRE REINADO
Califato de Córdoba
Emirato independiente de
Córdoba
Abd al-Rahman III 929-961
Abd al-Rahman I 756-788
Al-Hakam II 961-976
Hisam I 788-796
Hisam II 976-1009
Al-Hakam I 796-822
Muhammad II 1009
Abd al-Rahman II 822-852
Sulayman al-Mustain 1009-1010
Muhammad I 852-886
Hisam II 1010-1013
Al-Mundir 886-888
Sulayman al-Mustain 1013-1016
Abd Allah 888-912
Alí ibn Hammud 1016-1018
Abd al-Rahman III 912-929
Abd al-Rahman IV 1018
Al-Qasim ibn Hammud 1018-1021
Yahya ibn Alí ibn Hammud 1021-1023
Al-Qasim ibn Hammud 1023
Abd al-Rahman V 1023-1024
Muhammad III 1024-1025
Yahya ibn Alí ibn Hammud 1025-1027
Hisam III 1027-1031
El Imperio Almorávide
Los Almorávides eran miembros de una dinastía que constituyó un
imperio musulmán norteafricano que dominó al-Andalus desde finales del siglo
XI hasta mediados del XII. Los almorávides (del árabe al-murabit, hombres del
'ribat') eran una confederación de tribus bereberes. Entre los años 1055 y 1080
1"Reyes de
Al-Andalus",
conquistaron todo el norte de África. En el 1070 fundaron Marrakech, que se
convertiría en la capital del Imperio.
Tras la conquista de Toledo (1085) por Alfonso VI, los reyes taifas de
Sevilla, Granada y Badajoz pidieron ayuda al dirigente almorávide Yusuf ibn
Tasfin, que derrotó al monarca castellano en la batalla de Sagrajas (1086). En el
año 1090, los almorávides, con el apoyo de los juristas malikíes y del pueblo
llano, descontentos de sus soberanos, invadieron al-Andalus y conquistaron los
diversos reinos taifas: Granada (1090), Sevilla (1091), Badajoz (1094), Valencia
(1102). Granada se convirtió en la capital de la España almorávide.
La llegada de los almorávides y la unificación de al-Andalus detuvo el
avance de los castellanos. En la batalla de Uclés (1108) infligieron una nueva
derrota al rey castellano, Alfonso VI. Dos años después, en 1110, incorporaron el
reino taifa de Zaragoza, pero su dominio fue efímero. En el año 1118 el rey de
Aragón, Alfonso I el Batallador, tomó la ciudad. Esta derrota constituyó un hito
para el régimen almorávide en al-Andalus. En los años siguientes no
consiguieron conquistar Toledo, y Alfonso VII reanudó la ofensiva castellana,
derrotando a los almorávides en diversas batallas entre 1139 y 1146. Al
quebrarse su capacidad militar, la unidad de al-Andalus se resquebrajó dando
lugar a los segundos reinos taifas. La decadencia del poder almorávide en la
península Ibérica coincidió con el declive de su imperio en el norte de África
como consecuencia de la expansión de los almohades.
El ocaso de los almorávides no se produjo exclusivamente por factores
externos. Su implantación en al-Andalus tuvo un carácter eminentemente militar,
y el fanatismo religioso de que hicieron gala contribuyó a desintegrar la
heterogénea sociedad de al-Andalus. La intransigencia de los almorávides motivó
la emigración de numerosos mozárabes y judíos hacia tierras cristianas, provocó
el descontento de la población y repercutió negativamente en el desarrollo de las
letras, las ciencias y la filosofía.
El Imperio Almohade
Los almohades surgieron como un movimiento religioso reformista que
aglutinó a diversas tribus montañesas del Atlas. Su dirigente, Ibn Tudmar
(c.1089-1128), se opuso radicalmente a los almorávides y emprendió una
reforma que suponía una reelaboración del dogma islámico. Sus seguidores
recibieron el nombre de al-muwahhidun, 'los partidarios de la unicidad'.
Bajo la dirección de Abd al Mumin (1130-1163), conquistaron los
principales enclaves almorávides en el norte de África y en la península Ibérica.
En el año 1147 tomaron Marrakech, que se convertiría en la nueva capital del
Imperio almohade. Al tiempo que extendían su imperio por las tierras del
Magreb, los almohades llevaron a cabo la conquista de al-Andalus, fragmentada
de nuevo en reinos de taifas. El dominio de la Península se inició en 1147 con la
ocupación de Sevilla, pero no culminó hasta 1172. En esta fecha, el segundo
califa almohade Yusuf I (1163-1184) incorporó el reino de Valencia y Murcia,
que se había mantenido independiente bajo la soberanía de Ibn Mardanis,
conocido como 'el Rey Lobo'. Sevilla se convirtió en la capital andalusí del
Imperio almohade.
Consolidada la unificación de al-Andalus, los almohades intensificaron su
ofensiva contra los reinos cristianos. El gran ataque se produjo en 1195. El califa
Yusuf II (1184-1199) aplastó al ejército castellano dirigido por Alfonso VIII en
la batalla de Alarcos. En los años siguientes, los almohades dirigieron campañas
devastadoras contra las fronteras de León y de Castilla, defendidas por las
órdenes militares. La gravedad de la situación obligó a los reyes cristianos a
relegar sus diferencias internas para hacer un frente común contra los almohades.
En el año 1212 las tropas cristianas destrozaron al ejército almohade en la batalla
de las Navas de Tolosa. Con esta derrota el poder de los almohades en la
Península quedó prácticamente aniquilado.
El régimen almohade fue ante todo una dictadura militar. Sus dirigentes,
que ejercían un poder absoluto, ostentaron el título de califas, pero no contaron
en ningún momento con el apoyo popular. Pese a todo, durante la dominación
almohade al-Andalus vivió una época de indudable progreso desde el punto de
vista económico. La cultura y las artes tomaron un nuevo impulso.
Los estudios filosóficos resurgieron en al-Andalus de la mano de Averroes
y de Abentofail. La obra más conocida del arte almohade es la Giralda de Sevilla.